miércoles, 12 de julio de 2017

El rincón de Edward

Luis Rivera


«¡Bienvenidos al Rincón de Edward!»

Así leía un majestuoso rótulo tallado en madera fina, con barniz en color café oscuro. Había sido un regalo para Edward de sus amigos en la penúltima navidad. Lo colgó en la entrada de la terraza, una sencilla construcción que fue improvisando un viejo albañil, siguiendo la medida de las exigencias peculiares del trío de amigos. Utilizaron el amplio jardín que tenía la residencia Ramírez. Con base en la pared oeste del terreno, edificaron una estancia con techo a media agua. Cada una de las cuatro columnas de madera, sobredimensionadas para el peso que soportaban, estaban tapizadas de fotos familiares de esa vida que lentamente se le escapaba de las manos y que rehusaba soltar. Una inmensa parrilla —que utilizaba leña como combustible, en vista que el sabor del gas en la comida era un «veneno moderno», según los criterios culinarios de Edward—, coronaba la edificación. En el centro del cuadrilátero, habían colocado una mesa redonda de seis posiciones, que servía para la práctica de todos los juegos de azar conocidos por esa generación, desde el poker y el blackjack, hasta el dominó. A un costado, colocaron otra de las joyas preciadas del rincón: una rocola clásica. En ella, cada sábado, se revivían serenatas y baladas de la mitad del siglo pasado entonadas por Jorge Negrete, Julio Jaramillo y Pedro Infante, entre muchos otros.

El comité permanente del «rincón» estaba conformado por Edward, Adolfo y Ramón. Todo inició hace un quinquenio cuando la esposa de Edward —Silvia—, murió víctima de un agresivo cáncer. Buscando acompañar al abogado en su inesperada viudez, Adolfo y Ramón comenzaron a llegar religiosamente los sábados a mediodía, llevando comida preparada y bebidas espirituosas, para compartir la tarde y aliviar el luto de Edward. De manera sutil, la ansiada visita sabatina comenzó a mutar en una tradición que fue requiriendo ajustes logísticos, los cuales cada setentón aportó según su preferencia. Los tres eran profesionales jubilados, por lo que agradecían actividades que llenaran sus días y activaran sus intelectos. Adolfo, un ingeniero retirado, estuvo a cargo de dirigir las obras civiles. Ramón, comerciante emprendedor, tomó la asignación de localizar —asegurando módicos precios ajustados a presupuestos de pensionados— toda la mueblería y la afamada rocola. Edward estuvo a cargo del diseño arquitectónico de la obra, en vista que era el chef oficial y, como dueño de la casa, procuraba que la nueva edificación calzara con la que sería su única herencia al morir. Cada semana, después de inaugurar con un brindis cualquier mejora o avance logrado, identificaban alguna carencia que generaba una mínima incomodidad, y se ponían manos a la obra para resolverla. Era un ciclo virtuoso que abrazaban con entusiasmo.

Quemaba a máxima capacidad el asador, invadiendo media cuadra con humo blanco y olor a carnes, mientras Adolfo repartía la baraja. Era un digno espectáculo ver su cara cuando, con un cigarrillo encendido entre sus delgados labios —que eran resguardados por un minúsculo bigote blanco—, arrugaba sus frondosas cejas y achicaba la mirada instintivamente para protegerse los ojos del humo, manteniendo una profunda concentración en su tarea para que se pudiera iniciar la jugada. Ramón, quien le recomendaba que usara un cenicero pero siempre era ignorado, servía tragos para los tres, a causa de haber sido el perdedor de la última partida. Mezclaba el ron después de haber servido el hielo —todo en cantidades predeterminadas— y, como quien cata un buen vino, olfateaba su trago antes de probarlo. Edward terminaba de sacar un trozo de carne del asador, partiéndolo en bocados pequeños, que serviría de acompañante para la siguiente ronda de póquer. Se sentó y colocó el plato en el centro de la mesa, bañándolo en una concentrada vinagreta de especias, que hacía sudar la frente al primer olfato. Al unísono, todos encendieron otro cigarrillo, y comenzaron el juego.

—Usted es mano, abogado. ¿Quiere carta? —murmuraba tensamente Adolfo, siempre con el cigarrillo entre dientes. Era su tercera semana de mala racha, algo que estaba dejando de ser gracioso.

—Tranquilo, Inge, hasta aquí le olfateo la rabia. ¡El que se enoja, pierde! Deme dos cartas, si es tan amable —declamaba de manera burlesca Edward, guiñando un ojo a su cómplice del día, Ramón.

—No revuelva al Inge —advertía Ramón—, después quién lo aguanta emperrado que ya no juega. No es culpa de él que se encontró con dos senseis del póquer.
Todos, con excepción de Adolfo, rieron a carcajadas. Su sordera estaba manifestándose cada vez más. Incluso, le recetaron un aparato auxiliar auditivo, el cual no usaba alegando que eran tramas médicas para sacarle dinero. Continuaron la partida hasta que, como había sido profetizado, perdió de nuevo el ingeniero.

—¿Qué horas es? —consultaba Edward, alarmado.

—Faltan tres minutos para las cuatro de la tarde, Eddie —respondía Ramón. Era la tercera vez en veinte minutos que Edward preguntaba por la hora. Ambos amigos sabían, por la explicación que les había dado meses atrás Hilda —la hija mayor del abogado— que los primeros síntomas del temido alzhéimer eran así: pérdida de la memoria de corto plazo. Cruzó una mirada con Adolfo de manera sutil, quien regresaba del baño, asintiendo silenciosamente.

—¡Encienda la radio, Eddie, que ya comienza el sorteo de lotería y hoy sí la ganamos! —ordenó Adolfo, buscando disipar el incómodo momento.

Otro de los rituales sabatinos incluía jugar la lotería. Todos habían sido profesionales muy conservadores en la plenitud de sus años, cuidando de sus familias y trabajos por sobre todo. Ahora, en el ocaso de sus días, acordaron tomar más riesgos y saborear esa adrenalina que solo brindaba competir contra el azar.

—¿Quién tiene el boleto? —preguntaba exaltado Adolfo.

Pacientemente, Ramón desenvolvía un pliego de lotería que traía en su bolsa derecha. Tomaba la libreta de anotaciones y un lapicero, y se colocaba los lentes de lectura mientras comenzaban los anuncios comerciales previos al sorteo. Todos lo rodearon, ansiosos como el primer día, aun cuando tenían ciento veintitrés semanas seguidas sin ganar. 

—¡Sírvame otro trago, Inge, que hoy es el día que nos hacemos millonarios! —exclamó Ramón, mientras preparaba la tabla donde anotaría los seis números que en segundos dictaría el locutor. Aprendieron a no confiar en sus propias memorias, por lo que tomaban apuntes del sorteo para poder comparar en calma contra su billete de juego. El arreglo al que habían llegado era que cada uno de ellos comparaba un billete por semana, rotando la asignación. En caso de ganar, repartirían el botín entre los tres.

«Les deseamos toda la suerte para hoy, estimados amigos. Recuerden que su contribución al Patronato Nacional de la Infancia le permite al gobierno sostener todas las obras sociales para el futuro del país. Los números de la semana son: cuarenta y ocho; ochenta y uno; sesenta; noventa y cinco; noventa y nueve; y el cero ocho. Repetimos…», narraba desganadamente un veterano locutor.

—¿Ganamos? —preguntó Edward, con genuina esperanza.

—Nada esta vez, pero estuvimos cerca. Recuerde, don Eddie, a usted le toca el boleto de la próxima semana —dijo Ramón, mientras recogía vasos y limpiaba ceniceros.

Como era el acuerdo, lo anotó en la libreta especial que guindaba en el refrigerador. Se despidieron a las cinco treinta de la tarde. Iban todos con las orejas rojas y los cachetes colorados, sonriendo de todas las ocurrencias de la jornada.

La vida de los jubilados está conformada de rutinas que se vuelven su razón de vivir. Era martes, día de mercado, y Edward preparaba meticulosamente cada detalle desde la noche anterior. Sacó su ropa, pantalón gris y camisa blanca de manga larga, los cuales planchó mientras escuchaba las noticias de las ocho en la televisión, ya vestido en ropa de dormir. Se levantó de la cama a las cinco, aunque había despertado desde las dos de la madrugada, tiempo durante el cual lo invadían los recuerdos y ardían los remordimientos. Encendió la radio para escuchar las noticias de la primera hora. No prestaba mucha atención a lo que acontecía, pero lo carcomían el silencio y la soledad, entonces necesitaba ahogarlos con ruido externo. Preparó su café, negro y robusto, hirviendo hasta que el aroma inundó toda la casa. Se duchó, tarareando a Vicente Fernández con «El Rey». Procedió a afeitarse con cuidado y destreza, usando mucha agua caliente y espuma, con movimientos a contra piel. Aún utilizaba las navajas metálicas de antaño, negándose a sacrificar su cara al atropello de una baratija desechable. Acarició su rostro irritado con aftershave Old Spice, el cual le estaba costando cada día más encontrar en el supermercado. Aplicó crema fijadora en el escaso cabello para domarlo. Se colocó su reloj de puño, un automático que había utilizado por los últimos treinta y cinco años, así como su anillo de bodas. «Si no ando el anillo, me comen las jovencitas», respondió a sus amigos, cuando en una ocasión insensiblemente le sugirieron que ya no lo usara.

Procedió a dirigirse al mercado. Se transportaba en taxi. Tenía prohibido manejar, a raíz del diagnóstico clínico. Al llegar, saludó a doña Clementina en su cafetería, y procedió a desayunar lo de siempre. El mercado municipal comenzaba a cobrar vida. Camiones, carretillas, y canastas transitaban en un caos ordenado. El ambiente mezclaba los olores de verduras, frutas y granos básicos. Las carnicerías exhibían sus cortes frescos. Gritos de comerciantes en plena negociación resonaban por doquier. Era un monstruo de mil cabezas que despertaba. Luego de pagar y dejarle su buena propina a doña Cleme, se instaló en una banca a leer el periódico, mientras Joaquín le lustraba los zapatos. Pronto se aburrió de la guerra en Medio Oriente y de las infidelidades del presidente, así que repasó la lista de compras que debía realizar. «Me toca comprar la lotería esta semana», meditó tras reconocer la letra de Ramón. 

—Aquí le va el número ganador, abogado —aseguró la niña Francisca, una señora discapacitada de edad muy avanzada a quién Edward ayudaba comprándole el boleto de la lotería, siempre con una propina adicional incluida.

—Así me lo aseguró el mes pasado, Chica —replicó, tratando de mostrar seriedad—. O me da la suerte, o me cambio de vendedora.

—No me culpe a mí de sus locuras, señorito. Eso de comprar boleto para tres jugadores es pura mala suerte. ¡Ya lo he dicho! Con uno de los tres que esté salado, todos pierden. ¡Déjense de tacañerías y jueguen como se debe!

Entre risas y más bromas, Edward guardó el boleto dentro de su libreta de apuntes, y prosiguió con su mañana de compras.

Volvió el sábado, y el «rincón de Edward» recobró vida. Era una tarde calurosa con poca brisa y un sol radiante. Los tres amigos reían alrededor de la mesa, mientras transcurría una partida de dominó. Hacían una rotación estructurada de los juegos para romper las malas rachas. Celia Cruz derrochaba su talento con una salsa contagiosa en la rocola, de esas que obligan a las piernas a seguir el ritmo en automático. Hoy era Ramón quien sufría los embates en contra de parte del azar. La última innovación en el proyecto colectivo era un ventilador de techo. Habían abordado el inconveniente del humo y el calor acumulado. Adolfo gestionó la instalación durante la semana.

—Ahora hasta siento frío —bromeaba Ramón, tratando de desviar la atención de su calamitosa tarde—. Se le pasó la mano con las revoluciones de esta turbina, Inge.

—El día que no tengan quejas, será el día del último juicio —respondió Adolfo, haciendo el esfuerzo por parecer serio e irritado.

Edward secaba su frente con su pañuelo, habiendo pasado un par de horas asando el almuerzo para sus amigos. Anotaba en su libreta comprar más carne y leña para el próximo fin de semana.

—¿Qué hora es? —consultaba mientras caminaba hacia el baño.

—Hora del sorteo, don Eddie. Présteme el boleto que hoy nos hacemos millonarios —respondió Ramón, encendiendo el radio transmisor y tomando libreta en mano.

«Les deseamos toda la suerte para hoy, estimados amigos. Recuerden que su contribución al Patronato Nacional de la Infancia le permite al gobierno sostener todas las obras sociales para el futuro del país. Los números de la semana son: veintisiete; treinta y seis; catorce; cuarenta y cinco; cincuenta y cuatro; y ochenta. Repetimos…»

—¿Ganamos, Ramón?

—Permítame, abogado, que estoy comparando. Veintisiete… Catorce… Ochenta…Treinta y seis… Cuarenta y cinco… Cincuenta y cuatro… ¡No puede ser! Voy de nuevo: Veintisiete. Veintisiete… Catorce. Catorce… Treinta y seis. ¡Treinta y seis! ¡Cuarenta y cinco! ¡Cuarenta y cinco! ¡CINCUENTA Y CUATRO! ¡LE PEGAMOS, JODIDO!

Ambos miraban a Ramón incrédulos. Lo vieron tirar la libreta al aire y saltar como un chiquillo. Adolfo corrió a buscar sus anteojos a su bolso, y las manos le temblaban tanto que los dejó caer dos veces. Recogió del suelo la libreta de apuntes, y se sentó tomando el boleto en mano. Su pierna derecha temblaba nerviosamente.

—Don Eddie, ayúdeme aquí que no puedo dejar que este viejito nos tome el pelo. Revisemos, venga.

Edward tomó asiento y comenzó a dictar números del boleto. Su voz vacilaba al ver el gesto afirmativo de Adolfo a medida que confirmaba cada cifra. A sus espaldas, Ramón no dejaba de bailar. Dictó el último dígito y Adolfo removió sus gafas.

—Caballeros: ¡somos millonarios! ¡Hemos pegado el premio mayor! —dijo solemnemente el ingeniero retirado, con su mano derecha pegada a su corazón.
Los tres caballeros se fundieron en un abrazo; Adolfo soltaba lágrimas y risas. A Edward le faltaba el aire, a tal punto que tuvo que sentarse.

—¡Respire profundo, don Eddie! ¡No se nos vaya a morir ahora que valemos cinco millones de dólares!

—¡Es que no lo puedo creer, Ramón! ¡Nunca he ganado nada en mi vida! ¿Cómo le fuimos a pegar a la lotería?

La onda sísmica de emociones provocó que los septuagenarios brindaran como que no hubiera mañana. Planificaron irse en un crucero, o tal vez comprar un yate. Pagarían un chofer para don Eddie, no podía seguir viajando en taxi el nuevo millonario del barrio. Acordaron que mejor los tres tendrían chofer, obviamente con un carro nuevo para cada uno. Reían al pensar que ahora sí se tendrían que cuidar de las jovencitas. ¡Serían irresistibles, aunque sea solo para hacerlas viudas adineradas! Aseguraban que no les ajustaría la vida para gastarse esa plata, por lo que debían apurarse con esos planes. Departieron hasta altas horas de la noche, embriagados en euforia. Se acostaron esa noche, pero durmieron poco. Soñaban en esa nueva vida que hoy habían recibido.

Eran las nueve de la mañana del domingo cuando Edward escuchó llaves que abrían la puerta principal. Le dolía la cabeza de la resaca, y pensó que debía de ser una artimaña de su mente en castigo por el abuso a la que la sometió anoche. Pero mucho para su pesar, no era una alucinación. Solo dos personas más poseían llaves a su casa: la empleada y su hija mayor, Hilda. Ninguna de las dos era bienvenida hoy.

—¡Hoy sí huele a trapiche este cuarto, papá! —refunfuñaba Hilda, mientras abría las cortinas y ventanas para ventilar la habitación.

—Buenos días, hija. No recuerdo haberla invitado el día de hoy. ¿A qué se debe la grata sorpresa?

—No necesito invitación, papá. Lo que necesito es que no tome tanto. Vengo a hacerle desayuno para que platiquemos.

—¿Desayuno? Debe de ser una plática seria porque no recuerdo la última vez que usted me acompañó a comer un domingo.

—Salga de la cama y haga lo que hace en su baño. Yo iré preparando el café.

Edward llegó al comedor envuelto en su bata. Hilda estaba entretenida arreglando las travesuras recientes de los tres ancianos. Tomó su café, tratando de disimular el dolor de cabeza con el fin de no dar más material combustible para el alegato de su primogénita. Al fin se sentaron ambos en la mesa, con jugo y tostadas regadas con mermelada.

—Papá, tenemos que hablar.

—Pensé que el momento nunca llegaría —exhalaba con ironía Edward, visiblemente incómodo—. Cuénteme para qué soy bueno.

—Me llamó hoy a primera hora Clara, la nuera de Adolfo. Me dijo una locura que ustedes ganaron la lotería, la del premio mayor. ¿Es cierto eso? —exclamó sin recato Hilda.

—No es locura, hijita —respondió Edward—, hemos pegado el grande.

—¡No puedo creer que usted no me haya llamado al saberlo! ¿Cómo puede ser tan egoísta?

—Vaya despacio, mi niña, yo hago las cosas a mi manera. Nos dimos cuenta ayer, y aún estoy celebrándolo con mis amigos. ¿Algún inconveniente?

—Usted siempre haciendo las cosas difíciles. Eso me dijo Clara, que le preocupa que usted pueda hacer una tontera. Mejor deme el boleto para guardarlo. Recuerde lo que dijo el doctor, que por su enfermedad usted ya no es confiable con las cosas importantes.

—Si a eso vino, ¡váyase de inmediato mejor! Nadie me va a ordenar cómo manejarme. ¡La única que podía hacerlo murió hace cinco años! —Se levantó y regresó a su habitación, cerrando la puerta con un fuerte golpe. Hilda sabía que había sido un error precipitado mencionar el alzhéimer, pero no encontró otra alternativa. Lo dejó ahí, conociendo lo terco que podía ser su papá.

El siguiente sábado, el «rincón de Edward» estaba inusualmente concurrido. Las familias de Edward y Adolfo llegaron a almorzar, algo sin precedente. De manera arbitraria, Hilda tomó posesión de la cocina y el asador. Por decreto de segunda generación, prohibieron el alcohol y el cigarrillo por el día, para no dar mal ejemplo a los niños.  El hijo de Adolfo, Roberto, llevó a sus hijos y sobrinos. La colonización infantil capturó la rocola como rehén, secuestrada y enmudecida. Tenían sus propios parlantes, de tamaño minúsculo pero de una potencia sonora ensordecedora. Justin Bieber, Selena Gomez y Kate Perry animaban la tarde. Dos de los niños capturaron la baraja de naipes, y en poco tiempo tenían el suelo alfombrado con cartas. El dominó estaba siendo utilizado para construir castillos en la grama. A los pequeños les pareció divertido derribar los castillos a patadas, entonces pronto se tenían piezas en todo el patio. También derramaron refresco en la mesa central, estropeando el fino fieltro especial para el juego del naipe. Ramón observaba en silencio cómo su rincón era destrozado por los infantes.

—¿Quién cumple años hoy, que tenemos casa llena? —preguntaba Ramón a Adolfo.

—Ojalá eso fuera. No puedo quitarme a mi nuera de encima desde que se enteró del premio mayor. Han llegado a cenar todas las noches desde el domingo. Roberto es como la mamá, sumiso y poco conflictivo. Pero la verdad, se encontró con una peligrosa tigresa. La observo y sus ojos delatan ambición. Me da hasta miedo por mi hijo.

—¿Y le estará pasando lo mismo a don Eddie con su hija? Yo a Hilda no la veía desde el velorio de la mamá.

—¡Cuando se huele el dinero, todo se transforma, Ramón! ¡Hasta parece que nos quieren y les interesa nuestra vejez!

Fue una tarde que transcurrió lenta y tensa. La fingida amabilidad entre generaciones era evidente y patética. Nadie mencionó el tema del premio. Todos partieron apresuradamente a las cinco, prometiendo que lo volverían a repetir el próximo sábado.

El martes por la noche, como ya estaba siendo costumbre, cenaban en casa de Adolfo con su hijo y nuera. Platicaban trivialidades mientras Clara le pidió a Roberto que recogiera la mesa. Cuando pudo quedar sola con su suegro, lo abordó sin rodeos.

—El viernes tenemos que ir a recoger el premio, Adolfo. Creo conveniente que don Eddie le entregue el boleto a usted, me preocupa que ese señor ya no sabe ni dónde pone sus placas.

—¿«Tenemos», Clara? No sabía que usted también ganó la lotería. Hasta donde yo recuerdo, el único ganador acá soy yo. Y por favor, no vuelva a referirse sobre mi amigo de esa manera.

—Usted sabe que lo hacemos por acompañarlo. Para eso es la familia, ¿verdad? Voy a ver un poco de televisión con Roberto antes de irnos, no lo atraso para que pueda irse a acostar.

Llegó Adolfo a su cuarto, inevitablemente molesto. «¡Qué descaro de mujer!» Se acostó, entristecido del tipo de esposa que escogió su hijo. Observó en su mesa de noche el auxiliar auditivo que nunca utilizaba. «Con este aparato, usted podrá escuchar a las hormigas reír, ingeniero», le había confirmado el doctor. Colocó el dispositivo en su oído derecho, y en efecto la calidad de sonido superó su expectativa. Caminó hacia el pasillo, y al solo salir de su puerta, pudo escuchar la conversación entre los esposos en su sala.

—Mira, Roberto, ya te lo dije, tu papá cree que se va a quedar con todo ese dinero. ¡Está loco el pobre viejo! Vos sabes cómo estamos de deudas y que no podemos seguir viviendo en esa pocilga a la que me llevaste. Así que vaya viendo usted qué va a hacer con su «tata».

—Clara, ¿cómo crees que le voy a quitar a mi papá el premio, después de todo lo que nos ha dado? Es su dinero y si nos quiere compartir, bienvenido.

—Igual de loco que tu papá, Roberto. ¿Qué nos ha dado tu papá? Te voy a contestar: ¡muy poco! No es suficiente. No me casé con vos para ser una pobretona. Así que, o lo compones, o te quedas solito.

Adolfo retrocedió a su cuarto. Había escuchado suficiente.

El viernes por la mañana, Hilda llegó a casa de Edward a las nueve. Estaba nerviosa, ya que toda la semana Clara estuvo acosando hasta el hastío sobre asegurar que todo saliera bien. Su papá estaba aún en el baño, así que se puso a preparar el desayuno. Al fin salió, y procedieron a comer.

—Papá, hoy tenemos que ir a reclamar el premio, ¿recuerda?

—Es imposible que lo olvide con su persistente insistencia, hija.

—Solo quiero ayudar. A usted todo le incomoda ahora de viejo —dijo Hilda, tratando de tragarse su inmensa ansiedad. Terminaron de desayunar en silencio. Procedió a su cuarto Edward, a terminar de arreglarse.

—Papá, son las diez de la mañana. ¿Ya está listo? Tenemos que salir en media hora si queremos asegurar llegar temprano por el tráfico.

—Hija, ¿usted agarró el boleto? No lo encuentro en mi carpeta.

—¿Cómo que no lo encuentra, papá? ¡No bromee con eso, por favor! —exclamó Hilda, dirigiéndose a toda prisa al cuarto de Edward.

Registraron todas las gavetas, las cajas, y los armarios. Sacaron todos los sacos de vestir donde a veces Edward escondía cosas de valor. Revisaron los pantalones y zapatos. Se arrodilló Hilda para repasar por debajo de la cama. Levantaron colchones y vaciaron cajones. Comenzó a imperar la desesperación.
A las diez y media llegaron Adolfo, Ramón y Clara, como lo habían acordado. Al ver la escena, de inmediato Clara se puso a gritar.

—Pero, ¿qué pasó? ¿Dónde está el boleto? ¡Esto es una pesadilla! ¡Suegro, ayúdele a Hilda a buscar! Don Eddie, por favor díganos adónde guardó el boleto. ¡Se lo ruego!

—Yo lo dejé acá, Clara, en mi gaveta. ¡Alguien debió tomarlo!

La casa estaba totalmente desordenada, como que hubiera pasado un tornado. Tiraban al suelo libros y gavetas, perdiendo la paciencia y el decoro.

—Don Eddie, por última vez, por favor díganos, ¿dónde escondió el boleto? —acercándose hacia él.

—Deje de cuestionar a mi padre, Clara. Usted sabe que su enfermedad le afecta gravemente.

—¡Me cansé de ser amable, viejo idiota! —gritó Clara en la cara de Edward—. ¡Usted ha arruinado nuestras vidas!

Levantó la mano y dio una fuerte bofetada que provocó que Edward cayera al suelo. Adolfo tomó por la espalda a su nuera y la sacó de la casa, con muchas mordidas en sus brazos. Tuvo que recibir varios puñetazos y demasiados improperios para meterla al carro y retirarse. Hilda ayudó a su padre a levantarse, limpiándole la sangre que tenía en su labio roto.

—Lo siento, papá. Nunca pensé que Clara se comportara así. Por favor, déjeme limpiarle la herida y olvidemos esto de una buena vez.

Ramón, siempre servicial y prudente, procedió de manera sigilosa a recoger el desorden provocado por la búsqueda del boleto, compadeciendo en lo que se había convertido la vida de sus amigos.

No volvieron a llegar las familias al «rincón de Edward». Adolfo nunca volvió a tener a su hijo y nuera en casa para cenar. Hilda no volvió a preparar desayunos para Edward. Quedaron más solos que nunca.

Varios meses después, estaban los tres caballeros degustando una sopa de mariscos con cerveza en el «rincón», cuando Ramón extrajo tres sobres de su chaqueta. Los repartió a sus colegas, los cuales lo tomaron extrañados.

—El día que ocurrió el pleito en su casa, don Eddie, me quedé limpiando y recogiendo el reguero que le dejaron. Conociendo sus hábitos, encontré su libreta de apuntes del mercado. Ahí había usted guardado el boleto. Tomé la libertad de esconder el boleto durante todo este tiempo, esperando que bajara la marea. En privado, cobré el premio y cada uno tiene frente a ustedes un tercio en cheques certificados. También, un pasaje para irnos a conocer ese crucero que decidimos el día que ganamos. Después de todo lo que han pasado, se merecen una vacación.

Los tres ancianos elevaron sus copas a brindar, con una sonrisa cómplice mientras se miraban entre sí. De inmediato, el «rincón de Edward» se llenó de carcajadas y sueños.

Voces de Nauta

Rosario Allpas


Uno de los lugares más hermosos de la selva peruana es Nauta, un paraje de ensueño ubicado muy cerca del nacimiento del río más largo, caudaloso, ancho y profundo del mundo, el Amazonas. Para llegar a la localidad se navega a lo largo de este gran río en una embarcación que se toma en el Puerto de Iquitos y se sigue rumbo al sur hacia su punto de origen; sus aguas verdosas coloreadas quizás por el verde de los árboles que se ven en la ribera estrechamente juntos brindan un paisaje soberbio, capaz de quitar el aliento. Este bosque tropical espeso alberga a diversas aves y pájaros cuyo canto se confunde con el soplar del viento. Cuando las aguas cambian de color a un marrón claro es señal de que se está llegando a la confluencia de los ríos Marañón y Ucayali, los que dan cimiento al Amazonas. Estos forman una “i” griega (Y); se elige el Marañón, ubicado en la margen izquierda y, a pocos minutos de la bifurcación, aparece el pueblo nauteño. El viaje dura cuatro horas. Sin embargo, hay una ruta terrestre, cuyo tramo se realiza en dos horas, es la carretera Iquitos-Nauta* terminada en 2004.

Los nauteños, en la década de los setenta, esperaban a los visitantes en el puerto y los recibían con el calor del corazón y del propio clima. Al pisar tierra había un olor a humedad vieja, a árboles y musgo. Más allá, asomaban las casas, sus puertas abiertas eran sinónimo de bienvenida. Como todo lugar de la selva, la gente soportaba el clima caluroso y húmedo; tan solo un día al año bajaba la temperatura hasta tener la necesidad de retomar los suéteres y las frazadas, sobre todo para soportar la frialdad de la noche. Ese día era el 24 de junio.

De esta tierra nauteña, María había salido rumbo a Iquitos para seguir un Curso de Actualización para Auxiliares de Enfermería. Morocha, de buena figura, de cabello largo y lacio, poseía la coquetería natural de la mujer de la selva, extrovertida y simpática. Los alumnos del curso, cautivados por la personalidad de María la cortejaban, pero ella solía decir que estaba muy bien casada y tenía tres hijos pequeños; así, nadie podía pensar siquiera en usurpar el lugar del esposo, ella no los dejaba. Cuando terminó la asignatura, se fue a continuar su labor en el Centro de Salud de Nauta, donde trabajaba como auxiliar de enfermería.

A este establecimiento llegaron de Lima algunos profesionales del programa SECIGRA-Salud (Servicio Civil de Graduandos en Salud), quienes fueron aceptados de manera inmejorable por los habitantes. De este grupo, Adela era la única mujer, quizás por esta razón congenió con María.

Adela era una profesional de farmacia, trigueña, de rostro lavado, de contextura un poco gruesa, llevaba el cabello corto y crespo. De carácter reservado, muy competente en el trabajo. Estando apenas cuatro meses laborando en el centro, fue felicitada y premiada por el mismísimo ministro de salud por exhibir la farmacia mejor equipada del oriente peruano.

María, que siempre se distinguió por ser puntual en el trabajo, empezó a faltar. Un día se presentó con pasos vacilantes arrastrando unas sandalias bajas. Tenía el rostro amoratado e hinchado y unas gafas cubrían sus ojos. Se sacó los lentes y expuso los párpados edematizados; tenía apenas el ojo derecho abierto, el izquierdo estaba cerrado completamente mostrando las pestañas pegadas. Adela caminó a su encuentro y rodeó con sus brazos el cuerpo de María, casi sin tocarla.

—Me imagino por qué no viniste a trabajar —le dijo.

—Mi marido… —respondió María haciendo una mueca con los labios y de inmediato arrugó la cara cerrando el único ojo que tenía abierto. Las lágrimas resbalaron por su mejilla.

Adela la condujo al médico.

Esta era la realidad de María, su esposo era alcohólico y cuando bebía, la golpeaba. Aconsejada por los compañeros de trabajo, ella lo denunció y se separó de él; así, este quedó impedido de acercarse o de causar problemas en el lugar de labor. La calma se había instalado en la vida de María. La residencia del centro de salud, donde habitaban también los demás trabajadores del programa, la acogió por el momento y también a sus hijos.

El aniversario de la fundación del pueblo estaba por llegar, los habitantes se preparaban para la celebración y, para contento de María, su esposo había viajado a Iquitos y no estaría en la fiesta.

La mañana del aniversario se anunció alegre, con el sol brillando en el impoluto cielo. La comunidad entera empezó a llegar a la pequeña plaza principal. Habían cerrado una de las cuatro calles que la rodeaban. Allí se realizó el homenaje. Arribaron las ilustres autoridades: el alcalde, el comisario, el cura, el equipo de salud, el de educación y las fuerzas armadas. Eran las diez de la mañana cuando se dio inicio a la celebración.

El alcalde dio la bienvenida a las autoridades y vecinos. Luego comenzó la ceremonia litúrgica. Los alumnos del colegio habían preparado una pequeña actuación con desfile incluido que fueron aplaudidos ampliamente por los parroquianos. Al término de la función comenzaron a servir el acostumbrado vino espumante para efectuar el brindis y luego repartieron bocaditos. Terminado el acto, la gente se dispersó en busca de los diferentes potajes preparados por la gente del lugar.

A los costados de la plaza habían dispuesto un armazón de palos hincados en la tierra y cubiertos con telas, sujetados con cuerdas donde se vendía la rica y exótica comida de la selva. Las mesas y bancos largos habilitados al lado de los puestos de venta de comida empezaron a colmarse de gente. Los parlantes estaban ubicados de manera estratégica y de estos brotaba la música llenando el espacio, aunque la gente aún no salía a bailar. Todos estaban deseosos de satisfacer primero el apetito.

Las personas se iban concentrando en los puestos de comida. En uno de ellos vendían pescado asado al carbón, cuyo aroma se había impregnado en el ambiente y la gente caminaba llevando el potaje envuelto en hojas de bijao. Otro puesto donde la gente hacía cola en forma ordenada era donde vendían el Juane**. Le seguía otra tienda que hacía lo mismo con el Tacacho*** acompañado con cecina, el que despedía un aroma agradable, imposible de evitar llevarse un plato. A unos metros de las tiendas de comida estaban los puestos de venta de cerveza San Juan, gaseosas Inca Kola y Guaraná, cuyas botellas eran pedidas «al polo» por los parroquianos. Las ensaladas de chonta o palmito también eran muy concurridas, así como, la mesa de los refrescos de cocona y helados de aguaje que tenían su público, sobre todo el infantil.

Los puestos de comida y mesas ocupaban dos bordes de la plaza, mientras que, al centro, en torno a la pileta, los pobladores comenzaron a bailar. La música seguía sonando y un contagiante ritmo se escuchaba para deleite de todos. Más o menos a partir de las cinco de la tarde las parejas se animaron a dar ritmo a sus pies en una tradicional cumbia loretana. Grupos de mujeres también lo hacían, danzando entre ellas. Los trabajadores del centro de salud hicieron lo mismo. A las seis de la tarde la fiesta se había generalizado y en los pequeños descansos consumían la cerveza San Juan mezclada con Guaraná para saciar la sed. Algunos pobladores traían de sus casas vino o pisco para alegrar la celebración. «Total, es una vez al año», decían.

La tarde caía, imperaban las risas y, los continuos «¡Salud!» se escuchaban en toda la plaza. Las conversaciones iban y venían, algunos contaban chistes subidos de tono, por lo que de vez en cuando el murmullo era roto por las risotadas altisonantes. Algunos ánimos empezaron a caldearse surgiendo peleas aisladas y pronto disipadas por los mismos pobladores. Los niños, ya cansados, se iban acompañados por sus madres camino a sus casas. Los adolescentes hacían grupo queriendo cambiar la música para bailar rock. Las oscuras sombras de la noche se apoderaron del ambiente, sonó otra vez la cumbia con el característico son pegajoso y la mayoría se puso a bailotear. Adela y María que se habían enfrascado en una amena conversación, se animaron también a ejecutar algunos movimientos al compás de la música; el licor las había vuelto liberales, se reían con facilidad, el baile irrumpió audaz y los pasos vibrantes, un poco exagerados. Cuando fueron a sentarse ciñeron con los brazos sus cinturas, pegaron sus cabezas y sus miradas veladas se encontraron. Entonces, el pueblo vio demasiada empatía entre las dos, demasiada confianza. La luna envió sus primeros rayos blanquecinos hiriendo a los nauteños en el corazón, se percataron de que había cierta complicidad y descaro en sus ademanes, demostraciones cariñosas furtivas, requiebros y arrumacos inusuales, creyendo quizás que la noche las cobijaba o, que a nadie les importaría su accionar. Los pobladores sopesaron el comportamiento de las dos trabajadoras de salud y concluyeron que la relación de amistad entre ambas iba más allá de la línea de tolerancia. «Se perdonaba el pecado, más no el escándalo», habían dicho. 

Se congregaron al día siguiente e hicieron una solicitud al director de la Región de Salud Oriente, donde rechazaban la conducta pecaminosa de estas dos integrantes del equipo de salud y pedían su desaforo inmediato.

Las voces y la solicitud escrita llegaron a la autoridad de salud en Iquitos, el director llamó de inmediato a Adela. Le faltaban menos de dos meses para finalizar su labor, la invitaron a terminar su informe en Iquitos e irse a Lima lo más pronto posible dando por terminada su estadía en Nauta. Adela tuvo que marcharse, resignada.

Meses después, María fue a Iquitos. Había venido a hablar con el director del Hospital General y se encontraba en la sala de espera. Su semblante denotaba apuro y decisión. La rodearon sus colegas y amigas.

—¡Hola, María! ¿Cómo estás?

—Más o menos —respondió.

—¿Qué pasó? ¿Qué te trae por aquí?

—He venido a pedir una plaza vacante para laborar aquí, en el hospital.

Salió al pasillo acompañada por las curiosas amigas que le preguntaron a bocajarro:

—María, ¿por qué la gente de Nauta te está botando?

—Bueno, yo voy a decirles sinceramente lo que me pasó —respondió con seguridad—. Me dejé llevar por una vida sin problemas.

—Pero, ¿has estado con la chica de farmacia? 

—Realmente, la vida con mi marido era morir diariamente y mis hijos estaban mejor con Adela que con su padre.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer?

—Me es imposible vivir en Nauta, los pobladores están haciendo de mi vida un suplicio porque mi esposo los ha puesto en mi contra.

—¿Y ella? —le preguntaron por Adela—. ¿Te habla? 

—Sí —contestó María—. Adela me ha contado que ya tiene el título de químico-farmacéutico y sus padres le han obsequiado un local para instalar una farmacia en Lima. Ella espera por mí y mis hijos.

—¿Y tú? ¿Qué harás?

—¿Yo? —dijo María—. Espero que el director del hospital acepte mi cambio; si no lo hace, me iré a Lima. Finalmente yo tengo dos opciones. Adela solo una, ella es… lesbiana.

Las amigas no entendieron muy bien lo que quiso decir. Le auguraron un nuevo inicio de vida en Iquitos:

—Esperamos que el director acepte tu pedido. ¿Sí?

María sintió la calidez de los abrazos y besos de sus amigas.

—Ojalá —respondió.

La secretaria abrió la puerta de la oficina del director, llamó a María y la hizo pasar. Ella caminó altiva y segura cerrando la puerta tras de sí.

________________


* Ruta Departamental LO-103. Conocida por los pobladores como Carretera Iquitos-Nauta.
** Juane: Comida típica de la selva peruana con pollo y arroz envuelto en hojas de bijao.
*** Tacacho: Comida típica de la selva peruana que se prepara con una masa compuesta de plátano bellaco verde asado al carbón con pequeños trozos de chorizo. Se sirven dos bolas de tacacho y se acompaña con cecina de cerdo o chicharrón de sajino.

jueves, 6 de julio de 2017

La pandilla

Adrián González


Jadeando y sangrando de la frente, Renato sigue tirando golpes con desesperación montado sobre su oponente, quien desfallecido en el piso es ya incapaz de reaccionar. Por fin, agotado, se levanta con dificultad —la lluvia le escurre de cabeza a pies provocándole escalofríos—, voltea a su alrededor y se da cuenta de que todos lo observan, unos con incredulidad, otros con recelo y algunos más con ira contenida. Está a punto de anochecer y uno a uno, los pendencieros, se dispersan callados, perdiéndose entre las sombras del parque. La mayoría se dirige al viejo cine de enfrente —abandonado y lleno de ratas—, donde duermen. Solo una muchacha permanece a su lado.

—¿Ónde aprendiste a pelear? —le pregunta ella, en medio del chubasco.

—Pues así, en las calles, defendiéndome —responde él, aún agitado.

—Ya te ganaste el respeto de estos vagos, pero el Monje no va a olvidar la madriza que le pusiste, mejor cuídate —le advierte ella, titiritando de frío.

—¿Por qué le dicen el Monje? —pregunta Renato, con la cara escurriendo sangre y lluvia.

—No sé, es retesolitario y callado, su jeta da miedo. Hasta hoy nadie le había dado su merecido —comenta, dándole unas palmadas en la espalda.

—Y tú, ¿por qué nunca me habías hablado? —la cuestiona, alzando el brazo con incomodidad para retirar de su espalda el de ella.

—¡Huy, qué rejego! Mira, aquí o te avivas o abusan de ti —le explica—, y yo no nací pa’ mártir, cuando llegaste a la pandilla pensé que eras otro idiota del que todos se aprovecharían —aclara—. Pero, mejor ya vámonos que me estoy helando.

Antes de retirarse, Renato se acerca al cuerpo del Monje —aún tendido en el suelo—, para arrebatar de su mano la piedra con la que hirió su frente y lanzarla lo más lejos posible, entre los árboles —un trueno retumba en el cielo.

—Y…, ese que he escuchado. ¿Es tu nombre? ¿Aldonza? —pregunta él—. No es que no me guste, es que nunca lo había oído —le dice, e inicia a caminar con dificultad.

—¡Porque eres un iletrado e ignorante! —lo recrimina—. Así decía mi padre, que en paz descanse onde quiera que esté; era maistro de literatura y el zonzo me puso así adivinando en lo que me convertiría.

—No te entiendo nada…, mi madre también está muerta —murmura Renato.

—Deja pues, te ayudo —insiste ella, apoyándolo en su hombro para conducirlo a lo más alejado del parque.

—¿A dónde me llevas?

—Ya verás. Antes de que esto fuera un parque, aquí había una subestación que surtía de luz a esta zona; lo que queda está abandonado —Ambos van empapados de cabeza a pies.

Casi arrastrándose, llegan hasta un viejo registro eléctrico subterráneo y levantan del piso la pesada tapa —un hedor a humedad y herrumbre los asalta—, para internarse y así guarecerse de la lluvia y del frío. Ya adentro, en la oscuridad, acurrucados en el concreto, ella procede a quitarse la ropa mojada y a tientas inicia a retirar la de él.

Rozándole la cara con sus senos, Aldonza aprieta con su playera rota y manchada de sangre, el corte en la cabeza de Renato para que deje de sangrar, pasando a besar sus demás heridas: el ojo hinchado, la boca rota, el codo raspado y más allá…, debajo de su pantalón. Él se integra, toca, besa, abraza y por fin penetra, para luego caer dormido.

—Pensé que no la librarías —comenta ella, al tiempo que entran al metro la mañana siguiente—, la piedra estaba grandotota, otro poco y te carga la bruja.

—Yo nunca había… tú sabes —revela Renato, cambiando la conversación.

—Sí, me di cuenta, pero ya aprenderás, además: ¡Estás bueno! ¡Ja, ja, ja! —se burla ella—. En fin, a lo que venimos: recuerda, yo les rozo las nalgas y tú por detrás les sacas la cartera o el teléfono.

—No sé si pueda hacerlo —señala él, pagando dos boletos en taquilla.

—¡Bueno, güey! ¿Qué has aprendido en las calles además de partirte la madre?

—A hacer reír, eso me gusta —responde, mientras bajan al andén.

—Sí, eso me contaron, pero ya ´tas grande pa´ seguir de payaso en las esquinas. ¡Órale!, a «trabajar» —concluye ella, internándose en un atiborrado vagón del tren subterráneo.

Renato la sigue con fascinación en la mirada, mientras ella se conduce con ligereza hablando sin parar de una ruta a otra; su bien formado cuerpo y su actitud coqueta hacen que los hombres la observen, ella les devuelve una sonrisa cínica —perfecto distractor para sus propósitos—. Así, ambos suben y bajan, una y otra vez, recorren pasillos y vagones de estación en estación; de vez en cuando se acurrucan para contar su botín, abandonando las carteras vacías en algún bote de basura. Al anochecer regresan a su guarida en el parque, no sin antes pagar su cuota a la pandilla.

—¿No, que no? —se mofa Aldonza, en tanto cuenta billetes sentada sobre Renato a la luz de una vela, cuya luz rojiza ilumina tambaleante su hermoso torso desnudo—. ¡Nos va requetebién! —exclama entre risas.

—Sigue… —murmura Renato, recostado en la piedra fría y tratando de contener un gemido, mientras ella agita sus caderas provocando que él se estremezca de placer.

—¡Ja, ja, ja! —suelta ella una carcajada dejando el dinero a un lado, al tiempo que se estira sobre él restregándole su pecho en la cara, para alcanzar del rincón una botella de cerveza y un trozo de jamón.

Renato aprovecha y la abraza, rodeando su cintura con el brazo izquierdo y sujetando firmemente su nuca con la mano derecha por debajo del cabello, para incorporarse hasta quedar sentado frente a frente con ella, que por su parte gira las piernas para atraparlo con ellas y atraerlo a una penetración aún mayor; ahora ambos, entrelazados, son uno, solo el sudor se interpone entre sus cuerpos. La cerveza escurre de los labios de Aldonza, bajando por el cuello hasta su pecho, donde él se deleita como un recién nacido. Ambos beben, comen y se disfrutan uno al otro, alternando movimientos compulsivos con sorbos, bocados y risas, al amparo de la intimidad que les proporciona su sombrío escondite bajo tierra, en lo más recóndito del parque.

—Vámonos de aquí —propone Renato, antes de entrar al metro una mañana.

—Sí cierto —responde Aldonza—, ámonos a las estaciones de más lejos, onde casi no llegamos. ¡Ahí viene el camión! —señala, apresurándose hacia la esquina de la avenida.

—No —responde él, sujetándola del brazo, antes de que ella aborde—. ¡Vámonos de aquí!

—¿De qué hablas, payasito? —responde ella, zafando su brazo y mirándolo a los ojos con enfado—. La banda es nuestra familia —le advierte.

—No los necesitamos.

—Te equivocas, animal —lo insulta—, y hazte pa’cá que te va a apachurrar un carro.

—Busquemos un lugar para nosotros —propone de nuevo él, regresando a la banqueta—. Un lugar… en esta vida; quiero decir… —trata de explicar.

—¡Huy! Qué intenso… ¡Ja, ja, ja! —lo interrumpe con ademanes y gestos de burla, en medio del bullicio del tráfico y los peatones pasando junto a ellos—. Mira, Renato —aclara, con toda seriedad—, mientras ´temos con la pandilla ´tamos protegidos, si no, nos las tendríamos que ver con la ley; ellos tienen sus arreglos. Ni tantita idea tienes de lo que hablo y mejor que ni te enteres, te puedes arrepentir; así que deja de decir tarugadas.

—Podemos ganarnos la vida de otra forma.

—Te vuelves a equivocar —interrumpe secamente—; a buenos pa´ nada, maliantes y mugrosos huérfanos como nosotros nadie les da chamba; esos vagos a los que desprecias —te´ visto—, me cacharon cuando no tenía ni onde caerme muerta, y a ti… —aunque te haya costado unas madrizas—. De aquí nadie sale cuando se le pega la gana, no la riegues.

—Sé que nadie le da trabajo a gente como nosotros. Por eso he pensado…

—¡No pienses, carajo! —grita enfadada—. Aquí tenemos onde dormir y un «trabajo» pa´ comer y darnos nuestros gustos; hasta pa´ pagar por los baños públicos. ¿Cada cuándo te bañabas antes? No lo eches a perder, güey.

Ya en el autobús, Aldonza observa la cara de desconcierto de Renato; pareciera que hay un «no» en su mente, que en cualquier momento explotará.

Una noche, cuando regresan de «trabajar» al parque, parece que hay fiesta junto a la fuente; unos bailan al ritmo de la música que sale de un teléfono robado; otros ríen y beben tirados en el pasto; algunos más simplemente están, como ausentes, con la mirada perdida. Renato los observa: entre ellos hay adolescentes, casi niños, también jóvenes —como él y Aldonza— y otros no tanto; mujeres y hombres que muestran en sus cuerpos y sus rostros el desgaste del hambre, el frío y las adicciones; hay quien ostenta tatuajes y le faltan dientes, quien se ha rapado la cabeza y perforado la cara; son grotescos, repulsivos. Aldonza se acerca al Monje, le arrebata la botella de ron y algo más de entre sus manos para tragarlo, voltea a ver a los ojos a Renato, él lo piensa tres segundos y la imita. Pronto, los dos bailan dentro de la fuente: eufóricos, absurdos, empapados de agua verdosa y sucia, escupiendo hojas secas entre carcajadas.

Ya fuera de la fuente, aún intoxicado y sin control, él sigue solo, brincando con ímpetu, girando con los brazos al aire, aislado de la realidad, yendo y viniendo, hasta que…, tras lo matorrales, descubre a Aldonza revolcándose desnuda, en grupo, tres pendencieros hacen —de distintas maneras— uso de ella y de otra chica. Con expresión de no entender nada, Renato echa a correr con desesperación fuera del parque, sin rumbo, dando tumbos, cuando…, antes de cruzar la calle, recibe un golpe por la espalda y cae aturdido; a su lado, el Monje sonríe con una piedra en la mano, mientras dos policías lo arrastran y meten a la cajuela de su patrulla; ya adentro, en posición fetal, «viaja» a su infancia y recuerda tirada junto a él, a su madre prostituta asesinada, con los ojos abiertos y el vientre sangrando; ambos se miran a los ojos sin poderse mover.

Cuando Renato despierta, está maniatado por la espalda y sentado en el asiento trasero de la patrulla, con Aldonza y el Monje a cada lado; al frente, los oficiales de policía; uno conduce y el otro voltea —pistola en mano—, como para amedrentarlo.

—Te me haces conocido, muchacho —dice el que le apunta, mientras él guarda silencio.

—Mira, Renato —comienza a hablar ella—, lo del metro y los camiones, es solo pa’l diario; has de saber que aquí con los polis hacemos buenas tranzas.

—¿Vender Speed, como el Monje? —interrumpe él, volteándolo a ver a su lado, mientras este responde con una mirada estoica.

—¡No seas pendejo! No vendemos droga, eso lo controlan otros más cabrones que nosotros —aclara ella—; solo la usamos, ¿o no? —dice burlona.

—¡Piensa, hombre! ¿Qué abunda en este mundo y vale mucho dinero? —interviene el oficial que conduce, mirándolo por el espejo retrovisor.

—¡No sé! —grita con enfado Renato, mirando el arma con que le apunta el otro policía.

—¡Gente, Renato! —aclara con impaciencia Aldonza—. Gente es lo que sobra, mira las calles, ve cuánta hay. Si robas, te siguen y vas a dar a la cárcel; si te metes con los narcos te matan; si secuestras personas, te pagan harto, reteharto dinero.

Renato mira con incredulidad a los cuatro criminales, asiente con la cabeza y pide instrucciones: debe robar en el parque a un niño «de buen ver» y esconderlo ahí mismo, en el viejo registro eléctrico, bajo el suelo; Aldonza obtendrá información del chico y les llevará alimento cada noche; el Monje vigilará todo el tiempo; los policías negociarán y cobrarán el rescate. De otro modo, Renato irá a la cárcel por cualquier delito que le imputen los oficiales y si algo sale mal, el único implicado —el que robó y tiene al niño— es él.

Una vez llevado a cabo el secuestro, a la tercera noche, casi de madrugada, Renato levanta con sigilo la tapa del registro, deja al niño amordazado, con los ojos vendados y encintado de pies y manos, para lanzarse a correr hacia las sombras, entre los árboles, perseguido a toda prisa por el Monje. En la oscuridad, se escucha un golpe seco al unísono con el crujido de un cráneo; Aldonza llega corriendo por detrás y ve un cuerpo tirado con sangre brotando de la cabeza a pequeños chorros intermitentes.

—¡Lo mataste! —grita ella, pisando sin querer el charco que se está formando rápidamente.

—No lo sé —responde Renato, mirando al Monje tirado boca abajo y dejando caer de su mano una piedra.

—¡Vete ya, corre! —le vuelve a gritar.

—El niño… —reacciona él, volteando hacia atrás.

Sin decir nada, Aldonza echa a correr despavorida por el chico, con Renato siguiéndola de cerca. Una vez que lo sacan del escondite, aún atado y con los ojos vendados, lo abandonan en la entrada del tren subterráneo. «Pronto, antes del amanecer, al abrir sus puertas, alguien lo rescatará», se dicen uno al otro. Ambos se miran a los ojos, saben que nunca podrán volverse a ver, ni regresar a «vivir» al parque. «Eres rudo, cabrón», le dice ella y lo besa por unos segundos. Corren de nuevo, sin detenerse, pero ahora en direcciones opuestas.

Pasa el tiempo y un sábado por la noche, mientras camina vagando por las calles del centro de la ciudad, Aldonza se detiene cuando al pasar por una tienda de electrodomésticos, ve a un par de indigentes —una mujer gorda y un viejo borracho—, mirando con atención y entusiasmo una pelea de box en la televisión tras los aparadores; la mujer tira golpes al aire emocionada y el viejo pela los ojos mientras grita eufórico.

«¡Señoras y señores!», se escucha con fuerza el grito del comentarista de televisión. «Estamos por iniciar el sexto asalto de esta pelea pactada a diez, en la ruta de ascenso por el campeonato de peso gallo», advierte. «Les recordamos que nuestro país ha dado al mundo grandes campeones en esta división», señala, en tanto imágenes publicitarias se deslizan en la parte inferior de la pantalla. «Vistiendo calzoncillo blanco, el Zurdo Camacho, peleador experimentado, se enfrenta al novato, Renato, el Rudo, como apodan a este muchacho que viste calzoncillo negro».

Mientras tanto en la arena, saboreando la sangre de sus golpes y respirando con dificultad, Renato, exhausto y aturdido, sentado con las piernas extendidas sobre un banco en su esquina, hace un esfuerzo por concentrarse y escuchar las instrucciones de su mánager. «¡Levanta la guardia!», le grita. «¿Oíste?», insiste, sujetando su barbilla para que lo mire a los ojos mientras inclina una botella de agua en su boca, procediendo a hacer sangrar la herida en la ceja para bajar la inflamación, cubriéndola inmediatamente de vaselina. «¡Pon atención!, tu mejor golpe es el gancho al hígado, trata de conectarlo tal como lo practicamos».

Suena la campana y el público en la arena estalla en gritos. Renato se levanta con dificultad, las piernas le tiemblan mientras avanza al centro del cuadrilátero con los codos pegados a las costillas y los guantes cubriendo ambos lados de su cara. La pelea reinicia: de inmediato, el Zurdo Camacho lo recibe con una avalancha de golpes que lo hace retroceder hasta ponerlo de espaldas contra las cuerdas; pronto, la sangre vuelve a brotar de su ceja cubriéndole el ojo e impidiéndole ver. «El Rudo es puro corazón, ha aguantado todo lo que le ha lanzado el Zurdo, incluido el cabezazo con el que le abrió la ceja en el tercer asalto», señala el comentarista con elocuencia.

Ante la metralla de golpes que le propina su oponente, Renato rebota una y otra vez en las cuerdas, moviendo su cintura en todas direcciones para evadir sin éxito los golpes. «¡Esto es una paliza, señores!», se escucha en la televisión. «¡Observamos del otro lado del ring, al mánager del Rudo alzar el brazo con la toalla en la mano y está a punto de lanzarla para detener la pelea!», grita el comentarista —el público enardecido se pone de pie. Renato tiene la mirada perdida, algo pasa por su mente cuando un uppercut a la mandíbula seguido de un volado de zurda que revienta en su oreja derecha lo trae a la realidad; parece que va a caer, los gritos de la gente se acrecientan, el siguiente golpe por recibir es el jab de derecha, «¡Ahora…!», gritan desde su esquina con desesperación.

La cámara hace un close up a Renato que enconchado y casi sentado en la segunda cuerda, desliza ligeramente su pie izquierdo hacia afuera —sin anunciarlo demasiado—, para apoyarse en él, moviendo el hombro derecho hacia adelante y agachando la cabeza —como aprovechando el vuelo del golpe que acaba de recibir—, creando de manera oculta el espacio para lanzar con todas sus fuerzas, casi de perfil a su oponente, el guante izquierdo con el puño en posición vertical en forma de gancho ascendente a la zona hepática, en tanto el Zurdo ha tirado el jab que ha pasado rozando la cabeza de Renato y tiene extendido completamente su brazo derecho, exponiendo su costado y potenciando el impacto brutal del golpe. «¡Ah!», se escucha en la arena al público entero exclamar de asombro. 

Incapaz de sostenerse sobre su pierna derecha, el Zurdo Camacho cae aparatosamente sobre su costado, con el brazo y la pierna encogidos, su cabeza rebota en la lona al caer y ahora se mantiene tirado en posición fetal retorciéndose del dolor. «¡Está cayendo a la lona, señores, el Zurdo Camacho ha caído víctima del golpe más doloroso y difícil de conectar en el boxeo!», grita con pasión el comentarista en la televisión. «¡Un perfecto gancho al hígado lo está dejando fuera de combate!». El estruendo de la gente en la arena es ensordecedor, el público está de pie, hay miradas de incredulidad, vasos de cerveza vuelan por los aires. Los menesterosos gritan alegres y se empujan uno al otro afuera de los aparadores de la tienda en plena calle, sin importarles las miradas de la gente que pasa junto a ellos.

Como volviendo a la realidad, Renato ve la señal indicando que se aleje e inicia la cuenta de protección. «¡…tres, cuatro, cinco…! El referee está contando, señores. La arena entera está contando», se escucha en la televisión. Renato con cara de confusión y respirando por la boca, se ha vuelto a recargar en las cuerdas. «¡…ocho!», gritan todos. «¡El Zurdo Camacho se ha puesto de pie!», exclama con incredulidad el comentarista. Se le ve tambalearse sobre una pierna… —suena la campana. «¡Ha sonado la campana! ¡Lo ha salvado la campana!», vocifera nuevamente entusiasmado el comentarista. «¡Qué raund acabamos de presenciar, señoras y señores!, y vamos por el séptimo, veremos si ambos contendientes son capaces de ponerse de pie». El Rudo no encuentra su esquina, está agotado y aturdido por los golpes, mientras que el Zurdo es asistido para caminar. En el televisor se observan recuadros de los mejores momentos de la pelea en cámara lenta, alternados con el recorrido alrededor del cuadrilátero, de una guapa edecán que ostenta una marca de cerveza en el pecho y sostiene un número siete sobre su cabeza.

Sin despegar la vista de la pantalla, tras los ventanales de la tienda, Aldonza —mirando estupefacta a Renato—, es sorprendida y sometida violentamente en el piso por un par de policías que la esposan por la espalda, ante el asombro del par de mendigos, que huyen tropezando torpemente y con expresión de pavor en sus rostros —ella los observa alejarse con la cara atrapada entre el suelo y una rodilla.


Una vez en la patrulla, desde el asiento trasero, estira el cuello volteando hacia el televisor a través de la ventanilla, buscando a Renato, en tanto el vehículo arranca de forma estrepitosa con la torreta encendida.

lunes, 3 de julio de 2017

La inclemencia de Alegre

Víctor Purizaca


Yo mismo animé a Clemente Alegre para que consiguiera el libro. Nos ayudaría para hacer tareas. Había empezado la clase de Historia Universal con César Fernández. Era un hombre que frisaba los cincuenta años, tez clara, ojos marrones, de «eses» y «erres» marcadas, había nacido en Puquio y la reminiscencia de su lengua materna daba paso en su hablar cotidiano. Era tutor de aula, profesor de inglés y de Historia Universal. Al introducir el tema del día hacía la ronda de preguntas, todo segundo de secundaria callaba ante la incesante balacera de interrogaciones, tres «huelepedos» siempre levantaban la mano: Godoy, el gordito sabelotodo; Capuñay, un empeñoso flacuchento siempre propenso a las bromas; Arenaza, un jugador de básquet fuera de serie y que leía más que el promedio del salón.

Mi amigo Alegre era alto para sus trece años, trataba de pasar desapercibido entre el enjambre de cabezas, César Fernández había incluido un par de preguntas sobre Atila el rey de los hunos en la última clase y la desatinada respuesta plagada de tartamudez del Triste fue que nació en Germania doscientos años antes de la fecha real. «¡Qué triste respuesta, Clemente! ¿¡Atila germano!?», sentenció el profesor. Una carcajada unísona y retumbante cubrió la solemnidad del salón. Desde aquel día, en el recreo, en la salida, en el paradero ya no era Clemente Alegre sino Triste. En la cancha de fútbol; «Pásala la pelota Triste»…o «qué triste eres huevón… jajaja». Respondía con un par de carajos o con un escupitajo al suelo.

Esa semana concurrimos a repasar un par de veces en casa de él; puntualmente llevaba los resúmenes de la enciclopedia de Espasa Calpe que la revista Caretas obsequiaba como suplemento semanalmente. Su mamá, una agraciada y esbelta mujer, no pasaba de los treinta y cinco años, nos preparaba unos juanes con cecina, deliciosos. Su papá era un ingeniero petrolero, empleado de Petroperu, bromista y risueño. Blancos, colorados y altos como él, no disimulaban su forma peculiar de hablar, siendo el Triste, quien escondía, notoriamente, las tonaditas finales en las frases que soltaban los loretanos. Eran agradables y acogedores. A pesar que habíamos estudiado en el colegio Champagnat desde pequeños solo en ese año fraternizamos hondamente, teníamos aversión hacia César Fernández, su risa, sus burlas, el olor a Old Spice mezclado con la hediondez del sudor de sus axilas. Las cuales decoraban húmedamente su exclusiva camisa Van Heusen.

Un sábado en la tarde los papás de mi amigo, el vapuleado, habían asistido a un almuerzo de un compadre en Cieneguilla. Jugamos básquet y almorzamos en el Tip Top de la avenida Pardo. Luego en su casa descansamos en la sala, sobre unos muebles marrones aterciopelados, eran las tres. Alegre se ausentó y enrumbó a su cuarto. Sobre la mesa del comedor observé un libro marrón, hojas viejas, olía a naftalina, y el color era de un ocre atosigante. Pasta gruesa. Ya duchado y cambiado Clemente encendió el televisor, comenzaba un especial de Matlock en canal trece de televisión.

–Oye, este libro, ¿de qué es? –el Triste desvió la mirada del televisor mientras acomodaba sus piernas en el respaldar del sillón.

–Es un libro de magia, de brujos, es verídico, mi tía, la que te conté que vivía en Nauta lo ha traído. –Señaló mi amigo.

–De la selva su libro, habla pues, alucinaaaante, ¿lo has leído?

–He ojeado un par de estrofas, unas hojas, si fuera supersticioso me daría escalofríos.

–Como los Grimorios de San Cipriano de la clase de Religión de Baltasar –señalé acucioso.

–Sí, es definitivamente demoníaco, jajajaja.

–Llama a tu tía, huevón.

–Está arriba descansando, se ha empujado un tacacho asesino, jajaja.

–Llámala, que nos haga un trabajo. Para el apestoso de Fernández, semejante antipático, te ha convertido en un lornaza –piqué a mi amigo para que tomara la idea como suya. Acerté.

–Ah que sí, buena idea. ¡Tía, tíaaaaa!

Una mujer delgada, blanca, nariz colorada, ojos marrones claros, gestos delicados y finos, como la de una edulcorada anciana desapercibida en un parque infantil. Aquella imagen se esfumó cuando con una voz aguardentosa vociferó:

–¿Qué carajo quieres, chiquillo?, ¡oyeee!

–Hay un profesor de Historia del colegio, queremos amarrarlo, dejarlo quieto para que no nos humille más.

–Taparle la boca quieres –masculló la anciana. Mirándonos fijamente recorrió la sala y de un manotazo asió el libro, se limpió los ojos con paciencia y buscó entre las primeras hojas, humedeció sus dedos con la lengua y pasó tres hojas más; casi de un suspiro se detuvo en las líneas: …el Señor me protege, su lengua es mi lengua, mi alma es de aquel…pronunció tres números: seis, tres, tres y llamó con un gesto elevando las cejas a su sobrino—: Lee acá huambrillo, esto no es un juego, si lo llamas el trabajo se hará –espetó la mujercita sin retirar la mirada de mi amigo.

Para tomar nota yo era más prolijo, destacamos lo más relevante en un cuaderno cuya carátula era un mapa del Perú, eran los promocionados cuadernos populares de esa época. La señora, dulce hechicera, Elena Reátegui, era reconocida en su tierra por hacer “limpias”, “amarres” y “trabajos” de toda índole. A su casa en Nauta no sólo iban autoridades como alcaldes, prefectos y regidores selváticos y limeños de diferentes municipalidades. Desafiaban ríos y caudales en lanchas hechizas, muchas veces. Era eficaz y no podía faltar en la fachada de su casa un pequeño poltrón donde se vendían tragos y brebajes a la sazón, “sieterraíces”, “rompecalzón”. En sus “hechizos” habían caído infieles, estafadores, malos hijos y malas madres, brotaba en torno a ella el olor a palo santo y usaba en sus manos, antes de realizar cualquier trabajo, grasa de caimán para acariciar prendas del dañado o del dañador. Tenía sobrinos que crecieron en Lima y ante las interrogaciones de estos siempre respondía: «El daño existe, hijo, el daño existe». Clemente la tenía como tía querida y desde niño si bien en su casa no recurrían a utilizar estas costumbres, no las tenía como ajenas y creía, con la fe ciega que los cándidos muestran, denodadamente en ellas.

El lunes asistimos al colegio, a primera hora tuvimos con el Gato Gálvez, fórmula de la parábola y de la elipsis. Qué aburrido. Después del recreo llegaría Fernández. El hermano Rafael había comentado que estas últimas semanas había estado con dolores estomacales fuertes y rondaba los tres certificados médicos. Ingresó tarde pero acudió a clases. Se le ocurrió preguntar quién era Alejandro Magno y a quién legó su imperio.

–¡Alegre! ¿Qué nos tienes que decir? –socarronamente se dirigió al despavorido muchacho.

–Sé que recorrió el Asia Menor y tomó varias ciudades y… bueno… bueno…

–Esa es una respuesta de alguien que no sabe, qué triste andas… mejor lee porque vas a acabar mal…

Las risas proliferaron y al unísono humillaron a mi amigo. Arenaza intentó darle un golpecillo en la cabeza al Triste, lo detuve con un empujón sin que nadie lo advirtiera, mandó a callar a todo el salón don César. Alegre entrecerró los ojos disimulando el enojo, sus orejas se tornaron rojas y calientes, el. Ya conocía esa mirada. El panzón se lo había buscado. Mi colega esperaría el martes en la noche para “trabajarlo”, como le dijo doña Elena, harto palo santo y grasa de caimán; su respiración ya dejaba de entrecortarse.

La casa había sido despejada, el martes, sus papás no estaban, temprano en la mañana Alegre me había hecho prometer que lo acompañaría en la noche, doña Elena iría también. La sesión fue extraña, eran las ocho de la noche y les mencioné a mis papás que dormiría en casa de mi humillado amigo, pues existía un trabajo por presentar en Arte, al día siguiente. Ocho y treinta y todo era humo, palo santo, el libro descansaba abierto sobre el mesón del comedor, doña Elena estaba en paños menores, un camisón blanco transparente, sin sostén, un calzón fino y tejido, sentados en las sillas de la sala nosotros acompañábamos la sesión del otro extremo y frente a ella nos deleitábamos con sus gestos y gemidos. Cuando realizaba las invocaciones, por un momento pensé que la tía estaba arrecha, tornaba los ojos volviéndose blancos.

–¡Hijo! Trae de tu profe la foto. —Estiró la mano dirigida a Clemente.

Elena sabía lo que era humillación, lo había sufrido años antes, en Iquitos, en casa de un prefecto; solo por eso lo ayudaba, susto quería darle al profesor colorado, arrogante, qué se habrá creído.

Inhaló una vez, botó primero, inhalo de nuevo, exhaló más fuerte, la foto se inundó de improperios, de grasa de reptil, de humo, mucho humo. El cigarro se consume. Abrí los ojos y cerré la boca, no me imaginaba que estaba sucediendo, era algo que nunca vi ni volví a ver. Alegre atinó a estirar sus dos brazos y sus manos recogieron la foto. Doña Elena, exhaló humo y me miró fijamente, se me detuvo la respiración por un momento, el rostro se le volvió angelical y los ojos se tornaron rojos, casi como si se hubieran ensangrentado. Daba una sensación de dulzura y atracción tal como Belcebú tiende a mostrarse a los desprevenidos. Fue casi de inmediato que Clemente me lanza un codazo en el hombro izquierdo y yo salgo del trance.

–Vamos, ya está, mi tía me dice que vayamos a un cementerio a enterrar la foto de Fernández –jalándome rumbo a la puerta. Me señaló la entrada de calle donde nos esperaba su primo, Reynaldo Alcalde, que estudiaba en el San Antonio Marianistas del Callao y jugaba en el Cantolao y para esa época manejaba el Datsun verde de su papá, nos llevaría al cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao. Enterraríamos a Cesitar Fernández, su foto recortada, sacada de un álbum de aniversario del colegio, no más Atilas, ni más Alejandro Magno de pacotilla, ni burlas.

La cara de Fernández, con sus patillas muy setenteras, lucía con un poco de tierra, un poco más y más, hasta que desapareció por completo, Clemente iba rezando, rezando hasta que se cumpliera todo, todo lo que su tía le mencionó que tuviera cuidado. Reynaldo acompañó a su primo, pero él no entraba en cojudeces. Yo lo esperé junto a la tumba mas no participé en el ritual, ni en el rezo. Solamente precipité la revancha con dos o tres palabras de más. Todo discurría ágilmente. No pensaba volver a hacer eso. Reynaldo de regreso a la casa Alegre no tocó el tema en lo más mínimo, ese muchacho solo hablaba del partido entre Unión Huaral y el Boys, rosado hasta la médula. Al llegar a la casa doña Elena yacía dormida en el sillón de la sala, los senos rosaditos se le translucían. Comimos dos panes con mortadela en la cocina mientras conversábamos de las clases del Gato Gálvez, y qué tarde se nos iba a hacer. Nos fuimos a dormir, el Triste en su cuarto y yo en la habitación contigua que normalmente siempre permanecía cerrada.

Dos semanas siguieron a esa noche en el cementerio, conseguimos unas antorchas medianas en forma de estrella, era el inicio del mes mariano, recorríamos el patio en un mar de antorchas rezando, y por momentos el director exhortaba a una parada mientras los padres tomaban fotos y pedían a la Virgen que intercediera por nosotros. Pocas estrellas en aquella noche.  Arenaza iba tras nosotros haciendo bromas sobre el pantalón de Capuñay, lanzaba risas disimuladas y Merino, un esperpéntico niño, con pinta de tísico, le seguía observando el modelito del muchacho. De reojo mirábamos, escondíamos la risa, sin advertirlo comenzó a humear el pequeño velón, miré a todos los lados y sobre mi cabeza ardía como una tea olímpica la antorcha mariana de Alegre. De un golpe la lanzó al suelo, Pichilingüe, el de seguridad del colegio, acudió con el extinguidor. Dos días después Fernández, desapareció, no más Atila, no más Alejandro el Magno, no más yankee doodle dandy, himno favorito en las prácticas de inglés del maestro burlón. Había rumores pero nada claro. Sus dolores estomacales se tornaban cada vez más fuertes y recurrentes.

Cuesta trajo la novedad el viernes después de educación física, que estaba en el hospital Almenara en el piso oncológico, miss Tita y el hermano Rafael lo habían ido a visitar. Alegre y yo nos miramos, mientras el gordo Cuesta describía la cara, el lugar de César Fernández; la foto, el entierro, se pasó de vueltas la tía de Clemente. Yo había sido testigo y cómplice. Me despedí raudamente y tomé el bus. En mi casa rebusqué en una casaca del armario de mi papá, un rosario, obsequio de la tía Tere, devota de la beatita de Humay. Recé con devoción, con temor incontrolable, me comí las uñas, tengo que reconocerlo, me daba escalofríos ver al profesor color jamón serrano postrado en una cama.

El lunes antes de la formación, Clemente recorrió el patio meditabundo, no me devolvió la mirada hasta que sonó el timbre que marcaba el tiempo de hacer filas y columnas. Se inició la clase utilizando subjuntivos y adverbios poco usados con Sánchez de Lenguaje, mi amigo estaba más encorvado que nunca sobre su carpeta. Ya en el recreo le increpé asustado, me miró y pronunció dos palabras, señaló la capilla del colegio y fuimos. Quiso entrar, algo lo detuvo, colocó sus manos en los pantalones, volvió a las escaleras que dan al estrado del colegio, depositó su trasero en el suelo y comenzó a mirar al patio. Regresé a la capilla y tres padres nuestros por el profe César. Ya en el segundo avemaría se escuchó la voz de Chiricuto, anunciaba el regreso a clases.

El hermano Pancho había ido con el gato Gálvez y a la semana ya sabíamos que lo del profe César era grave, ya no era un rumor, el cáncer terminal, diseminado por el colón, por el cuello y la garganta, no podía hablar, era escalofriante solamente imaginar el tránsito de dicharachero y locuaz a pobre hombre inmóvil, mudo, enfermo. Clemente como presagiando el hecho, se volvió incógnito, si bien sonreía y hablaba de otros temas, trataba de pasar desapercibido el mayor tiempo posible; su tía, cuando lo comentó en un recreo, había regresado a Nauta, con la grasa de caimán en potes y con la advertencia que con el demonio no se juega.

Cerca al veintinueve de junio, tuvimos la idea Merino, Arenaza y yo de ir a visitar al profe, nos daba pena la situación en que se encontraba, era un martirizador, pero nadie deseaba, a pesar de algún exceso de palabras, la muerte a nadie. Iríamos el feriado pues era una fecha en que el hermano Pancho nos ofreció la camioneta del colegio para ir, Alegre declinó, no quiso verlo pues a pesar de que disimulaba su desazón no sabía cómo explicar la culpa que sentía por la enfermedad de tan ilustre profesor del Champagnat. Era sus últimos días. «Tienen que ir a verlo», sentenció Pichilingüe, en la puerta que daba a la calle de las pizzas.


Ya el veintinueve, Merino, Arenaza y yo nos habíamos reunido en la puerta frente al colegio La Reparación, lloviznaba como en Lima se acostumbra por esos meses. El hermano Pancho nos esperaba dentro, el chofer terminaría de almorzar ya que las visitas en el hospital eran a partir de las cuatro de la tarde, el olor de La Tranquera, sus deliciosas carnes a la parrilla y al carbón inundaban todo. Casi de improviso el hermano nos dijo que fuéramos a la esquina para llevarnos, caminábamos sin prisa cuando una camioneta Suzuki cruza la avenida Pardo y un sacudón llena de ruido con un golpe seco el tráfico de Miraflores. Casi presintiendo, Merino y yo corrimos y Arenaza nos seguía con un paso apurado pero no con la misma velocidad. Una mujer gritaba, implorando una ambulancia, casi al llegar a la esquina vimos la figura de un hombre largo y colorado tendido en la pista, la sangre recorría su frente y los hombros. El Triste yacía en el pavimento. Yo solo me imaginaba la cara de Fernández enterrada en la tierra. Y la tía de Alegre señalándonos, mientras terminaba su cigarrillo, al terminar la sesión del hechizo, que no se debe correr cuando llueve y  menos frente a autos.