martes, 9 de junio de 2015

La coraza

Teresa Kohrs


Estoy bajo el agua buscando desesperadamente algo. El sol ilumina el fondo de la piscina. Algunos rayos de colores muestran un camino donde por fin lo veo… es un niño pequeño, de dos o tres años, su cabellera es tan negra que parece brillar, tiene las piernas y brazos delgados, su piel es casi transparente. Nado con fuerza, el aire se me acaba. Siento que voy a perder el sentido pero sé que tengo que llegar a él, tomarlo entre mis brazos y salvarlo. Con esfuerzo me acerco lo suficiente. Mis movimientos afectan el agua haciendo que el cuerpecito del niño se gire hacia mí. Unos grandes ojos de color verde muy claro, abiertos de par en par, me reciben. El susto que esto me provoca hace que pierda el control provocando una ingesta de agua que llena mis pulmones. Despierto con un grito de angustia. El corazón me retumba a un ritmo alarmante. Salto de la cama dando pasos temblorosos hacia la puerta. Mis manos no responden. Finalmente logro girar la manija. Un destello de luz me ciega y el olor a desinfectante irrita mi garganta. Tosiendo me recargo en la rugosa pared que lastima la piel, esperando a que mi vista se acostumbre. Con una mano en el pecho y pies descalzos comienzo a caminar. El eco de mis pisadas es lo único que se escucha. Cuando llego a la estación de enfermeras doy media vuelta, sigo andando pasando frente a mi recamara hasta la salida de emergencia, una y otra vez, tranquilizando mi respiración, regresando mi ritmo cardiaco a la normalidad.

No siempre despierto igual. La pesadilla se repite aleatoriamente, aparentemente sin causa alguna. Algo me dice que es parte del mal que me tiene encerrada en este lugar, aunque el recuerdo es lejano. Durante noches como esta me siento cercana a la muerte. Estoy convencida de que en la siguiente ocasión mi corazón finalmente se detendrá. Cada vez que sucede me pregunto lo mismo. ¿Quién es ese niño? ¿Por qué siento esa urgencia de salvarlo? ¿Por qué es que nunca llego a tiempo?

El doctor Reyes, psiquiatra encargado de mi caso, tenía sus teorías. Con su templada voz y aire de superioridad se remonta a mi niñez, el abandono de mi madre, el inusual trabajo de mi padre, las varias y diferentes madrastras, etc. Sobre todo, ese momento en el que la vida fue tan complicada que decidí, a los catorce años, terminar con ella. Cuando esto sucedió, mi padre al que jamás veía, no tuvo más remedio que ponerme un poco de atención. Al igual que cuando mi madre nos abandonó, no supo qué hacer. Su mujer en turno decidió por él, quitarse de encima a la hija, la joven cacariza de cabello despeinado y ojos apagados. Ella personalmente empacó algunas cosas en una maleta y manejó por varias horas para depositarla en un sanatorio.

A mí aparentemente me daba igual, yo sólo quería morirme. En ese lugar casi lo consigo. Las medicinas que me dieron desde el primer día lograron que volara, que olvidara todo, mis miedos, angustias y sobre todo los sueños. Dormía profundamente a veces por días enteros. En mis tiempos lúcidos, lo único que hacía era escuchar la monótona voz del doctor Reyes, comer un poco, y sentarme en la banca del jardín permaneciendo inmóvil por horas.

El tiempo se pasaba entre murmullos de enfermeras, gritos de otros pacientes y la vibración producida por los focos de luz blanca. Siete años desfilaron en esa incolora existencia, aparentando estabilidad. Todo cambió con la aparición del doctor Roberto Duarte, que aunque le llamaban así, en realidad no era médico, sino terapeuta. Llegó con tanta energía que su sola presencia lograba generar nerviosismo entre los miembros del personal y los pacientes.
La primera vez que lo vi fue en el jardín mientras, sentada en esa misma banca bajo la sombra de un gran árbol, observaba los patos nadar en el lago de un lado al otro. Perdida entre la niebla de las medicinas, escuché un comentario. Entre sueños me giré para verlo, bata blanca, cara, cuerpo, y así de fácil se borró de mi memoria. Días después, una tarde, durante la hora de sesión con el hipnótico doctor Reyes, mi vida cambió.

Sentada en un incómodo sillón azul claro dentro del pequeño consultorio de paredes blancas y cuadros baratos, noté al aspirar el característico olor a cloro que la bruma en mi mente parecía estar algo disipada. Esa sensación de ansiedad a la altura de mi vientre hacía su primera aparición en mucho tiempo. De pronto necesité aire. Busqué una ventana, pero sólo encontré una rejilla de ventilación cerca del techo. Me aferré a esa pequeña entrada de oxígeno observando desesperadamente algún indicio de su funcionamiento. Secando el sudor de mis manos en la túnica de algodón blanco que todos los residentes teníamos que usar, me sobresalté al escuchar un clic de la puerta.

Tardé un poco en registrar el cambio, pues en lugar del doctor Reyes, estaba frente a mi otra persona. Con ese pequeño despertar en mi estado mental, no pude evitar mostrar sorpresa. Tampoco logré disimular el recorrido de mis ojos por cada detalle del intruso, al tiempo que respiraba boquiabierta. El tipo era alto, delgado, con una enérgica presencia, de piel blanca, casi transparente, pelo negro y ojos de un color claro, grises o verdes, que sostenía sin parpadear sobre mí. Entre sus manos llevaba unos papeles que yo sabía eran mi expediente.

En vez de sentarse detrás del antiguo escritorio de madera, como era la costumbre del doctor Reyes, este hombre al que llamaban doctor se paró frente a mí y dejó los papeles sobre la mesa. Reclinándose observó mi rostro. Estaba tan cerca que pude percibir en su aliento un fresco aroma a menta. Su mirada aumentó mi agitación. Pánico como el que nunca había sentido, ni siquiera durante mis pesadillas, se apoderó de mí y me dejó paralizada. La única parte de mi cuerpo que se movían eran las manos que se aferraron al borde del sillón, mostrándose blancas por la presión. Permanecí quieta, en tensión, respirando con dificultad, escuchando tambores en mis oídos, hasta que el joven doctor tuvo a bien alejarse y poner distancia entre nosotros. Se recargó casualmente sobre el escritorio.

No tengas miedo Elisa le escuché decir con una voz áspera que no imaginé me gusta verte reaccionar. Como podrás notar hemos reducido la dosis de tus medicamentos. Es importante que estés consciente durante nuestras sesiones, de otra manera no podría ayudarte.

Con una expresión velada de satisfacción se dio la vuelta, finalmente sentándose donde debería, detrás del maldito escritorio, cuya silla rechinó produciendo un sonido irritante.

Ahora sí dijo suavemente mientras tomaba los papeles de la mesa y abría el fólder que los contenía—. ¿De qué quieres que hablemos?

Pasado el peligro, un sentimiento de furia se alojó entre mis dientes. Las palabras que no permití salir se restregaron en ellos haciéndolos rechinar. ¿Quién se cree este… doctor, o lo que sea? ¿Con qué derecho se burla de una enferma? Apretando mis labios en una línea recta, crucé los brazos sobre el pecho atrapando la larga trenza color miel con la que sujetaba mi cabello. El doctor Reyes, ante una respuesta como esa, me hubiera dejado ir, o quizá hubiera hablado y hablado y luego me hubiera dejador ir. Pero no… este exasperante individuo abrió la boca para expresar lo que nadie se había atrevido a decirme.

Veo que estás haciendo un berrinche dijo ladeando su boca en una mueca, mostrando un pequeño hoyuelo que apareció en su mejilla, logrando que se viera aún más joven pero me temo mi querida, que eso es algo que no puedo permitir.

Más enojada todavía, apreté mis brazos fuertemente sobre el pecho, bajé la vista al brillante piso amarillento y comencé a golpearlo con la punta del pie.

Aquí dice que fuiste internada por un intento de suicidio hace siete años… píldoras levantando la mirada suavizó su tono áspero, a uno que percibí como una lija sobre la piel, como un masaje con arena tu madre te abandonó a los ocho años, pero me temo que a esa edad sus palabras de odio y sufrimiento ya te habían lastimado… es probable que esas píldoras nocivas que te tragaste representen esas mismas palabras tóxicas con las que ella llenó tu corta vida.

En ese instante algo se rompió dentro de mí, fue un sonido alto y claro, como una rama partiéndose en dos. Mi visión se nubló y sentí nausea. No pude evitar levantarme del asiento bruscamente caminando hacia él. Fue un movimiento instintivo. Por un segundo tuve una visión en la que mordía su cuello como un animal rabioso. El reaccionó rápidamente dándole la vuelta al famoso escritorio y me encontró a medio camino abrazándome con firmeza. No era un acto amoroso, ni tampoco algo sexual, sino más bien se sentía como si me estuviera aferrando a un salvavidas, seguro como un pilar en el que me podía sostener y recargar sabiendo que no se caería por más que empujara. Apoyé mi oído en su corazón. Aspiré su aroma a jabón y menta, colgándome desesperadamente de su fortaleza. Cuando me di cuenta de mis acciones, lo solté tan rápido que perdí el equilibrio. Casi termino en el suelo. Escrutando su mirada comprendí que el momento del cambio estaba cerca y que este hombre no permitiría que diera un paso atrás, ni tampoco dudaría en cacharme durante una caída. Caminé hacia la puerta tambaleándome, resistiendo el impulso de mirar atrás. Él no me detuvo.

Durante las primeras sesiones la resistencia a salir del caparazón era tanta, que se me atoraba la quijada y no podía articular palabra. Me abrazaba a mí misma hecha un ovillo sobre el sillón azul. Lo único que quería eran mis pastillas y dormir. Necesitaba regresar a ese lugar seguro en el que viví por siete años, sin dolor, indiferente a la soledad y el rechazo.

Más adelante, cuando lograba tocar algún sentimiento, sollozaba sin parar. A veces en silencio, como un perrito asustado, pero otras, lloraba gritando como un engendro del mal. En esas ocasiones terminaba tan drenada que tenían que llevarme en silla de ruedas a mi cuarto para luego dejarme dormir un día entero.

Poco a poco el dolor se fue convirtiendo en enojo. Cuando este aparecía, el doctor Duarte colocaba un gran cojín frente a mí. Lo golpeaba una y otra vez, con tanta furia que una ocasión llegué a romperlo. Borlas de algodón de todos los tamaños volaron llenando el pequeño consultorio, cubriéndome de blanco. La escena fue tan surrealista que pasé del enojo a la risa.
Semanas después las terapias tomaron otro tono. Sin darme cuenta mi autoestima comenzó a mejorar. Esta nueva seguridad me permitía salir de aquel cuarto con ganas de ahorcar al doctor, dando un portazo.

Finalmente, después de casi un año, sentí la valentía y confianza de abrirme con él. No siempre fue fácil, pero a través del tiempo, logramos un vaivén cómodo que me permitía avanzar en el conocimiento de mí misma.

En una de tantas me mostró un papel que sacó de mi expediente.

Esto lo hallaron a un lado de tu cama, aquel día que tomaste las pastillas, estaba  traspapelado y llamó mi atención… léelo me dijo, con esa suave gravedad en su tono.

Yo lo tomé con firmeza, pues no recordaba de qué se trataba. Con la voz baja que siempre me caracterizó comencé a leer.

“Me muestro al mundo con la coraza lastimada,
como un escudo que ha sido golpeado varias veces en combate.”

No pude seguir, la voz se me atoró en la garganta. Cerré los ojos apretándolos, buscando esa fuerza interior recién descubierta. Regresé la mirada al papel. La coraza se refería a mi piel. A esa edad tenía la cara tan lastimada por los brotes de acné que a veces se veía desfigurada. Odiaba verme al espejo. Constantemente sufría de dolor en los lugares donde los brotes estaban más enterrados. Me encerraba en mi cuarto por horas y evitaba contacto con los demás. Me dolía ver sus expresiones de rechazo al verme. Mis manos comenzaron a temblar. Inhalando continué leyendo en un tono de voz tan bajo que no sé si él alcanzaba a oírme.

“Ha soportado embates, empujones y caídas. La fuerte coraza todo lo puede, se magulla, se desfigura, pero nunca cede.
Como una buena armadura protege al corazón, repele toda amenaza y avanza con cautela.
Pobre corazón, muestra su cara golpeada, y cree que así nadie la querrá acariciar.
Lloro por ti… mi pobre corazón.”

Levanté los ojos, dos grandes lágrimas rodaron por mis mejillas. Temblando ligeramente le devolví el papel. Exhalando, descompuesto como nunca, lo colocó con cuidado sobre el escritorio. Cuando regresó su mirada me aferré a ella. No recordaba haber escrito esas palabras, pero mucho de lo sucedido en esa época estaba tan escondido en mi mente que no era una sorpresa.

Un escalofrío me removió. Sentí como si algo muy pesado cayera de mis hombros al piso, como si instantáneamente me hubiera convertido en un ser etéreo, viviendo una novedosa sensación de ligereza y libertad. La alegría que me asaltó fue tal que en dos pasos estaba abrazando a ese hombre, el pilar que me dio este regalo, pues en unos minutos demostró que yo ya no era aquella niña y que la coraza no existía más.

Al reducir las dosis de mis medicamentos, los sueños regresaron con fuerza. Estos fueron los que finalmente ahuyentaron a mi madre, quien además de ser infeliz en su relación con mi padre, que le era constantemente infiel, me tenía miedo. Algo dentro de los sueños la asustaba, pero yo era tan pequeña que no me daba cuenta. Cada día, me acercaba a contárselos. Cuando tuve edad para comprender, supe que habían sido estos los causantes de que nos abandonara. Por supuesto, me culpé a mí misma.

Después de su partida, comenzó el desfile de mujeres en la casa, pero yo aprendí la lección. Jamás hablaba de mis sueños. En el colegio se burlaban de mí porque casi siempre me presentaba despeinada y sucia. A mi padre no le importaba mi apariencia, a sus mujeres menos. Yo lo intentaba, pero en ocasiones no encontraba uniforme limpio, o un par de calcetines que fueran iguales. Al principio lloraba todos los días, pues quería tener amigos, después, era yo la que no permitía que nadie se me acercara. Así lo prefería, hasta aquel día en el que mi aspecto y la soledad profunda en la que vivía me llevaron al límite. Fue cuando pasó lo que pasó.

Pasaron varias semanas antes de animarme a confiarle al doctor Duarte sobre mis sueños. El me sugirió anotarlos. Al principio el miedo me hizo rechazar la propuesta, pero finalmente accedí. Me di cuenta que los sueños, una vez escritos, no podían hacerme daño, sino al contrario, se volvían tangibles, tanto que hasta podía llegar a controlarlos.

¿Sabes que hay un nombre que define a los estudiosos de gente como tú? me dijo un día Roberto, mi doctor y amigose llama parapsicología.

Al ver que yo simplemente encogía los hombros continuó su explicación con esa voz que me anclaba.

Se le considera una pseudociencia, pues los científicos no la reconocen como tal, pero a partir de tu caso me dijo con una media sonrisa, tocando con su dedo mi nariz he leído algo al respecto.

De pronto se puso serio, se detuvo. Tomándome de los brazos me giró para quedar de frente. La vulnerabilidad de su expresión encendió alarmas en mi mente. El recuerdo del dolor causado por el rechazo de mi madre quiso aparecer, sin embargo logré mantenerlo bajo control.

Uno de tus sueños, el del niño que no logras rescatar…

No dije nada, sólo asentí, poniendo toda mi atención pues por un instante, parecía que yo era la terapeuta y él mi paciente.

Exhalando, se pasó los dedos entre el pelo dejándolo parado en ciertos puntos, ademán que no le conocía pero que expresaba una cierta agitación. Colocó sus manos en la cadera y un poco encorvado me confesó desde la primera vez que lo escuché sentí una gran inquietud… me parece que ese niño… soy yo.

Me quedé petrificada, como perdida en el limbo. Recorrí con la mirada cada centímetro cuadrado de su rostro, concentrada, frunciendo el entrecejo. Aquella imagen del niño apareció en mi mente. La comparación con el hombre parado frente a mí fue inevitable. Su cabello similar, más no idéntico. La misma forma de cara. Los labios carnosos aunque diferentes, pero fueron esos ojos, tanto el color como su profunda expresión, los que lo delataron.

Cuando lo reconocí, una sombra pasó brevemente por su rostro antes de bajar la vista. Por unos segundos estudió la forma de su zapato ocultando una intensa emoción. Después, como tomando valor volvió a subirla al tiempo que yo tapaba mi boca abriendo desmesuradamente mis ojos marrones.

Eres tú le confirmé con un hilo de voz al tiempo que destapaba mi boca eres tú —repetí sonriendo con un rubor poco característico en mis pálidas mejillas que ahora sólo dejaban ver alguna que otra cicatriz.

Ven, acompáñame me dijo mientras tomaba mi mano colocándola en su antebrazo. Seguimos caminando juntos bajo el sol del hermoso jardín que rodeaba el sanatorio. Paseando uno a lado del otro, me contó su historia.

Antes de su nacimiento, su hermano Alejandro de tres años de edad, murió ahogado en una alberca. La similitud con mi sueño fue imposible de ignorar. No quiso decirme nada hasta saber si en verdad existía una relación. Decidió investigar acercándose a uno de sus mentores quien lo llevó a ver a un especialista. Después de algún tiempo de trabajo terapéutico, Roberto pudo visualizar el papel que él desempeñaba dentro de su sistema familiar.

Cuando él nació, después de aquella tragedia, sus padres y hermanos mayores lo aceptaron inconscientemente como el familiar que perdieron. Roberto era físicamente igual a su hermano fallecido y emocionalmente los vino a salvar del dolor de la pérdida. Hasta ese día había estado viviendo en el lugar de su hermano. Entre otras cosas, esto repercutió en su vida impidiéndole formar una relación de pareja estable.

Explicó que, con ese sueño en particular, se demostraba el gran alcance que tenía mi don. Las imágenes que le compartí hablaban claramente del ahogo que él sufría sin ser consciente de ello. Tan sólo con sacarlo a la luz, Roberto pudo darse cuenta y retomar el control de su vida.

Me dijo que mi madre no alcanzó a entender la bendición que mis palabras representaban, percibiéndolas como algo maligno. Por primera vez en mi vida me sentí apreciada y pude voltear a ver mis sueños desde otra perspectiva.

Roberto terminó por expresarme abiertamente su agradecimiento tomando cálidamente mis mejillas, besando una de ellas. Nuevamente terminamos abrazados. La cercanía que compartimos en esos minutos iba más allá de una simple amistad.

Tiempo después obtuve el valor necesario para salir del sanatorio e intentar una vida normal. De alguna forma logré establecer una precaria relación con mi padre, el cual me ayudó con mis estudios hasta que tuve la posibilidad de mantenerme por mí misma.

Fue difícil dejar a Roberto. Lo que sentía por él era muy profundo, pero no estaba claro de qué tanto era debido a nuestra relación terapeuta-paciente y qué tanto era verdadero. Su apoyo y amistad fueron determinantes en mi recuperación. Quería estar convencida de poder caminar por mí misma. Roberto confesó sentirse triste por nuestra separación pero sabía que así debía ser.

Casi tres años más tarde, nos rencontramos en un café en el centro de la ciudad. En esa época yo trabajaba desde casa en la traducción de textos. Aunque ahora me creía con mayor autoestima, era consciente que nunca sería una persona sociable, por lo que este tipo de proyectos eran ideales para mí. Había cambiado, no sólo emocionalmente sino también físicamente. Ahora llevaba mi cabello suelto, peinado en ondas que caían hasta los hombros. Las cejas delineadas resaltaban lo largo de mis pestañas, y aplicando un poco de maquillaje la piel de mi rostro se veía saludable. Otros hombres se fijaron en mí, algunos me invitaron a salir, pero con ninguno me sentí segura. Roberto, mayor que yo por diez años, ahora parecía más centrado. Esas pequeñas arrugas alrededor de sus ojos acentuaban esa cualidad. Ya no trabajaba en el sanatorio, ahora daba clases en la universidad.

El tratar diariamente con pacientes puede ser muy desgastante comentó con esa media sonrisa que tanto me gustaba.


Ninguno de los dos teníamos pareja. Ese vínculo que siempre estaba presente entre nosotros continuaba existiendo, fuerte y luminoso. Siguiendo esa intuición que poco a poco se había convertido en una amiga, me permití salir con él para conocerlo en un contexto completamente diferente, sabiendo que sólo el tiempo tendría la última palabra.

lunes, 8 de junio de 2015

La foto

Carlos Reynafé


Renzo deja de dar vueltas y toma la decisión. Hace tiempo viene masticando la idea y siempre, por una cosa u otra, encuentra motivos para posponer. Esta vez lo hizo. Recibió una invitación de ese curso sobre fotografía, leyó el programa, calculó el tiempo, el costo y se inscribió.

─Una hora y media, una vez por semana, no es tanto. Voy a despuntar un viejo vicio ─dijo al momento de llenar la solicitud.

Se encontró con un reducido grupo: Jorge, Elio y tres mujeres más completan el conjunto de compañeros en la clase. Es dirigido por el “profe Fer”, así se hace llamar Fernando, un joven locuaz y entretenido. La escuela está situada en el segundo piso de un edificio de barrio general Paz, vecino al centro de la ciudad con bastante facilidad para el estacionamiento. Tiene un aula general para pocos alumnos y un espacio más grande, donde se efectúan las prácticas de iluminación. El primer día, al ingresar, le pareció ver mientras esperaba, algún entredicho entre el profe y uno de los alumnos. Un tipo alto, melena larga, cabello brillante, sumamente cuidado. Ropas de marca, intencionadamente desprolijas que generan un aspecto modelo publicitario. Le restó importancia y en seguida queda a gusto entre todos. Desde chico soñaba con descubrir los secretos de las fotos.

Los primeros pasos son tediosos ya que la introducción se basó en fundamentos teóricos. Domó su ansiedad a medida que pudo ir descubriendo los vericuetos de la cámara, metiendo mano y obteniendo tomas que lentamente colmaban la inquietud. 

Al poco tiempo participa en un safari urbano acompañado por el grupo, bajo la dirección del profe que indica, aconseja y corrige: encuadres, distancias focales, apertura de diafragma, luces, sombras. Repasa el catálogo de instrucciones técnicas. Fernando aportó distintos objetivos para la práctica: un gran angular, otros de focos medios y tomas macros. También experimentó con un tele objetivo de trecientos milímetros. Quedó fascinado.

El grupo se reunió en el predio del Buen Pastor y Fer delimitó un área de cuatro cuadras a la redonda. Cada uno tomó un rumbo diferente, tendrían unas tres horas para el recorrido. Por mensaje de texto se realizan las consultas. Al caer la luz del día, despedirían la tarde en un bar relatando la experiencia, cervezas de por medio.

Por cuestiones laborales no encontró tiempo para bajar las fotografías a la notebook hasta unos días después. Una vez instaladas en el disco, abrió el explorador de imágenes ampliando a pantalla completa cada toma. Revisó, quedando contento por su trabajo.

Clasificó cada una de las fotos de acuerdo a las técnicas utilizadas. Separó en carpetas diferentes aquellas que le desagradan. Esas serían analizadas en clase. En total sumó unas ciento veinte durante el recorrido.

─Por ser la primera vez, no está nada mal ─satisfecho, listó las consultas que realizaría en la clase del próximo miércoles.

El martes, en un alto a media mañana, ingresa al bar de costumbre, pide lo de siempre, toma el periódico. Elige sentarse en una de las mesas del fondo, un ritual habitual. Escoge ese rincón como refugio del ruido y el tránsito de otros clientes que a esa hora, colman el lugar.

Mientras degusta el desayuno: un café con leche, tostadas untadas en manteca y dulce de ciruelas, navega visualmente por los títulos del diario. Se detiene en lo que escriben dos columnistas a los que sigue. No le importa mucho el tema que tratan, le agrada la manera cómo lo hacen. Es su estilo, dejar para el último los policiales, después la sección del humor. Pero esta vez no llegó al humor. Su mirada se clavó en una de las notas policiales. Lo que atrapó su atención fue la ilustración de esa noticia. 

─¡Pero si es igual a una de las mías!

Da un salto y aparta la silla. De la taza que reposa sobre la mesa, derrama parte del contenido, mancha un rincón del periódico. Busca la notebook entre sus cosas, no la tiene con él. Toma asiento y se pone a leer:

La nota informa sobre un homicidio. En síntesis dice más o menos así: “Encontraron el cuerpo de una fémina de aproximadamente veintitrés años, causa probable de muerte: asfixia por estrangulamiento. Desconocen los motivos y autor, las primeras pericias presuponen un crimen pasional. El cuerpo se descubrió a causa de los malos olores emanados del departamento ubicado en el quinto piso “A” del edificio…Precisan la fecha y hora del deceso…”

La fecha y hora probable de la muerte coinciden con el momento en que Renzo recorre los alrededores. Su corazón es un potro indomable dentro del pecho. Está convencido que esa foto publicada, es idéntica a una de las suyas. Deberá esperar llegar a su piso para verificar.

Mirando la hoja, su mente lo transporta al lugar del hecho. Tomó la imagen cuando probaba el lente de trescientos milímetros que le facilitó Fernando. Hizo varias sobre ese edificio, enfocando los últimos pisos desde distintos ángulos sobre el mismo objetivo. Llamó su atención, los detalles constructivos del bloque. A esa altura, las dos plantas superiores tienen unas columnas con formas de dioses del Olimpo, simulando sostener una viga superior, enmarcando ventanales del piso al techo y sus rostros miran dentro. Da como resultado una hermosa vista digna de una postal. Arrancó la hoja del diario y terminó el día ansioso, con muchas ganas de llegar para revisar sus exposiciones.

En su escritorio, fue directamente a la carpeta que las contiene y revuelve los archivos hasta encontrar lo que busca. 

─Es parecida, la mía tiene una sombra al centro del ventanal ─dice algo preocupado.

Revisa las otras, encuentra cuatro tomas, todas con el mismo tele objetivo. Hay dos con sombras, las otras no la tienen. “Tal vez por el ángulo. ¿Será algún reflejo de otro edificio?... ¡Cómo saberlo!”

En la nota, el vidrio refleja una pequeña nube blanca sobre un cielo azul profundo. En las de Renzo, están las manchas oscuras sobre un fondo claro. 

“Ese día estaba parcialmente nublado, no puede ser una sombra de otro edificio”─ medita mientras carga las instantáneas al editor de imágenes.

─Las tomas deben hacerlas con el máximo de calidad de imagen que la máquina permita ─aconseja el profe Fernando en clase y todas las exposiciones fueron realizadas de esa manera.

Con el editor es posible visualizar cada detalle en primer plano, ampliar o reducir partes a voluntad. Con la primera fue directamente a la mancha. La amplifica gradualmente, de la misma forma fue tomando cuerpo. La poca práctica que Renzo tiene sobre el programa la traslada con su impericia a través de sus dedos, transformando la investigación en un fracaso. Vuelve atrás y retoma nuevamente la tarea. Lenta y progresivamente va ampliando ese borrón oscuro, esta vez con mucha cautela. La amplificación denota finalmente una contextura femenina, no muy nítida, pegada al vidrio, de espaldas, en apariencia desnuda, cabello a los hombros, las piernas flexionadas hacia adentro. Otro cuerpo a su frente, en pantalones con el torso presumiblemente desnudo. Observa manchas imprecisas entre ambas siluetas. Un rostro indefinido con tonos grises de fondo, supone un rostro masculino. Falta nitidez. Pobre resultado.

Lo que esa mancha sugiere lo deja perplejo. Sus ojos como plato, mandíbula caída, incrédulo, no termina de digerir lo que está presenciando.

Toma el móvil y llama a Fernando, no lo consigue. Uno, dos intentos. No contesta. Mira la hora:

─¡Es demasiado tarde, no es hora! ─se increpa 

─¿Qué hago ahora? 

Da vueltas alrededor de la mesa, mira la hoja del diario, mira la pantalla, compara, se rasca la cabeza. Se sienta. Vuelve a levantarse. Inquieto no logra liberar esa ansiedad que lo carcome. Es una brasa que le quema hasta las entrañas. 

─¡Mierda! ─pega al grito queriendo descargar la congoja que lo aqueja.

Se mete bajo la ducha y deja el agua helada correr por su cuerpo. Cambia por caliente hasta el límite de no aguantar más la temperatura para moderar a templada. Termina sentado en el piso de la bañera. Rato después, más calmo, refriega con fuerza una toalla sobre la cabeza, queriendo aclarar sus ideas. Esa mancha sigue dando vueltas en sus neuronas negándose a desaparecer.

Fernando devuelve la llamada y Renzo tiene la oportunidad de comentar lo que acaba de descubrir. No da muchos detalles inicialmente, antes quiere mostrar lo que tiene. Pregunta si se puede inspeccionar la toma en otro editor más avanzado, más profesional,  si hay alguna manera de armar con mayor nitidez los detalles que hasta ahora permanecen ocultos. Quedan en encontrarse al día siguiente, a las diecinueve horas, un rato antes de comenzar la clase.

Llega con tiempo. Mientras espera que el portero del edificio le abra, aparecen juntos Jorge y Elio. Con Jorge ha tenido más conversación, con Elio no tanto. Éste es arrogante, engreído y pagado de sí mismo,  no cae dentro de la estima de Renzo. Lo soporta por buenas costumbres. Con las mujeres, hay una notable brecha generacional, son las “ancianas” del grupo, solo trato social y cordialidad.

Hablando pavadas y riendo ingresan al elevador los tres juntos. Renzo da paso a los otros dos que se apoyan sobre el fondo. Al presionar el botón del piso y cerrarse las hojas de las puertas aceradas del ascensor, las imágenes de los otros se reflejan ante sus ojos, (a los que les da la espalda) cómo una sombra sobre la superficie. Un frío glacial recorre por dentro de su columna vertebral, queda ahogado, sin aliento. Una fuerte punzada en la boca del estómago hace que se retuerza de dolor, sintiendo ganas de vomitar. Los segundos que tarda en abrirse en la planta indicada, parecen largas horas. No bien las hojas dejan el paso libre, Renzo corre al sanitario a pura arcada. Seguido por los otros.

Repuesto y con dificultad en la respiración, desiste que llamen a un servicio de emergencia, con la excusa que su estado es nervioso. No miente.

Habla en presencia de ellos (no tiene más remedio) con Fernando sobre su duda respecto de las sombras en las fotos. Este explica cómo se puede modificar, con la edición, una toma original. Jorge interviene y se muestra experto en el manejo del Photoshop. Lo usa para transformar un rostro en caricatura. Con eso se divierte. Elio no se inmuta, permanece desinteresado. Esto genera dudas en Renzo, calla sobre el particular que quiere dilucidar, desvía la conversación mostrando otra toma que no tienen ninguna referencia con su preocupación.  

Al finalizar la jornada, tendido en su cama, la luz apagada, mirando sin mirar en la oscuridad hacia el techo piensa: “No es el lugar donde deba preguntar sobre mis sospechas.”

Continuó los días siguientes intentando seguir la noticia en todos los medios que tuvo acceso, incluso por Internet. Su investigación le permitió saber cuál juzgado tiene el caso, que fiscales intervienen, cuáles son los abogados involucrados, el nombre de la muchacha, su vida. No quedó calmo cuando fue detenido un supuesto autor del hecho. Algo en esa fotografía suya hay que no logra definir, algo permanece oculto a sus ojos a pesar de haber sido filtrado por su editor. Es consciente que le faltan herramientas para llegar al hueso. También conocimientos.

Ese supuesto autor está a punto de llegar al final de su juicio, todo indica que será declarado culpable. Han pasado seis meses de ese hecho. Sus estudios han avanzado pero le falta práctica para manipular una imagen. El tema lo sigue obsesionando.

Desistió de la ayuda de Jorge, es demasiado inmaduro, todo es un juego para él. No contó toda su preocupación, solo trató de sacar información, algo obtuvo pero no alcanzó. A las mujeres solo les importa hacer buenas fotos en sus frecuentes viajes. Ese camino no conduce a nada. Habrá que tomar otra ruta.

La sombra de su foto lo acompaña como fantasma durante sus días, queriendo transmitirle algo. Al comienzo era un zumbido, ahora se ha convertido en un mudo grito que retumba, es eco en las manchas del reflejo en esas hojas aceradas del ascensor.

Y piensa que cuando se dice que la foto es un lenguaje, tiene algo de falso y verdadero. Falso porque la imagen es la reproducción analógica de la realidad, literalmente no hay ningún equivalente con el lenguaje. Ahora, en la medida de la composición, el estilo de la foto funciona como mensaje segundo, informa sobre la realidad, la connotación, que es lenguaje. En ese punto no alcanza a leer, a interpretar ese anuncio.

Pasan días. Renzo es tímido con bastante falta de iniciativa, hace tiempo que llegó del interior para estudiar y trabajar. Proviene de una familia media donde nunca sobró nada y siempre estuvo el esfuerzo involucrado en cada una de las acciones de la vida familiar. Debió, con el correr del tiempo, convertirse en un ser autónomo sin ayuda externa. Eso tal vez le hace analizar y desmenuzar cada paso que da en su existencia, resolviendo las cosas con cierta lentitud. Solo que el tiempo de la justicia discurre a otro ritmo y el juicio está a punto de tener sentencia. Al enterarse de ese hecho, quizás haya sido la chispa que falta para que madure una decisión final.

Graba las fotos referidas al hecho en dos cd. Los mete en un sobre de papel, toma sus documentos y parte para los tribunales esa mañana. 

Se presenta en la barandilla del juzgado que tiene el caso y pide hablar directamente con el juez. Le informan que debe concurrir acompañado con un abogado, dice que no tiene ni conoce ninguno, pero que urge hablar con el juez de la causa, citando la sospecha que tiene sobre el juicio por el que se presenta. Le asignan un abogado de oficio que lo atiende. A él le comenta su preocupación. Este doctor Méndez recibe los discos y los revisan en su presencia. Llegan al punto donde Renzo se trabó, aclarando que le faltan instrumentos para continuar. 

─Interesante ─dice el abogado Méndez─ Deje este material, lo tendremos informado. Muchas gracias.

Algo más calmo queda. El curso ha finalizado hace unas semanas. Elio no ha mostrado ningún interés por él, a su criterio cree que asistió para matar el tiempo, sin más preocupaciones. Se comportó con la inmune soberbia de siempre. Jorge continúa dedicándose con mucho esmero a las caricaturas, logrando una renta por ello. Una de las mujeres anda por Tailandia y las otras por alguna playa caribeña. Fernando con nuevo grupo de alumnos. La vida parece discurrir apacible, de acuerdo a los destinos del universo.

Dos días después lo llaman del juzgado. Se presenta. De pronto aparece sentado en medio de una sala llena de pantallas, técnicos varios manipulan y desmenuzan las fotos, como si les realizaran una autopsia. El doctor Méndez lo acompaña, hay funcionarios judiciales que no conoce, escribientes y personajes adicionales que no sabe qué función cumplen. Un ambiente amplio de características sobrias y apariencia fría. Unas pequeñas banderolas a lo alto de paredes blancas y unas aspas de ventiladores de techo inertes. Algunas con filamentos que brillan con los reflejos de la luz. Sospecha que son telas de araña. 

Inician un acto judicial que es tipografiado, grabado y filmado. En un momento determinado lo hacen sentar frente a una gran pantalla. Operadores informáticos van presentando varias capas de las fotos. Tienen analizado el día, la hora. Saben con qué máquina las tomó, desde que distancia. Precisan el lugar donde estuvo parado para realizar cada toma. Detalles que nunca se imaginó pudieran determinarse a partir de una modesta foto. Informan con lujo de ingredientes una serie de elementos técnicos como profundidad de campo, ángulo del foco, velocidad del obturador y otros datos.

─Esta es la ventaja de tener un trabajo en alta definición. Con las normales, no se podría tener tanta información disponible ─aclara el doctor Méndez. 

Cada paso del acto procesal es acompañado con preguntas que contesta sin temor sobre el modo que realizó las fotos, confirmando las precisiones de los peritos. De a poco va aclarando la mancha que ya no es tan mancha. Ha adquirido entidad. El cuerpo de la joven está desnudo, nítido, real. Luego van cargando otras capas del fondo, hasta componer el cuerpo de la persona que la sostiene desde el frente.

En esa situación su corazón da un vuelco. El eco en su mente cesa, recibió el mensaje.

La foto es un testigo, pero un testigo de lo que ya no existe. Incluso si el sujeto está todavía vivo, se trata de un sujeto que ha sido fotografiado, en un momento que ya pasó, es historia. Cada acto de captura y lectura de una foto es implícitamente, de manera reprimida, un contacto con lo que no está, es decir con la muerte.  Es como siente la fotografía en esta ocasión, un enigma fascinante y fúnebre.

El bosquejo del rostro de la persona que sostiene a la joven no es el del acusado, coincide en sus rasgos generales con el de Elio, hoy tiene el cabello corto, con reflejos rubios que no se aprecian en la extraída de su mancha. Allí está con melena, como en las hojas del ascensor.

Renzo mientras espera que se terminen de redactar las actas, tiene oportunidad de conversar con el  abogado Méndez. Se entera en profundidad del caso. La chica asesinada, una vieja novia de Fernando, estuvo conviviendo con Elio algo más de cuatro años, con la que tuvo una hija, había intención de matrimonio. Los celos enfermizos de Elio eran motivos de discusiones frecuentes. 

El día del safari fotográfico, Elio aprovechó la dispersión del grupo donde cada uno realizaría su trabajo, para acercarse al departamento de ella, el cual está a unas pocas cuadras de la zona elegida para la práctica, con la excusa de retirar algunos elementos que todavía permanecían en el domicilio. Al llegar se encuentra con el nuevo novio de su ex, jugando con su hija, al que echo a patadas. La discusión que devino, terminó con la muerte de ella. Limpio la escena dejando como principal sospechoso este nuevo novio, el acusado a punto de una condena. Elio retomó las tareas del safari con la coartada perfecta. La fotografía de Renzo vino a poner blanco sobre negro en esta historia.  

─¿Y la niña? ─pregunta Renzo.

─La seguimos buscando… presentimos el peor final… debe haber más gente involucrada...─hace un gesto como si estuviera hablando de más y termina con─ esa es otra historia.

Con este relato, Renzo termina de interpretar lo que le pareció una discusión entre Fer y ese alumno el primer día que llego al curso. Algo se estaban recriminando entre los dos.

Antes de firmar la declaración, Renzo solicita se mantenga en reserva su identidad, no quiere ni le interesa transformar en héroe su persona, tampoco quiere aparecer en los medios, solo desea seguir siendo el oscuro y tranquilo personaje que es hoy. Lo que no puede evitar es el accidente o la casualidad, de estar en el lugar justo, en el momento oportuno, que lo puso en medio de este hecho. Acto seguido, luego de las firmas de rigor, retornó a la calle y siguió transitando su vida despuntando ese vicio que tanto añoró. La fotografía.

sábado, 30 de mayo de 2015

Crítica literaria: Caballos en la niebla, novela de Juan Carlos Moya

César Chávez Aguilar



El retorno de la idea acerca de la esencia de la Naturaleza al pensamiento occidental viene de la mano con el Romanticismo, quien en contraposición al racionalismo preponderante de la Ilustración, plantea su negación a «dominar a la naturaleza», como defendían los iluministas, sino más bien lograr una comunión con ella. Rafael Argullol afirma que esta relación más que religiosa o científica tiene que ver con su sentido mágico, con lo enigmático; al escritor romántico le fascinaba la naturaleza tanto como le inquietaba. Recordemos las caminatas de Wordsworth por los campos ingleses («Sea cual sea su misión, no hallará la leve brisa/ gratitud mayor que esta mía, escapado al fin/ de la gran ciudad en que, insatisfecho/ languideciera…»), o los llamados «años de peregrinaje» de Liszt por los bosques de Suiza e Italia buscando inspiración, o el panteísmo de Hölderlin afirmando «…y el espíritu de la Naturaleza, el que viene de las lejanías,/ el dios se nos muestra de nuevo, pausadamente entre nubes doradas». Todos ajenos a la vulgar realidad de las ciudades industriales y burguesas que estaban en pleno apogeo.

Al leer la novela de Juan Carlos Moya Caballos en la niebla (Seix Barral, 2014) podríamos vernos tentados a identificar completamente el pensamiento romántico con la actitud del protagonista, Lucas; él también huye de la ciudad, del contacto social, busca algo que no encuentra en la urbe. La diferencia –diferencia que es una marca de la modernidad, sucesora y a la vez destructora del espíritu romántico– es que en la huida de este personaje hacia la naturaleza, no halla la armonía, la calma, el sosiego; el bosque andino no se constituye como un refugio contra la crueldad de la sociedad sino más bien, como lo irá experimentando el personaje, será un doloroso enfrentamiento con su soledad, un encararse a sí mismo. La naturaleza que, a través de los elegantes trazos de la prosa de Moya se representa, se mira como un escenario en cierta manera ideal para el pensamiento, por medio de la mirada y del sentir de Lucas se configura en un cuestionador espejo con el que debe enfrentarse.

La primera parte de la novela nos deja ver a Lucas, quien junto a su entrañable perro Apache, intenta reconciliarse consigo mismo en un escenario natural, apacible en su incierta promesa; con habilidad Moya recrea las sensaciones que despierta el bosque: el movimiento de los animales, el sonido de riachuelos, los olores y sonidos de los árboles, el silencio nacido de la ausencia de civilización como una música de fondo en este paisaje. La naturaleza es parte de su presente existencia, el pasado es un recuerdo más bien difuso o incómodo en último lugar. La muerte de su padre es el recuerdo más presente y vívido, pero es un recuerdo de dolor, no de gozo, las memorias felices no existen para él, por eso es tan fácil desprenderse de su pasado e internarse en el bosque en una búsqueda tan indeterminada como inútil.

La otra línea de la novela nos presenta a tres personajes: Loco, Abel y León, quienes arman un desquiciado viaje de pillaje, violencia y muerte. Lo notable de esta sección es el cambio de ritmo narrativo respecto a la sección anterior. Mientras el devenir de Lucas es pausado, lento, reflexivo, visualmente detenido, el de la triada salvaje es rápido, dialógico, de indetenible cadencia. Estos dos ritmos se emparejan y contagian consiguiendo un final intenso y muy bien calibrado.

La correcta caracterización de los personajes, muy bien definidos y dibujados, hace que uno de los efectos de ubicarlos en un bosque sea más radical: cada uno de ellos tiene sus señas y rasgos particulares, y aún así, la naturaleza los va a nivelar. Mientras que la ciudad marca diferencias sociales, económicas, culturales, la naturaleza iguala a estos personajes, infunde su fuerza y somete a sus personalidades, impone su rasero, su llamado instintivo, nadie queda salvo de una marca, de una mancha. Así, Lucas, que se asquea de que el Árabe le haya robado a Mankell todo lo que pudo –personaje este que está refugiado en el bosque por alguna vergonzosa falta– matará a dos personas, quienes, a su vez, han asesinado a otros en su peregrinación sanguinaria. En un juego simbólico con el que Moya finaliza la novela, Lucas, luego de su batalla, ve la que tienen un lobo y una yegua por la vida de un potrillo, nadie es inocente, nadie es culpable; la naturaleza, esa compañera habitual de todos ellos, se los traga en plena igualdad.

Algunos de los actos que presenciamos en la novela, tanto de los animales como de las personas son violentos, pero la violencia no es un tema accesorio, casual; la violencia es el bosque en sí, es el estado natural de los seres que lo penetran o habitan, las reacciones de los personajes tienen algo de las conductas del lobo y de la yegua, pero en ellos al no poder obedecer de manera natural a ese «llamado de la selva», como diría London, ese llamado del bosque diría yo, ya sea por su nivel de conciencia, sea por los últimos resquicios de un sentido humanitario, su conflicto se ahonda y se expresa con fuerza y violencia desmedida. Tal vez ese sin sentido que ronda a Lucas solo es mediatizado en los demás personajes en los actos despiadados que les vemos ejecutar.

Otro elemento que Juan Carlos Moya trabaja de manera profunda es el dolor. La vida lleva aparejado el dolor. Lucas asume la tragedia del suicidio de su padre como una impronta de la que no puede o no quiere desprenderse, tan es así que él mismo piensa en suicidarse; queda la sensación que si bien el dolor físico es insoportable es el dolor psíquico, ese sentido de orfandad que lo marca, la causa real de la búsqueda de la aniquilación. La enfermedad lo somete, lo desgasta, lo torna débil, pero cuando tiene que cobrar venganza se fortalece su energía, la enfermedad no lo imposibilita en el ejercicio divino de la venganza; su cuerpo volverá a desfallecer seguramente, pero su alma ha quedado transformada tanto es así que no sabemos si volverá a pensar en suicidarse o empezará un viaje sin retorno guiado por un nuevo sentido de vitalidad, o de simple reconocimiento que la vida está más allá, que la vida se abre paso ante el dolor, la muerte, la enfermedad.

Podría parecer anacrónica la elección de un escenario rural para una novela en estos tiempos, pero como ya la historia de la literatura nos ha dejado ver, no es en dónde se actúe o se desarrollen las vidas lo que importa sino cómo lo hacen; sería descabellado decir que el ambiente no nos marca, no es así, pero las conductas humanas se desbocarán aquí o allá, en la ciudad o en campo, en la urbe o en el bosque. En la novela de Moya, Lucas cuando habita en la ciudad, ya es un ser torturado, y esa condición no cambia por variar de escenario, es más bien ahí donde se profundiza su desamparo y su extravío existencial. 

De cierta manera, y para volver al inicio, miro a Lucas como la configuración de un héroe trágico, como lo veían los románticos, enfrentando al mundo y sus reglas; el problema radica en que este personaje, Lucas, es hijo de la contemporaneidad, los principios que animaron a Byron, Shelley, entre otros, ya son solo polvo y recuerdo. El mundo actual nos somete a la indefinición y a la duda, la incertidumbre es la regla, por eso sentimos más su desamparo, pero aún así me lo puedo imaginar repitiendo, luego de mirar a los caballos salir de la niebla, lo que Hölderlin le hace decir a uno de sus personajes: «¿Es que en la muerte se me enciende, al fin la vida?».

viernes, 29 de mayo de 2015

Amor

Cristina Navarrete 


En esta época del año la ciudad se despierta sumida en una pesada neblina, a la que una ligera y permanente llovizna acompaña durante todo el día, mojando las estrechas calles y aceras. Una marea de personas vestidas con largas gabardinas, gorros térmicos, botas y coloridos paraguas se desplaza apuradamente para llegar a su destino.

Amelia, como casi siempre en invierno, se levanta muy tarde, se mete a la ducha, y abre el agua caliente para descongelar todas las articulaciones de su cuerpo, mientras piensa en sus planes del día.  Cuando está vistiéndose no puede evitar mirar a través de la ventana, ve a la gente corriendo sin sentido, la garúa que moja los cristales y una gran nube negra a lo lejos, que anuncia que ésta se convertirá pronto en una fuerte tormenta. Busca ropa aún más abrigada de la elegida inicialmente.

—Este año el frío está insoportable, quisiera que siempre fuera verano —pensaba mientras limpiaba su nariz, y continuaba vistiéndose.

Al salir, se miró por última vez en el espejo colgado junto a la puerta de calle. A pesar de su belleza, notó claramente sus profundas ojeras y los pómulos cada vez más pronunciados. Su delgadez era notoria, ni siquiera el grueso abrigo turquesa de tela polar o la colorida y voluminosa bufanda de lana ocultaban la notable pérdida de peso. Aunque han pasado los años, aún no logra superar el inmenso dolor de haber perdido a su madre de manera tan súbita e inexplicable.

Salió corriendo igual que todos los demás y se volvió parte de esa imponente corriente humana que iba camino a la estación del autobús.

—¡Amelia, espera! —gritó una voz a lo lejos.

En medio de la multitud, distinguió un rostro familiar y sonriente, que no veía hace mucho tiempo. Ella se abrió paso entre los paraguas, las prisas y los rostros sin nombre.

—¡Han pasado tantos años! Debiste avisarme que llegabas, hubiera preparado algo especial —le decía mientras lo abrazaba como si quisiera fundirse en su pecho.

—¡Te he extrañado tanto! Ya no recordaba lo hermosa y dulce que eres —dijo mientras la tomaba de la mano y empezaban a caminar alejándose de la multitud.

Amelia, faltó a trabajar ese día. A pesar de la lluvia y la crudeza del clima, ya no sentía frío, el dolor de su inmensa soledad se desvanecía mientras caminaban juntos.

Llegaron a una pequeña cafetería muy acogedora y rústica, los colores tierra de su decoración, la tenue iluminación y el intenso aroma de café pasado con una mezcla de fragancias, emitidas por los frutos dulces y ácidos de una gran variedad de postres, además de la calidez del ambiente, la hacían el sitio perfecto para el tan esperado reencuentro.

—¡Ay Marco, Marco! Me has hecho tanta falta, tengo millones de cosas que contarte —decía Amelia, tocando el  tibio y varonil rostro del joven— no te he visto desde el funeral de mamá.

—Sí, lo sé. Lo siento hermanita querida, perder a mamá, fue muy duro y no supe cómo afrontarlo, mi única salida a tanto dolor fue mi mochila, la distancia y mucha soledad.

—Eso ya es pasado, lo importante es que estás aquí, y espero que para quedarte.

Marco, un espíritu nómada y soñador, no respondió a la implícita pregunta de Amelia sobre la duración de su estancia y empezó a contarle animadamente sobre sus aventuras, viajes, nuevas amistades y amores, mientras le mostraba increíbles fotografías que hacían más vívidas las historias;  ella sin decir una palabra tomaba lentamente su café, actividad que se veía interrumpida por una tos seca y constante que la dejaba sin respiración por momentos.

—¿Estás bien? —preguntó Marco mirándola fijamente a los ojos.

—Sí, claro, no te inquietes… un simple resfriado combinado con mis alergias, ya me conoces, mi cuerpo y yo odiamos el invierno —dijo sonriendo despreocupadamente.

Aunque él continuó con su relato, no se quedó muy satisfecho con la explicación de su hermana, pues a pesar de la distancia y el tiempo, la notaba claramente desmejorada y muy delgada, no era ni la sombra de la chica ágil y llena de vida que recordaba.

Ya anochecía, y los dos caminantes emprendieron el regreso a casa de Amelia.

Esa mañana, Amelia se despertó a tiempo y con una energía que no tenía hace meses. Se sentía como nueva. Saltó de la cama, se metió a la ducha, se vistió rápidamente. Un delicioso olor a desayuno hecho en casa, leche recién hervida, huevos revueltos y tocino,  la llevó casi flotando hasta la cocina, mientras los olores se hacían más fuertes y la trasladaban a las memorias de su infancia, a una gran cocina adornada por los hermosos colores de las frutas frescas y perfumada por la fragancia del pan recién horneado, una época feliz, llena de alegrías y momentos compartidos, con una familia entusiasta y unida de la que ahora solo quedaban los recuerdos y su hermano, a quién amaba con todo el corazón.

—¡Sorpresa! Al puro estilo de mamá, espero que lo disfrutes —le dijo sirviéndole un enorme vaso con jugo de naranjas frescas, que Amelia tomo casi sin respirar.

—Cuanta falta le hacía a esta casa, un toque de hogar —suspiro, anhelando que Marco jamás se fuera, y hasta pensó que su amor era todo lo que necesitaba para arreglar su abatido corazón.

En estas circunstancias, decidió tomar las tan esperadas vacaciones que había postergado durante tres años. Así pasaron los días, llenos de diversión, memorias felices y paseos interminables. Ella fotografiaba todo, como buscando inmortalizar cada minuto que pasaba junto al único ser en este mundo que la extrañaría.

Esa noche empacaban entusiasmados, pues a la mañana siguiente debían salir muy temprano para el aeropuerto, irían a Antigua, a pasar algunos días descansando bajo el sol.

Aunque Amelia procuraba disimular, la tos se había hecho más frecuente, esa noche se sentía especialmente fatigada, sus pies estaban inflamados y tenía un extraño dolor en el pecho.

—Creo que me he esforzado demasiado estos días —pensó— no dejaré que nada arruine este viaje.

—¡Nena! La merienda está lista, apúrate que se enfría —gritó Marco alegremente, mientras servía un humeante espagueti a la boloñesa.

Pasaron varios minutos y no hubo respuesta. —¡Amelia! A comer, no te hagas la graciosa —nadie respondió.

Marco sintió que su corazón le dio un vuelco dentro del pecho, se dirigió a la habitación de su hermana apresuradamente, al llegar a la puerta se detuvo, como dudando giró la cerradura lentamente y la abrió de golpe.

—¡Amelia! ¡Hermosa despierta por favor! —gritaba mientras la levantaba del piso, donde yacía como dormida.

La ambulancia llegó pocos minutos más tarde. Ella seguía inconsciente, y aún con la mascarilla de oxígeno y todas las agujas que ahora traspasaban su piel, se veía pacífica y bella, Marco sentía una angustia indescriptible, ella era la única familia que le quedaba. Subió al vehículo junto a su hermana y se marcharon del lugar.

Durante todo el camino no pudo dejar de mirarla, se preguntaba qué pudo haber pasado, qué es lo que con tanto celo le había ocultado.

—¡Lo sabía! Eso no era una simple gripe, ¿por qué no confiaste en mí? —susurraba Marco mientras las lágrimas rodaban sin control por sus mejillas.

Los paramédicos la bajaron inmediatamente, y desaparecieron tras una gran puerta blanca de vaivén cuyos cristales no permitían mirar al otro lado. Mientras tanto, su hermano resolvía los ya conocidos trámites burocráticos del sistema de salud, aunque solo quería correr junto a su ser amado.

—¿Algún familiar de Amelia Kafkis? —preguntó una dulce voz que hizo que el angustiado joven se levantará automáticamente de su lugar.

Una mujer alta, de rostro redondo, con un largo y ondulado cabello rojizo, buscaba apuradamente, con sus profundos ojos azules a la persona indicada, sosteniendo una de esas tablitas apoya - manos donde los hospitales colocan la información de sus pacientes. Marco se acercó sin decir una palabra, y la miró fijamente.

—Amelia, ha sido muy fuerte, ha estado encabezando la lista de espera pero no hemos conseguido un donante compatible…

—¿Donante? —interrumpió Marco agitadamente— no sé de qué me está hablando.

—Ah… no lo sabía, lo siento —dijo la doctora desconcertada— Amelia sufre de insuficiencia cardíaca, probablemente congénita, y empezó a presentar los síntomas hace tres años aproximadamente, creemos que uno de los factores desencadenantes fue la extrema tensión que sufrió a raíz de la muerte de su madre.

Él la miraba atónito, sin lograr articular ni una sola palabra, solamente pensaba en su abandono, ¿cómo pudo huir de esa manera? Si no se hubiera marchado, a lo mejor todo sería diferente.

La mano de la mujer en su hombro interrumpió sus pensamientos.

—Lo siento, ahora solo podemos esperar. No le voy a mentir, ella está muy débil.

Marco aún en silencio, la miró nuevamente, y en un tono casi suplicante dijo:

—Por favor déjeme verla, sé que podrá oírme, quiero acompañarla, soy lo único que tiene.

La facultativa, lo miró, y en sus ojos se notaba una profunda ternura, después de pensarlo, asintió con la cabeza, y lo guió hacia el ala de terapia intensiva.

Marco, permaneció sentado junto a la cama de su hermana, durante una semana sin tener ninguna respuesta a sus continuos relatos sobre sus memorias y viajes; aunque hacía cortos recesos para lavarse, ir al baño o comer algo ligero, procuraba permanecer atento a cualquier reacción y separarse de ella lo menos posible.

—No me digas que ya te olvidaste de aquella tarde que jugando en el jardín de la Quinta de los abuelos encontramos a esos pajarillos recién nacidos junto al cuerpo de su madre, la pobre había muerto a manos de ese odioso gato de la vecina, de cómo los escondimos en el armario y de la cara de mamá cuando los descubrió —relataba Marco sin soltar la mano de su hermana— Ojalá el tiempo se hubiera detenido en esos días, cuando éramos inocentes, felices y contábamos con la protección y el cuidado de mamá y los abuelitos.

Finalmente, exhausto por la falta de sueño y el dolor se quedó dormido junto a ella, cuando una suave caricia en su cabello lo despertó.

—¡Hermosa! Sabía que no me ibas a dejar solito —dijo alegremente, y una gran sonrisa se dibujó en su rostro— ¿Por qué no me dijiste lo que te pasaba?

—No quería asustarte, sabía que con lo de mamá habías tenido suficiente. Además, no había mucho que pudieras hacer y no iba a echar a perder tu sueño de viajar y captar la belleza del mundo con tu cámara. No hablemos del pasado, ahora debemos discutir el presente, tú presente —susurró Amelia respirando con dificultad.

—¡No digas tonterías! Ya verás que pronto conseguimos a un donante perfecto e iremos corriendo a tomar ese avión destino: Antigua.

Ella sonrió dulcemente asintiendo con la cabeza, acarició su rostro con suavidad y ternura.

—Ahora debes ir a descansar, por mí y por ti, todo va a estar bien, yo también quiero dormir un poco.

Marco cumplió los deseos de su hermana a regañadientes, cuando iba saliendo se encontró nuevamente con la doctora que tan dedicadamente había acompañado a sus hermana en esta travesía, y se había convertido en su entrañable amiga.

—No te preocupes, yo me quedo acompañándola en tu ausencia, descansa y vuelve mañana. Soy Gabriela —le dijo, mientras Marco apuntaba en un papelito su número celular y se lo entregaba.

—Muchas gracias por tu ayuda. Llámame si se presenta cualquier emergencia —respondió esbozando una ligera sonrisa.

Al llegar a casa de su hermana, sintió un espeluznante y frío silencio. Ya se estaba quedando dormido, cuando el timbre de su celular lo despertó, era un número desconocido, se levantó exaltado y se demoró en contestar, como si esa demora retrasará la noticia que tenía tanto miedo de recibir.

Escuchó sin decir una palabra, al cerrar el teléfono su rostro estaba desfigurado, el dolor y la rabia se podían leer en sus ojos. Tomó su vieja chaqueta marrón, y salió corriendo rumbo al hospital.

Entró violentamente al cuarto donde descansaba su hermana, Gabriela sostenía su mano con delicadeza, pues no se había despegado de ella desde que Marco se retiró a descansar.  El rosto de Amelia se veía más bello que nunca, la paz que emanaba era mágica, sobrehumana. Sin decir una palabra lo miró y él se acercó rápidamente.

—Estas semanas han sido la mejor parte de mi vida, el mejor recuerdo, ¡te amo!, vive intensamente, sin remordimientos ni rencores —musitó en su oído, y una última exhalación se llevó su espíritu.


Marco cayó al piso de rodillas, Gabriela lo abrazó en silencio y el ambiente se inundó de insoportable dolor.