miércoles, 26 de marzo de 2014

La criatura

Marco Absalón Haro Sánchez


Una mañana de abril de cierto año desaparecieron dos niños dentro de la boca del metro de Madrid. Los testigos que los vieron por última vez aseguraban que tendrían aproximadamente unos doce años, y eran un niño y una niña. Sus padres corroboraron estas relaciones, añadiendo sus nombres: Ana y Mario. Eran mellizos y estaban a punto de concluir la escuela primaria. En medio de mortal angustia desplegaron una búsqueda sin cesar y empapelaron la ciudad con afiches de sus fotografías, pero nadie les daba razón de su paradero.

Mientras que bajo la superficie, a decenas de metros, brillaban unas lámparas alimentadas con aceite de pescado. Y en lo que parecía ser unas catacumbas o algo parecido se movían unas criaturas que transitaban como autómatas programados por algún ser superior a ellos. Luego entraron dos de esas figuras subnormales portando entre sus brazos a dos críos que parecían dormidos, y les depositaron en una mesa grande del centro de la sala. Todos murmuraban un lenguaje ininteligible cuando rodeaban al par de durmientes. El color viscoso de su piel gris oscuro era contrastado por su extraña forma. Su cabeza alargada y cilíndrica llevaba antenas en cuyos extremos brillaban sendas pupilas. Dos agujeros sobre los labios de iguana daban a entender que eran sus fosas nasales. Y parecían tener varias extremidades superiores, no así las piernas y pies que eran solo dos. Asimismo de su trasero salía una cola que no llegaba al suelo. Por cobertura gruesas escamas de rústica piel. Los residuos del combustible de las lámparas se mezclaba con un extraño hedor de animales y humedad.

Luego de examinar cuidadosamente los cuerpos inertes de Ana y Mario, uno de ellos que parecía llevar un rango superior les habló y les hizo señas, y se los llevaron hacia otra sala más pequeña. Les colocaron por separado en una urna de cristal para cada uno. Pero antes se acercó personal especializado y extrajo sangre de sus venas en varios tubos de ensayo. Luego de unos instantes accionaron un botón de un tablero fuera de las urnas, y éstas se fueron llenando de un gas blanquecino que hizo que los críos se despertaran del sueño. Cuando abrieron los ojos lentamente se sorprendieron de hallarse en aquel lugar, rodeados de penumbra la cual no era mayor que la que existe en un antro de diversiones cuando quitan las luces principales. De un salto se pusieron sobre sus pies, y el lecho donde estuvieron acostados desapareció por la pared lateral de la urna. Mario como un resorte quiso acercarse rápidamente a Ana, pero fue imposible porque la urna se lo impidió. Habría entre ellos una distancia de tres a cinco metros. Lo propio ocurrió con Ana que no adelantaba nada para acercarse a su hermano. Y creían no ser vistos pero decenas de ojos los contemplaban desde la oscuridad, y sobre todo las miradas de una pareja cuyos rasgos no diferían tanto de los humanos, salvo que llevaban escamas de colores por todo el cuerpo y sus pupilas eran de serpiente, pero eran diferentes a los seres que describimos primero. Mario tomó viada y se estrelló contra la pared oblonga de la urna intentando atravesarla pero ésta apenas se movió como los árboles cuando los azota un fuerte vendaval. E imaginó que si lo hacía con mayor vigor lograría hacer que la urna se volcase y se acercara a la de Ana. Y así lo hizo. Se estrelló con mayor fuerza por el lado que daba de frente a la de Ana, y la urna se viró y bamboleó un par de vueltas hasta quedar junto a la de su hermana. Y a través de los cristales el par de críos levantaban sus brazos e intentaban tocar sus manos.  

No lejos del sitio los tubos de ensayo con sus  hematíes eran analizados por especialistas en el laboratorio. Y sacaron como conclusión que no podrían valerse de ella ya que era caliente y ellos por lo general la tenían fría. También experimentaron a ver qué pasaba si mezclaban la una con la otra. Pero sucedió que las células de la sangre caliente se devoraban a las de la sangre fría con la consecuente defunción del viviente que por error o por negligencia médica tuviera dicha mezcla en sus venas. Así es que descartaron el proyecto de alimentarse de sangre humana; aunque podían multiplicar su cantidad diez veces por una, pero tenían que realizar una transfusión total a cada una de las criaturas. Este experimento estaba por probarse tomando como conejillos a Ana y Mario.

Pasaron las primeras veinticuatro horas de la desaparición del par de chicos y la policía o sus padres y familiares no adelantaban nada para encontrarlos sanos y salvos. De momento nadie sospechaba de un sucio mendigo que pedía el auxilio de sus semejantes en la boca del metro por donde desaparecieron los críos. Él era un hombre mayor que tenía un aspecto descuidado y nauseabundo. Tenía varios amigos o conocidos que le llevaban barras de pan y lonchas de jamón o tocino, tanto como las botellas de agua. Dichos alimentos nunca los devoraba en su totalidad, sino que echaba a unos vivientes de la oscuridad, los cuales más tardaban en alargar sus manos para tomarlos que en desaparecer entre la penumbra interna de la boca del metro. Juan se llamaba este mendicante que había trabado amistad con varios niños, cuya edad oscilaba entre los doce y catorce años: Pablo, el mayor; María, la mediana; y Vicente, Ana y Mario, los últimos. Ese día le visitaron intempestivamente los tres primeros, con la idea de asustarle, y se quedaron detrás de un quiosco de la Once que estaba en la calle. Y con mucho sigilo extendieron sus cabezas para ver qué hacía Juan. Pero todo parecía normal. Él masticaba sus alimentos y extendió su mano con una loncha de jamón hacia la oscuridad de la pared interior de la boca del metro. Y María pudo notar que algo o alguien de la oscuridad tomaban dicho alimento. Enseguida lo comentó con sus compañeros:

-A que no sabéis lo que he visto.

-Hum –repuso Pablo con una mueca de ironía-. Lo de siempre. Comer o beber a Juan.

-No –agregó inmediatamente María-. Miren, miren hacia la penumbra del lado derecho de Juan.

Les hizo notar a Pablo y a Vicente que él compartía con alguien de la oscuridad su alimento, sobre todo las lonchas de jamón o tocino fresco.

-Verdad –asintió Pablo lleno de interés por lo que acababa de ser testigo-. ¿Qué coño será eso? Acerquémonos para ver mejor –ordenó.

Y bajaron corriendo las gradas de la boca del metro procurando no llamar la atención de Juan. Sus ojos tuvieron que ajustarse a la oscuridad del interior para intentar seguir la pista de aquel ser viviente que les pareció escurrirse entre las paredes internas de la estación.

Pablo planeó usar a Juan como carnada con el objeto de tener noticias claras de lo que era eso que emergía de la oscuridad y atrapaba el jamón que él lo echaba.

-Compremos para este mendigo gran cantidad de lonchas de jamón y tocino para coma hasta que reviente.

-¿Y? –propuso María.

-Pues nada –continuó Pablo- al tener de sobra y comer poco, lo demás echará al interior del metro y…

-Tomarán las manos desde la oscuridad –completó un atento Vicente-. Entonces lo pillaremos.

-Eso es, chaval –atajó Pablo tocando el hombro de Vicente.

-¿Pero si nos hace daño esa cosa? –temió María.

-Pues, no creo que nos cause daño alguno -dedujo Pablo-, porque desde que tengo uso de razón he visto que este mendigo lleva viviendo un montón de tiempo en el mismo sitio, y nada le ha pasado, a pesar de alimentar a esa criatura que emerge de la oscuridad.

-Oye -terció Vicente-. ¿No será que ese o esos desconocidos que toman el jamón de Juan tienen algo que ver con la desaparición de Ana y Mario?

-Psch, eso mismo queremos averiguarlo, chaval –apostilló resueltamente Pablo mientras le palmeaba a Vicente que sonreía complacido.

-¿No será mejor dar parte a la policía? -opinó María, temerosa.

-No. No creo que sea buena idea –denegó Pablo-. Además no parece ser para tanto. En marcha. A ver colaboren para comprar el jamón y el tocino.

Cada uno puso cinco euros mientras se acercaban a un mercado a comprarlos. Una vez con ellos en una bolsa partieron a toda prisa hacia el piso de Pablo para recoger unas linternas porque creían que les haría falta. Su padre era aficionado a la espeleología y tenía muchas. Por el camino Pablo se acercó a una tienda y se proveyó de un par de petardos de alto poder ante las miradas de incógnita de sus compañeros. Y volvieron al encuentro de Juan, que estuvo a punto de devorar un nuevo bocadillo que hubo preparado de antemano.
-Hola, Juan -dijeron los niños al unísono.

-Hola, muchachos -repuso el mendigo-. ¿Qué los trae por aquí de nuevo?

-Mira, toma -ofreció Pablo al tiempo que le entregaba las lonchas frescas de jamón y el tocino.

-Gracias -repuso Juan y lo iba a guardar en una de sus maletas que tenía a su alrededor, pero al parecerle de excelente calidad extrajo una loncha para probarlo-. Mmmm, sabe bien. 

Y empezó a quitar las lonchas que tenía colocadas dentro del pan y colocaba la de paleta de Ibérico que le llevaron los chicos, uno de los mejores jamones de España. Iba a dar buena cuenta del bocadillo cuando le importunó Pablo al decir:

-¿Qué harás con el jamón que has quitado del pan?

-Ay -reprochó Juan-, lo tiraré.

-Haznos un favor, Juan -rogó Pablo.

-Dime -repuso el mendigo mordisqueando su bocadillo.

-Cuando veas que hemos llegado al andén inferior del metro tiras el jamón que has quitado al lugar de siempre, ¿vale?

-Vale -repuso mientras masticaba deliciosamente el aperitivo.

«¿En qué andarán metidos estos chavales? Pero igual les haré el favor. Algo quieren comprobar», pensó el mendigo.

En contados minutos los chiquillos le hacían señas desde abajo, y Juan tomó las lonchas de jamón que no iba a comer y echó a la oscuridad que caía al andén donde estaban los muchachos. Justo ese momento un par de policías prendía a Juan y le llevaba detenido para interrogarle. Pero los muchachos dieron mayor importancia a quienes recibieron las lonchas en la oscuridad. Enseguida encendieron las linternas portadas por Pablo y dejó una a cada uno. Cuando alumbraron pudieron notar que varias criaturas se movían a ras de la pared rocosa y desaparecieron hacia el interior. Les pareció que tuvieran ventosas o algo parecido en sus extremidades que les servía para mantenerse adheridos. Entonces Pablo, María y Vicente aprovecharon que casi no había gente en el andén para tomar una escalera que los llevara bajo el mismo, con destino a los rieles del metro. Bajaron con cuidado pero pronto antes de que viniera el metro. Y a unos cinco o siete pasos hallaron una puerta que conducía hacia una escalinata descendente y empezaron a bajar con tiento, pero ésta cedió como si tuviese unas bisagras en el extremo superior y les dejó caer. Era como un gigantesco tobogán que los trasladó a muchos metros bajo tierra. En pocos minutos cayeron dando gritos en una especie de fosa de arena repasada sin sufrir más que unos simples rasguños. Allí reinaba la oscuridad más intensa. En la caída Ana extravió su linterna, pero la recuperó en el foso y no quedó inservible. Tenían con qué alumbrarse, aunque no fuese a mucha distancia y no corrían peligro de caer en algún agujero o algo parecido. Había una infinidad de cavernas que se comunicaban unas con otras y al azar empezaron a andar por una larga que les pareció más asequible que las demás.

Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que perdieron la pista al par de niños que supuestamente entraron en la boca del metro para no volver a aparecer jamás. La policía investigaba a Juan, el cual se convirtió en sospechoso número uno, y él no entendía el porqué de su arresto si a la edad que llevaba nunca cometió agravio alguno al prójimo. Su único delito consistía en compartir su comida con las criaturas del interior de la boca del metro; aunque como un relámpago acudía a su memoria la dulce vida que llevó en sus tiempos de abundancia. Hasta los padres de los niños desestimaron la implicación del mendigo en su desaparición. Y no creían conveniente tenerle detenido por más tiempo. Pero la policía manejaba sus hipótesis que abarcaban la vida cotidiana de Juan. En las grabaciones de las cámaras del metro no había nada que pudiera ayudarles en el caso. Ni siquiera ahondaban la implicación del mendigo.

En tanto Mario y Ana seguían dentro de las urnas como conejillos de indias. Pero en la habitación contigua un grupo de criaturas deliberaba sobre la suerte de los chicos. Los que presidían el mismo eran el hombre y la mujer con escamas y pupilas de serpiente. Ante los cuales se presentaron los especialistas que trataron los hematíes extraídos de los niños, y expusieron su teoría. La cual no convenció a la pareja de infrahumanos, a los cuales llamaremos Serpe y Serpa. De sus pupilas parecían salir unos rayos de maldad porque no estaban de acuerdo con el veredicto que les exponían. Pero sus rostros dejaron la tensión cuando escucharon el plan de realizar una transfusión total de la sangre de los niños con la de ellos, respectivamente, para recobrar su fisiología normal. La pareja dio una orden y enseguida fue cumplida al enviar un gas plomizo dentro de las urnas de Mario y Ana. Volvieron a quedarse dormidos. Hecho que aprovecharon para sacarles de su respectiva urna y llevarles de nuevo a la sala grande. Luego de depositarlos sobre la mesa preparada para el efecto los desvistieron y les dejaron tal como Dios los trajo al mundo. Pero esta vez una cantidad impresionante de aparatos quirúrgicos indicaba que iban a ser intervenidos. La muchedumbre de criaturas se acercó de nuevo alrededor del cristal que separaba a la mesa. Esta escena ya estuvo al alcance de Pablo, María y Vicente, los que de tanto andar de caverna en caverna dieron con la enorme catacumba donde estaban reunidas las criaturas que mi lector conoce.

-Ay -exhaló María cuando vio a sus amigos tendidos sobre la mesa y rodeados por aquellos extraños seres vivientes-. Pablo. Ayúdalos a escapar, por favor.
-Shhh -le reprendió llevando su dedo a los labios-. No hagas ningún ruido, no sea que nos descubran, y ahí sí que estaremos perdidos.

-¿Pero qué les van a hacer a Mario y Ana? -susurró Vicente.

-De momento -murmuró Pablo con voz casi ininteligible-, sólo les observan. Ya vamos a ingeniarnos la manera de liberarlos. 

Ese instante entró un grupo de especialistas vestidos con ropas claras y equipados debidamente para trabajar con los cuerpos de Ana y Mario. Iban a vaciar la sangre de los dos niños a la vez, en recipientes especiales. Luego harían lo propio con Serpe y Serpa para finalmente llenar sus venas con la sangre de los primeros. Realizaron los últimos ajustes para dicha labor y los que dirigían la misma extendieron su mano pidiendo un instrumento. Enseguida los asistentes colocaron sendas jeringas en las manos de los que iban a llevar a cabo esta operación.

Pablo tiró un petardo para llamar la atención de las criaturas que rodeaban a los especialistas que iban a operar. Todos se asustaron de la explosión y se acercaban en masa a perseguir a los tres niños, pero fueron tiroteados con balas sommíferas por los hombres bien armados que la Policía envió para seguirlos y entrar en acción cuando la situación así lo exigiese. Mientras eran inmovilizadas las criaturas: Pablo, María y Vicente, se acercaron rápidamente a la mesa donde yacían dormidos Mario y Ana, se apoderaron de sus cuerpos e intentaron huir del sitio sin lograrlo, porque Serpe y Serpa que, aunque estaban preparados para ser intervenidos, les cerraron el paso. Ese momento dos proyectiles zumbaron en la oscuridad e hirieron a cada subhumano que quedó fuera de combate. Entonces tomó el control de la situación el cuerpo policial. Éste vino acompañado de Juan que en su juventud había sido médico neurólogo aficionado a la espeleología, el mismo que había enviudado cuando tuvo dos hijos varón y hembra; y cuando ellos estudiaron en la universidad, se especializaron en medicina neurobiológica y partieron a trabajar en el extranjero, se dedicó a la bebida y quebró. Pero nunca más volvió a tener noticias de ellos. 

En la superficie recibieron enhorabuenas de toda la muchedumbre que se congregó alrededor de la boca del metro para recibir a los rescatados junto a sus héroes y el cuerpo policial que los escoltaba. Hubo abrazos y lágrimas entre los padres, hijos y familiares de los niños encontrados. Y en los días sucesivos los adolescentes Pablo, María y Vicente fueron condecorados por el Ilustre Municipio de Madrid. 

Y cuando despertaron Serpe y Serpa en la UCI del hospital adonde fueron trasladados, quienes resultaron ser los hijos perdidos de Juan, el mendicante, estaban fuertemente custodiados por elementos armados. Ya que este par de jóvenes de apariencia inofensiva habían experimentado al margen de la ley con sueros antiofídicos en personas. Y ellos mismos se inyectaron la pócima para inmunizarse pero acabaron convirtiéndose en seres humanos con grandes rasgos de serpiente. Pero como vieron que la mutación fisiológica era irreversible decidieron crear una raza de seres vivientes en las cavernas de la Tierra, tomando como respiraderos las bocas de metro o los túneles subterráneos. Así mismo debieron secuestrar a hombres, mujeres y niños para experimentar con ellos y convertirlos en las criaturas de la oscuridad. Y esta pareja las comandaba. Gracias al valor indomable de los tres niños, la intervención oportuna de la policía junto a la medicina moderna, muchos desaparecidos años atrás volvieron a aparecer y a abrazarse con sus familiares. 

Juan se alegró mucho te verlos después de tantos años, y les prometió visitarles a menudo en la cárcel, cuando hayan sido juzgados por los delitos que cometieron contra la integridad física de las personas.

Estos hechos se dieron cuando era presidente del país Zapatero, y aún no entraba de lleno la crisis que azota hasta hoy todas las economías del mundo.

jueves, 13 de marzo de 2014

¿Por qué a mí?

Nelly Jácome Villalva


Apenas sonó el despertador abrí mis ojos y aún soñolienta me levanté a recorrer las cortinas, ¡qué espléndido día pintaba!, el sol radiante en medio de un azul claro que aún permitía delinear la semicurva de la luna, invadía el ambiente un delicioso olor a jazmín y otras flores que me deleitaban con sus matices,  hacia el sur el coloso Cotopaxi, cubierto de nieve, silenciosamente majestuoso, me dio la energía requerida para emprender mi día.

El segundo llamado de la alarma obligó a retirarme de la ventana e iniciar mi práctica matutina, no tenía mucha prisa, y el llegar tarde la verdad, no sé por qué, no era importante en ese momento. Luego de arreglarme, desayuné, salí del departamento hacia la estación del metro que me llevaría, como todos los días, al trabajo. 

Una vez en la parada sentí la mirada penetrante de un hombre joven, delgado, con rizos pequeños que venía apresurado hacia donde me encontraba,  tuve la sensación que iba a tropezar conmigo e instintivamente retrocedí, pero pasó de largo, me llamó la atención su forma de vestir, una camiseta con algunos agujeros grandes en el pecho, un jean desgastado que dejaba entrever su interior y unas zapatillas Nike blancas, limpísimas, pero lo que más atrajo mi atención fueron sus ojos marrones profundos rodeados de sus largas y risadas pestañas.  Se abrió paso a empujones entre las personas que esperábamos el metro, lo seguí con la mirada y me pareció que alguien lo perseguía porque regresaba constantemente a ver hacia atrás.

Decidí hacer una observación más exhaustiva alrededor de este sujeto, lo vi detenerse en uno de los quioscos más adelante, creo que se estaba escondiendo, empecé a buscar a alguna persona sospechosa que estuviera buscándolo, vi a una mujer con un ceño fruncido que la proyectaba como posible sospechosa, pero la descarté cuando salió de la estación; luego vi a un hombre ya maduro que miraba incansablemente a su alrededor,  -debe estar buscándolo –pensé mientras seguía con la mirada su caminar. Tampoco fue a quien buscaba, saludó cariñosamente a quien seguramente era su nieta y juntos siguieron su camino.

Seguía buscando, de pronto recordé que ya no estaba en mi mira el joven de rizos pequeños, no quería quedarme a mitad de mi pesquisa, así que caminé un poco más hacia donde lo vi por última vez, y para mi sorpresa se había sentado en una banqueta que estaba justo detrás de mí, volvió a mirarme profundamente,  me abochorné al sentirme descubierta.  Regresé a mi lugar en la parada, traté de no perderlo de vista, algo ocurría, estaba segura, sus gestos lo delataban e incentivaba mi curiosidad.

En cuestión de segundos en que preguntaba la hora a otro pasajero, escuchamos un ruido poco común, - ¡eso fue un disparo! –grité con seguridad, aunque nunca antes lo había oído tenía la sensación de que así se escuchaba un disparo.   Todas las personas entre dubitativas y temerosas se dispersaron, yo me quedé parada lívida sin movimiento, el sujeto desconocido se encontraba en la parada pidiéndome ayuda, en tanto sangraba abundantemente. Al fin pude reaccionar tan solo para preguntar qué le pasó,  -me dispararon, me quieren dar el vire, lléveme a esta dirección, por favor señito –dijo con dificultad.  Tenía que saber qué pasó, entonces realmente alguien lo estaba persiguiendo, lo llevé hacia donde me indicó, entramos por una puerta vieja de madera y caminamos a lo largo de un pasillo iluminado tan solo con un foco que colgaba en una esquina, ingresamos a la primera habitación de la derecha,  que tenía una pequeña ventana que estaba abierta y dejaba entrever un patio con ropa colgada y algunos cartones alrededor, donde se encontraba una señora gorda, de rostro bonachón y cabello blanco, -¿qué vienes a buscar? –le dijo agriamente. –Solo mi ropa y me voy.

Le insistí en llevarlo a un centro de salud para que revisen su herida, pero me dijo en secreto que no era nada, que esa no era su sangre. No entendía lo que estaba pasando, no era posible que hasta lo haya acompañado y no sepa qué está ocurriendo, tenía que contármelo. – ¿Qué misterio se trae hombre? ¿No me dijo que le dispararon y que lo quieren matar?

¡Jajaja! ¡Vaya si es tonta! La sangre es del man que despaché y cómo usted andaba  de metiche me sirvió para salir bien parado de ese lugar –me dijo entre risas y burlas. Mientras se reía con gana, perturbada por la situación, le increpé porqué entonces buscó ayuda donde su madre. Lo que motivó más ironías de este sujeto, -¿mi madre?, ¡Jajaja!

En tanto trataba de reponerme, escuché el sonido de las sirenas policiales, el hombre de rizos dejó de reír y…

Desperté en horas de la noche en una cama pequeña de hierro y con una aguja en mi brazo, en el techo solo vi unos aparatos con sueros, mangueras, y a mi izquierda había una persiana que cubría la ventana, una lámpara de luz blanca intensa alumbraba toda la habitación, a mi lado estaba una enfermera escribiendo algo, -¿Dónde,   dónde  estoy?  Sonriente me respondió pidiendo que no me mueva y preguntándome cómo me sentía. –Bien, bien –le dije desconcertada e insistiendo -¿qué me pasó?

Ahora recuerdo, ese hombre, sí,  ese hombre desconocido a quien acompañé pensando que estaba herido, me golpeó en la cabeza.  –Buenos días señorita –me saludó un agente de policía y agregó ¿Se siente bien? Lo suyo fue un susto con felicidad, porque a este hombre lo estábamos buscando, es un asesino y violador contumaz, actúa siempre con el mismo patrón, engatusa a sus víctimas con cualquier cuento,  pero usted se salvó porque la policía que estaba detrás de “Lolo” lo persiguió hasta allá, por eso se asustó, robó su billetera y escapó luego de golpearla.


¡No lo puedo creer!, nunca me sentí tan vulnerable, tan fácil de engañar, ¡Vaya si es tonta! –me lo dijo, me avisó y no me di cuenta.   Regresé a mi departamento pensando que debo escuchar a mi yo interno. – ¿Qué raro?  La cortina de la sala la dejé recorrida. –Hola señito.

lunes, 10 de marzo de 2014

Una luz en la oscuridad

Karina Bendezú


Sus padres habían comprado la casa antes que Luna y sus hermanos nacieran. La antigua casona de techos altos, grandes ventanales y largos pasillos, contaba con un extenso jardín interior y habitaciones amplias. La propiedad se encontraba frente a un inmenso parque poblado de frondosos árboles y gran variedad de flores silvestres. Villa del Parque sería el lugar perfecto para criar a sus hijos y verlos crecer. Marta y Felipe, los padres de Luna, habían dedicado mucha energía y paciencia a ambientar su hogar y convertirlo así en un espacio agradable y armonioso para vivir. Con el correr de los años, los niños crecieron vigorosos y felices disfrutando de su hermosa casa y del esplendoroso verdor de la zona.

Marta entra a la habitación de Luna.

-¡Buenos días pequeña dormilona, despierta que es hora de desayunar! –le dice su madre corriéndole las sábanas que la cubrían.

-¿Qué hora es mami? –pregunta Luna.

-Son las ocho de la mañana y te estamos esperando abajo.

Luna desciende por las escaleras y entra estrepitosamente a la cocina comedor. Saluda a sus  padres con un beso en la mejilla y a sus pequeños hermanos que devoraban el desayuno, los saluda despeinándoles.

-¡No me esperaron pequeños hambrientos! –les reclama Luna.

Luna se sienta a la mesa.

-¡Qué delicia haz preparado hoy domingo mamá?

-Huevos revueltos y salchichas –contesta Marta.

-Qué rico mami. ¡Hay si les cuento lo de ayer!

-Escuché ruidos por la madrugada, ¿eras tú? –preguntó Felipe.

-Sí papá, tuve una mala noche... pero eso no fue todo. Desde el balcón de casa vi a un extraño anciano caminar en el parque, me miró fijamente, tanto así, que no me quitaba la mirada de encima y de pronto, me sonrió, me asusté tanto que corrí a esconderme a mi habitación –relataba Luna exaltada.

A tempranas horas de la madrugada, Luna se sienta en la cama algo angustia. Sus largos cabellos rojizos estaban todos revueltos como si fuera un gran nido de pájaros. Luna se levanta tambaleándose y apoyando sus manos sobre la pared para no caer, intenta abrirse paso en medio de su ropa y accesorios regados por el piso de su habitación. La noche anterior había tenido una fiesta de cumpleaños y llegó tarde a casa. Prende el interruptor de la luz del baño que ciega de golpe sus grandes ojos verdes. Se lava la cara con agua fría para despertar del todo y camina descalza por el largo pasillo hacia el balcón de la casa, desde allí podía contemplar el inmenso parque.

Apoyada en la baranda, Luna observa un movimiento extraño entre las sombras. ¿Quién podría ser a esas horas de la madrugada? La silueta se iba acercando cada vez más hacia la luz del antiguo poste. Al parecer era una persona mayor que caminaba lentamente y algo encorvado. El anciano avanzaba apoyado sobre un extraño bastón que en su mango llevaba una gran roca que brillaba iluminándose cada vez más a medida que se acercaba hacia la luz. De pronto, el anciano levantó su rostro y la miró fijamente. ¿Cómo pudo darse cuenta que lo estaban observando? Aterrada, su corazón empezó a palpitar velozmente llevando sus dos manos al pecho intentando apaciguar el ruido que producían sus latidos, como si el extraño del parque fuera a escucharlos... El anciano no le quitaba la mirada de encima, unos segundos después, el viejo le sonrió y siguió su rumbo perdiéndose entre los árboles. Luna regresó a toda prisa corriendo a su habitación, se metió debajo de las sábanas cubriéndose por completo obligándose a dormir para no despertar hasta unas horas después. 

Luna era una jovencita encantadora y risueña, amaba a su familia por sobre todas las cosas y adoraba especialmente a sus pequeños hermanos, Joaquín y Matías, un par de chicos revoltosos que le hacían las mil travesuras. Sus hermanos jugaban a la pelota y buscaban a Luna insistiéndole a unirse al juego, pero a pesar de sus esfuerzos no lo conseguían. Luna vivía en su propio mundo de fantasías, escuchando a las aves, saludándolas e imitando su canto, eran sus amigas decía, ¡desearía poder volar como ellas y ver todo desde las alturas extendiendo mis brazos! -pensaba Luna. A Luna le gustaba mucho cantar y lo hacía al aire libre, caminando o paseando. En el parque libreta en mano, la joven niña pasaba las tardes dibujando a sus amigas las aves pintándolas de muchos colores, su pasatiempo favorito.

Al día siguiente iniciaban las clases del nuevo año escolar. Luna se reencontraría con sus compañeros de curso. Al llegar a la institución, Luna se acercó a sus amigos de siempre y los saludó afectuosamente. El sábado había visto a algunos de ellos en el cumpleaños de Karen, su compañera de estudios. Luna saludó con un beso a su amiga Raquel. Raquel la esquivó y se alejó de su lado hacia otro grupo de estudiantes. Luna no entendía su actitud, la llamó por su nombre pero Raquel le dio la espalda alejándose aún más de ella. Luna se acercó a sus compañeras Karen y Marisa.

-Chicas, ¿qué le sucede a Raquel? ¿Por qué se comporta así? –preguntó Luna entristecida.

-Ambas discutieron en la fiesta ¿lo recuerdas? –preguntó Karen.

-¡Sí, delante de todos, no sé que le sucedió, pero pensé que había pasado! –contestó Luna.

-Ustedes andaban todo el tiempo juntas, parece que se aburrió, tal vez sus diferencias de caracteres, ¡no sé qué decirte!, no le des importancia a ello Luna –minimizó Marisa.

Luna escuchaba cada palabra de lo que las chicas le decían. En su interior sabía que Raquel no era una chica feliz. Sin embargo su abuela y su tía, eran unas mujeres encantadoras, ellas se alegraban mucho cada vez que Luna iba a visitarlas. Pero Luna se preguntaba -¿por qué del cambio tan abrupto? Luna tenía un alma compasiva por los que sufrían y deseaba contagiar con su alegría a aquel que la necesitara. El resto del día Luna no hizo ningún comentario al respecto. Al finalizar las clases se dirigió a su casa tratando de entender. Al menos su mejor amigo Charly la hacía reír con sus ocurrencias y olvidarse del mal rato. Pero lo peor de todo no había pasado aún.

Al día siguiente, el profesor de francés, Alfred, había otorgado los últimos quince minutos libres para que sus alumnos hicieran lo que quisieran. Y así lo hicieron. Minutos antes de terminar la hora de estudios, de repente, las voces de un grupo de muchachos causaron un gran alboroto pasándose entre ellos un misterioso cuaderno, lo cual inmediatamente llamó  la atención de Alfred. El profesor se acerca al grupo y pide que le entreguen el cuaderno, lee su contenido unos segundos haciendo cambiar bruscamente la expresión de su rosto. Enojado, llama severamente la atención al grupo revoltoso, ¿qué habría en su interior?... Horas más tarde corrieron los rumores… el mejor amigo de Luna, Charly y otros chicos habían dibujado en el cuaderno obscenidades sobre ella. Luna era una chica muy llamativa y a medida que crecía se iba convirtiendo en toda una joven mujer, haciéndola aun más bella y radiante. Charly trató de disculparse con su mejor amiga por lo sucedido pero Luna entristecida se alejó de él, borrando su presencia por el resto del día.

Sus dos amigos, con quienes Luna pasaba más tiempo juntos, ya no lo eran. El lazo que los unía se había roto, Luna se sentía desolada. Los días siguientes, la joven adolescente pasaba las tardes en el parque, en soledad, rodeada de sus amigas las aves. Cientos de tordos, golondrinas, gorriones, petirrojos, canarios y colibríes cantaban sin cesar en las copas de los frondosos árboles y aquel canto la tranquilizaba. Los padres de Luna notaban que su hija se encontraba distante, pero Luna cambiaba la expresión de su rostro y les regalaba una sonrisa, no quería preocuparlos. Sus hermanos la seguían buscando para jugar, esta vez Luna sí accedía a sus juegos, quizás para olvidarse de todo lo sucedido y no pensar, pero en el fondo nada podía sacarla de su tristeza.

Sentada en la fresca yerba, concentrada en sus dibujos, de pronto se le aparece junto a ella el extraño anciano que noches atrás había visto salir de las sombras. Lo reconoció por el singular bastón. Sin poder moverse, respiró hondo, levantó la mirada y esta vez pudo ver  su rostro de cerca.

-¡Veo que dibujas muy bien! –exclamó el anciano.

Las palabras del misterioso señor eran suaves como el viento, contrariamente al aspecto que mostraba. Al escucharlo, Luna se tranquilizó.

-Gracias –contestó Luna.

El anciano llevaba un largo tapado de lino color beige algo viejo y rotoso que lo cubría por completo, su rostro tenía apenas unos cuantos surcos en la piel signos del paso de los años. Por su aspecto, Luna podía imaginar que el viejo tendría ochenta años. El bastón seguía pareciendo particular, pero más misteriosa aún era la hermosa piedra que llevaba en el mango atada con unas cintas de cuero. La piedra era de un color morado oscuro brillante y su luz producía un efecto especial sobre Luna.

-¡Qué linda piedra lleva en su bastón! –exclamó Luna.

-Muchas gracias jovencita, es una amatista.

El anciano, sujetando su bastón con firmeza, se acomoda lentamente junto a Luna.

-Es una piedra que alivia las penas y ayuda a perdonar, pero sobretodo, devuelve la alegría y la paz al corazón –continuó diciendo el extraño.

¿Cómo sabía el abuelo por lo que ella estaba pasando? ¿Era tan evidente la expresión de su rostro como para que el anciano le dijera esas palabras? Luna quería salir corriendo de allí.

-No temas Luna, he venido a ayudarte.

-¿Quién eres? –le preguntó Luna.

-Pon tus manos sobre la piedra y cierra tus ojos, no los abras, -enfatizó el anciano- así podrás saber quién soy.


Luna obediente hizo lo que le anciano le dijo, agarró la bella amatista con ambas manos, cerró sus grandes ojos verdes y miles de luces multicolores empezaron a invadir su mente. Fascinada pudo ver quién era realmente el misterioso anciano, vio mundos jamás antes vistos y mucho más, sintió elevarse y volar por los cielos como lo hacían sus amigas las pequeñas avecillas y por último como por arte de magia, la pena que sentía por sus dos amigos había desaparecido por completo. Retiró las manos de la piedra y abrió sus ojos. Luna miró por todos lados, el anciano había desaparecido, ¿habría sido todo un producto de su imaginación? pero no, junto a ella yacía la preciada amatista. Luna agarró la piedra y corrió rápidamente a su casa. Al llegar, se dirigió en busca de sus padres, les enseñó la hermosa amatista y contó detalle por detalle lo que había visto.

jueves, 6 de marzo de 2014

Amor a primera vista

Elena Villafuerte


Sentado en un sillón de respaldo alto, Máximo Cano de Velasco revisaba los libros de contabilidad y se aburría enormemente. Miró hacia el ventanal, por el que se colaba un rayo de sol en el que flotaba una multitud de partículas. Se imaginó ser una de ellas, cayendo despacio hacia el piso de cerámica, para reunirse con otras muchas motas de polvo que al día siguiente la criada barrería hacia la calle. Escuchó el ladrido de uno de los perros, al cual contestó otro, y unas pisadas aproximándose, hasta que se abrió de golpe la puerta del despacho.

- Hola, primito – lo saludó Abel, de veintidós años, dándole un manazo en el hombro. – ¿Qué haces? ¿Aburrido como de costumbre? Deja eso y ven. Vamos a conocer a las primas de Lucas.

Máximo enarcó las cejas, dudoso. Era el mayor por tres años, así que veía con aparente desdén los juveniles arranques y la despreocupación de su primo hermano. Abel era más alegre, y siempre intentaba sacarlo de sus casillas, cosa por otra parte muy fácil de conseguir, porque Máximo tenía el genio demasiado vivo.

- ¿Cuáles primas, tú? No sabía que tenía primas.

- Creo que son sus primas segundas o terceras, que acaban de llegar ayer de Tampico. Dice que están guapas.

- Eso mismo dijo de las del mes pasado, y no es por nada pero estaban para los tigres.

- Triste Máximo, qué exigente. Vamos. No te vas a casar con ellas, nomás vamos a verlas. ¿Quién quita y conoces al amor de tu vida? – soltó la carcajada. – Uno nunca sabe, a lo mejor lo que dicen del amor a primera vista sea cierto. Yo ya me estoy cansando de darle vueltas al parque todas las tardes, a ver si alguna de las que pasan me gusta, pero si el río suena…

Era domingo, día de visitas, y encontraron por el camino multitud de conocidos. El centro estaba pletórico de gente, por lo que tuvieron que esquivar paseantes de todo tipo antes de llegar a una casa de cantera rosa, con balcones y rejas de hierro forjado.

- Quiubo – los recibió Lucas, un muchacho alto y flaco cuya principal cualidad era la longitud de su nariz.- Pasen, por favor. Pasen, pasen – continuó, empujándolos del recibidor a la sala. – Ya saben que están en su casa. ¿Algo de tomar? ¿Agua? ¿Un café, té, chocolate?

Una vez cumplidos los requisitos de la cortesía y del buen gusto, los tres jóvenes pasaron al tema de interés.

- Y entonces, ¿a qué hora bajan?

- Qué impaciencia – se sonrió Lucas. – Ya saben que las damas pueden tardarse lo que quieran, y probablemente lo harán. Así que relájate, Máximo.

- ¿Yo? – se recargó en el brazo del sillón, tapizado en terciopelo y bastante incómodo. – Estoy tan relajado que si tardan diez minutos más me quedo dormido.

- Espero que no, Máximo- se escuchó desde la puerta que se abría, y los jóvenes brincaron al entrar en la habitación la tía Cecilia, madre de Lucas, seguida por tres muchachas. – Sería una pena que estas señoritas no le conocieran en la plenitud de su simpatía.

Máximo se apresuró a disculparse, deseando sobre todo desaparecer. ¡Qué vergüenza! ¡Él y su imprudente lengua! Hubiera querido huir de la sala, ser una mosca y trepar por las paredes hasta las sombras del altísimo techo. A duras penas consiguió balbucear algo durante las presentaciones, y pasó la siguiente media hora completamente ofuscado, demasiado mortificado como para ver que una de las chicas lo miraba furtivamente.

Adela, a sus veinte años, era una muchacha de hermosas manos blancas con largos dedos de pianista, ojos oscuros y pelo lacio que le caía recto hasta los lóbulos de las orejas. No era una mujer bella, pero sí atractiva. Sin embargo y pese a los esfuerzos de todas sus parientes, aún no se había casado y ni siquiera novio formal tenía. La fama de su carácter se había extendido por toda la región. Había rechazado a varios pretendientes, y por más visitas que hacía con su madre, tías y primas a casas, fiestas y reuniones donde hubiera jóvenes prospectos, ninguno llamaba su atención.

Esa tarde, por casualidad, había ido a saludar a Carmen y a Eutimia, sin saber que ellas pensaban recibir visitas masculinas. Una vez que supo quiénes irían quiso regresar a su casa, pero su tía Cecilia prácticamente la obligó a quedarse.

- No, hija, tú no vas a ninguna parte.

- ¡Pero tía! ¿Para qué quiere usted que me quede? Yo no voy a conocer a nadie…

- No conoces a Máximo.

- Sí que lo conozco, Abel lleva años diciéndome que es su primo favorito y que es taaaan buen partido, taaaaan inteligente, taaaan honrado…

- No lo conoces, Adela, nunca lo has visto.

- ¿Y cómo lo voy a ver? El señor, taaaaan honesto, taaaaan sutil, le dijo a Abel que ni se le ocurra presentarnos, porque con mi genio que me aguanten en mi casa. – Adela estaba indignada. – Dice que él quiere una mujer dulce y no una arpía saca ojos.

- Y ahí va el imprudente de Abel y te lo dice. Ay, Dios mío. – suspiró la tía Cecilia – Se parece tanto a su tío abuelo, mi suegro, que en paz descanse. Siempre diciendo lo que no debe a quien no debe.

- Pues sí, tía, pero el hecho es que me voy. ¿A qué me quedo? ¿A ver si me sigue insultando un hombre que tiene esos modos y con esos comentarios impropios?

- Hija, – respondió la tía Ceci, paciente – hazme caso. Tu mamá, mi prima, era igual de terca que tú, hasta que me escuchó y empezó a leer las cartas de tu papá. Y ya los ves, tan felices.

- Está bien, – resopló Adela- me quedo. Pero sólo porque usted me lo pide. Y sé que no me va a gustar ese señor.

Ahora que tenía delante al monstruo, Adela reconsideraba. Alto y delgado, recio, con porte, esas cejas negras tan pobladas, los labios gruesos… no estaba nada mal. Discretamente, aprovechando que las primas de Lucas estaban luciendo su habilidad en el piano, se acercó a su tía Cecilia y se sentó a su lado.

- Oiga, tía Ceci – susurró - ¿se verá muy evidente si le ofrezco algo más a Máximo?

La tía Cecilia, con los ojos pegados a la pianista en turno, aplaudió con todas sus fuerzas mientras hablaba por la comisura de los labios, del lado izquierdo.

- No te apures – dijo. – Yo me encargo. Pues qué bien tocas, Lichita – felicitó a la artista, que complacida se ruborizó decentemente. – Mi hermana Alicia me había dicho que estudiabas piano, pero nunca que fueras tan talentosa. Pero bueno, ¿qué ya se acabó el café? ¡Braulia! ¿Dónde estará esa muchacha? – Doña Cecilia sabía perfectamente que Braulia estaba en ese momento rumbo a la tienda de dulces del otro lado de la plaza. – Nunca está cuando una la necesita. Adela, hija, no seas mala, sírvele algo más a Máximo, tiene la taza vacía.

Al levantar Máximo los ojos para agradecer a quien le servía más café se tropezó con otros, del tono exacto al de los chocolates Constanzo que tanto le gustaban.

La boda se realizó en marzo, pasado el seco frío del invierno. Máximo estaba guapísimo, con corbata de seda gris, traje negro y zapatos de charol. Adela, a la última moda con un larguísimo velo de tul cubriéndole el cabello corto, largos collares de perlas y guantes arriba del codo, la viva imagen del glamour.

La pareja recibió primero a una niña, Sagrario, y después a un niño, Bernardo. Pero aunque Adela estaba feliz en su papel de madre y señora Cano de Velasco, Máximo estaba angustiado. Lo cierto era que las cuentas ya no salían. Sus padres habían sido ricos, pero tras el paso de los revolucionarios y después, los agraristas, la familia entera había quedado muy mal parada. El rancho se había perdido, y Máximo, que había sido el responsable de llevar los números, había encontrado empleo en la capital del estado como contador de una de las varias empresas de minería. Pero ahora, con el cierre de cada vez más minas y el crecimiento de la familia, Máximo veía el panorama francamente negro. Su hermano mayor Cosme, que primero había sido jefe de un grupo de rebeldes insurgentes y luego vio truncadas sus aspiraciones militares, había vuelto a San Luis y presionaba a Máximo para que le pasara una “ayudadita”. Ayuda que en la realidad significaba la manutención de un hombre juerguista, empistolado y con malas compañías.

De forma que cuando la mina cerró, Máximo tomó la decisión de buscar empleo lejos de la ciudad, donde la situación general se ponía cada vez más complicada, tanto por la escasez de empleo como por el regreso de Cosme. Tras unos meses muy difíciles, en los que estiraba lo más que podía los pocos ahorros que le quedaban, le ofrecieron trabajo en la Huasteca Petroleum Company. Máximo empacó el menaje de casa, a sus dos hijos y a una muy renuente y embarazada Adela, y se trasladó al clima húmedo, caluroso y selvático de Veracruz.

La casa era de madera, pintada color de rosa, con techo rojo y ubicada estratégicamente dentro de un campo de petróleo lleno de árboles: plátanos, mangos, naranjos, copites, palo de rosa, yuca, palma de coco… pasto por todas partes, arbustos donde no, y caminos de tierra. Se levantaba sobre pilares que la separaban del suelo más o menos un metro, primero, para refrescarla, y segundo, para evitar que las alimañas entraran tan fácilmente. Lo que no era decir mucho, porque había cucarachas, tarántulas, moscas, mosquitos, ciempiés, avispas, serpientes y alacranes al por mayor, y muchas de ellas acababan dentro de la casa, buscando escapar del calor. Diariamente había que mover los muebles y pasar el trapeador, empapado en petróleo, para desalentar a los nefastos visitantes; con tres niños y una bebé, Adela no podía arriesgarse a que se colara una víbora. Mucho menos cuando Máximo salía temprano a recoger los envíos de monedas de oro para pagar la nómina. Adela padecía cada quincena, cuando él se trasladaba armado de la casa hacia Tuxpam, acompañado por dos sujetos con escopetas, a buscar la bolsa de dinero que dejaba caer el avión de la Compañía Mexicana de Transportación Aérea, CMTA para abreviar. Se imaginaba a su marido a caballo por la selva, arriesgando la vida, con las bolsas de monedas en las alforjas y la pistola en el cinto, a merced de cualquiera de los delincuentes que vivían a salto de mata esperando precisamente esos envíos.

Adela se quedaba sola con los cuatro niños, Sagrario de siete años, Bernardo de cinco y medio, Emiliano de cuatro y Lita de ocho meses. Había días en los que no quería ni levantarse, presa de una profunda tristeza, una desesperación que le hacía sentir que se ahogaba entre las cuatro paredes de la casa. Soñaba con tener noticias de San Luis, pero ¡el correo tardaba tanto! Para cuando ella se enteraba de las “últimas” tendencias de la moda, ya habían pasado seis meses o hasta un año. Se sentía aislada, como vivir en una isla desierta. La única diversión de este campo era sentarse en el corredor a ver pasar las arañas, cuando Adela estaba habituada a las tardes de té y chocolate, de pastas finas, en las que se hablaba de moda y se veía a la gente paseando por la Plaza de Armas, y tal vez hasta uno que otro automóvil por la calle de Zaragoza.

Y así, Adela comenzó a adelgazar. Casi no comía, y el doctor le indicó que probablemente padeciera anemia, porque además sufría de un cansancio extremo. Cada vez más Adela se la pasaba en cama, mientras sus hijos iban a la escuela y su marido se ausentaba. Ella no quería preocupar a Máximo, pero otra razón por la que le resultaba tan difícil levantarse era por el intenso dolor de espalda que tenía. Él lo achacaba a su falta de ánimo, y le prometía que próximamente harían un viaje a San Luis, que podría ir a visitar a su familia, ver a sus amigas.

Hasta el día en que el médico, tras una revisión, pidió hablar a solas con Máximo.

- Señor Cano de Velasco – empezó, con un tono que hizo que a Máximo se le paralizara el corazón en el pecho. – Me temo que le tengo malas noticias. Muy malas.

- ¿Qué pasa, doctor?

- Doña Adela, pues verá, hace tiempo que sufre de cansancio y ya ve usted que ha adelgazado mucho…

- Sí, sí. – Máximo lo interrumpió impaciente. - No me describa lo que ya conozco. Suéltelo sin anestesia, doctor. ¿Qué le pasa?

- Pensábamos que era anemia, o la simple tristeza de estar lejos de su tierra, pero mucho me temo que estábamos equivocados. Doña Adela tiene cáncer, Don Máximo, y muy avanzado. Lo siento.

La enterraron en Tampico, una tarde de lluvia torrencial que hacía ríos por en medio de las calles. Caminando junto a la carroza fúnebre, Máximo no veía nada, no pensaba en nada, no sentía nada. No podía permitirse sentir. Su amada esposa, su Adela, su amor a primera vista estaba muerta, dejándolo solo con cuatro hijos, la mayor de diez, la menor de dos. Si se permitiera sentir, gritaría al Cielo su rabia y dolor, se dejaría morir junto a la tumba.

- Adela, -  susurró, de rodillas en la losa, tragándose las lágrimas – no se vale. ¿Por qué, Adela, por qué? ¡No es justo! ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Cuidar yo solo a cuatro criaturas? ¿Por qué te fuiste, Adela, por qué? ¿Qué te hice? ¿Qué más pude haber hecho? Ya nunca irás a San Luis, ya nunca te veré bailar, ya no te enojarás conmigo por haberte metido en un lodazal en plena selva… ¿Y ahora qué hago? Habías prometido envejecer conmigo, mi amor, mi Adela, y me has dejado solo.

Después de un largo rato, se levantó, se puso el sombrero y empezó a caminar por entre las tumbas. Los niños lo esperaban en casa de sus parientes. La vida tenía que seguir.

Dos semanas después del entierro, empezó la primera carta.


Señorita Josefa.

El día de hoy ha cruzado su recuerdo por mi mente y me atrevo a escribirle, esperando acepte usted estas líneas que escribo con el corazón en la mano.

Como probablemente sepa ya, mi esposa Adela ha fallecido. Aunque aún albergo un gran dolor, no me siento capaz de enfrentar la vida solo, y hoy al recordarla a usted mi corazón ha latido nuevamente con ilusión. Es usted quien puede regresar el calor a mi hogar, que ha quedado tan frío y huérfano de amor.

Ofrezco a usted, Josefa, un nombre sin tacha, y la promesa de una familia que espera con angustia su respuesta, pues ella ha de hundirme en la más negra desesperación o bien, como apenas me atrevo a soñar, dejarme entrever la esperanza de una vida dichosa a su lado.

Espero con ansiedad unas líneas de su amable mano.

Máximo Cano de Velasco


Máximo dejó el manguillo sobre el escritorio y se cubrió el rostro con las manos. Por sus dedos escurrían ardientes lágrimas. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

La última bala

Marco Absalón Haro Sánchez



El flamante Sheriff del pueblo se parcializó hacia un rico minero que se avecinó al lugar hace un par de años. Este minero tenía muchos hombres que trabajaban a sus órdenes: los de la mina por el mísero sueldo que les pagaba por cargar el material y conseguirle las piedras preciosas, y los que le guardaban las espaldas día y noche. Se emborrachaba junto a estos últimos, como era su costumbre, sin dejar de visitar una y otra vez las habitaciones de aquel hotelucho, donde le aguardaba una mujer por turno. Pero ese día no se sentía tan alegre como en los pasados, pues algo le disturbaba tremendamente, y no sabía qué era eso que le anudaba la garganta.
Cierto forastero también se presentó en dicho lugar donde debía cobrar justa venganza sobre el último miembro del clan Dalton: la cabeza que faltaba hacer rodar. Las vacas mugían en los corrales contiguos mientras el joven Clark encendió un cigarro y avanzó con paso seguro hacia la cantina donde sin lugar a dudas lo encontraría. Al compás de sus pasos sentía la presencia de las pistolas, como un guante sobre la piel, colocadas hacia adelante por ambos lados para ser tomadas con las manos cambiadas. Su cinturón preñado de proyectiles sin usar pronto sería un conjunto de agujeros vacíos. El sol caía perpendicularmente sobre aquel pedazo de oeste americano. Y la sombra que proyectaba el ala de su sombrero le volvía el rostro más duro y siniestro. Todos los movimientos eran fríamente calculados y correspondían al personaje que iba enfundado en aquel traje de vaquero: las botas, los pantalones, la camisa, el chaleco, en fin toda su indumentaria era de blanco impecable. Era un titán albo el que hundía las botas en el polvo. De igual modo por los orificios del antifaz brillaban dos llamas incandescentes. No olía a sudor como otras veces porque se hubo afeitado a conveniencia para la posible última batalla. Su porte regio y bien proporcionado, le volvía más temible y admirado. Sobre todo por las mujeres que ya eran historia, incluso aquellas que ahora miraban su paso marcial hacia un cruento combate del cual nadie se atrevía a predecir el desenlace. Todo el mundo estaba oculto dentro de las casas y sólo asomaban los ojos para contemplar a este jinete de la Apocalipsis. Breves ráfagas del desierto circundante ululaban de manera siniestra, y anunciaban la cercanía de la reina de los no vivientes.
Minutos antes exterminó a varios forajidos que quisieron matarle por la espalda. Y antes de que éstos hicieran uso de sus rifles o pistolas cuando estaban escondidos en los cobertizos, Vincent se les adelantó regalándoles una bala de Colt 45 en medio de sus ojos o del corazón. El Sheriff abrigaba la esperanza de recibir una bonificación de parte de las piezas buscadas por el forastero. Por eso cumplía fielmente con el mandato de los tales que le ordenaron: «No metas tu cuchara en este plato: la comida es sólo nuestra». Y como podemos ver los planes estaban saliendo al revés: quien estaba metiendo la verdadera cuchara en dicho plato y vaciándolo del todo era el Justiciero de Plata, el cazador de bichos malos. Pero para atrapar a éstos debía ser un personaje igual o peor que ellos, y así era.
Ya sólo faltaban pocos pasos para llegar al sitio prescrito. El vaquero se detuvo y encendió un nuevo cigarro. Lo chupó con fuerza, paladeó la sustancia acre y escupía volutas grises al espacio; mientras sus ojos muy atentos y con gesto torvo devoraban las puertas del antro. Imaginó que tal vez el objetivo podría escaparse por alguna puerta oculta, situada en la parte de atrás o la azotea. Pero mejor pensó en el futuro inefable que le depararía junto a la guapa Lana, que le diera muchos hijos, en caso de salir airoso de ésta. Aunque no pensaba transformarse en hogareño y ser un marido ejemplar y responsable, que sepa llevar bien las riendas del rancho y las de su hogar. Por un momento anheló cambiar de vida. Se vio a sí mismo siendo el eje de un hogar feliz, con una honrada familia, asistiendo a misa los domingos. Pero…
-¡Piufff…! ¡Piufff…!
Nuevos tiros salieron de los cobertizos del pueblo por el lado de la iglesia. En seguida se puso en guardia Vincent y respondió con sus infalibles pistolas.
-¡Piufff…! ¡Piufff…!
Como continuaran los disparos, se generalizó la batalla. El joven Clark oculto detrás de un carruaje respondía con diligencia. Antes de un minuto se vio caer de lo alto varios cuerpos atravesados por sus balas. Un par de individuos que intentaban disparar contra éste dejaron sus rifles y corrieron asustados, no querían morir. Pero las balas del valiente pistolero les alcanzaron, y les hicieron trastabillar y caer.

Vincent Clark llevaba casi una década dedicada a la caza de recompensas. Más de una vez recibió heridas de consideración en las diferentes escaramuzas por conseguir sus objetivos, pero al final siempre salió victorioso. No obstante seguía siendo audaz y temerario, y nunca dejaba sin respuesta una mirada cariñosa o de desdén que le prodigara mujer alguna. Pero en su retina llevó para siempre grabadas tres imágenes en especial: las de sus queridos padres, y la de una dulce niña, quien fuera amiga y confidente de juegos en los últimos años de la infancia. Pues apenas se quedó huérfano fue acogido por su pariente Elizabeth y el marido Rafaelo Simeone, un inmigrante italiano, quienes procrearon a la musa de sus sueños: la rubia Lana. Cuando apenas entró en la adolescencia empezó a trabajar para unos comerciantes de ganado, y poco a poco se fue alejando del hogar de acogida. Sin embargo este par de jóvenes abrigaba la esperanza de algún día poder estar juntos para siempre. Vincent evocaba la calidez primorosa de su mirar y dulce sonreír. Esos grandes ojos color de esmeralda, bordados de finas y arqueadas pestañas se inmortalizaron en su alma juvenil. Así mismo las líneas inequívocas de los labios bermejos de la muchacha no se borraban jamás de su mente. O la tibieza de sus abrazos que sólo llegó a idealizarlos porque aún no fueron el uno del otro. Pues ya era un poderoso motivo para volver a visitar a menudo dicha parentela, así se encontrase al otro extremo del globo terrestre.

Durante tres lustros creció la leyenda de un Justiciero de Plata: se decía que éste en cada pueblo que iba arreglaba entuertos, y socorría a los necesitados o protegía a las viudas menesterosas. Y era considerado como un férreo depredador sin alma, el mismo que no sentía temblarle la mano cuando empuñaba las Colt 45 para cumplir sus justas venganzas. Marcó un propio estilo de justicia: el tiro en la cabeza de su adversario junto con el hilo de plata en una de las muñecas. Los que lo habían visto testificaban que era un joven de unos treinta y tantos, de ojos negros como su cabello, barba de muchos días, y muy escurridizo. Aparte de manejar con sobrada pericia las pistolas era un galán por quien suspiraban las mujeres que lo veían por vez primera. Y más aún aquellas cuyos zapatos amanecieron debajo de su catre de soltero. Lo que llamaba poderosamente la atención en su persona era que en el día brillaba la majestuosidad de su traje, tanto como en la noche confundía por la negrura del mismo, pero siempre llevaba el consabido antifaz que guardaba el secreto; aunque el brillo metálico de las pistolas, espuelas y hebillas era siempre el mismo.

Hace un lustro más o menos anduvo mezclado entre la gente que iba o venía en un pueblo del estado de Santa Ana. Sin saber por qué ese día quiso pasar desapercibido y no andaba con los vestidos habituales. Iba al paso del cuadrúpedo de pelo bayo. Sus polvorientas botas de piel rematadas en los talones con sendas espuelas que brillaban a lo lejos, de cuando en vez se ladeaban para rascar con las ruedas de puntas sobre la panza del bruto. Un oscuro sombrero le cubría el rostro de los rayos solares que a esa hora de la mañana daban de frente. Acercó la mano enguantada sujetando con los dedos pulgar e índice un humeante pitillo, con la palma de la mano hacia adentro. Insufló un par de veces y escupió las ondas grises. Cualquiera que lo mirara, fácilmente podía deducir que el chaleco marrón hacía juego con la piel de guantes, correas y botas, mientras la camisa a cuadros contrastaba con los vaqueros oscuros que cubrían sus interminables extremidades. Insufló la enésima vez cuando…
-¡Piuf! ¡Piuf! ¡Piuf! –disparaban algo cerca de éste.
-¡Piuf! ¡Piuf! Piuf!
Vincent miró con indiferencia cómo huían tres individuos en desigual carrera con toda la velocidad que les permitían sus monturas –mentalmente se puso en guardia pero no dio a notar el temperamento de alerta-. Y a cierta distancia les seguía un grupo de jinetes con el Sheriff a la cabeza. Una densa nube de polvo los envolvió cuando éstos pasaron ante sus mismas barbas. Pero de pronto uno de ellos se materializó a considerable distancia del joven, y gritó mostrándole con el índice:
-Éste también es uno de los fugitivos. A por él.
Dos jinetes se acercaron a gran velocidad al sitio donde mostrara el dedo de su compañero, y sólo hallaron el suelo donde estuvo parado el vaquero. Éste desapareció como por ensalmo.
A la noche siguiente, no tan lejos del sitio, una sombra avanzaba sigilosamente entre los arbustos y rocas que guarnecían una hoguera a medio consumir, en cuyo derredor pernoctaban tres tipos envueltos en sus capas. La sombra extendió una mano que llevaba un lienzo o algo parecido, y fue tapando vigorosamente la boca y nariz de cada sujeto, cuyos rostros tenían barbas de muchos días y uno de los tales lucía una enorme cicatriz en uno de los pómulos. Y ninguno supo que fue de ellos hasta cuando despertaron atontados. Llevaban atadas las manos a la espalda.
-¿Quién coño nos abordó mientras dormíamos? -gruñó uno de los tres.
-¿Cómo quieres que lo sepa si yo también me encuentro en las mismas? -repuso otro.
-Joder -masculló un tercero-. Sea quien fuere vino a por nosotros. ¿Ven cómo nos tiene? A merced de su maldito capricho.
-Bueno. Verán –asintió uno que emergió de la vegetación-. Si no hubieran violado ni matado tal como lo han hecho, nadie se hubiera cruzado en su camino. Pero ahora es mejor que se pongan sobre sus pies, y en marcha, zopencos.
»Andando –insistió el vaquero ante las interrogantes que mostraban los sujetos cariacontecidos-. Si no quieren llevar en el cráneo un proyectil que está a punto de liberarse de mi revólver. Hay para todos. No se preocupen.
Como pudieron se pusieron en pie, y empezaron a caminar delante del joven desconocido. Era notoria la desconfianza que les embargaba porque más tardaban en caminar que en volver a ver a su captor, el mismo que simulaba no darse cuenta de sus cuitas, e iba tarareando algún estribillo mientras les azuzaba a tan pocos pasos. Al cabo de media hora se detuvieron frente a la comisaría del pueblo. Salió el Sheriff junto a sus ayudantes a ver quienes iban y...
-¿Son éstos los tres que perseguía el otro día, Sheriff? –ofreció el desconocido que vestía de blanco impecable.
-Sí. Son éstos los que huyeron del poder de la ley –arguyó pomposamente el aludido-. Pero esto es como la justicia de Dios que tarda pero no olvida. Más temprano que tarde iban a caer en nuestras manos. ¡Enciérrenlos! –ordenó a sus ayudantes que obedecieron mirando desdeñosamente al que los trajo.

Mientras que a media milla del sitio un verdadero hormiguero se movía entre las enormes bocas de las minas y el interior, o hacia el exterior junto a las poderosas cribas donde depositaban el material pétreo para ser molido y clasificado, luego de ser trasladado en carros que rodaban sobre los raíles, en constante vaivén. Este proceso era controlado por varios hombres bien armados que estaban prestos a hacerlos estar en pie a los esclavos chinos o japoneses que tropezaban y caían, usando para ello métodos inimaginables. O si alguno se guardaba un  trozo de cuarzo entre sus vestidos, creyendo no ser visto, era azotado cruelmente por cualquiera de los guardas, y enviado al sitio más peligroso de dicha explotación, cuando no era amputada la mano que intentara hurtar dicho objeto, y si se resistía era asesinado en el acto. Los guardas eran comandados a su vez por un hombre que pasaba del medio siglo de edad, Philip Dalton, y sus hijos Bernard, Walter, Richard y Cyril, cuya edad oscilaba entre los veintiocho y treinta y cinco. Estos retoños vestidos con ropa de salir controlaban que todo marchase bien. El primero era grande como un oso y sus movimientos respondían a impulsos viscerales. Mientras el segundo no era alto pero sí un tanto flaco, parecía usar más la inteligencia que la fuerza. En cambio Richard era alto y desgarbado, de temperamento bipolar. Solo el último, el flemático Cyril, se asemejaba a su padre Philip: de estatura normal, un tanto amante de chanzas, pero rudo y maniático por excelencia. Éste heredó sus gustos y aficiones, y también la pasión por explotar las entrañas de la tierra, pero no con sus manos sino con hombres que gastaban las energías para enriquecerlos. Todos poseían cierta pericia en el manejo de las armas, sobre todo el revólver. Pronto los tres primeros se independizaron para comandar una bien organizada banda de asaltantes de trenes y diligencias. Y aseguraban que de ese modo ganarían mucho más dinero que escarbando las mezquinas entrañas de la tierra. Pero convirtieron el trabajo de las minas en una tapadera de sus ilícitas acciones antes las autoridades de turno, aunque éstas conocían el mal de la olla y no trataban de enderezarlo debido a que recibían jugosas recompensas por parte del clan interesado.
Por lo general la vida de estos cuatro hermanos seguía siendo unida más que por los vínculos sanguíneos; esto es, debido a las constantes tropelías en contra del bien público. Y aseguraban hasta la saciedad que para ellos no existían las rejas, ya que más de una vez fueron encarcelados por diferentes motivos pero enseguida estaban en la calle. Los más atrevidos comentaban que su pronta libertad se debía a que el padre Dalton los arropaba con gruesos fajos de billetes verdes ante los agentes del orden. O enviaba a sus hombres a libertarlos a punta de revólver.
Cierta noche que éstos rezongaban junto a sus respectivas damiselas alguien apareció en la habitación de cada uno, y se los llevó a todos sin infligirles un solo rasguño. Nadie supo cómo ni a qué hora se materializaron los cuatro hermanos entre los demás reclusos que no eran más que tres. Cuando el Sheriff indagó sobre el asunto a los caídos del cielo, éstos se contentaron con decir que eran hermanos de padre y madre, y que estaban dedicados al «trabajo honrado de las minas», y que alguien les durmió mientras acampaban a media milla del sitio, al pie de los enormes socavones, y que cuando despertaron se hallaban en dicho calabozo. No pudieron dar señales de nadie porque no se enteraron de nada hasta ese momento. Cuando terminó el interrogatorio el Sheriff guiñó un ojo a uno de los hermanos sin que nadie más que éste lo viera. Al quedarse solos los prisioneros se miraron unos a otros con extraña conmiseración, y comentaban lo siguiente:
-¡Joder! ¿De dónde coño salieron los que nos trajeron? –soltó el más avezado de los cuatro.
-Ni la más remota idea –denegaron los demás.
-¿Pero cómo se enteró que éramos requeridos por la justicia? –inquirió uno de los tres primeros que ya había visto a aquel forastero vestido de blanco.
-¿Y que recientemente nos seguía el Sheriff y sus ayudantes? –corroboró otro de los mismos-. A lo mejor es el mismo que nos entregó a las autoridades.
-¿Qué? –se sorprendió uno de los hermanos Dalton-. ¿Ustedes conocen a quien los entregó?
-Sí lo conocemos –asintió uno de los tres y lo describió-. Verán es un tipo alto…
-¿Pero éste qué tiene que meter las narices donde no le conviene? –opinó uno del clan Dalton-. A lo mejor son los Marshals enviados por las autoridades del Estado que ignoran el trato que hay con el Sheriff.
-No. No. Ni pensarlo –gruñó otro de los últimos que aparecieron en la celda-. Yo más bien creo que éste o éstos tienen parentesco con los padres y el crío que asesinaron los indios...
-Ya cállate –cortó uno de los reos que parecía tener tanto peso como el primero-. Y si así fuera. ¿A ti qué más te da lo uno o lo otro?
Pero al oído del que hablaba, uno de ellos comentó lo siguiente:
-No en vano el Sheriff me hizo del ojo. Así que estemos tranquilos.
Hubo un corto silencio. Pero no obstante...
-¡Mierda! –vociferó Walter-. Si esos desconocidos son algo para los difuntos: estamos perdidos. Tenemos que escapar a como dé lugar. Y pronto. No podemos seguir con la esperanza de que el Sheriff haga de nuevo el tonto y nos deje libres. Hay que actuar por nuestra cuenta, por si acaso.
-Eso es –asintieron todos, incluidos los tres que se encontraban en la celda acusados por delitos análogos.
Pasados unos minutos uno de ellos empezó a gritar como loco y armó un zafarrancho. Se acercó uno de los ayudantes del Sheriff a ver qué pasaba. Y como nada podía ver desde la distancia de seguridad, debido a la penumbra de la celda, se acercó lo que pudo a los barrotes pero una tenaza de hierro le rodeó el cuello y le apretó contra éstos, mientras una mano le despojó del revólver.
-¡Eh! –gritó el captor hacia el interior de la comisaría-. ¡Vengan aquí, y traigan las llaves. Si no quieren que encaje una bala en la sesera de éste! ¡Pronto!
Los aludidos no tuvieron mayor remedio que obedecer el mandato del prisionero sublevado. El Sheriff saltaba de alegría mentalmente debido a la estratagema montada por el reo, ya que con este hecho quedaba lavada su culpa. Y simuló seguir mansamente las instrucciones; aunque hubiese querido colgar a los tres primeros para dejar claro que actuaba con transparencia y seriedad. Pero ya ni modo ¿cómo podría hacer que únicamente se queden los tres del caso?
-¡Todos con las manos en alto seguir avanzando hacia la luz! –ordenó el reo en tanto que apretaba el cañón del revólver a la sien del ayudante prendido-. ¡Si alguno intenta algo le mato a éste! ¿Okay?
Al rayar el día fue la novedad que los prisioneros se escaparon. El Sheriff y sus ayudantes atados de pies y manos, amordazados y doloridos, yacían tumbados en las tablas del piso de la comisaría. Cuando fueron liberados desplegaron un operativo para perseguir a los fugitivos, pero todo fue inútil porque éstos llevaban varias horas de ventaja.

Luego de una semana un forastero vestido de blanco se encontraba en la cantina del pueblo sentado a una mesa jugando al solitario con las cartas. Y llegó a sus oídos un grito desesperado de una mujer que fue cortado en el acto porque alguien le tapó la boca, pero seguía escuchando que la mujer intentaba hablar o gritar de todos modos. El vaquero se puso sobre sus pies, levantó la vista hacia donde provenía dicho ruido y percibió a través del grueso cortinaje de la alcoba que había en la planta alta: dos sombras que forcejeaban dentro de la habitación. Rápidamente subió los escalones y golpeó la puerta. Nadie contestó. Iba a sacar el revólver pero no alcanzó a hacerlo porque fue encañonado desde la oscuridad.
-No te muevas ni hagas ningún ruido, hijo de puta –ordenó una voz mientras le despojaba de las armas-. Camina o te mato aquí mismo.
Eran tres los individuos que cubiertos los rostros con los típicos pañuelos obligaban al vaquero a abandonar el lugar. Le ataron de pies y manos y dejaron caer en una carreta para trasladarlo fuera del pueblo. Los mirones no podían más que comentar al ver dichas escenas; pues a sus ojos les parecía un gigante blanco el que iba atado en dicho carromato.
Luego de la citada aprehensión abandonó la alcoba la pareja que simuló el prescrito maltrato para llamar la atención del vaquero, y poder prenderle.
Lejos del pueblo los individuos bajaron al prisionero de la carreta y empezaron a apalearle.
-Por tu maldita culpa, hijo de puta –gruñó uno mientras le pateaba las costillas-, estábamos presos, y a punto de ser colgados. ¡Toma!
-¡Aggg...! -se quejaba.
-Colguemos a este cabrón –se antojó otro-. No sea que se nos quiera hacer humo el muy ladino.
-Espera –ordenó el de la cicatriz-. Primero tenemos que hacerle sentir todo el dolor que merece por habernos entregado a las autoridades del pueblo. Para que se acuerde toda la vida de nosotros. Y se arrepienta de haber nacido.
Dicho esto le llevaron dentro de un rancho abandonado y le ataron como a un cordero en el matadero para causarle mucho dolor físico, y después matarle. Atadas las manos y los pies quitaron sus ropas y anudaron una cuerda a su sexo.
-Hijo de puta –sentenció uno de los verdugos al tiempo que tiraba de la cuerda y le causaba más dolor.
-¡Aggg…! –se quejaba el vaquero que no podía articular palabra alguna por tener una mordaza que cortaba su lengua.
-¡Aggg…! –volvía a quejarse en cada apretón.
-¡Aggg...!
De cuando en cuando se acercaba el de la cicatriz y golpeaba atrozmente el rostro del joven:
-¡Tsoc!
-¡Tsoc!
-¡Tsoc!
Se escuchaba en cada golpe, causándole múltiples heridas con los puños, aparte de bañarle en sangre.
Venía otro y apretaba la cuerda que apretaba sus testículos y...
-¡Aggg...! -se quejaba el vaquero.
Estuvo a punto de sucumbir de tanto dolor pero ese momento alguien disparó desde la oscuridad y cortó la cuerda que lo sujetaba por las partes íntimas. Y como se generalizaron los disparos entre ambos bandos alguien aprovechó ese intervalo para acercarse y cortar las ataduras del vaquero que se desplomó adolorido. Mientras arreció el tiroteo la víctima reptaba poco a poco hacia un lugar en la sombra intentando alcanzar algo. Cuando llegó allí recibió un Winchester, y la figura que le entregó el arma parecía llevar cabello largo y plumas. El vaquero herido hizo buen uso del fusil e hirió de muerte a sus captores. Entonces apareció en la escena un grupo de indios al mando de un joven.
-Nosotros no matar a quienes hacerte daño –dejó caer el que hacía de jefe mientras le entregaba un lienzo para que se cubra-. Y dejar que tú mismo matar a tus verdugos para cumplir venganza tuya, no nuestra.
-¿Pero dejaste que me torturen éstos? –desdeñó el vaquero.
-No –insistió el joven indio-. Nosotros ahora ver luces y escuchar quejidos, y acercarnos a ver qué pasar dentro de rancho abandonado. Y darnos cuenta que hombres blancos torturarte. Y entrar en escena para cortar ataduras y pasarte trueno que mata. Claro que para nosotros ser fácil acabar con éstos pero querer que tú mismo cobrar venganza tuya.
-Entiendo el subterfugio –sonrió Vincent-. Gracias por auxiliarme. Que si no fuera por ustedes no sé si hubiera podido contar esta historia a las generaciones venideras.
» ¿Quiénes ser, para que yo les recuerde como unos héroes que salvaron mi vida? –añadió Vincent, agradecido.
-Yo ser Perro Voraz, hijo de León Amarillo –repuso el indio-. Y ellos ser hombres fuertes de nuestra tribu. Nosotros pasar por casualidad cerca de aquí. Y a partir de este momento estar a tus órdenes, joven blanco. Más que por tu raza por tu vestimenta que quedar toda destrozada.
Cuando oyó el nombre León Amarillo, Vincent se quedó pensativo unos instantes, y quiso atar unos cabos que estaban sueltos y preguntó:
-¿Quién es León Amarillo?
-León Amarillo ser anciano de tribu –contestó el joven indio- y él ordenar que nosotros vigilar alrededores de nuestro asentamiento para prevenir ataques de otras tribus o de hombres blancos. ¿Por qué querer saber, hombre blanco?
-Eh… por nada –repuso Vincent-,  En todo caso nuevamente doy las gracias por su ayuda.
-No tener por qué –ofreció el interlocutor que también le entregaba un atado de algo-. Nosotros estar al servicio de quienes necesitarla, y ser miembros de tribu apache que habitar en aldea no lejos de este lugar, hacia el norte. Si necesitar algo tú ir a visitarnos. Vestirte prendas confeccionadas por mujeres indias, pero antes curarte heridas. Adiós y buena suerte.
Dicho esto desapareció de la vista el grupo de indios al mando de Perro Voraz.
Al día siguiente las autoridades sólo pudieron constatar los orificios causados por un fusil Winchester sobre cada uno de los fallecidos, quienes en su tiempo fueron aprehendidos y estaban acusados por violación y asesinato. El Sheriff no podía dar una explicación cabal del asunto, y se contentó con decir:
-¿Será éste un ajuste de cuentas?
-Todo es posible –repuso un ayudante.
-¿Pero un poco extraño, no? –volvió el Sheriff-. No llevan ninguna marca que indique que hayan sido torturados y asesinados. Como tampoco lo hicieron a mucha distancia, sino la normal que se usa en los duelos. Aunque se puede presumir que los que acabaron con ellos iban a por los tales, y no con revólver sino con un Winchester que generalmente lo usan los indios que habitan estos territorios.
-¿Y qué me dice del hilo de plata que llevan en sus muñecas, Sheriff? –terció otro ayudante-. No los habrán puesto de balde.
-Pues… No sé qué pensar –repuso el aludido-. Aunque ya se está haciendo común el hilillo de plata ése, en cada ejecutado.
-¿No será que es una señal que deja en sus víctimas el que los caza como ratas? –se aventuró de nuevo el ayudante.
-Ni idea, ayudante, ni idea –se impacientó el Sheriff que no dudaba de qué iba el asunto.

De los siete que se escaparon quedaban con vida los hermanos Dalton, y éstos se creían los amos de los pueblos de la región; pues a su capricho se adueñaban de los bienes de los colonos tanto como de la castidad de sus mujeres o hijas. Prueba de ello son las escenas que voy a describir:
-¿Podría acompañarte a dar el baño, preciosa? –importunó Bernard a una guapa muchacha que se bañaba descuidadamente en el río.
-No, gracias –dejó caer la aludida que apenas cubría su cuerpo con las prendas típicas del baño-. Sé cuidarme sola. Además no me haría bien la compañía de un elefante si soy una bella princesa –ironizó.
Pero al notar que no era uno solo el que la veía bañarse salió del agua y cogió su ropa para irse, y…
-¿Dónde crees que vas, preciosa? –le atajó Walter, tomándola de la muñeca y atrayéndola para darle de besos.
-¡Ay, suélteme! –reaccionó la chica-. ¡Me hace daño…!
-Hum. Ya vas a saber lo que es hacer daño –gruñó uno de ellos mientras la tomaron a la fuerza, quitaron sus prendas y la violaron una y otra vez.
Nadie escuchó sus gritos de auxilio hasta que perdió el conocimiento por tanto dolor. Y sus agresores se marcharon dejándola envuelta en su propia sangre.
Otro día anduvieron los dos últimos hijos del clan Dalton por un camino que comunicaba con Las Cruces, acompañados del consabido grupo de hombres a caballo. Y se acercaron a un rancho donde moraba una familia compuesta por sus padres de mediana edad y de dos niños no mayores de doce años, hembra y varón. Entraron los visitantes en los patios de la vivienda. Se bajaron de sus monturas y empezaron a caminar en el corredor de la casa. Atisbaron por las ventanas a ver si veían a alguien, pero nada. Iban a marcharse cuando salió el padre de familia de sopetón, empuñando una vieja escopeta.
-¿Se les perdió algo por aquí? –inquirió el hombre con el dedo en el gatillo-. Largo de aquí si no quieren que les llene de plomo –ordenó.
-No. Nada, buen hombre –sonrió el visitante mientras le hacía una ceremoniosa venia.
En cuanto terminaba de inclinarse Richard que hacía el ademán y se quitaba la chistera, rápidamente extrajo un pequeño revólver que lo llevaba dentro, y mató al padre de familia. Luego entraron todos los que allí estaban, incluido Cyril, e hicieron de las suyas con la madre y los hijos de la pareja. Ninguno se salvó de ser pasado por las «armas» de cada forajido.

El padre de Vincent, Frederick Clark, en su juventud acabó con la vida de un par de indias accidentalmente, fue puesto tras las rejas, y en el juicio se comprobó que realmente fue un accidente lo de la explosión que las mató; ya que el enjuiciado se encontraba trabajando en una mina cuando éstas pasaban cerca y les alcanzó las rocas. A partir de entonces se convirtió en un férreo defensor de la causa apache en general, aunque algunos indios anhelaban su muerte instigados por los adversarios del benefactor. Sin embargo muchos duelos que tuvo contra los blancos por defender a éstos los ganó a punta de sus Colt 45. Nadie era más rápido que el padre de Vincent en los pueblos del estado de Santa Ana.
Clark hijo investigaba diligentemente sobre el asesinato de sus padres, y no tuvo reparo en visitar la aldea en territorio apache que días antes le indicara el grupo de indios que lo salvó, con el fin de saber mayores detalles sobre el asesinato de sus padres. Puesto que ese nombre le parecía familiar si recientemente fue librado de morir en manos de sus torturadores por Perro Voraz quien aseguró ser hijo del mentado personaje. Pero quiso asegurarse de que era el mismo León Amarillo de quien tuvo noticias. Y apenas puso sus pies en el sitio se acercó a una anciana y preguntó:
-¿Conocer a León Amarillo?
-Según quien preguntar –repuso la mujer india, desconfiada.
-Yo ser Vincent Clark, hijo de Rinoceronte Blanco –repuso el aludido.
La india al oír el apodo aquel cambió sus facciones por unas más halagüeñas, y dijo:
-¿En verdad ser hijo de Rinoceronte Blanco?
-Sí, que lo soy –repuso el visitante con viveza.
-León Amarillo ser anciano de tribu –apostilló la india-, y estar ahora mismo en Consejo indio. En tienda de enfrente reunirse. Tú pasar si querer.
Se acercó el joven a la citada vivienda resguardada por dos guerreros que le cerraron el paso cruzando sus fusiles entre sí mediante movimientos bruscos.
-Yo ser hijo de Rinoceronte Blanco –asintió el vaquero-, y querer hablar con León Amarillo.
Enseguida uno de ellos dejó el puesto de centinela para adentrarse en la tienda, y se acercó a un anciano y le habló al oído. Volvió a salir el mensajero.
-Tú pasar –soltó el mismo-, pero antes dejarme truenos que matan.
-Oh, sí –repuso Vincent al tiempo que se despojaba de la macana con las pistolas.
Y dejaron el paso franco al visitante. Entró pues, Vincent y pudo ver al grupo de ancianos que formando un corrillo estaban sentados sobre sus pies. Pero uno se levantó y recibió al huésped en tienda aparte. Y cuando estaban a solas preguntó a modo de bienvenida:
-¿Cómo saber que yo ser León Amarillo?
-Mi padre era Rinoceronte Blanco –repuso con énfasis el huésped-, el que luchó por la causa…
-Apache en general –complementó el anciano-. Y que gracias a él conseguir mayor respeto por nuestros derechos de parte de hombres blancos. Ahora quien dirigir jóvenes guerreros ser Perro Voraz, heredero de mi sangre.
»Bueno –añadió el viejo indio-. Decirme, hijo de Rinoceronte Blanco, ¿en qué poder ayudar León Amarillo?
-Tú saber, anciano, que mataron a mis padres e incendiaron nuestra cabaña unos indios renegados –exponía el tema Vincent Clark, ya sin dudar.
-Sí, hijo de Rinoceronte Blanco –repuso fríamente el viejo indio-. Yo ser uno de los que matar a tus padres hace ya muchos años. Tomar venganza. Estar en tu derecho.
Le dejó en sus manos el puñal, y se inclinó a esperar el golpe fatal.
-Adelante –prosiguió el anciano.
-No. León Amarillo –soltó el joven vaquero a pesar de sentir que algo empezó a subir desde la planta de sus pies con dirección a su corazón-. No. Mientras no confesar el porqué de tu cobarde agresión a mis padres. Y además yo deberte un gran favor –reprimió lo mejor que pudo las furias que le venían en camino.
El anciano se tranquilizó, y volvió a arrellanarse sobre la piel de bisonte en la que estuvo sentado. Y empezó a relatar lo acontecido:
-Yo ser padre de Nube Gris, la primera de mis hijas. Estar para casarse con Lobo Feroz, hijo de jefe navajo. Pero ser raptada junto a otras doncellas por Elefante Salvaje, así llamarle por entonces a padre de gran familia blanca que controlar trabajo minero del sector, el mismo intentar casar a Nube Gris con Flecha Mortal, hijo suyo con una india de otra tribu.
»Yo intentar recuperar a doncellas indias por las buenas –prosiguió el anciano-. Elefante Salvaje no querer. Y ponerme como condición matar a Rinoceronte Blanco y su familia para liberar a nuestras hijas. Fijarnos plazo para acabar con ellos, y que si no cumplía con trato matar a todas tres. Entonces, como padre, ¿qué tuve que hacer?
Hubo un corto silencio.
-Ahora –agregó el anciano indio-. Ya saber motivo. Tomar cuchillo y regar mi sangre. Debo reunirme con mis antepasados.
Dicho esto volvió a inclinarse el anciano al tiempo que entregaba una hoja afilada en manos del joven Clark que parecía temblar de tanto coraje reprimido. El anciano esperaba el golpe mortal sobre su humanidad, pero al notar que nada ocurría levantó quedamente la cabeza. Y pudo ver un lagrimoso joven que le entregaba el arma dentro de su funda.
-No. Buen anciano –dejó caer un Vincent emocionado-. Tú no merecer morir sino éstos que te obligaron a matar a mis padres. Voy en su busca, y juro que acabaré con esos malditos así tenga que morir para cumplir mi propósito.
En cuanto terminó dicha perorata se encaminó a la salida de la tienda, y quien le entregó sus pistolas fue Perro Voraz, manso como un cordero.

Más adelante Vincent visitó a su pariente por línea materna, su tía Elizabeth, quien vivía en un bonito rancho acompañada de su esposo Rafaelo Simeone y su hija Lana. En cuanto cruzaron las miradas el par de jóvenes sintieron que algo invisible se movía en sus corazones, y un extraño rubor empañó las mejillas de la chica. Esos días pasaba vacaciones en casa de sus padres, estudiaba Derecho en la universidad de Las Cruces, la inmediata ciudad más importante de aquellos territorios.
-¿Qué me cuentas, mi querido Vincent? -inquirió el ama de casa cuando estuvo dentro.
-Nada importante –repuso el joven-. Sólo que hace unos días por poco impiden que vuelva a verlos.
-¿Qué pasó? Cuéntame –se interesó Elisabeth al ver el rostro del joven con magulladuras no recientes.
-Gajes del oficio –repuso mientras una joven dejaba al descubierto unos blancos y pulidos dedos cuando trajo una bandeja con tazas y café-. No te preocupes. Ya no volverán a molestar en la vida –apostilló el joven.
Lana permanecía muda e impasible.
-Pero, hombre, por Dios –siguió el ama.
-¿Qué te pasó, bambino? –terció Rafaelo que acababa de entrar en la habitación-. Oh, no… ¿Cómo es posible? ¿Quiénes fueron los agresores?
-No se preocupen que ya son pasto del gusano conquistador –volvió Vincent.
Y les contó de cabo a rabo la escaramuza de la cual acababa de salir con vida gracias a la intervención de los indios.
-Cuídate, bambino –recomendó su pariente Rafaelo-. Corres mucho peligro en tu «oficio». Bueno. ¿Y qué más nos cuentas? ¿O es que estás de «misión» estos días?
-Casi -repuso Vincent-. Estoy siguiendo la pista de los hermanos Dalton y sus forajidos, quienes hacen de las suyas por estos alrededores. También tuvieron que ver con la muerte de mis padres. Pues estoy enterado de quienes son en realidad, tanto como de los motivos que obligaron a los indios apaches a asesinarlos.
-¿No me digas? -se alarmó Rafaelo-. ¿Pero acabas de salvarte por puro milagro y sigues la pista de tales sujetos? ¿Y sabes que tuvieron la culpa de tu orfandad? Me parece que te arriesgas demasiado, bambino.
-Pues -intervino Elizabeth-, yo creo que vienes al ojo del huracán, hijo. Porque el otro día mataron una familia al otro lado del río. Y ellos no se metían con nadie. Esperemos que éstos no se atrevan con nuestros bienes. Ni tú debes andar en pos de esos forajidos. Son muy peligrosos.
-El Sheriff dijo que están tras la pista de dichos sujetos –esbozó el padre de familia-, y que tarde o temprano caerán en manos de la justicia.
Ese momento se oyó un galope tendido de caballos que se acercaba al rancho.
-Hay que estar atentos por si acaso –pidió Vincent mientras se levantaba de un salto y oteó por la ventana ladeando con cuidado la cortina-. Atiende Rafaelo mientras yo me escondo en la azotea para controlarlos debidamente. Cuando salgas a ver lo que quieren no lo hagas sin tus pistolas ni tu rifle.
» ¿Permanece montada la ametralladora que conservas como reliquia? -añadió el joven.
-Sí, como siempre –repuso Rafaelo-. Y está lista en el sitio más alto de la casa, y con la caja de proyectiles a punto.
-Vale –repuso-. Y ustedes dos –se dirigió al par de damas-. No se asomen a las ventanas por nada hasta que esté todo claro, ¿okay?
Vincent se ocultó rápidamente en el lugar prescrito mientras los hombres a caballo entraron al patio. Rafaelo salió a recibirles. Pero en cuanto abrió la puerta una bala atravesó su pecho y le obligó a desplomarse pesadamente en el umbral. Acto seguido empezó una batalla desigual. Una andanada de disparos salía del techo de la casa. Cayó la mayor parte de jinetes atacantes. Sólo quedaron tres en pie. Y éstos se quedaron sin balas. Entonces una voz ordenó desde la azotea:
-¡Suelten las pistolas. Y manos a la nuca! ¡Sino este instante se mueren, desgraciados!
Éstos obedecieron la orden sin poder ver quien profería, mientras el que daba la voz rápidamente se asomó al umbral donde había caído Rafaelo. Se inclinó y palpó la yugular a ver si aún seguía vivo sin dejar de apuntar con su revólver a los tres. Enseguida hizo señas a las mujeres para que auxiliaran al herido.
-Oye -dijo uno-. Déjanos ir si no quieres vértelas con nuestro padre.
El pistolero anfitrión vestido totalmente de blanco no contestó. Dio dos pasos y se detuvo ante los tales mientras las mujeres recogieron a Rafaelo que se desangraba y cerraron la puerta tras de sí.
-Vale –soltó el forastero-. Yo les dejaré ir con una condición.
-A ver ¿cual? -se interesó Bernard con voz aflautada.
-Con el que saque la pajita más larga nos batiremos primero –dijo Vincent mientras colocaba una pistola sobre la mesa. Y cargó balas delante de los tales para que notaran que no había trampa.
»A ver –prosiguió-. Cada uno acérquese a tomar su parte.
Nadie dijo ni media palabra mientras la retiraba. Y cuando recogieron notaron que uno de ellos llevaba la más larga. Éste se puso pálido y estático.
-¿Qué esperas que no pasas a tomar el arma? –gruñó el vaquero de blanco-. ¿O qué prefieren, que les mate a todos tres como han matado ustedes, tan cobardemente? Les toca elegir.
Los dos hermanos codearon a Walter para que pasara pronto. Y éste se acercaba a tomar el revólver de la mesa en tanto que Richard guiñaba un ojo a Bernard evitando ser visto por el joven vaquero que ponía sus manos en alto para darle ventaja. Y el que se acercó a la mesa apenas pudo acariciar el revólver cuando una bala perforó su cabeza y cayó fulminado.
-A ver –siguió Vincent mientras enfriaba el cañón de su pistola-. ¿Quién pasa voluntariamente, o yo designo al que le toca?
-Yo... yo voy –titubeó Bernard que llevaba la mediana, y miraba a sus lados como quien quería una aprobación porque no dudaba que su hermano pondría en marcha un plan que les salvase a los dos.
Se acercó a la mesa rodeando el cuerpo inerte de su hermano, y con mucha ansiedad iba a empuñar el Colt pero no llegó a hacerlo porque una bala perforó su cabeza. Y cuando esto acontecía, el último que tenía un veintidós escondido en la nuca quiso matar a Vincent al descuido, pero éste le disparó primero y murió en el acto. Concluyó su venganza cuando colocó en la muñeca de cada uno un cordón de plata.
El Sheriff sólo pudo realizar el levantamiento de los cadáveres acompañado de sus ayudantes. Algo inconmensurable empezó a crecer en su burdo pecho al ver que sus planes se estaban yendo a la deriva por culpa del justiciero desconocido quien acababa de dar muerte a sus protegidos.
En cuanto a Vincent no se marchó sin antes dejar a buen recaudo a sus parientes, y una vez comprobado que Rafaelo quedaba fuera de peligro luego de haber recibido atención médica.
Mientras se alejaba traía a la memoria que apenas era un niño cuando un grupo de indios mató a sus padres, e incendió su rancho. Éste se salvó porque fue al río a por agua. Y desde allí miraba aterrorizado las escenas contra su indefensa familia. Los indios se hicieron humo después de este doble homicidio.
Y lejos del lugar de los hechos daban parte a cierto personaje la audaz fechoría que acababan de cometer.
-Nosotros cumplir con nuestra parte de trato –dejó caer el jefe de los indios renegados-. Ahora tú, hombre blanco, cumplir con la tuya: devolver a nuestras tres hijas que tener en tu poder. Una de ellas ser la mía, y llamarse Nube Gris que deber casarse con Lobo Feroz cuando ser luna llena, y ya sólo faltar tres días.
-A ver la muestra que lo cumplieron –vociferó un hombre de mediana edad. Llevaba traje de salir y estaba rodeado de muchos hombres a caballo.
-Aquí tener muestra –soltó León Amarillo mostrando un par de cabelleras dentro de un saco.
Los hombres del ilustre personaje tomaron el saco, se acercaron a éste y le mostraron el contenido.
-Cabellera de mujer, cabellera de hombre –apostilló el indio.
-Falta una –vociferó el ilustre personaje.
-¿Qué una? –interrogó el indio.
-La del crío –volvió el de la chistera.
-Nosotros no ver a ningún crío –protestó el indio-. Además si haber alguno no tardar en morir porque no haber quien cuidar de él. Devolver a hijas de nuestro pueblo.
-Bien –asintió el ilustre personaje-. Aquí tienes a tus indias piojosas.
Y los hombres de éste traían a empellones para hacerlas andar más a prisa a tres jóvenes apaches. Los padres indios recibieron a sus hijas mientras los demás del grupo les soltaban las ataduras de manos y pies.
-Quedamos en paz, León Amarillo –dejó caer Philip Dalton-. Tú cumplir palabra de asesinar a Rinoceronte Blanco y su familia; aunque no completa. Y yo entregarte jóvenes indias. “Ojalá más adelante no tengamos problemas por causa de ese maldito crío”, masculló para sus adentros.
-De momento, sí –asintió con gravedad el indio-. Yo esperar no tener más altercados contigo, hombre blanco, ni con ninguno de los tuyos durante mucho tiempo.
-Sí. Eso espero yo también –sonrió maliciosamente el ilustre personaje mientras se alejaba con sus hombres a todo galope.
Una densa nube de polvo los cubrió de la vista.

Vincent se incorporó rápidamente, pero con suma cautela. Acercó los humeantes cañones a sus labios y los sopló uno por uno mientras reponía los proyectiles gastados sin dejar de otear a su alrededor. Las enfundó, se sacudió el polvo de los pantalones y de los codos, y continuó su marcha hacia la cantina. Los curiosos que llenaban puertas y ventanas de las casas eran testigos de la balacera desigual. Y que para sorpresa de alguien: no resultó como quería. Porque los enviados por éste no pudieron acabar con el veloz pistolero que se defendió como gato patas arriba. No quedaba más remedio que enfrentarlo, pero parecía tener las de ganar el último Dalton, ya que varias decenas de pistoleros estaban pendientes de él las veinticuatro horas del día. Aparte de ello, extendió sus dominios en los constantes asaltos a trenes o diligencias, tal como lo hacían sus ya extintos hermanos. En el último atraco perpetrado hace una semana se llevaron un botín de un millón de dólares en barras de oro, que debía ser trasladado de manera conveniente a un banco de Alburquerque. La caja fuerte del tren que portaba los valiosos lingotes no resistió al poder de la dinamita colocada por los forajidos en el asalto. El golpe fue perfecto: mataron a los guardas y se hicieron con las barras de metal precioso. Ni siquiera fue suficiente un pelotón de uniformados enviados por el fuerte militar para su custodia porque unos murieron y otros quedaron heridos de gravedad. Una vez concluido el atraco los forajidos desaparecieron de la escena dejando tras sí una estela de polvo mezclado con el humo de la explosión. Este último atraco llamó mucho la atención por parte de las autoridades de Las Cruces que nombraron una comisión de investigación con un Marshal a la cabeza, la misma que apenas nominada se puso en marcha hacia los territorios señalados. Esos momentos pisaban los derredores del pueblo a visitar.
Clark encendió un nuevo cigarro antes de poner un pie en el antro. Echó el humo por los carrillos, tomó aire y avanzó como impelido por un imán hacia el fondo. A su paso hacia el mostrador aumentó la tensión entre los que simulaban jugar o tomar algo. Sólo sus ojos se movían como los de un sapo cuando siguen los rayos de luz que entra a raudales por una puerta o una ventana. El recién llegado pidió un whisky mientras miraba alrededor con disimulo, pero con eficiencia a ver si no se daba algún movimiento en falso antes de hora. Justo antes de entrar había calculado que no le faltarían los proyectiles en caso de un enfrentamiento similar al que tuvo hace solo unos minutos.
-¿Buscas a alguien, forastero? –le importunó un hombre a su lado.
-Eh, sí –propuso Vincent-. Busco al primer pistolero que tenga la habilidad de atravesar una bala por el pico de una botella.
Todos se echaron a reír ante la propuesta inesperada que hizo titubear al hombre que hablaba con el forastero.
-¡Qué cojones! –exclamó el pistolero anfitrión-. Vamos a jugar un rato. ¿Es para mis compañeros también esta propuesta? ¿O sólo para mí?
-Sí –carraspeó un tétrico visitante al tiempo que bebía un nuevo trago de whisky y degustaba su sabor picante-. Todo el que quiera probar puntería puede apuntarse –inhaló su pitillo con fuerza y echó el humo de manera siniestra.
-Vale –asintió nuevamente el primero mirando con malicia y de manera interrogativa a sus compañeros-. ¿Cuál será el premio para aquel que lo logre?
Un silencio sepulcral presionaba una respuesta por parte del vaquero visitante.
-Para el primero que lo logre será mi cabeza –ironizó con avidez en medio de las consabidas volutas que teñían el ambiente.
-¿Y si no lo logra? –inquirió una voz del grupo.
-Pues, si no lo logra será la cabeza suya –gruñó Vincent al tiempo que asentaba el vaso con fuerza sobre el mostrador.
Entendieron que el asunto era serio y nadie dijo ni jota, pero...
-De acuerdo –continuó Dalton-. Pero tú primero ¿vale?
-Muy bien –asintió el forastero-, yo primero. Pero lo practicaremos en las calles del pueblo.
Todos murmuraban con voz muy baja mientras asintió Cyril:
-Perfecto. Salgan todos a la calle.
En el momento que salieron Vincent prestó mucha atención, y miró que había varios hombres alrededor. Esto previno al joven vaquero y le dio mayor seguridad de saber en qué camisa de once varas estaba metido hasta las orejas. Iba a ejecutar la estratagema prevista de acabar con muchos a la vez. Ya que por eso mismo hace un par de horas hizo traer varias carretas y pidió juntarlas unas con otras en el centro de la plaza para sabe Dios qué cosa hacer. Y estas carretas contenían bancos de madera pero no eran visibles sus patas. Nadie hizo caso de su presencia justo en el sitio donde iba a llevarse a cabo el juego de la botella.
-¿Ya empezamos? –propuso el forastero.
-Sí, ahora mismo –repuso Dalton a nombre de los demás.
Vincent dio unos cuantos pasos y se colocó a un tiro de piedra de la botella por cuyo pico debía pasar la bala. Abrió un poco los pies para ganar equilibrio al cuerpo, mientras observaba con disimulo los rifles que empezaron a aparecer de los techos. Todos estaban suspensos esperando el momento de la primera prueba. Con un rápido movimiento sacó sus pistolas e hirió primero a los que estaban en los cobertizos. Luego a los que estaban cerca de él. Pero Cyril rápidamente se refugió en la cantina con cuatro o cinco de sus secuaces. Mientras Vincent enfriaba los cañones con el consabido soplo.
-¿Aún quieres que pasemos la prueba de fuego? –gruñó el forastero ante un atemorizado Cyril en tanto reponía los proyectiles de sus pistolas.
-No. Porque has hecho trampa –fue su respuesta.
-¿Y tú no la hiciste apostando a tus hombres en los cobertizos una y otra vez? –dejó caer un seguro Vincent-. Así es que estamos a manos. Ven pasemos la prueba.
Hubo un corto silencio.
-Voy, pero mis hombres conmigo –titubeó por fin Cyril.
-¿O sea, seis balas contra dos? –inquirió el joven Clark.
-Sí. Si quieres –dejó caer su interlocutor aparentando valentía-. Si no pues, ya nada, que te den...
-Vale –asintió el forastero-. Pero tus hombres se colocarán en un sitio donde yo pueda verlos. Y nadie llevará sus armas. ¿Okay?
-¡Qué cojones! –exclamó Cyril mirando con sus ojos lobunos, pero iba a ejecutar un plan que se le acabó de ocurrir-. Ahora mismo.
Y salieron los seis de la cantina luego de despojarse de sus pistolas y dejarlas en el tablado del piso; aunque cada uno llevaba su dotación de reserva entre sus ropas, y eso no lo dudaba el forastero que se colocó a la vanguardia de sus movimientos.
-Ustedes serán nuestros testigos de honor –dispuso Vincent-. Suban a las carretas que ven en el centro de la plaza y tomen asiento mientras se desarrolla el juego. ¿Vale?
-Vale –dijeron al unísono y se apostaron a esperar sentados en los bancos de las carretas mientras tramaban el momento clave para relucir sus veintidós ocultos e intentar matar al joven vaquero.
-Eh, eh –soltó Cyril con viveza mientras ejecutaba la primera parte del plan-. Ahora cada uno tendrá en el tambor de su arma sólo dos proyectiles. Si en el primer intento no logra su objetivo, sólo tendrá una nueva oportunidad. ¿Vale, blanca paloma? –se burló.
-Okay –asintió Vincent al tiempo que quitaba los demás proyectiles de su revólver, sin hacer caso de la somera burla. Y dejó dos que las desmontó y las volvió a montar delante de los seis pares de ojos que iban o venían según sus movimientos.
Lo propio hizo Cyril, cargó dos proyectiles en el tambor del suyo. Y ambos dejaron las respectivas macanas sobre una mesa a la vista de todos y a considerable distancia del concurso.
Justo ese momento acababa de llegar un grupo de ocho o diez hombres al pueblo quienes dejaron sus monturas y se acercaron a pie para ser testigos de la escaramuza que se desarrollaba. Portaban sendos trajes oscuros y una estrella de metal en el pecho.
Empezó el juego mortal. De nuevo el joven Clark se puso enfrente del objetivo a atravesar. Oteó alrededor con disimulo, y como no había nadie disparó su arma y atravesó el proyectil por el pico de la botella. La sangre se heló en las venas de todos cuantos presenciaron la pericia del tirador. Hecho que aplaudieron mentalmente los recién llegados.
Este momento uno de los que observaban el juego mortal sobre la carreta quiso sacar su arma oculta, pero pensó: «Mejor apenas empiece la segunda tanda del concurso lo mataré». Y no movió un solo músculo. Sin saber que era observado por quienes no permitirían un crimen por la espalda.
Lo propio hizo Cyril, atravesó el plomo fulmíneo por el pico de la botella, y todos aplaudieron dicho empate. Pero ya sólo les quedaba uno para definir la prueba. Y éste en vez de permitir al joven Clark continuar con el concurso, hasta que exista un ganador, disparó sobre su humanidad. Cuando se desplomaba el forastero alcanzó a utilizar su última bala y disparó sobre las carretas, que explotaron por los aires hiriendo de gravedad a todos los que estaban subidos en ella y los de su derredor.
Pasados unos minutos de la explosión el Marshal y sus ayudantes se materializaron en la escena. En tanto que los heridos fueron recogidos por el populacho para ser atendidos en urgencias por el médico. Sobrevivieron Vincent y dos o tres pistoleros de parte del clan Dalton. Cyril dejó de existir luego de una corta y dolorosa agonía, llevaba destrozada la mitad izquierda de su cara y el cráneo. Los pacientes eran vigilados por los hombres de la ley que iban a ponerlos tras las rejas a espera de un justo juicio. Pero Elizabeth recuperó a Vincent con la venia del pueblo que atestiguó en su favor. Entonces el Marshal no tuvo más remedio que dejarlo en sus manos, pero se llevó a los demás heridos, y detuvo al Sheriff y a sus colaboradores. Los que opusieron resistencia a la autoridad murieron atravesados por las balas justicieras. Antes de partir colocó una nueva placa de acero en el pecho de un honrado morador del pueblo.
Mientras Elizabeth trasladó a Vincent a su rancho, y se hizo cargo de las curaciones hasta la total recuperación. Y los dos enfermos no tuvieron nada que envidiar acerca de las atenciones de un hospital, pues recibieron el cariñoso apoyo de dos damas de la familia: Elizabeth y Lana. Por lo que respecta a Vincent, restablecido de la última hecatombe que casi le cuesta la vida, tenía que decidir lo que haría desde aquel día en adelante: si colgar sus pistolas y dedicarse a otros trabajos, o continuar siendo un experto en cazar bichos malos.
El gobierno del estado de Santa Ana premió el valor indomable de Vincent a lo largo de su trayectoria justiciera y lo hizo acreedor a una importante suma en dólares por haber devuelto la paz a sus contornos, librando a los moradores del azote falaz del clan Dalton y su banda de forajidos. Un gran porcentaje del oro robado por éstos volvió a las arcas de los propietarios. Al fin de la ceremonia el Marshal quiso investir a Vincent Clark como nuevo Sheriff del pueblo; pero éste se negó al decidir hacerse cargo de las labores del no pequeño rancho de su parienta Elizabeth, ya que Rafaelo quedó parapléjico debido a la herida que astilló la columna vertebral.
Vincent Clark tomó por esposa a la singular Lana Simeone con la que tuvo muchos hijos. Y vivieron muy felices junto a sus parientes que se convirtieron en comprensivos suegros y abuelos a la vez.


THE END