jueves, 2 de mayo de 2013

La alianza perdida


Juan Carlos Camacho Leyton


El viejo e ilustre local del Club de Arequipa está situado  en la primera cuadra calle Álvarez Thomas, a pocos metros de la Plaza de Armas. En el hall principal de estilo neoclásico con piso de mármol  y columnatas que sostienen los balcones del segundo piso se organizaron los socios para el registro. Se había convocado a una asamblea general para dar cuenta de la gestión y de paso elegir a la nueva directiva.  En la fila, Ernesto se encontró algunos amigos a los cuales saludó con cortesía. Ya entrado en la cincuentena, años atrás había sido gerente de la sucursal de un banco, luego promotor de una escuela de inglés y ahora dirigía una empresa consultora. Era un hombre de esmerada educación  que había dedicado su vida al trabajo profesional y también viajado por el mundo. De figura aún atlética, con una calvicie creciente que aparentaba una tonsura, se sentía algo incómodo en su traje azul por el calor de la noche de verano y las cuitas que oprimían su corazón.

Su matrimonio con Clara luego de veintidós años había llegado a su fin. El cansancio y las diferencias de caracteres habían hecho su trabajo erosivo y en ninguna de las dos partes hubo un intento serio de arreglar las desavenencias a tiempo o de someterse a una terapia de pareja.  “Somos como el agua y el aceite” -le había dicho Clara-.  Al final la relación estalló en medio de una reunión de su familia política en Lima, ciudad a la que viajó Ernesto con el único propósito de hacer las paces con Clara, obteniendo el efecto exactamente opuesto. Habían procreado dos hijos, Rosina, de veintiún años, estaba a punto de acabar sus estudios universitarios de bioquímica y en vísperas de viajar becada a Francia para hacer un posgrado; y Roberto,  de dieciocho, finalizaba el último año de secundaria en un colegio privado de prestigio y se preparaba para  ingresar a la Universidad.  Ambos hijos asumieron una posición de respaldo al padre, criticando a veces abiertamente y otras en forma velada,  a la madre por su decisión unilateral de ruptura, pero al fin asimilaron, aunque no sin pesar, su situación de vástagos de un matrimonio irremediablemente disuelto. Ellos fueron testigos de excepción de las diferentes personalidades de sus padres. Veían a Ernesto, impaciente, pero dedicado de toda la vida a ellos, que solía levantarse temprano  para prepararles el refrigerio que llevarían al colegio. A Ernesto le gustaba hacerlo personalmente, pelar las manzanas y ponerlas en los tápers de plástico,  preparar el par de sandwiches que después Roberto y Rosina devoraban en el recreo.  Rosina, recordaba a su padre ordenando y limpiando el polvo de la casa, bañando y paseando a las tres mascotas –unos engreídos perritos teckel- el domingo por la mañana, pues era el día libre de la empleada del hogar. Pero había un extremo que les disgustaba de su padre y era su costumbre de tomar sus cocteles los fines de semana. Aunque no lo hacía todas las semanas, una que vez que descorchaba una botella y preparaba una jarra de pisco sour,  de la cual era el principal consumidor; otras veces, de regreso de alguna reunión social  lo veían colorado, hablando más fuerte y fastidiándolos con ciertas actitudes que les parecía extrañas, sobre todo a Rosina, porque Roberto no les daba mayor importancia.  De su madre, opinaban ambos que tenía un temperamento infantil que les divertía o molestaba, según la ocasión, combinada con una adicción al trabajo y a las reuniones sociales que hacían que casi siempre llegara tarde al almuerzo o en otros casos simplemente no llegara, indicando que estaba ocupada. Sabían que no podían contar con ella, ni para ayudarlos en sus estudios ni para resolver sus problemas personales; conocían que no era una mujer empática que, aunque parecía escucharlos, estaba pensando en otra cosa por lo que debían repetirle nuevamente las cosas una y otra vez, hasta que se daban por vencidos.

Clara, era la menor de seis hermanos de una familia patriarcal, de tres mujeres -dos casadas, incluida ella misma y una solterona- y tres hombres. Éstos, por su parte, estaban todos casados. Ernesto trató de asimilarse a los usos y costumbres de la familia extendida patriarcal, cuando sus suegros estaban vivos; pero cuando murieron y el mayor de los cuñados, apoyado por las tres hermanas, pretendió y de hecho lo logró- heredar esa posición hegemónica, Ernesto empezó a disgustarse y a faltar a las reuniones de sus familiares políticos, lo cual fue tomado por Clara como un gran desaire. Rosina y Roberto fueron  testigos de las crecientes diferencias entre sus padres, por esos celos familiares y la falta de tolerancia entre ambos. Aunque reconocían que Ernesto hacía más esfuerzos en adaptarse y Clara era más decididamente intolerante.    

En el club, la fila avanzaba lentamente y los socios, aprovechaban para intercambiar noticias, chismes y chistes. Ernesto y Javier se encontraron.  Javier, un viejo negociante de artículos fotográficos, fabricante de velas,  ahora estaba metido en el negocio inmobiliario que era el boom del momento en Arequipa. Delgado, casi calvo, de modales jesuíticos y movimientos ágiles a pesar de una edad próxima a los setenta, despliega con frecuencia un brillante sentido del humor negro, como cuando extiende la mano para saludar, al estilo obispo, como para merecer un ósculo en el supuesto anillo consagrado.

Javier y Ernesto, a pesar de su diferencia de edad, lograron forjar una amistad de más de diez años, al compartir la misma junta directiva de la urbanización en el distrito señorial de Yanahuara.  Luego del registro pasaron a sentarse al amplio salón  Quijote, en el que habían acondicionado  sillas para cada uno de los socios, los que cómodamente sentados esperaban el inicio de la asamblea general. Luego de leídas y aprobadas las memorias, de presentadas las listas y efectuada la votación, los asistentes aclamaron a la nueva junta directiva con un estallido de aplausos de pie. Cuando todo acabó,  Ernesto y Javier acordaron tomarse un trago en el bar La Cabañita del segundo piso, un ambiente agradable e informal pintado de color ocre,  sillas de cuero repujado, chimenea con adornos de cobre y mesas con manteles azul pastel.  En ese ambiente distendido, Javier,  conocedor de la reciente separación de Ernesto le dijo,  sibilinamente:

 -No te confundas, hijo, ¡por fin  estás libre!  Te voy a contar lo que mi padre me decía de su relación con mi madre,  y yo, con la experiencia que dan los años vividos, lo suscribo totalmente: “Dios puso a las mujeres para jodernos la vida.  Tu madre, me la jodió todos los días de mi vida y te aseguro que a ti tu mujer te la  joderá igual”. Es el destino de los arequipeños saco largos 1/. Tú te salvase  ¡Qué más quieres! -finalizó, jocundo.

-Ja, ja, tú siempre con tus bromas, Javier. Por lo menos fue una separación civilizada y ya mis hijos están grandes y aparentan comprender la situación - respondió Ernesto diplomáticamente, pero al mismo tiempo pensando: “Tuve que salir de la casa obligado por las circunstancias, saqué mi ropa en  maletas con la ayuda de mi hijo.  No le diré a Javier,  por cierto, que un abogaducho, contratado por mi ex esposa,  me amenazó con hacerme atacar con matones si no salía del hogar en un plazo de veinte y cuatro horas. No lo esperaba. La vida siempre es una sorpresa. Pasar de los cincuenta. Haber estado casado por veintidós años. Pensar que lo tienes todo bajo control y de pronto la realidad te golpea... esa es la vida… es tragicómico.”

Javier interrumpió  las divagaciones de Ernesto: ¿Ha habido la  alguna infidelidad en alguna de las partes?

 -No, por lo menos de mi parte, no;  y creo que de la otra parte, tampoco. - Contestó Ernesto en el acto, mientras pensaba: “Clara alude maltrato, que ya estaba harta… varias veces me pidió la ruptura y creo que se aprovechó de la situación. Justo cuando yo quería arreglar hacer las paces. He tenido que aceptar porque un tango se baila entre dos. No creo en esas uniones, como en la Guerra de los Rose 2/ en que se vive un infierno solo porque alguno no sacrifica algo. Como dijo el notario, un viejo amigo de los dos: Ernesto, ¿Qué vas a hacer?  Firma no más.”

-Entonces el asunto todavía se puede arreglar. Hay muchos matrimonios que se separan y se vuelven a juntar. Hablaré con ella. Es una pena. Ustedes hacían una linda pareja -acotó Javier.

-Perderías tu tiempo, Javier,  el matrimonio ya está disuelto, Clara estaba esperando la oportunidad y yo, como un tonto le serví el plato. Así es el juego de la  vida- le dije con la resignación  de Daniel Santos3/- lo importante es que el tema se ha resuelto de manera civilizada, sin escándalos y los chicos ya crecieron. “No sabe que me siento roto por dentro,  como uno de esos jarrones chinos caídos del pedestal y hechos trizas. Teníamos todo linda casa, dos carros, hijos inteligentes, trabajos, que más se podía pedir. Divorcio civilizado, el mismo concepto es un oxímoron, una contradicción en sí mismo, no existe un divorcio civilizado ”. 

¿Tú crees en las supersticiones, Javier? –Ernesto le espetó de pronto. Sin esperar la respuesta le dijo  -mi matrimonio ya estaba condenado desde el  principio. Te contaré una cosa que me sucedió en el viaje de luna de miel hace más de veinte años y deberás creerla.

El mozo se acercó y les sirvió otro trago, estaban los dos solos en el bar y, dentro de la chimenea crepitaban unos leños.

-Todo empezó al día siguiente de la boda.  Habíamos partido temprano en avión,  hacia el sur, al país de los moáis y de los tehuelches.  Mis parientes,  que habían llegado de lejos,  nos despidieron de la terraza del aeropuerto. Se habían retrasado y no tuvimos ocasión de abrazarlos, solo pudimos hacerles adiós con los brazos en alto y la  emoción de despedida mutua. El sentimiento de tristeza de la despedida pronto se dejó de lado con la emoción de la partida a un viaje de bodas que prometía ser único.  La verdad es que lo fue, estábamos enamorados, éramos jóvenes, ambos teníamos trabajo, estábamos sanos. ¡Qué más pedir!  El lago Llanquihue, el volcán Osorno, las puestas de sol de Chiloé,  los verdes bosques de pinos y la sagrada naturaleza. Los desayunos con tostadas y mermelada de aguaimanto, el sobrevuelo de las gaviotas sobre nuestro catamarán... Puerto Varas, Frutillar, Puerto Montt.

El viaje salió excelente,  excepto por un detalle en la ruta de regreso. Habíamos llegado a Iquique, el lujoso hotel frente al mar con  servicio y  decoración de primera, los desayunos en la habitación.  La mañana del día siguiente, con ropas de baño, dimos un paseo por la playa de arena gruesa. Las olas  refrescantes suaves, el clima de mayo otoñal  no era aún frío. Corríamos como niños sintiendo los guijarros bajo las plantas, emocionados con la frescura del mar, el olor a mariscos y el cielo azul sin una nube que lo opaque.  Llegamos a una pequeña ensenada con grava gruesa y nos bañábamos dichosos, plenos de juventud, amor y dicha, cuando de pronto veo que Clara empezó a buscar algo en la grava, al principio sin mucha dedicación pero luego con más insistencia. Entonces, le pregunté:

- ¿Qué se te ha perdido?

-Mi alianza de bodas, se me ha caído a la grava,  es que he bajado tanto de peso que se resbaló del dedo anular- me responde.

Me agaché para ayudarla, la luz del sol se reflejaba en los guijarros de colores, era como ubicar una aguja en un pajar.  Estuve así una media hora, buscando concentrado, tenso.  Atrás quedo toda la alegría, pensaba:

 “¿Qué augurio tendrá esta pérdida? No puede ser nada bueno”. Clara, pronto dejó de preocuparse y con una sonrisa nerviosa, dijo:

–Encargo  otra ni bien  regrese -yo no lo podía creer.  

Sentí  una gran desazón.  Al final,  luego de una hora de buscar inútilmente entre la grava, me sobrepuse, pensando sin convencerme a mí mismo que la alianza era solo una cosa material y que no quedaba nada más  que hacer. Esa es la historia, Javier.  En ese momento pensé que la alianza podía ser reemplazada por otra impunemente.  Que equivocado estaba.  Las consecuencias se han dado veinte años después y ahora la suerte está echada,  nadie puede escapar de la ley del karma. –Sentenció finalmente Ernesto.

-¿Me estás diciendo es que tu matrimonio se acaba de ir a pique por algo que sucedió por azar hace más de veinte años?-cuestionó incrédulo Javier.
-Exactamente y no fue por azar, fue mi karma –contestó Ernesto, añadiendo- precisamente ese día algo se rompió en la confianza entre mi mujer y yo. Si hubiera percibido un lamento sincero y contrito en ella. Pero fue su reacción tan simple, tan ingenua. ¡Como si la alianza sacramentada y bendecida no significara gran cosa para ella! ¡Como si todo se redujera a su valor material!  
Ahí empecé a darme cuenta de mi error al haberla escogido como esposa por su falta de sensibilidad.  Seguramente de manera inconsciente le reproché esa carencia muchas veces y por diferentes motivos hasta que la relación acabó por envenenarse totalmente.
-Pero, ¿tú la amabas? –preguntó Javier.
-Por supuesto,  y hubiera muerto por ella los primeros años -respondió Ernesto- pero lo que te quiero decir es que en ese momento nació la semilla de la duda y esa duda se fue multiplicando exponencialmente como crece una infección. Una virosis que ha durado veinte años. Ahora con la experiencia que tengo estoy convencido que el matrimonio es compenetración, afecto, sensibilidad, intensidad y sacrificio, entre otras cosas.
-Mira mi caso, Ernesto- dijo Javier- yo nunca me he hecho demasiadas ilusiones con mi mujer. Conozco sus limitaciones y ella conoce las mías. Nos toleramos el uno al otro porque ninguno de los dos es demasiado exigente. Además ambos pensamos que el costo de vivir separados es definitivamente mayor que el beneficio de estar solos.  Creo que todos los que soportan un matrimonio por toda una vida piensan así.  Es lo normal.
Ernesto estaba demasiado agotado con los recuerdos y la conversación, además los whiskies habían hecho su efecto. Se pararon como puestos de acuerdo y tomaron un taxi, Ernesto se despidió de Javier al llegar a la casa de éste. En el camino no hablaron nada. Ernesto se sumió en sus disquisiciones Al llegar a su penthouse,  el cielo estrellado distrajo su mirada y antes de entrar,  se sentó un momento y discurrió:
“Visto desde ese punto de vista el matrimonio, una vez pasado el enamoramiento de los primeros años, es una carga que hay que sobrellevar toda la vida, como una mochila invisible que guarda el pasado. Clara,  con los traumas sufridos por las sucesivas apoplejías de su padre, cuando aún no tenía ni cinco años y  veía todo el castillo de la felicidad de su hogar derrumbado por las largas ausencias para ser tratado en Lima con resultados inciertos, periodos en los cuales debía ser cuidada por sus hermanos mayores, debiendo ir al colegio con esa tristeza hasta que la felicidad regresaba con el retorno del padre y de la mamá postiza, porque la verdadera murió a los dos días de traerla al mundo por un descuido médico, propios de los años sesenta.
En mi caso con los traumas de mi propia familia, mi padre en plena ira alcohólica,  intoxicado de rabia, destrozando sillas y mesas de madera del comedor familiar con su esposa y sus hijos aterrorizados, que se tapaban con la manta para no ver la realidad y sintiendo a un paso el crimen pasional, el odio, el insulto y el grito. Con esos traumas no procesados o procesados a medias, cómo podrían tener un matrimonio exitoso ellos mismos.  Llegar a pasar los veinte años ya fue un logro, un pedir demasiado.  Para las esposas de los hermanos saco largos no era normal el comportamiento de Ernesto, como si su vida hubiera sido normal. Como si su niñez hubiera sido normal. Ernesto era un sobreviviente. Una persona que se había hecho sola y que ahora quedaba sola.
Mirando la alianza en su caja de terciopelo rojo, su sello grabado con la fecha del matrimonio, recordó sus sentimientos en la boda. Su ruego para que el matrimonio fuera eterno, que fueran verdad las palabras del cura. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”.  Los declaro marido y mujer hasta que la muerte los separe”.  Su ruego para que sea verdad. Pero era pedir demasiado. Sería verdad -como le repetía Clara- su menosprecio hacia ella, lo que al final la colmó. Ernesto recuerda una conversación que sostuvo con Clara en pleno proceso del  divorcio,  “Tu eres una buena persona, -le dijo Clara-  incluso mejor de lo que tú mismo crees, pero no eres para mí, somos muy diferentes.  Si soporté tantos años tu indiferencia,  tu menosprecio hacia mí y mi familia, era por los chicos, por el qué dirán, pero ahora estoy decidida, quiero empezar una nueva vida”. ¿Sería verdad lo del menosprecio? ¿Puede el desdén ser tan corrosivo en un matrimonio” Habría que sentir lo que una esposa siente. Que inasibles son los sentimientos humanos… de pronto sacó de su caja de terciopelo la alianza de oro, y al ver su brillo, en un relámpago vivió nuevamente toda su vida de casado, las cosas buenas y las malas, como en un universo paralelo. Si pudiera retroceder el tiempo. … ¿en qué resquicio del fondo del mar se encontrará la alianza perdida?, en ese estado, creyó ver el reflejo de la joya en medio de los pedregales marinos, y el reverbero del sol en ella. Su anillo cobró vida, de pronto se volvió casi transparente y translució su grabado. Era una fecha 29-04-1989.  La alianza hecha para durar toda una vida,  en el último estertor le dejó ver la fecha de la boda y luego se apagó. Perdió todo su valor emocional y quedó reducida a simple metal, a una composición química.


Notas.-
1/ Saco largo: Peruanismo, se dice de varón casado que está dominado por su esposa, pisado.
2/ La Guerra de los Rose: Film dirigido por Danny DeVitto, en que los Rose aparentan ser la pareja ideal y luego de estar profundamente enamorados llegan a una guerra despiadada.
3/  Daniel Santos: músico portorriqueño, integrante del conjunto La Sonora Matancera. Interpretó  la  famosa canción “El juego de la vida”

jueves, 25 de abril de 2013

Salvajismo capital


Violeta Paputsakis 


Gael se levantó esa mañana para ir a trabajar más temprano que de costumbre y antes de que sonara el despertador. Le pareció el augurio de un buen día ya que normalmente el incorporarse de la cama era una verdadera lucha que incluía varios minutos de dar vueltas entre las sábanas lamentándose por su suerte. Mientras se vestía con los ojos aún entrecerrados, los primeros rayos de sol comenzaban a ingresar por la ventana de su pequeño dormitorio. Mecánicamente tomaba la ropa de la silla dispuesta al costado de su lecho e iniciaba la rutina a la que estaba acostumbrado, se dirigía al baño contiguo, se aseaba y luego, sentado en la cocina comedor, tomaba un desayuno rápido. Trataba de hacer todo en el tiempo justo, para él la puntualidad y la asistencia al trabajo eran algo importante.

Nunca se había imaginado como empleado en una dependencia municipal, sellando y pasando archivos a otras oficinas, sin embargo eso era lo que pagaba las cuentas y no podía dejarlo. Día tras día se sentaba detrás de su escritorio y recibía papeles, corría la ruedilla de numerar, la empapaba en tinta, presionaba con fuerza unas cinco veces en distintas copias, llenaba algunos datos, daba de alta la información en la computadora que hace un año le habían instalado en la oficina compartida y finalmente se la pasaba al compañero que se encargaba de llevarla al área que le daría tratamiento al tema en cuestión. Así transcurrían seis horas de su jornada en el lúgubre cubículo del antiguo edificio ubicado en el centro de la ciudad. Algunas veces el tiempo allí era mayor por la necesidad de juntar las horas extras que le aseguraban agregar unos pesos a su sueldo al final del mes. Lo único que le daba ánimos era saber que el resto del día podría ocuparlo en hacer lo que realmente le gustaba e importaba.

Gael se había divorciado tres años atrás, luego de otros tantos de vivir una relación de pareja enfermiza. Soportó mucho tiempo los insultos y hasta la agresión física de Mirian, él la amaba y creía que ella cambiaría su actitud y podrían ser felices. Finalmente, una calurosa tarde de septiembre, luego de acusarlo una vez más de ser un hombre sin ambiciones, un pobre infeliz que quería que vivieran en la pobreza, guardó la ropa de Gael en un bolso y lo echó de casa. Aunque él insistió durante meses su perdón, prometió todos los cambios posibles y se rebajó inimaginablemente, no hubo forma de que Mirian aceptara continuar junto a él. Durante los diez años juntos tuvieron dos hijos, Juan hoy tenía trece años y Mara diez. Se casaron cuando Juan estaba en camino, Gael amaba con locura a Mirian y quizás ella pensó que ese amor alcanzaría para ambos, el tiempo demostró lo contrario. Mientras ella, todavía joven y atractiva, volvió a casarse con un ejecutivo de excelente pasar económico; Gael, sufría por casi no poder ver a sus hijos. Según las propias palabras de su expareja quería evitar que se contagiaran de su mediocridad y falta de objetivos en la vida.

Así, algunas de sus tardes más felices las compartía con Juan y Mara, en otras ocasiones se dedicaba a cuidar y arreglar la pequeña huerta que había sembrado en el cuadrado de tierra que tenía en el departamento en alquiler, también le gustaba leer y se había suscripto a la biblioteca de su barrio. Veía a su familia muy poco, durante los años junto a su mujer se había alejado y destruido lenta pero definitivamente la relación con ellos, al quedarse solo fue imposible recomponer las grietas creadas. Luego de Mirian no había vuelto a encontrar el amor, continuaba herido y tenía miedo de volver a sufrir. Si tenía una necesidad la satisfacía con dinero de por medio, pero no era algo que requiriera demasiado a menudo. En suma, más allá de todo, del no tener el trabajo que hubiese deseado y de pasar gran parte de su día en una actividad que aborrecía con todas sus fuerzas, podría decirse que buscaba acercarse a eso que algunos se empeñan en llamar felicidad.

Era una mañana de verano y a pesar de que la estación ya no tenía la misma magia que antes de lo vivido con Mirian, Gael auguraba una buena jornada. Como todo lunes esperaba un tránsito complicado con gente bocineando enojada porque alguien no reaccionaba lo suficientemente rápido al semáforo o manejaba lentamente. Al reflexionar sobre el tema, nuestro cuarentón siempre llegaba a la conclusión que el mal humor de la gente se debía a tener que volver a la triste realidad de la rutina y a un trabajo desdichado luego de haber vivido un fin de semana en el que creían que esa era la vida que se merecían.

Todas estas reflexiones antes de salir de casa fueron las que hicieron que le llamara tanto la atención la tranquilidad reinante. Atravesó casi la mitad de la ciudad manejando y no se encontró con ningún embotellamiento, eran muy pocos los autos que circulaban, luego de un trecho más estacionó el vehículo a un costado, sacó su celular y corroboró la hora y el día. Se convenció que era lunes, no era feriado y que eran las seis cuarenta de la mañana, decidió continuar la marcha. Durante el trayecto siguió pensando que quizás había sucedido algo extraordinario, algún atentado, algún accidente, alguna muerte importante y por eso había tan poca gente circulando, tenía que haber una explicación.

Gael no tenía la costumbre de escuchar las noticias, cuando prendía la radio o el televisor optaba por la música o por alguna película, consideraba que la realidad y la información no le ayudaban a sentirse bien, así que podía prescindir con gusto de ellas. Encendió el apaleado estéreo que combinaba perfectamente con su Fiat Uno modelo 2000 y comenzó a buscar en el dial un programa informativo. Luego de dar varias vueltas escuchó voces y dejó de apretar el botón sintonizador.

-Un excelente lunes en el que podemos disfrutar de compartir momentos con nuestra familia, del verde del campo o de salir a hacer ejercicios. Así es Lilian –contestaba el coconductor- todo es posible en este comienzo de semana cuando nos acompaña una temperatura tan agradable, yo recomendaría especialmente un paseo por alguno de los ríos que rodean nuestra ciudad. Igualmente durante la mañana vamos a hacer un recorrido por todas las actividades programadas en estos días.

Gael continuó escuchando unos minutos más y decidió buscar otro programa. Estas personas parecían pertenecer a algún programa religioso o similar, ¿quién más puede hablar de esa manera un lunes a la mañana?, pensó mientras continuaba la búsqueda en el dial. Mirando a su alrededor le llamó la atención la vestimenta de la gente, era totalmente informal, similar a la de un domingo y no a la de un día de inicio de semana laboral. Los ánimos que se percibían en los rostros y gestos mostraban tranquilidad, despreocupación, indudablemente algo estaba sucediendo y Gael se sentía como el único que no formaba parte de ese ambiente.

Llegó al edificio donde funcionaba la dependencia municipal de la ciudad, al estacionar su auto descubrió que el espacio estaba cubierto mayormente por bicicletas. Hasta el viernes último esto no era así, recordó confundido, se bajó del auto y se dirigió a la oficina que compartía con tres compañeros más. Jorge, quizás el más amargo de todos los trabajadores del lugar, lo recibió con una amplia sonrisa. –Veo que seguís aferrándote a esa chatarra Gael, es muy gracioso que elijas prestar tus servicios voluntarios justo en la oficina encargada de sacarlos de circulación y que te aferres a él. El joven lo miró desconcertado, no sólo no entendía nada de lo que le decía sino que el espacio a su alrededor estaba totalmente cambiado. Las sucesivas oficinas pequeñas y oscuras, habitadas por empleados cargados de expedientes y amargura se habían transformado en un iluminado salón con escritorios por aquí y por allá, rodeado todo por gente que iba y venía ruidosa y alegremente, llevando y trayendo papeles, conversando y riéndose. La vestimenta era similar a la que había visto en las calles y se sentía totalmente fuera de lugar con su pantalón de vestir gris, su camisa blanca y su chaleco a rombos.

-¿Qué es lo que está pasando aquí?, ¿por qué están vestidos así y están tan alegres?, ¿sucedió algo? ¿hay algún festejo? Las preguntas se atropellaban en su boca y sus compañeros lo miraban sin comprenderlas.

-No pasa nada Gael –le dijo Oscar, uno de los trabajadores más antiguos del lugar, mientras dejaba unos papeles en un escritorio-, ¿vos te sentís bien? Si preferís podés ir a casa, ya sabés que podés dar tus horas cualquier otro día sin problemas.

-Dar horas, voluntariado, ¿de qué me están hablando?, yo trabajo aquí al igual que ustedes por el sueldo a fin de mes y no, no puedo irme así como así aunque piense que están todos locos hoy.

-¿Sueldo?, ¿qué querés decir con esa palabra? –repuso Jorge pacientemente-¿Estás con algún problema en el que necesités que te ayudemos Gael?

-¿El sueldo no era una forma de pago del antiguo sistema capitalista? –preguntó Oscar sin obtener respuesta.

Alterado y confundido Gael caminó hasta su escritorio, lo encontró diferente, estaba lustrado, unos clips de colores separaban unas hojas prolijamente acomodadas y dos cuadros con paisajes de bosques le otorgaban vida al espacio. No existía nada de la tristeza, fealdad y decrepitud con la que recordaba el lugar que ocupaba allí. Se sentó y trató de ordenar sus ideas, cruzaron por su mente mil posibilidades. Le estaban quizás jugando una broma, no, eso no tenía sentido, nadie podía tomarse tantas molestias y esto era algo grande que involucraba a todo el mundo; ¿perdió la memoria en algún momento y no recordaba los últimos años?, trató de rememorar un golpe, un accidente o algo pero fue en vano. Decidió tomarse la situación con calma, todos lo miraban extrañados y no quería continuar llamando la atención.

-Disculpen me siento un poco mal -dijo a quienes iban y venían con miradas furtivas- voy a quedarme sentado unos minutos y después inicio mis labores, ¿les parece? Inmediatamente varios de sus compañeros se acercaron a darle ánimos, lo invitaron a regresar a su casa y hasta le sirvieron una taza de té caliente y unas medialunas. Seguramente se te bajó la presión porque no desayunaste bien, dijo alguien que no alcanzó a divisar.

Sentado allí decidió que lo mejor era observar lo que sucedía a su alrededor y a partir de eso intentar comprender lo que ocurría. Pasados unos minutos ingresó una persona para hacer un trámite, uno de sus compañeros se levantó y se ofreció a atenderla.

-Quiero entregar mi chatarra –dijo la joven-, no necesito una bicicleta pero me vendría bien el espacio para cultivo.

-No hay ningún problema, digame dónde está asentándose en estos momentos y le buscaremos una huerta cercana –explicó su compañero como si se tratase de un trámite totalmente común y cotidiano.

Luego de que la mujer se fue, Gael lo llamó tímidamente y le consultó –Mario discúlpame, estoy un poco confundido hoy, me querés aclarar el intercambio que hizo esa joven recién.

-Bueno –dijo titubeante- es lo de siempre, todavía quedan personas que tienen chatarras, los viejos autos que ya casi no funcionan porque no hay combustible y elegimos una forma mejor de vivir. Entonces vienen aquí y se los cambiamos por bicicletas y terrenos para cultivo. Gael asintió sin decir nada y le agradeció la aclaración.

Pasado un tiempo más, algunos de sus compañeros comenzaron a despedirse y llegaron nuevas personas que Gael no conocía para reemplazarlos en sus funciones. Incluso llegó una joven a su escritorio y le preguntó si prefería hacer unas horas más ese día, que ella no tenía problema en hacer las suyas en otra ocasión. Gael decidió retirarse y le agradeció por relevarlo.

Al salir del lugar, Martín lo invitó a acompañarlo al galpón. –Mi esposa está allí y quizás vos también quieras intercambiar algo. Decidió aceptar, quería seguir conociendo y sumando las piezas para resolver el enorme rompecabezas que era su mente. Según entendía, sin saber cómo, el mundo que recordaba ya no existía y las reglas de la vida diaria habían cambiado totalmente. Dedujo también que esta nueva realidad era más simple y que la gente la disfrutaba mucho más; no estaba seguro aún, pero parecía que el trabajo no existía de manera formal y que se realizaba de forma comunitaria y voluntaria. Reinaba la armonía, la alegría, la prestancia, el interés por ayudar y conocer al otro, sin duda todo esto era muy diferente a lo que estaba acostumbrado.

Gael se ofreció a llevarlo en el auto, pero Martín replicó risueño. –Estás loco, yo no me subo a una chatarra, vení vayamos caminando que queda cerca. Gael aceptó pero llegó al lugar cansado, caminaron más de veinte cuadras, parecía que todos allí caminaban o andaban en bicicleta, en las calles se veían sólo uno que otro vehículo. El lugar era un gran tinglado repleto de gente riendo, niños jugando y productos por doquier, según parecía era una especie de mercado o supermercado. Instintivamente Gael revisó el bolsillo de su pantalón pero no encontró su billetera, buscó en los otros orificios pero tampoco tuvo suerte. –No voy a poder comprar nada –le dijo a Martín- parece que me olvidé la billetera y no tengo dinero. -¿Dinero?, hace mucho que ya no usamos eso, ¿qué te pasa hoy Gael?, te quedaste en el tiempo, le contestó su compañero sin esperar respuesta ya que al instante estaba saludando a la gente del lugar y sentándose en uno de los espacios allí dispuestos.

Gael reflexionó unos minutos mientras recorría el galpón. ¿Aquí no existe el dinero?, ¿estaré en un tiempo futuro o en un espacio diferente?, se preguntó confuso mientras volvía a pensar en la posibilidad de haber perdido la memoria. A su alrededor veía quesos, carnes, frutas, niños, verduras, risas, cestos de mimbre, ropas tejidas y cosidas, gente cortándose el pelo, muebles artesanales, personas cocinando o comiendo, flores, música y colores, todo entremezclado, recubierto de alegría y sazonado con los aromas más deliciosos. Las personas recorrían los distintos puestos intercambiando sus productos por los de los otros de forma simple, sin equivalencias monetarias. Según parecía no sólo no existía en esa nueva realidad el dinero sino que tampoco existía el concepto de él, por lo que la gente, liberada de esa atadura, de la necesidad de consumir salvajemente para mostrarse mejor ante el resto, disfrutaba su tiempo y sus días libremente, ocupándose de lo que realmente les gustaba y disfrutaban.

Al encontrarse nuevamente con Martín y escuchar una de sus conversaciones, Gael descubrió que la ciudad contaba con espacios públicos de debate literario, histórico, geológico y filosóficos, entre tantas otras cosas más. En ese instante se sintió en el paraíso, no sabía cómo había llegado allí pero definitivamente ése era su lugar, quería conocer y disfrutar todo lo que siempre había ansiado vivir.

Pasadas varias horas y luego de recorrer cada recodo del galpón, Gael caminaba a su auto cargado de frutas, queso y mermelada, habían insistido en que los llevara, a cambio él debía llevarles al día siguiente unos señaladores de libros en alpaca que realizaba cuando era joven, en la vorágine del momento lo había recordado y sus conocidos lo invitaron a fabricarlos nuevamente. Una sonrisa de oreja a oreja iluminaba su rostro y su paso, se sentía el más dichoso de los hombres y feliz de haber abandonado su triste pasado. En este nuevo lugar todo era posible, estaba decidido a hacer realidad los proyectos que había dejado abandonados y que ahora tomaban sentido.

Ya era de noche, la luna brillaba a lo lejos e invadía con su cálida luz el recorrido por la ciudad. Mientras se acercaba a su casa se prometía que al día siguiente entregaría su chatarra y la cambiaría por un espacio en alguna de las huertas de la ciudad para así poder sembrar más verduras, el espacio de su casa era muy pequeño.

Cuando estaba a sólo unos metros del portón de ingreso, escuchó fuertes bocinazos tras él, como si un vehículo insistentemente quisiera llamar su atención. Frenó y giró bruscamente su cuerpo hacia el costado buscando el lugar de donde venía el sonido, al instante se encontró en la oscuridad de su habitación, sus ojos acostumbrados a la penumbra sólo podían ver los titilantes números rojos del despertador electrónico que marcaban las 6.00 de la mañana, el viejo mundo cayó sobre él burlescamente. Detuvo de un manotazo el lacerante sonido e instintivamente se levantó de la cama, se quedó allí, volviendo al mundo, reflexionando, anhelando. Luego de unos minutos se acostó nuevamente y se amoldó al hueco habituado ya a su figura. Qué este mundo se vaya al carajo, gritó mientras cubría su cuerpo con las colchas. En el instante en el que volvía al idilio de los sueños recordó la última estrofa de unos de sus poemas favoritos:

Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros.
Pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco.

miércoles, 24 de abril de 2013

Las “kiwis” todavía quieren divertirse - La chica sirena


José Yupari Calderón



-¡José! ¡¿Dónde estás?! ¡¡Responde!! –dijo Cindy, con palabras entrecortadas que le eran imposible articular bien. Entró y cerró la puerta de un sólo golpe. Todavía llevaba la puerta sobre su espalda unos segundos más, y la presionaba fuertemente como si alguien la hubiese seguido y no quisiese que entrase al apartamento 2G. Luego, ella se dirigiría a la sala.

Ella se encontraba agitada. Tenía sus ojos grandes sobresaltados a punto de salírseles, que asustaban. En el trayecto al apartamento, pareciese que ella hubiera visto al mismísimo Lucifer vestido de civil con cola en mano meneándola de un lado a otro preguntándole si creía en Dios y ella toda indecisa se quedaba atónita con la boca semi abierta, abrazada de hombros y tiritando. No era para menos, su piel había cambiado de color: de lo amarilla que era se volvió blanca.

-¡Sí, ya te escuché! –respondí enérgico. Di un brinco, soltándome los audífonos de las orejas y dejando mi ipod atrás, sobre mi cama. Su zumbido fue más que mi música. Me puse mis sandalias en seguida, tambaleé en segundos. Debí apoyar mi mano en la patiadera de la cama contigua y jalé la puerta corrediza de madera, que daba al mini comedor, con fuerza, golpeando en su totalidad, causando un ruido que fue audible en todo el salón.- ¿Qué sucede mujer? ¿Te pasó algo grave?

-Tendré audición como bailarina en el exótico club nocturno “Sirena” –dijo emocionada, cayéndose sentada sobre el reposa brazos del único mueble que teníamos. Una sonrisa de satisfacción cruzó sus preciosas facciones cuando de repente expresó, llevándose las manos hacia su rostro- ¡¡No lo puedes creer!!

El mundo de los espectáculos temáticos, los efectos especiales, el baile del tubo de manera general como personal, los trajes centelleantes, los sensacionales efectos de luz láser, los baños de ducha y todo lo demás se encontraban en “Sirena”, como para no levantarse de sus asientos y deleitarse con estos hermosos híbridos de mujer y pez cumpliendo nuestros deseos con juegos y productos eróticos. Pese que no era el único lugar de entretenimiento para adultos en el país, situado en el corazón de los negocios de la ciudad de Auckland a tan sólo veinte minutos a pie donde nos encontrábamos, Cindy, Felipe, mi compañero de cuarto y yo, era el más solicitadísimo por cualquier chica que buscaba tener un trabajo de ensueño y de ingresos al tope. Quería creer su noticia; pero me cuestionaba si ella se había confundido de posición. Pero cuando nombró eso de: “exótico” club nocturno. Lo tuve que admitir. Esta “kiwi” era algo singular. Su rostro retrataba esa combinación de raíces asiática de medio oriente por parte de su madre y europea, por su padre. Era mediana y delgada de hombros menudos. Proporcionada de buenas caderas y nalgas curvas con el tacto.

Por otra parte, nunca se sentía avergonzada cuando paseaba en bikini delante de los demás chicos, pidiendo permiso para dirigirse al baño. A más de uno había distraído la ojeada, prestándole más atención a su existencia que al partido de rugby entre los “All blacks” y el equipo visitante de Australia. Ni mucho menos ante un público mayor cuando se acercaba al balcón de ese modo para recoger su ropa seca y saludar a algún vecino fisgón del costado o del edificio de enfrente. Esa juventud rebelde era una ventaja; pero la experiencia real y las habilidades de baile eran las más importantes. Y que recuerde en ninguna de nuestras tantas conversaciones me mencionó que practicaba el baile del tubo o intentó hacerlo en alguna discoteca, aunque sea con la columna de concreto cuando estaba en estado etílico. Era hasta ese momento que desconocía ya que después ella sugirió lo siguiente:

-Creo que necesitamos instalar un tubo de baile en el apartamento de manera permanente.

-¿Un tubo de baile?... ¡¿Para qué?! –le reproché, si se había olvidado que vivíamos como sardinas y el poco espacio disponible para estirar las piernas era justamente la sala. Sin embargo, me picaba una duda.- Por cierto, ¿no estabas buscando trabajo como mesera de bar  desde un comienzo? –le interrogué.

-Sí… tienes toda la razón, pero ellos estaban en la búsqueda de nuevos talentos para la siguiente  temporada –respondió, poniéndose de pie y yendo a la cocina a prepararse algo para comer y añadió-. Pasé toda la mañana solicitando trabajo a cada establecimiento de comida y bebida que encontrase como mesera hasta que recordé que estaban solicitando chicas en un club nocturno. Lo vi por el internet y envié mis datos, adhiriendo una actual foto mía y como no contestaban me aproximé personalmente. No perdía nada si estaba en mi camino y fíjate que se gana bien.

Me aproximé hacia ella quien degustaba unos tallarines con salsa de tomate, en vez de comer algo liviano para mantener su cuerpo en el peso exacto si es que pensaba aprobar la audición. Un ligerito exceso de grasa sobresalía cuando tomó asiento. Me senté a su costado no sin antes calentar mi comida también. Era más del mediodía. Ya éramos dos en el mini comedor. No cabía para una silla más si llegase alguno de los chicos para acompañarnos.

-Mejor le digo a Brooke que me preste el suyo para retomar las lecciones que llevamos juntas hace un año –dijo, soltando su cubierto a un lado del plato, mientras metía un mechón de su cabello ensortijado detrás de su oreja. Parecía no tener muchas ganas de comer. Se encontraba más tranquila que hace veinte minutos.

-No sabía que tenía uno de esos en su casa. ¿Fue contigo a averiguar también?

-No, pero le comenté de mi posible incursión y le envié un mensaje de texto comunicándole la sorpresa ni bien me dieron la propuesta… ¡Qué creías!, que no tuviese un tubo de baile, pues ella tiene uno en su habitación, mejor dicho. Su madre le obsequió en su cumpleaños –prosiguió-. Ella salió con sus hermanos hacia una excursión al sur. La llevaron con ese pretexto y cuando regresaron se dio con la sorpresa. ¿No es lindo que una madre te reciba con esa clase de regalos?

-Si es una forma de hacer ejercicios, ganar flexibilidad, perder calorías y aumentar autoestima, entonces bienvenido sea.

-Pregúntale eso a la primita de Brooke que vive en la ciudad inglesa de Northampton. Su mamá quiso ayudarla con ese fin y la inscribió a una escuela pagando £5.00 la hora.

-¿Cuánto sería eso en dólares neozelandeses? –le consulté, levantándome de la mesa con mi plato vacío y recogiendo el suyo a medio terminar.

Sentir el agua fría del lavadero me hizo saber que todavía estábamos en invierno y eso lo sabían asimismo, las chicas que practicaban esa disciplina en diminutas prendas no sólo en los clubes nocturnos; sino las meretrices callejeras que adoptaban esta nueva moda en un área del sur de Auckland para atraer más clientes. Sin embargo, para practicar la danza vertical la condición física era valiosa. Quizás ahí radicaba el enigma de este singular reto, a pesar de los inminentes suelazos que todo aprendiz debía pasar. Por tal fundamento, los músculos se reflejaban más en Brooke que en Cindy cuando publicó las fotos de sus vacaciones de verano en la playa por el facebook, y lo muy bien que se veía en ropa de baño: bronceados abdominales planos, brazos y piernas estilizados con el pasar de las clases eran fiel testimonio de que el cuerpo sí estaba trabajando.

-No sé cuanto sea en moneda nacional, pero mira las fotos de su barra –dijo ella, revelándome algunas fotos de Brooke guardadas en su celular y destapando la primicia ante mis ojos de un videíto suyo en acción. Yo me acerqué a ella.

-¿Esa eres tú? Se te ve flaca… déjame ver con apreciación… tú tendrías en ese entonces diecisiete o dieciocho años.

-Observa, acá se le ve a Brooke en plena exhibición de baile hace meses nomás. La muy ésta se matriculó para las clases de striptease y “table dance” tan pronto como cumplió los dieciocho años.

-¿Así?... mm pues se le ve emulando a Demi Moore y sí que le sale de forma natural… nada fingido. Esta señorita se las trae –dije, frunciendo los labios.- ¿Por qué no me mostraste estas fotos antes? Lo tenías bien guardadito… pienso que ella debió presentarse también…. date cuenta que está invitando a alguien creo.

-¡Ese es su enamorado!... ¿Sabes por qué quiso llevar las clases de striptease?

-No, dime.

-Porque el muy patán solía ir a esos clubes nocturnos los fines de semana a partir de la medianoche con sus amigos… ¡Y se gastaba más de cuatrocientos dólares!… con lo caro que están los tragos y la diversión allí adentro. Cosa que a ella no le gustaba para nada y decidió de inmediato tomar el toro por las astas… yo la seguí por simple curiosidad a las clases.

-Hubiese terminado con él y punto.

-Brooke quiso demostrar de qué estaba hecha y lo demostró mediante eso. Se puso un reto… ella le debe mucho a esas clases. ¡No puedo esperar por mucho tiempo esa audición, José!

-¡Espera!... eso quiere decir que te mudarás a un sitio mucho mejor más adelante con lo que vas a ganar. Lejos de toda incomodidad. Dejarás el instituto, ¿no?

-¿Abandonarlos?...  ¿A ustedes?... al instituto no… no lo sé… no, ya no me acuerdo que te iba a decir –detuvo el videíto súbitamente que me estaba enseñando.- ¿Pero estarás allí cuando yo vaya? Como apoyo moral digo…

-A falta de diversión para el viernes y como no tengo nada que hacer por la falta de trabajo para este servidor –dije al cabo- Eso sí ¿Me dejarán entrar?
Justo cuando le hice la pregunta, el que sí entró, pero al apartamento fue Felipe y lo hizo apurado. Se le había olvidado que tenía una cita con su enamorado, un chico “kiwi” mayor que él quien conoció en el bar donde trabaja, dentro de una hora y contaba con minutos para acicalarse y segundos para felicitar a Cindy.

-¡No te levantes! –exclamó, mirándole fijamente a los ojos- Ya me contaron todo ¡Felicitaciones, amiga!

Acto seguido abrazó a Cindy y le deseó suerte apoyando su mejilla sobre la de ella en ambos lados y haciendo el sonido de beso.

-¿Cómo es que lo sabes? –preguntó ella.

-Me lo contó Brooke y ella estaba tan alegre como yo. Me la encontré en la calle cuando salía del bar, dejando todo en orden donde se va a realizar la fiesta sertaneja…

-¡Lo olvidaba, la fiesta es hoy!

-Y ya estabas por perderte una más, tonta… acuérdate que es el primer jueves de cada mes y toda la comunidad brasilera estará allí. Al menos creo eso. ¿No has visto los folletitos que dejé en la mesa anteayer? –interrogó, y no tuvo reparos de pedir permiso tratando de buscarlos entre tantos papeles y bolsas vacías de compras del supermercado. Yo me levanté para no estorbarle, mas no encontró nada.

-No me digas que nuevamente estarán tocando tus paisanos, el dúo de hermanos Leandro y Mariana –dije, entretanto cruzaba mirada con Cindy.

-Toda la información se encontraba en esos folletitos. ¡Virgen María!... –distrajo nuestra atención nuevamente hacia él.- Ni modo. No dispongo de tiempo por lo que los buscaré después. Recuerden chicos hoy a las nueve de la noche es la reúna y desde aquí partiremos a la fiesta –dijo, mientras se ponía en marcha a su habitación.

-No creo que vaya. Me comunicaré con mi familia en Lima y es a esa hora que puedo encontrarlos despiertos y disponibles.

-¡Allá tú!, pero ya sabes dónde encontrarnos… -replicó desde su dormitorio, emprendiendo ahora camino hacia el baño con toalla en mano y portando sandalias.

-Creo que sí –le respondí con dejadez en el instante que aseguró la puerta corrediza del baño.

Me quedé solo con Cindy otra vez.

-¿Qué harás ahora?... ¿Irás a la casa de Brooke?

-¡Ahora mismo! –pidió permiso y anexó un sutil: “de todas maneras necesitaremos un tubo de baile, José”.

Lo que quedaba de la noche me aventuré de improviso a navegar por la web de algunos clubes nocturnos, sobre todo el de “Sirena”, luego de que los chicos se fueron a la fiesta y de haber conversado con mis padres. Me había quedado tiempo y en vez de poner en práctica mi portugués bebiendo unas caipiriñas acompañado de una hermosa brasilera, quise despertar esa curiosidad mediante testimonios y bailes que estas experimentadas bailarinas sabían hacer como en la película “Showgirls”. Tanto fue mi descarrío que no medí el tiempo y me quedé dormido sobre el mueble con el laptop prendido, volviendo a la vida un par de horas y soñoliento gracias a los bullicios identificables de Cindy, y compañía, desde afuera que se hacían más irrebatibles cuando cruzó la puerta y cayó sentada al suelo con bolso en mano en el momento que cerré el sistema operativo. No es que ella estuviera sin conocimiento. Se hallaba en un estado de intoxicación con el alcohol en un grado suficiente que deterioró sus funciones mentales y motrices.

-¿Qué le ha pasado a esta chica? –balbuceé pensativamente, tratando de socorrerla.- ¿Me escuchas? –dije, moviéndoles los hombros.

Felipe se la quedó mirando en silencio. A él le resultaba muy desagradable el estado de Cindy; hasta le daba pena.

-Todo esto se debe a que ella bebió sin control –dijo por fin, él.

-¡Pues, claro!… no la ves como está –respondí recriminándole, ya más despierto- puedo sentir el tufo… la han bañado de alcohol.

-Cuando estábamos a punto de retirarnos por lo tarde que era, ella apuró su última caipiriña y salimos tambaleantes, ya en la calle repitió el mismo show… hablando cosas sin sentido en spanglish, se puso amigable con los transeúntes que se le topaban. De ningún modo esperaba yo, José, que fuera tan… difícil… manejar esta situación –dijo, llevándose las manos hacia sus mejillas.- Se dejó llevar por el ambiente… al igual que yo. Era su primera fiesta sertaneja y creo que la definitiva.

Me hice el desentendido mientras él justificaba la acción. Lo que importaba, en ese momento, era no dejar de hablar y estimular a Cindy.

-Estábamos pasándolo de lo mejor con Brooke –prosiguió, como si replicara a una respuesta- y luego se nos unió Lucas. Nunca pensé que se iba a poner de malas.

-¿Estuvo ella también con ustedes?... –pregunté. Esa declaración había tomado mi atención.

-¿Brooke?... Sí. Las dos ni se despegaban, hasta para ir al baño.

-De Lucas era de esperarse… sólo espero que no me fastidie lo poco que queda de la mañana con sus ronquidos… ya son diez para las cuatro.

-El se quedó en la fiesta. Me imagino hasta que cierren el local, de ahí regresará.

Y luego, algo le había impulsado a Cindy levantar sus ojos grandes. Veía el panorama borroso. Los cerró y descansó, agitada. Sus ideas trataban de abrirse paso en un cerebro lleno de entrenudos.

-¡Mira!… -dijo ella repentinamente, con voz palpitante.

-¿Dónde?... ¿Hacia dónde quieres que mire? –dije con voz alta y clara.

-Allá… Mira allá… -repitió señalando al vacío.

-¿Dónde allá? –giré mi cabeza desconcertado, buscando la dirección que me indicaba.

Se apoyó en la pared. Yo me hice atrás y volvió a abrir sus ojos; pero ahora más nítidamente. Vio por encima de mí a Felipe, quien le pidió llevarla a su habitación en medio de balbuceos. No había objeto que estuviese libre de ser rozado por su cuerpo, clamándole cordura. Esos diez segundos de desplazamiento fueron para ella toda una eternidad, si no fuese por la ayuda de él, jamás hubiese llegado a su destino sucumbiendo en el mueble que era siempre usado como cama alternativa para los que tenían sus dormitorios a la altura de la sala. Lo menos que pude fui irme a dormir.

Después fueron produciéndose, poco a poco, los acontecimientos que habrían de perturbar las siguientes veinticuatro horas de vida a esta aspirante a bailarina nocturna de Sirena. Al menos, no cayó en una histeria frenética, ni hubo que sujetarla entre dos, para bien de Lucas aprovechándose del asunto, a fin de que no destruyera lo que estaba a su alcance.

-¿Por qué traes esa cara? –dije; mientras cocinaba mi almuerzo y se me vino a la mente el tema del día.- ¡Nooooo!… ¡No me digas que te presentaste así como estabas en la audición, mujer!

-¡Me quedé dormida y no tuve el tiempo suficiente para arreglarme, José! Volé tal como me desperté.

Durante un rato no atiné a decir nada, jamás podía haber imaginado, el encontrarme con aquella figura descuidada e irreconocible después de una resaca caminando sin preocupaciones por las calles principales de la ciudad.

-¡Ni me dejaron entrar al club! –retomó ella la palabra, abriéndose camino hacia la sala.

-¿Eh?... ¿Y qué esperabas?... Que te dejen entrar así nomás con esas fachas.

-No lo sé…

-Entonces, será para la próxima.

-¡Hum! –gruñó ésta, dejando su liviano peso caer sobre el sofá de un golpe- ¡¿Para qué?!... ¿Para qué me encuentre con Brooke en el club como colega de trabajo y que arrase con nosotras? ¿Y así, ella me haga a un lado del show y se lleve las palmas de los asistentes por sus bailes? Además, sería imposible que yo compita con su magnífico aspecto y hermosa figura.

-¡¿Qué?! –pronuncié lentamente, como si procurara recordar algo- ¿Qué quisiste decir con eso? 

-De que Brooke fue la que entró por mí. Ella me estaba esperando afuera para desearme suerte y al no verme por ningún lado para el casting, el asistente le propuso a ella para que participe y al ver que ella contaba con los requisitos establecidos, se presentó ni más ni menos…

-Seguro que convenció al jurado.

-…Y obtuvo el trabajo. Hubieras visto su rostro de felicidad, en contraste con el mío, cuando me lo dijo una vez que salió de la audición. Me quedé sentada en la acera de la calle sin saber que hacer –musitó, con la cabeza gacha.

En el fondo, tenía la sensación de estar viendo algo ya conocido y respiré más tranquilo al saber que ya no necesitaríamos instalar un tubo fijado al techo y al piso. Ni como complemento, varios espejos rodeando la sala si se le ocurriese con el pasar de los días.