Eliana Argote Saavedra
Era muy
curioso que siempre sus protagonistas se alejaran del círculo inmediato que
ella les había trazado y viajaran huyendo, por lo menos coincidente que las
mujeres fueran fuertes y aguerridas y los hombres tuvieran más bien un aire de
fragilidad que los hacía irresistibles, eran recurrentes la ausencia y el silencio. Es normal, le dijeron
solidariamente los amigos del círculo de escritores que frecuentaba cuando
alguien se atrevió a comentarlo en voz alta, no podemos evitar que algo de
nosotros escape y se plasme en algún personaje; lo que ella jamás notó fue que
estaba narrando su vida, sus hechos presentes, su pasado, el futuro que deseaba
y aún más, algo a lo que hubiese preferido no asomar siquiera.
¿Por
qué no había nadie en su origen? ¿Por qué el espacio era indefinible y su
concreción se perdía en eternas conjeturas? Al leer las vicisitudes de sus
personajes la sensación siempre era la misma: seres sin origen, vidas etéreas,
decisiones tomadas en las que el individuo no cobraba importancia.
Veinticinco
años antes.
Una
mujer con ropas gastadas recorre la orilla de la playa, va con el cuerpo
vencido y los brazos apretados contra el pecho, tiene los labios morados y llenos
de llagas, camina robóticamente mientras su mirada intenta abarcarlo todo. De
pronto, algo se clava en el pie, lo levanta y un amago de llanto aflora desde
su garganta, no por la herida, sino por las manchas secas de sangre que
descubre en las piernas. Una ráfaga repentina de viento se estrella contra su
piel produciéndole un escalofrío, la ropa húmeda intensifica esa sensación, vuelve
a mirar a todos lados, el lugar está vacío, a unos diez metros divisa una forma
rocosa y se dirige hacia allá lentamente, luego apura el paso cojeando por el
dolor, como si huyera de alguien.
La
noche ha caído, desde su escondite Silvia observa el cielo vacío de estrellas cuando
un estruendo repentino enciende la oscuridad, su pecho se agita y una sensación
de angustia se apodera de ella, aprieta aún más los brazos y se acurruca contra
la roca mientras las chispas de colores caen reflejándose en el mar. Está
exhausta, le duelen los hombros y un líquido baboso recorre de tanto en tanto sus
piernas, los senos están hinchados, ¿qué estoy haciendo aquí?, se pregunta, en
ese instante una sombra corta el resplandor del cuarto de luna que corona la
noche, mira sus brazos vacíos y un llanto apagado brota, ¡mi hija! Susurra
mientras su cuerpo se desmorona cual si fuese un montículo de arena.
Lejos
de allí, en altamar, Manuel es azotado una y otra vez. Desde la cabina del “Osadía”,
Faruk estrella el puño contra la mesa de madera cada vez que el látigo cae
sobre el cuerpo del muchacho, es mi mejor hombre, dice con nostalgia; pero se
enamoró, responde Tomás, un viejo tripulante que lo escucha mientras contempla
el humo que despide su pipa y limpia con las manos callosas el licor derramado
sobre el mentón. ¡Enamorado!, repite el capitán, incrédulo, frunciendo el ceño,
¡imposible!, él es incapaz de querer a nadie, siempre fue el más avezado, el más
temerario, no dudó en tirar por la borda a quien intentara apropiarse de su
botín, no puede ser; perdónele la vida entonces, acota el viejo. ¿Y mi autoridad?
Reflexiona Faruk en voz alta mientras los ojillos pardos brillan debajo de las
cejas abundantes; yo creo que se ha encariñado con él, capitán, le recuerda a
usted mismo cuando comenzamos, lo recogió siendo un niño apenas. El hombre no
puede soportarlo más ¡Basta! ¡Deténgase! Grita por la ventana ante la sorpresa
y el enojo de los tripulantes que atestiguan el azote. Todos se miran,
murmuran, complotan.
En la
cabina Faruk intenta calmar la rabia con un trago de ron, el sabor intenso a
madera quema su garganta, sí, dice casi recriminando a Tomás, lo recogí, el
mocoso se coló en mi barco para robarse las
ganancias del día, ¡vaya que era bueno!, recuerda sonriendo con cierto orgullo,
tuve que corretearlo, se trepaba con una agilidad increíble, en una de esas
cogí del pescuezo al diablillo, y ¿Qué me dijo?, su sistema de seguridad no sirve
capitán, yo puedo ser su segundo al mando, aun lo recuerdo con la mano en la
frente intentando saludarme como un marinero. Ambos soltaron una carcajada.
El
barco del capitán Faruk era el terror de las costas, cada cierto tiempo anclaba
en un puerto y sus hombres arrasaban con todo lo que encontraban, fue en una de
esas visitas cuando Manuel, con sus dieciocho años, tez morena, rostro
alargado, y ganas de devorarse el mundo, conoció a Silvia. Ella terminaba de
recoger las redes de la lancha de su padre cuando el pañuelo que llevaba atado
a la cabeza se soltó, el viento lo arrastró unos metros, intentó correr y tropezó
con la canasta llena de pescado que serviría para la venta. Don Prudencio se
acercó a ayudarla, ella lo miró de pies a cabeza y con una sonrisa irónica; me
vas a ayudar viejito, dijo, con las justas puedes con tu alma y me vas a
ayudar, ya vaya, vaya, adelántese que lavo el pescado y lo alcanzo. No te
confíes hija, en un rato cae la noche y Dios no quiera, pero podrían aparecer
esos bandidos; ay papá, replicó la muchacha, esos malditos jamás llegan a esta
hora, necesitan la oscuridad para hacer sus fechorías, y deja que agarre a uno
nomás para que veas como lo dejo. Don Prudencio se puso serio; ya viejito, no
te preocupes, te prometo que no me demoro, enseguida te alcanzo.
Ellos
no podían imaginar que los tripulantes del “Osadía” habían dejado el barco
anclado tras una isla cercana y llegado en lancha a la playa, los marineros
vestidos como pescadores, se mezclaron con la gente del pueblo y seleccionaron
los lugares donde podían realizar sus atracos, solo quedaba esperar la hora
adecuada.
Manuel
paseaba por la orilla cuando vio a Silvia intentando devolver los pescados a la
canasta, observaba divertido cómo estos resbalaban de las manos de la muchacha volviendo
a caer sobre la arena y a ella irguiéndose, golpeando la cintura con los puños
y resoplando de rabia. Fue en ese instante que Manuel decidió acercarse, ese no
es trabajo para una dama, dijo; ella se levantó con el rostro encendido,
dispuesta a soltarle una grosería, al verlo sin embargo, fue como si la fuerza
de un imán la atrajera, aquel rostro curtido por el sol y la sonrisa infantil, la
camisa abierta y el inmenso tatuaje de un ancla en el pecho, su mirada negra,
profunda como la noche; ¿te ayudo?, preguntó el recién llegado. Esas palabras
deshicieron el ensueño en un segundo para dar paso al enojo, no necesito ayuda
de nadie, respondió roja de ira. Tardó un buen rato en concluir la tarea,
mientras tanto él abría un pescado con su navaja; ¡qué haces! Recriminó ella,
viendo que apartaba algunos pescados. Voy a hacer una fogata, ¿me acompañas?; no
te conozco, dijo Silvia; soy Manuel, respondió él al notar que la chiquilla no
apartaba la mirada del tatuaje de su pecho, sí, soy pirata pero también puedo
ser un caballero, además, solo es una fogata. Te espero.
Ya en
casa, Silvia dudaba en acudir a la cita. Sabía que era peligroso, mas sus
orejas encendiéndose al recordarlo, la sonrisa que brotaba amplia cuando
recreaba nuevamente el timbre de su voz, y esa languidez que se apoderaba de
ella cuando pensaba en lo que sentiría al volverlo a ver, tenía que ir. Nunca sintió
miedo al pasear por el litoral de noche, conocía cada recoveco dentro de la
extensa muralla de roca, las formas caprichosas esculpidas por el viento, las cuevas
en donde se escondía de pequeña, el olor del mar cuando estaba picado, y la
bruma inundándolo todo a veces; le gustaba sentarse cerca de la orilla y
escuchar las olas estrellarse para caer en miles de fragmentos, ver las
siluetas de los barcos alejándose, imaginar sus rumbos, mundos inaccesibles
para ella. Luego de pensarlo un poco decidió ir a la playa. Ese fue el primero
de muchos encuentros que se sucederían durante los siguientes dos años en los
que ambos cambiaron; ella, quien solía vestir como un hombrecito y treparse a
los techos a volar cometas de papel, comenzó de pronto a cuidar su cabello y
lucirlo suelto, alisarlo con los dedos cada noche y pasar largos ratos frente
al trozo de vidrio que le servía de espejo, reconociéndose. Él, por su parte
seguía con sus actividades de siempre, causando terror en los pueblos a los que
llegaba el barco, pero ya no acudía a los bares donde sus compañeros se divertían
con las muchachas que aparecían por allí ni a refundirse en los prostíbulos, se
encerraba en su litera para pensar en ella y sus ojos rasgados, en la forma en
que sonreía, en cómo se acurrucaba en su pecho haciendo que todo desapareciera.
En el
pueblo abundaban mujeres dedicadas a la magia negra, era común atribuir
cualquier evento a la voluntad de los espíritus, el comportamiento de Silvia no
pasó desapercibido, de pronto las conversaciones comenzaron a girar en torno a
ella; que debería casar ya a la muchacha don Prudencio, decían al padre de la
chica; que se está haciendo mujer, que para en la playa sentada frente al
fuego, usted sabe que nos preocupamos por su virtud, cuando las mujeres no
tienen macho que las proteja, son asediadas por los espíritus malignos;
Prudencio ignoraba esos comentarios, sabía que su hija jamás aceptaría que le
impusieran algo y mucho menos un matrimonio. ¿Depender de un hombre pa?, ¿para
qué?, ¿para que termine agarrándome a golpes? Ni lo sueñes, le había dicho
cuando se lo insinuó.
Silvia
solía tratar con desdén a los jóvenes que se le acercaban para cortejarla, que
eran más de uno, y es que aún a pesar de su apariencia, el andar espigado, el
cabello de rizos rebeldes, los ojos rasgados y la sonrisa fresca le daban un
aire muy peculiar. Un chiquillo vivía enamorado de ella, era hijo de Adilia, la
más conocida hechicera; el chico no se cansaba de recibir desplantes, o golpes
si es que insistía mucho, pero desde que ella conoció a Manuel el resto del
mundo dejó de existir y eso se notaba. La madre de aquel muchacho no le perdonó
a Silvia que fuera la responsable de que su primogénito anduviera deprimido,
sin esperanzas de conquistarla. Así fue que los consejos al padre y los chismes
habituales sobre la chiquilla se convirtieron en un asunto de magia negra.
Decían que era dañina para el pueblo, que hacía brujería en la playa, por eso
nunca quería compañía, que hacía conjuros frente al fuego y que un espíritu
salía de las aguas para poseerla.
Manuel
y Silvia vivían ilusionados con su amor, él le contó acerca de sus actividades;
ella, incapaz de juzgarlo, se negaba a admitir que una persona como él pudiera
ser mala y buscaba mil justificaciones; que seguro era porque sus padres lo
abandonaron, que la vida lo había obligado, que en el fondo era una persona de
buenos sentimientos; solo necesitaba que alguien lo guíe, se decía, ella sería
esa persona. Le pidió que cambie, le hizo jurar ante una cruz que no volvería a
robar, que podrían comenzar una vida nueva. Fue después de muchos intentos que él
accedió a dejarlo todo, al cabo de tres meses regresaría y se irían juntos
dejando el pasado atrás. Aquella noche la luna fue cómplice del amor expresado
en caricias tiernas que él, como el más experto amante le prodigó con sumo
cuidado, y testigo del torbellino que trasladó a ambos a un mundo inexplorado
que fueron conquistando mientras el silencio era alterado solo por el estruendo
de las olas. Fue la única vez que se amaron de esa forma pero fue suficiente
para que sus vidas quedaran selladas para siempre. La noche escondió aquel
secreto, ellos no podían sospechar que estaban siendo vigilados.
A
partir de ese día, el odio se fue regando entre los pobladores, azuzados por la
hechicera, los chismes respecto a sus encuentros eran pan de cada día. Pasaron
tres meses y Silvia esperaba ansiosa, su vientre crecía. Manuel no llegó el día
señalado, transcurrieron tres meses más
y la joven caminaba con dificultad. Los pobladores comenzaron a hostigar al
padre para que la eche de la casa, que estaba maldita, decían, y que el hijo que llevaba en el vientre estaba
maldito también. Pero al cumplirse casi los nueve meses fue a la playa y allí
estaba él esperándola, al verla con la silueta abultada se sintió feliz, la huida
tenía que ser esa misma noche y así fue. Las miradas de siempre los vigilaban.
El
mar estaba tranquilo, en noches así Faruk no podía dormir, sentado en la cabina
disfrutaba del sabor quemante del ron recorriendo su garganta, cuando de
pronto, a través de la oscuridad pudo ver dos sombras encaramarse por la escalera
de la borda, aguzó la mirada, no vaya a ser que fueran ladrones, pensó. Lo que
vio lo dejó pasmado, una mujer cubierta con una manta subía ayudada por un
hombre, ¡Manuel!, pensó reconociéndolo, pero el tejido se enganchó en la
baranda dejando descubierta la preñez de Silvia. El rostro del capitán se
contrajo en una expresión de ira, cómo se atreve a subir a una mujer a mi
barco, y encima embarazada, no supo que hacer, si los otros la descubrían
seguro la tirarían al mar, y a él con ella. Intentó calmarse, mañana a primera
hora partimos, se dijo, lo obligaría a dejarla en el siguiente pueblo, era su
mejor hombre y la próxima incursión era bastante arriesgada, lo necesitaba.
Manuel
escondió a la muchacha en su camarote, a la mañana siguiente cuando fue a verla,
ardía en fiebre, él no sabía qué hacer, conocía hierbas para curar cortadas y
eso era todo, aquel que se enfermaba generalmente sanaba con un poco de
aguardiente o moría y era arrojado al mar. Estaba desesperado, debía comprar
medicinas pero carecía de dinero, ¡el botín! recordó de pronto, el último botín
estaba intacto, sin embargo no podía pedirle ayuda a Faruk porque descubriría
su secreto, no lo pensó dos veces, tomó la parte que le correspondía y partió
rumbo al pueblo. Cuando volvió al barco encontró un barullo; los hombres,
ebrios como siempre, estaban reunidos en la cubierta, levantaban los brazos y
gritaban. Apenas lo vieron se fueron encima de él, ella estaba también allí, atada
a una columna, un marinero sostenía un cuchillo pegado a su cuello, Manuel sacó
su puñal y se enfrentó a dos hombres logrando vencerlos, retó al que amenazaba a
Silvia y en ese instante todos los tripulantes voltearon a ver al capitán, no quedaba
nada por hacer, no podía exhibir indulgencia, sus hombres se amotinarían,
observó a todos y finalmente dio la orden de atarlo a una columna tras la
cabina, había cometido una falta grave y debía ser castigado. Los marineros
veían este hecho como una oportunidad para hacerse del cargo de “segundo al
mando”, dejaron a la muchacha atada y se reunieron en torno a Manuel para
presenciar el castigo. Tomás había sido testigo de todo, sigilosamente desató a
Silvia, la puso en una lancha y la dejo partir.
Así
fue que ella dio a luz en la playa, unos pescadores la encontraron, la recién
nacida tenía una línea de marcas en el pecho, coronadas por una protuberancia bajo
el brazo, la cogieron con asco y la cubrieron, el pueblo en pleno rechazó a la
niña, querían quemarla. Bartolomé, un hombre viejo que vivía en la playa y al
que llamaban “loco” los convenció que los dejaran solos, que él se encargaría,
que en cosas de brujería era mejor no tener testigos, que las refundiría en las
aguas para que el mar se lleve con ellas su maldición. Pero cuando todos se
marcharon, metió a la niña en una canasta y la llevó a la ciudad, allí la dejó
en la puerta del hospital.
Saori
decidió por fin leer su obra, cosa que detestaba porque entre los procesos de
corrección y edición desarrollaba una especie de hartazgo. Un crítico se había
ocupado de su trabajo, ella que siempre pasó desapercibida en los grandes
círculos literarios, ahora que alguien la
reconocía como una de las escritoras nóveles más exitosas ¡Claro! Se merecía entre otras cosas una
crítica. Decía este profesional de las letras que sus cronologías eran dignas
de un principiante. Saori no era muy ordenada, vivía sola en un pequeño
departamento en la ciudad, trabajaba medio tiempo y compraba su almuerzo camino
a casa, allí almorzaba, entre libros abiertos, notas por doquier, tazas de café
y mucha soledad. Su vida era un caos al igual que sus hábitos al escribir, lo
sabía, le había costado años desarrollar un método que le permitiera construir
coherencia en sus obras. Leía y releía encontrando incongruencias a veces
hilarantes, nombraba un personaje con un apellido que desaparecía durante el
relato para adoptar otro, o a veces la cronología parecía de otro mundo porque
ocurrían hechos imposibles de sucederse simultáneamente. No se consideraba una
escritora sino una narradora de imágenes, veía a los personajes aparecer de la
nada y cobrar vida, moverse a voluntad, tomar decisiones que no siempre
calzaban con la personalidad conceptuada por la sicología básica de Saori; si
lograba describir sus características era porque tenía la facilidad para
amalgamarse con ellos y asociarlos a alguien que conocía aunque no recordara cuándo
ni de dónde. Una vez terminada su obra y satisfecha su necesidad de volcar
sobre el papel todo lo que veía, podía desprenderse del lazo imaginario de la
creación, era como cortar el cordón umbilical. Este proceso duró varios meses y
llegar a la conclusión final le tomo incluso un par de años, dejó todo y
decidió viajar para resolver la duda más grande de su vida: su infancia.
Cinco
y treinta de la tarde. Desde el puerto, Saori observa como el horizonte se tiñe
de naranja, los barcos apenas dibujan sus siluetas sobre el mar que los mece
como a niños, hay algo en esa danza suave y extendida que la atrae. Sentada sobre
la arena blanca entrega sus sentidos a ese instante que siente tan familiar:
aquella masa disforme y brillante, intensamente azul y húmeda… podría pasarse allí
toda la eternidad. De pronto un miedo intenso la embarga, una sensación de
desamparo, como cuando era niña y se escondía bajo la cama, en aquella época
también volaba, volaba sin alas en sus sueños o tal vez en sus pesadillas.
Han
pasado dos semanas desde que Saori llegara al pueblo natal de la mujer que le
dijeron, había sido su madre, allí refiere la poca información que tiene; soy
periodista, dice, quiero escribir su historia. La reacción de los pobladores es
extraña, Silvia, la loca, la bruja, dicen al escucharla y callan. Se llena de
miedos, ¿qué oculta el pasado de su madre?, pasan dos semanas, el dinero
comienza a hacerse escaso, debe mudarse a una pensión porque no puede seguir
pagando el hotel donde se hospeda; la dueña de la pensión se interesa en la
historia, hay dos ancianos que la conocieron, le dice, Adilia y Bartolomé, los
demás desaparecieron hace tiempo, te indicaré como llegar. La hechicera vive
cerca del puerto; él, dicen que está
loco, yo creo que está más cuerdo que los que lo llaman así, es un ermitaño que
vive en una cueva cerca de la playa.
Saori
se armó de valor y se dirigió al lugar indicado. Adilia vivía en un asentamiento
en el límite de la ciudad, las calles de tierra estaban anegadas de basura y un
olor a acequia inundaba el aire, tuvo que cubrirse la nariz al ingresar al
corralón donde vivía la mujer, pero la ansiedad la embargaba. La puerta estaba
abierta, al fondo, sobre un camastro, una anciana espantaba las moscas con un
periódico. Allí por fin tuvo noticias, la bruja desapareció una noche de luna
llena, lo recuerdo bien porque era día de sanación, decía la anciana entre
pausas porque la tos la asfixiaba, estaba preñada, esa noche llegó mucha gente
y muchos espíritus, un ser que salió de las aguas se la llevó, después de dos días
apareció en la playa, había parido un engendro, una niña muy blanca que tenía las
marcas de esos seres malignos; qué marcas, preguntó Saori; unas marcas en el
pecho y un bulto en el costado, nadie quiso tocarla.
Mientras
hablaba, su rostro se contraía, las arrugas se hacían más hondas alrededor de los
ojos sin vida, el escaso cabello gris le cubría parte de la cara, y los dedos
huesudos de sus manos se movían lentamente haciendo círculos en la manta raída
que cubría las piernas inmóviles. Su aspecto frágil sin embargo, no inspiraba
ternura, toda ella despedía odio cuando hablaba; yo la vi, decía, estaba
maldita y su hija también.
Saori
no podía creer lo que escuchaba, era de su madre de quien hablaba la mujer, sintió
ganas de callarla de un golpe, sería tan fácil hacerle daño, pero, ¿eso la
resarciría?, ¿le devolvería la vida a su madre?, ¿aminoraría esa sensación de
desamparo que sin duda la acompañó sus últimos días y que ahora la invadía a
ella? La observaba quieta, con las lágrimas contenidas, ¡ignorante!, intentaba
gritarle, mira al engendro que condenaste, mira la cicatriz de mi costado,
mírame vieja maldita, mírame para que puedas ver el odio con el que yo te
condeno ahora, pero la voz se ahogaba en su garganta. Siempre se preguntó por
el origen de aquella cicatriz en su axila, por las manchas en su pecho. Siendo
adulta debió someterse a un examen médico, allí le explicaron que todas las personas,
al igual que los mamíferos tienen una línea de glándulas mamarias y que en
algunos casos se desarrollan apareciendo en la superficie de la piel como mamas,
que aparentemente eso fue lo que sucedió con ella, que al nacer debían haberla
operado, jamás pensó que este hecho unido a la ignorancia de la gente hubiese
podido causar tanto dolor.
No
tenía nada más que hacer allí, se retiró pensando que tal vez el loco no podría
decirle nada o la hundiría aún más en aquella desazón, recordó la pesadilla recurrente
de los últimos días, aquel río fangoso donde se sumergía, ¿podría acaso hundirse
más? Se alejó de las calles de tierra como si llevara el mundo sobre los
hombros, necesitaba llegar hasta el final, se dirigió a la costa, fue fácil
ubicar a Bartolomé. La tarde comenzaba a morir, el hombre estaba sentado en la
arena atizando una fogata. Se acercó temerosa, arrodillándose junto al fuego,
temblaba. Hace muchos años una mujer de tu edad se sentaba al pie de una fogata
en esta misma playa, era tan blanca como tú, dijo él mirándola a los ojos, no
eres de por aquí, ¿qué buscas?; ¿conociste a Silvia?, preguntó ella, la
muchacha que dio a luz en la playa hace más de veinticinco años. Tenía tu misma
cara, dijo el hombre dirigiendo la vista al mar; vengo de ver a la hechicera,
insistió ella; esa bruja… todavía sigue viva, interrumpió el hombre, se está
pudriendo despaciiito, poco a poco, como se merece.
Saori
no pudo contener las lágrimas, Silvia fue mi madre, susurró. Vete muchacha, dijo
Bartolomé, vete, no busques más
respuestas, tu madre se enamoró como se enamoran todas las jóvenes, se sentaba
aquí por las noches a contemplar la luna, a escuchar los secretos que le
contaba el mar y el mar le trajo a tu padre. La luna se hacía más grande cuando
ellos se quedaban pegadiiitos mirándose a los ojos, yo los vi muchacha, cuando
los veía tenía ganas de enamorarme también, esa es la historia de tu madre, lo
demás solo lo sabe el mar.
Saori
partió de aquel pueblo esa misma noche y guardó en el corazón las palabras del
anciano, en el camino comenzó a escribir esta historia, una historia de
verdades y mentiras que parecían verdades, pero que ocurrieron realmente; ya
sus personajes no eran confusos, ya no había soledad y desamparo, era la historia
de un hombre y una mujer que se amaron, la historia de una niña que fue amada
intensamente aunque solo fuera por un tiempo.
Cuentan los pobladores que durante muchos años
el “Osadía” siguió anclando en sus costas, la gente al ver la silueta del barco
huía a sus casas, pero los más temerarios observaban ocultos entre las rocas,
una lancha se detenía en la orilla y de ella emergía la figura de un hombre que
caminaba hasta detenerse cerca de la cueva. Allí encendía una fogata, se
sentaba largo rato, hundía su cuchillo en la arena y pasaba horas con la mirada
perdida en el horizonte. Nunca más el pueblo fue saqueado, pero en otros
pueblos costeros Manuel se hizo famoso por su crueldad.
La noche en que fue castigado por haber tomado
parte del botín, la tripulación decidió arrojarlo al mar, pero Faruk se opuso
consiguiendo que lo retaran, en el enfrentamiento perdió la vida. Manuel sin
embargo, había logrado liberarse, el dolor de ver morir al hombre que siempre
vio como un padre, lo llenó de furia. Apareció de pronto por encima de la
cabina y desde allí se arrojó empuñando la cuchilla que fue a clavarse en uno
de los hombres mientras golpeaba a quien intentara acercársele. Estaba
enloquecido, quería llegar hasta el asesino de Faruk, y en su intento mató a
dos sujetos más, los tripulantes comenzaron a apartarse dejando a los dos
hombres frente a frente. Manuel venció al asesino y mandó colgarlo del mástil
en señal de advertencia para quien quisiera amotinarse.
Esa
noche Manuel se ganó a pulso el título de capitán, la misma noche en que perdió
a las únicas personas que amó. Tomás lo acompañó un tiempo y murió, nunca le
dijo que Silvia había logrado escapar.
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