jueves, 12 de mayo de 2016

El ataque de las abejas africanizadas

Bérnal Blanco


Hola! Tudo bem? —me dijo la niña en el comedor, acercándose a mí. Recién nos habían servido el desayuno.

Su saludo me pareció un tanto extraño, pero sin prestar mucha atención, respondí:

—Hola, sí, muy bien. ¿De dónde eres?

Eu sou de São Paulo, Brasil.

—¿De Brasil? —pregunté, para verificar si lo que había escuchado era lo correcto.

—¡Ajá! —confirmó ella.

—¡Wow! Nunca había conocido a nadie de Brasil —continué, mostrándome más amistosa e interesada en lo que me decía, y entonces agregué—: ¿Y qué haces aquí en Litoral?

Yo estou de passeio con minha familia.

Entendí algo de una familia y supuse que entonces había venido de viaje con sus papás. En seguida, los guías de las actividades del campamento en el que íbamos a participar nos urgieron a apresurarnos. Una de las muchachas nos dijo:

—Niños, por favor, no se distraigan y desayunen bien. Nos espera un día lleno de mucha actividad física. ¡Así que a comer!

Ante aquella indicación, mi nueva amiga y yo detuvimos nuestra conversación para saborear las frutas y los huevos revueltos que nos habían preparado.

Unos minutos después, y con curiosidad por saber más de ella, le pregunté:

—¿Cómo te llamas?

Eu sou Maria Eduarda, mas você pode me llamar de Duda.

De esa manera supe que se llamaba María Eduarda pero no comprendí más, así que de nuevo tuve que preguntar.

—¿Duda qué?

Em Brasil las Marias Eduardas são llamadas de Duda.

—¡Ah, ya entendí! Es que aquí «duda» es otra cosa. ¿Entonces te puedo llamar Duda?

—¡Ajá! —respondió, muy amistosa.

—Me parece extraño, pero está bien. Hola, Duda, yo me llamo Abril —le dije, extendiendo mi mano—. ¿Cuántos años tienes?

Eu tengo dez anos. Y você?

—¿Qué? —pregunté de nuevo, toda apenada.

Eeehm! Qual é su idade? —me dijo, tratando de buscar otra forma de preguntarme lo mismo.

—¿Mi edad…? ¡Ah, nueve años! ¿Y la tuya?

—¿La tuya? —Fue ahora ella quien no sabía qué cosa preguntaba yo.

—Sí, tu edad. ¿Cuántos años tienes?

—¡Ah! M’idade. Ya te dije, eu tengo dez.

Entonces, usando mis manos le mostré mis diez dedos para preguntar si estaba hablándome de «diez». Mientras tanto, mi cara hacía gestos de pregunta.

—Ajá —me respondió. Temí que con tanto «ajá» ella no estuviera entendiendo nada de lo que yo decía.

Y cambiando de tema me preguntó:

Y te gosta del acampamento?

—Sí, me parece muy lindo. Otros años he venido —le respondí, empezando a sentirme más cómoda con su forma de hablar.

Y cambiando de tema otra vez:

Você gosta da comida?

—¡Hummm! Claro que sí. Este desayuno me parece exquisito —respondí, enfatizando esa palabra que le escucho tanto a mi mamá.

Exquisita? Por que? Eu achei bem deliciosa.

Mis gestos de angustia volvieron. No fue necesario preguntar. Duda agregó.

O Brasil é a palavra «exquisito» significa «raro».

—Ah, no. En español «exquisito» significa «riquísimo». Bueno, eso es lo que dice mi mamá.

—Ah, okey, ja entendí.

Duda y su familia eran turistas que habían llegado a Litoral dos semanas atrás para disfrutar en mi ciudad de unas merecidas vacaciones. Estaban hospedados en un hotel de playa y tenían mucho interés en aprender el español. Sus papás consideraron el campamento como una excelente idea para que Duda pudiera comunicarse con otros pequeños de su edad.

El campamento se realiza una vez al año, en el Monte Mirador, durante el tiempo de vacaciones. Es organizado por los bomberos y un grupo de guías jóvenes lo dirigen. Permiten la participación de niños que tengan entre ocho y doce años y todas las actividades se realizan al aire libre, en el jardín del hotel, cerca del faro de Litoral. El Monte Mirador es un lugar montañoso y pese a estar alejado del mar, si uno camina a la parte más alta y se acerca al borde, se puede ver el golfo de Litoral a lo lejos, pintado de azul profundo. Una brisa leve y refrescante parece traerte el olor de las playas.

Duda era un año mayor que yo y estaba encantada de que la hubieran inscrito en el campamento. Era nuestro primer día y recién habíamos llegado a tiempo para el desayuno.

Un rato más tarde, como primera actividad, cada niño debía instalar su tienda de campaña. No era tarea fácil, así que los guías nos ayudaron. Mi tienda y la de Duda quedaron armadas una al lado de la otra, suficientemente cercanas como para que por la noche nos sintiéramos acompañadas. Después de un rato, la diferencia de idiomas dejó de ser un problema y si no podíamos con las palabras, nos valíamos de señas o gestos para comunicarnos. Pasamos un día fabuloso, bañados en bloqueador para protegernos del sol intenso. Duda y yo participamos en cuanta actividad organizaron los guías.

Al anochecer, nos permitieron meternos a la piscina del hotel, instalada bajo techo. El agua estaba calientita. Después de tanto correr y brincar durante todo el día, resultó muy sabroso darse un chapuzón. Más tarde cenamos. Luego, un señor que tenía mucho conocimiento vino y nos dio una charla muy interesante acerca de las abejas. Nos contó que en el Monte Mirador había una gran variedad y él era un especialista en conocerlas y tratarlas. Finalmente, aunque no queríamos, había llegado la hora de ir a dormir. Esa noche, no había nubes sobre el cielo de Litoral y las estrellas se podían apreciar en todo su esplendor. Duda y yo nos dimos las buenas noches mientras una brisa fresca ondulaba nuestros cabellos. Había que aprovechar el sueño pues debíamos mañanear.

§

Dormí riquísimo, pero desperté sobresaltada. El sol calentaba la tienda y entraba mucha luz. «¡Qué extraño, los guías no vinieron a despertarnos!», pensé. Entonces salí de la tienda y escuché a lo lejos el ruido de un camión. Parecía que yo era la primera que se levantaba. Caminé un poco, subiendo la pequeña colina. Desde allí pude ver el hotel y me pareció como si nadie estuviese trabajando allí y tampoco hubiesen huéspedes. «Ayer se veía mucha gente», me dije a mí misma nuevamente. Corrí a la tienda de Duda.

Duda, Duda, ¿estás ahí? —grité desde afuera.

Respondió de la misma manera que lo hago cuando, por las mañanas, mami entra a mi habitación y me llama para ir a la escuela.

O quê? —dijo.

Duda, levántate. Algo pasó mientras dormíamos. Todos se fueron.

Ella salió de la tienda y entonces me di cuenta que no había entendido nada, sin embargo, por el tono de mi voz sabía que algo malo, o extraño, sucedía.

Onde estão todos? —me preguntó.

—No lo sé. Los guías no están y no se ve gente en el hotel.

Vamos chamá-los todos —dijo, con una gran determinación.

Ella empezó a llamar a los demás, gritándoles en portugués. Parecía decirles que se levantaran rápido. Entonces, yo hice lo mismo. En un momento, todos habían salido de sus tiendas, medio dormidos aún, preguntándonos qué pasaba.

De repente escuchamos un gran estruendo. Volvimos a ver hacia todos lados, buscando qué lo producía. Uno de los niños del grupo gritó:

—Son aquellos árboles, vean, se están cayendo.

—¿Qué pasará? —pregunté, gritando.

El camión que había escuchado al levantarme podría ser el culpable de derribar aquellos árboles. ¿Sería eso? En caso que sí, ¿por qué lo estarían haciendo?, pensé.

Vamos lá para ver melhor —sugirió Duda.

Todos corrimos a un un montículo desde donde podíamos tener una mejor vista de lo que sucedía. Nos quedamos espantados. Colina abajo habían dos árboles recién caídos. Notamos un par de personas que avanzaban hacia donde estábamos. Se les veía asustados y con sus manos parecían espantar algo invisible.

—¿Qué les pasa? —preguntó una niña a nuestro lado.

—Parece que escapan de algo —gritó alguien más.

—Sí, sí, pero ¿de qué? —cuestioné.

De repente supimos la razón. Eran abejas, muy enojadas porque les habían destruido su colmena cuando los árboles cayeron. Segundos después, estaban a punto de alcanzarnos a nosotros también.

—Son abejas —gritó alguien.

—Corramos —gritamos todos.

El cielo parecía oscurecerse. Era un enjambre de miles y miles de abejas, que al parecer querían atacarnos. Estaban irritadas y dispuestas a picarnos muchas veces. ¿Por qué nos atacaban si no les habíamos hecho nada?

—Tenemos que entrar a las tiendas —sugerí.

—Vamos —gritaron ellos.

Duda, vamos a mi tienda —le dije.

Ella y yo logramos entrar rápidamente. Los demás hicieron lo mismo yendo a la primer tienda que encontraban disponible, cerrando a toda prisa.

Duda, tenemos que llamar a Rubí.

—¿Que qué?

—Rubí. Ella es una máquina extintora que trabaja con los bomberos. Ella sabe cómo ayudarnos —le explicaba, mientras buscaba en mi mochila, con manos temblorosas y torpes.

Eu não quero morrer —dijo, casi empezando a llorar.

—¿Morir? No, no. Rubí nos ayudará.

Por fin encontré el intercomunicador que Rubí me había regalado. «Cuando estés en peligro, solo cuando estés en peligro, usa este aparato y llámame», me había dicho Rubí al terminar de apagar el incendio forestal alrededor del faro.

—Rubí, ayúdame, ayúdame —grité, presionando fuertemente el botón rojo del aparato.

No había respuesta.

—Rubí, soy yo, Abril, por favor, escúchame. Estamos en peligro.

Mientras tanto, afuera de la tienda, se escuchaba el zumbido de las abejas que, por cientos, o más bien, por miles, se posaban sobre nuestras tiendas y trataban de herirlas con sus aguijones.

—Abril, ¿estás ahí? Te copio. Dime qué sucede.

—Por fin, Rubí, por fin. Estoy en el campamento de niños de los bomberos en el Monte Mirador. Hay un enjambre de abejas que nos están atacando. No sabemos dónde están los guías y todos estamos en peligro.

—Presiona el botón verde, Abril. De esa forma, el aparato emitirá una señal de tu localización. Iré a recoger a los guardabosques, que saben mucho de abejas y luego iré por ti y tus amigos.

—Por favor, date prisa. Hay muchas abejas y nos atacan.

Entonces, Duda y yo nos abrazamos muy asustadas, pensando en que en cualquier momento podrían atravesar la tela de las tiendas de campaña. Nuestra tienda se oscureció.

Mientras tanto, Rubí salía de la estación de bomberos furtivamente y se elevaba por el cielo de Litoral a toda velocidad, hacia el Monte Mirador. Pasó por sus amigos, los guardabosques, y luego continuó su viaje velozmente hacia donde estábamos nosotros.

—Creo que ya viene —dije a Duda.

A través de una pequeña ventana de la tienda logramos ver aterrizar a Rubí y, de inmediato, como si fueran unos astronautas guerreros, de su cabina salieron cinco personas totalmente cubiertas, vestidas con trajes especiales antiabejas.

Que coisa é essa?

—Es Rubí, mi gran amiga, la máquina extintora.

E quem são eles?

—Son personas que vienen a salvarnos —respondí.

En segundos, los guardabosques, usando una especie de grandes pistolas, empezaron a lanzar como bocanadas de humo sobre las tiendas. Entonces, el zumbido disminuyó y las tiendas se iluminaron de nuevo. Vimos a tres de los amigos guarda parques empezar a correr tras las abejas, en dirección de los tractores mientras los otros dos vinieron hacia nosotros.

—Chicos, permanezcan en las tiendas, las abejas empezarán a irse, poco a poco.

Estábamos muy alarmados y llenos de miedo. Pasados unos minutos que se hicieron eternos, alguno de ellos dijo:

—Bien, niños, tenemos que movernos a un lugar seguro. Así que vamos a empezar a salir de las tiendas uno a uno y en grupo de cinco van a correr hacia la cabina de Rubí. De allí, ella los llevará al hotel, donde podremos estar a salvo. Mientras Rubí lleva un grupo, el resto volverá a entrar a sus tiendas, para no correr ningún peligro mientras esperan.

—¿Y quién es Rubí? —preguntó uno de los nuestros.

—Oh, pequeño detalle —respondió una voz desde uno de los trajes antiabejas— Rubí es el camión de bomberos que nos trajo hasta acá.

—Y es mi amiga —agregué yo, muy orgullosa.

Se oyó algo así como un «¡Ohhh!».

El primer grupo, entre los cuales íbamos Duda y yo, corrimos desde las tiendas hacia donde estaba Rubí. Debíamos avanzar un buen trecho antes de alcanzarla. Al subir al montículo desde donde se veían los tractores, observé a los guarda parques buscando entre los árboles caídos. «¿Qué buscarán?», me pregunté.

—Abril, no te detengas —me gritó uno de ellos, que recordaba mi nombre porque nos habíamos conocido en la aventura del faro.

Entonces volví a tomar carrera tratando de alcanzar al grupo que me había sacado ventaja. Pero un número pequeño de abejas, que al parecer no había sido ahuyentado por el humo, volvió al ataque. Entonces, cuando iba corriendo tras mis compañeros y estábamos a punto de entrar a la cabina de Rubí, sentimos el ataque. Se nos enredaban en el cabello, nos pegaban en la cara, las sentíamos en la espalda, volaban rapidísimo entre nuestras piernas. El grupo perdió el control, mis amigos se quitaban las abejas de encima, igual que cuando a uno lo pican muchas hormigas.

Cuando pudimos entrar a la cabina, los guarda parques cerraron la puerta y de inmediato uno de ellos, utilizando la pistola de humo, lanzó grandes ráfagas que provocaron que las abejas empezaran a retirarse. Rubí bajó los vidrios de las ventanas y encendió su sistema de aire que ayudó a espantar las abejas que habían logrado entrar a la cabina y dispersar el humo. Sin embargo, quedaron unas cuántas adentro y de ninguna forma pudimos evitar que nos picaran.

A mí algunas se me enredaron en mis rizos y sin darme cuenta, otras dos aguijonearon mi espalda. ¡Qué gran dolor sentí! A Duda la picaron en un hombro y a los otros en los brazos y las piernas. Todos gritábamos, llorábamos, tosíamos por el humo y nos sentíamos muy mal. Rubí, sabiendo la emergencia, se elevó rápidamente y un par de minutos después descendía en un lugar seguro al frente del hotel. Pese al dolor, bajamos de la cabina y corrimos al hotel donde estaríamos seguros. Allí, el guardabosques corrió dentro de las instalaciones del hotel hasta encontrar la cocina. Consiguió hielo en cubitos, y nos indicó envolverlo en servilletas para que lo aplicáramos directamente en las picaduras. Nos ayudábamos unos a otros mientras el dolor, que al principio era muy intenso, poquito a poco iba desapareciendo.

—Gracias al cielo —decía el guardabosques— al parecer, ninguno de ustedes es alérgico a la picadura de las abejas.

Mientras tanto, Rubí iba y venía, trayendo consigo al resto de mis amigos. Ninguno de los otros resultó picado, gracias a que la pequeña nube que nos atacó se había también dispersado al huir de las últimas ráfagas de humo.
Pese al miedo y al dolor, la pequeña aventura de haber volado abordo de Rubí nos había dejado a todos maravillados, pudiendo olvidar un poco el peligro que habíamos vivido.

§

Cuando todos estuvimos juntos de nuevo, uno de los guardabosques se quedó con nosotros, cuidándonos.

Por que eles atacam as abelhas? —preguntó Duda.

Él nos miró a todos como preguntando: «¿de qué está hablando?». Yo salté y le conté de la nacionalidad de Duda, entonces, él aprovechó el momento para responderle y a la vez darnos una explicación muy interesante. Fue así como mientras sus compañeros trabajan afuera, él nos contó la historia de las abejas africanizadas.

Este guardabosques resultó llamarse don Genaro y había dedicado gran parte de su vida a estudiar esos insectos tan interesantes. No solo las conocía, sino que también había llegado a sentir por ellas respeto y admiración.

—En 1956 —comenzó diciendo don Genaro— un científico brasileño…

Será que o meu país? —interrumpió Duda.

—Ajá —le aclaré yo, volviéndome hacia ella y haciéndole una cara de sorpresa, como diciéndole, «¿viste?, ¡qué coincidencia!».

Con una risa que contagiaba, don Genaro continuó.

—Así es. Este científico quería crear una raza de abejas capaz de producir grandes cantidades de miel —dijo, haciendo un movimiento redondo con sus manos—. Pero no solo eso —agregó— este científico quería que esa miel fuera riquísima.

»Entonces ideó un plan —decía, mientras a nosotros nos capturaba con su historia—. Se fue para África, a un país llamado Tanzania, donde existían unas abejas grandes que producían rica miel. Su plan era traerlas desde aquel país y juntarlas con otras de Brasil para que se reprodujeran. Allá en Tanzania, el científico se encontró una especie muy valiente, cuyos miembros eran fuertes y agresivas, debido a que habían tenido que aprender a sobrevivir a largas sequías y a ataques de muchos depredadores. Resultaron ser lo que los científicos llaman hiperdefensivas y parecían perfectas para el experimento de crear una nueva raza aún mejor.

»Todo iba muy bien. Después de la gran expedición en el sur de África, nuestro científico logró dar con las abejas que andaba buscando. Atrapó cuarenta y siete reinas africanas y las trajo con él, con mucho cuidado, a Brasil. Él pretendía criarlas, digamos que quería domesticarlas, y así hacer desaparecer el comportamiento hiperdefensivo.

»Sin embargo, algo malo, algo muy malo estaba por suceder.

Todos prestábamos atención, olvidándonos de que afuera, el resto de los compañeros de don Genaro mantenían una batalla sin tregua contra. Como ellos iban protegidos con sus trajes especiales, las abejas no podían hacerles daño, pero eran tantas, que les resultaba muy difícil controlar su enojo.

Don Genaro continuó.

—Resulta que algunas de las abejas reinas africanas se escaparon y ese fue el principio de un gran desastre.

—¿Cómo pueden causar un desastre unas abejitas? —preguntó otra de las niñas del campamento.

—Bueno, lo estamos viviendo aquí mismo. ¿Ven la emergencia tan grande que están causando allá afuera? Pues bien, déjenme decirles que esas abejas son descendientes de las africanas que fueron llevadas a Brasil.

—¿Cómo es posible que abejas de Brasil lleguen aquí a Litoral? —preguntó otro de nuestros amigos.

—Eso, mi querido amiguito, es lo que les contaré a continuación.

»Como les dije, a nuestro científico se le escaparon varias reinas. Huyeron por el bosque y fue imposible atraparlas. Volaron y volaron, hasta que pudieron encontrar otras de su misma especie y entonces sucedió lo que no debía suceder.

—¿Qué pasó? —dijimos todos, casi al mismo tiempo, desesperados por saber el desenlace de esta historia.

—Se reprodujeron —dijo, con un tono dramático.

—Pero eso está bien —intervine.

—Sí, es algo natural y por tanto bueno, pero el cruce de abejas provenientes de África con otras nativas de América produjo una nueva especie que resultó ser de mayor tamaño y muy agresiva. A la nueva especie la llamaron abejas africanizadas pero algunas personas les dicen abejas asesinas. A mí no me gusta ese nombre porque ellas no son culpables de nada. Se trata únicamente de una especie que es capaz de atacar velozmente, en gran número y por largo rato. Aun así, ellas atacan únicamente cuando son molestadas o asustadas y cuando lo hacen, solo pretenden cuidar su colmena, proteger a sus futuras generaciones y resguardar la miel que producen.

Esta especie se reprodujo una y otra vez, avanzando por los bosques, pasando de un país a otro. Se adaptó además para vivir en las grandes ciudades y por esa razón sus ataques se hicieron muy frecuentes. La mayoría de las veces, sin embargo, esos ataques son debidos a accidentes como el que acaba de suceder aquí en Litoral.

—¿Qué accidente sucedió aquí? —pregunté.

—Las personas que manejaban el tractor debían derribar unos árboles secos que eran un peligro para quienes pasaran bajo ellos. Los trabajadores, al parecer, no se percataron de la gran colmena que había en uno de esos árboles. Al derribarlo, las abejas atacaron, siguiendo su instinto de supervivencia. De casualidad, ustedes estaban aquí y sufrieron las consecuencias.

»Pero no se preocupen, mis compañeros están tratando de ubicar dónde está la abeja madre de esta colmena. Una vez que lo logren, la pondrán en una caja y todas las demás abejas, asustadas por el humo, pensarán que su colmena se está quemando y entonces volarán al lado de su reina para protegerla. De esa manera, atraparemos una gran cantidad de abejas y las llevaremos a otro lugar, bien seguro, donde podrán volver a construir su hogar.

—¿El humo no las mata? —preguntó una niña a mi lado.

—No, jamás. Es humo común y corriente, no es venenoso. El humo solo tiene la intención de hacerlas creer que su colmena se está quemando, como acabo de explicar.

En ese momento recordé a Rubí, «qué se habrá hecho», pensé.

§

Abril! Vamos lá. É hora de se levantar —me dijo una voz conocida.


martes, 10 de mayo de 2016

Y habitó entre nosotros

Rosario Sánchez Infantas


Empezó a sentir muy débilmente algo parecido al gorjeo de un canario. No incluía los iniciales silbidos estridentes que hace esta avecilla, sino solamente una sucesión fluida de pequeños borboteos semejante a pompas de jabón de jabón que se rompen. Según pasaban los días y las semanas el sonido se fue haciendo más preciso y vigoroso. Despertaba o se dormía con esa melodía de fondo. Solo un Creador podría saber que el hálito de la vida se estaba fortaleciendo minuto a minuto en el pequeño ser. A partir de la semana décimo segunda empezó una sucesión esporádica de sensaciones incomprensibles para él: imágenes de seres desconocidos, expresiones verbales, impresiones vagas, que le impelían a ser. Millones de años de evolución le traían mensajes de victoria que, se diría, él hacía suyos. La semana vigésimo cuarta una vaga e imprecisa sabiduría, que le llegaba desde muchos siglos atrás, le hizo darse cuenta que la sucesión de gorjeos correspondía al despliegue, madurez y desarrollo de sus células, tejidos y órganos. En la semana trigésima segunda empezó a discriminar las voces habituales. Le gustaba escuchar las canciones, las oraciones y la ternura con la cual alguien describía lo bello que sería tenerlo en este mundo. Cuando cumplió treinta y ocho semanas seguía disfrutando y entendiendo que estaba vivo. Las dos siguientes semanas una extraña desazón lo invadía. No podía darse cuenta que deseaba ser con alguien más, con otros. 

El día anterior, luego de varios meses de discusiones, habían decido que en ningún caso se llamaría como sus abuelos. Llevaría el nombre del padre o de la madre. Recibió el nombre de su progenitor aquel día festivo. En la ciudad ubicada a cuatro mil metros de altitud, en un estrecho y árido valle andino, la mañana estaba despejada y el sol llegaba a tierra mediado por un vientecillo frío que mantenía una temperatura de diez grados, no obstante ya era mediodía. Desde el pie de la colina, un kilómetro abajo, penosamente la multitud se abría paso en el terroso sendero. Muchos subían y algunos bajaban por el escaso lugar que habían dejado libre los vendedores de manzanas acarameladas, sándwiches, algodones de azúcar, fritangas y platos típicos del lugar. Todo estaba preparado para que los vivos se agasajaran el día en que los difuntos retornan transitoriamente a la tierra. Competían por el espacio vendedores de mejunjes para diversos males, adivinadores de la suerte, improvisados floristas, y muchachos que ofrecían limpiar o pintar tumbas. Según avanzaba cuesta arriba, algunas personas, próximas a él, miraban al hombre de mediana edad, vestido de negro y que bajo el brazo llevaba un ataúd blanco de sesenta centímetros de largo. Oscuras ojeras destacaban en su rostro claro, suspiraba con frecuencia y enjugaba el sudor de su frente en la manga de la camisa.

La leche llena mis pechos cada tres horas. No se adelanta, ni se atrasa. Perversa perfección, que me va marcando el imparable avance de la mañana al mediodía, del mediodía a la tarde, y de la tarde a la hora aciaga del ángelus, cuando la luz será devorada por las tinieblas en la colina donde yace el cementerio local. Nunca he creído en que azarosamente evolucionáramos en millones de años; sé que nos has creado; pero, ¡no entiendo lo que haces Padre omnipotente! ¿Dónde está tu misericordia? ¡Perdóname! ¡Perdóname! Pero el dolor me está matando ¿Tan grandes son mis culpas? ¿Para qué me haces madre? Puérpera estéril en una cama de hospital mientras que a mi  pequeñito, sin que entienda nada, lo han pasado de la cuna al pequeño ataúd, que ahora clavan e introducen, para siempre, en el nicho de frígido concreto. ¡Dios mío! ¡Para siempre! Maldita leche, me recuerda que esta noche, su pequeño cuerpecito, será lo más solo y frío, de esta insana burla que se llama vida. No te pido que esto haya sido una pesadilla. Acepto, aunque no entiendo tu voluntad, pero te daría mi vida porque me permitieras aferrarme a esa cajita blanca antes que sellen el pequeño nicho, pongan sus iniciales en el cemento fresco y escriban lo que nada me hará olvidar: Nació el primero de noviembre de 1956; murió el primero de noviembre de 1956.

Ráfagas heladas azotan los escasos mausoleos, los viejos pabellones de nichos y las ordinarias cruces de madera, en la noche lúgubre.

No entiendo nada —piensa, a punto de llorar— siento que cada vez está más lejana esa tibieza deliciosa. Yo viví junto a alguien que me hablaba, que me cantaba, que a veces cantando lloraba. Esta caja es tan dura. Estas botitas de lana ya no conservan ningún calor. Nunca el frío me ha dolido tanto. Ya cesaron los ruidos de afuera… y los que mi cuerpecito hacía. ¿Aquí acaba todo? ¿Qué va a pasar con mis manitas, mis ojos que ya veían y mi corazón que se descompuso? ¿No habrá alguien más que, en esta inmensa noche, se sienta solito? 

Muy lentamente se va elevando una suave y dulcísima melodía. Dirige su cabecita hacia la fuente y escucha cada vez mejor una hermosa canción, tan delicada y plena de amor que empieza a sonreír:

Rarabai, rarabai, oyasumi mahou no komori-uta. Rarabai namida fuitara. Yume de aeru. Kanashikute sabishikute, nemurenai yoru, donna toki mo kokoro wa issho ni iru yo. Rarabai, dakara, oyasumi yume de aou ne...

Otras voces femeninas se van integrando a un sublime coro. Conmovido se va sintiendo acompañado, amado, unido a una fuente de calor. Siente que ellas son buenas. Ahora cantan en una lengua que ya ha escuchado antes. 

Duerme ya, duerme ya y ten buenas noches con esta mágica canción de cuna. Duerme ya, duerme ya y limpia tus lágrimas. Podremos vernos en nuestros sueños. Si te sientes triste y solitario y por eso no has podido dormir, recuerda que no importa qué suceda, siempre nuestros corazones permanecerán cerca uno del otro. Duerme ya, duerme ya, cierra tus ojitos que podremos vernos en nuestros sueños…

¿Tú eres mi mamá? ¡Cantas muy bonito! No quiero dormir, me gustaría seguir sintiendo este calor —pensó el parvulito muy sonrosado.

—¡Yo quisiera ser tu mamá! La vida, mi ángel, es como un supairaru, como una espiral, muchas cosas se repiten una y otra vez. ¿Cuál de ellas es la verdadera? Al nacer mi hijo, perdí la vida. ¿Yo soy madre? No has nacido de mí, ni siquiera llevas sangre japonesa, pero te amaré por siempre. Si puedo amar, ¿estoy muerta? Te voy a acompañar y te enseñaré muchas cosas bonitas. Lo que mejor sé hacer es cantar. Se puede cantar de distintas maneras. Las mujeres de mi familia cantamos pretendiendo consolar la tristeza de la abuela Sue; a los diez años, allá en el Japón, fue llevada a otra ciudad para ser niñera. Más que para dormir al bebé rico que cuidaba, cantaba para expresar su desarraigo y la nostalgia de su familia lejana por culpa de la pobreza. Yo también debí cantar con el corazón estrujado. Canté para que mis hermanos sufrieran un poquito menos cuando murieron nuestros padres; canté para que mis hijos no se dieran cuenta de la resignada tristeza de mi matrimonio concertado; y canté al recordar mis perdidos sueños adolescentes. Pero también canté alegre, enamorada, agradecida.

—¿Y quiénes son esas mujeres que ahora están cantando?

—Son mujeres de la colonia japonesa. 

—¿La colonia?  

—Sí, la colonia somos aquellos que nacimos muy lejos de aquí, otra fue nuestra patria. Cuando la última guerra grande sufrimos persecución y repudio en esta ciudad peruana que la empresa extranjera embanderó con la divisa norteamericana. Era su guerra, su ciudad, nosotros los enemigos. Aprendimos a mantenernos unidos y solidarios.

—Ya te veo, ¡eres delgada, pálida y bonita! ¡Ya veo a las niñas, señoras y abuelas que cantan! ¡Oh!, ahora se encienden luces en muchas ventanitas y todos cantan aquí.

—Esas ventanitas se llaman tumbas. Mientras más cantamos, más luz y calor se producen aquí en nuestra comunidad. 

—¡Esto se ve muy bonito! ¡Muy iluminado! ¡Muy calientito! Por las noches, cuando todavía estaba creciendo, alguien rezaba: “Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, la virgen María me cubra con su manto”. ¿Tú eres la Virgen María? ¿Tú eres Dios? ¿Por qué estas lejos? ¿Puedes llevarme contigo?

En cada uno de los tres siguientes años la joven pareja tuvo un hijo. Nunca entendieron por qué, en sus visitas al cementerio, los niños disfrutaban pasear por los pabellones de la colonia japonesa afincada en La Oroya. Un  primero de noviembre, día de los santos difuntos que viven en presencia de Dios, tampoco entendieron qué ocurrió: al intentar trasladar los restos del parvulito al recién inaugurado osario, hallaron vacía su tumba. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Tercer tiempo

Néstor Caballero


Todos los jueves, tan pronto como el timbre de las cuatro de la tarde anunciaba el final de clases, los alumnos del segundo año de bachillerato se dirigían con prisa al vestuario masculino del gimnasio escolar donde reemplazaban los pantalones azul marino, las camisas blancas y los mocasines negros por casacas de equipos de fútbol europeo, shorts y botines, recorriendo con esa vestimenta las tres cuadras que los separaban de una canchita de trescientos metros cuadrados cuyo césped extremadamente seco apenas alcanzaba a cubrir las esquinas del campo de juego, dejando que la pegajosa tierra plomiza los deslustrara.

A medida que la mugre iba embadurnando las diversas partes de sus anatomías, aumentaban las patadas, agarrones de camisetas y empujones frente a cada una de las porterías, hasta que todos quedaban lo suficientemente magullados (ojos cerrados, rodillas raspadas, frentes ligeramente abiertas, bocas sangrantes, etcétera) como para que uno de los “maduros” del grupo pudiera sugerir dar por terminado el juego e iniciar el tercer tiempo.

Era este tercer tiempo la verdadera razón por la cual todos concurrían religiosamente al fútbol de los jueves, ya que durante el mismo abundaban las bebidas espirituosas importadas, los pitillos de primera clase y las discusiones sobre autos, deportes, series de televisión y bandas de rock, aunque por encima de todos estos temas, de lo que realmente les gustaba hablar era de las virtudes físicas de sus compañeras de aula, complementando estos comentarios con breves exégesis sobre las últimas salidas que habían tenido con ellas, afirmando uno que cuando fulana le tomó de la mano en el cine, en realidad quería agarrarle otra cosa, mientras que otro se lamentaba de que mengana le haya abofeteado solamente porque pensó que al decirle “tus manos son lindas” le estaba permitiendo pellizcarle con ellas las nalgas, y aún así él estaba convencido de que “al final seguramente le habrá gustado”. Estas conclusiones insólitas arrancaban carcajadas que casi ahogaban la estridencia de las guitarras distorsionadas o el estrépito de timbales y trompetas caribeñas provenientes de unos parlantes ubicados en la parte trasera del único auto del grupo, un Ford Escort del ochenta y cinco que pertenecía a Rolo Sosa, quien a pesar de contar sus propias anécdotas disparatadas y seguirle el juego a los demás, no por ello dejó de advertir que su mejor amigo, Marco Andrada, casi no emitía palabra ni participaba de las bromas de los demás, manteniendo en todo instante un semblante sombrío y meditabundo que los otros tampoco tardaron en percibir, disminuyendo gradualmente el fervor de sus macanadas para observar al joven de temple mustio que al notar el pesado silencio que se había ido formando en torno a él, salió de su estado aletargado.

A pesar de la penumbra circundante, Marco todavía podía distinguir algunas de las facciones características de los rostros que lo examinaban: la nariz puntiaguda de Téllez, los pómulos salientes de García, la única ceja que se extendía bajo la frente de Martínez, los bucles castaños de Paredes, el mentón de banana del “Rolo”. Marco a su vez se preguntó si ellos solamente se limitaban a ver al muchacho menudo, más delgado que obeso, de tez morena ensuciada por una profusión de granos en las mejillas, con los hombros caídos y las piernas ligeramente encorvadas.

O tal vez alcanzaban a sentir la angustia que estaba experimentando porque nadie pronunciaba una sola palabra, y es probable que hubieran permanecido de ese modo si Marco no se levantaba para extraer de su bolsón deportivo un objeto blancuzco, pequeño y alargado que sostuvo por largo rato hasta colocarlo en las manos de Rolo, quien le dedicó una mirada titubeante que rápidamente se transformó en asombro y en progresiva pena cuando la regresó a su amigo. Dentro del objeto se encontraban dos espacios cuadrados, y en cada uno de ellos se divisaba un signo positivo.

Marco señaló con la cabeza a García, a quien Rolo pasó el objeto y en quien se repitió la misma secuencia de miradas. En menos de cinco minutos, el objeto había pasado por todas las manos y en cada ocasión las reacciones habían sido idénticas. Cuando volvió finalmente a las manos de Marco, este lo guardó en el mismo lugar de donde lo había sacado, tras lo cual alzó la vista a un cielo que brillaba plagado de estrellas.

 Los únicos ruidos que ahora interrumpían el silencio glacial eran los ladridos de unos perros en la distancia y el llanto de un bebé. Marco giró la cabeza hacia las casas aledañas a la plaza, de donde provenía el sonido. Era un sollozo muy agudo, que parecía ir in crescendo a medida que los segundos pasaban y no era atendido. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor, los ojos cerrados con fuerza, los dientes blancos superiores clavándose en los inferiores, los puños apretados, las gotas de sudor corriendo por su frente indiferentes a las ráfagas de viento sur que de tanto en tanto refrescaban la plaza. De pronto el llanto cesó y solamente permanecieron los ladridos y el rumor de las hojas del chivato ubicado en la acera frente a la plaza.

Marco volvió la vista a sus compañeros, algunos parecían estar escribiendo en hojas arrancadas de sus cuadernos. Rolo fue el primero que le pasó la nota. “Sra. Benigna. 4ta. Proyectada casi Solanos, decile que te vas de parte del hijo del Dr. Sosa y que necesitás que le haga a tu chica el trabajo que le hizo a su novia la última vez”. Marco lo miró estupefacto y empezó a negar con la cabeza pero Rolo lo tomó de las manos, y sin decirle nada, simplemente asintió dos veces.

El papel que le pasó Quiñones también tenía el mismo tenor. “Doña Lupita de Pozo Profundo, a cuarenta kilómetros de la ciudad, es muy discreta, trata súper bien a las chicas, y después les duele por pocos días” al igual que los de Hernández, Martínez y Da Silva, quienes se retiraron de la plaza tras entregarle los papeles. Marco volvió a leerlos y notó que en casi todos ellos la caligrafía era muy irregular, como si hubieran temblado al escribir esas palabras.

Mientras él hacía estas deducciones, Rolo lanzaba piedritas a los perros callejeros que a esa hora empezaban a llegar en mayor número a la placita. Cuando Rolo lo miró de nuevo, Marco lo abrazó con mucha fuerza mientras le susurraba en sus oídos una sola palabra. “Gracias”.

Rolo se marchó haciendo un ademán de patear a los perros que lo estaban rodeando, logrando que lo dejaran en paz. Marco lo siguió tiempo después pero en la esquina, en vez de doblar hacia la izquierda y dirigirse hacia su hogar, siguió derecho adentrándose en una calle muy larga e iluminada solamente por la luz de las estrellas, cercada a ambos lados por casuchas de madera con techos de zinc. De vez en cuando se volvía, pero tras comprobar que nadie lo acechaba continuaba su rumbo.

Caminó cuatro largas cuadras hasta llegar a una casita circundada por una muralla baja de ladrillos blancos que no tuvo problemas en saltar, tras lo cual se dirigió a la parte trasera del inmueble, deteniéndose ante unas persianas que golpeó suavemente con el puño derecho dos veces primero, y luego otras tres. Una muchacha morena de grandes ojos negros, vestida con un camisón celeste abrió las persianas y lo ayudó a ingresar en la habitación, permaneciendo en silencio mientras Marco la desvestía.

Cuando terminaron, ella se durmió casi de inmediato y eso era algo que él siempre agradecía porque no tenían nada de qué hablar.

El silencio que siguió le permitió escuchar los ronquidos que provenían de la habitación contigua, lo que le hizo preguntarse por enésima vez si la madre de la joven realmente no advertía lo que sucedía bajo su techo o simplemente hacía la vista gorda, ya que cualquier protesta podría resultar en la pérdida de su empleo. Los padres de Marco eran poco adeptos al drama de sus empleadas domésticas, aún cuando su propio hijo pudiera ser el causante de dicho drama.

A veces Marco especulaba acerca del grado de satisfacción que la muchacha realmente alcanzaba con él. Tal vez no le gustara nada de lo que hacían pero lo aceptaba por inercia, así como su propia madre había aceptado al padre que las abandonó cuando ella ni siquiera había nacido.

“Mejor no pensar en eso” se decía asimismo, pero aún así los recuerdos no paraban de reproducirse en su mente.

Ella está en la habitación de su patroncito, colocando sus prendas en los respectivos cajones del ropero. Es frecuente que su madre le exija colaboración en las tareas de la casa, después de todo su sueldo es para ambas.

Marco ingresa en el cuarto y sin pensarlo cierra su puerta con llave. Sabe que no hay nadie en la casa salvo la madre de la joven, que está ocupada en la planta baja, lavando ropa.

La muchacha sigue actuando como si nada extraño sucediera. Ni siquiera se acelera su respiración cuando Marco la rodea con sus brazos y apoya su entrepierna entre sus nalgas.
Todo ocurre en un par de minutos, durante los cuales ella se limita a contemplar la puerta del ropero. Cuando acaba, se dirige al baño y cierra la puerta. Marco puede escuchar el agua que corre del bidé.

Cuando abre la puerta, alza la bombacha del suelo, se la pone y termina de ordenar las ropas del patroncito.

“Todo parece haber ocurrido en otra vida” pensó Marco, aunque sabía bien que solamente había pasado un año y medio de ese primer encuentro.

De pronto recordó los papelitos que había guardado en su bolsón. Los sacó de ahí y los rompió todos, menos uno.

“Solo por si acaso…”


Lo último que Marco vio antes de salir por la ventana, fue una foto ubicada sobre la mesita de noche y en la que se reconocía con el uniforme clásico de preescolar. A su lado se veía una versión aniñada de la muchacha con la que acababa de compartir la cama, cuyo rostro guardaba un parecido notable con el de la tercera figura de la foto, la señora de los ronquidos, que aparecía detrás con sus manos apoyadas en los hombros de las criaturas, una señora morena, petisa y rolliza, de mirada severa, que llevaba un vestido azul sobre el que se veía un delantal de servicio. 

lunes, 2 de mayo de 2016

Nostalgia

Ramón Castro Pérez


Me he acostumbrado a ver y escuchar la folclórica fauna urbana que desfila frente a mi casa, uno de ellos es el pajarero que pasa cada semana anunciando la buena ventura, Venga, acérquese a conocer su estrella, el pajarito de la suerte le cantará antes de sacarle un papelito que le predice la fortuna, aproveche, no desaproveche, solo cincuenta centavos y usted sabrá qué le viene, qué le aguarda, no espere más ya llegó el pajarero, el único que con sus aves le anuncia la buenaventura. En una ocasión se acercó a la ventana, Seño, me dijo, para usted traen noticias estos canarios, anímese, por cincuenta centavos sabrá qué le está reservando la providencia, le dije a Mercedes que se asomara a sacar un papel, la avecilla cantó alegremente, tomó una hojita con tres o cuatro dobleces y la acercó a la mano de mi hija, Meche me la pasó pues no sabe leer, un retraso mental no le permitió ir a la escuela, lo leí entre dudosa y jocosa: alguien cercano a usted la visitará trayéndole gratitud y amor. Confirmé que mi hijo nunca nos dejará solas.

Así han transcurrido los últimos diez años, postrada en cama seguiré hasta que Nuestro Señor decida llevarme. Los resortes desvencijados del viejo colchón hacen más penosa mi existencia. Solo me quedan recuerdos y sueños, a Renecito no dejo de tenerlo en mis oraciones, Dios sabe por qué se lo llevó si apenas empezaba su juventud y había decidido abrazar la vocación sacerdotal, el dolor de la partida lo llevo clavado en el alma, mi vida no ha sido la misma desde entonces, me pregunto si esa muerte ocurrió porque no estaba destinado a ser un buen ministro o si fue una prueba divina ya que en un período muy corto murieron él y mi esposo, no es fácil entender los designios del cielo cuando lo único que he tenido a cambio es dolor y soledad, sé que no puedo revelarme, al contrario, con humilde abnegación debo aceptar lo que me ha tocado vivir.

Veo y escucho lo que sucede en la calle a través de la ventana abierta de mi cuarto mientras  van transcurriendo los días. Por su enfermedad mi hija Mercedes siempre ha vivido conmigo. También cuento con Damián que me visita y ayuda diario, nos trae la comida, medicinas y lo que vamos necesitando. Estoy aislada, a esta edad la soledad anda con una todo el tiempo. Me voy consumiendo poco a poco ¿Dios mío algún día te acordarás de mí?

En mi buró tengo un radio, cada mañana lo enciendo para escuchar las noticias, por las tardes lo vuelvo a prender para oír La tremenda corte con el genial Tres Patines, la simpatiquísima Luz María Nananina, el juez y un secretario. Meche acerca su silla, escucha con atención, las dos disfrutamos y reímos las gracias y ocurrencias de esos simpáticos cubanos; diario presentan un caso distinto en el que se acusa a José Candelario “Tres Patines” de algún delito, llevan a cabo un juicio lleno de chistes y expresiones espontáneas, y al final el acusado termina condenado a pagar cierta multa o a ser encarcelado. Disfrutamos mucho programas como éste, blancos e inocentes pero llenos de chispa. A lo que iba es que escuché en la radiodifusora que hace cinco años el presidente, creo que de apellido Ruiz Cortines, concedió a las mujeres el derecho al voto, ¿para qué me sirve si no puedo salir a votar? En fin, eso no es lo importante, para mí todos los días son muy iguales, pocas cosas suceden que hagan diferente la jornada. En realidad estoy siendo algo injusta porque a decir verdad me encantan los sábados por las tardes y los domingos en las mañanas cuando Damián trae a mis nietos, me acompañan retozando, no dejo que vayan a los otros cuartos, prefiero no perderlos de vista, casi no me hablan por estar en sus juegos pero no importa, soy feliz observándolos cómo se entretienen jugando, en general son bien portados. Desde mi cama estoy pendiente de ellos, si es necesario doy un grito que los pone en orden de inmediato; les gusta pararse en el balcón a mirar lo que hay en la calle; no es raro que pase un limosnero pidiendo una caridad por el amor de Dios, los niños pelean por ver quién le dará una moneda o un pedazo de pan. Las visitas de los nietos ocultan por un rato mi soledad, al irse llega de nuevo la rutina diaria. De lunes a viernes los días son casi una calca del anterior.

Yo creo que pronto partiré de esta vida, ¿qué será de Meche? No dudo que Damián seguirá viendo por ella; su inocencia y pureza me hacen quererla más, pobrecita; algunas tardes nos ponemos a acomodar la ropa, le pido que la saque del chifonier, la coloca a los pies de la cama, la revisamos, a veces le digo que aparte alguna prenda para luego dársela a algún pordiosero de los que circulan por aquí, generalmente volvemos a guardarla. Junto a esa cómoda está la vieja silla de madera en la que mi niña se sienta durante algunas horas, a un lado hay una mesita con estambre y agujas, qué bueno que aprendió bien ese oficio; todas las tardes se entretiene varias horas tejiendo. 

Cada mañana se levantaba con el canto de los gallos del vecindario anunciando que el alba había llegado; después de llevar al colegio Champagnat a sus hijos pequeños, una escuela tradicional donde la educación católica y los valores cristianos eran importantes, pasaba a dejarle a Manuela los alimentos a su domicilio ubicado en Serapio Rendón número setenta y tres; dos recámaras, una pequeña sala, comedor, un baño y patio trasero integran la vivienda; al entrar, la primera puerta del lado izquierdo comunica con la habitación de Manuela, lugar que podía ser todo el hogar pues casi no se movía de la cama ni para tomar alimentos, una ventana con un pequeño balcón le daba vista al movimiento de la calle, en eso se entretenía. Platicaba con ella cualquier cosa, saludaba fríamente a su hermana y salía a la oficina. Diariamente, de lunes a viernes, repetía la misma rutina. A los diecisiete años Damián asumió la responsabilidad de la familia a raíz de la muerte de su padre.


Una tarde se detuvo frente al balcón el organillero, en realidad eran dos hombres, uno cargaba el organillo, el otro le ayudaba a recolectar lo que la gente les da a cambio de escuchar cómo de ese cilindro encerrado en un cajón y movido por una manivela salen emotivas canciones, tocaron Sobre las olas de Juventino Rosas y Estrellita de Manuel M. Ponce, fue como una serenata vespertina, al terminar recogieron unas monedas antes de continuar su camino. Vuelven dos o tres veces al mes, hay gente que se detiene a escucharlos, casi todos les dan algo de dinero; cuando oigo el organillo me acuerdo que Hipólito y yo íbamos los domingos a la plaza de armas, nos comprábamos unos algodones de azúcar y nos sentábamos en alguna banca a escuchar la banda municipal. ¡Qué bonitas tardes vivimos juntos! La ciudad lucía tan hermosa resaltada por la Calle Real que iba de la catedral al acueducto. Me gusta que pasen estos músicos y alegren el momento con melodías que traen recuerdos dibujados de nostalgia, le digo a Meche que les de cinco centavos, pobres, necesitan comer. Me imagino que ese aparato pesa mucho, no ha de ser fácil cargarlo y llevarlo de una esquina a otra. Las tardes que camina por aquí el organillero son menos monótonas.  

Algunas noches que ya estamos acostadas pasa el sereno tocando un silbato y alumbrando con una pequeña linterna, en su camino va encendiendo los faroles de los postes, mientras avanza se le escucha gritar las doooce y tooodo sereeeno, ese hombre cuida el vecindario y vela nuestro sueño aunque más bien protege a los pocos paseantes que deambulan allá afuera. Recuerdo a mamá recitando unos versos acerca de estos hombres solitarios: Los faroles de la calle yo me encargo de encender/para que usted mi negrita no se vaya a caer, o aquel otro que decía ¡Las doce han dado y sereno!/la noche está tranquila/camino con mi farol por la ciudad dormida. Temo que se va a ir perdiendo esta costumbre, me da miedo pensar qué sucederá cuando no haya alguien vigilando que todo esté bien mientras la gente descansa. Para entonces ya no viviré, ¿qué les irá a tocar a mis hijos y nietos? Por eso tengo cerca al Sagrado Corazón, la Inmaculada y san Pantaleón patrono de los enfermos, la imagen de cada uno cuelga de la pared que tengo frente a mí, diario rezo y les pido nos protejan, de pasada incluyo en las oraciones a mis hijos a pesar de que ellos no se preocupen mucho por mí, excepto Damián. Corazón de Jesús, ardiente de amor por nosotros, inflama nuestro corazón en tu amor, le rezo a diosito para que no permita que la maldad invada los caminos, luego le digo Sagrado Corazón de Jesús en vos confío. Pobrecito el sereno cuando ya no le hagan caso y no nos cuide más. Esa desconfianza hace que dos o tres veces al día rece una jaculatoria a la virgencita santa Oh María, que entraste en el mundo sin mancha de culpa, obtenme de Dios que pueda yo salir de él sin pecado. Tampoco dejo de confiar en san Pantaleón, un médico muy bueno que curaba a los enfermos, a él le pido que no se olvide de mí, dame salud para que pueda volver a caminar, a veces dudo que esté atento y entonces le ruego que al menos me dé fuerzas para seguir adelante en este valle de lágrimas, aun así creo en él.

Durante su caminar el sereno se ha de encontrar a esos juglares modernos que salen por las noches a llevar serenata, no importa que canten desafinados, lo que les interesa es demostrar su amor a la amada. Hipólito me sorprendió en dos ocasiones, una en un cumpleaños, de pronto llegó con un trío y cantaron bellas melodías, esa noche viví tanta emoción que ya no dormí; la otra fue cuando me pidió  matrimonio, llegó con sus amigos uno tocaba la guitarra, otro un piano montado sobre una destartalada vagoneta, entonaron canciones románticas, el único detalle es que les salieron bastante malitas pero no me importó, le agradecí tanto que trajera gallo, desde entonces lo amé más. Ojalá esta tradición no se acabe, que a todas las novias les lleven cantos nocturnos mientras el sereno cuida que la tranquilidad no se perturbe. 

Damián conoció y se enamoró de Estela con quien contrajo matrimonio, enseguida empezó a tener hijos como si no hubiera otra cosa qué hacer, al tiempo que aumentaba la descendencia también sus preocupaciones porque los gastos crecían y el ingreso parecía reducirse, a eso sumaba el sostenimiento de su mamá a la que no descuidaba ningún día. Con sus hermanos prácticamente no contaba, Inés se casó con un hombre divorciado y de inmediato la segregaron de la familia, no era posible aceptarla con ese pecado a cuestas; Josefina ingresó al convento de las religiosas del Sagrado Corazón y Mercedes cargó siempre con una discapacidad mental; a Jacinto, su hermano, le interesaban más los negocios que su mamá, decía que no tenía tiempo de visitarla. Damián se convirtió en el menor una vez que René falleció de tuberculosis apenas cumplidos dieciséis añitos, cuatro años después al morir su padre fue el único que nunca dejó de atender a su madre. Desde que encontró la casa de Serapio Rendón e instaló ahí a Manuela la visitó diariamente constatando que la diabetes, el sobrepeso, problemas articulares y una severa osteoporosis la fueron recluyendo en su cama.

La familia siguió creciendo igual que las aflicciones, para mil novecientos cincuenta y ocho ya tenían once hijos y el siguiente en camino. La salud de su madre mermaba y con ello aumentaban los gastos de medicinas y médicos, Mercedes no tenía forma de salir adelante por sí misma, la relación con los demás hermanos sin ser mala se mantenía en un nivel de tolerancia. 

¡Tieeerra de encinooo!! Va gritando un hombre mientras arrea a dos mulas cargadas con costales de tierra traída del monte, me imagino que por las mañanas muy temprano sale hacia el rumbo de Santa María o quizás al Punhuato a escarbar el suelo y llenar sus talegas, luego baja a la ciudad y va recorriendo las calles anunciando su mercancía. Le he llegado a comprar un poco para mis macetas, tengo dos en el corredor y tres en el patio de atrás, Meche las riega dos veces a la semana, en el comedor y las recámaras no hay plantas porque dicen que no es bueno tenerlas dentro de las habitaciones. En la Ciudad de México no veíamos estas usanzas, acá me gusta cómo conviven los autos, las bicicletas, las carretas tiradas por un par de mulas, o simplemente los burros con su carga, todo un caleidoscopio.

Diariamente cuando el calorcito mañanero que el sol reparte ha bañado la ciudad, pasa el distribuidor de leche dejando en algunas puertas una o dos botellas, a nosotras nos entrega un litro los lunes y jueves, Damián los recoge al llegar cada mañana ¡Cómo le agradezco su generosidad! Bastante tiene con once hijos y todavía se da tiempo de atendernos. Dios mío bendícelo, llénalo de tu divina gracia, extiéndela a Estelita y todos mis nietos. ¿Cuándo dejarás de darles tantos hijos? Tú sabes tus designios, sé que los ayudarás a salir adelante.
También veo circular al repartidor de hielo en una pequeña motoneta, alguna vez se detuvo enfrente y vi cómo con unas pinzas largas cargaba un cubo grande y lo depositaba en la entrada. Por las tardes aparece el panadero pedaleando una bicicleta, sobre su cabeza lleva un enorme canasto con pan, se va deteniendo en las casas y repartiendo tan rica mercancía, Mercedes sale a esperarlo, le compra dos o tres piezas. Me tranquiliza que la leche y el pan los traen a domicilio, Damián no tiene que preocuparse de eso, si en alguna ocasión no pudiera venir al menos tendremos algo que comer.

Creo que ahora sí el final está cerca, cada vez me cuesta más trabajo moverme, el cuerpo me duele, estoy muy sola, te pido diosito que te apiades de mí, ya tengo ochenta años ¿Para qué sigo viviendo? Aun necesitando mucho apoyo, Meche no cuenta conmigo, necesita a sus hermanos, cuando me vaya ellos verán por ella. Mis dolores van en aumento, llévame contigo mi señor y mi Dios; san Pantaleón, santo mártir de los enfermos, por tu intercesión te suplico que ya no me hagas sufrir, qué sentido tiene la existencia así, hace tiempo perdí el gusto y la alegría de vivir, en este estado no disfruto nada, tengo que buscar cómo entretenerme para hacer más pasajera la vida, mejor ya intercede, glorioso san Pantaleón, elévame al altar de los justos. ¿Qué sigue? ¿Cuánto tiempo seguiré aquí? Tengo tanto miedo de las horas y meses por venir ¿Hasta cuándo seguirá este sufrimiento? ¿Podrá Damián seguir pendiente de mí con tanto hijo que tiene? Dios ha querido llenarlo de prole, que se haga su divina voluntad. ¡Virgen santa cúbreme con tu sagrado manto, no alargues más mi tormento! 

Sucedió una tarde de agosto, el alma de Manuela abandonó su cuerpo a los ochenta y dos años dejándolo sobre su cama, su rostro expresaba la tranquilidad que buscaba hacía tiempo, alrededor suyo sus hijos y conocidos, inclusive Inés, que en opinión de la familia seguía viviendo en pecado, pero dada la situación le permitieron asistir, la acompañaron en sus últimos momentos, finalmente descansaba serenamente. De pronto irrumpió en la recámara Damián, con la cara desencajada se abrió pasó a empujones y llegó hasta el pie de la cama, su llanto y dolor lo escucharon los presentes, fue el único que no estuvo al morir su madre. Un  par de horas antes, ya cercano el final, se desprendió de ahí pensando que el deceso no ocurriría antes de la noche, necesitaba asegurarse que sus hijos estaban bien, lo acompañaba Estela que no se había despegado de él los últimos dos días cuando Manuela empezó a dar señales que el fin se aproximaba. No podían dejarlos solos por períodos largos; no obstante que las mayores tenían doce años, siendo adolescentes no era prudente delegarles la responsabilidad de los pequeños.

Regresó de prisa, mientras estacionaba el auto salió uno de sus primos, apúrate se acaba de ir, corrió hacia el interior y de inmediato lo invadió la impotencia de ver a su madre exánime. ¡¿Por qué no me esperaste?! ¿Por qué? ¿Dónde está la justicia si yo que estuve pegado a ti no pude acompañarte en el postrer aliento? ¿Por qué a mis hermanos sí les permitiste que estuvieran contigo en tu último respiro? ¡No puede ser! ¡No, por favor, no!

Manuela descansó al fin llevándose el recuerdo de las tradiciones de la ciudad. Mercedes se mudó al convento de Josefina a vivir tranquilamente junto a la hermana y las religiosas de la orden. Damián lloró inconsolablemente sin perdonarse nunca no haber estado con su madre en el momento final; aún tuvo otros tres hijos, con ellos crecieron las preocupaciones y aumentó su desencanto. La vida no fue igual por el resto de sus días.