lunes, 21 de marzo de 2022

Conociendo al enemigo

Rosario Sánchez Infantas


No es que no pudiera dormir, no había dejado de pensar toda la noche. Illary (amanecer) tenía el cuerpo entumecido por haber pasado la noche sin cobijas, acurrucado sobre el suelo irregular y recubierto por hierbas silvestres. Abrió los ojos, una tenue luminosidad le permitió ver la pequeña habitación circular de paredes de piedra, el aire helado se calaba por los resquicios del improvisado techo de matas leñosas. Era un muchacho delgado, de aproximadamente catorce años, de tez morena; su agraciado rostro se mostraba demacrado y con grandes ojeras. Vestía como un hombre del pueblo inca: una túnica que le llegaba hasta las rodillas, un manto a modo de capa, ambos de lana de auquénido y sandalias de cuero.

Afuera algunas avecitas entonaban sus cantos matutinos. Clareaba el día once de junio de 1534 y desde aquel macizo de cerros se veía el amplio y fértil valle que se extendía por setenta kilómetros hacia el sur en la región central andina del imperio de los incas el cual abarcaba cuatro mil kilómetros en lo que varios siglos después sería América del Sur. En las zonas altas los pastizales dorados contrastaban con los abundantes árboles de diversos tonos de verde; en el fondo del valle, cultivos multicolores. Un azul claro se iba imponiendo a los celajes naranja, oro y rosa en el límpido cielo.

«¿No te has ido mal sueño? ¿Cuándo vas a acabar?  –dijo con la voz quebrada mientras se incorporaba hasta quedar arrodillado, inclinó la cabeza y, llorando ruidosamente como un niño pequeño, se dejó caer. Con el rostro en el suelo, lloró mucho tiempo–. ¿Para qué esta vida sin amor, sin alegría, sin vida? ¡Nunca más te veré, madre querida!… –dijo, fijando su mirada delante suyo, como si la recordara y volvió a sollozar–, padre mío, sombra, cobijo… Uchuykilla (luna pequeña), Shullahuayta (flor del rocío), hermanitas mías nunca más reiremos juntos, nunca más juegos, nunca más cantos, ni sus mentirillas serias. –Agitó la cabeza y suspiró. Se quedó unos instantes en silencio y, al parecer recordando algo grave, se incorporó de manera violenta–. ¡Pacha-tikray! ¡Todo se ha vuelto! ¡Nada sirve! ¡Es el fin de nuestro mundo! Alanceados, degollados, humillados y ciegos sin poder creer en lo que creíamos. Han encarcelado y matado a nuestros gobernantes, Sapa Inca, hijos del sol. ¡Cuánto te he pedido madre luna, borra los malos sueños, devuélveme a mi familia, a nuestras comunidades y su buen gobierno!».

Allí, en Tunanmarca (pueblo en la cima) a tres mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, a cero grados de temperatura, en una altiplanicie, entre cientos de pequeñas construcciones pétreas semiderruidas, el muchacho se sentía seguro. Antes del siglo XV, cuando los incas conquistaron esta región, diversos asentamientos humanos se ubicaban en las cimas de los cerros que conforman el valle; integrados al imperio incaico vivieron en poblados en el fondo de la amplia hondonada. Ahora el abandonado pueblo preínca era un buen cobijo para quien quisiera esconderse, lejos de los caminos principales y de las poblaciones, y no ser visto por los invasores españoles que ya se habían afincado en el imperio incaico tomado por asalto y empezaban a fundar ciudades bajo su gobierno, como la ciudad de Jauja, al pie de donde Illary se encontraba. Contar con el apoyo de un gobernante inca títere facilitaba la consolidación de la conquista española.

Illary recordó a su perdida familia. Orqo Wuaranga, su padre, a quien no veía hacía cuatro años, tendría ahora cuarenta años. Era alto, de piel oscura, fornido, parco y preciso. Expresaba su afecto de un modo opacado y algo torpe, lo cual producía profunda ternura en el sensible muchacho. Solía emplear expresiones breves y en un tono pontifical que su hijo creía necesario interpretar con calma. Provenía de Mollepata, un pequeño poblado en la serranía norteña del imperio. Situado en la vertiente oriental de la cordillera de los andes, era uno de los muchos valles interandinos, ubicados alrededor de los tres mil metros de altitud, que intercalaba paisajes agrestes y hermosas campiñas. Dada su proximidad con pastizales para los rebaños reales de camélidos, esa zona se especializó en la realización de tejidos. A los dieciocho años había sido seleccionado para recibir entrenamiento militar. En 1519, a los veintiséis años, Orqo Waranqa tomó como esposa a Cusirimay (la del alegre hablar), hermosa muchacha del lugar, seis años menor que él.  

La joven esposa del guerrero era morena, delgada, de cuerpo armonioso. Su largo cabello negro enmarcaba un rostro gracioso con hoyuelos en las mejillas y hermosos ojos negros. Ella había sido una paco aclla, una de las mujeres que eran reclutadas aún adolescentes y escogidas para ser preparadas en los llamados acllahuasis, por su origen social o por su excepcional belleza. Siendo hija de un cacique regional, fue dada como esposa a Orqo Waranqa, quien participara en una campaña exitosa en la expansión inca hacia regiones norteñas. Gracias a su formación en el acllahuasi, Cusirimay dominaba la elaboración del finísimo tejido cumbi: aquel que servía para la vestimenta del inca y la nobleza.

Al año de convivir la pareja, nació Illary; seis años después llegaría Shullahuayta y tras dos años Uchuykilla. Todo prometía felicidad a la joven familia; sin embargo, cuando el hijo mayor aún no cumplía los diez años, ya emprendía su viaje hacia el imperio incaico la muerte, el trastrocamiento de su cosmovisión, el oprobio, los arcabuces, los perros de caza con los conquistadores españoles. Hacía aproximadamente dos años, en 1532, inició la invasión del territorio imperial, coincidiendo con la guerra civil que enfrentaba a los hermanos Wuáscar y Ataw Wallpa por la sucesión de Huayna Cápac, el gobernante fallecido, padre de ambos. Además, desde los viajes de aproximación al territorio inca, los europeos trajeron los virus del sarampión y de la viruela que diezmaron a la población nativa. 

Muchas hipótesis había revisado Illary en esa larga noche. Su padre podría haber muerto en batalla pues, fallecido el inca Huayna Capac, Orqo Waranqa había pasado a formar parte del ejército de su hijo Ataw Wallpa. Pese a la ruptura política y social generada por la conquista española y la muerte de sus líderes, los miembros sobrevivientes de las aldeas al tener vínculos familiares, culturales y administrativos y al estar relativamente lejos del camino principal (Capac Ñan) se apoyaban a sobrevivir. ¿Qué había pasado con su madre? Antes de que llegaran los españoles una mujer solía morir por enfermedad o por accidente. Ella había desaparecido en un viaje que hizo desde su aldea a la ciudad de Huamachuco, a una hora de camino. El muchacho y algunos compueblanos la habían buscado sin resultados positivos.

Aunque el hambre le apremiaba esa madrugada fría no dejaba de pensar. ¿Había hecho todo lo posible para encontrar a sus hermanitas? ¿Las estaba abandonando al dejar su tierra? ¿La cobardía le hacía buscar a su madre? Permaneció unos instantes mirando hacia lo alto. Bajó la mirada y parpadeó varias veces, como cuando mentía u ocultaba algo. Sacudió la cabeza y suspiró. Sacó varios objetos de un atado, que permanecía cerca a la puerta. Desdobló una pequeña manta de algodón en la que había un plano rudimentario con algunos símbolos. Destapó un pequeño calabacín alargado que contenía tinta negra. Ayudado por una ramita volvió a tachar los ayllus cercanos al suyo a donde podrían haber ido sus hermanitas y donde no las había hallado. Continúo recordando los hechos recientes de su familia y su pueblo, buscando señales que le ayudaran a hallar a su madre. Esporádicamente, hacía pequeños trazos para señalar o remarcar los hitos de la historia reciente y que había detallado Sinchiwaman (halcón valiente), un chasqui que conoció hacía un par de meses.

 

******

Illary permaneció un día y una noche en el fondo de la quebrada: se había luxado el tobillo. Pese a que, con mucho dolor, había vuelto la articulación a su lugar, el adolescente de trece años, no podía caminar pues la tenía muy adolorida e inflamada. El camélido que iba guiando yacía muerto a unos metros y los alimentos que había intercambiado estaban desperdigados en el barranco. Pensando en que sus hermanitas estarían sufriendo por su ausencia, se vendó el pie con el cinturón e inició una penosa caminata por la orilla del río. Sabía que dos kilómetros más abajo, aproximadamente, saldría a un camino sin necesidad de escalar. Ya anochecía cuando lo logró; sin embargo, su tobillo estaba tan inflamado que no podía caminar más. Cuando pensaba pernoctar sentado bajo un árbol, una pareja de ancianos alertados por su perro, se acercaron cautos al muchacho que lloraba amargamente. Al verlo tan desvalido, el hombre le dijo:

Hijito querido, nuestra casa te espera.

Sosteniéndolo desde los brazos para que no apoyase el pie lastimado, con mucha dificultad, lo llevaron a su casa. Lo alimentaron y curaron como a un hijo, mientras escuchaban conmovidos su historia. También en el pequeño asentamiento de los ancianos, enfermedades desconocidas traídas por los invasores había diezmado a sus habitantes. Los sobrevivientes debían, penosamente, realizar las labores agropecuarias antes destinadas a los jóvenes en el sistema de división del trabajo comunitario inca.

A la mañana siguiente cuando Illary despertó los ancianos conversaban con Sinchiwaman, un fornido muchacho de aproximadamente veinte años, que servía al estado como chasqui o corredor de postas del correo inca. El desgobierno debido a la invasión española y las epidemias le había permitido abandonar su importante misión y venir a buscar, sin éxito, a su familia en una comunidad cercana. Les dio una visión más completa de lo que estaba sucediendo: habían muerto muchos gobernantes y curacas, y los que quedaban estaban divididos: unos apoyaron a Wuáscar el inca legítimamente elegido, pero impopular, y otros optaron por Ataw Wallpa su hermano usurpador del mando, pero eficaz guerrero. Muertos ambos mandatarios, el primer grupo había optado por la colaboración y el segundo por la resistencia hacia los españoles.

Sinchiwaman realizaba su servicio en la ruta serrana del camino principal del sistema vial de más de sesenta mil kilómetros que posibilitó el proyecto del imperio incaico. Residía en los tambos o albergues situados al lado del camino principal en las inmediaciones de su comunidad de origen. Testigo de excepción les informó que los pobladores de asentamientos humanos alejados de los caminos principales sobrevivían dolorosamente, huían a las regiones más altas y ariscas o se internaban en la región selvática. Los habitantes cercanos a las vías principales brindaban comida, ropa, leña, licor e incluso mujeres a los españoles y realizaban fiestas a su paso, como se hacía con pueblos amigos. Ello por orden del inca Ataw Wallpa, primero, y de los gobernantes incas títere que los españoles fueron nombrando después.

El adolescente escuchó, con espanto, que el chasqui en Mollepata, su aldea, había encontrado terrenos agrícolas, viviendas y algunos restos humanos abandonados. Solo un par de perros lo habían seguido y ahora dormían a sus pies. Illary lloró con amargura: a sus trece años había perdido a sus hermanitas. Quizás aún podría hallar a sus padres.

El imperio incaico el más extenso de la América precolombina abarcaba el territorio de lo que siglos después serían Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Bolivia y Chile. Fue conquistado entre los siglos XV y XVI a través de alianzas y guerras. El gobernante inca Ataw Wallpa resultó ser el vencedor en la guerra política con su hermano Wascar. El chasqui supo tempranamente de la llegada de los españoles al territorio inca, del exceso de confianza del emperador inca que los dejó penetrar la nación por una apreciación errada de la ofensiva española de parte de un espía suyo. De cómo Francisco Pizarro y su tropa, en tres horas aprisionaron al emperador Ataw Wallpa un sangriento dieciséis de noviembre de 1532 y mataron a diez mil nativos: la elite militar, religiosa, administrativa y técnica de las diferentes regiones del imperio y personal de servicio que no ofreció resistencia pues no estaban armados. Capturado su mandatario el ejército inca se replegó, según se acostumbraba, dando paso al saqueo de Cajamarca, a la toma de esclavos marcados a hierro y cometiéndose un sinfín de tropelías. Se había quebrado el estado incaico.

Los españoles exigieron un fabuloso rescate: dos habitaciones, de aproximadamente ochenta metros cuadrados, llenas de oro y una llena de plata para liberar a Ataw Wallpa. Apenas empezado el saqueo del imperio a gran escala Sinchiwaman desconcertado observó pasar las enormes delegaciones de curacas de las etnias Huancas y Xauxas, con víveres, oro y servidores, para ofrecer su apoyo a los españoles, al no haber perdonado su anexión violenta al imperio inca. Varias veces recibió el mensaje y se lo trasmitió a su relevo: había que llevar todo el oro y plata a Cajamarca. No obstante pasaban los cargamentos de los preciados metales, vio grupos de avanzada de estos seres barbados, de piel y ojos claros y en total dominio de animales de monta jamás vistos, penetrando el imperio para apurar el acopio. Supo de su avidez por el oro y el desprecio hacia los indígenas: robaban, saqueaban, violaban, torturaban y tomaban esclavos a su paso. Primero entraron a la ciudad de Huamachuco y luego se dirigieron al templo (o Guaca) de Pachacámac en la costa peruana.

El correo del inca siguió dando detalles, pero lo que llamó poderosamente la atención de Illary fue la descripción del viaje de las huestes españolas hacia Cusco. Los europeos recibieron y se repartieron el fabuloso rescate en oro y plata, pero ejecutaron al gobernante inca tras mantenerlo ocho meses en cautiverio y marcharon por más tesoros a la capital del imperio. Lentamente había avanzado la gran comitiva que se extendía por varios kilómetros: alrededor de cuatrocientos soldados españoles, un gran número de auxiliares indígenas (los que iban siendo reclutados, los traídos de Nicaragua y los ofrecidos por sus curacas), esclavos negros, gran cantidad de cargadores (humanos y llamas), concubinas, y el flamante Inca títere Tupac Huallpa, su familia y su «corte». Cada etnia que conformaba el gran imperio conservaba las peculiaridades de sus atuendos típicos por lo que era posible reconocer la procedencia de los nativos de tan insólito séquito. El chasqui había visto en él a varios pobladores hombres y mujeres de Huamachuco obligados a marchar, atados. Algo más había dicho el mensajero del inca, pero Illary, desgarrado de dolor, se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor salado de su sangre buscando no pensar en lo dicho por Sinchiwaman. 

Aproximadamente dos meses Illary había buscado a sus hermanitas en las comunidades cercanas, en las inmediaciones de los caminos y en las orillas del río próximo a Mollepata. Terminó por aceptar que las había perdido. Entonces decidió ir hacia el Cusco recorriendo la ruta tomada por los españoles.

******

En aquella noche sin dormir, en las inmediaciones de la ciudad de Jauja, Illary había estado buscando algún indicio que le sirviera para encontrar a su madre. Suspiró, las lágrimas recorrieron su frío rostro cuando, como otras veces pensó en que quizás ella también hubiera muerto. Su respiración se agitó mientras su musculatura se crispaba y oprimía fuertemente los puños. Podría haber sido «alanceada» por los barbudos hombres blancos llegados por el oeste, sucumbido a las enfermedades que ellos trajeron o tomada cautiva.

Necesitaba algo a lo que asirse para seguir viviendo. Entre las afirmaciones graves que hacía su padre reparó en: «Un enemigo, si desconocido, mayor». Ahora se daba cuenta que evitaba pensar en situaciones muy dolorosas, como si al negarlas se fueran a eliminar. Se agitó su respiración durante unos minutos. «Tendré que conocer al enemigo, la cima de su maldad. No puedo seguir escapando»–Pensó el muchacho, hizo una inhalación profunda y se irguió con rostro decidido. Había mucho por esclarecer, debía bajar a las llactas o poblados, hasta el Cusco, aunque se expondría a la insania de los invasores. Pero primero debes alimentarte hubiera dicho su madre. Del atado que llevaba consigo sacó un bolso de algodón y un pequeño recipiente de cerámica; fue alternando porciones de harina de cereales tostados y sorbos de agua fresca. Hacía todo de manera rutinaria mientras sus pensamientos no cesaban. De pronto exclamó «¡No!», se atoró y tosió mucho para reponerse. En la búsqueda de su madre no había querido, hasta ahora, asociar palabras que oyera a Sinchiwaman: mujeres reclutadas-concubinas. Lloró amargamente.

viernes, 18 de marzo de 2022

Escondida en la historia

Laura Sobrera


Su última Navidad la sorprendió en casa, con sus hijas, en una sobremesa atípica. Ya en esos días era muy difícil sacarle una sonrisa, al menos para estas tres mujeres que la acompañaban. ¿El lugar? La barbacoa de la morada, el sitio más iluminado del hogar, con grandes ventanales que dan al jardín con árboles frutales y plantas que con sus flores le daban un toque de color a ese día soleado. En la parrilla, todavía quedaban vestigios de la carne asada que fue el plato principal de la comida navideña familiar, la charla era amena y distendida hasta que la mayor, en un momento trascendental le pregunta:

—¿Alguna vez fuiste feliz?

—No —fue la escueta respuesta.

La forma en que lo dijo sorprendió a las hijas, que vieron sus ojos vidriosos por algunas lágrimas que se empeñaba en retener. Se levantó como impelida por un resorte y se alejó del lugar donde se llevaba a cabo esta informal reunión hacia su dormitorio, lugar en el que se refugiaba cuando quería huir de algo que la mortificaba.

Las tres hijas quedaron atónitas sin comprender cómo en ochenta y seis años su madre aseguraba nunca haber sido feliz.

Al cabo de unos minutos, más tranquila, regresa con un cuaderno gastado, amarillento por el paso del tiempo con tapas duras apenas sujetas por unos cuantos hilos que sobrevivieron el correr de los años. María y Martha, las hijas mayores, lo conocían, pero Rosa nunca lo había visto.

Sin pensarlo demasiado Celia, la mamá, se lo entrega a esta última, sin decir ninguna palabra y se puso a hojearlo sin profundizar mucho por el contenido.

Las mayores dijeron:

—Es el diario de mamá.

El asombro de Rosa se manifestó en la cara y sintió un profundo honor de que su madre se lo diera para leer sabiendo que las otras ya conocían lo que estaba escrito en él.

Hasta ese instante, la mamá era la imagen de la perfección o eso creía. Lo que había hecho en su vida y cómo parecía ir más allá del límite de lo excelente y estar en el inalcanzable terreno de lo perfecto, pero eso visto desde la perspectiva de hijas que admiran a su madre como si fuera extraterrenal y viendo que su papá tenía los mismos sentimientos respecto a ella. Brillaba en cada cosa que tocaba o hacía. Eso hizo muy difíciles las cosas para su descendencia que no tenían esa necesidad de ser perfectas, aunque buscaran la excelencia, pero sin ser una obligación, sino más bien, una elección propia.

Fue como haber vivido con el mismísimo rey Midas. Ese monarca de los cuentos infantiles tenía sus lados oscuros. La carencia de expresión en el amor de cualquier tipo fue como si hubiera nacido para sentir, pero no para demostrar, con un escudo o barrera que la separaba del mundo. Sin embargo, aunque suene incoherente, era capaz de los sacrificios más insólitos para cualquiera que no fuera ella misma.

Jamás pensaba en sí misma, como si ella no se perteneciera y fuera mercancía ajena.

Ese diario, escrito con letra de maestra de las de antes con una caligrafía impecable, que Rosa comenzó a leer sin darle trascendencia, fue invadiendo el alma de esta hija que era muy distinta a sus hermanas, tanto, que por lo general había sentido no pertenecer a la familia.

Entre medio de la lectura, hablaban con su madre sobre las palabras que había dicho y aunque sonara reproche, le preguntaron:

—¿Por qué nunca nos abrazaste o besaste?

—A mí me criaron así. Papá nos besaba solo cuando salía de viaje. Yo por ser de las últimas en nacer, ni siquiera fui atendida por mi madre, solo por la tía Iris. Lo hizo bien, pero no era una mamá, aunque así era la costumbre de las familias numerosas de principios del siglo pasado.

Rosa, que sintió la ausencia de demostraciones de cariño quiso cambiar eso en los hijos que engendró, para que nunca les faltaran las muestras de amor filial y así enseñarles la importancia de que los afectos, cariños o amores se argumenten en hechos, palabras, además de las caricias en esa búsqueda de que fueran felices, antes que nada. Fue muy cariñosa con ellos, aún lo es. Nunca faltó la palabra amable, el abrazo apretado, ese contacto físico que es tan importante para formar personas dignas de habitar este mundo caótico.

—¿No sentiste nunca la necesidad de un abrazo, un beso de tus padres?

—No teníamos tiempo para eso. El ocio no era una opción Las labores manuales nos mantenían ocupados. Leer era considerado una pérdida de tiempo, por eso solo destinábamos a ello unos ratos por las noches. Costura, bordado, tejido, las manos siempre ocupadas mantenían nuestras mentes activas con «cosas productivas», soñar no estaba permitido, aunque es imposible evadir las ilusiones —dijo con la mueca de una sonrisa.

—Pero el amor tiene que ser importante, ¿no?

—El amor de las novelas no existe —contesta tajante.

De nuevo se levantó como si necesitara respirar un poco de aire fresco. Siempre la ahogaba enfrentarse a sí misma, algo de lo que vivió huyendo.

Cuando entró en su dormitorio, la menor comenzó a declamar como si fuera una letanía que las demás la siguieron a coro:

«Era una inmensa pampa de granito; su color, gris; en su llaneza, ni una arruga; triste y desierta; triste y fría; bajo un cielo de indiferencia, bajo un cielo de plomo. Y sobre la pampa estaba un viejo gigantesco; enjuto, lívido, sin barbas, estaba un gigantesco viejo de pie, erguido como un árbol desnudo. Y eran fríos los ojos de este hombre, como aquella pampa y aquel cielo; y su nariz, tajante y dura como una segur; y sus músculos, recios como el mismo suelo de granito; y sus labios no abultaban más que el filo de una espada. Y junto al viejo había tres niños ateridos, flacos, miserables; tres pobres niños que temblaban, junto al viejo indiferente e imperioso, como el genio de aquella pampa de granito».

Recordaron esa parábola entre sonrisas y recuerdos.

—¿No les parece que ese viejo es como mamá? —preguntó Rosa. Hasta su descripción física es acorde a ella.

—Sí, tal cual —respondió María— no en vano, José Enrique Rodó personificó con él a la fuerza inquebrantable de la voluntad y a los niños con nuestras entrañas, talentos y capacidades.

Hicieron un silencio que se asemejó a la trama de una obra teatral, aunque pareció que las tres visualizaba esa parábola de formas muy diferentes, según la experiencia de cada una con el alma del hogar.

En ese momento, Rosa encuentra una carta, la lee con gran interés y fue una gran sorpresa que estuviera dirigida a una persona que no era su padre.

Con mirada interrogante les pregunta a sus hermanas:

—¿Quién es la persona a la que está dirigida esta carta?

—Fue un hombre que conoció cuando ya estaba comprometida con papá —contestaron— si lo quieres conocer, busca debajo de una estampa con flores, allí está su foto.

Rosa revisó afanosa cada estampa pegada y allí, como dijeron sus hermanas, estaba la foto de Gustavo, hombre atractivo, ojos claros, cabello rubio con gomina, con un pocito en el mentón, que daba la sensación de fortaleza masculina.

—¿Quién fue Gustavo? —le preguntó Rosa sin anestesia, cuando su madre hubo vuelto.

—No fue nadie.

—Pero mamá, estas líneas no parecen dirigidas a un «nadie».

—Las cosas no se podían cambiar —dijo con voz ahuecada, como si no fuera de ella— estaba comprometida con tu padre y me casé con él.

—¿Intentaste rebelarte?

—Las mujeres no rompían los compromisos.

Cada vez que la conversación llegaba a un punto álgido se alejaba hacia la habitación, como si el tema de conversación fuera una pesada carga de recuerdos, que su cuerpo no pudiera sostener, por eso se retiraba, para respirar, reponerse y ahogar recuerdos que sentía que no debía tener.

Rosa les dijo a sus hermanas:

—La mujer que escribió esta carta y otras cosas en el diario no tiene nada que ver con mamá. La pasión con la que describe lo que significa para ella separarse de Gustavo, ese no poder respirar, el pedirle que no la mire porque no podría dejarlo es amor verdadero, ese que solo viene una vez en la vida y hay que seguirlo o decidir morir, aunque se siga respirando.

Cuando la madre volvió a la mesa, Rosa le dijo algo que la sorprendió:

—¿Sabes mamá?, me hubiera gustado conocer a la mujer que se enamoró de Gustavo.

Un destello de luz intentó asomar, pero solo fue un instante. Su hija lo vio, pero prefirió no decir nada. Ella seguía insistiendo en que no había sido importante, cual mantra aprendido que repetía intentando convencerse de la veracidad de sus propias palabras.

Cambiaron de tema, algo que esa madre agradeció. Para alguien que escondió su corazón durante toda la vida, es casi imposible que cambie de opinión con respecto al «nadie» que estuvo solo un tiempo de su pasado, aunque por las fechas de ese diario, duró hasta que la hija menor cumplió cinco años.

Rosa por fin pudo comprender muchas cosas de la relación de su mamá con el padre, hermanos, ellas, las hijas, una que cambió de forma sustancial con la llegada de los nietos y bisnietos. En ellos pudo abrir un poco ese corazón sacrificado.

Pasada la Navidad, Rosa le escribió unas líneas contando esta historia desde su perspectiva. El corazón de esa gran madre sufrió por enfermedades y dolores del alma, por eso pensó mucho si darle o no ese escrito.

Sus hermanas pensaron que no era buena idea, así que decidió tantear el destino y preguntarle si le molestaría que escribiera sobre su historia, esa que quedó escondida en el tiempo y en su corazón, aunque se empeñara en decir lo contrario.

Cuando la terminó buscó un momento en que estuvieran a solas, y se las leyó, y Celia guardó en el mismo diario, junto a la carta a Gustavo, las líneas que su hija le había dedicado.

Tuvo miedo al mostrarle el diario. Temió ser juzgada y eso no sucedió. A Martha no le gustaba esta historia, le hacía sentir que el papá no había sido importante, pero Rosa era diferente. Ella entendió que el padre, fue papá y eso no podía ser cambiado por nadie. La madre lo quiso mucho y cuidó aún más, pero amor, lo que se dice ese AMOR con mayúsculas es el que sintió por Gustavo. La vida es lo que es, al igual que las personas.

Eso no desmerece todas las otras cualidades que ella tuvo y que fueron muchas, pero como Rosa dijo en esa carta que le dedicó:

«Hay veces que detrás de la historia está escondida una pequeña ventana que otorga un permiso especial; cuando la vida se pone dura o se la siente injusta, podemos asomarnos a ella o tal vez, solo leer unas líneas en las páginas amarillentas de un viejo diario escrito con letra de maestra de las de antes que nos recuerden no únicamente lo que fuimos, sino también, viendo esa foto oculta bajo la postal de una flor, lo que pudimos haber sido».

viernes, 25 de febrero de 2022

Prisión y libertad

Amanda Castillo Tenorio

 

Fernando cursaba cuarto semestre de derecho en la Universidad Distrital. Siempre fue un chico apacible, pensativo y dispuesto al diálogo. Era un estudiante aplicado, responsable, buen hijo y un hermano amoroso.

Meses atrás, estando en la biblioteca de la universidad, una chica se le acercó para preguntarle algo sobre un libro que necesitaba. Él le respondió con amabilidad y ella le preguntó sí podía sentarse en la misma mesa junto a él. A partir de ese día se volvieron inseparables. Ella era cinco años mayor que él y estaba finalizando su carrera de ingeniería civil, sin embargo, la diferencia de edad no fue un impedimento para que el amor creciera entre ellos.  Fernando por primera vez se sentía enamorado, a pesar de que notaba algunos comportamientos por parte de Laura que le despertaban cierta inquietud.

La pareja perdía todo contacto entre sí los fines de semana, ella no le había querido compartir su número de celular, sus redes sociales, ni ninguna dirección física donde él la pudiera ir a buscar. Cuando él le mencionaba esta situación, Laura se ponía a la defensiva y argumentaba que ella era una de las pocas personas libres de la adicción causada por la tecnología. Dado el carácter apacible de Fernando, las conversaciones sobre el tema siempre quedaban a medio terminar.  

—No quiero ser esclava de las redes sociales, ni de los celulares. Prefiero verte a los ojos cuando te hablo.

—No se trata de eso, Laura. Es normal compartir cierta información entre novios.

—¡Vamos, pregunta lo que quieras! ¿Qué más quieres saber acerca de mí?

—Ya, no te enojes —le decía él—. No volveré a tocar el asunto.

Fernando no era muy dado a participar en marchas o protestas, por el contrario, siempre prefería el diálogo y la concertación pacífica. Sin embargo, la vehemencia de Laura al defender la protesta social como medio efectivo para garantizar los derechos de las clases menos privilegiadas socialmente, era de tal magnitud, que llegaba un punto donde a él se le acababan los argumentos. Fue así que como después de una inolvidable noche de pasión, Laura lo convenció para que asistiera a una marcha programada para el día siguiente. Ella prometió no separarse de él ni un momento, pero él debía hacer exactamente todo lo que se le dijera.

A pesar de la intensa lluvia la plaza de Nariño estaba abarrotada de estudiantes universitarios y trabajadores oficiales agremiados en los diferentes sindicatos. Era el tercer día de marchas y protestas motivadas por el proyecto de ley que pretendía aumentar los impuestos y reducir el monto de las transferencias a las universidades públicas del país.

Fernando estuvo puntual a la hora acordada, y Laura llegó acompañada de dos hombres que él nunca había visto, los presentó como sus amigos.

Uno de los hombres extendió su mano para entregarle al muchacho un morral envejecido.

—Tome hermano, este es su paquete.

El muchacho no comprendió y levantó las cejas en señal de pregunta.

Hubo un incómodo silencio entre los cuatro, pero enseguida Laura tomó la vocería:

—Mi amor, esto es parte de los insumos que debemos llevar. Como es mucho material lo repartiremos entre todos.

—No me habías dicho nada de ningún material, ¿qué contiene?

Laura guardó silencio y por un momento evitó la mirada de su novio.

—¿Qué contiene esto? —insistió Fernando.

Sin pensarlo dos veces el chico hizo el ademán de abrir el morral, pero este fue arrancado con prontitud de sus manos por parte de uno de los acompañantes de Laura.

—¡Vámonos ya! —dijo el hombre.

Había un automóvil esperándolos en la acera de enfrente, y los cuatro se subieron sin pronunciar palabra.

Una vez estuvieron en la plaza, los compañeros de Laura se dispersaron entre la multitud. Él se mantuvo junto a ella como habían acordado. El ambiente era tenso. Había una enorme cantidad de policías, e inclusive soldados en el perímetro de la plaza. La gente gritaba arengas en contra de la desigualdad, la pobreza y la corrupción de los políticos. Los líderes de la marcha usaban los megáfonos para hacerse escuchar en medio del bullicio, mientras avanzaban de manera lenta, pero segura hacia la línea donde se encontraban los policías. La intención era ingresar a la fuerza al capitolio nacional.

Varios hombres encapuchados salieron de en medio de la muchedumbre lanzando piedras y tratando de sobrepasar la barrera conformada por hombres de la policía. De inmediato se empezaron a escuchar explosiones y disparos. El caos fue total.

Fernando se alarmó mucho más cuando descubrió que Laura ya no estaba junto a él. No podía ver bien a causa del ardor en sus ojos originado por los gases lacrimógenos que lanzó la policía. Empezó a gritar bastante asustado:

—¡Laura!, ¡Laura!, Laura!

Él sabía que, en medio del caos, nadie lo iba a escuchar. Entonces decidió dirigirse hacia el otro lado de la plaza, buscando una salida de ese infierno. Mientras corría, a su encuentro vinieron dos uniformados con pistola en mano.

—¡Alto! —le gritaron al cerrarle el paso.

—Necesito salir de aquí  —dijo Fernando sintiendo que se ahogaba por el humo.

Los hombres lo sujetaron con fuerza, uno por cada brazo y lo llevaron hasta un camión estacionado en un callejón. Él intentó hablar y explicar lo que estaba haciendo en aquel lugar, pero no tuvo tiempo de hacerlo. Fue empujado hacia dentro del vehículo, los policías no pararon de darle puños y patadas hasta dejarlo inconsciente.

Horas después un baldado de agua fría despertó bruscamente al chico. Poco a poco se dio cuenta del sitio donde se encontraba. No lograba moverse con facilidad, un agudo dolor le punzaba a la altura de sus costillas. Como pudo se puso en pie y gritó a través de las frías rejas de la mal oliente celda:  

—¿Por qué estoy aquí?

—Está detenido mijo —le contestó una voz.

—¿Por qué? ¡Yo no he hecho nada!

—Por bandido, por guerrillero.

—Pero es un error, yo no soy ningún guerrillero —dijo con tono de alarma.

El policía dio la vuelta, sin hacer caso a lo que el muchacho le decía.

Habían transcurrido un par de días y Cristina, la madre de Fernando, no tenía idea donde se encontraba su hijo. Con ayuda de unos vecinos, empezaron su búsqueda en hospitales y estaciones de policía, hasta que por fin lo encontraron en un calabozo de la Fiscalía. Su madre estaba devastada por el estado en que encontró a su hijo y especialmente por las acusaciones proferidas contra él.

Fernando era acusado de ser el líder de las milicias urbanas de un peligroso grupo guerrillero. Según las autoridades había pruebas contundentes que lo incriminaban. La principal acusación era la que provenía de una integrante del grupo, una mujer de nombre Eliana Montoya, alias «Laura» que también había sido capturada y que, en la audiencia preliminar de imputación de cargos, había declarado que el cabecilla de la célula urbana era Fernando Molina Acosta. Al momento de su captura, entregó un morral con explosivos, los cuales, según ella, habían sido entregados por este para ser usados durante las manifestaciones.

Las posibilidades de defensa de Fernando no eran las mejores. Su madre no tuvo cómo pagar a un abogado, y fue representado por uno de oficio, el cual no hizo mayor esfuerzo por ayudar al chico. «Laura» y varios hombres que Fernando nunca había visto, lo acusaron despiadadamente. Como era de esperarse, un juez falló en su contra y condenó al muchacho a quince años de cárcel, acusado de terrorismo y concierto para delinquir.

Al cabo de un año en prisión, Fernando recibió la visita de un familiar, quien le contó que su madre había muerto hacía pocos días y que en adelante su hermana menor se mudaría a vivir con sus abuelos en otra ciudad.

Además de su frustración por la condena injusta, se le sumó el profundo dolor por la pérdida de la madre, sin tener posibilidad alguna de darle su último adiós. Solo un sentimiento lo mantenía en pie, era el motor que lo impulsaba a levantarse cada día y aprovechar las escasas oportunidades que le ofrecía la cárcel. Era el ferviente deseo de vengarse de la mujer que arruinó su vida.

 En sus interminables noches de insomnio había fraguado con detalles un plan. Para hacerlo debía armar una estrategia, y el primer paso era convertirse en el líder que le habían propuesto. En el mismo patio de la prisión donde se encontraba, estaba un moribundo capo del narcotráfico que le había ofrecido al chico heredarle las rutas y el negocio para que él continuara con su legado.  Aquel hombre, alias «don Mauro» vivía agradecido con el muchacho desde la mañana en que este lo salvó de ser violado por dos reclusos en las duchas de la prisión. Si bien intentó defenderse de los atacantes, sus fuerzas estaban diezmadas a causa de la enfermedad.  Este hecho realizado de manera desinteresada por Fernando, le trajo consigo muchos beneficios por parte de «don Mauro» quien en adelante lo consideró como a un hijo, según les decía a todos.

Fernando salió de la cárcel cinco años antes de cumplirse el tiempo de su condena, gracias a la movida de sus nuevos abogados. Habían sido diez largos años de encierro y soledad.  Pero ahora con el negocio heredado y los contactos adquiridos, emprendió la búsqueda imparable de «Laura». Su obsesión por encontrarla no tenía límites. Contrató detectives e investigadores privados, y cuando por fin supo dónde hallarla, planeó la forma de asesinarla. Quería hacerlo él mismo, había imaginado muchas veces causarle una muerte lenta, verla fijamente a los ojos mientras agonizaba.

Cuando todo estuvo listo, Fernando llegó a la casa donde habían ubicado a «Laura». Le abrió la puerta una señora de edad avanzada y él supo de inmediato que se trataba de la madre de ella. Se presentó como un antiguo amigo que quería saludarla. La anciana muy acongojada le contó lo sucedido con su hija. Esta había muerto hacía poco tiempo. Fernando la escuchaba desalentado, sin inmutarse.

Escuchó pasos dentro de la casa y sus ojos se posaron en la niña que llegó a sentarse junto a la mujer.

—Y esta niña, ¿quién es?

—Es Cristina, lo único que me queda de mi hija.

Al oír aquel nombre, Fernando sintió un nudo en la garganta y una extraña sensación se apoderó de él.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto dirigiéndose a la niña.

—Diez, dijo ella.

—¿Cómo se llama tu padre?

—Mami dijo que se llamaba Fernando, ¿usted lo conoce?

Fernando sintió que su corazón le dio un vuelco, contuvo el aliento y con mucha calma atrajo a la niña hacia sí. Mientras la abrazaba, un llanto desgarrador y al mismo tiempo liberador, brotó del fondo de su alma.

miércoles, 23 de febrero de 2022

Alicia y el destino

José Camarlinghi Mendoza


Alicia da vueltas en su lecho. Es todavía temprano y a pesar de estar ansiosa por salir de la cama, decide esperar a que sea la hora en la que habitualmente se levanta y se prepara para ir al trabajo. No quiere hacer nada inusual para no levantar sospechas en su madre. La noche anterior se despidió de ella como suele hacerlo todas las noches cuando se va a dormir. Se lavó los dientes, entró a su habitación y preparó, con mucho cuidado e intentando no hacer ruido, su maleta. Había decidido irse con Pedro, su enamorado secreto, a buscar una mejor vida. Antes de acostarse escribió una nota y la dejó en su velador. 

Alicia ha sido, desde niña, bastante gordita. No se percató de ello hasta entrada la adolescencia; cuando sus compañeras de aula empezaron a ensanchar las caderas y acentuar las cinturas. Ella, por el contrario, engrosó el cuerpo de tal manera que solo se distinguía una forma redonda. Había gozado ser el centro de atención en la primaria. Le gustaba tanto la lectura que se sabía de memoria innumerables historias que contaba con  una facilidad sorprendente. En muchas ocasiones reunía varios niños a su alrededor que le escuchaban sin pestañear. Todo cambió con la llegada de la pubertad. A nadie le interesaba escuchar cuentos para niños y, a pesar de que intentó con historias románticas, no logró recuperar la atención. No solo perdió popularidad, también la confianza en sí misma y, poco a poco, el amor propio. A pesar de que había destacado los primeros seis años como excelente alumna, fue decayendo en su rendimiento. Para el año del bachillerato sus notas eran menos que mediocres y ya no tenía amistades. 

Por esas razones perdió todo interés en seguir estudiando y entrar a la universidad. De hecho, no encontraba sentido a casi ningún aspecto de la vida. Vivía por inercia y no tenía objetivos, ni deseos, ni siquiera sueños. No era del tipo depresivo y aunque no le hallaba significado a continuar, tampoco llegó a tener ideas suicidas. De alguna manera se conformó con su destino, encontró un trabajo menor y dejó de pensar en el futuro. 

Se sentía tan mal con su propio cuerpo que ella misma se había aislado. No había sufrido verdadero acoso por sus formas redondas y su casi incapacidad de hacer deporte, pero sabía muy bien a quién se referían cuando escuchaba, de casualidad, que las otras chicas hablaban de «la Gorda» o «la Chancha». Entonces entraba en escena, a propósito, para ver los rostros de quienes decían ser sus amigas. Algunas se sonrojaban y bajaban la vista, otras no podían disimular risitas burlonas. 

En el colegio los chicos fueron diferentes. Al principio la molestaron con apodos hirientes y malintencionados. Un profesor, a quien Alicia caía muy bien, los escuchó y sentó un reclamo en la dirección que terminó con compromisos firmados por sus padres. Alicia no supo qué fue peor, los insultos o el aislamiento. Nunca más le volvieron a dirigir la palabra a no ser de lo estrictamente necesario. Por eso se sintió un poco turbada cuando Pedro, un absoluto desconocido, se acercó y empezó a hablarle como si siempre la hubiera conocido. 

A diez cuadras de la casa de Alicia está Pedro sentado en su camioneta, esperando. El cielo apenas filtra una luz gris y una brisa suave y helada trae el aroma agridulce de la fábrica de cerveza; en la calle no se escucha nada. Mira el reloj con impaciencia. No hay muchos transeúntes a esa temprana hora pero, cuando pasa alguien, se cubre el rostro con un periódico y simula estar leyendo. Intenta permanecer tranquilo y sin embargo su mirada lo delata. Sus ojos se mueven todo el tiempo. Mira los espejos retrovisores sin mover la cabeza y escudriña el paisaje solitario de las calles que tiene en frente. Si alguien lo observaría, tendría la sensación de estar mirando a un felino acechante. 

Pedro vive solo en una vetusta casa al otro lado de la ciudad. No es la primera vez que viene al barrio. Lo ha visitado muchas veces y siempre lo ha hecho escondido en la obscuridad de la noche o la bruma del amanecer. Está acostumbrado a moverse entre las sombras. No le gusta ser observado. No es que sea feo o deforme, pero tampoco es agraciado. Le quedan algunas cicatrices de las golpizas que le daba su padrastro y tiene un cuerpo musculoso. No se fija en eso cuando frente al espejo se cepilla los dientes o se arregla el cabello. Sin embargo, cuando encuentra sus ojos, los mismos le devuelven desprecio. 

Mira por enésima vez el reloj y un flujo de impaciencia le recorre el cuerpo. Respira profundo, contiene el aire por varios segundos y luego exhala muy despacio. Repite la acción varias veces y poco a poco la ansiedad da paso a los recuerdos. Hacía lo mismo en los tiempos en los que vivía con su madre. Cuando el padrastro llegaba a media noche y empezaba a golpearla. Inhalaba hasta que no le entraba más aire e intentaba pensar en otra cosa tapándose los oídos. Entonces trataba recordar los momentos felices que había tenido al lado de su progenitora. Estaba aquella imagen de cuando fueron a la costa y pasaron un par de días echados en la arena mirando las olas. Ellos dos solos. Nunca antes la había visto tan radiante y optimista. Eso le animó a preguntar. 

—¿Dónde está mi papá? 

Una sombra oscura pasó por el rostro materno por unos instantes. Al ver los ojos expectantes del niño, intentó simular una sonrisa e inventar una mentira. 

—Es marinero —dijo rápido señalando el horizonte lejano—. Está trabajando en alguna parte de este mar. 

—¿Y cuando vuelve? 

—No lo sé —y al ver la expresión afligida, acotó—, será pronto. 

Jamás volvió y nunca más se animó a preguntar; no por timidez, sino porque de alguna manera intuyó que no había respuesta. Los que sí volvieron, una y otra vez, fueron los compañeros violentos que escogía la madre en su esfuerzo de encontrar un padre sustituto para Pedro. Después de varios intentos desastrosos, al final se casó con uno de ellos. Parecía un hombre tranquilo y correcto hasta que perdió el trabajo a causa de unos rumores de acoso. A los pocos días llegó ebrio y empezó la nueva pesadilla. La madre intentó apartarse de ese hombre. Nunca lo logró. Siempre volvía con regalos, promesas de cambio. Llegó al punto de denunciarlo y sin embargo, las autoridades no hicieron mucho. Al final la señora perdió también toda voluntad y empezó a consumir drogas para dormir. A veces las mezclaba con alcohol y se quedaba sentada en la sala con la mirada fija en un punto tan lejano como imaginario. Cuando salía del sopor se arrepentía e intentaba atender a su niño. No le duraba mucho. Llegaba el marido ebrio, la golpeaba y la mujer se refugiaba en sus pastillas. 

Una noche no pudo aguantar más. Pedro salió a defenderla. Era apenas un niño y sin embargo logró levantar un pesado sartén con el que le dio en la cabeza. El padrastro aturdido dejó de golpear a la mujer y se acurrucó en un rincón. Ella no entendió lo que pasaba hasta que vio al niño sosteniendo la paila y antes de que pudiera reaccionar el hombre se levantó y le dio tal paliza a Pedro que no pudo ir a la escuela por más de una semana. 

A partir de ese día compartió los maltratos con su madre. El hombre llegaba con los ojos desorbitados y un olor nauseabundo, los agarraba a golpes y los violaba. Lo que más le dolió fue que su mamá nunca hizo nada. Se quedaba impávida mientras el monstruo se ponía encima y le bajaba los pantalones. Primero sintió mucho dolor, vergüenza e impotencia. Luego esos sentimientos se fueron transformando. Pasado un tiempo dejó de sentir y mientras era abusado, su mente divagaba por mundos ajenos. Poco a poco un tremendo rencor le iría creciendo hasta convertirse en odio absoluto. Ese sentimiento lo acompañaría hasta el fin de sus días. Una repugnancia a sí mismo y, algo irónico, hacia las mujeres, que crecería sin cesar. 

Alicia escucha el tintineo de las tazas en la cocina. Poco después le llega el olor a panqueques. Se levanta cansada y se viste con la misma ropa de todos los días. Se acerca al peinador y mira el espejo, ese implacable. Recuerda que hubo una época en la que lo odiaba; tanto que lo cubrió con telas para no verse. Pasaron un par de años en los que evitó mirar su reflejo, hasta que conoció a Pedro. Él le devolvió algo de confianza y amor propio. Entonces descubrió el espejo y volvió a observarse. Se sintió incómoda al verse. Se reconoció. No había cambiado mucho y le sorprendió que pudiera mirar el reflejo sin que le diera desazón; con todo, no podía encontrar una razón por la que un hombre se haya fijado en su persona. Eso la turbaba por unos instantes, pero desechaba cualquier idea negativa y pensaba que si Pedro podía encontrar algo, ella no necesitaba explicaciones. Por eso ahora es capaz de mirarse sin sentir remordimientos a pesar de reconocer que es gorda y que no es bella. Hoy, se da cuenta que se ve peor; tiene un poco de ojeras y la expresión cansada. Saca el maquillaje de un cajón y se prepara para pintarse. Al volver a mirarse al espejo se sonríe, devuelve el estuche al cajón y sale de la habitación. 

Marta está terminando de preparar el desayuno. Un intenso olor a café domina la cocina y los panqueques ya están en la mesa. Todos los días prepara tostadas, pero hoy se levantó con ganas de hacer algo especial. De un tiempo acá su hija, Alicia, ha cambiado. No sólo de humor, también en su apariencia exterior. Una mañana se sorprendió de verla con algo de maquillaje. 

—¿A quién has conocido? —le preguntó sonriente, alegre de que por fin haya encontrado a alguien. 

—¡A nadie! —mintió—. ¿Por qué dices eso? 

—Nunca te habías maquillado. 

Sorprendida por haberse revelado con tanta obviedad, tardó unos instantes en encontrar una respuesta. 

—No necesito haber encontrado a nadie para querer verme un poco mejor —respondió nerviosa y sintiendo que sus mejillas se encendían. 

—Yo me sentiría muy feliz de que encuentres a alguien —acotó intentando darle confianza y que le cuente, pero Alicia se guardó el secreto. 

Pedro le había pedido categórico que no contara a nadie de él. Le dijo que era muy tímido y que le costaba muchísimo entablar relaciones con otra gente. Que había hecho grandes esfuerzos para animarse a hablarle. Que  llegaría el tiempo en el que podría presentarle a su madre y sus amigas. Le recalcó que si hablaba de él con alguien, desaparecería de su vida. Le pidió paciencia para llegar al punto preciso para darlo a conocer. No le dijo cuando sería eso. Ella, siendo alguien que sufría también de la marginalidad social, creyó comprenderlo y se guardó, celosa y cómplice, el secreto. 

Pasaron un par de meses en los que la hija llegaba un poco más tarde de lo habitual. Cuando la madre le preguntaba dónde había estado, le decía que con amigas del trabajo. No le creía, por supuesto. Estaba casi segura que tenía un enamorado, o por lo menos, un pretendiente. No volvió a preguntar al respecto. Le bastaba con que su hija tenga una relación y que, por lo menos en apariencia, le devolviera la alegría y confianza que no le había visto desde que era niña. Aunque, para ser honesta, le inquietaba que no le contara nada y reconocía que le daba cierto temor la idea de perder al único miembro de su familia. Le dolía que después de tantos años de haber estado intentando crear un vínculo, no había avanzado mucho. Se resignaba diciéndose a sí misma que, llegado el momento, le presentaría al hombre. Sin embargo, pasaba el tiempo y Alicia no le comentaba nada al respecto. Empezó, entonces, a sospechar que tal vez no se trataba de un hombre. ¿Podía ser que su hija era lesbiana? Un diluvio de sentimientos encontrados la atacó desprevenida. En principio desechó la idea como si tratara de un asunto, además de impensable, imposible. A los pocos días se dio cuenta que la idea había estado rondando sus pensamientos y que a pesar de que hizo de todo para olvidarla, estaba allí como una espina minúscula de tuna, que se siente pero no se ve. Entonces, ya más serena, cayó en cuenta, o al menos eso creyó, que todo encajaba. Ese era el motivo por el que no le había contado nada. Se le llenaron los ojos de lágrimas y el amor de madre fue más grande que el prejuicio. El fin de semana le diría que no tenía porqué ocultarse. Que la seguiría amando. Se puso a pensar en una manera sutil para abordar el tema y luego todo volvería a ser como antes. 

Marta sabe que no podrá retenerla toda la vida, pero piensa proponerle que traiga a su pareja a vivir en la casa. ¡Ojalá lo acepte! Con esos pensamientos mañaneros se levantó y sintió ganas de hacer algo especial para Alicia. No tenía idea que esos serían los últimos momentos que compartirían. Se pasaría el resto de su vida pensando en aquella mañana. 

Alicia entra en la cocina y saluda a Marta. Finge sorpresa al ver los panqueques y pregunta cuál es la ocasión especial. 

—Ninguna en particular —responde Marta—. Sólo quería hacerte sentir bien. ¡Te gustan tanto! Además, últimamente has estado un poco tristona. 

Alicia se tensa un poco. ¿Se habrá dado cuenta su madre de sus planes? Ya le había pasado antes. Ella se enteraba de todo. Parecía tener una bola de cristal o una red de informantes que la seguía. Pero no. Esta vez no. Nadie sabía de la existencia de Pedro. Bueno, tanto como nadie, no. Algo le había comentado a doña Elvira. Una viejecita que vivía en la casa de enfrente y que, en ocasiones, cuidaba algunos fines de semana. Pero no había mencionado nombres ni planes. Además, ya estaba en la edad en que confundía las historias reales con las fantásticas y las noticias con las telenovelas. 

Nadie sabía que Pedro se había acercado a ella con tal timidez y suavidad que desde el primer día la había conquistado. Poco a poco la fue enamorando con una ternura que nunca creyó podría ser dirigida hacia si misma. Él era un ser especial. Nada que ver con los chicos y hombres que había conocido, vulgares y malintencionados. Por el contrario, era tierno y educado. La trataba con respeto y en ningún momento se tomó libertades. Una tarde que estaban sentados conversando en un parque solitario ubicado en las afueras de la ciudad, se animó a darle un beso en la boca. Fue algo fugaz, apenas un toque en los labios. Sólo para hacerle saber que podía dar ese paso en la relación. Él se quedó tenso y sorprendido mirándola. Ella le sonrió. Pedro se sonrojó, dibujó una especie de sonrisa, bajó la vista y muy despacio acercó su mano hasta tomar la de ella. Cuando levantó la mirada, Alicia pudo ver los ojos aguados, se arrimó y apoyó su cabeza en el musculoso hombro. La rodeó con su brazo y mientras miraban el atardecer, decidió que era tiempo de hacer su propuesta. 

—Ali… Vámonos de esta ciudad. 

Ella lo miró sorprendida. No esperaba algo así. 

—No tenemos futuro en este lugar. —La miró a los ojos—. Míranos. No hay nada aquí para nosotros. Busquemos una vida mejor. 

—Pero, yo tengo a mi mamá… No puedo desaparecer sin más… —respondió turbada. 

—Tengo muy buenos planes y dinero. Cuando nos establezcamos volvemos por ella. Pero no le digas nada ahora, confía en mí. 

Empezó a darle vueltas la cabeza. Tanto tiempo había estado sumida en una especie de sobrevivencia; sin futuro ni esperanzas, que de pronto se iluminó su mundo y quiso creer, con toda su alma, las promesas que se le presentaban. 

Nunca se imaginó donde terminaría el viaje que habían planeado juntos. No podía saber que esa misma noche la golpearía tan duro que perdería el conocimiento y que cuando lo recuperara estaría desnuda en el fondo de un pozo seco, en el sótano de la casa donde Pedro vivía solo. Ni se le pasó por la mente que ese hombre la obligaría, a gritos endemoniados, a ponerse cremas humectantes en todo el cuerpo; que su intención era la de suavizar la piel que después usaría para hacerse un traje. Ella le rogaría que la deje libre. Le preguntaría qué quería de ella y ante el mutismo absoluto se pondría a llorar de espanto. Pedro la miraría desde lo alto del pozo y también lloraría de manera tan desgarrada que parecía que aullaba. A los siete días de encierro, Pedro cargaría su revolver Magnum 45, la mataría de un solo tiro en la cabeza, la desollaría y la fondearía en una laguna fuera de la ciudad. 

A los minutos de haber terminado el desayuno y lavado los trastos, ambas mujeres salieron de la casa. Como todos los días se despidieron en la calle y cada una tomó su camino. Antes de llegar a la esquina, Alicia miró para atrás y vio a su madre tomar otra calle. Entonces volvió a la casa para recoger la maleta que había escondido en la puerta trasera que daba al jardín. Luego empezó a caminar hacia la cervecería, miró la casa donde había vivido toda su vida y tomó el camino de su destino.