miércoles, 6 de julio de 2016

Daniela

Julián Cervantes


Mientras se encontraba echado en su cómodo sofá viendo la televisión, a Adrián, justo antes de irse a dormir, le pareció escuchar una inocente pero juguetona risa de un niño, acompañado de unos pequeños pies que se movían de manera acelerada por el hall de su departamento, esto lo sorprendió, ya que pese a llevar casi cinco años casados con Sara, no tenían hijos. Su corazón empezó a palpitar tan rápido que se podía ver como se movía su pecho a través de esa vieja y desgastada camiseta del colegio que usaba como piyama.

En el momento que se incorporaba para salir del cuarto, agarró el control remoto y apagó el televisor, en ese instante, vio de reojo una pequeña sombra, como la de un niño, que atravesó la oscuridad del largo hall que recorría de lado a lado todo su apartamento, esto reafirmó su teoría de que algo extraño pasaba en su casa.

–Mierda, hay fantasmas en mi casa –se dijo para sí mismo.

Totalmente incorporado, no quiso llamar a Sara, que se encontraba en el baño del dormitorio principal, al final del largo pasillo, desmaquillándose para dar por terminada la jornada del domingo y acostarse a dormir. La sombra que vio correr se dirigía a la cocina, así que fue en su búsqueda, dando pasos lentos y con mucho sigilo. No alcanzó a dar más de diez hasta que tuvo su primer susto. 

–¿Qué haces?

La voz de Sara a sus espaldas hizo que su cuerpo se estremeciera pero que no reaccionara de manera brusca gracias a lo familiar que la encontraba. Volteó a mirarla con su dedo índice atravesando verticalmente sus labios. Ella intrigada por lo extraño que estaba actuando lo siguió con el mismo ritmo lento y sigiloso rumbo a la cocina. Tres pasos más tarde un segundo susto vino, inesperadamente la luz de la cocina se encendió, lo cual hizo que los dos se miraran con cara de pánico. La reacción natural de ella fue pegarse a él. Cuando Adrián, logró asomarse a la puerta de la cocina y vio todo el panorama de la situación, su cuerpo dejó de estar encorvado y tenso como el de un gato a la defensiva, su semblante cambió, ahora estaba erguido y con una expresión de extrañeza y curiosidad en el rostro, el miedo ya no se le reflejaba en la cara. Tomó a su esposa de la mano y halo hacia él para mostrarle lo que sucedía en la cocina. Ella también cambió su aire, ya no estaba asustada, pero su rostro reflejaba que lo que vio en la cocina, realmente la desconcertaba.
  
Una chica de entre treinta y treinta y cinco años, de contextura media, pelo castaño y recogido en una cola de caballo, estaba en la estufa de la cocina friendo algo, dos pequeños niños, uno de unos ocho y el otro, un poco más pequeño estaban sentados en el frío piso de baldosa jugando. La similitud entre los dos infantes denotaba que eran hermanos y el bronceado color de la piel de los tres intrusos hacía que cualquiera que los vea por la calle se dé cuenta que se trataba de una madre con sus dos hijos. Adrián carraspeó para llamar la atención de los extraños invasores, aferrado a la mano de su amada y bella esposa para demostrarle que todo iba a estar bien. El sonido que hizo no bastó para que la chica interrumpiera su labor, –Buenas noches –dijo Adrián con un tono firme y autoritario, nada común en él ya que su personalidad era más bien relajada y curiosa. La chica no se sorprendió pero sí dejó el sartén y la espátula que tenía en sus manos, y lentamente se dio la vuelta para dar la cara a los dueños del lugar, mientras se secaba las manos con uno de los trapos que había en la cocina.

–Buenas noches –respondió la chica con una sonrisa amable en el rostro.

Sus profundos ojos negros se achinaban, sus rojizos cachetes hacían aún más redondo su rostro, dándole un toque de inocencia a su sonrisa, que pese al contexto de la situación hacia que tanto Adrián como Sara se sintieran en confianza de manera inmediata. Los dos pequeños niños se levantaron del suelo y se escondieron detrás de las piernas de su progenitora. Esta con un tono de voz amable pero autoritario les ordenaba que fueran educados y devolvieran el saludo. Aun escondidos en la falda de su madre, en coro respondieron con timidez la cortesía por parte del dueño de casa.

Un delicioso y dulce olor a plátano frito envolvía la cocina, haciendo que la extraña situación se volviera un poco más familiar para la pareja.

–¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? –le preguntó Adrián a la intrusa.

–Mi nombre es Daniela y vengo del futuro para ayudarles –respondió la mujer con tal seriedad que desconcertó al joven matrimonio.

–¿Perdón? –interrumpió Sara volteando a mirar a su esposo que también tenía una expresión de incredulidad única. Daniela esbozó una leve sonrisa en sus carnudos labios.

–Vengo del futuro para ayudar a la señora Sara en su embarazo.

La cara de la pareja era cada vez peor, su desconcierto seguía creciendo y la desconocida no los sacaba de su asombro, peor aún, les planteaba más preguntas en sus cabezas.

–¿Esta es tu forma de decirme que estás embarazada? –dijo Adrián al mismo tiempo que volteaba a mirar a Sara que sin regresar a ver y sin dejar su expresión de asombro, meneaba la cabeza negando que todo fuera idea suya.

–No señor, ella no está embarazada todavía, el próximo fin de semana va a quedar en cinta y yo estoy aquí para ayudarlos en el proceso y la crianza del niño –interrumpió Daniela.

Sara y Adrián ya con sus pijamas puestas no salían de su asombro, simplemente se sentaron en el pequeño comedor de madera falsa para cuatro personas instalado en la cocina. Sus rostros incrédulos y sus ojos llenos de preguntas miraban lentamente para todos lados, de repente sus ojos se cruzaban en medio del espacio para generar más preguntas en sus cabezas. Ella se acercó sin que  la vieran y puso un plato de comida frente a cada uno de ellos, los plátanos fritos que se estaban haciendo cuando todo esto pasó, los devolvió a la realidad.

–A ver si entendí –dijo Adrián. –Usted se llama Daniela, y ¿viene del futuro a ayudarnos con un bebé que todavía no esta ni siquiera concebido?

–El próximo fin de semana se va a concebir –respondió la mujer con tanta confianza que hasta el más desconfiado le creería.

 –¿Qué tanto nos va a ayudar? ¿A concebirlo también? –interrumpió Sara.

Adrián de manera pícara volteaba a mirar a su mujer asintiendo con la cabeza para aprobar su no nombrado plan de formar un trío con la desconocida y su esposa.

–Señora, no diga eso por favor –dijo Daniela con una sonrisa en el rostro dando por bien recibida la picante broma. –Vengo de lo que ustedes llamarían el año 150.486 después de Cristo, mas o menos, ese conteo ya no se utiliza, pues resulta un poco ilógico anotar tal número en cualquier tipo de formulario en el que toque poner la fecha.

Adrián con su acostumbrada glotonería ya estaba comiendo los delicioso y dulces plátanos fritos que estaban en su plato, mientras escuchaban la interesante historia de Daniela. Sara no dejaba de mirarla con cara de tener muchas preguntas para hacerle, los dos pequeños niños ya estaban nuevamente sentados en el piso jugando entre ellos.

­–Tengo una pregunta, ¿qué pasa si mi esposa y yo no tenemos relaciones sexuales el próximo fin de semana? –preguntó él, todavía masticando el sabroso bocadillo que Daniela les había preparado.

–Mi viaje en el tiempo no tendría sentido y regresaría a donde estaba para que me asignen un nuevo trabajo –respondió mientras estaba parada en la cabecera de la mesa rectangular.

–Si vienes del futuro, tú sabes lo que va a pasar con nuestras vidas, cuéntanos, ¿como vamos a ser más adelante? –preguntó Sara con gran emoción.

–Lamentablemente la única información que me dieron sobre ustedes eran sus nombres, me mostraron imágenes suyas y que el próximo fin de semana iban a concebir un bebé con el que van a necesitar ayuda.

–¿Por qué vamos a necesitar ayuda? –preguntó Adrián con algo de preocupación en el rostro– ¿Va a nacer enfermo? O tal vez va a ser un mutante incontrolable con poderes que intentará conquistar el mundo…

–¡Adrián! –Interrumpió Sara la imaginación divagante de su esposo.

Una sonrisa en el rostro de Daniela dio a entender que las palabras de Adrián la entretenían.

–La verdad, esa es una pregunta que no podría contestarles, a mi simplemente me dicen que es lo que tengo que hacer a donde llegar y una carpeta en la que hay un detallado resumen de cada uno de ustedes. ­

­–¿Por qué nosotros? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? –preguntó Sara

­–No lo se a ciencia cierta. Compatibilidad me imagino. Seguramente mi personalidad, mi rostro y otras cualidades que tengo, harán que gane su confianza rápidamente. ¿O me equivoco?

Más preguntas rondaban en la cabeza del joven matrimonio.

–¿Cómo nos conocen? ¿Quién le da esta información? –cuestionó Adrián.

–Hay gente que proviene del futuro y los estudia durante toda su vida desde compañeros de colegio, de trabajo, amigos cercanos, vecinos e incluso extraños con los que se cruzan en la calle tienen como labor estudiar a cada uno de los seres que habitan, habitaron o habitarán en el planeta tierra. –dijo Daniela durante su caminata a la refrigeradora con el fin de sacar algo de tomar para Adrián, que en ese momento empezaba a comerse los plátanos fritos del plato de su esposa.

–Eso es un montón de trabajo, ¿Quién paga eso? ¿De dónde sacan a toda la gente para hacerlo? –preguntó Sara haciendo esfuerzos en vano por recuperar el plato con los apetitosos plátanos fritos.

–Nadie, en el futuro el concepto del dinero es algo obsoleto, todos tenemos todo lo que queremos, pero el ser humano por naturaleza necesita ocupar su tiempo, así que lo que ustedes llaman trabajo, para nosotros no es más que una actividad de nuestro día a día, lo que hacemos, se hace por verdadera vocación. –Contaba Daniela mientras servía dos vasos de jugo para sus nuevos jefes.

–Pero para que pasar el tiempo trabajando si puedes tener todo lo que quieres sin necesidad de hacer nada, yo pasaría viajando y viviendo como rey. –Dijo Adrián para botar a la basura el mundo anticapitalista que pretendía venderles Daniela –la vida es muy corta para perderla trabajando sin un fin.

–Esa es la diferencia, la vida ya no es corta, la gente vive eternamente, la medicina es tan avanzada que cualquier mal o enfermedad se cura en segundos, yo tengo setecientos cincuenta años.

–¿Y la sobrepoblación mundial? –preguntó Sara muy preocupada

–Migramos, no a lugares, sino a momentos.

–Volviendo al tema del bebé, si no tenemos a nuestro hijo como dices tú, ¿eso no creará un universo alterno en el futuro donde la realidad sería diferente a la que conoces? –preguntó Adrián. Su esposa lo miraba sorprendida por lo profunda y científica que sonaba su pregunta –¿qué? Me acordé de la película Volver al Futuro –dijo él para aclarar de donde salía sus nuevos dotes científicos.

–No, lamentablemente el ser humano es tan pequeño que su trascendencia a través de una historia tan larga es irrelevante. Por eso vengo de tan adelante, entre más espacio de tiempo hay entre nosotros, menor será el impacto de sus actos en mi realidad. Ustedes conocen personas que cambiaron el mundo en estos dos mil años, pero como todo recuerdo, el tiempo va borrando las cosas que se hacen o dejan de hacer, las historias se dejan de contar, resultan caducas y el planeta vuelve a su curso normal después de unos miles de años –respondió Daniela sacando de una gran duda a la pareja.

Adrián tomó de un solo trago todo el vaso de jugo que ella le había dado anteriormente. El asombro de los dos era cada vez más grande. Parecía que Daniela tenía una respuesta a cada duda que la joven familia tenía.

–Mamita, ya tengo sueño –dijo uno de los pequeños. Sara se levanto de la mesa y decidió unánimemente instalar a los viajeros del tiempo en la habitación de huéspedes que normalmente usaban como cuarto de televisión.

Un sofá cama moderno muy acorde con la decoración sobria de muy buen gusto del departamento, se convirtió en la posada momentánea de los dos niños. Sara acomodó a los pequeños, no sin antes contarles un cuento y arroparlos para que se sintieran cómodos. La conversación entre los adulto no terminó ahí, las horas pasaron, llegando así el amanecer.

Daniela sin recibir orden alguna inició con la preparación del desayunos, mientras las preguntas seguían. La sonrisa siempre cálida y amable de la extraña, hacía que cada vez pierda más sentido, denominarla con ese adjetivo. El olor del café hizo caer en cuenta a la pareja que la noche había terminado, pero las preguntas no dejaban de rondar por la cabeza de los dos jóvenes profesionales.

–Necesito que me saques de una duda, ¿qué pasa si yo decido contarle tu historia a la gente, si hago público todo esto? –preguntó Adrián sin ningún interés evidente de que fuera a hacer esto.

–La gente no lo creería, lo llamarían loco. –Le respondió Daniela con una amabilidad tal que lo fuerte de la palabra paso desapercibida, pero sí dejó marcada la conversación.

El día transcurrió con relativa naturalidad, Sara fue a su oficina, en la cual se desenvolvía como exitosa abogada y Adrián que gracias a su gusto por las letras podía trabajar como editor en una revista enfocada en la sátira política. Para ellos no les quedó otra opción que aceptar a la visitante, que pese a ganarse la confianza de los dos, no dejaba de ser una extraña en su hogar. Llegó la noche, todos estaba reunidos nuevamente en el departamento, y por supuesto nuevas dudas salían a flote.

–¿Quién distribuye el trabajo, nunca nos respondiste quién te asignó que vinieras a trabajar para nosotros? Preguntó Sara comiendo lo que Daniela había preparado para ellos.

–La persona que estaba detrás del mostrador cuando fui a solicitar un nuevo trabajo. Atrás de él hay una infinidad de personas con datos recolectados a través de los tiempos sobre los habitantes de la tierra, millones de procesadores seleccionan mediante algoritmos las posibles combinaciones de trabajo para mi, no todas las personas en la historia llegan a conocer la verdad sobre los que vienen del futuro. –contestó Daniela mientras terminaba de hacer quehaceres domésticos –no todos necesitan de nosotros.

–Y si una persona cuenta esta historia y coincide con otra que también la conoce y se corre la voz y se logra un gran alboroto, todo esto puede cambiar nuestra historia –dijo Adrián al mismo tiempo que empezaba a jugar con los hijos de Daniela.

–Los mismos algoritmos se encargan de que ese tipo de cosa no sucedan. De seguro muchas personas a través del tiempo las han contado, no tengo esos datos, no se de nadie que puede aprenderse cientos de miles de años de historia. –contestó Daniela dando de baja una nueva teoría de conspiración.

–Entonces nadie es dueño de su destino, miles de procesadores son los que manejan nuestras vidas –dijo Sara con indignación en su rostro.

–Procesadores, computadoras, destino, fe, dios… dile como tu quieras siempre va a ser lo mismo, cualquier pequeña cosa cambia y marca el destino de cada uno de nosotros pero somos tan pequeños y tan insignificantes que no tenemos trascendencia en el universo, el momento que el ser humano se dio cuenta de eso, cambió su mentalidad y decidió aceptar su destino –le explicó Daniela a los dos esposos que cada vez más admitían lo que estaba sucediendo.

–Pero ¿Quién creó esa computadora? ¿Quién descubrió que era posible viajar en el tiempo? Esas personas cambiaron el mundo y sin embargo ¿No tienen trascendencia en la historia? –preguntó Adrián, que cada vez se hacía más amigo de los niños.

–Te voy a responder esa pregunta con otras preguntas, ¿Quién inventó la rueda? ¿Quién descubrió el fuego?

La interrogante planteada por Daniela los dejó maravillados, y dio por terminado el día, todos los habitantes del departamento se fueron a finalizar su jornada, Sara ayudando a Daniela a acostar sus hijos y Adrián evitando que esto suceda, incitando a los pequeños a que pasen un entretenido rato con un juego que había preparado para ellos.

Los días pasaron y la cabeza tanto de Adrián como de Sara estaban todo el tiempo en su huésped, nunca se pusieron a pensar en un posible bebé.

Llegó el último día de la semana, el plazo para concebir se había terminado al parecer el trabajo de Daniela no sería completado.

Adrián, lleno de imaginación debido a su profesión llegó con una nueva pregunta, esperando que la respuesta le ayude con su futuro personal.

–No sé si sabes, pero siempre quise escribir un libro, y tú serías un tema perfecto. Contaré al mundo todo lo que hemos vivido durante estos días –expresó con ánimo de desafiar a Daniela a que lo impida, todo como parte de una prueba para ver los límites de una sociedad futurista.

–Qué bueno Adrián, me alegro que te sirva de fuente de inspiración –le respondió con evidente alegría.

­–¿No te preocupa lo que te dije?

–Para nada. Es más, espero que tu novela se convierta en un gran éxito mundial. Yo se que el tema económico es una fuerte preocupación para ti en el caso de tener un hijo, y poder crear un libro que llegue a todo el mundo, eliminaría esa carga de tus hombros.

–De ser así me podría convertir en el nuevo Julio Verne –observó Adrián alzando su mirada sonriendo con una expresión soñadora.

–¿Quién? –preguntó.

–¿Julio Verne?… ¿Ciencia ficción? ¿Capitán Nemo? ¿Viaje a la luna? –preguntó Adrián para ver si alguno de los términos y nombres le resultaba conocido a Daniela. Ella simplemente negaba con la cabeza.

–Era un escritor, de ciencia ficción que en sus libros predijo o se acercó mucho a cosas y sucesos que realmente pasaron muy adelante a su tiempo –la ilustró.

–Es probable que a él alguna vez lo visitó alguien del futuro y como resultado de sus conversaciones surgieron esos temas tan adelantados a su época –le propuso Daniela como una teoría a Adrián por la gran inventiva de uno de sus escritores favoritos. La expresión en el rostro de él fue una mezcla entre sorpresa, desazón e incertidumbre.

–Lamento informarles que no estoy embarazada y el tiempo que nos dijiste terminó. Tu trabajo no cumplió su objetivo –interrumpió Sara al entrar a la cocina donde se habían reunido los tres durante todas las noches de esa semana.

–En el trabajo asignado me dicen lo que tengo que oír para cumplir mi meta, no siempre es literal lo que va a suceder. Ustedes dos que son tan reacios a los niños, lograron convivir sin problema junto a mis dos hijos durante este tiempo, además Adrián tiene un tema del cual puede escribir y convertirse en alguien célebre. Es verdad que vengo del futuro pero eso no quiere decir que lo conozca, ni que lo pueda cambiar. Mi finalidad es cumplir mi trabajo, ese es mi rol en la sociedad. Lo que suceda con lo que yo hago no es de mi interés. Recuerden que la falta de objetivos materiales hace que la ambición del ser humano cambie –estas fueron las últimas palabras de Daniela que simplemente se desvaneció de la misma forma en la que el viento se lleva la arena que se nos cae de las manos.

martes, 5 de julio de 2016

Aprendí a volar

Maira Delgado


Juanita, la asustadiza amiga de Rafael, estaba a punto de casarse con Ricardo, él se había ganado su corazón con detalles, mas ella estaba llena de dudas acerca de este gran paso; aunque no lo amaba profundamente como siempre soñó, sabía que el futuro a su lado podía ser seguro y tranquilo. Este hombre once años mayor, era todo un caballero, la había tratado como la princesa que siempre deseó ser y que nunca logró; la pobre tuvo tantas relaciones clandestinas en su vida que solo Rafael conocía, mostrando en ocasiones su desacuerdo, pero siendo su único soporte emocional.

—¿Qué deseas como regalo de bodas? —le preguntaba siempre, mientras ella evadía la respuesta.

—No sé, tu presencia me basta ese día, necesito tu apoyo incondicional en ese momento, ayúdame a finiquitar los detalles, son tantas cosas por preparar, ya siento la cabeza a punto de colapsar; faltan dos meses, todo está por la mitad, ni siquiera sé si quiero casarme o no, así que si en ese preciso instante ves que mis ojos dudan, por favor decide por mí, oblígame a dar el sí o sácame corriendo de ese lugar.

—No creas, lo he pensado, quiero ayudarte, te conozco tanto, hasta adivinar tus pensamientos; así que he decidido regalarte un curso de paracaidismo, puedes iniciar mañana mismo, ya averigüé todo al respecto, el profesor es un experto; lleva muchos años trabajando en el tema, eso te ayudará a relajarte, a pensar en otras cosas y sobre todo a saberte viva mujer.

—¿Ah? Estás loco, lo menos que necesito ahora son tus bromas pesadas. Un curso de para...

No faltaba más. Déjame en paz, ya lo sabes, le tengo pánico a las alturas. Jamás te voy a perdonar lo de la última vez en esa arcaica ciudad de hierro, hiciste que fuera el hazme reír de todos. Así que mejor cállate o revisa de nuevo esta lista de invitados.

Cuando Juanita tenía seis años, sus padres decidieron al fin llevarla a estudiar, pues por ser su única pequeña no deseaban separarse tan pronto de ella, al entrar al jardín escolar conoció a su buen amigo Rafael, próximo a cumplir once, continuaba en cuarto grado, sus problemas de atención habían hecho más largo su paso por esta hermosa escuela de primaria, dónde los niños del barrio aprendían sus primeras letras, allí se respiraba un ambiente infantil muy puro, el lugar era una antigua casona, la profesora Rosa y su esposo Nicolás la habían comprado, ambos trabajaron como maestros desde muy jóvenes, recibiendo su jubilación muy temprano, jamás tuvieron hijos pues ella padecía una enfermedad que sin poder establecer exactamente la causa, no le permitió ser madre, siendo sus alumnos como sus hijos adoptivos, con el dinero recibido del magisterio emprendieron su propio negocio; compraron esa propiedad, la adecuaron como una escuela y ahí empezaron a ver crecer sus sueños.

Era una casa de dos plantas, con siete habitaciones amplias, cuatro en el segundo piso y tres  en el primero, tenía ventanales grandes que dejaban entrar la luz, los pisos de madera daban una sensación de frescura pero a la vez semejaban un estruendo de muchos caballos galopando, cuando a la hora del descanso salían desenfrenados los pequeños que parecían potrillos en carrera. Arriba estudiaban los chicos más grandes, diariamente, se ubicaban alrededor del balcón a comer su merienda, extendiendo sobre el suelo sus juegos de mesa improvisados mientras transcurría la media hora que asignaban sus maestros. 

En la planta baja se encontraba un salón grande, acondicionado para los chiquitines del lugar, lleno de juguetes, paredes pintadas en llamativos colores, con sillas en miniatura para hacerles sentir grandes en un mundo diseñado especialmente para ellos; además habían dos habitaciones que funcionaban como oficinas, una para los profesores y otra ocupada por los directores de la escuela. En el centro de la casa había un pequeño jardín, hermosas flores daban vida al lugar, rodeando una vieja fuente en desuso, con estatuillas de un par de ángeles tratando de emprender el vuelo, sosteniendo en sus manos jarrones que en otro tiempo debieron manar agua.

Allí, los más grandes bajaban por las escaleras corriendo para salir a jugar al parque situado frente a la casa, disfrutaban de juegos infantiles en los diferentes aparatos que habían logrado rescatar con la ayuda de la comunidad.

Rafael, vio a la dulce Juanita tratando de subir al resbalador, pero su cara expresaba pánico  y no lograba ascender del tercer escalón, al principio se burló de ella, pero luego se enterneció al verla tan asustada e indefensa, en realidad se notaba su fobia por las alturas. Quiso ayudarla pero ella salió corriendo, llorando le contó a su maestra, esto le provocó una reprimenda al chico que en vez de alejarlo, lo impulsó a demostrarle a todos que no era mala su actitud, solo deseaba ser amigable.

—Ven acá, pequeña, no vayas a llorar como una gata asustada, me llamo Rafael, de verdad puedo enseñarte a lanzarte desde allá, pero si me prometes que no gritas ni empiezas a llamar a todos, la vez pasada casi me cuesta el descanso tu queja y solo trataba de enseñarte.

—Es que me da miedo, está muy alto —contestó entre los dientes Juanita— pensé que ibas a empujarme, apenas tengo seis años y mi mamá me prohibió juntarme con los más grandes como tú, ella dice que son malos.

—¿De verdad le creíste? Las mamás siempren dicen que los hijos de los demás son malos, no sé como se criaron ellas, pero mírame, si soy malo, aléjate de acá porque te voy a empujar muy fuerte para hacerte golpear.

—No eres malo, después del regaño que recibiste por mi culpa, pensé que no volverías a hablarme, pero no me obligues a subir ahí, solo quiero verte hacerlo. 

Así, cada día el par de niños inocentes se reunían con sus demás compañeros, mientras los niños saltaban como caballitos, las niñas se burlaban cuando caían, pocas se atrevían a jugar con ellos, preferían mirarlos, sentadas peinando a sus muñecas, compartían sus alimentos.

Rafa y Juanita, a pesar de la diferencia de edades, se entendían muy bien, jamás trató de obligarla a subir a los juegos, al contrario, la defendía cuando trataban de intimidarla o se burlaban de ella por sus miedos.

Para cuando él terminó su primaria, ella cursaba apenas tercer grado, ella excelente estudiante, él no tan brillante, pero audaz para los juegos, siempre le gustó hacer pequeños negocios con sus amigos, así ganaba dinero, desde chico su afinidad fueron los números y las empresas, empezó a trabajar desde muy joven para ayudar a su madre viuda y pagarse los estudios. Esto siempre impresionó a Juanita quien no tenía necesidad de hacerlo, sus padres le daban todo, era hija única, sobre protegida por ellos, sin embargo Rafael se ganó la confianza de todos en esa casa; llegó a ser semejante a otro hijo, por su gran cuidado y protección hacia ella.

Los años trascurrieron, mientras Juanita se inclinó por la literatura, Rafael con mucho esfuerzo logró terminar sus estudios secundarios, trabajaba a la vez en un restaurante de comidas rápidas para pagar su carrera en la universidad, convirtiéndose en un economista exitoso, sus conocidos lo recordaban siempre por sus ideas geniales, logró que el dueño del lugar se hiciera muy famoso porque un día Rafa se inventó la idea de poner un huevo de codorniz sobre la hamburguesa o el “Hot dog”, esto fue muy novedoso para la gente y convirtió el negocio en el sitio más reconocido de la ciudad, por lo cual, Mauricio su dueño, quiso recompensarlo, patrocinando media beca en la universidad, de este modo pudo sostenerse y seguir ayudando a su madre.

Los inseparables amigos, mantuvieron lazos estrechos, aunque ella jamás lo quiso como hombre, él siempre fue su confidente, consejero, quien conocía sus aventuras amorosas y desengaños, fueron varias sus decepciones, en brazos de su mejor amigo solía terminar llorando, parecía “de malas para el amor”. Él, por su parte un casanova empedernido, alojaba en su apartamento de soltero a todas sus amigas de turno pero jamás se comprometió con ninguna.

—¿Le tememos al compromiso muñeca? —le preguntó esa noche, después de tomar una copa de vino, pues en su compañía no le permitía beber más, ni jamás lo haría ella, la enseñanza de sus padres con respecto al licor, por poco arruina su hogar cuando apenas era una bebé, esto le hizo repeler la idea de tomar al menos una cerveza.

En esa pequeña guarida, se reunía con su amigo cuando él no tenía invitada o cuando querían cocinar juntos recordando sus romances fallidos, era un sitio cálido, un apartamento dúplex, con muebles muy sobrios, la decoración escogida por ella le hacía sentirse como en casa, él, siempre fue tan básico, dejó a su amiga ayudarle con esto, eligiendo los cuadros, cada mesa y hasta su cama doble la compraron juntos. Ella a veces dormía en la habitación de arriba, él la había improvisado justo para aminorar su miedo a las alturas, pero no podía dejarla sola hasta que se durmiera recostada en sus piernas, quien acomodaba su cabeza sobre la almohada suavemente para no despertarla.

—He decidido aprender a nadar —dijo ella un día muy convencida— ya averigüé en el club de estrellas doradas, lo dirige un profesor de la universidad, las clases se dictan tres veces a la semana así puedo escoger el horario más cómodo.

—Qué bien, me encantaría ir contigo, pero mis problemas de rinitis alérgica empeorarían, mas esa es una buena forma de aprender a lanzarte desde un trampolín. —Con risa burlona le comentó Rafa.

—No empieces con tus ironías. Voy a nadar, no a lanzarme como una rana desde ningún lado.

—Deberías ir al psicólogo para descubrir de dónde viene tu miedo a las alturas, de esta forma, no me culpas a mí por lo del resbalador.

—Ya te he dicho. No quiero ni necesito psicólogos, tengo los pies sobre la tierra, eso es suficiente para mí, si necesitara tirarme de algún lado para ser feliz, sería la novia de un superhéroe “superman” o “spiderman” y aún así ellos me cargarían en sus brazos. No molestes con lo mismo.

Sus clases de natación junto a Carlos su profesor fueron espectaculares, en esa enorme piscina de doce metros de larga por tres de ancha aprendió los diferentes estilos; mariposa, libre, espalda y pecho, con el tiempo, él le enseñó a usar aletas, esto realmente la emocionó, nadaba más, en menos tiempo, de este modo, fortalecía sus músculos rápidamente, siempre fue tan menudita y por primera vez subió de talla seis; sus piernas al fin se definían por el ejercicio, estaba feliz; pasaba mucho tiempo nadando, a la vez se relacionaba con otros amigos, incluso habían niños participando en las clases, todos eran alumnos por igual y competían para evaluar su desempeño. Todos se reían de ella porque jamás se lanzaba del trampolín, mas esto parecía tenerla sin cuidado, las carreras siempre las iniciaba desde adentro de la piscina, mientras sus competidores le tomaban ventaja al lanzarse, pero ella se esforzaba el doble para alcanzarlos y no quedar en ridículo frente a nadie.

Una tarde como cualquier otra llegó muy emocionada a nadar, estaba tan cansada por su largo día de trabajo y solo veía la hora de lanzarse al agua. Pero cuando atravesó el parqueadero, al llegar a la piscina no escuchó la bulla característica ni encontró a nadie en el lugar, por un momento se entristeció; creyó cancelada la clase, cuando vio a Carlos al otro lado del club, esperándola. Se acercó dudando, con cara de desilusión.

—No me digas, ¿no hay clase? estoy exhausta. Necesito nadar un rato.

—Sí, claro, pero la clase de hoy es personalizada.

—¿Qué significa eso?

—Que eres mi única alumna por hoy, aprovechemos el tiempo para enseñarte a lanzarte desde el trampolín.

Asustada, como quien ve un espanto, la pobre empezó a sudar, sentía algo en el estómago, estuvo a punto de salir corriendo pero él muy paciente la pudo convencer de intentarlo, la clase normalmente duraba dos horas, esta se extendió una más, pues Juanita jamás pensó que lanzarse fuera tan difícil para ella. Al principio Carlos quiso bromear con esto, pero al reconocer su angustia, entendió que el problema era realmente serio, por lo tanto la trató con mucha cautela.

—La verdad, nunca en mi vida me he enfrentado a un caso así Juanita, eres un reto para mí, no puedes decir que fuiste mi alumna si no aprendes a lanzarte, he tenido toda clase de estudiantes, pero jamás alguien tan especial como tú, eres muy buena nadando, la más ágil en el agua, pero esto es complicado, enfréntalo, porque es un miedo que debes vencer.

—No quiero hacerlo.

Estuvo a punto de estallar en llanto, gracias a Dios estaban solos porque la vergüenza habría sido mayor.

Finalmente se lanzó. Después de tres horas; obviamente cayó de plano como una rana, pues todo el tiempo que gastó Carlos enseñándole la técnica, no sirvió de nada a la hora de enfrentar su miedo.

—Pero bueno, al menos lo hiciste, fue un buen ensayo —pero ella salió del agua y no hubo poder humano que la hiciera volver a lanzarse.

Cuando conoció a Ricardo, él poco a poco la ayudó con esto. En alguna ocasión la llevó de paseo con sus amigos al río, en ese hermoso lugar había una cascada enorme, la gente disfrutaba metiéndose debajo de esta poderosa fuente de agua para sentir el golpe de su fuerza y caían a un pozo, al cual todos los visitantes se lanzaban desde una gran roca, nadie iba a este sitio sin intentar lanzarse de allí. Así que la historia se repitió ese día, él, muy paciente, no le permitió a nadie burlarse de ella, se lanzó varias veces para que lo viera, el agua era bastante fría, así que todos salían prácticamente congelados, no importaba la técnica sino la adrenalina del momento, ella después de dudarlo mucho ya tenía la experiencia anterior y finalmente se lanzó dos veces.

—Se siente un vacío en el estómago, cada vez que estoy cayendo, creo morir en el instante.

—Pero ves, sí puedes hacerlo. No te preocupes, nada va a pasarte.

Esa experiencia fue grandiosa para ella, pero su miedo a las alturas llegó al límite cuando recibió en su mano la inscripción para el curso de paracaidismo; de verdad Rafael lo había hecho.

—Estás loco, esto tiene que ser la peor de tus bromas, ¿no estás pretendiendo que vayamos juntos a ese curso?

—Te dije. Es mi regalo de bodas, necesitas liberarte de muchas cosas antes de casarte; tal vez esto te haga valorar realmente la vida acá abajo, mientras estés allá arriba.

—Pues querido, ni loca lo aceptaré. No sé de dónde sacaste esa descabellada idea, pero lamento decirte que perdiste tu dinero.

Después de mucho rato, rogándole prácticamente, logró convencerla de asistir a la inducción, todo sería un simulacro en tierra, no tenía ningún riesgo, además lo harían juntos.

El instructor, un apuesto hombre de cuarenta y cinco años, de ojos negros, cejas poblabas, tenía la más hermosa sonrisa junto a un cuerpo escultural como sacado de revista, era muy atento y sabía convencer a sus estudiantes de lo fascinante de esta experiencia.

Cada uno, asistía a una hora determinada, pero la pareja de amigos tomaron el curso juntos para asegurarse que Juanita no abortara la misión, y su profesor de paracaidismo se dedicó a explicarles cada paso de manera muy minuciosa, les hacía preguntas sobre su infancia y la llevó a analizar la raíz de su miedo hasta encontrarla. Su abuela paterna había muerto al caer de un balcón de manera accidental. Esto ocurrió mucho antes de su nacimiento, sin embargo esa información estaba guardada en el subconsciente.

—Rafael y tú deben saber algo: acá no vinieron a perder su miedo a las alturas, al contrario, están en este lugar para hacer realidad el sueño de todo ser humano, aprender a volar, si no es así, respondan: ¿por qué los superhéroes que vimos en nuestra infancia lo hacen? —apenas ese par se miraban asustados— tenemos esa información en nuestro inconsciente, así que el paracaídas, solamente nos perimitirá vivir la mejor de las experiencias del hombre.

Durante dos semanas asistieron cada tarde, aunque ella estaba convencida que al final no lo haría, quería complacer a su dulce amigo para que luego no le reprochara no haberlo intentado.

Finalmente, el dichoso día de la prueba definitiva, Juanita, después de negarse todo el tiempo se lanzó primero, su instructor lo hizo con ella y recibió su certificado.

Al terminar esta aventura decidió romper su relación con Ricardo, dos meses después se casó con Rafael su amigo del alma, allá arriba, en caída libre supo cuánto lo amaba, mientras volaba logró vencer sus miedos disfrutando de la libertad absoluta de sentir el aire golpeándote a tantos pies del suelo.

El día de la boda Rafael invitó al instructor, este, no era más que un loco psicólogo que utilizaba esta técnica para liberar a pacientes resistentes a las terapias convencionales, pero urgentemente necesitados de superar terribles fobias y empezar a disfrutar la vida enfrentando sus miedos.

jueves, 30 de junio de 2016

Teresa

Paulina Pérez


Teresa preparó su regreso a casa temiendo ser rechazada. Quería saber de sus padres. Saborear el agua dulce del río. Sentir la brisa cálida en su rostro. Recostarse en la playa y dejar que el agua salada bañe su piel. Disfrutar de los atardeceres y las noches estrelladas. Percibir los exquisitos olores que cada noche emanaban de la cocina. Compartir la mesa y degustar esos camarones gigantes bien adobados que solo su madre sabía hacer. Extrañaba ayudar a limpiar el pescado y acompañar a su madre a escoger la fruta. Todo aquello suyo, único, arrebatado de un tajo por la maldad humana.

Ni bien ingresó a la sala de migración para registrar su entrada al país, miró en una de las carteleras su foto. Sus padres ofrecían una recompensa por cualquier información sobre su paradero.

Teresa, hija de Celia y Tomas. Ella una afro descendiente bastante atractiva pese al paso de los años. Él un francés venido al nuevo mundo atraído por las historias fantásticas que sus amigos comentaban luego de largos viajes por América Latina. Celia trabajaba en un hotel a orillas del mar cuyos huéspedes eran en su mayoría europeos. Aparte del alojamiento ofrecían paseos a lugares paradisíacos solo conocidos por los nativos de la zona y muy alejados de la civilización.

Fue así como Celia y Tomás se conocieron. Él se atrasó a una excursión y a ella le apenó que se quedara solo, así que le ofreció llevarlo a su pueblo donde podría disfrutar de hermosos paisajes, caídas de sol y noches de luna, rica comida y gente buena. Tomás aceptó sin saber que luego de un par de días decidiría quedarse junto a Celia para siempre. Montaron un pequeño restaurante y unas pocas cabañas todo muy rústico. Tomás se asoció con algunos dueños de hoteles para recibir grupos y ofrecerles un plan de actividades de tres o cuatro días en lugares casi secretos de naturaleza virgen. Eran los inicios del turismo comunitario.

Luego de dos años de compartir sus vidas nació Teresa. Una niña muy bella. Ojos azules, piel canela, cabello castaño oscuro con algunos mechones dorados y una sonrisa que iluminaba su rostro. Sobraban manos para cuidarla. Para evitar las rencillas los padres tuvieron que poner turnos, pues todas las mujeres del pueblo querían ocuparse de la pequeña.

Cuando llegaban los turistas, su padre la mantenía alejada del pequeño hostal. Le tenía pánico al famoso mal de ojo. Una creencia muy arraigada en el campo. Se decía que cuando un bebé era muy bonito, la gente lo enfermaba si lo miraba con envidia. Tomás había visto algunos casos y no sabía si le asustaba más la supuesta enfermedad o la forma en que la curaban. 

Cuando Teresa se acercaba a los catorce años su madre quedó embarazada. La gestación se complicó desde un inicio y su médico ordenó reposo absoluto.
Tomás estaba rebasado de trabajo y la idea de solicitarle ayuda de su hija le desagradaba pero no le quedo más. No le gustaban las miradas que los foráneos le lanzaban. 

Agosto empezaba y con él la llegada constante de numerosos grupos de turistas. En uno de ellos llegó un muchacho joven que de inmediato se fijó en Teresa, pese a la molestia que Tomás se empeñaba en mostrarle cada vez que lo encontraba mirando a su hija, no disimuló su interés en ella.

En uno de los viajes a la ciudad, Tomás y dos de sus ayudantes reconocieron al joven. Les pareció muy extraño. En todos los años que llevaban trabajando nunca se habían reencontrado con alguien que hubiera sido alojado por ellos.

El embarazo de Celia se complicó aún más y fue hospitalizada. Su estado se agravó, perdió el bebé y requirió cuidados intensivos. Padre e hija debieron quedarse en la ciudad por varios días. Solo regresarían a casa con ella sana.

A Tomás no le gustaba la ciudad para su hija. Teresa había sido criada en un ambiente sano, rodeada de gente sencilla, honesta, trabajadora. Muy solidarios entre ellos y para quienes la palabra valía más que un papel firmado. Y ese lugar era todo lo contrario. Había almacenes de joyas y bisutería, los escaparates mostraban vestidos de vivos colores con atrevidos escotes y pedrería. En los bares y discotecas dispuestos frente a los numerosos hoteles de la avenida principal no faltaban aquellos que empezaban a beber desde muy temprano, mujeres excesivamente maquilladas y escasamente vestidas que abordaban a los extranjeros sin ningún pudor. 

Teresa no pasaba desapercibida para nadie. Atraía las miradas por donde pasaba y eso incomodaba mucho a su padre.

Una mañana, Tomás salió temprano hacia al hospital dejando a Teresa dormida. Cuando regresó encontró a su hija conversando y mirando revistas de farándula de lo más animada con el mismo joven que tanta extrañeza le había causado hace unos días.

Se llamaba Mauro y por su acento se podía deducir que era español. Cuando Tomás estrechó su mano una desagradable corriente le recorrió el brazo. 

Mauro era bien parecido y bastante agradable en su trato y su conversación. Almorzó con sus nuevos amigos y no permitió que Tomás pagara su comida. Pidió permiso para invitar a Teresa a una heladería frente al hotel y le fue concedido. Mientras, Tomás esperó su regreso sin quitarles los ojos de encima ni un solo momento.

Pasaba el tiempo y Celia no mostraba mejoría. Tomás empezaba a desesperarse, no sabría vivir sin ella. Caminó hacia el hotel para tratar de disipar la angustia y ni bien entró el empleado de la recepción le comunicó que en el hospital requerían su presencia con mucha urgencia. Uno de los medicamentos que se utilizaba en el tratamiento de su esposa se había terminado y era urgente comprarlo.  

Luego de una angustiosa y larga noche, Celia empezaba a reaccionar. Por primera vez en días los médicos se mostraron optimistas y le aseguraron que se recuperaría totalmente.

Tomás llegó a su habitación agotado y se quedó dormido sobre la cama. Cuando despertó ya pasaba del medio día. Sobresaltado recordó que no le había dejado ningún recado a su hija, ni le había visto desde el día anterior.

Salió disparado a buscarla. La encontró con Mauro, quien le sacaba fotos, mientras ella posaba de lo más divertida. Algo estaba cambiando en su hija. Percibió cierta malicia en su mirada y eso le disgustó mucho.

Luego de algunos días Celia fue dada de alta y regresaron a casa. Tomás no podía creer que al fin estaba de nuevo en su hogar con su mujer todavía convaleciente y su hija, lejos de aquel infiernillo lleno de ruidos y gente extraña.
Teresa empezó a mostrarse muy extraña. Reclamaba al estar todo el día en casa al cuidado de su madre. Y siempre estaba pendiente de la gente que llegaba o de si su padre preparaba viaje para abastecerse de víveres y otros insumos necesarios.

La insistencia de Teresa de querer acompañar a su padre o a cualquiera que tuviera necesidad de ir a la ciudad empezó a preocupar a Tomás. Su hija había dejado de ser la niña inocente que no se le despegaba para volverse irritable, grosera y descariñada.  Su madre y su abuela decían que era la edad, que ya se le pasaría, pero su padre no se convencía.

Celia ya empezaba a incorporarse al trabajo, al principio iba las mañanas, luego en las tardes. Le llevó algún tiempo volver a ser la misma negra alegre de siempre, que no se quedaba quieta un minuto. Mientras tanto su hija se volvía cada vez más huraña.

Nuevamente iniciaba la temporada alta, el trabajo se multiplicaba. Gente que llegaba otra que partía. La cocina no paraba nunca, los fogones no descansaban, la fila de platos y cubiertos en el lavadero parecía no disminuir. Los canastos de frutas y mariscos desaparecían con la misma rapidez que llegaban. Todos estaban concentrados en el trabajo y fue hasta casi la media noche que notaron la ausencia de Teresa.

La buscaron por todos lados. Sus padres entraron en desesperación. No podían salir a buscarla hasta que amaneciera puesto que el camino era malo y no había iluminación.

Apenas aparecieron los primeros rayos de sol, Tomás y tres de sus amigos más cercanos salieron a buscarla. A llegar a la ciudad fueron de bar en bar y de hotel en hotel. Preguntaron, averiguaron y nadie daba razón. 

Su padre guardaba la esperanza que se hubiera escondido cerca de casa para asustarlos y llamar su atención. Pero al regresar encontró a Celia desesperada. Estaban conscientes de lo bella que era su hija y temían que alguien le hubiera hecho algo malo. Regresaron a buscarla a la ciudad y fueron hasta la estación de autobuses. Los conserjes de la estación eran muy amigos de Celia. Acudieron a ellos para pedirles ayuda para encontrar a su hija y recibieron una devastadora noticia.

Doña Clara había visto a Teresa acompañada de un joven muy guapo subiendo a un autobús que iba para la capital. La vio tan tranquila que no se imaginó que estaba huyendo de casa.

Celia y Tomás no atinaban a articular palabra. Tampoco entendían por qué su hija había tomado la decisión de irse y de esa manera.

Teresa estaba emocionada. Mauro le había invitado a conocer la capital. Sabía que a su regreso recibiría una tunda por cada uno de sus padres, pero no iba a desaprovechar esa oportunidad, Estaba harta de pasar encerrada. Su padre la educaba en casa y una vez al año salía para presentar exámenes. No recordaba un solo día que su padre o su madre no estuvieran con ella.

Cuando su madre estaba en el hospital, Teresa compartió algún tiempo con Mauro y para él fue más que suficiente para convencerla de aceptar irse con él. Le aseguró que conocería a muchas personas como las que habían visto en las revistas. Podría comprar vestidos, hacerse peinados como los de aquellas mujeres famosas. Estaba totalmente deslumbrada con las historias que él le contaba sobre la gran ciudad.

Llegaron a la capital a las cuatro de la mañana. Apenas bajaron del bus, Mauro empujo a Teresa hacia el interior de un carro y desparecieron por las avenidas todavía dormidas de aquella metrópoli. 

Mauro le pidió disculpas por haberla tironeado, como ella era menor de edad, le dio miedo que los policías de la estación les pidieran papeles.

Eso tranquilizó a Teresa y el sueño la venció. Cuando despertó, Mauro ya no estaba en el auto. En su lugar estaba una mujer. Al preguntar por Mauro, nadie le respondió.

Entraron al garaje de una casa muy lujosa y una vez cerró la puerta, la mujer sacó violentamente a Teresa del carro y la sujetó fuertemente mientras el conductor vendaba sus ojos y sellaba su boca con cinta de embalaje.

Todo esfuerzo por zafarse o gritar fue inútil, fue sometida y luego encerrada en un cuarto. Alguien entraba tres veces al día para dejarle comida. Al principio lo escupía todo, gritaba, maldecía, nadie le respondía. Con el paso de los días empezó a comer algo, lo estrictamente necesario para no morirse.

Teresa pensaba que estaba secuestrada y que apenas sus padres hicieran el pago la dejarían volver a casa. Esa esperanza la ayudaba a tolerar los interminables días, amarrada de pies y manos y sin la posibilidad de ver el lugar en el que estaba recluida ni saber si era de día o de noche.

Estaba quedándose dormida cuando sintió que abrían la puerta. La levantaron y sintió un pinchazo en su brazo. 

Despertó en un cuarto sin ventanas junto a otras muchachas. Una de ellas se le acercó para preguntarle su nombre:

—¿Cómo te llamas niña?

—Teresa —respondió.

—¿Y cómo has llegado hasta aquí?

—Conocí a un muchacho llamado Mauro. Parecía buena persona. Me propuso hacer un viaje a la capital para que la conociera y prometió que en dos días regresaríamos a casa. Pero me dejó con otras personas.

—Yo también conocí a Mauro y acepté su viaje a la capital —contestó otra muchacha que estaba recostada sobre una colchoneta con cierta ironía.

—¿Y qué quieren de nosotras? ¿Para qué nos han traído?

—Para vendernos querida.

—¿A quién? ¿Por qué quieren vendernos? No se pueden vender personas.

—Caíste en manos de gente mala querida. Ellos van por los pueblos o ciudades más pequeñas buscando chicas bonitas para luego venderlas a quien pague mejor.

Teresa no entendía nada, pero algo en su interior le advertía que estaba en peligro.

Estaba segura que sus padres la buscarían pero dónde, si ella misma ignoraba donde estaba.

Se puso a llorar desconsoladamente. La puerta se abrió y dos tipos con gafas oscuras y muy grandes entraron seguidos de dos mujeres que traían unas bandejas como las que usan las enfermeras con varias jeringas y una a una fueron inyectadas. Teresa observó como después de la inyección se acomodaban y se iban quedando dormidas.

Cuando despertó, notó que faltaban algunas chicas. Amanda, la primera muchacha que le habló se dio cuenta que Teresa era muy ingenua, no acababa de entender el lío en el que estaba metida.

—¿Ya te diste cuenta que se han llevado a algunas de nosotras?

—Sí. ¿Y a nosotras también nos van a llevar?

—Claro querida. Apenas alguien ofrezca un buen precio.

Amanda se dio cuenta que debía alertar a la recién llegada. Le explicó que ellas eran vendidas para trabajar en bares para hombres y obligadas a tener relaciones sexuales. Le aconsejó resignarse porque de lo contrario sería maltratada y drogada para que obedezca. Sus padres no la iban a encontrar nunca. Era gente muy mala y sabían cómo hacer las cosas sin dejar rastro.

Pero Teresa no estaba dispuesta a resignarse. Intentaría escaparse.

Pronto admitió que Amanda tenía razón, ya llevaba dos años trabajando en un cabaret. Usada, vejada, humillada, fumaba marihuana para resistir aquellos días en los que sentía que era mejor quitarse la vida que seguir así. Aprendió a evadirse mientras los hombres la usaban y abusaban de ella. 

Una noche, la casa donde Teresa y otras chicas eran encerradas fue allanada por la policía. Teresa estaba muy drogada. No se enteró que fueron las autoridades hasta que despertó en una celda con varias literas. Era una correccional para adolescentes. Teresa tenía dieciséis años ya.

Luego de varias semanas de estar en aquel lugar fue entrevistada para buscar a su familia.

Se declaró huérfana. Prefería que sus padres la dieran por muerta a reencontrarse con ellos y causarles la pena de verla transformada en un despojo humano.

Sus ojos azules ya no tenían luz, el cabello escaso y maltratado. Las drogas le habían deformado el rostro y su piel era amarillenta.

Nadie creería que alguna vez fue una jovencita que atraía todas las miradas por su excepcional belleza.

Al no tener familia, Teresa permaneció recluida hasta la mayoría de edad. Sacó un certificado en cosmetología y apenas quedó en libertad se dedicó a buscar trabajo. Volvió a verse como antes del secuestro pero sus ojos nunca recuperaron ni el brillo ni la expresividad que los hacía maravillosos.

Consiguió compartir un departamento con otras dos chicas quienes la involucraron en su negocio. En las noches hacían de acompañantes de ejecutivos. Ellas los escogían, no tenían dueños o jefes y ganaban mucho dinero. Teresa sabía que eso era prostitución. Si bien es cierto que ella decidía no por eso dejaba de serlo.

Ya no tenía nada que perder. Lo que ganaba le permitía tener su departamento propio. Había recuperado todos sus atractivos y aprendió a utilizarlos muy bien. Viajó, disfruto de los lujos que sus clientes le ofrecían.

Tenía joyas, ropa, comodidades pero nada lograba llenar el profundo vacío de su alma. Necesitaba con urgencia aquel afecto, aquellos mimos y ese infinito amor que sus padres y su gente le habían brindado desde que recordaba.

martes, 28 de junio de 2016

Éstos, ¿no son hombres?

Rosario Sánchez Infantas


Aun cuando el deshielo continuaba, los siete nativos caminaban descalzos, apenas cubiertos por precarios taparrabos y un capote marino sobre los hombros. Aquella mañana del 31 de marzo de 1493, cuando comenzaba la primavera en Sevilla, Bartolomé, el niño de nueve años, no pudo evitar estremecerse. Lo deslumbró aquel séquito inaudito: unas enormes y coloridas aves exóticas, impresionantes máscaras de conchas de caracoles gigantes, aquellas plantas y frutas extrañas. Pero, la desnudez ajena le dejó ardiendo el rostro y el espíritu. Intuyó el pecado, la ignorancia, la inferioridad, la necesidad que tenían de ser conversos, de ser salvados aquellos indígenas de piel morena.

Ese mismo año su padre, Pedro Las Casas, y su tío, Francisco de Peñalosa, se embarcaron hacia el Nuevo Mundo en el segundo viaje de Cristóbal Colón. Tres años después, al regresar, su padre trajo un indio esclavo desde América; el adolescente Bartolomé se reafirmó en la idea, genuinamente bondadosa, de acercar esa alma impía a Dios. Reconoció en el nativo algunas manifestaciones de generosidad innata; de integridad que a él mismo le costaba conservar; y de inteligencia que se abría paso entre el desarraigo y la quiebra de lo que había sido su mundo originario. Sin embargo, el joven sevillano, era un ferviente y dogmático devoto de la verdad absoluta católica, romana y apostólica, aquella que excluía a los herejes, a quienes San Ignacio de Antioquía llamara fieras en forma humana. Además, el adolescente había sido educado en una religión que veía en el cuerpo y sus manifestaciones la mejor ocasión del pecado. Por todo ello, se reafirmó en la necesidad que tenían los cristianos de salvar a estas almas impías. 

Con la visión de Cristo como el señor del mundo entero, en 1500 participó en las milicias sevillanas que sofocaron la rebelión de los moriscos. En 1502 partía para América como un colono de los tantos que hubo, pues fue minero y luego encomendero en la isla La Española. No obstante que en 1507 regresó al Viejo Mundo y fue ordenado sacerdote en 1510, todavía el reino de este mundo era su prioridad, pues en 1512 vendió su hacienda y marchó como capellán de los conquistadores de Cuba, por lo cual recibiría una buena encomienda que atendió hasta 1514.

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Tras treinta y tres años de cerrada defensa de los indios americanos, en 1547 Fray Bartolomé de las Casas había decidido regresar a España para continuar su lucha por el bienestar de los indios desde la metrópolis. Corría 1553; el azar había permitido que, en su labor de investigación de lo que sería su "Apologética historia sumaria", coincidiera con Juanillo en la Biblioteca Colombina de Sevilla. Aquel muchacho provenía de la nobleza quechua y había sido enviado desde Perú a España, como parte de los súbditos al servicio de Francisca Pizarro Yupanqui, la hija del conquistador del Tawantinsuyo. La corona española quería poner a buen recaudo la herencia de Huayna Cápac, el soberano inca, abuelo de Francisca; y también resguardar el legado de su famoso padre extremeño.

—Cuánto debe haber cavilado usía en esos dos años de su vida, Fray Bartolomé —dijo reflexivo el joven moreno que compartía la mesa con el monje—. Habéis dicho que ya en diciembre de 1511 escuchasteis el sermón de adviento de Fray Antonio de Montesinos, allá en La Española. Pero, dos años más su merced recibió los tributos de esa pobre gente, humillada, oprimida, esclavizada, desarraigada. Dos años deben haber retumbado en vuestros oídos las palabras del fraile dominico: “Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre estos indios? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? Conociendo toda vuestra obra, quiero creer que pensasteis que conquistar Cuba era una nueva oportunidad de hacer bien las cosas, de armonizar la conquista con el trato bondadoso. O quizá, os tomó dos años aceptar que mis hermanos indios tenían alma. 

El sacerdote se abstrajo de lo que decía el muchacho, recordó cómo en 1511 los sacerdotes dominicos no se había amilanado ante las protestas de los encomenderos españoles por el mencionado sermón ni ante el pedido del propio gobernador Diego Colón de expulsar a Fray Antonio de Montesinos. Los sucesivos mensajes de los dominicos le habían producido una disonancia cognitiva que le robó la paz. De no restituirse los bienes de los indígenas no tendrían absolución, habían dicho los monjes; y él seguía con su doble rol: predicador y encomendero. Pese a ello, de las Casas aún creía que podría evangelizarse y extender el reino de Dios en Cuba. Es así que avanzaban conquistando pueblos, cristianizándolos y extendiendo el dominio de dios y de España. Él siempre enviaba a un indio amigo a parlamentar con los indios, por lo cual era llamado el  behique bueno. Estos logros se sucedían con violentas arremetidas de los conquistadores, tras las cuales se requería a Las Casas para buscar la reconciliación entre ambos bandos. Sintió un nudo en la garganta cuando recordó el banquete con el que fueron recibidos en 1513 por los nativos de la localidad de Caonao. Abruptamente, los españoles habían creído que iban a ser atacados y comenzaron a matar indios con sus espadas; él había intentado detener la matanza sin éxito. El sudor frío corrió por su rostro cuando recordó a un pequeño niño correr a abrazar a su hermano, un hermoso joven moreno, que caía apuñalado por un soldado español. El pequeño, con el llanto mojando su delicado rostro, había mirado al cielo y exclamado en su lengua nativa. Fray Bartolomé sintió como un latigazo en el rostro cuando el indio lengua tradujo lo que el niño había preguntado: ¿esto es lo que quieres Dios nuevo? La palabra cómplice había estremecido la conciencia del sacerdote y lo haría renunciar a su hacienda y emprender la cerrada defensa de los indios.

Lo que vuestros múltiples viajes, cerradas e incomprendidas defensas de los nativos de Las Indias, proyectos de conquista pacífica, febriles escritos testimoniales y las  logradas Nuevas leyes de Indias dejaron sin remozar fue la fe ciega en el dios cristiano —decía su interlocutor en ese momento que Fray Bartolomé volvía al presente—. Nunca entendisteis nuestro derecho a la libre conciencia. Cuestionabais las prácticas de los invasores pero vuestras gentiles formas dejaron intacta la creencia de que era el supuesto dios, verdadero y superior, quien había dispuesto conquistar estas tierras para el engrandecimiento de su reino y nombre. 

Dice su merced que no es civilizado ser profuso en dioses, mas deseaba fervientemente reinara vuestro dios en nuestra religiosidad fecunda. ¿Fecunda pero mal orientada dice usía? Que, ¿cómo adoramos a la tierra, al sol, a la luna, al relámpago, si solo hay un dios verdadero? Fray Bartolomé, sois muy inteligente y bien intencionado; pero es preciso que abra el ojo a la esencia. Sí, a la esencia, a lo que está más allá de lo aparente: ¡nosotros nunca necesitamos dioses! Vosotros aceptaron, nosotros conocimos. Honraron la fe, nosotros honramos la realidad.

Un anciano, padre del hijo, sin necesidad de una madre. Un hijo concebido, sin que lo sepa su carpintero padre. Un pajarillo fecundador de esposa ajena, madre y virgen. ¡Uf! En la pacha todo existe o ha existido, con su sombra, masa y peso específicos. No creemos en arcángeles de bordados faldellines, botines militares, y complicaciones para dormir: ¿dónde duermen los humanos alados, en una cama o en un palo como vuestras gallinas? Nosotros experimentamos los principios cósmicos: El principio ordenador: Wiracocha. La sabiduría y la capacidad cósmica de enseñar: Pachayachachic. Pachacamac es el principio que opera el cosmos. Y el principio de la reproducción cósmica es la Pachamama. Entonces ¿Cuáles dioses Fray Bartolomé? ¿Por qué nos llaman herejes? ¿Dónde está la idolatría? No necesitamos de un anciano quitándole la costilla a nadie para crear otro ser. Nosotros disfrutamos cuando, de a dos, decidimos hacer un hijo. ¡Habrá de perdonar la austeridad su merced!

Fray Bartolomé de las Casas sonrió; por un instante se abstrajo  de su cosmovisión fundamentalista y teocrática, y entendió la forma de razonar de Juanillo. Pero inmediatamente se repuso: era el enemigo el que había hablado por el muchacho. No pudo sin embargo, dejar de apreciar la fluidez con la que se expresaba en español, su impecable lógica, y la profundidad de sus análisis. Como hijo de un cacique indiano había recibido una buena educación, pero eran otras características personales las que, a pesar del choque de las dos civilizaciones y la necesidad de declinar toda su cosmovisión, le permitían al muchacho mantener la dignidad.

De pronto Fray Bartolomé de las Casas recordó el citado sermón que Fray Antonio de Montesinos pronunciara en 1511 en La española, en defensa de los indios. ¿Éstos, no son hombres? Había dicho. Miró los ojos vivaces e inteligentes de Juanillo.

—¡Perdón! —dijo, desde el fondo de su alma, el hombre mayor.

—¡Gracias! —dijo el muchacho, luego del desconcierto inicial.

Recién se encontraban los dos mundos.