jueves, 13 de marzo de 2025

Dureno

Luis Orellana Díaz


A Juan: No sé si la historia que escuché de tu boca fue real, pero el huracán que desató en la mente de un niño de doce años aún perdura.

Un diciembre del demonio, me decidí. terminaban los sesenta y las cosas no podían ir peor. Mi madre había fallecido hacía unos días. El viejo y yo quedamos arrumbados como muebles inservibles en la casa de la calle Larga. Let it be sonaba como un himno en las emisoras de la ciudad y en las esquinas de los barrios populosos; jóvenes ataviados con pantalones campana, camisas estampadas, minifaldas y zuecos de plataforma se congregaban al son del rock. El cannabis era una novedad, la última maravilla que nos llegaba de Colombia bajo el nombre de Punto Rojo. En casa ya se hablaba de Vietnam y el marxismo-leninismo se mezclaba los domingos con los rezos del rosario.

Dureno era entonces un punto indefinido en la Amazonía ecuatorial. No había oído hablar de él hasta esa tarde de diciembre, cuando un amigo de mi padre —que llegó de la capital— nos lo sugirió: «La Texaco-Gulf está reclutando gente para la explotación petrolera en la frontera con Colombia». No se necesitaban diplomas, solo voluntad y unos cuantos contactos, que él mismo se comprometió a proporcionarnos. Yo estaba por cumplir los veinte y parasitaba de lunes a viernes en una oficina. El casimir y la corbata no me sentaban tan mal, pero soñaba con Haight-Ashbury y los atardeceres dorados de Shangri-La.

A fines de los sesenta, la píldora anticonceptiva ya circulaba en América del Norte, pero a nosotros solo nos llegaban los rumores a través de Selecciones del Reader’s Digest. Nora esperaba un hijo mío, Estefanía —mi prometida— se había enterado en esos días. Mis males estaban completos. Nora era la novia del barrio: una morenita de piel lustrosa y caminar sensual, la primera en lucir minifalda y melena afro; estaba en boca de todos, las chicas de mi grupo la rehuían como a la peste. Estefanía no se permitía nombrarla por miedo a contagiarse. Ella estaba al otro lado del espectro: la niña «bien». Estudiaba en el colegio de las Catalinas; aún la recuerdo ataviada con camisa blanca, un jersey azul y falda plisada a cuadros. Era la viva imagen de la Virgen María.

Una mañana a fines de diciembre, le dije adiós a mi padre. Nora tendría entonces tres meses de embarazo. El taxi que me llevaba se desplazaba aparatosamente sobre el empedrado de la vieja calle colonial, justo cuando las campanas de los colegios marcaban el fin de la jornada. Nos detuvimos frente al portón del instituto donde solía esperar a diario a Estefanía, el tiempo que tardaba en consumirse mi cigarrillo. Quería verla por última vez. Desde que decidí marcharme, había intentado comunicarme con ella, pero el «muro» que sus padres levantaron era infranqueable.

Apenas había encendido el cigarrillo cuando la puerta de hierro se abrió de golpe, y una multitud de chicas se lanzó a la calle como una bandada de golondrinas, inundando las aceras. De pronto, la vi en medio de sus amigas de siempre. Iba sonriente, con sus gruesas trenzas doradas recogidas sobre los hombros, buscando entre la gente algo o a alguien. En la esquina la esperaba su madre. La recibió con un beso y acomodó sus trenzas sobre la espalda. Iban charlando despreocupadamente. Las vi desvanecerse en la distancia como el humo del cigarrillo que se consumía entre mis dedos. Tiré la colilla y el taxi reanudó su marcha rumbo a la estación.

En doce horas estaba en la capital. Llegué de madrugada; atrás quedaron los amigos, la vieja casa con su patio central, la higuera retorcida en su rincón de ausencias y mi padre deambulando por esos pasillos infinitos que solo conducen a la nada. Sobre los cordeles de mi adolescencia, secándose al sol del ayer, las bragas de Nora y el uniforme impecable de Estefanía se balanceaban con el viento del recuerdo. Al mediodía tomamos un vuelo en un Cessna 172 propiedad de la Texaco, y en minutos remontábamos la cordillera. Los inmensos macizos de granito formaban un muro impresionante. La pequeña nave que nos transportaba rugía y vibraba, a punto de desarmarse.

Era todo novedad, aventura, adrenalina pura. Manuel, el piloto, un militar retirado de rasgos aindiados, se reía burlonamente al ver nuestras expresiones de espanto. Hablaba en un inglés machacado con Míster Donald, quien no paraba de reír. Era un gringo mastodóntico que ocupaba la mitad del pequeño Cessna. Tenía unas impresionantes manos peludas, siempre con un habano entre sus dedos, un sombrero tejano sobre su cabeza calva y unas botas de vaquero que parecían diminutas en comparación con su cuerpo descomunal. Entre los espantados estaban Mauricio y Estuardo Montesinos, unos mellizos de lo más dispares: mecánico y maquinista, respectivamente. Aunque tenían aspecto de hombres rudos, estaban igual de pálidos que yo.

«La selva es la tumba de los blancos», me dijo Manuel con ese dialecto fingido que usan los pueblerinos para confundirse con los de la capital, mientras sonreía burlón y escupía en el piso de la nave. Lo miré con fiereza para que supiera que, a pesar de mi edad y del miedo a volar, no estaba para burlas. Mis ojos claros no se despegaron de los suyos, y mientras reía a carcajadas, la nave se ladeó y se clavó en picada hacia el margen oriental de la cordillera. Mantuve mi mandíbula tensa, pero no parpadeé ni por un segundo, hasta que las palmadas de Míster Donald rompieron la solemnidad que imponía la adrenalina.

«Take it easy, muchacho, cógele suave», repetía en un espanglish burdo, mientras palmoteaba mi espalda con sus manos de galeote. «Es pequeño, es pequeño, pero es a little jaguar, ¡un pequeño jaguar!».

Viajamos al interior de un banco de nubes por un buen rato. De pronto, el sol nos encandiló: arriba, el azul era inefable; abajo, sobre una planicie de un blanco impoluto, despuntaba la cumbre del Chimborazo. Unas vetas de roca entre la nieve marcaban su contorno, resaltando su forma contra el albor de las nubes. Lo contemplé fascinado por unos minutos mientras la nave descendía por el lado oriental de la cordillera. La selva a nuestros pies, de un verdor infinito, se perdía en el horizonte. Poco después, las siluetas de los grandes ríos recortaban caprichosamente la espesura de la jungla. El viaje duró una hora, como por arte de magia, el silencio copó la cabina. En mi mente revoloteaban imágenes: el cuerpo de Nora sobre las sábanas, la sonrisa de mamá, la mirada crispada de Estefanía diciéndome adiós.

Nueva Loja era un pueblo que surgió de la noche a la mañana. Doscientas hectáreas de selva rozada a punta de motosierra se extendían a los márgenes del río Aguarico —uno de los más grandes después del Napo y el Coca, todos navegables—. Un par de carreteras de lastre flanqueaban su silueta serpenteante; un puente de hierro y concreto lo atravesaba en su parte más estrecha, bajo sus arcos oxidados había un improvisado camal donde se faenaban cerdos. La escuela y la iglesia, construidas sin ningún ornamento, mostraban un aspecto vetusto a pesar de sus pocos años. Estas obras, más un hotel que semejaba un galpón, eran las edificaciones más notables. El resto, una veintena de casas de madera o caña con techos de zinc o paja… y pare de contar.

Llegamos a primera hora de la tarde. El aeropuerto, una pista de veinte yardas de ancho por media milla de largo, cubierta de lastre y asfalto, se extendía al margen derecho del río sobre una trocha de tierra roja que semejaba una herida en el corazón de la selva. Yo estaba alucinado; nunca imaginé que lugares así pudieran existir en este mundo. En la cabecera de la pista, frente a una bodega protegida por mallas —donde la compañía guardaba los productos químicos para la explotación petrolera—, familias con niños esperaban desorientadas a alguien que las ubicara en un lugar transitorio. Unos de pie, otros sentados o recostados sobre las estructuras metálicas, empapados por la lluvia reciente, se secaban bajo un tórrido sol. El calor y la humedad eran asfixiantes; tuvimos que quitarnos la camisa para cruzar el pueblo hasta el campamento de la Gulf.

Al día siguiente, tomamos una canoa en Puerto Aguarico, iluminados por el resplandor de un sol que comenzaba su ascenso sobre las copas de los árboles. En esa pequeña nave, cargada a tope con víveres y bidones de combustible, navegamos río arriba con dirección a Dureno. Instalado en la popa, un nativo de la etnia cofán, de nombre Isaac Grefa, guiaba el bote entre los bancos de arena al mando de un motor fuera de borda. La línea del agua llegaba casi al borde de la canoa debido al peso.

—¿Sabes nadar? —me preguntó Estuardo.

—Poco, como para no ahogarme.

En ese momento, me di cuenta de la locura que estaba haciendo: huir hacia adelante, con la ilusión de dejar mis problemas atrás.

—Creo que casi todos los que llegamos aquí venimos escapando de algo —continuó—, ¿no es cierto, Mauricio?

El flaco, largo y barbudo, se volvió para mirar a su hermano y, con un tirón en una de las comisuras de sus labios, fingió una sonrisa.

—Casi todos —repitió y lanzó al agua una lata vacía que traía en la mano.

Dureno era un pandemónium de motosierras, helicópteros y explosiones; los escuchabas unos kilómetros antes de llegar al punto mismo. Después de un par de horas de travesía por un paraje de indescriptible belleza, llegamos. Un cobertizo de unas veinte yardas de largo, entablado con madera recién aserrada, con grandes ventanales protegidos por mallas plásticas —salpicadas de insectos muertos— y cubierto de un zinc lleno de óxido y musgo, sería nuestro hogar los días laborables. Detrás, a unas dos cuadras de distancia, separada por una larga calle lastrada y ajardinada, estaba la villa de los americanos y de los nacionales que dirigían el proyecto. A salvo del tráfago y del ruido, en medio de pequeñas colinas pobladas de chontas, había una decena de contenedores metálicos adecuados como habitaciones. Estos conformaban la «ciudadela».

Mis funciones eran registrar los haberes y deberes de la empresa; las de Mauricio, operar un buldócer; las de Estuardo, soldar las tuberías del oleoducto. Pero ese día, machete en mano, desbrozamos la maleza alrededor del campamento, una que parecía crecer a las horas de haberla cortado. Un grupo de nativos semidesnudos se solazaban con el machete; lo hacían gratis, quizá su mejor paga era un vaso de Pepsi Cola o unos Chesterfield que fumaban con fruición. Mujeres y niños nativos contemplaban todo el ajetreo desde el otro lado del río o escondidos detrás de los árboles.

La noche es de los insectos. El canto acompasado de los grillos y el intermitente destello de las luciérnagas agigantan el espacio. Una nube de mosquitos se lanza sobre nuestros cuerpos sudorosos, sin respetar repelentes. En la cuadra donde descansamos hay un ventilador que gira sin ningún propósito. La última vez que compartimos el lecho, Nora me dijo: «¿Quieres el hijo? Yo, la verdad… no estoy segura. No estás obligado». Aseveró, sin embargo, la humedad de sus ojos decía lo contrario. Ahora mismo no sé si lo quiero, pero le prometí a mi madre que lo protegería.

El primer mes envié a mi padre una suma de dinero para cubrir algunos gastos de Nora, luego se los envié a ella directamente. «Si el dinero fuera suficiente para cerrar el abismo con Estefanía, estaría hecho», pensé. Pero pronto caí en la cuenta de que a ella eso no le movería —pretendientes los tuvo de buena cuna y acomodados. En la niñez, imaginamos que nuestro amor era asunto del destino; crecimos con las imágenes del Romeo y Julieta de Zeffirelli, pero los años setenta llegaron cargados de mensajes disruptivos, revolucionarios: «Paz y amor… haz el amor, no la guerra». Poco a poco, y sin darme cuenta, me volví partidario del cannabis y todo lo que con él venía. Ella gustaba de la ideología hippie, pero solo de palabra. Yo me lancé de cabeza.

El sábado temprano, salí a Lago Agrio y me hospedé en el único hotel del lugar, que, por cierto, llevaba el mismo nombre del pueblo, aunque le antecedía el inmerecido título de Gran Hotel. Junto con el dinero, envié algunas cartas que redacté en Dureno durante varias noches de insomnio. A papá, contándole los pormenores de mi llegada; a Nora, reiterándole el compromiso con su situación; y una extensa carta de varios folios a Estefanía, tratando de explicar lo inexplicable. Sobraba pedir perdón, pero lo hice en cada párrafo: «Estoy en el infierno que me merezco… No sé qué es más triste, si el dolor que siento de saberte lejana o el vacío de mirar sin verte…». Cursilerías por el estilo —ahora lo sé—, pero tenía la esperanza de ablandar su corazón; algo dentro de mí se aferraba a su antigua promesa, a su diáfana mirada, a su hablar pausado y limpio como el cristal.

Gaby, nuestra amiga mutua, era el único vehículo capaz de poner en sus manos la misiva. Ya antes había apelado sin éxito a su complicidad para romper la distancia con «Tefy». Ahora tenía la esperanza de que circunstancias extraordinarias como estas podrían hacerme merecedor de sus favores y me debía muchos. Me tenía al tanto de lo que pasaba en el barrio. Gaby llevaba y traía las noticias con ese humor ácido, siempre criticando mi vocación romántica: «Es hora de que despiertes», me decía. «Tefy está saliendo con el suco Borja, ya mismo nos invitan a la boda». Me rompía el corazón y en una próxima carta se desmentía. En medio de mi frustración, me la imaginaba partiéndose de risa. Así la conocí y así la quería; podría decirse que era mi hermana. Aunque nunca supe de seguro si la carta y las siguientes llegaban a manos de Estefanía, las seguía escribiendo, llenándolas de poesía y confiándoselas a Gaby.

Nora era más práctica, muy poco dada al romanticismo de las cartas. Ella se encargaba de enviarme uno que otro sobre «gordo», con algo de cannabis en su interior, para matar mi soledad. La compartíamos alegremente con los mellizos Montesinos, con Isaac y sus hermanos; al principio los fines de semana, luego en las noches después del trabajo, hasta que Mauricio comenzó a disfrutarla a diario mientras operaba el buldócer. Decía que se concentraba a full. Las pocas noticias de Estefanía, la frecuencia de trato con Nora y la idea del hijo comenzaron a dar frutos. Mi compromiso hacia ella se convirtió en afecto, incluso en amor. Una madrugada, desperté transmutado, lleno de paz; soñaba que Nora dormía a mi lado y yo acariciaba su vientre grávido.

Durante el día, el ruido exasperante de las máquinas me taladraba los sesos, pero me distraía. La dedicación a los libros de cuentas me mantenía a salvo de los recuerdos. Mi amistad con Míster Donald se acrecentó en poco tiempo; fue simpatía a primera vista. Fumábamos habanos y practicábamos el idioma de los yanquis durante las partidas de ajedrez, que se volvieron costumbre en las horas de ocio. La oficina se trasladó a la villa y luego se convirtió en mi alcoba. Entre la tarde y la noche, sobre todo en verano, me sumaba junto con los mellizos al grupo de cofanes que se zambullían en el río para ponerse a salvo del calor y de los tábanos. Los fines de semana que no íbamos a Nueva Loja, navegábamos río arriba en busca de los salares tan codiciados por los nativos o a la pesca del paiche. En las noches despejadas, escopeta en mano, salíamos a la caza del tapir. Isaac y sus hermanos sabían dónde dormitaban sus velas.

A mediados de marzo, cuando arreciaban las lluvias, sucedió una tragedia que era muy frecuente, pero esta vez se dio en nuestro entorno; nunca supimos si fueron los madereros o los mineros los que mataron al cuñado de Isaac. Después de buscarlo por una semana, lo encontraron «flotando como un sajino hinchado» —palabras de Isaac— en un recoveco del río. Tenía una bala en la cabeza, a la altura de la frente. Su mujer, Celina Grefa, una joven cofán de rasgos finos y una regia figura de amazona, se vio de pronto en una línea del camino sin norte ni sur. Las tardes llegaba al campamento en busca de ropa para lavar, portando a la hija sobre su cadera. Rondaba quizá la mayoría de edad. Ella misma no sabía su año de nacimiento; era la tercera esposa del difunto. La conocía desde los días de mi llegada. Alguna vez comimos en su choza, invitados por su hermano; yo había comentado con Mauricio acerca de su belleza.

Menguó mi empeño con Estefanía; otros motivos hicieron nido en mi cabeza. Comencé a disfrutar más del presente y de las tertulias con Míster Donald. Todos arrastramos una historia que no es patente a simple vista. Detrás de su colosal figura, había una leyenda igual de fabulosa. No siempre fue un ingeniero petrolero; el gringo, allí donde lo veías, era un fanático de la música electrónica y militó en el movimiento hippie de los sesenta. En su juventud, había leído a Huxley y a Leary. Tuvo una etapa psicodélica apenas terminó la universidad y estuvo unos meses en la India, en la época en que los Beatles se volcaron a la filosofía hindú. Rodó por Benarés y se bañó en el Ganges. Esas historias tan peregrinas atizaron en mí un espíritu aventurero y soñé con viajar a esas tierras llenas de misterio. Mauricio se tomó a cargo a Celina. Dejaron a la hija al cuidado de las madrastras. Se lo pasaban bebiendo y fumando cannabis; había noches que tenía que echarlos de mi cuarto para descansar.

Mauricio, un tipo simpático y dicharachero, con pinta de colonizador español, nunca se separaba de su hermano, como la cara y la cruz de una moneda. Estuardo, un colorado petiso de ojos azules, que siempre sonreía aún en la sala de espera de un dentista, andaba enfurruñado por la relación del flaco barbudo con la india. «Seguro que la va a dejar “panzona”, como a la hermana de su mujer, de apenas quince años». Me sonreí para mis adentros; parece que todos estábamos en lo mismo: él huyendo de sus parientes, y yo huyendo del ser que fui. Algo debió pasar en la relación, porque en varias ocasiones Celina amanecía en la puerta de mi oficina-dormitorio, ebria, acurrucada bajo una manta. Entre el fastidio y la compasión, le convidaba lo que quedaba de la merienda o le compartía mi desayuno. Con los días, se apegó como un perro faldero; hizo de la oficina su taller de collares y me ayudaba con la limpieza y con la ropa sucia.

Por esas mismas fechas, las cartas de Nora se volvieron distantes en tiempo y afecto, aunque mis mesadas le llegaban sin falta. En la última, me confesó que había perdido al niño, que no me empeñara en volver para el alumbramiento. Gaby me aclararía más tarde que un novenario de ruda, administrado en infusión por la propia abuela de Nora, había puesto a mi querida a salvo de las molestias del embarazo y de los ajetreos del parto. Meses atrás, habría renunciado al cielo por verme libre de dicha responsabilidad. «¡Y pensar que ese hecho cambió mi vida radicalmente!».

De pronto, me encontré solo en medio de una horrenda realidad, perdido en lo más profundo de la selva. En el reino del barro y la lluvia, recordé la frase del piloto: «La selva es la tumba de los blancos». Esa tarde, que trajo hasta mí aquella noticia aciaga, abandoné los libros y me interné en la jungla, siguiendo la ruta de los jaguares. Quería mirarlos a los ojos; sabía que merodeaban por allí al anochecer. Me dolía mi niño y la frialdad con la que Nora lo echó a volar hacia el vacío. Me dolía la promesa que le hice a mi madre y que ahora flotaba en este cielo absurdo, preñado de arreboles. Fui en busca del jaguar. ¡Sí! Quería averiguar si mi vida aún valía algo.

Junio llegó cargado de luz y mariposas; la selva bullía en colores y sonidos: el parloteo de los loros al caer el día, el croar hipnotizante de las ranas y el canto de los grillos se volvían patentes cuando callaban las motosierras y los helicópteros se marchaban. El único instante de silencio total venía después de las explosiones. Con el viento de la tarde, llegaba hasta mi pieza el olor empalagoso de los lirios de agua, que me tenía al borde de la náusea. En las tardes calurosas, los monos «cristianos» —así los llamaba Celina— invadían la alcoba al menor descuido, poniendo de cabeza todo lo que caía en sus manos: libros de cuentas, facturas, pero lo que más les gustaba era hurtar las plumas y semillas con las que Celina tejía sus collares y diademas. En esta realidad delirante, más latencia que existencia, veía pasar la vida como el fluir del río, que se acrecentaba y menguaba al capricho del tiempo.

Aprovechando la luz de la villa, sentada en el piso, Celina embutía las semillas en la pita mientras yo ponía en orden las cuentas del día. Dejó de beber y fumar. En largos silencios, me hacía compañía, y a mis primeros bostezos, se marchaba. Nunca le pregunté dónde pasaba las noches. Hablaba un castellano funcional, lo había aprendido junto con las letras y los números bajo la tutela de los misioneros. Su verdadero nombre era Khuvu —que significa agua—; los pastores le pusieron uno cristiano. Nora no me escribió más, ni yo le pedí explicación alguna. En esas altas noches o en alguna madrugada, aunque cada vez menos, pensaba todavía en Estefanía. Le había escrito una docena de cartas sin recibir respuesta. Maquiné nuevas salidas, hacer lo que mejor hacía: escapar, pero esta vez más lejos.

La última carta… me juré que sería la última. La herencia de mi madre estaba por ejecutarse en esos días, entonces le propuse a Tefy huir hacia esos mundos que soñábamos desde la niñez: Las Mil y Una Noches. Sí, ¿por qué no? Iríamos a Teherán. Míster Douglas me habló de la gran fiesta a celebrarse en Persépolis con motivo de los dos mil quinientos años de existencia del imperio más antiguo de la tierra: el imperio persa. De allí, a Katmandú, en Nepal, a conocer a los lamas y luego a Benarés, la ciudad sagrada de la India, la meca espiritual del movimiento hippie que ya estaba en retirada.

Mientras más pasaba el tiempo, perdía las esperanzas de una respuesta. Gabi me juró haberle entregado la carta, como ya antes me había jurado que Tefy estaba al tanto de mi fracaso con Nora. «Olvídate de ella —me dijo—, para ella ya no existes». Me entregué al cannabis ya sin ambages y a beber en mi tiempo libre. Algunas noches, libaba junto al río, contemplando ensimismado su eterno y absurdo fluir. Los fines de semana, regresaba tarde, apoyándome en barandas y paredes para terminar en el piso o sobre la cama con la ropa puesta. Se invirtieron los papeles; Celina cargó conmigo en todos esos días, con una vocación y una fuerza sorprendentes. Limpiaba mis humores y me cambiaba los vestidos. «¡Ccutsuye, ccutsuye!», repetía mientras me levantaba del piso —¡pararse, erguirse!—. Es lo que recuerdo.

Nochebuena. Hacía un año que había dejado mi ciudad. La mayoría de la gente había regresado a sus hogares o se encontraba en Nueva Loja. Yo me quedé a cargo. Con una botella en la mano, deambulaba por el campamento gritando el nombre de Celina. No sé de dónde salió, pero al poco tiempo estaba frente a mí: altiva, serena, a pesar de los improperios que le lanzaba. «¡Te ordeno que saques tus cosas de mi alcoba! ¡Semillas, plumas, todas esas “mierdas” que atraen a los monos!», le dije. Ella no se inmutó; sus ojos brillaron con un fuego genuino y su cuerpo, erguido contra la luz que provenía del cuarto de máquinas, persistía inmarcesible en su pequeño universo. Sonrió y respondió: «Mañana». «¡Ahora!», ordené. Volvió a sonreír, pero esta vez con un aire desafiante. Acerqué mi rostro al suyo y, sin saber por qué, exclamé: «¡Quiero que saques tu vida de mi alcoba!». Extendió su mano y me agarró por el cuello. Me besó con una pasión insospechada que no pude resistirme y naufragué en su humedad.

Esa noche nos sumamos al desastre de los monos «cristianos». Retozamos sobre plumas, semillas, facturas y libros de cuentas. Su piel iluminó la habitación con una fosforescencia anaranjada y sus gemidos opacaron el canto de la selva. En medio de esa vorágine de caricias, una última alerta me detuvo. Empujé su cuerpo sudoroso lejos del mío, repitiendo: «No, no, no quiero saber nada de hijos». Khuvu se acercó lentamente; sus manos ásperas me recorrieron las piernas hasta apoderarse de mi sexo, luego se deslizó sobre mi cuerpo como una tibia serpiente. Cuando estuvo a la altura de mi oreja, susurró su secreto: «Estate tranquilo —se acarició el vientre— hay un pequeño Mauricio». Lo dijo con tal naturalidad que me envolvió una ola de ternura. Los meses que siguieron nos volvimos íntimos, como dos huérfanos lamiéndose las heridas.

Me alejé del calendario y comencé a contar el tiempo como Celina contaba las lunas. Su vientre maduraba lentamente. Los mellizos se marcharon una vez cumplido el año de contrato. Viajaba con frecuencia a Nueva Loja, incluso entre semana. Aprendí a navegar en el fuera de borda; conocía de memoria cada curva del río y cada banco de arena. Nueva Loja era una ciudad sin alma. La mayoría de sus nuevos residentes habían llegado del sur, huyendo de una sequía de proporciones bíblicas; los pocos nativos que quedaban vagaban presos del alcohol y sus mujeres terminaban en los prostíbulos o en los mercados vendiendo productos que nadie compraba. Las artesanías de semillas y plumas de aves exóticas habían mutado en cuentas de plástico y plumas de gallina teñidas con anilina; las de Celina, sin embargo, seguían siendo auténticas.

Un sábado de marzo, durante mi segundo año en Lago Agrio —aclaro que era otro nombre con el que se conocía a Nueva Loja, especialmente entre la gente de la Gulf—, después de arreglar cuentas con los proveedores y asegurar la carga en la lancha, visité el mercado de ropa y compré un vestido materno con flores rojas para Celina. Luego pasé por el correo. Mientras hojeaba las cartas que habían llegado, descubrí una diferente; en el sobre decía: «Juan…», con unos trazos inconfundibles. Mi corazón dio un vuelco, antes de girarla para ver el remitente, supe que era de Estefanía. Allí mismo rompí el sobre y la leí sentado en la lancha, mecido por el vaivén de la corriente. Nunca había visto la jungla más bella que aquella mañana. La luz, el verdor de las hojas y el espejo del río brillaban con un resplandor más intenso. El cielo estaba sin una sola mácula. Como pocas veces, en el horizonte de la jungla se divisaba la cumbre del Reventador, cubierta de nieve. Lo percibí como una promesa.

Llegué a casa entrada la noche. Mi padre me recibió como al hijo pródigo. Al día siguiente, caída la tarde, me reuniría con Tefy en un parque que solíamos frecuentar. Seguro de que sus padres habrían bajado la guardia, la esperé cerca de su casa para verla salir y seguirla en secreto hacia el punto de encuentro. Todavía no lo creía. Al fin la vi. Llevaba un abrigo gris y tenía el pelo recogido en un moño sobre su cabeza, como un turbante. Caminaba encorvada por el frío, la encontré más pequeña y frágil de lo que recordaba. Ya en el parque, me acerqué por detrás y toqué su hombro. Una descarga eléctrica atravesó mi cuerpo, di un salto hacia atrás. Cuando se volvió, me miró con una extrañeza que no pudo disimular. Algo se quebró en el fondo de mi ser. Era Estefanía, pero ya no era mi Tefy. Mientras hablábamos, percibimos la distancia insalvable que nos separaba.

En las semanas siguientes, el cuerpo maduro de Celina comenzó a deslizarse en mis sueños. Durante el día, su presencia me seguía como un perro silencioso. Todos coincidían en que volver a Dureno era una locura, que un abismo separaba nuestros mundos. Para mí no había dos mundos; éramos las dos mitades de un solo mundo y Celina era la única verdad que conocía.

Llegué a Dureno bajo una lluvia inclemente. El Aguarico se había desbordado y vastas zonas estaban bajo el agua.

—¿A qué has vuelto? —preguntó míster Duglas, sonriendo al verme bajar de la canoa—. Vienes por la india, ¿verdad? ¿¡Are you crazy, Jaguar!? —Me sirvió un vaso con licor y encendió un cigarro—. Allí hay una caja con cosas para ti —dijo, señalando con la mano mi antigua oficina—. Celina could wait for you all her life. Tuve que convencerla de que era una pérdida de tiempo. Life is movement, like a river. — Señaló el río con un gesto de sus cejas. —La verdad… ya te imaginaba en Katmandú.

—¿Sabe dónde está ahora? —pregunté.

Movió la cabeza en señal de negativa.

—Sé que Isaac la llevó río abajo por el Cuyaveno. His brother told me que, cruzando la frontera hacia Colombia, vive una tía que es partidora o partera, you know. Aquí las noticias don't have ni pies ni cabeza…

El humo del cigarro difuminaba el rostro de míster Duglas. Mientras sus labios seguían moviéndose, no podía sacarme de la mente la figura inmarcesible de Khuvu, suspendida a contraluz frente al cuarto de máquinas. En la caja de madera, sellada con cuerdas de pita, las cartas que nunca envié, las semillas y plumas que nunca se convirtieron en collares y el vestido de flores rojas que compré para Celina estaban a merced de los comejenes.

jueves, 20 de febrero de 2025

El dolor de la felicidad

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


Esta es mi historia. No pretendo convencerte de nada, solo quiero que leas estas páginas llenas de luces y sombras, y saques tus propias conclusiones.

En los años noventa vivir en Lima era una mezcla de miedo, incertidumbre y esperanza. El país acababa de atravesar una lucha feroz contra el terrorismo, y, aunque quedaban heridas abiertas, la calma empezaba a instalarse en las calles. Con ella llegó un inesperado boom económico que trajo cambios radicales, especialmente en mi sector laboral.

Me casé joven y muy enamorada. Corría el año mil novecientos ochentaicuatro. Apenas tenía veinte años y aún cursaba arquitectura en la universidad. Mario, mi esposo, era quince años mayor que yo. Trabajaba en la venta de repuestos de maquinaria industrial, un empleo estable que le permitía mantenerse, pero sin grandes aspiraciones. Mis padres se opusieron desde el principio: consideraban que la diferencia de edad era abismal, que Mario había vivido demasiado mientras yo apenas empezaba a descubrir el mundo.

No estaban equivocados. Mientras yo soñaba con un futuro lleno de posibilidades, Mario había experimentado una vida sin frenos ni límites. Perdió a su madre siendo adolescente, y su padre, sin herramientas para criarlo, dejó que la vida lo moldeara. Se convirtió en un hombre independiente, con un historial de aventuras que no ocultaba. Había viajado por Latinoamérica como mochilero, convivido con parejas y experimentado episodios intensos de pasión y caos.

«Es un hombre que ya vivió demasiado, Catalina. Tú apenas empiezas», me repetía mi madre cada vez que intentaba disuadirme.

«¡Lo amo, mamá! ¿Por qué no pueden aceptarlo?», le respondía, segura de que mis sentimientos superarían cualquier barrera.

Nos conocimos en una calurosa noche de verano, mi familia y yo habíamos llegado a vivir a un barrio de Jesús María cuya construcción databa de mediados del siglo pasado.  Estaba con mis nuevas amigas, Alejandra y Mayte, compartiendo historias sobre la vida y los hombres, sentadas en el dintel de la entrada a la casa. De repente, apareció Mario, acompañado de Miguel, un chico del barrio. Su presencia era imponente: varonil, atlético, con una mirada intensa que me atravesó como una flecha.

—Hola, mucho gusto. ¿Tú eres Catalina? —me preguntó con una sonrisa apenas perceptible.

—Sí… hola —le respondí, evitando su mirada, consciente de que mis mejillas estaban encendidas.

Desde esa noche, Mario me cortejó con una intensidad que no conocía. Mis amigas comentaban que él estaba «prendado» de mí, de mi inocencia, de mi apariencia de niña a pesar de tener diecinueve años. Y aunque los comentarios de amigos y familiares advertían que Mario no era el mejor partido, la fuerza de mis sentimientos superó todas las voces.

Me casé con él porque lo amaba, o al menos eso creía. Durante los primeros años, nuestra relación fue muy buena. Teníamos diferencias, claro: mientras yo soñaba con ser madre, Mario evitaba el tema.

«No estoy listo para tener hijos, Cata. Aún quiero disfrutar la vida contigo», me decía.

«¿Y yo? ¿Qué hay de lo que yo quiero?», le respondía, frustrada. Pero lo amaba y, con el tiempo, dejé de insistir. Así fuimos construyendo nuestra relación, en la que muchas veces predominaba su forma de ver la vida y a la que yo me adaptaba, aunque no siempre compartiera sus valores.

Mario empezó a viajar por su trabajo, al principio sentí frustración ya que hasta ese momento no nos habíamos separado, tres semanas del mes no lo veía, luego fui adaptándome a la nueva rutina, mientras él estaba de viaje, yo seguía estudiando, preparando la tesis, permitiéndome culminar la carrera de arquitectura y conseguir trabajo en una constructora. Cada vez que Mario regresaba, me dedicaba por completo a él, manteniendo viva la pasión.

Eran tiempos difíciles, había mucha inestabilidad económica. La inflación no permitía planificar y era una lucha diaria contra la devaluación de la moneda. Fueron momentos en los que hubo que tomar decisiones financieras que gracias a mis conocimientos pudimos sortear favorablemente. Empecé a notar aquellas diferencias de las que me hablaron mis padres, mis amigos. Aun así, optaba por no hacer caso a mi mente y cambiar de actividad para así no pensar en lo que se iba tornando evidente en mi vida.

Mientras estudiaba la carrera mi depa, había sido el centro de estudios y cuando terminamos seguimos reuniéndonos allí, ahora para pasar un rato agradable, tomar un par de tragos, o simplemente conversar. Recuerdo un día cuando Javier, el más picaflor del grupo, empezó a coquetear conmigo, yo ya lo había escuchado antes y siempre le había puesto un paralé, pero en aquella ocasión empecé a seguirle el juego, fue cuando entendí que algo estaba pasando en mi relación con Mario.

En esos días recibí una opción de trabajo que mejoraba notablemente mis ingresos, así que la acepté. Amaba mi trabajo, toda la creatividad que había en mí afloró, tanto así que laboralmente empecé destacar, pronto estuve a cargo de un área, no podía estar más feliz, Mario seguía trabajando en provincia, los días que nos veíamos a veces coincidían con recarga laboral, entonces ya no podía pasar tiempo con él como antes.

—¿Ya no te emociona que llegue? —me preguntó un día Alejandra.

—No lo sé… a veces siento que su regreso solo complica mi rutina —le confesé, sin darme cuenta de lo que esas palabras significaban.

Desde que empecé a trabajar los ingresos económicos se incrementaron notablemente. Financieramente ya no dependía de Mario.

En esas circunstancias fue cuando quedé embarazada. Recuerdo claramente el momento de la concepción. Nuestra vida sexual seguía siendo intensa a pesar de todo, y puedo evocar con nitidez que estábamos de vacaciones. Habíamos llegado a un balneario en el norte. Aunque el camino había sido agotador, eso no apagó el deseo que sentíamos el uno por el otro. Fue un encuentro apasionado, tan especial que marcó el inicio de una nueva vida dentro de mí. Es un momento que jamás olvidaré.

Siempre había escuchado «reclamos» de mi familia y amigos sobre cuándo tendríamos hijos, pues ya habían pasado casi diez años.

Estaba en un gran momento de mi carrera, mi condición física era inmejorable, iba al gimnasio, había acomodado mi vida de tal forma que los escasos siete días al mes que Mario pasaba conmigo eran perfectos para mí y mi vida. No contaba con un embarazo, me hice la prueba, y dio positiva, no sabía si alegrarme o llorar, sentí miedo, una serie de pensamientos rondaron por mi cabeza.

Mario estaba ilusionado, pese a ello, me dejaba a mí la responsabilidad de decidir qué hacer.

Seguí adelante con mi embarazo y compartí la noticia con todos. Fue algo que celebraron con entusiasmo.

Para ese entonces, sentía que podía con todo en mi vida, con la maternidad, con mi trabajo, de lo que ya no estaba tan segura era si podía con mi matrimonio.

Empecé a ver todos los defectos que tenía Mario, el enamoramiento decayó, aunque nuestra vida sexual seguía siendo muy buena.

Me conocía tan bien que podía adivinar hasta mis deseos más ocultos, lo que nos llevaba a vivir encuentros intensos y apasionados. No sabía cuánto tiempo podría durar. Sin darme cuenta, comencé a temer por esta relación tan maravillosa y, al mismo tiempo, a abrirme a nuevas y tentadoras posibilidades.

Mi mundo interior estaba lleno de sexualidad y adrenalina, una energía vibrante y desbordante. Ávida de nuevas experiencias, comencé a canalizar esa fuerza hacia mi lado creativo, transformándola en ideas, proyectos y expresiones que impactaban a quienes me rodeaban: compañeros de trabajo, jefes y conocidos.

Fue cuando conocí a Leonardo en una cena de trabajo en un distinguido restaurante en San Isidro. Recuerdo las luces tenues que invitaban al romance. Al verlo sentí una emoción nueva. Quizás una premonición, algo que me decía que era a quien había estado esperando.

Leonardo era completamente diferente a Mario. Podíamos pasar horas hablando de: trabajo, deportes, filosofía... prácticamente sobre cualquier tema. Era un hombre apasionado por su profesión. Había logrado independizarse después de trabajar diez años en una empresa, y ahora la suya propia estaba en pleno crecimiento, pujante y llena de éxito.

Empezamos a vernos para discutir casos del trabajo, ya que él se dedicaba a construir casas de veraneo que recién empezaban a perfilarse en la costa peruana. A veces, yo le daba mi opinión como arquitecta y, otras, él me ayudaba con sus conocimientos de ingeniería civil.

Ambos sabíamos que la relación no era netamente laboral, sino que había algo más fuerte, poderoso, que nos empujaba a esas reuniones que poco a poco se iban haciendo más frecuentes.

Leonardo estaba casado y tenía dos niños, su esposa, una mujer bastante posesiva, lo celaba continuamente, increíblemente, él estaba acostumbrado a eso.

En ese entonces ya tenía a Jimena, que acababa de cumplir un año. Contaba con una nana que la cuidaba a tiempo completo, lo que me permitía llevar mi vida social sin mayores problemas. Cuando Mario estaba en Lima, siempre encontraba excusas para salir, argumentando cenas con clientes, lo que era cierto, aunque también aprovechaba esas oportunidades para encontrarme con Leonardo. Poco a poco nuestra conexión fue creciendo. Nunca le había sido infiel a Mario, quizá de pensamiento o coqueteando con algún admirador, pero esta vez era diferente.

Pusimos fecha, hora y lugar; y allí, al mediodía, nuestras almas se encontraron. Pasamos toda la tarde entregados a nuestro amor, como si el mundo exterior se desvaneciera. Hacer el amor con Leonardo fue una experiencia deslumbrante, un baile de pasiones y susurros. Aunque contaba con más experiencia que él, eso no importó; cada caricia, cada mirada, se sentía como un viaje a la luna de ida y vuelta. Estar con él fue lo mejor que pude haber hecho, y ese mismo sentimiento vibraba en su corazón.

Mario comenzó a tener sospechas de lo que estaba sucediendo, pero nunca me decía nada. Siempre había sido muy sabio. Cuando salía con mis amigos, nunca me interrogaba más de lo necesario ni dejaba entrever sus celos. Era como si comprendiera que no había realmente nada de qué preocuparse.

Sin embargo, con Leonardo la cosa era diferente. Un día salí a trabajar como de costumbre para luego pasar horas con él, llegué a casa alrededor de las diez de la noche. Al entrar, encontré a Mario desnudo en la sala, bebiendo licor y con una ira que nunca había visto en él.

Había llegado de viaje sin aviso. Solo encontró a la nana con Jimena, y las sospechas, que ya tenía, parecieron volverse claras para él.

—¿De dónde vienes? —fue su primera pregunta, sus ojos estaban vidriosos y su voz, aunque potente, parecía quebrarse por momentos.

—Vengo de una reunión de trabajo —le dije.

—¡No es cierto! ¡Llamé a tu oficina cuando llegué y no estabas!

—Estaba cenando con unos clientes —Fue lo primero que se me vino a la cabeza, pero no me creyó.

—Has estado con él, ¿verdad? —Acercándose a mí, intimidante, empezó a olerme y sentí por primera vez repulsión hacia él.

Me insultó, me recriminó y me acusó de todo lo que se puedan imaginar. Yo estaba muy asustada y solo atiné a salir de allí.

Me siguió, me jaló del cabello y me regresó a la casa. Recuerdo que tenía una correa que golpeaba contra el suelo cada vez que decía algo. Por fortuna, la niña estaba profundamente dormida y no alcanzó a escuchar sus gritos. Luego, tomó un cuchillo y me amenazó con él. En el fondo yo sabía que no me haría daño, aunque estaba aterrada.

La noche fue larga, llena de odio por su parte y de miedo y desprecio por la mía. Finalmente se quedó dormido, aproveché para ir a ver a Jimena. Aún dormía, así que me acosté junto a ella.

A la mañana siguiente, muy temprano, se duchó y salió a trabajar sin decir una palabra. Poco después, agarré a mi hija y me fui a casa de mis padres.

Fueron días tumultuosos. Por otro lado, Leonardo estaba pasando por algo similar. Él le confesó a su esposa que yo existía y que la dejaría por mí.

Así comenzó un calvario que duró años, en el que dos personas se amaban con intensidad, mientras otras dos estaban llenas de rencor, odio y una profunda sed de venganza, decididas a no permitir la felicidad de quienes se amaban.

Con el tiempo Leonardo logró llegar a un acuerdo económico con su esposa, obteniendo finalmente el divorcio. Ella se aseguró de que a sus hijos no les faltara nada, y poco a poco Leonardo comenzó a encontrar la paz tras tanto sufrimiento.

En mi caso, la historia fue más compleja, al igual que mi relación con Mario. Debido a mi inmadurez emocional, le había permitido ejercer un yugo casi paternal. Por eso, cuando nos separamos, él siguió manipulándome: me decía que se llevaría a Jimena, amenazaba con quitarse la vida o con hacerle daño a Leonardo, yo me sentía atrapada en una dependencia de la que no podía liberarme.

Para Mario, el hecho de que lo dejara y me llevara a nuestra hija fue un golpe devastador. Dejó de trabajar, perdió la capacidad de concentrarse en sus ventas y terminó buscando otra actividad para sobrevivir. Cada vez que nos cruzábamos, aprovechaba la oportunidad para desahogar su frustración, gritarme sus desgracias y culparme de todo lo que había salido mal en su vida.

En varias ocasiones dejé a Leonardo y me mudé a casa de mis padres con la intención de mantener la calma, pero eso no era vida. No era la vida que había imaginado para mí.

Era un control psicológico que me atormentaba ya que no sabía cómo liberarme, Leonardo me ayudó a superar esta etapa y finalmente pude tener el valor de mandarlo al diablo y dejar de hacerle caso. 

Jimena ya había empezado a ir al colegio, Mario ejercía su rol de padre, a veces la recogía del colegio, también asistía a las reuniones de padres, pero no quería darme el divorcio, lo que me impedía formalizar mi relación con Leonardo. Decidimos que, a pesar de eso, no permitiríamos que esa situación alterara lo que teníamos.

Un día, mientras Jimena jugaba en el amplio departamento que teníamos en San Isidro, ocurrió una tragedia que marcó nuestras vidas para siempre. Estaba en el balcón, disfrutando de sus juegos infantiles, cuando, de manera inesperada, cayó desde el noveno piso. En ese fatídico momento, tanto Leonardo como yo estábamos en el trabajo; solo la nana se encontraba cuidándola en casa.

La terrible noticia llegó con una llamada que jamás olvidaré. Lucinda, la nana, me llamó entre sollozos y gritos de desesperación. Sin pensarlo dos veces, salí corriendo a buscar a mi hija con la esperanza de que todo fuera un malentendido. Pero ya era tarde. Cuando llegué a la clínica Ricardo Palma Jimena había fallecido.

Debía avisarle a Mario sobre lo sucedido, sentí como mi espíritu escapaba de mi cuerpo, no podía llorar, no tomaba conciencia de lo que estaba ocurriendo. Informaba de la muerte de Jimena a mi familia y amigos sin ninguna emoción.

Cuando llamé a Mario, le comuniqué lo sucedido, él dio un grito de dolor y rompió en llanto, llegó a la clínica tan pronto como pudo, yo no podía mirarlo a la cara, no entendía nada.

Hubo que hacer los arreglos del sepelio, responder las preguntas de la policía. Lucinda no sabía cómo hablarme, yo no le decía nada, entendía su dolor también, pero mi cabeza estaba revuelta de muchos pensamientos y sentimientos.

En el entierro de Jimena, Mario y yo nos acercamos juntos al pequeño ataúd. Nos quedamos en silencio, inmóviles, sin atrevernos a pronunciar palabra. El dolor que compartíamos era tan abrumador que no hacía falta decir nada; nuestras miradas perdidas lo decían todo.

Aún en shock, solo atiné a refugiarme en la casa de mis padres, no volví a ver a Mario, pero tampoco a Leonardo, decidí irme de la ciudad, por un tiempo, no sabía cuánto sería necesario para encontrar nuevamente a mi espíritu.

miércoles, 5 de febrero de 2025

Rutinas

Doris Verónica Martínez Méndez


El despertador suena a las cuatro de la mañana, invariable, desde hace cinco años. Descansa en ocasiones los fines de semana, pero no todos. No he logrado adaptarme, no soy una persona madrugadora. La inercia me arranca de la cama. Mi esposo queda dormido y la gata lo acompaña. Mantengo los ojos cerrados hasta que golpeo contra la puerta del baño. En aquella oscuridad narcótica busco el interruptor para encender la luz. Abro la llave de la ducha deseando poder dormir cinco minutos más bajo el agua fría.

A las cuatro y media salgo de mi casa. ¿Olvidé algo? Más vale que no. Empaqué todo lo necesario la noche anterior. ¿No es así? Es día de guardia, no puedo olvidar nada. La luna me saluda, radiante, en el horizonte. El viento en la calle me sacude, haciéndome tiritar. Estornudo una vez, dos, tres veces más. Pongo la calefacción en el auto para desempañar el parabrisas y relajar mis músculos contraídos por el frío. Me acomodo los anteojos y conduzco entre las calles oscuras, donde los impuestos de la municipalidad no alcanzan para iluminación.

Faltan diez minutos para las cinco y ya estoy atrapada en el tráfico matutino. El extenso bulevar es una arteria vital de la Calle Panamericana que conecta los municipios de la periferia con la gran capital. La gran mayoría se dirige a los empleos triviales que los esclavizan de ocho de la mañana a cinco de la tarde con una gastada promesa de superación. Yo, por el contrario, voy a uno de los municipios periféricos y veo los cientos de farolas en aquella procesión solemne de los trabajadores. Las motocicletas son enjambres de luciérnagas zigzagueantes, con sus motores rugiendo a diestra y siniestra de los vehículos. Una guirnalda de luces rojas en mi ruta me advierte del congestionamiento en la zona. Coloco el navegador: Tomemos ruta nacional dos Calle Agua Caliente. Esta ruta es siete minutos más rápida que Bulevar del Ejército Este…

Tomo el desvío. La pronunciada curva me obliga a bajar la velocidad; no hay tendido eléctrico y la pintura que delimita los carriles se ha borrado, las luces de los vehículos me afectan la visibilidad, gracias a mi astigmatismo. Llego al puente y veo el aviso: Carril central reversible de 5am a 9am. Doy un suspiro al encontrarme calle arriba con el autobús que se detiene en estaciones a recoger pasajeros cada diez metros, como un viacrucis del proletariado. No puedo rebasarlo, el carril central es ahora utilizado en sentido contrario al que me dirijo.

Veo el mapa: Tiempo estimado en tráfico, doce minutos.

Luis Miguel en la radio me trae el recuerdo de Isabel. Debería dedicarle un poco más de tiempo y explotar su potencial. En aquella canción encuentro ideas y armo escenarios inspiradores, pero son las cinco y treinta de la mañana y no tengo a nadie para contárselos. Pienso en su padre, un pobre alcohólico que la orilló a criarse a sí misma. Eso explicaría su obsesión por el orden y la pulcritud, su severidad en el trabajo y su amarga soledad.

¡Cataplán! El golpe seco en una de las llantas me saca de mis pensamientos: un bache, la calle está llena de ellos. El alcalde no ha hecho nada por taparlos, ni siquiera los que hay frente a su alcaldía... ¡Zoom! Un auto nos sobrepasa a media curva en aquella caravana, infringiendo la norma. Los pitidos de las bocinas sugieren los insultos e improperios de los conductores que puso en riesgo con su imprudencia.

—¡Qué hijo de puta! —digo en un reproche que nadie va a escuchar.

Continúo mi camino, esquivando baches, motociclistas y el camión de la basura que recolecta los montones de deshechos en la muy poblada urbanización, donde las casas se apilan en pasajes estrechos como si fueran cajas de concreto. Son las cinco y cuarenta de la mañana. El nudo de vehículos en la intersección no me permite cruzar, a solo diez metros del hospital. Una ambulancia con la sirena a todo volumen advierte su paso; imagino a sus ocupantes como guijarros en una maraca, rebotando en las curvas, sin cinturones de seguridad, mientras cuidan del enfermo que trasladan. He perdido el sueño, a expensas de crisis nerviosas y maniobras defensivas. La cámara del marcador detecta mi rostro agotado a las cinco cincuenta y tres y me saluda con su voz robótica: Puede pasar.

Cruzo el pasillo blanco iluminado por largas lámparas y llego a la puerta de vidrio nevado del área de hospitalización. Me recibe un concierto de llantos y gritos en todas direcciones. Los compañeros de guardia se alegran de verme.

—¿Cómo está el tráfico?

—De los mil demonios. ¿Cómo les fue anoche?

—Igual.

Paso la ronda, recibo a los ingresados y dejo ir a los colegas deseándoles suerte en ese éxodo de vehículos. Estoy sola y debo cubrir la emergencia. Pero antes, me preparo un café. Desde mi consultorio escucho el rugido de los motores, las bocinas, las sirenas y los silbatos de los policías de tránsito. El aire acondicionado y la breve tranquilidad de la sala de pediatría vuelve a aletargarme. Luego de quemarme un poco los labios con el café, en su aroma tostado me viene a la mente la figura tosca y huraña de Enrique. Ha crecido mi interés por él. Puedo ver la dulzura escondida en sus ojos negros y me atrae la severidad de su entrecejo apretado. Es un villano para todos, pero no para mí. Yo conozco su secreto. ¿Cómo habría de revelarlo? Sorprendería a todos si lo hiciera, especialmente a Jorge, su hijo.

El chirrido del disco en la impresora anuncia la llegada de un paciente. Salgo de mis pensamientos para entrar de lleno al sistema de emergencia.

—¿Por qué trae al niño, mamá?

—Es que estaba dormido y le dio un nervio.

—¿Un nervio?

—Sí, empezó a mover el pie como si le diera un nervio.

Mi mente viaja de nuevo a los tantos escenarios donde me gusta escapar. Si escribo estos relatos inverosímiles, ¿me creerían? Hubo un tiempo que estas pequeñas crónicas resultaron muy populares en mis redes sociales. ¿Eran críticas, chistes o anécdotas? No importaba. Mis amigos parecían disfrutarlas mucho, como esa columna de Aunque usted no lo crea que aparecía en las tiras cómicas del periódico dominical. ¿Y si tal vez exploto ese mercado? El humor entre colegas es muy importante para mantener la cordura. Extraño poder hacerlo. Pero luego que unos médicos fueran despedidos y sancionados por el gobierno a causa de unos tweets sacados de contexto, es mejor abstenerse de decir lo que uno piensa.

Son las ocho de la mañana y ya me encuentro evaluando a los niños ingresados. Las paredes todavía emanan el olor de la pintura que la nueva administración autorizó, borrando los hermosos murales de Frozen y Winnie Pooh que ayudaban a distraer a mis pequeños de su enfermedad. Ahora no hay colores, todo es blanco, como en un manicomio. Me acomodo en mi estación: una mesa rectangular llena de boletas hechas de papel reciclado, almohadillas de tinta azul y sellos de gomas. Tiene un fregadero al final y, no importa cuánto aprietes la llave del grifo, gotea continuamente, emitiendo un ruido metálico que se pierde entre las melodías de La vaca Lola y El patito Juan.

—Yo creí que usted era de Candelaria —dice una de las madres a otra.

—No. Yo conozco Candelaria por una prima del hermano de la mujer del señor que le trabaja a mi tío Santiago.

La enfermera y yo nos miramos un momento y escondemos la risa. Tomo mis audífonos y decido aislarme de aquel caos de llanto, motores de nebulizadores, toses y melodías infantiles. Todo está bajo control y mientras escribo las notas e indicaciones, mi mente se disocia entre la medicina y la música.

Al momento se encuentra estable, tolerando la vía oral y con aporte de oxígeno… Quisiera ser un pez para tocar mi nariz en tu pecera…

Me detengo un momento. Necesito anotar eso que vino a mi mente de manera brusca. Tomo una de las recetas en blanco y escribo la idea, no tengo tiempo para desarrollarla. Ya lo haré después. Doblo el pequeño papel y lo guardo en el bolsillo de mi bata. Regreso a los expedientes clínicos y aquella melodía me hace pensar en Andrés.

«Es demasiado perfecto, sabrá deslumbrar, sin duda, pero no llegará a nada si no le encuentro algún defecto», pienso.

—Doctora, el niño del otro cubículo volvió a vomitar.

—Voy enseguida —respondo y me quito los audífonos para guardar mis ideas, de nuevo.

El día siguió sus rutinas, sin darme tregua para ventilar mis pensamientos. Tendré unas horas libres antes del turno, las usaré para repasar mis anotaciones.

—No vendrá Pérez —me avisa mi jefe después de almuerzo—. ¿Podrías cubrir la tarde? Te compenso las horas.

—¿Podría irme mañana temprano?

—Mañana no, escogé otro día y me avisás.

Meto mis manos en los bolsillos y puedo sentir el pedazo de papel en el que anoté la idea que se ha ido diluyendo entre mocos, vómito y notas de evolución.

Inicia el turno a las seis de la tarde y me encuentro con mi grupo de guardia. La algarabía en la emergencia tiene horas pico, como el tráfico en las calles. Casi siempre coincide con las horas de comer.

—¿Por qué consulta?

—Lo traigo porque mucho parpadea.

Son las diez de la noche y busco un espacio para cenar con una de mis compañeras en el mismo consultorio que ha visto lo indecible. Limpiamos el escritorio con un poco de alcohol y disponemos la comida chatarra que ha perdido el sabor por estar demasiado fría. Quisiera comer sola, despejarme, pero aquella charla sirve de catarsis, lo cual ayuda a conservar la salud mental. Nos distribuimos las horas de la madrugada para atender la emergencia y descansar un poco, si es que es posible, usando de cama el diván pediátrico en el que apenas se acomoda el cuerpo. El cansancio es brutal, obnubila los sentidos y pronto el dolor de espalda, la luz en la rendija, el llanto de los niños, el frío, la tertulia de las enfermeras, los pitidos de las máquinas y el ruido de mis pensamientos se desvanece.

Amanece por fin. El reporte de turno: Ochenta y siete consultas y cinco ingresos. Doce niños en hospitalización, sin eventualidades, porque, irónicamente, los ánimos destruidos del personal no son un perjuicio al sistema de salud. Tomo una ducha rápida en uno de los baños de la consulta general, pues el pequeño baño de los médicos está ocupado. La regadera es un tubo sin forma que hace caer un chorro de agua directamente del caño. No hay una cortina que evite salpicaduras al piso. Estoy desnuda y me cala una sensación incómoda de estar siendo vigilada. ¿A qué arquitecto se le ocurre colocar una ventana en un baño? De vidrio esmerilado, pero ventana al fin. Escucho el bullicio en los pasillos: Han empezado a entrar los pacientes citados a sus consultas. Utilizo la ropa sucia como alfombra. El inodoro no tiene tapa y mi maleta está sobre el lavamanos. Me las ingenio para poder secar mis pies y ponerme calcetas limpias sin tropezarme. El resto es más fácil. Mi estómago gruñe de hambre. Solo quedan ocho horas más para salir.

El tráfico de las dos de la tarde no es más benévolo que el de la madrugada, pero al menos hay mejor visibilidad. Me detengo en un semáforo, justo frente a la pasarela peatonal. Bajo las escaleras se encuentra una mujer de cuerpo regordete, semidesnuda. Se está dando un baño con una cubeta de agua. Sus pechos caen sobre su abdomen y las enaguas le llegan hasta sus tobillos. El resto de conductores la ignoran, pero algo en ella me parece tan familiar que no puedo dejar de verla. Sus cabellos revueltos se enredan en un moño alto, como si fuera un nido de pájaros. Entonces viene a mi mente: Paloma, la pintoresca mujer de la ciudad de Victoria que deambula por las azoteas gorjeando con las tórtolas, sacando migas de pan de su bolsillo para alimentarlas. ¿Qué pudo enajenar su mente de esa manera? Su imagen se superpone al de aquella desconocida y su historia se desparrama en los rincones de mi mente. Debo tener algunos detalles en el cajón de mi mesa de noche, anotados en pedazos de recetas o boletas de hospital.

¡Piiiip! El semáforo da luz verde, un conductor detrás de mí me muestra su impaciencia con su bocina, induciendo al resto de conductores a hacer lo mismo, y todas las expresiones de mi imaginación se diluyen en la realidad de aquellos pitidos. Por primera vez me percato de la radio y no reconozco la canción ni el artista que suena. Sí me parece que la letra le va mucho a la personalidad de Román, a una de ellas al menos. No tengo oportunidad de detenerme y anotar una frase que me ayude a buscarla después. La repito varias veces para memorizarla, pero sé que al llegar a mi casa la habré olvidado, igual que tantas otras veces.

Son las cuatro de la tarde. Llego a casa por fin. Mi esposo me recibe, feliz de verme. Desempaco la ropa sucia y húmeda y la llevo a lavar.

—¿Cómo te fue? —pregunta él mientras me ayuda.

—¿Por dónde empiezo? —digo, agotada.

El remanso de mi hogar se vuelve un suave somnífero que va apagando el piloto automático en el que me he mantenido.

—¿Quieres ver una película? —pregunta mi esposo después de cenar mientras acomoda los platos en el lavavajillas.

—No. Realmente tengo ganas de escribir.

Me acomodo en mi cama entre los arrumacos de la gata y el frío que se cuela por la ventana. Teniendo la computadora sobre mi regazo, abro por fin el documento que dejé en blanco y veo el parpadeo del cursor en la primera línea. ¿Por dónde empiezo? Cierro mis ojos para elegir entre todos los personajes que transitaron por mi cabeza y pongo mis dedos sobre el teclado. Nada. Suena una melodía en el fondo de mi cerebro. Es esa canción que no reconocí antes, pero sin la letra. Debo poner yo las palabras.

El pequeño cuarto de baño contenía una melodía amortiguada por el agua cayendo de la regadera…

Mi esposo llega pasadas las nueve de la noche y apenas abro los ojos para ver cómo aparta la computadora. Con suavidad quita mis anteojos y me besa la frente.

—Vamos a dormir —susurra y apaga la luz—. Ya mañana terminas lo que estabas haciendo.

jueves, 23 de enero de 2025

Marina

Luis Orellana Díaz


Hoy ha vuelto a llover a cántaros como aquella tarde del entierro. No es abril ni mayo, es un martes cualquiera de febrero, por estos días hace un año que Pedro nos dejó. No soy de los que recuerdan fechas o conmemoran efemérides, pero Marina ha colmado de flores los jarrones y ha encendido velas en su cuarto. La casa está inmensamente hueca, y según parece, poblada de fantasmas que se agitan por aquí y por allá. Que suben las escaleras a pasitos sigilosos o se ocultan tras los setos del jardín jugando escondidillas. A veces tengo la impresión de escuchar risitas o llantos apagados de niños cruzando el callejón de los geranios. Marina vive con ellos a diario; no sé si se los imagina, pero yo he terminado por creer que son reales.     

Por estos días hace un año que dejó de hablarme, justo después del sepelio de nuestro hijo. Marina tiene el sueño liviano y padece de insomnio. Cuando despierto en la madrugada la escucho vagar por la casa hablando con las fotografías, desempolvando muebles o puliendo los ventanales hasta que llega el alba. Por las tardes, cuando regreso del despacho, veo con envidia los hogares iluminados con bombillas. Marina está convencida que esto de la electricidad es cosa del demonio y mantiene la casa bajo el mortecino régimen de los fanales. Sé que no deja de pensar ni un instante en él, pues cuando amanece siempre hay una pequeña flor frente a su fotografía.

Los primeros días después de la partida de mi hijo intenté dialogar con ella, contarle que también para mí fue terrible aquella pérdida, pero su dolor no aceptaba parangones y sus pupilas, siempre esquivas, no volvieron a encontrarse con las mías. Me he quedado prisionero en un silencio tan grande como la casa. Sé que para ella existo de alguna manera y siempre tengo ropa limpia y comida caliente, pero nuestro diálogo ha ido menguando de pequeñas frases a simples monosílabos. A veces, cuando coincidimos en algún lugar de la casa —aunque últimamente evito encontrarme con ella—, baja la vista y pasa de largo, yo me quedo angustiado con una procesión inveterada de palabras atascadas en la garganta.

Entre los dos ya no existe el tiempo, solo una línea inconexa de sucesos que se entrecruzan en un presente cada vez más irreal. Las tardes son una monotonía en gris perpetuo. Tengo la impresión de que ha paramado todo el año. Nos cobija una llovizna persistente que llena de musgos y puebla de ranas las paredes. No he dejado de soñar con peces y caracoles desde la muerte de mi hijo.

Ahora es cuando más extraño los días soleados en el huerto de los capulíes. Los niños trepados en las ramas y el sol brillando sobre sus cabecitas doradas. ¡Dios mío, no sé en qué momento les crecieron alas! Primero partió Victoria a continuar sus estudios en Barcelona. La última vez que la vi decía adiós en la estación del tren con su mano enguantada en piel de ante y luego… solo sus cartas, su alma desparramada en la blancura del papel añorando la escritura inconfundible de la madre o del hermano.

Nunca imaginé lo que vendría después. Esperamos lo mejor del porvenir sin sospechar que el destino tiene sus propios planes y los ejecuta inexorablemente. Mi padre solía decir: «¿Quieres ver a Dios sonreír? Cuéntale tus proyectos.»  Marina ha perdido esa alegría de vivir y me arrastra con ella hacia un desierto en el que solo resuenan los ecos del pasado. El recuerdo de nuestro hijo lo tiñe todo; a veces descubro sus manos nevadas arrastrándose sobre el vetusto teclado del piano o sus ojos vacíos contemplándome detrás de los cristales.

Lo más inaudito es que aún guardo la noticia de su muerte como incubando un puñal para herir a la buena de mi hija que aún lo ignora todo. Cuando pregunta por la madre no tengo otra invención que la de sus ojos enfermos: «Mamá se está poniendo ciega». Y si pregunta por Pedro le digo que está bien: «Ya sabes cómo es él de descuidado. Un día de estos terminará por escribirte. Te manda abrazos».

Marina ha renunciado al mundo, hace meses que no abandona la casa, soy su único contacto con el exterior. Al mediodía después del trabajo acudo a la farmacia o a la tintorería. Cuando no voy al telégrafo paso por el correo a recoger las cartas que llegan de todos lados. Ella se ha olvidado que tiene madre, que tiene hermanos y hasta una hija… se marchitó del todo en un solo día. Los domingos en la misa del alba rezo por mis hijos, pero, sobre todo, lo hago por ella. La gente que la conoce y la quiere me pregunta por Marina. Mi respuesta es siempre la misma: «Está reconvaleciendo, pronto la verán por aquí. Ojalá y eso fuera cierto».

Una tarde, de esas diluviales, regresé a casa temprano a causa de un resfrío que me indispuso en la oficina, accedí por la puerta de servicio que se encontraba abierta. Colgué el abrigo y el sombrero mojado en el perchero y me deslicé sigilosamente hacia mi cuarto; al cruzar al lado de la ventana que da al patio interno, la vi hablando con las plantas, el ruido de la lluvia en la cubierta y el estruendo de los truenos que acompañaban esa batalla interminable de luz y sombra, me mantuvieron en secreto.

La contemplé largamente. Su rostro cobrizo y su cuello delgado estaban marchitos por la lluvia inclemente del reloj; pero su cuerpo lucía perfecto, inmarcesible bajo el camisón mojado que delineaba sus formas voluptuosas aún. Marina, de pronto, con los pies descalzos y llenos de barro, se puso a danzar al rítmico compás de las gotas de lluvia, abandonada en un ritual sonámbulo.  Se veía libre y feliz como yo quizá nunca volvería a serlo. Desde entonces dejé de compadecerla y empecé a soñarla junto con los peces y los caracoles.

Esta mañana ha llegado una carta de Cataluña, la dejaron en el buzón. En el sobre estaba escrito mi nombre con una caligrafía impecable, al reverso decía: «Remite: Victoria Saavedra». Hace tiempo que no tenía noticias de Victoria ni de su esposo. Antes de la muerte de Pedro sus misivas llegaban mensualmente, pero iban dirigidas a Marina. «Asuntos de mujeres»; me decía Marina sonriente y me iba comentando las nuevas de forma puntual: «Victoria aprobó las materias sociales, Victoria comenzó su doctorado, Victoria en Paris, Victoria en Venecia…» Siempre tuvo una conexión profunda con sus hijos, a veces me anticipaba las nuevas antes de que le dijesen las cartas.

—He soñado —me decía— que Victoria ha conocido al chico de su vida.

En otra ocasión me dijo que nuestra hija estaba muy enferma.

—¿Y tú cómo lo sabes?  —le pregunté.

—Porque lo siento como una punzada aquí en el vientre —me contestó tocándose la parte baja del abdomen.

Recuerdo una tarde de sábado que guisaba pavo para una cena con amigos, los niños jugaban en el huerto de los capulíes; Marina salió disparada de la cocina —atravesando la sala donde los amigos tertuliaban— con las manos untadas en aliños. Iba gritando: ¡Pedrito, cuidado, cuidado! Llegó a tiempo al patio trasero para atrapar a su hijo que se caía de una rama. Cuando le preguntamos cómo lo supo, nos respondió tirante por el susto: «Cosas de mujeres».  Me comentó después, cuando quedamos a solas, que el pavo que yacía con el cuello tronchado había abierto los ojos y en la impresión que le causó vio a Pedro cayéndose de la rama.

Abro la carta que tengo entre mis manos como una nave, como una carabela que ha cruzado el atlántico, tiene un aroma a sal y a recuerdos.  Hay cosas tan mías dentro de esta carta y tanta soledad en mí que quisiera habitarla hasta las últimas líneas. Me quedo en ella sin prisas. Victoria me transporta sobre el rumor de las palabras. Por primera vez en tantos meses un rayo de luz atraviesa la ventana y veo florecer los azahares en el naranjo del patio. «Vas a ser abuelo, dile a mamá que me escriba, que conteste mis cartas, ahora la necesito más que nunca».

Sostengo entre mis manos esta carta poblada de mayúsculas preciosas y pienso en ella como un pasaporte capaz de franquear el silencio de Marina. Respiro hondo, me lleno de esperanza. Cruzando el pasillo, a seis escalones está su cuarto, tal gravedad se apodera de mi cuerpo que me parece una distancia insalvable. Con mucho sigilo llego a la puerta de su alcoba, oigo un ruido de voces, como si ella dialogara con alguien, luego risas y palabras vagas. Con dos golpes anuncio mi presencia:

—¡Marina, Marina!…

Un largo silencio se hace en la alcoba.

—¡Marina, es carta de Victoria, son buenas noticias! 

Espero un tiempo prudente como para que ella meditara su decisión. Todo es silencio, deslizo entonces la carta abierta por el umbral de su puerta.

La luz a través de la ventana duró muy poco, esa misma tarde volvieron las lluvias y las tierras anegadas se desbordaron otra vez sobre los caminos; desde su quicio, contemplo el campo allende de las tapias. En las propiedades de enfrente, las vicuñas resignadas bajo sus abrigos empapados parecían efigies talladas en la brumosa melancolía del tiempo. Los días seguían cayendo con inclemencia, las ranas poblando los rincones, y yo soñando con peces y caracoles.

Marina se volvió aún más hermética, en la casa se escuchaban solo los ecos de mis pasos, parecía que incluso los fantasmas se habían esfumado. Comencé a preparar los alimentos y a cuidar de mis asuntos personales, antes de salir a la oficina le dejaba una bandeja con el desayuno en la puerta de su alcoba que se mantenía siempre cerrada. En la tarde cuando regresaba la bandeja me esperaba en el mismo lugar, consumida a veces, a veces a medias. Respondí la carta de Victoria, le conté —a modo de escusa—: Que la visión de mamá estaba empeorando, ya no lee ni escribe mucho, pero está contenta con la noticia y le envía sus bendiciones. «¡Qué más daba si después de una mentira seguía una procesión de buenas intenciones!».

Nuevas cartas continuaban llegando. Victoria me contaba los pormenores de su embarazo: el parto se esperaba para mediados de mayo. Empecé a redactar las cartas como si fuesen dictadas por Marina llenándolas de consejos que solo una madre podría decir a su hija —conocía de hace mucho las opiniones de Marina al respecto de los niños—. Victoria se mostraba optimista, su caligrafía se volvía cada vez más preciosa y se iba poblando de pájaros y de flores: «Si nace niña se llamará como la abuela y si es varón lo llamaremos Pedro».

Mientras su felicidad se desbordaba por la blancura del papel, mi soledad, disfrazada de alegría, se iba expandiendo; atravesando los caminos desde las alturas de los Andes, a lo largo de mares inmensos, sobre las crestas espumosas de las olas hasta llegar a manos de mi hija con la apariencia de albricias.

Mayo estaba por terminarse y las noticias no llegaban, el temporal hacía intransitable los caminos, los carteros perdidos bajo sus ponchos de hule emergían de la niebla de cuando en cuando, pero ninguna carta de Victoria. Una mañana temprano, encontré a Marina armada con hoz y con tijeras limpiando los yerbajos que habían invadido el huerto, buscaba algo entre el follaje abigarrado, la maleza lo había poblado todo, desde hace mucho que no se diferenciaban los senderos que recorrían hasta la bodega donde se guardan las herramientas, ya ni siquiera recuerdo cómo eran los bancos del jardín, sólo sé que eran de piedra. Viéndola así, distraída, subí despacio con la esperanza de sorprender la intimidad de su cuarto y satisfacer esa curiosidad que me apresaba.

Como lo esperaba, lo encontré cerrado. Forcé el seguro con un cuchillo de mesa y entré. En medio de una penumbra sostenida por un tenue quinqué, apenas podía distinguir los contornos de los objetos que allí habitaban. Un olor a incienso se esparcía en el ambiente y un ruido como el crujir de un gozne oxidado le imprimía a la escena una dimensión extraña. Unos segundos después que mis pupilas se acomodaran logré distinguir sobre su cama una figura humana. Se me cortó la respiración y tuve que forzar a mi pecho a henchirse varias veces hasta recuperar la calma.

Miré estupefacto cada detalle de la habitación. Era un collage impresionante que desnudaba ante mis ojos la mente torturada de mi esposa. Sobre la antigua cama matrimonial, simulando un cuerpo extendido con un brazo sobre el pecho, yacía el traje de graduación de Pedro impecablemente planchado. A través de la abertura de la chaqueta fulguraba su camisa blanca con el cuello rematado por una corbata de pajarita. De entre las mangas de la chaqueta sobresalían unos guantes blancos y de las bastas de sus pantalones azules, las medias celestes de colegial se prolongaban hasta dentro de sus zapatos de charol que se mantenían inexplicablemente verticales. Como si alguien realmente descansara sobre ese lecho. 

Me invadió una mezcla de terror y de ternura. Me acerqué a la figura con la intención de abrazarla, de levantarla y esperar a que camine… Por suerte, mi cordura se mantuvo unánime. Con la visión turbada por las lágrimas, contemplé el rostro de mi hijo que sonreía desde una fotografía enmarcada en un óvalo de cedro. En la cabecera de la cama, entre los restos de cera derretida, el remanente de una vela todavía flameaba imprimiéndole a su rostro la sensación de movimiento.

Los veladores se habían transformado en altares de dioses de todas las religiones. Todos los animales divinos estaban allí. Todas las efigies dignas de adoración y; sobre las paredes, trazadas en rasgos fugaces, las primeras formas de la geometría sagrada. Una colcha cubría la ventana a manera de cortina, cegando casi por completo, la poca claridad que procedía del huerto.

En el suelo, a un lado de la cama, sobre una estera de esparto, dos viejas mantas dobladas formaban un lecho rígido que, flanqueado por pilas de libros, le daban el aspecto de un sórdido nido en el que Marina se sumergía cada noche y del que surgía cada mañana como de un huevo primordial. El ruido de una puerta que se cerraba en el patio me devolvió a la realidad. Dejé la alcoba en puntillas. No sé si huía del peligro inminente de ser descubierto o de la perturbadora visión de aquella alcoba que un día también fue mía. No sé cuánto duró la «visita», porque tuve la sensación de que el tiempo no existía en el interior de esa pieza.

Me alisté para la oficina con la mente en blanco. Coloqué el impermeable sobre mis hombros como un autómata; luego calcé unas botas y un sombrero a ese homúnculo que me representaba en el espejo del recibidor y me lancé a la calle. Caminé sin rumbo entre la niebla. El pueblo se me antojó como una extensión de ese cuarto extraño: los contornos brumosos de los árboles, las etéreas siluetas de las edificaciones, la fantasmagoría de las cúpulas de la iglesia que parecían flotar libres hacia el cielo. El tañido de las campanas me sorprendió perdido por unas callejuelas que hace mucho no las frecuentaba y recordé que salí con rumbo al trabajo.

Mi oficina está en la segunda planta del edificio de la junta parroquial, allí malvivo desde hace más de veinte años manteniendo al día los libros de contabilidad. La oficina queda a unas cuantas cuadras de la casa, siguiendo un zigzagueante sendero al margen de un río de cristal —claro, en verano— que desde hace mucho que es un monstruo de color ferroso como el barro que muerde los zapatos. Regreso sobre mis pasos, ensimismado, cavilando en las extrañas imágenes de ese cuarto: «¿¡Qué hace, qué busca, qué pretende con esa parafernalia macabra de rituales!? Es como si quisiera exorcizarlo, divinizarlo, redimirlo». Así de inextricable se me hacía la mente de mi esposa.

Al medio día regreso a casa, de camino al pueblo contemplo a los vecinos que recogen en sacos de yute los peces que la creciente de la noche anterior ha dejado atrapados, aún vivos, en los baches anegados de la vía. Todavía rumiando las sorprendentes imágenes de esta mañana, paso por las oficinas del correo. Detrás de un mostrador de madera resquebrajada, Aurelio saluda con parsimonia, mientras sus pies lo llevan a rastras desde el mostrador hasta la estantería de las entregas.

—Hace rato que llegaron las cartas, hay una para vos, te la iba a enviar a la oficina, pero el guambra de los mandados —se coloca los lentes con manos temblorosas— no ha venido hoy. Parece que todos andan de pesca.

—Así parece.

Miro la carta que Aurelio toma del perchero y la reconozco por los timbres postales.

—Es de Vicky —me dice, mientras me la entrega—. ¿Tu nieto habrá nacido ya?

—Supongo que sí. Ya te lo haré saber.

Con una palmada en la espalda me despido de mi viejo amigo. Al volver a la calle, comienza a paramar, guardo la carta sin abrir en el bolsillo del impermeable y camino de regreso a casa, abrigando la esperanza de que finalmente Marina cambiará de actitud ante un acontecimiento de tal trascendencia.

A la entrada me detengo frente al portón desvencijado, ganado por un musgo que le lame los hierros oxidados y que al abrirlo rechina anunciando la llegada de propios o extraños; lo cruzo y sigo de largo hasta la casa. A punto de llegar veo a Marina plantada en el umbral de la puerta principal. Estoy pasmado ante semejante visión espectral y no atino a decir nada más que: ¡Marina!

—No quiero que traigan más desastres a esta casa —me dice en tono airado. Inconscientemente me llevo la mano al pecho donde guardo la carta de Victoria.

—¡Marina! ¡Querida! Se avecinan buenos tiempos, nuestra vida va a cambiar. ¡Tiene que cambiar!

Me acerco despacio buscando delicadamente su complicidad. Me mira con ojos penetrantes y toda su locura que ahora me es patente se expresa en su mirada, luego mueve su cabeza en señal de desaprobación.

—¿Es que no entiendes? ¡Nunca lo vas a entender! Los buenos tiempos para nosotros ya no serán ni en los recuerdos.

Saco la carta que llevo atesorándola en mi pecho y se la extiendo.

—No tienes que dármela, no necesito leerla, sé lo que trae… Después de un invierno como este solo nos queda un siglo de otoño.

—¿Qué es?, ¿qué es lo que trae?

Estoy seguro que si ella me lo dice no necesito ni leerla. No me responde, solamente se da vuelta, cruza el callejón de los geranios con dirección al cuarto de Pedro sin volver la vista atrás, segura de que sigo sus pasos; me dice mientras asciende las escaleras:

—Tú no estuviste la mañana en que descubrí el cuerpo inerte de tu hijo en su cuarto colgando de una viga. Tú no viste su bello cuello de bronce estrangulado por el cáñamo ni te asomaste al infierno de sus ojos dilatados. Yo, yo sola tuve que bajarlo, usando una fuerza que de seguro me la brindó el demonio, porque Dios… no sé dónde estaba Dios la noche en que Pedro se quitó la vida. —Su voz se cargó de ira—. No has vuelto a su cuarto, ¿verdad? —Y abrió la puerta—. ¡Ven! —me dijo, volviendo su rostro y tocando mi mano después de siglos de ausencia.

No pude hacerlo, no pude entrar en ese espacio que para mí quedó vedado desde aquel suceso. Mucho menos ahora después de la insólita experiencia en el cuarto de Marina.

—Acá vengo cada noche cuando sueño —me dice, y un escalofrío me sube por la espalda—. ¿Quieres venir conmigo? ¿Quieres hacer vela con los ausentes?, porque tu nieto también está aquí desde hace algunos días. ¡Los Pedros están malditos!

Marina estaba delirando, yo no podía más con estas escenas de locura. Dejé la casa y corrí hacia la calle, llegué hasta la oficina, a puerta cerrada leí la carta. La preciosa caligrafía de Victoria se había tornado en rasgos quebradizos y vacilantes, luego de muchas lamentaciones me decía que el niño había muerto en el parto. Un caso que los médicos denominan: circular de cordón alrededor del cuello del bebé: esa fue la causa; es frecuente que se presente, pero es raro que provoque la muerte.

¿Qué más podía esperar? Me quedé pensando en Marina: sola en esa casa, en ese cuarto poblado de fantasmas. La amaba profundamente, pero no quería que ese fuese mi mundo. Así estuve largo tiempo mientras mis emociones se estancaban, solo entonces   pude contemplar hasta el fondo el espíritu de mi esposa. No era el vacío que quedó en el espacio cuando Pedrito partió, lo que la atormentaba. Era…era, sobre todo, la angustia que pesa sobre el alma de los suicidas que no pueden descansar en tierra sagrada. Marina había pasado de este Dios cristiano al que yo no puedo más que obedecer sin dilaciones. Ella pugnaba por un Dios más antiguo, primordial, un Dios cósmico al cual confiar el alma de su hijo.

La gente comenzó a llegar para el turno de la tarde.

—No para de llover —me dice Gabriela, la secretaria.

—No, no para —respondí.

Afuera las hojas de los árboles seguían balanceándose por el leve martilleo de las gotas de lluvia y el viento aullaba perdido por los callejones.

lunes, 6 de enero de 2025

Quimeras

Rosario Sánchez Infantas


Me sentí desnudo y doblemente vulnerable.

Fluían ondulantes y envolventes las notas del bolero caribeño en la fría noche andina. Sentí que su voz grave, tersa y desgarrada se dirigía a mí, a pesar de la centena de personas que ocupaba el pequeño auditorio en la ceremonia del hospital donde trabajo.

Por qué no han de saber

que te amo vida mía

Por qué no he de decirlo

Si fundes tu alma con el alma mía.

Y también estaba su gracia, que no era solo belleza. Alto, atlético y de piel canela. En su rostro armonioso destacaban unos grandes ojos negros y cabellos ligeramente ensortijados. Cualquiera que lo viera diría que era hermoso.

De seguro, muchos de los presentes, imaginaban complacidos que dedicaba la canción a su novia, sentada en primera fila. Otra criatura hermosa, esbelta y delicada, de mirada profunda, piel morena y sedosos cabellos rizados. Electricista Daniel y asistente de contabilidad Nuria, provenían ambos de la costa norte peruana. Sus características físicas llamaban la atención del personal asistencial y de los pacientes, en su mayoría de procedencia andina.

Se vive solamente una vez,
Hay que aprender a querer y a vivir
Hay que saber que la vida,
Se aleja y nos deja llorando quimeras.

El flamante hospital de la seguridad social estaba ubicado en un centro metalúrgico, en la sierra peruana, a cuatro mil metros de altura. Albergaba técnicos especializados y profesionales de diversas partes del país. Uno de ellos era yo, el doctor Vera Amorín, médico cirujano, hijo único del dueño de una hacienda en el vecino valle del Mantaro. Realicé mis estudios escolares como alumno interno en un colegio de élite en Lima, la capital peruana; lugar en el cual, posteriormente, estudié medicina. En los años cincuenta, mi piel blanca, cabello castaño, apellidos europeos y la acomodada posición económica de mi familia, ocultaban mi origen andino. Era una época en que lo nativo y del interior del país eran vistos como algo vergonzoso.

Mi piel blanca, cabellos castaños, apellidos europeos y buena posición económica encubrían mi origen andino en los años cincuenta en los cuales lo nativo y lo del interior del país eran vistos como algo vergonzoso.

Lo único que recuerdo de mi padre es su trato hosco y autoritario con mi dócil madre y conmigo. Murió al caerse del caballo cuando yo terminaba la primaria; pero ya había decidido que su hijo fuera médico. Me dejó también inseguridad, inercia y el respeto absoluto de las normas como medio de protección. Cumplí el designio paterno sin atreverme a escuchar mi propio sentir. A los treinta años, me había acostumbrado a ser un buen médico, a justificar mi escasa vida social en mis abundantes alergias, espasmos bronquiales y cefaleas. Acallé mi palabra leyendo mucho, escuchando música clásica e interpretando el violín en mi pieza del hospital.  

No quiero arrepentirme después,
De lo que pudo haber sido y no fue
Quiero gozar esta vida,
Teniéndote cerca de mí hasta que muera.

«Lo que pudo haber sido y no fue». Este verso del bolero me confronta con mi más grande y frustrado anhelo: lo que pudo ser y no fue. No habría nada más que pedirle a la vida si pudiera decir: «Quiero gozar esta vida, teniéndote cerca de mí hasta que muera».

El recuerdo de la burla paterna y de mis malos desempeños sociales arraigó profundamente en mí. Esto se entrelazó con el imperativo de ser perfecto y competente en todo lo que emprendiera para así lograr el cariño y aprobación de familiares y amigos. Al enfrentar las situaciones sociales anticipaba desempeños torpes que terminaban cumpliéndose y reforzando la pobre imagen que tenía de mí mismo. Estudiar mucho y obtener buenos calificativos me brindaba la única opinión aceptable acerca de quién era yo.

Desde la escuela de medicina hubo varias mujeres hermosas a las que parecía interesar. Sin embargo, establecer vínculos con ellas me parecía algo que escapaba a mi control y me generaba mucha ansiedad, evitándolo de plano. Agradecí cuando me dieron la reputación de arrogante y me dejaron en paz. Muy pronto también me catalogaron así en el hospital en el cual empecé a trabajar. Soy de naturaleza solitaria; sin embargo, en aquellas frías noches, en las que el hospital parecía navegar en la densa oscuridad de un mar polar, mientras veía caer la nieve, me inundaba la tristeza, sentía que todos los ángeles habían muerto. Es entonces que sufría la necesidad de un «nosotros».

Cuando llevaba trabajando medio año en este hospital llegó, desde la capital, Verónica Mendoza. Una nutricionista que bordeaba los treinta años, guapa, desinhibida y muy independiente. Causó entusiasmo entre el personal masculino y críticas entre el femenino. No sé qué me vio que dedicó cinco meses a conquistarme. 

Es una muy buena compañera, tiene un agradable sentido del humor, mantiene muy lindo el departamento y en los eventos a los que asistimos se lleva toda la atención que no quiero sobre mí. Foráneos, profesionales, solteros y con padres fallecidos, terminamos casándonos en una sencilla ceremonia, sorprendiendo así a nuestros compañeros de trabajo por la rapidez de nuestra decisión.

Hoy coincidimos en la consulta pediátrica: nosotros y nuestra pequeña Verito; Daniel y Nuria con su Danielito. Luego de la sorpresa inicial y las frases de cortesía, mientras esperábamos el turno de atención de nuestra bebé, recordé haber realizado, un tiempo atrás, el examen físico del antebrazo fracturado de Daniel. No pude evitar estremecerme al tocar su piel, nos miramos, nos encontramos y sin decir palabra nos despedimos. Desde entonces cada cual propuso a su imaginación la quimera de ser feliz en su matrimonio. Entonces también cobró sentido el bolero aquel que comienza y termina así:     

Qué importa si después,
Me ven llorando un día
Si acaso me preguntan,
Diré que te quiero mucho todavía.