miércoles, 9 de noviembre de 2016

Un camino al retorno

Eliana Argote Saavedra


Invierno.

Es tan agradable estar cerca del volcán, aún los adolescentes abandonan su apatía habitual y se escapan a los alrededores para tener citas románticas al final de la tarde, allí se quedan hasta que la luz de la luna se mezcla con el tono azulado de la fumarola, y las partículas ascienden danzando en ese cielo hecho de humo.

Un ambiente romántico para ellos sin duda, pero no para mí que no podía estar más alejada de tales cursilerías. Fui contratada por una televisora que producía reportajes en zonas poco frecuentadas con la finalidad de descubrir nuevas rutas turísticas. Desde que el avión comenzó a descender noté la masa homogénea de un tenue color azul aflorando del volcán. Era hermoso ciertamente, pero mi pensamiento estaba fijo en el rostro de Ricardo, en aquellos brazos fuertes levantándome como si fuera de viento, la cercanía de su  aliento tibio en mi cuello, su voz grave. Estaba decidida por fin a establecerme, esta vez se lo diría. Cierto es que durante años me negué la posibilidad de unirme a un hombre y formar una familia, o lo que la sociedad describe como tal, sé que soy difícil pero he sabido adaptarme a todo; además, qué tan complicado puede ser compartir la vida con alguien, especialmente si esa persona sabe hacerte sentir bien. Y como reza aquel dicho popular, si la vida te da limones debes hacer limonada, y la vida me había dado no limones sino una dulce copa de vino, solo debía tomarla, llevármela a la boca y disfrutar su sabor. Sí, él era esa copa de vino dándole a mi rutina el delicioso sabor del disfrute. Lo tomaría, este era el momento. Me lo dije a mí misma el día que recibí aquella llamada. La verdad es que hubiese preferido mantener mi ritmo de vida como hasta ahora pero, ¡qué se le hace!, cometí un error mínimo, responder la llamada de un celular desconocido, y ahora parece que estoy condenada a echar raíces.

Una voz anuncia desde el alto parlante que el avión está a punto de aterrizar, «deben mantener los cinturones abrochados». Alicia mira por la ventana, el extenso valle aparece como un lienzo de ensueño: los sembríos con ese aspecto de tapiz a cuadros, una cumbre nevada asomando por entre los montes pelados que circundan la ciudad, las casas distanciadas unas de otras, los animales pastando. El rostro de Alicia de pronto se torna serio, siempre le ocurre lo mismo cuando está llegando, ese panorama hace aflorar los recuerdos infantiles, tal vez por eso se siente en casa y tal vez también por eso, cada vez siente la necesidad de huir, huir tan pronto como pueda, tal como lo hizo a los dieciocho, dejando a los padres tan elegantes y orgullosos con la pequeña beba en brazos, apenas concluida su ceremonia de graduación de la universidad, listos para la foto; ni siquiera la sonrisa de la rolliza niña de seis años que despertaba en Alicia una ternura infinita la hizo desistir, huyó con la convicción de que la imagen que intentaban mostrar sus padres era una farsa, de saber que al llegar a casa volvería a instalarse el silencio en la mesa, ese silencio ensordecedor lleno de reproches en la mirada de la madre, de indiferencia en el gesto adusto del padre, de discusiones en voz baja, huir de ese ambiente que la había asfixiado desde niña. Nunca pudo borrar de la memoria el rostro materno intentando cubrirse los golpes, la imperdonable sumisión al atender al padre por las mañanas, los vasos de licor ocultos, su sonrisa, y los ojos brillosos que la transformaban en una triste mueca, el aliento alcoholizado mal disimulado con enjuague bucal, las lágrimas maquilladas, la forma en que miraba a ese hombre, como si fuese un trofeo difícil de alcanzar.

Una asistente de vuelo se le acerca, «señorita, ¿se encuentra usted bien?». «Sí, claro», responde Alicia extrañada por la pregunta, pero luego se da cuenta de que todos han descendido excepto ella. Le sonríe avergonzada. «Lo siento, me distraje», dice, y baja del avión.

Pasar por el túnel hacia la sala de embarque, gente apurada, ansiosa, personas que van de un lado a otro por negocios, muchachos uniformados levantando carteles con los nombres de los pasajeros. Alicia busca algo con insistencia, ¿acaso no vendrá? Mira la hora en el celular, el avión ha llegado a tiempo, está segura de haber enviado un correo electrónico a Ricardo avisándole de su llegada. La maleta aparece, la coge y comienza a caminar. Se acerca a un asiento para quitarse la casaca y al girar levemente para retirarse la manga, siente el calor de un cuerpo junto al suyo. Unos brazos la sujetan por la cintura, y todos los músculos tensos entran en estado de relajación. No opone resistencia. Un aroma a madera inunda las fosas nasales y esa voz que conoce tan bien: «Me hiciste falta», dice, y su cercanía le produce un estremecimiento al que todo el cuerpo responde. Él le besa la mejilla muy cerca de la boca y se aleja antes de que la muchacha pueda responder, siempre lo hace, siempre la provoca, toca con los labios la punta de su oreja, y de pronto, así sin más, sin darle tiempo a que piense, la voltea para apretarla entre sus brazos y Alicia no puede evitar que el mundo desaparezca mientras hunde la mirada en el brillo azul de sus ojos.

Ir a un cuarto de hotel, amarse intensamente, acampar de noche junto a un arroyo, conversar de los cambios en la ciudad, retarse mirada con mirada como si fuera la primera vez, hablar de los proyectos turísticos, saborear unas copas de vino y por fin caer rendidos uno al lado del otro buscándose, amándose otra vez hasta quedar dormidos, hasta que el primer rayo del día los despierte para huir luego, antes que se instale entre ellos la situación incómoda de compartir el desayuno y afrontar la cotidianeidad, pero esta vez es diferente, Alicia quiere decirle lo que ha decidido, se quedará por fin a su lado, buscará a la hermana, echará raíces, le contará de aquellos episodios que tanto le duelen, se abrirá por fin y le permitirá a él también que le cuente quién es. 

Se conocieron, por casualidad en el segundo viaje que hizo a aquel pueblo, cuando el guía que la acompañaría había caído enfermo y no encontraron a nadie que lo supla, Ricardo, quien trabajaba de mensajero para la compañía local, se ofreció a llevarla. 

Alicia subió al bus que la llevaría al pueblo y lo vio en el último asiento, llevaba una casaca naranja que acentuaba su piel blanca, tomaba un mate mientras contemplaba el paisaje a través de la ventana, algo en ella lo impactó porque se llevó mecánicamente el vaso a la boca y se quemó, la joven estaba cerca y rio divertida exhibiendo un par de hoyuelos en las mejillas y acentuando las líneas rasgadas de sus ojos, al notar que había sido culpa suya, se ofreció a ayudarlo mientras lo observaba fijo. Él volvió a sentarse y tuvo que voltear el rostro para escapar de esa mirada penetrante que parecía retarlo. «No, gra… gracias», dijo mientras se preguntaba cómo podía esa figura pequeña y frágil derrochar tanta seguridad.

Bastó ese encuentro, a partir de entonces y mientras duró el viaje de Alicia, no volvieron a separarse, se retaban constantemente en todo, quién conoció más lugares, quién corrió más peligros, quién llegó más lejos, incluso en cosas tan triviales como quién tomaba el café más negro o quien podía contener más tiempo la respiración, y ese constante enfrentamiento era aún más evidente cuando estaban a solas, lo que les servía de aliciente para coquetear y hacer de cada encuentro una nueva aventura, no ocultaban la relación que mantenían pero había un acuerdo tácito entre ellos, jamás hablaban de sus vidas, ella solo sabía de él, que trabajaba temporalmente en la agencia, en un puesto para el que se encontraba sobre calificado y que viajaba mucho, que cambiaba constantemente de trabajo y de domicilio, era como una hoja al viento; Ricardo en cambio, jamás se preocupó por saber nada de Alicia, era la mujer perfecta, quien sabía disfrutar sin ataduras ni preguntas, la primera vez cuando se despidieron se dijeron adiós, sabiendo en el fondo que volverían a encontrarse pero sin hacerse ningún tipo de promesa. 

La llamada que recibió Alicia semanas atrás la había obligado a pensar en la vida solitaria que llevaba, alejada de sus raíces y sin familia. Fue en el centro de Lima, un lunes por la mañana, un día más de investigación para iniciar un periodo de reportajes que la trasladaría prácticamente por todo el mundo, estaba en el banco y debía llenar un formulario. La funcionaria que la atendía recibió el formato y le regaló una amplia sonrisa. «Está usted de cumpleaños», dijo. Ella cogió el papel y confirmó que ese era el día en que cumplía treinta y ocho años. «Sí, así es», respondió, intentando ocultar su sorpresa por no haberlo notado, y es que hacía mucho tiempo esa fecha no tenía ningún significado, no porque no le importara, cuanto por haber resuelto vivir cada día como un día especial. Iba de salida cuando el celular comenzó a vibrar, esperaba una llamada del agente de viajes así que apuró el paso, cuando estuvo fuera del recinto verificó el número, era desconocido, iba a guardarlo cuando nuevamente entró una llamada, esta vez respondió.

—Alo, señorita Sifuentes, necesito ubicar a la señorita Sifuentes

—Sí, soy yo, ¿quién habla?

Se produjo un largo silencio pero mientras esperaba respuesta una inexplicable ansiedad comenzó a invadirla. La voz sonaba apagada y solemne, lo que le indicó que se trataba de una mujer mayor, una mueca de fastidio se dibujó en su rostro, conocía esa voz, la remitía a un lugar de la memoria que a la vez despertaba sentimientos de temor y rechazo.

—Soy tu tía Jesús —dijo una mujer quebrando el silencio—. Necesito hablarte.

Esta vez fue Alicia quien quedó en silencio por un intervalo.

—¿Tía? —Intentaba ponerle imagen a la voz al otro lado de la línea pero algo en ella se rebelaba. «¿Por qué respondí?», se preguntó e intentó recomponerse.

—Dime, tía —contestó secamente pero luego respiró hondo —cuánto tiempo ha pasado, ¿está bien mi madre?, ¿cómo estás tú? —esta vez intentó adornar la voz con un toque de dulzura.

—Sé que no te importa cómo está tu madre y mucho menos cómo estoy yo, te juro que hubiera preferido no llamarte pero no me quedó otro remedio así que vamos al grano.

Alicia movió la cabeza. «Ahora sí te reconozco», pensó mientras el recuerdo de la última vez que se vieron volvía, la tía Jesús, la hermana de su progenitora, quien le dio una bofetada el día que se marchaba de casa mientras le gritaba que era una desagradecida, una mala hija por dejarla, que nunca le importó nadie excepto ella. Aquella vez Alicia no se atrevió a decir nada, recibió la bofetada en silencio aunque por dentro sentía que la odiaba, esa mujer no sabía nada, no sabía de las veces que le pidió a la madre que se divorciara y que un día ese hombre la escuchó y la agarró a golpes, que su progenitora prefirió llevárselo a la habitación de ambos y no fue capaz de defenderla, que le echaba la culpa por ponerlo de mal humor, no, las cosas no cambiarían, sabía que era un estorbo para ambos y aquel estilo tan peculiar de vida que llevaban, por eso se iba, la beba sí era hija suya, por eso no se atrevería a lastimarla; la tía Jesús no tenía ningún derecho entonces y no tenía ningún derecho ahora, esa familia estaba enferma, tenía que huir de allí.

—Bueno, vamos entonces, dime por qué estas llamándome.

—Tu madre ha muerto y tu hermana, necesita que la apoyes, he estado rastreándote desde hace tiempo, recién ahora…

—¿Mi madre?, ¿muerta? —Interrumpió Alicia —pero, ¿cómo?, ¿qué pasó?

—Tu hermana ha comprado un pasaje para darte el encuentro, ya te contará todo, debe estar llegando el quince de este mes a Lima, tiene tu dirección, espero que no sigas siendo tan indiferente.

—Pero yo no…

No pudo concluir la repuesta porque la llamada se cortó pero eso era lo menos importante, su madre muerta, un peso imaginario se posó repentinamente en brazos y piernas, ¿no le dolía la noticia?, ¿acaso tenía una piedra en el pecho?, no, no le dolía, eso fue lo que se repitió varias veces en silencio, ahora realmente estaba huérfana, el solo pensar en aquella palabra le produjo una sensación de carencia aunque la imagen de la mujer que le dio la vida apareciera difusa en su mente, intentó borrarla y con ella la culpa por haberla dejado, tal vez lo consiguió, pero, entonces por quién escapaba esa lágrima tan dolorosa que parecía haber bloqueado la respiración, salió a la calle, afuera, un golpe de viento le refrescó la cara y recordó a Jimena, la beba, ahora solo se tenían una a la otra y ella tal vez había encontrado su norte. El día estaba claro, los autos pasaban y Alicia sonrió serena. 

Lima

Calle 48, el jirón por el que era una delicia caminar a las seis de la mañana, cuando el cielo acababa de aclarar, el mismo trayecto de las últimas semanas, el azul intenso que iba tornándose ligero al recibir la luz del día, la ciudad despertando, rostros aún adormilados, eran sus últimos días antes de ir al encuentro de Alicia. Se bajó varias cuadras antes para disfrutar de ese breve instante como cada mañana, un poco de garua, calles limpias de smoke y de esa vida urbana que a veces la aturdía tanto, era la mejor hora mientras iba lento, atesorando cada respiro, esa mañana nada era diferente excepto la intensa calma, una calma que sin embargo parecía aprisionarla, «tonterías de mi cabeza», pensó, disfruta Jimena, respira, escucha esos tonos de notas extendidas, saxofón, trompeta, a veces un poco de piano y las menos de las veces incluso una voz algo grave, algo reflexiva, cantando en un idioma extranjero que combina tan bien con el aroma de café recién pasado y tus ganas de dejarlo todo atrás .

Los últimos meses Jimena había decidido tomarse la vida con más calma, la enfermedad de su madre la sumió en una gran tristeza, desde que el padre se marchara las dos se volvieron confidentes, la muchacha escuchó a aquella mujer arrepentirse de haber sido tan distante con Alicia, de haber puesto siempre al marido por encima de la hija por temor a perderlo, que no supo protegerla de la indiferencia de aquel hombre, la escuchó en silencio y se conmovió con las lágrimas que derramó. Aprendió en medio de esas confesiones a aceptar que hay hechos que no se pueden cambiar, esto la ayudó a reconocer el inevitable final de su matrimonio, el esposo, veinte años mayor representaba al padre que no tuvo porque la indiferencia con que trataba a la hermana se extendió a ella ante el temor de que tampoco fuese su hija, aceptó que el hombre que desposó estaba cansado de su dependencia y falta de ambición, de su carácter quejoso, entendió que tampoco lo amaba, que la relación se había enfriado y que ya no quedaba nada entre ellos. Se separó y la única meta luego que la madre murió era reunirse con Alicia. 

Una paloma que se rehusaba a levantar vuelo la hizo detener el paso. Los escaparates anunciaban liquidación de temporada, la luz violácea y parpadeante de una de las tiendas le daba un tinte de misterio a aquella mañana gris, todo estaba bien, todo, excepto porque jamás encontró tanta gente a esa hora, un hombre de unos cincuenta años en ropa deportiva que parecía esconderse tras una columna mientras observaba la entrada de un hotel, más allá, fumando y con la mirada perdida, otro hombre más joven, treinta y cinco años tal vez, caucásico, de aspecto desaliñado, retrocedió al tiempo que ella pasaba, hubiera jurado que se ocultaba, unos pasos delante una mujer de unos veinte años con jeans, zapatillas y audífonos, también observaba la entrada del hotel. «Oh», pensó Jimena. «Un triángulo amoroso tal vez, alguien acechando a dos amantes». Continuó distraída mientras su figura delgada se reflejaba en las vitrinas, de pronto vio una hermosa cartera que exhibía el precio rebajado y se quedó observándola. En ese instante, una sombra cruzó por detrás, era la misma mujer que había visto en la avenida.

Horas más tarde.

¿Dónde estoy?, me duele todo el cuerpo, ¿está usted bien? Me pregunta una muchacha de blanco, ¿puede hablar? Quiero moverme, un dolor muy fuerte me lo impide, a lo lejos diviso un cartel que dice “urgencias”, ¿qué ha pasado?, pregunto a la enfermera, quien me empuja suavemente obligándome a recostar la espalda, no se levante, me dice, puede tener alguna herida interna, ¿qué pasó? Insisto. Un asalto, dice, una bala la alcanzó, la encontraron debajo de un monton de vidrios, parece que con el impacto usted cayó contra la vitrina y la alarma se activó, la policía acudió enseguida, pero le repito, tuvo suerte, el vidrio era de ese que no se astilla.

Pueblo

Alicia acaba de despertar, Ricardo no ha vuelto, han pasado cuatro días desde la última noche que estuvieron juntos, se ha marchado como siempre, tal vez no vuelva a verlo por un tiempo, pues bien, la confesión tendrá que esperar hasta el próximo viaje, tal vez cuando nos encontremos ya haya encontrado a Jimena, por fin conocerá a esa muchacha alegre e infantil de cabellera rojiza y ojazos redondos que parecen de caricatura, sé que la querrá tanto como yo, era tan cariñosa, ¿seguirá siendo como antes?, espero que la vida no la haya cambiado. Enciende el televisor, noticias policiales, cambia de canal, las mismas noticias de siempre, siguiente canal, un cuerpo que es evacuado, sangre por doquier, estoy cansada de lo mismo, piensa, otro canal, igual, guau, este país no cambia, reflexiona con rabia, violencia y más violencia, por qué tienen que llenar los noticieros con sangre, va a apagar el aparato pero se equivoca de botón en el control remoto y enciende la bocina que estaba bloqueada, es Lima, el jirón 48, dice la locutora a través de la pantalla, presta atención, es la hermosa alameda por donde suele ir de vez en cuando a tomar café en uno de los negocios con mesas al aire libre, pero si es cerca del trabajo de Jimena, reflexiona, lo sabe porque se han comunicado, conoce su situación actual, está a punto de renunciar para reunirse con ella, de pronto se encuentra dando vueltas de aquí para allá, debe averiguar, las noticias se actualizan, están dando el reporte de las víctimas, Alicia presta atención hasta que de pronto escucha un nombre conocido, Jimena Sifuentes, ¡no!, dice cogiéndose la cabeza, no puede ser, cambia de canal, necesita confirmar la noticia pero nada, llama a Lima, se contacta con unos amigos, espera, se come las uñas, recibe una llamada y al responder, la taza de té que lleva en la mano se le cae, coger una maleta, una mochila, lo que sea, de pronto está en el aeropuerto, ha comprado un pasaje, llegará apenas en cuarenta minutos. 

Lima

Alicia está en el hospital, acaba de ver a Jimena, las noticias no son alentadoras, una herida interna ha agravado su condición que parecía ser buena, sale del hospital, enciende un cigarrillo y se acuerda de que no dejó ni siquiera una nota para Ricardo, pero eso tendrá que esperar, piensa, la hermana ha ingresado al quirófano, lleva esperando media hora, le han dicho que no podrá ver a Jimena hasta dentro de otra media hora, qué hacer, camina de un lado a otro, sale, enciende otro cigarrillo y ve a cierta distancia un puesto de periódico, el titular de un diario, se acerca, “han atrapado al autor del asalto en el jirón 48, una de las tantas cámaras de la galería lo ha grabado, es un hombre de tez blanca, 1.80 centímetros de estatura, contextura atlética, ojos azules, no llevaba documento de identidad, ha sido ingresado a la carceleta junto a otras cuatro personas que merodeaban la zona esa misma mañana, se teme que la víctima que recibió el impacto de bala fallezca, los médicos dicen que su estado es delicado”

Carceleta del poder judicial.

Alicia espera poder ver a Ricardo, tiene que comprobar que se trata de él, entender, escucharlo, debe ser un error, pero, ¿qué hacía allí?, ha pasado casi una hora desde que llegó cuando sale el abogado, luce confundido, señorita Sifuentes, el reo ha sido herido con arma blanca, no me dan más información, ha sido ingresado al hospital, dicen que ha perdido mucha sangre. Alicia se traslada al hospital en compañía del abogado, es el mismo nosocomio donde está Jimena, las horas pasan lentamente, ha preguntado por la salud de Ricardo, él y su hermana están en cuidados intensivos al igual que sus planes. Se deja caer en un sillón, maldito tiempo, piensa, maldita vida. 

Tres meses después.

Cielo grisáceo de nubes ralas, respirar, dar un paso a la vez, dejar atrás la imagen que colma mis sentidos, aquellos ojos azules, más azules que el manto que cubre esta parte del mundo, su última mirada clavada en la mía, el último aliento exhalado en silencio, su mano aferrándose a mi mano, mi mano soltándola con desdén, mi destino alejándose de  él.

Así comienza mi viaje, atrás quedan los planes como la casa vieja de pintura gastada de mi infancia y el árbol deshojado, la calle empinada, los años vividos apenas, la foto de Jimena en el bolso y la de él en el alma, no sé qué me espera, tal vez el silencio y la soledad, tal vez una  nueva oportunidad.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Inspiración peligrosa

Rocío Ávila


La biblioteca es la habitación más grande de la casa y siendo, como era, propiedad de la familia Domínguez es mucho decir. Tenía una altura de poco más de cuatro metros donde los libreros cubrían los muros de piso a techo. El único claro que existía era el vano de la puerta. El acceso con forma de arco enmarcaba, con aplicaciones de cantera rosa, una puerta de madera maciza, entablerada, que emitía un suave crujido cuando se abría o se cerraba. El techo, con sus vigas de madera, delataba la edad de la construcción, un dato que el piso cubierto con losetas de cerámica, de diseño contemporáneo, intentaba ocultar.

Junto a la mesa central se encuentra el señor Héctor, como le llamaban en el pueblo. Es un escritor que ha conocido el éxito desde temprana edad. Hoy, a sus cincuenta y cinco años, está en un sitio privilegiado dentro de la literatura. Cuando le preguntan sobre sus triunfos asegura que son golpes de suerte que ha sabido aprovechar. Observa con mucho cuidado el entorno. Todavía recuerda cuando compró, junto con su esposa, los sillones que acompañan la mesa de centro con la lámpara de estilo clásico. Ahí pasaron horas juntos, riendo, leyendo, conversando. Eran la pareja perfecta o al menos eso parecía. No tuvieron hijos y aunque se rumoraba que la señora anhelaba tener críos en realidad nadie lo sabía con certeza. Nada parecía empañar la felicidad de esta pareja hasta este momento.

Doña Chelo había vivido con la familia Domínguez por cuarenta y cinco años. Ahora, a sus más de setenta años veía a su patrón como a un hijo. Se encontraba afuera de la biblioteca ante la disyuntiva de entrar y confesar lo que sabía o guardar silencio. Con mucho cuidado pegó la oreja a la puerta para ver si alcanzaba a escuchar algo. Inútilmente porque el grosor de la puerta y su incipiente sordera le impedían percibir algún sonido.

Héctor miraba el anaquel que quedaba justo a la altura de sus ojos. Ahí estaba una copia de cada uno de sus libros. Las historias le recordaban de qué manera había muerto su anciana madre mientras dormía y cómo nadie sospechó nunca qué alguien le hubiera inyectado alguna sustancia letal. Estaba también la narración inspirada en el accidente automovilístico de su coetáneo; con el camino tan accidentado y el estado alcohólico de David al salir de la fiesta navideña de la familia Domínguez y subir a su auto, a nadie le sorprendió que se hubiera ido directo al barranco. Nadie se extrañó ni revisó el vehículo como para descubrir que los frenos estaban alterados por la mano del hombre. Así cada una de las aventuras que ahí se relataban, inspiradas en los sucesos que la vida “ponía” a disposición del aclamado narrador.

Hacía varios años que la inspiración para escribir lo había abandonado. Su pareja, su musa según creían los que los conocían, con el tiempo se fastidió de soportarlo y cumplirle sus caprichos. El más difícil era fingir que se amaban más que el primer día. Tras sufrir tres abortos y varios tratamientos fallidos el doctor le explicó que cada día se alejaba más de poder tener un hijo. Nada la retenía junto a Héctor, pero no quería irse con las manos vacías y él se negaba a darle un peso si lo abandonaba. Los problemas se fueron sumando para el literato. Perdió toda creatividad y su señora siempre dispuesta a aportar ideas durante los primeros años de matrimonio le había retirado el apoyo incondicional que usualmente le daba. La expectativa de la gente por la siguiente obra y su amor a la gloria lo hacían sentirse cada vez más impotente y presionado.

La solución a sus problemas inició un día cualquiera, cuando su padrino fue a visitar a la madre de Héctor. La reunión parecía marchar bien hasta que se enteró que este hombre debía a su progenitora grandes cantidades de dinero, mismas que no pensaba pagar. Frente a la anciana guardó silencio, pero cuando lo acompañó al auto, en la entrada del amplio terreno donde se encontraba la casa, empezó a exigirle el pago al visitante. Era un hombre mayor que no estaba preparado para una pelea física. Sabiendo de esta desventaja, Héctor comenzó a darle ligeros golpes en el pecho. Primero con la punta de los dedos y después con la palma de la mano. El final llegó cuando el deudor perdió el equilibrio, cayó al piso y se golpeó con una piedra en la cabeza. Héctor se quedó mirando sin hacer nada; dejó desangrar poco a poco a su víctima. Cuando giro el cuerpo para volver a la casa se sobresaltó al descubrir a Chelo mirándolo con los ojos desorbitados. Con todo el cariño que le tenía caminó hacia ella para abrazarla, la hizo girar sobre sus talones y la llevó a la cocina. La sentó con cuidado y le preparó una taza de té. En silencio observó como la sirvienta tomaba su bebida en pequeños sorbos y poco a poco fue recuperando la serenidad. Acabó la infusión, dejó el recipiente sobre el plato y sin más solo dijo «no te preocupes, mi muchacho, nadie sabrá esto».

Fue casi mágico. Apenas se fueron los policías que participaron en levantar el cuerpo y se recuperó la tranquilidad, una lluvia de ideas brotó en la cabeza del conocido autor. La historia de un anciano tramposo que estafó a cuantos conoció y que recibe su merecido en el último capítulo se volvió un éxito inmediato; “esa maestría con que escribía corroboraba su prestigio” decía la crítica menos amable.

Héctor quedó enganchado para siempre con su nueva fuente de inspiración. Doña Chelo le ayudó, sin el menor reproche, a cubrir las apariencias y él la cuidaba como si fuera su mamá. Ahora, en medio de la perfecta biblioteca el novelista estaba a punto de ser descubierto. Carolina, ajena a las actividades de su marido, había sido asesinada, tan brutalmente que ni el más tonto lo hubiera dado por incidente casual.

Conoció a Carolina cuando estaban acabando los estudios universitarios; él, Filosofía y Letras y ella, Relaciones Internacionales. Caro, como la llamaban sus amigos cercanos, tenía un futuro brillante. Naturalmente sociable e interesada en los conflictos del mundo se sentía como pez en el agua en su entorno estudiantil y en las actividades propias de su formación profesional. Era una muchacha delgada, con cara ovalada y ojos grandes. Tenía unos labios que, dispuestos a formar una sonrisa a la primera oportunidad, eran su mayor atractivo. Llena de vida e ilusiones estaba dispuesta a labrarse un gran futuro, pero manteniendo en mente que su prioridad personal era tener hijos.

Héctor y ella salieron por seis meses antes de que él se le declarara formalmente. Esta relación traía consigo no solo a una compañera apreciada por la comunidad sino el contacto con gente ubicada en un círculo social mejor al que él frecuentaba. Los primeros años de matrimonio fueron como los soñó. Gracias al trabajo y a los contactos de su cónyuge conoció gente importante que celebraba su naciente éxito literario como propio. En esos días Carolina estaba feliz; sus sueños se veían realizados con su primer embarazo. Fue una situación complicada ya que la dulce espera tuvo todo menos dulzura. Tras varios problemas de salud durante el embarazo, perdió al bebé a los cinco meses de gestación. Parte de la receta médica fue reposo para el cuerpo y tranquilidad para el alma. Las indicaciones se siguieron al pie de la letra, al grado que Carolina renunció a su empleo para irse a vivir con su suegra. Ella habitaba la casa de campo que la familia Domínguez no muy lejos de la ciudad. Héctor la acompañó sin quejarse pensando que en poco tiempo estarían de vuelta en la ciudad.

Conforme avanzaban los meses y el retorno se veía cada vez más lejano, la distancia entre los esposos también empezó a crecer. Ahora, tras años de frustraciones personales Héctor se sentía exaltado de nuevo. En él luchaban sentimientos muy diferentes: el amor que alguna vez sintió por esa mujer, la dicha de haber acabado con un matrimonio que no toleraba más y el entusiasmo de sentarse a escribir todas las ideas que bullían en su mente. Este libro sería su obra cumbre. Lo sentía, estaba seguro.

El jefe de policía sabía que el asesino era el esposo. Las puñaladas en el cuerpo demostraban que se trataba de un crimen pasional. No se compraba la historia del matrimonio perfecto, después de todo, la gente habla y él era bueno escuchando. Sospechaba del hijo predilecto del pueblo pero nadie parecía darse cuenta de la gravedad de los hechos, preferían vivir felices y orgullosos de tener a una celebridad entre ellos. Por fin tenía armado el caso, pero necesitaba el arma homicida para asegurarse de que Domínguez acabara en la cárcel. Pidió una orden de cateo para revisar la casa del sospechoso y no había encontrado nada.

Chelo se atrevió a entrar sin tocar. Cuando abrió la puerta el crujido no molestó a Héctor. Prendió las luces y el candelabro que colgaba del techo iluminó el cuarto de manera majestuosa. ¡Qué hermoso espacio era ese! Héctor miró a su cómplice y torció la boca a modo de sonrisa.

—¿Sabes? Ya me tenía harto. De haber sabido lo fácil que me resultó matarla lo hubiera hecho desde antes.

—No diga eso, señor Héctor —dijo la testigo con voz suave, como si hablara con un pequeño.

—Es la verdad. Solo una cosa me incomoda. Tengo el estómago revuelto y siento un nerviosismo inusual. No puedo salir de aquí porque perderé el control de mí mismo.

Los dos guardaron silencio por un momento. Se observaron mutuamente por lo que pareció poco tiempo. El ruido de un coche los trajo a la realidad. Doña Chelo salió a ver quién era, él se quedó parado donde estaba.

Doña Chelo poseía la figura propia de la gente del sur del país: de estatura baja, cara redonda, tez morena curtida por el sol y el cabello largo trenzado alrededor de su cabeza. Contaba con la sabiduría de la gente que ha recorrido una vida difícil y la lealtad de quien ha recibido cariño y atención, por décadas, de gente que no es su familia de sangre, pero ha estado ahí para ella. Nunca tuvo hijos y siempre se sintió feliz con el amor que le prodigaba el único vástago del matrimonio Domínguez, cuando este llevó a su joven esposa a vivir con su madre y en consecuencia con ella, las cosas mejoraron. Vivía en un sueño que lentamente se transformó en pesadilla.

Con embarazos fallidos y frecuentemente aparentando ser feliz, Carolina se fue amargando y tratando con desprecio a la gente que convivía con ella en el día a día. Las sonrisas falsas eran para las visitas, para los demás había gestos de desprecio y malos humores. Para todos menos para la anciana empleada. Chelo consoló y acunó a la madre frustrada más veces de lo que hubiera querido. Se convirtió en la consejera y la amiga que su patrona necesitaba. Lo más singular fue que nadie parecía notar esta cercanía entre ellas o al menos nada se dijo al respecto. Perder a Carolina fue más doloroso de lo que alguna vez creyó y se encontraba atrapada entre el cariño hacia ella y el afecto odio que sentía hacia Héctor.

Un gran bullicio se escuchó en la puerta. Era el jefe de policía que venía a arrestarlo. Cuando entró de manera brusca a la biblioteca, Héctor se mantuvo firme en su sitio.

—Héctor Domínguez, queda usted detenido por el asesinato de su mujer.

—No tiene usted pruebas.

—Las tengo. Esta vez no tiene escapatoria.

Héctor buscó a su fiel sirvienta con la mirada, pero no la encontró.

—¿Puedo saber de qué pruebas habla? —dijo en tono sorprendido el acusado.

—Me refiero al cuchillo con que la apuñaló.

—Usted no tiene nada —dijo en medio de una risa burlona.

—Lo tengo, Domínguez, lo tengo.

Mientras hablaba se dirigió al estante donde se encontraban las obras que tanto mérito habían ganado a su creador. Sin la menor delicadeza sacó los libros de su lugar para dejar al descubierto una pequeña caja fuerte. La abrió como si lo hubiera hecho toda su vida y con sumo cuidado sacó una pañoleta manchada de sangre que envolvía un cuchillo de cocina. «¿Lo ve? Yo no miento», fue lo último que Héctor alcanzó a escuchar antes de que dos policías lo esposaran.


Mientras lo llevaban a la patrulla Héctor se sorprendió de sí mismo al notar que el malestar físico y la angustia habían desaparecido. No abrió la boca mientras encendieron el auto y se encaminaron al acceso para salir de la propiedad. Cuando se acercaron a él, el conductor bajó aún más la velocidad. Ahí, junto al camino estaba la mujer que lo había acompañado por más de cuatro décadas. Encorvada, con las manos juntas estrujadas entre sí solo atinó a murmurar «lo siento, lo siento» al hombre que había cometido tantas atrocidades en busca de iluminación.

La pared

Rita Mabel Figueredo


Eladio Gutiérrez abre con aire cansino la puerta de su departamento de un ambiente pasadas las nueve treinta. El tren se retrasó otra vez, y el trayecto de más de una hora -después de un largo día en su cubículo de vidrio, sellando formularios y contestando las mismas preguntas de siempre-le dejó apenas la energía para llegar arrastrando los pies.

El vaho a humedad y encierro lo recibe. Corre las cortinas que heredó de su madre, abre una ventana, riega la única planta que aún sobrevive y, mientras calienta en el microondas la porción de tarta de cebolla que sobró del día anterior, enciende el televisor, se afloja la corbata y se quita los gastados mocasines marrones para calzarse las pantuflas.

Oye en  el pasillo a la encargada que recorre los pisos increpando a los morosos. Grita muy cerca:

«¡Úrsula! ¡Sé que estás ahí! ¡Si no tenés la plata para el lunes entro y me llevo lo que haga falta para cubrir la deuda!»

Baja el volumen del noticiero, no le interesa enterarse de todo lo malo que pasa en el mundo relatado por la voz de barítono del locutor, cuando puede verlo claramente desde su ventana. Solo quiere esperar el inicio del programa de preguntas y respuestas que mira cada viernes.

A través de la delgada pared medianera, le llegan con claridad los acordes de la canción de cuna que, con voz desafinada canta Úrsula, su vecina del departamento efe. La melodía se detiene cada tanto, para intercalar ruegos, halagos y amenazas. La mujer suplica al bebé que duerma, pero no parece dar resultado. La criatura chilla con energía, tapando los acordes de la nana.

El programa comienza y Eladio eleva el audio para entender las presentaciones mientras se instala a comer su cena.

Apunta con prolijidad en un cuaderno de hojas cuadriculadas los nombres de cada participante. Como parte del ritual, elige un favorito. Se inclina por Alberto, dentista, cincuenta años, que ha pasado invicto las tres rondas anteriores.

El ruido del aparato no logra tapar los sonidos del departamento contiguo. Parece que el niño finalmente se ha dormido. Úrsula camina por la casa. Sus zapatos de tacón retumban sobre el piso. Eladio cierra los ojos, y reconstruye en su imaginación el recorrido: cierra la puerta de la habitación que comparte con su hijo, va a la cocina, lava los biberones y el pote de la ensalada que comió para la cena, abre el refrigerador, toma una cerveza helada y se sienta frente a la ventana a fumar. El humo entra por las fosas nasales de Eladio a través del tragaluz. Inspira satisfecho. Cuando termina el cigarrillo Úrsula se saca la ropa. Se cubre con un bata de seda, sostenida al frente solo con un lazo. Eladio siente casi el roce leve de la tela sobre la piel, vislumbra los pechos blancos y llenos de Úrsula queriendo escapar hacia la libertad del escote. Los pasos se hacen suaves, como si llevara ahora los pies descalzos.

En este punto, Eladio tiene varias versiones de la misma fantasía.

Está seguro del contenido de la cena, de la cerveza, del biberón, de la bata. Las veces que revisó la basura del departamento efe, siempre encontró los mismos restos y la bata la vio varias veces secándose al sol los días de colada.

Pero no sabe qué hace la mujer después. Algunas veces, construye la imagen de su vecina acostándose desnuda, su cama de sábanas blancas humedeciéndose lentamente, porque, intranquila, sueña con él. Otras, la imagina en la ducha. Es él quien acaricia su espalda con una esponja empapada en jabón perfumado.

Cuando nota que se está excitando, respira profundo, varias veces, para calmarse. No quiere perderse la ronda de preguntas de cultura general. Se concentra en la pantalla. Su favorito responde sin dificultad el nombre del filósofo griego que introdujo la idea de que la materia está constituida por átomos.

El departamento de al lado está silencioso. Eladio puede disfrutar de la contienda de conocimientos inútiles sin distracciones.

De pronto, el traqueteo del viejo ascensor deteniéndose en su piso lo pone alerta.

¿Quién puede ser a esta hora?

Retumban golpes en la puerta colindante.

«Úrsula, abrime, soy yo», escucha Eladio pegando la oreja a la pared. Un hombre joven a juzgar por el timbre de la voz.

No hay respuesta inmediata. Eladio se olvida de la gran final del concurso de preguntas y respuestas y recorre nervioso el reducido espacio de su departamento abarrotado.

«¿Y este quién es?».

En los seis meses que transcurrieron desde que Úrsula se mudó al edificio, no había recibido nunca visitas. Menos de un hombre.

Trata de divisar por la mirilla de la puerta la cara del individuo, pero con dificultad puede ver el lado izquierdo de su cuerpo alto y musculoso. Úrsula murmura algo que no entiende y abre la puerta.

Por algunos minutos, no capta más que chasquidos, susurros y un golpeteo rítmico.

Luego, de nuevo silencio.

Eladio permanece pegado a la pared durante mucho tiempo, esperando. Está a punto de desistir, e irse a la cama, cuando distingue las voces del hombre y de Úrsula.

Parece que discuten.

No llega a comprender el sentido de la charla, pero sí el tono. Fastidio primero, enojo después. Y algunas frases sueltas. El hombre comienza sumiso, pidiendo perdón, luego reclama, exige, protesta.

—Es tan hijo mío como tuyo.

—Debiste pensarlo antes de…

En la habitación, el niño llora.

¡Lo despertaste!

Se mezclan los berridos de la criatura, los gritos y el estruendo de muebles que se corren.

De repente un golpe seco, un alarido ahogado y cesan los sonidos, salvo el lloriqueo del bebé.

Eladio, nervioso, recorre la habitación de un lado al otro. ¿Debe intervenir? ¿Llamar a la policía? ¿Pedir ayuda? ¿Salir al pasillo? ¿Qué habrá sucedido? No se decide. Se come las uñas y espera, pegado a la medianera.

Pasos fuertes y rápidos atraviesan el departamento adyacente, como si buscaran algo. La puerta de calle se abre.

Eladio corre hacia su propia puerta, para espiar al agresor. Alcanza a verlo bajar corriendo por las escaleras con el hijo de Úrsula en brazos.

Desolado, se sienta en el suelo. No puede evitar que rueden por sus mejillas lágrimas de impotencia, de rabia, de dolor. Permanece así, hasta que el frío y la humedad le suben por la espalda. Agarrotado y triste repta hacia su cama.

Pasa el fin de semana angustiado, tendido en la habitación, sin bañarse, comiendo escasos bocados, con las cortinas corridas sufriendo por Úrsula.

Consigue dormir a base de tranquilizantes. El lunes, el sonido del despertador lo saca a la fuerza de la inconsciencia.

Se baña, se afeita, toma un café aguado y sale, todavía embotado.

Otra vez la rutina, su cubículo, sus formularios, sus pies calzados con mocasines marrones.

La piel suave de la vecina se borra de sus fantasías y su vida anodina y gris vuelve a estar compuesta de cenas recalentadas y programas de televisión.

Cuando al final de la jornada regresa al edificio, nota enseguida la agitación. Los pasillos están llenos de gente, dos vecinas lloran abrazadas, mientras la encargada es interrogada por un policía uniformado.

—Sí, sí. Con la llave maestra. Para cobrar el alquiler. El niño no está... Nunca me imaginé... —Oye que responde la mujer.

El departamento efe tiene cruzada en la entrada una franja amarilla que impide el paso de los curiosos, que se agolpan fuera tratando de obtener detalles.

Eladio apura el paso y entra a su unidad, agitado.

Solo pasan unos minutos cuando lo sobresaltan golpes fuertes en la puerta.

—Buenos días, oficial, ¿qué se le ofrece? —pregunta entreabriendo. Del otro lado lo observa serio un policía gordo, con lentes oscuros.

—Buenos días. Estamos tomando declaración a los vecinos de la occisa, queremos saber si puede darnos alguna información, si escuchó algo que pueda ser de utilidad para determinar el paradero del menor.

—¿Occisa?

—La señorita Úrsula Linares, su vecina, ha fallecido de un golpe con objeto contundente por causas que se desconocen. Se ha abierto una investigación y necesitamos contar con la mayor cantidad de datos posibles. ¿Algo que declarar?

—Este… yo… ¿Úrsula está muerta?

El policía sigue hablando, le pregunta dónde estuvo, si la conocía, si entró alguna vez al departamento de ella, si oyó algo, pero Eladio está muy lejos. Articula las respuestas en forma automática, no vio nada, no oyó nada, apenas la conocía. ¡Muerta! Eso sí que no consigue imaginarlo.

Cuando el oficial finalmente se marcha, Eladio se siente enfermo.

Su aversión natural a las complicaciones hizo que callara lo que sabe, pero ahora, se arrepiente de no haber declarado la verdad.

Se debate internamente entre llamar o no al investigador y explicarle que la noticia le impresionó tanto que en el momento no recordó la visita del sujeto.

Decide que es mejor permanecer al margen. La realidad es que no vio nada claramente.

¿Y si hubiera sido todo producto de su imaginación?

Más tarde, ya en pijamas, las imágenes del noticiero silenciado, llaman su atención. 

En la pantalla, el depósito de basura de la calle que cruza detrás del edificio, está en el centro de la escena. Reflectores, varios policías, una ambulancia, curiosos a montones. La periodista dice que encontraron el cadáver de un bebé de aproximadamente nueve meses. Eladio retrocede desesperado. La cabeza le duele como si fuera a explotarle. Cae de rodillas presionándose las sienes. Y de repente es otra vez viernes.


Eladio permanece pegado a la pared durante mucho tiempo, esperando. Está a punto de desistir, e irse a la cama, cuando capta las voces del hombre y de Úrsula. Se despiden en la puerta. Alcanza a ver por la mirilla, que su vecina tiene puesta la bata de seda. «¡Cómo se atreve! ¡Perdida!».

Espera que el hombre desaparezca por el hueco de la escalera y sale al pasillo.

Golpea la puerta del departamento de Úrsula. Esta abre casi de inmediato, sonriendo. Todavía lleva puesta la bata.

—Ah, sos vos...

Le duele el timbre de decepción, de desprecio. Ya no puede aguantarlo. Ha esperado demasiado.

—¿Quién era ese?

—¿Y a vos qué te importa?

—Basta, Úrsula, no me gusta cuando te portás así. Dejame pasar y hablemos tranquilos.

—¿Pero qué estás diciendo? Andate a tu casa por favor, mi hijo está durmiendo.

—Yo puedo hacerte otros hijos, dejalo.

La empuja hacia el departamento, tapándole la boca y cierra la puerta detrás. Úrsula intenta gritar, pero no puede. Manotea lo que encuentra a su paso, tratando de golpearlo. Eladio avanza, la besa, desliza por fin sus manos de dedos finos por el cuerpo tan imaginado.

En la habitación, el niño llora. Se mezclan los chillidos de la criatura, los gritos sofocados de Úrsula y el estruendo de muebles que se corren.

Durante el forcejeo, Eladio tropieza con un juguete tirado y en el esfuerzo por no perder el equilibrio suelta a Úrsula, que cae hacia atrás y golpea la cabeza contra la mesa de centro.

Un golpe seco, un alarido ahogado y se detienen todos los sonidos, salvo los berridos del bebé.

Eladio se desespera, camina por el departamento sin saber qué hacer. Úrsula no respira. Los sollozos del bebé le resultan ensordecedores. Ya no puede aguantarlo. Toma una almohada y la apoya sobre su cara. Presiona algunos segundos. Espera. El llanto cesa. Ahora sí puede pensar. Deja a Úrsula donde está y sale. Lleva al bebé envuelto en una manta al basurero de la cuadra. Lo deposita entre los restos de bolsas abiertas por los gatos. Lo tapa un poco, no sea que lo lastimen. En el departamento de Úrsula, acomoda el desorden. Limpia la mesa. Cierra la puerta y regresa a su casa.


Desolado, se sienta en el suelo y no puede evitar que rueden por sus mejillas, lágrimas de impotencia, de rabia, de dolor. Permanece así, hasta que el frío y la humedad le suben por la espalda. Agarrotado y triste repta hacia la cama, repitiendo una y otra vez que nada pasó, «Nada, nada, todo va a estar bien». Llega un punto en el que él mismo es capaz de creerlo.

Los secretos de mi hermana

Paulina Pérez  


Renata, Sofía y Freddy eran tres hermanos que habían quedado huérfanos en menos de un mes. La madre pierde la vida al caer por una escalinata, paso obligatorio para llegar a casa, y a quince días de haberla sepultado enterraban al padre, fallecido a causa de un accidente de tránsito. Sus padres fueron de los primeros en asentarse en aquella barriada, logrando hacerse con mucho esfuerzo de un terreno de quinientos metros cuadrados, donde poco a poco fueron construyendo la vivienda que sería la herencia que dejaban a sus hijos; al menos el techo era propio y, para gente humilde como ellos, eso era un gran consuelo.

Renata tenía veinte años, lucía una melena corta que acentuaba la dulzura de su rostro, de estatura mediana y algo regordeta. Estudiaba y trabajaba en empleos de temporada o de medio tiempo siempre que podía. Ni bien terminó el colegio consiguió trabajo en una cadena de supermercados y entregaba el salario entero a su madre para ayudar a la economía familiar.

Sofía, la segunda hermana, era muy bonita, esbelta, con una cabellera castaña oscura casi hasta la cintura a la que cuidaba estrictamente, algo introvertida, cursaba el segundo año de bachillerato cuando sus padres murieron; y Freddy el pequeño de la casa, el preferido de la madre según sus hermanas, que estaba por terminar la primaria, resultó muy afectado por la pérdida de sus progenitores. De ser parlanchín, bromista y amiguero se volvió callado y solitario, pero Renata, ayudada por la maestra, lo apoyaba permanentemente tratando de sacarlo de la profunda tristeza que lo asolaba.

Con el paso del tiempo los tres fueron superando la tragedia. Renata era la más sacrificada, madrugaba para dejar la comida lista. Iba al trabajo y regresaba a terminar las tareas domésticas, para que sus hermanos no descuidaran sus estudios.

Renata tenía un novio, Francisco, no era alguien bien parecido, pero cuidaba mucho su apariencia personal, siempre estaba impecable, al igual que su taxi, eso lo volvía interesante en relación a los muchachos que vivían por allí, que en su mayoría, se echaban al abandono. Los padres de Renata lo apreciaban mucho, habían visto su esfuerzo diario para ser propietario del vehículo con el que trabajaba y de un pequeño departamento. La fecha del matrimonio ya estaba fijada pero ante las tristes circunstancias decidieron postergarla.

Francisco dejó pasar varias semanas y volvió a proponerle matrimonio a Renata. Ella quería esperar a que Sofía terminara el colegio pero él insistió. Serían una familia de nuevo y él vería por ellos hasta que fueran independientes.

Renata quedó embarazada casi enseguida y Francisco al conocer la noticia le pidió dejar su empleo; lo que el ganaba con el taxi y la renta que recibía por su apartamento, alcanzaba muy bien para todo.

Renata estaba muy feliz, el vientre crecía, su esposo era amoroso y la llenaba de detalles, flores, chocolates, ropa para ella y el bebé. Además pasaba más tiempo con sus hermanos. Freddy iba mejorando notablemente y Sofía, aunque no decayó en los estudios, fue transformándose en alguien lejano, estaba sin estar. Ayudaba a su hermano y cumplía con todo lo que le correspondía sin dar motivo de queja alguna pero apenas ni compartía con ellos.

Los últimos meses de embarazo, Renata debió guardar reposo absoluto. El taxi de Francisco era una flamante minivan y logró un buen contrato por un mes como chofer de tres altos ejecutivos extranjeros de una importante transnacional. Salía en la mañana con Sofía y Freddy, los dejaba en el colegio y regresaba muy tarde en la noche. Renata pidió a su hermana que esperara a su esposo en la noche con la merienda. Había que apoyarlo, estaba esforzándose mucho para que nada les faltara.

Llegó el día del nacimiento de Vicente, el bebé llevaría el nombre del abuelo materno. Francisco estaba muy feliz con su hijo, le gustaba hacerlo dormir sobre su pecho. Pero empezó a ausentarse cada vez más de casa. Salía con los chicos temprano y llegaba casi a la media noche.

Una tarde Sofía le avisaba a su hermana que dos veces a la semana acudiría a una empresa pequeña en el centro de la ciudad para realizar una pasantía en el departamento de contabilidad. Era requisito indispensable para graduarse como bachiller contable.

A Renata se le pasaba el día entre el cuidado del bebé y las tareas domésticas. Se sentía muy sola. Francisco apenas le hablaba y sus hermanos estaban siempre muy ocupados. Freddy era con el único que contaba para acompañarse a la hora del almuerzo o la merienda. Sofía, cada vez más distante, llegaba y se encerraba en su cuarto. Renata estaba preocupada, no sabía qué hacer ni cómo interpretar las actitudes de su hermana, pero empezó a estar más pendiente de ella. Así fue como descubrió que se pasaba horas escribiendo en un cuaderno del que no se separaba jamás.

Era un martes cuando Sofía regresó a casa con el cabello corto, maquillada y vestida de manera totalmente distinta a como ella acostumbraba. Se sirvió un plato de sopa y se sentó junto a sus hermanos como si nada e inició la conversa. Renata no atinaba qué decir. Dos días después, muy tarde en la noche, una discusión despertaba a Renata. Francisco no había llegado todavía, intentando no ser advertida, caminó por la casa, las voces provenían del cuarto de Sofía. No imaginaba quién podía estar a esas horas en el cuarto de su hermana, el miedo iba invadiendo a Renata, al llegar a la habitación, encontró la puerta abierta y a Sofía en un rincón del cuarto abrazada a una almohada balbuceando, no se podía entender qué decía. Renata retrocedió aterrada, entró a su habitación, pasó a Vicente a su cama y puso seguro a la puerta. El tiempo se hizo eterno hasta que escuchó abrirse la puerta del garaje, su marido estaba llegando. Una vez escuchó cerquita sus pasos, quitó el cerrojo. Ni bien Francisco puso un pie dentro del dormitorio, Renata lo empujó hacia la cama y cerró la puerta inmediatamente.

—¿Qué pasa? —preguntó Francisco

—¡Habla bajo! —dijo Renata.

Los dos se quedaron un momento en silencio y entonces Renata empezó a hablar:

—Creo que mi hermana se ha vuelto loca —le comentó a su marido.

Le contó a Francisco sobre los cambios de su hermana en su aspecto y sobre como la encontró en su habitación.

Francisco se mostró muy preocupado. Un conocido de él había vivido una situación parecida con un miembro de su familia y tuvieron que recluirlo en un hospital para que no atentara contra la vida de alguien o la suya propia. Advirtió a Renata con llevarse a su hijo si no hacía algo con la loca de su hermana.

Renata no pudo dormir nada, antes de las cinco de la mañana ya estaba en la cocina. Las lágrimas se le salían a chorros. Había perdido a sus padres, su esposo no la quería y ahora su hermana. Secó sus ojos, lavó su rostro y empezó a hacer el desayuno. Mientras servía la mesa, sus hermanos y su esposo fueron llegando. Sofía se mostraba totalmente normal.

Cuando todos partieron, Renata intentó, sin éxito, hallar el cuaderno en el que Sofía escribía.

A media mañana Francisco regresaba a casa. Había estado hablando con un médico amigo y después de haberle contado los cambios extraños en su cuñada, este le había aconsejado llevarla al hospital público psiquiátrico para que sea evaluada inmediatamente.

Renata debía convencer a su hermana de acompañarle a una consulta médica, puesto que se sentía muy triste. Francisco las estaría esperando con el doctor y una vez ahí internarían a Sofía para que sea evaluada. Según Francisco, así era mejor, estaba seguro que Sofía no iría por su propia voluntad y si Renata no aceptaba, él se llevaría a su hijo, no lo iba a poner en riesgo.

Al llegar al hospital, Sofía accedió a todo con total tranquilidad. Para Renata esa era una reafirmación de que su hermana no estaba bien. El médico a cargo les dijo que Sofía se quedaría una semana para hacerle todos los exámenes necesarios.

Freddy se había quedado en casa cuidando a su sobrino. Cuando llegaron a casa, Renata se sentó con Freddy para explicarle todo lo que estaba pasando. Era necesario tener paciencia y pedirle a Dios por la salud de Sofía.

La semana se hizo eterna y al terminar, Renata pidió a su marido le acompañe a visitar a su hermana. Francisco iría solo y si todo estaba bien le avisaría para ir a retirar a su hermana. Pero regresó con malas noticias. Según los doctores, Sofía estaba muy enferma y era recomendable que se quede interna durante un primer período de tres meses sin visitas hasta estabilizarla y luego de ese tiempo decidirían si vuelve a casa o necesitaría más tiempo de internamiento.

Renata quedó muy triste e intranquila. Extrañaba tanto a sus padres en aquellos momentos y los invocaba pidiéndoles fuerza.

Vicente estaba creciendo mucho y cada día demandaba más atención de su madre así que el tiempo pasó relativamente rápido. Faltando una semana para cumplirse los tres meses para ver a su hermana, Renata decidió ir al hospital.
Esperó alrededor de una hora al médico a cargo. Las noticias sobre su hermana la dejaron en shock. Su hermana había tenido un bebé. Al momento del ingreso se determinó que tenía cuatro meses de embarazo, aparentemente el saber que estaba embarazada es lo que desencadenó su cuadro depresivo. El niño había sido entregado al cuidado de un orfanato porque no se había podido ubicar a los familiares. Vio a su hermana a través de una ventana, tenía la mirada perdida, el cabello completamente desordenado, pálida y extremadamente delgada, no quedaba nada de lo que algún día fue.

Renata regresó a casa devastada. Se sentía muy culpable, sabía que su hermana no estaba bien y en vez de insistir en saber que pasaba la dejó sola. Nunca se le conoció una amiga o un novio. Sofía siempre había sido muy cerrada, introvertida. De pronto recordó el cuaderno. Estaba segura de que si lo encontraba sabría quién era el padre de su sobrino.

Desbarató el cuarto de Sofía y no lo encontró. Cuando Freddy llegó del colegio, le dijo que Sofía había olvidado su diario y que quería que se lo llevaran. Freddy fue hasta la cocina y regresó con el cuaderno en la mano. Sofía le había revelado el lugar secreto por si en algún momento ella faltaba, Freddy debía esconder muy bien sus escritos.

Al día siguiente, Renata esperó a que su esposo y su hermano partieran para buscar el cuaderno y leerlo mientras Vicente dormía.

Primero le dio un vistazo general, había muchos dibujos, algunos inentendibles. Por fin, se decidió a leer desde la primera línea y mientras lo hacía, la dulzura de su rostro era reemplazada por una dureza que parecía envejecerlo.

Sofía describía una relación amorosa con todo detalle, vivida desde antes de la muerte de sus padres. No había nombres, pero no fue difícil para Renata entender que había sido engañada en sus narices. Su sobrino resultaba ser medio hermano para Vicente.

No se permitió derramar una sola lágrima, rompió el cuaderno y luego quemó los pedazos. Para cuando Freddy llegó, la comida estaba lista y la casa impecable. Recibió a Francisco como siempre y durante la cena comentó que había ido al hospital a visitar a Sofía y las noticias no eran buenas. Sofía no regresaría a casa, la depresión la había dejado perdida, no hablaba, no reconocía a nadie. Podían ir a visitarla y mirarla detrás de un cristal, pero nada más.

Freddy se puso muy triste, aunque Sofía siempre había sido distante, nunca dejó de estar pendiente de él. Francisco solo comentó fríamente, que era lo mejor, Sofía estaba siendo cuidada y ellos vivirían tranquilos.

Renata acudió una vez más al hospital donde estaba recluida su hermana para retirar los documentos necesarios para recuperar a su sobrino y dejar los datos que se requerían para poder ubicarla y mantenerla informada sobre el estado de su hermana.

Caminó por varias horas tratando de mitigar el odio que sentía. Llegó hasta un centro comercial y entró en una cafetería. Entre sorbo y sorbo de un humeante café decidió que nadie sabría jamás del hijo de Sofía, sería otro secreto que se lo guardaría muy bien a su hermana.