miércoles, 14 de agosto de 2013

El loco burgos

Dennis Armas


A la vagancia, al ocio, al vicio, a la lujuria y a todas esas cosas que hacen bonita la vida…

 
Marco Zegarra monta guardia muy nervioso, mientras que su amigo Adrián Burgos palanquea con su navaja la tapa de combustible de un carro.

Marco no tiene idea de lo que su amigo intenta hacer, pero sabe lo impulsivo que es cuando se enfrenta a algo que considera injusto. Además, sea lo que sea lo que Adrián pretende lograr, parece peligroso, da la impresión de que ambos pronto tendrán que salir corriendo, y Marco, a diferencia de su compañero, no está en forma.

¿Pero qué pretende  ahora? -piensa Marco- ¿No podemos estar una noche sin meternos en problemas?

Tan solo la noche anterior, saliendo de sus clases de la universidad, se habían ido los dos caminando por una calle poco transitada. Adrián estaba antojado de una gaseosa por lo que ambos entraron a una pequeña y conocida bodega. En su interior un señor era atendido. Adrián Burgos se colocó detrás de él y educadamente espero su turno. Una de las cosas que Burgos más detestaba era cuando llegaba algún sujeto de la calle, y en vez de respetar fila, empezaba a gritar por encima de los demás, pidiendo las cosas que quería que la tendera le alcanzase, como si las personas delante de él fueran meros obstáculos que lo incomodaran. Eso no lo toleraba y ya había tenido alguna que otra pelea por esa razón.

El cliente delante de ellos ya tenía sus pedidos y solo esperaba que le diesen su vuelto.

La bodega estaba muy bien surtida, pero el espacio era reducido. Los productos se encontraban abarrotados en  tres enormes vitrinas-congeladoras, una a la izquierda y dos más a la derecha, esto hacía que uno se sintiese en un túnel hecho de envases de yogurt, latas de atún, botellas de gaseosa y cien artículos más de diversas marcas. Incluso la tendera tenía cosas apiladas a su diestra y siniestra, dejándole solo una estrecha ventana por donde despachar las cosas.

Adrián abrió el congelador de su derecha y sacó una Coca Cola. Se distrajo un poco mirando la gran diversidad de productos colocados a su alrededor. Toda la tienda tenía un olor medio dulcete característico de las bodegas, y en el fondo, detrás del mostrador, se podía oír un televisor transmitiendo una telenovela.

De pronto, una señora de unos cincuenta años de edad, delgada y con el pelo teñido de castaño entró a la bodega y tocó a Adrián en el hombro diciéndole:

-Con permiso…

Adrián Burgos giró su delgado cuerpo para ver quién le hablaba, y al hacerlo, la señora se colocó delante de él con la mayor naturalidad del mundo, y en vista que ahora era la próxima en la fila, empezó a hacer sus pedidos con todo el derecho que le confería el haberse colado.

Marco se quedó atónito y enseguida miró a su amigo. Adrián permaneció desconcertado por unos segundos, como si no creyese lo que acababa de ocurrir, pero luego se convirtió en la viva imagen de la furia contenida. Apretaba los labios tanto que se escuchan los dientes chasquear y la vena de su sien, la que siempre se le nota cuando se enoja,  estaba tan gruesa como una lombriz de tierra; sus puños se cerraron con tanta fuerza que a Marco le pareció que la botella de gaseosa que sostenía en la mano derecha se rompería en cualquier momento. Justo cuando parecía que iba a estallar, se fue relajando poco a poco, hasta que toda la ira se convirtió en apenas un suspiro.

Tal vez  el hecho de que fuese una mujer mayor la que le había robado su lugar en la fila y no un hombre, hacía que, quizá por caballerosidad,  Adrián se resignase a esperar.

Y esperó.

Esperó a que la señora pidiese los artículos que necesitaba.

-A ver, a ver… -decía la mujer contemplando perezosamente la mercancía ubicada en los stands detrás de la tendera- dame… dame… un rollo de papel higiénico..., no, mejor dos rollos de papel higiénico, a ver… qué más… que más…  ¡ah ya sé! ¿Tienes hotdog de pollo?

-Sí, sí tengo -respondió la tendera.

-Ya, dame un paquete de hotdog de pollo… ¿pero es Laive, no?

-No, solo tengo de San Fernando.

-¡Uuuuy! ¿No tienes Laive?

¿¡Acaso estas sorda carajo!? Ya te han dicho que no hay  -pensó Adrián para sus adentros.

-Hotdog Laive no tengo, solo San Fernando -repitió la dueña de la bodega.

-Bueno, -dijo la vieja- dame un paquete de hotdog, y un sobre de mostaza, un litro de yogurt, detergente también…

La tendera le pasaba todo lo que le pedía. Los productos se fueron acumulando sobre el mostrador.


-Mmm… eso sería todo -concluyó la mujer ¡Ah! Dame también doscientos gramos de queso fresco.

La dueña de la bodega caminó lentamente hacia los quesos, cogió uno grande, lo partió con el cuchillo y lo colocó sobre la balanza para pesarlo.

Marco notó que Adrián Burgos empezaba a dar pequeños golpecitos con el pie, mientras se jalaba mechones de su larga cabellera como si quisiera arrancárselos disimuladamente.

Finalmente la tendera le dio a la señora todo su pedido junto con su vuelto. Adrián y Marco dieron un suspiro de alivio. ¡Por fin había terminado! ¡Tanto esperar para pagar una gaseosa! No había sido justo, pero a veces, por caballerosidad, uno tiene que aguantarse algunas cosas.
 
 
 Pero la mujer no se fue, después de haber recibido su vuelto se apoyó en el mostrador y empezó a comentarle a la tendera:

-Te cuento que mi nietecito ya aprendió a ir al baño solito, solito ya va al baño.

-¿Ah sí?  Mira pues -respondió la dueña de la tienda.
-Sí, de verdad. Primero tenía miedo, pero ya tiene cinco años…

-¿Cinco años ya?

-¡Uy sí! Fíjate que rápido pasa el tiempo ¿no? Apenas ayer era un bebito chiquito y ahora ya va al baño solo, sí mira, te cuento que el otro día yo…

Era obvio que para aquella mujer Adrián y Marco eran solo dos maniquíes que la tendera había puesto ahí para que el negocio parezca lleno. O tal vez pensaba que eran un par de huevones a los que les gustaba ir a pararse ahí sin hacer nada.

Adrián Burgos ya no se pudo aguantar.

-¡Vieja puta! -le dijo mientras metía de vuelta la gaseosa al congelador.

La tendera se quedó muda. La señora aludida volteó enseguida solo para verse frente a un sujeto de cara larga y con look grunge que atentaba contra todos sus valores estéticos.

-¡¿Oiga joven qué le pasa?! ¡Qué grosero es usted!

-¡Y usted es una conchuda! -le respondió Adrián sin dudarlo un instante- Primero se cuela en la fila y luego se pone a conversar como si nada.

-¡Oiga!

-¿A quién le importa si su nieto ya se limpia el poto?

-¡Las damas son primero! – replicó la vieja indignadísima.

-Las damas son primero –remedó Adrián- ¡Esto no es el Titanic, es una bodega!

Ambos amigos salieron de la tienda y la vieja se quedó quejándose, escandalizada y ofendida por el insulto.

Los dos muchachos caminaron un par de cuadras en silencio. Eran cerca de las once y cuarenta de la noche, hacía algo de frio y la calle se veía prácticamente vacía, solo el lejano pito de algún guachimán rompía el silencio. Marco notó que su compañero estaba un poco más tranquilo, por lo que le dijo tímidamente:

-Oye Adrián, me parece que te pasaste un poco con la señora…

-No. No es la primera vez que debo soportar la conchudez de una mujer. Son “damas” solo cuando les conviene. Y peor cuando les das un carro.

-Oye, nos digas eso, estás hablando como machista.

-¡No es machismo! -dijo Adrián tajantemente- Ayer, justo ayer, me pasó algo con una mujer en una minivan.

-¿Qué te pasó?

Adrián dio un largo resoplo y dijo:

-Me encontraba en Barranco, caminando por una vereda. Esa calle estaba llena de casas y edificios residenciales. Yo regresaba de almorzar. Iba tranquilo fumándome mi cigarro, cuando de repente escuché la sirena de un garaje, ya sabes, esas alarmas que tienen las casas pitucas y que suenan cada vez que se abre la puerta de la cochera, con luces y toda la vaina.  A dos metros delante de mí se empezó a levantar el portón, así es que caminé despacio pensando que el carro saldría rápido.

Del interior del garaje salió una empleada con un niño en brazos y se colocó a un costado, luego empezó a emerger en reversa una minivan conducida por una mujer. Me quedé parado en la vereda, esperando a que termine de salir para yo poder seguir mi camino, pero en vez de eso, la mujer se plantó en medio de la acera con carro y todo y le exigió al niño que le diera un beso volado.

A ver un besito, besito volado -le decía. Pero el niño no le hacía caso, así es que la mujer le insistió: besito, oye, dame un besito volado, besito volado, pero el niño ni la tos. No hacía caso. La ignoraba por completo. Oye, fulanito, dame un besito volado, besito volado, a ver, un besito  El niño estaba distraído viendo a dos gallinazos en plena faena sexual y no le daba la gana de hacerle caso a la mujer, la que no paraba de pedirle un beso volado. ¡Y mientras tanto yo tenía que estar ahí parado como un cojudo esperando a que la señora retire su carro de la vereda para yo poder pasar!
 
-Pero… ¿por qué simplemente no rodeaste la minivan? -preguntó Marco.

-¡No pues Marco! ¡Así no es la cosa! ¡Así no es! Yo como peatón tenía todo el derecho a caminar por la vereda. No tenía por qué rodear el carro de esa pituca idiota. Por respeto, me quedé esperando un rato. Pero la mujer no se iba a mover hasta que el pendejito ese le diera un beso volado. ¿Tú crees que a ella le interesaba un bledo que yo esté ahí parado como un estúpido esperando a que ella se dignara a mover su camioneta? ¿Tú crees que le importaba? -Adrián hizo una breve pausa y luego continuó- ¡Le importaba un carajo que yo esté ahí! Lo único que le importaba era que el niño hiciese lo que ella quería. Nada más.

-¿Y qué hiciste?

-Me bajé a la pista, rodeé la minivan y luego ¡MUAC!

-¿Muac?

-Sí, ¡MUAC! Rodeé la camioneta como quién no quiere la cosa y en el último segundo le zampé un beso en la boca. 

-¿¡Qué!? -dijo Marco burlonamente- No puedo creerte.

-Pero eso es lo que ella quería, ¿no? Quería un beso. Como el enano de mierda no se lo daba, se lo di yo.

-No puede ser. ¿Y la mujer qué hizo?

-Gritó, tosió humo, escupió y yo me fui. Ya no me importa si se trata de un hombre o de una mujer, ambos pueden ser conchudos por igual ¿Por qué entonces tengo que poner en su sitio a uno y perdonar al otro?  
 
 
Marco se puso a pensar, no compartía el sentir de su amigo, pero lo entendía. Eso explicaba porque había sido tan grosero con la señora de la tienda. Pero incluso entonces se había aguantado un poco, pero esa vieja también se había pasado…

-¡¿Ves?! ¡A esto me refiero! -chillo Adrián alzando la mano derecha en señal de indignación.

Marco salió de sus cavilaciones de inmediato y vio que frente a ellos estaba estacionado un carro con toda la parte delantera bloqueando el paso. El conductor se había subido a la vereda metiendo la nariz del vehículo a lo ancho del camino, obligando a cualquier peatón a tener que rodear el auto.

-Ya Adrián, tranquilo, calma -se apresuró a decir Marco- Nunca vas a poder escarmentar a todos los conchudos, la ciudad está llena de ellos. ¿Qué pretendes? ¿Estar peleando por el resto de tu vida?

Adrián Burgos no contestó. Se quedó mirando el carro sin conductor. Parecía reconocerlo. Lo rodeó sin decir nada y se detuvo a examinarlo.

-Deja el carro en paz -le insistió su amigo- no quiero problemas.

Pero Adrián no decía nada. Tenía los labios apretados y se sacaba conejos de los dedos.

-Adrián…

-No haré nada en este momento, pero mañana en la noche regresaremos por este mismo camino -dijo de repente.

Reanudaron su caminata dejando el carro atrás. Marco le aconsejaba que cualquier cosa que estuviera tramando la olvidara, que no valía la pena. Pero Adrián Burgos no volvió a tocar el tema ni hizo nada, hasta la noche siguiente, tal como había dicho.
 
Ahora Marco se encuentra siendo cómplice pasivo de algo que no puede detener.      Ambos se hallan en el mismo sitio, junto al mismo carro cruzado sobre la vereda. El dueño tiene la mala costumbre de dejar su auto bloqueando el camino todas las noches y ya es hora que Adrián haga algo al respecto, algo que le ganaría el sobrenombre de “El Loco Burgos”.

Mientras Marco vigila, Adrián logra abrir la tapa del tanque de combustible del carro. Un torrente de nervios invade a Marco cuando ve a su amigo meter un trapo por la entrada de gasolina, dejando sobresalir una parte de la tela a modo de mecha. Enseguida saca de uno de sus bolsillos un pequeño recipiente con alcohol y empapa la punta del trapo para después prender su encendedor.

-¡Adrián! ¡Por Dios! ¡No lo hagas! ¡No lo hagas!

Pero ya es demasiado tarde. Adrián ya ha prendido la improvisada mecha y dice:

-¡Corre!

Marco empieza a correr detrás de su amigo como nunca lo había hecho antes. Al doblar la esquina puede ver por el rabillo del ojo un fulgor amarillo naranja, pero no puede detenerse. Siguen corriendo como dos atletas compitiendo por la medalla de oro.  Hasta que escuchan una explosión cuyo estruendo se extiende por el aire haciendo sonar las alarmas de todos los autos estacionados fuera y dentro de las viviendas.

-¡Detente! -le ordena el Loco Burgos a su amigo.

Ya han avanzado unas tres cuadras, pero aun así pueden ver el resplandor incandescente por encima de los techos de las casas que dejaron atrás. Marco esta horrorizado, pero Adrián apenas puede disimular su euforia.

-¡Ahí tienes! ¡Ahí tienes! -dice emocionado lanzando golpes al aire, como azotando a un enemigo caído.

-Adrián. ¿Qué has hecho?

-Algo bueno -responde sonriente sin dejar de contemplar con satisfacción el resplandor del incendio.

Luego, con una sonrisa diabólica dibujada en la cara, mira a Marco y le dice:

- Vámonos, pero sin prisa, hagamos como que no sabemos nada.
 
Adrián Burgos no es de jactarse, pero no podrá evitar contarle su hazaña a algunos compañeros; sin embargo, la historia es tan increíble que muchos no le creerán, y los que lo hagan tendrán sus dudas. Mas será suficiente para que empiece a difundirse el  rumor de que hay un tipo en la facultad de electrónica con quien es mejor no meterse; está medio chiflado, dicen que voló un carro y le gusta pinchar las llantas de las combis que se atreven a cobrarle un sol veinte.

Restos del velero

Marcela Royo Lira


       Amanece. Las embarcaciones dejan de ser sombras. A nuestras espaldas, los cerros de Valparaíso con sus casas afirmándose unas con otras. Matías me pasa el porro. Aspiro. Trago gotas de rocío. Tengo la piel húmeda, la ropa pegada al cuerpo. Eduardo, con esos ojos de perro apaleado que pone cuando quiere salirse con la suya, nos había pedido que le cediéramos algunas horas la habitación con vista a la bahía que arrendamos por el fin de semana. Lo noté, como pocas veces, entusiasmado con la gringa, la conoció en el pub donde comenzamos la noche. Por eso, Matías y yo, estamos congelándonos sentados en la escalinata de cemento que conduce a las lanchas donde pasean a los turistas por la bahía.

─Cuando niño papá me traía en los veranos. Nos subíamos a esa que está allá atrás. La de nombre “Chela”  ─le cuento a Matías y se la muestro con el dedo, pero no responde. A veces olvido que no conoció al suyo y no tiene recuerdos para compartir.

    En uno de esos silencios que se producen cuando las personas se  frecuentan a menudo, le pido que me cuente un relato de los que él escribe cuando está borracho. Son extraordinarios. Distinto a los poemas en prosa que recita para enamorar a las muchachas. Su voz somnolienta, pastosa, emerge de la claridad donde ya no podemos ocultarnos  y rompe la monotonía. Un perro se acerca, creyendo, tal vez, que tenemos comida.

─Esta historia es sólo de Matías y mía  ─mascullo y lo corro de un manotazo. Luego, pongo atención:

 Sobre cubierta un hombre solo. No ha dormido en toda la noche ─comienza Matías y ahoga un bostezo─. Sus brazos lacerados tras un forcejeo de tormenta. Sin instrumentos perdió la cuenta del tiempo, sólo en su mente que ya…

        ─¿Qué pasa, Matías? Sigue con tu historia. Quiero saber más del hombre solitario en el velero. Excelente íncipit. Lo sabes.  ¡Ah! Conozco tus borracheras. Debí esconder la botella de ron. Terminaré yo el cuento. Eduardo dijo que abriría la ventana para indicarnos que podíamos subir.

Mi voz rompe la mañana.  

Flota en el aire una fragancia tenue enredada al aroma salobre, pero no sabe definirla, continúo con entusiasmo la historia. El murmullo del mar le atiborra los oídos, la mente, la sangre. No logra pensar con claridad. El monótono oleaje, el golpeteo de las olas en la madera, sus manos adoloridas, laceradas, la flojera de las piernas. Le urge salir de allí. Hubo un antes, está seguro. Sin embargo, no consigue recordar, es como si hubiese nacido al fragor de la borrasca y ésta, mala madre, lo abandonara a su suerte. Abre los ojos inmensos.  Debe reconocerse en ese cuerpo tirado en la cubierta... Si sólo pudiera acordarse. La claridad de la mañana desvaneció lo que había creído divisar durante la noche: unos arrecifes y la esperanza de que alguien lo viera. Trata de incorporarse. El sol le danza en los ojos. Tiene deseos de fumar.  Por un segundo se visualiza en un bar con un grupo de hombres. Fumaban y bebían, no distingue quienes eran. Desea con ansias una botella de ron. Sentir cómo el calor lo quema por dentro y le da las fuerzas que necesita. En los restos del velero no hay nada que pueda ayudarlo. Comprende de golpe lo infinitamente desvalido y pequeño que es el hombre.   Algo se le quiebra muy dentro, tornándolo temeroso como un infante ante el sinfín que lo rodea. Debe tranquilizarse, ordenar sus ideas. Buscar un recuerdo que lo sostenga. Respirar bajo el sol quemante que siguió a la tempestad.

            Escucha el motor de una lancha, por más que intenta ubicar el lugar de donde viene no lo consigue. Sólo mar y cielo. Aislamiento. Silencio. El vaivén lo va adormeciendo. El sol vertical lo abrasa. Tanta agua a su alrededor y no puede beber ni una gota. Siente la garganta seca. La piel bañada en sudor. Se le acalambran las piernas. Voltea la cabeza, vomita salpicando su ropa. En la cintura, el frío metal de un cuchillo. Cae en modorra.

         Cuando abre los ojos tiene la impresión que lleva años sobre la cubierta de esa embarcación. Si hasta se palpa la barba y los cabellos crecidos, las uñas como garras de un animal. Ni siquiera vale la pena llorar, murmura. Cree que lo dice alguien más allí con él. Por eso, grita: ¿Qué? nadie le responde.

            Se sintió inmensamente solo.

         El sol desciende en intensidad. La brisa acaricia su piel ampollada. Intenta pensar. Saber qué hace en el velero. Tal vez, si se moviera. Si pudiese ponerse de pie, coger el timón, avanzar hacia alguna parte.

            Entonces,

       En el instante en que trata de incorporarse creyó ver dos manos asomadas en el borde. Las observa, incrédulo. Temeroso. Restriega sus ojos, vuelve a fijar la vista en esas garras, de un color verdoso, que avanzan ágiles, como si quisieran alcanzarlo y adueñarse del resto del velero. Con la poca fuerza que le queda coge el cuchillo y lo deja caer sobre ellas. Le confirman la vieja creencia entre los hombres de mar en una antigua leyenda asiática.

            Una semana después, un ballenero japonés recoge los restos de una embarcación. Encuentran sobre la cubierta el cadáver de un hombre. En la borda una sustancia viscosa adherida a la madera llama la atención de los marineros. Días atrás, en otro barco a la deriva, habían visto algo similar. Uno de ellos retrocede aterrorizado:

─ Mocos de Godzilla  ─grita. Y los demás retroceden temerosos del peligro que corren en los mares del dios de las iguanas mutantes.

Como la vez anterior, escriben en el informe que el muerto no portaba documentación. Luego, le  prendieron fuego a lo que quedaba del velero, fieles al estricto código del silencio, dentro de la cultura asiática, en lo que se refiere al monstruo.

       ─ Despertaste, Matías ─exclamo, interrumpiéndome─. Terminé el cuento que habías comenzado hace un rato. Creo que me dejé llevar por la película que  vimos el sábado. Vieras la atención con que escuchaba el perro, si hasta en una ocasión en que ladeó la cabeza creí que aportaría lo suyo.  ─río a carcajadas, pero mi amigo, atrapado quizás en qué sueño, se queda mirando el horizonte.

─Eduardo debe haberse despedido de la gringa. La ventana está a medio abrir ─agrego mirando hacia lo alto.

─¡Ah!  ─digo, poniéndome de pie─. Se acabó la fiesta. Te tomaste todo el ron de la última botella y ¡mira tú la mala suerte! la botillería que nos fió ayer acaba de cerrar por duelo. Entramos en ley seca.

martes, 13 de agosto de 2013

La Infantita Bellita

Silvia Alatorre Orozco


Carolina escucha el crujir de las baldosas del pasillo, sabe que su cuñada se dirige a visitarla, rápidamente esconde bajo la cama una revista en la que señaló con crayón rojo varios anuncios en los que lee:

“Caballero sincero y trabajador busca joven honesta y cariñosa, fines matrimoniales”

En los últimos cuatro años ha sostenido este tipo de correspondencia, ilusionada de que por este medio encontrará marido, sus romances nunca llegan a buen fin ya que cuando los “caballeros” pretenden conocerla, termina la relación pues las fotos que les envía no pertenecen  a ella, porque se consideraba una vieja quedada y poco atractiva, sin embargo durante el intercambio epistolar su corazón ha latido apasionadamente y con la fantasía de ser deseada. 

Cuando Sonia abre la puerta la ve arrodillada y postrada ante la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, la interrumpe y entrega en sus brazos a la pequeña Felipa.

La vieja casa colonial en que viven perteneció a los padres de Carolina, es el corazón de la hacienda; un gran patio central en donde destaca la fuente labrada en cantera es circundado por habitaciones de altos techos sostenidos por viguería, los cuartos son oscuros, se  iluminan únicamente a través de las bellas puertas de madera con vidrios biselados; al fondo está el gran comedor, en donde un multicolor vitral resplandece en su interior, en su exterior se ve la banca que por años ha permanecido ahí.

Su padre, Don Pancho era un hombre acaudalado y respetado en la región, le llamaban “el patrón”; las tierras de este latifundio estaban destinadas a la siembra de trigo; cuando el grano se cosechaba lo almacenaban en trojes.

México pasaba por tiempos difíciles, eran los inicios de la revolución, los insurrectos se sublevaban tomando poder sobre el gobierno, la gente vivía angustiada e intranquila; pero Francisco no temía a estos alborotadores ya que contaba con un ejército propio formado por algunas decenas de sus trabajadores, armados y con órdenes de disparar a todo aquel que se acercara a su feudo.  Era un hombre ambicioso, especulaba vendiendo la semilla a precios altos cuando este producto escaseaba en la región; su mujer, Doña Cuca era una joven, ingenua y lo amaba enormemente, madre de dos hijos: Carolina había cumplido siete años y Agustín el menor de cinco.

Era medía noche cuando llegaron los revolucionarios a la hacienda, violentamente mataron con fusiles y machetes a los adormilados trabajadores que cuidaban el lugar, el griterío, los balazos y el relinchar de caballos despertó a la familia. Pancho corrió aun descalzo hacia los silos, seguido por su esposa y la pequeña Carolina, en tanto el hijo menor, asustado, se escondió bajo su cama;  “el patrón” pistola en mano y con voz autoritaria les vociferaba:

- Bola de cabrones muertos de hambre, no saben a quién se enfrentan, soy Francisco Iriarte, dueño y señor de este lugar… a plomazos acabare con todos ustedes- y elevando más la voz continuó- no permitiré que ningún desgraciado, hijo d…

No acabo de terminar la frase cuando cayó acribillado a balazos frente a los ojos de su mujer, ella se lanzó al suelo y abrazándole como enloquecida le clamaba:

- ¡Pancho… Pancho no te mueras… no nos dejes!

Refregaba la cara en el cuerpo inerte y bebía la sangre que a borbotones brotaba de las heridas:

La niña, aterrada, cubría su carita entre la ropa ensangrentada de su madre mientras escuchaba como los bandidos vaciaban las trojes.

El lugar quedó desolado y desamparado por lo que el padre de Don Francisco intervino, se hizo cargo de la familia y de las tierras.

Desde la muerte de su marido, Doña Cuca quedó trastornada de la mente. 

Bolso en mano y arreglada cual si fuera a la iglesia se sentaba en la banca fuera del comedor y le decía a Carolina:

-Córrele muchacha, súbete al tren que tu padre nos espera.

Y la pequeña zarandeaba la silla y emitía sonidos simulando los del tren:

-Chucu… chucu.. cho… chucu…cho – mientras tanto su madre dormitaba.

 En cuanto se despabilaba  le decía a la chiquilla:

-Córrele… vamos a verlo.

Y esta rutina se repetía varias veces durante el día.

Más de una vez Caro cayó al suelo convulsionándose, cuando las criadas le informaron al abuelo de esta situación  el hombre solo comentó:

- Denle bien de comer a esta chiquilla, de seguro se desmaya por el cansancio de menear la banca.

En cuanto Alberto fue lo suficientemente responsable para hacerse cargo de la hacienda, el abuelo se retiró; pocos años antes Doña Cuca había muerto de pulmonía, ya que una fría noche de invierno sentada en el patio aguardaba la llegada de su marido, no permitió que nadie la movieran de ahí, la cubrieron con cobijas y a pesar de eso enfermó gravemente y falleció.

Alberto se casó con Sonia, una chica  chismosa y desobligada; por su parte Carolina anhelaba contraer matrimonio cuanto antes o sería la tía solterona y esa última idea la atormentaba; fue en ese entonces cuando a través de la revista buscaba marido. 

Por las noches siguió presentando aquellas convulsiones que la atacaron de niña; Sonia se percató de ello y lo comentó con las amigas y la gente del pueblo, que asustados le dijeron:

- ¿Está poseída por el diablo?, mejor llévala con el padre Filiberto.

Este la roció con agua bendita, y le colgó medallas de San Benito para ayuntar al maligno, pero nada de eso le ayudaba a mejorar, por lo que el clérigo le preguntó a Sonia:

- ¿Blasfema y maldice mientras se convulsiona?

- No… no padre, no dice nada y después como si despertara de un sueño pregunta: ¿qué me pasó? y se pone a rezar.

- Pues entonces, es que tiene conexiones celestiales. 

Y desde luego Sonia le comunicó a todo mundo lo que decía el cura.

Caro conoció en el pueblo a Julio, un agente viajero que distribuía medicinas en las boticas de la región, se gustaron  y él la visitaba con frecuencia. Una noche lo invitó a cenar para presentarle a su familia, desgraciadamente la joven cayó en una crisis convulsiva; con el fin de alivianar el momento Sonia le comentó al chico las palabras del cura, pero Julio de sopetón les soltó:

- Lo que tiene Caro se llama epilepsia.

- ¿Y eso es malo?- pregunto Alberto.

- Pues sí y no- contestó Julio- con medicinas se puede controlar, pero no deberá casarse pues les heredara ese mal a los hijos.

Caro que ya se había recobrado escuchó el comentario y en ese instante su mundo de fantasías se derrumbó, de pronto se vio convertida en la tía solterona destinada a cuidar sobrinos; para  Sonia esa noticia fue motivo de alegría pues tendría de por siempre nana para sus hijos, ya esperaba a su cuarto bebe.

Nació una hermosa niña,  con tez rosada, grandes ojos azules y cabello rubio ensortijado, sonreía de tal manera que embelesaba a todos aquellos que la veían; la llamaron Felipa.

La obsesión por casarse y tener hijos fue la causa por la que Caro distorsionó la realidad en que vivía; tejía cobijitas para bebé y bordaba pañales que acumulaba en su ropero; fue por eso que en cuanto tomó en sus brazos a la recién nacida, pensó que esa era la hija que tanto esperaba recibir; y debido a que Sonia se debilitó muchísimo después del parto, la criaturita quedó a su cuidado, consiguió una nodriza para alimentarla y colocó la cunita en la recámara al lado de su cama; como el nombre de Felipa no le gustó, le llamaba Bella o Bellita.

Sonia se recuperó pero se desatendió totalmente de ella y también de los demás hijos a los que dejó a cargo de las criadas;  pasaba la mayor parte de su tiempo chismeando en el pueblo.

Caro ya era madre de una nena por lo que suspendió la correspondencia epistolar con los “novios”. Y recordando aquello dicho por el cura:

- Tiene conexiones celestiales.

Le hacía creer a la gente que de verdad tenía comunicación con seres divinos, un buen día les dejó saber:

- La Virgen me ordenó que Bellita  represente al niño Dios en el nacimiento de la parroquia, en esta Navidad.

Sonia no tenía interés por opinar al respecto; las beatas y el cura dieron su aprobación  y Caro sacó del ropero los pañales de seda que años atrás había bordado. Los fieles admiraban la hermosura de Felipa, por lo que por dos años representó ese papel. La tía aprovechó esa situación y dejó correr la idea de que Bella era milagrosa y la chismosa de Sonia corroboraba esa información. 

Cuando cumplió tres años pasó a ser el ángel que custodiaba el pesebre. Su hermosura era tal que a los once personificó a la Virgen María. 

Carolina era inmensamente feliz al ser la madre de Bellita; la bañaba, peinaba su pelo y le diseñaba preciosas túnicas para que luciera lindísima; en el patio de la casa armó un altar con el retrato de la niña y lo convirtió en un espacio sagrado, a donde la gente veneraba a la “Infanta Bellita”, le agradecían y solicitaban milagros, le llevaban flores y veladoras.

A los quince la muchachita enfermó, el médico dio su diagnóstico: problemas hormonales. Su hasta entonces bella cara se cubrió de granos y subió de peso hasta convertirse en una jovencita rechoncha y nada atractiva, motivo por el cual, Caro ya no permitía que la gente la viera; y les hizo saber que por disposición de la Virgen, la milagrosa Infantita permanecería enclaustrada en oración, y su imagen se trasladaría a la parroquia para que en ese lugar fuera reverenciada. 

La tristeza invadió a Carolina, ya no podría lucir a la Infanta ante la gente, por lo que lloraba y abrazaba a Felipa prometiéndole que nunca se separarían; sus ataques epilépticos eran más frecuentes ya que por sus ocupaciones religiosas había dejado de tomar las medicinas; ahora más que nunca necesitaba que la joven permaneciera a su lado. 

La muchachita obedecía totalmente a la tía, no protestaba ni opinaba nada, así era la costumbre en esa época, nunca se contradecía a los mayores. 

El padre Filiberto gustoso aceptó el traslado de la imagen de Bellita a su parroquia, ya que con eso incrementaría sus ingresos.

Alberto se alarmó al ver tan mal a su hija por lo que llamó a un prominente médico de la capital y este confirmó el anterior diagnóstico y agregó:

-  Este mal se corrige, siguiendo el tratamiento que les voy a indicar, en pocos meses la muchachita recobrara la salud y la belleza- y continuó- Don Alberto, en tiempo no muy lejano esta niña  estará lista para casarse y convertirlo en feliz abuelo. 

Al escuchar al galeno, Carolina se alarmó terriblemente, y se decía:

- Bellita no puede casarse… tiene que estar conmigo de por vida... no me dejará.

Una noche en vez de los fármacos recetados  por el doctor, Caro le dio a la sobrina una bebida preparada con raticida, misma que ella también tomó.
Por la mañana las encontraron muertas y abrazadas, nadie las pudo separar por lo que las metieron dentro del mismo ataúd.

El padre Filiberto colocó sus restos en una capilla dedicada expresamente a la milagrosa  Bellita, y solicitó al Vaticano su beatificación.

Eran tantos los peregrinos que visitaban a la “santita” que fue necesario ampliar el atrio de la iglesia y construir una tienda en donde se vendían imágenes de la niña vestida de Niño Dios, rosarios y reliquias.

La parroquia se convirtió en la más importante y rica de la región, el cura se compró un auto para viajar a pueblos cercanos y vender estampitas y oraciones especiales que según decía, la Virgen  había dictado a la madre de la “Infanta Bellita”.

viernes, 9 de agosto de 2013

Amalgama

Violeta Paputsakis


Era un frío día de invierno, esa noche había nevado como hace muchos años no ocurría. Lua estaba de vacaciones en el colegio y al levantarse la sorprendieron las calles y los árboles blancos que aparecían desde el ventanal de su habitación. Luego de observar el espectáculo unos minutos sentada en la cama, se vistió y caminó los escasos pasos que la separaban de la cocina. Mientras desayunaba, no podía evitar espiar de reojo por el pequeño espacio libre que dejaban las cortinas y que le permitían ver los copos cayendo incesantemente sobre el jardín. Era una niña alegre e inteligente, que no sentía su discapacidad como un impedimento y lograba sobreponerse a las dificultades que a diario surgían.

Lua había sufrido un accidente automovilístico a los siete años que casi la deja inválida, luego de dos operaciones y tres años de rehabilitación, alcanzó recuperar parte de la movilidad de sus piernas, aunque según lo dicho por los médicos necesitará siempre un andador para transportarse.

Sentada en la pequeña mesa, junto a su madre y sus hermanos, mira su taza de cereales mientras piensa en terminarla lo antes posible. Esa es la última semana de las vacaciones de invierno y la nevisca le da una nueva perspectiva a una jornada que parecía iba ser igual a la de los últimos días. Entre las paredes de una casa que le resulta cada vez más pequeña disfruta al pensar que podrá dejar de lado la rutina de ver televisión acostada en el sillón del living, leer en cama, observar el viento que mueve las hojas desde la ventana de su habitación y aprovechar el tímido sol de medio día sentada en el jardín.

-Lua yo ya tengo que ir a trabajar, podés salir a jugar con la nieve, sólo te pido que le hagás caso a tu hermana y no se queden mucho tiempo afuera, hace demasiado frio y después te vas a enfermar –explicó Elsa con esa cara de preocupación que la niña conocía y que la hacía ver mucho mayor que los treinta y nueve años que tenía.

-Está bien mamá –asintió mirando su anguloso rostro y esas finas líneas que comenzaban a surcarlo.

-Silvia por favor cuida a tus dos hermanos, no te vayas a la casa de María, sé que vive aquí al lado, pero no podés ir, sos la mayor y tenés que estar al tanto de ellos, si ella quiere puede venir y ven televisión o lo que tengan ganas.

-Si mamá –dijo con vos molesta la adolescente.

-Yo no me voy a ningún lado mamá, voy a jugar en la nieve con lu y a cuidarla, claro –adelantó dani, el más pequeño de la familia, que con sus seis años se consideraba el hombre de la casa.

Elsa le sonrió con ternura, terminó su desayuno y salió a enfrentar un nuevo día de frio. El invierno era duro, hace semanas que las temperaturas estaban bajo cero y el pequeño supermercado en el que trabajaba de cajera, no tenía las condiciones para apaciguar las gélidas jornadas.

Desde hace casi tres años que seguía el mismo recorrido cotidianamente, levantarse muy temprano y entrar a trabajar, volver a medio día a casa a cocinar lo más rápido posible para poder descansar un poco y regresar a cumplir su horario de la tarde. Su ingreso era el único de la familia y no podía darse el lujo de cumplir menos horas. Ese dinero, junto a los escasos pesos del seguro por fallecimiento que todavía guardaba, era todo el capital con que contaban. El principio de la nueva vida sin Javier fue muy difícil, dani apenas tenía tres años y Lua estaba en la etapa más difícil de la recuperación, lo que no le dejaba otra opción que llevarlos a que los cuidara su madre a diario, luego buscarlos pasando antes por la escuela de Silvia. Ahora, al menos, los chicos eran más grandes y asistían al mismo colegio, Silvia ya era una adolescente de quince años que podía ayudar con el cuidado de sus hermanos, aunque no le agradara mucho la tarea.

Esa mañana de julio, mientras caminaba al supermercado y los copos de nieve golpeaban su rostro y su cuerpo, Elsa no pudo evitar rememorar la vida que dejó atrás con el accidente. Recordaba que esa fue la última nevada, que Javier y Lua volvían de la escuela a casa a buscar el disfraz de dama antigua que había olvidado poner en el auto y que la prisa hizo que su marido no advirtiera el asfalto escarchado, perdiera el control del vehículo y chocara de frente con un colectivo.

Si bien Elsa no pudo ver el incidente, tantos años juntando los retazos contados por Lua y la imaginación que la torturaba, lograron que viviera el momento como en una película en cámara lenta. Javier aparecía en primer plano, su cuerpo atrapado, sangre, desesperación, miedo y dolor en su rostro. Hasta había creado el instante en que le daba la mano a Lua, le decía que no se preocupe y cerraba sus ojos para despedirse de este mundo. Evocaba luego las horas que tuvieron que pasar para que lograran rescatar su cuerpo entre el metal aplastado y como llevaron a su pequeña en una ambulancia con sus piernitas destruidas. Escondida entre las frazadas se culpaba cada noche por lo ocurrido, preguntándose por qué se había olvidado de poner ese maldito disfraz en el auto esa mañana. Ver a Lua luchando con ese andador, siendo observada por todo el mundo, sin poder hacer lo que hacen todos los niños de su edad, le partía el corazón.

En ese instante, unas calles atrás, la niña ríe a carcajadas tirando copos de nieve a su hermano y tratando de evitar los que él le arroja. En un santiamén son nuevamente cómplices en el armado de un muñeco de nieve, dani pone dos de sus bolillas de vidrio como ojos y un trozo de rama les sirve de nariz. Al terminar la tarea, acomodan a su nuevo amigo en un costado del jardín y responden al insistente llamado de Silvia que les dice que ya es hora de entrar a casa.

Su hermana está sentada en el sofá con la televisión prendida pero con una mirada ausente. Lua se acomoda a su lado, apoya el rostro en su hombro y la abraza intentando entrar en calor, mientras Daniel reclama el control remoto.

-¿Estás bien sil? -le pregunta la niña.

La joven la mira sin sorprenderse, sabe que Lua tiene la capacidad de percibir las emociones de las personas y sobre todo las de ella. Observa sus rizos color miel perfectamente armados, su rostro armonioso, sus labios colorados por el frio y sus ojos celestes que parecieran contener toda la sabiduría y pureza del cielo en la mirada, una punzada le atraviesa el corazón como cada vez que recuerda que esa hermosa niña nunca más va a poder caminar por su cuenta. Sus problemas pasan a no tener importancia siempre que ese pensamiento llega a ella.

-Si lu, estoy bien, ¿qué me puede pasar a mí?, veamos la tele, ya no pensés cosas raras.

Cuando llegó Elsa ese medio día, Lua ayudaba a su hermano menor a practicar escribir, estaban sentados en la alfombra del living junto a la estufa. Se llevan muy bien y la niña es la que tiene más paciencia para enseñarle cosas nuevas. Aunque era muy pequeño cuando ocurrió el accidente, Daniel padeció durante esos años las difíciles circunstancias de la vida familiar, eso lo convirtió en un chico disperso y con problemas de aprendizaje. A diario se apostaban juntos y Lua volvía a explicarle lo que habían visto en la escuela, era un momento especial para ambos.

Silvia en cambio, era una típica adolescente, con mil cambios en su cuerpo, con dudas y preguntas sin respuesta, con la angustia de hacerse adulta, a lo que se sumaba la historia de su hogar.

Esa tarde Lua decidió visitarla en su habitación, ella al escuchar las ruedas del andador acercándose por el pasillo se secó las lágrimas y se concentró en el libro que tenía en sus manos. La niña se sienta en la cama y le pregunta con voz dulce:

-¿Es por papá no?, ¿la nieve también te trajo recuerdos a vos?

-¿Y a quién más? –confesó resignada luego de un minuto de silencio.

-A mamá, ¿no la viste en el almuerzo?, estaba pérdida tres años atrás.

Como ocurría casi siempre, Silvia se asombró de la madurez con que su hermana de diez años lograba afrontar las cosas, habiendo tenido que vivir el accidente, ver como moría su padre y quedado prácticamente inválida.

-¿Y vos cómo hacés para sobreponerte lu?, a mi me cuesta tanto, me falta papá y siento que tuve que hacerme grande demasiado rápido, tengo un montón de responsabilidades, no puedo salir con mis amigas a divertirme ni nada. Igual eso es poco comparado con lo que te pasó a vos, a veces creo que no llegás a entender lo que significa. Lua respondió sus dudas con una amplia sonrisa que desconcertó más aún a su hermana.

-Si lo entiendo sil, no puedo hacer un montón de cosas pero sí otras tantas. Todos en la escuela me miran raro y hasta ustedes a veces se apiadan de mí y mi futuro, pero yo no dejo de pensar que me dieron la oportunidad de seguir viviendo y no la quiero desperdiciar. Va a haber cosas que no pueda hacer pero eso no significa que tenga que sufrir o amargarme, a mucha gente le pasa lo que a mí o peor y no por eso se tiran ni nada. Además, ¿cómo podría ayudar a mamá si me pasara los días lamentándome?

-Cada día te admiro más hermanita, perdóname si a veces te miro raro, lo hago sin querer -le dice Silvia. La charla termina con un largo abrazo y una sesión extra de cosquillas y carcajadas.

El frío no menguó en todo el día, al llegar la noche Elsa abre la puerta arrastrando tras de sí un aire helado que enfría cada rincón del hogar. Trae la tradicional caja de pastillas de dormir para el mes. Lua la sigue con la mirada mientras las guarda en el botiquín del baño y rememora el sin fin de excusas que les dio su madre cuando comenzó a comprarlas. Elsa advierte sus ojos y busca escapar del momento reclamando a sus hijos por tener la casa desordenada.

-Yo no puedo con todo, ustedes se pasan el día aquí sin hacer nada y yo tengo que llegar cansada del trabajo y ponerme a limpiar y cocinar, ya estoy harta de esta vida –su voz comienza a subir cada vez más de tono y se convierte en un grito desaforado que termina con un ataque de llanto.

Se arrodilla en el piso y comienza a lagrimear mientras su cuerpo se mueve espasmódicamente y los sollozos le quitan el aire. Daniel y Silvia se miran asustados sin saber qué hacer. Lua camina lo más rápido posible hasta donde se encuentra su madre, deja el andador a un costado y se sienta como puede junto a ella abrazándola, sus hermanos la imitan, todos tratan de tranquilizarla con palabras cariñosas y promesas de portarse bien. En un momento Elsa levanta el rostro y mira a Lua sorprendida

- ¿Qué dijiste lu?

- Que no estés triste má, que te queremos mucho y todo va a estar bien.

- Yo te escuché que me llamabas mi damicela hija, ¿de dónde sacaste eso? –pregunta Elsa molesta.

- No mamita yo no dije eso, te lo juro –le responde la niña con ojos asustados.

- Está bien lu, no te asustes, sólo espero que no estés hurgando entre mis papeles, sabés que no me gusta. Ahora vamos a comer que se enfría la comida.

Esa noche antes de dormir, Elsa comprueba que el baúl de su habitación está perfectamente cerrado, saca la pequeña llave de donde la guarda, lo abre y toma un grupo de cartas envueltas con una cinta roja. En el sobre puede leerse con una letra prolija: A mi damicela de su caballero. Elsa sonríe mientras acaricia la tinta y se pregunta si habrá creído escuchar esas palabras de boca de Lua. Seguramente los recuerdos de hoy me hicieron imaginarlo o quizás necesitaba oírlas, se dice, ninguno de los niños sabía que Javier y yo solíamos llamarnos así. Lee algunas de las cartas mientras llora y sonríe en silencio llenando su corazón de los hermosos momentos que compartió junto a su amor, descubre asombrada que hace tiempo que no lo evocaba así.

Lua, mientras tanto, vacía en el baño el frasco de pastillas de dormir de su madre y las reemplaza por unos analgésicos que si bien se ven iguales sólo sirven para calmar el dolor de cabeza. Es la rutina mensual y la hace sin que nadie lo advierta, convencida como en la primera ocasión, que Elsa no necesita esos medicamentos que lo único que lograban era que esté zombi durante todo el día y que casi consiguen alejarla de ellos.

El primer año luego del accidente, Elsa tomaba varias de esas píldoras a diario, decía que era lo único que la tranquilizaba. Una noche Lua se despertó de madrugada asustada e inquieta, decidió ir a dormir con su mamá y al entrar en la habitación la encontró tirada en el piso, inconsciente. Desesperada llamó una ambulancia e hizo acudir a sus hermanos con gritos angustiados. Nunca supo si su mamá intentó suicidarse o simplemente se excedió con las pastillas, no quiso preguntárselo, tenía miedo de la respuesta. A pesar de todo lo vivido o quizás como consecuencia de ello, la niña agradecía y disfrutaba de cada segundo.

Esa, como cada noche, se acuesta con una sonrisa en los labios, reviviendo la mirada de papá fija sobre la suya, vaciándose dentro de ella y sus labios diciendo sus últimas palabras: no tengas miedo lu, va a estar todo bien, yo siempre voy a estar señalándote el camino, nunca voy a dejarlos solos. Esos recuerdos se entremezclan con otros lejanos que parecen historias de otra vida, se ve como un hombre joven abrazado a una mujer, caminando una tarde lluviosa, ambos se refugian luego en un pequeño alero que no alcanza a cubrirlos, él se quita la campera y la posa en los hombros de ella, dando calor a un cuerpo que entre risas comienza a tiritar. Siempre voy a estar junto a vos para cuidarte mi damicela, jura a su amada una voz que para la joven es inconfundible.

Abrigada entre las colchas siente a su padre como cada instante, viviendo dentro de ella, dos almas unidas en un solo ser.