jueves, 20 de agosto de 2015

Un cocodrilo extraviado

Bérnal Blanco


(Séptimo capítulo de “Abril” o “Las aventuras de una bomberita”)


AQUELLA MAÑANA, AL día siguiente del incendio en el campanario, papá había vuelto de la estación y hablaba con mamá mientras comían naranjas en el jardín. Era urgente trasladar a Perla a otro sitio y Gabo, al parecer, deseaba ayudar. La conversación era muy seria para mamá.
—¿Gabo quiere adoptarla? —preguntó ella asombrada.
—¡Ajá! —respondió papá, un poco distraído, dando mordiscos a una naranja jugosa recién bajada del árbol.
—¿No es que él ya tiene un perro?
—Sí, Roco —respondió atragantándose.
—¿Entonces está dispuesto a tener dos perros en su casa?
—Eso fue lo que yo le entendí. Anoche, cuando hablé con él, me dijo que tal vez su perro y Perla puedan hacerse compañía —dijo, prestando mayor atención a sus palabras.
—¿Le dijiste que ella va a ser mamá?
—¡Claro que sí!
—¿Y piensa quedarse también con los perritos cuando nazcan?
—¡Eso habrá que verlo, Eli! Él ama a los animales pero vive solo. No creo que pueda hacerse cargo de toda una familia de perros.
—¿Y crees que él pueda atender el parto?
—Para nada —le dijo, poniendo mucho énfasis a la frase—. Tendremos que ayudarlo. Esa podría ser una bonita experiencia para Abril, ¿no crees?
—¿A qué te refieres?
—¡A asistir a Perla cuando vayan a nacer los perritos!
Continuaron la conversación y luego papá fue a dormir. Él tiene que descansar mucho cuando está en casa porque trabaja en turnos de veinticuatro horas, desde las ocho de la mañana de un día hasta la misma hora del siguiente. Como hay tantas emergencias en Litoral, él siempre llega trasnochado y muy cansado.

§

MÁS TARDE VOLVÍ de la escuela. Papá dormía. Luego de almorzar, mamá y yo, sentadas a la mesa, sosteníamos nuestra acostumbrada “tertulia de la tarde” —como dice ella—. Las ventanas estaban abiertas y la brisa movía un poquito el árbol de durazno del jardín.
—¿De veras papi dijo eso?
—¿Qué te parece? —me preguntó, susurrando, como mi cómplice que es—. ¿Te imaginas tener la oportunidad de ver nacer a los perritos? —dijo, frotando sus manos.
—Yo sería muy feliz.
—Entonces anda y llama a Fabián. Dile que más tarde iremos por Perla.
—¿A qué hora?
—Como a las cuatro.
Entonces fui e hice la llamada. Siguiendo las indicaciones de mamá, le conté a Fabián la idea de llevar a nuestra amiga a casa de Gabo.
Más tarde fuimos los tres a recoger a Perla. Fabián nos estaba esperando y nos la entregó. Él sabía que aquello era lo mejor para la perrita pero a la vez sentía mucha tristeza. Él quiso acompañarnos pero su mamá le dijo que no pues era probable que tardáramos en regresar.
—¡Cuídenla mucho! —nos dijo, casi llorando.
—No te preocupes, Fabián. Un día de estos la llevaremos a un veterinario. Si todo está bien trataremos de que tenga a sus perritos en casa de mi amigo. Él tiene mucho espacio y allí será muy feliz —le dijo papá, procurando tranquilizarlo.
Entonces nos despedimos y salimos rumbo a la casa de Gabo.
Cuando íbamos de camino, en la radio de mi papá, que siempre está conectado con la estación de bomberos, se escuchó una alarma.
—Fran, ¿me copias? —dijo una voz.
—Sí, base, lo copio.
—Sabemos que estás en hora de descanso pero tenemos varias emergencias a la vez y el personal que tenemos no da abasto.
—¿De qué se trata?
—Un cocodrilo entró en una vivienda y la familia ha solicitado ayuda. Tenemos a Jiménez disponible aquí en la estación, pero nos hacen falta dos hombres más.
—Yo podría ayudarlos y estoy llegando a casa de Gabo. Quizá él pueda acompañarnos.
—Pero papi, ¿vas a ir…? ¡Estás de descanso y tenemos que atender a Perla! —interrumpí.
—Abril, hay una familia en peligro y es mi deber ayudar. Estas son cosas que suceden pocas veces. No me habrían llamado si no fuera una emergencia real —me explicó, presionando un botón en la radio para que en la base no nos escucharan.
—Base, ¿me copia? —continuó.
—Te copio
—En cuanto hable con Gabo informo si podemos apoyarlos.
—Entendido.
Continuamos nuestro camino y en unos minutos llegamos a la casa de Gabo. Mi papá bajó del auto de prisa y corrió a buscar a su amigo. Mamá, Perla y yo nos quedamos en el auto esperando. 
Gabo vive en una pequeña casa de madera construida en el centro de una propiedad hermosa y grande, con muchos árboles. La puerta de la casa se abrió y los vimos conversar.
Minutos después regresaron. De manera apurada papá nos dijo que Gabo estaba de acuerdo en ayudar con la emergencia del cocodrilo, así que subieron al auto y nos dirigimos de inmediato a la Estación Norte.
Mientras íbamos papá se encargó de presentarnos.
—Eli, Abril: él es Gabo, mi compañero y amigo ¬—dijo, mientras manejaba.
Luego, dirigiéndose a él dijo:
—Gabo, te presento a mi esposa, Eliza, y a mi hija, Abril.
—Hola Gabriel, mucho gusto conocerte —dijo mamá— me puedes decir Eli.
—¡Hola! —fue lo único que dije yo— alzando la mano y saludando, con algo de timidez.
—En realidad siento que ya las conozco: ¡es que me han hablado tanto de ustedes! —dijo.
Las dos sonreímos y nos volvimos a ver como queriendo decir entre dientes a papá: «¡ojalá que hayas dicho cosas buenas de nosotras!».
—Igualmente, Gabriel. Fran nos ha hablado mucho de ti —respondió mamá con amabilidad.
—¡Ah! Y esta debe ser la famosa Perla —dijo Gabo, tratando de acariciarle el lomo, mientras yo la sostenía en mis brazos.
Pero ella, siendo una perrita de no muy buenas pulgas, se erizó y le mostró sus dientes, gruñendo, como si dijera: «¡cuidado me tocas!».
—¡Huy, qué gruñona! —dijo, alejando su mano.
—Ya tendrá tiempo de conocerte, Gabo, vas a ver que es muy tierna —le aclaró mamá.
Y luego dirigiéndose a papá le dijo:
—Fran, ¿qué haremos Abril y yo mientras ustedes atienden la emergencia?
—Me parece que no habría problema en que nos acompañen. ¿Qué piensas Gabo?
—Ningún problema. Ustedes pueden quedarse lejos del peligro —respondió, mientras seguía tratando de hacer las paces con Perla.
Yo no dije nada pero cuando mami me volvió a ver mis ojos brillaron de la alegría... y los de ella también: podríamos verlos en pleno trabajo.
Llegamos a la estación. Allí nos esperaba Jiménez quien tenía preparados trajes, botas y cuerdas. Él resultó ser uno de los bomberos más experimentados de Litoral con gran conocimiento atrapando animales. 
Bajamos del auto.
Yo nunca dejo de encantarme con la cantidad de cosas que hay en las estaciones de bomberos: desde extintores pequeños, pasando por mangueras de todo tipo, hasta grandes vehículos como Rubí. Tienen armarios donde cada bombero guarda sus trajes, las botas, el casco y su ARAC completo. Además, todas las cosas están siempre ordenadísimas y súper limpias.
La Estación Norte, donde trabaja mi papá, es muy grande, tiene un segundo piso con dormitorios y salas de reuniones. Abajo están los garajes donde estacionan a Rubí y al resto de camiones de bomberos. Hay una bodega y un comedor.
Cuando suena el tono de emergencia, los bomberos que están en sus habitaciones bajan rápidamente hacia el primer piso por un tubo vertical al que llaman firepole. Yo soy buenísima deslizándome por ese tubo porque mi papá me ha enseñado la técnica correcta. Es muy divertido.
—Papi, ¿puedo ir a tirarme por el firepole? —le pregunté.
—No, Abril. Esto es una emergencia; tenemos que irnos de inmediato —dijo, con prisa.
Me entristecí, pero entendí que era importante salir lo antes posible. Así que subimos a otro auto, propiedad de los bomberos, una camioneta de doble cabina y usada especialmente para emergencias como aquella… y partimos.
—Bueno chicas, nos van a ver en acción —dijo papá, en la cabina, mientras Gabo conducía rápidamente.
En el camino nos presentamos con Jiménez y minutos después llegamos al lugar. Se trataba de una casa solitaria, cercana a la playa donde muchos vecinos habían llegado a ver lo que ocurría.
El cocodrilo era como de dos metros y medio de largo y al parecer había venido desde el río, siguiendo un canal que los dueños de la casa construyeron para que el agua estancada saliera de su propiedad.
El cocodrilo había pasado por debajo de unos alambres de púa y sin quererlo, aturdido por los gritos de la familia, no daba con la salida. Además había tomado otra mala decisión al ingresar a una pequeña bodega. Ahí estaba encerrado, asustado, pero también dispuesto a atacar a quien se le acercara.
Desde la calle, Gabo, mi papá y Jiménez hablaron con los vecinos y analizaron la situación.
—¿No te da miedo, papi? —le pregunté, en voz baja para que los otros no escucharan.
—No, para nada. Jiménez es muy bueno en esto. Vas a ver que todo saldrá bien —me susurró, agachado a mi altura.
Los bomberos planificaron la forma para atrapar al cocodrilo. Todas las personas que estábamos allí debíamos alejarnos lo suficiente. Mamá me ayudó a subir a una enorme piedra en la calle, con la suerte que desde allí podía observar, por encima de la tapia de la casa, a lo lejos, lo que sucedía.
Entonces los bomberos iniciaron su tarea. Lo primero que hicieron fue vestir sus trajes y colocar sus botas y guantes. Tomaron cuerdas y una manta grande y se dirigieron en busca del animal.
Entraron a la bodega y, ante el asombro de todos, cerraron la puerta. 
—¿¡Es en serio…!? Mami, los tres se encerraron con el cocodrilo en la bodega —dije en voz alta.
—¿De verdad?—preguntó asustada, subiendo también a la piedra para poder ver.
Lo que ocurrió en ese momento adentro de la bodega me lo contó papá, con lujo de detalles, cuando ya todo había terminado e íbamos en el auto de regreso a la estación.
—Nos repartirnos al cocodrilo —me había dicho.
—¿Repartirlo?
—Así es: yo, por ser principiante, tomaría su cola; Gabo lo tomaría del lomo; Jiménez lo sostendría del hocico.
—¡Wooow!
—Pero lo primero que debíamos hacer era cansarlo. Para lograrlo le tiramos una manta encima. Jiménez se acercó un poco y lo consiguió a la primera.
»Como no podía ver, el cocodrilo brincó para un lado y luego para el otro. Se retorcía y movía su cola sin control. Durante unos diez minutos estuvimos concentrados en cansarlo.
»En cuanto se calmó un poco Jiménez saltó y lo tomó del hocico. El lagarto, instintivamente, cerró su quijada, pero Jiménez entonces se apresuró y le hizo un lazo con la cuerda. El cocodrilo tiene mucha fuerza al momento de morder o de cerrar su boca, pero es débil tratando de abrirla cuando algo se lo impide.
»Luego Gabo y yo saltamos sobre el reptil siguiendo las órdenes de Jiménez.
—¿Te dio miedo? —le pregunté.
—No, para nada. Yo sentía mucha confianza de trabajar con mis compañeros.
—¡No te creo!
—Bueno, déjame entonces seguir con la historia.
»El siguiente paso —dijo— consistió  en terminar de amarrar al cocodrilo. Jiménez aseguró aún más el hocico, Gabo hizo lo mismo amarrando las patas delanteras del animal y yo me encargué de las patas traseras, atándolas a la cola.
»Lo habíamos inmovilizado totalmente. En ese momento los tres respiramos aliviados —finalizó contando.
Luego salieron de la bodega y lo que sucedió sí pude verlo con mis propios ojos: los bomberos pidieron ayuda a unos vecinos y con mucho cuidado levantaron entre todos al cocodrilo. Lo sacaron y lo llevaron hasta el carro de los bomberos en hombros. Mi papá y sus compañeros nos pidieron esperar mientras iban a soltarlo lejos.
—¿Y cómo fue que lo liberaron? —pregunté, continuando mi interrogatorio mientras volvíamos a la estación.
—Lo que hicimos —siguió contando papá— fue tomar el camino río arriba. Jiménez conoce muy bien la zona y sabe dónde hay mayor población de cocodrilos. Cuando estuvimos en un lugar apropiado, bajamos al animal a tierra y poco a poco comenzamos a desatarlo. Tuvimos mucho cuidado, pues el animal podía responder bruscamente. Por suerte, nuestro cocodrilo estaba muy cansado. Así que cada uno se encargó de desamarrar lo que anteriormente había atado y luego bastó sostenerlo con fuerza para retirarle la manta de los ojos.
»Ese último paso lo hizo Jiménez en solitario, mientras Gabo y yo nos alejábamos. Una vez liberado, el cocodrilo tuvo que esperar un rato más, probablemente para recuperar fuerzas. En cuanto pudo, movió su cola bruscamente pero volvió de nuevo a la calma. Un minuto después empezó a caminar muy lento y luego apresuró el paso hasta que lo vimos perderse al entrar al río.
»¡Qué gran satisfacción ver al cocodrilo libre, entrando al agua! Debió sentirse muy aliviado de volver a casa.
—¡Qué bonito, papi! ¡Qué lindo todo lo que haces! —le dije, cuando regresamos a la estación.
—¿Tú crees?
—Sí. Por eso cuando esté grande yo quiero ser como tú.
—¿Sabes, Abril? Esa es una de las cosas más hermosas que me han dicho en mi vida —me respondió, mientras sus ojos, un poco aguados, se encontraban con los de mamá; Gabo y Jiménez guardaban silencio.

§

EN SEGUIDA NOS despedimos de Jiménez y tomamos nuestro auto para regresar a casa de Gabo.
Al llegar, él bajó de primero y nos indicó que iría a liberar a Roco, a quien había dejado dentro de la casa. Nosotros también bajamos, cruzamos el portón y entramos a la propiedad de Gabo. Dejamos a Perla en el carro. 
En eso, con una alegría de perro amistoso, Roco vino a nuestro encuentro y Gabo tras él: Roco resultó ser un perro Shar Pei hermoso, pequeño, blanco con manchas pardas, negro alrededor del hocico y de orejas caídas. Corría… pero con dificultad. 
—Pobrecito, ¿qué le pasó a él? —pregunté a Gabo, agachándome para acariciar al perro.
—Es una triste historia, Abril —me explicó papá—. Un día de estos le pedimos a Gabo que nos la cuente completa. ¿Verdad? —dijo, buscando al amigo con su mirada.
—¡Ah sí, sí, claro! Ya te la contaré con lujo de detalles —dijo Gabo, distraído mientras cuidaba que Roco no me lastimara.
—Está bien —respondí, pero en realidad quería que me contaran por qué razón al perrito le faltaba su pata trasera izquierda.
Cuando Roco se familiarizó con nosotros, mi papá fue a traer a Perla del auto. Temíamos que ella, siendo temperamental, atacara a Roco. El perro dio varias vueltas olfateándola. Ella le mostró los dientes un par de veces y al parecer Roco comprendió que era preferible guardar distancia. Perla estaba intranquila, con las orejas gachas y el rabo entre las patas. Sin embargo, poco a poco tomó confianza y entonces caminó hacia la casa, merodeando por los rincones. Roco no perdía detalle pero se mantenía alejado. Después de un rato terminaron aceptándose.
—Al parecer se van a llevar bien —dijo mami.
—Yo creo que sí —replicó Gabo, sintiéndose aliviado pues en el camino nos había dicho que tenía temor de que Roco no quisiera a Perla.
Luego entramos a la casa de Gabo, que resultó estar llena de cosas viejas, como si fuera un museo. En el patio trasero había dos casitas de madera, como hechas para jugar de muñecas. Una de ellas estaba un poco vieja y era de Roco; la otra estaba recién construida y sería para Perla. Todos nos sentimos más tranquilos sabiendo que ella estaría mucho mejor allí.

§

UNOS DÍAS DESPUÉS, un sábado por la mañana, Gabo nos llamó para que fuéramos de prisa a su casa: los perritos iban a nacer. Fuimos de inmediato y llegamos a tiempo para ser testigos de la maravilla del nacimiento de dos lindos cachorros. Afortunadamente, todo en el parto salió muy bien y Perla resultó ser una gran mamá. 

Luego de tomar mucha leche, los perritos entraron en un sueño profundo. Roco, merodeando alrededor de las casitas, cuidaba celosamente de su nueva familia.

Sal

María Elena Rodríguez 


Ve dibujarse ligeramente al padre,
 después todo se borra, en definitiva, no hay nada.
 Así ocurría siempre en esta tierra.
El Primer Hombre – Albert Camus



En esa pequeña capilla, su madre participa de uno de los preceptos del tradicional rito católico; contesta afirmativamente cuando el sacerdote le pregunta si desea “renunciar a Satanás y todas sus pompas”. Humberto la mira tan bella y feliz que se conmueve hasta las lágrimas; en medio de varios jarrones rebosantes de flores blancas,  luce para él angelical. Está sentado en primera fila con Margot, su esposa,  desde ahí puede divisar cada gesto de su madre en el  altar; su primo Nicolás le había pedido  que sea la madrina de bautizo de su tierna hija. 

Antes de concluir con la celebración,  es decir,  derramar el agua sobre la inocente frente de  Claudia, el sacerdote toma una pequeña caja de madera donde está depositada sal,  con delicadeza,  entre sus dedos índice y pulgar, saca una pizca  de ese polvillo blanco y la  coloca  en la lengua de la niña como “señal de bienvenida a la Iglesia Católica”, y según reza la costumbre cristiana, “para recordarle el gusto por las cosas de Dios”. 

Carmen Piedad, ahora madrina de la pequeña Claudia, tía de Nicolás y madre de Humberto, recibe  de manos del sacerdote el recipiente para que lo coloque otra vez en la mesa charolada ubicada junto a la pila bautismal; luego de hacerlo, ella, con disimulo, lame su pulgar izquierdo que quedó impregnado con restos de sal. De pronto, todo aquello que parece una sinfonía de coros celestiales, ante los ojos de Humberto se torna lúgubre y sombrío.  Su  corazón empieza  a latir  más fuerte, y la corriente de sus  de nervios alterados se activa por  todo el cuerpo; el pánico, satanás  tal vez, y todas  sus pompas, la angustia, el  miedo,  entran en escena… ¡su madre está saboreando  la sal!.

¡No puede ser! ¿cuál es la necesidad de hacer eso?¿será posible? 

Margot mira a su esposo, lo nota  inquieto,  pero no se atreve a decirle nada, no quiere llamar la atención de las otras personas que comparten con ellos la misma banca. Termina  la ceremonia, a la salida se celebran los abrazos, ahí están, en ese día de sol radiante: risas, efusivos  saludos, parientes que se encuentran después de mucho tiempo; el  bautizo es un buen pretexto para reunir a la familia. Asisten  los padres, abuelos, primos, amigos. Carmen Piedad está reluciente, lleva con elegancia sus sesenta y dos años. 

—¿Qué te pasa mi vida, por qué estás nervioso? —pregunta Margot a Humberto.

—¡Nada, nada! que te lleve alguien a la fiesta, yo voy luego —responde.


La angustia gana otra vez a Humberto y llega con flojera estomacal;  entra de nuevo al templo para pedir un baño, pero no encuentra nada, sale por la puerta que conduce al patio trasero,  se tropieza con un hombre  que al parecer es  el cuidador de la casa parroquial, le pide un servicio higiénico, su estómago está en guerra,  él le indica donde es el baño;  está en el segundo piso, debe correr, le recomienda que lo haga despacio porque la baldosa está mojada, pero es demasiado tarde, se resbaló, se echó a perder su terno,   todo se vuelve para él simplemente  desastroso. 

Ha pasado cerca de una hora, Humberto llega aturdido a la recepción, con el traje salpicado de agua, pero no parece importarle. 

Ya estoy atrasado, ya estoy atrasado ¡maldita sea!

—Humberto, te perdiste el brindis y las palabras de tu mami,  ¿qué te pasó?— es el reclamo Margot, él no le contesta nada y sigue de largo.

Empieza  a buscar con la mirada a su madre;  Carmen Piedad   está  parada con la niña en sus brazos, Nicolás muy entusiasmado y feliz, busca los mejores ángulos para  fotografiarles. Luego es invitada a sentarse en  la mesa central que está  finamente decorada para la ocasión, van  a servir la comida. Humberto mira  como su madre dice  algo al oído de un camarero, éste asiente con la cabeza, se retira, parece que se dirige  a la cocina. Humberto  camina hacia él, tropieza  con un invitado  quien derrama su  copa de champán  sobre el vestido beige de su acompañante, sigue  descontrolado, no pide disculpas, alcanza a tomar del brazo  al  empleado, el charol con vasos y copas vacías que llevaba, cae al piso.

—¿Qué te pidió que le traigas esa señora?, ¡dime, dime!— reclama amenazante Humberto, sus ojos están enrojecidos y su cabello despeinado le cae en la frente.

—Si caballero, la señora desea que le sirva más agua mineral.

Humberto se siente  aliviado, le invade  la vergüenza. Se relaja y empieza a entender que no era necesario ponerse así, total, es una reunión, un festejo,  de los que él aún no puede disfrutar del todo. Aparece Margot y lo invita a  compartir la mesa con algunas parejas de amigos y primos, todos están muy animados. Suena la música. Nicolás saca a bailar a Carmen Piedad, a lo lejos  se ve que Margot dice  algo a Humberto, él no le presta atención, se  levanta para sacar a bailar a Lupe, esposa de Nicolás, quien  estuvo  sentada antes junto con su madre. En el momento en que se acerca a la mesa, alcanza a ver un salero junto al plato de Carmen Piedad, se descompone, para él la fiesta ha terminado, permanece el resto del tiempo sentado en un rincón, mira fijamente  a todos como  se divierten y por sus ojos pasan otras imágenes, las de siempre…

Desfila en su turbada mente  la difusa silueta que un día abandona el cuadro familiar. Solo sabe que fue una tarde, que  había poco sol. Llevaba una maleta color negro, estaba mal cerrada, arrastraba una manga de camisa y parte de una corbata a rayas; al pasar junto a él,  nada más  recibió una suave caricia en la mejilla, luego escuchó  un portazo que se ahogó en un  eco intenso.  Nunca más supo de él; su nombre y existencia se volvió un   secreto oculto durante su niñez y adolescencia, hasta que en un instante,  en medio de una discusión,  al calor de sus rebeldías, Carmen Piedad  decidió contarle todo.

—¡Él se fue, él nos dejó!, tenía otra mujer,  descubrí que llevaba otro matrimonio, me mintió, nos mintió.

Carmen Piedad,  arrancó de su pecho esa confesión que la liberó de un tormento reprimido, de una verdad que permanecía guardada solo para ella,  “por salvar la figura paterna”. 

Los recuerdos del niñoadolescentehombre son una cadena interminable de sucesos inexplicables todavía. Vuelve la silueta de Carmen Piedad. Ella decorando otro dormitorio: una cuna, un pequeño armario, una lámpara, ropa, delicadas cosas; esas eran memorias infantiles que a Humberto le gustaban y que también fueron arrebatadas de su vida. 

Evoca la estancia por  unas semanas en casa de sus abuelos maternos;  él colmado de mimos, las visitas de todos los familiares, las miradas fijas, los vagos comentarios; de súbito, el retorno al hogar, el abrazo intenso  de su madre.  En su casa, la cuna  y todos esos lozanos enseres  desaparecieron; en medio de otra discusión y reclamo adolescente, Carmen Piedad  volvió a hablar, a decir lo suyo:

—¡Tu padre no quiso que me embarace, él no resistió; cuando se fue, cuando nos dejó, mi dolor fue tan grande que perdí el bebé! 

De   ahí en adelante, lo permanente  y siempre presente  para Humberto fue el rostro de su madre demacrado, sus ojos rojos e hinchados, llenos de lágrimas. 

Ella “salió adelante”, como solía decir al unísono la familia al verla trabajar y recuperar sus ánimos.  Existencia dedicada a su hijo, algún romance, y también, por qué no decirlo, mucha ayuda psicológica, la cual, Carmen Piedad, pudo canalizarla, en medio de altibajos, para hacer “una vida normal”. Sin embargo, la mirada a toda esa historia era otra para Humberto.

Él ingresó a la escuela, pasaba el tiempo llorando, sus abuelos eran los encargados de retirarle,  permanecía con ellos  hasta que su madre iba  a retirarle al caer la tarde. Ya en casa,  Carmen Piedad le atendía con prolijidad y ternura, le daba de comer, veían la televisión, le ayudaba a hacer los deberes y  si había tiempo iban al parque. Cuando Carmen Piedad se iba a bañar, él sabía que  ella necesitaba de  un momento para esconderse y llorar, así fueron los primeros años cuando su padre se fue. Humberto solía  entrar a hurtadillas al baño de su madre, como encontraba el piso mojado,  ingenuamente pensaba que eran sus lágrimas.  Esa se convirtió en  su incesante película, que él no deja de contarse aunque estén de fiesta y ella luzca feliz. 

*  *  *

—Cancele la reunión de esta tarde Julieta, no voy a asistir, voy a casa de mi madre— dice Humberto a su secretaria

—Ingeniero, en la línea dos está su esposa—  le responde.

Humberto salió de la oficina sin decir una palabra más, se tropezó con un empleado que le saludó muy atentamente, pero el no le respondió, estaba preocupado por su madre;  le llamó por teléfono y le dijo que iría a almorzar con ella.

—Humberto, pero si sabes que los lunes no tengo nada de comida, no he ido al supermercado.

—No importa, yo paso comprando algo. Llama al Belky’s y haz un pedido,  yo retiraré la  comida.

Belky´s Delivery es una servicio de comida a domicilio. Cuando Humberto llega al local ya está  lista la orden. Le recibe en el mostrador  Román, el dueño del negocio. Hombre maduro y afable, demasiado meloso para su gusto.

—¿Qué tal Humberto? ¿almuerzas lunes con tu mami?

¡Qué te importa, metiche de un cuerno! 

—Tengo listo el pedido desde hace rato, pensé que vendrías antes. Mira, aquí le mando un trozo de torta a Piedad —le decía mientras terminaba de empacar con mucho decoro el pedido.

¿Piedad? ¡qué te crees confianzudo de mierda!

Humberto solamente sonríe pero no dice una sola palabra,  paga y se retira, cuando va a encender el carro aparece inmediatamente Román y le entrega el cambio y unas pequeñas bolsitas, él lee las grandes letras azules que dicen… SAL  

—Es la sal Humberto, a Piedad siempre le gusta ponerse un poco más.

Humberto quiere   hablar con su madre, mientras maneja piensa de qué forma  decirle lo que le preocupa.

Tiene que moderar su consumo de sal, a su edad no es conveniente ese exceso que me enferma, es una manía, pero no quiero hablarle de su edad, se puede molestar, pero no está bien, todo sal, todo sal…¡qué manía!...¡no quiero verla llorar! 

En esos momentos de silencio, de largos trayectos al volante, le sobrevenían también los recuerdos de su madre llorando, como siempre;  es que su niñez irremediablemente está ligada a esa memoria, al profundo dolor que causaba en ese niño tímido y solitario que siempre fue,  el ver llorar a su madre.

—Mami vamos al parque.

—Más tarde Humberto ¿sabes? ya mismo viene tu tía Elvia, llegó de sus vacaciones.

Elvia, hermana de Carmen Piedad, había ido  de vacaciones a un lugar muy especial en Bolivia, llamado el salar de Uyumi.

—Es una maravilla Piedad, el hotel es construido con bloques de sal…

Elvia empezó a contar a Carmen Piedad la leyenda de ese paradisiaco lugar, y Humberto, siendo niño, empezó a ver las imágenes  en su mente,  a figurarse el sitio con  su madre como protagonista de la historia:

“El sitio tiene su origen en un volcán  llamado Thunupa. Contaba la leyenda que Thunupa era una bella dama que estaba casada con Cuzco. Cuzco había traicionado a su esposa por una joven Cosuña. Al ver esto, Thunupa se dio a la fuga por el sector al que llamaban Kachipampa,   allí cayó justo donde se encuentra el volcán que lleva su nombre. En ese páramo, antes de morir, Thunupa, quien poco antes había dado a luz, lloró con lágrimas tan saladas que éstas, más la leche que brotaba de su seno materno, convirtieron el lugar en un majestuoso salar, el salar de Thunupa, actualmente conocido como el salar de Uyumi”. 

Cuando escuchaba a su tía Elvia, Humberto  se quedó impregnando con la apariencia de su madre; esa noche tuvo un sueño que se le grabó para siempre en su cabeza. Eran imágenes de su   casa  donde había montones de sal desperdigados por todas partes. Con inocencia e ingenuidad llegó a creer que tanto llanto de su madre le hizo perder la sal de todo el cuerpo, y que si ella empezaba a recuperar sus reservas de sal volvería a llorar como antes, entonces él debía esconder todos los saleros de la casa y del mundo.

Con candor infantil Humberto,  aún siendo ya  un hombre adulto, cree que su madre está recuperando toda la sal perdida,  y si logra recobrar  esas reservas volvería a sufrir, y él no permitiría eso ¡jamás!. 

Al llegar a la casa de  su madre, Carmen Piedad le recibe muy contenta, antes de sacar la comida  y ponerla en la mesa,  él,  al disimulo, esconde los paquetitos con sal.

Carmen Piedad entró a la cocina, Humberto se sentó en el comedor,  y alcanzó a divisar a lo lejos,  junto a la chimenea un pequeño jardín zen, se acercó a mirarlo,  era un nuevo adorno, le pareció delicado, lo miró casi con indiferencia pero luego poco a poco las alarmas se activaron en sus sentidos, tomó con los dedos parte de esa arena blanca y se la  llevó a la boca, pensó que era sal, el sabor era horrible, se atoró, tosió con mucha fuerza y empezó a brotar de su boca una saliva espesa y muy blanca.

Carmen Piedad salió alarmada de la cocina, Humberto, una vez más, interiormente, se siente avergonzado, le dice que se tragó una pastilla para el catarro.

Humberto, hombre de treinta y seis años, profesional, casado desde hace dos con Margot, no deja de buscar refugio  junto a Carmen Piedad. Cuando ella habla, él se queda largo espacio de tiempo mirándola, pendiente de que en su mirada no se filtre una mínima señal de dolor y angustia.

Luego se dirige a su casa, llega,  Margot está molesta, resentida.

…siempre es lo mismo, no termino de entender a este hombre…

—Te esperé toda la tarde Humberto, apagaste el móvil… 

Humberto  se disculpa, le  da abrazo un poco indiferente, empieza a  recitarle, como casi siempre, su largo historial de actividades que le tocó cumplir, entonces Margot, decide callar.

Más tarde, en la enorme cama, listos para dormir,  él hace zapping con el control remoto, y solo asiente a lo que su esposa le dice, e inmediatamente, sin intermediar una despedida apaga la televisión, se cobija y se da la vuelta; final de la jornada.

Al día siguiente Humberto va temprano a la oficina, es gerente-propietario de una empresa de software, tiene  veinte y cinco empleados.

—Qué suerte que ha tenido Carmen Piedad después de todo, estando sola su hijo le salió estudioso y muy emprendedor —comentaba la gente.

Ese día de trabajo transcurrió normalmente, incluso, tuvo la  precaución de llamarle a Margot para decirle que no  iría a almorzar. Ella no le reclamó.Volvió donde susu madre.

—Humberto, ¿qué te pasa hijo, tienes algún problema con  Margot?, me dijo que tenías un almuerzo importante. Acabo de hablar con ella, está muy contenta, quiere que vaya el viernes a tomar un té en la tarde, también van a estar Nicolás, Lupe y la nena, supongo que sí estarás.

—Ah, sí…claro… ¿por qué no me consultó Margot…?

Es  viernes en la tarde,  Humberto llega atrasado, su madre lamenta su ausencia  en ese pequeño festejo. 

—Andas muy nervioso Humberto, y con esto te toca tranquilizarte.

—¿De qué me hablas? ¿qué se festeja? —preguntó sorprendido Humberto.

 Todos lucían muy  felices, Margot le entregó un papel.

—Será la primera y última vez que no me acompañes donde el ginecólogo Humberto— le dijo su esposa.

Humberto empezó a leer,  era el texto inentendible con  los típicos diagnósticos médicos, solo algo le parece claro: 

—Gemelar…gemelar…¿serán gemelos?, o sea dos. ¡Margot embarazada de gemelos! dos hermanos, de una sola…y Margot, Margot… 

Los ojos de Humberto están llenos de lágrimas, en segundo plano se ve a su madre y Margot felices conversando;  también están Lupe, la esposa de Nicolás con la pequeña Claudia;  mira a su primo;  bueno, le aprecia mucho, pero ahora su madre tendrá que ocuparse de sus nietos, la verdad es que no  se sentía muy a gusto  con  las atenciones  hacia su sobrina. Hubo aplausos, todos lloraron; Margot empieza a servirles un poco de té.

—Humberto, por favor ¿me traes la cartera que dejé en la sala?— le solicita Carmen Piedad a su hijo.

Mientras seguían las risas y las bromas, los cálculos, las fechas, los posibles nombres que llevarían los bebés, Humberto que ya se había dirigido a la sala se queda un momento pensando, se mira siendo un  niño, recordando la espera de su hermanito que le dijeron  que “se fue directo al cielo”. Al tomar  la cartera de su madre,  ésta se le cae al piso y salen del  bolsillo unas funditas pequeñas con letras azules, vuelven sus temores, sus angustias.

¡No puede ser! ¿Hasta cuándo esa manía? ¡Ayúdame Dios mío!

El momento que se agacha a recogerlas se fija lo que decían las letras pequeñas y azules  de los empaques:  endúlzate naturalmente con stevia… Humberto se transforma,  empieza a reír, mira a su madre y a Margot,   se siente libre  desde muy adentro de sí, observa  cuanto las quiere… vuelve a llorar..

miércoles, 5 de agosto de 2015

Saori

Eliana Argote Saavedra


Era muy curioso que siempre sus protagonistas se alejaran del círculo inmediato que ella les había trazado y viajaran huyendo, por lo menos coincidente que las mujeres fueran fuertes y aguerridas y los hombres tuvieran más bien un aire de fragilidad que los hacía irresistibles, eran recurrentes la ausencia  y el silencio. Es normal, le dijeron solidariamente los amigos del círculo de escritores que frecuentaba cuando alguien se atrevió a comentarlo en voz alta, no podemos evitar que algo de nosotros escape y se plasme en algún personaje; lo que ella jamás notó fue que estaba narrando su vida, sus hechos presentes, su pasado, el futuro que deseaba y aún más, algo a lo que hubiese preferido no asomar siquiera.

¿Por qué no había nadie en su origen? ¿Por qué el espacio era indefinible y su concreción se perdía en eternas conjeturas? Al leer las vicisitudes de sus personajes la sensación siempre era la misma: seres sin origen, vidas etéreas, decisiones tomadas en las que el individuo no cobraba importancia.

Veinticinco años antes.

Una mujer con ropas gastadas recorre la orilla de la playa, va con el cuerpo vencido y los brazos apretados contra el pecho, tiene los labios morados y llenos de llagas, camina robóticamente mientras su mirada intenta abarcarlo todo. De pronto, algo se clava en el pie, lo levanta y un amago de llanto aflora desde su garganta, no por la herida, sino por las manchas secas de sangre que descubre en las piernas. Una ráfaga repentina de viento se estrella contra su piel produciéndole un escalofrío, la ropa húmeda intensifica esa sensación, vuelve a mirar a todos lados, el lugar está vacío, a unos diez metros divisa una forma rocosa y se dirige hacia allá lentamente, luego apura el paso cojeando por el dolor, como si huyera de alguien.

La noche ha caído, desde su escondite Silvia observa el cielo vacío de estrellas cuando un estruendo repentino enciende la oscuridad, su pecho se agita y una sensación de angustia se apodera de ella, aprieta aún más los brazos y se acurruca contra la roca mientras las chispas de colores caen reflejándose en el mar. Está exhausta, le duelen los hombros y un líquido baboso recorre de tanto en tanto sus piernas, los senos están hinchados, ¿qué estoy haciendo aquí?, se pregunta, en ese instante una sombra corta el resplandor del cuarto de luna que corona la noche, mira sus brazos vacíos y un llanto apagado brota, ¡mi hija! Susurra mientras su cuerpo se desmorona cual si fuese un montículo de arena.

Lejos de allí, en altamar, Manuel es azotado una y otra vez. Desde la cabina del “Osadía”, Faruk estrella el puño contra la mesa de madera cada vez que el látigo cae sobre el cuerpo del muchacho, es mi mejor hombre, dice con nostalgia; pero se enamoró, responde Tomás, un viejo tripulante que lo escucha mientras contempla el humo que despide su pipa y limpia con las manos callosas el licor derramado sobre el mentón. ¡Enamorado!, repite el capitán, incrédulo, frunciendo el ceño, ¡imposible!, él es incapaz de querer a nadie, siempre fue el más avezado, el más temerario, no dudó en tirar por la borda a quien intentara apropiarse de su botín, no puede ser; perdónele la vida entonces, acota el viejo. ¿Y mi autoridad? Reflexiona Faruk en voz alta mientras los ojillos pardos brillan debajo de las cejas abundantes; yo creo que se ha encariñado con él, capitán, le recuerda a usted mismo cuando comenzamos, lo recogió siendo un niño apenas. El hombre no puede soportarlo más ¡Basta! ¡Deténgase! Grita por la ventana ante la sorpresa y el enojo de los tripulantes que atestiguan el azote. Todos se miran, murmuran, complotan.

En la cabina Faruk intenta calmar la rabia con un trago de ron, el sabor intenso a madera quema su garganta, sí, dice casi recriminando a Tomás, lo recogí, el mocoso se coló en mi barco para robarse  las ganancias del día, ¡vaya que era bueno!, recuerda sonriendo con cierto orgullo, tuve que corretearlo, se trepaba con una agilidad increíble, en una de esas cogí del pescuezo al diablillo, y ¿Qué me dijo?, su sistema de seguridad no sirve capitán, yo puedo ser su segundo al mando, aun lo recuerdo con la mano en la frente intentando saludarme como un marinero. Ambos soltaron una carcajada.

El barco del capitán Faruk era el terror de las costas, cada cierto tiempo anclaba en un puerto y sus hombres arrasaban con todo lo que encontraban, fue en una de esas visitas cuando Manuel, con sus dieciocho años, tez morena, rostro alargado, y ganas de devorarse el mundo, conoció a Silvia. Ella terminaba de recoger las redes de la lancha de su padre cuando el pañuelo que llevaba atado a la cabeza se soltó, el viento lo arrastró unos metros, intentó correr y tropezó con la canasta llena de pescado que serviría para la venta. Don Prudencio se acercó a ayudarla, ella lo miró de pies a cabeza y con una sonrisa irónica; me vas a ayudar viejito, dijo, con las justas puedes con tu alma y me vas a ayudar, ya vaya, vaya, adelántese que lavo el pescado y lo alcanzo. No te confíes hija, en un rato cae la noche y Dios no quiera, pero podrían aparecer esos bandidos; ay papá, replicó la muchacha, esos malditos jamás llegan a esta hora, necesitan la oscuridad para hacer sus fechorías, y deja que agarre a uno nomás para que veas como lo dejo. Don Prudencio se puso serio; ya viejito, no te preocupes, te prometo que no me demoro, enseguida te alcanzo.

Ellos no podían imaginar que los tripulantes del “Osadía” habían dejado el barco anclado tras una isla cercana y llegado en lancha a la playa, los marineros vestidos como pescadores, se mezclaron con la gente del pueblo y seleccionaron los lugares donde podían realizar sus atracos, solo quedaba esperar la hora adecuada.

Manuel paseaba por la orilla cuando vio a Silvia intentando devolver los pescados a la canasta, observaba divertido cómo estos resbalaban de las manos de la muchacha volviendo a caer sobre la arena y a ella irguiéndose, golpeando la cintura con los puños y resoplando de rabia. Fue en ese instante que Manuel decidió acercarse, ese no es trabajo para una dama, dijo; ella se levantó con el rostro encendido, dispuesta a soltarle una grosería, al verlo sin embargo, fue como si la fuerza de un imán la atrajera, aquel rostro curtido por el sol y la sonrisa infantil, la camisa abierta y el inmenso tatuaje de un ancla en el pecho, su mirada negra, profunda como la noche; ¿te ayudo?, preguntó el recién llegado. Esas palabras deshicieron el ensueño en un segundo para dar paso al enojo, no necesito ayuda de nadie, respondió roja de ira. Tardó un buen rato en concluir la tarea, mientras tanto él abría un pescado con su navaja; ¡qué haces! Recriminó ella, viendo que apartaba algunos pescados. Voy a hacer una fogata, ¿me acompañas?; no te conozco, dijo Silvia; soy Manuel, respondió él al notar que la chiquilla no apartaba la mirada del tatuaje de su pecho, sí, soy pirata pero también puedo ser un caballero, además, solo es una fogata. Te espero.

Ya en casa, Silvia dudaba en acudir a la cita. Sabía que era peligroso, mas sus orejas encendiéndose al recordarlo, la sonrisa que brotaba amplia cuando recreaba nuevamente el timbre de su voz, y esa languidez que se apoderaba de ella cuando pensaba en lo que sentiría al volverlo a ver, tenía que ir. Nunca sintió miedo al pasear por el litoral de noche, conocía cada recoveco dentro de la extensa muralla de roca, las formas caprichosas esculpidas por el viento, las cuevas en donde se escondía de pequeña, el olor del mar cuando estaba picado, y la bruma inundándolo todo a veces; le gustaba sentarse cerca de la orilla y escuchar las olas estrellarse para caer en miles de fragmentos, ver las siluetas de los barcos alejándose, imaginar sus rumbos, mundos inaccesibles para ella. Luego de pensarlo un poco decidió ir a la playa. Ese fue el primero de muchos encuentros que se sucederían durante los siguientes dos años en los que ambos cambiaron; ella, quien solía vestir como un hombrecito y treparse a los techos a volar cometas de papel, comenzó de pronto a cuidar su cabello y lucirlo suelto, alisarlo con los dedos cada noche y pasar largos ratos frente al trozo de vidrio que le servía de espejo, reconociéndose. Él, por su parte seguía con sus actividades de siempre, causando terror en los pueblos a los que llegaba el barco, pero ya no acudía a los bares donde sus compañeros se divertían con las muchachas que aparecían por allí ni a refundirse en los prostíbulos, se encerraba en su litera para pensar en ella y sus ojos rasgados, en la forma en que sonreía, en cómo se acurrucaba en su pecho haciendo que todo desapareciera.

En el pueblo abundaban mujeres dedicadas a la magia negra, era común atribuir cualquier evento a la voluntad de los espíritus, el comportamiento de Silvia no pasó desapercibido, de pronto las conversaciones comenzaron a girar en torno a ella; que debería casar ya a la muchacha don Prudencio, decían al padre de la chica; que se está haciendo mujer, que para en la playa sentada frente al fuego, usted sabe que nos preocupamos por su virtud, cuando las mujeres no tienen macho que las proteja, son asediadas por los espíritus malignos; Prudencio ignoraba esos comentarios, sabía que su hija jamás aceptaría que le impusieran algo y mucho menos un matrimonio. ¿Depender de un hombre pa?, ¿para qué?, ¿para que termine agarrándome a golpes? Ni lo sueñes, le había dicho cuando se lo insinuó.

Silvia solía tratar con desdén a los jóvenes que se le acercaban para cortejarla, que eran más de uno, y es que aún a pesar de su apariencia, el andar espigado, el cabello de rizos rebeldes, los ojos rasgados y la sonrisa fresca le daban un aire muy peculiar. Un chiquillo vivía enamorado de ella, era hijo de Adilia, la más conocida hechicera; el chico no se cansaba de recibir desplantes, o golpes si es que insistía mucho, pero desde que ella conoció a Manuel el resto del mundo dejó de existir y eso se notaba. La madre de aquel muchacho no le perdonó a Silvia que fuera la responsable de que su primogénito anduviera deprimido, sin esperanzas de conquistarla. Así fue que los consejos al padre y los chismes habituales sobre la chiquilla se convirtieron en un asunto de magia negra. Decían que era dañina para el pueblo, que hacía brujería en la playa, por eso nunca quería compañía, que hacía conjuros frente al fuego y que un espíritu salía de las aguas para poseerla.

Manuel y Silvia vivían ilusionados con su amor, él le contó acerca de sus actividades; ella, incapaz de juzgarlo, se negaba a admitir que una persona como él pudiera ser mala y buscaba mil justificaciones; que seguro era porque sus padres lo abandonaron, que la vida lo había obligado, que en el fondo era una persona de buenos sentimientos; solo necesitaba que alguien lo guíe, se decía, ella sería esa persona. Le pidió que cambie, le hizo jurar ante una cruz que no volvería a robar, que podrían comenzar una vida nueva. Fue después de muchos intentos que él accedió a dejarlo todo, al cabo de tres meses regresaría y se irían juntos dejando el pasado atrás. Aquella noche la luna fue cómplice del amor expresado en caricias tiernas que él, como el más experto amante le prodigó con sumo cuidado, y testigo del torbellino que trasladó a ambos a un mundo inexplorado que fueron conquistando mientras el silencio era alterado solo por el estruendo de las olas. Fue la única vez que se amaron de esa forma pero fue suficiente para que sus vidas quedaran selladas para siempre. La noche escondió aquel secreto, ellos no podían sospechar que estaban siendo vigilados.

A partir de ese día, el odio se fue regando entre los pobladores, azuzados por la hechicera, los chismes respecto a sus encuentros eran pan de cada día. Pasaron tres meses y Silvia esperaba ansiosa, su vientre crecía. Manuel no llegó el día señalado,  transcurrieron tres meses más y la joven caminaba con dificultad. Los pobladores comenzaron a hostigar al padre para que la eche de la casa, que estaba maldita, decían,  y que el hijo que llevaba en el vientre estaba maldito también. Pero al cumplirse casi los nueve meses fue a la playa y allí estaba él esperándola, al verla con la silueta abultada se sintió feliz, la huida tenía que ser esa misma noche y así fue. Las miradas de siempre los vigilaban.

El mar estaba tranquilo, en noches así Faruk no podía dormir, sentado en la cabina disfrutaba del sabor quemante del ron recorriendo su garganta, cuando de pronto, a través de la oscuridad pudo ver dos sombras encaramarse por la escalera de la borda, aguzó la mirada, no vaya a ser que fueran ladrones, pensó. Lo que vio lo dejó pasmado, una mujer cubierta con una manta subía ayudada por un hombre, ¡Manuel!, pensó reconociéndolo, pero el tejido se enganchó en la baranda dejando descubierta la preñez de Silvia. El rostro del capitán se contrajo en una expresión de ira, cómo se atreve a subir a una mujer a mi barco, y encima embarazada, no supo que hacer, si los otros la descubrían seguro la tirarían al mar, y a él con ella. Intentó calmarse, mañana a primera hora partimos, se dijo, lo obligaría a dejarla en el siguiente pueblo, era su mejor hombre y la próxima incursión era bastante arriesgada, lo necesitaba.

Manuel escondió a la muchacha en su camarote, a la mañana siguiente cuando fue a verla, ardía en fiebre, él no sabía qué hacer, conocía hierbas para curar cortadas y eso era todo, aquel que se enfermaba generalmente sanaba con un poco de aguardiente o moría y era arrojado al mar. Estaba desesperado, debía comprar medicinas pero carecía de dinero, ¡el botín! recordó de pronto, el último botín estaba intacto, sin embargo no podía pedirle ayuda a Faruk porque descubriría su secreto, no lo pensó dos veces, tomó la parte que le correspondía y partió rumbo al pueblo. Cuando volvió al barco encontró un barullo; los hombres, ebrios como siempre, estaban reunidos en la cubierta, levantaban los brazos y gritaban. Apenas lo vieron se fueron encima de él, ella estaba también allí, atada a una columna, un marinero sostenía un cuchillo pegado a su cuello, Manuel sacó su puñal y se enfrentó a dos hombres logrando vencerlos, retó al que amenazaba a Silvia y en ese instante todos los tripulantes voltearon a ver al capitán, no quedaba nada por hacer, no podía exhibir indulgencia, sus hombres se amotinarían, observó a todos y finalmente dio la orden de atarlo a una columna tras la cabina, había cometido una falta grave y debía ser castigado. Los marineros veían este hecho como una oportunidad para hacerse del cargo de “segundo al mando”, dejaron a la muchacha atada y se reunieron en torno a Manuel para presenciar el castigo. Tomás había sido testigo de todo, sigilosamente desató a Silvia, la puso en una lancha y la dejo partir.

Así fue que ella dio a luz en la playa, unos pescadores la encontraron, la recién nacida tenía una línea de marcas en el pecho, coronadas por una protuberancia bajo el brazo, la cogieron con asco y la cubrieron, el pueblo en pleno rechazó a la niña, querían quemarla. Bartolomé, un hombre viejo que vivía en la playa y al que llamaban “loco” los convenció que los dejaran solos, que él se encargaría, que en cosas de brujería era mejor no tener testigos, que las refundiría en las aguas para que el mar se lleve con ellas su maldición. Pero cuando todos se marcharon, metió a la niña en una canasta y la llevó a la ciudad, allí la dejó en la puerta del hospital.
  
Saori decidió por fin leer su obra, cosa que detestaba porque entre los procesos de corrección y edición desarrollaba una especie de hartazgo. Un crítico se había ocupado de su trabajo, ella que siempre pasó desapercibida en los grandes círculos literarios,  ahora que alguien la reconocía como una de las escritoras nóveles más exitosas  ¡Claro! Se merecía entre otras cosas una crítica. Decía este profesional de las letras que sus cronologías eran dignas de un principiante. Saori no era muy ordenada, vivía sola en un pequeño departamento en la ciudad, trabajaba medio tiempo y compraba su almuerzo camino a casa, allí almorzaba, entre libros abiertos, notas por doquier, tazas de café y mucha soledad. Su vida era un caos al igual que sus hábitos al escribir, lo sabía, le había costado años desarrollar un método que le permitiera construir coherencia en sus obras. Leía y releía encontrando incongruencias a veces hilarantes, nombraba un personaje con un apellido que desaparecía durante el relato para adoptar otro, o a veces la cronología parecía de otro mundo porque ocurrían hechos imposibles de sucederse simultáneamente. No se consideraba una escritora sino una narradora de imágenes, veía a los personajes aparecer de la nada y cobrar vida, moverse a voluntad, tomar decisiones que no siempre calzaban con la personalidad conceptuada por la sicología básica de Saori; si lograba describir sus características era porque tenía la facilidad para amalgamarse con ellos y asociarlos a alguien que conocía aunque no recordara cuándo ni de dónde. Una vez terminada su obra y satisfecha su necesidad de volcar sobre el papel todo lo que veía, podía desprenderse del lazo imaginario de la creación, era como cortar el cordón umbilical. Este proceso duró varios meses y llegar a la conclusión final le tomo incluso un par de años, dejó todo y decidió viajar para resolver la duda más grande de su vida: su infancia.

Cinco y treinta de la tarde. Desde el puerto, Saori observa como el horizonte se tiñe de naranja, los barcos apenas dibujan sus siluetas sobre el mar que los mece como a niños, hay algo en esa danza suave y extendida que la atrae. Sentada sobre la arena blanca entrega sus sentidos a ese instante que siente tan familiar: aquella masa disforme y brillante, intensamente azul y húmeda… podría pasarse allí toda la eternidad. De pronto un miedo intenso la embarga, una sensación de desamparo, como cuando era niña y se escondía bajo la cama, en aquella época también volaba, volaba sin alas en sus sueños o tal vez en sus pesadillas.

Han pasado dos semanas desde que Saori llegara al pueblo natal de la mujer que le dijeron, había sido su madre, allí refiere la poca información que tiene; soy periodista, dice, quiero escribir su historia. La reacción de los pobladores es extraña, Silvia, la loca, la bruja, dicen al escucharla y callan. Se llena de miedos, ¿qué oculta el pasado de su madre?, pasan dos semanas, el dinero comienza a hacerse escaso, debe mudarse a una pensión porque no puede seguir pagando el hotel donde se hospeda; la dueña de la pensión se interesa en la historia, hay dos ancianos que la conocieron, le dice, Adilia y Bartolomé, los demás desaparecieron hace tiempo, te indicaré como llegar. La hechicera vive cerca del puerto; él,  dicen que está loco, yo creo que está más cuerdo que los que lo llaman así, es un ermitaño que vive en una cueva cerca de la playa.

Saori se armó de valor y se dirigió al lugar indicado. Adilia vivía en un asentamiento en el límite de la ciudad, las calles de tierra estaban anegadas de basura y un olor a acequia inundaba el aire, tuvo que cubrirse la nariz al ingresar al corralón donde vivía la mujer, pero la ansiedad la embargaba. La puerta estaba abierta, al fondo, sobre un camastro, una anciana espantaba las moscas con un periódico. Allí por fin tuvo noticias, la bruja desapareció una noche de luna llena, lo recuerdo bien porque era día de sanación, decía la anciana entre pausas porque la tos la asfixiaba, estaba preñada, esa noche llegó mucha gente y muchos espíritus, un ser que salió de las aguas se la llevó, después de dos días apareció en la playa, había parido un engendro, una niña muy blanca que tenía las marcas de esos seres malignos; qué marcas, preguntó Saori; unas marcas en el pecho y un bulto en el costado, nadie quiso tocarla.

Mientras hablaba, su rostro se contraía, las arrugas se hacían más hondas alrededor de los ojos sin vida, el escaso cabello gris le cubría parte de la cara, y los dedos huesudos de sus manos se movían lentamente haciendo círculos en la manta raída que cubría las piernas inmóviles. Su aspecto frágil sin embargo, no inspiraba ternura, toda ella despedía odio cuando hablaba; yo la vi, decía, estaba maldita y su hija también.

Saori no podía creer lo que escuchaba, era de su madre de quien hablaba la mujer, sintió ganas de callarla de un golpe, sería tan fácil hacerle daño, pero, ¿eso la resarciría?, ¿le devolvería la vida a su madre?, ¿aminoraría esa sensación de desamparo que sin duda la acompañó sus últimos días y que ahora la invadía a ella? La observaba quieta, con las lágrimas contenidas, ¡ignorante!, intentaba gritarle, mira al engendro que condenaste, mira la cicatriz de mi costado, mírame vieja maldita, mírame para que puedas ver el odio con el que yo te condeno ahora, pero la voz se ahogaba en su garganta. Siempre se preguntó por el origen de aquella cicatriz en su axila, por las manchas en su pecho. Siendo adulta debió someterse a un examen médico, allí le explicaron que todas las personas, al igual que los mamíferos tienen una línea de glándulas mamarias y que en algunos casos se desarrollan apareciendo en la superficie de la piel como mamas, que aparentemente eso fue lo que sucedió con ella, que al nacer debían haberla operado, jamás pensó que este hecho unido a la ignorancia de la gente hubiese podido causar tanto dolor.

No tenía nada más que hacer allí, se retiró pensando que tal vez el loco no podría decirle nada o la hundiría aún más en aquella desazón, recordó la pesadilla recurrente de los últimos días, aquel río fangoso donde se sumergía, ¿podría acaso hundirse más? Se alejó de las calles de tierra como si llevara el mundo sobre los hombros, necesitaba llegar hasta el final, se dirigió a la costa, fue fácil ubicar a Bartolomé. La tarde comenzaba a morir, el hombre estaba sentado en la arena atizando una fogata. Se acercó temerosa, arrodillándose junto al fuego, temblaba. Hace muchos años una mujer de tu edad se sentaba al pie de una fogata en esta misma playa, era tan blanca como tú, dijo él mirándola a los ojos, no eres de por aquí, ¿qué buscas?; ¿conociste a Silvia?, preguntó ella, la muchacha que dio a luz en la playa hace más de veinticinco años. Tenía tu misma cara, dijo el hombre dirigiendo la vista al mar; vengo de ver a la hechicera, insistió ella; esa bruja… todavía sigue viva, interrumpió el hombre, se está pudriendo despaciiito, poco a poco, como se merece.

Saori no pudo contener las lágrimas, Silvia fue mi madre, susurró. Vete muchacha, dijo Bartolomé,  vete, no busques más respuestas, tu madre se enamoró como se enamoran todas las jóvenes, se sentaba aquí por las noches a contemplar la luna, a escuchar los secretos que le contaba el mar y el mar le trajo a tu padre. La luna se hacía más grande cuando ellos se quedaban pegadiiitos mirándose a los ojos, yo los vi muchacha, cuando los veía tenía ganas de enamorarme también, esa es la historia de tu madre, lo demás solo lo sabe el mar.

Saori partió de aquel pueblo esa misma noche y guardó en el corazón las palabras del anciano, en el camino comenzó a escribir esta historia, una historia de verdades y mentiras que parecían verdades, pero que ocurrieron realmente; ya sus personajes no eran confusos, ya no había soledad y desamparo, era la historia de un hombre y una mujer que se amaron, la historia de una niña que fue amada intensamente aunque solo fuera por un tiempo.

 Cuentan los pobladores que durante muchos años el “Osadía” siguió anclando en sus costas, la gente al ver la silueta del barco huía a sus casas, pero los más temerarios observaban ocultos entre las rocas, una lancha se detenía en la orilla y de ella emergía la figura de un hombre que caminaba hasta detenerse cerca de la cueva. Allí encendía una fogata, se sentaba largo rato, hundía su cuchillo en la arena y pasaba horas con la mirada perdida en el horizonte. Nunca más el pueblo fue saqueado, pero en otros pueblos costeros Manuel se hizo famoso por su crueldad.

La  noche en que fue castigado por haber tomado parte del botín, la tripulación decidió arrojarlo al mar, pero Faruk se opuso consiguiendo que lo retaran, en el enfrentamiento perdió la vida. Manuel sin embargo, había logrado liberarse, el dolor de ver morir al hombre que siempre vio como un padre, lo llenó de furia. Apareció de pronto por encima de la cabina y desde allí se arrojó empuñando la cuchilla que fue a clavarse en uno de los hombres mientras golpeaba a quien intentara acercársele. Estaba enloquecido, quería llegar hasta el asesino de Faruk, y en su intento mató a dos sujetos más, los tripulantes comenzaron a apartarse dejando a los dos hombres frente a frente. Manuel venció al asesino y mandó colgarlo del mástil en señal de advertencia para quien quisiera amotinarse.


Esa noche Manuel se ganó a pulso el título de capitán, la misma noche en que perdió a las únicas personas que amó. Tomás lo acompañó un tiempo y murió, nunca le dijo que Silvia había logrado escapar.  

lunes, 3 de agosto de 2015

El reino Feliz

Héctor Luna


En algún lugar del mundo, escondido en uno de los bosques más majestuosos que hay en la Tierra, existe un reino llamado Feliz.  Desgraciadamente la envidia y el odio encontraron a un mensajero que con ayuda de la bruja malvada lo convirtieron en el reino Zilef.

El rey Contoten III cuando joven, antes de ser coronado era un príncipe humilde, bondadoso, alegre.  Cercano al pueblo siempre se le veía.  La gente le quería mucho.  Eso generó la envidia de su primo Frustrado quien a como diera lugar quería heredar el reino.

Meses antes de subir al trono, Contoten III conoció a una bella muchacha a quien cortejó sin mayor problema durante algún tiempo.  El apuesto príncipe era un caballero, alto, fornido, con un gran sentido del humor y muy detallista. Todas las mujeres del pueblo morían por él, pero sólo una sería la afortunada de estar a su lado y convertirse en la reina.

Diario, después de sus entrenamientos militares, él salía a buscarla.  Pasaban mucho tiempo juntos, montaban a caballo, jugaban tiro con arco, caminaban a un lado del río, se sentaban sobre el pasto a comer alguna fruta y platicaban durante horas.

Cada día que pasaba el amor crecía más y más, Roma era la envidia de las mujeres del territorio.

El entonces rey, Contoten II quien también era muy querido por el pueblo, pensó que ya era momento y organizó el matrimonio entre su hijo y la bella Roma.

La boda fue una de las mejores que se han llevado a cabo y de las que más se cuentan en todos los reinos del planeta.  El banquete duró siete días.  Los platillos más exquisitos se cocinaron diario, en especial en la cena del último día y sirvieron los mejores vinos. El pueblo completo fue invitado, sacaron sus mejores vestimentas y asistieron al gran evento.  El rey y su esposa no cabían de felicidad, a los nuevos esposos les salía el amor por todos lados y el pueblo estaba muy contento.  

El enorme castillo lucía impecable, limpiaron cada rincón, arreglaron y dejaron como nuevas las grandes puertas de madera de la entrada, los salones en donde se darían algunos de los eventos también fueron remodelados, de algunos se cubrieron los techos de oro.  Unos de los pintores más famosos de la época, Rotnip, hizo un bellísimo cuadro que regaló al monarca unos días antes para que luciera en una de las paredes del salón principal.  También varios músicos ofrecieron su talento para ambientar el magno evento. 

Al parecer vendrían años de prosperidad y de cosas buenas para el reino de Zilef.

Frustrado asistió unas horas al banquete por cumplir con el protocolo pero por dentro sentía que ardía, no podía creer tanta felicidad en todos lados.

Después de un rato decidió salir de la fiesta e ir al bosque en búsqueda de la bruja más temida de todos los tiempos: Maldad.

Quien quería llegar a ella tenía que cruzar el bosque, sortear trampas, acertijos, engaños y sobretodo gozar de una extraordinaria destreza, fuerza y valentía para no ser aplastado por los monstruos guardianes de la bruja.

Frustrado fue entrenado como hijo del rey, al morir sus padres, Contoten II decidió adoptarle y darle una vida como su propio descendiente.

Después de unos días logró llegar a la cabaña donde se escondía Maldad.

Para hacerlo tuvo que luchar contra una especie de monstruos que creó la bruja para impedir que llegaran con facilidad a ella, parecidos a unos dragones; además nadó, con mucha destreza para poder cruzar el río lleno de animales venenosos.  Con alguno estuvo a punto de perder la batalla pero finalmente su habilidad y fuerza hicieron que saliera vencedor.  Otro día, el viento y la lluvia detuvieron su avanzar, las tempestades fueron muy agresivas, duraron casi el día entero, al empezar a desaparecer, Frustrado continuó su camino.  

A unos metros del hogar de la bruja, apareció Romet, un guardián del lugar. Tenía el aspecto de dinosaurio pero se transformaba en víbora, después en dragón y en otros animales dependiendo la batalla.  Tal vez, esta lucha duró unas cuantas horas hasta que tirado sobre el piso boca arriba Frustrado vio a Romet yendo con toda su fuerza y sacando fuego por la boca hacia él, se sintió perdido.

De pronto Romet se convirtió en ceniza y a la vista de Frustrado apareció la gran bruja.

—¿Qué quieres Frustrado? ¿A qué has venido?  Si has llegado hasta aquí, debe ser algo importante.

—No quiero ver feliz a nadie, no quiero que mi primo sea el siguiente rey.

—Pero, ¿qué te han hecho para desearles el mal?

En realidad nada.  Desde que era pequeño me molesta ver a la gente feliz.  La muerte de mis padres y el quedarme solo son sentimientos y recuerdos que no me dejan, no puedo dormir, nada de lo que hago me sale bien, nunca podré tener un lugar importante en el reino y ver a mi primo que se convertirá en rey feliz con su esposa, ver a mis tíos felices, ¡no lo soporto!

—Si ese es tu deseo yo te puedo ayudar, nada me daría más gusto que ver a toda la familia real acabada.

¿Tú también los odias?

No es momento para contarte, en su momento te lo diré.  Por lo pronto lleva esta pócima, debes diluirla en el vino que tomarán en la cena del séptimo día de la fiesta y a partir de entonces todo cambiará.

Alguna vez la bruja estuvo enamorada del rey antes de que lo nombraran y antes de que ella se convirtiera en ese ser con tanta maldad.  Pero al padre de la bruja lo condenaron a la horca por un mal entendido y fue el Rey Contonten I quién dio la orden.  Desde ese entonces ambas familias rompieron relación y se juraron odio por la eternidad.  

Después de dos días y un camino sinuoso, Frustrado entró al gran salón en donde los invitados seguían bebiendo y festejando la boda.

El último día de los festejos, Frustrado, discretamente, se acercó a la cocina y arrojó las pastillas que la bruja le había dado en un tarro enorme donde el vino estaba listo para ser servido en las copas de los reyes e invitados.  Mientras lo hacía sintió una mirada, se trataba de la cocinera, Aírgela.  Ella salió corriendo por un pasillo pero Frustrado logró alcanzarla antes de que fuera vista por los demás.  Le dio de la bebida y automáticamente cayó dormida. Arrastrándola la fue llevando hasta esconderla en una de las bodegas donde guardaban la comida.

Minutos después el rey tomó su copa y dijo unas palabras brindando por la nueva pareja.  Todos bebieron.

Uno a uno empezaron a caer dormidos. Las personas del pueblo que aún seguían ahí se espantaron y salieron corriendo.  Parecía que el mejor día del reino se convertiría en el peor. Los guardias llevaron a la familia a sus aposentos y mandaron llamar al médico del Rey.

La familia real dormía.  En un principio nadie sabía que tenían.  Después de una noche de mucha tensión, dieron la noticia que el rey, la reina y la princesa habían entrado en un estado de coma eterno.  Aún la causa era una incógnita.

Dulas, el médico, se puso a investigar y en uno de sus libros de magia venia descrito el hechizo del que habían sido víctimas.  Leyendo se dio cuenta que sólo un dulce muy especial podría volverlos a la vida.  Aquel antídoto se podía conseguir únicamente en un pueblo muy lejano, perteneciente a otro reino.

El príncipe, logró despertar.  Al parecer no bebió toda la copa por lo que el daño no fue tan fuerte en él para permanecer en estado vegetativo, sin embargo a él le afectó mucho la parte emocional y le hizo cambiar todas las reglas del juego.

Ya no sería el Reino Feliz ni él el príncipe Contento III, cada cosa sería al revés, por odio, por rencor.  Desde aquel día se convertiría en el rey Contoten III monarca absoluto del Reino Zelif y prohibió estrictamente las sonrisas, y pobre de aquel que fuera feliz porque de inmediato se le mandaba a la horca.

Nombró a Frustrado su asesor, su mano derecha y ambos se convirtieron en el terror de los reinos, acabaron con los pueblos, hacían infelices a las personas, no soportaban ver a la gente sonreír.   

Un día uno de los caballeros, Fiel, amigo del entonces príncipe bueno, decidió hacer a escondidas una patrulla con los seis mejores caballeros del reino e ir en búsqueda del antídoto.  

Frustrado los nombró no gratos y pidió sus cabezas apoyado por el nuevo rey.

Meses después, la patrulla llegó por la noche al castillo.  Pasaron innumerables travesías pero finalmente consiguieron hacerse del dulce mágico.

Al entrar al castillo, dos de los cuatro caballeros fueron arrestados.  Se dio estado de alerta máxima en el reino y empezaron a buscar a los otros dos traidores.

Fiel logró encontrar a Dulas y le dio el dulce para que preparara la pócima que despertaría a la familia real y que convertiría al reino Zelif en Feliz de nuevo.
Pasaron algunas semanas para que las cosas se calmaran en el reino y que pudieran lograr la tarea.

El médico pidió ver, como cada mes, a la familia real dormida, quienes estaban bajo estrictas medidas de seguridad para que nadie se metiera con ellos.

Con mucha habilidad logró darles un poco de la pócima a los tres, cuando estaba dándosela a Roma entró el rey Contoten III gritando que mataran al médico ya que se acaba de enterar que iba a suministrarle un líquido a su familia, pero ya era demasiado tarde, ya habían bebido del elixir.

Los guardias sostenían al médico, de pronto Roma empezó a toser, vio a su amado y sonrió.  La cara le cambió por completo al joven rey.  Corrió hacia ella y se dieron un largo beso.  

Sus papás también despertaron. Contento III explicó absolutamente todo a su padre y con el paso de los días empezó a sentirse mejor, empezó a recuperar su bondad pero ahora era más consciente del mal.  Recordó todas las atrocidades que hizo cuando estuvo embrujado y sentía mucho remordimiento y  pena al ver a cada habitante, se convirtió en un mejor ser humano después de esta experiencia. La familia real decidió empezar de nuevo pidiendo perdón al pueblo y haciendo de su reinado uno de los mejores de la historia.  

¡Aírgela! ¿Qué haces aquí acostada? preguntó una de las ayudantes de la cocina.

Frustrado hizo algo terrible, luego me dio de beber algo y caí profundamente dormida, debemos alertar al rey.

No te preocupes, la familia real ya está en buenas condiciones, pero sí debes decir lo que pasó.

Aírgela con mucha precaución para no ser vista por el malhechor,  se acercó al rey y le contó lo que había pasado.

Frustrado fue condenado a encierro y la bruja fue declarara enemiga número uno del reino.

El pueblo Feliz volvió a serlo de nuevo.