jueves, 15 de octubre de 2020

Inexplicable

 Miguel Ángel Salabarría Cervera


Lourdes entró puntual al salón de juntas en la Secretaría de Educación Pública de la ciudad de México, para la reunión nacional sobre la «Modernidad Educativa»; portaba un huipil que denotaba su identidad peninsular, la presencia de ella fue inmediatamente percibida no solo por su vistoso atuendo, sino por su asidua asistencia a este tipo de eventos, porque sus capacidades eran ampliamente reconocidas en su lugar de origen, como en otras latitudes.

Las intervenciones que tenía como en las propuestas que realizaba, era notoria su amplia y variada formación académica, principalmente cuando se trataba el campo de Ciencias, debiéndose esto a que era química farmacobióloga, que aunado a los conocimientos adquiridos en la Maestría en Pedagogía y la formación de Educación Normal que poseía, eran muy valiosas sus aportaciones.

Recuerdo la mañana del primer lunes del mes de febrero de hace tres años, cuando llegó Lourdes a tomar clases a la Escuela de Agentes de Pastoral en la parroquia de Monjas, fue saludada con afecto, por el director de la misma, que por coincidencia también era docente en educación. La trató con familiaridad y admiración, conduciéndola al recinto de los que cursaríamos el primer semestre.

Al sentarse a mi lado intercambiamos saludos de presentación, en el primer receso me comentó que conocía al director porque era maestra que daba cursos a los profesores de la entidad, debido a que asistía a las reuniones nacionales sobre la «Modernidad Educativa» representando al estado; se me hizo interesante su actividad y le pregunté sobre su formación académica, a lo que respondió dándome brevemente su impresionante currículum.

Mi esposa Lupita y yo quedamos sorprendidos desde el primer día, por su elocuencia al expresarse como la templanza opinando sobre temas bíblicos, con frecuencia recibía notificaciones en su celular y pedía permiso para salir a contestar las llamadas; esta era la tónica todos los lunes durante los tres módulos.

En una ocasión regresó de contestar un mensaje, ocupó su sitio que estaba junto a mí y me hizo el comentario que estaba en proceso de jubilación por cumplir la antigüedad requerida, pero, le estaban ofreciendo ser asesora técnica de la Secretaria de Educación en la entidad, aunque se jubilara, y la propuesta era muy tentadora en todos los sentidos.

En esos momentos concluyó el módulo y la plática se prolongó.

─Creo que tiene que considerar varios factores para tomar una decisión ─le expresé─ como la familia, sus perspectivas de vida, en fin, varias cosas.

─Mi esposo me dice que respeta mi decisión ─agregó─ e hijos no tuvimos, somos solo nosotros ─añadió─, lo pensaré para dar una respuesta.

El siguiente lunes no acudió Lourdes a las clases, supuse que ya se había retirado por aceptar la oferta de trabajo que le hacían a pesar de jubilarse. Incluso esto se comentó entre los compañeros, lamentándose que se ausentara definitivamente porque era una persona valiosa.

Antes de retirarnos se presentó el director para darnos a conocer la razón de la inasistencia de Lourdes se debía a un problema personal muy grave, se hizo un silencio sepulcral en el aula, todos mirábamos al maestro esperando que diera la información. Por fin retomó la palabra para decirnos que el esposo de nuestra compañera había fallecido el sábado de la semana anterior.

Todos quedamos estupefactos por la funesta noticia, repuestos del estupor, le hicimos preguntas para saber de las circunstancias de lo acaecido, pero él se limitó a darnos la noticia sin entrar en pormenores.

Al retirarse el director, una de las compañeras dijo que sabía que el esposo de Lourdes estaba delicado de salud desde hacía tiempo, pero no supo abundar en detalles. En esos momentos llamaron varias veces a Lourdes, pero ella no respondió; convenimos en que sí sabíamos algo sobre nuestra condiscípula, nos pondríamos en contacto para visitarla.

Nadie tuvo noticias de nuestra amiga hasta el lunes cuando llegó a las clases, vistiendo sin luto, pero con modestia. Ninguno se atrevía a preguntarle sobre su trance vivido; al concluir la sesión de ese día, Lourdes nos comentó que su esposo había fallecido la semana antepasada y que descansó de sus dolencias, e invitaba a todos a elevar sus plegarias a Cristo por su eterno descanso; en silencio le fuimos dando el pésame a pesar del tiempo transcurrido y nos poníamos a sus órdenes por lo que necesitara.

En la siguiente reunión de estudios, Lourdes nos informó que se había jubilado y rechazado definitivamente la propuesta que tenía de ser Asesora Técnica de la Secretaría de Educación Pública, pensaba que era la decisión correcta para su proyecto de vida.

Al concluir los módulos del día, nos encaminamos a la salida por la terraza aledaña al templo en donde tomábamos los cursos, nos detuvimos Lourdes, Lupita y yo, nos preguntó la primera, si teníamos tiempo para platicar, le respondimos que sí, y nos sentamos en las bancas de piedra del colonial recinto.

En particular me sorprendió la apertura que tuvo Lourdes al invitarnos a tomar asiento para platicar, imaginando que sería sobre su esposo y la relación que tuvieron.

─Juan era una gran persona, un hombre con muchas virtudes y muy inteligente; había estudiado Filosofía y Letras, hizo estudios de posgrado en Teología y un sinfín de cursos de esta naturaleza, ¿tienen tiempo para platicar? ─nos preguntó.

Ambos asentimos.

─Él daba clases en la Universidad Anáhuac e impartía conferencias en donde lo invitaran, aquí laboraba en la Universidad del Mayab. Era creyente y practicante de nuestra religión católica, asistía todos los días a misa y rezaba el rosario; recuerdo que cuando me invitaba, siempre le decía que no tenía tiempo porque debía preparar un curso, o que calificaría unos exámenes de la escuela Normal de Profesores, en fin, nunca tuve tiempo para acompañarlo en lo que más creía y amaba. Lo mejor era que él no se enojaba, me decía que no me preocupara… me comprendía, además de tenerme paciencia.

Nosotros la escuchábamos con atención y con gran respeto, porque abría sus recuerdos y traslucía sus sentimientos. Lupita le dijo:

─Si te sientes mal por lo que nos platicas, evítalo, comprendemos la pérdida tan grande que has tenido al dejar este mundo, tu compañero de viaje.

─No, al contrario, me siento bien, los veo siempre tan juntos, que me inspiran confianza como esposos.

─No siempre es así, en ocasiones tenemos diferencias como todas las parejas ─acotó Lupita.

─Si gustan les platico sobre su fallecimiento.

─Como gustes, Lourdes ─le dije.

─Juan hace seis meses viajó a la Ciudad de México como hacía quincenalmente a dar clases los fines de semana en la Universidad Anáhuac, debía regresaba el domingo en el último vuelo que arriba a las once de la noche, sin embargo, no llegó, le llamé a su celular y no respondió; al día siguiente me comuniqué a la universidad para pedir información; ahí me dijeron que concluyó sus labores a las cuatro de la tarde del domingo, entregó los documentos reglamentarios en la dirección se despidió diciendo que se iba al aeropuerto y se retiró.

Lourdes cambió su expresión de tranquilidad, por un rostro de tensión al revivir la desaparición de su esposo, se repuso después de aspirar y musitar una oración a Dios.

─Me alarmé sobremanera, porque lo conocía muy bien, no era de irse a divertirse con alguien; no sabía qué hacer, hasta que decidí llamar a conocidos en la ciudad de México y platicarles la desaparición de Juan, así me pasé todo el lunes, viviendo esta angustia ─prosiguió─, al no tener noticias el martes, decidí pedir permiso por tres días a partir del miércoles y viajar a la ciudad de México a primera hora.

─Llegué y me dirigí a casa de unos familiares, que me ayudaron a buscarlo en las instituciones de seguridad pública, incluso investigué hasta en la morgue, todo era inútil y mi angustia aumentaba y los días iban transcurriendo; el viernes de esa semana recibí una llamada de un hospital en la que me informaban que ahí se encontraba internado mi esposo, no me había llamado porque estaba inconsciente, hacía poco más de seis horas que había recuperado el conocimiento y estaba lúcido; el corazón medio un vuelco al enterarme de su estado.

─¿Tienen prisa por irse? ─nos preguntó de nuevo Lourdes.

─Estando con mi marido, tengo a «mi casa conmigo» ─respondió Lupita.

─Me hace gracia tu ocurrencia ─le comentó Lourdes, para continuar─, me fui a la clínica y me informaron que se encontraba estable, que platicara con él, con naturalidad sin demostrarle tensión o ansiedad por su desaparición; así lo hice pasé al cuarto en que se encontraba, me costó trabajo contener la sorpresa al verlo con huellas de haber sido golpeado, sin embargo, le sonreí al tiempo que Juan me extendía sus brazos desde la cama, sin importarle estar canalizado.

Emocionada, como si viviera lo que le ocurrió tiempo atrás, continuó su relato.

─Fueron momentos emotivos al encontramos, nos abrazamos y ya repuestos de la euforia, me preguntó cómo estaba, comprendí que no le importaba su estado, sino el saber mi situación por su ausencia, le sonreí y moví la cabeza afirmativamente. Con la mayor tranquilidad posible, le pregunté qué le había ocurrido.

─Iba a tomar un taxi para irme al aeropuerto, cuando un auto se detuvo frente a mí, bajaron dos personas, una de ellas me encañonó con una pistola, mientras el otro me empujaba dentro del carro, al entrar me golpearon y vendaban los ojos, mientras el auto se desplazaba quien sabe por qué calles.

Hizo él una pausa, cerró los ojos para recordar lo que había vivido, como queriendo a la vez, que pasara al olvido, y continuó relatándome dijo Lourdes.

─Perdí el sentido y no supe que ocurrió, hasta hace unas horas cuando recobré el conocimiento aquí en la clínica, y poco a poco me fueron viniendo los acontecimientos en tropel desde que salí de la Universidad Anáhuac ─respira hondo y continua─, fue cuando proporcioné tu número de celular para que te localizaran, te agradezco que hayas venido lo más pronto posible.

─No te preocupes, cuando te den de alta médica, regresaremos a Mérida para que convalezcas, hablaré con los médicos para que me proporcionen información de tu estado de salud.

Dirigiéndose a nosotros nos comentó, que habló con los doctores sobre la situación de su esposo, quienes le dijeron que esperarían setenta y dos horas para ver cómo evolucionaba y de no existir alguna alteración clínica, le darían de alta; así sucedió, el martes por la mañana autorizaron su salida del hospital y nos trasladamos al aeropuerto para arribar a Mérida en la noche. Su recuperación fue lenta, por los golpes internos recibidos y en la cabeza también, además de tener problemas para caminar.

El rostro de Lourdes cambió a una expresión de profundidad en su mirada al decirnos con gran seriedad:

─En esos días comprendí todo lo que Juan había hecho para que me acercara y viviera la religión católica, necesité un golpe fuerte para tener un encuentro con Cristo, que me hizo cambiar mi actitud hacia él, lo acompañaba en las oraciones que hacía; así mismo, íbamos junto a la iglesia y a misa, frecuentando los sacramentos, ─su expresión cambió a felicidad al recordar lo pasado─ fue un tiempo como nunca lo habíamos vivido.

─Que bien que tuvieron esta etapa de alegría ─le expresé.

Una tarde de hace un mes ─continuó Lourdes─, me dijo que se sentía mal, e inmediatamente lo llevé al hospital, me dijeron que le acababa de dar un infarto, y fue internado en terapia intensiva, sentía preocupación, pero no sobresalto, veía todo con cierta tranquilidad después de vivir esos meses diferentes con Juan, tampoco me sentía sola, era como si él estuviera junto a mí ─prosiguió─, así me llegó la noche, al fin me dijeron que podría pasar solo cinco minutos, al entrar me sonrió y me extendió su mano, se la tomé al tiempo que me decía lo más profundo de sus sentimientos hacía mí… le pedí que no se preocupara por hablarme, que entendía todo a través de su mirada; me pidió algo que se me quedó grabado.

─Lourdes ─con voz pausada me dijo─, solo te pido una cosa.

─ Lo que quieras ─le respondí.

─Prométeme que nunca te vas a apartar de Dios.

─No te preocupes, te lo prometo, pero ya desde que regresamos a Mérida, se lo prometí a Dios.

En ese instante entró la enfermera para decirme que ya habían pasado los cinco minutos, nos despedimos con ternura y él cerró los ojos, yo salía feliz porque lo había visto, pero más porque le di tranquilidad al darle a conocer lo que tanto había querido de mí, que me entregara a Dios. Abordé mi camioneta y me fui a descansar a la casa.

Al día siguiente a las ocho de la mañana, estaba en la clínica para saber de su evolución, me informaron que le había vuelto a dar otro infarto, pero ya está estabilizado, lo único que hice fue ponerme a rezar, para aceptar la voluntad de Dios; esos momentos entraron unos amigos a la sala de espera para conocer el estado de salud de Juan, les informé de su situación y me dieron palabras reconfortantes.

Sentí que me llamaban, al voltear vi al cardiólogo que había sido mi alumno en la preparatoria, me saludo con afecto y me dijo.

─Maestra, su esposo está grave ─lacónicamente expresó─, le ha vuelto a dar un tercer infarto.

Me llevé las manos al pecho y le dije.

─¿Me puedes hacer un favor?

─El que guste, maestra.

─¿Nos permites entrar a orar por mi esposo?

─Ay maestra, me pide un imposible… pero ya le di mi palabra, solo le pido silencio y brevedad.

Nos dirigimos al cuarto donde se encontraba Juan, le tomé las manos, él abrió sus ojos y sonrió mientras los amigos rezaban; no sé cuánto tiempo transcurrió, hasta que él cerro sus ojos y sentí que me apretaba con fuerza mis manos, para luego soltármelas, en ese momento sabía que mi esposo dejaba este mundo. Me sorprendió su expresión para luego agradarme porque parecía que dormía y en sus labios se dibujaba una sonrisa. El médico entró le tomó los signos vitales, para decirme.

─Ya falleció su esposo, maestra… era cosa de tiempo.

Hizo una pausa, mirándonos dijo.

─No crean, lo extraño es lógico, pero me siento tranquila entregándome al servicio de Dios, en algunos grupos de oración que me he integrado y compartir lo aprendido en la escuela.

Bueno, espero no haberles quitado su tiempo, pero quise compartir con ustedes estas vivencias trascendentales que le han dado un giro a mi vida.

─Gracias Lourdes, por regalarnos estas partes de tu vida y sabes que estás en nuestros corazones.

Los cursos continuaron hasta llegar al cuarto semestre, entre tareas y convivencias como todo grupo de estudiantes, un lunes sorprendió la ausencia de Lourdes, pensamos que se debía por algún contratiempo; al concluir las labores de ese día, el maestro Rigel entró al aula para informarnos que Lourdes se había retirado de la escuela, porque se había ido de religiosa misionera a la Sierra del estado de Coahuila, nos quedamos perplejos ante la noticia, repuestos del impacto causado comentamos que era una decisión muy valiente porque significaba un cambio de vida, sin embargo, nos dio alegría y se hizo comprensible a los seis restantes integrantes del grupo.

La partida de Lourdes se sintió en el grupo, porque sus participaciones eran claras e ilustradas con materiales pedagógicos, a la vez de los conocimientos nuevos que aportaba; como también su ecuanimidad en las relaciones con los miembros del grupo, pero lo que más notorio de su ausencia era cuando oraba, por la espiritualidad que proyectaba.

El tiempo transcurre e iniciamos el quinto semestre, un lunes al no tener el último módulo, decidimos Lupita y yo, ir a la misa de once de la mañana a la catedral, vimos a Lourdes a la distancia, ella percibió que la mirábamos y nos sonrió.

Al concluir la celebración litúrgica se encaminó hacia donde estábamos y juntos salimos al pasaje de la Revolución que está a un costado del templo, nos saludamos con afecto y como era ya costumbre, nos sentamos a platicar.

─¿Cuéntanos cómo te ha ido, Lourdes? ─le dijo Lupita.

─Estoy en Mérida por unos días, vine a arreglar unos asuntos, para regresarme de nuevo a la congregación misionera; estuve seis meses en la Sierra de Coahuila, era un frío muy intenso, para mí que soy del trópico, vivimos en comunidades de extrema pobreza, predicando y enseñando a esas personas maravillosas que solo esperan una mano que las ayude en todos los sentidos; éramos itinerantes y nos desplazábamos a pie. Fue una experiencia asombrosa.

─¿Te vas a quedar aquí o te regresas? ─le preguntó Lupita.

─Estos meses que viví eran de prueba, para decidir si me quedaba o no, pero ya tomé la decisión permaneceré con las misioneras y por esto estoy aquí.

─No me queda claro ─le dije.

─Vine a traspasar mis casas a mis sobrinas, a dejar cartas poderes para que cobren las jubilaciones, los vehículos también, es decir, estoy para renunciar a lo material y seguir a Jesucristo, cuando termine los trámites me iré a Chiapas en donde me esperan para trasladarnos a las regiones más pobres y olvidadas, para evangelizar a nuestros hermanos indígenas.

─Créenos Lourdes, te admiramos y nos dejas sin palabras ─le comentó Lupita.

─Estoy muy feliz por lo que hago y solo les pido un favor.

─Dinos, Lourdes ─expresé con expresión interrogante.

─Que no me olviden en sus oraciones.

Dicho esto, se puso de pie, nos despedimos abrazándonos y le pedimos que nos tomáramos de recuerdo una «selfie».

Luego volvió a despedirse y se encaminó rumbo a la salida del pasaje, para perderse entre la gente, pero no de nuestro recuerdo.

─¿Qué me dices? ─me preguntó Lupita.

─La recuerdo cuando entró por vez primera al salón, muy elegante y ahora la veo vestida con modestia; lo que hace Dios, y para el común de la gente, es inexplicable.

martes, 6 de octubre de 2020

La luz al final del túnel

Rosita Herrera


El aire me era insuficiente, los espacios se me hacían pequeños, los olores me golpeaban el rostro, tenía mucha sed, pero el agua poseía un tenaz olor a cloro «¡Dios mío! Nos están envenenando y no nos damos cuenta», aquel pensamiento, unido a una fuerte sensación de desamparo y terror, inundó mi mente. Alguien diría que «descubrí América», pero la verdad es que el sentir el veneno tan potente en el agua me removía violentamente por dentro como si mi organismo hubiera recibido un fuerte impacto, mis sentidos se habían agudizado y era como haber recibido un don para reconocer armas mortales en todo lo que nos rodeaba.

Al día siguiente, luego de una tortuosa noche insomne, mi cuerpo se empecinaba en ser una pesada carga, puesto que algo dentro de mí no dejaba de estar mal, sí, era como si mis entrañas se quejaran de lejos… desde muy lejos, y … claro… no podía entender, por consiguiente, tampoco ayudarlo; entonces, me levanté e hice mi rutina de siempre: alimentar a Bob y limpiar el jardín de lo único desagradable de mi perro, luego, preparar mi desayuno…, pero… no tenía nada de hambre, esto era una alarma extremadamente certera de que algo malo me estaba sucediendo. Vinieron las náuseas, la triste y dolorosa sensación del vómito, alcancé a llegar a la cocina y lo que salió de mí fue una sustancia gelatinosa e incolora, pues no comía desde las siete de la tarde del día anterior. Comencé a sentir dolores en el bajo vientre que me tiraban al suelo, no podía levantarme, lloraba del dolor, pero ¿qué diablos me estaba sucediendo? Comprendí que debía tomar decisiones, algo que odio y sobre todo en forma precipitada, no obstante, había que responder al, ¿qué hago? ¿voy a un hospital? ¿a una clínica? ¿tomo un auto? ¿llamo a una ambulancia? ¿le aviso a alguno de mis hijos? ¿a la vecina?... en fin… el sistema simpático estaba sobrepasado enviando señales de alerta a cada órgano de mi ser. Transcurrida una hora, yo todavía sin decir ni hacer nada, apareció mi hijo desde su habitación:

―¿Te sientes mal, ma? ¿Quieres que llame una ambulancia? ―Sus ojos me buscaban   en el vacío, pues mi cuerpo estaba de rodillas sujeto a un gran sofá de cuero ecológico ubicado en el salón principal de la casa.

 Dicen que cuando las desgracias llegan no lo hacen de a una, nos llueven, y ya se habían estado sumando varias en un breve lapso de tiempo: Primero, la pandemia que nos hizo confinarnos en espacios donde la única forma de estar solos era utilizando el pensamiento y la imaginación; la ruptura de una relación , que aunque tóxica y todo lo alejado del verdadero amor que uno quisiera, era lo que me mantenía en un statu quo que pintaba de ilusiones mi realidad y… claro, lo último, la enfermedad, unida al dolor y a la incapacidad física.

El asunto es que aquel día me fui con toda mi humanidad retorcida al primer recinto de salud que había cerca de mi casa, en un taxi de aquellos que se llaman por medio de una aplicación del móvil en la que puedes ver cuán rápido o entorpecido viene. Por supuesto, no vi nada, solo sentía que mi cuerpo se trituraba por dentro y no me daba descanso. Afloró mi llanto desde lo más profundo de mi ser acompañado por mi niña interior quien siempre se manifiesta en mis momentos de crisis y a la que no le importa golpear, patear, sacudir a quien quiera que se interponga en su camino cuando siente verdadero malestar como el que sentía en ese instante.

No podía evitar imaginar con bastante angustia y una dosis de masoquismo, qué hubiera sido de mí en otro lugar del planeta y en otro siglo, supongamos Francia, siglo XVII o XVIII cuando la medicina era incipiente y todavía se cometían muchos errores, además, de haber una fuerte tendencia a buscar respuestas a las enfermedades en mitos y leyendas cuando estas escapaban a sus dominios. Yo, en manos de médicos tan deschavetados como los que describía el grande de Moliere, «los servidores de la muerte», más de alguno andaría por ahí, espero no se haya cruzado en mi camino y si lo hizo, no habría más que decir ni hacer. Cada vez que sufro es inevitable cargar mi realidad de escenarios donde la precariedad azota las almas y me da por empatizar firmemente con aquellos seres que no tuvieron la oportunidad de calmar su aflicción. Debe ser por eso que cuando estamos destruidos, nuestra capacidad de unirnos a la humanidad crece y esto es lo que llamamos compasión, la que remonta en caracteres sublimes forjados por el dolor, como uno de muelas, por ejemplo, siempre me lleva a épocas remotas e imagino a aquellas pobres personas que solo podían esperar la brutal extracción de sus dientes por las manos de un grotesco y bestial barbero.

Rogaba por calmantes, los que llegaron, claro, pero después de haber llorado de mil formas tratando de que la tonalidad y los intervalos entre sollozos fueran altamente irritantes a los oídos de cuántos pasaran por el lugar donde estaba mi cuerpo adolorido y exánime. Quince minutos o tal vez dos horas, no lo sé, hasta que, por fin, luego de haberme transferido desde una silla de ruedas a una camilla, llegó la bendita droga que hizo que mi cerebro se desconectara de mi cuerpo y por tanto ya no sintiera dolor.

Si me estaba muriendo, quería ver la luz al final del túnel, nunca le he temido a la muerte, ha sido mi consorte de viajes y mi estímulo constante para convertirme en un ser superior en esta vida y así poder merecer su eterna compañía, pero no había ni rastro de su presencia, todo era aburridamente cotidiano y sucedían los acontecimientos dentro de una aletargada concordancia. El asunto es que ahí estaba yo sin saber lo que me deparaba el destino y dispuesta a dejar el lugar si es que debía incurrir en gastos desproporcionados, porque no lo he dicho, pero había llegado a una clínica privada de esas a las que catalogamos como cinco estrellas, lamentablemente se le habían caído unas cuantas ya que su personal estaba sobrepasado por la pandemia, pero aún así, su imagen y luminosidad hacían que cualquier pesadilla se convirtiera en un tránsito armonioso hacia la recuperación; la frialdad de los hospitales  y la apatía de sus trabajadores hacen que el camino sea tortuoso, lúgubre e incierto y así es difícil recuperarse ¿no creen? Gracias al cielo y a todos sus ángeles, mi intuición en ningún momento apuntó en esa dirección.

―Hola, ¿pasó el dolor? ―Un doctor muy joven y amable entra de improviso.

―Sí, ya mejor ―le digo mirándolo con curiosidad―. ¿Es el apéndice, no es cierto?

―Tu apéndice se rompió, hay que operar, ¿lo harás acá? La operación tiene un valor de tres millones de pesos… ―Me mira, investigando mi recepción sobre la valía.

―Es como querer comprarse un auto, barato y pequeño, pero los hay de ese precio ―Con mucha tranquilidad, casi indolente, me levanto y camino hacia una silla que sostenía mis pertenencias―. Iré a un hospital, al que me corresponde por localidad.―La que hablaba no era yo, era alguien que no le temía a nada, seguramente yo, pero drogada.

―Espera un minuto. ―Sale de la habitación en forma apresurada.

En momentos en que la mayoría de las personas actúan con desesperación y sus emociones embargan su discernimiento, suele pasarme lo contrario, recae sobre mí un manto de sabiduría y sensatez que prodiga una toma de decisiones frías y racionales donde veo una red de lineamientos claros y precisos a seguir. Estaba lista, completamente vestida, con mi liviana y pequeña mochila de un suave tono palo de rosa, dispuesta en mi hombro derecho. Mi hijo vendría a buscarme y partiríamos juntos en metro hasta la estación Salvador donde se encontraba el hospital del mismo nombre… en esto estaba cuando de pronto aparece intempestivamente el doctor quién había salido de la misma forma.

―¡Te quedas!

―¿Cómo?

No había perdido mi tranquilidad y parsimonia, pero me acomodaba escuchar lo que estaba diciendo, era como que recién mi mente comenzaba a visualizar el contraste entre la vertiginosa y mortal aventura de ir en busca de salvar mi vida a las puertas del Hades, atravesando el río Estigio; y, el paraíso que significaba en que oportunamente salvaría mi vida, lo que hacía todavía más celestial la experiencia de quedarme.

―Activé la ley de urgencia, así que no te preocupes por nada. En dos horas más te operan. Nos vemos y cualquier cosa me avisas.

La Ley de urgencia, no tenía ni la más remota idea de qué se trataba, era algo así como ¿la ley de sobrevivencia? O sea, ¿hay un dictamen constitucional que no te deja morir? Pero si yo no había visto la luz al final del túnel, no me dejarían verla, querían salvarme y yo no podía entender el por qué de tal ley ni el por qué yo, solo que una vez más las benditas energías actuaban por mí y me cambiaban de carril haciéndome ver que solo hay que fluir… fluir… fluir…, pero eso no es todo, también hay que confiar y dejar todo en manos del «de arriba», cuando ya no hay más alternativa, cuando ya, de verdad, todo te da lo mismo y solo te sientes como una hoja que cae sin dirección, la que amorosamente le da el viento… así estaba yo, asumiendo la vida en un estoico acto de fe.

Caos a nivel mundial, en nuestro país en nuestra ciudad, en mi alma, solo que ahora había conseguido una pausa milagrosa y todo estaba a mi favor, aunque nada me importaba porque sentía que nada merecía la pena en este mundo tridimensional.

Asomaban en mi mente algunos recuerdos vividos con Marion, mi dulce y querida hermana fallecida hace once años, siempre aparece en mis sueños cuando me encuentro en problemas dando respuestas a algunas de mis aflicciones.

«Pablo, me quedo acá, activaron una ley, es todo lo que sé» … qué raro, Pablo no me contesta, se supone que debiera estar preocupado, en fin, la juventud, para ellos el tiempo no existe.

Todo estaba en orden, solo quedaba esperar, dejarse llevar.

Escuché en alguna ocasión a alguien que decía, si no acontecen milagros en tu vida, algo en ti no está funcionando bien. Creo que lo que estaba ocurriendo era un milagro, pero no era momento de darse cuenta todavía, faltaba el distanciamiento de la situación, aquel en el que me encuentro ahora.

―¿Cómo esta’i? Soy el doctor Hassan, quien te va a operar. Tienes una peritonitis, te demoraste mucho en venir, hay que lavarte toda tu cavidad abdominal y si está muy complicado deberemos dejar unas sondas, ¿entiendes? Para que puedas terminar de eliminar toda la infección. Esperemos que no sea así.

En efecto, estaba toda contaminada por dentro, es decir, era cuestión de horas y hubiera visto la luz.

A pesar de tratarse de una enfermedad tan rutinaria y de fácil solución, tiene un alto índice de mortalidad, en fin, estaba en este siglo y en un buen lugar por decisión del destino, así que la fatalidad había tomado su abrigo para marcharse.

Una vez en mi habitación cinco estrellas, la vida se veía distinta. Una amplia ventana mostraba el estacionamiento desolado de un mall, en pleno día hábil. Todo a mi alrededor eran atenciones y cuidados, el sol inundaba el lugar y cualquier necesidad sería asistida con el simple presionar de un botón.

Estaba mi cuerpo sin dolor, mi mente sin agobio, puesto que la bendita ley implicaba un costo proporcional al que hubiera cancelado en un hospital público, es decir, casi nada, por lo tanto, no había de qué preocuparse, tan solo dejarse ir; estaba mi música dispuesta a hacerme compañía por medio de mis auriculares conectados a mi móvil, en ese entonces escuchaba una y otra vez a Brad Mehldau y su When it´s rain, de ahí me insertaba en otro loop con Gidon Kremer y Flowering Jasmine y luego Abel Korseniowski y así me creaba un mundo sonoro tan difícil de soltar, como hacerlo si la magia de sus vibraciones hacía estallar mi corazón de felicidad y verdadero gozo; completaba mi arsenal de bienestar a prueba de mundos hostiles un libro del gran Carl Sagan, Contacto, de donde estaba extrayendo referencias para uno de mis cuentos de ciencia ficción más queridos. Lo único que me preocupaba es que no había podido contactar con Pablo ni con ninguno de mis hijos, y ya había salido de la operación hacía un buen rato.

El silencio reinaba en aquel lugar, era como si todos se hubieran puesto de acuerdo para no molestarme ni distraer mi atención.

Todo indicaba que la torre se desmoronaba para dar paso a un profundo despertar de la consciencia. Las energías se transformaban en otras nuevas y mejores. Solo había que querer despojarse de lo que ya no estaba en sintonía, de lo que quiere irse y no lo dejamos. Recuerdo que en este fatídico año, había encargado un libro que debería haber llegado en abril a mi hogar, ya había perdido las esperanzas, pues era el mes de julio y aún la página de seguimiento señalaba que mi libro venía viajando, el asunto es que un día sábado de ese mismo mes, luego de tomar mi desayuno, me senté en mi lugar favorito para leer en el salón de mi casa, ansiosa porque Pabellón de cancerosos, ya lo estaba terminando, es que el personaje central de la historia  había agarrado mis hebras más sensibles, pues a pesar de ser un hombre rudo y explosivo, mi querido Oleg Filimonovich Kostoglotov, en su momento final, cuando vuelve a casa luego de una larga temporada en  un hospital de Usbekistán, tomaba distancia de las posibles personas que podrían haber estado en su vida y decidía soltarlas, luchando con todo espejismo del ego que se atreviera a darle la pelea, como el apego, el sexo, el dolor, la enfermedad, la alegría y la tristeza pasajeras; el vivir, el morir y así, lejos de acobardarse, comprendía que los pocos o muchos días que le quedaran de vida debía llevarlos en absoluta y plena libertad porque necesitaba ese tiempo para incorporar sus recientes aprendizajes que radicaban principalmente en aceptar lo que la vida le quiere dar para su propia paz. Estaba leyendo sus últimas cartas y reflexiones, las que constituían el final de la novela, cuando suena mi teléfono, era mi libro, el que esperaba tener el espacio para ser leído. Todo sucede así, nada llega si no has desocupado el sitio energético para acogerlo, entonces me paré para ir en busca de la mejor lección de mi vida en ese momento presente.

Esta habitación ya no la siento tan cómoda, creo que el personal de esta clínica se ha olvidado de mí, siento frío, extraño a mis hijos, dónde estarán, supongo que la pelea de aquella noche ya la habrán superado, siento haberme impacientado tanto por la invasión de mi espacio vital, pero es que ya mi organismo estaba contaminado y mi percepción de las cosas, alterada. El último doctor que vi señaló que de milagro había logrado llegar a la clínica, que ya no había nada más que hacer, que era muy tarde… que lo más probable era que mi cuerpo hubiera sufrido una septicemia… septi… cemia, pero eso no me lo dijo a mí directamente, sino al doctor que lo secundaba en la operación. ¿Cómo pude escuchar la conversación si yo estaba sedada? ¿Marion? ¿Qué haces acá? Tú estás… ¡Muerta!

―Vine a señalarte lo que tanto querías, mira, por ahí, ¿ves aquella luz? ―Rodeada de un halo luminoso y con un traje deportivo de color negro, bastante raro a mi ver, pues creía que los espíritus bondadosos debían relacionarse con el color blanco, en fin, la necia dualidad de este planeta y la obsesiva y soberbia fijación por el color blanco «símbolo de pureza y perfección».

―Pero los chicos me esperan, no sé si quiera partir en este momento, tengo cosas pendientes…

―No hay nada pendiente, ellos estarán bien, son adultos y muy sabios, en este momento se están organizando y distribuyendo sus deberes. ¿Sabes? El más pequeño, Gabo, es un adolescente increíble, el más consciente de todos, el que les enseñará cómo vivir sin ti. Dale, ya estás lista, practicaste el desapego y también lo enseñaste, les dejaste la música en sus mundos, tu piano seguirá sonando, siempre ¡Eso es maravilloso! Tus libros serán leídos, pero ahora como una forma de perpetuarte, ¿te das cuenta? Estarán bien, porque siempre estarás junto a ellos de diferentes formas. Así que ahora a disfrutar… te lo mereces, siempre lo añoraste, pero no querías irte así no más, mira: ―Abre sus manos y le muestra la imagen del escaparate de una de las librerías más importantes del planeta― Tus libros están ahora ahí, siendo vendidos y todo ese dinero irá directo a la cuenta de uno de tus hijos, al que te demostró rectitud y dominio. Todo está bien, es hora de partir ―La toma de la mano y  escudriña su rostro―. Te llevaré dónde están ellos, ven acompáñame ―Cierra los ojos y aparecen en el salón de su hogar.

―Cómo no me di cuenta antes, podría haberse salvado ―murmura Pablo mientras sostiene una taza de té caliente, sentado en el suelo, al lado del sillón donde en la mañana yo me apoyaba para levantarme.

―No vale la pena que te tortures, la mamá nos enseñó a ser independientes y a tener mucha confianza en nosotros y en la vida, imagínatela ahora, nos estaría diciendo que no perdamos el tiempo y que luchemos por nuestros sueños. Hay mucho que hacer, Pablo, creo que no se ha ido, la siento muy cerca de mí, recién estaba acongojada, y la recordé diciéndome que la vida está llena de milagros, solo hay que poner atención y confiar como si estuviéramos manejando por la carretera en una noche cubierta de neblina.

―Y… ¿Qué te parece si tocamos aquella melodía que le regalamos para su cumpleaños? ―Gaby se para abruptamente y va en busca de su violín.

―Sí, espera, voy por la guitarra, y… Gabo, pequeño Gabo, acompáñanos con el piano.

―La paz inunda el hogar, Marion, los amo con mi corazón, son parte de mí, lo más valioso de mí.

―Así es, linda labor, abrázalos por última vez y luego deja una señal. ―Le indica un cirio que se encontraba frente a una fotografía de ella con sus hijos cuando eran pequeños.

―Pablo, la mamá estuvo aquí. ¡Mira!

―Sí, la sentí, mi corazón está tranquilo… ¡Gracias, mami! ¡Nos vemos pronto!

Se escucha una suave, pero firme melodía cuyos movimientos ascendentes colaboraron en la rápida ascensión de nuestras almas.

―Ese color de pelo te queda muy bien, Marion, y… ¿quiénes nos esperan?, estoy ansiosa, ¿hay libros allá y música, músicos, pianos, violines?

―Ni te imaginas todo lo que hay… no podrías… ya lo verás, sígueme.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Humo de cigarrillo

 Constanza Aimola


Este hombre era mi abuelo materno, tenía el pelo completamente blanco, era delgado y muy elegante, así fuera domingo, se vestía de traje completo incluido chaleco, corbata y sombrero.

Nunca he sido buena para calcular la edad, pero debió estar alrededor de los ochenta años cuando yo aún era pequeña.

Antes de ir a visitarlo pasábamos por una reconocida pastelería y comprábamos para llevar brazo de reina, un rollo de pastel que envolvía una perfecta mezcla de crema de leche batida y fresas, por encima lo espolvoreaban con azúcar impalpable. Siempre me quedé con las ganas de probarlo, porque al parecer abrían la caja cuando nos marchábamos.

Vivía en la misma casa que construyó por muchos años, tantos que pasó de ser un lote a convertirse en el hogar de mis tías, sus esposos e hijos y posteriormente de algunas familias que pagaban renta por una habitación y quienes compartían las zonas comunes de lavandería y cocina, así como el patio y la azotea que era el sitio favorito de los niños.

Cuando mi mamá me llevaba a visitarlo, recuerdo que después de golpear con la mano un portón verde oscuro enorme y que nos abriera mi tía Sofía, la única de las cinco hermanas que todavía permanecía con él, junto a su hija menor Isabel (la mayor Martha ya se había casado), empezaba a sentir diferentes olores mezclados, producto de lo que cada familia cocinaba.

Aún cierro los ojos y huelo el guiso de tomate y cebolla sin sal a medio cocinar, el bulto de naranjas con alguna un poco dañada, los frijoles, el arroz fritándose y la sopa hirviendo en los grandes fogones.

Había dos cocinas, la que compartían todos los inquilinos y la de mi tía Sofía que solo le pertenecía a ella.

Recuerdo que tenía, debajo de un estante de madera vieja y húmeda, un caracol dentro de un totumo seco. Ahora desde mi raciocinio de adulta no entiendo qué hacía un gigante y baboso caracol oculto en la cocina de mi tía, pero allí estaba y hasta le puso un nombre de mujer, algo así como Petronila, aunque sé que así no se llamaba, pero era algo parecido.

Mientras cocinaba me ofrecía una naranja partida con el cuchillo con el que estaba picando la cebolla, un sabor que sin ser agradable era muy especial, tanto que lo recuerdo cada vez que cocino con cebolla cabezona o hago jugo de naranja, cuando las parto viajó inexplicablemente a ese tiempo y lugar. Se pintaba los labios con colorete rojo oscuro y tenía ojos negro azabache mirándome fija y tiernamente mientras yo comía. Mis primas dicen que era muy brava, que tenía un fuerte carácter, pero ese no es el recuerdo que yo tengo de ella.

Después de pasar por la cocina, entrar en la habitación de mi tía que olía un poco a húmedo y registrar sus cajones buscando golosinas ocultas, subía las amplias escaleras en forma de caracol y llegaba al segundo piso que conectaba con la azotea descubierta. Esquivando dos o tres claraboyas que le daban luz al piso de abajo, se encontraba la habitación de mi abuelo Antonio.

Tenía que atravesar el comedor para entrar, había muebles muy grandes de madera maciza, antiguos, en perfecto estado, un baúl café oscuro en donde guardaba lo que llamaba sus tesoros, variedad de dulces, galletas y chocolates, algunas antigüedades, el dinero de la pensión y los cigarrillos marca Piel Roja, sin filtro. En esto me quiero centrar, los cigarrillos de mi abuelo. Fumaba todo el tiempo, apagaba uno y prendía el otro. Era un olor intenso, de esos que te hacen aguantar la respiración y que una vez que ya no puedes dejar de hacerlo sientes que te ahoga y hasta te produce tos.

Mi abuelo era un ser maravilloso, trabajó casi toda su vida en la Imprenta Nacional de Colombia, mi mamá siempre lo contaba. Corregía el Diario Nacional, el periódico de mayor circulación en la ciudad, tenía una impecable ortografía, preciosa letra, conocía de historia del mundo y poseía una amplia cultura general, como si hubiera viajado por muchos países, aunque nunca salió de Colombia, todo ese conocimiento se lo dieron los libros.

Era muy brillante y siempre estaba peinado y perfumado. Entre las cosas que más recuerdo está su voz, fuerte, gruesa, con la cual leía poemas, y en más de una ocasión mi mamá, que aún conserva los casetes, lo grabó mientras recitaba. En una ocasión me aprendí para declamarle a él la poesía de la mariposa vagarosa, todavía me acuerdo de sus ojos admirados y orgulloso escuchándome, cómo extraño la forma en que me atendía y escuchaba, en esos tiempos en que no existían los celulares y teníamos la atención del abuelo solo para nosotros, porque a todos nos dedicaba tiempo.

Un día se enfermó, enfisema pulmonar, me dijo mi mamá que tenía, por el cigarrillo que fumó desde muy joven, así que lo hospitalizaron. Mi papá esperaba conmigo y aunque no lo podía visitar pues por mi edad no me permitían entrar a la clínica, lo vi un día por la ventana, le comprábamos pollo en canasta, como llamaban en un restaurante al pollo apanado y frito, era muy rico, recuerdo su delicioso olor. Al día siguiente mi mamá llevaba un lindo vestido negro tejido de lana, con su collar de perlas que usaba solo en algunas ocasiones.

Mi abuelo, mi tía Sofía y mi papá ya no viven en la tierra, pero vivirán con estos recuerdos en mi corazón y mi mente para siempre.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Los muertos regresan

Yadira Sandoval Rodríguez


—¿Crees que los muertos regresan? —mi abuelo solía preguntarme al llegar yo de la escuela.

—No, abuelo, los muertos no regresan —le respondía.

—Nieta, los muertos sí regresan y debes creerlo. Siéntate te contaré una historia —con su mano derecha señalaba el asiento enseguida de él para que me sentara a escucharlo—. Una noche cuando todos dormíamos se abrieron las ventanas y una ráfaga de viento entró a despertarnos, mi papá asustado recordó: «¡Es su madre que vino a recordarme que debo cumplir la manda!».

Era una historia que me narraba todos los días antes de morir. En su momento no comprendía por qué lo hacía, posiblemente veía muy cercano su final y deseaba compartirme alguna enseñanza, pero ¿qué podría aprender de esa narración? Pasaron dos años de su muerte, hasta que un día cayó una tormenta fuerte en la ciudad, y el barrio donde vivía se quedó sin luz por varias horas, debido al impacto de un rayo en un transformador de energía eléctrica. Tales apagones de luz eléctrica eran comunes en verano por la temporada de lluvia, pero ese día se sintió diferente, la oscuridad que siempre nos invitaba a mirar el cielo y a contemplar la luna, cambió por una de terror.

Siempre que se iba la luz mi madre nos pedía a mi hermana y a mí sacar al porche los tres catres de tela de Ixtle que tenía desde que su abuela existía, los acomodaba de tal manera que pudiéramos descansar del calor, ya que en julio la temperatura llegaba hasta los cuarenta y cinco grados centígrados y el cooler dejaba de funcionar al irse la luz. También recuerdo las dos lámparas de petróleo a las que mi madre recurría para aluzar la casa, las de batería se utilizaban para ir al baño o al patio. Mientras poníamos las sabanas y las almohadas en los catres para dormir, entré por unas tijeras a paso lento, y con la lámpara de petróleo me dirigí hacia el mueble de costura que estaba en el cuarto de mi madre. Y de repente observé una mujer de edad avanzada sentada en una de las esquinas del cuarto, grité y dejé caer la lámpara de petróleo, en el mismo momento en que un trueno sonó horriblemente fuerte. Ellas también gritaron, mi hermana corrió hacia la cocina por una cubeta con agua para apagar el fuego el cual se pudo haber extendido por el petróleo derramado en el suelo. No podía tranquilizarme, mi madre me sacó del cuarto y mi hermana se quedó limpiando. Mamá me preguntó qué fue lo que pasó y yo contesté:

—Vi una persona en una de las equinas del cuarto sentada en una silla.

Mi madre se queda seria y a los segundos dice:

—Está en tu mente, hija, recuerda eso no existe.  

—Mamá yo no creo en esas cosas y siempre se lo dije a mi abuelo. Él sí creía en eso.

—La historia de tu abuelo te hizo sugestionarte.

—Mi abuelo contaba de una promesa que nunca cumplió su papá y que su mamá venía del más allá para recordársela. Era una clase de peregrinación al cerro de la Virgen caminando, y como el bisabuelo no era creyente, la bisabuela a toda costa deseaba que la manda religiosa se cumpliera. Para mí es una historia absurda llena de misticismo algo normal de aquella época. Pero esta mujer, mamá, ¿qué quiere?

—Hija, posiblemente es tu imaginación, tu abuelo te llenó la cabeza de muchas historias, mejor nos iremos a dormir.  

Se acercó la hermana quien escuchó la historia de Perla y comentó:

—Hermana me preocupas estás muy tensa, relájate, ven conmigo te llevará al catre para que te duermas.

—Rosario, yo sé que no me creen, pero sí vi a una mujer en ese cuarto.

—Haz de andar estresada por la escuela, mejor acuéstate —expresó Rosario.

—No, Rosario.

—Bueno, sí te creo, por lo que he leído de espiritismo a los muertos se le debe de escuchar. Un amigo me comentó que él vio a una anciana asomándose por la venta de tu cuarto mamá. Estábamos él y yo platicando en el porche y me preguntó por la señora, yo no la vi, pensé que estaba bromeando. Él asegura que ve muertos. Así afirmó, mamá: «En esta casa vive un espíritu». Por curiosidad empecé a leer de esas cosas, pero la verdad nunca he visto nada.

—¡Rosario! Estás viendo cómo está tu hermana y tu diciéndole eso —espetó la madre.

—Mamá es cierto, no te lo había dicho porque sé que no te gusta escuchar estas cosas, pero tú misma nos dices que esta casa tiene más de cien años; debe haber fantasmas en este lugar. ¡Perla vio una mujer y mi amigo también!

—Hermana no te burles por favor.

—No me estoy burlando.

Mientras hablaban se escucharon pasos adentro de la casa, Rosario exclamó:

—¿Oyeron eso?

—Sí —aseveró Perla.

—Puede ser un gato —respondió la madre—. Iré a ver qué es.

Las dos hijas dijeron al mismo tiempo: «Te acompañamos, mamá».

Agarró la madre la lámpara de petróleo y se dirigieron al patio trasero para ver de dónde provenían los ruidos. Las tres llegaron ahí, revisaron y no encontraron nada. Al momento escucharon como alguien caía al piso, las tres se quedaron mirando y se acercaron al lugar del ruido, nadie había, al mismo tiempo, se oyó el rechinar de una puerta, las tres se quedaron serias y se abrazaron. La madre pidió que la acompañaran a su cuarto, al llegar la puerta se cerró, Perla soltó el grito porque sintió que alguien tocó su espalda, Rosario empezó a rezar el Padre Nuestro, la madre se acercó a la cerradura de la puerta para abrirla, Perla pidió que no lo hiciera, que mejor se fueran de ahí, la madre no les hizo caso, al abrirla, una mujer vestida de negro con un chal tejido de color perla extendió su mano derecha en señal de hacerlas pasar al cuarto y con tono de voz suave les dijo: «Las estaba esperando». Perla empezó a llorar, Rosario le pidió que se tranquilizara, la madre en voz alta le dijo a la mujer:

—¿Qué quieres?

—¿No me recuerdas, Catarina? —preguntó la mujer.

La madre se acercó a la mujer para reconocer el rostro.

—Eres mi abuela.

Impresionada dejó caer una lámpara que traía, las hijas soltaron el grito, todas salieron corriendo, la lumbre agarró fuerza por el petróleo derramado en el piso, Catarina corrió a la casa más cercana para pedir un teléfono y hablarles a los bomberos, estos llegaron a los diez minutos y las tres mujeres solo veían como el cuarto de la madre se consumía por el fuego ocasionado por la impresión de haber visto a la bisabuela y Catarina le dice a sus hijas: «Ese era el cuarto de su bisabuela, ahí dormía en su catre, y su abuelo tenía razón, los muertos sí regresan».

viernes, 4 de septiembre de 2020

Un mundo para Andrés

Diego Velásquez González


Cree escuchar el sonido de un helicóptero… despierta. Se oye un disparo y el grito de una mujer, después un breve silencio: «Lo mataron, alguien llame a la policía» afirma la voz de un hombre. Andrés sigue en su cama petrificado. Por un momento no encuentra el límite entre el sueño y la realidad. Se levanta va hacía la ventana, pero recuerda su desnudez. Al llegar de la universidad agotado y embotado de sus clases de la tarde en medio de un calor asfixiante se había quitado todo y acostado. Trata de afinar el oído mientras se pone una pantaloneta, pero todo es un murmullo. Abre con precaución la ventana. A unas tres casas, en el antejardín se observa el cuerpo de Ricardo quien en su momento fue su mejor amigo. Solo lo observa. Todo en su mente es confusión. 

Estaba tirado en el andén, con los brazos extendidos como un cristo mirado al cielo. Se podía ver su humanidad inerte bañada en sangre. Se decía que era consumidor de drogas y ahora ladrón, pero nadie lo sostenía. Seis meses atrás, después de la muerte de la madre de Ricardo, el padre un conductor de bus a nivel nacional y su hermano mayor se marcharon a Bogotá buscando un mejor futuro y afirmaron que Ricardo se iría al terminar el año. Desde allá le mandaban dinero para los servicios de la casa y comprar el mercado, porque el arriendo lo pagaban desde la capital. Ricardo había estudiado poco. Afirmaba que eso no servía para nada. Aprendió de manera empírica mecánica automotriz en los talleres del barrio y eso le bastaba. Y es justo reconocerlo, era bastante experto. Tenía una habilidad intuitiva para encontrar los problemas en cualquier vehículo. Pero ya en aquel momento de su vida, su soledad y la ausencia de vínculos afectivos cercanos que lo conectaran a la familia y brindará un piso emocional terminó por sumergirlo en la droga. Lo único que lograba conservar era la necesidad de mantenerse bien vestido y aseado junto a sus habilidades laborales. Nunca se veía sucio o desaseado, y mucho menos con pinta de indigente, aunque sus ojos cada vez estaban más hundidos y la ausente, perdida. 

En el barrio durante mucho tiempo le tuvieron una paciencia infinita. En muchas casas le brindaban comida. «Ahh es que su madre era muy buena persona». «Ese muchacho no tiene a nadie que le ayude o le haga un favor» se decía después de la muerte de la mamá y más cuando quedo solo en casa. En la mayoría de los hogares entraba con facilidad, le abrían sus puertas y sus intimidades. Hacía mandados y cuidaba los ancianos cuando quedaban solos. De pronto, empezaron a desaparecer de las casas joyas, relojes, linternas, dinero y cualquier objeto de valor relativamente pequeño que pudiera ser guardado en un bolsillo del pantalón o dentro de la camisa. Todos se quejaban del mal y veían la raíz del problema, pero nadie hacía nada. A su vez temían su influencia sobre los niños cuando se hizo evidente su drogadicción. Entonces la gente dejó de darle entrada a sus casas. Y si al salir se lo encontraban, le daban dinero para que comprara algo, esperando que de esa manera pudieran garantizar que no les robaría o se les metiera a sus casas. 

—Hasta que alguien se cansó de esta situación e hizo lo que tenía que hacer —escucha decir en la calle. Andrés vuelve en sí pues no dejaba de observar el cuerpo. No pensaba nada, no sentía nada. Al menos eso creía. 

Recordó que Ricardo mantenía continuamente en su propia casa, especialmente los sábados y domingos cuando dormía sus borracheras y en no pocas ocasiones aquel le ayudaba a sobrellevarlas. Le traía agua, le ayudaba a limpiar si vomitaba y demás. Los juegos, las farras, tantas cosas que compartieron juntos hicieron parte de su cotidianidad. Pensó en su propia madre. Pronto llegaría a casa y sin duda estaría desconsolada. Si bien ambos no habían vuelto a tratarse, había una distancia respetuosa que no violaban por ninguna circunstancia. Los dos eran conocidos en el barrio por su vieja amistad. El uno por buen hijo estudioso, rumbero y alcohólico, y el otro por drogadicto, mecánico, vago y ahora ladrón. Nadie supo las razones de su distanciamiento. Ninguno de los dos daba cuenta de aquello de tal manera que al momento de su muerte ya no eran amigos, tampoco eran enemigos. 

El frente de la casa y la calle se llenaba más y más de curiosos tomando fotos o grabando videos con sus celulares. Andrés cierra la ventana. Mira el reloj: 7:15 p.m. «Mierda» se dijo para sí y corrió al baño. Había olvidado la cita con Lara, su novia. Se desnudó y entró en la ducha. El calor del día había cedido y una suave y refrescante brizna caía desde las montañas. Mientras se vestía no lograba sacar de su mente a Ricardo. Y empieza a sentir una ligera tensión en sus hombros. Los dos tenían la misma edad, veintitrés años. Esta vez, no tuvo que cambiarse dos sino cuatro veces de ropa hasta que creyó sentirse bien. Un jean azul claro Levis y una camisa de rayas estilo años sesenta, pero con todo el carácter de los años actuales y unos zapatos mocasines de color café fueron su elección. Se vio en el espejo, en ese perpetuo ritual que lo caracterizaba, pararse frente a aquel y mirarse por algún tiempo, quizás esperando que surgiera de allí el verdadero Andrés. Suena el celular. Miró, «Santo Dios, esta vieja me va a echar y quedaré nuevamente solo en esta puta vida» se dijo en voz alta. 

—Hola. Andrés son las 7: 40 p.m., ¿qué pasa contigo?  No has llamado —dijo Lara.

—Me dormí, estaba muy cansado al llegar de la universidad y no tengo minutos en el celular. Pero ya estoy listo. Te iba a llamar de la esquina de mi casa.

 —Ya estoy con unos amigos en el café que hay a la entrada del Plaza San Antonio, el centro comercial. ¿Te esperamos?

—Sí claro. En media hora estaré allá.   

Había conocido a Lara hacía cuatro semanas. Se gustaron desde el principio y a los tres días ya eran pareja. Ella había quedado prendada de su belleza exótica, sus ojos verdes, pelo rubio ensortijado, su cara tierna, sincera y su delgado cuerpo. Era un buen bailarín y muy amigable, siempre abierto a la conversación en cualquier lugar y circunstancia. Además, que parecía demostrar inteligencia. Sus estudios de Ingeniería Eléctrica y su interés por la filosofía, algo de lo cual ella no entendía nada, pero hablaba de él como un tipo lindo e inteligente, una combinación extraña en una época donde se vive de lo inmediato y por tanto podía darse el lujo de mostrar su nuevo novio con orgullo. Él a su vez, había quedado encantado de su conversación, llena de chispa, aunque casi siempre rayaba en lo simple y ridículo, pero reconocía que tenía buen trasero y una linda cara. Era una mujer pretensiosa, con cierto aire de autosuficiencia propio de adolescentes que solo esperan llegar a su mayoría de edad para sacar el mayor provecho de la vida que se abre ante ellas. 

Tomó sus llaves, organizó nuevamente su camisa en el cuello, se miró por última vez al espejo. Abrió la puerta de la casa y allí estaba su mamá llorando y conversando con doña Jimena, la vecina de enfrente. Andrés va a su lado y la abraza. 

—Hola Mamá. No llores por favor, me hace poner triste.

—Yo sabía que eso pasaría —respondió entre murmullos y una voz ahogada—  él jamás escuchaba razones.

—Si madre. Yo tampoco sé que pensar. Dormía cuando escuche los disparos. 

En ese momento, ya estaban en el proceso de levantamiento del cadáver y pronto todo volvería la normalidad. 

La madre observa con atención a su hijo acabado de bañar, oliendo a una loción suave y profunda que hace poco le había comprado, además con ropa limpia. 

—¿Y es que va a salir? Mire los peligros que hay.  

—Ya tenía un compromiso —y se despide con el acostumbrado beso en la frente antes de que dijera algo más. 

—Cuídese, no llegues tarde. Te amo.

—Así haré —y mirando a la vecina dice— Adiós señora Jimena.

—Qué estés bien —respondió. 

Andrés observa su reloj, 7: 55 p.m. Es viernes, a esta hora el tráfico debe estar más fluido. Por un momento piensa en irse en taxi, pero decide que ese dinero lo guardará para otras cosas y así se demoré un poco más, se ira en bus. El tráfico de la ciudad era demasiado pesado. Varios accidentes de tránsito bloqueaban algunas vías y los trancones poco a poco aumentaban. 

A las 3:30 p.m., cuando se había percatado que no tendría clase de cuatro de administración corrió a la fotocopiadora donde venden minutos a celular. Llamó a Lara para averiguar a qué horas se verían. 

—A las 7:00 p.m. hablamos ahora estoy ocupada —le dijo y colgó. 

«Qué tal» pensó con cierto tono de disgusto al colgar. Se sentía cansado. Toda la tarde en la clase de matemáticas le generó un insoportable dolor de cabeza debido al calor y al hambre que ya lo agobiaba. Y ahora al pensar que tendría otros cuarenta minutos antes de llegar a su casa le hacía aumentar el malestar. «¿Por qué tendríamos que vivir tan lejos?» se pregunta. La mamá de Andrés por más gusto que le diera por ser hijo único no había admitido irse para otro barrio de mejores condiciones o para el centro de la ciudad. Ese barrio era la vida de ella, allí ella se sentía conectada a la vida desde su adolescencia y en ningún otro lugar se sentía más segura. 

Llegó al parque del barrio. Lo atraviesa corriendo. Algunos niños entre trece y quince años jugaban microfútbol. Se mete por una calle peatonal. Apenas escucha a las personas hablar en sus casas, algunas mujeres gritan: «Deje de ver televisión y póngase a estudiar», o bien en los equipos de sonido se podía escuchar ese molesto golpeteo que llaman reguetón. Un vecino pasa con un hermoso pastor alemán haciéndole el acostumbrado paseo de la tarde. Se saludan con la mirada arqueando las cejas y moviendo levemente la cabeza. Llega a su casa. Saca las llaves del morral, abre la puerta. Se percibe un olor a sándalo, el mismo de la vela de incienso que se había quemado en la mañana mientras se arreglaba. Como la casa permanece sola todo el día, el olor seguía en el ambiente. Suelta su maleta y va al baño. Siente un gran descanso al poder eliminar el líquido de su vejiga. Va a su cuarto. Coloca música suave, se acuesta y cae al poco tiempo en un sueño. Es un sitio en el cual hay muchos hombres desnudos, bailan, conversan, se abrazan. El celular, la misma música y el ruido de las casas vecinas lo despiertan. No sabe cuento ha dormido. 

—Hola. Casi no contesta —dice Lara.

—Estaba acostado.

—¿Hace rato llegó?

—No estoy seguro. Ta vez media hora más o menos —responde Andrés.

—Bueno, ¿y que más bebe hermoso? Ahora si podemos hablar.

—Me contesto muy cortante en la tarde —afirma a manera de reclamo.

—Estaba ocupada cariño. ¿Qué haremos esta noche?

—Vamos a la presentación de un grupo musical en «Calle Arriba». Dicen que es bueno.

—No sé, recuerda que «Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe» —responde señalando el dichoso refrán y siguiendo en su tono de recocha remata con el fragmento de una canción popular— «quiero bailar y tomar y tomar…». 

—Vamos a Pilatos, a escuchar la música y a bailar un rato.

—Eso, eso, que rico. Me gusta. Eres un amor. Te amo.

—¿A qué horas hablamos? —pregunta algo inseguro y se responde así mismo— ¿Puede ser tipo 7:30 p.m.?

—Listo.

—Hablamos, te quiero mucho.

—Dime que me amas —dice Lara.  

—Te amo —responde casi por obligación y agrega—Te cuidas, adiós. 

Andrés se quita toda la ropa dejándola en el piso y vuelve y se acuesta. Sueña. Escucha un helicóptero en medio de la selva, pero no logra ubicarlo, de pronto un disparo… 

El transporte se hizo lento. 8:15 p.m. y según sus cálculos faltaban otros cinco o diez minutos. «¿Qué hacer?» y empezó a sentir el desespero que a veces lo embargaba. Estaba entrando en los días de las indecisiones acerca de sus sentimientos por Lara. Desde el bus puede ver como el centro de la ciudad ha cambiado de ritmo. Un ejército de indigentes se aglomera en las sombras que ofrecen los edificios buscando un lugar para dormir, o en los andenes de las iglesias, o en las cercanías de los puestos de comidas. Observa la situación y se siente temeroso. «¿Cómo será el día que todos estos indigentes se decidan a tomar las cosas por la fuerza?» —se pregunta. 

Al llegar a la plaza principal, puede observar a los trabajadores y trabajadoras sexuales ofreciendo sus servicios, algunos con edades similares a la suya. Cruza rápidamente hacía el centro comercial. Plaza San Antonio es el sitio de moda antes de irse a la rumba en las discotecas de las afueras de la ciudad o a los cafés-bar cercanos. Se encuentra con Lara acompañada de dos niñas y tres muchachos, todos jóvenes como ella, pero desconocidos para él. Ella se veía linda como siempre. Usaba uno de esos descaderados que se habían puesto de moda hace algunos años y que en su caso resaltaba la belleza de su cuerpo delgado. Se dieron un beso. Te presentó a Natalia, Jenny, Luis Carlos, David y Yeison. Andrés los saluda, les da un beso en la mejilla a las mujeres y a los hombres un fuerte apretón de manos. Esa era una de las razones por las cuales caía bien en donde fuera. Siempre se comportaba de manera familiar y amistosa. Se involucraba en las conversaciones, se reía y hacía reír. No obstante, hoy Andrés imaginaba algo más íntimo. Al saludar a Yeison se siente desnudo ante su intensa mirada. Recuerda su sueño y a Ricardo y se siente incómodo. Tiene la certeza que hay muchas cosas, quizás demasiadas que quiere soltar al hacerse más consciente de la vida y saber qué poco a poco se le está escapando de sus manos. Piensa en aquellos bares donde los amantes fortuitos se reúnen a charlar, a reiterar sus sentimientos y a tratar de dar orientación a un vago sentimiento que llaman amor teniendo la certeza que eso no era lo quería para él. Se siente solo. Cree que el amor y la felicidad debe ser algo más y por un momento se pregunta que hace allí. 

—¿Y entonces? —pregunta Andrés a Lara.

—Amor tengo sed.

—Tomemos algo acá —agrega. 

Pidieron malteadas y durante una hora los escuchó hablar de moda, chismes, música. Andrés se dedica a sonreír, a aportar una que otra idea, a darle besitos a Lara en la mejilla, acariciar sus manos y a mirar el reloj de vez en cuando. Por primera vez no se involucra en una conversación de manera directa. Por momentos cruza miradas con Yeison. Se siente escrutado, analizado. Por momentos cree que le dice algo. A su vez por su mente cruzaban muchas ideas, el recuerdo de Ricardo, las tertulias en medio del licor con los amigos de la universidad acerca de vivir como toca vivir así genere incomodidad en otros que solo están atentos a lo que uno hace o deja de hacer. Se sentía mareado. Había demasiado ruido en su mente y quería callarlo. 

—Nos vamos —se escuchó decir finalmente en un tono firme y claro. 

Lara lo contempla asombrada. Y en seguida agrega: 

—De acuerdo, ya es hora —responde y mirándolo con atención dice—. Hoy estás extraño.

—Para nada —. Responde. 

Al entrar a la discoteca ya se sentía asqueado de todo. Le era difícil centrarse en ese momento. Una tristeza lo embargaba y lo peor, no tenía alguien que escuchara y con quien poder hablar. Tomo un trago de aguardiente sin pasante, algo que no había hecho antes. Luego otro y otro más en poco tiempo. Lara pregunta si le pasaba algo. Ineludiblemente volvía esa sensación de la que trataba de escapar, pero no podía, pues estaba escrito en su interior. Era esa soledad, ese vacío que solo fue llenado en algún momento de su pasado. Y se dio cuenta que estaba amarrado a un recuerdo que le dolía, que trataba de esconder, pero que ahora cobraba sentido. Y como consecuencia el mundo de Andrés se empieza a derrumbar, un mundo tejido de recuerdos, pero este recuerdo hubiera querido jamás tenerlo. 

Son las 10: 40 a.m. de un domingo hace más de un año. Andrés trata de dormir, pero no puede por el ruido de las casas vecinas. La noche anterior había estado tomando con los amigos de la universidad. Escucha la puerta. El ruido del timbre se le hace ensordecedor. Mamá salió, piensa. Con pesar se levanta envuelto en una toalla, abre la puerta. Es Ricardo. Pregunta si está solo. Si, mamá está en misa y creo que luego iba a ir a mercar responde. Sigue. Cierran la puerta y suben al cuarto, prenden la televisión y empiezan a conversar. Andrés se vuelve a tirar sobra la cama y se voltea en la cama mirando hacía la ventana dando la espalda a Ricardo. ¿Está borracho? pregunta. Qué cree y le pregunta si quiere tomar algo. Agua estaría bien. Sírvete. Va a la cocina y se atiende, como tantas otras veces. Al subir de nuevo, Andrés se encuentra dormitando boca bajo. Puede ver que está desnudo sin la ropa interior al observar sus caderas ligeramente descubiertas. 

Ricardo le dice que se haga a un lado y se acomoda para ver televisión. Se quita los zapatos. Observa la espalda de Andrés y empieza a recorrerla suavemente con las yemas de su mano derecha. Ve como los vellos se erizan con su caricia. Andrés guarda silencio y sigue mirando hacía la ventana. Observa como respira profundamente y al darse cuenta que no es esquivo a la caricia baja la mano hacía su cintura y las caderas de aquel. Andrés pregunta: ¿Qué estás haciendo?, pero no hace nada para quitar la mano. No pasa nada responde, relájate. Te amo, dice y trata de abrazarse a su espalda. Andrés se sienta de golpe y cubre su desnudez, así como su incipiente erección. No sabe que decir, pero aquellas palabras le suenan confusas. Ricardo está paralizado. Quiero que te vayas dice Andrés. A mí no me gustan los hombres agrega. A Ricardo se le encharcan los ojos, pero se queda en silencio. Váyase, insiste. Se levanta, se pone lentamente los zapatos, sale del cuarto, de la casa y de su vida. Desde ese día no han vuelto a hablar. 

Alrededor de Andrés y sus amigos la rumba se hace cada vez más intensa, pero él se encuentra sumergido en el recuerdo de Ricardo, en su confesión y en la mirada confusa, triste y angustiosa que mostro cuando le pidió que se fuera. «Yo también te amaba» responde en voz baja, casi como un murmullo y sus lágrimas se hacen ver. Se siente miserable al darse cuenta que Ricardo despertaba en él un interés que jamás expresó por considerarlo incorrecto. Recordó los partidos de futbol, los paseos a los ríos con sus amigos, las risas y los cuerpos desnudos en el agua además de la sensación de seguridad que sentía cuando lo abrazaba. Ese fue su secreto. Y comprende que al negarlo se negaba a sí mismo y que ha tratado de vivir en un mundo que no era el suyo. Ahora siente que necesita crear un mundo donde pueda ser y amar sin importar su objeto de amor.