martes, 17 de enero de 2017

Radices

Rosario Sánchez Infantas

Paloma suspiró con desesperanza. «Tener que dictar clases a estudiantes que no quieren recibirlas.», pensó la joven profesora española. No podía distinguir los auténticos de los fingidos en el interminable concierto de estornudos de sus estudiantes. Avanzaba el mes de marzo y en el Valle del Jerte (Extremadura), la temperatura subía día a día, los campos se llenaban de verde, los días eran más luminosos y se derretía el poco hielo restante del pasado invierno; estaba próxima la Semana Santa. Ella evadió aquellos rostros aburridos mirando a través de la ventana las miríadas de flores de cerezo que, semejando nieve, cubrían de blanco al valle; unos meses después aquel millón y medio de árboles producirían las mejores cerezas del mundo.
Durante la semana, los estudiantes habían ido reportando los avances de sus monografías acerca de las diez ciudades más contaminadas del planeta. Este viernes lluvioso le tocó el turno a Hugo, un soñador y despistado adolescente.
El muchacho dio algunos datos pertinentes sobre esa ciudad empresa ubicada a cuatro mil metros de altitud, una temperatura promedio de ocho grados, y una importante planta metalúrgica. Leyó los valores de contaminantes en sangre de los niños lugareños, el contenido del humo despedido por las chimeneas, y los residuos que se vierten al río. Paloma lo escuchaba en un segundo plano, pues nítidamente oía preguntarse a sí misma: «¿A qué hora termina esta bendita clase?». Con gran esfuerzo disimuló un bostezo. Hugo seguía leyendo sus apuntes y algunas noticias policiacas del lugar. La profesora miraba el reloj una y otra vez deseando que sonara el timbre de la salida.
«La verdad, después empecé a explorar los diarios de esa ciudad. ¡Pasan cosas tan inusuales en ese lugar! Escuchen lo que encontré…». Mientras Hugo describía un rito pagano con visos prehispánicos, Paloma meditaba sobre su vocación como docente. ¿Era un bajón anímico, una crisis existencial o no servía para docente? Hacía mucho que todo tenía sabor a rutina; sentía que duraba y no que vivía.
Antes que ser interrumpida por los estornudos atribuidos al polen primaveral, la profesora decidió que Hugo siguiera contando acerca de un homicidio sin resolver en La Oroya, pues los muchachos parecían estar atendiendo. Instruyó a sus alumnos presentar, al final del relato, un listado de cinco inferencias deducidas de la narración de su compañero. Volvió a dar la palabra al muchacho, instándolo a ser sintético.
«¡No, la falta de motivación no es solo en el colegio! Aparentemente tengo todo para ser feliz. Mis padres me adoran, estoy nombrada como docente, amo a Eduardo y me siento amada por él, tengo pocos pero buenos amigos. Sin embargo, he llegado a sentirme como un animal enjaulado. Dentro o fuera de casa me he sentido desubicada. Sigo viviendo, pero la rutina es como una pesada capa que arrastro por el mundo».
«Entonces decidí usar mi cerebro»  –comentaba Hugo en ese momento, produciendo una gran carcajada entre sus compañeros–. Es decir, quise hacer deducciones a partir de lo que sabía –precisó ante el ceño fruncido de Paloma–. Me pregunté a dónde habrían llevado los policías los dos cráneos hallados. ¡A la morgue! Si había desaparecido un cráneo, lo habían sustraído de la morgue».
El tedio se apoderaba de Paloma, miraba anhelante el gran reloj en la pared.
…«los niños de una escuela de La Oroya habían ido de paseo a la Hidroeléctrica de Malpaso y se disponían a regresar pues se anunciaba una tormenta eléctrica. Un estudiante de ocho años trepó por una torre de alta tensión para rescatar a su cometa y cayó fulminado por un rayo. Los peritos de la policía, informaron que la descarga eléctrica había dejado expuestos unos restos óseos que fueron llevados a la morgue de La Oroya para ser investigados. Trascendió que existen tres hipótesis: serían restos de la Matanza de Malpaso, de un asesinato reciente o de algún entierro precolombino» –leía Hugo.
«¡La matanza de Malpaso! ¿Qué es eso? ¿Dónde he sabido yo de ella? ¿Por qué siento esta opresión en el pecho?» –Se preguntó Paloma mientras sentía un sudor frío.
Hacía mucho que sus alumnos habían dejado de estornudar y atendían a Hugo. Paloma doblegó su espíritu del deber: «No va a pasar nada porque Hugo hable los diez minutos que quedan. Pero, ¿qué dijo este muchacho? Malpaso… la matanza de Malpaso…yo he sabido de ella… ¿por qué me siento al borde de un abismo? ¡Eh! ¡Por fin algo me vuelve a interesar!»  
Hugo elucubraba sobre el destino de un joven estudiante desaparecido en La Oroya. Sus compañeros hacían hipótesis al respecto. Paloma se esforzaba en recordar dónde había escuchado sobre Malpaso. Solo escuchar ese nombre, la estremecía.
Cuando por fin sonó el timbre que anunciaba la salida, la profesora pidió a los chicos entregar las listas solicitadas. Todas las hojas estaban en blanco; dispensó la tarea pendiente, los instó a estar más atentos en clases y a terminar sus monografías en las vacaciones de semana santa.
Hugo ya se retiraba cuando Paloma lo alcanzó y le ordenó que cada noche, a más tardar a las nueve, le enviara los avances para su monografía. No supo exactamente por qué lo había hecho. Haber escuchado sobre la matanza de Malpaso, le generaba una desazón que no se acababa de explicar.

Ya de vacaciones, Paloma sintió aflorar con fuerza el malestar que venía experimentando soterradamente. Siempre había tendido a la introversión pero era sociable y equilibrada; se sabía feliz y estaba segura de que lo iba a ser más aún casándose y teniendo su propia familia. Trató sistemáticamente de identificar desde cuándo sentía el agobio de la rutina.
Fue recordando indicadores sutiles que mostraban que no disfrutaba como antes la forma de vida que llevaba. «¡Claro! Cuando viajamos a Cabezuela del valle a conocer a los padres y a la familia numerosa de Eduardo, ¡sentí una gran orfandad! Como si no me bastara el amor de mis padres. Lamenté no haber conocido a los abuelos, muertos antes de que yo naciera».
Mientras Hugo y su primo Marcos aprovechaban la semana santa jugando en la casa de este, el padre del primero abrió por error la carpeta “La Oroya” que el adolescente guardaba en la carpeta Escritorio de la computadora familiar. Le impresionaron los nombres de los archivos: La tumba del relámpago, Matanza en Malpaso, Contaminación: 2,300 km2, Linchado obispo ecologista, El culo del mundo, Gigante en agonía, entre otros. Había actualizaciones de blogs, artículos científicos, noticias, archivos de fotografías, etcétera. Sorprendido abrió un archivo, y otro y otro.  Leyó pasmado sobre osamentas robadas en el cementerio para ser empleadas en rituales de magia, robo de joyas en recientes entierros o la extracción de grasa humana con fines kinesiólogos y curanderismo; así como información sobre asesinatos y desapariciones en la ciudad peruana llamada La Oroya. Terminada la semana santa fue a buscar a Paloma y le llevó virtualmente dicha carpeta que le perturbaba tuviese su hijo. La profesora lo tranquilizó justificando el interés del muchacho en la monografía que debía realizar y en su espíritu soñador. Leer aquella información no hizo sino incrementar la desazón que experimentaba la profesora.  No se explicaba bien lo que sentía respecto a esa ciudad y a la represa de Malpaso que la abastecía de agua. Durante el día, Malpaso aparecía en su mente en cualquier momento; en las noches tenía problemas de sueño, pues se ponía a elucubrar y se despabilaba totalmente. Creyó que se le había movilizado algún asunto irresuelto de su propia vida. Pero ¿qué podía ser? Hasta antes de la visita a los familiares de su novio, ella siempre había ido por el mundo sabiéndose ave de cielo abierto.
Buscó mucha información sobre La Oroya y sobre Malpaso. Los médicos enfatizaban acerca de la salud: los trabajadores estaban expuestos al plomo y sus secuelas cerebrales, hepáticas, renales y óseas; al sílice que destrozaba sus pulmones; al arsénico que carcomía sus neuronas; o a los diversos tipos de cáncer, fáciles de ser confundidos con la temprana muerte natural de un obrero a inicios del siglo veinte. Supo del sindicato de trabajadores, muy bien organizado, que había arrancado beneficios en grandes luchas pero las condiciones de vida de los obreros eran todavía muy insalubres. Los sociólogos veían en esa ciudad un modelo de estratificación social: El staff lo integraban los administrativos, los jefes de planta de la empresa metalúrgica y los directivos de su hospital. Casi todos ellos eran extranjeros, ganaban en dólares, vivían en hermosas residencias en una villa exclusiva distante de la fundición de metales. Tenían su propia iglesia, clínica, clubes, campo de golf, educación en inglés para sus hijos, movilidad personal y hasta cementerio de élite. Los cinco mil obreros, cuando tenían suerte, se hacinaban en los campamentos de la empresa: cuartuchos, compartidos con sus esposas e hijos. Cuando no la tenían habitaban tugurios que trepaban por los cerros sin saneamiento básico. Alrededor de ellos, profesionales y empleados de diversas partes del Perú y muchos comerciantes para las diferentes y abundantes necesidades en una ciudad ubicada en el páramo
Paloma conoció de las marchas de sacrificio, desde La Oroya hasta la capital del Perú, a lo largo de casi doscientos kilómetros pasando por lugares inhóspitos cercanos a los cinco mil metros de altitud para ser reprimidos violentamente por la policía, una y otra y otra vez. Imaginar esa represión contra los obreros le produjo un profundo desconsuelo llegando a pensar que se trataba de un déjà vu. Por ello, compulsivamente, siguió buscando información sobre La Oroya y sobre la matanza de Malpaso.
Revisó papers, noticias, fotos e historia. Conoció la cotidianidad de esa, la empresa metalúrgica más grande de Latinoamérica del siglo XX. Supo que tras la guerra Perú-Chile, trabajar en dicha compañía era un anhelo de los campesinos pobres, aunque su esperanza de vida fuera de cuarenta años. La historia oficial peruana, en nombre del desarrollo y los valores democráticos y católicos, justificaba que los sucesivos mandatarios defendieran a los inversionistas, en contra de los campesinos y obreros. La literatura y la historia no oficiales, le mostraron que la empresa norteamericana inició la gran minería usurpando tierras, contaminando ríos, lagos y cultivos agrícolas; obligando así a los comuneros a terminar siendo asalariados suyos. Conocer que los obreros sufrieron condiciones de vida insalubres, confinamiento, persecución y muerte ante los intentos de organización y lucha por sus derechos, le produjo una honda tristeza. Mientras más sabía Paloma, se profundizaba la inquietud que sentía. Mientras más sabía, se profundizaba su inquietud. ¡Cuánto la indignaron el rol de la policía, el ejército y la Iglesia!
Las redes sociales le mostraron que nadie tiene recuerdos ingratos de esa ciudad. Se recuerda a la familia, los amigos, los amores, las abundantes fiestas en cada estrato social, las procesiones, los campeonatos, los desfiles, la mercantil y los rodeos de los “gringos”. Solo la academia recogía las quejas, estudios y recomendaciones para enfrentar la contaminación y sus efectos. Paloma se afligió al saber que de poco sirvió, al pueblo peruano, independizarse de los conquistadores españoles: los gobiernos aristocráticos mantuvieron por mucho tiempo una minería tan rudimentaria como en la colonia y en el virreinato. Así, escuchó conmovida la música latinoamericana que recogía el triste destino del obrero andino por las condiciones inhumanas de trabajo.
Entre el abundante material leído, Paloma accedió a la actualización de un blog sobre poesía y narraciones de La Oroya. Un fragmento del relato de un lugareño la impactó sobremanera: …«En esas noches que pasaba sola doña Amanda, se encerraba en el diminuto cuartucho de materiales reciclados colindante con el corral, se encomendaba a la calavera de su padre, la que guardaba en un viejo baúl, y se disponía a dormir. Había muchos a quienes temer: los ladrones de ganado, los asesinos que buscaban la grasa humana para abastecer a los aviones, las almas de los que murieron en accidentes de esa carretera, y los antecesores de los incas, cuyos huesos resecos a veces habían encontrado en las cuevas aledañas. Todos ellos eran conjurados por aquel cráneo recuperado por su abuela, la viuda del minero atravesado por una bayoneta en la represa de Malpaso. Había sido fácil desenterrar el cráneo pues, los veintisiete obreros masacrados en la huelga de 1930, no pudieron ser enterrados dentro del cementerio. Lo impidió el sacerdote administrador, por haber muerto sin confesión.»
Investigó sobre la I Huelga general de trabajadores de la Cerro de Pasco Corporation y del I Congreso Minero en La Oroya, en 1930. Era la primera vez que los peruanos se enfrentaban a la omnipotente empresa. Cuando los trabajadores de la represa de Malpaso marchaban a festejar esta victoria, veintisiete de ellos fueron muertos por la policía y funcionarios de la compañía. Le sucedieron el encarcelamiento y el exilio de los dirigentes regionales y nacionales.
Mientras su compañero imaginaba que ella dedicaba su tiempo a un amante, Paloma se decidió a estudiar un postgrado en historia. En tanto empezaban sus clases leía desordenadamente sobre el Perú: acerca de la conquista española del imperio incaico, sobre los cuarenta años de la resistencia inca y el triste destino de las princesas incas. En el otoño disfrutó mucho las Jornadas sobre Extremeños en América en los siglos XVI y XVII. Con algunas pistas y estrategias ad hoc los sábados comenzó a explorar el archivo de Trujillo.
En tanto profundizaba sobre estos hechos se fue sumiendo en una franca depresión. Con la ayuda de un psicólogo llegó a la conclusión de que, la peculiar y trágica historia de los incas había incidido en su desarrollada sensibilidad. Además experimentaba culpa porque sus compatriotas conquistadores hubieran colapsado dicha sociedad tan próspera, y dejado a sus súbditos expuestos a cualquier vasallaje. Se convenció de que eran sus características de personalidad y valores prosociales los que la habían llevado a este estado. No había más, eso era todo.
La víspera del día de la Epifanía, por un error, Paloma abrió el archivo virtual de las partidas de nacimiento del siglo XX en lugar de las del siglo XVI. Molesta por el error, pulsó un año al azar y se dio con una inscripción de nacimiento por adopción con adquisición de la nacionalidad española. Anexado a ella aparecía una acta visada por la Oficina de Migraciones del Perú, la cual daba cuenta de «la adopción y posterior salida del Perú de la niña Catalina Carhuaricra Poma, nacida en Malpaso - La Oroya - Junín el 21 de marzo de 1925». Según el manuscrito, la madre de la menor murió al nacer esta, y su padre fue victimado en la masacre de Malpaso el 12 de noviembre de 1930. Al pie del documento aparecían los pertinentes nombres, firmas y huellas dactilares. «Testigos de la adopción: José Montero, dirigente obrero de Malpaso, natural de Concepción; y Esteban Pavletich, político, Presidente del Comité Revolucionario del I Congreso Minero de La Oroya, natural de Huánuco. Padres adoptantes, casados y naturales de Trujillo-Cáceres-España: don Pablo Solís Ávila y doña Leonor Trejo de Solís».

«¡La abuela Catalina!» –dijo conmovida Paloma. Recordó, entonces, su inexplicable gusto por las aves silvestres de un libro de cuentos, que luego supo eran andinas, recordó cómo la conmovía el aroma de los muebles heredados de la abuela, algunas expresiones atípicas que usaba su madre. «Palomitay, decía y el corazón se me inundaba no sé de qué. Mis padres me dieron alas, ¡faltaron las raíces!» –dijo Paloma. Sintió una gran paz. 

La etiqueta roja

Horacio Vargas Murga 

La mañana del 17 de marzo de 1989, Renato llegó tarde al hospital para el examen serológico (requisito indispensable para matricularse en la universidad). Le resultó desagradable encontrar una larga cola, mientras sus compañeros de estudio salían de un ambiente, sujetando un algodón puesto en el pliegue del codo. Los pasillos daban la impresión de ser un cruce peatonal, madres alborotadas cargando a sus hijos, viejos con sondas sosteniendo un frasquito, dos enfermeros jalando la camilla de un joven moribundo. Olía a enfermedad, a vendas, a gasa, a heridas por cicatrizar.
Renato, apúrate que al último le toca la aguja más grande.
Era Diana, la más baja y estrafalaria del salón. Lucía una blusa extremadamente larga, una falda floreada y medias anaranjadas. Sonrió a la broma. Avanzó unos pasos y se ubicó en la cola con desagrado. Miró de reojo a la señorita de blanco, la cual hincaba con una naturalidad aterradora. Era baja y gordita, parecía disfrutar con lo que hacía. Renato empezó a sudar. La impaciencia lo turbaba. «¿A qué hora acabará todo esto?». Salió Jaime, sonriendo como siempre. «Chau, piltrafa». «¡Qué flaco es Jaime!». Salió Eugenio, alto y corpulento, mostrando sus músculos bien desarrollados, a través de su polo manga cero. Tenía de la mano a Sofía. Al ver a Renato, le obsequió un gesto de irónica burla.
Mira, Reni, un poco más y me dejan anémica.
Más de lo que estás, Sofi, no creo.
No seas malo.
Vamos, se nos hace tarde –intervino Eugenio tratando de apurar a Sofía.
Chau Reni, nos estamos viendo.
Chau Sofía, cuídate.

La vio salir por la puerta grande, abrazada a su enamorado y luego desaparecer. Pudo apreciar como siempre, su sedoso cabello castaño, su silueta adorada por todos, mientras la fragancia de su delicioso perfume lo embriagaba inundando sus fosas nasales. Se quedó meditando, dando vueltas en el recuerdo, entre una maraña de imágenes, mientras un sabor amargo impregnaba sus labios y su lengua. «Sofía, Eugenio, Eugenio, Sofía». Los besos de ambos en el jardín, los fuertes apretones y él mirando impotente, inerme, con alergia a cada encuentro, siempre fingiendo ignorarlos.
Joven su turno, ¿es usted el último?
Sí señorita, no hay nadie más.

Renato, perdido en un laberinto mental, no sintió la apretada liga sobre el brazo, la entrada de la aguja, la caída de grandes gotas de sangre sobre un pequeño tubo de ensayo. Solo se percató cuando la señorita de blanco le puso el algodón sobre la piel.
Joven, ¿podría hacerme un favor?, si no es mucha molestia.
Usted dirá.
Mire, me han dejado con todas estas gradillas llenas de tubos, para llevarlas al laboratorio, le agradecería si pudiera ayudarme.
Claro, como no.

Renato cogió una de las gradillas y la siguió. Llegaron al laboratorio. No era grande, ni lujoso, muy diferente a los que presentaban los documentales científicos en la televisión. Había estantes de madera, mesas, repisas, todo repleto de materiales de vidrio y reactivos.
Puede dejarla allí, sobre esa mesa.
Colocó la gradilla con cuidado. En la mesa se encontraban otras gradillas, llenas de pequeños tubos de ensayo, todos con muestras de sangre. La señorita de blanco abrió un cajón y empezó a sacar algunas pipetas. La miró con disimulo, tenía el cabello castaño. «Sofía, ¿dónde estarás ahora?». Se cansó de mirarla y se sintió incómodo. «Maldito seas Eugenio». Le llamó la atención una de las gradillas. Todos los tubos de esta gradilla portaban una etiqueta roja, en la cual el nombre del paciente, escrito con plumón negro, daba la impresión amarga de sentencia. Los tubos de las otras gradillas tenían etiquetas blancas.
Señorita, una curiosidad, ¿por qué estos tubos tienen etiquetas rojas?
Pertenecen a pacientes homosexuales. Es probable que tengan SIDA.

La señorita de blanco abandonó el laboratorio un instante. Se puso a conversar con otra compañera a unos escasos metros. Renato se quedó solo. Miró con detenimiento cada uno de los tubos. Aquella sangre compacta, roja; como la etiqueta, el automóvil de Eugenio, el listón de Sofía. «Eugenio, maldito hijo de puta». Muy cerca, la otra gradilla y sus tubos con etiquetas blancas. Observó el suyo, marcado con plumón verde: «RENATO MEZA ARAUJO», el de Sofía: «SOFÍA ROSI BUENDÍA». «Cuanto te quiero». También estaba el de Eugenio, «EUGENIO VÁSQUEZ GIL. «Si pudiera romperte la cara». La evocación se le hizo tormenta. La señorita de blanco tardaba. Eugenio, su risa sarcástica, su nombre, su maldito nombre en aquel tubo de ensayo, que emergía e iba creciendo, una ola de mar a reventar. La señorita de blanco no venía. Él seguía riendo. Una idea descabellada le surcó el pensamiento, unos impulsos enormes de aniquilar cada segundo de risa. Sintió frío, sin embargo empezó a sudar de rabia y de miedo. La saliva fue inundando su boca. No lo pensó dos veces, cogió la etiqueta roja de uno de los tubos y la pegó en el tubo de Eugenio, de la misma forma cogió la etiqueta blanca con el nombre de Eugenio y la pegó en el tubo desprovisto de etiqueta. Luego, cambió los tubos de gradilla. Se turbó por un momento, las manos le temblaban, los pies querían reventar los zapatos. Sintió unas inmensas ganas de orinar, luchó unos minutos con su vejiga.
Disculpe, lo dejé solo. Gracias por su ayuda.
Renato se despidió con un rictus breve. Se quedó desconcertado, a unos pocos metros del laboratorio. La señorita de blanco ordenaba las pipetas. La miró. Luego, ya no quiso mirarla, ni mirar a nadie ni a nada, si era posible no abrir más los ojos, un deseo imantado de que la tierra le jalara los pies y lo sepultara. «Dios mío, dime que esto es un sueño». Esperó, siguió esperando. Quizás alguna idea de remediar lo ocurrido. Agotado por la impaciencia se marchó. Se fue a casa con una incertidumbre infinita. En el trayecto estuvo a punto de que lo atropellaran en dos ocasiones.
Pasó cuatro noches entre pesadillas e insomnios, despertando a grandes gritos, cayéndose casi siempre de la cama, envuelto en una zozobra interminable, con Eugenio clamando venganza y un verdugo que le ponía la soga al cuello. Otras veces un pelotón de fusilamiento. «¡Basta ya!», se dijo a la quinta noche, «¡total, él se lo tiene muy merecido!». Y es que en verdad Eugenio utilizó todos los medios posibles para acercarse a Sofía y apartarla de Renato, ridiculizándolo frente a ella. Le contó que Renato nunca aprendió a nadar porque tenía miedo al agua, que jamás comía con cuchillo porque no sabía usarlo, que bailó ebrio y en calzoncillo en la fiesta de Ernesto. «Él es un idiota Sofía, dice que tú eres una niña ingenua y que te mueres por él».
Renato se sonrojaba cuando Eugenio le lanzaba frases de doble sentido. Todos celebraban sus burlas entre sonrisas epidémicas. Sofía se fue alejando de su lado, ya no lo trataba con el mismo afecto de antes, inclusive le enviaba indirectas con frecuencia. «No Reni, no vayas a la playa con nosotros, ahora están escasos los salvavidas». Se enteró de las intrigas de Eugenio a través de terceros. «Imbécil de mierda».
Eugenio, no era un santo, tenía anécdotas interesantes. Cierta vez salió ebrio de una cantina y eyaculó en una maceta, se orinó en el parabrisas de un carro y ahogó a un perro queriéndolo embriagar con cerveza. Renato estaba enterado de todo, pero nunca le contó nada a Sofía. Él no era de los que iban con chismes. Callado soportó la vergüenza y la derrota. «No entiendo por qué siempre tienen que ganar los canallas».
A la semana de empezadas las clases, Renato encontró llorando a Sofía, en un rincón del jardín, detrás de un árbol.
¿Qué pasa Sofía?, ¿por qué lloras?
Renato, me quiero morir. Eugenio no se ha matriculado, no está en la lista de su año. Llamé a su casa, no me dieron razón. Tuve que ir a buscarlo. Su papá me dijo que se encontraba muy enfermo, que no podía recibir visitas. Además dijo que nunca más lo vería, que me olvidara de él, ¿por qué Renato?, ¿por qué?, ¿por qué?

Empezó a llorar desesperada, Renato tuvo que darle un remezón para que reaccionara. «Si supieras Sofía».
Cuando Eugenio se enteró del resultado de la prueba, no lo podía creer. Había acudido a prostíbulos con cierta frecuencia, pero jamás pensó en la posibilidad de adquirir tan terrible mal. Recordaba vagamente una relación sexual con un travesti, cuando estaba ebrio, dentro del auto de un amigo. «Maldición, ¿por qué a mí?». Sus padres dolidos por el problema y ante la posibilidad de la vergüenza pública, decidieron llevárselo al extranjero, sin dar explicaciones a nadie. En la universidad todos comentaban su ausencia.
Renato trató de acercarse poco a poco a Sofía. Siempre la veía triste y él estaba allí para consolarla; sabía que era difícil arrancarle el recuerdo de Eugenio, pero lucharía con todas sus fuerzas para lograrlo. Volvió a acompañarla hasta el paradero del microbús, como lo hacía antes de que estuviera con Eugenio, inclusive la invitó a salir varias veces y aceptó. Un día tuvo un impulso muy grande y la besó en los labios. Ella lo miró confundida. Seguía amando a Eugenio. «Paciencia Renato, paciencia». 
Reni, has sido muy bueno conmigo, me  consolaste siempre, desde que Eugenio se fue sin darme ninguna explicación. Tú me gustas. Estoy dispuesta a aceptar tu proposición, pero te pido que seas tolerante, aún no logro olvidarlo del todo.
Renato se sintió bañado por un torrente de alegría. La besó con gran ímpetu. Sofía lo hizo con algo de desgano. Con el transcurrir de los días, las citas amorosas fueron más constantes. Sofía fue acostumbrándose a sus besos, a sus caricias, a caminar de la mano por el parque, acurrucarse en su pecho durante una tarde de invierno. Cada vez más cerca de él, un poco más lejos de Eugenio. Y así pasaron dos meses. Renato vivía embriagado por una pasión incontrolable. Un día cuando se abrazaban envueltos en un clima de intenso frenesí, él le tocó suavemente la pierna.
No Renato, aún tenemos poco tiempo de enamorados.
Yo te amo Sofía, necesito...
No insistas, hay mucho tiempo por delante.

Renato trató de convencerla evitando ser cargoso o imprudente. La llenó de regalos, elogios y flores. Nada. Decidió dejar de insistir por un tiempo. 
Por instantes Sofía sentía que el deseo imperaba sobre la voluntad, ansiaba brindarse en cuerpo y alma a Renato. El placer iba minando cada uno de sus pensamientos. Se miraba al espejo, cerraba los ojos y miles de manos la tocaban hasta hacerla estremecer. Pero se mantenía firme en su decisión. Además aun el recuerdo de Eugenio la aprisionaba.
En cierta ocasión, cuando bailaba una balada con Renato en una discoteca, apagaron las luces. Él le empezó a tocar la cintura suavemente. Sintió desvanecerse. Quería apartarlo y una fuerza salvaje la dominaba. La seguía tocando cada vez con más ganas, apretándola contra su pecho, deslizando su pierna sobre la suya y ella con la respiración acelerada. Fueron a un hotel. Se besaron con vehemencia sobre la cama. Renato le fue quitando la ropa de a pocos, mientras vibraban piel a piel, tacto a tacto. Sofía sumergida en una mezcla de miedo y éxtasis, se dejaba llevar por el instinto. Labios furibundos, caricias estremecedoras. Le bajó el cierre de la falda y la noche cayó sobre dos sombras tenues que se agitaban sobre la cama. 
Terminaron las clases, ambos aprobaron los cursos de milagro. Estaban a mediados de febrero. Sofía decidió viajar a Trujillo, donde se encontraban sus padres, volvería en marzo para la matrícula. Renato no se opuso, consideró que necesitaban unas vacaciones, él también aprovecharía para irse al Cuzco. Quedaron en escribirse. Dos días antes de partir, Sofía recibió una postal de España. Después de leerla quedó envuelta en un tumulto de indecisiones. Le empezó a doler la cabeza. Pero el viaje ya estaba arreglado y viajó.
Renato envió varias cartas a Sofía durante su estadía en el Cuzco, pero ninguna fue contestada. Esto le generó mucha preocupación. Pensó enviar un telegrama, pero se acordó y miró el calendario. «Si, nos toca matricularnos, ella debe estar en Lima». Todavía le faltaba visitar algunos lugares. «Me quedaré unos días más, me matricularé en extemporáneo». Pensó mandar una carta a Lima, para Sofía. «No, para qué, ya hablaré con ella después». Viajó a la semana siguiente. Al llegar a su casa la llamó por teléfono a la pensión. Le dijeron que allí ya no vivía. «Qué raro, nunca me dijo que se mudaría, ¿dónde estará ahora?».
Renato se matriculó pero no llegó a pasar los exámenes médicos. Esperó el primer día de clases. Ella no apareció. Tampoco el segundo día ni el tercero. Indagó por todas partes. Jaime la había visto matricularse e inclusive la vio pasar todos los exámenes médicos.
¿Dónde estará? ¿Por qué no me ha dicho nada?
Ya aparecerá hombre, no te preocupes. Ah, sabes, ha salido un aviso en la vitrina de la Facultad. Tienes que ir urgente a pasar los exámenes médicos, si no te anulan la matrícula.
Es verdad, me había olvidado, gracias por recordármelo.

Jaime sacó un cigarro y empezó a fumar.
¿Sabes la última chifladura de Diana?
No Jaime, dímela.
Jura haber visto a Eugenio salir de la biblioteca de la universidad.
¿Qué dices? ¡Eugenio!
Así como lo oyes, pero ¿quién le va a creer a esa loca? Todos saben que le encanta inventar cosas. Para mí que Eugenio desapareció porque encontró mejor vida en otra parte. Ese compadre ya no regresa.

Renato quedó confundido. El rostro con la sonrisa burlona empezó a aparecérsele en la calle. Comenzaron otra vez las mortificaciones, las noches de pesadilla e insomnio, la intranquilidad pesando toneladas. «Sofía, ¿dónde estarás? Eugenio, MALDITO SEAS EUGENIO».
Después de pasar el examen psiquiátrico, médico, odontológico y otros adicionales, Renato fue al hospital para el examen serológico. Al igual que el año pasado, envuelto con el pensamiento en Sofía y Eugenio, no sintió liga, aguja, ni algodón sobre el brazo. «Sofía, ¿dónde andas Sofía?».
Joven, usted es mi salvación, otra vez voy a molestarlo con estas gradillas, ¿puede ayudarme por favor?
Sí, como no.

La siguió. Un aire de familiaridad absurda lo envolvió en el pasillo. Todo sabía a repetido. Sólo él era diferente, con la barba a medio crecer y la misma ropa de hace dos semanas: pero no, no era del todo diferente. El torbellino del recuerdo fue dándole vueltas en la cabeza. Eugenio, Sofía, Sofía, Eugenio, los besos, los apretones, las caricias, Jaime, Diana, biblioteca. «¿Dónde estás Sofía?». Sintió retroceder en el pasado. Miró a la señorita de blanco, su pelo castaño. «Sofía, ¿por qué te escondes Sofía?, me estoy volviendo loco». Y allí, otra vez, la gradilla con los tubos y sus etiquetas rojas, rojas como la sangre compacta, el carro de Eugenio, el listón de Sofía, su angustia, su desesperación. Rojo, rojamente rojo. Ahora está viendo el rostro de Eugenio, minúsculo, con una sonrisa burlona, emergiendo en todos los tubos de ensayo, haciendo vibrar todas las etiquetas, lanzándole miradas de desprecio, clavándole dagas invisibles de ironía. Empezó a apretar los dientes, mordiendo su propia vida, su incontenible furia atrapada en una botella. Cogió uno de los tubos con la intención de romperlo. Miró alrededor suyo y se dio cuenta que estaba solo, que siempre lo estuvo. Trató de tranquilizarse y otra vez la risa de Eugenio lo exasperó. No solo reía él, sino también Sofía, Jaime, Diana, la señorita de blanco y todos en un coro insoportable. Tumultuosas carcajadas. Clavó sus ojos en el rostro de Eugenio, apretó con fuerza el tubo de ensayo queriendo destrozarlo. Su mirada se enfrentó con aquellas letras a plumón negro, sobre la sanguínea etiqueta que brillaba, leyó despacio y con asombro «SOFÍA ROSI BUENDÍA». «¡Dios mío!» Sintió que le faltaba el aire, quiso llorar, pero no pudo.

miércoles, 11 de enero de 2017

Jaime Ramírez

Julián Eduardo Cervantes Cadena

Me despertó el teléfono. La botella vacía de vodka barato, botada junto a mi cama, un viejo y destartalado colchón, me decía que una vez más bebí hasta dormir. Mi forma de ahogar la soledad de una vida triste y deprimente.
La cabeza me daba vueltas, sentía cómo el cerebro me latía; el sabor a ceniza y vómito impregnaban mi boca. La luz del burdel ubicado al otro lado de la calle, alcanzaba a entrar por los huecos de la vieja cortina que se caía a pedazos; los gritos de borrachos en el pasillo del edificio era cosa de todas las noches. Volvió a sonar el teléfono, me incorporé con dificultad, estiré la mano y contesté.
–Aló.
–¿Ramírez? –dijo la voz al otro lado de aparato–. ¿Jaime Ramírez?
–Sí –contesté.
–Habla el teniente Ortiz.
–Qué dice, teniente. –Me emocioné pese a mi estado actual–. ¿Qué noticias me tiene?
–Un muerto, como siempre.
–¿Mucha sangre?
–Para nada –dijo de forma seca y cortante–.  Pero estoy seguro de que le va a interesar.
–¿A cuántos otros llamó?
–Usted es el primero.
–¿La dirección?
–En la quinta, edificio Montebello.
–Lindo vecindario.
–Ni que lo diga, mejor apúrese. Aquí lo espero.
El teniente dio por terminada la llamada. La hora, tres de la mañana. Era mi día libre, pero los muertos no respetan esas cosas. Mi cuerpo todavía no terminaba de asimilar el alcohol, me sentía mareado, pero ya me dolía la cabeza por la resaca; un limbo extraño entre la noche y la mañana. 
Salí de mi diminuto apartamento con la misma ropa de la noche anterior y me dirigí por el largo y lúgubre pasillo adornado por viejas puertas cafés y una la alfombra roja, vista muchos años atrás como lujosa. Un corredor que me llevaba directo a un ascensor inservible, y a las escaleras cuyo nauseabundo olor delataba que más de un vecino había usado sus oscuras esquinas para desahogar su necesidad de orinar. Tomé un taxi para encaminarme hasta la quinta avenida. Al ver el lujoso edificio caí en cuenta «los ricos nunca permiten que sus difuntos salgan publicados de forma sensacionalista en un periódico de cuarta, como en el que yo era reportero.»
–¡Déjelo pasar! –gritó el teniente Ortiz desde el interior de la vivienda cuando me vio en la puerta. El oficial de manera obediente se hizo a un lado y pasé por debajo de la cinta amarilla que atravesaba el marco en forma de “X”. 
Un pequeño vestíbulo me recibía, tres pasos más adelante, la sala, el comedor y la cocina se encontraban en un solo ambiente, iluminado por las luces que dejaba entrar los grandes ventanales de doble altura que remplazaban una de las paredes del lugar. A mi derecha estaban los pies de la víctima, su cuerpo colgaba del cuello por una soga amarrada al barandal del segundo piso.
–Se rompió el cuello –me dijo el forense–. ¡Bájenla!
Poco a poco dos policías desde arriba hacían descender con sumo cuidado el cuerpo de la mujer. La larga cabellera negra, cubría su cara, su esbelta figura ahora yacía tendida sobre las finas baldosas de mármol negro; el forense despejó cualquier obstáculo y por fin pude ver su rostro angelical.
–¿Se le hace conocida? –me preguntó Ortiz. Analicé sus facciones con meticulosidad.
–Ni idea quien será –mentí, me era tremendamente familiar, no sabía quién era, pero en verdad, su rostro me era muy conocido.
–Venga ­–me dijo Ortiz mientras se dirigía a las escaleras que nos llevaban al segundo nivel–. Acompáñeme.
Entramos a un pequeño estudio, estaba oscuro pero las luces de la ciudad se colaban por la ventana y dejaban ver frente a nosotros, un lujoso escritorio de vidrio. Mientras seguía con la mirada al teniente, vi a mi izquierda una biblioteca llena de libros legales. Ortiz llegó a la mesa, prendió una lámpara e iluminó el lugar, me hizo un gesto con la cabeza para que mirara a mi derecha. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo varios recortes de periódico, todos de mi autoría, estaban pegados en la pared.
–¿Por esto me llamó? –dije con frialdad.
–Una mujer con dinero se suicida y, ¿usted cree que van a dejar publicar su historia en un periódico de última? –me dijo el teniente.
–Bueno, por lo menos tengo la exclusiva –dije con sarcasmo mientras seguía viendo mis diez años de carrera, plasmados en una macabra línea de tiempo.
–¿Tiene alguna explicación para esto, Ramírez?
–Una fan enamorada, me imagino.
–No me venga con estupideces. La amistad que nos ha dado estos años entre crímenes pasionales y planificadas venganzas, le dan un trato preferencial, pero usted no deja de ser un sospechoso.
–Claro, me di cuenta, esto es un interrogatorio, pero la verdad no sé cómo explicarle este collage de mi literatura.
–¿Sabe de alguien que lo esté demandando?
–No.
–¿Seguro no conoce a la víctima?
–Ni ella, ni este hermoso lugar. Usted me conoce, Ortiz, si no estoy viendo algún muerto o escribiendo acerca de él, me encuentro en algún antro de porquería bebiendo hasta perder la conciencia. Es más, le soy sincero, cuando usted me llamó, tenía una botella de trago vacía a mi lado.
–Todo esto es muy raro –sentenció el teniente–. Alguien, siguiéndolo a usted. Ni su mamá lo quiere ver,  además aparece muerta. Nada tiene sentido
–¿Me va a dejar ir o me va a llevar preso? –Pregunté con el afán de salir de ahí.
–¡Váyase! –dijo Ortiz mientras me daba la espalda para poder admirar los cientos de luces que conformaban el paisaje de la ciudad. Antes de abandonar la habitación usé mi celular para fotografiar el altar en mi honor, construido por la bella abogada. 
En el piso de abajo aproveché para preguntarle al forense cómo se llamaba la mujer tendida en el suelo.
–Pamela Vega –me respondió.
El nombre no me dio nada, pero era un camino para empezar a investigar; por más borracho que me encontrara, me di cuenta que sucedido era muy raro y yo era el principal sospechoso. 
El timbre del celular me despertó, alcé mi cabeza del frío escritorio metálico. Vi a mi alrededor, la sala de redacción, como de costumbre, estaba vacía, a esta hora de la madrugada la gente decente duerme. El teléfono seguía sonando, abrí la boca un par de veces para remojar mis labios con esa espesa saliva que se le hace a uno cuando tiene la jeta cerrada por mucho tiempo.
–Aló. –Una voz ronca salió de mí.
–Ramírez, véngase a la Universidad Estatal. –Era la voz del teniente Ortiz–. A la facultad de arquitectura.
Me sorprendió su llamada, al fin y al cabo hace un par de noches me dijo que era sospechoso de asesinato.
–¿Ahora qué me tiene? –pregunté para ver si no me tenía planeada una emboscada.
–Un oso de peluche –dijo con sarcasmo.
–Ya voy para allá. –Colgué.
En el taxi empecé a recordar el extraño sueño que tenía antes de ser despertado por el celular.
Me encontraba en lo que parecía una bodega, todo estaba oscuro, mi corazón iba a un ritmo acelerado y mi respiración era agitada, como si estuviera corriendo. Tengo un cuchillo de cocina en la mano, la hoja metálica de color blanco era el doble de grande que la cacha negra, mi camisa blanca y el cuchillo goteaban sangre.  Mi atención no está centrada en esto, busco algo, o a alguien. Agudizo mi oído, cierro los ojos, escucho unos sollozos no muy lejos de mí, con mucho sigilo me acerco a ellos, están detrás de unas cajas de cartón, las rodeo lentamente y ahí está ella con cortadas en los brazos y sangre en el rostro, intentando esconderse, sentada en el piso, las lágrimas adornaban su mirada llena de terror, su lloriqueo se transforman en súplicas, la vista se me nubla, veo todo rojo, la ira llena mi alma y lo único capaz de tranquilizarme es sentir cómo el afilado metal atraviesa la piel, cómo la cuchilla se abre paso por la grasa corporal, cómo cada fibra muscular se rompe hasta alcanzar los órganos internos, los cuales se abren en una explosión de sangre. Son varias veces que hago esto, por todo el obeso cuerpo de la mujer. Poco a poco se va dando por vencida, su cuerpo se va quedando sin fuerza, sin alma, sin vida.
–Son cinco con cuarenta, señor. –La voz del taxista me saca del trance, el recuerdo fue muy vívido y ni hablar del sueño.
«Tanto tiempo trabajando con los muertos me estaba pasando factura, debo estar volviéndome loco.» Pensé mientras le daba el billete al conductor. 
Caminaba por el campus de la universidad, un lugar grande y desolado, lleno de frondosos árboles. La facultad de arquitectura era el más moderno de cuatro edificios que conformaban esta parte de la gran ciudad universitaria. Líneas rectas, metal a la vista y ventanales de piso a techo le daban ese toque lujoso y moderno tan anhelado por los arquitectos a sus obras.
Una gran puerta de vidrio me recibió, y un oficial de bajo rango me estaba esperando.
–¿Ramírez? –me preguntó el policía.
Hice una seña afirmativa con mi cabeza.
 –Sígame.
Salimos nuevamente del edificio, lo rodeamos y me llevó por un sendero a una pequeña construcción ubicada entre el bosque que rodeaba los edificios. «Esta debe ser la habitación del conserje, aislada de todo para no acabar con el glamur de la facultad» pensé. En el lugar estaba todo el departamento de criminalística, detectives, policías, forenses y doctores. Reflectores iluminaban la zona que en su normalidad debe ser tan oscura como la noche misma.
–Bienvenido, Ramírez –me dijo Ortiz al verme–. ¿Está listo para ver esta obra de arte?
El teniente no me dejó responder, se dio la vuelta y entró. El lugar era una despensa de material de limpieza, bastante grande a decir verdad, tendría unos sesenta metros cuadrados, anaqueles perfectamente arreglados y cajas en el piso, se notaba tenían un orden específico. Detrás de estas, el cuerpo sin vida de una mujer, en posición fetal y nadando en un charco de sangre, veo salpicaduras rojas que dejaban líneas en las paredes y techo; el rubio pelo enmarañado cubría el rostro de la mujer.
–Varias puñaladas en el cuerpo –dijo el forense mientras con mucho cuidado movía el cadáver–. Cortes en los brazos y rostro.
–Camila López, treinta y ocho años, soltera –leía el ayudante del forense, al revisar los documentos de la cartera de la difunta–. Aún tiene la plata y las tarjetas de crédito, descartamos el robo.
–¿Qué me dice del celular? –pregunté mientras anotaba la información en mi libreta.
–No lo veo en ninguna parte –respondió el ayudante mientras tanteaba los bolsillos de la víctima.
El forense despejó su rostro, no solo me era familiar, sino que lo acababa de ver. Era la misma mujer asesinada en mi sueño. Alcanzaba a escuchar los fuertes latidos mi corazón, sentí ganas de vomitar, el pecho se me cerraba, el aire se sentía denso y muy caluroso, más de lo normal.
–¿Qué le pasa, Ramírez? –me dijo, el teniente–. Está pálido, como si nunca hubiera visto un muerto.
–Nada –mentí–. Debe de ser la resaca, voy afuera a tomar aire.
Mientras salía vi a uno de los policías guardando y etiquetando el arma homicida, un cuchillo de cocina blanco, cuya hoja metálica era el doble de grande a su empuñadura de color negro.
No regresé, agarré un taxi y me fui directo a mi escritorio en el diario La Noticia. Llegué y lo primero que hice fue abrir el cajón para sacar la botella de güisqui que guardaba, pero encontré una camisa mía, llena de sangre. «No fue una pesadilla, fue verdad, yo estaba ahí, yo lo hice, yo soy un asesino.»
Si yo fui quien mató a esa mujer, por qué no me acuerdo de nada. Bajo la camisa, hallé la botella que buscaba, pero estaba vacía. «¿Será mi problema con el alcohol el motivo?, ¿cuándo estoy borracho me vuelvo violento?» Cerré la gaveta dejando todo adentro, tal como estaba antes, abrí mi libreta y empecé a leerla detalladamente, vi que tanto, Pamela Vega como, Camila López, tenían treinta y ocho años; teníamos la misma edad. Usé las pocas neuronas aún vivas para encontrar una razón, para hacer memoria. «Camila López no era solo un nombre familiar, yo la conocía.» Usé el internet para buscarla y encontré que ella había estudiado en un tradicional colegio de la ciudad.
Entré a la página web de la institución, esperando encontrar más información. Vi una foto en la que aparecían todos los graduados, busqué su nombre en el pie de la imagen para poder reconocerla, pero me tropecé con un nombre muy familiar, Pamela Vega fue su compañera. Pero eso no fue lo más aterrador, yo también estaba en esa foto, un chico idéntico a mí, pero llamado, Javier Domínguez, yo era parte de los graduados de esa generación.
Cotejé la lista de excompañeros con los nombres de mis reportajes, siete eran los que coincidían, aparte de las dos últimas. Miré las fotos que había tomado del mural construido por la abogada, efectivamente, siete recortes estaban señalados con círculos rojos. Ella me estaba siguiendo la pista, sabía la verdad y también la asesiné. La gran sala de redacción se iluminó de repente, me incorporé para poder ver sobre los cubículos, en la puerta estaba Ortiz, mirándome, con una carpeta marrón de cartón en su mano derecha. Se quedó quieto unos segundos, no dijo nada y simplemente empezó a caminar, nunca lo perdí de vista, lo esperé en mi escritorio. Sin detenerse, haló una silla que se encontró en el camino, se plantó frente a mí y me pidió amablemente tomar asiento.
–Vengo por usted –dijo viéndome fijamente a los ojos–. Ya sabemos lo que pasó.
–Qué bueno –le respondí sin bajar la mirada–. Así me lo puede explicar
–Se le imputa de nueve asesinatos.
–¿Tiene pruebas?
–Algunas.
–Aquí le tengo otra –le dije mientras abría el cajón con la camisa ensangrentada–. Lléveme preso, me entrego sin resistencia, solo le pido encontrar la causa a todo este relajo.
–¿Ha oído hablar de la esquizofrenia?
–¿Me dice que me volví loco?
–Según el archivo, siempre lo estuvo –afirmó mientras ponía la carpeta sobre el escritorio–. Jaime Ramírez no existe. Dígame, ¿cuál es el recuerdo más lejano que tiene de su vida?
La pregunta me desconcertó, mi frágil memoria me engañaba todo el tiempo, mis recuerdos empezaban a sonar como películas ya vistas, tan vívidas como el terrible sueño que fue interrumpido por una llamada.

miércoles, 4 de enero de 2017

Puntos de vista

Eliana Argote Saavedra


Era temprano para la entrevista. El local hacia donde me dirigía quedaba en plena avenida Javier Prado y a esa hora se llenaba de muchachos que salían de clases, de las diferentes casas de estudios de la zona, así que decidí hacer hora en el área verde, detrás del moderno edificio revestido de lunas. Las calles que bordeaban el parque lucían ajenas a la modernidad: una larga hilera de casas de dos plantas con jardín exterior y maceteros con geranios a la entrada, fachadas de suaves colores, puertas curvas de madera, y amplios ventanales también curvos, a pocos metros de la base donde se desplegaba una corta escalera de peldaños anchos. Una manguera sobre el césped vertiendo agua despertó mi atención.

Mi madre. Al ver la manguera, fue imposible no recordar aquella tarde soleada de mi infancia. Regresaba del colegio y la vi en el jardín regando las plantas y estirando de tanto en tanto la cabeza vigilando la calle, seguramente para verme llegar. Me escondí tras unos arbustos y desde allí la observé: vestía pantalón corto y polo ancho, llevaba el cabello sujeto en una cola. Yo sabía que podría ir corriendo a sus brazos y ella me recibiría encantada aunque terminara sobre el pasto húmedo. Así era ella.

Me introduje en la casa cuidándome de no ser visto, llené un pequeño balde con agua y salí de puntillas intentando contener la risa. A cada paso que daba las gotas caían sobre las losetas del piso de la cocina, «Lo que me esperaba». De pronto estaba tan cerca que no dudé en arrojarle el agua encima y ¡Zas! Mamá mojada. No podía contener la risa pero al ver su rostro mirándome por encima de los anteojos y juntando los labios en una media sonrisa, comencé a correr, anticipando el chorro de la manguera que mamá dirigiría sin duda sobre mí. 

¿Cómo pudo cambiar tanto tras la muerte de mi padre? Ese hombre era su vida, pero para mí ella lo era todo y, sin embargo, se ensimismó en su dolor dejándome al margen. Casi no me hablaba y yo la necesitaba para seguir jugando, para seguir bromeando. Se convirtió en una persona ausente con la mirada perdida y tuve que ingeniármelas para adaptarme cuando vinieron mis tíos a hacerse cargo de la casa, y de nosotros. Ellos eran una pareja formal, llevaban veinte años de casados y no tenían hijos. Todo cambió desde su llegada. Mi tío, una persona seca y distante, pensó que sería bueno que yo dejara de comportarme como un niño mimado, debía hacerme un hombre responsable e independiente, decía, y comenzó a llevarme a su oficina luego del colegio. Al comienzo, extrañaba mi vida anterior pero pronto descubrí lo que significaba ser “un hombre responsable e independiente”

Él cumplía con su labor de esposo dedicado cuando estaba en casa, pero en horario de oficina se desaparecía con una secretaria para hacer gestiones. Su asistente, una mujer algo mayor, conversaba con las otras empleadas mientras yo hacía mi tarea; así me enteré de que mi tío tenía sus amoríos con aquella secretaria y debía divertirse mucho con ella porque regresaba con golosinas y hasta me palmeaba el hombro con agrado. Luego de dos meses de su llegada, trasladaron a mi madre a un centro siquiátrico porque necesitaba cuidado especializado. La distancia entre nosotros, con el tiempo, se había afianzado a tal grado que la sentía como una completa desconocida; eso fue lo que experimenté al verla partir, y luego de muchos años, cuando nos reencontramos, nada.

Un chillido me trajo de vuelta a la realidad. Era un petirrojo que saltaba sobre la cerca de fierro. Lo vi alejarse llevando consigo aquel recuerdo. Desde que terminé mis estudios universitarios y comencé a trabajar, me hice cargo religiosamente de los gastos de mi madre y de la pensión en el asilo donde ingresó al ser dada de alta. Le escribí una carta cada mes, no necesitaba nada más. Creo que cumplí como hijo. Ahora cada quien vive su vida, ella en el asilo y yo en mi pequeño departamento, sobre una librería en el centro de la ciudad. Estoy un tanto hacinado pero esta es mi oportunidad, conseguiré este trabajo y una mujer con la que formaré una familia, no importa si es mayorcita y algo fea, las jovencitas ya están “fuera de mi liga”. 

Pero dejémonos de historias tristes que nada aportan. Yo iba distraído cuando la bocina de un auto me hizo girar la cabeza hacia la pista, y fue entonces que apareció en medio de la calle una hermosa visión en azul. Cruzaba en dirección a mí con una sonrisa de labios pintados. El viento de la tarde le alborotaba el cabello dibujando ondas rojizas en el horizonte. Yo, que jamás hubiera esperado que una mujer de ese tipo pudiera mirarme, al tenerla cerca me aparté fingiendo una absurda gentileza, «pase usted, señorita», dije, para no ponerme en evidencia. En ese instante, un auto apareció a toda velocidad salpicando un charco de agua que había a unos metros, «Maldición», como si fuera poco lo nervioso que me sentía para que fuera a añadirse a mi tragedia, un baño de agua sucia en plena calle. Para mi sorpresa, lejos de voltear hacia otro lado me regaló una sonrisa traviesa mientras se mordía el labio inferior. Aún recuerdo el vuelo de su vestido azul acoplándose al ritmo de aquellas piernas morenas tan bien formadas, el aroma penetrante que dejó al pasar y su rostro volteando para regalarme una última mirada mientras se acomodaba un mechón de cabello. Estaba anonadado. Tenía un aire especial que me recordaba la escena de una película, aunque no lograba definir cuál. La mirada de esa mujer era penetrante, subyugante. Yo solo era una hoja de otoño flotando a merced del viento. ¿Acaso estaba loca?, una mirada seductora para mí, un hombre mayor con el mismo aspecto de ratón de biblioteca que conservaba desde la secundaria, una muchacha como ella que solo miraba a hombres como yo, para no tropezar con ellos, claro, debía de estar loca, eso fue lo que pensé al menos aquel día.

Ahora lo recuerdo con cierta nostalgia mientras una sonrisa estúpida se dibuja en mi rostro al evocar nuestro primer encuentro, sí pues, el tiempo le resta dramatismo a los hechos. Es como si se hubiesen borrado de mi memoria los acontecimientos posteriores que me llevaron a refugiarme en una afición tan solitaria como esta: escribir.

Tal vez debiera narrar los hechos comenzando en el verano de 1985, cuando en la radio sonaban canciones edulcoradas que hacían soñar a los románticos como yo: Largas jornadas en la oficina amenizadas con la voz apacible del locutor, quien colocaba uno tras otro aquellos temas que hablaban de amor y desamor, y me hacían olvidar que me sentía frustrado en aquel trabajo. En fin, cincuenta y cuatro años, copas después de la oficina y el convencimiento de que aún podía conseguir un trabajo donde pudiera desarrollar una carrera, le otorgaron un toque de ensoñación a ese verano que se marcharía tan pronto, llevándose consigo mucho más que recuerdos.

Como ya dije, era 1985. Gracias a un compañero de secundaria con quien coincidí en un café, conseguí una entrevista con uno de los socios de un consorcio de importación de autos. En esa reunión, le hablé de mis capacidades, de la seguridad que tenía de llegar muy lejos, de mi deseo de aportar las ideas que desarrollé los últimos años, solo necesitaba una oportunidad. El señor Benavente se mostró bastante desinteresado, me observó de pies a cabeza con una expresión de incredulidad, y dijo, algo incómodo, que tendría que comenzar desde abajo y que una persona de mi edad seguramente tenía cargas de familia y un estatus al que debía estar acostumbrado. «No creo que le convenga», concluyó cerrando la agenda que hojeaba mientras me escuchaba. Le respondí que jamás me había casado y que el único familiar que tenía era mi madre, una anciana que vivía de su fondo de jubilación, y de “un sencillo” que le enviaba cada mes, que confiaba en mis capacidades y que quería la oportunidad, que no lo decepcionaría. Para mi sorpresa, el señor Benavente se conmovió a tal punto que se puso de pie y me estrechó la mano. «Creo que usted encaja perfectamente en el cargo», dijo. 

Así fue que obtuve el puesto de asistente administrativo, compitiendo con más de veinte candidatos jóvenes, claro está que las funciones de mi puesto me relegaban al almacén, por lo que mi trato con los clientes era nulo, algo me decía que debido a mi falta de carisma, pero quise tomarlo como un entrenamiento. Aprendería de los mejores: esos muchachos con tan buena presencia y gran empatía que sabían sacarle una sonrisa a quien quisieran.

Pronto me encontré saliendo de fin de semana con ellos. Entre los miembros de este grupo iban Rafo y Susana, los hijos del señor Benavente; en una de esas fiestas la conocí a ella y hubo un clic instantáneo; Susana, con apenas veintiocho años, de naturaleza reservada y muy bonita, parecía sentirse segura a mi lado, y a su hermano, gran amigo mío, no pareció importarle que congeniáramos tan pronto, es más, en alguna oportunidad me sugirió que haríamos una “bonita pareja”.

Salimos unos meses durante los cuales sentí que mi seguridad se afianzaba, lo mismo debió de sucederle a ella porque cambió su forma de vestir, se inscribió en un gimnasio y comenzó a maquillarse, su transformación era notoria. La diferencia de edad entre nosotros no fue ningún impedimento para que iniciáramos un romance. En el trabajo comencé a asomarme por la sala de ventas y los clientes me trataban con la misma empatía que a los demás, y debo agregar, con una cuota de respeto que hacía que los clientes mayores me buscaran. No pasó mucho tiempo para que el padre de Rafo me llamara a su oficina para felicitarme por el desempeño que había mostrado en todas las áreas. Me comunicó lo satisfecho que se sentía conmigo y anunció que en poco tiempo tendría un ascenso.

La noticia se regó por toda la empresa y despertó celos entre los empleados de mi línea jerárquica, muchos de los amigos que tenía dejaron de invitarme a sus escapadas de fin de semana y los que continuaron haciéndolo me trataban con desconfianza, hablaban a mis espaldas, decían que mi ascenso no se debía a mis méritos sino a mi relación con la hija del jefe. Los hechos sin embargo, continuaron su rumbo fijado. Apenas a tres meses de aquella conversación me encargaron abrir una nueva sucursal en la que estaría a cargo. Cualquiera hubiese tenido suspicacias al respecto, pero yo no; sabía que me lo merecía. Tomé mi trabajo muy en serio, ayudó mucho el alejarme de ese ambiente asfixiante de la central y puse en marcha algunas ideas que resultaron innovadoras y productivas. El señor Benavente volvió a citarme, pasados otros tres meses; esta vez para comunicarme que había decidido ponerme a cargo de la gerencia de proyectos con un sueldo muy por encima de mis expectativas y grandes beneficios que incluían un paquete de acciones.

Todo marchaba muy bien, y así hubiese continuado si no fuera porque apareció en mi vida Elisa. No era desconocida para mí, la recordaba de aquel primer encuentro cuando iba a la entrevista. Todavía estaba fresca en mi mente la escena en que apareció con su vestido azul, aquella vez del baño con agua sucia. Claro que yo había evolucionado y aunque sentí el cosquilleo de nuestro primer encuentro, exhibí aplomo y confianza. Se presentó como asistente, me entregó un currículum de lo más interesante, parecía la persona perfecta para el cargo. En ese momento no me pregunté cómo había llegado, ni quién le dijo que estaba buscando una persona con tales referencias. Me abrumó con su cabello rojizo y los ojos caramelo que de dulce no tenían nada, la forma en que cruzó las piernas que bien recordaba, las uñas largas y rojas, y la coquetería con que se acomodaba el cabello detrás de la oreja.

No es difícil imaginar que fue muy eficiente, no solo en el trabajo sino en los encuentros semanales que tuvimos a partir de entonces en lujosos hoteles cada viernes por la tarde; solo los viernes porque el resto de la semana, ella coqueteaba conmigo pero no permitía que la tocara, lo que por cierto, hacía que la deseara aún más. No estaba enamorado de Elisa, la verdad es que disfrutaba regresando a casa con Susana, pues para esa época ya nos habíamos casado, aunque solo por civil, el matrimonio religioso no estaba en nuestros planes a corto plazo. Vivíamos en un departamento en Miraflores. La tímida muchacha que conocí y que hice mi mujer era perfecta para mí, pero eso no significaba que debiera privarme de ese bocado delicioso que se me ofrecía en horas de oficina, la vida ya me había robado muchas cosas. Mientras mi mujer no se enterara, todo podría marchar de maravilla, ella tenía sus actividades propias y no era celosa, jamás se presentó en la empresa para buscarme, y a pesar de que recibía mensajes de números desconocidos en los que le decían que yo tenía una amante, mi mujer creía en mí. Me enseñaba los textos y reíamos comentando lo envidiosa que podía ser la gente. Yo era muy amoroso, cada sábado le enviaba rosas rojas y ella me esperaba con una hermosa mesa adornada con velas y champán. Susana era mi remanso.

Una tarde casi a fines del verano, un cliente canceló a última hora la cita que tenía programada conmigo. Había quedado con mi mujer para cenar con sus padres, pero la cancelación dejó un espacio apropiado para un encuentro con Elisa, así que no lo dudé ni un instante, fui a buscarla porque luego de cada uno de nuestros encuentros me sentía renacido, afloraba en mí una tremenda energía, era la droga perfecta. Se lo debía a Susana, ella merecía al hombre feliz y satisfecho en que Elisa me convertía después de cumplir cada una de mis expectativas.

Llegué al imponente y moderno edificio con vista al mar donde vivía, era una gran ventaja que viviera tan cerca de mi departamento; de Miraflores a Magdalena solo había un relajante recorrido por la Costa Verde, así que no me tomaba mucho tiempo cumplir con mi esposa. Claro que no iba muy seguido por allí porque, según me decía Elisa, su pareja era muy celosa, pero esa semana estaba de viaje así que no habría problema. Encontré al conserje, a quien había visto en algunas ocasiones. Él me reconoció en el acto y se acercó con esa sonrisa socarrona que exhibía cuando me saludaba; siempre temí que en el fondo se burlara de mí. Me preguntó en tono confidencial si buscaba a “la señorita”, por supuesto premié su iniciativa con una jugosa propina y no dudó en decirme que Elisa guardaba una llave extra en la caja para correspondencia que ya nadie usaba pero que permanecía en el corredor. 

Subí por las escaleras. Al llegar al cuarto piso casi sin aliento me crucé con una empleada de limpieza, «Caray», también la conocía; al verme soltó una risita que me molestó un poco, pero acto seguido, me saludó muy respetuosamente así que decidí ignorar aquel gesto grosero, debió de ser porque notó que estaba exhausto, o porque tenía la edad suficiente para ser un padre y no un amante, pero ya estaba acostumbrado a las miradas impertinentes de la gente cuando me exhibía con Elisa, su exuberancia de diosa morena contrastaba con mi elegancia de hombre maduro. Le llevaba treintaidós años y sin duda, se notaba.

Por fin llegué al departamento y abrí la puerta. Un aroma conocido me dio de golpe en la cara: incienso de canela, el mismo que inundaba los ambientes de mi casa. De pronto escuché risas e intenté no hacer ruido, no vaya a ser que el marido hubiese vuelto. El departamento estaba apenas alumbrado con una lámpara, el sillón de cuero blanco de la sala tenía los cojines desordenados, y el rostro de un niño con facciones andinas parecía observarme desde un cuadro sobre la chimenea artificial. Dos copas vacías reposaban en la mesa de centro, y por la puerta semiabierta del balcón ingresaba una corriente de aire frío. Seguí avanzando y casi tropiezo con algo. Agucé la visión y vi prendas regadas en el suelo: una blusa, sandalias, una falda que me pareció familiar, no pude precisar si se la había visto a Susana o a Elisa, «Bah, qué haría una falda de Susana aquí. Debo tener cuidado—pensé—, no vaya a ser que a estas alturas comience a confundirlas» 

Las voces sonaban más claras a medida que avanzaba, una era de Elisa pero la otra me dejó anonadado, era Susana, mi Susana, mi dulce mujercita. Una punzada se me clavó en el pecho. Me acerqué tanto como pude para escuchar pero de pronto todo quedó en silencio; dudé entre seguir avanzando o retroceder sobre mis pasos hasta que oí un gemido. «¿¡Qué está pasando aquí!?», me pregunté, y avancé decidido hasta la entrada de la habitación. Lo que vi, me marcó hasta el día de hoy: dos mujeres desnudas disfrutando una de la otra con una pasión que yo, a pesar de mis años jamás había experimentado. El cabello rojizo de Elisa enmarañado sobre los pechos blancos de Susana, sus manos de uñas pintadas recorriendo aquellas formas que tan bien conocía, dos cuerpos jóvenes de piel tersa confundidos bajo la suave luz de la luna que se filtraba por entre las cortinas, las dos mujeres a las que les entregué: a una toda la pasión que era capaz de sentir y a la otra el amor. Pero ¿qué clase de pervertidas había dejado entrar en mi vida? Retrocedí asqueado, claro, si hubiera sido otra mujer y no la mía, tal vez hasta hubiese contemplado unirme a la fiesta pero, ¿Susana?, cómo podía fingir conmigo de esa manera.

Ya iba de salida cuando escuché la voz de mi mujer: «Debo irme, amor —, dijo—, nuestro marido me espera. Esta noche mi padre le va a dar el manejo total de la empresa». «Sí, gatita, —respondió Elisa—, yo mañana me encargo de los pormenores». Salí completamente abrumado, no podía creerlo, ¿los pormenores? ¿A qué se refería?

No sé cómo llegué a casa, por momentos la visión se me nublaba, me pasé un par de luces rojas del semáforo y casi atropello al perro de una vecina al estacionarme. Susana se apareció media hora después. Yo estaba en el recibidor tomando vino directamente de la botella, mientras la voz de Sabina desde el reproductor hablaba de una tal “Magdalena”. Al verme, solo atinó a decir: «Es tarde, querido, vámonos». ¿Querido? Jamás me había llamado así, a lo mucho me decía “viejito” con cierta picardía, por qué de pronto esta expresión de cercanía. Quise ver hasta dónde era capaz de llegar, me tragué la rabia y subí al auto sin decir palabra. Por la ventana, la ciudad iba transformándose, dejando atrás los edificios para dar paso a una exclusiva zona de residencias. La miré dos veces sin que ella lo notara, ¿cómo podía estar tan serena?, en un momento incluso cogió mi mano y la puso sobre su pierna, se acercó y recostó la cabeza en mi hombro. Llevaba la misma falda que usaba cuando estuvo en casa de Elisa: una falda lila con abertura al costado que dejaba expuesta la piel blanca de su pierna y que casi me hace olvidar que debía odiarla. «Estás algo tenso», me dijo. Tuve que hacer un esfuerzo para no retirar mi mano. «Zorra». 

Por fin llegamos. En la cena, sentado a una mesa primorosamente adornada y ante un suculento festín, su padre sirvió champán y me comunicó, copas en alto, la noticia que ya conocía. Todos brindaron pero yo no pude seguir fingiendo y luego de tres raciones de licor seguidas, le dije al señor Benavente, padre de Susana, con toda la indignación que me agobiaba, que su hija era una pervertida, una lesbiana, que tenía una relación con mi asistente. «¡Sí!, —agregué completamente iracundo—, ¡es lesbiana!, la he visto revolcándose en la cama con otra mujer». 

El señor Benavente, sin mostrar expresión alguna, se acercó a mí con la copa en la mano y me dijo con el mayor desparpajo: «¿Elisa?, la queríamos para Rafo pero le gustó más a Susana, ¿qué creíste?, ¿que un mediocre con aires de grandeza iba a hacerse cargo de la empresa que yo construí? Mis socios no permiten que mis hijos asciendan, exigieron que la persona que me suceda sea alguien ajeno a la familia y tú encajabas perfectamente en el cargo. Cuando le propuse a Elisa el plan dijo: “El tío es simpático, un poco mayorcito pero está bien conservado y tiene cara de enamoradizo, será fácil”». 

El padre de Susana bebió de su copa y levantando la voz me dijo: «Mañana vas a hacerte cargo de todo el consorcio y mi hija va a compartir tus derechos. Tu madre, esa anciana que has dejado atrás por conseguir el éxito, está internada en una clínica y yo tengo el control de su estadía; ella va a estar bien mientras tú cooperes con nosotros. Luego de unos meses renunciarás y mi hija, por ser tu esposa, te representará en la titularidad de las acciones que obtuviste con tu nombramiento hasta que pueda arreglarse lo del divorcio. Pero no te preocupes ―agregó con sarcasmo—, se te dará una buena indemnización que te permitirá vivir sin problemas».

Y así fue que llegué hasta este punto, vivo bien, la salud de mi madre es estable. Me dieron una jugosa indemnización que invertí en una tienda de ropa deportiva. Ahora escribo. Mis experiencias me han servido para contar historias. Hay una mujer que vive en mi edificio, es joven y suele coquetear conmigo. Me pregunto si lo que le atrae es mi estilo de vida; esta mañana vino hasta mi puerta, llevaba un polo escotado que exhibía unos pechos generosos; me pidió café, se lo di por supuesto y me dijo que me esperaba esta tarde para tomarlo conmigo, como cada semana.