viernes, 10 de julio de 2015

Oasis

Margarita Moreno


Nací en “El Oasis de San Miguel” un pequeño pueblo vecino del desierto, al pie de una  montaña con una laguna engarzada en la falda, es una provincia hermosa, tranquila, plena de encanto natural. Sus calles estrechas de cantería y el aroma a jazmín que escapa de los balcones, aderezan las casitas con piedra labrada, ladrillo rojo y adobe, los muros entortados pintados de colores vivos,  sus techos a dos aguas poblados con tejas de barro colorado, el modesto templo parroquial con bucólico estilo barroco en la fachada, paredes lisas al interior, beatificadas con un magnífico oleo del santo patrono de tres metros de altura. Cuenta una antigua leyenda, que el retablo fue obsequio de un migrante italiano y copia impecable  del “San Michele sconfigge Satana”.

El devengo económico de la población proviene básicamente de la agricultura, floricultura, ganadería y pesca. La manera de cultivar la tierra es peculiar, conservamos las usanzas y métodos de antaño para épocas de siembra, cosecha, temporales, plagas,  todo; la crianza de animales, se basa en las fases lunares para la cruza, nacimiento de crías, herraje, esquila, corte de crines y sacrificio del ganado para consumo. Con el mismo criterio se decide el tiempo de pesca, veda en la laguna y también la apicultura que se practica en las tierras bajas. 

La vida cotidiana no escapa a las tradiciones y así por ejemplo las mujeres nos cortamos el cabello y vamos a la manicura entre luna creciente y llena y los hombres visitan al peluquero en menguante y hasta tres días antes de luna nueva. Mi novio desde la infancia se llama Braulio y planeamos casarnos, desde luego no será en enero, marzo ni pensarlo, menos en martes y día 13 jamás; debe ser un viernes, sábado o domingo con luna llena, para tener asegurados amor, dinero, salud y fertilidad. Además como es la tradición no debe faltar la “dote”  nuestros padres están muy de acuerdo. 

―¿Ya vieron las mantas que colocaron en la estación del tren y el kiosco de la plaza municipal?  ―preguntó mi madre un domingo al volver de misa.

―Sí, mañana nos visita el aspirante a la gubernatura del estado en su gira política y viene a ofrecernos su “apoyo”. ¿Quién se lo pidió? ¡Nadie! Pero el viene a “salvarnos” con su promesas huecas―contestó mi padre entre carcajadas y mostrando un volante con la foto del candidato.

―¡Déjame verlo pá! ―dije, arrebatándole el folleto de la mano. ¡Dios mío! ¡Má! ¿Ya lo viste? ¡Está guapísimo!

―¡Suficiente Brenda! ―dijo mi padre recuperando el impreso. Me quedé pasmada, musitando su nombre ―Alberto, licenciado Alberto Pastrana y luego sonreí.

La visita fue todo un acontecimiento, el pueblo estaba en efervescencia, yo, la primera que contemplaba arrobada al orador, me tenía fascinada, simplemente era hermoso, como un cromo, me gustaba todo él, nunca sentí esa atracción por ningún amigo, novio y menos un desconocido. Su voz grave y melodiosa acariciaba mis sentidos, era tan alto, espigado y esos jeans y ese polo que delineaban sin pudor su cuerpo perfecto, seguramente el ejercicio diario y la dieta sana eran parte de sus disciplinas. Mi nariz casi podía percibir y adivinar, en su rostro impecablemente afeitado, el aroma delicioso de alguna loción sugestiva, efluvio de maderas, pachuli, quizá un cítrico, acaso ámbar gris —mi mente fantaseaba, cuando los aplausos me volvieron a escuchar su discurso:  

—Yo, su amigo Alberto Pastrana, admirador de esta bendita tierra dónde todo es bello y generoso, prometo traer, la modernidad y el progreso, con empleos bien remunerados, educación de primer nivel, opción de un futuro mejor para sus hijos y sus nietos. Para ello el gobierno de la República ha escuchado mis súplicas y me ha conferido el honor de comunicarles que el Centro meteorológico del Estado (CMDE) será edificado en los límites del “Oasis de San Miguel” para orgullo de este pueblo, del estado y del país. Aplaudimos eufóricos, emocionados, llenos de gratitud, sorprendidos con sus palabras, pero a mí, su voz prendió en mi corazón una flama de amor y me provocó un íntimo y gozoso deseo.

En los meses siguientes las mañanas dejaron de asomar rubias y fragantes, los aromas de las flores se entrañaron con humos de máquinas y camiones; el ruido contaminó los ánimos, destempló tolerancias, diluyó el cantar de las aves, desafinó el murmullo del viento en el desierto y en la laguna, el oleaje suave perdió su beatitud. Hasta el pan horneado a diario tomó otro sabor, una sazón de gusto intruso. Un polvillo plomizo impregnaba el ambiente, se adhería como un imán al cuerpo, viciando envidioso la tersura de la piel. Por las callejuelas deambulaban extraños, ufanos ingenieros, arquitectos y científicos levitando entre la gente: Ciertamente hubo muchos nuevos empleos, temporales ¡claro está!, hombres y mujeres deslumbrados por la modernización abandonaron el campo, la cría de animales, abejas y la pesca, para ocupar esos puestos. Y hubo quien como yo, abandonó un amor seguro por otro que a la larga resultaría pasajero. Durante esa etapa, mi novio se enamoró de Brigitte, una guapa arquitecta que solo preguntó la hora y él, quedó prendado de sus encantos y yo, bueno, lo mío fue amor a primera imagen.

Alberto paseaba constantemente por el pueblo y yo no tenía sosiego, buscaba topármelo con cualquier socapa y él parecía interesado en atenderme, solo verlo aparecer en mi horizonte me fustigaba un vuelco en el plexo solar, mis manos se invadían de unas terribles ansias de tocarlo y acariciarlo, cuando charlábamos, él me hablaba quedo, pausado, con voz profunda, yo sentía una especie de vértigo, mis ojos puntualizaban el movimiento de su boca y el deseo de besarlo me arrebataba el juicio, su aliento delicioso a hierbabuena recién cortada me enervaba, deseaba sentirme entre sus brazos y si sonreía figuraba sus dientes perfectos mordiendo mis labios, cada noche lo soñaba besándome, acariciándome, amándome, estaba enloqueciendo, tuve que refugiarme en la oración.

―San Miguel, ilumina mi corazón, si este hombre va a ser mío, dame una señal y si mi destino es Braulio, vuelve a ponerlo en mi camino. ¡Amén! ―rezaba en voz alta una tarde en mi habitación.

―¡Qué tarugadas estás pidiendo mocosa! ¿Crees tú que el santito está para enmendar tus concupiscencias?―rezongó mi abuela que me escuchó al pasar.

―¡Ay abuela! ¿Qué es concu… qué es eso? y ¿cómo voy a saber si me conviene  Alberto?―protesté.

―¡Niña de poca fe y menos cordura! En el pedir está el dar, tú pídele talento para resolver tu dilema, no pidas que él lo resuelva.

―Es que Alberto, es tan seductor y peligroso, perverso, irresistible, gentil y arrogante, es agridulce, claroscuro, como un sol de medianoche, un ángel del infierno que me vuelve loca, daría una eternidad por un instante de su amor, ¿sabes?  Soñé que yo era un gusanito que me deslizaba por el filo de una navaja fría y cruel y… ¡Abu! Y ¿Si él es un demonio o un ángel? ¿Cómo saberlo? Iré al cielo o sin remedio al infierno abuela.

―¡Ay Niña mía! Cuanto oxímoron para tan parvo afecto. Calma querida, apenas y transitas por etapas de tu evolución, debes intentar andar ligera, sin lastres en los pies ni losas en la espalda y sobre todo sin colmos en el corazón. 

―Ay abuelita, tú ¿te enamoraste alguna vez?

―¡Claro querida! Igual que tú y con más obstáculos, imagínate, hace más de cincuenta años, en este pueblo que siempre ha sido el mismo, “pueblo chico, infierno grande”.

En la vida, los grandes anhelos del ser humano, amor, odio, sexo, miedo, ambición, envidia, poder, etcétera, entre más intensos se ansíen percibir, más dimensiones pierden, no tendrán altura, anchura o volumen, serán apetitos lineales, duros, ciegos, sordos y tan filudos que acaban matándonos. ¡Gracias a Dios! que a este bendito lugar lo protege San Miguel Arcángel, así que si Pastrana es un diantre, tú, solo no pierdas la cabeza o perderás la primera gran batalla de tu vida. ―Dijo Prudencia al tiempo que abrazaba amorosamente a su nieta.

La mañana del primero de junio, con un calor sofocante el CMDE fue oficialmente inaugurado, con una ceremonia oficial, fiesta, baile y la voz del licenciado Pastrana al micrófono: “Con mi profundo agradecimiento para los hombres y mujeres de este paradisíaco lugar, que con su esfuerzo, dedicación y fe en un servidor y en nuestro gobierno, participaron en la construcción y adecuación del Centro Meteorológico”. Días después se dio a conocer que el impecable y recién inaugurado Meteorológico, solamente emplearían a cinco de los más destacados colaboradores, para quedar de forma permanente a cargo del correcto funcionamiento del sitio, desde luego después de recibir una capacitación exprés, cuatro intensas semanas, impartida por los científicos creadores del proyecto, quienes a más de los conocimientos básicos, para echar a andar el centro de meteorología, les instruyeron también a elevar el rostro hasta señalar el horizonte con la punta de la nariz, hacer oídos sordos, desechar opiniones de sus memorias inciertas y flotar constantemente.

Sin embargo lo que presumen los soberbios mortales,  no sucede en realidad. A finales de junio, tras un calor inmisericorde, el recién estrenado CMDE pronosticó lluvias escasas. Pero la sabia naturaleza decidió comenzar el verano en grande,  julio abrió con aguaceros torrenciales, el día primero se presentó con una tormenta espectacular, no escatimó relámpago ni rayo alguno, trajo nubes magníficas en todos los grises posibles, que vistieron de intimidación los cielos para luego, dejar caer tal cantidad de lluvia que semejaba un salto del Iguazú cayendo a medio pueblo.

En casa, los cristales de las ventanas como pupilas gigantescas, vertieron nostalgias en copioso llanto pluvial, aliviaron desconsuelos, evocaron alegrías y aclararon la mirada, nuestro techo solidario, lloró discreto destilando húmedos recuerdos, gota a gota y en lugares tan diversos, que deslucieron sin enmienda el costoso sellado que solo sirvió para dejar  un bronceado envidiable en el joven que “reparó” las goteras.

En pocos días de generosos aguaceros, los verdes esperanzadores asomaron francos a campo abierto, carreteras, caminos, veredas, rincones, hasta en mi pequeño jardín el viento sacudía bellas melenas esmeralda recién lavadas, los rostros de las macetas lloraban de contento, los guijarros del parterre acusaron su recia desnudez y en instantes de breve tregua,  el sol asomó discreto para besar el rubor ingenuo en la callejuela de cantera rosa.

En septiembre el meteorológico predijo frente frío y en el Oasis el sol resplandeció, aunque para el resto del estado a veces fueran sentencias atinadas, en este pueblo los científicos bisoños “no daban pie con bola”. Ya en diciembre los pronósticos diarios eran un caos y con sus pronósticos, los moradores del pueblo ya no sabían que esperar del clima. Poco a poco volvimos a los antiguos sistemas para regular siembras, cosechas, ganadería, apicultura y épocas de pesca. Retomamos la cordura, la opinión de los viejos del pueblo que seguían enseñando a quien quería aprender,  confiando de generación en generación a través de sus palabras, para estar como deberíamos todos los seres humanos, en comunicación, respeto y en armonía con nuestro planeta. 

Solo mi alma no tenía un minuto de reposo, Alberto me juraba estar enamorado de mí, me ofrecía acompañarlo como su asesora hasta que terminara su gira por la gubernatura del estado y después nos casaríamos, Brigitte hacía un rato que eligió al más pudiente del pueblo y mejor amigo de Braulio, con lo que este, perdió amistad y amor al mismo tiempo y luego buscó perdón, consuelo y cariño en mi confundida persona. Volví a las plegarias.

—¡San Miguel de mi corazón! Ilumina mi razón, me siento perdida, muéstrame el camino a seguir. ¡Amén! Oraba en mi recámara.

—¿Otra vez con tus miedos mi niña? Preguntó mi abuela mientras se acercaba a abrazarme. Mis lágrimas rodaron en su regazo, cuando le confié.

—No sé qué hacer, estoy muy enamorada de Alberto y parece que él me corresponde, sin embargo él despierta en mí deseos inconfesables y me siento avergonzada, prácticamente me está proponiendo fugarme con él, ¿la boda? cuando sea gobernador, pero mi intuición me dice que sería un grave error. Por otro lado está Braulio, me ha conmovido su arrepentimiento y el doloroso fracaso con esa capitalina, pero también mi sexto sentido me alerta. Ya no sé qué siento, igual no es amor ninguno de los dos, estoy tan embrollada con esto abuelita linda.

—Mi niña, relaja tu mente y tu corazón, hasta San Miguel Arcángel ha tenido dudas y se ha equivocado con los demonios. Dijo mi abuela acariciando mi mejilla.

—¿Cómo, qué historia es esa abue?

—Escucha hija mía, Satanás fue un ángel increíblemente bello, el más alto de ellos, el más hermoso que Dios creó, pero su orgullo y su ego lo envenenaron, no se conformó y comenzó a criticar al Señor, quiso ocupar su lugar y desobedeció, hasta que Dios lo castigó echándolo de los cielos, confirió esta misión al hermano mayor de Lucifer, el arcángel San Miguel, nuestro patrono, él obedeció las órdenes de Dios, pero no pudo matarlo y lo dejó escapar exiliado al infierno, el Supremo que todo lo ve, alcanzó con su justicia al condenado y con mano divina le arrebató todos sus talentos, el primero la clarividencia, cuando Satán llegó al averno, montó en cólera al darse cuenta que ya no poseía ninguna idoneidad, a partir de entonces, el diablo y sus esbirros se dedican a tentar a mortales valiosos para hurtar sus talentos y entregarlos a su atormentado amo. Me parece querida mía, que ahora podrás evaluar con esta historia a tus pretendientes, darte cuenta y distinguir  quién desea compartir y quien robar tus virtudes qué, dicho sea de paso son muchas.

Al paso de un año, el pueblo volvió a funcionar cabalmente, las cosechas, el ganado y la pesca volvieron a ser productivas y a generar los beneficios para la comunidad, regresó a sembrar y cosechar con las lunas adecuadas, consiguieron nuevas crías con el  tiempo correcto y los peces parecían saber cuándo dejarse atrapar por las redes de las barcas en la laguna. Los cinco nuevos “científicos” del CMDE, renunciaron a sus flamantes cargos y retomaron el disfrute de pisar tierra firme y trabajar hombro con hombro con sus paisanos. El gobierno del estado jamás volvió a ocuparse del “elefante blanco” construido en los linderos del “Oasis” sin embargo, cuando comenzaron los nuevos comicios electorales, repintaron  el inmueble, lo nominaron: Auditorio de usos múltiples del Oasis (AUMDO) y comisionaron al nuevo candidato a diputado federal que arribó acompañado por doscientos reporteros de todos los medios informativos del país, para hacer la entrega oficial del “renovado paquidermo”.

Luego de la entrega de las llaves del AUMDO al jefe municipal del pueblo, entrevistaron a mi abuela, la mujer más longeva y sabia de la región.

—¿Qué opina usted del nuevo auditorio doña Prudencia?  Preguntó sonriente un reportero.

―Que está muy bien para los festejos de San Miguel Arcángel que es muy milagroso.

—¡No me diga! Cuéntenos, ¿le ha hecho a usted algún milagro últimamente?

—¡Por supuesto jovencito! A mi nieta que es hermosa y muy inteligente, la libró de un par de demonios y ahora va a casarse  con un hombre excepcional de este lugar.

—¡Qué bueno, felicidades! Entonces yo mismo iré a postrarme ante la maravillosa réplica del templo para pedirle un milagro —comentó sonriente el joven.

—¡Qué réplica, ni qué nada jovencito! y nomás para que se dé un buen “quemón”, lo que usted no sabe es que el San Miguelito de nuestra parroquia, es una pintura del renacimiento, data del siglo XVI se titula “San Miguel lucha con el Diablo” fue pintada y signada por Rafael Sanzio.

—¡Imposible mi estimada señora!

—¿Duda de mis palabras? Pues nomás busque la rúbrica y la fecha en la ropita del santo, ¡Es el primigenio!

—Discúlpeme que insista, pero tengo en conocimiento que el original está en París.

—¿El que está en el museo de Louvre?  ¡Esa sí que es una buena réplica!
Unas semanas después, el terruño volvió a llenarse de forasteros, expertos en arte antiguo, restauradores, arquitectos, ingenieros, estrenados integrantes del Comité: Proyecto, construcción y conservación del Museo de arte del Oasis de San Miguel Arcángel (CPCCMAO).

lunes, 6 de julio de 2015

Mi amigo el oso panda

Frank Oviedo Carmona


Diego, de doce años de edad se encontraba sentado en una silla de color rojo que Claudia, su mamá, le regaló al cumplir nueve años para que pudiera mirar por la ventana.  Ella estaba sacando las maletas para dejarlas en la puerta y poderlas bajar ya que Diego con su padre Adrián viajarían;  mientras que  ella no podría hacerlo por motivos de trabajo.

–Hijo, no sé cómo haré para soportar tu ausencia, estaba segura que me darían permiso, ahora me dicen que hay mucho que hacer en la oficina –lo dijo mientras se secaba las lágrimas.

Claudia tomó de los brazos a su hijo y lo abrazó.  Diego con los ojos llorosos dijo:

–Mamá te quiero mucho, te llamaré todos los días, prométeme que estarás bien;  yo soy todo un hombre, recuerda que soy boy scout y me puedo cuidar, pero me da pena alejarme de ti mami.

–¡Está bien hijo, obedece a papá por favor!  

–¡Lo prometo mamá!

Por otro lado Adrián, veterinario de profesión, había sido seleccionado entre muchos médicos por sus estudios de protección al oso panda, él viajaría a China para un proyecto del Centro de Protección e Investigación de Pandas.  Eran las vacaciones de su hijo y Adrián estaba aprovechando esa oportunidad para llevarlo; ya que tanto a Diego como a él, les gustaban los osos. Además tendría una niñera que hablaba español  que cuidaría de Diego.

Claudia con tristeza se despidió de su esposo e hijo diciéndoles que tuvieran  precaución en el bosque ya que podrían perderse; sobre todo Diego, que a veces le costaba obedecer. Él agradeció a su mamá, le dijo que la extrañaría y volvería pronto.

Al llegar a China, un bus los esperaba para trasladarlos a un pueblo alejado de la ciudad; se instalaron en una cabaña de madera con techo a dos aguas cubierto por ramas de palmeras;  el lugar tenía tres habitaciones amobladas sencillamente, a pocos minutos se encontraba el laboratorio donde trabajaría Adrián.  

–Yo soy Amanda, la niñera  encargada de Diego. Cualquier inconveniente a unos metros de la cabaña esta la caseta de los guardianes del bosque, ellos están día y noche.

–Gracias, un gusto conocerla –dijo Adrián.

Ambos se dirigieron a sus habitaciones para ducharse y cenar;  luego darían un vistazo a la zona, para después dormir y levantarse temprano e ir a ver a los osos. 

Llegó la mañana con un sol brillante que entraba como un rayo por la ventana y caía sobre un lado de la mesa donde estaban desayunando leche, café, tostadas con mermelada y jamón. 

–Pa esta leche no me gusta, sabe a carne cruda.

–Hijooo tómala que te hará bien, es pasteurizada y de sabor fuerte pero nutritiva.

Diego la tomó haciendo gestos por el sabor fuerte, pero sí le gusto el pan de multigranos seleccionados,  jamón ahumado y unos refrescos de frutos del bosque. 

Al terminar, tomó cada uno su mochila en la que llevaron bebidas y algo para comer por si les daba apetito. Luego, llamaron a Amanda para dirigirse al bosque.

Durante la caminata fueron conversando.

–Eres un hijo maravilloso, estoy orgulloso de ti, de lo valiente y bueno que eres; estoy  contento que pasemos juntos esta aventura.

–Gracias pa, me gusta estar contigo y poder conocer a los osos bebés de los que tanto me has hablado,  pero extraño a mi mamá.

–Yo también hijo, te prometo que llegando a la cabaña la llamaremos, ¿te parece?

–Sí pa,  se pondrá contenta.

–¿Seguro que solo mamá se pondrá contenta? –preguntó sonriendo.

Diego respondió con una sonrisa.

Salieron del pueblo y comenzaron a entrar por un camino sinuoso rodeado de árboles de diferentes tamaños; algunos en conjunto creaban una ilusión de un muro.  Había  gran cantidad de bambú, que es el alimento principal del oso panda.  Mientras caminaban, Diego le hacía preguntas a su papá.

–Háblame del oso panda.

– ¿Sobre qué deseas que te hable hijo?

–Ya pues papá, dime algo de ellos, qué comen, qué hacen; no sé, de qué se alimentan y cómo viven.

–Hijo solo estaba jugando, claro que te explicaré todo de este maravilloso animal que se extinguirá si no trabajamos fuerte y detenemos a los hombres que hacen caza furtiva.

–Los osos viven de diez a quince años porque no tienen una buena alimentación; los que están en cautiverio llegan  a los treinta años. 

–¿Y por qué viven más, pa? 

–Porque están bien alimentados, cuidados por médicos y viven en un lugar seguro donde duermen sin peligro. Ellos son tranquilos, solitarios y cariñosos, viven en lugares fríos y se alimentan de bambú, antes eran carnívoros.

–¿Y  en dónde  duermen los ositos, papá? 

–Los osos duermen enroscado en un árbol, cuatro horas de noche y cuatro de día. 

–¿Son  tranquilos o peligrosos los osos pa?

–No son peligrosos, una vez que te conocen puedes jugar con ellos  y si les das de comer se ponen más cariñosos aún,  ellos llevan una vida tranquila;  comer, dormir y caminar de a uno o de a dos.  Son temerosos cuando no conocen pero después no. Los osos bebes son como mascotas y les gusta jugar.

-¡Ah, qué bueno papá! Me  encantaría que encontremos uno.

–¡Oh!, ya llegamos al lugar de los osos. No hagas ruido.  Mira con atención hijo, pero camina en silencio, nos vamos a acercar despacio cubiertos por el árbol  para que veas ese pequeño oso panda.

–Papá  ese osito parece un niñito, ¡qué lindo que es! ¿Por qué no nos podemos acercar más?

–Así es hijo, los ositos son lindos y dulces. Si nos acercamos demasiado se va a asustar y correrán; los miraremos de lejos hasta que se acostumbren a vernos. Obsérvalo cómo trepa y come.

–Son más lindos en vivo que en las fotos que una vez me enseñaste pa.

–Sí, bueno ya debemos regresar a la cabaña; la hemos pasado muy bien, ¿cierto?

–Sí pa, muy bien.

Al regresar a la cabaña,  se asearon y  luego de almorzar visitaron el laboratorio donde trabajaría Adrián y cuatro ayudantes.

De esta manera, fueron pasando las vacaciones de Diego; Adrián cuando no podía salir con su hijo al bosque, lo dejaba con Amanda, advirtiéndole que no salga solo porque en el bosque es fácil perderse y difícil ser encontrado.

Luego de dos semanas, Diego conocía muchos mejor el bosque, iba al laboratorio con su papá y visitaba a los osos panda que estaban en cautiverio. Otras veces  recorrían el bosque para ver a una osa con sus cachorros, ya que se había encariñado con el más pequeño, que era tan solo un bebé. 

Mientras Adrián, en el bosque preparaba algunos antibióticos para los osos, por si se enfermaban.

Diego jugaba con el oso dando vueltas en los montículos de tierra; cuando se cansaban se recostaban y se quedaban dormidos por unos minutos abrazados hasta que el oso lo despertaba lamiéndole la cara o pasándole su nariz fría por el cuello, Diego daba un salto riendo; la mamá osa desde otro extremo veía como jugaban.

–No hagas eso que me haces cosquillas.

El osito se sentaba a un costado de él y lo miraba con su cara redonda y sus ojos grandes, inclinando su cabeza hacia un lado.

–¡Te pondré un nombre, te llamaré Pan Pan! ¿Te gusta? 

El oso lo quedaba mirando.

Cuando veía su dulce mirada, Diego abrazaba a Pan Pan, le decía que lo quería, que era su mejor amigo y que tenía miedo de separarse de él.  Pan Pan respondía al abrazo y le pasaba su nariz  por el rostro;  Diego reía a más no poder, tirándose al piso de tierra con las manos juntas en su barriga; a Pan Pan le gustaba jugar, se echaba encima de él lamiéndole el rostro;  Diego gritaba, ¡basta Pan Pan, basta, que me duele la barriga de tanta risa!

Cierto día, al terminar de jugar, Diego sin percatarse del tiempo cargó a Pan Pan para dar un paseo y se alejó más de lo habitual.

–¡Hijo, ya nos vamos, apura que tengo mucha hambre!

Diego no respondió, se había alejado del lugar con su amigo el oso.

–Creo que nos hemos perdido, no sé por dónde ir, mi papá me dijo que no me alejara porque podía perderme y ¡Ahora qué hacemos!

Pan Pan levantó su cabeza para mirarle el rostro y rozar su nariz sobre su pecho; como si entendiera lo que le decía. 

–Pan pan, te soltaré, pesas mucho.

Hay que retroceder, ¿recuerdas el camino de regreso? 

Pan Pan lo miraba con sus ojos tristes. Siguieron caminando y vieron a lo lejos a su mamá, se acercaron corriendo, Pan Pan se soltó de Diego  y se acercó a ella porque estaba hambriento; sin darse cuenta que a unos metros habían tres cazadores; vestidos con pantalones anchos, botas, camisa negra, sombrero grande, bolso cruzado y armados con rifles. Uno de ellos apuntó a Diego, el otro tiró del gatillo e hirió a la madre que cayó al piso y el tercero cogió al oso Pan Pan y se lo llevó a paso ligero. 

–¡Pero no pueden llevárselo, no le hagan daño, es muy pequeño, no sobrevivirá sin su mamá, se morirá de hambre y no comerá!  –gritó Diego sin tener respuesta.

Diego se arrodilló.

–¡Auxilio ayúdenme no le hagan daño! ¡Paaa dónde estás! Ven rápido, que se están robando a Pan Pan –su papá estaba por otro lado buscándolo.

Diego seguía gritando:

–¡No se lleven a Pan Pan, no le hagan daño!  ¡No ven que es solo un bebé!

Mientras se alejaban; Pan Pan de rato en rato volteaba a mirar a su amigo con sus ojos saltones frotándoselos,  como si estuviese llorando.

A los minutos llegó Adrián desesperado, preguntando a su hijo si estaba herido.

–Estoy bien pa, perdóname por desobedecerte.

–Hijo  no te preocupes, lo importante es que estás bien; moriría si algo te pasara.

–Gracias pa, estoy  asustado, pensé que nos matarían. Se llevaron a Pan Pan.

–No estarán muy lejos esos malhechores, iremos a buscarlos, al escuchar el disparo pedí ayuda a los guardianes del bosque.

Adrián llamó al laboratorio para que se lleven a la mamá osa y sea atendida de emergencia, ya que estaba sangrando y mal herida.

Por otro lado, Adrián con guardianes del bosque,  se fueron a buscar al oso.
Durante más de veinticuatro horas buscaron al oso sin tener rastro alguno.

En otro lugar del bosque, se encontraban los cazadores tratando de darle bambú a Pan Pan, sin tener éxito.  Debían hacerlo porque querían llevar al oso sano fuera de China. 

No se percataron que ya estaban rodeados por los guardianes del bosque, los cuales estaban esperando a que caiga la noche para apresarlos; primero atraparon a uno que estaba recostado durmiendo,  sin que se dieran cuenta sus compañeros, después al segundo, que vigilaba por si alguien llegaba, lo cogieron por la espalda apuntándole con un arma y tapándole la boca y al tercer cazador se acercaron lentamente hasta apuntarle el rifle cerca de su frente; sorprendido tomó al oso y amenazó con tirarlo al precipicio; uno de los guardianes le dijo que era mejor que se entregase y le bajarían la pena; de lo contrario él también moriría; el cazador no hizo caso y llamó a sus compañeros.

–Es demás que los llames, ya los atrapamos, solo quedas tú –lo siento entonces moriré con el oso.

Uno de los guardianes estaba esperando el momento preciso para dispararle al cazador y así lo hiso, lo hirió  en la pierna y este soltó al oso.

Pan Pan volvió sano y salvo con su mamá, que ya estaba más recuperada.

Terminadas las vacaciones; Diego tomado de la mano de su papá, se dirigía lentamente a despedirse de Pan Pan, no quería que llegara ese momento.

–Tranquilo hijo, el próximo año volverás a ver a tu amigo.

Con el rostro cubierto de lágrimas, sin poder hablar, miró a su papá tratando de sacar una sonrisa.

Diego de lejos al ver al oso corrió gritando hacia él. 

–¡Pan Pan, Pan Pan te extrañaré mucho! No quiero dejarte pero debo hacerlo.

Lo abrazó fuerte y le dijo que volvería, que no lo olvidaría; Pan Pan sin entender lo que pasaba, jugaba haciéndole cosquillas lamiéndole la cara y echándose encima él.

–Pan Pan no estoy jugando, no lo hagas más difícil anda, vete donde tu mamá que te espera,  por favor Pan Pan, nunca te olvidaré, te extrañaré amigo.

El oso se alejó, de tramo en tramo volteaba y se sentaba a mirarlo. Diego insistía; vete Pan Pan.  Luego de caminar un tramo más, se juntó con su mamá y de lejos lo miraba alejarse.

Diego  lloró  como nunca, le gritaba: volveré y jugaremos. Se puso de cuclillas, se cubrió la cara con sus manos y siguió llorando. Su papá lo abrazó.

Durante meses Diego extrañó a Pan Pan, no sabía qué era, si su cara redonda, la dulzura de sus movimientos, su caminar o su cara de payaso triste lo que le causaba y despertaba ternura.  No podía describirlo, pero sí sabía que lo hizo muy feliz estando a su lado porque no podía sacarlo de su corazón ni de su mente.

Al crecer Diego, estudió veterinaria;  y más adelante, apoyado por su padre, puso un Centro de Protección al Oso Panda.

viernes, 3 de julio de 2015

Ratzillas

 María Elena Rodríguez 


Flor Ramírez lleva cerca de ocho meses viviendo sola, su casa de dos pisos y cuatrocientos metros cuadrados de construcción, de fina y costosa decoración minimalista, amplios jardines llenos de flores de todas las variedades y colores,  le ha quedado enorme, desde que Anabel, su última hija de veinte y siete años,  se casó.

Voy a tener todo el tiempo para mí, sí… seguro, son tantas las cosas que tengo que hacer…

Era lo que había estado repitiéndose incesantemente durante esos meses, siempre con la mirada perdida en el infinito, cuando solía sentarse al pie del ventanal de su dormitorio  el cual tiene  una salida directa hacia el jardín, pero hasta ahora no  concretaba absolutamente nada que  llene  y  colme totalmente su tiempo, sus  emociones.

Todos  los días se levanta a las siete de la mañana; de forma automática, previo una media hora de divagaciones mientras mira a través del ventanal acurrucada dentro de sus cálidas y satinadas sábanas; a Flor le gusta dormir con las persianas abiertas. Su jornada empieza  con una caminata por los alrededores del  barrio. Antes lo hacía acompañada de  Ágata, una fornida perra pastor alemán,  mascota de Anabel. Le tomó por sorpresa que su hija decida llevársela,  pues Günter, quien es ahora su yerno,  tiene en su casa cuatro perros de igual tamaño y raza.

—Ahora te quedas tranquila, ya no tendrás que  pasear más a Ágata, ni  que desgastarte tanto peinándola, es demasiado  trabajo para ti— dijo Anabel a su madre.

El día que se llevaron  a Ágata, Flor no alcanzó a recordarles sobre las visitas al veterinario, ni de las vitaminas que debe tomar, o del tipo de galletas que le gustan, inmediatamente su hija y su yerno le dijeron que tenían suficiente destreza y organización para cuidar perros grandes. Como fue todo tan rápido, ni siquiera pudo dar un abrazo de despedida a esa mascota que  según entendió, había sido prestada. Se sintió sola.

Era un día miércoles, esa mañana se alargó su tiempo de ejercicio y caminata, en la tienda  donde compró el pan, el periódico y una funda de maní fresco y salado, se encontró con el presidente del barrio quien le dijo  que le harían llegar un documento para que ponga su firma de respaldo, a lo que ella asintió inmediatamente.

—Es el colmo Flor, volveremos a mandar una carta al municipio, los contenedores de basura  que se colocan en cada cuadra deben ser retirados todos lo días, si no, se llenan de moscas;  perros  y gatos  pasan hurgando en los desperdicios, y lo que es peor, seguro que ya mismo aparecerán ratas, ¡sería un desastre!

De regreso  se encontró  después de mucho tiempo con Zoila, una vecina que vivía a dos cuadras de su casa.

—¿Caminando sola Flor? ¿qué pasó con tu perra?

—La dueña de Ágata es Anabel, y sabes que como se casó y…

—¿Se llevó la perra y no te consultó? bueno, los hijos son así, mejor si esperas poco de ellos  Flor, o mejor nada…

Zoila no se detuvo ni dos segundos para conversar, luego de sus frases lapidarias siguió de largo y dejó a Flor con la palabra en la boca, o tal vez ella no tenía nada que responder; se quedó parada sobre la vereda húmeda mientras a su lado pasaban dos niños con uniforme de escuela a quienes  ella quedó mirando por largo tiempo, a la vez que,  junto a una brisa fresca,  perdidas en un eco, le sonaron las voces de sus hijos cuando eran aún niños.

Era miércoles, Flor  tenía dos actividades que cumplir; una era almorzar con sus dos hermanas, y más  tarde iba a encontrarse  con algunas amigas y antiguas compañeras de colegio; hasta que  den las doce del día,  hora de  salir, no tenía nada que hacer.

Al llegar a su casa, inmediatamente se dirigió hacia el dormitorio, el único espacio que le ofrecía algo de calidez, el resto de esa enorme vivienda eran solo lugares fríos y sórdidos para su gusto. Abrió el   enorme ventanal que daba al jardín, colocó un almohadón en el piso y se puso a comer el pan (media palanqueta) y luego el maní salado; decidió que eso sería su desayuno. Flor pensó que debía ser un poco más ordenada con la alimentación; desde que se fue Anabel ella se había vuelto muy informal con el estilo de comer, tal vez era momento de establecer  alguna dieta especial, pero lo pensaría más detenidamente; mañana o tal vez, la próxima semana.  En ese instante no le apetecía hacer nada más.

Flor no era muy interesada en  las noticias, pero igual se leyó todo el periódico. Se enteró de la política, la economía, la cultura;  nada le  resultó novedoso,  se distrajo más tiempo con las secciones de variedades, vida de artistas y casos curiosos, ese día,  el gran suceso era un listado de las diez especies  de animales que habían desarrollado tamaños extraordinarios, se informó sobre estrenos de obras de teatro, descubrimientos médicos,  y más primicias. Estuvo tan distraída que el tiempo le pasó sin que se dé por enterada, así que de un brinco se levantó, cerró el ventanal dejando el periódico, los restos de pan y maní  regados en el piso;  inmediatamente entró al baño a ducharse, tenía los minutos contados para estar lista, salir y llegar a tiempo, no le gustaba hacerse esperar.

En sus incesantes reflexiones en solitario, Flor pudo definir y conceptualizar su estado de ánimo —estaba en reposo— cual agua mansa, silenciosa, como ella misma solía decir. A veces le colmaba un mutismo total; era común que si alguien le hablaba se perdía en medio de una conversación.

Manejando el carro  rumbo a la casa de Rocío, su hermana mayor, pensó en Pedro y José Antonio, los hijos mayores que se mudaron  hace cuatro y seis años respectivamente; por un momento abrigó la ilusión de pasar gran parte de su tiempo cuidando a nietos que nunca llegaron; entonces se activaban en su memoria las gastadas muletillas repetidas, unas veces por sus hermanas y otras, por sus amigas:

Verás Flor, la tarea de madre nunca se termina, te encontrarás siempre preparando almuerzos para tus yernos o tus nueras el fin de semana, porque ellos quieren descansar, no dejarás nunca de ser la mamá que les atiende en todo.

Llevarás  a sus hijos a todas partes, tendrás que comprarles juguetes y todo lo que se les antoje, ya verás, ser abuela también cansa.

Alguna vez le alertaron con esa idea, pero no fue ese su caso.   Sus hijos  eran muy informales, no tenían expectativas de hacer crecer sus respectivas familias, y  si bien le visitaban con sus parejas, no se concretaron con frecuencia esas escenas tradicionales que ella imaginó,  además, en general, los muchachos y Anabel, por cuestiones de trabajo constantemente estaban de viaje.

¿Qué quisiera?, sí, tener mis nietos, mis amigas hablan mucho de eso… ¿y si de pronto la decisión de mis hijos es no ser padres? , ahora las parejas de jóvenes son muy diferentes, tienen otra visión y otros intereses, además yo pienso que eso está muy bien…

Flor llega a la casa de su  hermana Rocío,  la mayor. Era la clásica mujer de rutinas y estilos de vida convencional, con tres hijos casados, seis nietos y tres nueras a quienes controlaba —en el buen sentido—, según ella mismo decía;  tenía ocupado la mayor parte de su tiempo, y el que le sobraba era utilizado para interpelar  al prójimo y dar consejos, que mucho se parecían  a dictámenes  y preceptos,  esa tarde no fue la excepción.

—Estás muy sola Flor, de pronto una pareja te haría bien.

Después de su viudez luego de ocho años, tuvo dos relaciones con las que no llegó a nada, fue muy discreta en las mismas, sus hijos siempre se mantuvieron alertas, y eso hizo que  en ella se desvanezca en cualquier pretensión de “rehacer la vida”.

¿Rehacer la vida?...como que mi vida estuviera rota.

—Esperemos que Anabel se embarace rápido, y mejor si tiene hijos seguidos, eso te ocupará bastante el tiempo. Así sucede cuando uno se queda sola Flor, no te preocupes.

No estoy preocupada…

Flor no dijo nada, era muy prudente cuando se trababa de los “consejos” de Rocío, atribuciones que ella se las tomaba  de buena manera, sabía que en el fondo se inquietaba por ella. Cuando  llegó Cristina, la menor de las  hermanas y  también abuela, almorzaron.

—Come Flor, no me dirás que estás cuidando la figura, ¿a tu edad? ¡por favor!

Rocío era una excelente cocinera, no había dudas. Se había esmerado con una lasaña de pollo y otra de carne,  así que prácticamente  les exigió que coman de las dos,   le acompañaron  con una ensalada mixta y champiñones, más cuatro rebanas de pan de ajo, jugo de fruta,  luego pastel  de manzana,  para terminar,  un café con alfajores, Flor comió seis.

—Flor, parece que estás comiendo más de la cuenta, tanto dulce no es bueno, los alfajores son pesados para el estómago— le dijo Rocío.

Poco a poco Flor sabía que iba a  superar esa sensación de vacío que le invadía por la presión que ejercía sobre ella, todo  su entorno más cercano. Luego del almuerzo, decidió no volver a la casa, prefería hacerlo en la noche, su vivienda  era tan enorme, que llegar pasado el medio día solía deprimirle un poco. Cuando dieron las cuatro de la tarde se retocó el maquillaje y recibió los últimos consejos de Rocío; Cristina, la hermana menor, salió inmediatamente después de comer.

Flor se dirigió a la casa de Lisbeth, su querida amiga desde cuando estaban en la escuela, quien ahora se hallaba empeñada en reclutar a las compañeras de la vida estudiantil; ella también  ejercía  el cargo desinteresado de consejera.

—Ojalá tengas suerte con tu hija mujer  Flor. Es que entre mujeres es diferente. Ella se dará cuenta de lo sola que estás  y te dará nietos.

—¿No almuerza Anabel  con su marido en tu casa?

—Ponte más guapa y búscate un novio.

Eran las insistentes expresiones que casi se había acostumbrado a oír durante esos meses. Su silencio y sobrecogimiento no le complicaron la vida.

En la reunión las amigas hablaron de muchas cosas, no solo de los típicos temas que endilgan de forma estereotipada  a las mujeres  que han sobrepasado los cincuenta años: las cirugías y los calores de la menopausia. Realmente se divertía, estaban planificando hacer un viaje juntas, un viaje largo, una excursión, libres de hijos y esposos.

—Tú te libraste de eso Flor, por suerte. Es difícil mantener un matrimonio después de tantos años.

—Mejor estar sola Flor, que alivio no tener que dar cuenta de tu vida a nadie.

—El tiempo de una mujer es sagrado, de eso no de se dan cuenta ni los hijos y peor los esposos ¡es terrible!...

Lizbeth se  afanó en la atención  a sus invitadas; les sirvió sushi, canapés, variedad de quesos y jamones, empanas rellenas de carne, varios bocaditos, pastel de chocolate,  agua, gaseosas y té;  con esa  diversidad de comida satisfacía  los diferentes  gustos de todas sus amigas. Para evitar levantarse a cada momento y llenar su plato con tan deliciosos entremeses,  Flor optó por sentarse junto a la mesa y probar de todo, mientras  las miraba y escuchaba conversar, quejarse de la vida, y recibir unas cuantas críticas.

—Qué manera de comer tienes Flor, bueno, la suerte es que no te engordas.

—Si un hombre te ve comer sale corriendo.

—Preferible darte de vestir y no de comer.

Flor no se tomaba a mal los comentarios, más bien le provocaba risa  que le hagan broma con eso.

 Ya voy a moderarme en la comida, haré más ejercicio también.

La jornada se extendió casi hasta las nueve de la noche. Cuando llegó a su casa, Flor encendió la luz de entrada de la puerta principal, la cual quedaba prendida hasta el día siguiente,  fue directamente al baño, se aseó, se puso la pijama y luego se metió  en la cama. Tenía cansancio y mucha pesadez. Dio varias vueltas para acomodarse, no encontraba una posición que le haga sentir holgada, entre conciliar el sueño y despertarse por varias ocasiones , le pasaron algunas horas, no se sentía bien.

En su intento por dormir, poco a poco empiezan a desfilar sobre su cabeza las imágenes de todo lo sucedido durante ese día, desde la mañana muy temprano cuando se encontró con el presidente del barrio, y luego todo se repite de forma casi automática. En medio de un absoluto y total silencio, Flor se levanta de la cama y sale directamente al jardín, la hierba está mojada de rocío y ella siente  la humedad en sus pies descalzos.

Aprecia  dentro de sí misma el  vacío,  la nada, pero se da cuenta de que es diferente, seguramente está vaciada de todo lo que no le hace falta, se siente fluir en medio de esa fresca noche, y se deja llevar por las sensaciones que le invaden…está muy oscuro pero los pájaros cantan y las flores lucen sus colores de forma más intensa, llenas de escharcha…es algo inusual pero ella no se sorprende.

…soltar, soltar la vida, desapegarse, fluir,  vaciarse de todo, no tengo odios, no hay rencores, nada me falta,  hay algo más, la vida entera es algo más, esta es la soledad, la edad del sol, me siento bien, estoy bien…

Flor siguió con esas reflexiones, a su jardín le llegaba casi por completo la luz del poste de la calle, pero era de color violeta muy fosforescente; cuando en medio de sus cavilaciones sobre la belleza de la vida y el tomar conciencia de lo observado, le pareció extraño que todos los contenedores de basura del barrio estén en su casa, ¡en su jardín! no tenían tapas y estaban totalmente repletos.

¿Qué raro? ¿por qué habrán hecho eso sin pedirme permiso?

Inexplicablemente percibió los  aromas de todo lo que había comido ese día, lo que  le provocó un agria sensación en el estómago,  luego le llegó el pestilente  olor del  basural, automáticamente  aparecieron desperdicios con formas extrañas, en  porciones gigantescas, gelatinosas y brillantes.

En breves  segundos Flor sintió una presencia,  bajó  la vista  hacia la hierba y  se encontró acechada de manera fija y profunda, era la mirada de  un ser mutante, enorme,  tendría alrededor de sesenta centímetros de largo, con una cola extensa y puntiaguda, era un roedor negro y monstruoso que permanecía frente a ella en posición de alerta, listo para atacar.

Flor se quedó paralizada, empezó a sentir frío, la luz violeta del poste se transformó en un rojo intenso, su corazón parecía que le  iba a  salir del pecho, escuchaba sus latidos a un volumen  agudo y estridente, inmediatamente desató la  lluvia  con una fuerza inusual, su pijama blanca se manchaba con gotas de agua color negro, también le caían trozos de maní, pero tenían el peso similar al de piedras pequeñas, además  de restos de pan;  el animal  mojado que  lucía más repulsivo, seguía vigilante como si estuviera preparado para saltar sobre ella.

Retrocediendo  mucha con habilidad  y  cautela, Flor, de un  solo brinco entró a su dormitorio y cerró con fuerza el ventanal contra el cual se estrelló el roedor. Se quedó mirando a través del cristal  con la respiración entrecortada, a los pocos segundos  vio como sorpresivamente apareció en el jardín Ágata, su bella Ágata, valiente e intrépida se  enfrentaba con ese roedor repulsivo.

—¿Te devolvió la perra tu hija?

¡Qué extraño era eso! Flor regresó a ver hacia atrás, no sabía de donde salió  la voz de Zoila, su amiga con la que  se encontró en la mañana mientras hacía su caminata diaria.

Es jueves,  Flor ha dormido más de la cuenta, tuvo una noche espantosa, recién  alrededor de  las cinco de la mañana pudo conciliar el sueño, se levantó casi a las cuatro de la tarde con un intenso dolor de estómago, tenía  pesadez, aturdimiento,  y una  jaqueca insoportable; con mucho desgano abrió el ventanal, se fijó que del día anterior quedó en el piso la almohada que puso para sentarse, el periódico, migas de pan y restos del maní salado;  los recogería luego,  era urgente ir  al baño.

Después de unos minutos sonó la regadera, mientras tanto, en el suelo, sobre el periódico, un pequeño  roedor negro   comía esos residuos, sus patas merodeaban  encima de  una de las noticias que Flor leyó ayer, aquella relacionada con los  seres mutantes:


Ratzillas’, ratas gigantes mutantes resistentes a venenos que azotan Inglaterra

Un tipo de rata mutante está causando dolor de cabeza y temor entre los británicos. Es   una rata gigante, mide hasta unos 60 centímetros de largo, razón por la que muchos la han apodado "Ratzilla".  Lo que más sorprende de este raro animal no es su tamaño, sino una mutación que hace que sean resistentes a los venenos para eliminar ratas que son utilizados desde los años 50 del siglo pasado…



Pronto timbrarán en la puerta de la casa  de Flor; por tercera vez en el día llega  Clemente, el asistente del presidente del barrio, en la mañana fue dos veces pero nadie atendió a su llamado, lleva la carpeta con las firmas de respaldo que presentarán en el municipio, falta su rúbrica; paralelamente, han pasado los filtros de seguridad  de ese conjunto residencial, Anabel y Günter;  ella tiene una sorpresa para su madre, en el asiento posterior del vehículo duerme plácidamente una cachorrita de dos meses, la parió Ágata. 

martes, 30 de junio de 2015

Natalia

Camilo Gil Ostria


Algo en ella desconcertaba de una forma extraña. Su pelo era largo, de un dorado tan claro que si se contaba con mucha luz parecería que en realidad era blanco. Tenía un alma vieja –algo que me parecía increíble en una mina– no era necesario pasar más de cinco minutos con ella para saberlo. Su mirada, esa mirada traspasaba tus ojos –a veces eso hacía que te sientas incómodo– para llegar finalmente a tu cerebro, donde ella te leía libremente.

Un lunes –tipo seis de la tarde– ella tocó mi puerta. No tenía más de doce años en aquella época –yo tenía veintidós–. Le abrí, vestido únicamente con mis boxers, medio dormido, esperando poder decirle a alguien que se marchará para seguir con mi sueño. Solía dormir de tarde, escribir temprano en la mañana, salir en la noche a fiestas, mi madre siempre decía que mi vida era un desorden... aguafiestas.

La gente mencionaba que yo era sociable, sin embargo pensaban lo contrario a la verdad, la gente me da asco… Pero, ¡¿cómo esperan que sea amable con ellos si a veces son tan imbéciles?!

–Mi padre murió… –dijo ella. Me quedé congelado, nadie nunca me había enseñado cómo reaccionar cuando alguien te dice eso, puse una cara de estúpido por unos segundos. Luego le pedí que pase.

Le dije que me esperara, que iba a vestirme, dijo que no, que no quería pasar ni un solo segundo sola, que sentía que el fantasma de su padre la seguía. Era una simple niña, se notaba en el temblor de sus labios –en una tarde tan cálida como esa– que tenía miedo, mucho miedo. Entonces me quedé así. Se sentó a mi lado, luego de un momento empezó a hablarme:

–Murió a las seis de la mañana, a esa hora le doy su pastilla para el dolor, a las nueve le doy o mejor dicho le daba una para la digestión y en el almuerzo otra para su tos. –Su voz era suave, al hablar miraba únicamente al piso, donde mi alfombra de tonos blanquecinos; manchada con café, quemada con cigarros, aromatizada por vodka y quién sabe que más; reposaba–. Él ya era viejo. Era su hora de partir, todo le dolía, siempre se quejaba de la vida, yo tenía que ir como su esclava, de un lado a otro, preparar el café, traer el periódico, leérselo, y ¡ay de mí si encontraba una novela que le gustaba! Me tenía leyéndosela horas hasta terminarla.

Hizo una pausa, levantó su mirada para mirarme a los ojos. Ya no parecía amenazadora, ahora era como un gato, cuya pata se había roto, merecía cuidados, también los aceptaba. Pero mostraba tener fuerza para luchar si era necesario.

–Tú le gustabas, no sé por qué, pero siempre decía: “Ese Jeremías, siempre escribiendo, haciendo lo que le gusta, amando el arte como Dios manda, ese hombre llegará lejos”, seguía diciendo: “Él sería un buen esposo para ti”. Yo siempre le decía que ya no estábamos en la época donde los padres escogían la pareja de sus hijas, le reclamaba que debería dejar de ser tan anticuado, le recordaba que si me dejara salir, talvez ya habría encontrado un novio.

Hizo otra pausa, esta vez volvió su mirada a la alfombra, me avergoncé un poco del fuerte olor a alcohol, tanto en mi departamento, como en mí mismo. Entonces me levanté, pero no salí de la sala en la que estábamos –en la que muchas veces había caído borracho– talvez por eso no protestó. Encendí un incienso olor a vainilla para disimular los otros olores y prendí la única luz del cuarto. Posé mi vista en un hermoso cuadro que había comprado años antes, era un gran cartucho rosado, con un fondo morado casi negro, resaltaba de una manera hermosa sobre mi pared blanca, el toque de suciedad en la misma hacía –aunque nadie me creía– que ese pedazo de arte se luzca más. La obra; justo encima del sillón plomo en el que Natalia se sentaba; era mi pequeño orgullo.

Entonces volví mi mirada a la niña, me senté justo a su lado, ella se acercó más a mi cuerpo, totalmente congelada; para estar con sus blue-jeans y su polera negra, de manga larga; en realidad me sorprendía. Sus ojos, rojos por tanto llorar, no dejaban de ser bellos. Al poco tiempo de estar en esa posición, ella continúo con su relato:

–Pero quizás él tenía razón. –Su voz era suave, casi un susurro, ella pasó en una caricia su pequeña mano por mi pecho, hasta llegar a mi abdomen, un escalofrío recorrió mi cuerpo y la miré sorprendido–. Lo siento, pero no creo que el fantasma de mi padre deje de perseguirme, a menos de que seas… mi esposo.

–Nata –dije acariciando su mejilla, intentando controlar lo que pasaba ahí, sin herir sus sentimientos, pero al mismo tiempo sin encadenarme a una relación que era prohibida por ley– sé que tu padre era mucho para ti, pero los fantasmas no existen, y si existieran no creo que el de tu padre, o cualquier otro, te persiguiera para que seamos novios –reí de la forma más real que pude, mientras su mano se paseaba libremente por todo mi cuerpo–. Si yo fuera tu padre y volviera del inframundo no sería para que tengas pareja, sino para que no… ¿Entiendes?

Su tono de respuesta fue más débil que antes, su voz se quebró y tartamudeó unas cuantas veces.

–Nnono, tú no entinedes, no entiendes, le hihice una promemesa a mi padre.

–¿Qué promesa? –Mi tono ya no era muy gentil, jamás creí en los fantasmas, pero no por eso quería estar enredado en la promesa de una niña con un muerto. Mi imaginación era bastante fuerte, las pesadillas que vendrían después de eso no parecían muy agradables.

Su mano acariciaba mi nuca, luego mi oreja, un suave toque en el mentón, luego por el borde de mi cuello, hasta llegar a mi espalda.

–Le prometí… –se interrumpió unos segundos, tomó un buen bocado de aire, el incienso se consumía poco a poco– que me casaría contigo…

Silencio, ella quitó su mano de mi cuerpo, mi única luz pareció parpadear –aunque talvez solo era mi mente jugando conmigo– nadie se atrevió a agregar nada. La miré a los ojos, ella lloraba, pero de una forma tan calmada, tan silenciosa… que si no hubiera mirado su hermoso rostro pálido, no hubiera caído en cuenta de que lágrimas caían por él. Odié verla así, con mi dedo índice detuve la caída de la lágrima, luego frote su hombro, intentando calmarla.

–Natalia –volví a mi tono relajado– eso ni siquiera es legal, eres una menor de edad.

–El matrimonio –respondió con un tono lleno de confianza– es solo una formalidad. En la práctica es la unión que tienen dos personas, una unión física-espiritual.

“¡¿Me estaba pidiendo sexo?!”, fue lo primero que pensé, sin embargo no quise decir lo que pensaba en voz alta, aunque talvez ella ya lo sabía, ella siempre sabía... Solo la miré, intentando creer que una creatura tan inocente –pequeña y que parecía tan pura– podría pedirme eso.

–Lo siento –dije, alejándome un poco de ella– pero el matrimonio, sea cómo dices o en una iglesia, se basa en el amor. Yo, lastimosamente, no te amo.

Sentí que algo se rompía en su mirada, intentó darme la espalda. No lo logró, el sillón no era tan grande; pero solo mostrándome un lado de su cara, dijo:

–No seas tonto… –disimuló su tristeza con una sonrisa fingida, dio otra pausa larga para tomar aire– sé que me amas, al menos de una forma física, y ese amor que sientes por mí se puede volver en mucho más.

La chica era linda, pero ¿amor? Ni en sueños.

–Sé que tienes miedo, que deseas que me “case” contigo –giré mis ojos, luego de decir la última frase con sarcasmo casi imperceptible– que te ame, quizás que algún día tengamos una familia. Pero no quiero eso, como decía tu padre soy un escritor comprometido con mi arte, necesito mi soledad, mi espacio. Una esposa no te deja tener eso.

–Solo necesitamos hacerlo una vez…

Sí, eso sin lugar a dudas era hablar de relaciones coitales. La niña era una loca, o quizás sus hormonas saltaban de un lado a otro, como cientos de boli-gomas lanzadas a un cuarto pequeño, algún momento tendrían que dejar de rebotar.

–No –fue mi respuesta, en un tono tan amigable que casi no creí que fuese yo el que hablaba, con mi mano derecha acaricié, nuevamente, su hombro intentando calmarla– no necesitamos hacerlo, tú necesitas hablar con algún especialista –quizás un psicólogo o un psiquiatra– sobre tu padre. Yo necesito ir a una fiesta, tomar suficiente, olvidar esta tarde.

–Por favor… –fueron sus únicas palabras.

Me paré, indicándole que la acompañaría a la puerta. Ella en un impulso desesperado jaló mi ropa interior hacia abajo, dejándome completamente desnudo.

–¡Ya basta! –le grité enojado, ella se quedó mirándome, de pies a cabeza una y otra vez, como hipnotizada. Subí mi ropa lo más rápido que pude, pues mis instintos sexuales empezaban a despertar. La jalé del brazo, Natalia se paró finalmente por voluntad propia y dijo:

–La maldición de mi padre caerá sobre ti, pues ya he hecho todo lo posible por casarme contigo. –Su voz empezó a tartamudear de nuevo desde este punto–: Aahoora, susufre las consecucuencias…
Natalia se marchó.

Al principio, como cualquier ser racional, no escuché sus amenazas. Esa tarde había sido demasiado extraña como para volver a dormir, entonces me duché y fui a un bar cercano. Yo solía ir a discotecas, bailar con chicas lindas y llevarme una a mi casa para tener un buen cacho, pero ese día no estaba de humor, solo quería licor. Mientras peor era su calidad, mejor era para mí.

Entré por una puerta de madera que simulaba las antiguas puertas de las cantinas del viejo oeste de Estados Unidos, cuyas películas era tan famosas –especialmente las de Clint Eastwood– y que disfruté tantas veces con un buen tarro de pipocas. Me senté en el bar y pedí mi trago favorito, exactamente por ser muy barato en ese lugar:

–Un shot de vodka por favor. –Luego de pensarlo un momento agregué–: Mejor que sean dos.

El encargado del bar me miró, preguntó si había tenido un día difícil, le dije que no. No tenía ganas de hablar con nadie, peor con un curioso que se encargaba de escuchar historias deprimentes de borrachos todo el día. Me sirvió con rapidez, con la misma, o incluso más, acabé con los pequeños vasos. Luego pedí dos extras. Volví a acabar con ellos como Speedy Gonzales, luego pedí una cerveza. Me dediqué a escuchar la música, intentando no enfocarme en lo que pasó en la tarde. Había un fuerte olor a vómito inundando el lugar, suerte que mis sentidos estaban confundidos, además de acostumbrados a ese tipo de vida.

Acabé con mi cerveza, la música era bastante antigua, un folk extraño –pero chévere– aunque al tiempo llegó a marearme. En fin, pedí una cerveza más y fui a tomarla junto a la puerta, donde el aire era limpio y la música casi no se escuchaba.

Para empeorar la cosa, no podía dejar de pensar en Natalia desde que la vi por última vez, no podía dejar de pensar en sus suaves manos pasando sobre mi pecho, en su voz, en su dulce sonrisa, en su intento infantil –aunque excitante– de verme desnudo.

Salí, viendo las aceras desiertas, pero en la calle pasaba un auto detrás de otro a velocidades incomprensibles –peor en un estado como el mío–. Entonces una extraña figura, de mi lado de la acera, empezó a acercarse, al principio no le presté mucha atención, pues pensé que era un extraño cualquiera, pero de pronto escuche la voz de Natalia en mi cabeza.

–Él, que ves caminando con decisión, él, esa sombra de extraña procedencia, él, es mi padre.

Un temblor sacudió mi cuerpo. Intenté fijar mis ojos en la figura, pero con la misma decisión con la que venía, justo antes de que pueda verlo bien, giró hacia la derecha, y como si fuera obra del destino los autos dejaron de pasar. Él cruzó la calle y se marchó, jamás pude ver quién era en realidad…

Entonces volví a entrar al bar, pedí otra cerveza. Luego pensé que era suficiente y fui a escribir a casa. Llegué como un rayo, totalmente mareado, con ganas de escribir, luego no recuerdo exactamente qué pasó, pero desperté a las ocho de la mañana tirado en la sala.

Desperté y fui directamente a vomitar, luego me recompuse un poco, serví un vaso de agua y tomé mitad, me dirigí a mi habitación con vaso en mano –derramé un poco del agua por culpa del dolor de cabeza–. Mi habitación; con una cama, una mesa de noche, una silla, un basurero, un escritorio con una máquina de escribir y muchas hojas; era mi lugar favorito.

En lugar de una alfombra blanca, la alfombra es café, por lo que la suciedad no se nota tanto, pero el olor a alcohol y a vómito es muy fuerte, se pega a las cosas para nunca salir. No le di mucha importancia. Me senté, había una rima escrita en la hoja…

Te mataré,
o te amaré,
pero jamás te dejaré.

Otro escalofrío, me paré de golpe e inmediatamente me pregunté quién había escrito eso, luego pensé en que era una de las peores rimas que había visto en mi vida, quién la había hecho no se debería dedicar a ser poeta. Podía haberlo escrito yo –no lo creía posible, yo era un buen poeta– ayer en esas horas que en realidad no recordaba, o alguien podría haber entrado a mi departamento. Lastimosamente había una tercera opción, una en la que ni siquiera quería pensar. El padre, cuya maldición me perseguía, lo había escrito, dejándome un mensaje de la hija.

Me di la vuelta y vi a alguien correr por mi sala. El miedo que afloraba en mi interior se volvió terror, terror puro y verdadero. Me levanté de mi escritorio y busqué algo para protegerme. Escogí el cuarto equivocado, hubiera deseado estar en la cocina llena de cuchillos, desde donde el intruso posiblemente acechaba en ese momento.

Pero en mi habitación no había cosas útiles, usé lo que tenía a la vista, pues era mejor que nada: Mi vaso de agua, claro que antes lo terminé.

Miré con cautela por la puerta de mi habitación, la sala parecía vacía, pero estaba seguro de haber visto algo moverse, entonces pensé que mis sospechas eran correctas. El intruso estaba en la cocina, como para confirmar esto, se escuchó el estruendo de un sartén caer.

Bien agarrado de mi vaso y atento como si Belcebú en persona me estuviese siguiendo, di unos pasos por la sala, justo para poder ver que la puerta de la cocina estaba abierta, miré a través de ella y no me pareció ver nada fuera de lo normal.

Di unos pasos más hacia la puerta, miré desde el marco de la misma y mis dudas fueron aclaradas, no había nadie. Tampoco encontré ningún sartén en el suelo, o prueba de que hubo un intruso en mi departamento. Talvez mi imaginación jugaba conmigo, quizás… Pero era muy difícil para mí creer eso, porque estaba seguro que vi a alguien moverse en mi sala. Bueno, superé todo eso y marché a hacer lo que era importante: escribir.

Lo hice todo el resto de la mañana, apenas escribí dos planas, bueno, en realidad escribí unas diez, pero solo dos servían. Era alrededor de las tres de la tarde y obviamente tenía hambre. Me levanté, salí de mi departamento, lo primero que hice fue tomar un gran trago de aire fresco, luego me dirigí a una pensión en la que suelo almorzar y que siempre guardan un plato para mí; eso es lo bueno de no cambiar de pensión por ser bastante barata.

Caminé hasta el lugar, no eran más de dos cuadras y me hizo bien, sentí como se relajaba mi cuerpo. Entré por su única puerta de vidrio, que tenía colgado un cartel que rezaba: “abierto”.

El lugar era más bien sencillo, me senté en la barra donde el mesero –ese Fabián era un amor de persona– atendía. Además de la caja desde donde se podía ver la cocina, no había gente a mis lados, pues la mayoría se sentaban en las mesas familiares del fondo. Un fuerte olor a carne me llamó y dije:
–Fabián, ya sé que es el almuerzo… –hice una pausa para esperar que él se acercara– parrillada.

El muchacho, de no más de diecinueve años, sonrió. Asintió con la cabeza, también tomó mi propia sonrisa como una orden, pues al poco tiempo trajo un plato bien servido de carne, arroz con queso acompañado de ensalada.

Comí con avidez, tenía hambre. Desde el día anterior no había comido nada, típica vida de artista. Terminé y pedí que trajeran el postre, un delicioso arroz con leche. Lo terminé en menos tiempo del que tardaron en traérmelo, estaba tan rico que había valido la pena. Pagué mi cuenta, me despedí de todos los que trabajaban ahí, pues ya los conocía de memoria y sin decir nada más salí del lugar.
Esa calle era normalmente bastante vacía, pero en esos momentos estaba bastante perturbadora, pues parecía totalmente desierta, con una excepción...

Al frente mío: el padre.

Lo reconocí inmediatamente, pues él era una de esas personas que uno nunca olvida, totalmente calvo, de rasgos finos, tez blanca como la de la hija. Sus gafas de sol y su terno gris. Sin lugar a dudas era él. Me miró fijamente unos segundos, dijo algo que en realidad no alcancé a escuchar y justo enfrente de mis ojos desapareció. Fue como si el aire se lo llevara, o como si él se volviese aire y ¡bum! Ya no está. Al principio no pude creerlo, insistí que era mi imaginación, la maldecí por ser una de escritor, deseé no tenerla e incluso me amenacé con el suicidio, algo que jamás cumpliría. El mismo mesero que me atendió minutos antes salió de la pensión y preguntó:

–Oye, ¿todo bien? –le agradezco que haya hecho esa pregunta, pues me sacó de mis pensamientos, asentí con la cabeza, le di una buena propina, me marché a casa, sin mirar a los lados, ni siquiera miré mi camino. Solo a mis pies, pues ellos no podían ser demonios que volvían de la muerte para que me case con sus hijas, ¿o sí?

Finalmente volví a la poca seguridad de mi casa, como si sirviera de algo cerré todas las puertas, ventanas, todas las posibles entradas –y salidas– para así sentirme un poco más seguro, me desvestí, y dormí.

Como a las cuatro de la tarde algo me despertó.

Todas las cortinas cerradas, la penumbra inundaba mi habitación. No se podía ver absolutamente nada. Me levanté, esta vez tomé precauciones  –guardé un cuchillo en mi mesa de noche, lo agarré con fuerza de su mango y salí de mi cuarto– claro que antes prendí las luces. Toda mi casa, excepto mi cocina que no tenía cortinas –y mi cuarto cuyas luces acababa de prender– estaba en completa oscuridad, no podía ver nada en la sala. Algo tocó mi pie izquierdo. Di un salto a causa del terror, sentí como mi corazón se agitaba un poco, forcé toda mi capacidad visual para ver qué me había tocado. Era mi ropa del día anterior, entonces di cuenta de mi propia estupidez, reí, luego me acerqué a la pared, donde el interruptor de la luz de la sala y la prendí. Un sonido llamó mi atención. Yo estaba asustado como la mierda.

No sé qué era en realidad, se escuchaba cerca de mí, en la misma sala. De pronto una voz en mi mente dijo:

–No temas, solo soy tu futuro suegro… –dejé caer mi cuchillo.

Lancé un grito al aire, sentí como el corazón se aceleraba hasta casi llegar al borde de la explosión, pero podía ver toda la sala, y no había nadie.

Entonces una figura de un hombre –o de “mi futuro suegro”– se materializó enfrente de mí a pocos centímetros de mi cara, sonriendo de oreja a oreja como un desquiciado. Mi corazón, a punto de estallar, se sentía fuertemente en mis oídos, como una puerta siendo tocada con fuerza.

Toc-toc, toc-toc, toc-toc, toc-toc…

A velocidades impresionantes, el espíritu que se había formado estiró su mano; esa mano de dedos blancos y afilados, con uñas largas que parecía que en cualquier momento te sacaría un ojo; a punto de tocarme, yo lo miraba impresionado, no podía moverme, el miedo era mi perdición, entonces me di cuenta que en realidad alguien tocaba la puerta de mi apartamento.

Toc-toc.

–¡Ábreme! –gritó Natalia, el espectro desapareció, todo fue un poco más claro para mí, entonces reí de mis imaginaciones absurdas y marché a abrir la puerta.

Cuando abrí, el susto seguía en mí, entonces vi a Natalia, con sus típicos blue-jeans y una polera, de mangas cortas, blanca. Se acercó un poco a mí y por su baja estatura me obligó a agachar mi mirada. Yo admiraba sus bellos ojos, ella los míos.

Con su decisión típica preguntó:

–¿Ya tienes suficiente de la maldición? –sonrió un poco– ¿o quieres más?

La agarré de la mano, cerré la puerta, la llevé a mi habitación. Ahí, nos casamos. Luego de casarnos por primera vez le pregunté, mientras fumaba un cigarrillo:

–¿Te gustó casarte conmigo? –en su desnudez ella respondió que sí, mientras apoyaba su cabeza en mi pecho. Luego agregó:

–Ahora estaremos juntos hasta que la muerte nos separe. –Al principio un escalofrío amenazó con hacerme retumbar, pero lo controlé. Le di un beso en la frente. Superé su frase.


Y nos casamos una, dos, tres… muchas veces más ese día.