jueves, 11 de abril de 2013

Marité


Violeta Paputsakis


Le diagnosticaron esquizofrenia cuando acababa de cumplir diecinueve años, luego de eso su vida se convirtió en un continuo visitar a psiquiatras y tomar toda clase de medicamentos. A los veintitrés, después de haber intentado suicidarse por segunda vez, sus padres decidieron dar el sí para su internación. Se trataba de una familia simple, que superando algunos embates económicos había logrado tener un buen pasar, lo que se vio alterado por los años de tratamiento de la joven, llegando ahora a encontrarse prácticamente en la miseria. Esto los empujó a ingresar a Marité en el hospital mental público, la idea era ahorrar el dinero que mensualmente destinaban a sus costosos tratamientos, pagar las deudas contraídas en esos años y evitar perder la casa que Jorge, su padre, había heredado unos años atrás.

-A mí tampoco me gusta ver a mi hija en ese lugar, pero estoy seguro que tienen muy buenos médicos y después de un tiempo vamos a poder estar en condiciones de llevarla a una institución privada amor, es un pequeño esfuerzo que nos va a servir a todos, en unos meses Marité va a estar mucho mejor y vamos a poder tener un lugar donde pueda llegar y estar tranquila. ¿O acaso olvidaste lo mal que vivíamos cuando no teníamos una casa?, el sueldo se nos iba en el alquiler y pasamos momentos muy difíciles, a veces pienso que el problema de ella se debe a la escases que sufrimos esos años.

-Sé que es la mejor decisión Jorge, pero me da mucha tristeza ver a mi hija en ese lugar, es viejo, está destruido, lleno de humedad y vos viste el temor que le tiene Marité a las ratas. Estoy segura que ahí hay con suerte unas cuantas, deberíamos haberles advertido sobre ese tema. Mañana mismo voy a hacerlo, eso puede provocarle hasta una recaída.

-Blanca no exageremos, eso fue hace mucho tiempo, seguro ya no le afecta tanto, vamos a dormir y nos olvidemos del asunto, nuestra hija está bien cuidada.

El pánico a las ratas que sufría Marité había surgido cuando tenía unos siete años. En ese entonces Jorge fue despedido del trabajo, tuvieron que dejar la casa que alquilaban y vivir temporalmente en un depósito que les prestó un amigo. Fue una época difícil, no tenían ducha en el lugar y se bañaban en un gran tacho, tirándose el agua con una jarra. La niña de la entonces joven pareja jugaba entre los escombros y muebles viejos de los que estaba repleto el sitio, para ella era un paraíso de objetos por descubrir y no se preocupaba por el olor a humedad ni el polvo. Y aunque Blanca se esforzaba por mantenerlo limpio era difícil y las ratas deambulaban a sus anchas.

Una mañana, luego de que terminarán de bañarla, Marité quiso ponerse los zapatos que tenía debajo de la cama desde la noche anterior, al introducir el pie sintió que no llegaba al fondo y que había algo que se lo impedía. Introdujo la mano para quitar lo que pensaba era una media aplastada, al intentar tomarla sintió algo caliente y peludo, comenzó a gritar desesperadamente mientras tiraba el zapato y salía corriendo a buscar a su madre. Ahí se inició la lucha con los roedores, la niña lloraba sin control al verlos y sus padres utilizaron todas las formas para deshacerse de ellos. A lo largo de los años la joven desarrolló un sentido especial para detectarlos, podía olerlos e incluso escucharlos como nadie más. Aunque sus padres no lo advirtieron, esos fueron los primeros síntomas de su enfermedad, cuando contaba con sólo once años.

La mudanza a un nuevo hogar, esperanzó a todos, incluso a Marité. Le gustaba pasar las tardes en el jardín, era un espacio que nunca antes había podido disfrutar y la brisa que rozaba su rostro le hacía aplacar sus emociones, sentir que todo iba a estar bien. Lo que al principio definieron como pánico se fue transformando, a medida que la joven crecía, en alucinaciones, las tenía de todo tipo. Desesperados Jorge y Blanca la retiraron del colegio católico al que asistía, culpaban a las enseñanzas religiosas de sus pesadillas, la más recurrente era la de un hombre que ella decía era el diablo y que la observaba desde los pies de su cama con ojos penetrantes que parecían quitarle la respiración. Otro día eran pasos incesantes en el techo de la casa o una persona que atravesaba el pequeño living comedor y subía las escaleras hasta llegar al balcón de su habitación, siempre era el mismo recorrido, rodeando muebles y esquivando a quienes se cruzaban en su camino. También la atormentaban las figuras de varios sujetos siguiéndola y hablándole sin cesar, solo veía sus labios que insistentemente le decían algo sin que ella pudiese escucharlos.

Sus gritos ahogados bajaban desde su cuarto, cruzaban la cocina, en el jardín espantaba a los pájaros y se perdían en el baño del fondo de la casa. Eran tan intensos que llegaban a convulsionar su cuerpo mientras señalaba un espacio en el que no se veía nada o se tapaba los oídos desesperadamente. La primera opción de sus padres, recomendados por amigos y vecinos, fue recurrir a brujos y curanderas que les dieron todo tipo de respuestas e indicaciones, lo que en un lugar eran posesiones demoníacas en otro almas del más allá buscando comunicarse, muertos que necesitaban su ayuda o visiones del pasado o el futuro. Probaron las recetas más diversas y peligrosas, infusiones con mezclas de todo tipo, visitas a templos y repetición de oraciones a santos desconocidos. Cada nuevo intento afectaba más y más su economía sin que Marité mostrara mejoras. Sus padres se empecinaban en creer que pasaría, que la adolescencia y la madurez apaciguaría los síntomas, pero no sucedió así.

Unos años después, descreídos de las formulas mágicas y asustados por los niveles que alcanzó el problema, llevaron a la joven a un psicólogo por primera vez. El estado de Marité era grave, tenía dieciocho años y había intentado suicidarse por primera vez. Vaciar una caja de somníferos en su vientre fue la opción para dejar atrás los personajes, los sonidos y los olores que invadían cada instante de su día. La encontraron tirada en el baño y un lavaje de estómago a tiempo evitó que lograra su cometido, ella no se lo agradeció a nadie, cayó en una profunda depresión y se prometió tener éxito la próxima vez.

El psicólogo la recibió en sólo dos ocasiones, al ver sus síntomas y conocer su historia diagnosticó rápidamente la esquizofrenia y derivó a Marité a un psiquiatra que pudiese brindarle el tratamiento farmacológico que requería con urgencia.

Al médico le conmovió su rostro angelical, sus ojos de un celeste mar, su cuerpo frágil y su mirada misteriosa, unidos a una esquizofrenia tan extrema. Las drogas antipsicóticas que le recetó disminuyeron sus frecuentes crisis, las imágenes no desaparecieron pero se sentía más tranquila y podía dormir gran parte del día. Su serenidad dependía de los fármacos que año a año se hacían más fuertes y costosos. Si bien la vida se tornó más tranquila, las deudas crecieron y la familia llegó al extremo de tener que elegir entre los medicamentos y la comida. Ello ocurrió sólo en una ocasión, Jorge y Blanca estuvieron al lado de su hija en todo momento, se alegraron de verla tranquila y se comprometieron a restituir las pastillas cuanto antes. No hubo tiempo para eso, Marité se tiró desde el techo de la casa añorando terminar con sus tormentos. Por milagro para algunos y fatalidad para ella, los cables aéreos amortiguaron su caída, tuvo cortes leves pero sobrevivió por segunda vez a una muerte que para muchos estaba garantizada. Fue en ese momento cuando sus padres se resignaron a su internación, estaban devastados y sus cincuenta años parecían más de sesenta.

Ratas, ratas y más ratas, olor a ratas, sonido de ratas y pasos de ratas por todos lados, tengo que mantener mis ojos cerrados, así, así, si aprieto más fuerte mis oídos ya no voy a escuchar, pero siguen caminando, pareciera que entraran en mi cabeza por mis oídos, por mis ojos, por mi boca, por todos lados, ratas y más ratas. Por qué no me dejaron si era más simple morir y olvidarse de mí y de todos los problemas que les doy. Ahora estaría tranquila sin ratas a mí alrededor y toda esta gente que me mira y me habla. Entiendan de una vez que no hay nada que hacer conmigo, hagan lo que hagan, tome lo que tome y vaya donde vaya no voy a lograr deshacerme de ellos, acaso sólo yo sé que mi único camino es desaparecer. Quizás si intentará entenderlos, pero no sé cómo, no los escucho, dejen de hablarme. Otra vez esos pitidos dentro de mi cabeza, me están dejando sorda, basta, quiero silencio. Y de nuevo chillando por toda mi cabeza, estoy harta de esta vida, quiero que termine este tormento.

Marité, sentada en la cama del pequeño dormitorio, apoya su espalda contra la pared y se envuelve, hecha un ovillo sobre sí. El cuarto, que alguna vez parece haber sido blanco, ahora está cubierto de manchas de humedad, suciedad y paso del tiempo. El único mobiliario es una cama de madera maciza y un colchón firme y alto. La joven es la única en la habitación, al menos para quien mira la escena.

Sus primeros días allí transcurrían con mayor tristeza que en su casa, sus padres sólo podían visitarla un día a la semana y como había ocurrido a lo largo de su vida, no lograba relacionarse con nadie. Tanto en la escuela primaria como en la secundaria esto se había repetido, sus compañeros la miraban extrañados al principio, luego la relegaban y por último se burlaban y alejaban de ella. No siempre había sido así, antes de los ocho años fue una niña similar al resto, tenía amistades y disfrutaba de la escuela, pero luego de sus primeros ataques su carácter cambió totalmente. Se volvió solitaria, hablaba sola, a veces se escondía en un rincón del patio o se acurrucaba arriba del banco. Todo esto ocasionó, naturalmente, que los otros niños se apartaran de ella. Los últimos años de la secundaría se le hicieron imposibles y a mediados del cuarto tuvo que abandonar el colegio, fue el momento más crítico de su enfermedad y lo que padecía en la escuela empeoraba aún más su trastorno.

Los conflictos con su conducta son entendibles al analizar la situación. Cuando intentaba prestar atención al maestro o charlar con algún compañero aparecían las imágenes. Algunos personajes nuevos y otros que ella ya conocía la miraban y le exigían su atención, con lo que Marité terminaba gritándole al aire en medio de la clase o alejándose a los alaridos del lugar y sintiéndose avergonzada por su reacción. Luego de algunos intentos, sin poder dilucidar con certeza cuáles elementos de su entorno eran reales y cuáles producto de su cerebro o quién sabe qué, Marité optó por el único camino que encontró: no prestar atención a nadie, encerrarse en sí misma y esperar a que todo termine en algún momento.

Con el paso de los días descubrió que la vida en el hospital era muy distinta a todo lo anterior, las personas allí eran similares a ella y por primera vez sintió que quienes estaban a su alrededor no la juzgaban todo el tiempo. Si bien la falta de sus padres le afectaba, le agradaba no tener que esforzarse en ocultar lo que le sucedía y lo que veía, hasta hablaba a sus eternos acompañantes, les gritaba y les decía que se callaran sin temor. Sus monólogos internos se exteriorizaron y con ello comenzó a percibirse más normal. Todo esto sumado a la nueva mezcla de fármacos le hizo pensar que podía vivir así, tranquila, comprendiendo que la compañía constante no era tan grave. Por primera vez disfrutó de sus días y dejó de pensar en suicidarse.

Todo esto cambió unos meses después, cuando a su madre le detectaron cáncer en la matriz. Jorge tuvo que acceder a los ruegos de Blanca por tener a su hija junto a ella y Marité regresó a casa. Allí parientes cercanos y lejanos que no veía desde hace muchísimos años comenzaron a llegar para darle apoyo y contención a su madre. Todos miraban a la joven, hablaban de ella, compadecían a sus padres y hasta oyó por ahí decir que la enfermedad de su madre se debía a los difíciles momentos que ella les hizo atravesar.

Aunque aún medicada, la tan ansiada serenidad que había logrado desapareció por completo, las figuras y sonidos volvieron con mayor vigor y agresividad. Su padre luchaba por sobrellevar la situación y darle a ambas la fuerza que necesitaban. A pesar de todos los esfuerzos, dos meses después Blanca falleció, Marité tuvo que ser sedada esa noche, la tristeza y la soledad no cabían en su cuerpo. Al día siguiente, contraponiéndose a todo lo que los médicos y su padre esperaban, se mostró tranquila en el velorio y el entierro, podría decirse que por primera vez se la vio feliz. Ese día descubrió que lo que hasta ahora había sido un tormento podía convertirse en su mayor felicidad. Comprendió que sus visiones, sus compañeros de camino, se aferraban a ella como un nexo al mundo real.

Luego de eso volvieron las charlas con ellos, pero esta vez se hicieron mucho más íntimas, como si conversara con alguien a quien tenía mucho afecto. Lo que nadie entendía era que Marité al fin había encontrado la tan ansiada paz, ya no estaría nunca más sola en su extraño mundo. Ordenándolo y ayudándola a entenderlo, ahora habitaba la persona que más amaba, su mamá. 

viernes, 15 de marzo de 2013

La chica de la Camorra

Juan Carlos Camacho Leyton



Esa fría noche de invierno de principios del ochentaidós, Hu Go Xian tenía los ojos como ranuras que no se alteraban ni al escuchar la parodia que hacía Zavalaga al hablar en “chino”.  En un momento nos confesó, con seria  ironía que provocó la risa general, que había reconocido en ese hablar el acento cantonés. Estábamos en la salida de clases del posgrado, en la Mostra d’Oltramare, Nápoles, esperando el bus de regreso al hotel.   Hu, el chino, Burgos, el colombiano, y   Zavalaga, peruano como yo, formábamos el grupo de jóvenes economistas, estudiantes del posgrado en Italia.  Zavalaga era el más divertido de todos, con sus imitaciones y chistes ocurrentes que nos hacían olvidar, por un momento, las inclemencias del invierno napolitano que los lugareños combatían con shots de brandy Vecchia Romagna mezclado con café expresso en las numerosas cafeterías de Nápoles.  El   chino fue prontamente bautizado como Hugo por nosotros, miembros de la comunidad latinoamericana, que nos entendíamos con él en un inglés de batalla y no podíamos dejar de sorprendernos por el exotismo de su vestimenta: pantalón y casaca de dril beige y zapatillas de fieltro que misteriosamente nunca mojaba a pesar de lo lluvioso y húmedo del ambiente. Hugo lucía unos lentes redondos con marcos metálicos y era delgado, afable y ceremonioso.   Esa noche mientras caminábamos hacia el paradero del bus que nos llevaría a Agnano, la zona de nuestro hotel, todos nos quedamos literalmente helados al ver al grupete de  putas  y travestis, con portaligas, al costado de una vía de alto tránsito y que, en medio de una gélida temperatura, solo calentadas por sus medias de seda y el calor que irradiaba un cilindro encendido con periódicos y cartones que reposaba en el suelo.  Se exhibían, solas o en pequeños grupos, conversando o calladas pero, todas, con el infaltable cigarrillo sostenido en la boca pintada de rojo, esperando al conductor del coche que se detuviera al costado de la pista, a cuyo encuentro se acercaban presurosas como polillas a la luz de la vela.  De pronto observamos a un Alfa Romeo que se detuvo en seco y acometió un retroceso de cincuenta metros a cien kilómetros por hora  hasta frenar en seco al costado de una de las chicas, haciendo chirriar  los neumáticos que botaban humo de jebe quemado.  Rápidamente descendieron dos individuos que golpearon a una de las chicas en la cabeza, la levantaron en vilo y la introdujeron en el vehículo, partiendo aparatosamente segundos después. Nos miramos todos sin saber a qué atinar pues todo sucedió en instantes. Era la bienvenida que nos daba la cara obscura de la camorra napolitana.

Con Zavalaga nos unía el hecho de ser ambos arequipeños. Aunque él era del puerto de Mollendo y yo de la misma Arequipa,  nunca nos habíamos conocido antes. Ambos teníamos algunos conocidos comunes de la profesión. Pero eran más las cosas que nos distanciaban que las que nos unían; yo era un devoto de la historia y del arte italiano en general y en particular de la pintura,  la arquitectura y  los tesoros culturales que escondía Nápoles.  Él,  de arte sólo tenía un conocimiento muy rudimentario, pero le gustaba la música popular italiana de la época (Modugno, Di Capri, Celentano, Bongusto).   Por lo demás era un peruano típico: aprovechador, divertido, coprolálico y medio descuidado.  Zavalaga usaba unos lentes gruesos, como tacos de botella detrás de los cuales se agazapaban unos verduzcos ojillos vivaces,  usaba un bigote delgado y tenía un aire  prematuramente encorvado y una voz de timbre bajo y aterciopelado. Yo,  en esa época estaba en mi apogeo físico;  me había graduado de cinturón negro primer dan en Tae Kwon Do y me creía dispuesto a vencer a cualquiera en una pelea callejera. Él  Había estudiado italiano en Lima y tenía un conocimiento básico de ese idioma que yo no poseía. Por estas razones nos hicimos amigos y, ambos,  fuimos testigos de varios hechos curiosos sucedidos en ésas lejanas tierras del Vesubio.

Una tarde,  Zavalaga llegó a clases todo azorado y me contó que, por la mañana en el metro en la Piazza Garibaldi,  había sido testigo de un hecho perturbador. En uno de los pasajes del nivel subterráneo, por lo general bastante descuidados,  había visto a dos chiquillas, casi adolescentes,  que recibieron un pequeño envoltorio  de un muchacho que desapareció en el acto. Luego,  ellas,  con todo desparpajo,  extrajeron del paquete heroína en polvo que con una cucharita y un encendedor licuaron, luego con una jeringuilla y una liga y  empezaron a  inocularse  a la vista y paciencia de la poca gente que se movilizaba a esas horas de la mañana por el sitio, mirando a otro lado.  Me quedé pensando,  ya había notado en las esquinas un poco obscuras de la ciudad, en los parques, en las escaleras y demás espacios públicos, docenas de jeringuillas descartables usadas, además de condones.

Hugo era especialmente reservado, pero muy curioso e inquisitivo con lo que venía sucediendo  en el Perú. Era 1982 y acababa de estallar la guerra de las Malvinas, el Perú hacía noticia  porque fue el único país que,  abiertamente,  apoyó  a la Argentina  poniendo a su disposición  aviones y pilotos. Las noticias que venían del Perú también se referían a la eclosión de Sendero Luminoso, el letal movimiento que cometía crueles actos terroristas.  Esos temas, además de Pérez de Cuéllar, en ese entonces recién elegido secretario general de la ONU y el fútbol, era lo único que trascendía del Perú.

-¿Cómo es tu país? ¿Cuánto gana un economista que trabaja para el gobierno? ¿Cuáles son los principales sectores productivos? – eran las preguntas que me hacía.  Quería saberlo todo, pero él no hablaba nada de China. Cuando yo le inquiría algo de su país, me mostraba su sonrisa inescrutable y hacía brillar a sus ojillos detrás de los lentes redondos que usaba siempre. La gran reforma de la economía de China de Den Xiaoping se había iniciado apenas tres años  antes, y eran los últimos años en que los chinos, incluidos los profesionales que estudiaban en el extranjero,   guardarían  la más absoluta austeridad en la vestimenta,  la comida,  el transporte y, en general,  en su conducta; pero había acabado el aislamiento de China.  Por eso Hugo, secretamente,  sentía mucha curiosidad por los latinoamericanos, extravertidos, bullangueros como cigarras,  que reían ruidosamente y no paraban de hacer chistes de todo y de todos.  ¡Qué diferencia con el carácter tímido y retraído, pero profundamente  observador, de los chinos!  Hugo no salía fuera de Nápoles, pues se había propuesto ahorrar todo lo posible,  lo cual era la explicación de su austeridad. En tanto Zavalaga y yo aprovechábamos los fines de semana o cualquier feriado disponible para salir por los alrededores, así conocimos Ischia, Capri, Sorrento, Pompeya, Herculano y otros sitios cercanos.   Cuando ya tuve más confianza con mi italiano, empecé a aventurarme- ya solo-  a sitios más distantes, como Regio Calabria y  Sicilia.

En uno de esos viajes cortos al distrito de Caserta, conocí a Anna. Tendría unos veinte años, de talla menuda, de bellísimo rostro, grandes ojos verdes, cabello negro sedoso, talle bellamente proporcionado y una especial elegancia en el vestir. La encontré en el establecimiento de su padre, cuando entré a preguntar por la ubicación  de una dirección. Al escuchar mi acento extranjero, entre intrigada y divertida, me dio una precisa descripción de la ruta. Luego me preguntó:

-Di dove sei?-  De Perú, contesté. ¿Peruviano?, se sorprendió.

Tuvimos una breve conversación, hablamos de los músicos napolitanos famosos y de lo bonito que era Nápoles.

-Sí, es bonito, pero no sabes lo difícil y peligroso que es vivir aquí.

Cuando dijo eso,  su padre salió  y ella calló, disimulando, en un pequeño papel, me entregó escrito su número telefónico y desapareció.

Quedé intrigado  y, ya de regreso, no me podía sacar de la cabeza a Anna.  Aquella noche la llamé por teléfono,  me dijo que no podía hablar en ese momento, pero que me esperaría el jueves siguiente en el Museo del  Castel déllOvo, un hermoso castillo español del siglo diecisiete, circundado por el mar,   a las once de la mañana. Al día siguiente, le conté lo sucedido a Zavalaga, quien me dijo:

-Ten cuidado- pues estaba ocupado tramando un plan de seducción de una indonesia, compañera de clase.

El día de la cita llegué a la hora, ella ya se encontraba dentro de la majestuosa fortaleza que gozaba de  una espectacular vista al mar y en la cual se había acondicionado una exhibición de pinturas.  La vi de espaldas mirando los cuadros. Vestía con pantalones anchos y una casaca corta, zapatos verdes y en el cuello una chalina de seda hindú. En el armonioso conjunto destacaba su belleza. Conversamos brevemente en italiano sobre los cuadros de la exposición y luego salimos, le ofrecí un café pero no aceptó. De pronto agarró mi mano y casi llorando  me dijo:

-¡Tengo tanto  miedo! ¡ Lo controlan todo. Extorsionan a mi padre en la tienda y tiene que pagarles el pizzo1/ cada semana para que no nos hagan daño, ayer precisamente vino el guappo!2/

Al ver sus ojos húmedos que ensombrecían su rostro, no pude menos que decirle:

-Pero, ¿Quiénes? ¿Dime cómo te puedo ayudar?

-¡En nada! –Me contestó- ¡No puedes hacer nada! Así ha sido esta ciudad en más de 800 años. Es la Camorra. Son doscientos clanes que controlan todos los negocios turbios: el regojo de la basura y el control de vertederos e incineradores, la prostitución, la distribución de droga y la extorsión. A aquellos que hacen caso omiso a sus exigencias, simplemente los ejecutan, ponen una bomba en su casa o la incendian.

La miré desolado y compartí su desazón, al mismo tiempo sentí la irrefrenable palpitación del amor al despedirme con un beso en la mejilla. Había sido tocado por la pasión.  Al día siguiente la volví a llamar pero nadie contestó su teléfono.

Ese fin de semana se nos ocurrió pasear por los alrededores del mercado de peces, Pignasecca, una zona de callejas adoquinadas donde se apreciaba un espectáculo surrealista de peces vivos en plena calle dispuestos en tinas de plástico conectadas a mangueras de jebe por las que fluía agua fresca y donde uno apreciaba  pulpos, peces  y moluscos de diferentes especies, sorprendentemente vivos y coleando. Los gritos a voz pelada de los comerciantes ¡Toninoooo!...¡Peppinoooo!..¡Armandoooo!.. se mezclaban con los olores marinos  y de las delicias que ofrecían los pequeños restoranes cercanos  al lugar.  Se nos ocurrió detenernos en uno de ellos para almorzar. Era un sitio cálido con pequeñas mesas de madera cubiertas con manteles de tela a cuadrados blancos y rojos. El casero, muy amable,  nos ofreció la especialidad de la casa, un caldo de pulpo con hierbas que nos sirvió a los minutos en una fuente de centro. Era un verdadero manjar que degustamos con numerosas botellas de vino blanco de la Campania.  

Les conté sobre mi última conversación con Anna.  Rápidamente Zavalaga dijo:

-¡Pobre chica! Todo el sur de este país está conducido por la mafia, aquí en Nápoles se le llama Camorra pero en Regio Calabria es la Ndrangheta y en Sicilia es la Cosa Nostra. Es parte del carácter italiano, como el diseño de corbatas, zapatos y la arquitectura.

Hugo, a su vez, nos sorprendió con su réplica – No solo es italiano,  no te olvides que en China también tenemos nuestra propia mafia, “las triadas”. Aunque aún está circunscrita a Hong Kong y a Taiwán, en poco tiempo se expandirá a todo el mundo- Sentenció. Por primera vez se abría a una conversación franca, quizás motivado por el vino.

-Pero -inquirí, mientras degustaba el vino - ¿Cómo es que  llegan a tomar una ciudad, a controlar a la mayor parte de sus ciudadanos?

-Es fácil, intervino Zavalaga,  -Es la tendencia humana a vivir con el menor esfuerzo y a aprovechar, si es posible,  del trabajo ajeno. Aquí los comercios y restaurantes son muy prósperos e históricamente siempre  fue así; entonces,  a alguien se le ocurrió la brillante idea de extorsionarlos regularmente metiéndoles miedo. El negoció salió y de allí lo extendieron a la prostitución, al juego y la basura. El Estado se hizo el loco y empezaron a corromper a la policía y a los funcionarios de la ley. Así empezó todo.

-Pero, sigo sin entender ¿Cómo controlan a tanta gente? 

-Mira,  dijo Hugo, -La mente humana es muy fácil de controlar.  El recurso usado es el temor, como saben que ellos están organizados y los ciudadanos de a pié no, se valen del miedo para aterrorizar.

Zavalaga, acotó, - “El vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo”

–En mi opinión –les dije- la causa más importante es el abandono que el Estado hace de sus responsabilidades. Una de ella es la seguridad de los ciudadanos y el Estado tiene la fuerza para velar por el cumplimiento de la ley para eso cuenta con la policía.  Sin embargo, en algún momento y por alguna razón,  que no puedo aclarar en este momento,  esto deja de funcionar.  En algunas sociedades desarrolladas el crimen organizado es minoritario y no pone en jaque a la sociedad, pero en otros los países –o regiones, como en la Italia meridional que nos acoge- el Estado es fácilmente vulnerado por la corrupción y sus autoridades, jueces, policías y políticos, son comprados o amedrentados por los delincuentes. Es un walkover –concluí.

Hugo,  respondió tranquilamente, -Es cierto, además es muy difícil combatir contra la mafia, porque cuentan con una  organización cerrada, compartimentalizada, nadie conoce a los otros integrantes de la célula; es muy parecido a cómo funciona Sendero Luminoso en el Perú, es imposible saber si los funcionarios del Estado están comprometidos y nunca dejarán pruebas de ello.

-En cualquier caso –asentí- para que la mafia tenga éxito se requiere la confabulación o por lo menos la neutralidad de una parte importante del Estado y las clases dirigentes.

Aunque hablábamos en inglés y a veces en castellano, nuestro anfitrión y mesero algo intuyó del tema conversado y se puso  incómodo.  Por esta razón bajamos el tono y de pronto les hice la confesión que quería hacer pública desde hace rato.

-Estoy perdidamente enamorado de una ragazza 3/ napolitana y creo que ella también alberga algún sentimiento hacia mí –les dije para ver cómo reaccionaban; Zavalaga ya presentía algo, pero Hugo se sorprendió  -el problema  y de allí la relación con la conversación anterior, es que su familia está amenazada por la camorra. ¡No qué cosa hacer! -finalicé en tono dramático.

-Ahora entiendo porqué empezase a mejorar tan rápido  tu italiano –intervino Hugo – con sus ojos apaisados llenos de ironía. 

-La verdad es que estoy en un aprieto; en fin, se hace tarde y mañana tenemos clases. ¡Signore!, ¿Cuánto debemos?-sentencié.
Dejamos a Hugo  en el Hotel Palace ubicado en las cercanías de la piazza Garibaldi  y,  ya anocheciendo,  fuimos a tomar el metro en la estación central hacia Agnano. En el andén los dos fuimos rodeados por unos chicos que nos preguntaban:

 –¿Di dove sei? Y cuando les dijimos que éramos peruanos, dieron loas a Patrulla Barbadillo,  un conocido jugador peruano de fútbol que jugaba en el Napoli y que se ganó a la juventud local con su particular peinando áfrica look y su juego fino.  Ingresamos al vagón y la cabeza me empezó a dar vueltas:
“Los frescos de Pompei tomaban vida fastuosa sensual los oscos sunmitas etruscos y griegos que escogieron el golfo de napoli para gozar  tenían hermosas pozas con aguas termales frescos en las paredes que artistas con sus patios y fuentes enmarcados por columnas dóricas divinamente diseñadas que colores y diseños flora  fauna  faunos y flores pájaros  sensualidad luego vino el Vesubio tufos priroclásticos  segundos en los que se esparcieron los gases la lava sorprendiendo a todos hombres y animales durmiendo haciendo el amor perros gatos niños todos los seres imaginables no se salvó nadie de la hecatombe el fuomo viajó a la velocidad del sonido hacia el mar  Herculano también sucumbió sepultando avenidas calles empedradas casas segando vidas con la guadaña de la muerte saliendo del cono de la tierra boca del averno  no hubo tiempo de escapar explosiones empezaron a caer las cenizas las piedras cada vez más grandes los gases sulfurosos envenenaron a todos imposible respirar las toses ronquidos se hicieron más quedos hasta quedar solo el silencio el chisporroteo y luego la oscuridad el humo por días semanas  meses años tuvieron que pasar diez y siete siglos para que nos encontraran”
Anna, estaba harta del miedo que trataban de infundir a su familia.  Amaba a su padre y no consideraba justo que trataran de esquilmarles las ganancias que les daba el pequeño establecimiento donde vendían delicatesen típicas de Nápoles para clientes y turistas.

“Ir a un país lejano, comenzar nuevamente, puedo hacerlo. ¿Por qué no?  Pero,  ¿Que sería de mi padre? Ya es mayor y necesita quien lo vea. Mi madre murió hace años y mis hermanos no son tan dedicados. Ahora que discutía con mi papá traté de hacerle ver que hay que denunciar a los chantajistas. Pero es imposible, es tan difícil cambiar la mentalidad de la gente y hacerle comprender que hay que luchar por la libertad.”

Sus lazos filiales la ataban fuertemente a Caserta y a Nápoles. Nunca los rompería. Después de la discusión, sonó el teléfono. Anna no contestó. Necesitaba pensar.

Esa noche estaba contenta,  “He tomado una decisión.  He convencido a mis hermanos para que se encarguen de mi padre y del negocio familiar. Ahora debo conversar con mi padre. ¿Qué es ese ruido, parece una vespa que se acerca……”

Hacia las once de la noche del mes de marzo, cuando el clima estaba más loco que nunca (marzo, mese 4/  pazzo 5/) Anna se encontraba delante de la tienda de su padre. De pronto todo fue confusión, se escuchó el motor de una vespa acercarse raudamente por las calles empedradas de Caserta.  Salvatore se dio cuenta que el copiloto de la vespa le apuntaba con una pistola y empezaba a disparar, sin pensarlo tomó a la chica que tenía cerca de los cabellos y la usó como escudo humano. Anna trató de zafarse pero el joven, que acababa de salir de la cárcel por traficar con drogas,  la tenía fuertemente sujeta con una mano y con la otra empuñó su propia arma que dirigió a la vespa,  cuyos conductores, al verse repelidos huyeron no sin antes vaciar toda la cacerina.  Anna fue impactada en la nuca en medio del tiroteo mientras Salvatore huía ileso. Todas las mañanas, Giovanni, el padre de Anna, le lleva el desayuno al pie de su tumba.


Notas:
1/ Tributo, contribución
2/Capo, jefe
3/ Muchacha
4/ Mes
5/ Loco 

jueves, 14 de marzo de 2013

Paso nivel


Violeta Paputsakis


-¿Una entrada a otra dimensión?, me parece que últimamente estás exagerando con el alcohol Manuel -dice Javier entre risas-, es verdad que cuando nos juntamos hablamos cosas locas pero sabemos que son eso, pura charla y nada más. Manuel se encoge de hombros avergonzado, agacha la cabeza y cambia de tema.

-¿Querrán los chicos jugar un partidito ahora?, vamos a casa de Mario y vemos de organizar algo ¿te parece?

–Dale vamos, -contesta su amigo. Ambos se levantan del pasto y atraviesan la cancha de futbol del barrio, camino a uno de los edificios que rodean el lugar, Manuel avanza silencioso e inmerso en sus pensamientos.

El joven viste unos jeans gastados, una remera de Los Piojos y unas zapatillas de lona rojas, lleva el pelo corto y se diferencia de sus amigos porque le gustan los anillos y los collares, siempre de un estilo rústico. Desde chico fue soñador y parecía vivir en su propio mundo, añoraba una sociedad diferente, regido por otras reglas, donde los sentimientos fueran más importantes que el dinero y los logros económicos.

Luego de terminar la secundaria y signado por la aspiración familiar ingresó a diversas carreras universitarias, en cada una puso todo su empeño y entusiasmo, sin embargo al tiempo de cursarlas descubría que ése no era el lugar para él. Sabía que debía continuar sus estudios pero no quería entregarse a un destino por obligación, sin sentir que era lo que quería hacer de su vida. La tensión y el estrés de tres años de elecciones erróneas le despertaron angustia, nervios y melancolía, con ellos llegaron también percepciones más vívidas y profundas de su entorno. Podía, por ejemplo, sentir la tensión o el sosiego que anunciaban la llegada de una persona invadida de esas emociones, apreciar el olor de las flores con una acabada nitidez o experimentar la bondad y la maldad de quienes lo rodeaban. Todas estas nuevas sensaciones lo sorprendían pero por sobre todo lo asustaban, no se sentía preparado para vivirlas y trataba de bloquearlas una y otra vez. A lo largo de tres años había ido descubriendo que el mundo era algo diferente a lo que la mayoría podía intuir, que las cosas de la vida tenían otras explicaciones más allá de las racionalmente aceptadas, la lucha entre la razón y la percepción encontraron el sitio perfecto en su interior. A momentos parecía encontrarse mirando alrededor como cualquier otra persona, pero lo que en realidad hacía era ir descubriendo ese otro mundo que le hablaba de energías, sentimientos y fuerzas que no conocía. En esta batalla estaba cuando comenzaron esos extraños sucesos que sin saber cómo definir y buscando el apoyo de alguien nombró como portal.

–Qué tonto fui –pensaba mientras caminaba- cómo pude pensar que Javier iba a entender lo que estoy viviendo si ni yo puedo creerlo. Me estoy volviendo loco, tengo que olvidarme de todo eso. Esta última frase se repetía una y otra vez en su cabeza cuando le llegó una sensación de paz que lo inundó, buscó el origen de las emociones y vio, a unos metros de él, una adolescente sentada en uno de los bancos que rodeaban los edificios, la joven estaba inmersa en un libro de tapa roja con inscripciones doradas. Levantó la vista y fijó su mirada en él.

–¡Eh! Manuel, ¿dónde estás? Las palabras lo hicieron regresar de un lugar lejano y encontrarse caminando junto a su amigo. Sintió su pie derecho mojado y se dio cuenta que había pisado un enorme charco. –Te dije cuidado y no me escuchaste, ¿en dónde andas?, estás muy raro vos. Manuel se encogió de hombros, siguió caminando y repitió para sí, estoy muy raro últimamente, es verdad.

Una vez más se perdió en sus reflexiones tratando de descubrir cuándo había comenzado todo esto. Recordó una tarde de domingo en la feria, ésa había sido la primera vez que algo que sucedió cerca de las vías del tren le llamó la atención. Vio una anciana y un joven caminar hacia el puesto de artesanías que tenía montado junto a tantos otros en la denominada “Feria de la Balcarce”, un espacio al aire libre donde se vendían todo tipo de elementos hechos en forma manual. Los vio alejarse dejando atrás los locales, el de Manuel estaba ubicado en la esquina y era el último antes de cruzar la calle y encontrarse con los rieles de la estación fuera de uso desde décadas atrás. Recordó que al volver la vista esperando encontrarlos recorriendo los andenes descubrió que simplemente habían desaparecido, observó en ambas direcciones, creyendo que quizás, en un descuido, habían doblado, pero no había ni rastros de ellos. Más curioso que extrañado preguntó por la pareja a los puestos vecinos y sólo recibió negativas, miradas confusas y certezas de no haber visto a nadie con esas características.

Subiendo las últimas escaleras para llegar al departamento de Mario recordó a las jóvenes que creyó ver desvanecerse mientras caminaban en cercanía de las vías. En esa oportunidad había ido a investigar por el lugar, caminó por los rieles y el andén pero no las encontró, le pareció extraño porque por las características del sitio, era difícil que pudieran haber desaparecido en tan poco tiempo sin ser vistas. Esto último había sucedido el fin de semana anterior y como en la otra ocasión sólo él había visto a las mujeres, comenzó a buscar otras explicaciones a los sucesos y no pudo evitar relacionarlos con sus vivencias de los últimos tiempos.

Qué tonto fui, debí darme cuenta que Javier me creería loco ¿y si en verdad lo estoy? Estaba a dos días del fin de semana y de volver a su puesto en la feria, en ese momento decidió que cerraría esa delirante historia y que pediría que lo cambiaran de sitio para estar lejos de las vías y de ese tormento. Una vida normal, disfrutar y charlar con sus amigos, encontrar su carrera y su camino y sobre todo sentirse tranquilo, era lo único que necesitaba.

Llegó el sábado y se encontró en su puesto intentando no mirar a unas vías que parecían llamarlo. En eso estaba cuando sintió una sensación de paz interior, de tranquilidad, que calmó la ansiedad de los últimos días, miró a su alrededor y se encontró nuevamente con la joven de su barrio. Observaba unas pulseras en el puesto vecino, estaba vestida con una musculosa blanca, un pantalón babucha muy colorido y una yisca de la que sobresalía el libro que la había visto leer unos días atrás. Ella caminó hacia al puesto de Manuel y la sensación que él sentía se hizo más fuerte aún, quería hablarle, decírselo y preguntarle la razón, pero no se animaba a nada más que a mirarla. Luego la vio alejarse al local de enfrente, recorrer unos cuantos más y caminar dubitativa nuevamente hacia adelante.

Aunque algo dentro suyo le decía que no la mirase algo más fuerte hacía que lo hiciera. No puede ser uno de los viajantes -pensó Manuel- todo el mundo la ve, incluso le ofrecieron probarse una pulsera aquí al lado, seguro va a mirar la vieja estación. La joven se mostraba nerviosa y caminaba cuidadosamente, la vio acercarse a las vías, pararse y mirar a su alrededor, estirar los brazos y tocar el aire una y otra vez. De repente, cuando caminaba entre las vías y el andén, vio intermitencias de otra ciudad que no tenía nada que ver con el lugar alrededor, con la estación de ferrocarril y la tranquilidad allí reinante, la joven se asustó y dio unos pasos atrás al tiempo que las imágenes desaparecían. Manuel se paralizó pero al momento reaccionó y salió corriendo y gritando hacia el lugar.

–¡Eh!, ¡eh!, ¿qué hacés ahí?, ¿quién sos?

La joven se dio vuelta al escucharlo y le dijo –¡Uuuuu hasta que te decidiste a venir, ya me estaba yendo sin vos, me parece que sos un poco miedoso eh!

Manuel no entendía nada, desconcertado y mientras luchaba con las sensaciones que la joven le despertaba continuó –¿De qué hablas?, ¿estás loca o algo así?

–Parece que sos nuevo en esto. Mirá te lo explico rápido así me acompañas al otro lado. Existen personas en el mundo como vos y yo que tienen una percepción extrasensorial y pueden ver, oír y sentir cosas que la mayoría no, ¿te pasa algo así? Manuel no podía creer lo que estaba escuchando, asintió silencioso y ella continuó. –Bueno, es por eso, sentimos también la presencia de otros como nosotros, por eso te despierto esas sensaciones inexplicables, a mí también me pasa. Estas personas, tienen la posibilidad además de viajar a tiempos y espacios diferentes a los que viven, contactarse con las personas de esos lugares, encontrarse allí con otros como ellos e intercambiar experiencias para evolucionar y ayudar a las personas a su alrededor. En estas vías hay una de esas entradas, portales o como quieras llamarlo, yo lo vengo buscando desde hace meses y al fin logré encontrarlo.

–¿Y cómo sabés todo eso? –balbuceó perplejo Manuel.

–Mi papá también era como nosotros, él viajo mucho y me enseñó bastantes cosas, yo nunca viajé, era chica para hacerlo, hace tiempo él falleció y tuve que comenzar a investigar sola. Me dejó también este libro –dijo señalando el ejemplar rojo que sobresalía de su yisca- que tiene mucha información sobre lo que somos y las dimensiones que él había recorrido a lo largo de su vida.

– Demasiada información junta, ¿o sea que esto en serio es un portal a otra dimensión?, mientras la joven asentía Manuel continuaba preguntando con mirada inquisitiva, ¿y cómo es esto?, ¿es peligroso?

– Vení, poné el pie ahí, donde está esa piedra y vas a ver –le decía la joven mientras lo empujaba ansiosa. Manuel hizo lo que le pedía y vio intermitencias de una ciudad nueva y totalmente diferente, repleta de gente por todos lados, como si se tratase de un mercado o una zona comercial gigante. Asustado retrocedió.

–Es increíble –continuó la joven- a mí me pasó lo mismo, ¡ah! me olvidaba, soy Lulina, es un nombre wichi, si vamos a hacer esto juntos al menos tenemos que saber nuestros nombres ¿no?

–Soy Manuel y sí, es increíble. ¿Qué querés decir con hacer esto juntos?

La joven continuó sin escucharlo, -Sólo nosotros podemos ver la abertura, pero debemos hallar el sitio exacto para que la entrada se nos aparezca. Hace tiempo que sueño con esto, vení, vamos.

-No, no, no, yo no te dije en ningún momento que iba a ir, es una locura, no sabemos qué hay del otro lado y no quiero saberlo. Más bien preferiría que te olvidés de mí y no me sigas martirizando con tus historias.

-Pero Manuel, cómo no vas a querer conocer lo que hay del otro lado, te aseguro que no hay ningún peligro.

- Lulina no me vas a convencer, lo que yo quiero es dejar de sentir todas estas cosas y volver a mi vida normal, no hay nada que me interese ahí y estoy perdiendo a la gente que quiero con todas estas locuras. Mientras terminaba de decir esto Manuel se despedía de la joven y volvía a su puesto de artesanías. Ella cruzó la calle, se acercó a él y con tono angustiado le dijo –Te mentí Manuel, en realidad no puedo ir sola, puedo abrir el portar pero los viajes sólo pueden hacerse de a dos, cuando te encontré esa tarde en el barrio supe que al fin podría hacer lo que sueño hace tantos años, desde que mi papá se fue, por favor acompañame. Si querés te muestro su libro, lo tengo aquí, vas a ver que no hay ningún peligro, somos parte de algo que puede servirnos para ayudar a la gente a nuestro alrededor Manuel, no todos tienen esa posibilidad.

La batalla interna de las últimas semanas se hacía sentir en Manuel, advirtió el cansancio y el dolor en su cuerpo. El rostro de desconsuelo de Lulina lo hacía sentir culpable, al mismo tiempo quería dejar de lado todas esas vivencias y sabía que cruzar el portal no era la forma de hacerlo. Finalmente se decidió y sin encontrar otra salida pactó –Sólo te acompaño si me prometés que después de esta vez te vas a olvidar totalmente de mí y de que soy una de esas personas que decís.

-Absolutamente prometido, -soltó recuperando los ánimos la joven.

Llegaron de nuevo al lugar donde estaba la entrada que se abría ante ellos y cruzaron juntos, aunque Manuel continuaba dudoso. El nuevo mundo se presentó deslumbrante ante sus ojos, al estar del otro lado Lulina miró cuidadosamente alrededor y explicó a Manuel que debían recordar el lugar para encontrar el camino de regreso. Extasiados miraban un lugar totalmente diferente a lo que conocían. Las personas estaban vestidas de forma antigua, las mujeres llevaban mayormente camisas con volados y encajes y amplias faldas, los hombres usaban pantalones y chaquetas de colores oscuros. Sin embargo estaban bajo una construcción bastante moderna, una especie de bóveda gigante que parecía contener una ciudad entera. Se veían gajos de cristal esmerilado que partían de un centro lejano al lugar en el que se encontraban y que formaban ondas que subían y bajaban en torno al centro, formando un espacio similar al de una flor de loto apoyada con suavidad sobre el terreno. Las luces que llegaban del exterior se sumaban a pequeños paneles horizontales de luz blanca distribuidos por doquier. También se veían sectores a lo lejos en donde había fuentes de agua y grandes jardines, otros donde aparecían montes de arena y hasta una quebrada, más lejos aún se veían barrios que se encaramaban en los cerros.

Caminaban lentamente, observando todo a su alrededor, parecían encontrarse en un sector de comercios, se levantaban por todos lados pequeños espacios divididos apenas con unas placas de madera, en los que la gente tenía sus productos sobre mesas y los ofrecía a viva voz, los sorprendió escuchar su propia lengua. Al avanzar por los pasillos, siempre juntos, llamó su atención un vendedor de cuadros, eran maravillosos y finamente enmarcados, los tenía apilados por todo su estrecho local. De acuerdo al cliente, ofrecía algunos y se negaba a vender otros. Lulina y Manuel miraban las transacciones extrañados, sin animarse a hablar. En un momento que se quedó sin clientes, el vendedor los miró y los invitó a acercarse. Manuel caminó hasta él dubitativo, al mirarlo el hombre dijo:

-Tengo el cuadro perfecto para vos. Sacó de una de sus grandes pilas una pintura que mostraba un hombre soplando un mundo apoyado sobre la palma de su mano.

Al verlo el joven no pudo evitar decir:

– Ésta imagen me parece conocida.

–Claro que sí –le respondió él- la soñaste la semana pasada.

Manuel lo miró pasmado, recordando al instante su sueño. En ese momento llegaron nuevos clientes y los chicos continuaron su camino desconcertados. Escuchaban conversaciones en las que se hablaba de forma continua y totalmente habitual con términos como planos paralelos, vidas pasadas, premoniciones, vibración espiritual, energía y tantas más. Sin duda era una ciudad y quizás una dimensión donde se vivía la espiritualidad de forma totalmente diferente a la que ellos estaban acostumbrados. Luego de escuchar otras tantas conversaciones y observar las compras y ventas de los productos que se ofrecían llegaron a la conclusión que la moneda de cambio que utilizaban en ese lugar no era el papel moneda, el oro, la plata o las piedras preciosas, como ellos estaban acostumbrados, sino más bien el tiempo, hablaban y negociaban en horas minutos y segundos. Parecía tratarse de una especie de trueque en el que las personas intercambiaban sus productos por el tiempo que los otros podían ofrecerles, tanto para la confección de otros productos, arreglos en el hogar e incluso la enseñanza y la lectura. Para Manuel éste mundo se asemejaba mucho más a lo que siempre había imaginado como ideal, se sentía a gusto en un lugar extraño, esto le agradaba y le asustaba al mismo tiempo.

Lulina se veía inquieta, como buscando algo, constantemente analizaba los rostros que se cruzaban ante ellos y respondía a las consultas de Manuel con evasivas, suponiendo que se trataba del asombro y temor por todo lo que estaban viviendo, el joven intentaba tranquilizarla. Al dar la vuelta en uno de los corredores Manuel se quedó petrificado, permaneció parado en medio del corredor con la mirada fija en un anciano que estaba sentado tranquilamente en uno de los pequeños locales, tallaba muñecos de madera con una navaja y tenía distribuidos en la mesa frente a él los más variados modelos. Las lagrimas comenzaron a recorrer sus mejillas mientras Lulina miraba intermitentemente los rostros que se comenzaron a mirar como hablándose. Luego de unos segundos que parecieron eternos, Manuel pronunció ahogadamente las palabras: abuelo, se acercó tambaleante al lugar y se abrazaron con la intensidad de una larga ausencia.

-Cómo es posible esto abuelo –susurró el chico.

-Eso me preguntó yo, aunque siempre supe que en algún momento aparecerías Manuel. Esto es posible porque yo pertenezco a este lugar, mi cuerpo físico desapareció allá pero vino a continuar viviendo aquí. Hace mucho tiempo, algunos de nuestros antepasados viajaron a la dimensión impasible, como la llamamos aquí, las cosas estaban muy mal por allá y el objetivo era volver a sembrar la espiritualidad y el amor que se aleja de lo material, se logró un gran cambio pero queda mucho por hacer, por eso cada descendencia de esos primeros viajantes sigue cumpliendo la misión, vos sos uno de ellos. A eso se debe tu eterna búsqueda pequeño, algo dentro tuyo sabe que hay cosas que están más allá de tu vida diaria, sé que estuviste dudando, ya no hay razones para hacerlo, eso de lo que te escapas es lo que realmente sos y cuando lo aceptés serás capaz de cosas maravillosas.

Manuel escuchaba a su abuelo entre sollozos, no podía creer estar otra vez tocándolo, abrazándolo, había sufrido tanto con su ausencia. Sus palabras aclaraban las dudas, temores y angustias que lo acompañaban desde hace años, él era parte de esta dimensión en la que se sentía tan cómodo y tranquilo. En ese momento supo, que ese viaje era el comienzo de una nueva vida, un nuevo camino por recorrer, una travesía que ahora se presentaba claramente ante sus ojos.

Se quedó charlando con su abuelo largo tiempo mientras Lulina iba y venía recorriendo el lugar, luego de lo que parecieron muchas horas su abuelo les advirtió que ya era hora de volver, la gente comenzaba a retirarse de los puestos. En ese momento la joven le consultó por un hombre, Manuel advirtió que la joven buscaba a su padre, pero al parecer no pertenecía a esa dimensión, Lulina se entristeció por la respuesta e insistió en emprender el camino de regreso.

Sabían sin conversarlo que éste era sólo el inicio de un largo recorrido juntos, conociendo nuevos espacios paralelos y tratando de encontrar respuesta a preguntas de su mundo. Comenzaron entonces a buscar el camino de vuelta, iban y venían por pasillos que parecían sucederse una y otra vez. Finalmente al dar vuelta por una esquina que creían haber cruzado varias veces, encontraron el sitio exacto. Se tomaron de las manos y dieron el paso de vuelta a la dimensión impasible.

Era ya de madrugada, el lugar estaba completamente vacío, las luces de un auto que pasaba los encandiló e hizo retroceder. En medio de la noche, en la esquina frente a ellos, sólo podía verse un puesto de artesanías abandonado en medio de la calle, ante tanta desolación lo sintieron como el saludo de bienvenida a este mundo. Mientras tanto, en el interior de Manuel, las nuevas percepciones y sentimientos de los que tanto había querido huir comenzaban a crecer a pasos agigantados.

jueves, 28 de febrero de 2013

Cuantas Mentiras


Hill


Para el cumpleaños número quince de Gloria, la más joven de la casa y la más consentida por ende, su padre un hombre entrado en años, pero muy joven de espíritu, quería agasajar a su hija. Así que buscó a la señora Tulia, ella se encargaría de todo, no había nada que le agradara tanto como el olor de la carne asada, aprendió de carnes, cortes, maderas, carbón, e hizo varios cursos de decoración de eventos para combinar todo su saber con gusto.

El día señalado llegó la señora Tulia con un pequeño ejército de nueve personas.  En cuestión de tres horas ya estaba decorado el jardín al mejor estilo del llano, y la carne en proceso, despacio, como ella decía: “La dificultad  está en el manejo del fuego y su cocción se asemeja a la vida en el campo, tranquila, sosegada y sin apuros, ya que los animales en asador se cuecen con paciencia”.

Al medio día la gente tenía el lugar lleno, las mesas empezaron a escasear y la carne estaba en su punto cuando la señora Tulia empezó a llamar a la gente para servir, acompañando el plato con plátano, papa, chorizo, cordero, lechón, pollo, morcilla, salchicha parrillera. Todo en un ambiente de fiesta. Mientras la gente comía, se encontraba amenizando el grupo El Arpa Llanera, cuyo principal atractivo era precisamente el manejo del arpa brillantemente interpretada por Amelia.

Así se celebraba en la casa de sus padres cualquier acontecimiento, comida, bebida, música, y muchos amigos.

 –Sí, extraño esa época, mis padres gozaban atendiendo  a sus invitados, daría lo que fuera por estar nuevamente ahí, pensaba Gloria en medio de un mar de lágrimas, sentada frente a la ventana de la sala de la que hasta hoy fue su hermosa casa.

Ella misma la había escogido. Cuando le contaron del proyecto de casas, su diseño y los colores, realmente no estaba muy convencida pero aun así, fue y se enamoró de la casa, lo primero que apreció fue el frente esquinero que le encantó, parecía una casa estilo mexicano, los colores que tenía eran bien atrevidos, amarillo las paredes y los marcos en azul, puerta rustica café, los ventanales con el marco en la misma madera café adornado con rejas metálicas color cobre. A lado y lado de cada ventana había dos lámparas largas de metal que haciendo juego con las rejas daba el complemento perfecto, para no necesitar nada más que oscureciera para dar el toque de elegancia de esa luz blanca, alumbrando ambos lados de la ventana. En la planta superior se alzaban dos balcones pequeños pero adorables ya que los decoró con flores colgantes que daban contraste de rojos y blancos en la pared amarilla.

El hall de entrada consistía básicamente en un muro con un mueble antiguo de madera de cedro, que contenía ganchos metálicos para colgar abrigos. A la derecha  estaba la sala,  ella misma la había pintado color terracota y consiguió un sillón grandísimo en azul centrado entre dos mesas de piedra, adornadas cada una con una lámpara en base de arcilla y pantalla en tela amarilla, bombillos del mismo tono para que la luz que emerja de ese tono a la pared, mesa de centro en madera oscura con tres candelabros con velas blancas como único adorno, a la izquierda el comedor, que pintó en un beige, mesa de seis puestos de madera de cedro, para sus paredes había colocado su colección de cuadros oscuros y claros. La cocina era un área de lujo, muy espaciosa con ventanas largas, consistía en una enorme mesa de mármol café muy claro, muebles en madera, y los electrodomésticos de  última generación. 

La segunda planta, era el área de habitaciones, para esta zona había conseguido muebles de estilo colonial, con esos arcones de madera, aparadores y vitrinas labradas y talladas minuciosamente, baúles y mesas de noche en cedro, la había decorado delicadamente cada detalle, pintó cada una de las habitaciones…Pero la que tal vez disfrutó más fue la decoración del cuarto de la niña, se esmeró en cada figura de las paredes, la cama se la encontró en una venta de garaje y pagó casi nada por un castillo de princesa.

Su hermosa casa, que la mantenía llena de amor y cuidado, hoy la perdía. No sabe cómo su vida plena de momentos alegres cambió, para volverse un paraje tan sombrío. Ayer celebración, hoy decepción. Las malas decisiones se pagan y a qué precio.

Al otro lado de la sala, el  marido de Gloria, un hombre agradablemente vestido, excelente gusto, dueño de la sonrisa perfecta, cabello canoso, sus ojos color miel, alto, con cuerpo atlético trabajado duramente en el gimnasio, definitivamente muy bien parecido… Se encuentra angustiado. Un sudor frio recorre su cara, él, que todo lo sabe, él, que nunca se equivoca, lo que nunca pensó que le iba a suceder, estaba ante sus ojos. 

Pero José realmente nunca pensaba nada, las cosas salían y se solucionaban solas, la suerte siempre fue su compañera en la vida.

Cada día conocía a alguien que terminaba salvándole el pellejo convencido de la buena acción que llevaba a cabo, por eso habla con todo el mundo. Necesita dominar las conversaciones, las ideas y necesita ser el centro de atención en todo momento. Su simpatía es increíble, la gente realmente goza escuchándolo con interés, por supuesto  es capaz de sostener una conversación de cualquier tipo ya sea política, deportes, economía, belleza, literalmente devoraba el periódico y cuanta revista le llegaba a sus manos, para poder tener siempre un tema a tratar -cada día hay que estar enterados de todo lo que pasa y lo que no.

En casa de José, su mamá le sostuvo siempre sus grandes ideas de adolescente, a ella éste hijo la mantenía embelesada, siempre había algo hermoso que decirle, -mami  no sabes la suerte que tengo de ser tu hijo. -Mami eres la más linda de todas las mamas que yo conozco, las de mis amigos son como feítas y viejitas pero tú, eres preciosa. Y en medio de tanta adulación, era cómplice de sus mentiras, sus escapadas nocturnas por la ventana, sus ensayos a escondidas con la banda del colegio, su pasión por las fiestas, donde mostraba sus dotes de guitarrista y conquistador neto. También le ayudaba con su ropa a la moda, que consistía básicamente en pantalones de todos los colores, bota campana abajo y muy ajustados en cintura, camisas de flores gigantes, figuras geométricas, formas psicodélicas, con un atrevido cuello en pico, zapatos de plataforma, por supuesto, pelo larguísimo, y además había que llevar patillas muy anchas, si, definitivamente su mamá, era su aliada en todas sus aventuras y no fueron pocas.

Entretanto su padre solo tenía tiempo para criticarlo, ya que su ropa no le gustaba, sus zapatos no eran los adecuados para un hombre, su manera de caminar era ridícula, y ciertamente el pelo espantoso, para él, era un greñudo sucio,-¿hasta cuando voy a tener que soportar este vagabundo en mi casa? -¡Mujer!- gritaba más fuerte, para que su esposa estuviera presente.-Cuando voy a tener paz en esta casa sin tener que verle la cara a éste individuo con cara de hippy mariguanero ¡Dígame! ¿Cuándo va a ser usted capaz de decirle a su hijo que se vista como una persona normal?  Quiero que se comporte como un hijo, que no me avergüence, que no parezca diferente, ¡por qué no  se comporta como sus hermanos mayores ellos sí son hombres respetables!

En ese momento los gritos de Gloria lo sacan de la escena con su padre.

Gloria está realmente alterada. –Aquí, que te estoy hablando ¿José, como puedes ser tan mentiroso?  A lo que no pudo contestar o no encontró una mentira más, o sencillamente estaba cansado de mentir, y bajó su mirada. No podía soportar su mirada inquisidora. Sabía que toda la culpa era suya. Su mujer encolerizada, ya roja de la ira gritaba, -¡ayer me dijiste que tenías al día las cuotas de la casa! Has tenido el dinero mes a mes, dime que has estado haciendo, los niños se quedan sin casa por tu culpa, ¿acaso eres estúpido?

Pero José no contestaba nada, estaba pálido, petrificado. Hacía dos años que venía pagando desordenadamente un mes si, dos no, y así los llevaba a los del banco con un préstamo aquí otro allá, con uno pagaba el otro, y su juego acababa de terminar ya no pudo tapar más las deudas, su castillo de mentiras sucumbió, y  siendo realistas, debería haber caído hace rato. Pero como era muy bueno para adular, y su físico siempre le ayudó, tenía a todas las secretarias de su parte y ellas ciertamente, retrasaron hasta donde se pudo ese embargo. Pero ya era inevitable, hizo de todo menos pagar a tiempo, la situación se le fue saliendo de las manos poco a poco, y se ahogó.  Nunca creyó que esto pasaría siempre un milagro lo salvaba, esta vez nada lo evitó.

Y volvía a otra escena en la casa de sus padres, cuando su hermano mayor estaba muy enfermo, parecía que faltaba poco para morir. José tendría seis años justo entraba a la escuela, su hermano aquejado podría estar sobre los veinte años, siempre fue el orgullo de papá, alto de contextura gruesa, ojos verdes iguales a los de su padre, serio como si tuviera muchos años más, estudioso y muy guapo, un verdadero tesoro, siempre lo presentaba como mi hijo el abogado, aunque todavía faltaban dos años para finalizar sus estudios, el padre estaba logrando en él lo que siempre quiso para sí, pero no tuvo la oportunidad, ahora pendía de un hilo la vida de su hijo adorado, estaba verdaderamente desesperado.

Un silencio sepulcral habitaba la casa, no se podía ni hablar, su padre parecía un fantasma vagando por los pasillos, entraba y salía de las habitaciones. No decía nada. Pero su cara lo decía todo, su preocupación no lo dejaba ni salir a trabajar, en cualquier momento ocurría lo inevitable y él tenía que adueñarse de la situación. Era un hombre muy duro, tanto que sus sentimientos no podían salir a flote. Había sido criado así, absolutamente seco e inexpresivo. Entraban médicos, enfermeras, hasta un sacerdote fue convocado.  La casa parecía un hospital. Todo el esmero estaba centrado en su hermano en estado crónico.

Fue entonces cuando José tuvo la genial idea de llamar la atención de todo el mundo, empezó a gemir por un supuesto dolor, en complicidad con su hermana Teresa, estaban más que  aburridos de estar callados y como parecía que nadie le prestaba atención, José empezó a chillar como un perro al que están degollando.

Su padre entra a la habitación vociferando: –¡Silencio estúpido! Pero José tenía que salirse con la suya, había una apuesta con su hermana de por medio, y gritaba más y más duro agarrándose el estómago,-me duele mucho, gemía- ayúdenme, y para hacer más verás el cuento empezó a llorar, lo cual le resultaba muy fácil, siempre fue uno de los medios para manejar a su madre.

Ya su padre iracundo y descontrolado por los gritos de José, mandó llamar una enfermera de la habitación de su hermano mayor  para que lo asistiera, pues la paciencia era algo desconocido para el señor. Y salió de allí. La enfermera con gran cariño le preguntó por sus supuestos dolores, enseguida fue a la cocina a preparar un agua de manzanilla, que le juró era el remedio más adecuado para estos males. José inmediatamente aprovechó la situación y se abrazó a la enfermera, porque ella sí sabe quitar los dolores.  

Que fácil fue engañarlos a todos y la enfermera… – Y que linda que está, tengo que lograr que esté conmigo y no con mi hermano. Se prometió. Y empezó a planear como podría quebrarse un brazo. –Con eso la tendré a mi lado por mucho tiempo.

El sonido insistente  del timbre lo devuelve al presente. -Esto está muy mal, se dice en voz baja, y va hacia la puerta. Es entonces cuando los del embargo entregan la notificación para empezar a llevarse todo.

 –Pero señor aquí debe haber algún error-, y empezó a hablarle para buscar por donde se abría una salida.


Pero hoy era el día definitivo, tenía que entregar la casa. Toma los papeles y empieza a revisarlos para hacer tiempo, pero igual tiene que firmarlos, el encargado le dice que los puede leer todo el día, pero ellos tienen que empezar a sacar todo de la casa.  Ya no tiene nada que hacer y termina por firmar.

José sale de la casa apresuradamente, no aguanta la tristeza,  y no puede darle la cara a su mujer.  Siempre trata a los demás como si le debieran respeto o si tuvieran que rendirle admiración, se rehúsa a disculparse, de alguna manera allá en lo profundo de su cerebro siempre tiene la razón. Y si nos remontamos a su pasado, nunca pudo enfrentar ningún problema solo, mágicamente alguien se lo solucionaba, porque talento siempre tuvo para enredar a la gente a punta de hablar, la capacidad de convencer a cualquiera de lo que fuera, por absurdo que pareciera, José, es capaz de darle la vuelta  a la moneda y ver la situación desde otro punto de vista. O sea el que él necesitara. La adulación típica siempre empezaba con: “¿Esos ojos suyos son de verdad? Porque son los más bellos que yo he visto, en serio, son adorables, pero no me mire así, le estoy diciendo toda la verdad y nada más que la verdad, créame”. Eso acompañado de una sonrisa, más una mueca de picardía, bastan segundos para hacer efecto. Ya en este paso las secretarias estaban a sus pies. Máximo cinco minutos  más y la transacción que necesitara estaba hecha a satisfacción. Por eso confió siempre en su don. Ahora la había abandonado, estaba perdido.

Empezó a andar la calle sin rumbo fijo, abatido, al cabo de media hora llega al bar de su amigo Felipe, es su escondite favorito. Allí  escapa de todos, nadie lo molesta, además es un sitio perfecto ya que puede conocer gente nueva todos los días. Con lo que no contaba era que su amigo ya sabía del embargo y le pidió que saliera de ahí y no volviera, ya ni siquiera quería que le pagara la deuda  que tenía del bar, ahora José siente un estremecimiento, como un baldazo de agua fría, la sensación de desespero empieza a tomarlo en sus garras, tiene dificultad para respirar, siente temblores  y el mareo es muy fuerte, está sudando copiosamente. Salió y se sentó en la acera. Su corazón se le iba a salir del pecho, y tenía un dolor tan grande, que rompió a llorar.

Recordaba cuando estaba en el colegio y llegaba súper temprano a la puerta, siempre se sentaba solo en la acera a esperar que abrieran, entrar  primero y vigilar el reloj era su pasatiempo, después de todo salir de su casa era mucho mejor que encontrarse con su padre tan de mañana, escuchar su discurso matutino era toda una tortura,- sus hermanos si pueden hacer esto y usted no, deme un motivo por el cual usted es tan inoperante.-Sus hermanos tienen mejor gusto para vestir, o para caminar, o para comer o para lo que fuera.- Usted con eso de la música se va a morir de hambre, no quiero que vuelva a ensayos, a mí no me venga con ese parloteo, en esta casa se estudia, ninguno de mis hijos le dio por estar disque en una banda, eso es una sinvergüencería para no llegar a hacer tareas.-¡Y míreme a los ojos cuando le hablo! Parecía que lo odiaba cada vez que hablaba, o al menos eso pensaba, -así que es mejor desaparecer antes que baje a desayunar. Aunque tuviera que llevarse un pan para el camino, lo gozaba más que una regañada, y su padre era un experto en buscar un detalle por pequeño que fuera para ponerlo con la cabeza gacha, porque si intentaba decir la más mínima palabra, ésta inexorablemente sería usada en su contra.

Mientras tanto, Gloria se pone peor al ver como su marido escapa  nuevamente de los problemas. Ella siempre fue una persona fuerte, capaz de soportar presiones y agresiones constantes, pero su autoestima se ha debilitado mucho debido al continuo maltrato psicológico que ha sufrido, José sabe cómo manipular a “aquellos que se someten al poder de sus encantos”, pero sólo se ama a sí mismo, es un maestro en el arte de ser despectivo y egoísta, tiene un apego excesivo a su narcicismo, necesita confirmar permanentemente que al otro le importa, que lo elige y sobre todo que lo admira.

Se acostumbró a soportar una relación abusiva durante demasiado tiempo, ella pensaba que un día iba a poder cambiar “mágicamente” al abusador, lo amaba demasiado. Sin embargo… Tiene en su contra una personalidad sobre protectora, desde que era niña siempre cuido de los demás, amén de ser excesivamente tolerante y condescendiente. Siempre tuvo problemas para poner límites y decir "No" aunque estuviera absurdamente enojada terminaba haciendo lo que le pedían. -Gloria consígueme esto o lo otro pero para hoy, y aunque tuviera que volverse dos o tres, lo lograba, daba todo de sí para que el resto del universo estuviera bien.  Dio por sentado que lo que dicen los demás es "ley" y siempre obedecía, lo cual producía en sí misma una ira que se encargaría con el tiempo de producirle esos dolores extremos, ya que  su rostro mostraba amabilidad pero su interior estaba ardiendo de la cólera que se tragaba.-¡No es justo! Pero de ahí no pasaba.

Siempre con la misma pregunta: ¿Porque esa necesidad suya de ser “protegida”? Soñaba con el príncipe azul que la sacaría de todos sus problemas, el caballero que por fin la trataba bien, la abrazaba y amaba, sin tener que ser grosero, ¿era mucho pedir?

Hace unos años José quedó cesante, la empresa para la que trabajaba quebró, y sin aviso previo quedó en la calle, pero ella siempre positiva lo apoyó, lo sostuvo, lo protegió. Pero nunca le recriminó su agresión hacia ella y los niños,-pobrecito está muy preocupado por no tener trabajo- y así guardo silencio para supuestamente ayudarlo, -él debe sentirse muy mal- se convencía a si misma, y lo dejó empeorar cada vez más su grosería, y dado su bajo nivel de tolerancia, y su temperamento explosivo, cualquier incidente menor desataba su agresión, gritos e insultos al cual más despectivos, eso incluía el llegar a casa y encontrar la cocina sucia, los juguetes en “desorden”, el café no estaba hecho y fresco, la camisa que se iba a poner era la única sin planchar, demasiados chillidos de los niños en su presencia, debían encerrarse en sus habitaciones o cualquier otra cosa que se imaginara…No había manera de adivinar por qué se enojaría ése o el otro día. Hasta que se hizo una constante y ya Gloria perdió su horizonte, solo vivía para proteger a sus hijos contra su mal trato, soportar su limitación económica ya que en su casa se gastaba y comía solo lo que él creía necesario y siempre se gastaba de más y venía la cantaleta –¿ustedes creen que la plata crece en los árboles?- Aquí yo solo trabajo y trabajo mientras ustedes  no colaboran para nada, tienen que tener sentido de propiedad, -la vida es muy dura, -cuantas veces les tengo que decir que apaguen las luces,-¡mientras ustedes vivan debajo de este techo yo pongo las reglas! Y emocional pues nadie tiene el derecho de llorar, ni siquiera mantenerle la mirada, pues es un signo de subversión, todos tienen que bajar la mirada, cuando está hablando o regañando, situación que  se convirtió en su deporte favorito. Tristemente José necesita de personas sumisas que se sometan a su voluntad.

Y lloraba en silencio en su lecho cuando ya todos dormían, se perdió a sí misma en su afán de cuidar a sus hijos. Trató de acordarse cuando empezó a beber si, exactamente cuando su mamá murió, ese mismo día, el día fatal. Nunca pudo soportar  la ausencia de su madre. Esa fecha lo marcó. Comenzó a llegar cada vez más tarde a la casa, sin aviso. Y Gloria pegada del teléfono, pendiente de alguna noticia, angustiada por la ausencia de José, ignorando su paradero.

Suspirando con dificultad recordó esa época, estaba embarazada del tercer bebe, lloró todo el tiempo, malo si llegaba porque aguantaba la grosería, malo si no llegaba. José tiene la particularidad de parecer amable, educado y compasivo en público, pero es cruel, sarcástico e irónico en privado.  Obsesionado por revisar las pertenencias de Gloria, invadía su privacidad si es que algo quedaba. Desarrolló una fuerte necesidad de controlar a los demás o de restringir los derechos y la libertad de las personas a su alrededor.

Ordena o exige, no pide ni tolera que sus necesidades no sean satisfechas inmediatamente.

La depresión tocó fondo cuando  dio a luz. No quería levantarse siquiera, los dolores de cabeza, de espalda, así como la sensación de opresión en el pecho, todo el día con un  nudo en la garganta, taquicardia, y a eso sumada la impotencia para caminar por el dolencia que le producía la sutura de la cesárea. Había días que quería desaparecer, el sufrimiento físico era demasiado, y peor aún el dolor del alma.

La tristeza solo lograba vencerla al despertar y ver la carita de su hijita. Ese rostro de ángel siempre le sonreía, verla en las mañanas lograba hacer reír su corazón, sentir que su miradita la ve, ofreciéndole su mejor expresión de júbilo. Fue su gran luz la que logró iluminarla. Por ella sacó coraje de donde no había, fue su mástil y por ella se levantó.

Siguieron pasando los días, trabajó  duro para sacar adelante esos hermosos hijos, a ellos les dio todo, lo que fuera siempre lograba conseguirlo, la mayoría del tiempo por supuesto a espaldas de su esposo. Pero para ella nunca hubo tiempo ni espacio, nunca se cuidó a si misma pues su prioridad eran sus retoños, y nunca pero nunca fue capaz de callar la grosería de su marido.

Pero el tiempo todo lo va cambiando y ese inmenso amor fue mermando lentamente,  inadvertidamente la amargura invadió su alma, su hermosa cara se fue transformando en aburrida y sin vida, la risa desconoció su rostro, su cuerpo fue engordando, caminar se volvió lento, sus dolores se hicieron crónicos, la depresión hizo presencia permanente.

Su corazón se encerró en una coraza, sus lágrimas olvidaron su camino, en la vida llega un punto en que uno se pregunta,- para qué llorar. Sus ojos antes vivos y expresivos los entrenó para mostrar cara, de- todo está bien, todo lo tengo en orden, mi vida es perfecta. Nadie diría que esta mujer tenga algo en desorden, -su vida marcha seguro, a las mil maravillas. Eso pensaba la gente. Pero por dentro está totalmente destruida, su mundo se fue desboronando lentamente, con el día a día.

Y hoy por fin le asestaron el golpe final, ya todo pasó, no faltó nada para matar su lucha, es hora de pensar el siguiente paso.

Como fuera lograría sacar las cosas de los niños y algo de ropa. Estaba contra el tiempo porque los del embargo no iban a dejar nada en la casa, Gloria corría de una habitación a la otra, ni siquiera encontraba en que empacar las cosas, Sus hijos no estaban en casa y no sabía por dónde empezar para no dejar las cosas de valor para cada uno de ellos, cuando se encontró con el jefe de la cuadrilla, tuvo que suplicar, -empiecen por abajo llévense todo, pero déjenme sacar las cosas de mis hijos, ellos son lo más importante para mí, se quedaron sin casa pero sus cosas personales por favor déjeme sacarlas. El señor no tuvo nada que decir, pero tenía que cumplir con su trabajo, así que dio la orden de bajar y sacar primero lo del piso inferior.

Gloria respiró mejor, ya le dieron algo de espacio para correr de un lugar a otro, empezó por la habitación de su hijo mayor, buscó la computadora, los juegos, todo lo electrónico que se encontró, abrió el closet y sacó la ropa colgada, él era muy ordenado la tarea estaba fácil aquí. Siguió con el segundo hijo, éste es más difícil no se sabe dónde deja nada, empezó a abrir y revolcar todo y ver que iba apareciendo, -esto le gusta, esto no sé cuánto, libros tengo que llevarlos todos. Las ideas iban y venían a toda velocidad, le costaba respirar, tenía que mantenerse fuerte, no podía dejar atrás algo medianamente importante para sus hijos, debía ver cada objeto con detalle, no podía literalmente llevarse todo. El closet era todo un reto, así que resolvió sacar por montones de cada entrepaño y confiar no dejar su ropa preferida. Ahora el cuarto de su hija, en ese iba a necesitar más tiempo ya que como es tan acumuladora de pequeñeces, no podía dejar olvidado nada, pero las cosas se mejoraron ya que tenía estuchitos para todas sus colecciones y se encontró una maleta rosada en su closet, empezó a empacar toda el vestuario de la niña, a ella le encantaba compararle cosas, si había algo que disfrutaba comprar era vestidos de niña, no iba a dejar nada, las muñecas, los juguetes, de ésta habitación había mucho por empacar, fue organizando y haciendo montones en las puertas de las habitaciones. Luego llegó a su cuarto por su ropa, sacó solo lo indispensable, volteó a revisar que más se llevaba y se dio cuenta que no quería nada de allí. Y ya sin nada más que hacer le pidió al mismísimo encargado del embargo, que le diera unas cajas para sacar todo al carro, que afortunadamente nadie había dicho si entraba o no en el embargo, y en este caso lo mejor es siempre no preguntar.

Terminó de llevar todo al baúl del carro que quedó lleno, el asiento de atrás apenas dejo espacio para una persona, ni modo tendrán que apretarse un poco. Ya en la puerta de la que había sido su casa hasta hace una hora, un último vistazo, entró en el carro, ya se habían secado sus lágrimas no quedaba ninguna. Y se alejó.

Tenía tres horas mientras sus hijos salían del colegio, así que parqueó cerca, para tomar respiro.  –Tengo que pensar que hacer. Primero para donde voy. Sacó su teléfono y marcó. En éste caso la primera opción es su mamá. La llamó y casi no  pudo poner sus pensamientos en orden, hablaba en un completo caos, su madre la calmó, la escucho con ese amor infinito, -definitivamente quiero a mis nietos en casa.-Los recibo de mil amores. Le dice que se dispone inmediatamente a alistar las habitaciones, su padre está encantado con la idea, tiene la casa llena otra vez.

Sus padres viven un poco lejos, en las afueras de la ciudad en el campo abierto. Entonces… Gloria se imagina como serán sus días en una casa donde su próximo vecino esta a un kilometro de distancia, suena maravilloso. Se dice a sí misma. -Empezare de nuevo, tengo que hacer mi vida con mis hijos, lejos de José.
Pasaron las horas y va a recoger sus hijos, acomoda los niños como puede en el auto, les dice que van de paseo no muy lejos, pero que trajo sus cosas, nada les va a hacer falta y para tranquilizarse a sí misma pone música y empieza su camino, hace frío, pero no le importa. Ahora  sonríe, hacía rato que no sonreía, ésta situación se veía venir y por fin se sentía libre, ya podía darle gracias al universo por lo que vendrá.

Mientras, José regresa al bar de su amigo y vuelve a hacer gala de su don del habla, su amigo lo recibe y se sienta solo en una mesa al fondo, lejos de todo, aunque el sitio realmente es muy pequeño, la música se coloca en una vieja rockola  con discos de una colección bastante pasada de moda, pero los clientes nunca se quejan, nadie recuerda si alguna vez hicieron alguna remodelación, siempre fue así, mesas sencillas de madera oscura, lámparas que  penas producen algo de luz. La mayoría son vecinos, y éste es un bar de barrio, nada ostentoso, más bien son como de la casa, el dueño conoce a cada uno y los saluda por su nombre, han sido conocidos de toda la vida. Así que, con un trago en la mano José medita en los errores cometidos, cada vez ganaba más, y no tenía un cinco.

Claro, porque nunca puede negarse a los pedidos de sus hermanos, ni cuando su hermana le pidió para las cirugías estéticas que fueron muchas y muy costosas, ni para el arreglo del carro estrellado de su hermano,-tal vez hubiera sido más barato comprar uno nuevo. Si, a él le tocó ingeniárselas para el envío de su sobrina a estudiar en España, así se empezó a descuadrar su presupuesto. Una plata para pagar aquí y allá. Ellos sabían cómo manejarlo, su padre les había enseñado, cada vez que lo menospreciaba y le gritaba: -¡ayude a sus hermanos pedazo de inútil!-¡Usted es un bueno para nada! Ellos sí valen la pena.

Cuanto daría en éste momento saber  por qué nunca pudo agradar a su padre, o al menos por qué  todo lo que él  hacía, indudablemente siempre estaba mal, y jamás obtuvo su aprobación.

Pero ya era tarde, había fallecido la semana pasada, y el único encargado de su funeral fue él, sin la compañía ni ayuda de sus hermanos, ya que ellos estaban verdaderamente ocupados en sus asuntos como para colaborar o al menos aparecerse para despedirlo.

-El mundo estaría mejor sin mí. Y apuró su copa.