jueves, 16 de junio de 2016

Wasap Miriam - Disponible

María Elena Rodríguez


La lucidez es la herida más cercana al sol
René Char


12 de marzo de 2016

Carlos Alberto: Me encantó verte!!!
Miriam:  hola, realmente fue un gusto encontrarte …
Carlos Alberto: Fue lindo señora
Carlos Alberto: Tuve una sensación hermosa pero también adolorida
Miriam: x q? mi historia?.... la estoy afrontando, ahí estoy dando la cara.
Carlos Alberto: Eres una gran amiga que luchas con dignidad
Miriam: gracias... ¿no me viste demacrada? me preocupa eso
Carlos Alberto: No, hermosa, como en la universidad
Miriam:  bueno.... gracias.
Miriam: Eres un bello. Ya habrá tiempo de reírnos más.
Carlos Alberto: Tus ojos me matan…
Miriam:  ¿en serio? ja ja
Carlos Alberto:  siempre bella…única.

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Miriam: Arturo, andas x ahí? siguen llegando a mi casa tus resúmenes bancarios.
Arturo: otra vez d víctima? es la casa de mis hijos o no?
Miriam: d qué hablas? Mejor me río, voy a buscar una suite para vivir,  esto de estar trabajando en el negocio q me dejaste botado ya  me cansa, tal vez por eso es tan difícil,
Arturo:  Yo creo estas conflictuada por tus frustraciones y pierdes la perspectiva.
Miriam:  No Arturo,  te lo digo en serio,   estoy cansada es hora que vea por mi.
Arturo:  Siii nunca has visto por ti. Nadie a visto por ti!!! te fastidiaste de lo hijos?
Miriam: No me des lecciones, A cuántas terapias de Julián fuiste?, quieres q siga hablando???, sabes todo lo q tuve que pasar para q no caiga y se entierre en las drogas, no me des lecciones, no sabes de qué hablas, ni con quien hablas, ok. Puedes vivir con ellos, libres de conflictos, drogas… ah… tienen buenas calificaciones.
Arturo: Miriam no t precipites. Estas decisiones Arturo está escribiendo…

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Jordana: hola amiga preciosa q tal como estás?
Miriam: hola Jordi todo bien, tú?
Jordana: bien, guapa, sabes estoy en la venta por catálogo de bisutería fina y ropa interior brasilera (sexy) es a crédito
Miriam: no gracias, por el momento no necesito.
Jornada: si es por la plata y estás corta no importa, es a crédito, me pagas en cuotas, te hago firmar unos vales  a plazos
Miriam: no Jordi gracias, no quiero quedarte mal y estar luego con apuros.
Jordana: sigues en problemas de dinero por tu ex.?,
Miriam: no, no es por eso, no quiero endeudarme con cosas que no necesito, te dejo estoy ocupada.
Jordana: ok. Disculpa

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COLEGIO: Estimados padres de familia. Les recordamos que el próximo lunes a las seis de la tarde será la reunión para planificar la Kermés de este año, cuyo lema será:  “Familia siempre unida”, los fondos recaudados serán destinados a mejoras en el salón de uso múltiple, así como también la edificación de un monumento a Bernardo Cañizares, padre de nuestro querido rector y mentor de esta gran obra educativa que es nuestro colegio “Surcos del amanecer”. Recordamos también a los padres de familia los pagos pendientes de la pensión de sus hijos, los que tienen valores adeudados se les informará por mensaje privado. Gracias por colaborar.
COLEGIO CUARTO CURSO -F. Meneses: ¿monumento? es en serio, creo q es un desperdicio o es una broma?
COLEGIO COLEGIO CUARTO CURSO -L. Andrade: de acuerdo además que no nos han consultado
COLEGIO- CUARTO CURSO - S. Buendía: así es además somos los padres de familia los q vamos a aportar con nuestro dinero, deben consultar primero, hay cosas más importantes q necesita el colegio.
COLEGIO CUARTO CURSO - F. Meneses: para q sirve a los estudiantes un monumento de un ilustre que está muerto pordrián explicarnos pro lo menos…
COLEGIO CUARTO CURSO -P. Quirola: claro que sirve para que se caguen las palomas ja ja ja
COLEGIO CUARTO CURSO: … Colegio está escribiendo…

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COLEGIO: Estimado padre de familia, informamos que su valor adeudado por dos meses de pensión de la colegiatura de Julián y Camilo es de $ 800,oo. Rogamos ponerse al día lo más pronto posible.
Miriam: … Miriam está escribiendo…

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Miriam: Camila, por favor necesito que me despachen el material para la instalación de los baños.
PROVEEDORES ASOCIADOS: que pena Miriam, sabes no lo puedo hacer, tu crédito se ha vencido, páganos un poco y enseguida te mando, ya no me autorizan…zorry
Miriam: por qué?, claro que me retraso un poco pero les sigo pagando.
PROVEEDORES ASOCIADOS: fue orden de mi jefe, no depende de mí habla con él.

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HIJOS -Julián: Ma…  casi no hay nada en la refri… comprarás algo, nos vemos buen fin de semana maaaa… tqm.
HIJOS – Camilo: nos vemos domingoooo maaaaa…
HIJOS – Miriam: un beso mijos, no olviden que tenemos almuerzo.

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Germania: Miriam te esperamos mañana para el almuerzo de mamá, llega puntual… le vamos a regalar   una medalla de la virgen, es de oro puro italiano, me depositas en mi cuenta 150 todo está organizado
Miriam: mmm…cuándo decidieron todo, haremos con quienes, no me haz avisado antes, pq recién me avisas?,
Germania: mira no discutamos de gana, no me interesan tus sutilezas siempre es lo mismo. Puedes venir con tus hijos
Miriam: graaaaacias… prefieren otras compañías ja ja
Germania: A qué te refieres?, lo que te dije  de las compañías de Julián la otra vez no era por incomodarte..
Miriam: Bueno, tus hijos son intachables, lástima que los controles no te resulten con tu esposo.
Germania: qué te pasa??? Germania está escribiendo

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EX.COMPAÑERAS Ximena: amigas bellas, el próximo sábado resolvimos hacer la fiesta por nuestros 25 años de graduadas, será una reunión fenomenal en la casa de Julieta Verdesoto, en su casa de campo que es muy linda además, Todo está organizado, por favor, tienen  mi número de cuenta corriente y datos para que paguen la cuota, es de 100 dólares. Por fis, vayan solas es un reencuentro entre todas, maridos e hijos no se sentirán bien necesitamos espacio para nosotras.
EX.COMPAÑERAS Carla: gracias, yo no puedo ir
EX.COMPAÑERAS Mariana: yo no tengo marido, solo amantes ja ja ja
EX.COMPAÑERAS Martha: disculpa Ximena, no me parece, resuelven las cosas sin consultar, definen fechas sin consultar, y piden cuotas sin consultar.
EX.COMPAÑERAS Ana: por cierto Xime, está pendiente que nos enseñes los reportes de gastos de la otra reunión, ahí nos pidieron una cuota de 50 y era solo para celebrar un cumpleaños… fuimos 15 compañeras,  solo tomamos té y galletas
EX.COMPAÑERAS Ximena: bueno, ese día les enseño todo, yo no tengo problema ser la tesorera del grupo me toma mucho tiempo. Resolvimos las que somos del comité porque es difícil ponernos  de acuerdo, si no les parece, pues bien, las que si pueden mi cuenta es 305577655 Banco Crédito Global. Gracias a todas las que quieran participar será un encuentro entrañable de las verdaderas amigas.
EX.COMPAÑERAS Susana: Susana está escribiendo…

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Miriam: arquitecta buenos días, quería saber si tiene alguna respuesta sobre la cotización enviada.
Arquitecta Santana: gracias estimada Miriam, súper bien, nada más te pido que te rebajes un 15% y el contrato es tuyo..
Miriam: 15% es demasiado arquitecta, como se demoran en pagar, yo no puedo sostener esos desbalances.
Arquitecta Santana: mira, piénsalo bien  no te olvides que detrás de cada propuesta hay 20 esperando, a cualquier precio
Miriam: lo voy a pensar y le comunico. Gracias.
Arquitecta Santana: no podemos esperar mucho, martes empezamos la obra

Es sábado, antes de salir a la reunión por el cumpleaños de su madre, Miriam se dirige  al jardín y corta una rosa blanca del añejo rosal que está frente a la ventana de la sala; ese espacio es el más entrañable recuerdo de su infancia. Vive en la casa de sus padres, donde nació y creció, ¡imposible arrendarla!, le dijo a Arturo que lo haría, para asustarlo. Fue el único patrimonio de su familia, hicieron un testamento antes de que su padre muriese, la dividieron en cuatro y Miriam decidió con mucho esfuerzo comprar a cada hermano su parte, no hubo mayor inconveniente, todos eran ya “muy prósperos” así que se sintieron nobles y generosos con ella, pues la valoración que se hizo de la casa estuvo muy por debajo de lo que costaba; su hermana Germania llevó  a la madre a vivir en su casa. Como es fin de semana, sabe que sus hijos los días viernes no llegan a dormir, se quedan siempre en la casa de algún amigo,  ya no se preocupa; la batalla que libró con Julián para que no se involucrara en las drogas quedó atrás, se siente  tranquila con eso. Camilo,  el hijo mayor, sigue su rumbo, está en último año de colegio,  a Julián le faltan dos. Subida en el auto, mira el celular, le llegaron mensajes de los chicos, tienen un chat en grupo.

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13 de marzo

HIJOS-Camilo: mami no voy al almuerzo de tu familia ya sabes pq… tu hermana me cae mal ji ji… saludos a la abuela q te vaya bien trae algo de comer.
HIJOS-Miriam: ya querido, gracias por avisar. Te quiero mucho.
HIJOS-Julián: voy cine con Gloria y Jonás grasias por la plata q te vaya bien en almuerzo besos a mi abuelita y una patada a los tios  jajaja
HIJOS-Miriam: no seas malo ja ja ja… me divertiré en tu nombre. Que te vaya lindo. Un besito.

Al llegar a la casa de su hermana  entran dos mensajes más, le escriben Jordana y Carlos Alberto, no los abre,  apaga el teléfono.

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*Jordana: Amiga estoy en un negocio buenísimo.Estoy vendiendo planes de seguro de jubilación pero es de una compañía de Estados Unidos te mando el link para que revises y el lunes hablamos.www.securityeternal-live.com. bye

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*Carlos Alberto: Miriam andas x por ahí? q haces esta noche, podemos tomarnos un kfe y charlar de los viejos tiempos?  Prohibido decir no.

Desde afuera se ve que es una fastuosa celebración, sabe que el cumpleaños de su madre es nada más un pretexto, a Germania le gusta exhibirse socialmente. Cuando llega le recibe su cuñado, como siempre, su lasciva mirada es respondida por ella con un gesto displicente, Miriam no lo soporta. Sigue de largo, saluda levantando la mano a la distancia a Teddy y Jaime, sus dos hermanos, están parados cerca al comedor, con sus cuñadas hace lo propio, pero ellas no le prestan mayor atención. Miriam no tiene una cordial ni frecuente relación con ellos, es la última de los cuatro hijos. Germania es la mayor, con Orlando tienen una próspera importadora de vehículos; Teddy y Jaime  se han beneficiado mucho de esa actividad, pues hacen negocios conjuntamente,  por lo tanto, sus encuentros sociales son solo para hablar de finanzas; Miriam se siente fuera de sitio, pero ese día no está para hacerse problema, quiere pasar bien. Camina directamente hacia un rincón de la enorme sala donde está su madre;  el resto de invitados, entre brindis y charlas informales, no dejan de lado sus teléfonos móviles; Germania es la reina anfitriona, las hermanas no se saludan.

Sentada en una silla de ruedas, con su escaso cabello blanco perfectamente peinado, encuentra Miriam a su madre. Frente a ella hizo un tierno guiño con los ojos, teniendo la mano izquierda escondida la saca para entregarle la rosa blanca.

—¡Mi preciosa!, ¡feliz cumpleaños!, ¿te gusta?, es de nuestro jardín —Miriam tiene que hablar alto a su madre, casi no oye.

—Pero ¡qué belleza es ésta!, gracias hijita, ¿dónde están Julián y Camilo?, ¿por qué no vinieron?

Miriam le contó que estaban  muy ocupados preparando tareas del colegio,  era su mentira piadosa, pero le dice que los dos le mandaron muchos besos y abrazos de felicitación. Se fijó que su madre tenía en el cuello colgada la medalla de la virgen María, supuso que era la joya italiana de la que le habló su hermana el día anterior,  vio que al reverso tenía una inscripción:

Ruega por nosotros madre mía, tus hijos amados:
Germania, Teddy y  Jaime

Al mirar la medalla Miriam solamente sonrió, no le llamaba la atención las actitudes  de su hermana, quien desde otro ángulo de la sala, no deja de observarlas a ella y su madre; cariñosas y cómplices, desde siempre, algo que nunca pudo soportar ni controlar, así como tampoco las innumerables hazañas amorosas de Orlando.

—Estás preciosa Miriam, pero tus ojitos están cansados, ¿todavía lloras mucho hijita?

—No mamita,  olvídate de eso.

—Qué bueno, ¿para qué tanto desgaste?, trabajas mucho, necesitas descansar, necesitas que te amen… trabajas mucho hijita, ¿y mis nietos?

—¿ Me tienes un candidato? —respondió Miriam.

—Si, el de siempre, Dios hijita, solo Dios. Todo llega, solo tienes que estar tranquila, lo que es tuyo viene del cielo, no te desesperes, solo ten paciencia… trabajas mucho.

La madre mientras  decía eso, acariciaba el rostro de Miriam con enorme ternura, estaba emocionada, conmovida, no era tristeza ni dolor, le inquietaba mirar a su hija siempre atareada, correteando de un lado a otro, pensaba que la vida se había ensañado con ella. Cuando se miraron a los ojos las dos empezaron a llorar como niñas pequeñas, entonces Miriam se limitó a besar con cariño sus manos.  Por la fuerza de los abrazos que se daban cayeron algunos pétalos de la  rosa en el regazo de su madre, ella tomó uno y lo guardó en su pecho.

La magnífica celebración siguió hasta casi media noche, Miriam a las nueve estaba bajo las cobijas, antes había prendido el celular  solo para enviar un mensaje a sus hijos.

Es domingo, Miriam se levanta  de buen genio, está feliz, después de todo, se divirtió en la casa de su hermana, pasó un buen rato en familia. Comentó a Germania sobre la inscripción de la medalla de la virgen.

…¿te olvidaste mi nombre?...  bueeeenooo, esteeee….

Ayer, casi entrada la noche y al calor de unas copas de vino las hermanas se abrazaron; Miriam confraternizó más tiempo con Teddy y Jaime,  sus cuñadas alabaron su vestido y   figura “a pesar del fuerte e incesante ritmo de trabajo que tiene”, con Orlando cruzó algunas palabras cordiales. Cuando llegó el momento especial, la foto familiar, todos posaron  felices,  se los veía contentos de verdad, se fundieron en ese instante, la madre apenas logró recordar que cumplía ochenta y ocho años; lloraron con elegancia y disimulo,  la ocasión entrañable quedó registrada en la memoria de  varios teléfonos  móviles y en  una cámara Nikkon-300 de manos de un fotógrafo profesional, especialmente contratado para la ocasión.

Luego de sus remembranzas, Miriam toma el  celular,  siempre lo deja en un sillón  donde coloca la ropa que usó el día anterior, no había mensajes nuevos aparte de los que no leyó ayer de Carlos Alberto y Jordana, lo hará más tarde, en ese preciso momento le escribió Arturo.

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14 de marzo de 2016

Arturo: ayer estuve un rato con los chicos, fuimos juntos al supermercado, te compré todo lo que siempre te ha gustado, son unos bellos hijos gracias a ti. Espero que la celebración con tu mami haya sido muy linda, tengo grandes recuerdos de ella. Miriam no quiero discutir más sabes mi situación, voy a hacer lo mejor que pueda las cosas por nuestros hijos.  no daré más tu dirección para que llegue mi correspondencia bancaria, tal vez es una vieja costumbre. Gracias por todo .

Miriam esbozó una sonrisa irónica. Cada vez es más lejano el recuerdo de lo que fue su divorcio. Ella y Arturo son arquitectos, él tuvo la idea de iniciar un negocio de distribución de material de construcción, soñaron con ser grandes y prósperos, iniciaron poniendo la oficina en la misma casa, contrataron una contadora quien luego quedó embarazada de su esposo, él se fue con ella, dejó a Miriam con deudas que tardó varios años en pagar; lloró tanto que esas invocaciones  no le apetecen más.  Sabe que en el fondo ese cambio de actitud de él se debe a que no puede hacerse cargo de los hijos, tampoco ella  tiene la intención de que así sea. Alcanzó a leer el nombre del  remitente de un correo electrónico, envió su currículum a una convocatoria hecha por la Oficina Municipal de Urbanismo, en asunto decía: “Finalista de concurso de merecimientos”, pasaba a la última fase de selección, siente alegría, pero prefiere actuar con prudencia. Pasa corriendo entre proveedores y clientes, buscando crédito en los bancos, llegando apurada a todas partes, además que la venta de material de construcción no es un negocio que ella ame, lo hizo al principio por Arturo; tal vez, le caería bien un trabajo fijo y sueldo estable, podría llegar a su casa temprano,  hacer lo que más le gusta.

Todo llega, solo tienes que estar tranquila, lo que es tuyo viene del cielo, no te desesperes, solo ten paciencia…

La mesa del comedor está abarrotada  de compras de supermercado,  los  hijos no habían guardado nada, seguramente llegaron con el padre la noche de ayer  solo para dejar las cosas y salieron enseguida; había carnes, lácteos, embutidos, frutas y legumbres, no se hizo problema, empezó arreglar todo.

Luego va al jardín, le encanta podar los viejos rosales y  geranios que cuando era niña cuidaba con su madre. Oye que el teléfono convencional suena, no contestará, generalmente cuando llaman a esa línea es para ventas, son mensajes grabados. Siguió en lo suyo, sus hijos llegarán en la tarde, esas horas son solo para ella, en ese  momento  es  feliz, lo siente.

Carlos Alberto pasó casi toda la noche en vela esperando que Miriam lea y conteste  su mensaje, no sabe si llamarla o no,  tal vez  no debe insistir, no apresurarse, a pesar de todo lo que sintió al volverla a ver después de casi veinte años; está solo, nunca se casó.

Mañana Jordana llamará a Miriam si no lee y responde a  lo que le escribió el sábado. Piensa que comprar un seguro de jubilación, es algo que le puede interesar, así que está segura que hará un esfuerzo por contratarlo, y ella ganará una buena comisión, aprovechará también para insistirle  que vea la ropa interior sexy que vende.

 Arturo está pendiente de que le responda Miriam, tiene en brazos a su hija de cuatro años que no deja de llorar, se despertó de madrugada con una  fiebre muy alta. Su esposa, su antigua contadora, esperará que se calme la niña para darle la noticia; lleva mes y medio embarazada, le confirmaron que serán gemelos, lo sabe desde hace una semana.

 Julián se fue de caminata con unos amigos, como está en una zona alejada de la ciudad, espera tener señal telefónica para escribir un mensaje a su madre, necesita pedirle que le ayude a hacer una investigación para un trabajo de historia, es una tarea del colegio  que le mandaron el mes pasado.

 Camilo junto a varios amigos duerme  sobre un sofá, tuvieron una fiesta y se quedaron hasta el amanecer, su teléfono está en el piso, descargado, al lado hay varias botellas de cerveza vacías.

En el dormitorio de Miriam, el móvil no para de timbrar, registra quince llamadas perdidas, casi todas tienen correo de voz, igual sigue  sonando el teléfono fijo que está en la cocina junto a la refrigeradora, es Germania, como su hermana no le contesta, decide escribirle al wasap; antes, otro mensaje de texto había llegado al celular.

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*Don Pietro: mañana mi esposa no puede ir a limpiar disculpas madrugamos para llevar a hija al hospital tiene control grasias

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*Germania:  Miriam dónde andas, no me contestas!!!, mamá amaneció muerta!, Llamamos a la ambulancia no se pudo hacer nada. tenía junto a su pecho la rosa blanca que le llevaste… estaba linda..  Miriam por favor dónde estás???contéstame por favor … hermanita, debemos ser más unidas, pasamos lindo ayer, estuvimos todos contentos, … Germania está escribiendo…

El teléfono continúa sonando, Teddy y Jaime intentan comunicarse con su hermana menor, los dos lloran desconsolados. Sobre el sillón y  la ropa de Miriam, junto al brasier, mientras el celular no deja de sonar, se encuentra algo marchito, el pétalo de la rosa blanca que cayó ayer en el regazo de su madre y  que ella guardó en su pecho.

martes, 14 de junio de 2016

Un sueño privado

Teresa Kohrs


Algo no está bien, pensé al tiempo que abría la puerta del departamento que compartía con Leo, hay demasiada oscuridad. Di un paso atrás observando con cuidado la iluminación en el pasillo. Tres de las cuatro bombillas funcionaban bien siendo la cuarta la única apagada. Sin ese foco la sección frente a mi puerta se vuelve lúgubre. En los dos años que llevo viviendo aquí, esta es la primera vez que sucede. Calma, respira, me digo por lo bajo. Doy un paso dentro, buscando a tientas el interruptor de la luz e inhalo profundo necesitando encontrar el aroma a comida. Normalmente a esta hora Leo ya ha comenzado a cocinar la cena, pero recuerdo que hoy le había avisado que llegaría tarde. Mi cliente canceló la cita, así que decidí sorprenderlo. Qué raro, pensé.

Cerré mis ojos un momento, buscando calmar mis nervios. Cuando empecé a salir con Leo, yo parecía un pájaro asustado, dispuesta a volar a la menor provocación, pero él con infinita paciencia me fue demostrando su solidez. Poco a poco, con ayuda de mi terapeuta, me permití abrirme a la relación. Estaba tan cansada de mis miedos e inseguridades que necesitaba arriesgarme y confiar. El deseo de olvidar el pasado me ayudó a dar el siguiente paso y finalmente comencé a sentirme segura.

—Tengo el corazón de león —me decía Leo de manera pícara, parpadeando inocentemente esos ojos negros— pero soy manso como un borrego.

Con las manos sudorosas por fin logré encender el foco, lo cual me cegó momentáneamente. La falta de visión me asustó, el control es importante para mí, pues es casi lo único que me separa de la ansiedad. Mi corazón se aceleró golpeando con fuerza el pecho. Calma, respira, me repetía a mí misma como un mantra, estás segura. He trabajado mucho para lograr armonía en mi vida, no puedo permitir que la imaginación me haga retroceder a ese lugar de inseguridad.

Dejé mi bolsa, llaves y zapatos de tacón sobre la banca de la entrada. Mis pasos se perdieron en la suavidad de la alfombra. Todo parecía estar en su lugar y eso me calmó un poco. Llevé mis manos a mi corto cabello y masajeé el cráneo buscando liberar la tensión. De pronto me detuve y noté la temperatura. A pesar de haberse ocultado el sol, el calor en el exterior era cercano a los treinta grados centígrados. Al entrar debí haberme dado cuenta. El aire se sentía fresco, alguien encendió el aire acondicionado. Hay días que Leo trabaja desde casa, pero cuando lo hace normalmente me manda un mensaje. Tragué saliva pues mi boca se sentía pastosa. ¿Por qué no me avisaste Leo? Seguí caminando hacia el fondo donde están las recámaras. Una de ellas la utilizamos como oficina. Esta se comunica a través de un baño compartido hacia nuestro cuarto, el cual extrañamente, tenía la puerta cerrada. Moví la manija suavemente para comprobarlo. No me hagas esto, murmuré con un hilo de voz.

Sin pensarlo caminé hacia el estudio, abrí fácilmente la puerta que da hacia el baño y me detuve una vez más en la oscuridad. No se sentía humedad en el ambiente y eso llamó mi atención. En esta época de calor a Leo le gustaba bañarse dos veces al día, en la mañana y al llegar a casa en la tarde. No había evidencia de que hoy lo hubiera hecho. La puerta que comunica hacia nuestra recámara se encontraba entreabierta, todas las luces permanecían apagadas pero alguien estaba dentro. El sonido de una respiración agitada me paralizó. Sabía lo que iba a encontrar. Mi mente comenzaba a aceptar lo que mi intuición registró desde un principio. Crucé los brazos tratando de detener el temblor incontrolable que el recuerdo provocó y solo pude abrazarme.

Conocí a Sebastián en un viaje hace diez años. Yo tenía dieciocho, él treinta y dos. En cuanto se sentó a mi lado en el tren, su presencia me envolvió y el olor a madera fresca me recordó la cabaña de mi abuelo en el bosque. Desde ese momento me sentí reconfortada. Por supuesto no pensé que él se fijara en mí. Yo sabía que no era fea pero tampoco particularmente bonita. Ese día no iba arreglada, así que mi cabello se paraba en lugares extraños haciéndolo parecer como si me acabara de levantar de la cama, y aunque tengo unos ojos que llaman la atención por ser grandes y claros, se veían apagados y cansados. Tal vez eso me hizo una presa fácil. Hija única, de familia conservadora, nunca había conocido a un depredador. Como cervatillo en la mira me dejé flechar.

En un principio todo parecía maravilloso, él era muy atractivo, tenía dinero y me invitaba a restaurantes, bares y conciertos. Al término de mis vacaciones me convenció que me quedara más tiempo. Mis padres no estaban de acuerdo, llamaban a diario y se preocupaban por mí, pero yo era mayor de edad. No les hice caso.

Todo un caballero, Sebastián se mostraba cariñoso y amable. Jamás se sobrepasaba ni presionaba si me notaba incómoda con alguna caricia. Se ganó mi corazón y con él siguió mi cuerpo. Me apena decir que fui yo quien le pidió que me llevara a la cama. Antes de este viaje lo tenía todo planeado. Pertenecía a un grupo de jóvenes de la iglesia a la que asistía todos los domingos con mis padres. Habíamos hablado con nuestro guía y nos comprometimos a guardar nuestra virginidad hasta el matrimonio. Algunos de nosotros hasta llevábamos un delgado anillo plateado para recordar nuestra promesa. El pequeño remordimiento que sentí al quitarme la argolla, se disolvió rápidamente ante la excitación de estar siendo seducida por un hombre de mundo. Con él aprendí a perder la timidez y a ser creativa sexualmente. Sin embargo, no era tonta, así que tomé las precauciones necesarias, aunque yo sabía que no eran infalibles. Lo tuve que hacer a escondidas de Sebastián, pues él había insinuado varias veces lo mucho que le gustaría tener un hijo.

Había pasado más de un mes cuando empecé a notar cambios en mi cuerpo. Me veía más delgada a pesar de que comía bien. Yo era muy blanca, por eso es que tardé en notar lo traslúcido de mi piel, algunas venas se alcanzaban a ver fácilmente y aunque dormía toda la noche, tenía ojeras. Cuando lo comenté con el hombre que me mantenía como una reina, me dijo que me llevaría al doctor. Nos quedamos de ver en la tarde, pero nunca llegó. Intenté llamarle a su celular y a la oficina pero no contestó. Me acosté extrañada, sin embargo el cansancio me venció y no tuve energía ni para preocuparme. Esa noche dormí por primera vez sin él. En el fondo sabía que algo andaba mal, pero tenía la cabeza tan nublada que me convencí que todo se aclararía al día siguiente.

No sabría decir en qué fase del sueño estaba, pero en mi mente lo podía ver todo de una manera muy clara. Me encontraba en un lugar oscuro, olía a tierra y humedad. Mi piel se erizaba debido a la baja temperatura del ambiente. La vibración de sonidos guturales resonaba en las paredes y en mi pecho. El aliento cálido de una presencia murmuró suavemente en mi oído: eres mía.

La visión cambió, me vi a mí misma al centro de una cueva de altos techos. El sonido de gotas cayendo se escuchaba a lo lejos y el olor a guano revolvía mi estómago. Velas aparecieron alrededor formando una estrella. Giré desesperada tratando de entender. La densa oscuridad dominaba a pesar de que las pequeñas flamas poco a poco crecían en forma de triángulo hacia el techo. El aire espeso dificultaba la respiración y de pronto mi cuerpo se sintió pesado y la desesperanza creció. Me dejé caer, raspándome las rodillas, pues el camisón blanco qué me cubría era delgado y corto. Había lodo en el suelo y manchas de mugre aparecieron en mis brazos y rostro. Al observar bien, me di cuenta que no era una simple suciedad, sino sangre y costras que se extendían hacia mi corto cabello, manteniéndolo enredado y tieso. Mi rostro era tan delgado que parecía querer mostrar cada uno de sus huesos. Los ojos cristalinos que tanto me enorgullecían se veían hundidos y sin vida. Mis dientes podridos olían mal, los labios que normalmente eran carnosos y saludables se veían secos y desquebrajados. Enredado a mis pies había un gato. Su pelaje oscuro me raspaba sin piedad entre las pantorrillas y con una penetrante mirada traicionera, reflejaba el amarillo de las flamas, anunciando un trágico final.

No me gustaba nada lo que veía, sentía mi respiración fuerte y sin embargo, no podía dejar de observarme, como si me percibiera desde afuera. Qué mujer tan espantosa, pensaba. ¿Qué está haciendo? Sentía la importancia de mi presencia o más bien, de la presencia de ella. Alguien o algo moriría si ella desaparecía, pero ¿quién?

—El hijo del mal —murmuró esa tenebrosa voz una vez más en mi oído.

De repente me di cuenta que no estaba sola, había varias imágenes sombreadas a mi alrededor, figuras desaliñadas, con la mirada roja de un animal nocturno. Algunos tristes, otros enojados, perturbados e impacientes.

Yo, o más bien, la mujer y todos los demás, estábamos ahora sentados esperando a alguien. Me empecé a sentir muy inquieta, quería gritar pero no encontraba mi voz. De pronto se hizo un silencio sepulcral, nada se movía de su lugar, ni siquiera se escuchaba el sonido del aire, como ese momento expectante antes de la formación de una ola y luego, la figura de un hombre se hizo presente, llenando de excitación el ambiente. Cubierto de pies a cabeza con una túnica roja de gran capucha, tomó su lugar al centro, junto a la mujer, los demás formaron un círculo a su alrededor. Mi corazón se sentía adormecido, como si miles de hormigas hubieran escapado de su centro. El canto gutural regresó, las palabras retumbaban en mi cuerpo quemándome, pues sentía la punta de miles de cerillos apagándose en mi piel. Me costaba trabajo respirar y no quería seguir escuchando. Hablaban del hijo esperado y otras palabras que no reconocí pero que sabía eran malignas. No encontraba la manera de detener todo aquello, la mujer que era yo, participaba activamente y no podía creer lo que veía, no lograba reconocer la manera en la que me sentía, aceptaba al hombre, me entregaba a él abiertamente. Cuando empezó a elevar la capucha pude escuchar claramente su voz, esas melodiosas palabras que tan bien conocía. Todavía tenía el rostro oculto pero yo sabía quién era y en ese momento rechacé la imagen.

 —¡No! —grité, pero nada se alteró en mi visión— ¡No!, ¡no!, por favor, ¡no! —repetí desesperada.

Entonces fue cuando lo vi, en sus ojos color miel que tanto me gustaban reconocí lo maligno saliendo de su ojo izquierdo. Supe que aquel cuerpo seductor que tanto gozaba acariciando y esa hermosa sonrisa que amaba besar hasta el cansancio era tan solo una ilusión. A través de la pulsera de acero atada a su mano derecha se hacía mortal, con la izquierda almacenaba la energía sexual que obtenía de sus víctimas, de la mujer, de mí. En el rostro de ese divino monstruo vi, sin lugar a dudas, la cara de mi amante: Sebastián.

—¡No! —volví a gritar con tanta fuerza que esta vez sí funcionó. Desperté de mi sueño.

—Inés ¿qué pasa love? —se acercó Sebastián con voz de preocupación, puso su mano en mi frente— Shit! ¡Estás ardiendo! —fue corriendo al baño, enjuagó una toalla con agua helada, la exprimió y me la puso en la cabeza con una mano, mientras con la otra me quitaba el edredón, destapando mi cuerpo. Yo trataba de resistir, pero me sentía demasiado enferma.

—¿Quiénes son esos hombres? —pregunté débilmente.

—¿Cuáles hombres love? —respondió con su habitual cariño.

Lo dejé pasar, pero estoy segura que escuché voces masculinas. Con la toalla fría hizo su mayor esfuerzo por bajar mi temperatura. Me hizo tomar un par de pastillas, no tuve fuerzas para evitarlo. Después de casi una hora me sentí mejor, cerré los botones del blanco camisón y me quedé dormida.

—Gracias —dije suavemente antes de cerrar los ojos.

Él acarició mi cabello y me besó en la frente para luego desaparecer por la puerta. Dormí profundamente el resto de la noche, cuando desperté me encontraba sola. Recordando lo sucedido, las voces masculinas, lo extraño del sueño, entré en pánico. Me bañé rápidamente, guardé algunas cosas en una maleta, tomé mi identificación, tarjetas y dinero y salí huyendo hacia mi país. Me refugié en casa de mis padres los cuales no entendían el porqué de mi estado de salud tan deteriorado. El médico que me revisó mandó llamar a un especialista quien me recomendó asistir a terapia. En ese momento no lo escuché, pues estaba deprimida, cansada y evadiendo la realidad. Tiempo después lo supe. Había sido abusada sexualmente. Yo no lo entendía, pues mis relaciones con Sebastián habían sido consensuales, pero encontraron evidencias en mi cuerpo de violencia y el análisis de sangre confirmó la existencia de barbitúricos.

Esa experiencia me costó años de terapias. Tomaba ansiolíticos para reprimir los sueños demoniacos que me perseguían y no había manera de combatir la vergüenza que sentía cuando mi cuerpo se retorcía de placer al recordar mis encuentros con Sebastián.

Poco a poco fui encontrando un equilibrio. Con el apoyo de mis padres y el terapeuta regresé a la universidad de la cual salí con honores. Encontré trabajo fácilmente, pero mis relaciones personales tardaron en restaurarse, hasta que conocí a Leo.

Paralizada dentro del baño, finalmente dejé de evadir lo que mi nariz me decía. El aroma que me envolvió era uno que había intentado olvidar: madera fresca. Me había convencido que nunca lo volvería a ver, sin embargo en el fondo, sabía que todavía existía una fuerte conexión entre nosotros. Algunos recuerdos nunca desaparecieron y con frecuencia sentía su presencia. Cuando esto sucedía, lo buscaba entre las miradas, en la calle, dentro de una tienda, pero no lo encontraba. Me regañaba a mí misma por ser tan paranoica, pero una parte de mí, esa que mantenía firmemente bajo control, sabía la verdad. Sebastián andaba cerca.

Ahora estaba ahí, de carne y hueso, en la recámara que compartía con Leo, ensuciándola con su presencia. Ese pensamiento me hizo enojar y me dio valor. No podía seguir viviendo así, con el miedo a flor de piel. Respiré profundo, desenredé mis brazos y apreté los puños. Ya no era aquella joven de dieciocho años. Decidida tomé el celular que guardaba en la bolsa de mi pantalón y envié un mensaje de texto para Leo: “Llama a la policía, estoy en peligro”.

Encendí la luz del cuarto. No tardé en encontrarlo, se paseaba de un lado al otro, jadeando y murmurando palabras ininteligibles. Habían pasado ya diez años y el hombre que yo recordaba parecía todavía más guapo. Sentí un jalón en el abdomen recordándome aquel tiempo en el que pensaba que lo amaba, cuando era el centro de mi universo. Busqué en su ojo izquierdo la marca del diablo de aquella pesadilla. No la encontré, solo hallé dulzura en sus bellos ojos, dulzura que yo sabía era una ilusión.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste? —le dije con una voz que sonaba más segura de lo que me sentía.

Por un momento se quedó callado, observándome como el enamorado que se rencuentra con su mujer. Emocionado abrió los brazos, esperando que yo corriera hacia ellos. Cuando se dio cuenta que no lo haría los bajó, acusándome con su mirada.

—Huiste sin decir adiós love —me dijo suavemente. Y luego, con la voz cortada comentó— estás más hermosa que nunca.

Cuando se dio cuenta que no respondería de la forma que solía hacerlo, derritiéndome ante él. Endureció su rostro.

—Me debes algo —exclamó en tono cortante—. ¿Dónde está mi hijo?

Tragué saliva buscando eliminar el sabor amargo que sus palabras provocaron. Cuando los médicos me revisaron se dieron cuenta del embarazo. Después de varios días de consejos, pláticas y terapias, decidí abortar. Mis padres no estuvieron de acuerdo, pero ni así se separaron de mi lado hasta que volví a pararme por mí misma. Aunque el proceso fue doloroso, nunca me arrepentí. No hubiera podido amar a ese bebé, además de que era muy probable que debido a las drogas que me administraron no llegaría a término y de hacerlo, no viviría mucho tiempo.

Enojada recorrí su rostro con la mirada. Sí, seguía siendo muy atractivo, pero yo bien sabía que un monstruo vivía bajo esa fachada. En ese momento me sentí aliviada de haber escapado y pasara lo que pasara, no podía permitir que me sucediera algo así otra vez. A lo lejos escuché las sirenas. Sabía que venía la policía, sentí la respuesta de Leo cuando vibró mi celular, solo debía mantenerlo ocupado.

—¿Tú hijo? —dije con la voz rasposa, sintiendo todavía el dolor de la pérdida— bien sabes dónde está —respondí tan suave que casi no se escuchó. No pude evitar bajar la mirada. Sus siguientes palabras me hicieron retroceder.

—Sí, lo sé. Pero no te preocupes love, mi hijo volverá a nacer.

Y en ese momento un reflejo escarlata parpadeó en su ojo izquierdo. Inhalando coloqué las manos en el cuello, de mis labios salió la pregunta que me atormentó por tantos años.

—¿Quién eres? —tragando saliva tomé aire para eliminar el temblor en mi voz— ¿qué eres?, ¿un íncubo?

Después de lo ocurrido, además de la ayuda terapéutica, investigué en la red. Una y otra vez me encontraba con las características de este ser místico y la piel se me erizaba recordándolo. Por un lado, sabía que no podía existir. Era absurdo, un ser demoniaco, hijo de los ángeles caídos, capaz de succionar energía vital a través del sexo. Pero, por otro lado, la idea de haber sido drogada por tanto tiempo y probablemente violada por más de un hombre… no podía ni pensarlo. La religión había sido importante durante mi niñez, pero en ese momento no supe como reconectarme con ella. Probablemente estaba muy enojada. Recuerdo haber tenido una buena relación con mi ángel de la guarda, pero él me abandonó cuando más lo necesité. En realidad, ya no sabía qué creer o qué pensar. Me dediqué a tratar de olvidar y seguir con mi vida.

La sonrisa que siempre mostraba desapareció de su hermoso rostro. Elevó la mano derecha mostrándome la pulsera de acero que yo había visto en mis pesadillas, como si el movimiento hubiera sido casual.

—Nunca pensé que fueras una chiquilla fantasiosa Inés —dijo chasqueando la lengua en un regaño.

Los pasos en el pasillo llamaron su atención. Inclinó la cabeza y transformó su gesto amenazador con una media sonrisa.

—Esta vez, ni tu preciado Leonardo podrá interponerse entre nosotros.

En forma de despedida hizo una ligera reverencia. Dio media vuelta y salió por la ventana hacia la escalera de incendios, desapareciendo de mi vista.

Leo llegó junto con la policía, abrazándome protectoramente con sus enormes brazos, mientras que la amenaza de Sebastián retumbaba en mi cabeza. Tomaron mi declaración, huellas digitales y abrieron una investigación. Han pasado meses y no sabemos nada de él. Creemos que regresó a su país, aunque las autoridades dicen haberle perdido la pista.

Tuve que contarle toda mi historia a Leo. Esa parte de mí, lo que ocurrió diez años atrás, todavía me avergonzaba y no sabía si él saldría corriendo por la puerta deseando no verme nunca más. Tal vez lo correcto hubiera sido que me separara de él y así, asegurarme de que estaría a salvo. Pero él no solo no me abandonó, sino que a partir de ese momento, nuestra relación se solidificó y finalmente me propuso matrimonio. No lo sabe, pero estoy esperando a nuestro hijo. Pienso decírselo como regalo de boda.


Tengo todavía un secreto. Desde el día que Sebastián apareció en el departamento, he tenido algunos sueños. En ellos estoy desnuda en la cama, sonriéndole. Admiro su rostro, le acaricio la piel y disfruto del peso de su frío cuerpo sobre el mío. La culpa me atormenta al día siguiente, me hace sentir sucia y desleal. No me atrevo a pedir ayuda, así que reprimo lo ocurrido en lo más profundo mi mente. En el fondo sé que tengo miedo a enfrentar la realidad. Soy muy feliz con Leo, pero por alguna razón que no comprendo, mi cuerpo responde con mucha mayor intensidad durante las pesadillas. La verdad es que estoy confundida. Hay un solo pensamiento que me consuela. No es posible embarazarse de un sueño. ¿O sí?

jueves, 2 de junio de 2016

Un viaje en metro

Rocío Ávila



Cinco pesos. Siempre me ha asombrado lo lejos que puedo llegar con tan poco dinero. Eso es lo que cuesta un boleto de metro en la ciudad donde vivo y me permite, si quiero, ir hasta el otro extremo de la ciudad. Si lo pienso bien resulta una ganga, no solo por la distancia sino por la gama de experiencias que se viven en este transporte. El número de viajeros ha aumentado tanto que sin importar la hora en que lo uses tus pulmones se impregnan de un denso humor corporal que te hace consciente, quieras o no, de lo imperfecta que es la naturaleza humana. El aire caliente, los incesantes murmullos de quien logra platicar mientras camina así como los choques involuntarios de los pasajeros con prisa contra los que no la tienen hacen, sin lugar a duda, que uno recapacite sobre el momento de vida que te lleva a estar ahí.

En mi caso, fue la necesidad de llegar a tiempo a una cita de trabajo. A la ida iba tan preocupada por la propuesta que quería mostrar, que no me percaté de nada. Resultó una reunión de diez minutos que no me aportó nada que no hubiera podido proporcionarme una llamada telefónica. Ni modo de quejarme, trabajo es trabajo.

El regreso fue más tranquilo. Entré al metro y me dirigí al andén, a los primeros vagones, aquellos destinados a las mujeres. Por suerte no había mucha gente así que, al ingresar, alcancé a sentarme en uno de esos asientos individuales donde vas perpendicular al andén. Los asientos de plástico, duros y resbaladizos, son muy cotizados en los horarios pico. Uno no puede dejar de aferrarse a los fríos tubos metálicos que, fijos de piso a techo, hacen de barandal para que uno pueda apoyarse y no acabar en el piso cuando el conductor frena de manera brusca. La sensación del piso pegajoso, el sonido de la voz rasposa anunciando las paradas y el interminable murmullo de conversaciones me transportaron a cuando yo tenía catorce años. En esa época utilizaba este transporte tanto por seguridad como porque mi madre podía controlar mis traslados mejor que en otros medios de comunicación. Me vi sentada en el mismo lugar pero con un piso más limpio, los letreros de las estaciones casi nuevos, en un vagón mixto donde no había que separar hombres de mujeres ni asfixiarse por el mal olor. En ese entonces el mundo era mío. Ahí no existían novios infieles ni con falsas pretensiones, todo era prometedor.

Suspirando miré mis manos en un gesto nostálgico. Cuando levanté la cara hice un breve recorrido por el vagón. Una chica joven y ensimismada mantenía la mirada perdida hacia el exterior de la ventana. Difícilmente se ve algo a través de ellas. Solo se puede observar el muro que forma el túnel por el que pasa el convoy. No descubrí lo que ella observaba pero sí te vi a ti, como hace mucho tiempo, esperando por mí. Vi tu prometedora sonrisa con la que me jurabas amor eterno, me observé a mí misma salir corriendo, besarte en la mejilla mientras te daba un abrazo apretado. Siempre me gustó que al estrecharte tu ropa se sintiera suave y perfumada. Me gustaba jugar con los botones metálicos de tu saco y el leve ruido que hacían cuando los golpeaba ligeramente. Ese día, esas diminutas campanas anunciaban nuestro gran momento, aquel que guardaríamos en secreto menos de lo que habíamos planeado. Ya no era una adolescente y tenía miles de planes para nosotros.

Tururú, tururú. Ese sonido tan característico, cada vez que las puertas del tren se abren, me regresa a la realidad. Suben varias mujeres y frente a mí se acomoda una chica que, por su figura, puedo decir que falta cosa de nada para que dé a luz. Me parece que no debería estar viajando en transporte público debido a su avanzado embarazo y sin proponérmelo mi expresión me delata.

—Es mi última salida a la calle —me dice cómo justificándose mientras se soba el vientre en ese gesto tan propio de las gestantes. —Mañana me van a internar. ¿Sabe? El doctor teme se pase el parto porque no siento dolor.

Sin mayor comentario me puse de pie para cederle el lugar. Su panza me rozó en ese baile involuntario con el que nos acomodamos en el lugar de la otra. Me sentí un poco incómoda pero ella, en agradecimiento empezó a parlotear. ¡Qué suerte la mía para que las embarazadas me contaran sus vidas! Suspiré pero no escuché lo que me decía porque mi mente voló a ese instante en que la dicha no cabía en mí y moría por compartir contigo la gran noticia.

Nuestro punto de reunión fue un hermoso restaurante de comida china. Decorado con alfombras finas y largas cortinas de terciopelo, el ambiente olía a comida. Un intenso olor a cordero, cebolla y jengibre lograron que mi boca se hiciera agua al instante. Las sillas eran de madera, altas, barnizadas en un tono oscuro con cojines que hacían un placer estar sentada ahí. Te esperé nerviosa pero con gusto. La música melodiosa y suave ayudó a relajarme. Cuando llegaste me besaste en la mejilla, lo sentí raro pero nunca fuiste de grandes demostraciones públicas así que lo dejé pasar.

—Corazón, te tengo una gran noticia. No puedo esperar más para decírtelo —le dije apenas tomó su lugar en la mesa.

—Pues, ¡espero que en verdad sea buena! El idiota de mi jefe me acaba de amenazar con quitarme el empleo si no logro la cuenta de publicidad de la compañía telefónica.

—Entonces esto te va a encantar. ¡Estoy embarazada!

Nunca pensé que reaccionarías así. Te pusiste tan mal que pensé irías al baño a vomitar. No sabía que decirte, no habíamos hablado de tener hijos pero tampoco era tan malo, ¿o sí?

—¡Estás loca! Yo no quiero hijos. Lo bueno es que no has de llevar mucho. Seguro puedes ir a una clínica y deshacerte de eso de una vez. ¿Tienes dinero? Si quieres yo te presto y luego me pagas. ¡Mira nada más! Yo con mis preocupaciones y tú me sales con esas cosas.

No lo podía creer. Mi cabeza quería explotar, al final la que tuvo que salir corriendo al tocador fui yo.

—¿Se siente bien? —me pregunta la futura madre con tono preocupado.

—Sí, todo está bien. —respondí con mi sonrisa falsa y ella siguió hablando.

La joven se bajó dos estaciones después. Por fortuna fue justo antes de que yo le pidiera guardar silencio. Mi destino estaba a cinco estaciones pero en aquel entonces mi destino nunca me había parecido tan lejano.

Tomé mi lugar de nuevo para sentarme con gran alivio. Esa mezcla de olores que volvían el aire tan pesado me estaba haciendo sentir mal. Aspiré varias veces y poco a poco recuperé el ánimo. Recuerdo que me derrumbé. Yo te amaba y creía que podíamos tener un futuro juntos. En mi ingenuidad decidí darte oportunidad de pensar mejor las cosas y te mentí. Pensé que cambiarías de opinión y te sentirías tan feliz como yo. Cuando compartí mis pensamientos te enojaste aún más.

—¡Eres una estúpida! ¿Qué parte de lo que te dije no quedó clara? ¡Todo lo tengo que hacer yo! ¿Quieres que te lleve yo mismo?

¿No ves que no quiero deshacerme de este bebé? ¿Por qué eres tan intolerante conmigo? Esas y otras preguntas similares se atoraban en mi garganta. No me atrevía a compartir con nadie por lo que estaba pasando por todo el prejuicio que había en mi mente, por el miedo y la soledad que reinaba en mi pequeño cuento hecho pedazos.

—Está bien Jaime. No quiero que sigamos peleando. Te amo, si es lo que quieres, lo haré. Ya podremos tener hijos más adelante.

Con esos comentarios mi amado novio volvió a ser el que era antes pero yo no. Me presenté en un sanatorio donde sabía que una amiga mía se había hecho un aborto. Todo era tan tranquilo y silencioso en ese lugar que nunca hubiera sospechado lo que ahí pasaba. El olor a yodoformo me envolvió mientras solicité una consulta. El médico me explicó en qué periodo de gestación me encontraba. Recomendó aprovechar que todavía no llegaba a las seis semanas. Me mandó a hacer unos estudios y me despedí de él. Esa visita fue muy reveladora pero más que nada sobre mí. Habiendo puesto mis ilusiones en la familia feliz que no tendría, me olvidé de lo importante. No había ido al ginecólogo, ni siquiera para confirmar el embarazo, pero permití que un hombre frío e indiferente, que podía acabar con mi bebé fuera mi primer contacto con él. Salí tan desolada que solo pude pensar en Jaime así que en automático me dirigí a su oficina.

Nunca había entrado a la empresa donde trabajaba. No era un edificio imponente sino una casa enorme en una de las mejores colonias de la ciudad. Para llegar a la entrada tenía que cruzar un jardín perfectamente cuidado. Cuando llegabas a la entrada te esperaban unas puertas de vidrio que permitían ver un pequeño pasillo y dos salas de espera de cada lado. Al tocar el timbre noté que como remate al pasillo se encontraba un escritorio de encino demasiado grande para mi gusto. Tras de él salió una mujer de caminar orgulloso, cubierta de un aroma azucarado, quizá como resultado de esas combinaciones florales de los perfumes que tanto anuncian en las tiendas, una voz modulada y seductora. Sabía que las visitas personales estaban prohibidas así que me presenté como parte del equipo de trabajo de un cliente del que Jaime siempre hablaba.

—Espere en la sala de la derecha. Le avisaré cuando pueda pasar.

Obediente hice lo que me indicó. Me senté en la habitación recargada de adornos y cámaras de seguridad. Los sillones se sentían demasiado duros, la alfombra incómodamente esponjosa y los muros tenían tapiz azul con detalles dorados. La música instrumental que salía de pequeñas bocinas hacía juego con el perfumado ambiente. Todo era muy recargado para mi gusto pero qué iba a saber yo.

Tras unos minutos llegó una mujer morena, menos alta que yo, con una figura extraña. A primera visto no pude saber si era delgada o no. Me regañé por juzgar a una desconocida. Mientras la veía hablar con la recepcionista, crucé las piernas y los brazos. Rogué en mi interior para que no la mandaran a esperar junto a mí, no tenía ganas de estar con nadie. La suerte no estuvo a mi favor. La chica entró derrochando jovialidad y energía. Se sentó en el sillón de enfrente.

—Hola. ¡Qué calor! ¿No te parece? ¿O hace frío? Con esto de las hormonas ya no sé. ¿Tienes hijos? Yo acabo de tener un bebé, eso explica mis kilos de más. ¡Está hermoso! El doctor estaba muy preocupado, verás, soy de esos casos raros donde no siento dolor. ¡Me hubiera muerto si perdía a mi bebé! Mi esposo estaba como loco de angustia.

Moría de envidia por dentro, mientras la escuchaba. ¿Por qué no podía ser yo esa mujer? Para calmar mi conciencia sonreí y la felicité. Para ella fue una señal de que siguiera adelante.

—Jaime, mi esposo, trabaja aquí. Estaba muy ocupado por lo de una campaña, ¿teléfonos?, ya no recuerdo de qué era el tema. Ama mis visitas sorpresa.
Mis oídos no daban crédito a lo que oía pero seguro en esta compañía debería haber más de un Jaime. Inhalé para tomar valor.

—¿Cómo dices que se llama tu esposo? —pregunté cuando una voz salió de la nada.

—Señora Mondragón, puede pasar.

—No te asustes —dijo disimulando su risa— el interfono está junto a la puerta. Yo también me sorprendí la primera vez que vine.

Sin más se puso en pie y salió con el mismo entusiasmo de cuando entró.

Pasaron los minutos y empecé a desesperarme. Me acerqué al escritorio para asomarme por un costado. Ahí estaba la perfecta asistente muy atenta en la computadora.

—Disculpe. ¿Sabe si tardará mucho el señor Mondragón en recibirme?

—No lo sé. Está con su esposa y quizá solo pueda recibirla un instante antes de salir a comer.

Me quedé fría. Mi temor se había confirmado.

—¿Sabe? No lo puedo esperar más. Solo dígale que Laura Castillo estuvo aquí y que no se preocupe por el proyecto. Veré que todo se haga según sus instrucciones.

La secretaria tomó nota de cada una de mis palabras y tras despedirnos me fui.

Llegué a casa destrozada. Me metí directo a mi recámara sin importarme quien podía verme o no. Mi cuarto mantenía un aire aniñado, pintado todo de rosa y con muebles blancos que simbolizaban mi poco interés en madurar. Me tiré sobre la cama, lloré mucho. Fue hasta después de un rato que el llamado a mi puerta me obligó a reaccionar. Tratando de controlar la voz autoricé el acceso.

—Hija, ¿qué tienes? —preguntó mi abuela como cuando yo era una niña y lloraba por algo.

No contesté nada. No podía hablar. Por primera vez entendía a todas esas mujeres que querían morirse por culpa de un hombre. De hecho eso es lo que quería hacer: matarme. Siempre me había jactado de alta moral y ahora estaba en una situación vergonzosa para mi familia. La abuela se me acercó lo más que pudo para tomarme la mano.

—Mira, Laura. Creo saber lo que te pasa, a una vieja como yo no puedes engañarla. Por tu llanto veo que las cosas no salieron como lo esperabas.

A duras penas le conté lo mejor que pude todo lo que había pasado, lo avergonzada que estaba y hasta mi idea de solucionar las cosas de una manera violenta.

—Ya lo decidí. Me desharé de la creatura, no voy a ser madre soltera.

—Laurita, Laurita. Has vivido muy cuidada y no te he ayudado a madurar, lo reconozco. Mira, mi niña, no puedo corregir las ideas con las que te eduqué. Te formé como crie a tu mamá pero ahora son otras épocas y ella ya no está para aconsejarte. Cuando murieron tus padres no quise que sufrieras más pero tienes que saber, no eres la primera ni serás la última. Lo único que puede hacerte diferente es la manera en que soluciones esta situación.

Se quedó a mi lado en silencio. Lloramos juntas, yo por la desgracia que creía estar viviendo y ella porque el mundo irreal en el que me educó se acababa de terminar. Cuando estuve más tranquila salió de mi cuarto sin decir nada más.

Falté al trabajo un par de días. Traté de reunir las fuerzas para mi reunión final con el galeno. Mi teléfono móvil sonó y supe que eras tú.

—Dime.

—Hola, bombón. Recibí tu recado. Qué bueno que me libraste de acompañarte. Eso es un fastidio. ¿Nos vemos en la tarde?

Tururú, tururú. El aviso de una nueva parada estaba ahí otra vez.

—No puede ser. ¡Qué distraída!

Salí corriendo del vagón. Me perdí en mi pasado y en el tiempo. Mi bajada estaba tres estaciones atrás. Ni modo tendría que tomar el tren de regreso. Me reía para mí misma pensando lo divertido que le parecería esto a Andrés cuando se lo contara. Lo llamé así en honor a mi padre. Nunca conocería a sus abuelos pero le encantaba estar con su bisabuela. La última vez que hablé sobre el tema con mi cuidadora de toda la vida, me preguntó.

—¿Se lo dirás algún día?

—Hasta ahora no ha mostrado mucha curiosidad sobre su padre. La verdad es que no sé que hacer. He pensado muchas cosas pero ese puente lo cruzaré cuando llegue a él.

—No, Laura. ¿Se lo dirás a Jaime alguna vez?

Había entendido la pregunta desde el inicio pero no quise contestar. Te engañé muy fácil sobre el aborto pero cuando te conté que conocí a tu esposa, eso sí te importó. Perdiste el interés en mí rápidamente.  No sé si alguna vez te diré que tienes un hijo. Solo el futuro lo dirá.