viernes, 1 de abril de 2016

Los monstruos del metal

Marcos Núñez Núñez



Debía demostrarles lo que significaba ser metalero. Ellos tres iban con sus chamarras de mezclilla sin mangas, con un montón de logotipos de sus bandas favoritas, de las que presumían como supuestos conocedores. En la madrugada fría de San Luis Potosí todavía no cruzábamos palabra, pero ya venía maliciando que eran unos tremendos poseros, flacuchos de diecinueve años que nomás aprovechaban la oportunidad para jactarse y drogarse.

Recuerdo que me sentí nervioso, me frotaba las manos porque a las siete debíamos salir a Naucalpan, Estado de México, ni señales del Necros, el chofer de la vagoneta. Mientras, aquellos seguían en su “rollo”, a las risas y no se inmutaron de mi presencia cuando fumaron su mariguana. Ese olor me recordó viejos tiempos, cuando me viajaba con el Dark Side of the Moon de Pink Floyd, en la azotea de mi casa, junto a María Conchita que siempre se quejaba de que yo había dejado a los Pasteles Verdes por mis amigos. Ella odiaba mis gustos renovados y yo le hablaba de Led Zeppelin y de la banda más grande, la mamá de los metaleros actuales, Black Sabbath. Suspiré, tenía muchos años de haber dejado la yerba y ese olor vino a removerme el pasado. También recordé que me vestía muy a la “onda”, tenía el cabello largo y una chamarra con tiras que hacía pasar por cherokees, nada que ver, la había comprado en un tianguis de Texmelucan. Por eso yo sabía que esos desgraciados eran unos poseros, ya que a su edad también lo fui y poco a poco maduré en la verdadera actitud, en la modestia del que sólo está para honrar a la música y a las bandas que arriesgan todo en el escenario. Debía demostrarles que fumar mariguana y vestirse de forma estrafalaria no les servía de nada ante alguien como yo, que en verdad tengo años conociendo el ambiente metalero. Sabía que tendría varias oportunidades para darles cátedra, pues eso apenas era el comienzo.

Desde la primera vez que les hablé comenzaron los problemas, se pusieron tensos, como que les incomodaba que alguien con mejores conocimientos los hiciera sentir menos. Ya íbamos dentro de la camioneta que la empresa Morbid Visions rentó para aquellos que compramos boletos en promoción, el interior se veía bien, los asientos casi nuevos, limpios, olía agradable, la alfombra se sentía suave en mis manos y el aire acondicionado no hacía ruido. Los tres amigos iban en el asiento de atrás y comentaban el video que el Necros proyectó para entretenernos, era un concierto de Ronnie James Dio, yo lo estaba disfrutando y hasta pedí que le subieran el volumen cuando cantó Holy Diver. Sin embargo los tres chicos no compartían mi entusiasmo, se burlaban de Dio, decían que se vestía ridículo, y cuando gritaron al chofer que cambiara el DVD por otro, la verdad me molesté, no pude soportarlo.

—Cómo pueden ser injustos con Dio —les reclamé desde mi asiento.

—No es nada especial, viejo, ese artista no nos gusta, no sabemos ni quién es. Que pongan heavy metal de verdad —respondió el que tenía la camisa con el estampado de un clásico álbum de Black Sabbath, donde están tres ángeles jugando naipes mientras fuman. El chico llevaba el cabello largo y aparentaba, como sus amigos, ser de familia adinerada.

— ¡Ah! ¿Sí? A ver, chamaco, dime qué canción interpreta ahora el gran Dio —dije curioso y con tono burlón.

 Los tres se miraron entre sí, haciendo gestos de que no sabían.

—Me doy cuenta cuando estoy ante un trío de poseros. Tienes la respuesta en tu playera y ni lo sabes. Es Heaven and hell, uno de los principales éxitos de Black Sabbath a principios de los ochenta. La interpretó el gran Dio cuando formó parte de la banda.

— ¿Cómo es que sabe todo eso? —preguntó uno que llevaba en su playera negra el estampado del álbum Don't Break the Oath, de Mercyful Fate, que tiene a un demonio asomándose desde las llamas del infierno.

            —Llevo muchos años en el medio, comencé en 1980, cuando ustedes ni nacían. Ahora los metaleros son como ustedes, unos poseros que no saben nada del metal.

            —No diga mamadas, viejo. La neta, su barba parece de Santa Claus. Mírese, ya no está para estos trotes.

            —No me haré el ofendido, muchacho, tengo cincuenta y cuatro, pero con la barba me veo como abuelito. Me llamo Tomás, pero me pueden decir Rey Diamante.

            Los tres en su momento me estrecharon la mano cuando los saludé, luego se miraron entre sí y se rieron.

            —Yo soy Miguel, este huey se llama Rubén Flores y este otro, con cara de marica, es Melquiades —respondió el de la playera de Black Sabbath, mientras la Van reducía velocidad para pasar una curva.

            —Qué nombres sin chiste, si van a estar en el medio metalero deberían ponerse un nombre digno.

            —A ver, viejo ¿Qué diablos es eso de Rey Diamante? —cuestionó Melquiades, el que llevaba la estampa de Mercyful Fate.

            —Jim Morrison era el Rey Lagarto ¿Sí saben quién fue Morrison? ¿Verdad? ─les dije mirándolos con sospecha.

            ─Pues no ─respondió Rubén, quien aparentaba ser el más callado, pero el más bravo.

            ─Valen madre, no importa, él era el Rey Lagarto, pues bien, yo soy el Rey Diamante, mira muchacho, la respuesta la llevas en tu playera. Si nunca has escuchado el Abigail de King Diamond, la verdad no me explico para qué presumir la portada de su disco en la playera, eso es de fanfarrones —no dije más, giré en mi asiento y seguí disfrutando el concierto de Dio.

            Casi a las once de la mañana la camioneta se detuvo en una gasolinera de Querétaro y fue allí donde las cosas se pusieron más difíciles. Mientras comía galletas con el Necros, vi que los tres chicos se fueron al baño con sus celulares en la mano. “Parecen nenas que cagan juntas”, dije en voz alta, el Necros se rio conmigo y opinó que ellos han de estar en la onda del heavy metal por la mariguana, sólo por eso. Cuando salieron me acerqué para preguntarle a Melquiades.

            — ¿Ya averiguaste qué banda fue Mercyful Fate?

            — ¡Cállese viejo pendejo! Se cree muy sabiondo.

            ─Ay sí, muy sabiondo, habla como hombre, en verdad pareces maricón.

—Usted piensa que no sabemos de metal —intervino Rubén— pero yo tengo toda la discografía de Bathory.

—Así que te gusta el black metal ¿Dónde consigues los discos?

—De Mediafire, los descargo en mp3

—¿De internet? No la chingues, no hay nada más póser que la descarga de música por internet, eso insulta la creatividad y la honestidad del movimiento.

—Eso a usted le vale verga, viejo.

Rubén se adelantó para golpearme, pero lo detuvieron Miguel y Melquiades. Yo me adelanté, me les paré en frente y nomás me reí.

—Chamaco imbécil —le dije.

Ellos habían comprado tortas y una canastilla de cervezas. El resto del camino se la pasaron hablando idioteces y me arrojaron migajones a la cabeza. Gritaron “Viejo pendejo” varias veces y se rieron. Yo intercambié miradas con el Necros que me miraba por el retrovisor. Nuestra amistad ya era de veinte años, cuando él tenía cabello y yo la barba negra. Los dos al vernos por su retrovisor sabíamos que esos chamacos podían hacerme daño, por eso al verme negó con la cabeza, como advirtiéndome de un peligro. Por mi parte nada más arrugué la nariz en señal de que no me importaba, mientras que detrás de mí uno de ellos abría su lata de cerveza.

El concierto “Los monstruos del metal” comenzó a las tres de la tarde. En esa ocasión los organizadores del evento fueron puntuales, porque iban a ser veinte bandas las que subirían al escenario. Desde el inicio el lugar se llenó con metaleros jóvenes y viejos que vestían con playeras negras, algunos hombres o mujeres lucían tatuajes en los brazos y otros sacaron a relucir sus peinados de cabello largo o estilo punk. La verdad era imposible perderse un evento donde las mejores bandas de Latinoamérica, de todos los géneros del metal, alternarían con algunas de las mejores del resto del mundo. Eso apenas iniciaba y ya sentía el humo de cigarro, de la mariguana y el olor a orín que venía desde los baños. Yo observaba cómo había mucha basura en el piso, vasos de plástico, envolturas de frituras, colillas de cigarro y mucho polvo, cuando vi a los chicos parados frente al puesto de bebidas, los tres miraban al escenario con una cerveza en la mano y la canastilla colgando en la otra. Se notaban tan poseros que no resistí acercarme. 

 —Estoy seguro de que en cuanto comience el slam ustedes se meterán a tirar manotazos sin saber el nombre de la banda que está en el escenario ni el título de la canción que interpreta —les dije casi gritando a causa del ruido— No sé qué hacen unos poseros como ustedes por acá.

—Otra vez la burra al trigo —respondió Miguel.

—No le digas burra, Miguel ¿Qué no ves que se llama Rey Diamante? —intervino Melquiades y rio con sus amigos— Deja de estar jodiendo, viejo, neta que sí te rompemos la madre si sigues chingando. Mira, para que veas que no somos culeros, tómate una cerveza.

—Sí, tómate una y ya no seas mamón —dijo Rubén y desprendió una lata de su canastilla para dármela.

—Yo no tomo, porque un metalero de verdad escucha la música y no anda alterando sus sentidos.

Noté que lo que dije no les gustó, porque hicieron un gesto desagradable. De pronto un grupo de cuatro metaleros paso frente a nosotros y me saludaron, me llamaron Rey Diamante, eso me hizo sentir con más autoridad frente a los chicos. Cuando volvimos a quedar solos vi que algo murmuraban y se reían de mí.

—A ver, viejo —dijo Miguel—, mis compas y yo pensamos que los poseros no somos nosotros, pensamos que eres tú por andar de pinche presumido. Queremos que ya no te acerques, sino te partiremos la madre valiéndonos verga quien seas.

No les hice caso, pensé que estaban fanfarroneando, nomás les mostré el dedo medio de mi mano derecha. Cuando miré al escenario, Agony Lords, una banda que admiro mucho, interpretaba su éxito In Both Sides of Eternity, entre luces y cambios de ritmo; la verdad sentí gusto al ver cómo tenía prendido al público que cantaba a coro la letra o movía su cabeza para agitar la cabellera.

—Tú, Miguel, deberías llamarte Lord Brave, te pareces al cantante de Agony Lords con esa barbilla de candado —dije—. Los muchachos se miraron entre sí.

—Estás sacando boleto, viejo, quieres que te pongamos unos madrazos, ¿verdad? —dijo Miguel.

—Ustedes son perros que no muerden. Tú Rubén, deberías llamarte Quorton y tú Melquiades, Mercury, como el puñal que era líder de Queen ¿Qué opinan?
—Opinamos que ya valiste verga, viejo.

En eso Miguel me empujó y di varios pasos hacia atrás, caí de sentón. Ellos estaban a punto de surtirme a patadas cuando entre la gente apareció el Necros y dos espontáneos que los detuvieron. Necros les pidió que me dejaran en paz, que yo era una persona que merecía respeto, que en vez de andar de violentos debían aprender de mí. Ni sabían con quién se metían. Me levantó y me llevó al pie del escenario donde el cantante de Agony Lords me vio, sacó el nuevo disco de la banda, lo firmó y me lo dio con un abrazo. En ese momento, se preparaba para actuar una banda joven, pero de gran empuje entre los metaleros, Raped God 666. Cuando sus cuatro integrantes me vieron junto al Necros, nos mandaron un saludo desde el micrófono y me agradecieron llamándome King Diamond, Rey Diamante, por haberlos apoyado en sus inicios, cuando nadie creía en ellos. Al escuchar eso agradecí al saludo con la mano levantada en señal de cuerno.

Después de eso, la banda tocó a ritmo de thrash y los asistentes comenzaron a empujarse entre sí en el slam. Uno que otro empujón me llegó, pero en cuanto la gente advertía quién era yo, me dejaba tranquilo. Así estuve durante un rato hasta que de pronto sentí un empujón fuerte que me tiró adentro del slam, allí descubrí que había sido Rubén. Los otros dos lo alcanzaron y los tres me surtieron a patadas. Recuerdo que vi las caras de Miguel, Rubén y Melquiades gustosas del placer que les daba golpearme, hasta abrían más los ojos, sonreían con malicia y más fuerte me golpearon. Yo de plano me agazapé en el suelo, ya no podía respirar bien. Sólo alcancé a ver que los demás asistentes se detuvieron para ver qué hacían y hasta se detuvo la música cuando Raped God 666 descubrió que era a mí a quien golpeaban. Entonces la gente detuvo a mis agresores y entre muchos les devolvieron los golpes que me habían dado. Les pusieron una santa madriza que aun recuerdo que Rubén trató de oponer resistencia pero rápido lo tundieron, Miguel quiso salir corriendo mas lo atraparon y lo estrellaron al pie del escenario y Melquiades, tirado en el suelo, sólo alcanzó a gritar ¡Mamá! "Qué marica", pensé. Fue así que nosotros cuatro, en esa noche de “Los monstruos del metal”, acabamos tirados en el suelo. Después Necros me levantó y cargando me llevó a su camioneta. Al poco rato otros metaleros subieron a los tres chicos bañados en sangre, me saludaron y me dijeron que ojalá me recupere pronto; los reconocí bien, porque yo les puse sus apodos, eran el Immortal, el Nargaroth y una chica que bauticé con el nombre de Melissa. Ahí estuve igual que mis enemigos, adolorido a más no poder. Lo último que vi fue cómo la sangre de Rubén, quien era el que estaba más golpeado, escurría y manchaba la alfombra de la camioneta.


Al despertar, estaba en mi casa de San Luis Potosí, acostado y con vendas en la cara. El Necros me contó que a los chicos los bajaron en el hospital de Querétaro, porque les habían dado una golpiza peor. Nadie quiso llamar a la policía ni a una ambulancia, no querían que el evento se suspendiera. Hicieron bien. Ahora sé que "Los monstruos del metal" fue todo un éxito y que a lo mejor se repite dentro de dos años. Al paso de un mes investigué dónde vivían mis enemigos y los fui a ver. A cada uno lo llamé por su nuevo apodo y le regalé el álbum más reciente de Raped God 666. Desde entonces nos hicimos amigos. A un año de aquel concierto nos reunimos para metalear, con María Conchita y el Necros incluido, en Querétaro y en San Luis. Los chicos han aprendido mucho sobre la buena música, hacen honor al movimiento comprando discos originales y yo, no lo puedo negar, he vuelto a los placeres de la mariguana y la cerveza. 

miércoles, 30 de marzo de 2016

El viajero

Julian Cervantes Cadena


–Dígame señor Soto, ¿por qué cree que este es un buen momento para confesar? –dijo el oficial Gómez.

–En la vida todo tiene su momento, hice algunas cosa de las cuales me sentí orgulloso durante mucho tiempo, pero no puedo morir sin que nadie conozca mis días más gloriosos –respondió Carlos Soto. Un hombre que a sus ochenta y cinco años decidió dejar de vivir entre las sombras.

La noche era su mejor acompañante, la soledad de su profesión y los recuerdos de una niñez llena de estrictas reglas por parte de un padre militar y una madre extremadamente religiosa siempre hicieron que Carlos Soto buscara el amor en mujeres que no le convenían, e incluso en lugares equivocados. Los burdeles de las ciudades más cosmopolitas del mundo eran frecuentados ávidamente por Carlos, hasta que un lluvioso día de noviembre en Praga, su forma de ver a las mujeres cambió. Una hermosa mesera de uno de los centros de tolerancia del centro de la ciudad lo deslumbró. El parecido físico con su amor de la infancia, llamo su atención de inmediato.

 –¿Me podrías ayudar con un vodka? –dijo Carlos en un checo tosco y poco entendible.

 –Perdón, no te entiendo –dijo la bella mesera con su dulce voz mientras fruncía el ceño. Carlos decidió pedirle nuevamente el trago, pero esta vez en un perfecto y fluido ingles. La mesera con una hermosa sonrisa le mostró que en está ocasión sí le había entendido.

Era raro que él se pusiera nervioso al hablarle a una mujer, siempre que salía a bares o a prostíbulos se desenvolvía con facilidad, pero esta vez fue diferente, no era por el idioma, no sabía como tratar a una mujer tan bella y angelical que había conocido en un prostíbulo, ese tipo de mujeres no se deberían encontrar en lugares tan sucios, oscuros y degenerados como esos. Hablarle con dulzura le parecía ridículo. Una mujer que seguramente era más vivida y recorrida que él y todos los visitantes del lugar juntos, pero hablarle directamente y con total franqueza sobre sexo y depravación no le nacía, es más, ella no le despertaba esos sentimientos, la dulzura de sus ojos azules, la angelical sonrisa y la bien cuidada y castaña cabellera hacia que se viera como una mujer con la que quisieras pasar el resto de la vida, no una noche de sexo y desahogo.

Carlos no hizo nada en ese momento, prefirió no asociar aquel bello rostro con los olores a lujuria y las luces de neón del lugar. La esperó afuera, no le importó permanecer ahí hasta la madrugada, total su próximo vuelo era en dos días y ella valía la pena la trasnochada.

El sol empezaba a salir, y con él, las chicas de la noche iniciaban su recorrido a casa. Apenas la vio se le acercó, su rostro no dejó de ser bello pese al cansancio que reflejaba y a lo diferente que resultaba verla bajo la luz del amanecer. Carlos se presentó y muy amablemente le ofreció su compañía hasta su destino, ella un poco extrañada aceptó, la buena presencia física de Carlos, sus modales e incluso su caballerosidad generaron un aura de confianza entre los dos.

Una caminata de unos veinte minutos a través del colonial y pintoresco centro de la ciudad, bien conservadas edificaciones con techos llenos de tejas anaranjadas, el empedrado camino lleno de rocío mañanero, el tolerable frío de una madrugada de otoño; formaban una escena que parecía salida de una romántica película europea. Ella se llamaba Petra, y tuvo química instantánea con Carlos. Su charla no fue sobre sus trabajos, o el posible pasado tormentoso de ella, él siempre llevo la conversación a los gustos de cada uno, a sus sueños, todo terminó cuando él la dejo en la estación del tranvía, su imaginación dejó de volar y soñar en una posible relación con Petra.

Dos semanas más tarde, Carlos tenía que volver a Praga, así que aprovechó para ir al burdel donde trabajaba Petra. Ubicado en una vieja casa de tres pisos en el casco histórico de la ciudad, por fuera pasaba desapercibido, era parte del paisaje, pero luego de pasar un viejo portón de roble que dirigía a un largo corredor hecho de piedra, la música a alto volumen, los espejos en techo y paredes, mesas para no más de cuatro personas y el olor a alcohol mezclado con perfume barato de mujer y cigarrillo envolvían a cualquiera en una atmósfera de bohemia y lujuria.

La escasa iluminación proporcionada por las luces de neón y las lámparas de las mesas ubicadas alrededor del “Table Dance” dificultaban la misión de encontrar a su amor platónico. Se sentó en la barra y ordenó un whisky.

–¿Petra trabaja hoy? –preguntó Carlos al barman, un calvo de dos metros de altura con un rostro de pocos amigos.

 –Acá no trabaja ninguna Petra –respondió el matón mientras limpiaba un vaso con un trapo blanco que tenía colgado en el hombro.

La respuesta del rapado, desconcertó a Carlos, que decidió tomarse su trago y disfrutar del continuo show de striptease que ofrecía el lugar, sin dejar de buscar a la chica que no podía sacar de su cabeza.

Carlos se dio por vencido, se levantó del incómodo taburete metálico que daba a la barra y dejó con total displicencia sobre la húmeda superficie de madera donde estaba su trago, dos billetes de quinientas Coronas, suficiente para pagar la cuenta y dejar una buena propina para el cantinero. Antes de salir del lugar decidió hacer una parada en el baño, cuando estaba llegar a este, la vio, tan hermosa como recordaba, un rostro angelical que lo hizo suspirar y ponerse a soñar en pasar el resto de sus días junto a ella.

La inocente fantasía de Carlos se derrumbó en pocos segundos, cuando cinco sujetos que parecía que estaban en una despedida de soltero empezaron a manosearla, uno de ellos llevaba la batuta, le habló al oído y seguramente tranzó el negocio con ella, uno tras otro entraron a un cuarto, mientras ella los animaba con su angelical sonrisa a que bebieran más. El corazón de Carlos latía a mil por hora, su respiración era agitada y sus ojos alcanzaron a llenarse de lágrimas, se sentía como un quinceañero que acababa de sufrir su primera decepción amorosa y así actuó, sin pensarlo se dirigió al cuarto y abrió la puerta con tal violencia que interrumpió la orgía en la que participaban los que estaban adentro.

–Ella tendida en su espalda siendo penetrada por un individuo, mientras usaba sus manos y su boca para darle placer a otros dos al mismo, fue la escena que desató todo lo que hice después –dijo Carlos.

–¿Cuántas victimas dice que tiene a su haber? –preguntó el oficial Gómez mientras tomaba apuntes en su pequeña libreta

–No sé perdí la cuenta después de los primeros ocho años.

–Pero, ¿más o menos cuántos eran por año?

Carlos se tomó unos minutos para hacer cuentas, su mirada apuntaba a las luces de la sala de interrogatorios y sus dedos se levantaban al ritmo de un conteo minucioso, de repente se detuvo y miró fijamente a los ojos del oficial. –El éxito de mi trabajo siempre fue usar bien la cabeza y llenarme de paciencia. Nunca fueron muy seguidos, en mis mejores épocas podría hacerlo dos o máximo tres veces al año, pero hubo años en los que me tocó detenerme, la ley se acercaba mucho.

Al salir del burdel la cabeza de Carlos daba vueltas, se sentía desorientado caminaba dando tumbos por una plaza de Praga, parecía un borracho cualquiera, su estómago no aguanto, cayó de rodillas, puso las manos en el húmedo piso y vomitó el trago que ingirió acompañado de los restos de un sándwich que había cenado, el ardor en la nariz por un pedazo de comida atravesado hizo que reaccionara. Levanto su cabeza caminó hasta una fuente que estaba a pocos metros mojó su mano y tomó un poco de la congelada agua, se sentó y simplemente esperó, mientras miraba la puerta del burdel. Vio como los implicados en la despedida de soltero salían totalmente ebrios y cantando lo que parecía una canción de algún equipo de futbol local. Su mirada no se desvió ni por un segundo, estaba enfocado en la puerta. El tiempo pasó, todos los visitantes del lugar parecían haber abandonado el centro de tolerancia. Carlos siguió esperando. Petra salió del lugar, igual que la otra vez acompañada por el alba, pero en esta ocasión él no le habló, ni la acompañó amablemente, esperó unos segundos y la siguió a una distancia razonable para que ella no lo viera.

La silenciosa persecución terminó en un edificio de cuatro pisos y cinco ventanas por cada uno, lleno de paciencia esperó en la vereda del frente, sin perder la concentración para poder ubicar la ventana donde se pudiera ver a Petra. Tercer piso segunda ventana de la izquierda, se acercó al portero electrónico, ocho timbres, dos por cada nivel. Carlos se fue a su hotel, su próximo vuelo salía en dos días.

Minutos antes de que llegara la noche, Carlos ya estaba afuera del edificio donde vivía Petra, esperó que alguien salga del edificio, para poder escabullirse por la puerta principal. Frente a él un pequeño corredor de tres metros de largo, una puerta a cada lado y al fondo unas viejas escaleras de madera que crujían a cada paso que daba. La humedad del lugar hacía que el frío se intensifique. Terminó de subir los tres pisos que lo llevarían al departamento, pero subió uno más, se sentó en la parte alta de las escaleras que lo llevaban al cuarto nivel y esperó.

Petra salió de su casa y nunca se dio cuenta que estaba siendo acosada por Carlos. Él bajó las escaleras, se asomó por la ventana del corredor y esperó a verla en la calle para irrumpir en el departamento. Un pequeño lugar, que tenían únicamente un dormitorio con su respectivo baño. El olor a comida se mezclaban con el vapor de la ducha que acababa de ser abandonada. Un colchón botado en el piso, ropa por todas partes y una caja de maquillaje conformaban la decoración del sitio, solo una persona que lo utilizaba solo para dormir podría vivir en esas condiciones.

Carlos entró al baño, desordenado como toda la casa, cremas, maquillaje en el lavamanos, ropa interior colgada en el tubo de la cortina de baño. Con mucho cuidado, no tocó nada, pese a tener sus guantes contra el frío, no quiso dejar ninguna prueba de su presencia en el apartamento de Petra.

–¿Petra fue su primera víctima? Preguntó el oficial Gómez

–Sí, esperé por casi ocho horas en ese lugar –respondió Carlos– todo valió la pena cuando la sorprendí y le corté el cuello de lado a lado con un cuchillo que encontré ahí.

–Luego de esto ¿qué hizo?

–La vi desangrarse y esperé hasta que llegara la noche para poder abandonar el lugar, ya le dije el éxito de mi trabajo siempre fue tener paciencia.

La sensación de venganza, dejar salir toda la ira que tenía reprimida le dio a Carlos una felicidad que nunca había experimentado, sabía que lo que acababa de hacer no era correcto, pero el éxtasis que experimentó cuando atravesó laringe, tráquea, esófago y algunas venas y arteria con un cuchillo, nada lo podía equiparar.

Pasó un año completo hasta que Carlos volvió a hacerlo, visitaba burdeles en diferentes lugares del mundo, su profesión como piloto de avión le ayudaba con la diversidad. Praga, París, Nueva York, Rio de Janeiro, Sídney, sus asesinatos siempre fueron iguales, prostitutas hermosas, solas y sin nadie que reclame por su muerte, así fue como se convirtió en un asesino en serie sin que se encontrara una conexión entre las muertes.

–Señor Soto, usted cayó en cuenta que al contarnos todo esto, podría pasar el resto de su vida tras la rejas –dijo el oficial Gómez mientras guardaba su libreta y se alejaba de la mesa que lo separaba de Carlos.

–Oficial, usted es un tipo joven ¿Cuántos años tiene cuarenta, cuarenta y cinco?

–Cuarenta y seis para ser exactos.

–Yo en cambio soy un viejo que está viviendo sus últimos días. A mis ochenta y cinco años no espero vivir mucho. –Carlos esperó unos segundos y bebió agua de un vaso que tenía en frente para refrescar su garganta– Además el cáncer ya está por acabar conmigo, no me importa lo que me vayan hacer, solo quiero que mis más grande éxitos sean conocidos. –Una sonrisa se dibujó en la boca de Carlos mientras entrelazaba los dedos de sus manos y se las llevaba a la parte de atrás de la cabeza en señal de satisfacción.

martes, 29 de marzo de 2016

Amor u obsesión

Maira Delgado



Ciudad Esperanza, Marzo 1 de 2016.

Querido Elías:

¿Amor u obsesión? Amigo, en esta misma playa de arena blanca y tibia, dónde caminé contigo, oyendo tus sabias palabras que han sido mi guía, mi descanso. Espero hoy sentada el alba que se ve en el horizonte, con la poca luz del amanecer, lo más parecido a la ilusión que he tenido de volver a ver claridad en mi vida, con mis pies humedecidos en las olas de este inmenso mar azul, escribo para contarte los últimos sucesos, deseando que al terminar, tu respuesta ya haya llegado a mi mente, imaginando qué me dirías de nuevo al aconsejarme. En nochebuena volví a verlo. Ya puedo dibujar tu mirada en mi mente, sé que he sido insistente con el tema, pero eres el único que conoce mis pesares, nadie más honesto y comprensivo, para saber qué hacer en cada circunstancia de mi vida. Supe que volvió a la ciudad dos días antes de navidad, para estar con sus padres, oí que no fue a ver a sus hijos por la congestión de los vuelos, lo variable de las tarifas aéreas en esta época le hicieron perder sus conexiones. Excusa absurda, para un pasajero “categoría Diamante”. Esa noche, después de la “cantata”, lo vi saludando a otras personas, mi corazón se aceleró, las revoluciones parecían sacarlo de mi pecho, ya sabes, como cuando escuchas tus propios latidos, sintiendo un vacío cerca a tu estómago, me puse como loquita, paseándome cerca de ellos para llamar su atención. Por fin logré que me viera, bastó sólo un segundo, nuestras miradas se cruzaron, noté que todavía sus ojos se devuelven para observarme entre decenas de personas. Obviamente, salí despavorida, objetivo cumplido, como ver un fantasma entre la gente, desaparecí ante sus ojos, antes de que notara el rastreo de mi mirada.

Pasaron dos días, él ya había oído el rumor que iba a casarme con Roberto, su madre se lo contó, pues yo lo había dejado correr entre los míos con la esperanza que alguien amablemente imprudente se lo hiciera saber. Efectivamente provocó un cambio de actitud hasta ahora hermética hacia mí y por primera vez después de once meses sin hablar, luego que decidí dejarlo sin decir una palabra, al estar segura de su engaño, volvió a indagar por mí tratando de confirmar las habladurías, hasta se atrevió a saludar a Roberto en el centro comercial más elegante de la ciudad, en el que coincidieron una tarde de compras, ufanaba que lo conocía desde años atrás, aún los dos divorcios anteriores de mi nueva conquista. Se atrevió a expresar que yo merecía a alguien mejor, el solapado quería hablar conmigo para aconsejarme acerca del paso que iba a dar.

Unas noches antes, soñé, que mientras miraba mi Facebook, aparecía una frase publicada que decía: Si quieres que tu amor crezca en él, siembra una semilla de tu amor en su corazón. Me desperté inquieta, lo escribí y luego le pregunté a Dios el significado, así lo hago desde  que me dijiste que no buscara en Internet el contenido de estos, porque era ocultismo y adivinación disfrazada, más bien que recurriera a la oración, que ahí encontraría la respuesta. Hasta ese momento no entendía nada, esperaba, seguía pistas, jamás pensé en buscarlo para una reconciliación o amistad siquiera. De repente, pensé en ti y me pregunté qué harías en mi lugar... Luego, en la noche de año nuevo, volví a verlo, nunca viajó a casa, incluso, lo operaron de una hernia umbilical antigua que lo mantuvo quieto unos días más. Así que al llegar a la iglesia para la última reunión, viéndolo allí, sentado en el lugar de siempre, a pesar de su convalecencia, me confundí, hasta que recibí un inocente mensaje por el whatsApp que decía, amiga, sólo resta decir las palabras mágicas esta noche. “Feliz año”. En ese instante como si una luz se encendiera ante mis ojos, a la medianoche, acompañada por Roberto siempre, me abrí campo entre la gente, hasta donde él estaba, aprovechando la distracción de mi novio con otras personas, caminé por el largo pasillo, directamente hacia él, quien nerviosamente escribía por el celular disimulando frente a mí, sin darle tregua coloqué mi mano sobre su hombro, mientras él levantaba su mirada, me acerqué, lo besé suavemente en la mejilla, al tiempo que tímidamente nos abrazamos susurrando a su oído las palabras mágicas “feliz año”, que este, sea el mejor de tu vida, Josué. Al separarnos, su mirada atónita pero a la vez coqueta me estremeció al decir: “Seguro que sí, Sara, seguro que sí”. Rápidamente huí de su lado, volví a escudarme tras Roberto, como una niña que hace una pilatuna, corrí antes de ser descubierta, había lanzado mi semilla, ahora, esperar que germinara, creí que todo había sido muy sencillo, pero ese era sólo el comienzo del duro camino que me esperaba, pues después una nueva frase apareció ante mis ojos. Cuando te gusta una flor, la arrancas. Pero cuando la amas, la riegas cada día. Volví a pensar en ti, supe que debía acercarme más para no dejar morir esa pequeña semilla que había sembrado, tal vez en un terreno inhóspito y sin arar. Dos días después recordé tus palabras. No dejes de soñar y lucha por lo que quieres. Así que le envié un “e-mail”, pidiéndole perdón por haberlo dejado sin ninguna explicación, le compartí un libro llamado Cumbres Borrascosas, le rogué que volviéramos a ser amigos. ¡Oh, por Dios!, estaré enloqueciendo o ya estaré completamente demente. Pensé, en ese momento, pero tu voz en mi interior me seguía susurrando que hacía lo correcto, que todo esto, me llevaría a descubrir esa verdad oculta que tanto me había torturado, provocando en mí el intenso deseo de tener la certeza de su engaño o recuperar nuestro amor perdido.

Pasaron los días, empezamos a escribirnos con más frecuencia, hasta que tu voz nuevamente me dijo: Si buscas honestidad, siembra honestidad, dentro de mí algo se estremecía, yo tampoco había sido totalmente sincera con él, al mentirle sobre mi pasado, cuando me preguntó si había tenido más de una aventura antes de él, le dije una verdad a medias que realmente fue una mentira, pretendiendo que sólo un hombre había existido antes en mi pasado sexual. Sabes, que lo dije por miedo, vergüenza quizás, o simplemente por aparecer ante él como alguien mejor que su ex esposa quien lo había engañado en repetidas ocasiones, según su versión, no quería que pensara que yo también lo engañaría, si sopesaba mi pasado no muy blanco. Entonces lo busqué, para descubrirme frente a él, lo invité a un almuerzo, que de manera muy caballerosa él pagó, ese día le dije toda mi verdad, la que nunca confesé, que había mantenido no sólo la relación trascendente en mi vida que él ya conocía sino que luego al lograr escapar de ésta, me había lanzado en brazos de varios amantes buscando el amor verdadero, desesperada por encontrar al príncipe de mis sueños, caí en relaciones fallidas, efímeras, superficiales que sólo me hirieron más, hasta su aparición, entonces creí encontrar puerto seguro, por esta razón no me importó que él estuviera saliendo también de un nefasto final con quien había sido su mujer durante veinticinco años y a quien decía no amar, ¡vaya mentira! te puede decir quien está herido, bien dice mi padre, que una persona divorciada debe esperar al menos dos años antes de involucrarse sentimentalmente con otra, ya que era como pegar dos fotografías, al tiempo, si tratas de separarlas, siempre habrá pedazos de un rostro adherido al otro. Le dije que al sospechar y estar casi segura de que él había vuelto con ella, decidí alejarme para que no fuese yo la causa de su dilema, sino que el destino pusiera a cada uno en su lugar. Pero nuevamente, él negó que estuviera con ella, o que hubiese existido algún tipo de reconciliación entre ellos, aunque reconoció que vivían juntos por sus hijos, ya que él debía viajar mucho por su trabajo y ella los cuidaba durante sus largas ausencias. “Somos buenos amigos, pero nada más”. Mi mente se confundía, ilusionándose de nuevo ante la posibilidad de el reencuentro de nuestras almas, pero yo estaba en una relación y él aparentemente estaba solo pero tranquilo, no necesitaba a nadie en ese momento, aunque era bueno haber vuelto a hablar, su indiferencia parecía estar matando mi pequeña semilla en su corazón. Sin embargo, ¿qué crees?, algo en mí despertó la idea de reconquistarlo. Al siguiente día, él, salía de viaje muy temprano, pero antes, me pidió que hiciéramos un cambio, quería de vuelta un “Ipad” que me había regalado para comunicarnos durante sus viajes, realmente lo había sub utilizado, pero en el último año, sí había escrito todas mis premoniciones, tus cartas estaban ahí, más un mundo de confesiones que él desconocía, ofreció darme otra tableta con una tecnología más sencilla para mí, ya que era compatible con mi teléfono móvil, a la que podría sacarle mayor provecho. Pero, todo estaba ahí... La forma cómo tú y yo descubrimos la verdad que él tal vez jamás reconocería ante mí, cómo me ayudaste a tomar la dura decisión de dejarlo. Finalmente, se la entregué, pasé toda la información al nuevo juguete, con el detalle que por el supuesto afán de las cosas, la excusa de no manejarla muy bien, jamás borré la información, siguiendo tu voz, podría ocurrir lo que pasó en la novela Volver a empezar, en la que el protagonista escribe un libro sobre su historia, lo envía a la editorial dónde trabaja su antigua novia revisando escritos y así la reconquistó. Supuestamente, él debía pasarme las demás fotos, archivos y luego resetearla. ¿Ingenuidad o estrategia? Dime tú...

Los días siguientes, coqueteamos sutilmente, por el “chat”, pero tu voz en mí, gritando, enfréntalo, dile que lo amas viéndolo a los ojos, así sabrás en qué terreno estás parada.

Empecé a ser un poco más desinhibida, acosándole, con mis coqueteos más abiertos, le enviaba imágenes sugestivas, tiernas, de niños enamorados, como le gustaba antes, a veces respondía dulcemente, otras veces era frío, como si quisiera hacerme pagar mi culpa. Pasó  casi un mes, él regresaba de su viaje, pasaría por la ciudad dos días, antes de volver a casa de sus hijos finalmente, después de tres meses de ausencia. Así que era mi gran oportunidad, debía hacer algo que lo impactara, permitiéndome confesarle mi amor, mirándolo a los ojos para conocer su reacción. Le compré unas galletas de coco, junto a sus “cakes” de chocolate preferidos y le pedí a una amiga que me los envolviera en un hermoso papel seda azul rey   con una cinta roja que llegó a mis manos como por complicidad del destino. El día que aterrizó, le pedí que me dejara verlo un momento, porque le tenía un regalo. Su reacción, la verdad fue predecible para mí, ya sabes cómo le gustaban los detalles que solía darle, así que verlo, no fue muy complicado. Esa noche, salí temprano de mi trabajo, que está a cinco minutos del lujoso conjunto cerrado donde viven sus padres, corrí en mi carro, a pesar del tráfico, la ciudad parecía favorecer nuestro encuentro, lo esperé parqueada frente a la torre principal del edificio, no demoró mucho en aparecer, nos saludamos de manera cariñosa, nada romántica, como dos amigos que se encuentran, hablamos de su viaje, cómo iba su cirugía, hablamos, bla, bla, bla... Yo, temblando, hasta que puse en sus piernas el regalo, sus ojos se enternecieron, realmente el empaque lo impresionó, mi amiga había hecho un lindo trabajo sin saberlo, él no hallaba qué hacer, si abrirlo o no, pero sé lo curioso que es, así que me pidió que yo lo destapara porque no quería romper el papel. ¡Buen punto!, es decir, logré cautivar su atención, despacio, desenrollé el moño, coqueteando con mis dedos, frente a él para que se fijara en mi “manicure” recién hecho, como a él le encantaba, acercándome un poco hacia su cuerpo para sentir el roce de sus brazos que tímidamente sostenían el regalo, pretendiendo ser una experta en abrir regalos que no soy realmente, lo abrí sólo un poco para que lo viera por un lado, aumentando su curiosidad. Sus manos terminaron de separar el papel, al tener frente a él sus antojos preferidos, realmente se emocionó, mirándome fijamente, sus ojos brillaron como antes, me agradeció el hermoso detalle y no tuvo más opción que abrazarme. En ese momento me lancé en sus brazos como una niña , en la incomodidad del carro, dejé deslizar mis labios sobre su mejilla tibiecita, suavemente le dí un beso con mis labios entreabiertos, para hacerle sentir mi humedad en su cara y él hizo lo mismo en mi rostro, pero luego empezó a rozarme despacio, como quien quiere premiar a alguien por su esfuerzo, lentamente nos buscamos más al centro hasta fundirnos muy tiernamente en un beso. ¡Fue sencillamente escalofriante!, sentir sus labios gruesos y carnosos después de tanto tiempo, no quería separarme de ellos, le dije al oído un te quiero que sólo confirmó con un quejido, si hubiésemos estado en otro lugar, no habríamos parado hasta ser un sólo cuerpo... Pero, ya debía irme, había logrado evadir una hora a Roberto, sin que notara mi demora al salir del trabajo y él debía descansar de su viaje, hablamos unos minutos más, tornamos a la realidad, nos despedimos sin mencionar más nada acerca de nuestro anterior momento de debilidad. Aún así, no quería dejar pasar ese hermoso encuentro, como uno más, así que más tarde, ya en mi habitación, antes de dormir, le envié un mensajito al celular, le dediqué una canción, a la cual respondió dulcemente también. Pero al siguiente día, debía continuar mi labor, no podía dejarlo ir así, le escribí muy temprano, él me respondió más tarde al despertar, pero lo perdí durante la mañana, pues no escribió más, insistí al mediodía y me contestó pasada una hora, diciendo que estaba muy ocupado, se desconectó toda la tarde, pero me tragué mi orgullo, le pedí volver a verlo para besar de nuevo su boca, su mensaje fue evasivo, parecía no querer verme, para no hablar de lo sucedido, o ya sabes cómo soy, empecé a imaginar que estaba con alguien más, que realmente perdía mi tiempo otra vez, así que parecía rogarle que me permitiera despedirme y finalmente, tal vez por cortesía, me dijo que después de las nueve de la noche volviera en mi carro al edificio de sus padres para despedirnos con mi anhelado beso. Antes de las nueve, me envió un mensaje que no podríamos vernos, que mejor, al siguiente día, lo llevara al aeropuerto, pero su vuelo era a las nueve de la mañana, yo no podía salir de mi trabajo, ya sabes, en el hospital no puedo salir cuando quiera, pues siempre hay pacientes para atender. Le dije que no, a esa hora sería muy difícil verlo, entonces me propuso vernos a las seis de la mañana antes de ir a mi trabajo, mi ego estaba siendo fuertemente golpeado, madrugar para mí cada día, ya es un esfuerzo grande y que él piense que puede hacerme salir aún más temprano, sólo por ir tras un beso, era algo presumido de su parte. Le dije que sí quería verlo, pero que no se comportara tan rogado, sus caritas de risa por el chat, cada vez eran más desafiantes, si quería verme a sus pies, lo estaba logrando. No respondí más nada, pero como si alguien me gritara, “Vé, búscalo, no lo dejes ir así, el que se humilla será exaltado, mas el que se enaltece será humillado”. Al rato le respondí que sí iría a verlo temprano, sólo pasada la medianoche me escribió de nuevo, es decir, además de hacerme madrugar, me estaba desvelando. Amigo, mi débil corazón, cada vez perdía fuerza, pero igual a una llama que azotada por el viento, se resiste a apagarse, de esta manera luchaba por mantenerme en pie o mejor, de rodillas me sentía ya. Al salir de casa le avisé, cambió el sitio de encuentro, nos veríamos cerca a su casa, frente al consultorio del cirujano que lo había operado un mes atrás, me dio las indicaciones, dónde esperarlo mientras él llegaba ahí. Nos encontramos las miradas, sin bajarme del carro, me dirigió para estacionarme, subió de nuevo en el asiento delantero junto a mí, se reía, no sé, si algo nervioso, o con cierto sabor a burla, al verme atravesar la ciudad para besarlo. No podía perder mucho tiempo, así que sin mucho preámbulo, como quien está ansiosa por un vaso con agua que calme su sed, le tomé su mano y le dije: “Ven acá”, lo acerqué a mí como para poseerlo y lo besé diferente, con pasión, quería verme muerta de ganas, pues se las iba a mostrar todas, le mordía los labios suavecito, como sé que le excita, le besé los ojos, las mejillas que parecían colchones llenos de deseo, la nariz la bordeé con mi lengua y le apretaba los dedos como suplicando más aún. Él me besó en el cuello, sonriendo como quien lucha entre el deseo y la compostura, pero... Siempre hay un pero, este beso para mí fue distinto al anterior, puedo decírtelo a ti con la mayor franqueza, no sentí nada, mi piernas no temblaban como la noche anterior, ni sentí humedecerme entre ellas como me solía pasar con sólo besarlo, era como si la rabia junto al dolor por su dureza bloquearan mis puntos erógenos y sólo estuviera demostrándole lo vulnerable que es ante mí, así su orgullo machista se negara a reconocerlo, evidentemente al romper el beso con una risita nerviosa, dijo “mala”, algo se movió entre sus piernas, sabía que de nuevo el lugar era lo único que nos salvaba de nosotros mismos. De una vez me decidí a hablar, sin darle tregua, lo miré fijamente, diciéndole: No he venido sólo por un beso, estoy aquí porque te amo, no he podido olvidarte, lo que más deseo en mi vida es volver junto a ti, ya sabes por qué me separé de tu lado hace un año y hoy no encuentro razones para seguir así, sé que hay muchas cosas por resolver, pero si hay un espacio para mí en tu vida, dímelo, yo hago lo que me pidas. Su mirada, inmediatamente se desvío hacia el frente con evasivas, me dijo, en estos momentos, como tú dices, es más que un beso, pero un no sé qué va a pasar, cerró de nuevo la conversación. Trató de dejar pasar el tiempo, así que no insistí más, al minuto, ya debía irme de nuevo, sin una respuesta, sin una negativa absoluta, sólo colgando en sus manos y rogándole que no me dejase caer. Volví a besarlo, como vengando mi orgullo, haciéndole tragar sus palabras, mas con un beso más tranquilo, como quien bebe un poco más de agua para evitar tener sed nuevamente. Bajando del carro, sólo dijo: “Gracias por venir, me encantó verte tan temprano, que linda locura hiciste hoy”. Luego se alejó, mientras yo igual fui del lugar, sin mirarlo más.

Esa mañana, viajaba , no sabía cuándo volvería a verlo, al despedirse, me aseguró volver en un mes, pero no sabía si en ese tiempo aún yo estuviera ahí a sus pies. Las siguientes noches lloraba en mi habitación, le pedía a Dios fuerzas para seguir, o que me indicara cuándo parar, levantarme e irme. Me explicó con detalles su itinerario, como quien es dueño de su vida, esa tarde salía de nuevo del país rumbo a su verdadero hogar, sin contar con que el hombre traza sus planes pero Dios es quien determina si se ejecutan o no, como tantas veces me lo has dicho. Como una respuesta del cielo, el avión falló tres veces esa tarde y no pudo salir de la capital del país hacia su destino final. Lo supe porque me escribió cerca de las seis para contarme, me pidió que lo llamara antes de las diez y hablamos cerca de una hora, de muchos otros temas como solíamos hacerlo en otro tiempo, como viejos amigos, entre esas cosas le dije dos o tres verdades que tenía atravesadas en mi garganta, obviamente, no le gusta cuando hablo de sus defectos, pero podría humillar a la mujer, mas a la amiga siempre tendría que oírla le gustara o no. Al siguiente día, al viajar, ignoró mis mensajes, como si le cayera de perlas, la conversación de la noche anterior, para mantenerme al margen al llegar a casa. Nuevamente mis dudas, si estaba o no con ella, si el cuento de que vivían, mas no convivían era real o la única estúpida en el mundo que le seguía creyendo era yo. Fueron días difíciles, partiendo del hecho de que le creía todo lo que me decía, le seguía envíando mensajes, canciones, frases de amor, a veces frío, a veces amable, pero más endurecido que nunca. Ya, a punto de desfallecer, deseé en silencio una señal de hasta cuándo amor. Mira, todos dirían que es una obsesión, pero, a medida que lo consentía, colocó en su perfil del whatsApp una foto suya de la infancia, dónde aparecía junto a su padre, al fondo de la foto, una niña, que al verla, me impresionó, le pregunté en qué sitio había sido tomada y me respondió que en el aeropuerto, pero te juro amigo, que la niña a la que sólo se le veía el rostro de los ojos para arriba era exactamente igual a mí a esa edad. Era, como cuando alguien queda retratado accidentalmente, lo miraba con ojitos tristes justo a él y aparecía detrás de ellos. No le dije nada, pero sólo concluí, desde niña, detrás de él, si no era yo, la vida me daba una señal inequívoca de la escena que estaba viviendo. Entonces, pensé. Dios, un trato, entre tú y yo, en silencio, para que ningún demonio me escuche, hasta el día que él cambie esa foto, sabré que debo mantenerme como quien ruega amor ante un verdugo. Diez días más, nada cambió, escribía poco, hasta que una noche, me envió una imagen algo morbosa, ofensiva para mi gusto, que soy mojigata, me avergüenza contarte, pero era un órgano masculino calzando una sandalia color rosa, que hacía las veces de un pie. Escribió: “Mira, ¿te gusta esta sandalia?”, sentí estremecerme, Así que rápidamente, pensé qué harías tú y le respondí: “Algo descuidado ese pie, además, no creo que sea tu número”. Irónico, me envió luego la imagen de unos escarpines de color azul, con un osito bordado en el centro, que decían: “Este es mi número”. Fingí reír y escribí. ¡Esos sí!, yo conozco bien tu pie. De manera alocada, respondí, te voy a hacer una, un día de estos, que te dejará como un gatito asustado. Más tarde, antes de dormir, revisando el facebook, en mi cama como suelo hacer cada noche, encontré unas fotos eróticas, bastante fuertes, en una de ellas, aparecía una mujer hermosa, con el cuerpo bien trazado, completamente desnuda, acostada boca abajo, con nalgas perfectas, entre sábanas blancas desordenadas de pasión que decía: Si las vaginas, no estuviesen destinadas a ser besadas, no tendrían labios. Mis latidos se aceleraron a mil por hora, pero estaba frente a la imagen de mi venganza, a esa hora y con la certeza de lo que le encantaba besarme allí, lo dejaría pensando en mí al menos un rato. Después de dudarlo mucho, se la envié con el mensaje: “Mira, que mi amiga quiere comprar tus sandalias”. Al momento respondió: Eso sí es cierto. Como si no le impresionara lo visto.

Sorpresivamente, me escribió a las cinco de la mañana para él, ya las ocho para mí, diciéndome que sólo las sandalias estaban en venta, lo demás no. Vaya sarcasmo, contesté: “Seguro te caíste de la cama”. E inmediatamente me respondió: Perdí el sueño, mira lo que no me deja dormir. Esta vez, la caricatura sugestiva de un hombre chupando la vagina de una mujer, a la que sólo se le veía el vello púbico, con el mensaje: “El origen del bigote”. Eso encendió la llama, alborotó mis sentidos e iniciamos una guerra de frases eróticas, que con sólo recordarlas se me eriza la piel. Lo siento amigo, sabes qué efectos nocivos tiene ese hombre sobre mí, pero lo más sorprendente fue que ni siquiera, me fijé que ese día, al iniciar la conversación cambió su foto por la de su pequeño nieto, un bebé encantador, muy parecido a él, la señal estaba dada y mis bajos instintos no lo percibieron, hasta horas más tarde, cuando después de provocarme a decir barbaridades, simplemente no me respondió más como quien te deja a la mitad del acto, diciendo, lo siento, hoy no quiero. Creo que en el fondo se asustó o quizás quiso humillarme una vez más.

En ese instante, algo se sacudió dentro de mí, vi la señal, no le escribí más y recordé tus palabras, algo va a pasar que cambiará el rumbo de las cosas. Este fin de semana me comprometí con Roberto... Vamos a casarnos en tres meses y nos vamos del país.

Simplemente, Sara.

martes, 22 de marzo de 2016

Un ingeniero en la familia

Rosario Sánchez Infantas

Asunción Janampa, envidiaba incluso la suerte de un obrero sin calificación ni experiencia. Aquel tenía un sueldo y estaba asegurado. Ella, una mujer con sólo estudios primarios, había sido abandonada por su conviviente con cuatro hijos, entre diez y dos años de edad. Aun cuando sus manos callosas y cuarteadas estaban siempre dispuestas a trabajar, no tenía la certeza de que sus hijos comerían todos los días.
La Oroya era una tierra de oportunidades. A casi cuatro mil metros de altura, en medio de la tundra frígida, la ciudad industrial aglutinaba una legión de profesionales, técnicos, obreros y comerciantes. Todo gravitaba alrededor de la empresa norteamericana que a mediados del siglo veinte fue la mayor de Latinoamérica. Sin embargo, Asunción Janampa, no tenía salario, calificación, ni capital propio y sí, un hándicap de cuatro niños que mantener.
Con un ingeniero en la familia esta asciende socialmente, en especial en una ciudad muy estratificada del interior del Perú. La mujer cifró en Jorge, el responsable hijo mayor, su esperanza de superación social, lo cual aligeró su vida, haciendo que su pobre pasado y su miserable presente no le pesaran tanto. Al margen de ello, el niño sensible e introvertido, disfrutó leer aquellos pocos libros de la biblioteca de su escuela estatal; disfrutó también las matemáticas desde que las conoció. Absorto en sus lecturas o resolviendo sus ejercicios matemáticos olvidaba las humillaciones, el hambre y el frío.
Asunción había tenido a Jorge siendo soltera y muy joven. Cinco años después    empezó a convivir con un viudo que le doblaba la edad. Inicialmente las cosas fueron bien. Sin embargo, cuando lo despidieron del trabajo por sus problemas de alcoholismo, empezó a maltratar a su mujer  y a los niños, especialmente a José. El pequeño se sentía culpable de existir por los gastos y el enojo que generaba. Escuchaba a su madre pedir a Dios, con tanta convicción, el milagro del hijo ingeniero en la familia, que ya había empezado a soñar con serlo cuando su padrastro abandonó a la familia.
En una universidad estatal peruana, teóricamente, todos los estudiantes tienen las mismas oportunidades. Sin embargo, los doscientos soles mensuales que su madre le enviaba a Jorge no alcanzaban ni para dos comidas al día y le hacían odiar los cursos, congresos, equipos y libros que no podía alcanzar. Él debía robar las zanahorias que su casera les daba a los conejos, mientras algunos estudiantes llegaban a la universidad en carros del año. Algunas veces, Jorge les daba la razón a esos compañeros que hablaban de la justicia social y de revertir el orden establecido. En los dos años que estudió en la universidad capitalina aprendió muchas matemáticas, cogió una tuberculosis pulmonar y fue creciendo en él un resentimiento sordo por los hombres que abandonan mujer e hijos; por las abismales diferencias de oportunidades; y por la bien organizada estructura de quienes detentan la representación del pueblo. Por ese entonces terminó de emerger su carácter aprehensivo debido al cual el mundo era una amenaza y convertía la menor impresión en una realísima sensación desgarradora. Incapaz de defraudar a su madre abandonando sus estudios, pasaba muchas horas en la biblioteca refugiándose, del sufrimiento y la culpa, en los mundos que la literatura le ofrecía.
Jorge dudaba que su abnegada madre fuese al cielo. Trabajando dentro y fuera de casa, apenas si dormía cuatro o cinco horas seguidas; sin embargo, al ser una madre abandonada, tenía en el ataque su mejor defensa. Ser desconfiada, hosca y emplear lenguaje de camionero, ¿no eran pecados, según los sacerdotes rubios que abundan en La Oroya? Él no esperaba ayuda divina; sin embargo, cuando su madre se ilusionó con el milagro del ingeniero en la familia y entregó su destino a Dios asistiendo a cuanta novena, rezo del rosario y misa podía, entonces el hijo pensó que el ser supremo y omnipotente por lo menos la libraría de enfermedades o accidentes, como aquella volcadura de automóvil que acabó con su existencia.
El pobre humano se aferra a lo que puede para seguir viviendo. La única noche del velorio, en el cuarto habitación, sentimientos encontrados bullían en la cabeza de Jorge: tristeza por la madre, miedo por el futuro incierto y alivio de la culpa (ya no quitaría el pan de sus hermanos en sus mal llevados estudios de ingeniería). Desde niño destruía aquello que no salía según esperaba. Siendo perfeccionista, le dolía la mediocridad de su carrera universitaria. Ahora, echada a perder, él tenía la esperanza de que algún día pudiera volver a estudiar, en mejores condiciones, y  llegar a ser un buen ingeniero.
Dejó la universidad para mantener a sus hermanos menores. Fue entonces que abrió zanjas, cargó bultos, pintó tumbas y fue vendedor ambulante por varios años, hasta que un día un ex compañero de estudios, flamante  ingeniero, le dio trabajo como topógrafo. Para entonces, ya había pasado de ser Jorge, a ser Coquito, pues la docilidad y la desesperanza se le habían enquistado en el espíritu y en el bolsillo, y amenazaban quedarse hasta la cuarta generación.
La distancia entre ser topógrafo y profesor reemplazante de licencias en un colegio estatal provinciano es relativamente corta. Pero cuando un colegio para la élite, le pidió  reemplazar a un profesor de matemáticas, Coquito sufrió por tener que vestir su anticuado y único terno, y su ordinaria corbata. Además temía la distancia social entre él y esos muchachos, muchos de ellos hijos de ingenieros. Dicho miedo se hizo realidad: cuando estaba haciendo su mejor esfuerzo por explicar la relación entre la hipotenusa y los catetos, le llegaba una lluvia de proyectiles diversos, o cuando iba a iniciar una clase, treinta muchachos simultáneamente imitaban el sonido de motocicletas de carrera calentando motores antes de partir.
Darse cuenta que sabía y que tenía una manera sencilla e interesante de trasmitir conocimientos y estrategias le producía una sensación grata asociada, de manera imprecisa,  a la idea de ser ingeniero. Sin embargo, cuando se dio cuenta a dónde iban sus esfuerzos por comunicar con simplicidad grandes verdades la pena lo fue inundando. Se sintió más pequeño, cuando pensó que podría estar enseñando la belleza del razonamiento lógico matemático a niños de comunidades campesinas alto andinas, cuya pobreza los haría abandonar sus pintorescos pueblos y venir a envenenarse los pulmones y la sangre en esta ciudad.
Se sentía insignificante cuando explicaba geometría a los tres adolescentes compasivos, que no habían abandonado sigilosamente el aula, como sus colegas, mientras él graficaba en la pizarra. Suspiró cuando recordó a la hermosa muchacha que, junto con sus compañeros, ingresaba a las aulas universitarias para denunciar la exclusión, el racismo y la pobreza, y destacaba la necesidad de crear una nueva república popular. Se le formó un nudo en la garganta al recordar haber visto el nombre de la universitaria en la lista de fallecidos de la matanza en los penales peruanos. ¡Ninguno de los dos pudo ser ingeniero!
En el primer examen aprobó el cincuenta por ciento del alumnado y comenzó el desfile por la dirección del colegio: el comisario, el director del hospital, el ingeniero X, Y o Z.
Mira Coquito le dijo el auxiliareres muy bueno en las matemáticas pero debes conocer todos los supuestos antes de sacar una conclusión. Si desapruebas a la mitad de la sección, no llegas a fin de mes. Si el director te defendiera, su cabeza estaría en peligro. Decide lo que harás pero bien informado: aquí hay muchachos buenos, pero también está la escoria de La Oroya, los expulsados de otros colegios, aquellos a los que les venció la edad, padres de familia. ¡Ay Jorgito! El examen que reprogramaste para una alumna de secundaria, fue porque se recuperaba, no de una apendicitis, sino de un aborto en una clínica local.
Recordando esta conversación, Coquito volvió caminando a la ciudad desde el alejado suburbio exclusivo en donde se ubica el colegio Hiram Bingham.
El que no sabe desaprueba geometría conmigo, por más ingeniero que sea su padre, se dijo en voz alta. Le inquietó pensar que estaba vengándose por no haber podido ser ingeniero. ¡Falso!, había evaluado objetivamente y además, relacionar mecánicamente ambos eventos era de un llano reduccionismo euclidiano.  
¡Euclides! exclamó tras el suspiro. Él y las matemáticas seguían separándose.
 De pronto recordó la geometría de Riemann y una representación tridimensional de la tierra. Sonrió mientras se daba un golpecito en la frente. La densidad crítica decide si un universo es de un tipo o de otro; ¿por qué él lo asumía plano? ¿Por qué, aceptaba que las matemáticas y su vida, eran paralelas que nunca se interceptarían? Las distancias mayores permitían detectar la curvatura del universo donde las paralelas sí se interceptan. Como en sus años de universitario comprendió que no se puede sacar conclusiones acerca de lo infinitamente pequeño a partir de lo infinitamente grande, y viceversa. ¡Estaba evaluando su vida con parámetros no válidos! Era tan simple como cambiar de perspectiva y construir nuevas realidades. Por otro lado, le pareció sencillo y gratificante imaginar los infinitos cambios de trayectorias en los ilimitados nuevos ciclos, que podían ocurrir en su propia vida; o los cambios de trayectorias y nuevos ciclos con los que él podía recrear hechos reales. Sonrió. ¡Él y las matemáticas habrían de reencontrarse! Se había estado alejando de su pasión por la ingeniería; caminando y caminando, en algún momento, volvería al punto del que partió. Se figuró una oroya, el andarivel precolombino que daba nombre a esa ciudad, llevándolo de regreso a la otra orilla. Algo nuevo empezó a recorrer con energía por todo su cuerpo.
Había sufrido porque su padre abandonó a su madre, ahora, analizando ciento veinte años en lugar de treinta, se daba cuenta que su progenitor era el cuarto Jorge Aliaga de su familia que desaparecía al llegar a los treinta años. Había tanto que elucubrar sobre las causas y consecuencias de este hecho. Desde una perspectiva mayor, se destacaba azarosa y cándida la selección de parejas; unos segundos de diferencia hubieran posibilitado que su madre conociera a un buen hombre… a un sacerdote que se enamorara perdidamente de ella… o quizás a un encantador psicópata y misógino. Había tanto que suponer con pequeños cambios en las erráticas trayectorias humanas. ¿Qué hubiera sucedido si su último antepasado europeo, en plena tormenta de nieve, se extraviaba de su clan en la migración por el Estrecho de Bering? Él se había sentido desafortunado por no haber concluido sus estudios universitarios, y ¿Si hubiese sido un exitoso hombre de Neanderthal?



Disfrutó volver a leer a Riemann y la geometría no euclidiana mientras su capacidad de ensoñación se expandía sin límite alguno. Si etimológicamente ingeniero significa el que conoce y diseña una máquina o un artificio constructivo; entonces, finalmente, él sí pudo ser un ingeniero: el universo posible subyacente a lo manifiesto es lo que muestra en las cinco exitosas novelas que ha publicado.