lunes, 6 de febrero de 2017

Las tetas de la miss Tota

 Víctor Purizaca


La verdad es que siempre he sido un tipo flojo para muchas cosas, hacer crucigramas, estudiar, resolver raíces cuadradas, hablar, enamorar y practicar deportes; la educación física como curso era un padecimiento monumental en el colegio. A la edad que tengo no me interesa lo que piensen los demás, por eso no tardo en decirlo, me gusta escuchar música a todo volumen y tomar vino, en grandes cantidades, que no sea chileno, eso sí. Pasando por alto mis humanísimas cualidades de lo que no me desligo hasta el presente es de las obsesiones, las fijaciones, sí, en objetos, en mujeres, sus pies, determinadas partes de su cuerpo, sus vestidos o sus perfumes y si embriagan es mejor.

Desde que llegué al colegio Maristas de San Isidro, tuve muchas profesoras distintas, flaquitas, de maxilares prominentes, bajitas, de labios gruesos, regordetas antipáticas, con aires de “actriz protagónica de novela mexicana”, rezadoras, ah, mas ninguna con la boca sucia. En cuarto grado de primaria la miss Marisela fue nuestra profesora y mi primera impresión de ella la obtuve en una clase donde tomó una servilleta, apagó el cigarrillo en un cenicero del pupitre y cual bandera en combate nos mostró el papel, estaba amarillo, muy oscuro de los costados. Así era como acabarían nuestros pulmones si cogíamos el maldito hábito del cigarrillo. Si supiera la ilusa mujercita cuántos puchos me fumo al día y que otros compañeros terminarían en el penal de Lurigancho por abastecer de marihuana las playas de San Bartolo y Puerto Viejo. Qué será de aquella miss, blanca como queso de la Granja Porcón, alta, delgada y motosa, vaya por dónde andarán esos ojos azules, habrán regresado a su Cajamarca natal. Se me vino a la memoria y nunca he averiguado de ella ni la mencionaré más tan solo por flojera. Lo reconozco.

Pero el presente relato es sobre una petisa regordeta, caderona y de unos ojos grandes y verdes, coquetona. Por esa época en sus treinta y tantos años. Enseñaba lenguaje en sexto de primaria. Ya en el Colegio Champagnat de Miraflores. Ese año todos habían comenzado a derramar lisuras cual hemorragia verbal, imparable e insospechada por buena parte de las madres de familia. El sexo de tabú de misa dominical a desparpajo labial e hiriente insulto. Tenía el pelo castaño e iluminado, era guapa, sensual, olía a rosas humedecidas. Obsesión, esa era la palabra, en mi aula ningún curso nos dictaba, pero durante el recreo, el deleite era las blusitas cremas tejidas que dejaban translucir las puntitas de sus tetas, producían férreas erecciones. El frío matutino de Lima hacía que se irguieran, era una maravilla de espectáculo. Otros de la promoción hablaban abiertamente de tan magnífico show en la hora del recreo, comparando los pezones de la miss Tota con unos de Dana Plato en la revista Playboy. Mi imaginación iba más rápido, dos veces en el mes de mayo había pedido permiso a la hora de matemática para el baño, me masturbé en honor de la tetuda, qué maravilla, después como si nada al salón. La raíz cuadrada de nuevo. Le decían miss Tota por un programa de televisión argentino; el Gordo Porcel salía con unas pestañas rizadísimas, parecidas a las de la engreída de lenguaje, haciendo de una gorda porteña que se llamaba Tota. El verdadero nombre de la guapa era Raquel Hurtado, separada, dos hijos pequeños y ningún novio conocido.

Se aproximaban las vacaciones de mitad de año, había arreciado el sol como nunca en ese mes. El ensayo del desfile por Fiestas Patrias había concluido y César Cuesta jugaba básquet junto con tres niños de otra aula y uno del salón (el “boca de payaso” de Julius); al recoger un balón de un rebote en el aro me observó en una esquina, en silencio, se dirigió hacia mí. Dejó la pelota de básquet con Julius. Su pequeñez y gordura contrapesaban con su avidez y atrevimiento.

—He visto cómo la miras. —Inquirió César.

Lo miré largamente, luego le sonreí, era un amigo, era hombre, sabía apreciar las buenas ubres, esas tetitas eran llamativas, claro que sí. La miss Tota era una mujer muy insinuante.

—Te apuesto cinco millones de intis a que no las pellizcas. —Me desafió el gordinflón.

La verdad es que eran estimulantes. La apuesta era que quién pellizcara los pezones primero ganaba, el plazo acordado, hasta el viernes al mediodía antes del ensayo de la banda para el desfile de Fiestas Patrias. Me masturbé tres veces seguidas en mi casa tan solo de pensar en lo excitante de tal apuesta. Ese vivaz de Cuesta me ganaría, era muy avezado. Sí. Cómo se podrá hacer, pasé una tarde imaginando todas las posibilidades para palpar tan deliciosa carne.

Era un examen difícil el que habían tomado el lunes, cerca al quiosco todo sexto B, estaba interrogando a la miss Tota, era un recreo inusual. La mayoría de niños se aproximaban, haciendo círculos alrededor de la ojiverde. Muchos niños estudiosos de diferentes aulas se apretujan en torno a la maestra, ella se sentía una pedagoga eximia. Cuesta urdió un plan para llegar al Everest, cogió un examen antiguo de otro profesor y haciéndose el desentendido se aproxima, estira la mano entre tantos cuerpos tentando llegar a la gloria, la mano cae en la nalga, yo en el otro extremo ya advertido de la jugada le rozo el pezón izquierdo a la miss con mi mano izquierda. Ante el manoseo la provocadora lanza un grito. César se ríe feliz, yo me escondo, de espaldas al quiosco. El hermano Melchor Samanamó grita y manda a todos a cambiar, como decían ellos. La magistral jugada de César Cuesta es descubierta, pobre gordito lo llevan a dirección. Se hizo el vivo, papeletas le pondrían, su padre lo castigaría en su casa, qué pasaría pues, es un niño curioso nada más.

Me siento mal, pues en esa época a veces me recorrían remordimientos, ah vaya, sí que los tenía. En el segundo recreo, trate de ver qué había pasado. Me dirigí a la enfermería. La miss Raquel Hurtado estaría en la camilla ante tal abuso, oliendo algodón con alcohol para los mareos, evitar desmayos. La profesora estaba abochornada. Se atropellaban imágenes en mi cabeza. La puerta estaba entre abierta, empujé sigilosamente, me haría el desentendido y preguntaría quiénes habían sido capaces. La imagen es concreta, explícita, el hermano Melchor se había quitado los lentes y Tota reposaba en la camilla con la blusa tirada en el suelo mientras el soldado de Dios lamía sus pezones, con hambre de meses o tal vez días, el cuello de la mártir del saber estaba ensalivado; boquiabierto y avergonzado me detuve por un segundo. Ella se retorcía de placer y lanzaba pequeños gemidos de tal modo que no se pudieran escuchar más allá de esas paredes. Retrocedí casi como tratando de ser un fantasma y volví al pasadizo. Me dirigí a la dirección del colegio, a ver a mi amigo el gordinflón, pensando como aturdido, qué desvergüenza del hermano, es la hermosa bandera marista, beato Marcelino Champagnat ruega por nosotros, reverendo pecador, hermosas tetas, sin sostén eran como las había imaginado. Casi de inmediato el pasmo inicial comenzó a desaparecer, en mi cabeza únicamente discurría el modo en que César Cuesta me pagaría la apuesta.

viernes, 3 de febrero de 2017

Interno

Nancy Oviedo


Hoy me trajeron, no sé cómo, pero aquí estoy. Tumbado en una cama individual que rechina cuando me muevo. La lámpara del techo emite una luz amarillenta, sucia que parpadea constantemente. Quiero dormir, sin embargo el olor a alcohol me mantiene alerta. Tengo las manos atadas con unas correas de color café, ¿será cuero? Me pica, quisiera rascarme hasta arrancarme la piel. Detrás de mí hay una ventana, da a un pasillo, lo sé porque escucho ir y venir el sonido hueco de los pasos. Quiero salir, saber por qué estoy aquí, pero sobre todo quiero saber qué hora es. «¡Díganme la hora!» grito, nadie responde.

Después de varios días, supongo, unos hombres me pusieron en una silla de ruedas y me trajeron al patio. Pensé que estaba soñando cuando me llevaron por un pasillo muy largo y mal iluminado. Tuve la sensación de que al final encontraría la famosa luz blanca. Sin embargo resultó ser un jardín en mal estado lo que encontré al otro lado. Los pocos árboles me parecieron enormes. Me cuesta distinguirlos debido a que la luz del sol es muy intensa, se me clava como agujas en los ojos. No estoy atado, pero tampoco puedo moverme. Mi cuerpo me es ajeno al igual tanto como mis recuerdos. Justo ahora me cuesta creer que fui yo quien una tarde después de la escuela trepé un manzano y desde ahí arriba miré la carretera hasta que oscureció. Mi madre fue a buscarme. ¡Qué bonita es mamá! Siento las lágrimas correr por mis mejillas, mi nariz escurre también, quiero limpiarme, pero mi brazo no responde. Empieza a atardecer. ¿Vendrá mamá? A lo lejos, dos enfermeras fuman, una de ellas le da un codazo a la otra y esta camina con desgano hasta mí y trata de limpiarme, pero solo me embarra, luego regresa con su compañera a terminar su cigarrillo.
De regreso a mi cuarto me dan las pastillas antes de cenar. He tomado todas las que ponen en mi boca. Las de la tarde son más dulces, el resto me secan la boca. «¿Estás bien?» me preguntan todo el tiempo. En un orden lo estoy: tengo donde dormir, me alimentan. Es inmensa la incertidumbre del bienestar. 

Ayer me quitaron las correas, tengo las muñecas lastimadas. Pedí mi reloj; sin embargo se negaron a devolvérmelo. «El tiempo, Abraham, no debe importarle», me dijo el psiquiatra, «¡Qué estupidez!» quise gritarle, sin embargo mi lengua sigue dormida. Todos los días, me llevan con ese tipo delgado de pelo cano que ridículamente se peina con la raya marcada hacia el lado izquierdo e invariablemente viste un traje blanco como si fuera a hacer su primera comunión, lo imagino con una vela en una mano y un rosario en medio de un libro en la otra, sin embargo la imagen se rompe cuando penetra en mi cerebro su pausada voz de tiple: «¿Cómo… estás… hoy…, Abraham?». Quisiera escupirle lo furioso que estoy y exigirle de una maldita vez que diga todas las frases de un hilo. Quisiera cogerlo del cuello y comprobar por fin si sobre su cabeza yace una peluca o es solo su cabello seboso, empero desde mi silla de ruedas levanto la mirada en señal de saludo. Durante esos cuarenta o cincuenta minutos, mi única referencia temporal durante el día, me siento tranquilo. El tiempo con el médico es irrelevante, pero al menos puedo hacer lo que me da la gana sin temor de que alguno de mis compañeros pueda atacarme o grite sin motivo. Una ocasión la pasé en silencio, otra miré por la ventana respondiendo sí a todas sus preguntas, empero la mayoría del tiempo trato de contar los días que pasan, pero a ratos me siento confundido y vuelvo a empezar. Hoy son ya siete días de nuevo, ¿o no?

Hace un momento me trajeron a la habitación. Tengo frío. El personal colocó adornos navideños en las habitaciones, incluso en la mía, pero después de un rato los retiraron. Desde mi cama escuché al psiquiatra gritarle a una de las enfermeras, pero no entendí sus palabras, sin embargo la mujer entró y retiró la decoración. Mientas lo hizo me miró en silencio. Me sentí ahogado por la enorme cantidad de lástima encerrada en esos ojos tan pequeños, la odié. Ahora pienso en mamá, en su cena, me gusta el pavo con salsa de tamarindo, «¡Mamá, tengo hambre!», grito. Otro interno grita, luego otro más. Los médicos corren de un lado a otro con jeringas en las manos, los gritos se convierten en aullidos y de a poco el silencio vuelve a instalarse.

Otro invierno, mamá, todavía no viene.

La boda

Rita Mabel Figueredo


Benito Fernández espera impaciente al costado del camino, bajo un sol ardiente, el único colectivo que lo lleva a la ciudad. El viento de agosto levanta un polvo, fino y promiscuo que se le mete por todos los rincones y le embarra la piel mojada de sudor. Viste su ropa más elegante, la de los velorios.

Una mañana como cualquier otra, el mes pasado, el empleado del correo le entregó un sobre color crema impreso en letras doradas. Dentro, en papel finísimo se anunciaba la boda de Pedro Fernández Duarte, su primo hermano.

Le sorprendió que Pedro, un galán cincuentón, con confesada aversión al compromiso se casara, pero que lo invitara, lo asombró todavía más.

Los primos eran mejores amigos durante su infancia. Pasaban las horas libres pescando, hablando del futuro, armando fuertes y tratando de verle los senos a las muchachas que se bañaban en el río, pero no tenían contacto desde que Pedro huyó del pueblo, proclamando a los cuatro vientos que iba a ser millonario cueste lo que cueste y que no volvería jamás.

Hasta donde sabía Benito, su pariente cumplió todo lo que se propuso. Sus progresos eran tema de conversación en el bar, en el almacén y hasta en la iglesia. Circulaban revistas de moda con su foto en los eventos más elegantes, siempre acompañado de bellas señoritas.

Benito era casi feliz con su existencia simple de granjero. Casado con Ester, su novia de la infancia, criaba a sus siete hijos con un cariño que guardaba las distancias, para que no se les estropeara el carácter. Sin embargo, en los últimos años, el precio de la cosecha se había ido a pique. Las deudas se acumulaban y su desesperanza crecía. Cada vez recurría más a menudo al alivio momentáneo de perderse dentro de un vaso de caña.

Para asistir a la boda primero tuvo que convencer a su mujer. Ester no quería ir, y no quería que él fuera. Benito echó mano de todos los recursos para convencerla, sin resultado. Su esposa presentía que el ambiente en el que se movía el primo de su marido no tenía nada que ver con ellos. Además no era fácil encontrar alguien que cuidara de las siete criaturas, conseguir ropa y zapatos, dinero para el pasaje y un largo etcétera.  Trató con todas sus fuerzas de disuadir a Benito, pero él estaba decidido.

«Si no me querés acompañar, ¡me voy solo!», fue la conclusión la décima vez que discutieron el tema.

Benito no le había contado todo a Ester. En el sobre de color crema encontró oculto, un papel escrito a mano con la letra redonda y grande de Pedro, que decía: «Es hora de cumplir nuestra promesa».

Por eso la invitación al casamiento lo llenó de una energía poco común en su bucólica existencia. Vio de pronto, clara ante sus ojos, la salida a sus apremios económicos. Esa frase solo podía significar que Pedro, enterado de lo mal que la estaba pasando, cumpliría por fin la promesa, sellada con sangre, cuando ambos todavía usaban pantalones cortos, de cuidarse en los momentos de necesidad.

Baja del colectivo destartalado en la estación repleta, que huele a cuerpos humanos y a vómito de infante. Lo espera un empleado de Pedro. El contraste entre la abarrotada guagua y el auto con chofer, le da una dimensión de la fortuna de su primo. Benito vacía en pocos tragos la botella de champaña fría que encuentra en el coche y se acomoda en los asientos de pana a disfrutar del aire acondicionado y el aislamiento artificial de los ruidos de la calle. Mentalmente, aumenta la cifra que va a pedir prestada.

Vuelve a ponerse alerta cuando llegan a la mansión de Pedro. La ceremonia religiosa ha terminado y los invitados están ubicados para la fiesta bajo una enorme carpa armada en el jardín. La decoración es ostentosa pero de buen gusto. Una melodía clásica ejecutada por un conjunto de cuerdas llena la estancia. En el aire se mezcla el aroma recargado de los perfumes franceses y entre las mesas redondas, cubiertas con manteles blancos y copas de cristal, los mozos zigzaguean llevando platillos y bebidas. Lo ubican junto a otros seis invitados. Los demás lo miran con apenas disimulado desprecio. Se siente inmediatamente incómodo, fuera de lugar. Ojalá hubiera escuchado a Ester. Toma una copa de vino tras otra, tratando de aplacar la sed y la ansiedad.

Finalmente los novios se acercan para la tradicional foto y a Benito le sorprende la versión avejentada y flaca del primo, que recordaba mofletudo y alegre de las revistas. De su brazo cuelga una jovencita de no más de veinticinco años, que parece más la hija que la esposa. Ella ríe exultante, mostrando a todos los invitados el brillante gigantesco de su anillo, pero no le parece que Pedro esté muy contento con el enlace. Se sacude la idea. Tiene hambre, calor y sed. Mucha sed. A penas probó los platos de nombre francés y tamaño minúsculo. Le parecieron desabridos a su paladar acostumbrado al arroz, los frijoles y las salsas fuertes. Él no sabe nada de la gente rica y esa tensión que siente en el aire puede no ser más que el reflejo de su propia angustia. Además, está un poco mareado.

Benito busca las palabras para plantearle a su pariente el tema del dinero, cuando para su sorpresa, este lo invita a conocer la casa.

«¡Primo!», Pedro levanta la voz sobre el ruido de la fiesta. «Demos una vuelta por el jardín, así te muestro la propiedad que hace tanto quiero que conozcas». «Ya vuelvo, cariño», agrega depositando un suave beso sin afecto sobre la mejilla de su reciente esposa.

Benito, halagado de que Pedro le quiera mostrar su hogar, se levanta y lo acompaña afuera, de mejor ánimo.

Ni bien se alejan unos pasos, Pedro abraza a su primo y le susurra al oído: «Tengo miedo, Benito. ¡Necesito salirme! Te hice venir para que me ayudes. Esto es un infierno. ¿Ves a los guardias?»

Recién entonces Benito los ve. Están por todas partes. Es fácil diferenciarlos, por sus caras serias y concentradas, aunque vistan con igual elegancia que los invitados. Todos tiene intercomunicadores al oído y su traje abulta sospechosamente en la cintura.

Pedro le explica aceleradamente, que su fortuna la hizo como mano derecha de un poderoso narcotraficante. No le parecía haber estado haciendo algo malo. Los números se le daban bien, así que registraba todas las operaciones, cobraba los dividendos, y trabajaba de testaferro. Su problema se inició seis meses atrás, cuando intentó conquistar a la hija de su jefe. Él se lo había planteado como pura diversión, pero terminó convirtiéndose en su peor pesadilla. Cuando intentó cortar la relación, la muñequita fue con el cuento a papá, quien luego de una buena paliza, le obligó a poner fecha al matrimonio.

Pero lo peor fue la insistencia en que,  ahora que iba a ser su yerno, participara de lleno en los "negocios" de la familia. Pedro no pudo seguir negando entonces, que mucha gente sufría y moría todos los días para que él conservara su fortuna.

—Pensé que tal vez podría esconderme en tu casa por un tiempo. —Concluye bajando la cabeza.

—Pero... en mi casa... no tenemos lugar... Tengo que preguntarle a Ester —contesta Benito, comenzando a alejarse. Y a unos metros de distancia, cada vez más nervioso agrega —: Perdonáme, Pedro, pero no puedo.

—¡Por favor! ¡Te lo imploro! ¡Por los viejos tiempos!¡Lo prometiste! —Apremia Pedro tratando de no elevar la voz.

Benito retrocede, entiende por fin que la nota no era el anuncio del fin de sus apremios, sino el preludio del inicio de un problema mucho peor.

Ya no reconoce en ese hombre atemorizado y vacilante al prepotente y pendenciero que fuera su compañero de juegos. Se olvida de su necesidad de dinero, y siente una imperiosa necesidad de volver a casa. De escapar.

Se forma en su mente la imagen de la madre de sus hijos parada en medio del patio de tierra, rodeada de niños, mirándolo seria, mientras él se perdía en el horizonte. Ve en el fondo su rancho de madera al que le falta arreglar el techo, casi oye a las gallinas cloquear en busca de algo para comer. Le parece el paraíso.  

Pasan por su cabeza imágenes terroríficas, en las que toda su vida se desvanece. No puede permitirlo. La cobardía que lo caracteriza, le hace correr. El vino le nubla la cabeza e intenta salir por el lugar equivocado, se aleja de la fiesta, corre en dirección a la cerca.

—¡NO! —grita Pedro y comienza a correr tras él.

Pero es demasiado tarde. Los guardias lo ven e interpretan la imagen como una amenaza. Disparan. Tres, cinco, siete veces. Hasta que una bala hace impacto.

Los disparos no se escuchan; como una precaución adicional para no arruinar la boda de la hija del jefe, todas las armas tienen silenciadores. Benito siente, junto con el mordisco de la bala en el costado y el dolor que lo paraliza y hace caer, la humedad de la sangre empapando su camisa blanca.

Tendido en el césped perfecto, alcanza a ver por el rabillo del ojo, a Pedro que llora, sostenido por dos guardias que lo arrastran adentro, para seguir la fiesta. Piensa otra vez en Ester, en que debería haber escuchado sus advertencias y en que su mejor camisa tiene ahora un agujero y una mancha. Cavila también, en el último instante, si Pedro llorará por su muerte o porque ya no tiene escapatoria.

miércoles, 1 de febrero de 2017

La entrevista

Luis Rivera


—Señora Vásquez: la espera el licenciado Fajardo en la segunda puerta, al fondo del pasillo —dijo cordialmente Mariana, una esbelta asistente.

Ana se sentía muy nerviosa. Era su quinta entrevista en el mes, siendo descaradamente rechazada en las últimas cuatro. Sabía que su hoja de vida -por sí sola- no le daría el empleo que buscaba. Tenía más de once años de no trabajar, rondaba los treinta y seis años, y no portaba un apellido políticamente atractivo para ningún gerente. Sin embargo, poseía determinación, y conocía muy bien como pensaban los hombres. Se arregló rápidamente el pelo por tercera vez. Retocó sus labios con ese color rojo oscuro que penetraba, al que su madre llamaba «rojo puta». Se acomodó el saco, y buscó asegurar que su camisa quedara lo suficientemente entreabierta del escote para llamar la atención con su abultado busto, pero no tanto que se pudiera ofender algún puritano. Se puso de pie y bajó su falda, dejando que sus gruesas pantorrillas, sumamente elegantes en esos finos tacones, voltearan miradas a su paso. De piel blanca y altura considerable, más de alguna vez la han llamado «la mujerona».

Las oficinas de Móvil Global eran de primer mundo. Contrastaban con los viejos edificios del casco histórico de Ciudad de Guatemala. La empresa se había instalado en la Torre Panorama, que se posicionó con el honroso título de ser la obra civil más elevado de Centroamérica. Ocupaba veinte pisos de los cuarenta que contenía de construcción. Eran instalaciones al estilo abierto -sin oficinas tradicionales, sino áreas comunes- donde cada posición tenía doble monitor, varias tablets, innumerables audífonos, celulares y portafolios. Mantenían el ambiente frío, con la idea de aumentar productividad. Todas las paredes externas e internas eran de vidrio. La decoración era minimalista, aspirando a la pureza a través de la simplicidad. La empresa es extremadamente atractiva para las nuevas generaciones de millennials, jóvenes que no conocen una vida sin internet ni celulares.

Caminó hasta la puerta designada. Se encontró con un muchacho apuesto, inmerso en su laptop, perdido en sus pensamientos. Ana calculó que no podía tener más de treinta años. Levantó la mirada, y su gesto de incomodidad evidenció que no poseía la menor idea sobre quien tenía enfrente.

—Buenas tardes, señor. Vengo a una entrevista para la posición de trade marketing —dijo Ana, tratando de aparentar serenidad.

—Usted debe ser Ana Vásquez, ¿verdad? Pase, por favor, y tome asiento por acá —dijo Marco, mientras buscaba en su ordenador la información que le habían enviado sobre la postulante.

Ana se sentó en un sofá bajo, que le complicaba mantener una compostura decente con su angosta falda. Marco se levantó de su escritorio, y caminó hacia la pequeña sala. No disimuló en absoluto su mirada lasciva en las piernas y pechos de la entrevistada. Ella no reaccionó, pero se incomodó.

—¿Me cuenta sobre usted, señorita Vásquez? Yo soy Marco Fajardo, gerente de mercadeo. Tengo cinco años en Móvil, y para esta entrevista tenemos treinta minutos.

—«Señora Vásquez» —enfatizó Ana—, estoy casada. Soy licenciada en administración de la Universidad de San Carlos. Trabajé para la competencia de Móvil, Telemás, encargada del canal retail. Llegué a ocupar la gerencia de ventas en canal moderno. Luego me retiré, hasta ahora.

—Más de una década después está aquí —comentó Marco, con pronunciación espaciada—. ¿Por qué debería contratarla con tan poca experiencia? Si me permite ser franco, está bastante oxidada con las nuevas tendencias y tecnologías.

—Me va a contratar por lo que voy a lograr, no por lo que he dejado de hacer. Mi situación familiar me alejó del mundo laboral, y ahora la misma me obliga a regresar. Mi marido tenía una posición económica privilegiada que me permitió dedicarme al hogar. Pero eso ha cambiado drásticamente, y tengo la necesidad de generar ingresos. Aprenderé más rápido que cualquiera aquí, porque sé que estoy en desventaja. Esta es mi quinta entrevista, y ninguno de los anteriores vio más allá de mi currículum. Así como usted ha sido franco conmigo, yo estoy siendo sincera con usted. Pude haber inventado muchas fantasías que sonarán mejor que la verdad, pero no será con mentiras que lograré ganarme su confianza.

Marco la observó en silencio. No era fácil leer su expresión. Aparentaba una mezcla entre sorpresa y agrado. Miraba reflexivo el papel y jugaba con el bolígrafo nerviosamente. Ana no le quitaba la mirada de encima, buscando penetrar esa barrera frágil que montaba su posible empleador. Miraba en él una combinación interesante de juventud inquieta con madurez profesional.

—Gracias por su sinceridad, señorita Vásquez. Me gustan las personas de las cuales uno puede esperar transparencia, aun cuando les pueda jugar en contra. Usted es la última postulante de la terna. Hoy al final del día tomaremos la decisión y escuchará de nosotros.

Se despidieron de mano, y Ana se marchó. En el camino, le resonaba que Marco insistió en llamarle «señorita» aun cuando ella se lo aclaró. Le intrigó saber si fue a propósito o un simple desliz. Era aún la media mañana, no quería ir a casa.

Llegó después de las cinco de la tarde. Hilda, su suegra, estaba en la cocina supervisando la cena. Vivía con ellos desde hacía tres años, cuando fue diagnosticada con la enfermedad de Parkinson. Al ser madre soltera de hijo único, no había muchas alternativas para su cuidado cotidiano. El medicamento la ayudaba con los movimientos involuntarios de la enfermedad, pero ya no pasaban desapercibidos. Su baja estatura y endeble figura la hacían parecer débil y sumisa. Nada más alejado de la realidad. La convivencia diaria con Ana consistía en una tensa calma, condimentada con indirectas y sarcasmos. Dos mujeres compitiendo por el amor del mismo hombre puede llegar  a convertirse en una mezcla explosiva.

—No sabía que las entrevistas ahora duran todo el día. En mi tiempo, duraban solo una hora —remarcó Hilda mientras olfateaba una olla que hervía.

—Buenas tardes, Hilda. Gracias por su interés. ¿Alguna vez usted fue a una entrevista? Ah no, para eso tuvo que haber trabajado… ¿Ha visto a su hijo? Tengo noticias que darle.

—Debe de estar arriba. La esperó para almorzar pero se le cerró el estómago y nunca llegó su amada. Le insistí que comiéramos solos. Me despreció la invitación, siempre de necio.

—Me ocupé y olvidé llamar, aunque un estómago cerrado es de lo último que se nos va a morir Adrián. Voy a cambiarme para cenar.

La casa de Adrián Fernández podía considerarse una mansión. Constaba de dos pisos con casi novecientos metros de construcción. Tenía muchas más habitaciones de las que podía ocupar. La cocina era de tamaño industrial. Tres salas de estar presentaban diferentes ambientes para sus frecuentes celebraciones. El jardín, la piscina, y la terraza eran celosamente mantenidas a través de una empresa profesional de la jardinería, diseñados por una firma de arquitectos europea. Para un joven abogado de su edad, reflejaba el significativo éxito financiero alcanzado en su corta carrera profesional. Lastimosamente, los excesos han sido abundantes también. Con más de ciento veinte kilos de peso, una adicción alcohólica crónica, y una tos de cigarro que ya le estorbaba al dormir. Fisiológicamente hablando, era una bomba de tiempo. Pero él se considera un «gordito feliz».

Había crecido con mucha opulencia, fruto de la herencia que obtuvo su madre al enviudar. No conoció a su padre, y todos sus maestros opinan que le faltó esa mano de dura en su crianza. Siempre le gustó tomar la vía fácil antes que el esfuerzo pleno. Era fiestero y tramposo en la escuela. Conformaba mafias de tráfico de exámenes para no reprobarse, y sus amigos fueron siempre los mayores. Estudió abogacía, convencido de que era una carrera relativamente fácil y bien conectada para lograr abrirse paso en la política. Pronto comprendió el valor y la naturaleza recíproca de los favores. Conocía gente que conectaba con gente que necesitaba de gente que les sirviera. Y así se convirtió en el abogado del cartel de la energía limpia. Estas empresas se instalaron en el país aprovechando la crisis del petróleo que elevó los precios del barril y volcó las bolsas de inversión al etanol. Pero necesitaban permisos de operación, exoneraciones de impuestos, contratos gubernamentales, y nada era rápido ni barato. Adrián entendió cómo moverse en este nuevo mundo, para hacer que las cosas sucedieran. Con esto, lograba socios y accionistas muy satisfechos, que eran generosos para mostrar su gratitud, así como insaciables en lo que esperaban de réditos.

Conoció a Ana negociando los contratos de telefonía celular para el conglomerado. Se enamoró de inmediato. Así como manejaba su vida profesional -donde nada ni nadie lo detenía de lograr sus objetivos- manejó su relación con Ana. Usó su poder de negociación con la empresa para lograr una cita personal con la ejecutiva de cuentas. En su primera cena, le regaló un collar de perlas. En su segunda, tomaron un avión privado a Miami. Duraron dos semanas en regresar. A los dos meses, Ana se mudó a la casa de Adrián, y estrenaba un carro nuevo. El siguiente mes, se casaron en la playa, con una luna de miel que duró seis semanas. La nueva esposa renunció a su empleo, y fácilmente se adaptó a la vida acaudalada que le ofrecía Adrián. 

Se sentaron todos a la mesa a cenar, como lo hacían ocasionalmente.

—Me ofrecieron trabajo en Móvil Global —comentó Ana de manera trivial—. Me llegó la oferta esta tarde. Comienzo el lunes próximo en la posición de Trade Marketing.

Baby —respondió cariñosamente Adrián—, ¿para qué va a trabajar? Aquí tiene todo lo que necesita. ¿Verdad, madre?

—A mí no me metan en sus enredos. Bien saben lo que opino de mujeres que trabajan.

—¡No vamos a comenzar esta discusión de nuevo, Adrián! —exclamó Ana, haciendo su mejor esfuerzo en controlarse—. ¡Vos estás en la quiebra y alguien necesita traer dinero a la casa! Aunque sea la mujer. Voy a querer conocer su opinión, suegrita, cuando sea mi salario el que ponga la comida en esta mesa.

—Tranquila, baby, no hay porque ofuscarse. Este pequeño bache financiero es pasajero, como esas tormentas de invierno. Ya pronto el sol irradiará de nuevo en tu bello rostro, y todo será como al inicio.

—¿Estás borracho de nuevo, Adrián? ¡Solo te pones poético cuando andas tomado! ¡No puede ser, es martes, seis de la tarde, y ya te metiste media botella! Doña Hilda: ¡ayúdeme!

—Nada ganamos con levantar la voz y perder la compostura. Hijo, no más trago por hoy, por favor.

—Madre de mi alma, tus mandatos son mis órdenes. Nada me hace más feliz que satisfacer tus deseos —dijo un coqueto Adrián, sobando la mano de su progenitora de manera burlesca—. Y mi amada Ana, debemos brindar por ese nuevo empleo, que aunque será por corto tiempo, demuestra la gran mujer que me entregó la vida y el destino. ¡Salud!

—Me das asco —dijo Ana, levantándose bruscamente de la mesa y tirando su servilleta—. Borracho de mierda.

Ana sentía mariposas en el estómago, como una chiquilla en su primer día de escuela. Se cambió de ropa tres veces antes de sentirse cómoda con un traje de pantalón gris y camisa de seda blanca, combinada con unos zapatos negros. Fue cautelosa con el maquillaje para no abusar, y sus joyas fueron modestas y elegantes. Bajó a la cocina a tomar café, ya que raramente desayunaba. Hilda estaba leyendo el periódico, y con una mirada disimulada examinó a su nuera, incómoda con su vestimenta, pero reservando su opinión en favor de la armonía a esas horas de la mañana. Cruzaron un breve y frío saludo, y Ana salió hacia su nuevo empleo.

Marco le había preparado una sesión de bienvenida con todo el departamento. Se tomó el tiempo para presentarla y enseñarle las oficinas. Ana dudaba si era amabilidad natural o intencionada. Mientras avanzaban, él caballerosamente le abría puertas y frecuentemente tocaba su espalda, con el pretexto de dirigirla a través del laberinto de las oficinas. Observaba como otras colaboradoras le miraban con recelo; intuía que más de alguna había estado en su lugar en algún momento. Pero muy en el fondo, le gustaba la atención. Se excitaba con el roce de sus manos. No podía perderlo de vista. Disfrutaba escucharlo platicar con todos, reír a carcajadas, desenvolverse sutilmente. Sus sentidos estaban tan alerta que le penetraba el aroma de su loción, despertando sus instintos pasionales. Estaba resultando un esfuerzo retraerse.

A mediodía, Hilda subió al cuarto de Adrián para despertarlo. Desde que abrió la puerta, el olor a alcohol le impactó. Su hijo estaba dormido en el suelo al lado de su cama, completamente desnudo. Caminó hacia los ventanales, y con sus manos temblorosas, corrió las cortinas para que el cuarto se inundara de luz solar. Pudo notar varias botellas vacías tiradas, y una mancha de vómito en la cama. Quitó las sábanas, y trató inútilmente de levantar a Adrián. Este pesaba casi tres veces más que ella.

—Mamá, Ana ya no me quiere —lamentó el abogado, todavía medio inconsciente—, como ya no tengo dinero, ya no le sirvo. ¿Qué voy a hacer, mamita?

—Ponerse los pantalones, «mijo», y dejar de beber como animal.

—Estoy quebrado, «ma». Quebrado del todo. Ahora que ella encontró trabajo, me va a dejar. ¡Se lo juro! Solo será cuestión de tiempo…

—¡Deje de llorar como niña! ¡No parece hijo mío! —le interrumpió Hilda, irritada por la impotencia—. Ya vamos a resolver esto. Ahora a ducharse para que se le baje esa «juma».

Pasaron las semanas, y el trabajo de Ana solo se volvió más interesante. Comenzaron las giras al interior del país. Estaba conociendo gente, logrando y superando sus objetivos. Cada día era una aventura nueva, una crisis que resolver, un cliente a quien hacer sonreír. En algunos de los viajes, la acompañaba Marco. Pasaban horas manejando en carretera, donde podían platicar de todo y de nada. Por primera vez, alguien mostraba interés genuino por ella. Siempre fue la bonita, pero en el fondo eso la hacía sentir más como adorno que como pareja. Marco le hacía preguntas que nunca le habían hecho: ¿a qué le temes en la vida? ¿Cómo te gustaría envejecer? ¿Por qué quieres que te recuerde el mundo? Sin esfuerzo, se desencadenaban conversaciones profundas entre ellos que hacían que doscientos kilómetros de viaje duraran minutos. Ana quedaba añorando más tiempo con él. Pasaban días sin que llamara a casa. Y cuando lo hacía, duraban tres minutos las conversaciones para que se convirtieran en pleitos. Adrián no sabía como manejar su envidia y sus celos, mas que reclamando de forma burda y torpe. No podía digerir que la vida de Ana sí podía suceder sin él. Su miopía emocional lo llevaba directo al abismo.

Cerca del día de los enamorados, Marco invitó a Ana a cenar, después de un evento de trabajo. La llevó a uno de los restaurantes exclusivos de Guatemala, donde la clientela era reducida y las cuentas onerosas. El local tenía una ubicación envidiable en la parte alta de la ciudad, por lo que la vista nocturna se consideraba por sí misma un lujo. Un antiguo monasterio convertido en un local comercial del arte culinaria, tenía un ambiente mágico iluminado con antorchas antiguas. Contaba con seis chimeneas para reducir el considerable frío de un febrero chapín. Los meseros vestían túnicas al estilo de monjes medievales, y la cerveza se servía en copas de madera para aumentar la experiencia. La carta de comida era de origen francés, por lo que la reducida cantidad servida era una característica peculiar. Marco y Ana llegaron a eso de las nueve de la noche. Marco vestía un blazer oscuro, con pantalones de mezclilla y zapatillas de cuero. Ana se miraba espectacular. Su espalda descubierta en aquel tallado vestido rojo, con sus zapatos de tacones finos que dejaban al descubierto sus pies, contrastaban con el clima diametralmente, pero era una diva radiante.

Disfrutaban un vino argentino y platicaban, cuando escucharon un pequeño escándalo al otro lado del salón. Voltearon de manera rápida y siguieron en su plática, perdiendo interés instantáneamente. Conversaban sobre política, un tema que apasionaba a Marco y entretenía a Ana. Sin darse cuenta, se les aproximó alguien a sus espaldas.

—¡Así los quería encontrar, par de cabrones! —gritó un enfurecido Adrián—. ¡Con razón saliste tan caliente hoy, porque tenías cita con tu macho!

—Adrián, ¿pero qué te pasa? ¿Por qué me hablas así? Estoy con mi jefe y no quiero que me hagás una escena. ¿Andás borracho?

—¡A vos no te importa como yo ande! ¡Te vas a venir conmigo a la casa ahora mismo, grandísima puta! —gritó Adrián mientras tomaba del brazo a Ana—. No me vas a seguir viendo la cara de idiota.

—¡Estás loco, imbécil! —respondió Ana soltándose violentamente.

En ese momento, llegaron dos de los amigos con que andaba Adrián. Al ver como escalaba la discusión, decidieron interrumpir. Ana les pidió que le ayudaran a controlarlo, antes que se diera una escena mayor. Tuvieron que aplicar la fuerza para tranquilizarlo. Todo el local se había paralizado para observar el lamentable cuadro. Al fin pudieron sacarlo, no sin antes Adrián lograra quebrar algunas botellas y destruir adornos a su paso, gritando maldiciones dirigidas a Ana.

La temblorosa pareja salió de inmediato a raíz de una respetuosa solicitud del dueño del restaurante. Ana lloraba mientras iban en el carro con Marco, pero eran lágrimas de cólera, no de tristeza. Él manejaba en silencio, totalmente absorto en los hechos recientes. Siguieron por unos kilómetros más, cuando Marco ofreció a Ana un pañuelo y le preguntó si se le ofrecía algo, buscando ser caballeroso.

—Entremos en ese motel, por favor.

Marco se sobresaltó y miró a Ana con escepticismo, pero obedeció sus indicaciones. «Debe de estar atemorizada de llegar a casa y prefiere esperar aquí a que baje la marea», pensó nerviosamente Marco. Ingresaron al cuarto que estaba en tinieblas. Ana se acercó y lo abrazó fuertemente. Sollozaba mientras le pedía disculpas, despotricando contra Adrián. Él tomó su cara entre sus manos, y le repetía que no se preocupara, que nada grave había pasado. Cuando sintió que relajó sus hombros y dejó de temblar, procedió a besarla. Era el primer beso que se daban, aunque habían tenido meses de atracción física inerte. Y Ana se desató. Sin darle tiempo de pensar, le arrancó la camisa, reventando los botones sin misericordia. Lo empujó sobre la cama, y desató su pantalón. Quitó el resto de su ropa mientras Marco permanecía inmóvil, sin comprender lo que ocurría. Lo acariciaba con uñas y dientes, como poseída. Subía y bajaba en su cuerpo, gimiendo agitadamente. Se subió el vestido a la cintura, y se acomodó encima para sentirlo todo adentro. Le jalaba el pelo y mordía sus orejas, moviendo sus caderas en un ritmo ascendente, jadeando, incontrolable. Ambos explotaron al mismo tiempo. Ella temblaba en espasmos bruscos, hasta que colapsó a su lado. Marco exhalaba pesadamente, aún confundido por lo que acababa de suceder. Ana lo abrazó, y besó suavemente su mejilla.

—Espero hayas disfrutado, tanto como yo.

—Me encantó, aunque nunca imaginé que esto pasara hoy.

—Ese imbécil se la buscó. ¿Quiere estar celoso? Pues ahora tiene justa razón —dijo Ana, con una mirada fría como tumba, sus pensamientos lejos de ese oscuro motel.

—¿No tiene miedo de llegar a casa? Ese loco la puede herir, en ese estado de cólera y alcohol con que salió.

—¿Sabe qué voy a hacer? Lo voy a matar. Así de sencillo. Es un estorbo para mí, y nunca me va a dejar divorciarme de él. Lo enmascaro en una de sus borracheras. Nadie se va a enterar.

—No haga bromas así, Ana —dijo Marco, muy nervioso y arrepentido del rumbo que había tomado la noche—. Será mejor que nos vayamos, se está haciendo tarde.

—¿Bromas? Yo no bromeo con estas cosas. Quien las hace, las paga. Hoy lo mato.

Marco dejó a Ana frente a su casa. Estaba incómodo, ya queriendo irse. Se sentía contrito por haber llevado las cosas hasta ahí. Mañana buscaría cómo alejarse de esta novela mexicana. Ana se bajó sin despedirse, presintiendo los pensamientos de Marco. El carro de Adrián estaba en la cochera. Aun así, ella ingresó sin temor. «Casa de locos, en que lío me metí», reflexionaba mientras la veía alejarse. Arrancó agradecido de que la noche haya terminado.

La mañana siguiente, Marco añoraba esconderse de Ana, profundamente agobiado con todo lo sucedido. «¿Qué necesidad tengo de estas complicaciones? ¡Me van a matar por andar donde no me llaman!», se decía a sí mismo mientras miraba a su puerta, esperando que llegara Ana, como ella lo hacía todas las mañanas. Al mediodía, comenzó a preocuparse. Aún no aparecía. Su primera ocurrencia fue que su marido debió de haberla golpeado tanto que la había marcado. Pronto descartó esa idea. Luego, con escalofríos, recordó lo último que le dijo Ana al bajarse del carro: «Hoy lo mato». Pero también consideró absurda esa realización por todas sus implicaciones. «¿Entonces qué pasó?», especulaba en silencio Marco. A media tarde, inventó una excusa y solicitó a su asistente que localizara a Ana, enloqueciendo de la preocupación. Quince minutos después, regresó la secretaria y se detuvo frente a su escritorio, con cara de espanto.

—Licenciado Fajardo, le tengo malas noticias. Ana no me contestaba su celular. Entonces busqué en su expediente el número de su casa, y llamé. Me contestó la suegra, y me informó cuando le pregunté por Ana, que no había llegado a trabajar hoy, y tampoco habíamos tenido comunicación de su parte…

—¡Mariana! ¿Qué pasó? ¡Déjese de rodeos por el amor de Dios!

—Marco, ¡Ana murió! —gritó nerviosamente la asistente, soltándose a llorar—. La señora me dijo que había tenido un accidente al caer por las gradas de la casa. ¡Se murió Ana! ¡No puede ser, si solo ayer estuvimos almorzando juntas!
Marco cayó sobre su silla, helado y pálido como un cadáver. La mano izquierda le comenzó a temblar, un tic nervioso que se disparó con la noticia. Venían a su mente todas las imágenes de la noche anterior: la cena, el pleito, el motel, la despedida. Todavía tenía el olor de su cuerpo en sus manos, y ahora estaba muerta. Las lágrimas comenzaron a rodar. Llegaba la gente de la oficina y le hablaban, pero no entendía, como cuando se ve la televisión sin volumen. Lentamente, habiendo perdido la noción del tiempo, le pidió a un compañero que lo llevara a casa de Ana, ya que no se sentía capaz de manejar. Se auto invitaron dos colegas más, y salieron.

Al llegar, encontraron la casa llena de policías. Buscaron algún familiar, pero no había ninguno. Uno de los oficiales, al exigir saber quiénes eran, revisó sus notas y volvió a preguntar el nombre de Marco. Una vez confirmado, le pidió que pasaran a una habitación para un interrogatorio. Marco relató lo ocurrido la noche anterior, omitiendo la visita al motel. El investigador insistía en repetir las preguntas y respuestas sobre la riña que hubo en el restaurante, y en el comportamiento de Adrián. Confirmó que en efecto, la discusión en el local había sido sin provocación por parte de Ana, motivada por celos. Por último, le preguntó directamente si tenía una relación amorosa con Ana. Marco tartamudeó un «no». Le citaron para que llegara al centro de investigación al día siguiente, para realizar más pruebas.

Le informaron posteriormente que habían apresado a Adrián, acusándolo del asesinato de su esposa. La escena fue descubierta por la empleada que ingresó a la casa a las cinco de la mañana. Encontró a Ana tirada en la base de las escaleras, sin vida. Llamó de inmediato al número de emergencia y llegaron enseguida. No había nada que hacer para salvarla. Adrián estaba en su cuarto, alcoholizado. Hilda también había estado dormida, y se despertó con la llegada de la ambulancia. Cuando llegó el médico forense y el equipo de investigación, rápidamente descartaron la hipótesis de un accidente. Confirmaron los hechos de la noche anterior, y procedieron a llevar en custodia a Adrián como único sospechoso. De ahí en adelante fue muy sencillo construir la acusación para la Fiscalía. Sobraban testimonios sobre la adicción alcohólica de Adrián, y el deterioro de su matrimonio desde su crisis financiera. Incluso hubo evidencia de violencia doméstica en el pasado. Abundaron los testigos del pleito en el restaurante, donde algunos llegaron a afirmar que escucharon amenazas de muerte. Pudo probar el fiscal que Adrián había comprado un seguro de vida para ambos hacía nueve meses, cuando ya estaba sin trabajo, por un monto que lo dejaría en una situación muy ventajosa con la muerte de su esposa. Para rematar, encontraron muestras del ADN de Marco en el cuerpo de Ana, demostrando que habían estado juntos esa noche, y que Adrián los había descubierto. Catalogaron el caso como crimen pasional, y en dos meses lo sentenciaron a veinticinco años de cárcel. El caso se volvió mediático y el fiscal a cargo ganó mucha publicidad, al punto que pudo aprovechar la nueva fama para erigirse alcalde de ciudad Guatemala en las elecciones de medio año.

Hilda quedó desprotegida con el encarcelamiento de Adrián. Los deudores y los bancos la evacuaron de la casa, para con ella saldar los préstamos. La única opción que tuvo fue irse a un asilo de ancianos, ya que su enfermedad requería atención permanente.

—Buenos días, doña Hilda —dijo la enfermera que le llevaba su desayuno—. Espero que haya amanecido bien.

—Todo bien, hija, aquí pensando en mi Adrián. Hoy es su cumpleaños, espero poder lograr hablar con él. Cada vez cuesta más con todas esas restricciones de seguridad de la Reforma. 

—Me da mucho pesar su hijo, doña Hilda. Sigo creyendo que es inocente, y que ese alcalde solo lo atornilló para salir rápido de ese enredo.

—Adrián está bien, Mariela. Hizo lo que tenía que hacer: vengó su honra, porque ya los cuernos que le puso esa mujercita le llegaban al techo, y dejó de beber, porque ahí no les permiten ni vino de consagrar.

—Pero nunca pudieron demostrar nada concreto, doña Hilda.

—A lo mejor es porque él no lo hizo… Lo que importa es que todo se arregló después de eso. No todo es lo que parece. ¿O usted cree que yo enviudé también por pura coincidencia?

Celia

Bernardo Alonso de la Vega



Llegaba a la plaza de San Jacinto como todos los sábados; desde las empinadas escaleras de acceso podía oír la orquesta afinando los instrumentos, piano, marimba, arpa, flauta, trompetas, timbales y güiro, notas aisladas que no formaban melodía alguna, y sin embargo eran el preludio de la armonía del danzón en aquella tarde. Podía sentir encima de mí las nubes que amainaban el fuerte sol de la joven tarde y la brisa del cercano puerto refrescando mi sudoroso rostro.

La rutina de vestirme para un baile más era una completa solemnidad y gozo: la guayabera obsequiada por mi compadre -que en paz descanse; lo echo de menos- a la que había tenido que remendar algunas partes, pero se me veía de lujo. Eso pensaba cuando me veía al espejo: tres hileras de alforzas a la espalda, dos bolsas al pecho y un par de tiras de bordados al frente.

Luego los pantalones de lino tan elegantes con pinzas y ajustados al tobillo. Claro, que lo elemental eran mis zapatos de charol negro con crema, agujetas cruzadas y tacón medio; seguro en la plaza me envidiaban. Son de la zapatería de aquel viejo italiano que mataron en la orilla de la carretera por tramposo, no recuerdo ahora su nombre.

Para culminar, nadie podía dejar de admirar mi hermoso sombrero de palma con la cinta de seda negra -¡Qué bárbaro, cómo luce este sombrero en mí!- Listo para salir, tomo mi monedero y las llaves del departamento.

Al subir por la calle a la plaza que está a cuatro cuadras de mi hogar algo que no podía faltar, mis cigarros Faros. No son vicio sino una costumbre, los compro en la Farmacia Francesa que queda de camino; y listo para un danzón más con las ansias de un perro al salir a correr a un parque.

La plaza de San Jacinto a unas cuadras del embarcadero se forma de una explanada rodeada de viejos y altos ahuehuetes, al centro un quiosco morisco rojizo, donde la orquesta se posiciona para una mejor acústica. A un costado cada sábado por la tarde se coloca un rectángulo en varias filas con las sillas viejas del Cine Universal proporcionadas por la municipalidad que rodean la pista de baile.

Busqué a Celia como todos los sábados, tercera silla de izquierda a derecha en la segunda fila platicando con las demás señoras que codiciaban su imagen y personalidad. Mis ánimos se desbordaban por poder estar con mi compañera de baile quien me derrite de solo verla, sé que va a estar ahí justo donde siempre. Recuerdo con temor y coraje aquellas dos semanas hace un año. Salió de viaje a Villahermosa con sus nietos para regalarles unos terrenos que su difunto esposo le heredó.

Era el hecho de pararse ahí a unos metros de la reunión de viejos románticos y empezar a tratar de divisarla y ubicarla lo que me emocionaba. Caí en la cuenta de que no solo era bailar sino saber que con cada canción estaría tomado de su mano y cintura, pensar que sólo eran centímetros a lo que estaría de esa boca; me sentía como niño de secundaria.

Pero hoy llegué y nada, la confundí con la gorda nueva del grupo ¡Cómo es posible que la haya confundido! Esa figura esbelta y espigada con semejante cosa. ¿Quizás el peinado? Jamás le contaré, se ofendería seguro. A lo mejor fue la emoción y estos viejos ojos.

Sería bueno describirles a Celia: le gusta la vuelta con pase y mano a la cintura, por lo menos lo hace tres o cuatro veces cada sábado por la tarde, no cualquiera se atreve a dar aquel paso, es una osadía intentarlo, se necesita una suave y delicada silueta con verdadera energía y cadencia, seguro la gorda nueva haría una vergüenza. Porta un vestido ajustado al talle con escote y vuelos color fucsia, ajustado con el cinturón negro que lo dice todo de sus delicadas y delgadas curvas, porque a sus sesenta y muchos no ha cambiado nunca el agujero; los zapatos negros altos cruzados; su delicado abanico, que usaba en estas tardes bochornosas cuando el hermoso cuello se humedecía con el sudor y me dejaba satisfecho de hacerla bailar hasta la transpiración. Lo bueno es que mi abuela, la mamá de mi mamá, era inglesa, por eso una mujer de la estatura de Celia me queda a la medida, mis ojos en su frente, su mejilla en mi mentón. He bailado con ella dos años desde que mi flaca me dejó y podría apostar que no ha engordado ni medio kilo. El perfume es de gardenia como el de la maestra Laureana que tuve en la primaria, seguro mi primer amor y este seguro el último. Cómo es la vida de irónica, dos gardenias para mí. El ramillete de rosas obviamente en la oreja derecha delimitando a los viejos calientes diciéndoles que es casada o por lo menos que no está disponible. Sus labios son gruesos y jugosos, pintados con el mismo tono del vestido, cabello castaño delicado y sencillamente peinado, ojos enormes color miel proyectados con relucientes pestañas. Sus manos, aunque con los huesos y venas marcados por la delgadez, eran suaves y tersas, es claro que antes de venir les aplicaba crema como un detalle para mí.

Pasaron más de diez minutos y no llegaba, ya estaba por iniciar la orquesta la primera pieza, los músicos estaban por acabar la afinación. Comencé a desesperarme, no quería bailar con nadie más, era mejor que me hiciera el tonto. Toda la semana esperando por este momento y quedaría sin bailar con Celia. ¡Carajo!

Solo a mí me pasa esto, soy un viejo terco. ¡Sólo soy eso, un viejo! ¿Cómo me ilusiono por cosas de chiquillos? Soy tan impulsivo como me lo decía mi padre, bien lo recuerdo a cada momento que le proponía una idea o un negocio: «¡Eleuterio, eres un soñador, piensa bien las cosas, muchacho!».

¡Oh por Dios! era la gorda nueva que se acercaba, venía sola, se dirigía directo a mí, decidí tomar la silla de Gastón que estaba a un costado de la orquesta como un espectador para que no hubiera duda de que no iba a bailar esa tarde, pero la gorda seguía acercándose, soy cegatón pero el reojo no me falla, venía por mí, seguro las viejas cacatúas le habían dicho que soy el mejor bailarín de la plaza y pues en un arranque de bravura decidió lucirse sacándome a bailar, pero ¿qué le pasa a esta mujer, caramba?

Decidí encender uno de mis Faros, para dejar clara mi posición de no bailar, que le quede claro a esta gorda. Si estuviera aquí Celia otro gallo hubiera cantado. Iniciaría la primera pieza de su mano y hasta el final con los aplausos a la orquesta. Otro sábado de éxito esa hora y media de baile intercalado con cuatro descansos y haber compartido una cerveza, disfrutando de la hermosa sonrisa y cálida plática de Celia. Pero no era así, hoy estaba destinado a ser la presa de ese mastodonte y seguro no podría negarle el baile.

¿Y si a la mitad del baile llegaba Celia? Perdería mi renombre de caballero, jamás dejaría a una pareja de baile a la mitad para tomar otra, tampoco alejarle con malos pasos. La reputación que tenía en esa plaza era legendaria, desde la botica, el bar Dos Santos y hasta en el asilo de la Luz se hablaba de Eleuterio como un referente de la plaza San Jacinto, los espectadores sentados alrededor de la pista aclamaban el ritmo de Eleuterio y Celia cada vuelta atrevida que nos divertía y dominábamos. Sólo Pedro Almeida me superaba pero tenía diez años menos y dio giras por el país en la compañía de danza cuando joven.

Hoy me veía a todo dar, me había esmerado en verme bien, compré una nueva colonia, fresca y fuerte, en verdad quería sorprender a Celia con mi apariencia y entusiasmo, eso la alegraba y sacaba su sonrisa. Ya ni modo, sería por esta tarde con la gorda, trataré de no quedar bien, quizás ser seco y desagradable para que el siguiente sábado no insistiera en sacarme a bailar, ya para la próxima semana sería todo igual con Celia, siempre hay que tener tragos amargos de vez en cuando para disfrutar las mieles. La próxima semana bailaríamos juntos y la tomaría de la cintura, ella de mi hombro, las manos bien puestas a la altura de nuestras mejillas, codos en perfecto ángulo recto, levantando la barbilla, cruzando miradas que adivinan y dicen todo con una simple sonrisa. ¡Cómo me divertía a la mitad del baile! Asombrando a todos con la vuelta de tornillo y marque para pasar a saludar a la orquesta en una armonía perfecta, sin estorbarnos, dando paso al siguiente movimiento de forma rítmica y coordinada como si de un solo cuerpo se tratara.  

¿Y si estuviese enferma? o ¿si su ausencia se debiera a una emergencia grave? No quería pensar en algo malo para Celia, el solo pensarlo me recordaba los meses de soledad y depresión al principio de mi viudez. Mi flaca me dejó mutilado y ahora Celia me remendaba, sería funesto para mi alma.

Mi resignación está presente, ya no me quedaba de otra, pero ¡un momento! Un viejo de mi edad siempre puede alegar la ciática. ¡Eso es, la ciática!  ¡Por fin mi salvación!  

En ese instante después de estar absorto en mis pensamientos siento el inevitable toque de la mano grande y húmeda en mi hombro, una voz rasposa y grave. No pude hacer más que voltear hipócritamente con la respuesta adecuada en la boca, pero me sorprendió cuando la mujer de rebosantes cachetes embutida en el vestido color durazno y un ridículo tocado verde pastel se dirigió a mí por mi nombre. Como el galante caballero que soy me puse de pie ante la rolliza dama renacentista. Las palabras que le vi pronunciar mientras armoniosamente agitaba la papada eran inimaginables por mí en ese momento; acabaron por aliviar mi día salvando mi tarde de danzón reavivando mi ilusión, borrando esa horrible pesadilla de mi mente, no solo bailar con esta voluminosa mujer sino haber visto a Celia acaparada por algún viejo rabo verde presumiendo como trofeo a la diva de la plaza con dos pasos simplones, o algo peor: la ausencia total de Celia.

Qué alivio oír lo que aquella áspera voz entonó: 

«Eleuterio, Celia te busca del otro lado de la orquesta».