miércoles, 4 de abril de 2018

Entre tunchis y energías


Rosario Allpas


«Entre la normalidad y la locura
hay tan solo una línea borrosa.
Puedes estar aquí o allá,
pero tú no decides».


Ayer encontré a Nelly de casualidad. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos que incluso me costó reconocerla. ¡Habíamos sido tan delgaditas hace..., ¿quince?, ¿dieciocho años?! No lo sé, tampoco nos dimos aliento para hacer cálculos.  Después de los saludos efusivos empezamos a recordar el hospital, aquel que ella dejó para irse a trabajar a la seguridad social; yo hice lo mismo, pero fue después de que me jubilé del querido nosocomio estatal. Mientras hablábamos de una u otra colega enfermera, el pensamiento se hizo nudo y apareció un espacio guardado con tanto recelo, el que volvió con toda nitidez. Por supuesto que no mencionamos aquello. Mas, ese pasado, ese pequeñito pasado me removió y, una vez en casa, en la oscuridad de mi cuarto, entre la somnolencia que no quiere ser sueño, recordé cuando estaba en otra cama, muy lejos de Lima.

Primer día:

Me desperté transpirando, no me gustaba dormir después de haber comido. Además..., ¡hacía tanto calor!

Por la mañana trabajé muchísimo pues había venido desde Lima un joven de apenas veintidós años enviado por el Ministerio de Salud para hacer entrega de equipos e instrumental para algunos servicios del Hospital General, en Iquitos. Gran parte de las tempranas horas del día me encargué de recibir el instrumental destinado para sala de operaciones y algunas máquinas para utilizar en la central de esterilización. Luego me ocupé de ubicar todo lo admitido. Terminado el turno, me dirigí al comedor. ¡Qué hambre tenía!

En el salón de comidas volví a encontrarme con el joven venido de Lima, quien se puso a formar la cola para recibir el almuerzo. De postre nos habían servido un trozo de papaya; a mí no me gustaba y le dije a la compañera que estaba detrás de mí si le apetecía; fue grande mi sorpresa cuando aquel joven respondió: «Sí, gracias». No tuve más remedio que darle el trozo de papaya a él y por supuesto, nos sentamos juntos. Conversamos de muchas cosas, entre estas me dijo que su sueño se había hecho realidad: venir a Iquitos, a esta selva del encanto, y qué mejor manera de hacerlo que, con todos los gastos pagados por el Ministerio de Salud. Sus ojos brillaban de emoción contándome lo que iba a hacer esa tarde: ir al río Nanay, alquilar un bote para navegar y quizás se animaría a nadar en sus tranquilas aguas. Al término del almuerzo nos despedimos. «Que la pases muy bien, que te diviertas», le dije. Se fue sonriendo.

No acostumbraba a echarme una siesta después de almorzar, sin embargo, me quedé dormida mientras leía un libro para luego despertar con la sensación de haber tenido un sueño pesado. A los pocos minutos llegó agitadísima mi menuda compañera de cuarto, Martha. Ella era la nutricionista del hospital. Abría sus grandes ojos color miel, movía el alborotado cabello castaño, aleteaba su pequeña nariz para decirme de manera entrecortada:

—Ha venido un ahogado, lo están trayendo a sala de necropsias. ¿Quieres ir a ver?

—¡Oh, no! A mí no me gusta ver a los muertos —le respondí.

Martha era lugareña y en Iquitos había una costumbre —mala, para mi entender— de ver a los muertos. Cada vez que moría alguien ya sea por accidente, asesinato o suicidio, los pobladores acudían a verlo. Era como un ritual que realizaban, no sé si lo hacían porque deseaban dar tributo al término de la vida o simplemente por curiosidad morbosa o por enterarse quién había muerto y, sobre todo, cómo.

Después de desalentarla, Martha me preguntó si conocía al joven enviado por el Ministerio de Salud, quien vino a dejar instrumental y le respondí:

—Sí, lo he visto. ¿Por qué? ¿Te gusta?

Traté de emparejarlo con ella, mas no me permitió seguir. De inmediato recibí una mirada de reprobación y se apresuró a responderme:

—Es él a quien han traído ahogado. Había ido al río Nanay y tratando de nadar parece que le dio calambre y no pudo salir. No pudieron salvarlo. ¡Qué tristeza! Y él no es de aquí, no tiene familia. Y ahora, ¿dónde avisarán de que ha fallecido?

—¡Oh, Dios! No me imaginaba —respondí— y, además, hoy es viernes. A esta hora ya no trabajan en el Ministerio de Salud. Tendrán que esperar hasta el lunes para avisar a sus familiares.

—El mortuorio carece de salas refrigerantes, ¿sabías? —acotó Martha, con un aire de pena.

Y..., ¡hacía tanto calor!

Segundo día:

Al despertar, me apresuré para ir al comedor del hospital a desayunar, pues me había quedado dormida. Luego me dirigí al trabajo. Un sentimiento muy sutil se apoderó de mis pensamientos, a medida que pasaban los minutos y las horas, la idea se hacía más y más segura: algo fatal me iba a suceder.

Estaba en mi centro de trabajo cuando una auxiliar de enfermería me dijo que me había soñado vestida de novia. Alguna vez había escuchado que cuando alguien sueña con casamiento no es precisamente que la persona se vaya a casar, sino que algo nefasto podría sucederle. Callé. Pasaron algunos minutos cuando de pronto me sentí abatida. Lo comenté con el anestesiólogo; mas, el buen Juanito me respondió que cuando esto se contaba antes del mediodía, no ocurría tal cosa. Sonreímos.

No quise contar a nadie más lo que mis pensamientos clamaban. Temía que pensaran mal, que me estuviera volviendo loca, pues el sentimiento de fatalidad se agigantaba como una sombra deseando engullirme y no sabía qué hacer para impedirlo.

«Creo que hay una línea muy delgada que separa a las personas cuerdas de las que no son», pensé y, me parecía que yo estaba a punto de dar el paso, de saltar aquel límite.

Tercer día:

El pensamiento de fatalidad no salía de mi mente. No pude dormir bien y la idea de tragedia la tenía metida en la piel y se empeñaba en no salir, me perseguía y el temor de que el hecho se haga realidad parecía inminente. No estaba enferma, pero...

Opté por no salir a la calle, tenía miedo de sufrir un accidente, hacía mucho que manejaba motocicleta y eran frecuentes los accidentes graves y mortales con dicha movilidad. Vivía en el mismo hospital, así que decidí no salir. Por la tarde, fui al servicio de pediatría, por hacer algo, para ocupar mi mente. Al llegar, encontré al personal completo que me miraba pasmado, nervioso. Me acerqué y antes de preguntarles qué hacían reunidos en el estar de enfermeras, fueron ellos los que me interrogaron bastante perturbados:

—¿Escuchó silbar al tunchi? Hemos escuchado clarito que este silbaba. ¿No lo escuchó?

—No —repliqué—. ¿Y quién o qué es el tunchi?

—El tunchi es un fantasma que anuncia que alguien va a morir —me respondieron.

—Este es un hospital y siempre hay alguien que muere. —Me defendí porque no quería pensar que lo dijeran por mí.

—Bueno... escuchamos el silbido y cuando dejó de hacerlo usted apareció.

De inmediato sentí la imperiosa necesidad de huir de ese servicio, no aguantaba escuchar acerca de la muerte. Emprendí la fuga hacia mi cuarto. Desesperada busqué alivio en la Biblia, la abrí, comencé a leer, las líneas con letra pequeñita traían lecturas acerca de muertes, busqué otra página y, una y otra vez las historias de martirio, destrucción y muerte estaban allí. No encontrando consuelo, traté de dormir. No podía. Me eché a llorar...

Cuarto día:

Siento un peso en el cuerpo que me agobia. Fui al trabajo desganada. Juanito me preguntó: «¿Qué te pasa?» Le contesté: «Nada». Y, ¿qué le voy a decir, que creo que me voy a morir? Ya me imagino riéndose de mí: «¿Y de qué te vas a morir?». «Pues, no lo sé». Traté de trabajar y dejar de pensar en aquello. Terminé el turno muy mal. Me sentía extenuada. «Quizás –me dije a mí misma—, por no haber dormido bien anoche».

Fui al comedor a pesar de no tener hambre, no le sentí gusto a la comida, por lo tanto, probé algo de mala gana y me fui a mi habitación. Quería dormir y no podía. Contemplé la biblia en mi mesa de noche, mas no me atreví a leer pues recordé la última vez donde las letras bailaban confirmando algo que ya sabía: que me iba a morir.

Martha, mi compañera, tampoco venía. ¿Dónde estaba? Creo que me dijo que había venido un familiar desde Lima y se iba a ausentar, que volvía en la noche solo para dormir. La extraño más que nunca, sin embargo, tampoco quisiera que me vea en esta condición y me pregunte: ¿qué te pasa?, te veo rara. No, mejor que no esté aquí. Decidí salir de la habitación.

Caminé por el interior del hospital bordeando los servicios de hospitalización. Me acabo de dar cuenta de que cada ambiente está unido por veredas que son como esos dibujos que van dando curvas para encontrar y llegar a uno u otro punto hasta alcanzar la salida, como si fuese un laberinto. También observé que el hospital cuenta con unos jardines preciosos, jamás antes los había visto con detenimiento. Por ello, decidí recorrer lento los pasadizos, aspirando el aire aromático que brindan los árboles y las flores que los adornan. Caí en cuenta de que no sé el nombre de ningún árbol, planta o flor que engalana los alrededores de cada ambiente. Después de recorrer por completo y dar tres vueltas enteras por el interior del hospital sin entrar a ningún área de hospitalización, me fui a sentar a la entrada de este, donde hay un trozo de jardín. Me arrellané en la pequeña berma que separa la vereda de los arbustos y observé las largas hojas verdes que cambiaban de color, a un rojo o amarillo con unas nervaduras negras profundas que parecían pintadas. Las vi tan hermosas, se presentaban como ramilletes de variados colores, sin embargo, no tenían flores ni frutos. Estaba tan ensimismada que no me percaté de que el viejo portero del hospital había venido a mi encuentro. Me preguntó que cómo estoy. Bien, le dije. Estoy disfrutando de estos arbustos que me parecen estupendos, nunca me había fijado en ellos. Son hermosos, ¿verdad? Él, con una sonrisa comprensiva, me contestó: ¡Qué va, señorita! Estas matas son de cementerio. Me levanté como si me hubiese picado un aguijón y poniéndome nerviosa le pregunté casi molesta y desafiante: ¿por qué dice que son plantas de cementerio?, ¡eh!, ¿por qué? Pues, porque en el camposanto abundan estos arbustos, señorita, por eso.

Me sentí desarmada y con ganas de correr hacia mi habitación, el único lugar seguro, hasta hoy, para que nada ni nadie me recuerde a la muerte. Escapé de allí.

Quinto día:

La sensación de agonía no se me pasaba, convine meterme de lleno en el trabajo, no quise contar a nadie lo que me sucedía. «¿Qué pensarían de mí si contara esto? No, no puedo», pensaba. Además «¿Por qué me vienen estas ideas, de dónde salieron?». Traté de tranquilizarme. Iba del trabajo a mi cuarto, de mi cuarto al trabajo. Hacía días que estaba en lo mismo. Por la tarde no aguanté más, no quería estar encerrada y me fui muy temprano al comedor. Al llegar, el personal de cocina me recibió inquieto, cuatro personas se encontraban afuera, venían corriendo hacia mí espantados. ¿Qué había pasado? Pues, ellos habían escuchado ruidos extraños en el comedor y fueron a ver qué pasaba. Pensaron que quizás la señorita Martha, la nutricionista habría venido. «Pero qué raro porque ella no viene a esta hora, aunque quizás vino a supervisarnos, tal vez se le olvidó algo o, en fin, qué bicho le habrá picado. Cuando abrimos la puerta de su despacho, no había nadie. Entonces patitas pa' qué os quiero, señorita, corrimos fuera como perseguidos por el demonio o el tunchi que viene a ser lo mismo», dijeron.

Y allí estaban, asustados, alarmados, llevados lejos, ahuyentados por el viento helado que precede a la muerte, erizados los vellos del cuerpo, pálidos sus rostros, frías sus manos, tal era el pánico que, cuando me vieron lanzaron un grito. Y me cuentan y sonríen nerviosos y tiemblan y no saben si entrar de nuevo, o quedarse en el rellano. El miedo los había devorado y..., «¿si el tunchi está?», decían, sin moverse. Y yo me desarmé otra vez y ya no supe qué pensar. No obstante, como ellos estaban demasiado asustados, los ayudé a entrar de nuevo.

Sexto día:

Comencé a desalentarme, a sentirme sola, no tenía a quien contar lo que me sucedía. Además, ¿quién me iba a entender?, ¿quién me va a explicar? Y..., ¿por qué pienso esto? Me miré al espejo y me vi más delgada de lo que siempre fui y demacrada. «¡Vaya, siempre fui delgada!», me contenté a mí misma, sin embargo, hoy me vi y casi no me reconocí. Mis ojos pequeños y rasgados estaban redondos y grandes, como asustados. Cubrí mis párpados con maquillaje marrón, mis pálidas mejillas las coloreé de rojo, mi cabello largo estaba marchito, lo recogí en una cola de caballo, no quise trenzarlo como me gustaba. No usaba ningún perfume por la alergia que tengo, empero, esta vez, me pareció necesario y me eché un poco de la colonia que usaba Martha, la que siempre me ofrecía usar, y me fui a trabajar. Luego me la tuve que quitar pues no aguantaba el aroma dulce a frambuesa. Me concentré, otra vez, en el trabajo. Cuando terminé el turno me dirigí a mi habitación. Por la tarde me dijeron que una auxiliar de enfermería se encontraba hospitalizada en el servicio de ginecología con diagnóstico de “embarazo ectópico”. La estaban preparando para intervenirla quirúrgicamente. Fui a visitarla para ocupar mi mente en algo constructivo, a darle un poco de ánimo y seguridad. ¿Yo? ¿Ánimo y seguridad? Bueno... traté de pensar que sí podía. La ubiqué en su cama, esperando ser llevada a sala de operaciones. Me senté a su lado, la escuchaba atenta; me contaba lo que le había sucedido, cómo es que vino al hospital; cuando de pronto, en la misma dirección donde estábamos, pero fuera del servicio, un perro empezó a aullar lastimeramente. ¿Un perro?, ¿si en el hospital no hay animales? ¡Increíble! ¿De dónde vino, cómo se metió al hospital a aullar de esa forma? Entonces, María, mi paciente, mirándome a los ojos, dijo: «Alguien va a morir, esto es mal agüero».

Sentí como que me incrustaran un cuchillo directo al corazón, me hundí en la desesperación porque ahora sí estaba segura de que era la elegida para la muerte anunciada por el animal canino. Me excusé y me fui casi llorando de la habitación. Corrí hacia la residencia de enfermeras, a mi cuarto, a mi refugio. Sin embargo, ya no era tal, no podía respirar, me ahogaba en mi propio llanto y por primera vez no deseé estar en la pieza, sentía que no hacía nada allí y consideré que no podía seguir así, debía hacer algo. Salí de mi habitación, de la residencia, del hospital y hui como alma que lleva el viento preguntándome qué voy a hacer, adónde ir, a quién recurrir.

Me vi sola en la calle, la noche se había adueñado de todo, me puse a caminar sin rumbo, a la izquierda encontré una pequeña iglesia que estaba cerrada. Los faros de los vehículos emitían luces desordenadas y amenazantes que iban y venían, que luego se difuminaban a través de mis lágrimas. En ese momento, recordé que al frente había una casa donde vivían unos sacerdotes, uno de ellos era psicólogo, no precisaba su nombre. No soy tan religiosa, no creo en los curas y peor en los psicólogos, pero me encontraba en el límite de la zozobra, así que crucé la calle y toqué la puerta. Nadie abría. Toqué más fuerte, con desesperación, hasta que al fin salió un cura viejito y me dijo:

—¿Qué pasa, hija? ¿Por qué tocas tan fuerte?

—Quiero hablar con el sacerdote psicólogo —dije.

—¡Oh, bien! Quizás él no la pueda recibir… —me respondió amablemente.

Yo le pedí, no le rogué, le exigí verlo. ¿Cuál sería el estado de turbamiento mío? Sentí que el sacerdote me miraba con pena y en un arranque de piedad me dejó pasar a una sala pequeña, sencilla, con muy poco mobiliario.

—Tiene que esperar. Tome asiento. Voy a decirle que usted lo solicita. Él recién ha venido de viaje. No le prometo nada.

Esperé y para consuelo mío vino exactamente el padre que deseaba ver. Le conté a borbotones lo que sentía y que no podía aguantar más el peso de mis pensamientos y mis fatales seguridades, la muerte estaba en mí y no sabía por qué.

—¿Algún familiar recientemente ha muerto? —me preguntó.

—No.

—¿Y algún familiar de una amiga o amigo cercano que haya muerto?

—No. El hermano del esposo de una amiga murió, mas, yo no lo conocía.

—¿Otra persona que haya muerto y que su muerte le haya impactado?

—No.

Entonces recordé al muchacho que había venido al hospital a dejar el instrumental, aunque ninguna vez en estos días lo había recordado. Le dije aquello, haciendo la salvedad que tampoco lo conocía.

—¿Había alguna similitud con usted?

—No lo creo, no lo conocía —contesté con rapidez.

El padre comenzó a explicarme, apenas lo escuchaba. Entre sollozos y reticencias entendí algo más o menos así: «Has venido hacia mí en el momento más oportuno porque he regresado de un seminario realizado en Colombia donde tratamos estos hechos», y enseguida me preguntó:

—¿Cuánto tiempo estás así?

—Seis días.

—Ya se te va a pasar —me explicó—. Cuando una persona muere, sobre todo en circunstancias repentinas, no por enfermedad, la energía se va extinguiendo poco a poco, generalmente dura una semana. A veces más, pero es muy raro.
No lo escuchaba, mi llanto tapaba mis ojos y también mis oídos; además mi razón no deseaba admitir lo que él decía.

—Ya va a pasar. Mañana, o pasado mañana esto se habrá ido —me decía en tono conciliador.

—Y..., ¿de qué energía me habla?, ¿y por qué debo creerle? —objetaba obstinada.

Él seguía explicándome:

—Es que nosotros, los seres humanos somos energía y cuando nos enfermamos, esta poco a poco va bajando de intensidad y al morir se diluye. Sin embargo, no sucede lo mismo con una persona que muere repentinamente; cuando la muerte no avisa, esta energía queda suspendida y vaga y, algunas veces se fusiona a la de otra persona, aunque de igual modo va bajando de intensidad y desaparece.

Me costaba darle crédito a sus palabras y aún me quedaban fuerzas para preguntar:

—Y mañana, ¿se me pasará?

—Sí, puede ser mañana o pasado mañana.

Y otra vez irrumpí en llanto y no le creí.

—Nada más te puedo decir. Si quieres mañana o pasado vuelve, sin embargo, si te sientes bien ya no vengas —sentenció.

Y yo... ya no volví más.

Guardé en mi corazón, cerrado con llave de doble giro, este episodio de mi vida, tan raro, tan loco y me olvidé de él.

Epílogo:

Salí de Iquitos después de haber prestado mis servicios como enfermera por cinco años y me afinqué en Lima. Un día que estaba realizando mi ciclo de rotación por el servicio de emergencia en el Hospital Santa Rosa, me encontré de pronto conversando, por primera vez, con una colega acerca de esta oscura experiencia mía. Nelly, me escuchaba con atención y cuando terminé de contarle me dijo:

—Yo conocí al joven del que me estás hablando.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? —le dije sorprendida.

—Se llamaba Martín, vivía en San Martín de Porras y era vecino mío. Su familia no podía creer que tan joven perdiera la vida.

—¡¿?!

Me quedé sin habla. Ella continuó:

—Su cuerpo llegó a Lima con signos de putrefacción, por los tres días en el mortuorio de Iquitos, ¡con ese calor! Lo tuvieron que colocar en un cajón especial para enviarlo en la bóveda del avión, completamente soldado. En su casa lo velaron poco tiempo, y con velas perfumadas; después sus amigos cargaron el ataúd y recorrieron las calles de la vecindad. Así le dimos el último adiós —finalizó.

jueves, 29 de marzo de 2018

Diferente


Miguel Ángel Salabarría Cervera


Marcos llegó a su trabajo minutos antes de las ocho de la mañana, registró su entrada saludando a sus compañeros, se dirigió al escritorio que ocupaba, sentándose en su silla ejecutiva quedó en silencio sintiendo el aire fresco del clima que atenuaba el calor de esta ciudad del Sureste; sacó de su portafolio uno de los dos periódicos del día poniéndose a leerlo, sin reparar en las bromas que le hacían sus compañeros de trabajo, al escuchar el aviso de que ya eran veinte minutos después de la hora de inicio de labores y que llegaba la jefa de la oficina lo guardó en el cajón y extrajo los documentos con que iniciaría sus actividades.

—¿Cómo amaneció el mundo? —le chantó la jefa.

―Como siempre —respondió al tiempo que sonreía con sarcasmo.

―Pasa en unos minutos a mi oficina.

Algunos compañeros se le acercaron para preguntarle si había hecho algo, otros le decían que recibiría un regaño por estar leyendo el periódico en horas de trabajo, él sonrió comentándoles que «no pasa nada», no se preocupen ya saben cómo es Rosa Margarita, la hace estresante.

Entre estos comentarios transcurrieron los minutos, hasta que Marcos consideró que era ya el tiempo prudente y les dijo a sus colegas de trabajo:

―Espero buenas noticias… Seguro un ascenso… pero al tercer piso… ―Soltó una carcajada y se encaminó al despacho de la jefa.

Tocó la puerta de la oficina y escuchó como respuesta:

—Adelante. Toma asiento, presta atención a lo que te diré —le indicó con solemnidad.

Lo hizo, pero con expresión distraída escuchando la música ambiental de la oficina, ―le sucedía cuando se trataba de las artes― pero las palabras de la Jefa del Departamento Técnico lo hicieron volver a la realidad.

—Regresa de tu viaje, porque tengo un trabajo especial para ti.

Le comentó que habían llegado de las oficinas centrales de la Secretaría de Educación al Departamento, varios cursos para diferentes niveles educativos, que le encomendaba para su análisis, posteriormente emitiera un dictamen de la viabilidad por cada uno para ser impartidos, le hizo entrega de varias carpetas al tiempo que le decía que esperaba los resultados en un plazo máximo de una semana, para hacer la programación correspondiente, finalmente le recalcó expresándole de manera socarrona, que dedicara todo el tiempo laborable.

Al salir, se le acercaron para preguntarle qué le había dicho, él mostró las carpetas que llevaba y les respondió a los curiosos.

―Trabajo.

Se sentó en su escritorio, poniéndose a leer cada una de las carpetas mientras hacía anotaciones en hojas sueltas, así permaneció hasta que una amiga le preguntó si iría en el receso a comer, Marcos le dijo que no, solo le pidió un refresco para mitigar su sed, luego se ensimismó en su trabajo.

Así transcurrió su horario de labores, hasta que de manera automática a la una de la tarde consultó su reloj, guardó en su escritorio los fólderes, papeles y demás utensilios que utilizó, cerró su portafolio, levantándose para firmar su salida. Al llegar al sitio en que se encontraba la libreta de registro, la secretaria le dijo:

—¿Terminaste tu tarea?

―No ―respondió—, pero adelanté un poco la encomienda. Ahora me voy, cambio de chip y de camisa. ―Se despidió de ella y presuroso se dirigió al estacionamiento, sintiendo el sofocante calor, al entrar a su auto encendió el motor y el clima para dirigirse a gran velocidad a otro sitio, ignorando a quienes lo saludaban.

Llegó a la una con veinte minutos, checó su entrada en el reloj y escuchó la voz de Isabel, la directora de la Preparatoria que le decía:

—Maestro, llega rayando la hora, pero a tiempo.

Marcos le contestó:

―Sí, y listo para los dos módulos de clase de Geografía Económica. Con su permiso, maestra.

―Pase, sus alumnos le aguardan, pensaron que no vendría o llegaría con retraso.

Subió corriendo al segundo piso, entró a un aula dando las buenas tardes que le contestaron los alumnos mientras se acomodaban en sus respectivas sillas.

Un joven de la última fila le preguntó:

—¿Va a dar clase, maestro?

―No, vengo a divertirme de ustedes —respondió al tiempo que se reía.

―Se «pasa» maestro ―le comentó una chica de la primera fila con lentes y aíres de sabionda.

Abrió en su totalidad los ventanales, aspiró la tenue brisa que mitigaba el calor, se fue al centro del aula y preguntó a los alumnos:

―¿Sienten calor?

Al unísono le respondieron que sí, que los ventiladores eran insuficientes y no se «sentía el viento».

No les respondió, limitándose a sonreír moviendo negativamente la cabeza.

Fue a su escritorio se sentó en una silla desnivelada e inició pasando lista y simultáneamente revisaba unos cuestionarios pendientes, mientras con brevedad platicaba con cada alumno sobre la vida de cada uno de los que entregaban su tarea, marcó el tema de la cuarta unidad, así concluyó el primer módulo, se despidió de sus alumnos; pasó al salón contiguo, saludó al entrar y los alumnos le respondieron amigablemente, les pidió que se organizaran por equipos mientras investigaban en un plazo de veinte minutos las partes de un tema que entregó el maestro, pidiéndoles que si tenían una duda le preguntaran. Al concluir el tiempo estipulado, un representante de cada equipo expuso lo investigado a sus compañeros, quienes le preguntaban en caso de tener alguna duda. El timbre puso fin a la clase y Marcos indicó el tema para la próxima sesión. Al despedirse de ellos les dijo: 

«Lean el periódico, pero no el horóscopo, porque: “negros nubarrones acechan su destino”». —Riendo abandonó el aula sin prestar atención a las bromas que hacían los alumnos.

Faltaban diez minutos para las tres de la tarde, registró su salida abordó su auto y se dirigió a la escuela de Ciencias de la Comunicación situada a unas ocho cuadras, llegó en poco tiempo, se dirigió al comedor tan rápido como la intensidad del hambre que sentía, pidió una orden de hamburguesa, otro maestro de la misma escuela lo invitó a sentarse en la mesa que ocupaba, mientras comían platicaron de los últimos acontecimientos políticos y de la iniciativa de la modificación de la Ley de Medios que hacía desaparecer las radios comunitarias y alternativas, punto en que no estaban de acuerdo entre otros; al percatarse que ya eran las tres con quince minutos y solo les quedaban cinco de tolerancia, se dirigieron al tercer nivel del edificio que ocupaban sus respectivas aulas.

Al firmar Marcos su entrada a clase de Teoría de la Comunicación, el prefecto le dio un oficio en que era citado por la maestra Martha directora de la institución, a una junta de Consejo Técnico para el lunes a las seis de la tarde de la próxima semana, pues él era  representante de los maestros, signó de enterado y se retiró, en ese momento un par de alumnos le dijeron que el proyector estaba fallando e irían a cambiarlo, él asintió mientras les decía:

—No se demoren como siempre hacen, porque su equipo es el que expondrá el tema de la Escuela de Frankfurt.

—No, profe, vamos «volando», —le respondieron los jóvenes.

Entró al salón, saludó a los estudiantes, contestándole los de adelante, arrimó su silla hasta quedar frente a ellos, que lo miraban con atención, entre tanto él extraía un libro de su portafolio, lo colocó sobre la paleta de la silla más próxima, pero no lo abrió.

Una joven sentada al final del aula levantó la mano y le dijo al maestro:

—¿Podrá darnos un panorama general del tema, mientras traen el proyector para no perder tiempo?

―Ja, ja, ja. ―Rio el académico—, muy sutil tu propuesta, así proteges a tus compañeros de equipo que ya tomaron mucho tiempo, pero me agrada tu osadía así que lo haré, pero cuando regresen los retardados —por el tiempo que se demoran— acotó, que fueron por el proyector suspendo mi participación, al final hacen las preguntas que quieran.

—Ok profe. ―Se escuchó casi unánime.

Marcos inició su disertación desde las influencias que le dieron origen, los fundadores, perfiles académicos, sus diversas etapas, así como también la emigración a los Estados Unidos por la persecución nazi, quienes se quedaron en Alemania y la suerte que corrieron, por último los que regresaron a su país de origen, después de concluida la Segunda Guerra Mundial.  

Al terminar, llegaron los jóvenes que fueron por el proyector, dando como justificación que la directora no había llegado y ella tenía la llave del archivero en donde se guardan los proyectores.

El maestro les dijo:

—Ese cuento es viejo, ya se decía desde mis épocas, deben actualizarse ―al decir esto, todos rieron de sus compañeros―. Para la próxima clase solo ustedes dos expondrán los aportes de la primera etapa.

Tomó el libro que nunca abrió, guardándolo en su portafolio, se despidió de los estudiantes, saliendo de prisa, porque a las cinco de la tarde tenía clase en la Facultad de Contaduría y solo faltaban doce minutos.

Llegó antes de la hora de entrada, se estacionó y al descender se encontró con la contadora Edna directora de la facultad, a la que saludó de mano, quien le preguntó muy formal como era el ambiente que prevalecía en esta institución:

—¿Cómo está maestro?

—Bien, contadora ―respondiéndole de la misma manera.

―¿Tuvo clase hoy a las siete de la mañana?

—No, solo los lunes y miércoles a esa hora.

—Ah bien, porque unos alumnos lo estaban buscando para una asesoría de Microeconomía, pero no sabían que días viene temprano.

―Con gusto los atenderé, estaré en el aula diecisiete, y luego en la nueve, dando clase de Macroeconomía.

—Correcto, maestro ―dijo al despedirse la directora con saludo de mano.

Checó su entrada en el reloj digital y subió al tercer nivel, saludó al entrar para luego pasar lista e iniciar el tema de ciclos económicos y políticas de estabilización, con preguntas sobre la situación económica que se vive en el país, para irlas ubicando dentro de cada una de las fases del tema, de esta forma fueron construyendo las características de cada una de ellas, mientras una chica registraba las respuestas en la pizarra. Finalizó pidiendo los datos estadísticos de las características de cada etapa de los últimos diez años.

Como eran grupos paralelos, empleó la misma dinámica que en el módulo anterior de siete de la noche; al terminar bajó y checó su salida de forma digital, se encontró con Luis, otro maestro de Economía con quien tenía buena amistad, que le dijo:

―Se terminó el día, ¿cómo te fue?

—Tranquilo, ya estoy acostumbrado a este ritmo de trabajo. A estar cambiando de chip y camiseta a cada rato, créeme que si lo dejará me enfermaría.

—Me contabas que en todas tus actividades, los jefes son mujeres. ¿Cómo te sientes?

—Primero te diré algo —le respondió Marcos―, las mujeres se quejan socialmente de que no tienen oportunidades de sobresalir laboralmente, que son marginadas y… ya sabes cómo son las «bellas».

Ambos rieron.

—Pero no me has dicho ¿cómo te sientes? ―le insistió Luis.

—Un tipo especial y único, pues tengo cuatro trabajos en todos son damas las que mandan y me las paso «toreándolas» para no tener problemas con ellas.

Soltó una carcajada al concluir su respuesta.

―Entonces tienes cuatro patronas —le dijo irónico Luis.

―No, cinco. Ahora me voy para mi casa en donde me espera la última y a ella no puedo darle «capotazos».

Riéndose se despidieron rumbo para sus autos, sintiendo la brisa nocturna que atemperaba el calor del clima tropical.

lunes, 26 de marzo de 2018

El fantasma de Adela Márquez

Leticia Natalia Garcete Galeano 



La primera vez que vieron al fantasma de Adela Márquez fue en medio del sembradío de marihuana. Obviamente nadie pensó que fuese un ánima, es más, si Carlos y Hugo hubiesen sabido que era la difunta jamás tratarían de encontrarla. Según Hugo recuerda aquella noche, las bestias del campo dejaron de aullar, que hacía un frío espantoso y el viento silbaba mientras mecía las plantas en plena floración.

⸺De la tierra salía como un humo blanco ⸺dijo Hugo, mientras recordaba los hechos de hace veinte años atrás y quedó mirando un punto negro entre las vetas de la mesada de madera⸺. Parecía que la tierra exhalaba eso y olía a muerto. Primero pensamos con Carlos que era un luisón¹ y después ya le vimos a la desgraciada que nos miraba entre los hierbales.

Al decir eso último, Hugo Ramírez dejó la botella de cerveza sobre la mesada y pasó los dedos entre su cabellera canosa. El hombre, ya entrado en años, lucía una piel morena y brillante, que evidenciaba toda una vida de trabajo bajo el sol del campo. El bar en el que estábamos pertenecía a su abuelo paterno, uno de los tantos supuestos suicidas de hace veinte años atrás, cuya tragedia inició con el avistamiento del fantasma de Adela Márquez. El hedor de lavandina y veneno para cucarachas manaba del suelo de madera podrida, la cual no dejaba de chirriar a medida que las personas andaban sobre ella. El murmullo del televisor puesto a volumen bajo llegaba a mis oídos, así como la conversación sin sentido de dos borrachines que disputaban un duelo de barajas.

⸺Carlos fue el primero en morir ⸺añadió el hombre, sorbiendo algo de cerveza⸺, pero ¿sabes una cosa?, no nos arrepentimos de haber hecho lo que hicimos.

* * *

El padre Atilio estaba sentado en su sillón de cable y miraba el llano a través de la ventana. La habitación era pequeña y el aroma de la humedad se filtraba entre las paredes cuyos revoques caían a pedazos.

⸺Jamás olvidaré esa época ⸺dijo él.

Su rostro alargado, la piel cenicienta cuarteada por el viento del norte y las pecas naranjas, le daban un aire de eterno cansancio. Las manos le temblaban descontroladas, a pesar de que hacía un esfuerzo sobrehumano por mantenerlas quietas debajo de los muslos. De pronto se giró hacia mí y contemplé las telillas blancas que cubrían sus ojos pálidos. La luz de la siesta contorneaba su silueta calva y se me antojó que se trataba de una aparición.

⸺El pueblo entero se confabuló en esa barbarie ⸺añadió⸺, y decían que el ánima regresó para vengarse.

⸺¿Y qué fue lo que hicieron?

⸺Yo no sabía nada. Recién había llegado en aquel entonces al pueblo. Fue Dolores la que me contó del pecado mortal que cometió esa gente.

⸺¿Dolores Villa? ⸺pregunté y hojeé la agenda que traía en la mano⸺. Según el periódico, ella cuidaba a los niños Márquez ⸺dije al leer una página que rememoraba el vigésimo aniversario de la tragedia y contemplaba la fotografía de la anciana puesta en una esquina al lado de las columnas de texto.

⸺Así es, hijo.

⸺Entonces, sí es verdad eso que el pueblo entero ayudó para que don Silva mate a los Márquez.

⸺Sí, pero eso no es todo ⸺añadió y levantó un dedo índice arqueado⸺, la gente del pueblo me confesó que ellos mismos se encargaron de perseguir y matar a los Márquez que intentaban escapar.

⸺¿Y Adela Márquez también murió aquella noche?

El sacerdote se encogió de hombros.

⸺No creo que haya muerto esa vez, porque los muertos no caminan.

* * *

Por aquel entonces, Jacinto Santacruz andaba mal de sueños desde que vio a Adela Márquez mirándolo desde el jardín. De tanto en tanto el hombre se asomaba a la ventana del segundo piso, procurando no perderla de vista. El fantasma era exactamente como recordaba a Adela. De cuerpo pequeño y delgado, el pelo negro, apelmazado, que caía en cascadas sobre sus hombros desnudos. Sin embargo, ahora traía la piel azulada, surcada de prominentes venas negras que serpenteaban sobre su cutis acartonado. Los labios negros y agrietados le sonreían mostrándole unos dientes blanquísimos como la misma luna. Pero de todo aquel aspecto demencial, lo que a Jacinto Santacruz le helaba y le quitaba el sueño eran esos ojos negros, que lo observaban con un resplandor oscuro, como si fuese invocado del mismo infierno.

El hombre estaba amarillo y flaco, no dormía desde hacía una semana y solo la droga mezclada con caña barata lo mantenía de pie. Sus ojos enrojecidos e hinchados brillaban con el destello de la locura y cuando se asomaba y veía al ánima viéndolo, le gritaba:

⸺¡Vení, puta, que te voy a matar otra vez!

Óscar Santacruz andaba preocupado por su hermano. Sabía de los rumores del espectro de la niña, pero él solo creía en la furia de los vivos.  Y al ver que su hermano era nada más que piel y hueso, se le partió el corazón. Cuando Óscar entró en la habitación, lo abrumó el tufo del encierro mezclado con alcohol y luchó para hacerse paso entre los muebles volteados, las ropas arrojadas en el suelo y las botellas que rodaban chocando unas con otras.

⸺¡Ella viene por mí! ⸺gritó Jacinto mirándolo con cara de loco.

⸺Tranquilo ⸺dijo Óscar, conteniéndolo⸺, los fantasmas solo existen en las películas.

⸺Sí, en las películas ⸺añadió con una sonrisa atolondrada⸺, cierto, solo en las películas.

⸺Los Márquez están todos muertos y Adela también, ¿verdad, hermano?
Jacinto retrocedió unos pasos, sonrió como tonto y asintió.

* * *

⸺Adela siempre fue una niña un poco rara ⸺dijo la anciana Dolores, recordándola⸺. Cuando cumplió los cinco años empezó a adivinar el futuro.
La primera vez que lo vaticinó fue mientras jugaba en el salón recibidor. Estaba sentada sobre el felpudo blanco, con las piernecitas dobladas jugando con las muñecas. Esa tarde cayó una tormenta con vientos huracanados que desprendían las casas mal cimentadas y desgajaban los árboles desde la raíz. Pero ni los truenos, ni la ferocidad de los vientos la espantaban, ella seguía sumida en su mundito de juegos y de tanto en tanto ofrecía sus muñecas a la nada y miraba el vacío como si hablase con alguien que no podíamos ver. Reía de pronto y luego por instantes se molestaba, fruncía los labios y arrojaba las muñecas por todos lados como si quisiera golpear a alguien con ellas. Rafael, su hermano mayor, quien acababa de cumplir los diez años, se sentó frente a Adela y le acercó una de sus muñecas. Ella la rechazó con un manotazo.

 ⸺¿Por qué estás molesta con Barbie? ⸺preguntó Rafael.

⸺Ella no es Barbie ⸺se quejó la niña⸺, ella es abuela y él me dijo que ya no puedo jugar con abuela porque ya no se mueve, ¡yo quiero jugar con abuela!

⸺¿Y quién es él? ⸺preguntó el niño.

Ella no respondió. Rafael giró la vista hacia mí. De inmediato, por alguna corazonada telefoneé a don Manuel, el padre de Adela, y pregunté si todo estaba bien.

⸺No ⸺contestó el hombre del otro lado, con una voz temblorosa⸺, Dolores, quédate esta noche con los niños en casa, nosotros estamos ocupados con algo.

⸺Pero doña Minerva, ¿está bien? ⸺pregunté.

Del otro lado se oyó un largo y pesado suspiro.

⸺¿Cómo lo supiste?

Me quedé muda en ese instante. Miré a Adela quien seguía enojada, con los bracitos cruzados sobre el pecho y los cachetes rosados inflados del disgusto.

* * *

Hugo fue al refrigerador y sacó otra cerveza, la destapó con un abridor y la tapa cayó sobre la mesada de madera, tomó asiento en la butaca e hizo a un lado las dos botellas ya vacías, bebió un primer sorbo largo y después me lo ofreció.

⸺Esa noche el pueblo no durmió ⸺prosiguió Hugo con su relato⸺, vos tuviste la suerte de que aún no habías nacido cuando pasó. Todos sabíamos que don Silva era el enemigo de don Márquez y quería tener a toda costa sus tierras, sus laboratorios y su mano de obra. Y nosotros estábamos cansados de que nuestros hijos se perdieran a causa de la droga y que se mataran a sangre fría en las esquinas del pueblo y entonces tomamos una decisión esa vez. Le dijimos a los hombres de don Silva que debían esperar a atacar en nochebuena, pues en esa fecha todos los Márquez se reunían en la casona. A lo largo de dos semanas nos juntamos con el capataz de don Silva, y las empleadas nos ayudaron para entrar en los lugares secretos por donde podríamos ir sin ser detectados por los guardias. Y cuando llegó la noche, todos nos preparamos para el golpe. Pero Jacinto Santacruz se encargó de Adela Márquez. Según decía la gente, el hombre se enamoró de la niña. Nunca encontramos su cadáver, por eso no sabíamos si realmente llegó a matarla.

⸺Si Jacinto trabajaba para los Márquez, ¿por qué se alió con don Silva?

Hugo se encogió de hombros y tomó la botella medio llena que le ofrecía.

⸺Ya te dije, estaba enamorado de la niña y ahí se pudrió todo.

* * *

Jacinto y Oscar Santacruz trabajaban en los laboratorios para preparar los panes de marihuana que eran llevados hacia Ciudad del Este, en donde se pasaba al lado brasileño para después comercializarse en los Estados Unidos. A don Federico Márquez le agradaba los hermanos Santacruz, porque eran cumplidores y no abandonaban el puesto de trabajo hasta que la mercancía estaba completa para ser transportada. Pero una vez Adela Márquez, quien ya tenía trece años, apareció en el laboratorio en compañía de Rafael y Jacinto quedó embobado por la belleza de la niña. El muchacho solo pensaba en sus fantasías pecaminosas en las que Adela era la protagonista principal. Sin embargo, Jacinto se deprimió después de enterarse de que la muchacha se había comprometido en matrimonio con el hijo de un terrateniente poderoso de la zona. Así que, despechado por su amor no correspondido, se atiborró de tanta caña que nunca recordó la forma en que llegó a estar sentado en la mesa de don Silva. El don lo había atendido como un príncipe, hasta lo invitó a cenar en la misma mesa.

⸺¿Es cierto que trabajas para los Márquez? ⸺preguntó el hombre mientras observaba al muchacho, quien se atiborraba con una pata de pollo asado.

⸺Sí, don ⸺contestó él y bebió algo de refresco para hacer pasar la comida.
Estaban sentados en una amplia mesa en el comedor. Frente a Jacinto se hallaban exquisitos manjares de costillares de cerdo, pollo a las brasas y mandioca frita. Don Silva, un hombre eternamente regordete, que vestía su clásica camisa blanca desabotonada en el pecho, miraba al muchacho moreno y flaco cuyos ojos brillaban a medida que saboreaba esos platillos.

⸺¿Y te pagan bien?

Jacinto asintió con la cabeza.

⸺Yo te puedo pagar más. Te voy a volver mi capataz. Serás la cabeza de los laboratorios y vas a mandar sobre todos los demás. Solo te pido una cosa.

⸺¿Qué?

⸺Que me ayudes a matarlos.

Jacinto quedó con el pedazo de pollo a medio camino y mantuvo la mirada fija en la nada. Luego bajó la carne en el plato y miró al hombre.

bien. Pero a cambio quiero algo.

⸺Lo que quieras.

⸺Quiero a Adela Márquez para mí.

⸺Hecho.

* * *

Dicen que la noche de la masacre de los Márquez, el demonio se apoderó de Jacinto Santacruz. Las balas no parecían hacerle daño y manipulaba la ametralladora como todo un experto. Si no fuese por las empleadas, quienes nos contaron todo sobre la casona, la historia hubiese sido diferente, porque la mansión era como un laberinto de pasillos y escaleras en donde fácilmente te podías perder, pues era una casa gigante, como de tres plantas y altas columnas. Arriba en la fachada, tenía la inscripción en hierro de 1887.

Mientras todos los demás perseguíamos a los Márquez que intentaban escapar de nuestra furia, Jacinto fue directo a la habitación de la niña. De seguro ya se había colado antes para espiarla y quizás por eso conocía muy bien el camino. Nosotros solo escuchamos los gritos de la criatura. El pobre de Rafael se rompió el brazo queriendo zafarse de nuestro agarre para ir a salvarla. No tuve opción más que volarle los sesos. Nadie vio a Jacinto salir. Solo al día siguiente apareció en el bar, sucio, cansado, desvelado y pidió caña para desayunar. Nunca encontramos el cadáver de Adela Márquez, aunque cada vez que se lo preguntábamos, este decía que lo había arrojado a las aguas del Paraná.

* * *

El cura se acomodó en el sillón de cable e intentó tomar el vaso de agua que estaba sobre una mesita de madera a su lado. El temblor de las manos lo llevaron a tumbar el agua, por lo que agarré el vaso de aluminio, serví el agua y lo ayudé a que la bebiera. Agradeció con un gesto de la mano.

⸺Según el informe policial, tanto Jacinto Santacruz como los demás se suicidaron cortándose las venas, por lo que su muerte se produjo a raíz del desangramiento ⸺dije.

⸺Eso fue más sencillo de explicar ⸺contestó él⸺, porque lo que pasó esa noche, en el aniversario de la masacre de los Márquez, fue obra del mismo demonio.

⸺Y si no se suicidaron, ¿qué los mató entonces?, ¿el fantasma de Adela Márquez?

⸺Adela Márquez no es ningún fantasma. Es de carne y hueso.

⸺No entiendo, entonces, ¿sigue viva?

⸺Ya te dije, eso que ella hizo con toda esa gente y que dejara a los cuerpos así como los dejó, no pudo haberlo hecho si estaba viva.

⸺¿Y entonces?

El padre sonrió como si estuviese a punto de develar un misterio universal. Aguardé por esas palabras, pero no dijo nada más y quedó mirando el paisaje del llano.

* * *

Hugo seguía en silencio, apilonando las tapitas de las botellas unas sobre otras.

⸺¿Y qué pasó con Óscar Santacruz? ⸺pregunté.

⸺Se volvió loco. Él vio al fantasma de Adela Márquez justo cuando mataba a Jacinto. Bueno, eso es lo que dicen, pero nadie sabe a ciencia cierta.

⸺¿Y don Silva? El informe dice que su cuerpo fue encontrado en los sembradíos de marihuana completamente seco, desinflado, como si algo lo drenara con órganos y todo.

⸺¿Y qué quieres que te diga? Así se le encontró. Así murió.

⸺¿El fantasma lo mató?

⸺¿Y quién más podría haberlo hecho? Esas personas murieron desangradas por Adela, no se suicidaron como dice en el informe.

⸺Y a ustedes, ¿para qué los dejó vivir?

⸺¿Y para qué más va a ser? Para que recuerden lo que hicimos, para que nadie olvide su venganza. ¿Acaso piensas que ella no sabe que vos estás acá, averiguando todo esto? Claro que lo sabe y lo sabe muy bien. Pero es eso lo que ella quiere y por más que vos hayas sido un bebé cuando regresó, ella te eligió para que cuentes esta historia, tal y como pasó.

⸺Entonces, ¿está viva?

Hugo lanzó una carcajada nerviosa, su vozarrón espantó a los borrachines que seguían debatiéndose con las barajas.

⸺Ella no está viva, pero tampoco muerta. Si prestas atención esta noche, si te detienes a ver entre las copas de los árboles, la verás observándote desde la oscuridad, acechando eternamente a los vivos. Es el precio que pagó por vengarse. Nosotros podemos morir y convertirnos en polvo, pero ella está condenada a vagar por siempre con el recuerdo de lo que hizo y de lo que nosotros hicimos. Por eso no me arrepiento de nada.


(¹) Luisón: ser mitológico con forma de perro que se alimenta de cadáveres en noches de luna llena.