jueves, 8 de octubre de 2015

La canción olvidada

María Elena Rodríguez


En medio del invierno venía a saber
que en mí había un verano invencible
Albert Camus – Retorno a Tipasa.
                                            

Isabela duerme en los brazos de su madre, ella le canta una canción de cuna, sus dos hermanos juguetean con las borlas de los escarpines que lleva puestos; sentados junto a la chimenea, todos se funden dentro de un inexplicable silencio, fuera de este mundo, a salvo de todo …a dormir mi niña, descansa pajarito que cantas junto a la fuente, ya te abrigan las rosas del eterno paraíso… a dormir mi niña…

Serán las últimas vacaciones que Isabela trabaje en la notaría, cuyo representante es  el doctor Anselmo Gavilánez, su tío paterno; abogado de gran reconocimiento en esa anodina ciudad, ¿quién no le debe más de un favor al doctor Gavilánez? El notario maneja el tejido de una red de influencias bien pulida, gracias a los exorbitantes aportes económicos no tarifados formalmente a sus clientes, lo que le permite agilitar trámites o demorarlos, pasar por alto procedimientos y llevar una vida fastuosa, aunque solitaria; ese es su reino. Isabela va a estudiar leyes, apenas se gradúe del colegio ese año, irá a la capital, la capital… un bocado que pronto degustará.

—Lo mío es la verdadera justicia, en la notaría aprendo, pero jamás me quedaría en ese oscuro lugar lleno de polvo y papeles viejos —decía con desdén.

Al terminar el ciclo de clases, inmediatamente Isabela iba a la oficina de Anselmo, tenía reservado un espacio especial para ella, con escritorio y archivador; tener sentido de la responsabilidad le daba un aire de suficiencia. Al charlar con sus amigos, en fiestas o encuentros casuales, ostentaba un rebuscado lenguaje jurídico que generalmente los dejaba callados, disfrutaba de una tácita  autoridad moral con matiz provinciano.

—Es la sobrinita del notario Gavilánez, esa chica llegará muy lejos.

—A él es mejor tenerle de amigo, nunca se sabe, de cualquier lío te puede salvar.

Así  opinaba la gente, cuando la miraban pasar por las desordenadas calles de la pequeña urbe, cargando folios y carpetas de proceso judiciales,  otros preferían callar, sin dejar de evocar amargos recuerdos, y una velada venganza reprimida en contra de ese personaje.

Isabela no quería tener una vida convencional, sentía a veces que su existencia mucho se  asemejaba a una especie de predestinación en la familia; cuando se trataba de ella,  definitivamente el futuro le hablaba de gloria. Llegó el tiempo de ir en aras de conquistar la gran ciudad. Ingresó a la Facultad de derecho, donde logró también una holgada acomodación en la residencia universitaria, saltando algunos procedimientos, gracias al apoyo de las antiguas amistades de Anselmo cuando estudiaba ahí.

—Amo la justicia y quiero defenderla siempre —decía Isabela con frecuencia a sus profesores y  compañeros  en medio de diálogos informales .

La noción de esa palabra era algo etéreo en su entendimiento. Tuvo buenas notas, y poco a poco fue aceptando para sí, nuevas formas de convivencia social, a las que no estaba acostumbrada. En su salón de clases, mantenía distancia y prejuicio con esas compañeras que lucían  muy arregladas y vestidas a la moda, le parecían  tontas, de ahí su antipatía con la profesora de Derecho Romano,  mujer guapa, elegante y profesional respetada; en más de una ocasión quiso hacer gala de su léxico jurídico frente a ella, pero no le fue nada bien.

—Son necesarias las pautas, ¿entiende?,  no es cuestión de amar  o no la justicia, eso es un criterio que ni siquiera lo llamaría romántico, señorita Gavilánez.

Los viajes de fin de semana a su casa  fueron cada vez más espaciados debido a la carga académica en la universidad, de todas formas, con puntualidad, le llegaba dinero para sus gastos personales, enviado por su padre. Congenió con un grupo de amigos, entre ellos nació la idea de crear  una ONG y trabajar en los barrios pobres; de esta forma, Isabela creía que empezaban a  proyectarse  sus  inclinaciones profesionales.

—La justicia empieza ayudando a los más pobres —era la  idea  que más repetía.

Al segundo año de estudios, junto a Julieta y Sofía,  sus dos compañeras más allegadas, deciden salir de la enorme residencia universitaria para ir a vivir en un departamento colaborando juntas en el pago del alquiler; lograron compactarse gracias a un código de ética ideado por ellas, escrito con marcadores de diferentes colores y luego pegado en la refrigeradora; fue un pacto cerrado entre risas y leves mareos mientras compartían una pizza y unas copas de vino. La convivencia  en la pequeña vivienda se da sin contratiempos; cumplidos los ocho meses, Sofía decide marcharse debido a que sus padres, por cuestiones laborales, emigrarán a otro país, ella resolvió acompañarlos,  con mucha corrección pagó su parte del arrendamiento. Julieta también venía de una ciudad pequeña, su padre tuvo un contacto profesional, y le ayudó a conseguir  trabajo en un bufete de abogados como pasante, era una firma importante dentro del ámbito empresarial, esa opción ocupacional hizo que ella disminuya su tiempo para la planificación de proyectos en la ONG, por lo tanto, las reuniones para tales fines, se volvieron menos frecuentes.  De todas formas, Isabela continuaba entusiasmada con esa posibilidad laboral, junto a otros compañeros de curso. En  ese tiempo, estaban en la fase de crear planes en busca de recursos, pero pretender el establecimiento de normas de organización en un barrio marginal no era tan sencillo como creían, es más, cuando se vieron en la necesidad de pactar con líderes locales a cambio de informes favorables, para conseguir aportes económicos, notaron como eran las dificultades de lo que se denomina “el mundo real”. Luego de unos días, Isabela recibe una llamada al teléfono celular, era Reynaldo:

—Papá está enfermo Isabela, estamos haciendo muchos gastos para sus tratamientos de salud, es mejor que empieces a buscar un trabajo a medio tiempo.

Era hora de generar ingresos propios, así que no cuestionó el tema. En uno de sus retornos a casa recibe la noticia de que Felicidad se casará con Joaquín Fernández, el novio de toda la vida. Isabela fue un poco  sarcástica frente a los preparativos  de la ceremonia eclesiástica, discutió con su madre cuando  le dijo que por ser la hermana de la novia, debía acompañarla como  dama de honor. Para ella, Felicidad era, a su criterio, un ser demasiado convencional. En efecto, el guion de su vida parecía impecable: señorita de su casa, trabajo seguro, promesa de un matrimonio perfecto, siempre acompañada de su amiga Lola, no había nada que cuestionar.

Dios me libre ser como ella, no es capaz de tomar ningún riesgo en la vida…

—Si no soy yo, tranquilamente puede ser Lola, además es su mejor amiga —dijo con aplomo; se rio ante la posibilidad de ponerse  traje largo con volantes de tul.

Reynaldo, el hermano mayor de Isabela, está también  por casarse con Mariana, ella es una amiga de la infancia, pero  ese era un evento que estaba pendiente de concretarse, pues él quería afianzar su situación económica. También se enteró de que como su padre estaba enfermo, habían concluido la negociación  de  la finca, ya no tenía fuerzas para el trabajo en el campo; ahora la idea era establecer un negocio de productos agrícolas en la ciudad, era una buena alternativa, tomando en cuenta  de que la novia de Reynaldo tenía contactos y relaciones en esa materia, ya que es  la actividad a la que se dedican sus padres. Isabela tampoco dio mucha importancia al asunto. Durante las estadías en casa, fueron pocas las ocasiones que se encontró con Anselmo, y las veces que lo vio, marcó una singular distancia, no le interesaban diálogos y líos de notarías, ella quería concentrarse en lo estrictamente académico, y así le hizo saber por varias oportunidades,  mientras él solo callaba y sonreía.

Un día, almorzando en el comedor  de la universidad, recibe un recado por teléfono móvil: la boda de Felicidad  se suspendió, se lo contaba su madre, es más, luego supo que el rumor existente es que su hermana había sido repudiada por Joaquín y su familia. Por su parte, ella  y Julieta  estaban algo tensas debido a que aún no encontraban el inquilino idóneo para que comparta el departamento, y por lo tanto, los gastos,  sin embargo, Isabela fue enseguida a su casa. Sus padres lucían moralmente acabados; cuando habló con Reynaldo, aprovechó primero para hablarle del tema del dinero y las mensualidades, él le insistió  en que trabaje, y que era una falta de respeto hablar del tema dadas las circunstancias. Isabela logró acercarse a Felicidad.

—La vida no se acaba. Tú te mereces algo mejor —le dijo.

—Seguramente es así, pero ¿sabes?, por favor, no me lances un discurso y esa palabrería universitaria —le contestó con frialdad, fue muy ruda.

Isabela, por su cuenta,  decide ir donde  Joaquín,  intenta una frenética entrada a su casa, tenía un discurso contra él bien preparado. La puerta no tenía candado y entró, en una ventada del segundo piso  alguien espiaba, luego, desde el patio trasero salieron dos enormes perros que  le atacaron, pudo defenderse de la furia de los canes, alcanzó a salir, le rompieron el pantalón y le rasgaron una pierna.

—¡Sucia apestosa!, ¡lárgate, esta es una casa de gente honrada y decente! —le gritaron.

Se curó sola la herida, no comentó con nadie lo sucedido, tenía un enorme sobrecogimiento por su hermana,  no terminaba de digerir en su mente cada suceso, le embargaba  una presión en el corazón, se sentía alejada y distante frente a su  familia. Isabela, sin mayor reflexión decidió visitar a su tío, le  pidió que le ayude a gestionar un trabajo a medio tiempo en alguna notaría de la capital, así fue. Pasados unos días, Isabela y Julieta establecieron una salvedad al acuerdo ético de convivencia; dadas las circunstancias y luego de un diálogo ameno con Octavio, compañero de trabajo en la notaría,  le alquilaron el dormitorio que estaba desocupado,  tuvieron que hacer otro documento para que ponga él  su firma, este fue escrito con bolígrafo color azul, y de igual forma, lo pegaron en la refrigeradora que lucía ahora  llena de magnetos, no hubo tiempo para una pizza ni vino de festejo. Los proyectos de la ONG quedaron truncos. Los contactos con su casa eran esporádicos vía telefónica. Tenía la sensación de que las voces de sus padres se apagaban, Reynaldo era un extraño y Felicidad  inexistente. Siempre quiso hablar con Lola, ella nunca respondió sus llamadas, pero se sentía tranquila, sabía que era un gran apoyo  emocional para su hermana.

Octavio era encantador. Un día viernes, luego de una fiesta entre compañeros de la notaría, Isabela y él amanecieron juntos, ella estaba  feliz y entusiasmada; pensó que lo sucedido  fue el epílogo de largas conversaciones y salidas a almorzar, momentos en los que se sentía muy especial, hasta empezó a imaginarse que era su esposo. Por común acuerdo decidieron mantener oculto el romance, tanto en la notaría como frente a Julieta; era evidente que las normas de convivencia iban a ser vulneradas. La carga laboral de Isabela se tornó más fuerte, le favorecía la experiencia adquirida antes, cuando trabajaba con su tío; sus notas académicas ya no eran excelentes como al principio, el ritmo de actividades se tornó intenso. Alguna vez que llegó más temprano  al departamento, encontró a Julieta discutiendo con Octavio.

Tal vez Julieta se enteró de todo.

Luego ella, algo turbada y nerviosa, le comentó que peleaban porque los gastos de teléfono eran muy altos a causa de él, Isabela se quedó callada, era extraño, los tres generalmente hablaban solo por celular. Después de unas semanas se entera por su madre que  Reynaldo va a casarse, que no habrá fiesta porque se compró una casa, él no le comunica nada. No le dio importancia, más bien sintió un poco de nostalgia de su época de niños, cuando vivían en el campo, también pensó en  que no volvió más a la finca,  no hubo tiempo de despedirse de nada, de ese dulce espacio inmensamente verde  y florido que marcó su infancia junto a sus hermanos. Luego de unos meses, de  la oficina de  recaudación de la universidad le notifican que tiene algunos pagos pendientes.

—Aló, Reynaldo, estoy teniendo problemas en…

—¡Toma el primer bus que puedas, y ven urgente, nuestro padre está muy grave!

Recriminándole le hizo saber que era una situación que se veía venir, sobre todo después de lo sucedido con Felicidad. A Isabela le parecía absurdo una afectación así por una boda disuelta, pero no se lo dijo; pidió prórroga en la facultad y en la notaría permiso por unos días. Llamó a los  celulares de Julieta y Octavio, como los tenían apagados, dejó a cada uno un mensaje contándoles su situación, esperaba que él particularmente se reúna con ella en su casa, vio la posibilidad de presentarlo a la familia como su novio. Llegó a ver a su padre demasiado tarde, tuvo un infarto y en la clínica no pudieron  salvarlo. Todos los trámites post mortem  corrieron a cargo de Anselmo; el difunto era  su hermano mayor, su querido hermano Miguel, hombre que dedicó su vida al campo; las cuentas las arreglaría luego con Reynaldo.  Isabela, en medio de su dolor, reparó en el hecho de que  Felicidad se volvió extraña  y distante con ella, en el velorio no se despegó de Lola, hasta que su hermano las sacó a las dos del brazo, vio que discutieron ellas con él a la salida de la funeraria, Isabela no entendió nada y no se esforzó por hacerlo, su deseo en ese momento,  era acompañar y consolar a su madre.

—Todo se acabó Isabela, todo se acabó —le decía afligida doña Clarisa.

Durante los días que pasó en su casa no recibió un solo mensaje de Julieta ni de Octavio, estaba resentida con los dos. Regresó un domingo casi a medio día, la casera  le dio el pésame, y le dijo que esperaba ponerse de acuerdo con ella respecto al alquiler.

—¿De qué me está hablando?,  no entiendo —preguntó Isabela.

Le entregó una carta de Julieta donde le  decía que se regresaba a su casa, nada más. Luego, volvió a llamar Octavio, su línea había sido suspendida; ella estaba muy deprimida, se acostó temprano,  el lunes  tenía que volver al trabajo y en la tarde a la universidad, no  tenía ánimo para nada.

—Isabela querida como estás,  lo siento mucho —le dijo una compañera  de trabajo, le puso al tanto de todo lo ocurrido durante su ausencia, y de la última novedad en la notaría.

—¿Sabes?, de un momento a otro Octavio presentó la renuncia, las malas lenguas dicen que ha embarazado a una chica y se ha ido a casar.

Isabela quedó perpleja, se sintió indispuesta, pidió permiso para salir, regresó al departamento,  ahí se encontró con la casera otra vez.

—Pero fíjese Isabela, perdóneme, me va a disculpar, son un par de sinvergüenzas, seguro que estuvieron durmiendo juntos todo este tiempo, como si fueran marido y mujer. ¿Usted notó algo?... vino el papá de Julieta cuando se enteró,  le amenazó, así que tuvo que irse con ella, ya se deben haber casado.

Isabela se retiró sin decir una sola palabra, subió al  baño, empezó a vomitar y a llorar.  Cuando fue a la universidad supo que reprobó dos materias, su romance  impetuoso también le quitó  tiempo. En menos de quince días la vida cambia de rumbo. Por un momento se olvidó de Octavio, a Julieta la consideraba una traidora; además sabía y sentía… ella también estaba embarazada. A partir de eso, los acontecimientos fueron una vorágine de hechos que mucho se parecían a un sueño del que ella levemente tenía algo de conciencia. Fue a la facultad, pidió las calificaciones de fin de semestre.

—Tiene que igualarse en todos los pagos para que los profesores le registren las notas.

Al salir de la secretaría universitaria vio un letrero con una noticia de prensa,  su antipática profesora de Derecho Romano era postulada por la comisión jurídica provincial para integrar las nuevas cortes de justicia de la ciudad,  ella siguió de largo, hubo rabia y frustración. Fue a hablar con su jefe en la notaría, presentó la renuncia, alegó problemas familiares, entregaría vía mail el informe de labores, pidió que el finiquito salarial lo depositen en su cuenta de ahorros. A la casera le habló de problemas familiares también, solo tenía sus libros y la ropa, el departamento alquilaron amoblado,  ella empacaría  y mandaría a buscar las cosas, le dijo que el dinero de la garantía podía ser suyo, sus otros ocupantes no habían pagado absolutamente nada. Luego arrancó de la refrigeradora el acuerdo ético firmado por ella, Octavio y Julieta, lo rompió para tirarlo en el basurero. Cuando regresó a su casa,  encontró a su madre sentada frente a la ventana, pasaba la mayor parte del tiempo atendida por Nina, la ayudante que trabajaba desde siempre para su familia. Doña Clarisa lucía tierna,  en silencio Isabela se  acercó y la miró con ternura.

—Estoy embarazada mamita, voy a tener un hijo —tenía la voz entrecortada.

—¿Y el padre? —le preguntó Clarisa.

—No hay padre y no lo necesita, podré sola —le dijo con determinación, mientras una lágrima resbaló por su mejilla.

Clarisa calló, Isabela se puso a reflexionar sobre su madre, la miró cumpliendo cabalmente una vida proyectada en función de los dictámenes de su predestinada existencia junto a su esposo;  y a ahora ella se encontraba así, ¿en qué momento se le ocurrió  que Octavio podría ser su marido?, ¡absurdo! Ese mismo día fue  a hablar  con Reynaldo; Mariana,  su cuñada, le recibió con cariño, él fue cruel.

—Tú y Felicidad definitivamente son un par de desvergonzadas. Ya veré como arreglo el tema del dinero, estamos resolviendo algunas cosas de la herencia y  deudas.

Ella no discutió, no tenía ánimo, ese era su hermano, ejerciendo las funciones de “hombre de la casa”, extensión de la autoridad paterna. Él dejó los estudios y se dedicó a laborar junto a su padre, recibía un salario por lo que producían las tierras hasta que ahora finalmente, sin enterarse ella, lo encontraba administrando todo. Isabela se quedó en su casa sin trabajar, con lo que le daba su hermano llevó su embarazo. Felicidad cada vez más distante,  salía de mañana y llegaba muy en la noche.  Con Anselmo no tomó contacto, sin embargo,  él le mandó a decir con un mensajero que podía ayudarle con el juicio de alimentos contra el padre del niño, ella no aceptó.

—Pobre doña Clarisa, con todo lo que le ha pasado no va a aguantar mucho, ¡qué pena las hijas!, el Reynaldito es el que da la cara por la familia —decía la gente.

Isabela no disfrutó su  estado, no lo compartió con nadie, ni con ella misma. Hubo unos días de vacaciones que Felicidad se tomó para ir a la playa,  en cambio ella aún no conocía el mar, esperaba que le invite, pero no lo hizo, se fue con su amiga Lola, ella también la ignoraba. Nunca supo nada  de Octavio. La página de  Facebook de Isabela,  que antes estaba dedicada a publicar sus opiniones sobre la política y la injusticia social, ahora era el método para escrudiñar en la vida de él y Julieta; logró encontrar a cada uno de ellos con perfiles diferentes, estaban casados. Llegó su tiempo de alumbramiento también.

—Lucila de los Ángeles —fue el nombre que se le ocurrió apenas le pidieron sus datos.

Clarisa estaba feliz con su nieta, disfrutó intensamente de sus gracias durante los tres primeros meses; una tarde, fue sola a su habitación para dormir la siesta y no despertó más.  Se dieron las pompas fúnebres que determinaron mayor distancia entre hermanos. Nina quedó a cargo de la niña. Isabela habló con su tío,  él le consiguió un trabajo en una secretaría de gobierno, no era necesario tener título universitario, en algún momento retomaría los  estudios.

Un día Isabela debe volver temprano a casa, olvidó unos papeles. Seguramente Nina llevó a Lucila de paseo, no había nadie, pero al entrar percibió un fuerte olor a incienso, oyó música que venía desde el dormitorio de sus difuntos padres, al abrir la puerta encontró a Felicidad y Lola que  cantaban,  solamente cubiertas por las sábanas, juntas, sobre  esa cama, que para ella era un espacio sagrado.

­—¡Miserables, asquerosas, fuera de aquí, basuras del demonio! —gritó indignada.

Rompió todas las cosas y les golpeó, a Lola le escupió en la cara. Felicidad se fue de esa casa; en la insípida ciudad de provincia ya se hablaba mucho de “esas extrañas mujeres”.

 Es injusto todo lo que me pasa…

Isabela lloró con desesperación. No contó a nadie lo sucedido, ahora entendía porqué alguna vez Reynaldo le dijo que eran unas desvergonzadas, se daba cuenta de todo el misterio que invadió la atmósfera familiar después de que se suspendió la boda con Joaquín. Luego de unas semanas fue a hablar con su tío, finalmente quería saber el estado de sus finanzas, de su herencia, de todo lo que había hecho su hermano.

—Tranquila, con tu hermano estamos haciendo los arreglos, ya sabes como es él, para poner las cosas a su nombre me dijo que habían ustedes acordado… bueno, tu sabes, él es un poco impulsivo, además su suegro tiene mucho poder político, va a ser gobernador, cuando mejore el negocio tendrá que darles algo, Felicidad estuvo de acuerdo, tú sabes, por su situación...  y de la casa… firmó una  cesión de propiedad tu madre, estaba tan viejita… ¡pero te tengo una sorpresa!, deja ese trabajo, se va a abrir una nueva notaría, no tienes título pero puedes ejercer de alterna, sabes lo que es eso, mucha influencia, todas las puertas se te abren, ¿te olvidaste de eso? Yo entregaré tus papeles, el lunes es la posesión de cargos de los nuevos funcionarios, ¡no puedes pasar por alto esta oportunidad!

Isabela permanecía silenciosa desde hace tiempo, vivía sumida en la incredulidad al ver la historia de su vida.  Llegó el día lunes, salió temprano,  hizo todo  lo que le mandó su tío Anselmo,  antes de marcharse, ve  en la sala  a Nina  que hace dormir a Lucila tarareando una canción de cuna,  sentada en la sala junto a la chimenea. Cuando atraviesa el umbral de la puerta, con la mirada fija, siente una suave brisa, como si llegara del desconocido y anhelado mar,  observa que  pasan delante de ella Felicidad y Lola tomadas de la mano, no voltean a verla, sigue atrás Reynaldo con los bolsillos repletos de billetes,  pero inmediatamente se transforma  y lo mira después bañando a su padre cuando estaba enfermo,  pretenden morderle los perros que le atacaron un día en la casa de Joaquín, luego se esfuman, sigue mirando, están sus padres, caminan separados, luego se toman de las manos y le sonríen,  ve sus vacas, los caballos, su finca, aparecen  Octavio, Sofía, Julieta,  y luego se desvanecen, está su tío en un burdel, inmediatamente aparece regalando dinero a gente pobre, se mira a ella misma  otra vez en una notaría,  escuchando discusiones, reclamos, murmullos de gente, todo y todos… Isabela se detiene, observa  esa historia que ya no le puede alcanzar y vuelve a entrar a su casa.  Una bruma espesa cubre el pasillo, el agobio desaparece, se siente ligera, mira  otra vez en la sala a  Nina con Lucila, le atrae el leve atisbo de un estado inmemorial que no ha olvidado del todo,  es algo  difuso,  es una canción cuya letra olvidó hace mucho tiempo, pero  recuerda  algunas notas de esa  melodía que no la asocia con ninguna persona o lugar, pero esas pocas notas le bastan para recordar lo bellos que  eran esos acordes y todo el  amor  que le inundaba. Se sienta en un rincón, se mira  a sí misma, pero por dentro,  entonces… se reconoce como verdaderamente es… libre e inocente… a dormir mi niña… a dormir mi niña… ya estás en el paraíso…  tu verdadero hogar… a dormir mi niña…

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Interferencia

Eliana Argote Saavedra


Tenía veintiocho años, un título de ingeniero eléctrico y un nuevo cartón con mi nombre escrito “Ricardo Arnao, máster en ingeniería de sistemas”. Fui convocado, junto a un grupo de científicos e ingenieros de diversas áreas, para formar parte de un proyecto ambicioso que inició el gobierno, debido al ambiente enrarecido que se había instalado desde hacía tiempo, en esta parte del continente: La implementación de un refugio antibombas. Comenzaría en una semana.

Aquella mañana me sentía aventurero, tal vez en mucho tiempo no podría disfrutar de la simplicidad de ser una persona común y corriente. Llovía, la gente caminaba aprisa cubriéndose con sus paraguas, matices de gris dominaban los pocos kilómetros de la vía, rodeados sin embargo de tanto verde en esa pequeña y joven ciudad. Tierra, smock, polvo arrastrado por el agua a través de los cristales y mucho estrés, pero entre todo ello, tan solo a unos metros, resaltando en medio de esa escena de cine de los cincuenta estaba ella con su abrigo naranja y el cabello empapado, avancé algo curioso por su imagen y me detuve muy cerca, sus enormes ojos se cruzaron con los míos, sonreímos.

Después de dos semanas ya se nos había dotado de todos los equipos y materiales necesarios, estábamos inmersos en el trabajo cuando se sintió un estruendo, no hubo tiempo para nada, una potente luz vino de arriba y de inmediato, trozos de la estructura del techo quedaron suspendidos en el ambiente. Luego, oscuridad total. 


Veinte años después.

Un temblor en plena madrugada ha despertado a Adriana, se dirige a la cocina donde dejó la laptop la noche anterior, si mi madre estuviese despierta en este instante, estaría escuchando un sermón respecto a “no dejar los artefactos enchufados”, piensa. Un clic y ya está conectada, se abre una aplicación que no recuerda haber instalado iniciándose una video llamada con interferencia en la imagen, está preguntándose dónde demonios se ha metido mientras al otro lado de la pantalla, un hombre envuelto en un traje blanco y con una escafandra que cubre su cabeza, ha quedado atónito al ver el rostro de la muchacha, su piel canela, tersa, los ojazos curiosos y el cabello completamente alborotado… reacciona, tiene una ligera sospecha, la interferencia desaparece cuando Adriana hace intentos desesperados por desconectarse de aquel chat extraño. La imagen se estabiliza y aparece en la pantalla un muchacho de cabellos rojizos, hola, dice, ¿cómo luce tu horizonte esta mañana?, ¿eres nueva en el portal?, hace mucho tiempo no hay nuevos. Sí, claro, sí…, responde ella con cierta perturbación al recordar que apenas unos días antes lo había visto en la calle, ¿o acaso creyó hacerlo? ¡Bienvenida!, dice el pelirrojo, ¿cómo debo llamarte?; Adriana. Se produce una nueva interferencia. Es la hora del reporte del tiempo, dice el chiquillo, ¿de qué estación eres? ¿De qué estación?, interrumpe ella incrédula. Tienes que identificarte, darme tu posición, ya sabes. Pueeees, estoy en mi casa, iba a entrar al Facebook… ¡Facebook!, vuelve a interrumpir él aún más asombrado, digitando casi compulsivamente uno de los varios ordenadores que tiene alrededor, seleccionando expresiones y acoplándolas a la imagen digitalizada del rostro que lucía treinta años antes. Luego de unos segundos aparece nuevamente el pelirrojo, luce serio. Adriana, ¿podrías describir tu entorno?, mmm, pero sólo datos generales ¿eh?, mi madre me tiene podrida con eso de que no se debe dar información a través de la red, ya sabes, por el tema de la delincuencia, estoy en la cocina, no amanece todavía, espera, voy a encender el televisor. Al escuchar la última palabra el pulso del sujeto se acelera mientras ella continúa, sí, ya sé, me lo han dicho muchas veces, que no deberíamos ver televisión en el comedor, que las comidas son sagradas… ¿Podrías mostrarme tu televisor?, solicita él. Claro, quiero saber la magnitud de este temblor extraño, responde girando la PC. Al otro lado de la pantalla el pelirrojo comienza a tomar notas.

Qué bueno conocerte Adriana, soy el agente de búsqueda 400… que nick tan largo, dice la joven sonriendo. Puedes llamarme AB400, háblame de ti, cuál es tu plan para el día… ¿plan para el día? Ja, no tengo ninguno, no me digas que tú sí, pues, tengo veintidós y estoy en la universidad, ¿en qué ciudad estás tú?... ¿Qué estudias?, interrumpe él. Economía, ¿tú también estás en la universidad?, te ves más o menos como yo, ¿cuántos años tienes misterioso AB400? Pero él no contesta su pregunta, hace mucho no veía un rostro como el tuyo, dice. ¿Como el mío?, lindo dirás, responde ella con coquetería; sí, es lindo tu rostro, tu piel uniforme, tu mirada chispeante, ¿puedo pedirte que no te desconectes?, me siento feliz de haberte encontrado. El corazón de Adriana se alborota, le gusto, piensa, se inquieta, sonríe y en tono quedo, responde, yo tampoco pienso alejarme mucho de aquí, solo voy a darme un baño, hasta dentro de una hora AB400.


Desperté gritando sin entender por qué me ardía la piel. Una sensación candente me ahogaba, quise tocarme la cara y al hacerlo vi mis manos llenas de quemaduras. Los quejidos de dolor inundaban el ambiente, algunos médicos nos colocaron en camillas y nos aislaron, solo esta área ha sido dañada, dijeron, podemos salvarlos.

Un grupo de ingenieros comenzaba a revisar los daños, el refugio había sido construido a muchos metros bajo tierra, pero el material con que debió sellarse la estructura era de mala calidad, concluyeron; el responsable sin embargo, el ingeniero Márquez, estaba aquí, quién sabe por qué, sus heridas no eran graves pero se encontraba anímicamente destrozado al ver la consecuencia de sus decisiones, se resistía a cualquier tratamiento, decía que no lo merecía… ¡La radio! Enciendan la radio, dijo alguien, las novedades del exterior eran aún más confusas, todo partió de un error de cálculo decían, un error que ha desatado la guerra. Desconcierto, confusión, si alguien hubiese querido graficar estos conceptos hubiese bastado con ver el rostro de la gente esa mañana en que las noticias destruyeron sus vidas rutinarias llevándolas hasta el límite de la angustia.


La ciudad despierta, la gente camina apurada sin sospechar que quedan días contados para ver el sol que apenas asoma esa mañana de marzo. En ese preciso instante, desde su departamento en la ciudad, Gonzalo Márquez, encargado por el gobierno para culminar con las obras de recubrimiento, recibe una llamada: Ingeniero Márquez, todo está listo para la inspección… ¿tan pronto?... no se preocupe ingeniero, el material que hemos conseguido para sellar el refugio es muy parecido al que se había especificado, claro, no es tan resistente pero es barato, además, este reconocimiento es solo para usted, nadie tiene por qué enterarse de los “arreglitos” que se han hecho. Un copioso sudor comienza a resbalar por la frente de Gonzalo, señor Gómez, si se pudiera reforzar un poco… ya pues ingeniero, no se me va a poner usted con exquisiteces, el trato fue muy claro, la gente del gobierno está paranoica, el conflicto lleva años en el mismo punto y no ha pasado nada, no vamos a ser tan “suertudos” que ocurra algo justo ahora, y si sucediera, van a estar bajo tierra así que nadie le va a poder reclamar nada, mire, le doy una buena noticia para que se ponga contento, ya se hizo el depósito a su cuenta, relájese y disfrute mientras pueda. Señor Gómez, insiste Márquez, pero la comunicación se corta, respira hondo, ya no hay nada que hacer, se sirve un café cargado para controlar el cansancio pues no ha podido dormir bien desde que decidió acceder a la sugerencia del contratista que se haría cargo de la obra.

Han pasado diez minutos de la charla entre Adriana y AB400, desde un espacio alterno, en una zona perfectamente esterilizada con sensores de calor que abren los compartimentos sellados ante su paso, él contempla la secuencia de imágenes en las pantallas que limitan el ambiente a modo de paredes, varios individuos despliegan formulas referidas a la tecnología de los aparatos, otros seleccionan retazos de la proyección como si intentaran recrear una historia y uno contempla embelesado la oscuridad, a través de la ventana, apenas iluminada por un rabito de luna.

Ya es de mañana, Adriana toma un duchazo frío, cepilla su abundante cabello, ensaya varias sonrisas frente al espejo y más veloz que un rayo va a sentarse frente a la laptop. Un clic, piensa, bendito clic que me lleva al lugar deseado. Allí está él esperándola, y ¿Qué es de la vida de AB399, 398 y todos los anteriores?, dice intentando bromear. Ellos continúan con su labor de búsqueda, responde él con tono serio, este día ha sido afortunado, agrega, no tienes idea de lo que significa para mí haberte encontrado.

La voz del muchacho no corresponde a su edad pero Adriana lo atribuye a un intento de romanticismo, aún no te cambias, dice ¿no tienes clases hoy? Se produce un silencio incómodo, que tonta soy, piensa, qué me importa si se cambió o no, en ese momento, tras una nueva interferencia, aparece él con un atuendo distinto y el cabello mojado, ¿ya te bañaste?, vaya que batiste un record. Las respuestas no son inmediatas, cada intervención del muchacho es precedida por una interferencia, pero ella no lo nota, su juventud no le permite analizar las cosas que a los demás pudieran resultarle extrañas. Al otro lado de la pantalla, AB400 escoge de una serie de imágenes codificadas, la que hace juego con cada respuesta: el pelirrojo asombrado, recién bañado; lleva el rostro cubierto, como todos en aquella dimensión que por un antojo del tiempo se ha conectado con el pasado.

En sus conversaciones, él insiste en saber respecto al entorno de Adriana, ella en cambio, quiere saber más del muchacho, por qué no responde sus preguntas, por qué se siente tan atraída y por qué la voz de AB400 va tornándose cada vez más nostálgica. Mientras tanto las noticias hablan de negociaciones a nivel internacional que fallan y la amenaza que permanecía latente parece tener cabida en aquella sociedad donde se materializan los más sórdidos instintos humanos.

Ha pasado casi un mes desde que AB400 se conectara con Adriana, luego de cada charla, una junta de científicos lo entrevista, le entrega un cuestionario y la lista de tareas que debe encargar a la chica de la forma más sutil para que no sospeche nada, pero cada encuentro se hace más difícil. Ella desea conocerlo personalmente, él quiere decirle la verdad, cada mañana, antes de conectarse se quita la escafandra, observa su rostro deformado por la falta de piel, y por los injertos que le han implantado en gran parte del cuerpo, el dolor sigue siendo muy fuerte a pesar de los analgésicos, pero ella se ha convertido en un bálsamo, acaricia la imagen de la muchacha congelada en la pantalla… jamás podrá hacerlo, debe guardar silencio.

Las charlas giran en torno a los gustos y confesiones de la joven, sí, porque él responde cada pregunta con una nueva interrogante. De pronto ella le habla del concurso de pintura al que asistió, de una cita que se le quedó grabada al leer un libro, de la ansiedad que le produjo no encontrarlo durante la tarde cuando intentó conectarse… ¿estás molesta conmigo?, pregunta él al notarla triste… no tengo por qué, debes haber tenido algo importante que hacer para no conectarte… él calla, se siente impotente, ¿quieres saber qué estuve haciendo? bueno, estuve en una sesión de láser para tratar las quemaduras que tengo por toda la cara, ¿te parece importante?, piensa con una mueca de tristeza… solo estuve ocupado, dice, ¿estás celosa?... no tendría por qué estarlo, solo somos amigos. Pues yo si estaría celoso si estuvieses ocupando tu tiempo con alguien más. La joven lo escucha y su respiración comienza a agolparse en la garganta, ¿y por qué sería eso?, pregunta casi en un susurro y él responde con la voz quebrada: lo que no digo, es lo que callas, ¿acaso no es obvio?... ¡no!, no es obvio, te he dicho para conocernos pero siempre me das evasivas. Es que no es posible Adriana, hay algo que no sabes de mí… ¿algo? No sé absolutamente nada de ti.

Se produce una nueva interferencia, una muy larga, ¿por qué no pudiste quedarte callado?, se reprocha AB400, retira la escafandra de la cabeza y ve su reflejo en la pantalla, si pudieras verme, piensa, si pudiera cambiar el pasado... intenta reponerse. ¿Harías algo por mí sin hacer preguntas?... luego de un silencio largo ella acepta. Descríbeme el cielo, ¿cómo se ve hoy?... mmm está algo nublado, mejor te cuento como se veía ayer que fui a la playa… sí, haz eso. Bueno, el mar estaba picado, me senté en la arena, tenías que haber visto al sol escondiéndose, los colores del cielo que iban cambiando, naranjas, rojos, y luego… ¿estás escuchándome? Sí, claro que sí, estaba imaginándome a tu lado; me hubiera gustado que estuvieras conmigo, dice ella en tono de reproche. Él se deja llevar por las palabras de la muchacha y por su propio sentimiento que ya no puede ocultar, Adriana, dime, ¿te imaginas como sería la vida sin poder contemplar ese atardecer jamás? ¿Por qué me preguntas eso?, sin preguntas ¿recuerdas? Es que es difícil… ok, si supiera que eso fuese a ocurrir, lo único que quisiera es verte, aunque solo fuera una vez. ¿Me dices la fecha por favor? Interrumpe él. Hoy es 25 de marzo… sí, pero de qué año, insiste el chico… no me digas que no sabes en qué año estamos… me prometiste no hacer preguntas. Ella calla, está completamente confundida.

Tengo algo muy importante que decirte, continúa AB400, va a sonar absurdo, increíble, pero prométeme no solo que vas a creerme sino que vas a hacer lo que te pida. Me estás asustando, dice la joven… escúchame por favor, por alguna razón que no logro comprender nos hemos conectado ¿Qué es lo que no logras entender?, interroga ella. Estoy viviendo en el año 2024, falta poco para que estalle un conflicto en tu tiempo. Espera, qué dices, ¿2024?, estás loco; por favor Adriana, créeme, voy a darte una prueba pero debes escucharme, en el lapso de unos días los países que están sometidos al control de armas nucleares van a intensificar sus ensayos y uno de esos ensayos va a desatar una guerra. ¿De qué estás hablando?, responde la joven mientras el corazón se le alborota en el pecho y un latido comienza a azotar sus sienes… Adriana, tienes que prestar atención a lo que estoy diciendo, fue un error de cálculo que tomaron como una ofensiva, a partir de ese momento todo se vuelve confusión y caos, en tu país el gobierno viene construyendo refugios, es un proyecto secreto… En ese instante se produce una interferencia más larga que las anteriores.

Adriana está aterrada, no cree lo que ha escuchado pero quiere saber más, la comunicación vuelve. Aún estamos en el refugio, dice él con tristeza, al comienzo logramos sobrevivir con las provisiones, pero luego de un tiempo los ingenieros crearon invernaderos para producir alimentos… ¿quieres decir que estás aquí?, ¿dónde?... no estoy en tu tiempo Adriana, estoy en el año 2,024, si fueses ahora mismo, solo encontrarías el lugar construyéndose… 2,024, tantos años encerrados, ¿cómo viven?, interrumpe ella incrédula… había suficientes recursos, continúa AB400, se dotó al refugio de todo lo necesario para una larga sobrevivencia y desarrollo de tecnología, aunque ahora todo es escaso, los líquidos son tratados y purificados hasta obtener el agua que necesitamos, hemos aprendido a vivir con cantidades mínimas de oxígeno. Logramos contactarnos con los pocos que pudieron escapar por miedo a un desastre mayor, desde entonces me convertí en agente de búsqueda, he conseguido contactar a muchos sobrevivientes a través de este portal, nos comunicamos por satélite, no todo se destruyó Adriana, por eso necesito que te marches, huye de tu ciudad, sobrevive, la tierra está sanando, aun mantenemos la esperanza de volver a vivir como antes.

 En ese instante el rostro del pelirrojo desaparece y se muestra un ambiente del refugio en la pantalla, un lugar extraño y desconocido solo visto en las películas, ¿qué lugar es ese?, pregunta sorprendida. En el monitor se ve a varios sujetos cubiertos de pies a cabeza concentrados en los ordenadores, AB400 está de pie frente al ordenador. ¿Eres tú? Pregunta ella con la voz quebrada, quiero verte, insiste mientras las lágrimas se deslizan por sus mejillas; no, te horrorizarías, prefiero que me recuerdes como me has visto hasta ahora, ya no queda mucho tiempo, tienes que huir, protegerte, sobrevivir.

En su oficina del centro, el ingeniero Márquez aún tiene un sabor amargo en la boca, y no es producto de las seis tazas de café que ha tomado y que lo tienen en estado permanente de sobresalto. Desde el inmenso ventanal contempla la ciudad que parece haberse tragado sus sueños de adolescente, cuando participaba en marchas pro cuidado ambiental, antes de que la vida lo orillara al límite de la mediana moral de la gente con la que trata día tras día. Ingeniero Márquez, interrumpe la secretaria, lo busca una señorita. Él voltea algo turbado, ¿quién es?, ¿tiene cita? No, pero dice que es urgente, me ha rogado que la reciba, es la señorita Adriana Loayza; ¡no!, ¡no!, ¡no!, responde, seguro es la representante del ministerio, aún no se ha programado la inspección. No creo que sea del ministerio, interrumpe la secretaria, es una muchachita, creo que es estudiante. Bueno, responde él, yo le aviso. Ingresa al baño y queda contemplando su imagen en el espejo: el rostro ancho, las cejas abundantes, el cabello que comienza a pintar canas, las huellas de un acné persistente, se aleja y asume su habitual postura, la del ganador. Ya todo está hecho, piensa.

En la sala de espera, Adriana juega con un mechón de cabello enroscado en el dedo, lo lleva a la boca, lo suelta, mira su reloj y luego la puerta de la oficina. Un bolso de tela reposa sobre sus piernas, ¿qué voy a decirle?, piensa, va a creer que estoy loca, ¿y si fuera mentira? Ha abierto una página en la Tablet: “El ingeniero Gonzalo Márquez, reconocido como una de las personas más influyentes en el mundo empresarial” Concentrada como está en la información de la web, no nota cuando la puerta se abre. El ingeniero aparece en el umbral, y desde allí observa con curiosidad el rostro grácil y sin maquillaje de la chiquilla, sus brazos llenos de pulseras, las uñas pintadas de diferentes colores, una de las piernas que ha quedado descubierta al colocar descuidadamente el bolso sobre ella, la piel bronceada y tersa… ingeniero, no lo había visto, dice la secretaria, ¿me llamó?

En ese instante Adriana levanta la cabeza y al notar la mirada lasciva del hombre, acomoda su vestido, es un viejo verde, piensa. Ingresa a la oficina e intenta mostrar serenidad, debo hablarle de algo muy importante, dice. La escucho, responde el ingeniero, el proyecto de construcción de refugios, es del proyecto que quiero hablarle; el rostro del hombre se contrae en una mueca de incomodidad, ¿dónde has escuchado eso?... lo sé todo, interrumpe ella, sé de sus tratos sucios… mira mocosa, no sé de qué me estás hablando pero si has venido a acusarme de algo, ya puedes salir por donde entraste, dice levantándose, y lleno de ira abre la puerta indicándole la salida; el refugio no es seguro, usted lo sabe, va a haber una desgracia. Qué sabes tú del refugio, reprocha Márquez completamente sorprendido… entonces es cierto, dice Adriana; ¡Fuera de mi oficina!, ¡fuera! Y no se te ocurra hablar con nadie de esto porque no sabes con quien te estás metiendo… yo solo quiero que me lleve al refugio, pide la joven, falta poco tiempo, por favor, lléveme.

Han pasado tres días desde que Adriana confrontara al ingeniero Márquez, en un café cercano a la oficina ha esperado pacientemente cada tarde, sabe a qué hora se marcha, conoce su domicilio, sus rutinas. Los dos primeros días debe dar la vuelta luego de verlo internarse en el tráfico de la metrópoli, pero al tercero, un ojeroso Gonzalo Márquez sale de la oficina y a bordo de su camioneta se interna en la vía rápida alejándose de la ciudad. Un pequeño auto lo sigue a una distancia prudente.


Ha pasado mucho tiempo desde que los ingenieros sellaran las estructuras dañadas, hoy desperté sin dolor y al revisar mi rostro descubrí en una mezcla de alegría y confusión que solo tengo cicatrices de quemaduras leves, ¡mis manos!, no las reconozco, puedo contar uno a uno mis dedos que permanecían unidos por la piel chamuscada, no entiendo qué pasa, tal vez estoy soñando aún, ¡la ceremonia!, ahora lo recuerdo, cada año nos reunimos para examinar nuevamente las grabaciones de aquel día fatal.

Estamos revisando las cámaras, la visión apenas dura unos segundos, una luz muy fuerte llega desde el techo cubriéndolo todo, pero… ¿qué está ocurriendo? He visto este video tantas veces, ¿quién es esa muchacha?, jamás apareció en la grabación, abre violentamente la puerta y se lanza sobre mí, cubriéndome con su cuerpo, protegiéndome. Repaso nuevamente la imagen y unas lágrimas se agolpan en mi garganta… es Adriana... es ella cambiándolo todo… si pudiera regresar el tiempo… Adriana…

lunes, 21 de septiembre de 2015

De lo cotidiano… del amor

Héctor Luna


—¿Te sirvo otra igual? —me preguntó Mike, el barman del lugar.

Sabía algunas de él, me platicó que llevaba siete años trabajando ahí, empezó como ayudante y fue aprendiendo hasta que un día le ofrecieron el puesto y aceptó.  Ha sido su primer trabajo, empezó a los diecinueve años cuando tuvo que dejar su año inicial de universidad por falta de dinero y porque tenía que mantener a su mamá, enferma de cáncer, y a su hermana menor que entonces cursaba la secundaria.  

—Sí, por favor —respondí.

Era temprano aún, casi las ocho de la noche.  Todavía se escuchaba más la música que el bullicio de los clientes.  Apenas empezaba el desfile de aromas, conforme iban llegando al lugar el perfume y la loción de cada uno se mezclaban para darle un olor agradable al lugar.

“El Pata Negra” es un famoso bar en la colonia Condesa de la Ciudad de México. Entrando por la puerta principal, la barra de aproximadamente unos diez metros de largo queda de frente.  Está cubierta de madera y rodeada por treinta bancos de un lado y del otro Mike, el barman y sus dos mujeres ayudantes.  Tras de ellos hay una pared del mismo largo que la barra y en la que están empotradas varias repisas del doble o tal vez el triple de ancho, en donde ponen todas las botellas de vino, licor y demás tipo de alcoholes que sirven todas las noches.

Del techo, por encima y a lo largo de la barra, cuelgan seis lámparas de plástico en forma de medio cascarón de huevo. Siempre a media luz, dándole un toque especial y más cálido al lugar.

Desde la primera vez que entré en el bar, al principio por azar, luego así lo solicitaba, me sentaba en la esquina de la izquierda de la barra, justo donde daba la vuelta tipo escuadra para topar con la pared.  Era un espacio pequeño y atrás de mí estaba una pared angosta y una puerta grande de cristal que hacía de salida de emergencia.

—Mike, sírveme otra por favor.

—En seguida  me respondió mientras preparaba un par de perlas negras para la pareja de al lado.

—Aquí tienen sus perlas —dijo Mike.

—Muchas gracias —respondieron.

Mike volteó a verme y me dijo, ya llegará.  Mientras ponía mi cuba delante de mí.
De fondo se escuchaba “Feel what you want” de Phonique.

En los bancos tres y cuatro, llevando una numeración de izquierda a derecha estaban Luis y Paola.

—¡Salud! —dijo Luis.

—¡Salud amor! —respondió Paola— que sean muchos años más juntos.

Chocaron los vasos y ambos tomaron por completo las perlas negras.

Sonrieron y se dieron un beso en la boca.

—Han sido dos años maravillosos a tu lado, eres una mujer talentosa, guapa y estoy muy orgulloso de ti —dijo Luis mientras se quitaba el saco del traje azul marino que llevaba puesto y se aflojaba un poco la corbata de color rojo.

—Contigo he vivido cosas que nunca pensé vivir, me has hecho sentir, me has enamorado, eres un gran hombre, con muchas cualidades y nunca me gustaría perderte, ¡te amo! —respondió Paola.

—Y yo a ti —contestó Luis, la tomó por las mejillas y le dio otro beso.

—Mike, puedes traernos, para ella un Jack daniel´s con coca y para mí un whiskey con manzana por favor.

—Con gusto, ahora se los sirvo.

—Deberíamos planear un viaje de novios, ¿qué te parece irnos a París y luego a una playa? —preguntó ella.

—Estaría increíble, si lo planeamos ya, podríamos irnos en febrero.  Así nos da tiempo de buscar y ahorrar, ¿te late?

—Me encanta la idea, ¡vamos!-respondió Paola con una sonrisa pícara tomando a su novio de la mano.

—Aquí tienen sus bebidas —dijo el barman.

Ambos tomaron sus vasos para brindar.

Mike se pasó a la altura de los bancos ocho, nueve y diez.

Pedro desde hace siete meses quedó desempleado, hubo un recorte en la empresa donde colaboraba y no ha encontrado trabajo a pesar de haber ido a varias entrevistas.  Afortunadamente lo liquidaron bien y con eso ha sobrevivido este tiempo.  La situación en el país no es fácil y los trabajos son escasos y mal pagados.  Llevaba viviendo un año solo pero ha tenido que regresar a vivir a casa de sus papás quienes lo recibieron con mucho cariño.  Pero todo eso no le ha impedido salir a festejar el cumpleaños de su mejor amigo Giovanni.

Isabel, diseñadora de interiores, trabaja para una de las más prestigiosas tiendas departamentales del país, lleva un año y medio y aunque quisiera tener su propio despacho no se queja.  No le va tan mal y adquiere experiencia. Terminó hace tres meses con el novio que llevaba dos años y con el que ya vivía y tenía planes de boda.  Un día antes de terminarlo, ella salió como siempre a su trabajo pero olvidó una carpeta con los nuevos diseños que tendría que presentar, regresó al departamento y escuchó algo vibrar sobre la mesa del comedor. Era el celular de su novio que mientras se bañaba lo había puesto a cargar.  Después de leer unos mensajes se dio cuenta que su pareja le ponía el cuerno, lo demás hoy es historia.

Giovanni, licenciado en relaciones internacionales, es, de los tres, al que mejor le ha ido en lo profesional y en el amor.  Vive su vida como él quiere, no rinde cuentas a nadie.  Es consultor en la Secretaría de Relaciones Internacionales. Su papá murió hace un par de años de enfisema y su mamá cuando él tenía diez años.

Los tres salieron a festejar el cumpleaños treinta y siete de Giovanni.  

Mike, en lugar de pastel, le preparó un dragón: una mezcla de anís con licor de 43. Se le pone también Beiley´s dejando que flote encima de la mezcla. Después se le agrega un chorrito de licor triple de Larios dejando que flote sobre el Beiley´s. Una vez teniendo lista la bebida, Mike le prendió fuego con un mechero al licor triple que queda flotando, Giovanni se lo tomaba mientras con popote.

Este coctel llamó la atención de todos los que estaban en la barra, mientras la canción de fondo se estaba terminando.

En los asientos veinte y veintiuno.  En el bar se escuchaba “Sexual Healing” de Marvin Gaye.

—¿Cómo te va con tu Mauricio? —preguntó Claudia para ponerse al día debido a que por un viaje de trabajo no habían podido platicar, después le dio un trago a su mezcal.

—Bien, estamos muy contentos, me trata súper, es muy detallista. En mi familia lo quieren mucho –respondió María.

Claudia y María se hicieron amigas en la primaria y desde entonces han sido inseparables.

Además de la música, ya se empezaba a oír más el ruido de las pláticas de los clientes del lugar y el choque de los vasos y botellas a cada que brindaban.

A través de las puertas de cristal y las ventanas se podía ver la intensa lluvia y los efectos del fuerte viento.

Caminando a prisa para evitar mojarse, riendo y con sus abrigos sobre la cabeza entraron tres mujeres, de unos treinta y tantos años.  De estatura aproximada de un metro con sesenta y cinco centímetros aproximadamente, delgadas, una con cabello rubio, otra negro y la tercera de pelo castaño, todas con buen cuerpo, vestían ropa de marca e iban muy perfumadas.

—¡Son ellas! —le dije a Mike emocionado, sírveme otra por favor, tengo que agarrar valor.

—¡Seguro! —me dijo con una sonrisa.

Desde hace tres semanas Luz, Pamela y Sofía habían convertido el “Pata Negra” en su lugar de convivencia.  Todos los martes iban, se tomaban un par, platicaban y se iban a descansar.  Y por coincidencia y luego por gusto siempre pedían los bancos que estaban a la mitad de la barra.

—¿Te vas a animar ahora sí? —me preguntó riendo Mike y regalándome un shot para seguir envalentonándome.

—Me encanta —le dije mientras la veía sentarse.  La semana pasada me topé con ella afuera del bar y no supe qué decirle, me pone muy nervioso.  ¡Es la mujer de mis sueños! —pensé.

—La que ahora está riendo, ella es…—le señalé a Mike

—Ella es Sofía —respondió.

Sofía mide casi un metro con setenta, de piel apiñonada, de cabello castaño, delgada, ojos cafés y su sonrisa enamoraba a cualquiera.  Vestía pantalón negro, blusa blanca, suéter rosa, collar plateado y un reloj blanco.

—Sírveme otra por favor —dije mientras la veía embobado.

Le di un trago a mi bebida y me dirigí al baño.

Mientras me lavaba las manos, veía que mi peinado estuviera bien y que no pareciera estar tan borracho.  Saqué de mi saco una muestra de loción y me la puse.

Salí rápido del baño y de repente choqué con alguien.

—¡Mil disculpas! ¡Perdóname por favor!

—No te preocupes, yo también venía distraída.

Desde la barra Mike había visto el choque, pero no supo quiénes eran, apenas vio un suéter rosa.

—¡Hola soy Manu! —le dije titubeando y sonriendo.

—Ella con otra sonrisa me respondió: ¡Hola, yo soy…