lunes, 11 de abril de 2016

Un espía enamorado

Héctor Luna


69th Regiment Armory, Nueva York, noviembre dos mil quince.

In the night de The weekend se escuchaba en la sala.

Iniciaba la etapa final del show, “Fireworks”, luces, bullicio, flashes, música todo al mismo tiempo mientras salía al escenario la top model brasileña Luana Ribeiro luciendo impresionante el “Fantasy Bra 2015”.

El 69th Regiment Armory es considerado un edificio histórico dentro de la ciudad de Nueva York.

Luana caminaba por la pasarela, su sonrisa provocativa y su cuerpo realmente sexy atraían la atención de todos los asistentes al evento. Desde pequeña fue muy coqueta y le gustaba presumir su ropa. Su mamá siempre le decía que modelara. Al avanzar recordaba aquella época.

La exclusiva modelo nació en Brasil en mil novecientos noventa. Mide un metro con ochenta centímetros, de tez morena, ojos cafés, cabello negro a media espalda y de medidas ochenta y ocho de busto, sesenta de cintura y ochenta y nueve de cadera. Gracias a su belleza y atributos ha logrado destacar en el mundo del modelaje. Ha sido fotografiada para la revista Vogue de varias partes del globo terráqueo y ha participado en campañas de Dior, Gap, Ralph Lauren y Victoria Secret´s entre otras.

Luana se encontraba emocionada por haber sido elegida para portar el “Fantasy Bra 2015”. Lucía un sensual calzón rojo con un cinturón de diamantes que hacía juego con el sujetador.

La costosa prenda tiene un valor de dos millones de dólares y está confeccionada de diamantes, un topacio azul y zafiros amarillos sobre oro de dieciocho quilates.

Al frente en la pasarela desfilaba Luana, luciendo en su escultural cuerpo el sostén más caro de la colección.

Entre los aplausos de los invitados y los flashes de las cámaras de los reporteros, como parte del espectáculo, las luces se apagaron, la música disminuyó y un sonido de juegos pirotécnicos empezó a escucharse…

Hotel Four Seasons de Nueva York, diciembre dos mil quince.

Las cuatro estaciones de Vivaldi sonaban sutilmente por los pasillos.

Nikolay Petrov, mide un metro con noventa centímetros, tez blanca, ojos verdes y cuerpo atlético, dueño de una de las agencias de publicidad más importantes en Europa del Este entraba caminando con seguridad y aplomo a una sala de estar del hotel, uno de los mejores de la ciudad. Por los pasillos del lugar y en sus salas se percibe un ligero olor a lavanda, el preferido de María, mamá de Nikolay que trabajaba con esencias. Por eso le gustaba hospedarse ahí en sus viajes, le traía gratos recuerdos.

Nikolay vestía un traje azul marino del diseñador Alexander Amosu valuado en ciento diez mil dólares. Cuenta con nueve botones de diamantes montados sobre oro de dieciocho quilates y tiene puntadas de hilo del mismo material y de platino. Camisa blanca y una corbata de seda rosa claro.

Entró a la sala de estar que había reservado para relajarse con aquel olor que abastecían en ese espacio a través del aire acondicionado. Era como hacer un viaje al pasado, recordaba toda su infancia, los buenos ratos con su mamá cuando le ayudaba a preparar las esencias. Después de unos minutos de relajación y con los ojos cerrados, decidió abrirlos para ponerse a leer el libro en turno.

De fondo en la sala se escuchaba la parte de invierno de la melodía de Vivaldi.

—Señor Petrov, le traigo su té… —dijo uno de los camareros del prestigioso hotel a su huésped entrando en la salita.

Londres, noviembre dos mil catorce.

—Quiero una “cuppa” de té de menta por favor —ordenaba Nikolay a la vendedora de Twinings, una tienda en Londres con más de trescientos años de historia.

Le entregaron su vaso grande con té y al darse vuelta golpeó la bolsa de una bella dama que pasaba detrás de él.

—¡Sorry mam! —expresó Niko sonrojado al ver que había manchado la bolsa Carolina Herrera que llevaba aquella mujer.

Con cara de enojo, seguida de una mirada y sonrisa pícara Luana le dijo:

—Si me invitas un té de menta y te quedas conmigo platicando hasta que se seque mi bolsa te perdonaré.  Ella sospechaba quién era él pero fingió no saberlo.  Se le hacía un tipo muy atractivo, un hombre de mundo.

—¿En serio? —preguntó sorprendido Nikolay pero por dentro era su deseo tomar una taza de té con la mujer más guapa del lugar. —Sí, claro.

—Soy Luana, ¿y tú?

—Me llamo Nikolay —respondió con una sonrisa.

—¿Qué hace una mujer tan bella por aquí?

—Vine a un desfile de modas, soy modelo, pero quería deshacerme un poco de todo lo que eso implica y salir a caminar —contestó sonrojada, a pesar de estar acostumbrada a que siempre la adularan, con Nikolay sentía algo diferente.

—¡Wow! No puedo creer que esté tomando el té con una modelo, seguramente muchos me han de tener envidia en este momento.

Soltó una pequeña sonrisa Luana bajando la mirada apenada.

—¿Tú a qué te dedicas? —preguntó ella.

—Tengo una agencia de publicidad y estoy en Londres atendiendo algunas juntas, me gusta salir a caminar para relajarme y tomar ideas nuevas.

—Mil gracias por la tarde tan agradable que me has hecho pasar, por el delicioso té y bueno ahora tendré que comprar una bolsa nueva —se despedía Luana bromeando con Niko después de dos horas juntos.

—¿Te puedo volver a ver? —preguntó él.

—¡Claro! Márcame —le dijo Luana mientras escribía su número de celular en una servilleta.

Se la entregó, le dio un beso en la mejilla y se fue del lugar.

Al día siguiente

¡Toc! ¡Toc!

—Señorita Ribeiro.

—¿Sí, quién es? —preguntó al levantarse de la cama.

—Soy el conserje, le traigo un regalo que le ha llegado al hotel —se escuchó del otro lado de la puerta.

—¡Wow! ¡Está increíble! ¿De quién es? —expresaba la modelo.

“Gracias por dejarme descubrir esa bella sonrisa, espero verla el resto de mi vida… Nikolay”

La nota fue escrita sobre un vaso que contenía el té favorito de los dos. Atrás de la bebida un enorme arreglo de tulipanes; a partir de ese detalle, empezaron a frecuentarse más, trataban de coincidir ambos en lugares y tiempos.

París, marzo dos mil quince.

Nikolay recibió a su novia a un lado de la pasarela, al terminar el desfile,  como lo hacía siempre, con un tulipán. Se besaron y salieron del recinto.

Decidieron irse al hotel y pedir algo de cenar ahí. Se hospedaban en uno de los hoteles más bellos y famosos de la ciudad: Hôtel Plaza Athénée de París. Su habitación era grande y elegante, tenía una mesa que daba a una vista espectacular de la ciudad que incluía la majestuosa Torre Eiffel. Pidieron el servicio al cuarto y a las luz de las velas, con esa maravillosa vista cenaron un delicioso platillo de la cocina clásica francesa. Después hicieron el amor toda la noche.

En el desayuno

—Me duele decirte esto pero en los próximos tres meses no podremos vernos y tal vez llamarnos tampoco —dijo Niko abrazando a Luana.

—¿Por qué no? —preguntó ella sorprendida y quitándose el abrazo.

—Es por cuestiones de trabajo…

—¿Trabajo? Son tres meses, eso es mucho tiempo. Y no entiendo por qué hablarnos tampoco —respondió enojada.

—Ahora no puedo explicarte mucho, necesito que confíes en mí. Tenme confianza por favor, un día te explicaré. Lo que debes saber es que me gustas, me encanta estar contigo y te quiero. Daría todo por vivir contigo el resto de mi vida, así, juntos. Terminando este proyecto haré todo lo posible para que así sea.

Durante los tres meses siguientes Nikolay estuvo desaparecido, como si la tierra se lo hubiera tragado. Nadie sabía absolutamente nada de él. Lu le mandaba mensajes de voz, escritos y nunca obtenía una respuesta. Se sentía extraña, triste, no sabía qué hacer.

Marruecos, junio dos mil quince

Luana regresaba a su hotel, después de una fiesta que se realizó con motivo del fashion fest en Marruecos. Subió al piso siete del famoso Marriot, caminó diez pasos a la derecha y abrió la puerta de su habitación. De frente, sobre el escritorio un enorme arreglo de tulipanes y por supuesto un té con algo escrito.
A pesar de su tristeza e inconformidad en la situación con Niko, sonrió al ver el detalle porque sabía de quién era. Tomó el vaso, le dio un trago al exquisito té de menta y leyó el texto...

“No sabes cuánto te he extrañado, no he dejado de pensar en ti ni un minuto, espero que nada haya cambiado y que podamos seguir juntos adelante. Sobre tu cama hay un vestido, paso por ti en media hora, te quiero” Niko.

Olvidó en ese momento lo que había sucedido, corrió a la cama, vio el vestido Carolina Herrera envuelto en una caja de regalos. Era corto, de color blanco con rayas delgadas y pequeñas negras horizontales y verticales, cuello en V escotado y la parte de abajo con un deshilachado con diamantes. Se vistió inmediatamente, se calzó con unos zapatos rojos que también eran parte del regalo y un collar plateado con diamantes y zafiros.

—¡Te ves espectacular! Estás hermosa —expresó Niko mientras la abrazaba.

—¡Gracias! —respondió ella sonrojada.

Fueron a cenar pescado y mariscos  al mejor restaurante de Casa Blanca.

Platicaron varias horas pero cada vez que ella quería saber en dónde había pasado él estos tres meses, Niko cambia el tema, lo que puso un poco tensa la charla.

Después de haber se tomado algunas copas de vino y de champagne regresaron al Marriot en donde se hospedaba Luana, después de un beso la noche romántica se postergó hasta la mañana.

Hotel Four Seasons de Nueva York, diciembre dos mil quince.

La pareja había decidido pasar unos días en Nueva York antes del fashion fest. Varias noches antes del vigésimo aniversario del famoso evento de Victoria´s Secret, Luana y Nikolay decidieron salir a caminar por la quinta avenida.

El empresario, nervioso,  presentía que lo seguían.

—¿Qué te parece si nos vamos al hotel, pedimos algo de cenar y te doy un masaje? —preguntó él para tratar de estar en un lugar más seguro.

—¡Me encanta la idea! Vamos —respondió con una sonrisa pícara Lu.

Cenaron en el cuarto y  terminaron haciendo el amor, como acostumbraban.

—Lu, ¿te gustaría casarte conmigo? —preguntó Niko, sus brazos abarcaban los pechos de ella, tomó su mano y le entregó un majestuoso anillo de compromiso.
Sorprendida, se volteó y le dio un largo beso que terminó con lágrimas.

—¡Por supuesto! ¡Te amo! ¡Soy la mujer más feliz estando a tu lado!

Los días siguientes estuvieron un poco enfermos, sentían náuseas, Niko tenía diarrea y Luana vómito. Pensaban que algo de la cena les había caído pesado y que era una infección estomacal nada más.

El día del evento por la tarde…

Ambos tomaron su té favorito, el de menta, que habían pedido al servicio a la habitación. Todavía no se sentían bien del todo pero era el día del evento, no podían dejarse vencer por una ligera infección.

—Me voy adelantar para todo lo del maquillaje, pruebas, ya sabes cómo esto. Te veo allá mi amor —dijo ella, despidiéndose con un beso romántico.

—¡Claro! Ahí te veo, no me perdería por nada del mundo verte lucir la mejor prenda del evento —respondió con otro beso, pensó en descansar un poco antes de irse, sentía una fatiga considerable.

69th Regiment Armory, Nueva York.

—Luana tienes fiebre, ¿te sientes bien para la pasarela o prefieres que pongamos a alguien más? —preguntó la coordinadora del desfile.

—Creo que tengo una infección estomacal, no pasa nada, ésta es mi gran oportunidad. No puedo renunciar. Terminando el desfile me voy directo al doctor, no te preocupes —respondió la modelo a la que se le notaba un poco deshidratada.

Al frente en la pasarela desfilaba Luana, luciendo en su escultural cuerpo el sostén más caro de la colección.

Entre los aplausos de los invitados y los flashes de las cámaras de los reporteros, como parte del espectáculo, las luces se apagaron, la música disminuyó y un sonido de juegos pirotécnicos empezó a escucharse…

Se volvieron a encender las luces y la famosa modelo yacía tirada.

Entre gritos y mucho movimiento llegaron personas de seguridad y de emergencias para ver qué había pasado, se la llevaron inmediatamente al hospital.

Hotel Four Seasons de Nueva York

De fondo se escuchaba “El invierno” de la melodía de Vivaldi.

—Señor Petrov, le traigo su té… —dijo uno de los camareros del prestigioso hotel a su huésped mientras entraba en la salita.

Nikolay Petrov estaba sentado, parecía estar dormido.

—¡Señor! ¡Señor! —El camarero repetía y trataba de moverlo. Se dio cuenta que el huésped se hallaba inconsciente, llamó inmediatamente a sus compañeros para que lo ayudaran.

Llegó la ambulancia y fue llevado al hospital para ser atendido.

Bellevue Hospital Center

El ensordecedor ruido de la sirena anunciaba la llegada de la ambulancia que transportaba a la top model Luana Ribeiro al hospital Bellevue.

Fue recibida en el cabina catorce inmediatamente en el área de urgencias en donde le empezaron a hacer todos los estudios necesarios. Ella seguía inconsciente.

Siete minutos después llegaba otro vehículo del hospital sonando la sirena como es acostumbrado en una emergencia.

Bajaron al paciente directamente a urgencias, fue ingresado en el cubículo quince, seguía inconsciente.

El expediente de la convaleciente en la cabina catorce decía que había sido envenenada con polonio radioactivo 210.

Los estudios hechos a Nikolay Petrov del cubículo quince arrojaban como diagnóstico que había sido envenenado con la misma substancia que la de la cama contigua.

Los diferentes doctores de la prestigiada institución no daban crédito, haber recibido a un hombre y a una mujer, de distintas nacionalidades y lugares sin relación aparente, con el mismo problema y que además fuera algo tan grave, no era normal. Hasta que cayeron en cuenta que se trataba de una pareja de famosos.  Haber diagnosticado el problema les llevó mucho tiempo. El polonio radioactivo 210 es un material eficaz utilizado para envenenamiento, se dificulta su detección en el cuerpo a tiempo para que la persona pueda recibir tratamiento adecuado.

Por lo inusual de ambos casos y por lo grave del asunto, el director del hospital, el médico Smith, tuvo que dar parte a las autoridades.

Después de varios días en el hospital, la pareja de enamorados iba empeorando más y más, empezaron a tener fallas orgánicas, caída del cabello, dolores gástricos, daños en los pulmones y riñones y fallo total del sistema inmune.

Tres enero de dos mil dieciséis, Bellevue Hospital Center

La bella modelo comienza a tener complicaciones, los doctores encargados tratan de hacer algo pero todo intento es inútil, fallece.

Siete minutos después, Nikolay Petrov, en la cabina de a lado, deja de respirar y el médico de guardia da como hora oficial de su muerte las trece con trece.
En los medios de comunicación internacionales se empieza a hacer mucho ruido por la muerte del empresario que en realidad era un espía del servicio de inteligencia ruso.

De acuerdo a las investigaciones, en la habitación donde se quedaba con su enamorada fue encontrado en varias partes el material radioactivo, sobretodo en la tetera. Al parecer había sido envenenado y su muerte aprobada por el presidente de Rusia. Los medios impresos y digitales no dejan de hablar de la noticia haciendo sus propias conjeturas pero nada oficialmente aceptado.

“El crimen casi perfecto contra el ex espía ruso Nikolay Petrov en Nueva York”

Estuvo a punto de convertirse en un crimen casi perfecto.

Pero, la investigación pública por la muerte del ex espía ruso en Nueva Yotk  finalmente concluyó con la identificación de varios culpables.

Putin "probablemente aprobó" el asesinato de Nikolay Petrov, el ex espía ruso envenenado con polonio 210.

"Estoy seguro de que el señor Lugovoi y Kovtun colocaron el polonio 210 en la tetera", dijo la policía a cargo de la investigación, refiriéndose a los dos antiguos colegas de Petrov considerados los principales sospechosos por las autoridades estadounidenses”…

lunes, 4 de abril de 2016

Gato negro

Camilo Gil Ostria


¿Es usted un demonio? 
Soy un hombre. 
Y por lo tanto tengo
 dentro de mí todos los demonios.
Gilbert K. Chesterton

Otro día de trabajo.

Desperté a las cinco de la mañana, me alisté como un rayo. No podía perderme las primeras horas del amanecer. La poca gente que había no era imprescindible para la sociedad, volviendo el daño colateral que mi oficio infringía un poco menor, más soportable.

Necesario.

Para que yo pueda comer, para que otros puedan seguir viviendo.

Y es que a esa hora salía la gente sin familia que los acompañe al trabajo o les prepare un desayuno. Gente que tenía que trabajar más para ganarse el pan de cada día. O simplemente es que a esa hora se recogían los borrachos o despertaban por el frío los que no tienen un techo dónde dormir. Yo solía salir a esa hora…

Mi tonto ayudante tocó el timbre de mi pequeño departamento, bajé corriendo y le abrí. Él tenía una sonrisa extraña, como curvada. Antes de que siquiera nos saludemos, le digo que conduzca. Ese día decidió usar un jeep de dos puertas, plomo con ventanas oscuras. Ni muy pequeño ni muy grande. No era mi estilo, llamaba mucho la atención, pero con los caminos correctos y a las horas adecuadas no pasaba nada. Mi ayudante siempre tuvo gustos extravagantes.

Tampoco habíamos planeado algo especial ese día.

Antes de avanzar mi compañero sacó de su bolsillo un rosario y lo colgó en el retrovisor.

Siempre lo creí tonto, retrasado por su constante silencio, su morbosa sonrisa y su físico sin gracia que se complementaban con algún comentario que lanzaba al aire, denotando un genio de fraile con el que no me gustaba lidiar.

Aceleró, me ajusté el cinturón. Ambos íbamos en los asientos de adelante. No quería ningún accidente.

Vi hacia el cielo, sabía que el sol estaba detrás de las nubes grises, pero solo por intuición: mis ojos no llegaban a ver ni uno de sus rayos. El aire estaba demasiado frío, casi no sentía mis manos.

Prendí la calefacción del auto.

Mi ayudante prendió la radio.

Aun así se sentía un silencio incómodo.

Llegamos al centro de la ciudad; desde hace tiempo podía ser vislumbrada: sus grandes edificios, el sonido mortal de miles de bocinas, sus luces interminablemente prendidas, perros ladrando, gatos corriendo de un lado al otro –posiblemente tras un ratoncillo– la vida en su inmensidad de locura que nadie logra entender pero aun así es llamada racionalidad.

Señalé un desvío en la siguiente calle, para ir por vías un poco menos transitadas, unas cuadras después señalé el objetivo:

Un muchacho, más o menos quince años. Alto, moreno, pelo oscuro cual noche y caído como paja, mirada pérdida en el suelo, como escavando hasta el mismo infierno, deseándolo; audífonos en los oídos y manos balanceándose suavemente a los costados. Como deprimido, con un canguro celeste y unos jeans negros cual eternidad. 

Caminaba lento, casi como si no tuviera rumbo alguno.

Paramos a su lado, lo miré y sonreí.

Él me respondió del mismo modo, más un toque de timidez.

–¿Cómo estás? –le pregunté mientras el auto avanzaba lentamente a su lado.
Él se detuvo, nosotros también.

–Bien. –Fue su única respuesta, seca, sin sentimientos.

–¿Sabes cómo puedo llegar a la Buenos Aires desde aquí? –sabía que se dirigía en esa dirección.

–Sigues recto dos cuadras y te vas a la izquierda. –Me respondió mientras hacía señas con sus manos. La calle estaba repleta de basura y el olor que producía era mortal, intenté apurarme para no tener que soportarla más.

–¡Gracias!, ¿no quieres que te jalemos a algún lado? 

–No quiero molestarlos –respondió con humildad, se creía la escoria de la tierra.

Lo más probable era que fuese verdad.

Uno es lo que cree ser.

–No vas a ser ninguna molestia –le sonreí.

Asintió con su cabeza, abrí mi puerta, recorrí el asiento, volví a entrar en la parte de atrás y le indiqué que se siente adelante.

–Tú te vas a bajar primero.

–Gracias –dijo el muchacho y cerró la puerta.

En ese momento, de forma disimulada, mi tonto ayudante cerró todos los seguros y, por si acaso, sostuve mi pistola detrás de mí.

–¿Cómo te llamas? –le pregunté.

–Mauricio –me respondió con una ligera expresión de alegría, conmigo se sentía bien.

–¿Y qué haces tan solo a estas horas, Mauricio? –pregunté para generar conversación, aunque en sí la respuesta era obvia.

–Estoy de camino al colegio –pobre chico, no sabía que ese día no llegaría a clases– como vivo bien lejos debo caminar hartito.

–Cuando yo era chico me pasaba lo mismo –le respondí– ¿cuántos años tienes?

–Catorce…

Una buena edad, sus órganos todavía estaban sanos.

–¡Uy!, ¡pareces mayor!

–Sí, todos me dicen eso –rió.

Mientras mi tonto conductor nos llevaba por rutas desconocidas, Mauricio empezaba a asustarse, se notaba en el sudor perlando su frente. Pero ya era tarde, no había regreso. Todos los secuestrados se daban cuenta más o menos en este mismo lugar que jamás volverían a sus vidas normales.

–¿Y en qué colegio estás? –le pregunto, es mejor distraerlos y así no hacen estupideces violentas que te obligan a matarlos antes de tiempo. Lo mejor es que lleguen vivos, así todo se conserva mejor y se puede cobrar más por ellos.

–En el San Francisco –era un buen colegio, no mucho de su clase, era más para… jailoncitos.

–¡Lindo colegio! –exclamé, talvez a este sí lo extrañen un poco.

–Sí, apenas me mantengo con una beca por mis notas.

–¡Entonces eres todo un geniecillo! –me dolió por un segundo, elegí a un niño especial, alguien que quizás hubiera cambiado el mundo.

–Eh… no sé, se podría decir que sí.

–Y tan humilde…

–Gracias. –Su tono empezaba ser más frío, perdía progresivamente la confianza, pero ya estábamos cerca de salir de la ciudad– ¿por dónde estamos yendo?
–Son las rutas especiales que utilizamos –le respondí– son más vacías. ¿Sabes?, el tráfico es una de mis peores pesadillas.

–Ah.

Salimos de la ciudad. Noté en el temblor progresivo de sus manos; en sus ojos yendo y viniendo, intentando averiguar qué pasaba; en su sonrisa forzada, casi hipócrita queriendo disimular la situación y en esa respiración agitada; se dio cuenta de lo que pasaba. Supe que iba a hacer algo violento.

Le di un golpe en la nuca con la culata de mi pistola.

Cayó desmayado.

Ordené a mi tonto conductor que acelerara, no había tiempo para perder, si volvía a despertar sería todo un escándalo.

Llegamos rápido a nuestra “casa de trabajo” a las afueras de un pueblito –casi diez minutos en automóvil, no había casas a la vista y pasaba muy poca gente por ahí– apestaba a tierra, cerveza, basura y chuño. Casi como la mayor parte del altiplano.

Con su típica plaza y su canchita de fútbol, en este caso de tierrita. Otros más privilegiados tienen canchas de pasto sintético. Pero igual poco íbamos al pueblo, nos quedábamos en la casa cuidando nuestro trabajo hasta que llega alguien y lo corta en pedacitos para mandar los que le convienen a algún lugar del mundo, luego nos pagan y directo a conseguir a otro chico.

Nunca manteníamos a más de uno al mismo tiempo.

Eso sería peligroso y estúpido. Yo tomo precauciones, trabajo es trabajo.

Bajé el cuerpo rígido de Mauricio hasta el cuarto al fondo del pasillo de esa casa hecha casi en su totalidad de ladrillos, sin pintar ni adornar. Todos sus pisos eran de cemento no uniforme y en algunos lugares te podías caer.

Ventanas con bordes de madera y vidrio, excepto el cuarto del fondo, ese no tenía.

Manteníamos bajo perfil, intentábamos no llamar la atención de nadie.

Cerré la puerta con doble seguro para que Mauricio no escape, me di la vuelta y encontré la mascota de mi ayudante, un gato completamente negro y de ojos verdes llamado Bombril. Era un animal en extremo inteligente –a diferencia de su dueño– yo, siempre que me veía obligado a quedarme en esa casita, pasaba mucho tiempo con él.

Creo que era lo más entretenido para hacer.

Me acerqué a la pequeña cocina, cuya monotonía de ladrillo me sacaba de quicio, para desayunar algo, abrí el pequeño refrigerador y apenas había un poco de mantequilla, mermelada, carne para unos dos días, sal y azúcar.

En un cajón cercano siempre guardábamos pan, de quién sabe cuándo; duro como una piedra.

Puse a tostar un poco y a hervir agua, con suerte había café o alguna bolsita de té.

La casa no olía a nada, estaba pobremente amueblada, e incluso se podría decir que nadie habitaba el lugar, porque se la sentía impersonal, ajena, lejana…

Talvez como mi ayudante, que poco hablaba y era un tanto infrecuente. Tampoco le quedó otra opción, alguien tenía que vivir en esa casa, para que la gente del pueblo no sospeche al verla a veces llena, a veces vacía; aunque eso era bastante relativo, si alguien sospechaba había gente que se encargaba de sellarle los labios.

Él fue escogido para vivir ahí, y cuando te dan una orden o la cumples o mueres.

Al menos con los jefes que yo tengo.

Sonó la alarma del pequeño hornito donde se tostaba el pan, me acerqué y puse todo en uno de esos rudimentarios platos que teníamos, no había ni té ni café; tomé agua con azúcar.

En un plato aparte puse un pedazo del pan tostado y serví otra taza de agua para Mauricio, me acerqué hasta la puerta de su pequeña celda y toqué. Estaba despierto, no respondió; pero sentí, a través de la puerta, como se movía desesperado, buscando cómo defenderse, el miedo cobraba fuerza en su interior.

Todos son iguales.

Llamé silenciosamente al tonto y le dije que abra la puerta y apunte con su pistola.

Me hizo caso, yo entré, dejé el plato y la taza en una esquina del suelo, miré al muchacho y le dije:

–Las reglas son simples: haces todo lo que digamos o mueres; no haces ruido, ni nada que llame la atención o mueres; comes todo lo que te demos, aunque no tengas hambre o sed, o mueres; si quieres ir al baño debes tocar la puerta tres veces –yo lo hice para mostrarle cómo– debes hacer todo con la puerta abierta y alguien vigilándote o mueres. ¿Alguna duda?

El muchacho no dijo nada, ni siquiera sabía si había entendido todo. 

Bueno, así era más divertido.

Salí del cuarto y cerré la puerta.

Estaba camino a la cocina cuando sentí tres toques a mis espaldas.

Miré a mi ayudante y él simplemente siguió su camino: me tocaba a mí. Agarré mi arma, abrí la puerta del baño –justo al lado del cuarto del chico– me fijé que haya papel, jabón, cepillo de dientes, ventana cerrada y tapizada con periódicos y luego abrí la celda.

Le señalé el camino con mi mirada, apunté a su pecho todo el recorrido.

Se paró justo al frente del escusado.

–¿En serio tienes que mirarme hacer mis necesidades?

Asentí con la cabeza.

–Eres un pervertido.

Quité el seguro de mi arma, como una amenaza.

–No voy a poder hacerlo contigo mirándome.

–No lo hagas.

–¿Y qué puedo hacer si dejas de mirarme?

–Escapar.

–¿A dónde?

Levanté mis hombros con indiferencia.

Silencio.

–Deja de hacerme perder el tiempo, o cagas ahora o vuelves a tu celda.

Me miró fijamente unos segundos, luego desabrochó su pantalón y con un movimiento rápido lo bajó hasta el suelo, se sentó en el escusado e hizo lo suyo.
Se notaba el miedo en su piel de gallina, especialmente blanquecina que resaltaba en sus muslos, yo odiaba tener que mirarlo, pero era mi obligación. Mauricio fijó su mirada en el vacío, intentado trasladarse con la mente donde el cuerpo no podía llegar.

Pensé en si algún día podría dejar de hacer eso. Con el dinero que me darían por el chico pagaría un semestre de la universidad y me faltaban tres. Estaba estudiando literatura y en busca de experiencias sobre las que escribir me hallé envuelto en estas cosas.

Pero pronto podría dejar este tipo de vida, en realidad la odiaba. Aprendí que el ser humano es su propio demonio.

Mauricio se puso de pie y se limpió con el papel que estaba detrás de él. Se ajusta el pantalón, mira la ducha y se vuelve hacia mí.

–¿Puedo ducharme? –dice.

Asiento con la cabeza, él prende la ducha: más caliente que fría, como a todos les gusta.

Mauricio se desviste con delicadeza, dejando su ropa doblada encima del escusado.

El chico es flaco, pero fuerte; se notaba en sus costillas marcadas y en su respiración que levantaba un pecho firme. Entró a la ducha y corrió la cortina, le dije que la deje abierta, pareció no escucharme y justo en ese momento Bombril se acercó a mí.

Jugué con él, le di caricias mientras escuchaba el agua caer sobre el cuerpo del muchacho, de vez en cuando me daba la vuelta para ver la sombra de la piel morena de Mauricio a través de la cortina de plástico que lo cubría.

El pequeño gato negro me recordaba las buenas noches que yo tuve en mi juventud más temprana, cuando salía con amigos a alguna fiesta; donde, talvez, besaba a alguien, tomaba mucho y caía al suelo borracho.

La vida está llena de vueltas, algunas sin mucho sentido.

Otras con enseñanzas, juegos o vacíos.

La vida es vida y nadie sabe cómo tomarla.

El gato me lanza un último maullido, un ronroneo indiferente y tranquilamente se va hacia la sala.

Me doy la vuelta, la ducha sigue prendida, pero su sonido ha cambiado.

La sombra de Mauricio ya no está ahí, el agua cae al piso como si nada.

La ventana está abierta y veo a lo lejos como un cuerpo desnudo corre por el altiplano, perdiéndose entre su tierra, helechos marrones y monotonía sin igual, como si fuera uno más, como si en su piel la palabra “altiplano” estuviera implícita.

–¡Mierda! –maldigo al cielo, empiezo a correr con mi arma cargada, no es el primero que intenta escapar. Ninguno lo ha logrado.

Salgo de la casa y acelero mi paso, estoy como a cien metros del muchacho, disparo a un lado, solo para asustarlo, agradezco el silenciador de la pistola.

Inconscientemente Mauricio baja su velocidad al sentir la bala silbar a su lado, no hay a dónde escapar, estamos casi al medio de la nada, yo acelero.

Estoy a punto de alcanzarlo cuando escucho que a lo lejos un auto se acerca, nadie puede verlo. El niño vuelve a acelerar, la esperanza regresa a su cuerpo.

Disparo.

El chico cae muerto.

Es el séptimo que mato antes de tiempo.

Lo alcanzo en seguida.

Llevo su cuerpo inerte a la casa.

Su sangre deja un rastro en la tierra como el patrón de un ahuayo, tejido por las manos del destino.

Mi tonto ayudante sale a la puerta con su horrible sonrisa curvada, cargando en brazos al gato negro.

El auto pasa a lo lejos, no nota nada.

Dejo el cadáver en su cama, cierro la puerta y llamo por teléfono.

–Recójanlo o se va a podrir –digo apenas contestan– intentó escapar.

Cuelgo el teléfono, me ducho donde momentos antes estuvo Mauricio.

Salgó de la ducha, envuelvo mi cadera con una toalla blanca.

Escucho el teléfono sonar, contestan, vuelven a colgar.

Mi tonto ayudante se acerca, me mira de arriba abajo.

Bombril también aparece y lanza maullidos desesperados.

–Siempre me agradaste –me dice– pero órdenes son órdenes, y sabes que a nadie le gusta que sus órganos estén más muertos de lo necesario.

Me apunta al pecho, al parecer no era tan tonto:

Dispara.

viernes, 1 de abril de 2016

Los monstruos del metal

Marcos Núñez Núñez



Debía demostrarles lo que significaba ser metalero. Ellos tres iban con sus chamarras de mezclilla sin mangas, con un montón de logotipos de sus bandas favoritas, de las que presumían como supuestos conocedores. En la madrugada fría de San Luis Potosí todavía no cruzábamos palabra, pero ya venía maliciando que eran unos tremendos poseros, flacuchos de diecinueve años que nomás aprovechaban la oportunidad para jactarse y drogarse.

Recuerdo que me sentí nervioso, me frotaba las manos porque a las siete debíamos salir a Naucalpan, Estado de México, ni señales del Necros, el chofer de la vagoneta. Mientras, aquellos seguían en su “rollo”, a las risas y no se inmutaron de mi presencia cuando fumaron su mariguana. Ese olor me recordó viejos tiempos, cuando me viajaba con el Dark Side of the Moon de Pink Floyd, en la azotea de mi casa, junto a María Conchita que siempre se quejaba de que yo había dejado a los Pasteles Verdes por mis amigos. Ella odiaba mis gustos renovados y yo le hablaba de Led Zeppelin y de la banda más grande, la mamá de los metaleros actuales, Black Sabbath. Suspiré, tenía muchos años de haber dejado la yerba y ese olor vino a removerme el pasado. También recordé que me vestía muy a la “onda”, tenía el cabello largo y una chamarra con tiras que hacía pasar por cherokees, nada que ver, la había comprado en un tianguis de Texmelucan. Por eso yo sabía que esos desgraciados eran unos poseros, ya que a su edad también lo fui y poco a poco maduré en la verdadera actitud, en la modestia del que sólo está para honrar a la música y a las bandas que arriesgan todo en el escenario. Debía demostrarles que fumar mariguana y vestirse de forma estrafalaria no les servía de nada ante alguien como yo, que en verdad tengo años conociendo el ambiente metalero. Sabía que tendría varias oportunidades para darles cátedra, pues eso apenas era el comienzo.

Desde la primera vez que les hablé comenzaron los problemas, se pusieron tensos, como que les incomodaba que alguien con mejores conocimientos los hiciera sentir menos. Ya íbamos dentro de la camioneta que la empresa Morbid Visions rentó para aquellos que compramos boletos en promoción, el interior se veía bien, los asientos casi nuevos, limpios, olía agradable, la alfombra se sentía suave en mis manos y el aire acondicionado no hacía ruido. Los tres amigos iban en el asiento de atrás y comentaban el video que el Necros proyectó para entretenernos, era un concierto de Ronnie James Dio, yo lo estaba disfrutando y hasta pedí que le subieran el volumen cuando cantó Holy Diver. Sin embargo los tres chicos no compartían mi entusiasmo, se burlaban de Dio, decían que se vestía ridículo, y cuando gritaron al chofer que cambiara el DVD por otro, la verdad me molesté, no pude soportarlo.

—Cómo pueden ser injustos con Dio —les reclamé desde mi asiento.

—No es nada especial, viejo, ese artista no nos gusta, no sabemos ni quién es. Que pongan heavy metal de verdad —respondió el que tenía la camisa con el estampado de un clásico álbum de Black Sabbath, donde están tres ángeles jugando naipes mientras fuman. El chico llevaba el cabello largo y aparentaba, como sus amigos, ser de familia adinerada.

— ¡Ah! ¿Sí? A ver, chamaco, dime qué canción interpreta ahora el gran Dio —dije curioso y con tono burlón.

 Los tres se miraron entre sí, haciendo gestos de que no sabían.

—Me doy cuenta cuando estoy ante un trío de poseros. Tienes la respuesta en tu playera y ni lo sabes. Es Heaven and hell, uno de los principales éxitos de Black Sabbath a principios de los ochenta. La interpretó el gran Dio cuando formó parte de la banda.

— ¿Cómo es que sabe todo eso? —preguntó uno que llevaba en su playera negra el estampado del álbum Don't Break the Oath, de Mercyful Fate, que tiene a un demonio asomándose desde las llamas del infierno.

            —Llevo muchos años en el medio, comencé en 1980, cuando ustedes ni nacían. Ahora los metaleros son como ustedes, unos poseros que no saben nada del metal.

            —No diga mamadas, viejo. La neta, su barba parece de Santa Claus. Mírese, ya no está para estos trotes.

            —No me haré el ofendido, muchacho, tengo cincuenta y cuatro, pero con la barba me veo como abuelito. Me llamo Tomás, pero me pueden decir Rey Diamante.

            Los tres en su momento me estrecharon la mano cuando los saludé, luego se miraron entre sí y se rieron.

            —Yo soy Miguel, este huey se llama Rubén Flores y este otro, con cara de marica, es Melquiades —respondió el de la playera de Black Sabbath, mientras la Van reducía velocidad para pasar una curva.

            —Qué nombres sin chiste, si van a estar en el medio metalero deberían ponerse un nombre digno.

            —A ver, viejo ¿Qué diablos es eso de Rey Diamante? —cuestionó Melquiades, el que llevaba la estampa de Mercyful Fate.

            —Jim Morrison era el Rey Lagarto ¿Sí saben quién fue Morrison? ¿Verdad? ─les dije mirándolos con sospecha.

            ─Pues no ─respondió Rubén, quien aparentaba ser el más callado, pero el más bravo.

            ─Valen madre, no importa, él era el Rey Lagarto, pues bien, yo soy el Rey Diamante, mira muchacho, la respuesta la llevas en tu playera. Si nunca has escuchado el Abigail de King Diamond, la verdad no me explico para qué presumir la portada de su disco en la playera, eso es de fanfarrones —no dije más, giré en mi asiento y seguí disfrutando el concierto de Dio.

            Casi a las once de la mañana la camioneta se detuvo en una gasolinera de Querétaro y fue allí donde las cosas se pusieron más difíciles. Mientras comía galletas con el Necros, vi que los tres chicos se fueron al baño con sus celulares en la mano. “Parecen nenas que cagan juntas”, dije en voz alta, el Necros se rio conmigo y opinó que ellos han de estar en la onda del heavy metal por la mariguana, sólo por eso. Cuando salieron me acerqué para preguntarle a Melquiades.

            — ¿Ya averiguaste qué banda fue Mercyful Fate?

            — ¡Cállese viejo pendejo! Se cree muy sabiondo.

            ─Ay sí, muy sabiondo, habla como hombre, en verdad pareces maricón.

—Usted piensa que no sabemos de metal —intervino Rubén— pero yo tengo toda la discografía de Bathory.

—Así que te gusta el black metal ¿Dónde consigues los discos?

—De Mediafire, los descargo en mp3

—¿De internet? No la chingues, no hay nada más póser que la descarga de música por internet, eso insulta la creatividad y la honestidad del movimiento.

—Eso a usted le vale verga, viejo.

Rubén se adelantó para golpearme, pero lo detuvieron Miguel y Melquiades. Yo me adelanté, me les paré en frente y nomás me reí.

—Chamaco imbécil —le dije.

Ellos habían comprado tortas y una canastilla de cervezas. El resto del camino se la pasaron hablando idioteces y me arrojaron migajones a la cabeza. Gritaron “Viejo pendejo” varias veces y se rieron. Yo intercambié miradas con el Necros que me miraba por el retrovisor. Nuestra amistad ya era de veinte años, cuando él tenía cabello y yo la barba negra. Los dos al vernos por su retrovisor sabíamos que esos chamacos podían hacerme daño, por eso al verme negó con la cabeza, como advirtiéndome de un peligro. Por mi parte nada más arrugué la nariz en señal de que no me importaba, mientras que detrás de mí uno de ellos abría su lata de cerveza.

El concierto “Los monstruos del metal” comenzó a las tres de la tarde. En esa ocasión los organizadores del evento fueron puntuales, porque iban a ser veinte bandas las que subirían al escenario. Desde el inicio el lugar se llenó con metaleros jóvenes y viejos que vestían con playeras negras, algunos hombres o mujeres lucían tatuajes en los brazos y otros sacaron a relucir sus peinados de cabello largo o estilo punk. La verdad era imposible perderse un evento donde las mejores bandas de Latinoamérica, de todos los géneros del metal, alternarían con algunas de las mejores del resto del mundo. Eso apenas iniciaba y ya sentía el humo de cigarro, de la mariguana y el olor a orín que venía desde los baños. Yo observaba cómo había mucha basura en el piso, vasos de plástico, envolturas de frituras, colillas de cigarro y mucho polvo, cuando vi a los chicos parados frente al puesto de bebidas, los tres miraban al escenario con una cerveza en la mano y la canastilla colgando en la otra. Se notaban tan poseros que no resistí acercarme. 

 —Estoy seguro de que en cuanto comience el slam ustedes se meterán a tirar manotazos sin saber el nombre de la banda que está en el escenario ni el título de la canción que interpreta —les dije casi gritando a causa del ruido— No sé qué hacen unos poseros como ustedes por acá.

—Otra vez la burra al trigo —respondió Miguel.

—No le digas burra, Miguel ¿Qué no ves que se llama Rey Diamante? —intervino Melquiades y rio con sus amigos— Deja de estar jodiendo, viejo, neta que sí te rompemos la madre si sigues chingando. Mira, para que veas que no somos culeros, tómate una cerveza.

—Sí, tómate una y ya no seas mamón —dijo Rubén y desprendió una lata de su canastilla para dármela.

—Yo no tomo, porque un metalero de verdad escucha la música y no anda alterando sus sentidos.

Noté que lo que dije no les gustó, porque hicieron un gesto desagradable. De pronto un grupo de cuatro metaleros paso frente a nosotros y me saludaron, me llamaron Rey Diamante, eso me hizo sentir con más autoridad frente a los chicos. Cuando volvimos a quedar solos vi que algo murmuraban y se reían de mí.

—A ver, viejo —dijo Miguel—, mis compas y yo pensamos que los poseros no somos nosotros, pensamos que eres tú por andar de pinche presumido. Queremos que ya no te acerques, sino te partiremos la madre valiéndonos verga quien seas.

No les hice caso, pensé que estaban fanfarroneando, nomás les mostré el dedo medio de mi mano derecha. Cuando miré al escenario, Agony Lords, una banda que admiro mucho, interpretaba su éxito In Both Sides of Eternity, entre luces y cambios de ritmo; la verdad sentí gusto al ver cómo tenía prendido al público que cantaba a coro la letra o movía su cabeza para agitar la cabellera.

—Tú, Miguel, deberías llamarte Lord Brave, te pareces al cantante de Agony Lords con esa barbilla de candado —dije—. Los muchachos se miraron entre sí.

—Estás sacando boleto, viejo, quieres que te pongamos unos madrazos, ¿verdad? —dijo Miguel.

—Ustedes son perros que no muerden. Tú Rubén, deberías llamarte Quorton y tú Melquiades, Mercury, como el puñal que era líder de Queen ¿Qué opinan?
—Opinamos que ya valiste verga, viejo.

En eso Miguel me empujó y di varios pasos hacia atrás, caí de sentón. Ellos estaban a punto de surtirme a patadas cuando entre la gente apareció el Necros y dos espontáneos que los detuvieron. Necros les pidió que me dejaran en paz, que yo era una persona que merecía respeto, que en vez de andar de violentos debían aprender de mí. Ni sabían con quién se metían. Me levantó y me llevó al pie del escenario donde el cantante de Agony Lords me vio, sacó el nuevo disco de la banda, lo firmó y me lo dio con un abrazo. En ese momento, se preparaba para actuar una banda joven, pero de gran empuje entre los metaleros, Raped God 666. Cuando sus cuatro integrantes me vieron junto al Necros, nos mandaron un saludo desde el micrófono y me agradecieron llamándome King Diamond, Rey Diamante, por haberlos apoyado en sus inicios, cuando nadie creía en ellos. Al escuchar eso agradecí al saludo con la mano levantada en señal de cuerno.

Después de eso, la banda tocó a ritmo de thrash y los asistentes comenzaron a empujarse entre sí en el slam. Uno que otro empujón me llegó, pero en cuanto la gente advertía quién era yo, me dejaba tranquilo. Así estuve durante un rato hasta que de pronto sentí un empujón fuerte que me tiró adentro del slam, allí descubrí que había sido Rubén. Los otros dos lo alcanzaron y los tres me surtieron a patadas. Recuerdo que vi las caras de Miguel, Rubén y Melquiades gustosas del placer que les daba golpearme, hasta abrían más los ojos, sonreían con malicia y más fuerte me golpearon. Yo de plano me agazapé en el suelo, ya no podía respirar bien. Sólo alcancé a ver que los demás asistentes se detuvieron para ver qué hacían y hasta se detuvo la música cuando Raped God 666 descubrió que era a mí a quien golpeaban. Entonces la gente detuvo a mis agresores y entre muchos les devolvieron los golpes que me habían dado. Les pusieron una santa madriza que aun recuerdo que Rubén trató de oponer resistencia pero rápido lo tundieron, Miguel quiso salir corriendo mas lo atraparon y lo estrellaron al pie del escenario y Melquiades, tirado en el suelo, sólo alcanzó a gritar ¡Mamá! "Qué marica", pensé. Fue así que nosotros cuatro, en esa noche de “Los monstruos del metal”, acabamos tirados en el suelo. Después Necros me levantó y cargando me llevó a su camioneta. Al poco rato otros metaleros subieron a los tres chicos bañados en sangre, me saludaron y me dijeron que ojalá me recupere pronto; los reconocí bien, porque yo les puse sus apodos, eran el Immortal, el Nargaroth y una chica que bauticé con el nombre de Melissa. Ahí estuve igual que mis enemigos, adolorido a más no poder. Lo último que vi fue cómo la sangre de Rubén, quien era el que estaba más golpeado, escurría y manchaba la alfombra de la camioneta.


Al despertar, estaba en mi casa de San Luis Potosí, acostado y con vendas en la cara. El Necros me contó que a los chicos los bajaron en el hospital de Querétaro, porque les habían dado una golpiza peor. Nadie quiso llamar a la policía ni a una ambulancia, no querían que el evento se suspendiera. Hicieron bien. Ahora sé que "Los monstruos del metal" fue todo un éxito y que a lo mejor se repite dentro de dos años. Al paso de un mes investigué dónde vivían mis enemigos y los fui a ver. A cada uno lo llamé por su nuevo apodo y le regalé el álbum más reciente de Raped God 666. Desde entonces nos hicimos amigos. A un año de aquel concierto nos reunimos para metalear, con María Conchita y el Necros incluido, en Querétaro y en San Luis. Los chicos han aprendido mucho sobre la buena música, hacen honor al movimiento comprando discos originales y yo, no lo puedo negar, he vuelto a los placeres de la mariguana y la cerveza.