viernes, 15 de mayo de 2015

La anoréxica

 Frank Oviedo Carmona


Adriana era hija única, de treinta años de edad, arquitecta, de mediana estatura,  cabello corto y ojos  marrones.  Juan, su esposo, era ingeniero, alto, atlético, cabello corto, solía vestir jeans y botines gap  porque, debido a su trabajo,  visitaba obras de edificios. Vivían en San Isidro, en una calle angosta, pista de ladrillo rojizo y veredas de un verde grisáceo.  La casa tenía una puerta de dos hojas ovalada, ventanas a los lados de color madera, a la izquierda tenían una enredadera de buganvillas de color amarillo que trepaba por encima de la puerta.

Ella no podía concebir hijos por debilidad en los ovarios.  Había recibido muchos tratamientos, los cuales, la dejaron maltratada física y emocionalmente.  Tuvo tres abortos y subió más de diez kilos.

Por consejo e insistencia de su esposo, ya no lo volverían a intentar más, quizás con el tiempo adoptarían un bebé.

Un día de otoño,  Adriana se encontraba en su cocina, rodeada de  reposteros amarillos con paredes naranja, sillas y mesa color turquesa,  apoyada en el lavadero, mirando por la ventana como caían  las hojas de los árboles. Cuando de pronto,  comenzó a sentir mareos y ganas de vomitar. Se le secaba la boca y le provocaba tomar gaseosa helada; esto ya le había ocurrido en dos ocasiones anteriores, pero no le dio importancia. Sin embargo, esta vez el mareo la asustó tanto que llamó a su esposo quien llegó en unos minutos; ella estaba pálida con la frente sudorosa. Le explicó lo sucedido, inmediatamente la llevó a su médico de cabecera;  luego de una serie de análisis, les afirmó que Adriana tenía diez semanas de gestación. Ellos recibieron la noticia sorprendidos, se quedaron sin habla por unos  segundos.

—¡Debe haber un error! —exclamó  Juan.

—No hay ningún error, ya hemos visto  la ecografía.

Juan, miró a su esposa y vio como se le caían las lágrimas de emoción, se levantó del asiento,  se arrodilló ante ella y la tomó de las manos.

—Amor, Dios escuchó nuestras plegarias.

El médico les dijo que lo esperaran unos minutos para explicarles algo  importante. Les pareció extraña la seriedad de su rostro. 

Al reunirse, les aconsejó un aborto porque habían pocas posibilidades de que naciera sano; podría tener alguna malformación o alguna enfermedad. Los padres se negaron diciendo que era un regalo de Dios y aceptarían a su bebé como naciera.

Sin muchos malestares, pasó el tiempo y nació una niña que pusieron por nombre Esperanza.   La cuidaron con mucho amor y dedicación;  siempre estaba llena de obsequios traídos por su papá, le compraban los mejores coches de paseo y ropa de última moda.

Fue al nido, a la escuelita y después al colegio donde las cosas comenzaron a cambiar.  Quizás porque los padres trabajaban mucho para darle sus gustos, pues  ella  les pedía la ropa más cara y viajar en las vacaciones. De no obtener lo deseado, Esperanza se encerraba en su cuarto y no comía hasta que sus padres  aceptaran  sus caprichos.  El arduo trabajo solo les permitía ver a su hija por las noches y los fines de semana salían de paseo.

Al cumplir los catorce años, Esperanza  ya comenzaba a tener problemas en la escuela; cuando no le caía bien una compañera o no estaba de acuerdo con ella, le hacía la vida imposible; le escondía las tareas o le echaba  goma a su asiento; pero eso no lo hacía sola, tenía tres amigas con las que andaba de arriba para abajo y les decía; si me traicionan, haré lo mismo con ustedes, no olviden que se hace lo que yo digo y luego las cuatro se reían.

A sus padres los llamaban de la escuela para hablarles de la conducta de Esperanza, pero ellos no creían;  decían que a su hija le tenían envidia por sus buenas calificaciones y por eso mentían.

Después de muchas riñas en el colegio, la tutora Julia citó a  los padres a una reunión.  Les explicó punto por punto la mala conducta de Esperanza, y no solo eso, les dijo que dos veces se había desmayado. Según afirmaron sus compañeras, porque corría hora y media y tomaba desayuno solo agua y un café negro. Los papás sorprendidos  dijeron que  hablarían con ella  para saber la verdad; pero, sí  reconocieron haberla visto  pálida en alguna oportunidad. 

Al llegar los padres a su casa, encontraron durmiendo a Esperanza y  decidieron hablar con ella el fin de semana.  En realidad,  le dedicaban muy poco tiempo a su hija sólo hablaban por teléfono y algunas veces conversaban un rato en la noche.

Al llegar el fin de semana, muy temprano, cuando Esperanza aún dormía.

—Hija nos urge que hablemos de un tema importante de tu escuela, no demores por favor.

—Ya mis papis lindos, enseguida bajo.

—La señorita Julia nos ha informado de tu conducta en la escuela; dice que le has pegado chicle en el cabello a tu compañera, también le robaste un trabajo que presentaría, ¿qué  nos puedes decir sobre este tema? —pregunto Adriana.

Esperanza inclino el rostro  y se puso a llorar.

—Mamita, tú me conoces, sabes bien que soy incapaz de hacer daño a alguien; Maricarmen estaba a mi costado, mientras yo leía, quizás ha sido ella pero yo no he visto nada.

—Y ¿Por qué la señorita Julia asegura que fuiste tú? ¡Necesito saber  la verdad sin rodeos! —preguntó  su  padre con el ceño fruncido.

—No fui yo papito, ya dije que no fui yo, o ¿No me creen?

—Si dices la verdad no tienes de que preocuparte hija; deja de llorar y ve hacer tus cosas  —le respondió  Adriana.

Esperanza se levantó del asiento e hizo una mueca de risa misteriosa.

Adriana no quedo satisfecha con lo conversado; por su parte, continuó indagando en el colegio y se dio con la sorpresa que su hija andaba con tres compañeras a las cuales manipulaba con no ayudarles en sus tareas y trabajos, por esta razón ellas accedían a hacer travesuras, como esconder los libros de alguna compañera que simplemente no le caía bien o se quejaba de profesores que no le gustaba su enseñanza.  Lo bueno de Esperanza era que sacaba buenas calificaciones y sus amigas  no.

Esperanza, tenía temor de ser descubierta,  andaba nerviosa y ansiosa, hacía más ejercicio de lo habitual y tomaba energizantes para ir a correr al parque; tanto así que un día le dio un mareo y un joven que pasaba por ahí la auxilió. Ella se reincorporó y le dijo,  ¡no es nada!  Se paró y se  fue trotando lento.

Al llegar a su casa encontró a su mamá preocupada.  Adriana no imaginaba que su hija casi no probaba alimento y por consiguiente, se había desmayado varias veces.

—¿Qué te pasa hija, estas pálida y con los ojos rojos? ¿Por qué estás tan delgada, nunca te había visto así?

—Claro, si nunca paran en casa ustedes —lo dijo en tono sarcástico.

—Esperanza no me gusta que me hables así, nosotros trabajamos mucho para darte tus gustos y salir de vacaciones los tres, no voy a permitir que te expreses  de esa manera, ¿me has entendido?

—Perdona mamita, sé que ambos me quieren mucho y desean lo mejor para mí —le respondió y abrazó a su mamá.

—Bueno, dejo tu desayuno listo, me voy a trabajar quiero que a mi regreso dejes todo en orden. ¿Está claro?

—Si mamita y gracias, te quiero mucho.

—Hasta más tarde.

Luego que la madre se fue, Esperanza echó el desayuno al tacho de basura, tomó un café puro sin azúcar, un laxante y se fue a estudiar.

Su instinto de madre la hizo desconfiar que algo le pasaría a su hija, no solo era su mala conducta,  además estaba muy  delgada, pálida y transparente. No entendía cómo bajó tan rápido de peso si la había visto con su uniforme más gruesa.

Lo que no sabía Adriana era que su hija se ponía doble ropa para que no notara lo delgada que estaba, solo  el día que llegó de improviso y la vio  regresar de correr, se dio cuenta de su delgadez.

A la hora de recreo, Esperanza se reunió con sus amigas para ver que le hacían a su tutora Julia por haber llamado a sus padres y decirles de su mala conducta. Mientras afirmaba que no se lo perdonaría y pagaría muy caro el haberla dejado al descubierto  comenzó a sentirse mareada hasta caer al piso.

Sus amigas llamaron a la auxiliar y después fue llevada a la clínica más cercana. Le hicieron una serie de análisis. Al poco rato llegaron sus padres completamente preocupados.

—¿Qué le ha pasado a nuestra hija? —preguntaron  al mismo tiempo Adriana y Juan.

—Buenas tardes, soy el doctor Harold Hamilton, le están haciendo chequeos y lavado gástrico, al parecer ha ingerido laxantes y energizanates, esta deshidratada y la van a  estabilizar.

—No puede ser, nuestra única hija, que tanto amamos, no puedo creer que ahora este así,  ¿qué  hemos hecho mal, si todo le dimos? ¿Qué haremos?  —se preguntaba Adriana en voz alta abrazada de su esposo.

—¡No sé! ¡No sé qué vamos a hacer? Quizás la descuidamos, no puedo creer por lo que estamos pasando, mucho tiempo estaba sola; maldición como no nos dimos cuenta de lo que le sucedía  —le respondió Juan.

Pasó una semana en la que a Esperanza le continuaron realizando  una serie de chequeos médicos y siquiátricos. Seguía con suero, medicamentos y no probaba alimento, su cuerpo rechazaba todo lo que le daban. Sus padres seguían preguntándose,  cómo no se habían dado cuenta.

La psicoterapeuta, doctora Mary del Carpio  llamó a sus padres para explicarles lo que tenía su hija.

—Señores, su hija tiene un desorden  denominado anorexia, no solo es un problema con la comida, también es la forma de usar el ayuno para sentir que se tiene el control de todo, aun de su propia vida, eso le ayuda a aliviar la ira y la ansiedad. Esta enfermedad, dicen los estudios,  tiene que ver con las hormonas y con el deseo de no querer crecer, de seguir siendo niñas, sin responsabilidades. Sugiero que su hija siga medicada y con terapia ambulatoria.

—¡Desorden alimenticio! ¡Anorexia! ¿Cómo es eso? No entiendo nada de lo que me dice doctora, hábleme claro por favor —preguntó  Juan alterado.

—Esperanza es anoréxica, ansiosa, trata de llamar la atención, quiere que todo lo que ella dice se haga si no se vuelve en contra tuya;  Es una buena estudiante porque  busca ser admirada.

—No, no puede ser, nuestra pequeña hija que tanto luchamos para tenerla. ¿Qué  vamos a hacer? Tengo miedo que le pase algo malo. ¿Se pondrá bien no es cierto doctora? Le dimos  todo nuestro amor ¿En qué fallamos?  —preguntó

La doctora quiso responder, pero no pudo porque los padres seguían hablando sin dar tiempo a su respuesta.

—Creo que tuvimos miedo que algo le pasara y la sobre protegimos, la deseamos  tanto y no supimos criarla, por trabajar la dejamos mucho tiempo sola  —ambos sollozaron.

Esperanza volvió a su casa con tratamiento psicoterapéutico y psiquiátrico. Unas semanas después,  le pidió permiso a sus padres para dar una vuelta al parque ya que se sentía acalorada, ellos accedieron.

Al caminar unas cuadras sintió un dolor en el pecho pero no le prestó  atención hasta que se fue acentuando, le faltaba el aire; trató de alcanzar una banca para sentarse pero estaba lejos, aun así continuó; sus pasos eran más lentos, sentía como si le hubieran golpeado el pecho con una piedra,  no pudo más y cayó al piso inconsciente.

Al ver que su hija no llegaba, Adriana con su esposo fueron a buscarla y la encontraron tirada en  la vereda.

—¡Hija! —gritó la madre.

No te mueras por favor, no me dejes sola, ¿qué  voy a ser sin ti?  No, nunca me repondré si me faltas hijita. ¿Por qué nos pasa esto Juan? Éramos tan felices hasta hace unos meces, pero todo cambió repentinamente;  no nos dimos cuenta lo que a ella le pasaba.

—¿Cálmate Adriana!

—¿Qué me calme? Tú fuiste el culpable; me decías que los jóvenes son así, que no le haga caso a sus reclamos; que comprándole  un regalito se pondrá contenta. Yo tonta, te creía.

Adriana estaba inconsolable, ya no había nada que hacer,  Esperanza había muerto de un paro cardíaco.

Juan trató de abrazar a su  esposa, pero ella no quiso; se quedó al lado de  su hija y él  de rodillas.

lunes, 11 de mayo de 2015

Huellas

Camilo Gil Ostria


Había huellas en todo el pasillo al que daba la entrada. La confusión me poseía. Mi casa era grande, su único habitante: mi persona. Y yo jamás había dejado tales barbaridades.

Eran huellas blancas, como si alguien –quizás un niño, por el tamaño de las huellas– hubiera bañado sus pies en talco o harina y luego hubiese caminado por mi casa con ellos. Luego de seguirlos con interés de investigador, averigüé que en realidad no llevaban a ninguna parte, que solo daban vueltas de un lado a otro, sin sentido alguno.

Llamé a la policía y el encargado vino para solo decirme:

–Eso es un fantasma don Pablo, yo que usted me mudo de casa hoy mismo. –Yo lo miré sin creerle ni una sola palabra, en esos tiempos tenía cincuenta y seis años, y en toda mi vida jamás había creído en esas inmaduras historias.

–Mejor usted se marcha y tenga claro que yo no lo haré… –hice una pausa y con mal humor agregué–: Y menos por algo que no existe.

–Está bien don Pablo, pero ya verá que yo tenía razón. A mis vecinos les pasó lo mismo…

Dejó un silencio enfático en el aire y se marchó, lo miré con odio contenido, ¿¡quién era ese para advertirme de cosas sobrenaturales!? Entonces insistí, el culpable de esas huellas era un mocoso, y yo no iba a permitir que un pillo cualquiera entre a mi casa a hacer de las suyas. Por lo cual contraté un guardia, lo dejé dentro de la casa, justo al lado derecho de la puerta principal que daba, por un lado, a un amplio jardín, en su tiempo lleno de flores y árboles, hoy seco y marchito. Por el otro, al pasillo que terminaba en las amplias escaleras de mármol blanco. Al frente suyo había una pequeña estatua de un buda y un gran espejo, luego estaba la gran puerta de madera, rematada con detalles de vidrio y posteriormente, al lado derecho estaba una silla, donde él pasaba todo el día, sentado sin hacer nada más que asustar a cualquiera que quisiera entrar.
Aunque de vez en cuando iba a “estirar las piernas” por el jardín, daba una vueltita y volvía.

Yo lo dejaba ahí y él dormía, se sentaba, leía cómics y una que otra revista. Cuando un día volví, el guardia, cuyo nombre era Eduardo, estaba dormido. Y todo el pasillo estaba lleno de huellas blancas. Ese era un pasillo bastante amplio y ancho, a los bordes había sillas muy antiguas que eran puramente decorativas, si uno se sentaba ahí, la silla se rompía. Mi punto es que es demasiado ancho como para que alguien lo llene de huellas y mi guardia, sentado en ese mismo pasillo no lo note.

–¡EDU! –grité enojado– ¿¡Qué es esto!?

Él despertó desconcertado, y gritó como por reflejo:

–¡Asesino!

–No, Edu –respondí, obviamente, intentando calmarlo–, no es un asesino, tú dime qué es…

–¡Ay! Señor, lo siento, perdón, lo siento…

–¡Ya! –lo interrumpí– estás perdonado, pero dime: ¿Por qué hay huellas en todo mi pasillo, si te encargué que nadie pase por él sin mi permiso?

–No señor, cómo cree. Si aquí no hay ninguna hue… –se interrumpió y miró el suelo– ¡Carajo! Eso de los fantasmas en esta casa había sido verdad, porque señor, ¡le juro!, eso no estaba ahí hace pocos segundos.

–¡Ya, y yo soy Satán!

–¡Ay no! Blasfemo, ay no…

–Ya cálmate –le dije y  por suerte era bueno obedeciendo– estaba bromeando, yo no soy Satán.

–Pero señor, debería mudar…

–¡No! –grite, interrumpiéndolo otra vez. Mi orgullo era muy grande– no nos vamos a mudar, tú no vas a poder dormir en horas de trabajo y ahora, si aparece alguien que quiera dejar huellitas en mi casa tú lo moleras a golpes. Le enseñaras a no meterse en propiedad ajena.

Eduardo asintió con la cabeza.

–Y como castigo por dormirte tú limpiarás mi piso.

Eduardo volvió a asentir con la cabeza, y se marchó  por una escoba.

Yo miré el piso, me sentí triste pues esa casa había sido de mi familia por generaciones, tenía cuatro cuartos y alguna vez todos estuvieron llenos, hoy solo están ocupados por una simple cama, sus paredes de color amarillento, que hace décadas solían ser blancas, me dan un gran asco que me provoca salir corriendo, por eso es que rara vez las visito y si lo hago es para depositar algún objeto que ya no me sirva, una lavadora rota, tal vez una mesa o una silla que se quedó con únicamente tres patas. Pero además, hay que resaltar una grandiosa sala de estar, donde en los inviernos se encendía un fuego majestuoso y alguno, –quizá mi tío–, de mis parientes tocaba el piano, era uno de cola, totalmente negro y de una hermosura inigualable, cuyo sonido era tan perfecto que, en sus tiempos, llenaba la casa de bellas melodías.

La casa en su totalidad, apestaba a flores, mi abuela se encargaba de eso, plantándolas, o poniendo floreros delante de cada espejo y ventana, ahora esos detalles están únicamente en mi memoria… Ahora la casa es más vacía, más sucia y bueno, a mí no me importa y de hecho, me gusta vivir así, tal vez me lo merezco.

Ahora era una casa habitada solo por mí, y bueno, ahora Edu. Mi familia había ido separándose poco a poco, mis padres y tíos habían fallecido, algunos en trágicos accidentes que no vale la pena mencionar, otros por causas naturales, mi hermana se había suicidado y mi hermano estaba en algún lugar de Europa y ya no hablaba conmigo desde hace ya muchas décadas.

Me miré en el espejo y vi a un hombre mayor, con el pelo totalmente negro, pero que ya escaseaba, con una que otra arruga y con un mal temperamento que sobresalía en los ojos, pero de pronto había algo más. La cara de mi hermana apareció en el espejo, me sonrió, se rió un poco, –tal vez de mis pensamientos, tal vez de mi cara de viejo–, y desapareció, yo pensé por un momento que me estaba volviendo loco, luego me aseguré a mí mismo que solo era mi cabeza, que, tras pensar en toda mi vida, me mostró imágenes en el espejo.

Luego me calmé y a los minutos el hecho ya estaba olvidado.

Entonces llegó Eduardo con un trapeador medio húmedo y lo limpió todo, yo me marché a dormir, muchas cosas habían pasado ese día y estaba agotado.

Toda la semana salí y volví a casa, Eduardo ya no dormía y ya no había huellas en mi pasillo, todo iba tal y como yo lo esperaba. Pero un día, ese mismo mes, llegué a casa y Eduardo estaba aterrado, el pasillo volvía a tener huellas.

–¿Qué pasó? –le pregunté, pero él temblaba demasiado como para darme una respuesta.

Di unos pasos internándome en el pasillo, escuché risas, muchas risas, y eran extrañas, eran como un ruido ensordecedor, que parecía venir primero de derecha, luego de izquierda, de adelante, de atrás y luego de todos lados al mismo tiempo.

Pero las risas no estaban tan mal, porque a los pocos segundos se convirtieron en un llanto que hizo que me caiga de rodillas. Intente taparme los oídos con las manos, pero de nada servía, el ruido parecía estar en mi cabeza, y yo me volvía loco, intentaba moverme, pararme o hacer cualquier cosa, pero no podía.

Entonces Eduardo corrió y me sacó de ahí hasta el jardín. Ambos caímos en el pasto, sin importar que estaba mojado.

–¡La niña! –dijo él con notable temblor en su cuerpo, y posiblemente en su interior también, en su alma, el miedo lo tenía controlado.

–¡¿Qué niña!? –pregunté enojado, estaba cansándome de cuentos de fantasmas, aunque cada vez me parecían menos cuentos y más reales.

–Una niña apareció, era blanca, tan blanca como un cadáver, saltaba alrededor del pasillo, con cada salto dejaba huellas blancas, yo le grité: “¡¿Qué haces aquí?!”, pero mi pregunta no tuvo respuesta. Ella solo saltaba, y luego el piano empezó a tocarse, me acerqué a la niña, intente agarrarla, pero mis manos no pudieron sostenerla, fue como… como si en realidad no estuviese ahí.

Miró al suelo, luego volvió a mirar a mis ojos.

–Pero luego de llenar todo de huellas, como siempre lo hace, –continúo su relato– me miró, me miró fijamente a mis ojos, sus ojos eran color avellana, parecidos a los tuyos, pero con un toque más claro. Y de pronto se puso a reír, le pregunté qué le parecía tan chistoso.

Hizo una corta pausa, luego siguió:

–“Tú.”, fue su seca respuesta y dejó de reír, para empezar a llorar, el piano se volvió loco y empezó a tocar muchas teclas juntas, pero yo me acerqué a la sala de estar y no había nadie ahí. Luego la niña corrió hacia mí, pero desapareció y yo me quede sentado en mi silla, porque si me acercaba a esos asientos antiguos entonces solo escuchaba risas y llanto. Como a usted le pasó hace unos segundos.

–No me pasó nada. –dije con frialdad, no podía admitir tal barbaridad.

–Pero…

–¡Nada de peros! –Le dije y lo mandé a trabajar nuevamente, él, obviamente, se rehusó–. No puedes decirme que no, ¡soy tu jefe!

–Ni siquiera pagas bien… –susurró, ofendido y cambiando su tono servicial por uno más rebelde.

–¿Y qué tal si te subo el sueldo? –ofrecí.

–Mi esposa está enferma, necesito el dinero, pero creo que prefiero no ver esos fantasmas…

–No hay ningún fantasma, y además te lo duplico. –Sentencie con más seguridad de la que en realidad sentía.

Al ver que no había ninguna respuesta verbal alcé mi mano, el otro miró hacia un lado, como para evitar ver mi cara y alzó su mano para estrechar la mía, era un trato hecho.

Él volvió a su puesto, pero desde esa noche nada fue normal.

Me marché a dormir y el guardia a su silla. Esa noche soñé con ella…

Recuerdo bien ese día, caminábamos por una calle, en estos momentos no puedo recordar cuál. Pero puedo traer a mi mente un fuerte olor a comida, para ser más exactos, comida chatarra. Hamburguesas, salchichas, sándwiches, pizzas y miles de otras cosas más, cada lugar con su respectivo letrero luminoso. Ella andaba de mi brazo, pero yo andaba recto, de una manera fría, calculadora, completamente formal, pero ella… Ella era asombrosa, ella sonreía a todo mundo y todo mundo le correspondía su inocente sonrisa, ella andaba entre saltos y juegos. Miraba todo como si fuera la primera vez, y también como si fuera la última.

Yo, ¿qué podía hacer? Solo caminar, y un tanto avergonzado de mi hermana menor. Pero en verdad yo la amaba, entonces empezó a llover, yo le dije que deberíamos buscar refugio, me dijo que no. Que en realidad deberíamos quedarnos donde estábamos y disfrutar de la lluvia, era un día frío y obviamente yo no quería enfermarme, le dije en seguida que no. Me miró con esos ojitos hermosos, me pidió y me rogó que me quedara con ella bajo la lluvia.

Ya no había nadie en la calle, éramos los dos únicos locos, entonces acepté su propuesta. Ella con una sonrisa que hacía que todo valga la pena, empezó a saltar en los charcos, y en uno de sus saltos gran cantidad de agua llegó a mi ropa, yo la miré con fingido enojo.

¿Cómo alguien podía enojarse con ella?

Era simplemente absurdo hacerlo, pero para mí era imposible. Entonces yo salté en un charco, ¡yo salte en un charco! Fue la primera vez que lo hice y la última, y la viví así, lo disfrute desde lo más profundo de mi alma, y ella quedó totalmente mojada, su sonrisa creció de tamaño. ¡Me gritó que yo era un niño!
Y lo gritó con tanta alegría que no fui quién para negarlo, no pude hacerlo, simplemente no pude…

Pero mi sueño saltó de esa escena a una más desagradable:

Primero ella saltaba en el pasillo que ya tantas veces he nombrado, estaba casi exactamente como hoy en día, tal vez con más vida, más energía y alegría. Pues ella llenaba ese pasillo de amor, del verdadero significado de hogar. Pero fue en ese mismo pasillo donde se suicidó.

Con el tiempo ella empezó a dejar de ver motivos para vivir en todo lo que veía, se volvió más fría, tal vez aprendió de mí y me maldigo por eso. A todo empezó a verle lo malo, defectos por aquí y por allá. Nadie sabe en realidad por qué empezó a hacer eso, por qué cambió y se volvió más sombría, yo creo que fue por mi culpa. Pero me estoy desviando del tema.

Tanto en esos días como en el presente, y siempre desde que ha existido esa casa, construida por mi bisabuelo y mis abuelos, hay un balcón que da exactamente a ese pasillo.

En su época estuvo lleno de vida, mi abuela –honorable dama– solía poner miles y miles de plantas y árboles en él; pero con el tiempo se volvió lo que es: un lugar sombrío, que me da escalofríos al pensar en lo qué pasó ahí.

El balcón, para evitar caídas y hacerlo seguro, tiene una baranda, compuesta principalmente de rejas de madera. Antes olían a delicioso jazmín. Hoy, al igual que toda mi casa, solo huelen a polvo y vejez.

En una de esas barandas ella ató una soga, que era la misma que antes utilizábamos para saltar en el jardín.

Y ahí se ahorcó.

Yo lloré, sentí culpa durante meses, ya que ese mismo día, en la mañana, ella me pidió que la acompañe a dar un paseo por el parque, yo me rehusé, le dije que ninguno de los dos estaba para paseos en el parque, que eso era un desperdició de tiempo y que en realidad no valía la pena.

Se lo dije porque en realidad tenía una cita con mi amor, quien falleció meses después, dos días antes de nuestra boda en un accidente automovilístico, pero no hablaré más de eso... Mi punto es que yo simplemente debería haberle dicho a mi hermana la verdad, que iba a  salir con una chica, y que no podía. Así no la habría tratado tan mal, y si le hacía prometer que al día siguiente saldríamos, tal vez ella seguiría conmigo. Pero me dio vergüenza decirle la verdad, yo era y soy muy tímido, decirle a mi hermana que iba en una cita hubiera hecho que me ponga rojo como un tomate, y ella, posiblemente, me habría molestado el resto del día.

Pero le habría salvado la vida.

Aunque tal vez fue obra del destino, todo tenía que pasar así, o tal vez no, tal vez el destino no es más que otro absurdo. Nadie lo sabe, yo solo sé que está muerta.

Y me culpo y me culpo y me culpo mil veces por eso, y tal vez es por eso mismo que mi cabeza juega conmigo, haciéndome ver huellas, escuchar risas y llantos y el piano que ella tanto amaba, aunque nunca aprendió a tocar.

De repente desperté, un ruido extraño… Baje corriendo las gradas, el suelo volvía a estar lleno de huellas. Mi guardia roncaba como un oso, entonces entré en la sala, el lugar de donde provenía dicho ruido. Las luces estaban apagadas, pero en el centro del lugar, al lado de mi mesa de madera favorita había una especie de brillo. Un resplandor extraño que desde un principio llamó mi atención, entonces me acerqué a él.

Lo toqué, pero sin en verdad poder tocarlo, fue como atravesar algo, pero mi mente insistía en que en verdad sentía algo, y me miró. Era mi hermana, pero me daba la espalda, entonces se dio la vuelta y me miró directamente a los ojos, como cuando me pedía algo, y a esos ojos no les podía negar nada.

Tal vez en esa ocasión me pedía que no corra a por ayuda, y no lo hice. Al poco tiempo me sonrió y habló, habló con la voz tan dulce y melodiosa que tanto extrañaba. Con esa voz que yo tantas veces había escuchado, en momentos tristes, felices, momentos de enojo y hasta de amor. Una lágrima resbaló por mi mejilla, hace tanto que no lloraba…

–¡Ay hermano…! Sigues siendo tan predecible. –Yo al principio no pude creerlo y no respondí, pero mi imaginación no era tan fuerte, mi imaginación no podía crear tales cosas, entonces me animé y le respondí:

–Tanto tiempo…

–Tú –empezó ella a sermonearme, añoraba eso– siempre pensando en el pasado, en el tiempo que no nos vemos, no puedes vivir mucho en el presente…

–Te extrañaba. –Yo hablaba, pero era como hablar conmigo mismo, como dándome cuenta de que en verdad la extrañaba.

–Y me seguirás extrañando, no he revivido ni nada por el estilo. Solo vengo a decirte algo, para que vuelvas a tu vida, saliendo adelante, y así, puedas escapar de ese hoyo que te has cavado.

–¿Qué…? –mi voz era suave, interrumpida, mis ojos estaban muy abiertos, mis oídos muy atentos, mis mejillas húmedas por las lágrimas.

–Mi repentino cambió de humor fue tu culpa, siempre quise ser un poco más como tú. Te admiraba, obviamente la soledad en la que me sumí no ayudó en nada. Siempre deseé el cariño de los demás, especialmente el tuyo; mas de nadie lo conseguí.

Mis ojos se nublaron por la tristeza.

–Mi depresión también fue tu culpa. Y al final el suicidio. –Ella bajó su mirada–, o eso fue lo que pensé a un principio, pero luego de reflexionar me di cuenta de la verdad…

No sabía que decir en ese momento, viejas culpas llenaron mi alma, pero al mismo tiempo una luz de esperanza alumbró mi mirada.

–Hermano, yo he venido a decirte que no fue tu culpa, pues tuve mucho tiempo y tengo mucho más para pensar que en realidad fue mi decisión prestarte tanta atención, darte tanta importancia en mi vida, darte tanto poder sobre mí, y fue realmente relevante si tú lo ejercías o no. Y, solo te pido una cosa: vive en paz…
Entonces me abrazó y como si el aire se la llevará, desapareció. Nada volvió a ser normal. Llené mi casa de plantas, le di una buena limpieza y un sentimiento de amor y de alegría volvieron a llenar su lugar en mi hogar.

Ella nunca volvió, Eduardo se quedó trabajando conmigo, ahora definitivamente sin fantasmas y con su nuevo sueldo que lo mantenía activo y servicial todo el día, no sé qué hubiera hecho sin él.

Yo adopté una hija, la llamé como a mi hermana: Carla y a ella le enseñe a ver todo como  la primera y última vez. Ella fue quien llenó mi vida de felicidad y le agradezco profundamente por todos esos momentos en los que, bajo la lluvia, saltamos en charcos, hasta quedar completamente mojados…

lunes, 4 de mayo de 2015

Vínculo de sangre

Samanta Vargas


Cuarenta minutos a pie por senderos de tierra y espesa vegetación, cruzar el río en curiara cuando éste crecía su nivel, sortear los lodazales y caminar con una vara de madera en la mano para ahuyentar animales, era la travesía de la pequeña Nicte para llegar a la escuela primaria, en el último poblado indígena  en medio de la densa selva Chiapaneca. Con once años había logrado ganar las olimpíadas matemáticas del municipio, y mostraba las mejores calificaciones de su salón. Dócil, servil y carácter introvertido, de cabello azabache liso comprimido en sus trenzas, con pequeños ojos a cada lado de su gibosa nariz y envuelta en un remendado uniforme, era la diaria estampa para asistir al colegio federal de su comunidad.

Mientras tanto, al otro lado del continente, en un pequeño pueblo español cercano a la frontera con Portugal, una mujer hacía diariamente casi el mismo trayecto caminando las mismas distancias, el mismo destino: la escuela. Ese día, recibía la noticia de parte del director del instituto educativo donde laboraba:

 –Felicidades señorita Pérez, ya puede usted retirarse a descansar y tener una vida apacible, gracias por todos vuestros años de servicio, siempre abnegada y responsable, los alumnos la van a extrañar, dejará usted un gran vacío en nuestro colegio… tenga, aquí está su oficio –ella, con tono de sorpresa y voz entrecortada, contestó –¡mi jubilación!,… señor director, de ninguna manera, no tiene nada qué agradecer, sólo he sido una mujer afortunada, de esas pocas personas que trabajan en lo que les hace feliz, muchas gracias, cierro éste ciclo con nostalgia y a la vez con gusto porque como usted ya sabe, mis problemas de salud han comenzado a afectarme,  no es la misma energía de hace treinta años!. Al llegar a casa, sintió que las paredes se le venían encima, la soledad ahora sería infinita, sentirse útil y productiva la satisfacía, un sentimiento dual la embargó, la alegría de haber recibido el esperado trámite y al mismo tiempo, una extraña sensación de minusvalía, de ser menospreciada por ser “mayor” para el sistema, como si tener cincuenta y ocho años la incapacitara para seguir enseñando.

Transcurrieron las semanas y el ocio la desesperaba cada vez más, no sabía qué hacer con tanto tiempo libre. Una noche de insomnio, hipnotizada frente al televisor vio un documental sobre la cultura Maya, donde mostraban cómo los actuales descendientes de esa etnia luchaban contra las consecuencias de la modernidad para preservar su cultura y tradiciones, observó además la desestimación del gobierno local ante sus serios problemas de pobreza, nutrición y educación. Fue como una revelación, en ese instante Jimena Pérez eligió enrumbarse a América con la sólida intención de contribuir y mejorar aunque en mínima cuantía, la situación de los indígenas, haciendo lo mejor que ella sabía hacer, enseñar a los niños.

Nicte disfrutaba aprendiendo, siempre estaba ávida de recibir nuevos conocimientos, su mente era una esponja que absorbía todo cuanto leía, escuchaba u observaba, gozaba de gran memoria y capacidad deductiva. Sus padres, indígenas, se ganaban la vida como artesanos. La madre, Lupita, bordaba huipiles, manteles y cojines, con hermosas y coloridas figuras que representaban deidades, alebrijes y demás elementos mágicos de la cultura Maya, mientras que Iktan, el padre, los vendía en el mercado de la ciudad capital. Nicte siempre era alentada por su madre:

 –Estudia mucho mijita, no quiero que tengas la espalda doblada y las manos callosas como yo –a lo que la hija le contestaba –sí mamita, eso hago siempre…cuando sea grande quiero ser, ¡doctora de animales!   

Disfrutaba mucho yendo a la escuela, sin embargo, curiosamente, a finales de quinto de primaria, llegaba de la escuela con actitud callada, se encerraba en su pequeña habitación largo tiempo y salía con los ojos llorosos. Comenzó a padecer del estómago, se quejaba eventualmente de dolor en la región alta de su abdomen, y no era raro que Lupita se despertara en las noches escuchando a Nicte hablando dormida. Algo estaba sucediendo, la madre lo intuía, pero no sabía qué.

Una vez culminados sus trámites consulares para trabajar en otro país, emprendió su viaje trasatlántico, ese que sin saberlo, le cambiaría la vida para siempre. Mientras volaba contemplando el colchón de nubes, pensaba para sí:

–¡Qué gran emoción!, tengo la sensación de que voy a vivir experiencias inolvidables, sólo espero que el vacío y ésta silente tristeza que he llevado siempre en mi corazón por no haber tenido nunca marido ni críos,  se disipen con tanta tierra de por medio, necesito estar ocupada, tener una vida con propósito, darle sentido, vivir otras experiencias y conocer otras personas…creo que será interesante, al fin tendré ese cambio que tanto he necesitado, presiento que mis años de monotonía acabarán. 

Era víspera del verano y la señorita Jimena tenía el tiempo justo para conseguir un lugar donde vivir antes de iniciar el nuevo ciclo escolar. El cargo que había conseguido era para maestra titular de sexto de primaria en la escuela rural de Balam, un caserío inmerso en la espesura de la selva tropical, al cual se llegaba en vehículo rústico, a una hora de la ciudad capital del estado. Al llegar al pueblo, notó que sólo tenía cuatro calles asfaltadas, las que rodeaban la plaza central, donde estaba un enorme y frondoso ahuehuete, que daba una fresca sombra a los ocho pequeños bancos del lugar, donde solían sentarse sus habitantes a contemplar y conversar. Las demás calles, si se les puede llamar así, eran de tierra endurecida, aplanada por el paso de los constantes jeeps. Le llamó la atención los abrevaderos del lugar, desconocía que en plena modernidad de los tiempos actuales, los caballos y los burros continuaban siendo una opción de transporte en ciertos recónditos lugares. El olor a estiércol, tierra mojada y vegetación, se mezclaban predominando en el ambiente, asechado por moscas por doquier. Las pequeñas viviendas construidas en la periferia de la comunidad, estaban custodiadas por la elevada vegetación, árboles muy altos, diferentes y amontonados anárquicamente, de tallo grueso o angosto, palmeras, arbustos, todos entrecruzaban sus ramas y hojas, lo que impedía el paso si deambular por allí era la intención. Era un escenario intimidante y a la vez hermoso, de inmediato la extranjera entendió que debía disfrutar ese paisaje con prudencia, desde lejos.

Una austera y minúscula vivienda rural de una recámara rentó la española, que acondicionó para sus básicas comodidades, donde los únicos lujos eran un ventilador de techo y una hamaca, en la cual disfrutaba postrarse pies arriba, pues así lograba aliviar el dolor y la inflamación de sus várices, tantos años trabajando de pie habían hecho estragos en su circulación. Ya instalada, se dedicó a recorrer el pueblo, necesitaba familiarizarse con la nueva geografía, le parecía fascinante ver las pequeñas casas pintadas de colores alegres, con sus habitantes sentados en el porche simplemente contemplando la tarde, conversando, sin las prisas y afanes de una ciudad europea, disfrutaba la afabilidad y buena disposición de la gente, su humildad y generosidad. Una de sus anécdotas favoritas fue sin duda conocer el mercado, todo un choque sensorial, los olores a chile, tortilla y aceite quemado de las fritangas típicas, todos combinados al mismo tiempo,  ver el colorido de las frutas tropicales, frescas y expuestas sin anuncios seductores como “¡oferta!, Mango Americano a 5 Euros el kilo”, eran en conjunto, una experiencia asombrosa y placentera. Lo único que verdaderamente le costaba asimilar era el clima. Atrás quedaron las bufandas, las faldas de lana y los sacos de “tweed”, el calor húmedo podía llegar a ser agobiante, de tal suerte que acostumbrarse a la ropa de algodón, ligera y de escasa tela, le costó un poco, el clima la obligaba a un código de vestimenta nuevo para ella, como dejar al descubierto parte de sus siempre ocultos y abundantes pechos. De estar habituada a bañarse solo tres veces por semana durante el invierno europeo, ahora tendría que ducharse dos veces al día de rigor porque el trópico de ese lugar así la obligaba, −¡Madre mía, nunca había sudado tanto en mi vida! –fueron sus quejas los primeros días. Se preparó con dedicación a estudiar los libros de texto de primaria del nuevo país, aprendió en menos de dos meses a comer los crujientes chapulines y gusanos de maguey, así como los grasosos y muy picantes tacos de jabalí, tamales de iguana, caldo de chipilín y demás expresiones gastronómicas propias de la zona. El saber cómo viven, qué comen, cuales son sus tradiciones, valores morales y sociales, la ayudaría a entender más la nueva sociedad en la que se estaba sumergiendo. A finales de agosto, la señorita Jimena ya se sentía lista para comenzar a trabajar en la escuela pública de Balam.

Durante las vacaciones escolares Nicte dejó de hablar entre sueños, se mostraba de nuevo alegre, con la mirada limpia y actitud entusiasta, ayudaba a su madre a cortar, confeccionar y a bordar una que otra figura sencilla, mientras conversaba con ella. Su madre sintió alivio al ver de buen ánimo nuevamente a su única hija, −las vacaciones le sentaron bien a mi niña –pensaba Lupita.

Y llegó el día, Nicte iniciaría sexto grado, aunque le emocionaba la idea de volver a la escuela por su gusto natural de aprender, sentía un debate interno que revelaba el oculto y paradójico rechazo a la misma. La señorita Jimena se presentó en el salón para conocer a sus nuevos alumnos, sus palabras de bienvenida al grupo estaban llenas de emoción y alegría, pero poco le duró el buen humor y el entusiasmo a la nueva maestra, quien, debido a su acento español plagado de letras zetas, el argot castizo, el ahorro de fonemas y la velocidad de articulación de palabra le valieron para que un grupo de niños del salón se rieran de ella toda la mañana, al tiempo que alegaban no entenderle nada. Concientizar que el castellano que hablaba era diferente al de los niños, era una idea que la desconcentraba, nunca había tenido la necesidad de traducir en simultáneo su vocabulario, así pues, no le quedó otra opción sino esforzarse por hablar más lento, completo y pensar antes de expresar sus ideas. No solamente se burlaron de su manera particular de hablar, sino que el pequeño grupo de irritantes pubertos se burlaban de los gruesos tobillos de la española, las medias panty para comprimir sus várices, de la complexión robusta, a la vez pequeña,  y de sus coloridas pañoletas que acostumbraba a usar en el cabello. No era difícil que pasara inadvertida la maestra extranjera.

Una semana tardó la señorita Jimena en advertir las capacidades de Nicte, siempre cumplía con sus tareas y al pasar al pizarrón su participación era garantía ilustrativa del deber ser. A pesar de las diferencias culturales y las dificultades de comunicación, treinta años de experiencia docente comenzaban a dar sus frutos allí, en ese nuevo escenario. Los maravillosos dibujos y esquemas que plasmaba la maestra, la manera práctica de hacer mas fácil el entendimiento y comprensión de temas complicados, hacían que los niños iniciaran un nuevo sistema de aprendizaje. Nicte estaba feliz, sentía una especial admiración y respeto por la nueva maestra, pues era muy sabia, decía la niña. La señorita Jimena disfrutaba corrigiendo los exámenes y demás actividades de quien ya era su alumna favorita. Al transcurrir  los días, la maestra Jimena comenzó a quejarse de que el tiempo no le rendía durante la clase, pues tenía que repartirse entre enseñar y arbitrar los constantes conflictos y riñas que sucedían de manera rutinaria, generados por el ya conocido e incómodo grupo de alumnos, los mismos de siempre. Tres niños eran los que constantemente lanzaban bolitas de papel impregnadas de saliva a Nicte cada vez que ella alzaba la mano para contestar alguna pregunta durante la clase, lo que siempre ocasionaba la molestia de la maestra y su consecuente regaño a los victimarios. Durante las siguientes semanas, ya ningún alumno se atrevía a participar por miedo a las agresiones de los molestos alumnos. La maestra habló con el grupo de niños amenazándoles con un severo castigo de no deponer su actitud hostil hacia las niñas y en especial, contra Nicte. Al parecer, no fue suficiente. Un día, a media mañana y en medio de una clase de ciencias, uno de los niños, el líder, colocó sobre el hombro de Nicte una iguana de unos veinte centímetros causando la inmediata reacción de sorpresa y susto de la niña, a pesar de los gritos y sacudones de mano que le propinó al animal para ahuyentarlo, éste se trepó hacia su cuello y apretó sus pequeñas mandíbulas en el pabellón auricular izquierdo de la niña, logrando arrancarle un pequeño trozo de piel y cartílago. El escenario era perturbador, Nicte lloraba y gritaba de dolor agarrándose su oreja ensangrentada, la iguana escapaba con terror y se escurría rápidamente en el piso del salón, la maestra Jimena gritaba mientras se debatía entre auxiliar a la niña lastimada o salir huyendo pues siempre la espantaron los animales silvestres, los niños se reían de su macabra travesura, mientras el pupitre, el suelo y el cuaderno de ciencias de la víctima estaban llenos de sangre. Pasado el susto, el desastre y la confusión, la niña fue llevada al ambulatorio médico del pueblo, siendo atendida por varios días, quedándole una irremediable muesca en su oreja. La maestra Jimena estaba furiosa, frustrada e impotente, no sabía qué hacer con Cuautémoc, el niño agresor. Citó a sus padres a una junta escolar, donde se llevó la sorpresa de escuchar cómo su progenitor se reía orgulloso de las ocurrencias de su hijo y festejaba lo ocurrido, celebrando la creatividad de su criatura. Llevó su voz de denuncia a oídos de la directora del plantel sin obtener ningún resultado, tan sólo una suspensión de una semana como supuesto castigo después de semejante acto. Esta experiencia hizo pensar a la maestra Jimena, la obligó a detenerse, analizar, recalibrar sus conceptos y parámetros de respeto, buenas costumbres, éxito, virtud, lo bueno, lo malo, y adaptarlos a ese nuevo grupo social donde todo al parecer, tenía otra lectura de valores, y los problemas se arreglaba con golpes, palos y piedras.  Nicte fue sentada al extremo opuesto del agresor, y aun así siempre continuaban sucediendo situaciones adversas que mantenían un ambiente de tensión durante las clases, la maestra Jimena estaba siempre alerta, siempre estresada. Un día, durante el recreo, Nicte fue al baño, sin darse cuenta que la estaban siguiendo Cuautémoc y sus dos compinches, entró al retrete y justo allí las tres cabezas de los niños se asomaron por debajo de la puerta logrando observar con morbo y maldad la semi desnudez de la niña, quien gritó y lloró por su pudor pisoteado, indignada, ofendida. Una vez los voyeuristas estuvieron fuera del baño, la señorita Jimena tuvo que ir a sacar a la niña quién había decidido negarse a salir de la vergüenza que sentía.

−¡Esto no es posible, estoy harta de éste crío malcriado y perverso, no me interesa lo que me diga la directora, solucionaré ésta situación de una puñetera vez! –dijo la maestra enfurecida, quien sintió además una enorme resonancia al ver sufrir a Nicte por un ultraje a su intimidad, tal y como a ella misma le había sucedido reiteradamente cuando era niña por uno de sus tíos.

Una tarde se presentó en la casa de Cuautémoc, era imperativo hablar con sus padres con firmeza, y solucionar ésta terrible situación de una vez por todas.  Apenas quedaba un leve resplandor del puesto sol. Jimena tocó la puerta, una, dos, tres veces, nadie abrió, sólo alcanzó a escuchar música autóctona a alto volumen, caminó por el sendero lateral de la pequeña vivienda para llegar al patio trasero abierto y permeable, una vez allí, sin ser descubierta, pudo ver a través de una ventana cómo el padre golpeaba al niño con un fuete en sus piernas y glúteos,  mientras éste, amarrado a una silla de madera y bejuco, sin pantalones ni calzoncillos, lloraba clamando clemencia:

−¡Ya pá, ya no me pegue más, me duele… aayyy, aaayy… no lo vuelvo a hacer, se lo prometo! –sollozaba el niño sometido, a quien se le podían ver marcas recientes y antiguas de lesiones en su piel.

La maestra Jimena, horrorizada no sólo atestiguaba cómo el hombre torturaba salvajemente a su propio hijo, sino además, la madre, silente y pasiva, se limitaba  a observar la dantesca escena. De pronto, del alto follaje saltó un enorme sapo croando posándose sobre uno de los pies de la maestra, ésta dio un brinco hacia atrás soltando un contenido pero audible grito. De inmediato se apagó la música, el hombre miró con enojo y curiosidad hacia la ventana descubriendo entre la penumbra el rostro de la maestra. Ella trató de salir de ahí, pero su volumen, peso y dolor varicoso no le permitieron caminar a paso acelerado, siendo interceptada en la calle por el padre del niño quien salió rápidamente de la casa. Éste, la tomó por el brazo muy fuerte diciéndole en tono amenazante y con aliento a pulque:

−Chiiito maestra, chiito, usté no dice na´ porque usté no vio na´… no se meta en lo que no le importa vieja metiche, yo le pego a mi hijo hasta que se me hinchen los huevos, cuidaíto pues, ya sabe cómo le va a la gente que no me obedece –Jimena, paralizada de miedo y sin decir palabra, lo observaba a los ojos aguantando la náusea que le producía su repulsivo olor, forcejeó liberando su brazo y salió huyendo despavorida.

Al día siguiente, la maestra estaba perturbada aun por lo que había descubierto, sin embargo, ahora todo tenía sentido, el círculo del odio estaba presente, ahora ya no sabía cómo tratar a Cuautémoc, quien vivía en la ambigüedad de ser victimario de Nicte y víctima de su propio progenitor. La maestra no sabía si aconsejar o reprochar al niño por sus acciones, al fin y al cabo, su conducta era producto de su violencia doméstica, ahora lo entendía. Nicte, había decidido no acudir a la escuela durante esa semana, sentía miedo, tristeza, pena, paranoia. La maestra Jimena decidió entonces visitar la casa de Nicte para persuadirla de reintegrarse a la escuela, y para ello, el argumento que hizo decantar la decisión de los papás de la niña, quienes no deseaban que acudiera nuevamente  a la escuela, fue el voluntario ofrecimiento de la maestra de acompañar a Nicte a su casa después de la salida, sólo así accedió a regresar. Su madre estaba asustada, preocupada, su padre, furioso, con ganas de arreglar el asunto como lo había aprendido de su ascendencia maya: al ojo por ojo, diente por diente. Transcurrieron tres meses y el ambiente dentro del aula de clases era de una tensa calma, la maestra Jimena observaba con escrupulosa atención la conducta de Cuautémoc, al tiempo que protegía de más a Nicte, quien ya había mostrado signos de deterioro académico, su apatía y timidez eran notorias, sus calificaciones cada vez más bajas. En varias oportunidades la maestra intentó conversar con el niño para tratar de ayudarlo, pues ya sabía del infierno y el terror que padecía al llegar a su casa.  Cuautémoc se mostraba agresivo, prepotente, cerrado y resistente a recibir cualquier ayuda posible.  En uno de esos fallidos intentos, el padre de Cuautémoc a la hora de la salida, observó desde la calle cómo la maestra Jimena trataba de conversar con el niño, lo que causó su desaprobación y molestia. La semana siguiente, Cuautémoc y su padre esperaron e interceptaron a la maestra Jimena quien acompañaba a Nicte en el trayecto a su casa, y súbitamente, el hombre amagó a la mujer, la tiró sobre un matorral, se abrió la bragueta rápidamente mientras ésta observaba descubriendo con terror sus intenciones, gritaba presa del pánico dándole instrucciones a la niña para que escapara y pidiera ayuda, pero fue infructuoso, Cuautémoc, obedeciendo e imitando a su padre, hizo lo mismo con Nicte.

−¡Bájate el pantalón cabrón, ya es hora de que te conviertas en hombrecito! –le ordenaba en tono agresivo e imperativo a su hijo. Éste, dudó, estaba aterrado, sometido, y en el minúsculo instante de conflicto interior, Nicte ventajosamente desde el suelo, lanzó una patada certera en su entrepierna dejándolo arrodillado de dolor. La niña logró escapar y corrió hacia su casa, mientras la maestra Jimena luchaba con el cuerpo sudoroso y maloliente sobre ella, el hombre soltó los brazos de la mujer hasta ahora inmovilizados contra el suelo, para poder levantar su falda, encontrándose con el inesperado obstáculo de las ajustadas medias panty, y así, con sus brazos sueltos, la maestra Jimena acertó propinándole varias cachetadas violentas a mano abierta aprovechando la lucha entre el hombre y su prenda de vestir,  con una fuerza desconocida por ella misma, logró zafarse justo en el momento en que llegó Iktan, el padre de Nicte quien,  machete en mano, le dio un par de golpes en la espalda y uno en la cabeza del agresor, dejándolo tirado, ensangrentado pero consciente. Al cabo de unos minutos, llegaron efectivos de la policía local, quienes se limitaron a prestar auxilio a la maestra, pues según ellos, era tan sólo una riña entre indígenas sin mayor trascendencia, algo habitual, decían. La maestra, al intentar denunciar lo ocurrido, fue aconsejada por el mismo personal policial quienes le advirtieron que eso, no sólo no ayudaría a solucionar sino empeoraría la situación, los indígenas tenían fama de violentos y revanchistas. Ahora era Jimena quien no quería salir de casa, ensimismada, lloraba y se lamentaba en silencio el haber viajado hasta ese lugar que solo le había traído desgracias. Después de una semana, la maestra Jimena y Nicte se reincorporaron al colegio, para tratar, con mucho esfuerzo, de llevar una vida normal, pero no fue posible. Cuautémoc ya no asistió más, y la atmósfera en el salón era de pesadumbre y curiosidad por lo sucedido, los niños y demás maestros, murmuraban. Jimena estaba afectivamente aplanada, hasta la compasión a los demás la había abandonado, sus clases ya no tenían el entusiasmo de antes.

Al llegar la primavera, comenzaron las torrenciales lluvias. Acudir a la escuela era toda una desafiante aventura, calles enlodadas y los riachuelos secos eran caudalosos canales de agua que obstaculizaban la llegada a cualquier lugar. Una noche de tormenta, pasadas las once, mientras remendaba una vieja blusa, la maestra Jimena escuchó que tocaban a su puerta, se levantó de la cama atendiendo al llamado, y al abrirla, descubrió al padre de Cuautémoc allí, frente a ella, mojado por la lluvia, borracho, con la ropa rota, sucia y salpicada de sangre:

−¡Con su permicito gachupina! –dijo con su atropellada y torpe palabra. Abriéndose paso, empujó a la mujer contra la pared haciendo golpear su cabeza contra la misma, ocasionándole una transitoria obnubilación,  la cual aprovechó el hombre para tomarla por su cuello y apretarlo cada vez mas fuerte, Jimena no podía respirar ni gritar, su desesperación y sus fuerzas estaban llegando a su fin, con el último aliento, recordó que aun tenía las tijeras en la mano derecha, y con la más absoluta certeza, decidió enterrarlas en el abdomen de su victimario acertando en el flanco izquierdo hasta que su puño topó con la piel morena del sujeto.

−¿Pero que hiciste vieja maldita, me apuñalaste? −gritaba el hombre, al tiempo que soltaba la garganta de Jimena dando dos pasos hacia atrás, y ésta, inhaló una gran bocanada de aire para recuperar su estado de alerta y energía.

−¡Espero que te vayas al infierno maldito, que acabe tu miserable vida, para que nos dejes en paz de una vez por todas! –alcanzó a decirle Jimena con la voz ahogada. Había atinado en el bazo y el sangramiento incoercible brotaba a través de su herida punzo cortante en medio de los dedos de su mano, el agresor a penas alcanzó a dar dos pasos más para tratar de huir, cuando un mareo lo hizo desplomarse, y ahí, postrado en el suelo le imploraba ayuda a la maestra, quien, poseída aun por el espíritu de la justicia propia, le decía:

−¡Así te quería ver desgraciado!… ¿cuantas veces lastimaste a tu propio crío?…¿a cuántas mujeres has violado?… ¡no mereces vivir maldito gilipolla!

Observando pasivamente como se le iba escapando la vida a ese ser humano, se quedó insomne, paralizada, echada a un lado del cuerpo hasta que amaneció. Mientras llegaba la policía, la española cayó en estado de auto contemplación, se observaba a sí misma y no creía  lo que acababa de hacer, había arrancado la vida a otro ser humano, y aun así, no sentía culpa, eso la horrorizaba, la desconcertaba, no sé reconocía, nunca imaginó siquiera que el destino la colocase en un escenario donde la única opción fuese sacar su lado mas obscuro, una fuerza interior hasta ahora desconocida por ella, una extraña sensación de paz la invadió, se sentía poderosa, omnipotente, dueña de su propia vida y más responsable que nunca de sus decisiones… la metamorfosis moral se había consumado. Ahora sí, el cuerpo policial tomó su declaración en la escena del crimen, mientras le contaban que el ahora occiso, había asesinado a los padres de Nicte una hora antes de acudir a esa, la casa de la maestra. La señorita Jimena fue llevada al Ministerio Público donde el fiscal asignado sentenció que había sido en legítima defensa propia quedando por lo tanto libre de todo cargo. Al salir de los tormentosos procedimientos legales, quiso saber qué había sido de la pequeña Nicte, encontrándose con la noticia, que la huérfana estaba en resguardo del gobierno en una casa hogar para ser adoptada. Jimena, hizo un enorme esfuerzo por dejar a un lado el espantoso recuerdo de la perturbadora escena, y sin pensarlo, decidió ir en busca de la niña para darle el hogar que necesitaba, no había dudas, esa niña y ella estaban destinadas a estar juntas, así lo sentía dentro de su corazón. Cuando fue a visitarla, alumna y maestra se fundieron en un abrazo largo, apretado, silente y muy sentido, ambas lloraron, tal vez por la tragedia compartida, la tristeza infinita,  por saberse abusadas y solitarias en éste mundo. Muchos eran los vínculos que ahora las unían. Un mes duró el proceso en el cual se le entregó en adopción legal la niña Nicte a la visitante española.

Con muchos tropiezos y adversidades, culminó ese año escolar, la maestra Jimena hizo enormes esfuerzos para cumplir con su labor, esa que tanto quería y disfrutaba, mientras que Nicte, logró acabar el curso de sexto de primaria como una estudiante regular sin ninguna calificación destacable.   

La niña se fue a vivir con su madre adoptiva a quien veía con admiración, cariño y respeto sincero desde el día que se conocieron.

Pensando en el bienestar de ambas, y con el fin abrupto de su misión en tierra americana, Jimena decidió marcharse a su país para reiniciar una vida llena de nuevas oportunidades, colores, contrastes, sabores y costumbres para su niña. Sabía que había mucho que sanar, pero la disposición y el amor que le profesaba eran garantía de que así sería. Era ahora la pequeña indígena quien conquistaría la madre tierra.


Jimena, la osada e ingenua maestra de primaria, tuvo que cruzar medio planeta para vivir el terror del acoso y el peligro a la muerte cercana, descubriendo a través de ello su valentía, enorme temple y coraje… tuvo que matar para renacer y redescubrir en sí misma la apagada luz de la maternidad, esa que la vida le había negado y que ahora, brillaba desde el fondo de su corazón hacia una niña, a quien la vida unió con lazos de sangre… derramada.