miércoles, 18 de junio de 2014

Ojo por ojo, diente por diente

Marco Absalón Haro Sánchez


          1


Aquella mañana de agosto se internó en el bosque un par de muchachos luego de cumplir con su oficio matinal. Iban a seguir con el exterminio de aves torcaces tal como lo tenían por costumbre y al oír el galope de caballos creyeron que recorría por los caminos la acostumbrada tropa de gendarmes; mas como no pasaron de largo les extrañó, se escondieron entre las rocas de las orillas y aguardaron unos minutos. Asomaron sus ojos para ver qué era lo que sucedía: un grupo de hombres se despojaron de sus monturas dejándolas escondidas en una hondonada boscosa y se apostaron detrás de unos enormes troncos.
Mientras que se acercaban arreando varias acémilas cargadas de productos dos jóvenes y su abuelo; pero la comitiva no pudo pasar la travesía porque fue interceptada por los maleantes que con machete en mano, revólveres Smith Wesson y escopetas de distinto calibre los echaban mano.
En medio de la trifulca les dijeron:
–¡Ahora, tú, abuelo imbécil –rugió uno de ellos– quiero que te hagaj el machito, cabrón! ¿Por qué coño matajte a nuestroj padrej? ¡Toma!
–¡Ay, ay… –exclamó el anciano– fue en defensa pro…!
–¡Si se meten con mi abuelo, les parto el alma, cabro… –lo defendía uno de los nietos el momento de ser amedrentados con balazos– ay, ay, ay…!
–¡Tomen, conche tu madrej! –vociferó otro al tiempo que les disparaba.
–¡Ay, ay, ay carevergas, han firmado su sentencia de…! –gritaba el otro nieto al tiempo que sufría la arremetida enemiga.
–¡Son unoj putoj bastardoj –chilló un tercero– porque no noj dejar follar a suj hermanaj...!
–¡Sí, cabronej –escupió otro de los maleantes– ya era hora de que dejaran de vivir, porque a laj buenaj o a laj malaj serán nuestraj mujerej esaj putaj zorraj. Ni suj madrej o tíaj se salvarán de pasar por nuestraj «armaj»…!
–¡Pero máj noj duele –concluyó el que hacía de jefe– que ejte viejo inútil haya matado a nuestroj padrej hace muchoj añoj antej. Prepárense a morir, cabronej de mierda, que llegó la hora de hacer jujticia, conche su madrej!
A cada víctima le dieron un balazo en la pierna o el brazo. Quitaron sus ropas y los colgaron por los pies, atados con cuerdas de nailon a las ramas de los árboles y empezaron a destrozarlos con afilados machetes. Cada criminal seccionaba una parte: uno, las manos –en este primer impacto, tremendos gritos de dolor escapaban de sus gargantas a todo pulmón e intentaban pedir auxilio en vano– otro, las orejas y los dedos de los pies; aquél, volaba de raíz los testículos de cada víctimaPor último se atrevieron a arrancarles el corazón con un filudo puñal, al continuar esta operación propia de maniáticos asesinos dejaron de existir en medio de crueles tormentos y gesticulaciones.
Los tres hombres yertos por fin, mostraban en sus miradas un odio que se les antojaba amenazante a sus verdugos. Uno de ellos por temor o por piedad cerró aquellos párpados terribles.
–Sha lej podemoj echar al río –apuró el que hacía de jefe– sa cumplido la puta venganza. «Ojo por ojo, diente por diente», dice el dicho. En marcha, güebonej, que tenemoj bajtante por hoy.
Cuando desaparecieron del sitio los maleantes salieron de su escondite Pedro González y Juan Miranda, de doce y diez años; quienes grabaron en su retina estas escenas y el primero que era bueno para el dibujo retrató sus rostros en una libreta.
–Ahora, ¿qué vamos a hacer? –inquirió Juan sintiendo que le temblaban las piernas– tengo miedo, mucho miedo...
–Ahora –repuso muy sereno y resuelto Pedro– esperaremos a que éstos se larguen del todo y luego volveremos al rancho; pero primero iremos adonde don Mesías para contarle lo que hemos visto –dijo esto y abrazó a Juan.
Al cabo del tiempo estipulado el par de muchachos siguió la cuenca del río hasta dar con los ranchos que emergían de la maleza selvática, con sus techos de bijao o de zinc, elaborados siempre de dos plantas para protegerse de la humedad y de los bichos del medio ambiente. Sus padres andaban ocupados en varios quehaceres y no se encontraban en casa, lo que hizo que fueran directamente adonde el teniente político y le contasen todo lo que vieron.
En tanto que los victimarios cuya edad oscilaba entre los veintidós y veinticinco se llamaban  Eusebio Frías, alias Flecha Mortal; Genaro Gómez, Caballo Loco; Javier Durán, Apache Rojo; Serbio Macías, Toro; Telmo Ordóñez, Perro Voraz y Alfredo Salinas, Tiburón. Quienes al parecer cobraron venganza por un hecho sangriento de antaño en el que resultaron muertos sus familiares cuando intentaban acabar con la vida de los en otrora comerciantes de ganado y de productos agrícolas, Domingo Díaz y Arsenio Córdoba, quienes se defendieron ante la brutal arremetida de los fallecidos. Ni siquiera la superioridad numérica de los asaltantes pudo contra el destino del par de colonos; aunque uno de ellos dejó de existir hace poco por causas naturales, mientras que el otro pasó a ser la siguiente víctima de estos matones.
Enseguida se rumoreaba la desaparición del anciano Domingo Díaz y sus dos nietos Facundo y Jerónimo, quienes salieron al pueblo La Hormiga para vender sus cosechas por la mañana. Era media tarde y no había ni rastro de ellos. La incertidumbre se apoderó de los familiares y habitantes de la aldea, quienes se estuvieron hasta muy tarde despiertos con la esperanza de verlos llegar, pero no tuvieron noticias de ellos durante toda la noche.
Por la mañana se oyó el galope tendido de caballos por el camino que desembocaba  en la aldea. No menos de tres docenas de jinetes tiraban las riendas de sus monturas para frenar y desmontar frente a la tenencia política de El Guabal. Iban vestidos con uniformes de color crema y terciados a la espalda un Máuser cada uno, ávidos de vomitar fuego por sus cañones. Dos correas de color marrón oscuro cruzaban el pecho y la espalda en forma diagonal. En la correa que rodeaba el cinto llevaban cuatro cajas de balas cada uno; un  revólver Smith Wesson calibre 38, cañón largo, descansaba en su funda al costado izquierdo con facilidad para ser tomado con la mano derecha. Asimismo, dentro de una funda larga de cuero un enorme machete-daga; sus mochilas, gorras y botas ya no tenían nada de particular entre la gente armada de cualquier lugar del mundo.
El teniente de gendarmería ordenó desmontar y habló con su homólogo:
–Buenos días –dejó caer–. El capitán René Vázquez nos ordenó venir aquí por lo de la desaparición de tres moradores del sector.
–Buenos días, teniente –repuso un hombre alto y desgarbado de edad mediana, quien llevaba las riendas de la ley en aquella aldea y respondía al nombre de Mesías Bajaña–. El caso es que asesinaron a sangre fría a un pobre abuelo de la comunidad y a  dos de sus nietos, mientras salían a vender sus productos en La Hormiga. Se sabe del lugar donde fueron salvajemente asesinados por el testimonio vivo de dos chiquitines, uno de ellos retrató seis caras –le mostró– y aseguró que fueron ellos los que dieron muerte a sus parientes.
–¡Vaya... vaya...! –exclamó el teniente Roberto Cárdenas mientras los examinaba– ¿Con que estos son los maniáticos asesinos? Téngalo por seguro que los hallaremos, más temprano que tarde caerán en nuestras manos esos salvajes.
–Varios hombres de la comunidad –añadió don Mesías– se ofrecieron como voluntarios para buscar los cuerpos de los tres fallecidos y se marcharon río abajo para cumplir con su misión, apenas nos enteramos de los hechos.
–Ojalá los encuentren pronto –aprobó el teniente.
–Eso espero yo también –asintió el anfitrión– pero…
 –¿Pero qué? –cortó el oficial mirando de soslayo a su interlocutor.
–Me refiero a los matones –repuso don Mesías un tanto inquieto.
–¿Qué pasa con esos bastardos? –inquirió el teniente, impaciente– suelte de una vez lo que hay o lo que piensa.
–Lo que pasa es que… –soltó por fin– si éstos forman parte de los tipos que quisieron asesinar antaño a los comerciantes Domingo Díaz y Arsenio Córdoba y no lo consiguieron, sino más bien fueron muertos por éstos, será un poco difícil que se los ponga en cintura porque intuyo que este nuevo derramamiento de sangre responde a una vendetta personal.
–Ya –replicó Roberto– pero para eso está la ley. ¿No me diga que los teme, usted que es toda una autoridad?
–Hum –dejó caer don Mesías– temor es poco, teniente. Pavor siento el solo hecho de nombrarlos. Pero claro, si tuviera hombres a mi disposición como usted los tiene sería otra cosa. Estoy seguro que igualaría fuerzas o quizá sería superior a ellos y los exterminaría de la faz de la Tierra.
–Verdad –asintió el oficial de gendarmería– para eso estamos aquí, don Mesías. Para hacer que brille la justicia. Ojalá podamos dar con esos bandoleros.
Hubo un corto silencio que indicaba aprobación y agregó el oficial:
–Quiero ver a los muchachos que han sido testigos de este triple homicidio.
–Les mandaré llamar enseguida –ofreció don Mesías.
En menos de media hora se acercaban los muchachos acompañados de sus padres y un ayudante.
–Hola, soy Roberto Cárdenas, oficial de gendarmería –se presentó el teniente– pueden decirme Roberto. Estamos aquí para que nos muestren el sitio donde fueron asesinados el abuelo con sus nietos. ¿Podemos acercarnos en este momento?
–Perdone, teniente –dejó caer Arnulfo, padre de Pedro, a nombre de los demás– ¿no le parece que son escenas demasiado fuertes que no deberían volver a describir nuestros muchachos, no ve que apenas son unos niños?
–Claro que son escenas fuertes –replicó el teniente– pero no hay mejor manera de investigar si no se logra reconstruir los hechos y para ello nos toca volver al lugar exacto donde se llevó a cabo el derramamiento de sangre.
–Está bien –asintió Felicia, madre de Juan– pero me imagino que nos dejará acompañar en todo momento a nuestro hijos.
–Así es, señora –atajó el teniente y se dirigió a los niños– ¿entonces ahora vamos al sitio, muchachos?
–Sí, señor –ofreció Pedro con voz segura e inquirió–. ¿Le gusta los dibujos que hice de sus caras?
–Muy bien, muchacho –aprobó el oficial en tanto caminaban al sitio de la masacre– están excelentes; pero queremos ver el lugar exacto del asesinato.
–Bueno –repuso Pedro sin inmutarse.
Mientras la madre de Juan lo abrazó al ver que se ponía nervioso y le dijo:
–Juan, no temas que no les va a pasar nada.
–¿Estás con miedo, muchacho? –inquirió el teniente Roberto– no les va a suceder ninguna cosa mala. Aunque sabemos que están asustados por lo que vieron ayer en la mañana; pero ahora van en nuestra compañía, nadie puede causarles el menor daño.
–Ya pero –soltó Juan mirando de reojo a su primo– esos dibujos no están tan bonitos como cuando dibujaste la cara de don Corba.
–¿Quién es don Corba? –sopesó el teniente.
–Don Córdoba quiso decir Juan –atajó Pedro con viveza.
–Así lo llama –terció la madre– desde que tenía cuatro añitos.
–¿Quién es don Córdoba entonces? –inquirió el oficial un tanto impaciente.
–Su nombre completo es –corroboró don Mesías– Arsenio Córdoba, que en paz descanse, fue el gran amigo del abuelo Domingo Díaz que cuando tuvieron la emboscada se defendieron tan bien y mataron a sus enemigos en defensa propia, tal como quedó estipulado ante la ley. Por eso los parientes de los occisos siempre buscaban la manera de desquitarse hasta que llegó este día macabro.
Juan se acercó a Pedro y le tomó de la mano mientras el oficial soltó:
–¿Qué historia, no? O sea que eso viene de tiempos atrás.
Hubo un ligero silencio y añadió el oficial:
–¿Estamos cerca del sitio?
–Sí, teniente –dejó caer don Mesías– es en la hondonada que tiene al frente.
–Este…, mi teniente –soltó el sargento Segovia– yo creo que debemos acercarnos allí con mucho tiento, no sea que estén planeando una emboscada ya que a lo mejor son algunos esos güebones.
–Tiene razón, sargento –asintió el oficial– no había pensado en eso. Ordene estar precavidos por si acaso.
Enseguida se acercó a la pequeña tropa e instruyó convenientemente que mientras un grupo reducido de gendarmes analizaría el lugar de la masacre los demás guardarían sus espaldas a considerable distancia. Todos asintieron con un «sí, mi sargento» y se cuadraron haciendo sonar sus botas.
Llegados al sitio solo pudieron ver huellas de sangre empañada en los tallos de los árboles.
–¡Cáspita! –gruñó el teniente Roberto– éstos no dejaron huella clara de sus crímenes. Actúan como profesionales duchos en la materia. A ver, muchacho –se dirigió a Pedro– relátame lo que viste.
Pedro contó con lujo de detalles lo que sucedió la víspera.
Terminado el relato, gruesas lágrimas surcaban los rostros de los muchachos y el oficial les consoló con una palmada mientras sus padres los abrazaban.
–Es increíble –dijo el teniente Roberto– que no hayan dejado el mínimo rastro esas víboras asesinas. Esperen un minuto que voy a hacer aguas.
Dicho esto el teniente se apartó del grupo para cumplir sus necesidades, mientras tanto sus ojos no paraban de otear los alrededores. De pronto le llamó la atención una pelota oscura de tamaño mediano, la misma que descansaba sobre la superficie de un tronco tirado de lado en medio del bosque. Enseguida se acercó a ver lo que era.
–Aquí parece que hay algo –anunció a los demás–, acérquense para ver de qué se trata.
Se anticipó Roberto y vio que era una cantimplora de color verde oliva. La tomó entre sus manos y la examinó.
–Tenga cuidado, teniente –le advirtieron a una el sargento y don Mesías– puede ser alguna trampa.
–Está llena –dejó caer el oficial–. Parece que éstos la olvidaron…
–O la dejaron a propósito –interrumpió el sargento Segovia– como sebo.
–A ver –prosiguió el teniente– vamos a ver qué coño contiene para que pese tanto.
Dio la vuelta la tapa rosca ante la expectativa del grupo. Cuando la abrió completamente, todos esperaban ver líquido vital en su interior. Roberto la vació lentamente sobre un pedazo de cuero que extrajo de la silla de montar y no caía nada. Le dio de golpecitos para ablandar el contenido y hacerlo caer. De pronto se desmoronó un terrón de pasta blanca. Todos estaban estupefactos al contemplar semejante hallazgo. Mientras el teniente Roberto tomó una muestra con el puñal y la saboreó.
–¡Claro pues! ¡Puf, puf! –exclamó preso de corajes mientras daba fuertes escupitajos– ¡Qué otra cosa podía ser! ¡Malditos bastardos! ¡Esto es cocaína pura!
En ese momento algo empezó a enroscarse desde los pies de Arnulfo y avanzó hasta su corazón haciéndolo latir con mayor vigor; pero cuando llegó a su rostro lo volvió lívido y nadie más que Felicia se dio cuenta de lo que le pasaba, ya que por traficar con la diosa blanca mataron a su marido hacía un par de años. Su cuñado también trabajó para unos productores y distribuidores ilegales. Aunque en ese tiempo no trabajaban para ningún narcotraficante pero tenían un pie dentro de la sepultura, ya que cualquier momento podrían acabar con ellos.
–Joder –corroboró el sargento Segovia– estos güebones tienen la concha de tomarla como agua ¿no?
–Y más que eso, sargento –aprobó don Mesías– trafican con esa vaina y según parece son capaces de hacer lo que fuera para procurársela.
–Sí, don Mesías –corroboró el sargento Segovia– ésa es la punta del ovillo que la vamos a desenredar hasta dar con esos hijos de mala madre que el diablo cargue con ellos.
Retornaron a la aldea y los gendarmes se sentían decepcionados por no haber encontrado ningún otro indicio del triple asesinato; aunque sí se enteraron con quienes tenían que habérselas desde el descubrimiento de la cantimplora.

En ese momento se acercaron los voluntarios que buscaban los cuerpos de los finados y anunciaron que aún no los encontraban, que seguirían hasta dar con ellos.

Acto seguido la pequeña tropa hizo el camino de regreso llevando consigo como único botín sendos retratos de los seis criminales y el recipiente con cocaína.


2


Alguien pasó la voz a la Policía que unos jóvenes forasteros se dedicaban por entero al negocio de diferentes productos en la zona y que más de una vez ofrecieron gramos de diosa blanca entre sus mercancías. Aparte del consumo y distribución de tabacos de marihuana, cuyo hábito querían implantar a toda costa en la juventud de la comarca. Pero el diablo se les durmió, ya que uno de esos días se llevó a cabo una redada policial en la que cayeron con las manos en la masa y eran interrogados por los elementos uniformados de la provincia.
–¿De qué parte de la costa ecuatoriana dizque son ustedes? –interrogó el capitán Aurelio Moscoso, comandante del destacamento.
–Nosotroj somoj de Guashaquil –mintió Flecha Mortal– ¿por?
–Porque no parecen ser ecuatorianos –arguyó el oficial–. Será mejor que nos suelten lo que hay si no quieren que les obliguemos a hacerlo –puntualizó con severidad a sabiendas de que todo maleante que está en manos de la justicia, al principio nunca dice la verdad–. Sargento Enríquez lleve a éstos a los patios de «canto» –ordenó a su subalterno– ojalá ahí se les ablande la lengua como es debido.
–Ejpere... ejpere... –suplicó Serbio Macías– vamoj a decirlej la verdá; pero no  noj lleven a ninguna parte... –mientras las miradas de los demás compinches le devoraban por querer sacar los cueros al sol y sincerarse ante los polis, llevado por la cobardía– por favor...
–Sargento –atajó el capitán al tiempo que le guiñaba un ojo– aguarde unos minutillos que éstos sí quieren hablar con nosotros.
 –Sho y mij amigoj … –soltó aparentando nerviosismo– somoj de Colombia: el paisa Eusebio… ej de  Popashán, el compa Genaro de Medeyín, Javier y sho somoj de Bogotá –los demás se  tranquilizaron porque mintió–. Máj verdá que ésa no hay.
El capitán Aurelio Moscoso no se conformó con ese veredicto porque sabía que le habían mentido, ya que los gestos de los demás permanecieron inmóviles y parecían tranquilos.
–¿Algo máj, mi jefecito? –prosiguió Serbio.
–Sí –soltó el oficial al mando– sargento Enríquez lleve a éstos al patio de «canto», ahora –ordenó.
Se miraron las caras los cuatro y estaban desconcertados, no entendían el porqué a pesar de haberles dicho que eran de «ciertos» lugares de Colombia los enviaban a hacerlos «cantar». Sin embargo, al verse perdidos se dejaron llevar simulando una vez más inocencia. Llegados a los patios traseros del destacamento les ordenaron quitarse la ropa hasta quedarse en calzoncillos. Cuando lo hicieron, se podía apreciar las cicatrices que llevaban en el cuerpo aparte de los rostros. El sargento Enríquez hizo pasar uno por uno y tomó nota de todo cuanto veía.
–Sargento –dijo el capitán– venga un momento.
En privado le recomendó lo siguiente mientras los reos eran vigilados por gendarmes fuertemente armados.
–Empiece con algo sencillo –ordenó el oficial– y según le vaya haciendo falta agregue otros castigos: «apriete las tuercas» con cuidado no sea que alguno se nos muera y tengamos que sepultarle para que nadie supiera de él. Tengo la impresión de que estos cuatro forman parte de los seis que la Policía colombiana busca desde hace unos meses. Ellos nos han hecho llegar unos bosquejos de sus rostros. Estoy comparando uno por uno y me parecen coincidir; pero primero hay que investigarles a esos güebones y sacarles toda la información a respecto. No olvide, vamos por lo más sencillo primero. ¿De acuerdo?
–Sí, señor –asintió el sargento– ahora mismo voy a hacerles «cantar» y si por acaso alguno se nos llega a morir: solo tenemos que montar un operativo de búsqueda diciendo que se ha escapado, mientras que este ya estará gozando de mejor vida.
–Eso ya lo sé que se puede hacer –repuso el capitán, impaciente– como es bastante normal en estos casos: aparentar que se han escapado o hacer que parezca muerte accidental o natural. Haga lo que le ordeno, sargento.
–Muy bien, mi capitán –soltó llevando la mano a la visera y partió tras la orden.
De inmediato les hicieron poner en trípode –posición que se logra apoyando la coronilla en el suelo, las piernas estiradas y con las manos a la espalda– y les dejaron unos minutos que parecían horas. Empezaron a cansarse y apoyaban la rodilla a intervalos, ahí es cuando el sargento sacó su látigo.
–¡Levanten la rodilla, cabrones –rugió– así no es el ejercicio...!
¡Zas! ¡Zas! ¡Zas...! Retumbaba el látigo sobre los cuerpos debilitados por la mala posición. Trataban de evitar los golpes procurando mantener la posición inicial pero era inútil que aguantasen algo.
–A ver, pajaritos –dijo el sargento– ¿de dónde son y por qué llevan semejantes marcas en el cuerpo y en la cara?
–Sha le dijimoj, mi sargento. ¡Ay...! –gimió Serbio el menos valiente de ellos.
¡Zas! ¡Zas! ¡Zas...! Volvía el látigo a retumbar en el aire y a caer sobre las humanidades de quienes se obstinaban en engañar a la policía.
Los minutos parecían eternos para este cuarteto de reos que no gustaban de «cantar» como era debido, primero empezaron a desplomarse.
–Ya que no quieren decirnos nada a las buenas –dedujo el clase– hoy vamos a cambiar de técnica.
Les llevaron a una sala donde había bancos metálicos clavados en el piso, los cuales llevaban correas para sujetar las muñecas y los tobillos. Les hicieron sentar habiéndoles quitado previamente las esposas, les rodearon con las correas y empezaron a poner cargas eléctricas de bajo voltaje a intervalos de cinco segundos, de diez, de quince... Detrás del cristal que los separaba observaban los uniformados cómo se estremecían los cuerpos de los reos en cada descarga. Sin embargo, se volvieron tan tercos que no querían decir ni media palabra. Solo Serbio quiso más de una vez decir la verdad.


3


Telmo Ordóñez y Alfredo Salinas al enterarse que sus  compinches estaban detenidos en Zamora, Ecuador, pensaron en pasar la voz a los jefes de los carteles de la droga e iba a pedir auxilio para ellos. Cruzaron la frontera del sudeste colombiano, sabían que allí tendrían contacto con los miembros del cartel de Cali. Se apearon de la guagua que les llevó hasta Poza Honda y enseguida buscaron la vivienda de uno de ellos. La hallaron y llamaron del zaguán:
–Plátano... –dijo Perro Voraz con voz segura.
–...pintón –repuso el que salió a ver de quién se trataba–. Entren.
–Hemoj venido aquí –dejó caer Telmo– porque tenemoj problemaj. A nuejtroj compaj de «labor» lej han detenido en Ecuador, en la provincia de Zamora Chinchipe. Queremoj que noj echen una mano para liberarloj antej de que canten lo quihay.
–¿Por qué se supone que les han agarrado, cabrones? –gruñó Marcado– algo fuera de lo común y corriente habrán hecho para que estén presos los muy ladinos. ¡Cuántas veces les advertimos los de la cúpula encabezada por el que tienen al frente y el jefe Escudero: que no se metieran en tonterías, que evitaran ser llevados ante la justicia. Aparentando hacer cosas buenas! ¿Y ahora quieren que les liberemos a fuerza de arriesgar nuestro peyejo? Tendré que telefonear al jefe para que él decida en este caso.
–Creímoj –terció Alfredo– que era nuejtro deber avisarlej para evitar que loj tomboj tuvieran acceso a la información sobre loj movimientoj internoj del Cartel...
–Eso ya veo –ironizó Marcado, el que hacía de jefe de la cúpula del  sector– que ahora si hushen como perros con el rabo entre las piernas y piden clemencia como Magdalenas. Aguanten ahí sentados, cabrones, vosh a telefonear al jefe.
Mientras Marcado y el Látigo fueron a cumplir con su objetivo, los visitantes tomaron asiento nerviosamente y uno de ellos tomó el periódico que yacía sobre la mesita del centro de la sala. En grandes titulares decía: «CUATRO SUJETOS SOSPECHOSOS ESTÁN SIENDO INVESTIGADOS POR LA POLICÍA ECUATORIANA...» Enseguida le pasó la prensa a Alfredo. Cuando terminó de leer, se miraron mutuamente las caras; pero nadie dijo ni media palabra.
–Tenemos este inconveniente –soltó Marcado por teléfono– jefe Escudero. Cuatro de los nuestros han caído en manos de la Policía ecuatoriana. Esta noticia la publicaron el lunes shaora hemos cerciorado de que efectivamente son los reos miembros de nuestras filas. Dos de esos cabrones están aquí y nos lo aseguran.
–¡Joder! –vociferó un hombre de mediana edad y de complexión fofa– ¡Ningún hijoputa quiere trabajar como es debido! ¡Que se vashan todos al infierno! ¡Tarea de mamarrachos, mal nacidos! ¡Devoradores de las bodegas de víveres…!
Luego de un corto silencio añadió:
–Decidan en reunión qué coño hacer –ordenó la voz en el auricular–: libertarlos a toda costa o eliminarles para evitar a que suelten la lengua. Lo que sea más seguro, hay que impedir que los tombos den con nuestra organización. Manda inmediatamente un grupo de hombres que al menos sean la tercera parte del regimiento donde se hayan esos imbéciles. El momento menos esperado y cuando lo tengan todo bajo control asáltenlo, si no busquen la manera de silenciarlos para siempre a todos esos güebones inútiles. A los dos que están con ustedes les meten en el grupo de rescate y mientras existan posibilidades de liberación los tienen con ustedes, pero si por el contrario...
–...les matamos también a eyos –interrumpió Marcado.
–¡Exacto! –asintió Escudero– no los dejen vivos a esos desgraciados porque nos pueden denunciar igual o peor que los cabrones que están presos; cuando salga la comisión ve tú con eyos y controla que todo salga bien. Deja en Poza Honda a tu segundo, a Látigo.
–Haremos todo cuanto nos ordena, jefe Escudero –ofreció Marcado.
–Eso es todo. Me tienen informado sobre los pasos que van dando –concluyó el jefe.
–De acuerdo, señor.
Enseguida se materializaron en la puerta y por el semblante que traían, los visitantes no tuvieron buenos augurios acerca de la respuesta de dicho jefe Escudero. Marcado tomó la palabra para decirles:
–Esta tarde saldremos una comisión al lugar donde están los maricones ésos, ustedes de suman al grupo de rescate, güebones. El trashecto es sumamente largo y penoso si tenemos que cruzar la frontera oriental shadentrarnos en territorio ecuatoriano. Calculo que al menos será de dos días con sus noches.
–¿Qué rato noj reuniremoj para largarnoj? –inquirió Telmo.
–A las ocho de la noche en la cantina Las delicias, nos reuniremos un grupo shen otro sitio los demás. Bueno, en cuanto a ustedes dos tienen que ir adonde les indiqué. ¿De acuerdo? –secundó el Látigo– hasta mientras tóquense las pelotas en algún lugar.
–Eso mero haremoj –soltaron sin saber que estaban en la boca del lobo.
Salieron de allí y se dirigieron a una fonda de la localidad para saciar el hambre que tenían. Ya era medio día, ni siquiera habían desayunado.
Pero al quedarse solos los de la cúpula comentaban lo siguiente:
–Estos son unos borricos –murmuró Látigo– creen que no estamos enterados de las fechorías que andan cometiendo por aquí, hijoputas.
–El jefe Escudero, al desconocer los motivos por los cuales están presos –esgrimió Marcado– ha ordenado libertarlos; o en último de los casos matarles. Pero si supiera lo que han cometido estos güebones no hubiera decidido libertarlos, sino matarles de inmediato para que no «canten».
–¿Qué hacemos entonces –se interesó Látigo– les salvamos o qué?
–Para mi juicio, mejor es que les matemos –sentenció– sha que es impracticable el dejarles con vida sha merced de los tombos ecuatorianos porque corre riesgo nuestra organización; como tú no ignoras Látigo, no se puede obedecer ciegamente las órdenes del jefe Escudero por varias razones: una porque él puede ser detenido en cualquier instante o muerto en las balaceras con los milicos, los policías o en los enfrentamientos esporádicos con los de las FARC o los del ELN; dos, porque él está en el centro del país y no da abasto para enterarse de lo que sucede en la periferia; tres, las órdenes que él da por teléfono no son del todo fiables, porque pueden ser interferidas. Sho te propongo de antemano a ti, Látigo, y les propondré a los de la cúpula que yevamos el gobierno de la organización en este lado del país, enviarles a los seis a golpear las puertas de San Pedro y solucionado el problema. Se joda quién coño se joda, carajo.
–Me parece bien  –repuso Látigo– como esto será sometido a votación entre los cinco, cuenta desde sha con mi voto.
–Bien –ordenó Marcado–, cítales a los chicos a una reunión urgente a las tres.
–De acuerdo, ¿en qué lugar?
–En el restaurante Flor de loto.
Pasadas las tres se reunieron los cinco de la cúpula:
–Tenemos que resolver un asunto muy importante –dejó caer Marcado– hay cuatro de los nuestros que están presos en cárceles ecuatorianas. Están  siendo investigados por el último asesinato que hubo cerca de aquí –carraspeó y chupó el cigarro que llevaba.
–También –prosiguió– pasé la voz al jefe Escudero. Él me dijo que lo resolviéramos nosotros y veamos qué coño hacer para impedir que cantaran las andanzas de esta organización: si es que les liberamos de las manos de los tombos ecuatorianos o les damos el pase directo a los quintos infiernos. Mas sho les pongo a consideración lo siguiente: Al ser nosotros quienes hacemos y deshacemos lo que conviene o no en este sector nos toca decidir si les liberamos o les matamos.
–Si no hay manera de libertarlos –dedujeron a una los cuatro de la cúpula– que se los mate.
–Bien –opinó  Robert Rodríguez– entonces, hemos quedado como al principio: que si no se les puede libertar que se les mate. Hoy salgo a dirigir las operaciones de «limpieza» personalmente. Látigo, quedas a cargo de la jefatura de la cúpula. Acompáñame tú Depredador, salimos a las nueve de la noche a reunirnos con los demás hombres que nos acompañarán en la odisea.


4


Los reos tenían visitas solo los domingos. Un día de aquellos llegó una viejecita a visitar a Eusebio Frías, aduciendo que era su tía-abuela que vivía en Chimbuza –ciudad cercana a Zamora– quien estuvo con él en la sala, le llevó algunas cositas de comer; aunque los guardas revisaron la cesta que portaba la anciana, no pudieron ver que había una hoja doblada debajo del mantel. La misma que fue entregada en manos de Flecha  Mortal, el momento menos esperado. Se marchó la mujer que había sido pagada por Marcado para que entregase la carta a Eusebio. Éste sin ser visto por ningún guarda ocultó el documento dentro del calzoncillo y cuando salió al váter leyó su contenido: «Prepárense a escapar de este destacamento policial por orden expresa del jefe Escudero. El viernes próximo que es la primera de junio vamos a rescatarles con vida. Depende de ustedes para que la operación sea un éxito. No muevan un puto dedo hasta la medianoche». 
Al caer el ocaso del día citado no menos de dos docenas de figuras fuertemente armadas desmontaban a orillas del Zamora, agazapados en la oscuridad que empezaba a manifestarse. Descansaban las fatigas del viaje sentados sobre troncos y piedras de las orillas. El fuego de los cigarros que fumaban parecían cocuyos que circundaban las caras de los integrantes de la banda, quienes hablaban en voz baja para no alertar a alguno que pasara por el camino; aunque estaban bastante apartados del mismo.
–Aquí nos quedaremos hasta las once de la noche –ordenó Marcado hablando siempre en voz baja– luego nos acercaremos lo que más podamos para estar preparados para el golpe.
Esto dijo porque estaba informado de que en aquel pequeño regimiento no había más de sesenta policías, debido a ello había escogido a dos docenas de los más secuaces y pendencieros de sus filas.
Se acercó a Perro Voraz y a Tiburón para ordenarles:
–El momento que demos el golpe, ustedes dos van en la manada de a cuatro que entraremos por el mismo flanco, mientras los demás irán por los otros del mismo modo. Al final silenciaremos a los guardias de la prevención. Si alguno cae prisionero, cualquiera de nosotros está autorizado en darle el tiro de gracia para que no hable jamás: no olviden que el tiro debe ser en la cabeza o el corazón para evitar así dejarlo herido.
En el cuartel de policía todo se llevaba a cabo con aparente normalidad, los reos antes de la merienda se habían duchado como lo hacían todos los días luego ocuparon las sillas del comedor y vaciaron lo platos que les puso delante un camarero. Sin que nadie lo notase, éste entregó debajo del plato un papel a Flecha Mortal. Él lo cogió con harto  disimulo, lo ocultó y lo leyó cuando fue a hacer uso de la letrina. El papel rezaba lo siguiente: «Ya estamos preparados para el golpe, no olviden lo que les recomendé de comienzo. A las doce entramos». Cuando acabó de leer suspiró aliviado pensando que tal vez podría volver a ver a su madre y a su novia que quedaron en Pasto, Colombia. Enseguida hizo señas a los demás que se alegraron con harto disimulo.
Dadas las doce campanadas en el reloj de la prevención, los uniformados que estaban allí miraron con desgano la hora y siguieron leyendo la prensa del día. Mientras que el ronda tomó el Máuser y salió a hacer su recorrido. Pero no pudo ver que los guardias colocados en las esquinas del cuartel y a cincuenta metros en los lados habían sido sometidos por los maleantes porque fue interceptado por Marcado; quien le dio un fuerte culatazo con su revólver y le mandó soñar, mientras dos de sus compañeros le ataron de pies y manos y lo amordazaron. Lo propio pasó con el guardia que bajó de la garita al notar ruidos extraños. Al de la prevención dejaron sin tocarle. Todo fue con rapidez increíble, tomaron las llaves del cinto del ronda y abrieron el pabellón donde se hallaban presos sus compañeros. Fue tanto el silencio que nadie, ni los que dormían en las demás celdas oyeron el golpe.
Enseguida llegaron al sitio donde tenían sus caballos y se marcharon con rumbo desconocido, sin haber tenido que gastar una sola bala. El guardia de la prevención, al ver que no venían el ronda ni el que salió detrás, telefoneó a los que estaban en las garitas; mas como no recibió respuesta alguna, alertó a la tropa del destacamento cuando disparó dos veces seguidas su fusil al aire. En ese instante se volvió un rebullicio: unos corrían para acá, otros allá, aquéllos acullá; sin recordar en qué puestos debían estar en casos de emergencia. Se iban vistiendo o acabándose de vestir mientras corrían con los Máuser en sus manos o terciados a la espalda.
El capitán Aurelio Moscoso y su inmediato subalterno el teniente Rubén Astudillo fueron los primeros en pisar la prevención para informarse de lo que estaba sucediendo.
–Teniente –ordenó el capitán– controle desde aquí al personal uniformado en este zafarrancho, mientras yo acudo a ver qué diantres ha ocurrido en las demás instalaciones del destacamento.
El teniente ordenó cubrir los puestos en las garitas y colocarse en sus lugares. En tanto que el oficial al mando en persona, acompañado de varios hombres, se acercó al pabellón carcelario del recinto. Cuando llegó allí halló a los guardias que lo vigilaban atados y amordazados.
–¡Cáspita! –gruñó con fuerza– ¿Qué coño ha pasado aquí?
Desataron a los guardias y les quitaron las mordazas para saber lo que en realidad ocurría. Apenas pudieron se pusieron de pie y se cuadraron ante su autoridad:
–Buenas noches, mi capitán –carraspearon al unísono.
–¿Pueden decirme, ustedes, ¡qué cojones acaba de pasar aquí!? –refunfuñó el oficial.
–Ignoramos, mi señor –dijo uno– porque nos durmieron los atacantes. No sabemos cómo coño entraron aquí; pero lo cierto es que cuando recobramos el sentido fue cuando oímos el alboroto del zafarrancho.
–¡Estúpidos, mil veces estúpidos...! –gritó el capitán– ¿No ven que se llevaron al cuarteto de colombianos y los demás no oirían nada?
–Habrá que averiguar, mi capitán –ofreció un cabo–. Tal vez ellos estén al tanto de lo que ha ocurrido, señor.
–Estoy seguro que tampoco vieron nada –repuso el oficial al mando– si hubieran visto u oído algo, ¿no cree que hubieran hecho la bulla para que a ellos también les liberen, ca-bi-to a-ni-ña-do? –ironizó en forma burlesca acercando su rostro al clase que, aunque simuló serenidad, sintió poblarse de sangre el rostro.
Sin pérdida de tiempo fueron por las garitas desatando a sus colegas y averiguando si sabían algo; pero nada se pudo saber, porque todos habían sido golpeados por la espalda en la cabeza y cuando volvieron en sí se hallaban atados y amordazados.
Enseguida el capitán Aurelio Moscoso ordenó al teniente Rubén Astudillo que prepare de inmediato un operativo de búsqueda.
–Sargento Enríquez –gruñó a la vez el teniente– ¡ordene a cuarenta hombres aparte de usted y yo para salir detrás de estos malditos esbirros!
–Enseguida, señor –dijo golpeando sus tacos y se dio prisa.
–¡Los quiero bien armados y equipados cual si fuésemos de maniobras! –subrayó el oficial.
–Enseguida, señor –gruñó el aludido antes de desaparecer.
Eran las dos de la madrugada al salir; pero los fugitivos habían adelantado mucho, llevaban varias horas de diferencia con sus perseguidores. Sin embargo, no pararon hasta hallarse completamente a salvo. Habían corrido tanto que cuando amanecía se hallaban en Chimbuza, a unos treinta km al noroeste; mas no entraron al pueblo, sino que ocuparon una casa abandonada para descansar un poco y luego avanzar hacia Gualaquiza.
El teniente Rubén Astudillo y el sargento Enríquez, no tuvieron mayor remedio que regresar a la unidad policial, encabezando la pequeña tropa. Ni siquiera hallaron la mínima pista de los fugitivos y creyeron que era en vano seguir sin tener el menor indicio de dónde irían.
Casi al atardecer entró la tropa en el destacamento policial sin tener ningún resultado que satisfaga y el capitán Aurelio Moscoso debió dar parte a sus  superiores acerca de sus movimientos infructuosos. Estuvo a punto de ser relevado del mando de la unidad, debido al fracaso de sus pesquisas; pero no lo fue porque era yerno del Comandante General de Policía de la región.


5


Al cabo de una década de aquello casi todos olvidaron aquel incidente que cobró las vidas de agricultor y nietos, excepto sus familiares. Juan y Pedro contaban con veinte y veintidós años, respectivamente; eran dos mozos apuestos y fornidos. La total diferencia entre los asesinos y estos muchachos radicaba en el sentido de la justicia, mientras que los primeros habían sembrado el camino con sangre inocente hasta ser privados de su libertad; los segundos, estaban siempre dispuestos a socorrer a los desvalidos, a los menesterosos y huérfanos o viudas sin dejar por eso de ser unos trabajadores formales que se ganaban el pan del día con honradez y modestia. Aunque sus padres les dejaron en la orfandad cuando apenas entraron en la adolescencia, jamás se desviaron por caminos torcidos gracias a la educación impartida por parientes cercanos y maestros.
Aún conservaba Pedro la media docena de carboncillos. «Algún día caerán en nuestras manos y se hará justicia, se enderezará lo torcido y se resarcirá lo roto», pensaba.
Contrataron al par de jóvenes como guardias en unas camaroneras que rodeaban al centro carcelario estatal donde purgaban condena los asesinos del abuelo con sus nietos, el cual era bañado por una inmensa bahía del Amazonas. El mérito a su encarcelamiento y condena se debió a la ayuda prestada por el ejército ecuatoriano, especialmente a la unidad llamada Demonios de la selva, quienes eran comandos nativos adiestrados en la dureza selvática de la región tanto como en el arte de la guerra. La impericia de antaño en los hombres del capitán Aurelio Moscoso hizo que finalmente fuera relevado del cargo algunos años después, cuando ya había ascendido a teniente coronel. Sobre todo porque su suegro dejó de ser Comandante General de Policía de Zamora y entró al servicio pasivo.
–Más temprano que tarde, éstos caerán bajo la justicia que la impondremos nosotros –profetizó Pedro al tiempo que apretaba sus mandíbulas con fuerza–. Ojo por ojo, diente por diente.
–¿Cómo crees que vamos a hacer que paguen con la misma moneda, Pedro –protestó Juan– si están vigilados las veinticuatro horas?
–¡Psch! –chasqueó la lengua Pedro– por eso mismo estamos aquí, querido primo, el día menos pensado y la hora menos imaginada vengaremos su muerte.
–Ya, ñaño, pero cómo coño nos acercamos a ellos para darles su merecido –insistió Juan–. No basta que purgaran condena porque cualquier día pueden fugarse o qué sé yo. Igual eso no resucita a nuestros seres queridos; aunque se los cobre tormento por tormento o vida por vida. ¡Malditos granujas y…!
–De pronto alguien puede acabar con ellos –interrumpió Pedro frunciendo su entrecejo– por ejemplo uno que entre a donde están éstos y los vaya eliminando uno por uno…
–¡Eureka –exclamó Juan– lo tengo! Ese alguien somos nosotros ¿verdad, ñaño?
–Eso es –asintió Pedro con firmeza– nadie más que nosotros para acabar con esa gangrena para la sociedad. Te prometo que no vivirán para contarlo, infelices.
Días más adelante eran trasladados dos nuevos reos, los cuales entrarían en el mismo centro carcelario donde purgaban condena los seis del caso. Iban acompañados por guardas fuertemente armados. Cuando se dio el cambio del avión a la avioneta que los trasladaría en el último tramo algo ocurrió en los retretes que utilizaron éstos, quienes minutos antes arguyeron que se orinaban en los pantalones si no los dejaban usar y ante esta situación fueron permitidos. En eso también se dio un relevo de la escolta y se despidió la primera, mientras que en un abrir y cerrar de ojos alguien mandó soñar a los reos que usaban la letrina y los escondió debidamente. Enseguida les quitaron la ropa, se vistieron como ellos y aparecieron en la puerta donde les aguardaba la nueva escolta. Los reos aunque llevaban el mismo uniforme sus rostros eran otros, pero eso no lo notaron los guardas que se los llevaron para que cumplieran condena.
Una vez dentro los nuevos reos condenados por homicidio, quienes no eran otros que Pedro y Juan, identificaron a los seis facinerosos que acabaron con la vida de sus parientes y buscaban la oportunidad de echarles el guante.
A los ojos de Pedro y Juan éstos parecían menos vigorosos ya que el tiempo había hecho mella en sus humanidades; aunque sus cicatrices jamás se borraron dándoles un aire más temerario y pendenciero.
Un día en el comedor se dio el primer roce:
–Tú –gruñó Flecha Mortal contra Juan– ¿qué coño me miraj?
Juan no respondió y siguió comiendo.
–¡Oye –volvió el reo– a ti te digo, conche tu madre! ¡No te hagaj el pendejo!
Pedro lo miraba de reojo mientras una mano armada de una navaja caía sobre la humanidad de Juan. Entonces Pedro de un salto evitó que el arma le hiciera el menor daño y empezó una lucha sin cuartel en la que Caballo Loco recibió heridas de gravedad, quien fue trasladado a urgencias tanto como Flecha Mortal aunque sus heridas no eran del todo graves pero necesitaban de cura. No pudieron hacer nada para salvar la vida del primero que agonizó en unas horas, porque recibió un corte profundo en la vena carótida. Mientras que el segundo quedaba en observación.
La policía que intervino cuando hubo la reyerta atestiguó a favor de Pedro, quien jamás había causado problemas en el centro carcelario. Del mismo modo, los camareros y otros dieron el testimonio de quién tuvo la culpa y se justificó que este homicidio fue por defensa propia.
A la semana de aquello amaneció muerto Flecha Mortal y nadie daba razón de su fallecimiento; aunque una hipótesis revelaba que murió por sobredosis de cocaína, ya que se encontró un par de jeringas usadas debajo de su camilla. Ante esta situación el alcaide iba a tomar cartas en el asunto, presionado por Paco Escudero que desde el exterior movía los hilos a su antojo.
Mientras que los jóvenes injustamente juzgados como asesinos, quienes eran trasladados a la cárcel para que purgaran condena cuando despertaron amodorrados y entontecidos se pusieron a buen recaudo. No dudaban que a «alguien» le interesaba que fueran ellos y no los propios matones quienes debían ser encarcelados. Enseguida se pusieron en contacto con las autoridades de mayor rango político e institucional. Tuvieron gran interés en lavar su imagen ante la sociedad y demostrar que ellos eran inocentes a carta cabal. Respondían a los nombres de Ernesto Guerra y Antonio García, de veinte a veintitrés años. Empezaron a mover los resortes desde todos los ámbitos posibles para lograr que se hiciera justicia contra los malvados y no continuaran riéndose como hasta ese día, gracias a su «padrino» de apellido Escudero. Tampoco dudaban del indómito valor del par de congéneres que los suplantaron en la identidad cuando eran trasladados a la cárcel y confiaban en que su finalidad sería fructífera. Enseguida se pusieron en marcha para que todo se aclarara antes de que fuera demasiado tarde.
Entre tanto en la cárcel, su alcaide moría por la pasión a las antiguas tradiciones de los países anglosajones en lo que a luchas cuerpo a cuerpo se refiere, esto es el duelo de caballeros medievales. Al ser testigo de la formación de dos grupos rivales entre sí en el centro carcelario que lo dirigía, un día armó a uno de cada bando para participar en este duelo. Del más numeroso y pendenciero salió Apache Rojo que tenía como consigna acabar con la vida de su rival, mientras que del grupo menor fue elegido Juan Miranda. Esta lucha era en el fondo una a muerte, aunque solo parecía una simple medición de fuerzas pero no lo era por las intenciones del primero.
Empezó el torneo ante las miradas de decenas de caras que iban y venían según los movimientos de los rivales, cuyos ojos estaban casi ocultos detrás de las enmohecidas armaduras. Tronó un pistoletazo y corrieron los guerreros acercándose peligrosamente al punto de encuentro. Cada uno llevaba su adarga en ristre lista para ser clavada en la humanidad de su rival. Cruzaron el primer encuentro sin apenas haberse rosado en sus flancos y cargaron en una nueva arremetida. Apache Rojo daba la impresión de que iba a ser el triunfador en esta lucha por aparentar ser más fiero que Juan Miranda, aunque el resultado final estaba por verse. De nuevo estaban cerca el uno del otro y uno de ellos se elevó todo lo que pudo en la silla para atacar con mayor precisión a su rival. Se dio el encuentro y uno rodó por los suelos atravesado el cuello con el acero fulmíneo. Aplaudió este triunfo el grupo reducido de reos, mientras Juan se acercaba para desmontar; pero quien no se conformó fue el alcaide que enseguida ordenó que enviaran a otro «caballero» para medirse con el triunfador de la primera carrera y así fue. Iba a darse el segundo duelo del día entre el vencedor contra un nuevo contrincante, mientras Pedro se moría de rabia al ver tanta injusticia y quería participar él en vez de su primo que aunque parecía estar del todo bien no lo estaba, ya que tenía una herida en el hombro y sangraba, pero no mostraba dolor ni cobardía. Era todo un guerrero medieval listo para el nuevo combate a muerte.
Esta vez armaron al Toro de parte del bando mayor de reclusos porque era tan pendenciero como el primero que pasó a mejor vida en el lance que acabamos de ser testigos. Iban a salir de nuevo a encontrarse a muerte el par de caballeros cuando el alcaide que estaba dolido por el fin del primero por ser uno de sus «ahijados», puesto que él y el famoso Escudero tenían alguna relación secreta, a hurtadillas dio instrucciones al Toro.
Tronó el pistoletazo de salida y los caballeros corrían a su encuentro imprimiendo en sus monturas toda la velocidad que podían. Se cruzaron sin ningún problema, pero Toro en lugar de dar la vuelta para continuar con el torneo corrió detrás del pabellón carcelario. Al ver esto Juan lo siguió y cuando estuvo cerca del caballero fugitivo le salieron al encuentro cuatro jinetes armados como ellos, quienes lo atacaron derribándolo por tierra. En esto Pedro que notó la extrañeza del torneo corrió lo que pudo, vio en el suelo a su primo y lo auxilió. Llevaba heridas de consideración, la más importante un lancerazo que entró por la axila y salió por debajo del hombro en la espalda. Con la ayuda del grupo menor de reos condujeron a Juan al policlínico del centro carcelario.
El alcaide por su parte llevaba la consigna de acabar como sea con la vida del par de jóvenes. Pedro no ignoraba sus intenciones y no se separaba ni un instante de Juan que estaba en observación médica. Al cabo de una semana a medianoche hubo un corte de luz y nada se podía ver a simple vista, pero Pedro que tenía bien desarrollada la visión podía distinguir más que cualquiera en medio de la oscuridad. Le pareció ver tres sombras abandonar la valla que comunicaba con el exterior y ocultarse rápidamente por temor a ser descubiertas. Al tiempo que percibió cuatro bultos que se movían a ras del suelo muy cerca de ellos, los que parecían llevar algo brillante entre sus manos. No entendía el porqué de entrar tres por un lado y cuatro por otro pero se puso en guardia poniendo a Juan a buen recaudo. En este orden de cosas, Juan parecía dormir sin enterarse de nada mientras éstos se le acercaban reptando y estaban cada vez más cerca de él. Empezaron a enderezarse junto a la camilla de Juan y como lobos que atacan a su víctima se lanzaron sobre él. Clavaron una y otra vez sus puñales; pero al ver que no brotaba sangre ni se quejaba notaron que fueron engañados: habían perforado una y otra vez un conjunto de almohadas que daban la apariencia de un enfermo. Acto seguido quisieron huir pero unas manos invisibles que parecían tenazas rodearon sus cuellos con cuerdas hasta matarles por asfixia.
–Ojo por ojo, diente por diente –murmuró Pedro junto a tres poderosos guerreros, quienes le hicieron señas que no dijera nada mientras soltaban los cuerpos inertes de sus enemigos.
Los que le ayudaron en la tarea fueron tres Demonios de la selva que se infiltraron para colaborar con este par de jóvenes y desaparecieron sin dejar rastro.
Al siguiente día se hallaron los cadáveres, tres de los cuales eran conocidos como Toro, Perro Voraz y Tiburón. Nadie supo cómo se llevaron a cabo estos homicidios, aunque parecían tener cierta relación con el enfermo Juan Miranda. Era del todo impensable que Pedro solo hubiera acabado a la vez con cuatro individuos armados de cuchillos. Sin embargo, así se dieron los hechos. Estaba claro que alguien le echó una mano para este último ajusticiamiento, pero se ignoraba su procedencia.
Ese mismo día llegó una comisión de parte de las autoridades policiales y militares de la región, quien depuso al alcaide por tener relaciones «comerciales» con el mafioso Paco Escudero, jefe del Cartel de Cali y prófugo de la justicia de Estados Unidos de América.
La muerte última de los cuatro se justificó como venganzas personales entre reos, al ser los fallecidos pendencieros en sumo grado se determinó que cavaron su propia tumba y no merecían vivir porque eran un peligro para los internos.
Mientras que el mandamás del centro carcelario fue condenado a equis años y destinado a la misma prisión donde fue su alcaide. Del mismo modo se juzgó y condenó a los verdaderos responsables de las muertes por la cual habían sido juzgados injustamente los jóvenes Ernesto Guerra y Antonio García, a quienes les suplantaron Pedro González y Juan Miranda para poder estar cerca de los asesinos de sus familiares. Finalmente salieron por la puerta grande este par de jóvenes y se marcharon a Colombia. No sin antes haber recibido un justo homenaje por haber actuado siempre del lado de la justicia y cuando atravesaron la calle de honor, devolvieron con una sonrisa perceptible solo a tres valientes soldados que les guiñaron un ojo.

lunes, 16 de junio de 2014

La enseña de las tres ranas

Ángela Gentile


“Todo es cantidad. Así comían los bárbaros”- murmuraba mientras arrastraba con dificultad el trozo de buey que reposaría  quince horas en  agua. Logró con esfuerzo alzarlo y lo introdujo en el caldero con la doméstica voluntad de los pequeños logros. Nardo se limpió las manos y  tomando su cuaderno de cocina escribió: “(…) Sumergir la vaca o el buey en el caldero durante quince horas. Cuando la carne  se desprende de los huesos, se pone esta carne en una prensa para extraer los jugos…”

Su amigo Piero entró para comunicar la llegada de muchos artistas a la ciudad. Estos irían  a la fonda seguramente  pues venían por un tiempo a concursar en la realización del mural del Parque Cívico. 

Nardo se levantó indiferente y no respondió porque conocía a su amigo y la locura que éste arrastraba desde que llegó escapando de la guerra. Buscó otro ángulo de la  cocina para poder concluir  las anotaciones del día  “(…) Ponerlo en sartenes planas que coagule y cuando esté seco cortarlo en cubitos del tamaño del pulgar…” 

¿El pulgar?- se miró la mano y dijo -¡El pulgar! Mientras repetía esto, iba quitándose de prisa los lienzos malolientes y tomando su abrigo,  partió dejando desconcertado y sin respuesta a Piero.

Llegó de prisa a su casa, abrió la puerta y el rugido de la soledad lo recibió. Pensó que ese lugar no era el mismo sin Melzi, su discípulo; quien cansado de esperar en vano su llegada, en la antigua casona de la calle Montevideo, conocida por todos como “la bottega fiorentina”, había abandonado telas y pinceles preparados con cuidado para su maestro, por si las musas regresaban a visitarlo.

Nardo extendió su mano y acarició el caballete dispuesto por su discípulo y comenzó a pintar  buscando en el blanco de la tela, la marca divina. 

La luz aceitosa de las lámparas lo envolvía en la magia una vez más, distorsionaba las tonalidades verdes y azules; como así también el día de la noche. Sostuvo el pincel entre el índice y el pulgar y fue entonces que recordó el motivo por el cual había abandonado la cocina de la fonda de la calle Nueva York de modo casi intempestivo y repitió en voz baja:-¡El pulgar!-¡Esa es la medida que me faltaba para concluir esta máquina!- Abandonó la tela y acercó la lámpara hacia un papel y con carbonilla dibujó el pequeño y practico artefacto  para machacar ajo y perejil que presentaría a su Señora Beatriz como gustaba nombrar a la esposa de su amigo Mario.

Concluido el boceto, lo contempló con la misma pasión con la que miraba todas sus obras. Satisfecho, escribió en los márgenes con su trazo de derecha a izquierda, algunas indicaciones para su uso y armado.

Abandonó pensativo el cuarto, convencido de haber agregado otro elemento  a la mesa de los poderosos; mientras la escasez y el hambre seguían siendo regla entre los pobres obreros de las fábricas.

Se recostó sobre los sillones sin poder definir la emoción que lo invadía y, lentamente, se adormeció.

El  rumor del río atravesando el monte, lo despertaba infatigablemente todos los amaneceres al igual que las  voces de los vendedores  callejeros voceando  sus productos.

Se acercó a la ventana y la abrió de par en par aspirando la fresca brisa del amanecer. Desde allí, se veía la otra fonda  “La Internacional” lugar donde se iniciara como cocinero.

Las imágenes del pasado lo acompañaban cada día con mayor frecuencia en este, su camino hacia la vejez.

Cerró cuidadosamente los postigos, porque debía regresar a la fonda. Dio un último vistazo a los tantos bocetos dispersos por el cuarto y tomando su abrigo, partió. 

Atravesó la ciudad que olía a petróleo de manera casi subterránea y cruzó las calles estrechas.

Entró de prisa en la cocina y  el olor penetrante de la carne en remojo lo invadió. Buscó  con la mirada el lugar donde estaba su cuaderno y tomándolo, retomó la última página escrita. Leyó en voz alta : …cortarlo en cubitos del tamaño del pulgar que se pueden agregar a  las verduras hirvientes y así enriquecerlas con las sustancia del buey o de la vaca si tomamos la molestia de matar un buey o una vaca frescos”.

Finalizados los apuntes, se apoyó en el borde  de la mesa y mientras jugaba con el cálamo, se distrajo soñando con modelar máquinas que ahorrarían  trabajo y proporcionarían limpieza a los fogones.

Miró por última vez la carne del buey y dio por finalizada su observación. Roció el piso  y también el cuerpo de algunos animales colgados en la cocina, con pimienta, para eliminar las moscas y aguardó con paciencia la llegada de su amigo Sandro, un abruzzese de Magliano dei Marsi, el cual había decidido acompañarlo en la atención de la futura casa de comidas. Mientras esperaba, regó las plantas de menta,  salvia,  albahaca,  tomillo y  eneldo que le proporcionaban el extraño placer de los aromas mezclados.

Nardo había sido nombrado en su juventud  “Maestro de festejos y banquetes”, cuando vivía en Italia, distinción por la cual se vio obligado a atender  los invitados del gran duque, ejecutando el laúd, cantando, bailando, proponiendo enigmas y acertijos a comensales que,  negados a todo cambio, se burlaban de él resistiéndose a comer  espaguetis con el pequeño artefacto de tres dientes que había inventado para mejorar los buenos modales en la mesa.

Recordó  por un instante, el momento en el cual decidió demostrar uno de sus inventos: la máquina para cortar berros que, fuera de su control, puso fin a la vida de seis hombres del personal de servicio y tres jardineros, en los jardines de los Sforza; motivo más que valedero para emigrar hacia América.

La entrada de Sandro en la cocina lo rescató de sus pensamientos. Nardo se dirigió hacia él para recibirlo, abrazándolo como de costumbre. Ambos se sentaron dispuestos a buscar un estilo al futuro negocio; intercambiaron opiniones acerca de la belleza de los brotes de col y soñaron con  acostumbrar a sus clientes a usar un paño para limpiarse las manos y dejar de amarrar un conejo a las sillas. Se detuvieron en el recuerdo del perfume de las cebollas de Venecia y de los rábanos de Cremona, seleccionaron la música que  se ejecutaría en la cocina, para acompañar a los cocineros mientras estos prepararan pechugas de curruca, rodajas de anguilas, testículos de cordero con crema, y el plato de la casa: una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada  a semejanza de una rana.

El vino de la costa tuvo su capítulo aparte en la conversación y ambos sostuvieron que era importante enseñar a beber con precaución, sin perder la frecuencia y en pequeñas dosis; como así sugerir a los futuros clientes, la ingesta moderada de las adornadas y talladas carnes.

La fonda al final  fue bautizada como “La Enseña de las tres Ranas de Sandro y Leonardo” y decidieron pintar  dos banderas,  que colocarían a cada extremo como era de rigor entre los nuevos comerciantes de la calle Nueva York.

El sueño de la empresa en común duró poco tiempo; pues los  clientes que salían de los frigoríficos al mediodía, exigían cada día porciones mayores hasta que decidieron invadir la cocina  y en el intento destruyeron el local por completo.

En tanto,  del otro lado del río , el joven Melzi había regresado a la casona y disponía  como siempre la paleta de colores, ajustaba las lámparas una por una y ejercitaba en soledad por enésima vez la seducción embalsamada de su sonrisa, para que lo pintara Maese Leonardo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Combi

Dennis Armas






Jergas peruanas:

Combi: Minibús usado para transporte público.
Chifa :  Restaurante que vende comida china.

Las otras jergas son propias de la cultura combi. 
  

El reloj electrónico situado en medio de la avenida Javier Prado marcaba las 5:49 p.m. Era el inicio de la hora punta.

Salí del trabajo con una sólida determinación. Esta vez nada me detendría, nada se iba a interponer entre yo y mi meta, nada me haría cambiar de opinión: Esta vez tomaría una “combi” para irme a mi casa. Ya era hora de deshacerme para siempre del mal hábito de tomar taxis.

Los taxis estaban acabando con mi economía. Desde que por un trágico error a principio del año me habían dado mil soles extra en mi sueldo -los cuales ingenuamente los había tomado como un aumento- me había acostumbrado a los taxis.

Luego, al mes siguiente, por supuesto me dijeron que todo había sido un error y me descontaron los mil soles. De ahí en adelante todo siguió como siempre: el mismo sueldo, el mismo trabajo, la misma ropa, la misma rutina. Salvo que ahora algo había cambiado: me había vuelto adicto a los taxis. Me había acostumbrado a la comodidad del asiento delantero, a no tener que caminar más que unos metros para subirme a uno, a los atajos que el chofer tomaba para llevarme a mi destino, a no tener que esperar más de media hora para llegar a este, a poder fumar si me placía y a no tener que cederle el asiento a ninguna vieja oportunista. Me había acostumbrado a la comodidad. Todo esto era impensable en una combi. El gran problema era que el precio que tenía que pagar para dar este “cómodo salto” a mi casa ascendía a los doce soles.

Pagar doce soles cada día estaba mermando mi presupuesto. Pero es que ya era muy difícil reacostumbrarse a tener que caminar cuadras y cuadras para llegar a aquel caos urbano que era el paradero, donde tienes que competir con todas las pobres almas que allí buscan salir de ese sitio  lo más pronto posible y a como dé lugar. Es difícil volver a tener que estar en medio de toda esa manada de seres desesperados, hambrientos por la llegada de un transporte con unos centímetros cuadrados de espacio que los ayude a huir. A tener que saltar como un gato callejero si es que a un chofer se le iba el timón y enrumbada hacia mí en curso de colisión. A tener que descubrir, una vez a bordo del apestoso vehículo, nuevas capacidades de mi cuerpo que hasta ahora me eran desconocidas, como que mis huesos puedes ser estrellados contra fierros cruzados sin romperse; como que mis pies podían girar ciento ochenta grados sin que yo sea el que los mueve; que mi estómago puede soportar una combinación de olores orgánicos nauseabundos que harían vomitar a una cabra; que respirar dióxido de carbono mezclado con sobaco de cholo no me mataba; era casi un superhéroe con superpoderes y no me había dado cuenta hasta que me subí a una combi.

También era difícil  aceptar el hecho que dentro de esa lata con ruedas de carne humana a medio descomponer algunas leyes de la física pierden validez, como aquella que dice que la materia es impenetrable, te das cuenta de ello cuando alzas la mirada y ves dos cuerpos humanos en la mitad de un proceso de fusión. Otra ley física que aparentemente no quiso subirse a la combi es la ley de los gases, que en este caso se aplicaría a las personas, pues cuando la puerta del vehículo se abre los pasajeros deberían salir despedidos a través de ella como cuando se destapa un tanque de aire comprimido, pero por alguna razón desconocida nadie sale disparado, la masa de carne y huesos humanos medio fusionados sigue en su misma posición, y para asombro del espectador que aun siga consciente, ¡el cobrador introduce aun a más personas!, con lo que la presión interior de la carne aumenta al punto que los cuerpos empiezan a brillar con una extraña fluorescencia, como si amorfos soles estuvieran naciendo, tal vez resultado de la fusión de sus núcleos atómicos.

Por desgracia el tiempo sigue siendo el mismo. Cada combi tiene colgado sobre el asiento del chofer un calendario para que la gente recuerde cuándo diablos fue que se subió. Incluso algunos pasajeros entran en estado de pupa, como una mariposa, y cuando el capullo se rompe aun no llegan a su destino, pero salen transformados en gringos coloraditos.

Pero basta de descripciones. Yo salí con la determinación de dejar mi adicción a los taxis, soportar el síndrome de abstinencia y reacostumbrarme a las combis. Así es que crucé la avenida Javier Prado y empecé a caminar rumbo al paradero.

Mientras iba andando, mis miedos más recónditos me hablan en el interior de mi cabeza como las voces de un esquizofrénico: ¡Buuuu!... cómbi… -me decían- gente apretujada… pestilencia… gritos… niños… accidentes…

Yo sacudía la cabeza como un loco  para sacarme las voces de mi interior, pero poco resultado obtenía.

Finalmente ya faltaban unos metros para llegar a la esquina… y al paradero. Ya se podían escuchar los bocinazos y los gritos anunciando los destinos en un castellano urbano:

-¡Tooobenabidesarcopardoulvalomiraflorrr! ¡Tooobenabidesarcopardoulvalomiraflorrr!
- ¡¿Habla vas?! ¡Oe, habla pe!
- ¡Arranca nomá tá planchao tá planchao!

Di la vuelta a la esquina y me encontré con lo que a primera vista era un mercado egipcio, pero de hecho era el paradero, aunque en cierto modo sí era lo primero: gente desesperada por comprar algo y gente desesperada por vender algo, solo que lo que aquí se compraba y vendía era el trasporte… si se le puede llamar transporte a ese pequeño minibús diseñado para doce pasajeros, pero en el que se metían veinte.

Me abrí paso entre la gente. A empellones traté de introducirme entre la masa de transeúntes, potenciales pasajeros, vendedores de chicles y torsos humanos que sobresalían de las ventanas de las combis, las que formaban una procesión interminable sin la intención de moverse, a menos que estén lo suficientemente llenas. Y cuando digo llenas me refiero llenas al punto de no saber cuál es el poto de quién en una masa de cabezas y miembros humanos.

El lado derecho de la avenida estaba totalmente ocupado por un torrente de destartalados minibuses, uno pegado detrás del otro, como salmones en un río en época de desove.

Yo traté de luchar por acomodarme en un lugar de la vereda, esquivando a todo el tumulto de gente que subía y bajaba, que iba y venía. Finalmente logré acomodarme en un sitio.

La gente saltaba hacia el interior de las combis y hacia fuera. Cuando el sucio minibús se terminaba de atiborrar de pasajeros, recién entonces el chofer se dignaba a poner su cochina chancleta en el acelerador, lo que hacía que el vehículo -después de tirarse un pedo antiecológico- empezara a moverse lentamente. Solo para que otra combi tomara su lugar y se estancara en ese mismo sitio hasta que se embutiera de gente otra vez.

Yo me hallaba dentro de la peor pesadilla de Kafka. Hace tiempo que ya no vivía todo aquello y por lo tanto me sentía como un judío que recuerda el holocausto… o peor aun, como un peruano acostumbrado al taxi que tiene que retomar la combi.

Una rata solitaria cruzó raudamente un pequeño rincón de la calle. En medio de su recorrido se detuvo y me miró como diciéndome: ¿tú qué haces aquí?, déjate de huevadas y toma tu taxi nomás, olvídate de todo esto. Una voz dentro de mí me decía: hazle caso a la rata, ¿qué haces aquí luchando contra lo que sabes que no vas a poder vencer? Anda, toma tu taxi, hazle caso a la rata.

Sacudí la cabeza violentamente, convencido que si permanecía más tiempo en ese lugar podría enloquecer.

De pronto divisé mi combi a unos cien metros calle abajo, la combi que me sacaría de todo ese tumulto y me llevaría a mi casa.

Sentí un gran alivio y me acerqué al borde de la acera. A medida que el carro se iba aproximando pude ver algo extraordinario: estaba casi vacío. Solo con un par de cadáveres en el asiento posterior que seguramente habían fallecido después de haberla tomado en el primer paradero, pero no importaba, ¡había espacio en el interior de ese vehículo! Era un sueño hecho realidad. Después de todo tal vez podría llegar a reacostumbrarme a tomar combis.

Di dos pasos más hacia delante, siempre esquivando a la gente que iba y venía de izquierda a derecha.
Me paré en la punta de la vereda e hice el gesto ancestral que avisa a uno de estos animales mecánicos que deseo subir. Estiré la punta del dedo índice hacia la calle.

Ya estaba yo soñado con que la combi se paraba, deslizaba la puerta hacia atrás y el cobrador, en un gesto galante, me ayudaba a subir indicándome el mejor asiento disponible… cuando de pronto: ¡ZUUMMMMMMM!
El aparato del demonio pasó frente a mí a unos  cuatrocientos kilómetros por hora. Poco más y rompe la barrera del sonido. Me dejó hecho un cojudo con el dedo estirado.

Fue entonces que aprendí, o mejor dicho, reaprendí una ley importante de las combis: cuando están vacías, vuelan a su último paradero sin importar a quienes no recogen o con quienes se quedan.

Humillado y acongojado regresé a mi huequito para volver a esperar.

Cuarenta minutos después pude divisar, en la parte trasera de la larga fila de vehículos otra combi que también me llevaría a mi destino. Esta vez no me dejaría engañar. Empujaría a una vieja a la pista si era necesario, pero esa combi tenía que parar y dejarme subir.

Quince minutos más tarde seguía esperando en el mismo punto.

¡Carajo, la fila no avanzaba! Era como si cada chofer se masturbase frente a la luz verde del semáforo, pues se la quedaban mirando sonrientes y no se movían. Contemplaban la luz verde como un astrónomo cuenta cráteres en la Luna. ¿Qué tiene de sexualmente atractiva esa luz verde para que se la queden observando así y no pongan su cochina pezuña en el fierro doblado en L que hace las veces de acelerador?  

Mi combi seguía como a unos cien metros detrás de la fila y a mí me estaban invadiendo las ganas de meterme en el río humano que circulaba por la vereda e ir a su encuentro. Pero en vez de eso decidí armarme de paciencia y esperar.

Pasó un rato. Ahora la combi estaba a unos seis metros de mí. Me apresuré a avanzar hacia ella. No estaba tan vacía como la anterior, pero había unos cuantos asientos libres adentro y aparentemente yo era el único que quería tomarla puesto que la gente miraba en otras direcciones a otros vehículos. Mi corazón se llenó de gozo y alegría cuando el carro se detuvo finalmente frente a mí. La luz estaba en verde, pero gracias a su sexy fulgor el chofer no tenía intenciones de moverse de ahí hasta por lo menos haber tenido su primer orgasmo.

Desgraciadamente todo eso cambió cuando la enorme puerta del vehículo se deslizó hacia atrás abriéndose.

¡De repente todo el mundo quiso tomar esa combi!

Yo sentí lo que pareció ser un codazo en las costillas, pero resultó ser la cabeza de un niño cuya madre usaba como objeto contundente para sacarme de su paso. Todo el tumulto de gente cambió su curso y emprendió su frenética subida al vehículo. Era como si a una cañería de alta presión se le hubiera hecho un agujero, solo que en vez de agua, la sustancia con la que yo luchaba era gente que se peleaba y subía a empellones y codazos a la combi con las puertas abiertas.

Muchas madres lanzaban a sus bebés al interior del vehículo como pelotas de basket para ganarse el derecho a subir. Otras madres, con hijos un poco mayorcitos, los elevaban de las piernas y los blandían como mazas medievales contra los pasajeros adversarios. Una madre tomó a su hijo de los tobillos y empezó a hacerlo girar en el aire lanzando un grito de guerra en lo que me pareció una escena de “Corazón Valiente”.  Yo, en medio de todo ese caos de patadas, puñetes e hijazos, trataba de mantenerme en pie pues si me caía iba a ser rematado y posiblemente mi cuero cabelludo cortado como trofeo. Lo único que podía hacer era abrirme pasó hacia delante y subir como sea.

Sentí que alguien me jalaba del cuello de la camisa para hacerme caer, pero le asesté un fuerte codazo en la cara y lo tumbé.

Viendo mi oportunidad di un salto hacia la puerta de la combi aun abierta y me sujeté de los cabellos del cobrador.  Me prestaba a subir, cuando en ese preciso momento una madre me lanzó un bebé a la cara con la fuerza de un penal. El pequeño proyectil humano me hizo perder el equilibrio y caer de costado al suelo.

Inmediatamente me cubrí la cabeza y el rostro con las manos y antebrazos y flexioné las piernas haciéndome una bola. Fue la única manera de protegerme de la lluvia de zapatazos y chancletazos que caía encima de mí y a mi costado.

Finalmente el cobrador gritó al chofer: Carro lleno pisa nomás.

Y la pesaba puerta lateral del minibús se cerró de golpe amputando algunos miembros que aun sobresalían del vehículo. Y la combi partió enseguida dejándome hecho una bola en el suelo junto con otros caídos que todavía se retorcían por lo hijazos recibidos.

Poco a poco me fui relajando. Saqué mis brazos de encima de mi cabeza y rostro y empecé a estirar las piernas mientras giraba la cabeza para ver los restos del campo de batalla.

La gente siguió transitando como si nada, dando zancadas para esquivar a los que todavía se encontraban en el suelo, como yo.

“Me rindo” -me dije para mis adentros- “ya hice todo lo posible, no me queda más alternativa que…”

Y de pronto mis pensamientos se vieron interrumpidos por una imagen familiar que se acercaba a toda velocidad.

¡Era otra combi! De la misma clase que la que yo debía tomar. Yo conocía ese fenómeno: a veces una combi llena es seguida de cerca por una vacía como algunos peces hambrientos hacen con otros peces de mayor o igual tamaño en el mar. En efecto, las combis a veces forman pequeños cardúmenes en los que una de ellas pasa seguida de cerca de otras.

Esta era mi oportunidad, lo único que tenía que hacer ahora era incorporarme antes que llegue y no dejar que nadie más se me adelante, pero sentía un fuerte dolor en las costillas por la caída.

Finalmente la combi llegó y se detuvo a frente a mí. Yo hacía denodados esfuerzos por lograr ponerme de pie, pero el cobrador viendo que nadie se interesaba en subir y los que pudieran estar interesados yacían caídos en el suelo le dijo al chofer:

“Ale nomá no hay puntas, no hay puntas”
Y el chofer puso primera y miró al frente.

“¡NOOOOOO!” - pensé yo- “esta es mi última oportunidad”

Tenía que impedir que la combi partiera sin mí a como dé lugar, pero no iba a lograr incorporarme a tiempo.

De pronto, veo que a mi costado estaba parada una señorita de unos veintidós años de edad que no estaba usando Jean, sino un pantalón con sujetador de elástico en la cintura.

Era ahora o nunca. Haciendo un notable esfuerzo y aprovechando mi posición baja estiré rápidamente mis manos hacia la cintura de la chica y le bajé el pantalón hasta los tobillos de un solo tirón, llevándome el calzón de encuentro.

El tránsito se detuvo en todo Salaverry.
Hasta los pajaritos se quedaron suspendidos en el aire.
Fue como detener el tiempo.

Nada se movió y mi combi no fue la excepción. Por un momento todo fue silencio estupefacto, pero un segundo después una cacofonía de silbidos y aullidos ensordecieron toda el área. Fue como si hubiera llegado la hora de tirar de mil chimpancés.

Yo no perdí el tiempo y me incorporé. De un empujón metí la cabeza piojosa del cobrador por la ventana y yo mismo deslicé la puerta del carro hacia atrás. Di un salto hacia el interior y me senté.

¡Listo! ¡Por fin! La distracción había funcionado. ¡Había abordado mi combi

El carro no estaba muy lleno. A decir verdad, me había podido sentar en la primera fila a la izquierda, junto de la ventana,  incluso la había podido abrir deslizando el vidrio hacia atrás para recibir una ráfaga de viento contaminado, pero fresco.

Ya nada me importaba. Estaba sentado en el asiento que me gustaba y viajando tranquilo.

Me encontraba recorriendo la avenida “El Ejército” a una velocidad moderada. La combi se paraba en cada esquina para abrir su enorme puerta y dejar subir a los pasajeros.

Cada parada era una lucha casi idéntica a la que yo había tenido que sufrir para subir, pero ahora los que luchaban y sufrían eran los que estaban afuera.

De vez en cuando tenía que esquivar a algún bebé que alguna madre tiraba para ganarse el derecho a subir, pero yo agarraba al bebé y lo volvía a tirar hacia fuera.  Por más que el carro se llenase yo ya tenía mi asiento. Ni los gritos, ni la lucha de los pasajeros por abordar en cada paradero, ni los bebés lanzados, ni las viejas con bolsas iban a lograr que yo me moviese de ese “cómodo” asiento que había logrado obtener.  Yo ya había echado raíces en ese asiento y nadie me iba a hacer bajar.

La combi se empezó a llenar y llenar. Los pasajeros que subían me arrimaban cada vez más contra la pared del vehículo al punto que mis testículos se pusieron uno sobre otro para acomodarse entre mis piernas, pero nada iba a lograr que abandonase la posición que tanto trabajo me había costado obtener.

De tanto en tanto el tránsito se ponía un poco pesado y era entonces cuando el carro abría su enorme puerta dejando subir a más gente.

Frente a mi asiento había un par de personas sentadas de la manera más antinatural posible. La rodilla de un señor estaba entre mis piernas mientras que las rodillas de la chica de su costado casi se fusionaban con las de la señora que tenía a mi derecha. Y en cada esquina el bendito carro paraba para hacer subir a más gente.

Ya todos los asientos (si se le puede llamar asiento a una estaca acolchada) estaban ocupados, pero igual seguían haciendo subir a más y más gente la cual ya empezaba a formar una masa de circunvalaciones y recovecos de cuerpos que hacían que la combi evoque la imagen de un cerebro humano con ruedas.

Lo que al principio me pareció un asiento cómodo y soportable se había convertido en un potro de tortura mientras la masa de cuerpos humanos apretaba más y más contra las paredes de metal.

¿Una lata de sardinas? ¡Por favor!, ¡las sardinas tienen dignidad! Nosotros éramos “puntas”, y por primera vez se me ocurrió preguntarme si el término “puntas” se refiere a las cabezas de ganado humano o proviene de lo fáciles que son de agrupar un puñado de agujas en un diminuto y estrecho empaque.

Sea como sea yo tenía que armarme de valor y resistencia para soportar cada vez la presión de la carne contra la carne. Mientras el cobrador, cuyo torso sobresalía de la ventana, gritaba:

“Carro vacío!, carro vacío!, ¿onde vas cuñao?”

Me había armado con la mentalidad de un comando Fuerza Delta para soportar la penuria cuando por ahí alguien soltó un pedo. Y para colmo, quien mierda haya sido quien se lo tiró, lo había hecho cuando la combi estuvo parada llamando a más pasajeros, o sea que el aire que me entraba por la ventana no estaba circulando.

De pronto un hedor a arroz con olluco podrido mezclado con cerveza empezó a inundarlo todo. 

Hice un esfuerzo por liberar mi brazo izquierdo y taparme la boca y nariz con todas mis fuerzas para no dejar salir el vómito que se avecinaba.

El cobrador, claro, con el torso fuera del vehículo ni se había dado cuenta del hedor que empezaba a reinar dentro de esa maldita lata, o a lo mejor sí se daba cuenta, pero le era tan familiar que ya se había acostumbrado.

Por desgracia hubo gente que no logró contener sus bocas y las cataratas de vómito no se hicieron esperar.

¡PUTUAAJJJJJ!   ¡PUTUAAJJJJJ!   ¡PUTUAAJJJJJ!  

Aquí y allá. Alaridos de asco. La gente entonces se quiso bajar del carro obedeciendo a su instinto de supervivencia, pero al no haber pagado su pasaje todavía, el chofer pisó el acelerador y la combi se puso en marcha otra vez.

El cobrador, al darse cuenta de la situación trató de disimular y para estar seguro empezó a pedir pasaje a cada uno.

A ver pasaje, pasaje -empezó a decir.
¡Qué pasaje ni qué ocho cuartos! ¡Yo me quiero bajar! -dijo alguien por ahí.
¡Abre! Abre la puerta
¡Bajan! ¡Bajan!
¡Oe Cholo de mier bajan!

Pude girar mi cabeza y ver a un pequeño río de vómito, casi un chorrito, deslizarse por el piso de metal de la combi. Entonces supe que la situación era grave, pero ni eso me iba a hacer bajar.

Finalmente la presión de la gente pudo más y el carro se tuvo que detener. Abrió la puerta y un torrente de gente salió disparado.

La chicas con las tetas llenas de vomito salían despavoridas mientras que un hombre le metió un puñete al cobrador mientras bajaba solo para desahogar.

El puñete dio origen a una respuesta por parte del cobrador. En menos de un minuto no solo tenía una fila de gente escapando de la combi sino una bronca en la puerta.

El tipo recibió un cabezazo en la mandíbula, pero recio él, le metió otro puñete en la sien al cobrador, el que respondió con otro cabezazo y otro y otro.

Y yo me dije: ¡Aja! Por fin sé para qué les sirve la cabeza. Son como bueyes almizcleros. Usan la parte más dura de sus cuerpos para la lucha.

La evolución debe haber rellenado el interior de sus cráneos con hueso sólido para hacerlos más resistentes a los impactos, pues el pata que inició la pelea cayó desmayado mientras que el cobrador, victorioso, seguía dando cabezazos al aire como una especie de danza de la victoria.

La voz del chofer se hizo oír: “¡Oe vao ya, tanta vaina!”

El cobrador dio una meada sobre el tipo caído  para marcar su territorio y se lanzó sobre la combi casi vacía otra vez.

No me importaba el olor a vómito, solo me sentía aliviado porque nuevamente el carro estaba casi vacío.

Como yo fui el único huevón que no se bajó de la combi me obligaron a limpiar el vómito de los asientos, mientras que el cobrador y el chofer se turnaban para orinar en la calle.

Pero no importa, ese carro ya era mío y nadie me iba a obligar a bajar de él.

Finalmente nos pusimos de nuevo en marcha.

No pasó mucho para que la combi se llenara otra vez. La gente empezó de nuevo a apretujarme contra la pared de la combi cada vez más y más. Las piernas se empezaron a entrecruzar.

La momia “Juanita” estaba más cómoda en su tumba, y me la podía imaginar riéndose de mí.

Las que más sufrían eran las señoritas con minifalda pues tenían que alzar una pierna dejando abajo la otra mostrando a la luz todos sus encantos y por más que intentaban taparse la última fila del carro se había llenado de pajeros mirones que no se perdían ni un solo bache, pues eran en estos cuando se distinguían de qué color eran los calzones. A algunos con caras de enfermos se les salía un líquido blanco por la nariz, pero yo trataba de que nada de eso me afectase.

Cuando de pronto sonó mi celular.

Intenté ignorar la musiquita idiota del aparatito y seguir adelante. La combi empezaba a ganar velocidad.

El celular de nuevo, con su tonito estúpido.

El teléfono estaba en mi bolsillo trasero y no dejaba de sonar. Entonces traté de hacer un esfuerzo por pararme ligeramente. La pobre gente apretada en el pasillo pensó que me iba a bajar pues sus rostros se iluminaron con una esperanza más grande que la que tiene el papa por ir al cielo. Pero su esperanza se convirtió en llanto silencioso cuando vieron que el bulto en mi nalga derecha era un celular y era eso lo que estaba tratando de alcanzar.

Metí con dificultad mis dedos índice y pulgar derecho al bolsillo trasero para sacar el celular. Hice tal esfuerzo por sacarlo  y la combi se movía tanto que me sentí cagando un teléfono.

Finalmente me senté y contesté la llamada.

La graciosa voz de mi jefe sonó por el auricular del celular:

-  David, hola, oye necesito que regreses porque tenemos una emergencia, ha surgido un nuevo sistema y tenemos que programarlo para mañana, así es que vamos a tener una amanecida y…

Una vorágine de horror se apoderó de mí en ese momento. Mi presión arterial empezó a subir, mi frente comenzó a sudar frío y una perturbadora insensibilidad se fue apoderando de mis piernas, como si mi propio cuerpo se estuviera  tratando  de auto incapacitarse.

“¿¡Qué se supone que tengo que hacer!?”  -me dije-  “¿¡Tengo que volver!? ¿¡Es eso, todo esto fue por gusto!?”

Mi jefe siguió hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Mi cuerpo se movió por sí solo. En vez de apagar el celular, estiré el brazo hacia atrás sin importar a quien golpeaba y lancé el teléfono con toda mi fuerza a través de la ventana. Pero por desgracia el pequeño aparatito fue a impactar en el espejo retrovisor de otra combi que teníamos a nuestra izquierda. Eso desencadenó la furia y piconería del chofer y cobrador del otro carro que se consideraron bajo ataque.

De pronto CRASH!! Una piedra lanzada por nuestra combi vecina le pegó al espejo retrovisor de la combi donde yo viajaba.

El chofer y el cobrador se vieron invadidos por la misma irracional, machista, cojuda piconería de los del carro de al lado y fue entonces cuando el chofer le gritó al cobrador:

-     ¡Pasa las piedras cuñao!

El cobrador pasó la mano por debajo del asiento y extrajo un saco de plástico lleno de piedras. Le pasó una piedra al chofer y otra para él.

De pronto me encontré inmerso en un combate al estilo Mad Max.

Las dos combis corrían una al lado de la otra lanzándose piedras por la ventana junto con carajos y mentadas de madre. Al parecer el saco de piedras eran municiones comunes en todas las combis.

De pronto ya nada importaba. El sentido comercial había sido dejado atrás por una furia irracional por derribar al oponente.

Los dos vehículos avanzaban zigzagueantes a más de ochenta kilómetros por hora por la avenida sin importar a cuantos carros chocaban o transeúntes atropellaban. Los ejes del carro emitían un sonido de metal rozante mientras que el motor ya no sonaba sino que zumbaba como a punto de estallar, pero nada les importaba a ambos pilotos contrincantes. Esto se había convertido en una batalla por el  honor. El ganador sería coronado con el título de “Motor Macho” mientras que el perdedor sería la “Lorna”, el “Pisao”, la burla de todos.

Ambos contrincantes aceleraron a cien kilómetros por hora. Adentro todo era un terremoto. La gente se caía se sus asientos y era inmediatamente pisada por los desesperados pasajeros que se abalanzaban en pos del lugar vacío, pero estos a su vez caían por las violentas sacudidas que daba el vehículo. Los pervertidos aprovechaban la oportunidad para manosear cuanta teta o nalga podían.

Las piedras eran inútiles a esa velocidad. Simplemente había demasiado movimiento. Las dos combis se habían empezado a chocar mutuamente tratándose de sacar de la pista. Me hallaba atrapado en una carrera al estilo Ben Hur, pero urbana.

Yo trataba de coger mi asiento con ambas manos para mantenerme en un solo lugar y no comenzar a rebotar por todos lados como lo estaban haciendo la mayoría de pasajeros.

Por la ventana logré ver a una vieja con andador volando por los aires seguramente atropellada por uno de los vehículos. Tras la vieja pude ver volar a un policía bostezando, seguramente atropellado también.

La sangre de los peatones era limpiada frenéticamente por el limpiaparabrisas mientras que la gente que veía volar a través de la ventaba me hacía pensar en los documentales de tornados que veía en el Discovery Channel, ahí también se veía gente volando.

El degenerado del chofer pisó a fondo el acelerador a la vez que giraba el timón a la izquierda lanzando un grito de batalla.

De pronto se oyó un estallido ensordecedor. El ruido se iba apagando a medida que nos íbamos alejando. La combi empezó a disminuir su velocidad poco a poco.

Entendí entonces que el otro vehículo finalmente se había estrellado. Seguramente con un chifa. Siempre se empotran contra un chifa; no sé si es porque los chinos tienen mala suerte o por la abundancia de estos restaurantes.

El combate había terminado. Ahora nuestro chofer era “Motor Macho” y la mujer de su rival le pertenecía para que hiciera con ella lo que le diera la gana.

Todos se fueron acomodando y recuperando. Algunos pasajeros se habían desnucado en el frenesí de la lucha y ahora yacían inertes en el suelo, pero los demás pasajeros los ignoraban y hacían los cuerpos a un lado para estar más cómodos.

Yo estaba turulato. Ya no podía más, simplemente estiré una moneda de un sol al cobrador y reuniendo fuerzas en la garganta susurré: Bajan.

El cobrador cogió la moneda con desdén y me dijo:

- Faltan veinte centavos. Pasaje sol veinte.

Desesperado, saqué un billete de diez soles y prácticamente se lo lancé.

- ¡Quédate con el vuelto, pero bajan! ¡Bajan!

La pesada puerta de la combi se abrió y yo bajé. Mi odisea había concluido.

Tomé un taxi y me fui a mi casa.