miércoles, 11 de diciembre de 2013

Las aventuras del mujeriego

  (La duda que te carcome)

Dennis Armas Walter


El perdón se exige, pero no se otorga.
La Sociedad.

Eran casi las cinco de la tarde cuando Blas Rodríguez salió de la oficina junto con su amiga Melita, unos quince años menor que él. Ambos se fueron caminando en silencio por las congestionadas calles del distrito de San Isidro. El sonido del tráfico, con sus insistentes bocinazos mezclados con una que otra grosería lanzada por algún chofer frustrado, más la gente que caminaba en sentido contrario y que había que ir esquivando, hacían imposible cualquier conversación, por lo que Blas se limitaba a lanzar miradas a su amiga. Pero cada mirada lanzada recopilaba toda la información visual posible. Los ojos de Blas se movían como un par de escáneres sobre el cuerpo de ella, recogiendo cada fotón de luz que revelase su figura. Luego de escanearla con la mirada se ponía a visualizar en su mente cada porción de su anatomía.

¡Pero qué ricos senos tiene! -pensaba el hombre- ¡Parecen dos globos de agua redonditos y espachurrables! ¡Y qué caderas! ¡Qué Piernas! ¡Qué buena está esta blanquiñosa!
Otra escaneada más.
¡Qué pantorrillas! ¡Qué piel tan blanca! ¡Qué nalgas tan redondas! Cómo le permiten ir vestida con esa faldita tan corta. Al final mejor para mí ¡Pero qué ricas…!

- ¡Oye! -le llamó la atención su amiga- ¿No puedes aguantarte hasta que lleguemos? Se te van a salir los ojos de tanto mirarme. Mejor límpiate la baba y fíjate por dónde caminas o te vas a sacar la mierda.

- Pero Melita, ¡es que me traes loco! -respondió Blas riendo y moviendo los dedos de las manos como tratando de hacerle cosquillas al aire.

- Ya sé, ya sé, pero aguántate hasta que lleguemos.

- Está bien, está bien -dijo lanzándole una descarada mirada al trasero.

Los dos siguieron avanzando por la acera. La luz del ocaso se reflejaba en las ventanas de las tiendas y pintaba de amarillo los techos de las casas, las paredes de los edificios, las veredas, y a la gente misma.

Se detuvieron frente a un cruce peatonal junto con otras veinte personas. La avenida delante de ellos estaba llena de taxis ocupados que avanzaban a paso de tortuga mientras que una joven policía de tránsito asordaba a todo el mundo tocando innecesariamente su silbato.

La agente de policía giró noventa grados para tocarle el silbado a quién sabe qué cosa, y mientras Blas le miraba absorto el culo, Melita volteó a mirarlo a él.  Lo miró de pies a cabeza. Ciertamente él era mayor que ella, y en su cara mestiza ya se formaban las arrugas propias de un hombre que pasa los cuarenta, pero por lo menos no tenía una barriga desbordante y además su forma de hablar revelaba a un sujeto de buena formación, cosa muy rara en un medio dónde la población apenas domina su propio idioma.
Después de un minuto de espera la policía se dio la vuelta y detuvo el tránsito. Blas y Melita pudieron cruzar junto con el resto de la gente; avanzaron una cuadra y luego voltearon en la esquina.

Siguieron caminando hasta atravesar una pista y llegar a la vereda que circunda un parque. A Blas se le estaba haciendo larga la caminata y pensó que lo mejor hubiese sido tomar un taxi, pero con el tránsito de esa hora era más efectivo caminar que tomar cualquier carro.  Finalmente no pudo seguir resistiéndose.

- ¡No me aguanto más! -dijo cogiéndola de una mano y jalándola hacía sí.

Los dos enroscaron sus lenguas parados en medio de la calle, sin importarles ser un estorbo para los demás transeúntes. Así se quedaron por unos segundos. Blas sentía que la bragueta del pantalón le iba a reventar. Cuando besaba a Melita esta sucumbía a la pasión de inmediato; se derretía en sus brazos olvidándose del mundo circundante, su respiración se agitaba, los pezones se le endurecían, su temperatura corporal subía y su entrepierna empezaba a lubricarse.  Blas podría haberle subido la falda ahí mismo y ella hubiese puesto poca o ninguna resistencia. Jamás había conocido a una mujer que se excite tan rápidamente como ella al menor estímulo. En todo caso mejor para Blas, quien presionó a la chica contra su cuerpo sin desapegar su boca de la de ella, luego fue bajando la mano por su espalda y la cerró fuertemente sobre una de sus nalgas. Melita ni se estremeció, estaba totalmente sumergida en un éxtasis sexual y sus respiraciones ya empezaban a sonar como gemidos.

De pronto, un tono musical los sacó violentamente de su trance de placer. Blas extrajo rápidamente el celular del bolsillo de la chaqueta, mientras Melita se colocaba una mano abierta sobre el pecho tratando de relajar su respiración.

- Melita Sshhh, calladita nomás, es mi mujer -dijo Blas señalando la pantalla del teléfono.

Melita asintió con un gesto de aburrimiento y Blas contestó:

- Hola amorcito de mi vida, ¿qué pasa?

- Hola -respondió su esposa-, ¿ya saliste del trabajo?

- Acabo de salir en este preciso momento, ¿quieres que compre algo?

- Ah, sí, para eso te llamaba, mira, ya no hay huevos ni azúcar en la casa, si pasas por el supermercado compras pues.

- No te preocupes cariño, yo compro todo lo que tú quieras.

- Ya mi amor, gracias. Ya nos vemos en la casa.

- ¡Amorcito, una cosa! -se apresuró Blas.

- ¿Sí, qué pasa?

- Quizá llegue un poco tarde, David me ha pedido que pase a su casa.

- Oh…, muy bien pues, pero no te demores.

- No, mi amor.

- Bueno, ya nos vemos, chau.

- Chau.

Apenas cortó la llamada Blas se contactó con su amigo.

- ¿Aló? -contestó David.

- ¡Código rosa! ¡Código rosa! -exclamó dándole la espalda a Melita, quien estuvo a punto de soltar una carcajada.

David, al otro lado de la línea, se quedó callado por un par de segundos, finalmente preguntó:

- ¿Melita otra vez?

- Sí.

- Muy bien, suerte.

Blas colgó el teléfono y lo volvió a guardar en el bolsillo de su casaca.

- Tienes un alcahuete bien entrenado -le comentó la mujer de veintisiete años.

Blas sonrió y se fue caminando junto con su amante.


Faltaba poco para las seis de la tarde cuando finalmente llegaron a su destino: El hotel Luna.

Los dos entraron despreocupadamente, era muy poco probable que alguien conocido los viera, pero por si acaso Melita siempre ingresaba acomodándose el pelo sobre la frente.

A Blas el administrador ya lo conocía, era un chino de mediana edad que siempre le daba la misma habitación, aunque no siempre lo veía llegar con la misma mujer. 

Los dos subieron al segundo piso del hotel por unas escaleras de un solo descanso que desembocaban frente a la puerta de una habitación, pero esa no era la suya.  Su cuarto se hallaba más a la derecha, al final del oscuro corredor, cerca de una ventana entreabierta que daba a la calle. Mientras caminaban hacia allá Melita empezó a desabotonarse la blusa.

- ¿Qué haces? -le preguntó divertidamente Blas.

- Tú apúrate y abre la puerta -le respondió ella con voz agitada.

Cuando abrió la puerta Melita ya estaba en sostén. Ambos entraron raudamente a la habitación. La chica lanzó al suelo su blusa y cartera y se abalanzó sobre un sorprendió Blas.

Tal vez el beso que le di en la calle la ha recalentado -pensó él mientras sus lenguas se enroscaban nuevamente.

El hombre trató de desabrocharle el sostén, pero ella lo apartó de inmediato:

- Deja, yo lo hago, es más rápido -le dijo sacándose ella misma el sostén.

- Muy bien.

- ¡No te quedes ahí parado, quítate la ropa! -le ordenó la chica mientras deslizaba su pequeña falda hasta los tobillos y la pateaba lejos.

Los se despojaron de sus ropas casi sacudiéndoselas de encima, y cuando quedaron completamente desnudos se apretaron el uno contra el otro besándose y acariciándose violentamente. Luego se lanzaron juntos a la cama, entrelazándose como dos serpientes en celo.

Melita se hallaba rebotando sobre la pelvis de Blas cuando el celular de este empezó a sonar de nuevo.

- ¡Melita, Melita! -le gritó él.

Pero la chica seguía rebotando como una pelota de hule y no parecía escuchar que la llamaban.

- ¡Oye Melita, detente!

Nada.

- ¡Melita! ¡Mi celular! ¡Está sonando! ¡Seguro que es mi esposa, necesito contestar!

Pero la joven mujer estaba a punto de tener su primer orgasmo y ni un terremoto la detendría. Él empezó a balancearse de un lado a otro para sacársela de encima, pero lo único que logró fue hacerle sentir más placer. Mientras tanto el celular seguía sonando. Blas se sentía atrapado; pensó en darse la vuelta para botarla, pero eso la podría hacer caer por el borde de la cama y se terminaría golpeando. Finalmente Melita emitió una mezcla de alarido y llanto que anunciaba la explosión de placer que estaba experimentando.

- ¡¡Qué rico es el adulterio carajo!! -proclamó al mundo exhausta y sudorosa.

- ¡Cállate la boca, loca! ¡Y sácate de encima que me está llamando mi mujer!

Se escucharon risas desde la otra habitación.

Melita se paró y caminó desnuda hasta el baño, pero antes de entrar Blas le hizo una señal con el dedo para que se mantenga en silencio. Ella asintió.

- ¿Hola Bárbara, qué pasa? -contestó él nerviosamente.

Efectivamente era su esposa quien llamaba.

- ¿Por qué no contestabas?

Blas tenía que pensar en una excusa, y rápido.

- Lo que pasa linda es que el carro estaba tan lleno que no podía alcanzar el celular, así es que tuve que bajarme, creo que mejor tomaré un taxi porque el tráfico está insoportable.

- ¿Estás en la calle?

- Sí, sí, sí, estoy en la calle, me tuve que bajar del carro.

- Qué raro, no suena como si estuvieras en la calle…

Una oleada de pánico se apoderó de Blas. Sin pensarlo dos veces salió disparado de la habitación, se colocó junto a la ventana que daba a la calle y cuidadosamente la abrió un poco más.

- Sí, sí estoy en calle -repitió Blas parado en el pasillo junto a la ventana.

El truco pareció funcionar, pues su esposa podía escuchar los ruidos de fondo del exterior. Blas se tapaba el pene con la mano libre y ocultaba su culo contra la pared, rezando para que nadie saliera de  las habitaciones contiguas.

- Bueno -dijo Bárbara-, si el tráfico está infernal entonces mejor toma un taxi.

- Sí linda, sí, eso haré, eso haré -respondió mirando con angustia las puertas del corredor una por una.

- ¡Ay, pero vas a gastar mucho! -le recordó su mujer.

- ¡No importa mi amor, no importa!, la cuestión es llegar a casa.

- Bueno pues, está bien.

- Sí, sí.

- Ya, está bien, entonces nos vemos en la casa.

- Sí, sí,  allá nos vemos, chau -dijo Blas con el dedo en el botón de colgar.

- ¡Ah! Oye, otra cosa…

Blas resopló mirando al techo.

- ¿Qué pasa? -dijo casi entre dientes.

- Me dijiste que vas a pasar por la casa de David, ¿no? ¿Te vas a demorar mucho ahí?

Blas miraba la puerta abierta de su habitación deseando poder entrar, pero no podía apartarse de la ventana, sería muy sospechoso que los ruidos de la calle cesen de un momento a otro; y para colmo Melita ni se asomaba como para que él le pidiese una toalla o alguna otra prenda.

¿Se habrá puesto a cagar? -pensó él.

De pronto se le ocurrió que si fingía tomar un taxi podría regresar a la privacidad de su habitación sin que resulte sospechoso que los ruidos de la calle desaparezcan.

- No, no me voy a demorar, no te preocupes linda, mira yo… ¡Uy!  ¡Uy! ¡Ahí viene un taxi, ahí viene un taxi! -dijo estirando el cuello y la mano como si en realidad estuviera en la calle tratando de tomar uno- Espera un rato, mi amor, voy a preguntarle al señor cuánto me cobra.

- Ok.

Blas sostuvo el teléfono contra su espalda y se inclinó ante la ventana imaginaria de un taxi imaginario.

- Señor, cuánto me cobra a la cuadra doce de la avenida San Borja -le preguntó al aire- ¿Cómo dice? ¿Quince soles? Nooo, Muuucho. Doce pues, ¿qué le parece? ¿Sí? ¿Está bien? Bueno.

Luego volvió a ponerse el celular en la oreja.

- Linda, tengo que colgar para subir al taxi.

- Pero tengo algo más que decirte -replicó su esposa.

- No te preocupes, yo te vuelvo a llamar apenas suba, sí, sí, no te preocupes, yo te llamo, yo te llamo.

Y colgó.

A Bárbara le pareció extraño que su marido tuviese que colgar el teléfono para subir al taxi. Seguramente está cargando algún paquete y necesita tener una mano libre -pensó inocentemente.

Blas se apresuró hacia su habitación al mismo tiempo que daba un último vistazo a las puertas del corredor, y su mirada se cruzó con un par de ojitos femeninos que se asomaban por uno de los umbrales, tal vez sintiendo curiosidad por saber quién era el que estaba tomando un taxi en medio del pasillo del hotel. Avergonzadísimo se metió a su cuarto y cerró la puerta detrás de él.

Melita acababa de salir del baño y lo miraba con cara de ¿qué mierda hacías afuera calato?

- ¡¿Dónde te habías metido?! ¡¿Qué tanto hacías en el baño?! -le preguntó él.

La joven abrió la boca para contestar.

- No importa, no importa -le dijo Blas apresurado-. Tengo que llamar a mi mujer, así es que ya sabes, ¡Shhh! calladita nomás.

Una vez más la chica puso cara de aburrida y asintió de mala gana.

- ¿Aló? -contestó Bárbara.

- Hola mi amor. ¿Ves?, te estoy llamando como te lo prometí, dime, ¿qué era lo que querías decirme?

- Ah… yo ya iba saliendo.

- ¿Ya estás yendo a la casa?

- No, a la casa no.

- ¿Cómo? ¿A dónde te vas entonces?

- Mis compañeras y yo vamos a ir a tomar algo por ahí.

- A tomar algo por ahí… -repitió Blas mientras Melita se volteaba y agachaba mostrándole su hermoso trasero en forma de durazno.

- Sí, vamos a ir a un restaurante que queda cerca, no te preocupes -le informó su esposa por el auricular.

- Cerca ¿eh?

- Sí amor, no me voy a ir muy lejos, es un local que está a unas cuadras de mi trabajo, vamos a estar un rato nada más y luego me voy para la casa.
Mientras Blas hablaba con su mujer, su amante seguía de espaldas a él, agachada con las manos apoyadas sobre las rodillas y moviendo el trasero de un lado a otro, volteando la mirada de tanto en tanto para verle la cara de cojudo que ponía cuando ella le hacía eso.

- Ya, ya amor, ok -dijo embobado, señalándole el trasero a Melita y poniendo un rostro inquisitivo como preguntando ¿ahora lo haremos por atrás?

Melita, sin dejar de menear el durazno, asintió, confirmando las expectativas de Blas, cosa que lo excitó muchísimo y ella lo notó de inmediato. Sin perder ni un segundo se abalanzó hambrienta sobre la entrepierna de su compañero y se consagró a la faena de succionar su libido.

- Bueno -dijo la esposa, totalmente inconsciente de la situación de su marido-,  eso es lo que te quería decir.

- Yaaa, está bien, nos vemos en la casa -respondió el hombre mareado de placer.

Estaba a punto de despedirse. La lengua de Melita se movía como la brocha de un artista que se niega a dejar algún espacio en blanco; cuando de pronto, Blas escuchó una voz lejana a través del auricular, una voz de varón que le hablaba a Bárbara:

- ¡Barbi! ¡Oye Barbi! Ya nos estamos yendo, ¿vas a venir?

- Sí, ya voy, espérenme un ratito -contestó notándose que había apartado el teléfono de su rostro.

Inmediatamente Blas colocó su mano libre sobre la frente de Melita y la empujó hacia atrás desenchufándose de ella.

- ¡Oye! ¡Bárbara! -gritó por el celular- ¡¿Quién es ese tipo que te dice Barbi?!  ¡¿Por qué te dice Barbi?!

Melita se paró ofuscada y se sentó en la cama con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

- ¿Qué? -replicó su esposa por el teléfono.

Blas suspiró irritado.

- Qué quién es ese tipo que te dice Barbi, ¿por qué te dice así?

- Sí ya voy, ya voy -le hablaba Bárbara a sus amigos-, espérenme un rato, sí, sí, un rato nomás, ya voy…

- ¡Bárbara!

- Bueno mi amor, ya me tengo que ir, nos vemos en la casa…

- ¡No, no, no! ¡No cuelgues!

- ¡Ay, y ahora qué pasa!

- ¿No me escuchaste? ¿Quién ese sujeto que te dice Barbi?

- Ah, él es un amigo, Tony.

- ¿Tony?

- Sí, sí, es un amigo, te dije que iba a salir con unos amigos a tomar algo por aquí, ¿cuál es el problema?

- ¿El problema? -replicó Blas mortificado- Primero me dijiste que ibas a salir con tus compañeras, ¿recuerdas?, tus compañeras, ¡y ahora resulta que vas a salir con tus amigos! ¡O sea que va a haber hombres! ¡Y uno de ellos te dice Barbi!

- Ay amor, no te entiendo muy bien, ya me tengo que ir, después te llamó…

- ¡No, no, no, pásame con ese tipo!

- Mi amor, ya se están yendo, cuando llegue a la casa te cuento cómo me fue…

- ¡Oye!

- Ya se van, ya se van, luego te hablo, chau -colgó Bárbara apurada.

- ¡Bárbara! ¡Bárbara! -vociferaba Blas por el celular, pero ya nadie le contestaba.

De inmediato volvió a marcar el número de su esposa, pero le contestó el buzón de voz, signo que su mujer acababa de apagar el teléfono.

Agitado, Blas empezó a caminar de un lado a otro de la habitación sujetando el celular con una mano y rascándose la cabeza con la otra.

Melita solo lo miraba desde la cama.

- Oye -finalmente le dijo-, estate tranquilo, ¿de qué te preocupas?

Blas se volvió hacia ella con una mueca de disgusto.

- ¿Cómo de qué me preocupo? ¡Ese sujeto, Tony, le dijo Barbi a mi esposa!

- ¿Y? -replicó la chica encogiéndose de hombros.

- ¿Cómo Y? ¡Así es como empieza… así es como empieza!

- ¿Así empieza qué cosa?

Blas dejó el celular sobre la cómoda.

- ¡Por favor Melita, no te hagas! Ya sabes a qué me refiero. Primero son “amigos”, luego agarran más confianza y cada vez más confianza, hasta que al final… -cerró los ojos y sacudió la cabeza como queriendo deshacerse de una imagen perturbadora en su mente.

La chica tenía que hacer un esfuerzo para no sonreír. La cara de su compañero, por otro lado, se había deformado en una expresión adusta.

- ¡Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos! -sentenció Blas- ¡O se van a la cama o no hacen nada, pero no pueden ser amigos!

Melita se arrodillo sobre el colchón.

- ¿Es a eso a lo que le temes? ¿Temes que tu esposa se vaya a la cama con ese tal Tony?

- ¡Por supuesto!

La joven mujer esbozó una sonrisa irónica.

- Oye, Blas, mírame bien, ¿qué traigo puesto en este momento?

Blas la miró extrañado.

- ¡Nada! -respondió ella- Estoy desnuda. Tus estás desnudo. Estamos en la habitación de un hotel. No hemos venido a jugar ajedrez.

- Ya lo sé, ¿pero eso qué tiene que ver?

- ¡Uff! -refunfuño ella- ¡Tú le estás haciendo a tu mujer lo mismo que ahora temes que ella te haga a ti! Así es que no te quejes.

Blas se llevó la mano a la frente como si acabase de escuchar la tontería más absurda del mundo.

- Pero no es lo mismo, Melita, no es lo mismo, ¡yo soy hombre!, ¡tengo necesidades que ella no tiene!

- Si ella no tiene las mismas necesidades que tú, ¿de qué te preocupas?

- ¡De ese tipo! ¡Seguro tiene intenciones con ella!

- Bueno, ese Tony también es hombre, se supone que tiene los mismos derechos que tú, ¿cuál es el problema entonces?

Blas se sintió mortificado. Sentía que su amante estaba disfrutando de esa situación. Y no estaba equivocado.

- Óyeme bien Melita, ese tipo Tony puede meterse con la mujer que sea, no me importa, pero Bárbara es mi esposa, es una mujer casada, ¡y una mujer casada no debe hacer esas cosas! -dijo enfatizando lo último.

- Yo también soy una mujer casada -le recordó Melita-, y tú lo sabes bien, ¿quieres decir que yo no debería estar aquí contigo?

- Pero esto diferente… ¡Tú me diste pista! -fue una respuesta que sonó más a una acusación.

- ¡¿Pista?! -replicó ella llevándose una mano al pecho- ¿Qué te parezco yo? ¿Un aeropuerto?

- ¡No! Quiero decir que me diste Entrada.

La chica sabía perfectamente a qué se refería su amante, pero por joder ladeo la cabeza como si no entendiera nada.

- Ya sabes -continuó Blas- ¡Pista! ¡Entrada! Un hombre se da cuenta cuando una mujer quiere con él. Hay señales…, palabras…, lenguaje corporal que un hombre sabe interpretar en una fémina. Es como si la mujer te dijera quiero lo mismo que tú, ven y tómalo.

- ¡Aaaah…! ya veo. Yo te di entrada.

- Claro, ya entiendes.

- Bueno -dijo Melita sacando el labio inferior en señal de indiferencia-, en ese caso no tienes nada de qué preocuparte. Si tu mujer termina en la cama con ese tal Tony será porque ella le dio entrada. Todo pasa según tus reglas. ¿De qué te preocupas?

- ¡Carajo, estás con ganas de joderme! ¿No?

- ¿Por qué no simplemente admites que tú quieres ser infiel, pero no quieres que ella te haga lo mismo?

Blas se dio vuelta y se agarró la cabeza.

- No es así, tu no entiendes, no es…-luego de una pausa- ¡Está bien! ¡Lo admito! ¡Yo y solo yo -dijo golpeándose el pecho con el dedo índice-, quiero ser el único que haga esto! ¡No quiero que ella lo haga! ¡Si ella quiere estar con otro, pues que se aguante!

- Bien, muy bien -dijo ella dando un par de aplausos-, ¿ahora te sientes mejor?

- No.

- Mira Blas, ¿acaso ella te ha dado motivo para que tu desconfíes?

- A veces… ella es un poco coqueta…

- Todas las mujeres lo somos. Eso no es suficiente.

- ¡Pero me apagó el celular!

- Porque no quiere que la jodas con tus celos estúpidos.

- ¿Estúpidos? ¡Ese imbécil le dijo Barbi!

- Oye, no te hagas problemas. Que los compañeros de trabajo, hombres y mujeres, se pongan apodos y salgan a tomar algo después de la jornada es algo muy normal.

- Pero…

- ¿Por qué mejor no sales y compras un six pack de cervezas? Así nos relajamos y la seguimos pasando bien.

Blas se quedó de pie mirando el suelo. No le convenía disgustar a Melita. La podría perder.

- Ya, no seas paranoico, ¿vas a ir por las cervezas o te vas a quedar ahí parado imaginando cosas?

- Ok, está bien, ya voy, ya voy.

Blas se vistió y salió a la calle en busca de una bodega. Melita se quedó en la habitación y aprovechó para meterse en el baño y dar una nueva pujada. No obtuvo nada, pero así se aseguró de que no tendría ningún accidente sucio cuando su amante regrese y le taladre el durazno.

Mientras Melita esperaba percibió actividad afuera, en el pasillo. Se podía escuchar a la pareja del cuarto contiguo salir, y al parecer se habían encontrado de frente con otra pareja que venía subiendo. Se oyeron algunas risitas nerviosas y la puerta de la habitación  siguiente a la contigua se cerró de un portazo. Ella trataba de imaginarse a los que acababan de entrar en aquella pieza. ¿Qué edad tendrían? - se preguntaba- Si tienen menos de veinticinco pueden ser enamorados. Si tienen más de veinticinco lo más probable es que sean amantes. Pueden ser enamorados o amantes, pero nunca esposos, no, eso jamás, los esposos pertenecen a la aburrida alcoba de su casa, no a la apasionante habitación de un hotel; pertenecen a la monotonía de los problemas cotidianos, de los llantos de los niños, de los reproches mutuos, de  las discusiones por los gastos del hogar, del colegio, o de cualquier otra cosa, es como si compitieran por saber quién puede hacer más miserable al otro, claro, siempre y cuando estemos hablando de un matrimonio decente, en el que ambos cumplan la promesa que se hicieron de matar al otro de aburrimiento.

Rato después, un golpeteo la sacó de sus pensamientos. Melita se puso de pie de un salto, caminó desnuda hacia la puerta y la abrió toda. Era Blas con la cerveza, que se quedó sorprendido al verla.

- ¡Oye! ¡Cómo se te ocurre abrir la puerta estando así! ¿Y si yo hubiese sido otra persona?

- ¿Quién más va ser?

- No sé… podría haber sido el portero, el administrador, alguien que se equivocó de habitación, cualquiera… ¿Qué habrías hecho? ¿Eh?

Melita suspiró.

- Pues le hubiera preguntado qué se le ofrece. Dame -dijo tomando el paquete de cerveza con ambas manos.

Después del primer par de cervezas las cosas parecieron mejorar. Los cuerpos de ambos se entrelazaron como dos pulpos lujuriosos, estrujándose y acariciándose frenéticamente. Luego Blas le pidió que se tendiera boca abajo.

- ¡Uy! para eso voy a necesitar otra cerveza -le dijo Melita anticipando sus intenciones-, y algo de estímulo también.

Blas destapó un par de botellas más.

Los dos yacían echados de costado, cara a cara y muy pegados. Bebían, se miraban y se acariciaban las zonas más íntimas. De no ser por las inmundicias que se decían la escena podría haber sido hasta romántica.

A Melita le gustaba que le dijeran descarnadamente lo que iban a hacerle, eso la encendía, y Blas estaba más que feliz de complacerla. Con las palabras más sucias, vulgares y denigrantes  le describía todo que planeaba hacer con ella.

- ¡Cuando salgas de aquí -le decía- ya no tendrás ninguna dignidad, serás una perra asquerosa, una mujer inmunda, sucia y llena de vergüenza!

- Ten piedad por favor -jadeaba ella.

- ¡Las putas no merecen piedad! ¡Perra cochina, no eres más que un juguete, un pedazo de carne, rica carne, carne de zorra! ¡Mira nomás lo mucho que te maquillas!

Melita sentía que nuevamente se hallaban en sintonía. Cuando Blas le dio un par de nalgadas supo que ya estaba lista. Se dio vuelta y se puso a gatas sobre el colchón, bajó el pecho y elevó el trasero.

- Ya tienes el garaje abierto, papi -dijo con voz temblorosa.

Blas se paró sobre la cama y se colocó detrás de ella.

- No tengas miedo, está limpio, ya me aseguré -le dijo la chica.

Melita sintió un súbito destello de placer, como si le estuviesen introduciendo el Cielo a través de un supositorio. Abrió los ojos de par en par y su boca empezó a temblar a medida que el Cielo le entraba más. Sus manos se abrían y cerraban rítmicamente. Curvó la espalda para mayor receptividad, y sus jadeos fueron poco a poco convirtiéndose en aullidos gatunos.

Blas iba lento, al principio, luego fue acelerando cuidadosamente hasta llegar a una óptima velocidad de bombeo.

 Los dos cuerpos se movían como un motor de un solo pistón, aunque tal vez a Melita le hubiese gustado tener dos pistones a su disposición. Sus aullidos felinos resonaban en toda la estancia mezclándose con los chirridos de los pernos de la cama y con los crujidos de su madera.

Todo iba de maravilla hasta que Blas escuchó un gemido que le sonó muy familiar, pero no parecía provenir de su amante. Se detuvo en seco y agudizó los oídos.

- ¿Qué te pasa? -preguntó la chica totalmente agitada- ¿Por qué te detienes?

- ¡Shhh!

- ¡¿Qué?!

- ¡Shhh!

Blas volvió a escuchar el gemido familiar, parecía proceder de la habitación de al lado.

De inmediato se desconectó bruscamente de Melita, se bajó de la cama y se quedó mirando la pared izquierda.

- ¡Nooo, y ahora qué pasa! -protestó la chica- ¡No puedes dejarme a la mitad!

Blas se volteó hacia ella en con la estupefacción dibujada en el rostro.

- Creo que…, creo… que, escuché a mi mujer -dijo con incredulidad.

- ¡¿Qué?! Ay no, no, no, no. ¡Con eso otra vez no! ¡Por favor, olvídate de eso! Súbete y termina conmigo, anda, sube.

- Silencio -dijo Blas acerándose a la pared que los separaba del cuarto contiguo y colocó el oído sobre su superficie.

- ¡Esa habitación está vacía! -le dijo ella indignada.

- ¿Cómo sabes tú que está vacía? -le preguntó él.

- Cuando tú te fuiste a comprar las cervezas yo escuché a sus ocupantes irse.

- ¡Entonces está en la habitación que le sigue, esa que está frente a las escaleras!

Se volvió a escuchar el gemido, solo que está vez terminó en palabras que Blas no pudo distinguir, pero no necesitaba hacerlo, la voz de Bárbara era inconfundible.

- ¡Es Bárbara! ¡Es mi mujer! -dijo furioso- ¡Esa traidora infiel está en ese cuarto!

- Mierda con  este sujeto -suspiró Melita-. Oye…

- ¡Estoy seguro que es ella! -decía Blas con la oreja pegada a la pared- ¡Le reconozco la voz!  

Melita, disgustadísima, abandonó la humillante postura en la que estaba y se sentó en la cama.

- ¡Escúchame Blas! ¡Oye!

- ¡Qué!

- ¡Despega la oreja de la pared y escúchame!

- ¡Estoy seguro que es Bárbara!

- ¡Por mi madre! Aunque tu mujer te estuviera engañando, cosa que dudo mucho, ¿Cuáles son las probabilidades de que haya escogido este hotel en particular?

Se volvieron a escuchar las voces distantes y alegres de un hombre y una mujer. Blas paró la oreja. Esta vez no había dudas.

- ¡Es Bárbara, estoy seguro! -dijo corriendo hacia sus ropas tiradas en el suelo.

Melita se puso de pie mientras Blas recogía apresurado su calzoncillo. El convencimiento de su amante empezaba a convencerla a ella también.

- Bueno Blas -dijo con los brazos cruzados-, vas a ir hasta esa habitación, vas a tocar la puerta, ¿y qué vas a hacer?

- ¡La quiero sorprender en el acto! -respondió el hombre subiéndose la ropa interior de un jalón.

- Ya. Muy bien. ¿Y qué le vas a decir cuando te pregunte qué haces tú acá?
Blas se detuvo en seco. No había pensado en eso.

- No puedo creerlo -dijo la chica llevándose una mano a los ojos.

- Yo… yo… le diré que…

- Por Dios.

- ¡Ya sé! ¡Le diré que la seguí! ¡Eso es! ¡La seguí!

- Para que eso resulte creíble ella debió de haber tenido una conducta sospechosa y repetitiva durante las últimas semanas. No es normal que un marido se ponga a seguir a su mujer sin que ella le haya dado motivo. ¿Te ha dado ella algún motivo para que la estés siguiendo?

- ¿Motivo? Bueno… en realidad no… -dijo Blas moviendo los ojos de un lado a otro, buscando en su memoria algo que pudiese justificar un seguimiento-, no pues, motivo no me ha dado… ¡Pero no importa, un marido tiene todo el derecho de seguir a su mujer para saber lo que hace!

- ¡Me lleva! -replicó Melita golpeándose la frente con la palma de la mano- ¿No te parece muy extraño? Justo hoy tú decides seguirla sin ninguna razón y justo hoy a ella se le ocurre meterse a un hotel con otro hombre.  ¡Qué coincidencia! Si ella no es idiota entonces se va a dar cuenta que tú también estás aquí con alguien más.

- ¡Bueno entonces qué le digo! -exclamó agitando los brazos como un colibrí.

La chica inhaló y exhaló con indiferencia, mientras que Blas seguía pensado en una excusa que explique su presencia en el hotel.

- ¡Ya sé! ¡Ya sé! Le diré que pasaba por aquí y la vi entrar -dijo con una mueca estúpida hacia Melita como esperando su aprobación. Pero la cara de la chica se lo dijo todo.

- Blas…

- ¿Qué?

- ¡¿Eres imbécil, dime?! ¡¿Tienes otro pene en el cerebro?! ¿Tú piensas que ella va a creer que tú simplemente estabas pasando por aquí, todo inocente, cuando de repente, ¡oh casualidad!, ves a tu mujer entrando a un hotel con otro?  Además ya le has dicho que te ibas a la casa de tu amigo David, ¿o acaso lo olvidas?

- Carajo, es cierto. ¡Pero tengo que hacer algo! ¡Esto no se puede quedar así!

Blas empezó a caminar de un lado a otro pensando en una solución. Hasta se había olvidado de vestirse, solo tenía puestos los calzoncillos. El hecho de no poder sorprender a su mujer sin delatarse él mismo lo carcomía por dentro.

- Tal vez te has confundido -le comentó la chica.

- ¡No, no, no y no! Ella está ahí, lo sé, he oído su voz.

- Muchas voces se parecen…

Melita ya estaba cansada del asunto, pero Blas seguía paseándose por el cuarto como león enjaulado.

- ¡Ya lo tengo! -exclamó el hombre- Melita, anda tú y…

- ¡Olvídalo! A mí déjame fuera de esto.

- ¡Entonces dime qué hago! Cada vez que se me ocurre algo tú no haces otra cosa más que ver los defectos. ¡Dame una solución!

- Yo solo estoy evitando que metas la pata.

   - ¡Bah!

- ¡Esta bien! -rezongó la chica-, mira, dile que un amigo tuyo la vio entrar aquí, te avisó por celular y tú viniste enseguida aprovechando que ya estabas en un taxi.

A Blas se le iluminó el rostro.

- ¡Eso es! ¡Eso es! ¡Es perfecto, perfecto! ¡Todo encaja! ¡Melita, eres una zorra astuta!

Pero Melita no se sentía de humor para cumplidos. Sentía que estaba ayudando a que una mujer sea castigada por el mismo pecado que ella estaba cometiendo. Inmediatamente se arrepintió de su sugerencia, pero ya era demasiado tarde.

Blas se terminó de vestir lo más rápido que pudo, salió por la puerta y corrió hacia la habitación donde él creía se hallaba su esposa.

- ¡Bárbara! ¡Bárbara! ¡Abre ahora mismo! ¡Ya sé que estás ahí adentro! -gritaba aporreando la puerta -¡Bárbara!

- Aquí no hay ninguna Bárbara -dijo una voz masculina proveniente del interior del cuarto.

- ¡Maldito imbécil! ¡Estás ahí con mi mujer! ¡Abre la puerta! ¡Qué la abras te digo!

El administrador del hotel subió hasta el descanso de la escalera y empezó a increpar a Blas:

- ¡Eh!, oiga, no glite, no glite. Malo pala mi negocio.

Blas se volvió hacia la escalera.

- ¡Cállate chino de mierda! ¡Aquí se están tirando a mi mujer!

Y continuó aporreando la puerta.

- Le digo que aquí no hay ninguna Bárbara -insistió la voz dentro de la habitación.

- ¡Abre!

- ¡No!

- ¡Cómo que no! ¡Mi esposa está adentro!

Blas empezó a embestir la puerta con el hombro intentando traérsela abajo.

- ¡No, no hacel eso! -decía el administrador- ¡Va a lompel puelta, no hacel eso pol favol!

Pero a Blas no le importaban las suplicas del dueño, seguía embistiendo la puerta como si se tratase de un ariete humano, mas la chapa de acero no cedía.

- ¡Hey! ¡Loco de mielda! -le gritaba el administrador- ¡Voy a llamal policía, le advielto, si tú no dejal de golpeal puelta yo llamal policía! ¡Hey!

En vista que sus embestidas no causaban ningún daño a Blas no le quedó otra alternativa que seguir aporreando con la mano.

- ¡Bárbara, abre la maldita puerta! ¡Soy tu esposo! ¡Cómo es posible que me hagas esto! ¡Bárbara!

- ¡Que aquí no hay ninguna Bárbara! -le volvieron a decir desde el interior.
Pero Blas no se iba a dejar engañar.

- ¡Bárbara! ¡Sé muy bien que estás ahí adentro, te estado escuchando desde la otra habitación!

Instantáneamente Blas dejó de aporrear la puerta, se llevó ambas manos a la boca y apretó los ojos con fuerza.

¡Mierda, ya la cagué! -pensó- ¡Ya la cagué, ya la cagué!

Se quedó parado frente a la puerta cerrada por unos segundos, mientras el dueño maldecía en chino mandarín.

No pasaba nada. Todo era silencio. Los demás huéspedes habían escuchado el escándalo, pero no se animaban a salir ni por curiosidad, pero ya se imaginaban cual era la situación.

Blas esperaba que Bárbara saliera diciendo ¡Cómo es eso que me oíste desde la otra habitación! ¿Con quién estás? Pero nadie salía.

¿Me habré equivocado? ¿Era realmente su voz? ¿Y si Melita tenía razón?-empezaba a dudar.

 Se fue corriendo hasta su propio cuarto mientras el chino, teléfono en mano, lo seguía con una mirada enfadada. Entró y cerró la puerta detrás de él.

Ahí encontró a Melita ya vestida y mirándolo con una cara de Eres un grandísimo idiota.

- Melita -le dijo preocupadísimo.

- Sí -afirmó ella.

- Ya la fregué.

- Sí, lo oí todo.

- ¿Y ahora qué hago?

- ¿Qué qué vas a hacer? Pues irte, es lo que vas a hacer. Tenemos que irnos antes que venga la policía.

- ¿Pero y mi mujer?

La chica resopló mirando al techo.

- Mira Blas, si tu esposa es la que está adentro de esa habitación, entonces no va a salir, porque mientras ella no se deje ver va a poder negarlo todo; y si no se trata de tu mujer y tú te has equivocado, pues tampoco va a salir; después del susto que le has dado se va a quedar ahí por un buen rato. En todo caso no puedes estar seguro.

Estás últimas palabras resonaron en la cabeza de Blas.

- Ahora vámonos, toma -lo apuró ella extendiéndole su celular.

Ambos salieron de la habitación en dirección a las escaleras. Blas dio una última mirada hacia la puerta que guardaba el misterio.

- ¡Camina! -lo atizó Melita.

- ¡Y no volvel nunca más! -dijo el dueño antes de que ambos salieran.


Cuando Blas llegó a su departamento su esposa aún no había llegado. Se echó en la cama y se puso a pensar. Minutos después llegó su mujer.

- Hola mi amor, ¿cómo te fue con David? -le preguntó Bárbara.

- Eh… bien, bien, ¿y a ti, cómo te fue?

- Ah, me fue fabuloso con mis amigas, pero déjame tomar un baño que estoy muerta.

Después de que su esposa se encerrara en el baño, Blas se jaló los cabellos y pensó:

¡¿Bárbara, eras o no eras tú la mujer del hotel?! ¡¿Eras o no eras?! ¡¿Cómo preguntártelo?! ¡¿Cómo?! ¡Me lleva!

lunes, 9 de diciembre de 2013

La última noche

Mizards Seta


La última letra había sido escrita y el sello estaba constituido tan solo por su alianza, aquella que su esposo ante el Señor le había puesto en el dedo, cuando el padre Diego bendijo su unión. Tendió con esfuerzo la carta a la muchacha que la acompañaba, quien la tomó y escondió entre los harapos que la cubrían, para luego, estrechar entre sus manos las de quien consideraba su salvadora.

-   Te pedí que no te acercaras –habló con dificultad y cansancio la bella mujer de rasgos moriscos.

-  Mi señora, es que... –respondió con humildad y compasión la muchacha, soltando las manos de quien consideraba su señora.

-   ¿Sientes lástima por mí? –preguntó intrigada la mujer- ¿no te doy temor?

-   No entiendo cómo se dio tiempo de ayudar a esta desgraciada a pesar de estar sufriendo tal miseria –respondió la muchacha con humildad.

-   Gracias a ti por estar aquí ahora –respondió con noble sonrisa, tendiendo su mano nuevamente a la muchacha, que la cogió inmediatamente– he sido muy descortés, mi nombre es Jimena Ermildi Recarédiz, cognomento Olebene, ¿y el tuyo?

-   Mi madre, que en paz descanse, me llamó Elvira –respondió con dolor todavía fresco la muchacha, uno que aún duraría mucho tiempo- ¿qué hace mi señora?

-   Intento sentarme para poder ver mejor el bello amanecer, y abandonar este miserable estado.

El día era bello, los visitantes que lo conocían así como los que por primera vez entraban en el lugar quedaron impresionados por el Palacio de los Recarédiz que delataba su ascendencia mora, estaba formado por dos plantas, y un patio central a cielo abierto rodeado de galerías de columnas que sostenían arcos calados que permitían el paso de la luz simbolizando un bosque de palmeras, desde el cual se tenía acceso a las distintas salas, hacia el exterior no había ventanas que permitieran imaginar aquellas maravillas, pero al ingresar al lugar era posible disfrutar de un jardín de ensueño por el cual corrían cuatro riachuelos que convergían en una fuente central formada por cuatro lobos símbolos de la familia,  a los costados de la cual había dos templetes a lados opuestos del patio como un recuerdo de las tiendas de los beduinos, de planta cuadrada y con cúpulas de madera que se apoyan en ornamentos de estructura alveolar en forma de  panal, techada con artesonados de lancería. El esplendor de aquel palacio se basaba en una sensibilidad y armonía donde la luz, el agua, el colorido y la decoración exquisita, lo convertían en un placer para los sentidos dado su estilo naturalista, en medio de aquel lugar la joven hija del señor Recarédiz era una aparición angelical.

En una semana más se realizaría la boda de la dama Jimena Ermildi Recarédiz, cognomento Olebene con el noble Areas Velasco Nuñes de Narayola. Ambos jóvenes habían sido presentados tras la llegada de este junto a su padre y familia, para hacer efectivo el compromiso que existía desde su nacimiento, pero, sin que nadie lo notara, no hicieron más que verse y se enamoraron perdidamente. Se encontraban cada vez que se lo permitían sus padres en la compañía de sus pajes y dama de compañía e incluso se encontraban a solas escapando a la vigilancia a que toda joven noble era sometida.

La vida prometía una felicidad tan plena como la de aquellos cuentos que su dama de compañía le leía antes de dormir. Cada beso furtivo que recibía de su amado hacía que el joven corazón latiera con la fuerza del mundo y el matrimonio, seguido de una grandiosa fiesta que sería recordada por años en la zona, fue el sello para iniciar una vida que solo prometía felicidad.

A aquella fiesta llegaron nobles de todas partes de España, incluida una prima lejana del señor de la casa de la cual solo conocía el nombre. La bella dama Sancha iba acompañada de un Barón, que fue presentado como un buen amigo de la prima y que provocó el sofoco de todas las damas presentes, tanto casadas como casaderas, e incluso dejó impresionados a los señores, era un hombre de belleza griega, exquisitamente vestido, parecía deslizarse sobre el piso más que caminar y su voz acariciaba como el terciopelo.

Cuando se dirigió a saludar a la novia, solo bellas palabras brotaron de sus labios, las mejillas de la joven se tornaron blancas como si la sangre no fluyera por ellas y sintió que su corazón se detuvo por un instante. El recién llegado monopolizó a la novia más allá de lo permitido por las costumbres, hasta que fue llamada por su madre.

La noche estaba avanzada y la bella luna ya había cruzado el cenit. Sonrojada por los consejos de su madre, la novia fue preparada para recibir por primera vez al ahora su marido.

Un sonido en el balcón la sacó de sus pensamientos sobre lo que ocurriría al abrirse aquella puerta y ser por siempre y para siempre de Velasco. Al girar, pudo ver a aquel Barón que acompañaba a la dama Sancha, y como los ojos del hombre se clavaron en los de ella, que sin saber como sintió la mano de hombre acarició suavemente su mejilla y empezó a recorrer sus pechos. En ese momento, el corazón de Jimena se volvió a detener por un instante y entonces comprendió qué era aquel sentimiento. Lo había sentido cuando, siendo niña, se había perdido en el bosque y casi había sido alimento de lobos, era terror, el más puro y genuino terror. Sintió como si de improviso hubiera despertado de un profundo sueño, gritó con desesperación y corrió, pero fue atrapada. Nunca supo cómo ni cuándo Velasco había entrado en su habitación, seguido de sus padres, junto con más hombres enfrentando von valor  a aquel ser, que parecía no morir con las estocadas que recibía.

Jimena gritaba el nombre de su esposo rogándole que no se arriesgara, implorando que venciera. Aquellos gritos sellaron el destino de Velasco que con furia inusitada fue atacado. Luchó con valentía y determinación, pero el fuerte sonido de su cuello al romperse, seguido del cuerpo cayendo, anunció la muerte del valiente noble. La mujer corrió, sin saber cómo, al balcón desde donde había sido lanzado el cuerpo de su esposo. Sentía que era una pesadilla, sentía que parte de ella moría junto a Velasco una vez más.

Sus sollozos eran tantos y su dolor tan fuerte, que no escuchó cómo seguía la batalla; ni cuando entró el padre Diego y expulsó al demonio, que al escapar por el bacón la llevó con él.

Poco podía recordar de lo sucedido en los siguientes días, excepto el dolor que le provocó el desgarre en su cuello las tres veces que la mordió.

El dolor que le recorría el cuerpo entero le obligaba a vaciar el estómago de lo poco que quedaba en él. Sentía angustia y deseos de morir, además de un hambre acuciante que contraía su estómago en espasmos dolorosos, cuando las puertas de su celda se abrieron para dejar pasar a quien reconoció como la prima de su padre, la dama Sancha con semblante lleno de odio y desprecio la arrastró tras de sí sin escuchar, ni menos responder, sus ruegos y preguntas.

-   Aquí está tu nueva entretención –dijo arrojándola en medio de un amplio y lujoso salón, frente al Barón y otras siete mujeres, bellas como diosas.

-   Bienvenida, querida mía –dijo el hombre acercándose y agachándose a su lado– es un placer inimaginable que ya estés aquí, con nosotros, debes tener hambre, ten bebe –le dijo suavemente. Jimena observó con terror cómo él tomaba una daga y se abría una delgada línea en la muñeca, sintió un estremecimiento al oler la sangre que desato unas ansias terribles de beber el rojo líquido que manaba de la herida. El Barón extendió su brazo, colocando la muñeca sangrante frente al rostro de ella.

-   ¿Qué quiere de mí? –preguntó ella desviando la mirada al piso, a pesar de desear profundamente alimentarse.

-   Que termines de convertirte en una de nosotros, te ofrezco la vida y la juventud eterna, a cambio, solo te quiero a ti –le dijo al oído, acercando su muñeca a los labios de la mujer.

-   Mátame – respondió Jimena, apretando los labios y negándose a abrirlos nuevamente.

La testarudez de la mujer enfureció al Barón, que haciendo uso de todas sus artes, usó tanto su fuerza descomunal como sus oscuros poderes, intentando penetrar en la mente de la tozuda mujer. Pero fracasó una y otra vez, hasta que, agotadas sus mermadas fuerzas, Jimena cayó nuevamente al suelo. Entonces, una mujer de cabellos negros y piel blanca como el mármol, se interpuso entre ella y su atacante.

-    La volviste a encontrar –afirmó con frialdad.

-    Sal de mi camino –ordenó el Barón, desfigurado por la furia.

-   No creo que con todo lo que has esperado, sea esta forma en la que deseas que suceda. –respondió la mujer sin moverse.

-   ¿Acaso tienes una mejor idea? –pregunto el Barón, mientras la mujer levantaba la cabeza de Jimena y observaba su cuello.

-   Sí, ya ha pasado tres días aquí, por lo que puedo ver, debe estar debilitada. No pasará de mañana cuando el hambre la vuelva loca, entonces déjala salir, una vez que pruebe la sangre humana no habrá vuelta atrás y te aceptará voluntariamente... que es lo que has buscado a través de los siglos, si no me equivoco.

-   Sigues siendo extraordinariamente inteligente y retorcida amor mío -respondió el barón recuperando su aspecto humano y jalando a la recién llegada para besarla.

Sin oponer resistencia, Jimena fue arrastrada por la mujer que la había defendido en forma tan particular de vuelta a su celda, cerrando tras de si la puerta. Con cuidado, incluso cariño, fue puesta sobre su cama y arropada.

-     ¿Cómo te llamas actualmente? – preguntó la mujer.

-     Jimena

-     Mi nombre es Achlys.

-     Gracias.

-     No tienes que agradecer, esto es solo una forma de disculparme por lo que te he hecho.

-     ¿Hacerme?

-     Mi querida Jimena, escucha y calla. Hace unos tres mil años nacimos como hermanas, tu nombre era Adara, estabas prometida a un soldado de noble cuna al que yo secretamente amaba, de nombre Demetrius. Él te deseaba como todos, pues naciste bella como la misma Afrodita, pero tú lo rechazaste porque amabas a un joven filósofo de Atenas llamado Evan. Fuiste dada en matrimonio a Demetrius, pero lo dejaste en vergüenza al escapar con ese joven el día de la boda, a su tierra natal, donde su familia era poderosa.

     Demetrius desapareció por meses, hasta que una noche lo vi en mi balcón. Algo en él era diferente. Con palabras llenas de mentiras sobre su amor por mí, me ofreció la eternidad para amarnos y yo estúpidamente le creí y me convirtió en esto. Le revelé que yo te había ayudado a escapar y que habían huido a Atenas. Después de eso me arrastró con él, para que viera con mis propios ojos cómo aún te amaba y te haría suya a pesar de todo.

     Te logró atraer con su poder oscuro, pero los sabios de Atenas te dijeron que si no te mordía por tercera vez no lograría llevarte. En ese tiempo logró hacerlo por segunda vez, lo que consiguió asesinando a muchos valientes que te protegieron. Tras esa noche, según averigüé más tarde, no quisiste que nadie más muriera por tu causa y elegiste morir por tu propia mano. Evan te acompañó en la muerte y fueron sepultados juntos, en una de las tumbas más bellas que recuerdan en la Grecia de hoy la fuerza del llamado “amor verdadero”, aquel que va más allá de la muerte.

     Después de eso te ha encontrado muchas veces aunque no sé como lo consigue, y siempre lo has rechazado. Con Evan siempre te vuelves a encontrar y vuelven a vivir una historia de amor con un final triste. Esta es la primera vez que Demetrius logra morderte por tercera vez, la pregunta, ahora que te he contado algo que, en otras circunstancias considerarías una locura, es simple ¿qué deseas hacer?

-     Sin Velasco solo deseo morir, pero ahora no puedo –respondió entre sollozos.

-     Hace poco fuiste convertida, y estas débil no has probado sangre de quien pretende ser tu amo ni la de un humano, si la luz del amanecer te toca desaparecerás envuelta en llamas en segundos, y para que lo sepas, los vampiros si pueden morir solo que en mi caso y el de Demetrius sería algo más larga y dolorosa la muerte por exposición al sol hay otras más rápidas que personalmente prefiero, los sabios de Atenas y los de Tebas conocen todos los métodos y eliminaron a muchos de nosotros, y cada vez que aparecen lo vuelven a hacer, pero esa es un historia que según creo ahora no te interesa.

-    Y mi alma ¿seguirá condenada como lo está ahora? -preguntó con angustia la mujer.

-     De almas solo se lo que ya te dije, según creo no hay tal cosa como un alma condenada, pero esa pregunta la podrían responder los sabios de Tebas4, donde según he averiguado están los orígenes de esta maldición lejos en el tiempo al sur del antiguo Egipto, no tengo certeza de que el alma de un vampiro pueda reencarnar, tal vez si, al respecto nada puedo asegurarte, lo lamento.

Lo que puedo afirmarte es que durante mucho tiempo creí que la locura de Demetrius era amor, ahora sé que es solo obsesión por probar que puede someter a cualquiera. Sin embargo, me probó que la reencarnación existe, aunque no sé cómo se las arregla para encontrarte siempre.

-     Prefiero la muerte con la esperanza de volver a ver a Velasco que esta muerte en vida que significaría estar sometida a ese desgraciado.

-     Eso pensé, no has probado su sangre por lo que aún no tiene acceso a tus pensamientos, yo soy tan anciana como él así que puedo bloquearlo para que no sepa lo que estamos planeando.

-     ¿Qué debo hacer?

-   Tu cuerpo aún resiste agua y azúcar, te traeré unas jarras, no será agradable, pero te ayudará a tener fuerzas. Mañana, desde que despiertes, grita como si estuvieras loca, promete que harás lo que te pida, pide comida, ruega por sangre fresca. Yo lo convenceré de que te suelte para que te alimentes, cuando estés afuera nada podré hacer por ti, todo dependerá de tu fuerza de voluntad, pero tienes algo a tu favor, las almas antiguas como la tuya son extraordinariamente fuertes. Debes correr lo más lejos de aquí, donde no te encuentre. Espera el primer rayo de sol, entonces todo habrá acabado y no quedaran rastros de ti con los que pueda hacer alguna estupidez.

Siguiendo las instrucciones de Achlys, ya fuera del viejo castillo que era el refugio de Demetrius comenzó una carrera que le conducía siempre hacia el este a través del bosque, escapaba de su captor, pero principalmente de los recuerdos que las palabras de "su hermana" y el ataque de aquel demonio habían despertado, primero solo creyó que eran pesadillas, pero ahora podía ver escenas de su propio pasado estando despierta, era ella viviendo y muriendo junto a Velasco una y otra vez, en diferentes culturas y con distintos nombres, siempre siendo tratada como una cosa, una pertenencia de la que se podía disponer, vender y transar por nacer mujer, sintió ira y en medio de esa furia comprendió la razón de su amor por Evan, a través del tiempo solo él la había amado de verdad, siempre la vio como una persona, una igual, con las mismas necesidades y derechos. 

Su carrera la guio hasta una pequeña villa, establecida en las tierras de los Recarédiz, eran vasallos de su padre, su fino oído escucho los rumores de las conversaciones del lugar, el latido de los corazones que auguraban sangre fresca encendieron sus ansias. Sin embargo, a pesar que la sed la consumía, logró continuar su camino que fue interrumpido por los gritos de una muchacha, se desvió sin pensar hasta llegar a una pequeña y pobre vivienda cuya puerta estaba derribada y adentro, un grupo de soldados ebrios rasgaba las ropas de una muchacha que suplicaba clemencia1.

Con cólera insólita, atacó rompiendo los cuellos de aquellos hombres, sintiendo que su voluntad se quebrantaba, escapo del lugar dejando a la asustada muchacha en medio de aquella matanza, sin embargo, para su sorpresa la chica salió corriendo cubierta de andrajos de la casucha, implorándole que no la dejara sola. Jimena intento no oírla, pero se devolvió y la llevó con ella, ¿qué haría aquella muchacha sola en medio de la masacre que ella había dejado?

Sus instintos la acosaban cada vez con más fuerza y ya no se sentía capaz de continuar sin alimentarse, entonces decidió llevar a la niña a un lugar seguro con la única persona que sabía que la podría ayudar y de paso despedirse de lo que había sido su vida.

Desviando aún más su camino, llegó a la casa de Dios en que servía el padre Diego, una pequeña parroquia de estilo sencillo formada por una sola nave rematada por un ábside2 semicircular, tan antigua que según contaba la gente estaba allí desde antes que su familia llegara a instalarse en la región.

Cansada por el viaje, las emociones y la falta de alimento, las fuerzas para continuar su camino por sus propios medios empezaron a escasear al punto que sólo con la ayuda de la muchacha que había rescatado, pudo continuar caminando por el cementerio hasta la cripta de su familia donde estaba enterrado el cuerpo de su esposo, no había otro lugar donde enterrarlo, al entrar vio la tumba de su único amor confirmando su esperanza de hallarlo, se  arrodillo para orar por su eterno descanso y para pedir a Dios que le diera el ímpetu que necesitaba para concluir con su plan, que podía fracasar en cualquier momento, el sol comenzaba a  salir lo que la retrasaría.

La muchacha fue en busca del padre Diego, que horrorizado al verla arrodillada a los pies de la tumba, la amenazó con su cruz, aún así escucho sus suplicas, mientras la chica que lo había ido a buscar se interponía entre el padre y su salvadora como si tuviera la fuerza de detener a alguien. Finalmente el sacerdote escucho, en un principio incrédulo frente al relato y más tarde con un profundo sentimiento de lástima, finalmente termino por creer la historia de los últimos cuatro días de la primera niña que había bautizado cuando llegó a la villa y que siempre quiso como a una hija.

- Pero hija mía -dijo el padre Diego-  por qué no aprovechas ahora que el sol a salido.

- Siempre quise ver de cerca y caminar por el pico Corcadas, le conté a Velasco de lo hermoso que era contemplarlo al amanecer, me prometió que al día siguiente de nuestro matrimonio haríamos el viaje hasta aquí para conocerlo y caminar por él -respondió Jimena con cansancio- y ahora creo que es un buen lugar para dejar este mundo.

- Esta a tres horas de aquí -respondió el padre Diego sin creer lo que sus ojos veían - ¿cómo logras estar aquí con nosotros sin ...

- Mi señora -dijo la muchacha- jamás nos atacaría, ella es buena a pesar de lo que ha sufrido.

- ¿Atacarlos?, supongo que Achlys tenía razón cuando me dijo que las almas antiguas son fuertes, yo sé que no quiero causar a otro el daño que me hicieron a mí y se donde quiero morir, aunque no podría decir que soy buena luego de como asesine a aquellos hombres.

- Lo merecían mi señora -respondió la muchacha.

- Eso ya no viene al caso -respondió el padre Diego- lo que importa es en que puedo ayudar.

- Ahora necesito que se lleve a esta niña con usted, me traigan jarras con agua dulce, necesito reponer fuerzas para terminar mi viaje, papel y pluma para escribir una misiva a mis padres y si es posible que me indique el camino más corto para llegar al pico Corcadas, cuando la noche caiga me marchare, le agradeceré eternamente si de algo vale el agradecimiento de alguien como yo, mientras el día pasa orare por Velasco y por mí, si es que Dios aun me escucha.

- Dios siempre escucha -respondió el padre Diego mientras se marchaba junto con la muchacha.

Al poco tiempo llegaron ambos con los pedidos, el padre Diego le entrego papel, pluma y tinta y volvieron a marcharse. Luego de beber con dificultad el agua azucarada, con tranquilidad y recogimiento Jimena escribió una breve carta que llevo consigo cuando partió, el descanso y la paz del lugar, más los cuidados recibidos dieron más fuerza a su voluntad.

El padre Diego se sentía completamente inútil poco podía ayudar a esa pobre alma, solo orar por ella y darle su única posesión un jamelgo viejo pero noble que la ayudaría a llegar a su destino. Además dibujo un mapa con las indicaciones para llegar al pico Corcadas, que se encontraba a tres o cuatro horas de camino sin descanso, de todas formas ayudo a la muchacha a memorizar las indicaciones y las descripciones ya que estaba empeñada en acompañar a Jimena hasta el final de aquel viaje a pesar del peligro que implicaba para ella.

-   Ya está por amanecer y no vuelve, la voy a buscar – dijo Demetrius más para sí que para sus amantes.

-    No vas a ir – respondió Achlys enfrentándolo espada en mano.

-    ¿De dónde sacaste eso?, ¿Crees que la puedes ayudar a escapar?

-    No lo creo, ya lo hice y no te dejare que la busques, es lo menos que le debo por el sufrimiento al que ha sido sometida junto a Evan a través de estos siglos.

-    No importa lo que hagas yo siempre la amare y tarde o temprano será mía –gritó iracundo lanzándose sobre la mujer.

-     Eso no es amor, es obsesión, si fuera amor  te preocuparía que fuera feliz sin importar con quien –gritó ella atravesándole el abdomen con la espada cuando el cielo comenzaba a clarear- este mensaje te lo envían los sabios de Atenas, vienen por todos nosotros.

-    Tú no eres más que una pobre mujer mal amada –dijo con desprecio, el hombre apretando el cuello de la mujer.

-    Haz conmigo lo que quieras, pero déjalos en paz –respondió Achlys al saberse perdida, justo antes que el que había sido el gran amor de su vida arrancara su corazón palpitante del pecho.

En cuanto cayó la noche Demetrius salió en busca de Jimena, sin embargo no sabía dónde dirigirse, no tenía acceso a los pensamientos de Jimena, aquella traidora de Achlys lo había hecho caer en su truco, le había arrancado la vida demasiado rápido sin saber si la desdichada en persona había hecho contacto con los sabios o en cuanto tiempo estarían por ahí, pero que importaba siempre los había evadido con suerte, además la noche era corta para pensar en algo que posiblemente era otro albur de Achys, no tendría el valor de ir por esos cazadores y si lo hubiera hecho no habría regresado viva. Pronto amanecería y debía  volver al castillo, Adhara no había ido al hogar de sus padres en busca de ayuda como él esperaba, de haber tenido tiempo se habría detenido a eliminar a su familia para que no tuviera donde buscar protección, pero el tiempo se agotaba y debía encontrar refugio antes que el sol saliera.

En cuanto la noche reinó Jimena y la muchacha marcharon montadas en el caballo, siguieron las instrucciones del padre ingresando al bosque de pino albar a espalda de la villa, subieron por el sendero  a la derecha hasta encontrar una huella que las llevo hacia un tramo de suave ascenso, que las condujo a un arrollo que  siguieron por su derecha adentrándose en un desfiladero llamado La Hoz Oscura, pasada la quebrada encontraron dos vías, cogieron la derecha siguiendo su presuroso camino hasta encontrar la Fuente del Chorro, que marcaba el inicio de un camino que subía a través de un denso piornar3, del que salieron a unos prados que cruzaron por el lado izquierdo y en poco tiempo encontraron una amplia canal por la que ascendieron siguiendo la dirección este por una ladera pedregosa con fuerte desnivel que las llevo finalmente al pico Corcadas.

El primer rayo de sol daba contra una mujer sentada entre unas rocas, que ardió en un fuego invisible que la consumió dejando solo cenizas. Otra mujer más joven sostenía su mano mientras lágrimas incontenibles corrían por su rostro. Cuando ya el sol estaba en lo alto, la joven logro reaccionar  y cavó con sus propias manos un agujero en la tierra, colocando en él lo poco que quedaba de aquella noble joven que tanto dolor había padecido, luego montada en el jamelgo volvió a la parroquia.

Pocas horas más tarde, en compañía del padre Diego, la joven entregaba la carta de la que ella llamaba su señora y veía como el señor Recarédiz difícilmente contenía las lágrimas mientras su esposa lloraba desconsoladamente.

-     ¿Cómo te llamas muchacha? –preguntó el hombre, que parecía haber envejecido repentinamente frente a sus ojos, mientras escuchaban la historia que les relataba el padre Diego.

-     Me llamó Elvira –respondió la chica con una gran tristeza en el corazón.

-     ¿Sabes lo que dice esta carta? – preguntó nuevamente el hombre.

-     No señor, no sé leer – respondió la joven

-    Aquí dice mi querida niña –habló la mujer apoyándose en el brazo de su esposo con esfuerzo– padres aquí tienen una hija que ha perdido a su madre; amiga aquí tienes unos padres que han perdido a su hija, sean felices como una familia.

En poco tiempo los rumores de lo sucedido con la hija menor de los Recarédiz, su triste historia y el valor que tuvo para enfrentar su destino corrió de boca en boca por aquellas tierras, llegando su historia en pocos días a oídos de Demetrius que abandonado a la idea de que una vez más había perdido a Adhara, no logro responder cuando los sabios de Atenas lo enfrentaron junto a sus seguidoras y los enviaron al otro mundo para pesar sus corazones contra la pluma de Maat.





1. Los inculpados medievales por delito de violación de mujeres son hombres que pertenecen a todas las clases sociales, desde nobles hasta siervos y maníacos sexuales. Con todo, hay que destacar un dato significativo en cuanto al origen social de muchos de los agresores: el abuso de autoridad y la violencia ética que entraña la existencia de una relación social y mental de subordinación entre violador y violada, esto es, parientes, soldados, oficiales públicos, señores.
2. ábside: proviene del griego, significa arco o bóveda. Es la parte de la iglesia situada en la cabecera. Generalmente tiene planta semicircular pero puede ser también poligonal. Suele estar cubierto por algún tipo de bóveda que, en época románica, es de horno o cascarón.
3. piornal: lugar de piornos. El piorno es una especie arbustiva, que forma extensos matorrales, solo o conviviendo con otros arbustos, como el enebro rastrero, crecen por encima del nivel de los bosques o conviviendo con el pino albar.
4. Historia, leyendas y orígenes de vampiros Escrito por Gerard Mazzitelli: Desde la Grecia Clásica hasta nuestros días se conoce la leyenda nacida en la antigua Persia: el registro más antiguo que documenta la existencia de los vampiros es un vaso con el dibujo de un hombre luchando contra una extraña criatura que intenta succionar su sangre. Más tarde, los mitos babilónicos incorporaron una extraña deidad que se alimentaba bebiendo la sangre de los niños: su nombre es Lilitu o "Lilith".
De acuerdo con los textos hebreos, Lilith fue la primera mujer de Adán, a diferencia de lo manifestado en el Antiguo Testamento bíblico. Debido a su torpeza, abandonó a su marido y se transformó en la Reina de los Demonios y de los espíritus malvados.
En China, durante el siglo VI A.C. se encontraron resonancias de la tradición cultural persa y hebrea. Los mismos antecedentes fueron hallados por antropólogos en India, Malasia, Polinesia, las tierras aztecas de México y la zona de Eskimos.
De acuerdo con la mitología azteca, la ofrenda de sangre de jóvenes víctimas a los dioses garantizaba la fertilidad de la Tierra. Pero, aunque éste sea otro antecedente, las clásicas historias de vampiros se originaron en la cuna de la civilización europea... Los antiguos griegos comenzaron su gesta.
Existen numerosos dioses bebedores de sangre en la mitología griega y romana, conocidos como Lamiae, Empusae y Striges. Sus nombres fueron históricamente vinculados con el de brujas, demonios y vampiros. Pero estos vampiros, aunque bebían sangre humana, eran sólo deidades y no “muertos vivos”. Se trataba de divinidades capaces de adquirir apariencia humana para poder seducir a sus víctimas.
Con el paso del tiempo y el aumento de popularidad del Cristianismo, el valor simbólico de la sangre se incrementó. La comunión del Espíritu Santo, que incluye beber el vino –símbolo de la sangre de Cristo– y comer el pan –alegoría de su cuerpo– hizo cobrar incomparable relevancia a este fluido vital. Además, durante el siglo XI las brujas y los médicos prescribían sangre de vírgenes para curar enfermedades.
Varias menciones a la presencia de vampiros pueden encontrarse en libros como El diccionario diabólico, escrito por el obispo de Cahors, en El Nugis Curialium, de Walter Map, y en la Historia Rerum Anglicarum, de William de Newburgh.
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