jueves, 19 de septiembre de 2013

Ana y la organización

Sonia Manrique Collado


Conocí a Ana el segundo o tercer día que visité la organización. Ese tiempo no sabía yo el tipo de asociación que era: sólo quería servir a Dios. Ese día domingo todos estaban mirando un partido de fútbol entre Perú y Argentina, las calles lucían vacías pero era irrelevante para mí. Mientras caminaba hacia abajo por un lado de la fábrica Lanificio yo sólo pensaba en la felicidad que tenía cerca, muy cerca de mí.

Las primeras veces que fui a las reuniones las vi un poco aburridas. Sentía una especie de tensión en el ambiente, los asistentes mostraban una rigidez extraña. Pero pensé que era una impresión mía porque recién me estaba integrando al grupo. Únicamente personas selectas iban ahí, sólo las elegidas. El salón de reunión estaba localizado un poco lejos de donde yo vivía, muchas cuadras después del cementerio general. Era necesario tomar un bus y después, caminar un poco. Pero lo hacía con alegría, de ello dependía mi vida.

El día que conocí a Ana ella había ido con sus hermanos y una tía que venía de visita de los Estados Unidos. La sesión se llevó a cabo normalmente, era un estudio del artículo de la revista sagrada. El Hermano Mayor leía los párrafos y luego hacía preguntas. Ana levantaba la mano a cada momento para participar. Cuando terminó la reunión salimos a esperar el carro y ahí hablamos por primera vez. Ella estaba muy feliz, al igual que yo, por ser parte de la gran organización. Bueno, no éramos parte aún, primero era necesario pasar por un período de estudio y evaluación.

─Dios nos ha guiado hasta aquí –me dijo Ana esa vez.

─Claro que sí, yo quería venir hace tiempo –le dije yo- pero en mi casa no me dejaban.

Me preguntó si estudiaba en la universidad y le dije que sí. Ella también estaba estudiando para ser profesora, ya iba por el segundo año. Yo recién había ingresado y pasaba por un momento duro porque descubrí que los estudios eran mucho más difíciles que en el colegio. Por eso me aferré a la organización y creí todo lo que me dijeron. Después de todo, ¿para qué seguir estudiando si el mundo estaba a punto de acabarse? Ahora que lo pienso bien, quizás sólo quise huir de esa dificultad que estaba atravesando.

Básicamente lo que nos enseñaron era que el mundo estaba próximo a enfrentar una guerra mundial de grandes proporciones y que nos correspondía a nosotros avisar a todos para que se salvaran. Esta guerra la llevaría a cabo Dios, de hecho el combate ya había empezado muchos años atrás de manera invisible, pero pocos lo sabían: sólo tres millones en el planeta. Era un gran privilegio estar en ese grupo.

Algo de lo que aún no nos habíamos enterado cuando nos conocimos era que después la organización exigiría el abandono de los estudios universitarios a fin de dedicarnos por completo a ella. Era una obra urgente, nos dijeron. Y en la universidad nos enseñarían cosas contrarias a la voluntad de Dios. Eso lo aprendimos con el tiempo, la enseñanza era progresiva y en cada sesión venían cosas nuevas. Pero la situación era clara: el mundo estaba a punto de acabar y era necesario que tomáramos la decisión de elegir a Dios. Él dirigía la organización, no unirnos a ella significaba elegir al diablo. Así lo comprendimos todos los miembros, aunque notaba cierta apatía en los más antiguos.

Ana progresó en la organización un poco más rápido que yo. Es que ella estaba en ventaja: su tía ya era parte y su familia no se oponía. En mi caso era distinto: nadie más en la familia quería unirse, es más, me habían dicho que era un grupo de locos que sólo me harían perder el tiempo. Para poder asistir a las reuniones muchas veces tuve que mentir o hacer unos grandes escándalos de llantos y gritos. Finalmente después de dos años logré mi propósito y fui oficialmente admitida. Ana lo había logrado meses atrás, la ceremonia se llevó a cabo en un colegio del centro que tenía piscina. La piscina tenía gran importancia porque era en el agua donde se hacía el juramento.

Ese día muy muy importante para las ocho personas que fuimos aceptadas. Tuve mucho miedo porque no sabía nadar y meter la cabeza en el agua me aterrorizaba,  pero el Hermano Mayor me sostuvo bien y el mal rato pasó pronto. Había mucha gente ese día en el colegio Juana Cervantes, el que está al lado del río Chili. Ana se acercó a mí y me felicitó con mucha emoción. Me dijo que a partir de ese momento éramos hermanas, yo me sentí muy feliz. Ese día había sido horrible en mi casa, tuve que salir prácticamente huyendo. Al regresar en la noche comuniqué que ya era parte de la organización y que todo estaba dicho: había triunfado y no moriría en la guerra final.

Después que me admitieron oficialmente sentí que todo había cambiado y hasta ahora no sé qué fue. Solamente noté que la alegría y el entusiasmo empezaron a esfumarse. Los directores del grupo local ya no me hablaban con cariño pero exigían resultados. Me dediqué con fuerza a hacer la obra, iba todos los días muy temprano para salir al servicio sagrado. Este servicio consistía en tocar las puertas de las casas y avisar a las personas sobre la guerra final. Para ayudarlos llevábamos unas revistas que costaban muy poco. Muchas veces las personas que abrían la puerta nos gritaban y decían que éramos unos ociosos, vagos y que no regresáramos más. Me acostumbré a ese trato, la hermana Susana me dijo que esas personas serían las primeras que morirían en la guerra.

Ana abandonó la universidad ese mismo año para dedicarse al servicio sagrado. Yo seguí un año más pero al final también la dejé para dedicarme solamente a trabajar y predicar. En mi casa ello provocó muchos problemas  y hasta ahora recuerdo a mi mamá llorando. No me gusta recordar mucho esos momentos porque siento algo así como remordimiento. Pero pienso que mi mamá tuvo mucho de culpa en la locura que yo sentía por la organización. Fue ella quien los había contactado primero y compraba sus revistas, las dejaba sobre la mesa y yo las leía.

A veces en el servicio sagrado nos tocaba a Ana y a mí ir juntas a tocar las puertas. Eso me gustaba porque nos poníamos a conversar y nos llevábamos bien. Un día me contó que si fuera posible dejaría la organización porque no era lo que ella esperaba. En secreto yo también le conté lo mismo.  Lo que más dolía era que antes de bautizarnos nadie nos había informado que desde ese momento ya no existiría más la libertad de pensamiento.  O tal vez lo hicieron y no quisimos verlo. El asunto es que no podíamos estar en desacuerdo con la organización en ningún punto; nuestras vidas, palabras y gustos eran controlados minuciosamente. Expresar un punto de vista diferente era castigado con la censura primero, con la expulsión después. Eso puso una carga muy fuerte en nuestros hombros y en el caso de Ana, poco a poco vi como perdía su alegría.

─Últimamente siento un aburrimiento que no te imaginas –me confesó Ana una vez.

─Yo también, pero supongo que son obstáculos que nos pone el diablo –respondí, tratando de aparentar optimismo.

Me cansé pronto del servicio sagrado, de ir a reuniones cuatro veces a la semana, de escuchar el mismo discurso siempre. Las reuniones se llevaban a cabo en una casita aparentemente normal. Recuerdo que estaba localizada a una cuadra de la avenida Estados Unidos, el salón era pequeño y sencillo, suficiente para las cuarenta personas que asistíamos en ese distrito. No había ningún tipo de decoración en las paredes, es que a Dios no le agradaba la ostentación. Estaban las sillas para los asistentes y el atril para el Hermano Mayor, nada más.

Lo más difícil para mí era vender las revistas, nunca he sido buena para las ventas. Y en un año sólo pude convencer  a dos personas para que asistieran a las reuniones. El Hermano Mayor me dijo que mi producción era muy pobre. Yo hacía todo lo posible por cumplir la meta, cada mes teníamos que llenar unos informes con el número de horas dedicadas al servicio sagrado, número de publicaciones vendidas, etc. Me esforcé en predicar el mensaje en todo lugar, incluso descuidando mi trabajo. Eso me valió una llamada de atención de parte de mi jefe y faltó poco para que me despidieran.

Para hacer corta una historia interminable diré que han pasado casi veinticinco años desde que dejé la organización. Bueno, en realidad no la dejé sino que me expulsaron por faltas graves. La falta consistió en enamorarme de un miembro de la organización rival, lo cual estaba terminantemente prohibido. Fue un proceso doloroso y pesado. Tuve que comparecer ante varios jueces que me explicaron claramente las consecuencias de mi comportamiento. Las sesiones de juicio se llevaron a cabo en el mismo salón de reuniones, sólo ellos y yo. Eso sucedió exactamente dos años después de mi admisión oficial, pero debo decir con sinceridad que para esa época yo ya sentía un aburrimiento infinito y dejé de creer en la guerra que se aproximaba. Incluso pensé en volver a mis estudios en la universidad y las relaciones con mi familia habían mejorado.

La última vez que hablé con Ana fue un jueves. La reunión había terminado y ella se acercó cuando me dirigía a la puerta. Le conté rápidamente lo que había sucedido, ambas estábamos muy tristes porque sabíamos que no nos veríamos más. Se despidió de mí con una sonrisa nublada y me dijo que esperaba pronto mi regreso. Por un momento pensé en sugerirle que ella también dejara la organización pero no lo hice. Además, en su caso era mucho más complicado ya que varias personas de su familia formaban parte.

─Espero verte pronto, hermana –me dijo mientras se le humedecían  los ojos.

─Estoy segura que será dentro de poco –le dije y traté de sonreír.

─Por favor, usted está expulsada –interrumpió uno de los directores-, ya no puede hablar con los hermanos.

El Hermano Mayor me había comunicado la decisión un día antes. Me dijo que a partir de ese momento ya no era parte de la organización y que estaba prohibido que me acerque a cualquier miembro, ellos tampoco podrían acercarse a mí ni mirarme. Eso yo lo sabía desde mucho tiempo atrás: la expulsión de la organización significaba que para los demás miembros uno moría en vida pues estaba prohibido volver a tener contacto con un expulsado. Era una de las reglas más importantes y mientras fui parte yo también la obedecí, era para mí natural dejar de hablar con alguien que dejaba la organización, estaba claro que si se iba era porque estaba abandonando a Dios.



Hace tres años vi a Ana de nuevo. Me sorprendió saber que vive aquí cerca, en la residencial de al lado. La vi en una combi mientras iba al centro. Sentí su mirada triste y pude notar que aún me tenía afecto, han pasado muchos años pero el cariño se siente. Es una lástima que esté prohibido acercarme a ella. De las otras personas no me interesa mucho pero Ana era una amiga especial. Supe que nunca se casó y que sigue viviendo con sus papás. A veces me pregunto qué pensará ahora de lo que aprendimos esa vez. Nos habían dicho que la guerra final estallaría en cualquier momento pero han pasado veinticinco años y que yo sepa el mundo aún no ha terminado.

Supe que en diferentes partes del mundo se han formado varios grupos disidentes. Es que muchas personas fueron expulsadas, al igual que yo. A causa de la política de la organización, ellos quedaron prohibidos de hablar con sus antiguos amigos o familiares. Eso les ha llevado a efectuar un trabajo de resistencia, una vez me invitaron a formar parte pero la verdad es que no tengo energías para cosas de ese tipo. Eso sí, cuando tengo oportunidad siempre hablo a las personas que conozco sobre mi experiencia (así como lo he hecho aquí), así estarán advertidas y no se unirán a ese tipo de grupos que anulan la libertad de pensamiento.

Quién sabe, quizás en estos años las enseñanzas de la organización han cambiado y ya no hablan de la guerra final. Pero sigo viendo a sus miembros tocando las puertas de las casas. No sé, casi no me interesa la organización en esta etapa de mi vida. Por un tiempo estuve con mucho resentimiento por la forma en que me trataron los jueces, ahora ya lo olvidé. A veces veo a alguien conocido haciendo el servicio sagrado, si me reconoce me envía una mirada fulminante y voltea la cara. No me importa mucho, la verdad. Pero a mi amiga Ana sí la recuerdo y aún tengo la esperanza de volver a conversar con ella algún día, quizás ir al cine o a un café. El tiempo dirá.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Historias de lluvia

Marcela Royo Lira



        Esa noche, apenas el hombre se asomó a la calle, supo que la jornada sería diferente. Se lo dijo la figura que creyó ver en los andurriales mientras la lluvia, que no cesaba desde hacía dos días, lo acompañó todo el camino. Don Juan José, portero del cementerio del pueblo, era un hombre bonachón y solitario. Ni un alma se cruzó con él, ni luces que lo alumbraran, por eso, para distraerse comenzó a inventar una historia, su hobby. Más tarde, resguardado en la caseta de la portería, intentó dormir, pero los truenos y relámpagos no lo dejaban, abría y cerraba los ojos, durmiendo escasos segundos. En uno de los cabeceos le pareció que alguien gritaba en el portón de entrada.  

─No es posible  ─rezongó─. Con esta tormenta y a esta hora─. Cerró los ojos y trató de dormir.

Otro grito. Esta vez, en un tono más alto.

Se despabiló molesto. Adosada a la pared, la hoja ajada del Reglamento  que  sabía de memoria de tanto leerlo.
           
Era una noche fría y lluviosa. El río, por lo general de aguas tranquilas,   había  inundado las casas aledañas. Escuchó  la noticia en la radio antes que se  interrumpiera la electricidad. Por eso, le extrañaba  que alguien estuviese en el portón. Con un mohín se  acomodó  en la silla, se cubrió las piernas con  la manta y se dispuso a seguir durmiendo. Pero los gritos continuaban.  

─¿Quién será a esta hora? ─rezongó. Abrió la puerta y se asomó. Entrecerró los ojos para mirar a través de la lluvia. Distinguió un bulto borroso.

─Ábrame ─suplicó una  voz de mujer─. Quiero ver a mi hijo.

 El pobre viejo, apenas daba crédito a sus ojos. Una anciana, estilando agua bajo un paraguas con tres varillas quebradas. Se acercó otro poco, tratando de distinguir el rostro.
           
─Abra  ─insistió la desconocida.

El portero, estimulado por el frío, tuvo deseos de obedecer, de sacarla de la lluvia, pero el viejo hábito de ceñirse a las reglas lo detuvo.
.          
─¿Qué quiere? ─preguntó mientras el agua le escurría por el cuello y le empapaba la espalda. “Esto me acarreará una gripe”, gruñó.
           
─Rezarle ─dijo ella, con una seguridad que lo desconcertó, acostumbrado al temor que la muerte produce en la mayoría. Bien lo sabía él que llevaba años en el oficio.
           
─No es hora. Está cerrado. Vuelva mañana ─replicó. Por un instante, la imaginó una de las enfermas del Sanatorio, que solían escapar  y robarse las flores de las tumbas.
           
─Mañana podría ser tarde ─repuso la anciana. Estuve enferma, casi un año en el hospital del otro pueblo. Luego, me fui donde una ahijada al norte, no quería que me viniera. Por eso no había venido antes ─se justifica

A lo lejos aullaron unos perros y un relámpago iluminó los cerros.

─Ya le dije, no se puede, está cerrado ─insistió, mientras oía cómo se acercaba el trueno.
           
─Lo sé. Es sólo un ratito ─suplicó la pueblerina. De seguro usted no me recuerda. Era un muchacho cuando caí enferma. Cómo lo cuidaba su madre, me causaba admiración lo caballerito que era usted. Siempre lo puse como ejemplo con mi hijo, pero él… ya lo ve.
           
 El portero tuvo el presentimiento que, por primera vez en sus treinta y cinco años de servicio, desobedecería el reglamento.  Por eso, musitó:
           
─¿Y, qué le digo mañana al jefe si me pillan?
           
─¿Y, quién lo va a pillar con la tormenta y a esta hora?
           
 No supo qué añadir. Se quedaron a la lluvia; él notó los ojos tristes de la mujer, ella, la simpleza en los del hombre.
           
─Sólo un Padre Nuestro y tres Ave María ─continuó la desconocida─. Se lo prometí cuando era niño y rezábamos el rosario todas las noches. Hoy es un día especial, el primero al que puedo asistir desde que murió.
           
─Ay, madrecita. No sabe en los aprietos en que me pone ─rezongó don Juan José. Con la oscuridad y la lluvia deberé acompañarla y me duelen tanto los huesos.
           
─Hágase friegas con orines de gata preñada ─lo aconsejó la mujer.
           
─¿Y, cómo se llama el difunto?  Tendríamos que buscar en los libros y quedan guardados con llave ─explicó esperanzado. Tiempo atrás entró un grupo de muchachones satánicos, rompieron las tumbas y le prendieron fuego a la oficina  ─acotó, encogiéndose de hombros para impedir que el agua le escurriera  por el cuello.
           
─Usted lo conoce. Me dijeron que siempre lo visita   ─le respondió─. No sabe cuánto se lo agradezco. No le gusta estar solo. Quizás fue lo que lo llevó a las malas compañías. Vaya una a saber.
           
Supo de quién se trataba. Una tumba ante la cual nunca nadie, en cuatro años, puso una flor.  Por eso, él la barría y de vez en cuando le regalaba flores que recogía en el camino. También le contaba historias para que no se aburriera de estar tanto tiempo sin moverse.
           
─Soy su madre ─dijo la anciana, interrumpiendo sus pensamientos─. No sabe lo que sufrí cuando me avisaron del enfrentamiento con carabineros. Ellos me dijeron de su muerte. Pensar que cuando niño fue bien rezador, viera usted.  Las vecinas me decían que sería obispo.
           
─¿Y, qué pasó, entonces, madrecita? ─preguntó con interés. Después de todo era su muerto favorito.
           
─La vida, señor, solo la vida ─gimió ella y volvió a verla como una mujer humilde, con un paraguas roto. Por eso, a modo de consuelo, le confesó:
           
─Yo también le rezo todos los días un Padre Nuestro y tres Ave María a mi santa madre. Dicen que  se quedan contentos y sin ganas de levantarse. Es difunta hace cinco años y  está aquí, en el sector de los rosales.
    
─Supe que usted, tan bueno de niño,  comprendería apenas se asomó a la lluvia. Otros, en su lugar, se hacen los sordos ─dijo ella.
           
─Pero, es que… está solo y oscuro allá adentro ─apeló como último recurso el portero.

─¿Y qué me puede pasar si están todos muertos?               

─Cierto, madrecita ─reconoció.

No quiso dejarla sola, no pudo. Se fueron tomados de la mano para no perderse entre las tumbas ni que un muerto despistado se asomara y los matara de un infarto. Apenas alumbraba su lámpara pero conocía el camino, lo recorría  a diario hacía treinta y cinco años.
           
─Aquí me tienes, Lucho ─escuchó que decía a modo de saludo. Luego, la vio arrodillarse y rezar─.  Ya ves, hijo. Te prometí que ni en la muerte  olvidaría  tu cumpleaños. La Rosaura no me quería dejar venir, ya sabes cómo es.
           
─No se moje, abuela  ─la previno cuando iban de regreso a la entrada.
           
─¿Y, si se resfría mi niño? Es tan delicado, el pobrecito. Repitió el quinto de preparatorias porque se pasó el invierno enfermo. Fue el año de la nevazón grande. Hubo hasta muertos ¿se acuerda?  Pero la desgracia ayuda al pobre.   Después, la Municipalidad me entabló el piso y renovó los pizarreños. Claro que los gatos me los tienen todos quebrados, quizás  cuántas goteras  voy a encontrar.
           
─Oiga ─le advirtió don Juan José, deteniéndose bajo al roble─. Su hijo no puede irse.
           
─¿Y  por qué no? Le tengo tortilla de acelga y pan amasado con queso de cabra. No ve que hoy es su cumpleaños, el primero al que puedo venir desde que está aquí. Nació de madrugada un día de tormenta como hoy.
           
─No sea porfiada, señora. No ve que el problema lo tengo yo después. Volvamos y lo dejamos en su tumba.
           
─¿Ni siquiera por esta noche?  Le prometo que se lo traigo mañana antes del mediodía ─suplicó la mujer.
           
En la entrada, se detuvieron otra vez, indecisos. Intuyó que su falta al reglamento sería mayor de lo que había pensado en el primer momento Miró al muchacho, tenía los ojos de la madre, pero no recordaba a ninguno de los dos, su madre le tenía prohibido jugar en la calle, además los últimos años de colegio los hizo en el internado del otro pueblo.
           
─Es usted un buen hombre. Su santa madre ha de estar contenta en el cielo  ─agradeció la mujer y con su mano fría y de piel áspera rozó la del portero que sostenía el farol. Luego, mirando al hijo le ordenó:
           
─Despídete, Lucho. Mañana te vienes temprano.
           
Se quedó mirándolos alejarse, muy juntos,  bajo el paraguas roto.

─Puchas, la veterana porfiada ─masculló y regresó al interior de la caseta.                                                                                           



En el puente

Dennis Armas


“No hay buena acción que quede sin castigo…”


- ¡Santísima mierda! ¡Me quedé dormido!

Fue lo que dije mientras saltaba de la cama. 

Después del almuerzo me había echado a reposar y terminé durmiéndome con el televisor prendido.

Di un rápido vistazo al reloj. Eran la una y media de la tarde ¡Y bebé Ruth me esperaba dentro de una hora!

Me dirigí corriendo al baño con un calzoncillo nuevo en la mano. 

Después de cagar brevemente, zambullí mi cuerpo de cien kilos en la ducha. No era que no me hubiese bañado esa mañana, pero quería estar limpio y fresco para encontrarme con ella. Después de diecisiete años de noviazgo aun me seguía importando estar impecable cuando me reúno con bebé Ruth. 

¡Caramba! -pensaba jabonándome la panza hinchada- ¡Ya son diecisiete años de noviazgo! ¡Chesu! ¡Diecisiete! -pausa mental para calcular- ¡Once de ellos huyendo del matrimonio! -pausa meditativa- ¿A quién se le habrá ocurrido el disparate de que uno se casa para ser feliz?

Y mientras el agua me chorreaba por todos los rollos me acordé del último consejo que me dio mi padre. Me dijo mi papá:

- Hijo, mi pequeño hipopótamo, hazme caso, escucha mi consejo, escucha a tu viejo, escucha mi… mi… mmm… mmmssss… ssss…

- ¡Papá despierta!

- ¿Ah? ¿Qué pasa?

- El consejo papá.

- ¡Ah, sí! El consejo. Hijo ¡Nunca jamás en la vida te cases! ¡No te cases! ¡No tengas hijos! ¡No los tengas! ¡Los hijos solo traen dolor, angustia y desdicha! ¡No cometas el mismo error que yo! ¡No lo cometas!

- ¡Pucha! Gracias papi.

- De nada, pequeño elefante. 

Salí de la ducha, y después de rociarme desodorante en las axilas y entrepierna fui disparado hacia mi habitación. El reloj marcaba las dos y cinco, faltaban veinticinco minutos para que bebé Ruth saliera de su trabajo en el banco; si ella salía y no me encontraba, se molestaría conmigo y el resentimiento le podría durar fácilmente dos meses. Claro que la cuestión del resentimiento tenía una solución bastante práctica: dinero. Es asombrosa la magia que el dinero ejerce sobre el humor de una mujer. Pero yo ya no tenía plata, así era que mejor estar puntual. 

Hace aproximadamente un mes bebé Ruth había detectado una pequeñísima protuberancia en su ojito izquierdo. No sabíamos qué era, pero si eso me hubiese aparecido a mí lo más probable es que lo dejara así y no tomara ninguna acción. Si el ojo funciona, pues qué más da. Pero las mujeres son diferentes con respecto a los asuntos médicos y cuando bebé Ruth supo que esa diminuta protuberancia estaba ahí, sacó inmediatamente una cita con un oftalmólogo de la clínica Javier Prado.  Y es ahí donde iríamos. La acompañaría a su cita médica. 

Vestirme me tomó cinco minutos más. Ahora solo faltaban veinte. Mejor empezaba a correr.

Salí de mi casa y fui velozmente hacia el paradero. Me lancé sobre el primer taxi que encontré. El taxista puso cara de haber atropellado a una vaca, pero inmediatamente le pregunté cuánto me cobraba por llevarme al centro comercial Jockey Plaza. Me dijo que diez soles y subí enseguida. 

En realidad, si me pedía cien dólares y yo los hubiese tenido en ese momento, se los habría dado, pues lo único que me importaba era estar en las puertas del banco a las dos y treinta con cero segundos y cero milisegundos.

El taxi luchó con el tráfico por un rato desesperante hasta que por fin salió a la carretera y empezó a correr. Yo miraba el reloj de mi celular: quedaban siete minutos. ¡Apúrese! ¡Apúrese! 

El carro entró en el estacionamiento del centro comercial y se unió a una larga fila de otros taxis que avanzaban lentamente dejando y recogiendo pasajeros. Yo no iba a esperar. Le pagué al chofer y salí del vehículo como una estampida.

Caminando lo más rápido que podía atravesé el enorme estacionamiento, sin prestar demasiada atención a los modernísimos edificios de lujo que normalmente me hacían sentir en un país del primer mundo, pero en ese momento estaba demasiado apurado como para detenerme a admirar el avance en la arquitectura.

Saqué mi celular: eran las dos con veintinueve minutos con cuarenta segundos. ¡Faltaban veinte segundos! Miré la distancia que me separaba de la entrada del banco y mi corroído cerebro empezó a calcular y ajustar la velocidad a la que iba. Necesitaba acelerar. Mi corazón redobló el ritmo de bombeo, mi respiración se apresuró  y mis piernas se movían tan rápido que ya empezaba a correr.

¡Finalmente llegué! Hora de llegada: 2:30:00 pm.

Me sentí como un avión jumbo 747 recién de aterrizado. Mi corazón poco a poco volvió a su ritmo de siempre, mi respiración se normalizó y con un pañuelo me sequé  las gotitas de sudor que habían aparecido en mi frente. Ahora esperaría afuera un ratito.


Hora: 3:06:30 pm. Bebé Ruth todavía no salía del banco. Ya llevaba ahí parado media hora. 

Apoyado sobre una columna me dedicaba a ver el interior del banco a través de su gran pared de vidrio. El local ya no admitía más clientes. Efectivamente había cerrado a las dos y treinta, pero no iban a echar a patadas a toda la gente que estaba adentro, simplemente ya no dejaban entrar a nadie más. Yo tendría que esperar a que bebé Ruth atienda a los clientes que le faltaban, eso le tomaría un buen rato, por lo tanto, realmente nunca había tenido la oportunidad de encontrarme con ella a las dos y media. Eso yo ya lo sabía, y por supuesto ella también. 

Hora: 3:33:15. Ya llevaba una hora, tres minutos y quince segundos esperando. Y ella aun no salía.

Finalmente la puerta del banco se abrió y una pequeña mujercita de cabellos negros y piel trigueña salió del local. Estaba enfundada en un uniforme azul que le quedaba tirante y la hacía ver de mayor edad. Vestida con polo y jean ella seguía siendo una señorita, pero con ese uniforme era una Señora. Mas no importaba qué ropa usase, su cabeza seguía estando a la altura de mi hombro, lo cual la convertía en una práctica novia de bolsillo, le decía yo.

Se me acercó con cara de cansada, se empinó sobre la punta de sus zapatitos y me dio un beso.

- ¡Vamos! -me dijo sujetándome del brazo.

¿Vamos?-pensé yo-¿Así nada más? ¿No hay un “discúlpame mi amor por la tardanza” o un “no debí haberte hecho venir tan temprano, cariño? ¿No hay nada de eso? ¿Simplemente “Vamos”?

Pero qué tonto soy, ¿por qué se disculparía por algo que me hace a propósito?

- Vamos pues bebé -le dije.

Y los dos cruzamos el estacionamiento y salimos del área del centro comercial.  Nos metimos en un torrente de gente que caminaba hacia el puente peatonal más complicado que he visto en mi vida. 

- Bebé Ruth -le dije- ¿No vamos a tomar taxi?

Mi novia puso cara de estreñida que puja y se detuvo tirándome del brazo.

- ¿Taxi? ¡¿Taxi?! ¿¡Estás cojudo huevón!? Ya es hora que madures y te dejes de taxis. ¡Aprende a tomar transporte público! -y luego agregó pensativa- Claro que sería estupendo tener un novio con carro, pero qué se va hacer pues -concluyó mirándome de pies a cabeza sacando el labio inferior.

Seguimos caminando.

- Bebé Ruth…

Mierda -seguramente pensó ella.

- ¿Qué quieres?

- Y… ¿qué carro vamos a tomar? 

Se llevó la mano a la frente con fuerza y una vez más me lanzó esa mirada de purgante efectivo qué tanto me asusta.

- ¡¿Acaso ya no te lo dije?!

- N-n-no -respondí levantando ligeramente el brazo sobre la cara.

- ¡Claro que te lo dije! ¡¿No te acuerdas imbécil?! Ayer en la noche me preguntaste lo mismo.

- ¿Eso hice?

- ¡Seguramente has estado borracho, como siempre! ¡Mamando de la botella como si fuera la teta de tu putísima madre!

- No bebé, ayer no bebí porque sabía que hoy tenía que acompañarte al médico.

- ¡Entonces cómo no te acuerdas! -rezongó dando una patadita en el suelo.

- Pues…

- ¡La 40, recuérdalo mamarracho de hombre, línea 40, 40! 

- Ya bebé.

- Seguramente también te olvidaste de adónde vamos.

- No bebé.

- Bien. Vamos.

Me volvió a tomar del brazo y seguimos caminando entre la multitud inmutable.

La concurrida avenida desembocaba en una intersección vial tipo trébol, lleno de bifurcaciones, salidas, entradas, subidas y bajadas; y el puente peatonal que la cruzaba y por cuyas escaleras ya empezábamos a subir emulaba su complejidad. 

Los escalones de madera crujían bajo nuestro peso y el de toda la gente que subía junto con nosotros.

Finalmente llegamos a lo más alto y empezamos a cruzar. Desde esa altura podía ver toda la ciudad perdiéndose en el horizonte. A mi izquierda se extendía la gran avenida Javier Prado, bifurcándose en cuatro ramales circulares que formaban las “hojas” del trébol, para luego alargarse por kilómetros hasta el centro financiero de Lima; a mi derecha se hallaba el inmenso complejo comercial del Jockey Plaza, con sus lujosas tiendas de vidrio y acero; y frente a mí, la calzada del puente peatonal se prolongaba por varios metros hasta bifurcarse en cuatro escaleras que desembocaban cada una en un paradero distinto y bastante alejado uno del otro.

- ¡Vamos a ver! -exclamó bebé Ruth deteniéndose y jalándome del brazo.

Yo me sobresalté asustado. 

- Quiero que identifiques nuestro paradero -ordenó la mujercita de uniforme apretado- señálame con tu dedo mugroso el paradero donde vamos a tomar el carro.

Yo escudriñé con la vista las cuatro escaleras en las que terminaba el puente y admito que, por un segundo, mi cerebro se extravió en el laberinto de tramos cruzados. Un tramo parecía pertenecer a una escalera cuando en realidad pertenecía a otra. Algunos eran largos, otros eran cortos; algunos eran empinados y otros eran más llanos. Era un nudo de tramos y escalones de diferentes formas y tamaños que terminaron por confundirme. Yo simplemente señalé el paradero más cercano y le dije:

- ¡Ese!, ese que está allá es nuestro paradero.

Por el rabillo del ojo pude ver una sombra acercándose a mi cara. Empecé a girar la cabeza para ver de qué se trataba cuando la mano abierta de bebé Ruth se estrelló contra mi rostro con la fuerza de un tablazo.

A partir de ese momento todo sucedió en cámara lenta para mí. 

Mis ojos hurgados desprendieron lágrimas que salieron despedidas en sentido opuesto al cachetadón que acababa de recibir, pero de inmediato fueron atropelladas por el puño de mi novia que colisionó con mi otra mejilla haciéndome escupir gotitas de sangre. Me comencé a tambalear. Pude sentir el rebote de mi masa encefálica dentro del cráneo. Al mirar abajo vi el piececito de bebé Ruth subir hacía mí como el brazo de una catapulta. Instintivamente me cubrí la cara, pero mi rostro no era el blanco de su puntapié. El zapato de ella se enterró en mis testículos como un poste de luz se entierra en el parachoques de un conductor ebrio. Miré al cielo con una expresión de opresivo dolor y sin aliento para gritar, pero mi castigo no había terminado.

Usando ambas manos bebé Ruth me empujó hacia un costado. Tal vez su intención era arrojarme fuera del puente, pero en vez de eso caí de lado y mi cabeza se estrelló contra el barandal, enseguida me desplomé sobre la calzada. 

En ese momento recién empezaría mi lección. 

Mientras bebé Ruth hundía la punta de su zapato en mis costillas me iba describiendo el motivo por el cual me acababa de sacar la mierda, y me la seguía sacando mientras la gente observaba maravillada aquel divertido espectáculo.

- ¡¡Maldito animal aniñado de porquería!! -me explicaba mientras me pateaba- ¡¡Ya me tienes harta, harta!! -y después de una pausa para respirar- ¡¡Roñosa imitación de hombre!! ¡¡Ponte de pie!! ¡¡Que te pares te digo!!

Yo tenía el estómago destrozado por la patada en los testículos y mis costillas me pulsaban como si estuvieran a punto de estallar en astillas, sin embargo reuní las fuerzas suficientes para estirar el brazo y coger el barandal; luego, apoyándome en el codo izquierdo, me impulse lentamente hacia arriba, lo suficiente como para enderezar mi pierna y empezar a ponerme de pie pesadamente.

La gente murmuraba un sinfín de conjeturas, pero las decía con total y absoluta certeza.

- Ese desgraciado -murmuraban señalándome- le ha sacado la vuelta a esa, su mujer.

- ¡Bien hecho! -decía alguna chica por ahí- ¡Pero que le pegue más! ¡Que le pegue más! ¡Los malditos como él no merecen perdón de Dios!

- ¿Qué ta’ pasando? -preguntaba un recién llegado.

- Ese conchadesumare se tiró a la hermana de su hembrita que está ahí -le respondió algún fulano.

- ¿Ah sí? Ja ja ja, igual que yo pe’ pero que le pegue más, que le pegue más, pa’ que aprenda a respetar.

- Oe amiga, ¡pégale más!, ¡pégale más!

- ¡Dale más duro a ese desgraciado! -grito alguien de atrás.

Se empezaron a escuchar aplausos entre la multitud.

- ¿Por qué le ha pegado? -preguntó otro.

- Ese tipo creo que es un violador -respondió alguien señalándome.

- Ah, es un violador. Es un violador, ¡oe!, ¡es un violador! Sí, violador había sido.

- ¡Violador!

- No, es un ratero, un ratero es -aseguró otra mujer.

- ¿Un ratero?

- Sí, yo misma vi cuando le trató de quitar la cartera a esa señora chiquita que está ahí.

- ¡Oe! ¡Ratero violador infiel de mierda! -me denominó alguien.

- ¡Abusivo! -me calificó otro.

- ¡Pedófilo! -gritó alguien por ahí.

Por fin pude ponerme de pie, aunque necesitaba apoyarme en la baranda.

- ¡Ahora! -dijo bebé Ruth- ¡Respóndeme!  ¿Dónde estamos yendo?

Yo la miré adolorido.

- ¡¿Dónde estamos yendo?! -me preguntó nuevamente

- Eh… estamos yendo a la clínica para que…

- ¡Ya! ¡A la clínica! Y ahora dime, ¿dónde está la clínica? Señálame, ¿dónde está?

Giré mi cuerpo magullado y señalé al oeste.

- Por allá… por allá… queda… clínica para tu ojito.

- ¡Ya! ¡Queda por allá! ¡¿Y entonces, por qué me señalas ese paradero?! -me dijo apuntando indignada a la parada que yo había señalado previamente.

No supe que responder. Ella continuó.

- ¡¿Acaso no te das cuenta que los carros que pasan por ese paradero van hacia el sur, de donde tú has venido?! ¿No te das cuenta huevonazo? ¡Si la clínica queda para ese lado -y señaló al oeste- entonces tenemos que tomar el carro allá! -y señaló el paradero correcto- ¡Piensa carajo! ¡Piensa! -dijo golpeándose la sien derecha con la punta de los dedos.

- Ya bebé Ruth, entiendo, disculpa.

- ¿Hasta cuándo? -protestó ella elevando los brazos hacia el cielo- Bueno ya. Vamos.

Me tomó nuevamente del brazo y terminamos de cruzar el puente.

La gente se quedó un tanto desconcertada y siguió su camino. 



Mientras bebé Ruth y yo permanecíamos sentados en la banca esperando el bus, ella sostenía su celular mirando en YouTube el video de la paliza que me acababa de dar. 

Después de ver el video guardó su celular y me dijo:

- Ethan, tú no me estás acompañando a la fuerza, ¿verdad? Tú realmente me estás acompañando porque me quieres, ¿no?, porque me amas, ¿no es así?

Yo la miré perplejo por unos segundos pensando qué responder, luego, una extraña sensación de tranquilidad mezclada con alegría me invadió el espíritu. Me sentí como un condenado a muerte que ya hizo las paces con Dios y puede irse en paz. Calmadamente y con una amable sonrisa le dije:

- Bebé Ruth, ¿te acuerdas de Juliana, mi vecina?

- Sí, ¿qué hay con ella?

- Ayer me la llevé a mi casa…

- ¿Qué?

- Y la metí en mi cuarto…

- ¡¿Cómo?!

- Y nos revolcamos desnudos en la misma cama donde tú y yo lo hacemos siempre.

- ¿¡Queeé!? ¡¿Me estás hablando en serio?!

- Sí, y pegamos una foto tuya en la pared para burlarnos de ti mientras hacíamos el amor.

- ¡A…A...!

- Y luego brindamos con el vino que tú compraste y me diste a guardar la semana pasada. ¿Y sabes qué? Fue maravilloso y no me arrepiento de nada. Ahora, ¿qué me preguntabas?

Bebé Ruth se puso de pie de un brinco y me miró como si quisiera devorarme, con los ojos plenamente abiertos y las manos listas. 

- ¡Y todavía me lo dices! ¡Todavía me lo dices! -gritó lanzándome la primera de muchas cachetadas. 

En medio de una interminable lluvia de bofetadas e improperios yo me reía a carcajadas, cosa que a ella la indignaba más, y su indignación me provocaba más risa y cuanto más me reía más fuerte me cacheteaba. Mi rostro se sacudía de un lado al otro a merced de sus golpes, alternando mi vista del tránsito que venía al tránsito que iba y viceversa, pero aun así no dejaba de reírme.

Al darse cuenta que las cachetadas que me propinaba no eran suficiente castigo alzó su cartera y la estrelló contra mi cabeza con toda su fuerza. Mala idea. Sus cosas salieron despedidas por el aire, entre ellas su costoso celular recién comprado que cayó en la pista y de inmediato terminó bajo las llantas de una combi.

- ¡Mi celular! -fue su grito desgarrador al ver la tortilla de plástico quemado sobre el asfalto.

Mi risa  fue menguando poco a poco hasta convertirse en tan solo una respiración agitada.  

Si antes bebé Ruth estaba enojada conmigo, ahora estaba totalmente encrespada. Me gritó:

- ¡Se acabó carajo! ¡Se acabó! ¡Adefesio de hombre! ¡No eres más que el hijo de una vaca violada por un cerdo con gonorrea! ¡De todos los hombres en el mundo me tuve que meter con semejante mamarracho como tú! ¡Eres la pesadilla que el diablo tuvo después de una borrachera! ¡La diarrea de un demonio con gastritis! ¡Si el Papa te conociera se volvería ateo! ¡Tú no naciste por la vagina sino por el poto de tu madre! ¡Ojalá yo hubiese nacido muerta para no haberte conocido nunca! ¡Prefiero lamer el tumor canceroso de un perro enfermo que volverte a besar! ¡Tú…  pedazo de… de…! ¡Se acabó! ¡TERMINAMOS!

El pechito de bebé Ruth se inflaba y desinflaba agitadamente puesto que las últimas palabras las había dicho casi sin respirar, incluso había sudado un poco y el rubor de su rostro podía verse a pesar de su piel canela.

- Solo tengo una duda -le dije.

- ¡¿Cuál?!

- Ya no tengo que acompañarte a la clínica, ¿no?

martes, 17 de septiembre de 2013

Los funerales de la princesa Fátima

Silvia Alatorre Orozco


Era una lluviosa mañana cuando el barco procedente de España atracó en el puerto de Veracruz, en él viajaba un buen número de emigrantes españoles que huían de la crisis económica que asolaba al país; en su mayoría era gente de bien en busca de trabajo para hacer fortuna: Tenían muy presente que este destierro voluntario era únicamente un paréntesis en el tiempo y que en un futuro no muy lejano regresarían a la Madre Patria.

Bajo el torrencial aguacero se ve a dos muchachitos adolescentes que presurosos ayudan a su padre a arrastrar un baúl , se trata de Cayetano Ballesteros y su hermano menor Severiano, sujetando con la otra mano sus boinas que el viento trata de lanzar a los lejos, presurosamente corren  bajo el diluvio.

- Aquí… aquí hay donde cubrirse, ayuden a su madre para que no resbale- les gritaba el padre.

Se refugian bajo un tejaban; de su roída ropa escurre agua y de sus destartalados zapatos a cada paso que dan brota el líquido a borbotones, emiten un olor a “perro mojado” y tiemblan de frío, la madre carga en sus brazos a la pequeña Fátima que cubre con un grueso chal, la niña enfermó desde que embarcaron, fue presa de la tosferina por lo que está muy debilitada; en ese improvisado resguardo esperan a que aminore la tormenta, aguardando para tomar el tren que los llevará a la  capital, sitio que tienen destinado para instalarse. 

Don Cayetano Ballesteros es un hombre emprendedor, acostumbrado al buen comer y al sosiego de la aldea en donde vivían; su mujer lo ama y es condescendiente con él, profesa un verdadero cariño por sus pequeños hijos a los que cuida con esmero. Para ellos no fue fácil dejar su país y aventurarse a buscar un nuevo porvenir en una nación desconocida, sin embargo las circunstancias los obligaron. 

Al llegar a la ciudad de México pasan unos días mal comiendo y mal durmiendo en la estación ferroviaria, no conocen a nadie que les brinde ayuda alguna. El padre acompañado de su hijo Severiano, recorre las calles en busca de una vivienda en donde acomodar a la familia, lo único que encuentra disponible de acuerdo a su reducido presupuesto es un mísero cuartucho, en ese pequeño y lúgubre lugar, lleno de ratas y cucarachas viven los primeros meses. 

En su peregrinar por encontrar trabajo, afortunadamente, se topan con algunos compatriotas llegados años antes que ellos,  que ya han logrado tener una mejor vida, gustosos les orientan y aconsejan.

Empiezan vendiendo pan de casa en casa y no tardaron mucho tiempo en lograr las suficientes ganancias para establecer su propio negocio; así también rentaron un espacio más amplio y salubre para habitar.

Los muchachos con gran entusiasmo trabajaron al lado de su padre, avispados en estos quehaceres prontamente entendieron muy bien el manejo del negocio.

A los tres años de su llegada a México la familia sufre un terrible infortunio, los padres son arrollados por un tranvía y mueren a causa de ese accidente. A pesar del gran dolor que los invade, los chicos no decaen pues saben trabajar y podrán sobrevivir sin ellos. Cayetano  realiza el rol de padre, protegiendo a sus hermanos menores y recordándoles constantemente las palabras de sus padres:

- Estamos de paso en este país, pronto regresaremos a nuestra patria. No se mezclen con los indios, somos españoles puros, ningún mestizo formara parte de los Ballesteros.

Fátima, era delicada y enfermiza pues nació a los siete meses de gestación, requirió de muchos cuidados  y protección para sobrevivir. Flacucha, ojerosa y pálida recibía sobradas consideraciones de parte de sus hermanos y maestros; en cuanto terminó la primaria se quedó en casa recibiendo clases privadas de piano y bordado. Los hermanos velaban por ella como lo hubieran hecho los mismos padres; la muchachita era solitaria, proclive a la tristeza y a la melancolía.

Los chicos se relacionaban únicamente con ibéricos radicados en México. Al tiempo indicado para elegir esposa, seleccionaron a hijas de españoles para conservar la estirpe. Cayetano contrajo matrimonio con Carmina, era una linda españolita rubia y de tez rosada, y Severiano casó con María Dolores, bastante déspota e hija de padres valencianos.

Estos trasmitieron a sus hijos el hablar castellanizado, la soberbia y el menosprecio por los mestizos y los indígenas.

El éxito económico de los hermanos Ballesteros fue viento en popa; en un principio establecieron una modesta tienda de abarrotes, y  a los dos años cada uno era propietario de una prestigiosa tienda de ultramarinos, importaban vinos, enlatados, aceite de oliva, bacalao seco, en fin una gran cantidad de finos productos europeos que llegan en barco al puerto de Veracruz.

Adquirieron un moderno y lujoso auto Buick modelo 1940 color negro para ir a recoger la mercancía; contrataron un chofer, era un indio oaxaqueño iletrado, chaparrito, de piel oscura, rechoncho y de poco hablar, se llamaba Timoteo, era diestro para manejar tanto en carretera como en la ciudad,  mantenía el coche en excelentes condiciones, lo lustraba tanto que brillaba como espejo.

Cuando Cayetano y su hermano formaron sus propias familias, Fátima vivía alternadamente unos meses en casa de uno y luego se mudaba a vivir con el otro.

Los hermanos Ballesteros permanecían vigilantes para que su hermana no se relacionara con ningún “indio pata rajada”; cosa que resultaba por demás innecesario ya que ella era retraída y tímida, no tenía amigas ni mucho menos trato con varón alguno.

Así pasaron los años, Fátima había cumplido treinta y cuatro y no tenía lugar ni vida propia, por lo que los hermanos decidieron rentar un pequeño departamento cerca de ellos para que ahí viviera independiente, y le consiguieron trabajo en una escuela como maestra de piano y repostería; pensaron que así ocuparía su tiempo  y echaría a un lado esa constante depresión que la agobiaba.

Era tan atormentada que  su compañía resultaba insufrible, por lo que únicamente la invitaban los sábados a reunirse con la familia. Timoteo pasaba por ella a la hora de la comida y le llevaba de regreso a su departamento al anochecer; no cruzaban palabra alguna ya que Fátima despreciaba al indio y él era de pocas palabras para comunicarse.

El fin de semana la muchacha no trabajaba, por  lo que pasaba ese tiempo encerrada en casa llorando y acariciando la idea de regresar a la tierra de sus padres; fantaseaba que alejada de tantos mexicanos vulgares y sin clase, en España  su vida sería diferente, aquella gente la sabría valorar y tratar como ella merecía: “una auténtica española”.

En la escuela no alternaba con los maestros, pero a la hora del café se acercaba a ellos para oír sus pláticas, esa era la única información que obtenía del vivir en el mundo exterior que para ella era desconocido. Sonrojada escuchaba como las maestras hablaban sobre su vida amorosa con sus maridos y de sus encuentros sexuales. Le intrigaba enormemente esa materia, no tenía ni idea como era el cuerpo del hombre ni que hacía en la cama con la mujer; algunas veces algunos relatos le causaban nauseas, se dirigía al baño a vomitar, pero también suponía que algo placentero y atractivo debían de encontrar esas mujeres en esas actividades sexuales pues lo platicaban con gran regocijo y reían complacidas. Desgraciadamente tener una experiencia de ese tipo estaba más que prohibido para ella,  no tenía trato con los varones. Quizá si regresaba a España encontraría ahí a algún caballero de su linaje para relacionarse, no importaba que fuera viudo pues ella ya era bastante vieja para pensar en conseguir un joven.

Uno de esos sábados en que fue a visitar a su familia, de regreso a casa cuando Timoteo se prestó a abrirle la puerta del departamento, por accidente le rozó los senos con sus burdas manos, sintió como una descarga eléctrica la invadió e instintivamente besó la mejilla del chofer, en seguida se metió a  casa  cerrando la puerta de golpe; se arrepintió de ese arrebato, pero  por la noche despertaba constantemente y aun sentía en sus labios la piel cálida del rostro lampiño del indio.

A él le sorprendió y avergonzó recibir un beso de aquella linda niña de pelo rubio y ojos azules a quien siempre cuidó y respetó. No se podía permitir pensamientos lascivos  por lo que en cuanto estos aparecían se distraía cantando alguna cancioncilla en náhuatl.

Transcurrieron varios sábados sin que se repitiera nuevamente ese suceso, sin embargo en la mente de Fátima brotaba la inquietud de saber lo que era ese disfrute del que tanto platicaban las maestras, pero desgraciadamente el único hombre que tenía a su alcance era Timoteo; por fin perdiendo la repugnancia que sentía por los indígenas, una de esas noches que el chofer la llevó de regresó a casa le ordenó  cambiar el foco fundido de la cocina,  en cuanto entraron cerró la puerta de golpe y prontamente lo sedujo.

Se sentía asqueada y rebajada al haberse permitido ese tipo de relación con alguien tan inferior a ella, pero deseaba ser nuevamente  poseída por ese hombre. No le despertaba amor pero si un intenso deseo carnal.

A los pocos meses de esos constantes encuentros sabatinos, en los que no se hablaba solo se intercambiaban gemidos, se dio cuenta de su embarazo; no había pensado en ese riesgo, además desconocía como haberlo evitado;  se le vino “el mundo encima”, no podría hacer pública su relación con el indio y mucho menos decir que esperaba un hijo de ese descastado. Debido a su delgadez le fue fácil ocultar su preñez; ya cercano el nacimiento del bebe, les dejó saber a sus hermanos que asistiría a un retiro espiritual de dos meses, y pidió permiso en la escuela para faltar a trabajar. Solo Timoteo permaneció a su lado, “fiel como un perro”, diariamente acudía a llevarle comida y saludarla, no entraba al departamento ya que ella nunca más le permitió cercanía alguna; sin embargo él fue quien la acompaño al Hospital Civil a dar a luz a un varoncito de piel oscura.

De regreso en su casa y ya con el indeseado bebé en brazos, lloró su desgracia y maldijo a la criatura. Decidió que su familia nunca llegaría a conocer a este bastardo, pero aún no sabía cómo deshacerse de él. Por lo pronto pidió a su vecina que le cuidara al recién nacido a cambio de un pago; Sixta era una buena mujer ya entrada en años, muy piadosa, compasiva y necesitada de dinero, accedió. Se encariño con el pequeño y lo atendía con gran afecto.

- ¿Qué come el niño?- le preguntó Sixta.

- ¡Por Dios! Que yo no sé nada de eso, dele lo que quiera- contestó- báñelo y haga todo lo que se les hace a estos niños.

Ya pasadas unas semanas, le hizo otra pregunta:

- ¿Y cómo se llama el crío?

- Llámelo como se le antoje- contestó fastidiada.

- ¿Ya es cristiano?

- No, ni tengo tiempo para llevarlo a la iglesia, usted bautícelo y póngale cualquier nombre- le contestó y se dio media vuelta.

El chiquito recibió el nombre de Sixto. Tenía cuatro añitos cuando doña Sixta murió, por lo  que Fátima le pidió a Timoteo que se mudara a un cuarto en la azotea del edificio que ella habitaba y se llevara a la criatura a vivir con él; ya le había tomado un poco de cariño lastimoso a su hijo, quería verlo de vez en cuando, pero le advirtió al indio que instruyera al niño para que no le llamara: mamá.

Así fue como Sixto dejó su encierro y en compañía de su padre conoció el sol, las plantas, los perros y los coches; cuando  cumplió seis añitos asistió a la escuela  primaria. 

A Fátima le dolía el maltrato que le daba a su hijo pero tenía muy presentes las palabras de sus padres:

- No se mezclen con los indios, somos españoles puros, ningún mestizo formara parte de los Ballesteros.

Para calmar su culpa alimentaba con pan duro a los perros hambrientos y trasijados que encontraba en las calles, le partía el corazón verlos tan solos y abandonados.

El chofer presentó el pequeño a sus patrones como su hijo, diciendo que su mujer lo había mandado de la sierra a la ciudad para que estudiara y no fuera “burro” igual que él. Don Cayetano y su mujer se encariñaron con el chamaco ya que era encantador y muy servicial.

Fátima se olvidó del cuidado del hijo, cuando lo veía le daba algunos centavos o un dulce y le acariciaba la cabeza, en su cumpleaños compraba un pastel cubierto de merengue y le regalaba un juguete; en agradecimiento, Sixto le besaba la mano y decía:

- Muchas gracias señorita Fátima… que Dios le dé más.

Ahora más que nunca deseaba regresar a España, tenía la certeza de que allá conocería personas de su altura y sería tratada como una gran dama. Le rezaba a la Virgen de la Soledad para que le ayudara a dejar México, y por las noches con toda devoción le prendía una veladora.

Su cuñada Lola cayó muy enferma del hígado, y quería irse a España pues allá contaba con  parientes que verían por sus hijos en caso de que muriera; su esposo, Severiano, había formado otra familia con una bailarina de flamenco y ya no confiaba en él.

Le pidió a Fátima acompañarla para que la cuidara y atendiera. La chica se puso loca de contento, quedó convencida de que gracias a sus plegarias el milagro había llegado. 

A Timoteo solo le dijo:

- Hay te encargo al chaval en lo que vengo.

Pero nunca más regresó.

Al llegar a España, vio como Lola fue recibida con gran júbilo por sus parientes, pero ella era una desconocida para esa familia por lo que no le pusieron atención, además al presentarla su cuñada les dijo:

- Esta es la criada que me traje de México.

Las ilusiones de Fátima se esfumaron. Fue presa de una tristeza mucho más intensa. Añoraba el país que había dejado; extrañaba la carita sonriente del niño indígena que por las mañanas la saludaba:

- Buenos días señorita Fátima, que tenga un buen día y Dios la bendiga.

Como quisiera contar nuevamente con la sombra protectora de Timoteo que nunca la abandonó. Ahora sí estaba completamente sola.

El indio envejeció y se regresó a la sierra de Oaxaca, ese era el lugar de sus raíces. Sixto lo sustituyó como chofer de la familia de Don Cayetano; el chico era tratado con gran respeto por todos ellos, se puede decir que lo consideraban parte de la familia ya que lo conocieron desde niño; cuando terminó sus estudios en la universidad, ellos mismos le ayudaron a poner un despacho y se convirtió en el contador de sus negocios.

Cuando Fátima desapareció, su padre le dijo que la señorita se había ido a España para casarse con un príncipe, por lo que Sixto la mencionaba como la “princesa Fátima”. 

Preguntaba a la familia Ballesteros por ella pero ya la tenían olvidada, únicamente recordaban el nombre de la aldea en la que vivía.

Sixto se preparó para ir a visitarla, agradecerle todo lo que había hecho por su padre y los regalos y caricias que le otorgó a él cuando era pequeño. Sabiendo que era una princesa le compró una bella túnica de seda color rubí y un fino collar de perlas. 

No le fue fácil hallarla, nadie la conocía,  pero el muchacho no descansó hasta localizarla; la encontró en una casucha casi abandonada, recostada en un maltrecho catre, cubierta con una vieja cobija, ya estaba canosa, desdentada y magra de carnes, pero Sixto la vio tan bella como la recordaba. Al igual que años antes ella besó el cálido rostro del indio, ahora su hijo la besaba, pero a diferencia de la repugnancia que a ella le produjo ese instintivo contacto, él lo hacía con verdadera reverencia; sin embargo el muchacho se estremeció al sentir en sus labios la frialdad de la cercanía de la muerte.

Sixto llegó en el momento preciso para cerrar  los viscosos ojos antes azules de su madre. La vistió elegantemente con la túnica color rubí, colocó en su cuello el collar de perlas, la coronó de flores y dispuso unos dignos funerales.
Ya de regreso a México pensaba en lo orgulloso que estaría su padre al saber que honró, en su lecho de muerte,  a aquella lindísima “Princesa Fátima” que tanto los amó sin importarle la diferencia de clases sociales.