miércoles, 21 de septiembre de 2011

Agua y jabón…

Nora Llanos

Más temprano que de costumbre, Cristina se despierta  y revisa una lista mental de todo lo que deberá hacer este último día de verano, antes de partir con rumbo a la ciudad, donde pasará los próximos ocho o nueve meses.  A través de la pequeña ventana de la habitación, percibe el rumor del mar y el canto lejano de las gaviotas que empiezan a anidar en el roquerío que resguarda la casa.  La invade una enorme sensación de vacío y de nostalgia y por un momento cede al desánimo y se acurruca bajo la manta, pero “lara” y “tristán” ya saben que está despierta y la rodean con pasitos cautelosos y miradas contentas… ¡quién puede resistirse a tan gentil invitación¡…
-¿Cerraste la puerta? –se pregunta mentalmente – ¿y las ventanas?-  Todo en orden… yo tengo la llave-  susurra en su oído la voz del amado ausente y Cristina inicia la caminata… la misma que durante años ella y Luis,  hicieron cada mañana,  antes del desayuno, cada día que pasaron en su casita de playa.  La recibe un cielo despejado que anuncia un día esplendoroso… apenas a treinta o cuarenta metros de distancia,  el mar azul, bellísimo, tranquilo, arrullador, una vez más la llena de emoción y de tristeza… avanza unos pasos y se detiene,  dirige la mirada hacia la acogedora casita blanca y allí,  desde la terraza, Luis la observa sonriente… y le dice –ya te alcanzo, vida-  a sus pies la dulce y hermosa “Chaska” menea suavemente la cola.
Cristina nació cuando su madre bordeaba los cuarenta años… su niñez transcurrió rodeada de mujeres maduras que vivían en permanente conflicto con la generación más joven, incapaces de salvar la brecha.   Si bien, esta situación contribuyó a que Cristina  tuviera una visión mucho más amplia del mundo,  también la marcó con ideas rígidas, aplicadas a sí misma y a los demás, a veces implacablemente. 
¡Velo y mortaja, del cielo baja! -decían en aquella época y así fue para Cristina… mucho   antes de lo que pensaba, el amor llegó a su vida.   Luis era la personificación del que, aún sin saberlo, Cristina esperaba; un joven de figura sólida, fuerte, ágil y armoniosa, con talento innato para los deportes, artes y manualidades; de abundantes cabellos negros, cejas muy pobladas y mirada intensa, Luis conseguía fácilmente la atención de las muchachas y se ganaba la simpatía de los varones con su gran sentido del humor.
Muy pronto se dio cuenta Cristina que el matrimonio no era el paraíso que había imaginado.  El amor apasionado y la ternura desbordante que compartieron en la primera etapa, poco a poco fue apagándose hasta convertirse ella y Luis, casi en dos extraños; los buenos momentos eran cada vez menos frecuentes y los pleitos pequeños fueron volviéndose grandes conflictos.  La palabra “divorcio” no tardó en aparecer en sus enfrentamientos verbales,  como la única solución posible a una relación infeliz y sin futuro.
- Tenemos que ahorrar para comprarnos una casa, amor
-¿una casa?... preguntaba Luis, desconcertado- ¡cómo podríamos comprar una casa si solo ganamos lo suficiente para vivir bien! ¿porqué tanto apuro?... tenemos tiempo, recién estamos empezando… tú quieres vivir aislada del mundo, siempre ahorrando, evitando hacer gastos… debemos vivir bien, disfrutar, divertirnos, somos jóvenes.  Como nunca quieres salir,  ya no nos invitan ni nos toman en cuenta. Si tú no quieres ir, es tu problema, quédate, yo me voy-… un mudo resentimiento empezaba a crecer  en el corazón de Cristina y obscuros pensamientos la agitaban, robándole el sueño.

 

- ¿Viniste sola?-
- Sí, es que Luis tenía un partido de fulbito y si lo esperaba, ya no llegaba a tiempo para ir a la plaza  y los chicos estaban ansiosos por ver el desfile-
-Ustedes son como agua y aceite –decía la madre de Cristina con rencor contenido. -Tú necesitabas un hombre maduro, serio y responsable; Luis siempre será un niño; no sabe valorar la mujer que Dios le dio.
-Son polos opuestos –decía su amiga, -no entiendo como terminaron juntos. Todos dicen que él es  divertido, encantador, en cambio tú pareces una vieja, llena de prejuicios,  reservada, todo te lo tomas en serio, siempre preocupada por el futuro, “pegada a la letra” y ¡aburrida!... eres joven Cristina, vístete bonito, salgan con los amigos, dale gusto a tu marido-  Todos tenían razón…. ella y Luis no tenían mucho para compartir, excepto el inmenso amor por sus hijos; para Luis la vida era un eterno carnaval, para Cristina la vida era una tarea importante por cumplir;  sin embargo, no habían dudas en su corazón sobre el amor que Luis le inspiraba; se sentía cómoda siendo quien era,  gozaba de una saludable auto estima y sabía que profesionalmente tendría un buen futuro… pero, tal vez era cierto… no sabía disfrutar la vida, era una vieja en plena juventud…  él con frecuencia  parecía ausente y melancólico, malhumorado e impaciente y  no perdía oportunidad de ausentarse de la casa… ¿Otra mujer?  –pensaba Cristina… seguramente- 
-“Como agua y aceite” -había dicho su madre,  pero,  ¿acaso no disfrutaban aún de su mutuo contacto con pasión y ternura?... ¿no era cierto, que cuando se enojaban, sufrían en silencio, anhelando el re-encuentro?... y ¿no era también cierto que aunque hablaban de divorcio, en realidad las palabras se lanzaban  como dardos solo  para lastimarse mutuamente…
...¿agua y aceite?... NO.. más bien ¡agua y jabón!,  pensó un día Cristina,  mientras corría el agua por su cuerpo joven, sintiendo la frescura, la suavidad y el perfume del jabón que la envolvía bajo la ducha… y con voz quebrada por el llanto, expresó en voz alta su dolorosa angustia   -¡no somos dos mitades de una naranja, es verdad…  ¡somos agua y jabón… lápiz y papel… pan con mantequilla... llave y cerradura… manos de un solo cuerpo… cielo y mar… luz y sombra del mismo día! - estos pensamientos, cual mano divina,  la calmaron, animándola a buscar aquello que faltaba, naciendo así una nueva esperanza.

Lara y tristán  corretean gozosos a la orilla del mar, aprovechando la fresca brisa y el sol… Cristina los sigue a cierta distancia disfrutando también la hermosa mañana y la arena tibia, bajo sus pies descalzos … la playa está desierta, ya casi no quedan veraneantes…  los perros van y vienen,  procurando seguir el paso lento de Cristina,  atentos a cualquier ruido o presencia,  prestos para protegerla… Cristina acaricia una y otra vez las cabezas mojadas y los anima a volver al agua… cada cierto trecho, voltea, su corazón palpita con más fuerza…  y allí, sobre una roca ó  nadando en el mar,  distingue la silueta familiar de Luis…aún  fuerte y ágil a pesar de sus años, a veces levanta una mano hacia el cielo y sonriendo le señala una nube o una gaviota … otras, desaparece bajo una ola seguido por Chaska… ó tirado sobre la arena,  la observa con ojos somnolientos y  susurra  ya te alcanzo, vida-  los perros lo rodean a saltitos, agitando las colas… van y vienen,  vienen y van.
-Apenas si queda un mes para tus vacaciones y la de los chicos… -¿no sería lindo llevarlos a la playa? – dijo Cristina con timidez, después de algunos días de amargo silencio, - seguro que tu papá nos presta la casa-una inesperada sonrisa se dibujó en el rostro de Luis,   -sí, buena idea - contestó con entusiasmo -a los chicos les va a gustar mucho... habrán muchos niños.  Un mes después, llegaban a la playa, cargados de víveres, sombrillas, juguetes y esperanzas.   

Cristina  casi había olvidado cuanto amaba el mar y el verano… los paseos a la playa habían sido la principal diversión en su niñez… ¡qué suerte, a Luis también le encantaba el mar!
  Aquellos treinta días, rodeados de sol, arena, agua y cielo, se sintió completa, más fuerte, más bella; allí no importaba quien era, como vestía, cuanto tenía o cuanto sabía…  descubrió que entre ellos, eran muchas más las coincidencias que las diferencias… ambos amaban profundamente la naturaleza, especialmente el mar… los animales, sobre todo los perros…. La buena comida y mucho más los frutos del mar… el buen vino, y mejor si era tinto… ¡y también las fogatas!..  Allí, en la simplicidad del entorno, las reuniones con los amigos le parecían a Cristina más amenas, menos forzadas, se sentía más contenta, estaban siempre juntos y se retiraban todos a dormir temprano,  deliciosamente agotados por tanta diversión… allí descubrió que Luis la amaba más de lo que ella y él mismo creían y aprendieron que eran una familia, antes que nada.  El mar y la playa los habían unido de manera inesperada y de allí en adelante su relación se hacía más fuerte, más sólida, más completa… la playa los atrapó para siempre y pasaron muchos veranos recorriéndola,  buscando una casa al alcance de sus recursos pero que además cumpliera con un requisito indispensable… estar frente al mar. Pasaron los años, crecieron los niños, pero ellos  nunca dejaron de buscar…
-La verdad que es fea y está mal hecha, no tiene acabados  –decía Luis, contemplando la fea estructura que se anunciaba EN VENTA – además  ni siquiera tiene playa, solo rocas… no hay donde bañarse-  … pero Cristina ya se había enamorado irremediablemente  de la zona…  la casita estaba ubicada a menos de cuarenta metros de la orilla, en una explanada que se levantaba unos tres metros sobre el nivel del mar, en suave pendiente… la línea costera,  resguardada por un roquerío imponente, capturaba una lengua de mar formando una poza, casi enfrente de la casa.  La vista del mar, desde la casita, abarcaba  180 grados de impresionante belleza, además, al no haber una orilla  de arena, la gente no prestaba atención a esa parte de la playa, brindándole a la zona una privacidad privilegiada, aunque también un cierto aislamiento que preocupaba a Luis y encantaba a Cristina.
- Tenemos que reforzar bien las puertas  -decía Luis, desanimado, - y  cambiar  las ventanas, levantar el muro posterior, hacer una terraza,  poner algunas rejas y además siempre debemos traer por lo menos un perro, y hay que limpiar, recoger desmonte, retirar deshechos y aplanar el terreno, rellenarlo con conchuela, los cuartos son estrechos, tendremos que tirar paredes y el patio…el patio no tiene remedio, es pura roca… -¿Estás segura que quieres esta casa?

-Podemos hacer todo eso, mejorar la casa, limpiar la playa y ya tenemos el perro, más aún, ¡podemos tener dos!.. mira, trescientos metros a la izquierda hay una playa de arena y casi tan cerca, a la derecha, otra!... el precio está bien, podemos comprarla sin necesidad de préstamo… ¡nadie mejor que tú para arreglarla¡…  -Sí, sí -dice Cristina,  ¡me encanta… esta es la que quiero¡.
 Los siguientes meses, Luis y Cristina dedicaron todo su esfuerzo y cariño a la casa;  Luis con su innata habilidad para hacer cosas, transformó puertas y ventanas, construyó hermosos muebles de rústico encanto y entre todos, limpiaron, pulieron, lijaron y pintaron...  -¡Qué linda casa! – decían los familiares y amigos… ¡qué acogedora¡… ¡qué lindos muebles, qué hermosa playa¡.  Ese verano, estrenaron la casa.

 Si tuviera que vender todo lo que tenemos, lo último que vendería sería esta casa –decía Luis… cuando yo ya no esté, seguirás viniendo a la playa?-... y en tono burlón… -vas a tener que conquistar a un galán fortachón para que abra y cierre la casa.
-Cuando yo no esté - replicaba Cristina –¡ninguna mujer ocupará mi casa!...
 Nunca, nunca –respondía Luis con una sonrisa… - ¡mentiroso! –replicaba Cristina con coquetería fingida.

Cristina ya casi llega al final del recorrido y piensa con deleite en el desayuno, apresurando la marcha para volver a casa…  A lo lejos se divisa la última casita y en la distancia se recorta la figura cansada del viejo guardián de la zona, patrullando la playa.  Cristina levanta la mano en un cordial saludo y emprende el retorno… -¡qué rico…nos espera un cafecito! - susurra la voz amada.

No puede evitarlo, los recuerdos no la abandonan, sacude la cabeza tratando de ahuyentarlos, pero vuelven una y otra vez, cual aves de presa… no le dan tregua.  ¿Porqué la vida le permitió recuperar a su compañero, para luego arrebatárselo, arrancándole el alma?... siempre hablaban de envejecer juntos, de amarse por siempre, de ayudarse y protegerse cuando las fuerzas faltaran y partir juntos adondequiera que Dios los llevara…

Dos días después del sepelio, un día de invierno, Cristina había vuelto a la playa, buscando en la casa el eco de la voz amada… de pie frente al mar, solloza y suplica… el mar se levanta furioso y un viento frío la  azota y la envuelve cual aliento espumoso de una boca monstruosa… las olas retumban, golpeando la orilla, amenazando la casa.   Cristina maldice, perjura, reclama y luego se pierde envuelta en el agua…
Tres veranos pasaron desde aquel día, del cual Cristina no recuerda nada… dicen que un pescador la vio caminando como ausente por la playa… este verano, Cristina había vuelto por fin a la playa… refugio y fortaleza - le había dicho Luis un día- esta casa es nuestro refugio y fortaleza-  y aquí estaba Cristina, sintiendo que poco a poco llegaban la serenidad y la calma
-¡Es hora de partir chicos, se acabó el verano¡ -anuncia Cristina a los perros que obedientes se preparan.
  -¿cerraste la puerta, aseguraste las ventanas? –se pregunta en voz alta… - todo listo, yo tengo la llaveya te alcanzo, vida –susurra la voz amada.


…Cayo la lluvia a torrentes, sopló el viento huracanado contra la casa, pero la casa no se derrumbó, porque tenía los cimientos sobre la roca. (LC.6.47-13.26 MC.1.22- Mateo 8)

martes, 20 de septiembre de 2011

La universidad del mercader



Marco Antonio Plaza
Gerónimo acaba de ser presionado por Tula, la coordinadora del área de administración, para que sea evaluado durante las clases de su curso que viene dictando hace diez años habiéndose inclusive convertido en el profesor más experimentado de la facultad. Gerónimo es una persona muy colaboradora de las que no pide nada a cambio. Había asistido a varios eventos y congresos académicos nacionales e internacionales, y publicado sendos documentos de investigación dejando muy bien a la universidad a nivel internacional. 
Él vive cerca a la universidad y se siente identificado con su trabajo. Sus hijos estudiaron en la misma institución. Gerónimo es un profesor que prepara su material didáctico, lee diferentes libros, hace resúmenes, los estudia y con todo este conocimiento lleva a cabo su clase. Las experiencias vividas, tanto en su antigua profesión, donde destacó y fue brillante, como en su nueva actividad, la docencia universitaria, lo han convertido en un intelectual de primer nivel.
Gerónimo fue oficial de la Marina de Guerra del Perú. Se retiró con el grado de Capitán de Fragata. Destacó en el curso Básico de Estado Mayor, obteniendo el primer puesto, estuvo en Francia en la comisión para recibir una corbeta misilera y traerla navegando al puerto del Callao y al final de su carrera fue  comandante de buque habiendo llevado a cabo varias operaciones de desembarco con infantes de marina y del ejército peruano a lo largo del litoral. En tal sentido, Gerónimo tiene un perfil poco común en la sociedad limeña, una mixtura de hombre de acción e intelectual. Él sospechaba que ésta sería la causa por la cual lo veían como bicho raro.
Después que Gerónimo le había dado la respuesta a Tula, se reunió para tomarse un cafecito y conversar sobre el trabajo, con su hermano menor, José, quien también enseñó en la misma universidad años atrás,
-¡Hola hermano! ¿Cómo estás? –saluda Gerónimo.
-Bien compadre, ¿y tú? ¿Y cómo te va en la “fábrica?
-¿En la fábrica? ja ja ja ja, tú siempre tan sarcástico en tus expresiones. Bueno, lo mismo de siempre. He llegado a la conclusión que la universidad donde trabajo y enseño nunca tendrá espíritu de cuerpo.
-¿Cómo es eso de espíritu de cuerpo? Me imagino que tú conoces muy bien ese tema por haber sido oficial de la Marina de Guerra-, pregunta José.
-Es verdad, lo que sucede es que no se percibe un esfuerzo conjunto, sino por el contrario, aislado, y tus aportes no los consideran para nada.  Los objetivos no están bien  establecidos sobre todo en la facultad de administración y ni que decir de la misión y visión, y lo más triste es como esta institución maltrata a su personal al no reconocer su empeño. ¡Siento que la organización ha caído en una mediocridad espantosa donde campea el afán de lucro dejando de lado la razón de ser, la formación de mentes humanas! -manifestó Gerónimo con tono de voz de preocupación.
-Si pues, cuando enseñaba también sentía lo mismo, recuerda lo que te conté en una oportunidad, que me hacían lío porque usaba los ejercicios del libro que había escrito para el curso de matemática financiera, y el coordinador me exigía que utilice los problemas que ellos habían venido usando en los últimos años. Y de ahí surgió el conflicto y como tú bien sabes, no podía seguir enseñando. Al final, les interesó un pito que yo haya aportado conocimiento. Lo más importante para ellos es que se cumpla lo que ellos querían. Su mentalidad es concreta y formateada.
-Es un tema de fondo. La vez pasada te conté que Tula quería evaluarme y hacer un diagnóstico, según ella, para ayudarme a mejorar el método de la enseñanza. Y bueno, le contesté simplemente  que no podía seguir enseñando por motivos personales, dejándole entrever que no aceptaba la evaluación por estar fuera de lugar bajo todo punto de vista.
En dicho momento, Gerónimo estaba preparando la sustentación de su tesis para optar el doctorado de administración en la Escuela de Negocios de la misma universidad y era cuestión de meses. Él sentía una contradicción porque estando a punto de obtener el mayor grado académico, en la facultad lo maltrataban.
Todo esto sucedió en una universidad llamada San Jacinto que cada vez estaba más lejos del motivo para la cual fue creada, que consistía en que los académicos generen conocimiento a través de sus investigaciones.  Pero muy por el contrario, en este centro de estudios el esfuerzo principal estaba dirigido a ganar dinero sin importarles la exigencia y  excelencia académica. Esta filosofía venía desde el dueño de la universidad que  odiaba la intelectualidad. Y esta actitud se dispersaba por toda esta casa de estudios cual virus contagiando a poblaciones enteras.
-Tú sabes que la facultad de administración tiene un director, Eusebio, que por no tener el grado de doctor, no lo pueden nombrar decano y eso lo mortifica. Pero como es amigo del dueño de la universidad, lo han nombrado director. Y cómo es la vida, de haber sido un mediocre funcionario de una empresa de aviación comercial, ahora dirige una facultad sin la menor capacidad profesional-, dijo Gerónimo.
-¿Acaso Eusebio no se esfuerza para ser un intelectual cómo le corresponde?
-No, el problema del director es que en los últimos años de su existencia no se ha cultivado intelectualmente y eso se nota por la manera como se expresa con los profesores. Los temas que toca solamente son administrativos relacionados al control de procesos pero nunca de asuntos de investigación. Jamás se le escucha hablar de una teoría ni de un descubrimiento intelectual.
-Ja ja ja ja, sabemos que eso pasa en la mayoría de universidades que se han vuelto comerciales, pues, prácticamente son un buen negocio, una especie de fábrica, pero ni siquiera eso, porque en éstas, si no eres un buen ingeniero, te vuelan al toque.
 - El problema es a nivel nacional. Y mira, para que no le hagan sombra, el susodicho se ha rodeado de una serie de incompetentes. ¿Sabías que al ayudante del coordinador del área de finanzas,  es hijo del que fue chofer en su anterior cargo?
-Ni idea, a ver cuéntame eso-, dice José con los ojos abiertos.  
-Este muchacho, de apenas veinte y cuatro años lo han nombrado profesor ordinario, a tiempo completo sin tener ninguna experiencia profesional ja ja ja,  increíble ¿no? ¿Cómo te explicas esto?
-Bueno, se podría decir que es el hijo del dueño ja ja ja ja.
-Y te sigo contando para que veas y saques tus propias conclusiones. En el área de administración, la coordinadora  se acaba de divorciar, y siempre refleja en su expresión facial un gesto de insatisfacción; tiene una nariz ancha y ojos chicos hundidos, camina de manera jorobada, siempre tiene el pelo mal pintado  y  desteñido y viste casi todos los días unos trajes antiguos con colores opacos, oscuros, tapándose siempre los brazos y el cuello, sin ningún escote, y siempre anda con unos zapatos viejos,  que nunca están a la moda como no es natural en las mujeres jóvenes. En síntesis, esta mujer no tiene pero ni un gramo de sexualidad ¿No te acuerdas de ella?
-¡Claro, cómo no me voy a acordar la manera cómo habla, pareciera que le pesa la lengua y siempre con un tono de voz deprimente! Pero eso sí, debe ser mosca, por algo tiene poder en la facultad, y tú sabes que no es bella, ni sexy, pero tiene que tener algún contacto con un peso pesado.
-¡Pero si ella ha sido mi alumna!
- ¿Y ni con esas te trata mejor que al resto?
-¡No!, eso no importa ahora. Pero lo que te quería contar es que apenas asumió el cargo de coordinadora, comenzó a hablarme de manera cortante y siempre buscando su beneficio propio. ¿Sabías que ella es hija de una señora que fue empleada de confianza en una de las empresas del dueño de la universidad?
-Ja ja ja ja increíble, de eso se trataba entonces.
-Bueno compadre, me quito porque tengo que hacer.
-Ok, mas bien, me cuentas cómo acaba esta novela, está muy interesante, la podemos llamar «la rebelión en la fábrica » ja ja ja ja.
- ¡Graciosito! ¿no? Ja ja ja ja, ¡qué buena!
Así se despiden los dos hermanos luego de charlar animadamente como era usual en ellos.
El ambiente entre Gerónimo y Tula, así como con Eusebio se volvió cada vez más tenso y hostil toda vez que Gerónimo demostraba ser más competente que los adulones del director de la facultad. Éste siempre recordaba lo que le decía su padre cuando estaba vivo «¡Hijo, en las organizaciones siempre hay mucha mediocridad y si una persona destaca por sus habilidades es visto como un bicho raro, y no solo eso, sino, es expectorado lo más pronto posible!» Pero Gerónimo, como toda persona vehemente y muy competente, quizás en demasía,  hizo caso  omiso, y siguió luchando para ganarse un lugar de prestigio en la universidad, aun sintiendo que desde hacía muchos años ya le habían puesto la puntería justamente por su competitividad, la que no era tolerada en una organización que seguía el compás del dueño, «primero el negocio y segundo, lo académico». Era cuestión de años para salir de la facultad ya sea por decisión de él mismo o de la organización la que estaba encabezada por un mercader.
Días antes que los hermanos charlaran personalmente, Tula cita a Gerónimo  a su oficina lo que le hacía presagiar un desenlace fatal. Éste ni zonzo ni perezoso  intuía lo que Tula le diría porque en los últimos años cada vez que lo habían citado, incluyendo a Eusebio, nunca fue para felicitarlo, darle las gracias por haber asistido a los congresos de escuelas de negocios y representar a la universidad  y sobre todo por el esfuerzo intelectual que desplegaba en sus clases y en todas sus actividades académicas. Siempre lo llamaron para darle las quejas de los alumnos, que exige demasiado, que no los ayuda, que los trata de manera descortés y así, cómo si el profesor estuviera a cargo del alumno, desvirtuándose la función académica y el liderazgo que debiera tener todo profesor universitario. Realmente el profesor estaba harto.
Y resultó ser lo que esperaba.  Tula lo recibe:
-Buenos días profesor.
-Hola Tula.
-Profesor, lo he citado para explicarle una delicada situación que se ha presentado en los últimos meses. Se trata de lo siguiente. Mire, hemos observado, yo y Eusebio, que su rendimiento académico ha sufrido una merma, y algunos alumnos  se han quejado manifestando que no lo entienden y por tal motivo hemos decidido ayudarlo para que pueda seguir enseñando. Para esto, tenemos que seguir algunos pasos previos. El primero es someterlo a un programa de supervisión y evaluación durante sus clases de tal manera de poder detectar los problemas comunicacionales que tiene con los alumnos.
 Gerónimo no podía tolerar semejante atrevimiento. Él suponía que el fin era sacarlo de la universidad y no solo eso, sino humillarlo, bajarle su autoestima, convencerlo que estaba enseñando mal y por último decirle que ya no querían sus servicios y que sería reemplazado por otro profesor.
-Ok Tula, dame unos días para pensarlo y contestarte -dijo Gerónimo de manera muy calmada, más de lo normal aun teniendo en consideración la tensión entre ambos personajes,  pero pensando dentro de si «¡esta es una maniobra perfecta para sacarme de la universidad creando todo un ambiente ficticio, pero no caeré en su juego, de ninguna manera voy a permitir que esta chola de mierda me maltrate!»
- Profesor, tómelo como una ayuda, ya se ha aplicado a  varios profesores y los resultados han sido magníficos, pues, han mejorado enormemente. Creemos que a usted le haría mucho bien, ¡anímese! Lo que si, por favor, no se demore porque tengo que cuadrar los horarios.
-No te preocupes Tula, pierde cuidado, como máximo, en un par de días te contesto, ¿está bien?
-Muy bien profesor, ya que insiste, así quedamos –le contesta la coordinadora.
 Gerónimo hizo las consultas del caso con su familia y amigos y todos le aconsejaron que no permitiera aquella humillación disfrazada de evaluación pedagógica. 
Gerónimo, luego de dos días, le envía un correo a Tula diciéndole:
-Estimada Tula, por medio de la presente he decidido no dictar clases este ciclo por razones personales. En tal sentido, mucho te agradeceré que no me consideres. Más bien, si me necesitan el siguiente ciclo, me avisas. Saludos. 
Al día siguiente Tula le contesta por el mismo medio con el siguiente párrafo:
-Profesor, es imposible volverlo a llamar a menos que sea evaluado nuevamente como si fuese un profesor nuevo, pues, le damos una última oportunidad para que pueda seguir enseñando. Caso contrario, se le complica la posibilidad de retornar como profesor. Espero su respuesta lo más pronto posible.
Gerónimo leyó el correo y decidió no contestar porque pensaba «que se cree esta huevona, que me va a venir a amenazar, que se vaya a la mismísima mierda»
Luego de unos días, y al  no haber respuesta de Gerónimo, Tula lo llama a su casa.
- Buenos días, por favor ¿está el profesor Gerónimo?
- Buenos días, espere un momento por favor, voy a ver si está, creo que ha salido -contesta la mujer de Gerónimo, y en voz baja y tapando el fono le  dice a Gerónimo -¡te llama Tula!, ¿qué le digo? 
Gerónimo, que estaba leyendo animosamente su periódico favorito, la parte de negocios, levanta la cara, y con la vista por encima de su montura de lentes, mira a su mujer frunciendo el ceño y grita con voz fuerte y clara:
-¡Dile a esa cojuda de mierda que no quiero hablar con ella!
Fue así que se cumplió lo que Gerónimo  de alguna manera sentía en lo más hondo de su ser. Un sentimiento que fue madurando con el pasar de los años. El rompimiento era inevitable. Finalmente él acabó diciéndole de una vez por todas a la coordinadora que no aceptaba sus condiciones para seguir enseñando en la universidad.

Loco por Wilson

Clara Pawlikowski

         Su mujer y sus hijos no se cansaron de darle razones para evitar que se fuera, le dijeron que no se iba a acostumbrar, que aún le faltaba educar a sus hijos menores, que era una irresponsabilidad de su parte. Arturo Ríos no escuchaba, se limitó a informarles que se iba y que no sabrán más de él.
         Antes de realizar ese anuncio, metió en una pequeña mochila  un par de polos, un jean y su laptop. Allí estaba todo lo que le interesaba: sus cuentos. Por ellos había podido soportar su vida seca y sin mayores altibajos en su trabajo del ministerio, apuntando a las personas atendidas en los servicios de salud, haciendo estadísticas año tras año.
         Arturo  vivía obsesionado con su cuento sobre el Wilson, noche a noche quería encontrar, aunque sea en sueños, un final contundente, quería de ese modo impresionar  al jurado del COPE, llevaba varios años intentando el premio y no conseguía ni siquiera llegar a finalista. Este premio dado por la Petrolera Estatal, era uno de los premios apetecibles a nivel nacional para todos los cuenteros.
         Por esto decidió buscar refugio en la selva, quería estar cerca de todo lo que se imaginaba y era materia de sus cuentos. Pedro, otro de los miembros del taller, lo consideraba un experto en cuentos de selva, un oidor fino de gazapos, bastaba que Arturo  tintinee suavemente con una cucharita su copa de vino para llamar la atención de su cansancio de escuchar errores y esta sutileza era captada de inmediato por Pedro que se plegaba a las observaciones del colega.
         Poco antes de partir Arturo, participó en una reunión para juzgar uno de mis cuentos. En esa ocasión, Arturo  al ser preguntado del porque de su tintineo, arrancó con una perorata que ni él se comprendía, la repetición decía pero no explicaba cual repetición; la descripción del personaje está confusa, pero no precisaba a cual personaje se refería, todo hacía pensar que se había dormido durante la lectura. Cuando ya no tenía nada que decir Pedro dio por terminada la ronda de comentarios y nos sirvió helados. Si, helados para bajarnos la temperatura, enfriar los ánimos y, sobre todo para justificar los siete soles que yo había pagado en el taxi para llegar a tiempo ávida de encontrar alguna ruta concreta para mi cuento.
         Hablemos de Arturo: es blanco, podíamos decir que nunca le cayó un rayo de sol en su  cuerpo, es como la leche y su cabello está totalmente blanco, sin embargo no sé si esa blancura se deba a canas o porque es rubio tipo albino. Ahora se nota en su cabeza grandes espacios transparentes con fondos rojizos como en una calvicie prematura.
             El color de su piel, sus ojos celestes y la gran pilosidad de sus brazos nos hacen pensar que Arturo  viene de alguna mezcla un poco rara de esas que ocurren en nuestro país. Tiene bastante de ario o es el resultado de alguna mutación genética, porque si analizamos su procedencia, su apellido Ríos no nos dice mucho, quizás su apellido materno sea Beckenbauer o Rashmaninoff. Ahí dejamos esa posibilidad.
         Voy a conectarme con Jaime Tejada, un amigo que se ocupa de genealogía para que investigue, él se sentirá feliz que sus aportes sean ansiosamente esperados para definir cabalmente a nuestro personaje. Digo esto porque Arturo  Ríos, haciendo una parada de rigor en su huida a la selva mandó un correo a todos los integrantes de la mesa negra, nuestro taller de literatura, con cuatro páginas de indicaciones precisas para describir a los personajes en los cuentos, si las sigo, quizás convierta este cuento en una novela.
         Ustedes se preguntarán que es eso de la mesa negra, voy a desviarme un poco del tema pero para que conozcan mejor al personaje de este cuento siento que estoy obligada a decirles algunas palabras sobre este grupo. Grupo quizás no, personas que se juntan con relativa eventualidad y tienen en perspectiva ser famosos algún día escribiendo cuentos, algunos ya ganaron premios nacionales pero aspiran a alguno mayor, me refiero de renombre internacional, claro nadie lo dice pero está cantado que quisieran alcanzar el Nobel.
         El mentor, jefe y guía acoge a estos cuentistas y da el material detonador para escribir los cuentos. Algunos salen fáciles como con vaselina, otros como este cuestan algunas solitarias tardes buscando a quien seguir: a Arturo  Ríos, el personaje que se escapa a la selva o al maestro de la mesa negra.
         Volvamos sobre Arturo  Ríos, me gusta recordar sus facciones mientras se concentraba para escuchar mi cuento; me fascina sentir aún en mi memoria los golpecitos en su copa de vino, por eso con gran respeto a esos recuerdos y de alguna manera provocativa, ya que quisiera volver a escucharlos, voy a decirles que escribo este cuento escuchando La Valquiria. Es una ópera larga, grabada en tres discos compactos.
         Wagner escribió La Valquiria como parte de una tetralogía, le llevó veintiséis años escribirlas, desde sus esbozos en prosa en 1848 hasta los retoques finales de la partitura del Ocaso de los Dioses, la última de ellas, en 1874. Una empresa genial pero agotadora cuya presentación en cuatro veladas demora quince horas. Wagner deseaba producir algo que lo liberase. De allí la analogía con Arturo, nuestro personaje, que espera también liberarse de sus obsesiones sobre El Wilson, pero lo quiere de inmediato, no trabajar 26 años como Wagner.
         Basta de disimular mi distracciones sobre Arturo  Ríos, ya dijimos algo sobre su físico pero no todo, hablé de sus canas pero no dije que su cabello es liso; no es miope, usa gafas para leer como todo cincuentón; viste “normal” como diría mi hija, es decir pantalón de dril en colores claros, camisas a cuadros y una chamarra que la lleva sobre los hombros, nunca lo vi ni con casacas de cuero ni con gomina en sus cabellos.
         Si adivinaría sus problemas de salud diría que tiende a ser un tipo estítico, porque se guarda muchas cosas, pienso que recibió seguido varias nalgadas de sus padres y de allí sus temores a expresarse. Es un buen amigo. Por las mañanas al levantarse intuyo que ronronea por la casa aún sin sacarse las legañas.
           Le gustan las mujeres, digo esto porque su pareja no sólo está devastada por la fuga de Arturo  sino porque encontró muchas cartas comprometedoras que olvidó destruir antes de su  partida.
            En cuestión de mujeres, en un bar por ejemplo, Arturo  se limitaría a mirar su entorno y beber, él ya tenía suficiente con su mujer, sus hijas, su secretaria y la chica que le tipiaba sus cuentos.
           Esta última era una chica joven que trabajaba en un estrecho corredor lleno de tiendas que ofrecen diversos servicios cerca de su domicilio. Ella copiaba correctamente sus cuentos, tenía una excelente puntuación y gramática. De ese modo, Arturo  presentaba impecable sus cuentos y el maestro siempre los ponía de ejemplo: por el ancho de la caja, por las separaciones entre líneas, por el acomodo perfecto de cursivas, en el uso de las barras antes o después de iniciado el diálogo.
                Arturo  nunca daba crédito a esta joven  cuando recibía los halagos del profe. Con esta señorita salía de tanto en tanto cuando le sobraban algunos cobres. Bueno digamos “salía” para no entrar en detalles que quizás ni él mismo estaría dispuesto a contar.
              No fuma ni juega fútbol, es zurdo y tiene pie plano o sea que desde chico sólo miraba desde la banca cuando sus amigos sudaban con la pelota. Eso sí, nadie le convencía que ver a Magaly era una pérdida de tiempo, se sentaba todas las noches religiosamente y miraba el programa acompañado de una cerveza. Magaly se había ganado el rechazo de una parte de la población por los chismes faranduleros subidos de tono de su programa, la mujer de Arturo  estaba en este grupo.
         Cuando fue joven, Arturo  militó en Patria Roja, uno de los partidos de la izquierda unida, era el agitador de su distrito, durante los mítines previos a la candidatura de “Frejolito” era el que llegaba temprano a los lugares de las concentraciones  y con un micrófono portátil arengaba a los raleados asistentes. Todos le aconsejaron que se cuide; seguro aparecía, le decían muchos, en todos los videos de seguridad del Estado y podrían meterlo preso por subversivo. De ese modo, camuflado en su puesto de servidor público, se pasó toda la dictadura de Fujimori sin “hacer olas”.
         Bueno, si falta que les diga algo sobre Arturo  Ríos les diré al final del cuento, porque estoy atrasada en su recorrido, él salió la semana pasada de Lima. Sabía que por su color no iba a pasar desapercibido, en la selva no hay nadie como él.
         Por eso cuando llegó a Callería, a tres horas bajando el río Ucayali desde Pucallpa y se enfrentó con el jefe nativo, lo miraron sin mayor interés, creyeron que era uno más de esos gringos que vagan por la selva buscando aventuras con el ayahuasca o con las ribereñas.
         Arturo  les manifestó su deseo de quedarse, hasta les dijo el nombre nativo que le gustaría tener y todos lo observaron con asombro, las mujeres lo hicieron con picardía, lo miraron por todos los costados y cada una le trajo un pate de masato fermentado. Lo emborracharon y lo dejaron tirado en el lodo.
          Arturo  llegó en época de lluvias, el río estaba crecido y el agua estaba muy cerca de las casas. Permaneció adormecido durante todo un día, cuando despertó se sintió desorientado no vio a nadie.
         Buscó a los nativos de casa en casa, la cabeza le daba vueltas, había ingerido demasiado masato y no podía mantenerse en pie. Se encontró cara a cara con Wilson, no supo que decirle, se palpó el bolsillo trasero del pantalón buscando su libreta de nota con los posibles diálogos, sólo sintió la masa gelatinosa del barro que lo cubría. Entonces, quiso huir. Un fuerte sacudón del camión en que viajaba lo despertó súbitamente, aún no llegaba a Pucallpa.
         Cómo hay un compromiso con Arturo  de enviarle mi cuento para que lo lea y critique a su llegada a Pucallpa, debo finalizar diciendo que aunque La Valquiria en su época agitó al mundo burgués presentando pasiones irresistibles, amores adúlteros e incestuosos, a mi me acompañó esta tarde plácidamente rememorando a Arturo  y sintiendo el tintineo de su copa.

Almas encontradas

(nueva versión)
Ricardo Ormeño


                 Jorge se encontraba pensativo y algo cansado, el día en aquella emergencia se había cargado de tensión, la adrenalina siempre presente jugó un papel preponderante una vez más, no sólo en él sino en todo el personal, tal vez por ello la suculenta cena que minutos antes había disfrutado muy rápidamente, solo y sentado en aquella mesita de la habitación destinada para los médicos de guardia, como ganando cada segundo de tranquilidad, no era precisamente la mejor técnica para evitar una gastritis, pero él, siempre recordaba las enseñazas de sus maestros.-¡Doctores …siempre que tengan tiempo libre aprovéchenlo al máximo, no descuiden sus alimentos y duerman todo lo que puedan, porque  nunca sabrán con exactitud cuando podrán hacerlo! -sentenciaban aquellos viejos profesores.

                 Decide alejarse un poco de aquel ambiente frío, paredes de color gris siempre limpias y con un brillo muy especial que solamente logran las mayólicas europeas; ve el oscuro pero grande jardín y se anima a dar un pequeño paseo en la penumbra. Jorge, no te olvides que eres médico y no deberías fumar. De pronto su placentera meditación se ve interrumpida por aquella voz que emanaba por todos los rincones de la clínica.

-¡Doctor Frías…doctor Frías…acercarse a emergencia! –ordenaba muy sensualmente aquella fantasmal dama. Jorge avienta rápidamente la colilla al césped la pisa enérgicamente y acude casi trotando a aquel ambiente gélido y reluciente.
    
                 Aurelio se encontraba preocupado y a la vez desconcertado, por un lado la felicidad le embargaba, había podido comprar ese día , su primer auto, aquella vieja máquina inglesa, por ello estaba emocionado no importándole que sus amigos no deseen subir a ella por lo vieja, de apariencia algo deteriorada y de color mostaza y tono muy bajo opacado por los años, sin embargo no eran detalles importantes, pintura y uno que otro arreglo serían más que suficientes, al fin y al cabo sabía que cualquier máquina motorizada obtenida por un universitario de último año, era siempre bienvenida. Definitivamente ésa no era su preocupación, pero sí Carolina, su novia, quien se encontraba sentada a su lado y no hablaba, sólo se limitaba a levantar su mano derecha llevando a su boca  un trozo de chocolate para luego volver a dirigirla a ese gran paquete entre sus piernas y romper bruscamente otro trozo para devorarlo de igual manera. Los novios no se hablaban, no festejaban la adquisición de aquel singular auto, tan sólo esperaban encontrar el momento y el lugar para tratar sus diferencias.

                 Fabio Brescia, importante arquitecto en alguna época, se encontraba disfrutando, del retiro de las grandes construcciones, así como también de las actuales comodidades que sólo le podían ofrecer una gran casa, bien amoblada y en una prestigiosa zona residencial, sin embargo su tranquilidad en horas de la noche siempre se veía interrumpida por temores propios de una ciudad insegura y los veinte cigarrillos eran sus únicos aunque temporales aliados.
 
                 Aurelio llegaba a su destino, el nuevo domicilio de Carolina, y el tiempo se le terminaba, así que decide estacionar su viejo vehículo, tres casas antes y debajo de un gran árbol donde intenta romper el hielo.

-¿Me invitas un poco de tu chocolate? , sabes que son mi pasión –preguntó Aurelio.
-¡Claro que sí! -respondió Carolina tratando de ocultar su deseo de sonreír.

                  Transcurrieron los minutos y las diferencias se fueron disipando paulatinamente y con ello aparecieron los abrazos, los besos, las palabras de amor, cariño, dedicación y fidelidad creando una atmósfera de real y verdadera pasión.

                               El otrora famoso arquitecto toma su celular rápidamente y realiza una llamada sumamente ansiosa a su hijo.
-¡Carlos!... ¡Carlos!... ¡Aló!... ¡Aló! –llamaba Fabio desesperado cogiéndose la cabeza con una de sus manos sin dejar de fisgonear por la gran ventana de la sala.
-¡Sí papá!... ¿Qué pasa? –respondió inquieto su hijo Carlos.
-¡Están allí!... ¡Están allí!... ¡Han vuelto! –informaba escuetamente el arquitecto.
-¡No hagas nada papá!... ¡Voy para allá! – ordenó nerviosamente el vástago del edificador.
-¡No hijo!... ¡No hay tiempo!... ¡Esta vez no va a pasar!... ¡Una vez más…no! –respondió Fabio poderosamente cortando la comunicación.

                  Aurelio y Carolina se encontraban reconciliados, había bastado unos treinta minutos para enroscarse en apasionadas caricias, conversando acerca de sus planes para el fin de semana próximo. Así Carolina lo invita a culminar el recorrido y entrar a su nueva morada donde le prepararía los langostinos al horno que tanto le gustaban, es entonces que Aurelio decide encender su viejo auto el cual se porta a la altura de las circunstancias, arrancando las risas de la simpática pareja. De pronto la felicidad de aquellos jóvenes se ve interrumpida por la estrepitosa aparición de un gran vehículo saliendo del garaje de una casa próxima, desde donde se oyen dos disparos  impactando uno de ellos en la luna posterior del coche de Aurelio logrando romper el vidrio y salpicando por todas partes los gruesos restos de aquella antigua luna. -¡Acelera Aurelio que nos matan!... ¡Nos matan! – grita Carolina.

                 Aurelio pone en movimiento su querida máquina pisando a fondo el acelerador, logrando llegar a la esquina más próxima cuando al girar, su puerta  es alcanzada rápidamente por cuatro atrevidos proyectiles.
-¡Mi pierna!... ¡Le dieron a mi pierna! –advierte Aurelio desesperado.
-¡Acelera Aurelio por dios! –suplica Carolina.
-¡No puedo!... ¡No puedo! -responde Aurelio mientras estrellaba su auto contra un poste de alumbrado público al no poder controlar ni el vehículo, ni su pánico.

      El pequeño coche es entonces alcanzado por el vehículo agresor desde donde hace su repentina aparición, el extraño conductor que no duda en correr hacia ellos.
-¡Nos matan Aurelio!... ¡Nos matan! –grita Carolina llorando desesperadamente.
-¡No puede ser! …¡Perdónenme!… ¡Perdón!... ¡Ha sido una equivocación! –suplica el terrorífico personaje.
-¡Está loco!... ¡Este viejo está loco! –afirma Aurelio con angustia.
-¡Maldito…maldito loco! –sentencia nuevamente Carolina sollozando desconsoladamente.
-¡Debo llevarlo a la clínica!... ¡Rápido…no hay tiempo!... ¡Allá arreglamos todo esto!... ¡Por favor debo llevarlo!... ¡Vamos ya! –implora repetidamente el agresor.

                          La emergencia de la clínica Santa Felicia se hallaba tranquila, el joven médico que se encontraba sentado en su escritorio sólo atesoraba en su mente terminar de jugar con el caramelo de mentol que mantenía en su boca y disipar al máximo aquel aroma a tabaco, cuando de pronto siente el fuerte sonido metálico de aquella puerta batiente que lo obliga a precipitarse hacia ella encontrando en la camilla al joven universitario herido de bala.
-¡Está loco doctor!... ¡Está loco doctor! –exclamaba Aurelio con ojos desorbitados.
-¡Calma…calma!... ¡Ya estas aquí!..¡Y no estoy Loco! –bromeó el doctor Frías, logrando arrancar una leve sonrisa a Jorge.
-¡No doctor, el viejo que está allí!  -exclama tratando de levantar la cabeza con mucha incomodidad.

                            En medio de tanto alboroto en la emergencia de aquella institución de salud, perteneciente a una antigua  congregación de religiosas europeas, aparece la hermana Cristina encargada de ese servicio, algo encorvada, con su hábito blanco, siempre con aquel brillo tan especial que emanaban de sus intensos ojos azules, se dirige pausadamente hacia la oficina principal después de haberse cerciorado que Aurelio era bien atendido y que se encontraba  en rayos X. Al acercarse al despacho levanta la mirada con dificultad y sonríe.
-¡Don Fabio!... ¡Que gusto ver por aquí a nuestro vecino! –saludó la hermana casi susurrando como era su costumbre.
-¡Hermana!... ¡He cometido una locura!… ¡Una grave equivocación! –responde el arquitecto realmente atormentado pasando a narrarle velozmente los hechos con lujo de detalles a Sor Cristina.
-¡No se preocupe, hable con el doctor Frías primero…necesita sus datos! –interrumpe la hermana con la serenidad que la caracterizaba.

                            El doctor Frías contempla detenidamente la radiografía frotándose su gruesos bigotes como acariciándolos y se siente tranquilo al observar que la bala de pequeño calibre se encontraba en el muslo izquierdo habiendo alcanzado sólo tejidos superficiales, parecía que la cantidad de chocolates ingerida por Aurelio durante años le había servido para crear un interesante acolchado de tejido graso, no sólo en sus muslos sino en todo su cuerpo. Así que el doctor ante la presencia de Fabio Brescia, lo saluda y lo hace pasar a su gabinete quien ahora, después de disparar como loco, se encuentra realmente confundido y asustado.
-¡Señor. Brescia!… ¿Qué fue lo que sucedió? –preguntó el galeno tratando de imitar la mesura de la hermana cristina.
-¡Mire doctor, hace como un año fuimos asaltados mi familia y yo, robaron todo lo que pudieron de nuestra casa!... ¡Estuvimos amordazados durante varias horas!... ¡Fue horrible doctor!.... ¡Mi familia aterrada!... ¡Podían matarnos!… ¡O violar a mi hija!... ¡O…a mi esposa! –narraba subiendo el tono desesperadamente el arquitecto.
-¡Muy bien señor Brescia! y ¿Hoy qué pasó? –intervino el doctor tratando de llevarlo a los hechos acontecidos esa noche.
-¡Distinguí por la ventana que un auto muy sospechoso  se detenía a varias casas de la mía y pensé que podían ser ellos de nuevo! –acoto Fabio moviendo su cabeza de un lado a otro.
-¿Quiénes ellos? –preguntó Frías examinando con su mirada cada gesto del desdichado Brescia.
-¡Los que nos asaltaron hace un año! …¡Fue igual un auto viejo nos observó por varios días! …¡y no  podía permitir que vuelva a pasar aún encontrándome solo esta vez!... ¡Tenía que detenerlos como sea y evitar esa tragedia a mí o a otras familias vecinas! –explicaba totalmente convencido de sus actos el arquitecto.
-¡Bien no se preocupe, felizmente no es nada grave, vendrá el cirujano y atenderá al muchacho, gracias por su información y espere afuera por favor! –solicitó el doctor muy calmadamente.

                  De pronto irrumpe bruscamente Carlos, hijo del arquitecto quien abraza fuertemente a su progenitor.
-¡Papá! …¿Qué has hecho? …¡Te dije que no salieras! –cuestionaba a su padre totalmente desesperado.
-¡Tenía que hacerlo hijo!… ¡No iba a permitirlo otra vez!… ¡Y tú lo sabes! –respondió ofuscado Fabio.
-¡Ay papá! –responde Carlos acariciando a su padre y llevándolo hacia una pequeña sala de espera.

                   El doctor y la hermana Cristina se encontraban al lado de Aurelio y su novia Carolina estos últimos ya un poco más  tranquilos se encontraban a la espera de la llegada del cirujano que extraería la bala. La tan esperada tranquilidad es ferozmente interceptada cuando se oye como si se rompiera una puerta, un hombre alto corpulento de unos sesenta años de edad, atropellaba a todos incluso a los guardias de seguridad logrando ingresar a la sala de emergencias a empellones.
-¡Dónde está ese maldito!.... ¡Yo lo mato! –advertía aquel personaje alzando su brazo derecho empuñando una pistola.
-¡Papá!... ¡Nooooo! –grita desesperado el herido Aurelio al ver a su padre, el cual es rodeado por todos los lados, derecho, izquierdo  arriba y abajo por guardias, enfermeras, el doctor frías y hasta la religiosa, todos tratando de evitar una desgracia mayor. Hasta que logran calmarlo lo suficiente como para sujetarlo contra la fría pared despojarlo del arma y lograr que acepte tomar un ligero sedante.

-¡Mire hermana!… ¡La verdad es que! –exclama el padre de Aurelio, siendo interrumpido.
-¡No se preocupe!... ¡Vaya con el doctor Frías a la oficina! –acotó la hermana en su particular tono bajo y calmo.
-¡Tome asiento! …¿Su nombre por favor? –preguntó Jorge.
-Federico Aramburú –respondió el avergonzado padre de Aurelio.
-¿Qué le sucedió señor Aramburú? –interpeló el médico.
-¡No lo sé doctor, sólo es que no iba a permitir que pase otra vez! –comentó Federico.
-¿Qué pase que cosa señor? –demandaba muy suavemente el doctor empezando a percibir un sonido algo familiar en esas declaraciones.
-¡Aurelio es mi único hijo doctor ¡…¡Es lo único que me queda!...¡A mi esposa la perdí hace dos años …sufría de Cáncer! …y…. ¡A mi hija también la perdí!..¡La perdí!….¡Murió!...¡Murió!….¡Murió en una balacera en la calle!... ¿Me entiende?… ¡Por favor! … ¡Ella no tenía que morir!... ¡Venía en su auto desde la universidad y se cruzó con una balacera infernal!... ¡Doctor ayúdeme se lo suplico! –rogaba Federico acongojado.

                 Un año después el doctor Frías se encontraba soportando el intenso frío nocturno en aquel gran jardín de la clínica Santa Felicia, el día de trabajo una vez más había sido muy duro y él prefería aprovechar esos minutos valiosos de tranquilidad para fumar un cigarrillo, siempre a escondidas. Una bella voz pero invariablemente algo fantasmal resuena por todos los rincones de dicho nosocomio.
-¡Doctor Frías!... ¡doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia!-ordenaba una vez más aquella sensual voz femenina. Jorge avienta la colilla de cigarrillo y corre hacia la emergencia acompañado del escalofriante sonido de una sirena producido por la apresurada ambulancia que acababa de arribar. Entra a la emergencia empujando intensamente las puertas batientes como si estas fueran un obstáculo para llegar a la meta y encuentra en la camilla a Federico Aramburú, padre de Aurelio , quien recordando al viejo arquitecto que desde hacía buen tiempo se encontraba en una casa de reposo, vigilaba ahora constantemente las solitarias calles de su vecindario en las frías noches de invierno, misión que se le había ocurrido cumplir de manera voluntaria desde la ventana de su hogar luego de comprender, con el paso del tiempo, que el terror que había sufrido el famoso arquitecto, no era algo solamente atribuido a los orates, sino un peligro real y latente, es así que logrando divisar aquel día un auto en las sombras, estacionado a escasos metros de su casa y ante la demora de la llegada de la policía, decide acercarse para sugerir que se movilice el extraño vehículo de aquella área. Al aproximarse apresuradamente al misterioso coche, dos metros antes observa como se desliza la luna de la ventana posterior de donde se escupe una intensa y repentina luz acompañada de un estruendoso ruido, fogonazo que rasga la oscuridad produciéndole un intenso ardor en el vientre, ardor que se convertiría una hora más tarde en una mortal herida.

martes, 6 de septiembre de 2011

Cuando Cayó… en depresión

(nueva versión)
Ricardo Ormeño


La mañana transcurría normalmente en aquel gran hospital que por su modernidad y su tan alardeada y publicitada construcción antisísmica, era de la atención no sólo de todo el distrito sino de quizás toda la provincia. Jorge Frías aquel médico cirujano, bonachón, obeso y mujeriego, se encontraba en el consultorio que le habían asignado para esa mañana; siempre en el sótano, frío y algo húmedo pero él, caracterizado por ser algo caluroso, sentía que la temperatura era adecuada para poder soportar ese grueso mandil blanco. Sentado como de costumbre en el mismo escritorio de metal contemplando frente a él, mientras  frota con los dedos sus espesos bigotes como si quisiera peinarlos, una mesa de curaciones con distintos frascos todos muy parecidos pero con etiquetas donde se podía leer, alcohol yodado, bencina, jabón líquido, merthiolate entre muchas más, destinadas a las curaciones de las distintas heridas, creando una divertida gama de colores y de aromas que invadían totalmente el ambiente. A su izquierda una larga camilla precedida por un biombo de color blanco, significaba para él las distintas batallas libradas en aquel mueble con alguna que otra enfermera de turno y ahora, Laurita, la joven y nueva licenciada de piernas impresionantes, tenía a Jorge recorriendo con la mirada todo el ambiente como preparándose imaginariamente para la nueva batalla que tendría que librar una vez más, eso sí, terminado su sacrificado turno de trabajo. Eran las diez de la mañana y a Jorge le faltaba atender más de veinte pacientes trataba de curarlos a todos con la misma simpatía y prontitud arrancando sonrisas en la mayoría de ellos y logrando que el tiempo no le gane, cuando de pronto la rutina de aquella mañana se vio interrumpida por un estrepitoso ruido, los pacientes, médicos y enfermeras se sobresaltaron, una de ellas, Laurita cogió rápidamente una silla y parándose encima trató de observar por la pequeña y alta ventana sin percatarse que sus bellas piernas producían una mirada fija en el doctor Frías. Laura se esforzaba por fisgar detenidamente, pudiendo advertir sólo un tumulto de gente rodeando algo, Carlos Venturo era ese algo y esa mañana había decidido quitarse la vida ingresando furtivamente al nosocomio y dejándose caer desde el quinto piso, logrando alcanzar el jardín vecino a la vereda. La inmensa tristeza que sentía el desventurado individuo, lo acorraló, el haber sido abandonado por su joven esposa realmente lo había matado.



               A la mañana siguiente Carlos se hallaba hospitalizado en el séptimo piso con las dos piernas totalmente enyesadas y contusiones por todas partes, aún mantenía esa barba de siete días, el cabello ondulado, desordenado y luciendo una que otra cana que hacía pensar que Carlos pasaba los cuarenta. Dado su grave estado tanto físico como psicológico, fue internado en una habitación unipersonal. Dos días después, Carlos se encontraba en tratamiento médico completo, incluyendo un psiquiatra y el padre José, joven párroco del hospital quien se acercó a él como lo hacía todas las tardes con todos los pacientes graves. Luego  de la confesión vino la bendición y finalmente una corta conversación de tal manera de ahorrar un poco de minutos para otros pacientes, sin embargo a pesar de lo breve de la visita,  el párroco percibía que sus palabras surtían el efecto deseado.
-¡Padre… no volverá a pasar!... ¡Se lo prometo! –casi susurraba Carlos totalmente arrepentido no sólo por su acción sino por las molestias causadas al personal y al hospital entero.
-¡Lo sé hijo!... ¡Lo sé!… ¡Dios está contigo! –animaba el padre José observándolo con mucho pesar.
-¡Nunca pensé que me dejaría padre!... ¡Era toda mi vida!... ¡El dolor es muy grande padre! -afirmaba Carlos mientras las lágrimas empezaban a correr por sus blancas mejillas.
-¡Lo importante es que Dios te ha salvado Carlos!... ¡No olvides eso nunca! …¡Además no tienes hijos!… ¡Pero podrías tenerlos en el futuro y necesitarían de un papá fuerte y decidido! -sentenciaba el párroco.
-¡Así es padre, gracias! -respondía Carlos tímidamente.



      El padre se alejó dejando detrás suyo a aquel desdichado hombre tendido en aquella cama envuelto en vendas elásticas y de yeso, sueros, cables emergiendo como tentáculos desde aquellos monitores; encerrado e inmovilizado con esas especies de ataduras, como obligado a que su trajinado cuerpo descanse, aunque su mente despierta aún en sueños trabaje las veinticuatro horas del día.



    Habrían pasado dos semanas del accidente cuando un grupo de enfermeras que realizaban la visita a todos sus pacientes, siempre muy temprano y antes de las ocho de la mañana, llegaron a la habitación de Carlos y se percataron que no se encontraba en su cama, inmediatamente corrieron al baño y sin poder abrir la puerta,  gritaron su nombre repetidas veces mientras golpeaban la madera fuertemente. Al no obtener respuesta alguna la desesperación  se apoderó de los presentes, peor aún cuando perciben que debajo de esa misma puerta de pulcro color blanco corre un hilo de sangre que pretende ensuciar los zapatos de las desesperadas licenciadas de la salud. La voz de emergencia fue propalada tanto por intercomunicadores, parlantes, como por intensos gritos en los pasillos que al producir estos últimos un rápido y veloz efecto, atrajeron la presencia del personal de limpieza más cercano quienes sin titubear y rompiendo la cerradura encuentran a Carlos tendido en el suelo, el cual es llevado de inmediato a la sala de emergencias donde sus venas serían atendidas y suturadas minuciosamente  por el doctor Frías.



     Al día siguiente Carlos es confesado nuevamente por el clérigo José quien con mucha paciencia y cariño le ofrece su ayuda y la de Dios.
-¡Hijo mío, no te derrumbes!... ¡Confío en tu fortaleza!... ¡Confía en la fortaleza de Dios que está para ayudarte! -implora el párroco con aquel tono suave y apaciguador.
-¡No sé que me pasó padre!... ¡Mi cabeza me daba vueltas!... ¡Algo dentro de mí me angustiaba y me venían ideas horribles padre! -sollozaba Carlos desconsoladamente.
-¡Carlos eres hijo de Dios y sólo él puede quitarnos la vida! -afirmaba el sacerdote sin perder su peculiar entonación.
-¡Lo sé padre, no volverá a ocurrir… se lo prometo! -aseguró Carlos luego de un profundo respiro.



     Una semana después el Dr. Frías caminaba con un grupo de alumnos;  sin ser profesor de ninguna universidad, se encargaba de cubrir, con mucha alegría y sana voluntad, a su jefe, cuando éste se encontraba en sala de operaciones. La mañana para él era estupenda no por encontrarse rodeado de alumnos y poder demostrar sus virtudes pedagógicas sino más bien por encontrarse a su lado Laurita ahora su enfermera, asistente, amiga, compañera, pero nunca hermana. Mientras  realizan la visita a cada uno de los pacientes el alegre doctor no deja de pellizcar de vez en cuando a su joven asistente de cautivantes piernas quien sólo se limita a sonreír. Jorge…Jorge…como disfrutas de tu soltería. Por último llegan a la habitación del paciente Venturo quien aún con vendas en las muñecas,  sin olvidar  los impresionantes yesos en la totalidad de ambas piernas, los saludó muy afectuosamente.
-¡Qué tal doctor!... ¡Que alegría verlo por aquí! -exclamó Carlos con cierta alegría y entusiasmo ante la admiración de los presentes.
-¡Hola Carlitos…te veo muy bien!... ¡Espero que tus muñecas también!... ¡Vamos a curarlas en estos momentos! -acotó alegremente Jorge mientras su mente se encargaba de elogiar efusivamente a los antidepresivos de última generación.
-¡Gracias doctor, gracias a todos por venir! -respondía Carlos con entusiasmo.
-¡Mira Carlitos, como te veo mucho mejor, afeitado y peinado te voy a prestar a Laurita para que te revise la cicatriz por mí!... ¿Te parece? -propuso el bonachón doctor tratando de consolidar el buen ánimo de su paciente.
-¡Muy bien doctor, gracias! -respondió Venturo sin titubear.



            Veinte días después el doctor Frías caminaba nuevamente con sus alumnos muy temprano en la mañana, cuando al pasar por la puerta de la habitación de Carlos, decide entrar y darle una visita rápida. No había terminado de abrir la puerta cuando  su asombro se dibujo inmediatamente en su rostro al observar dos piernas totalmente enyesadas siendo arrastradas lenta y sigilosamente, gracias a la fuerza de los brazos del empecinado paciente, hacia una metálica pero ligera silla cual soldado cumpliendo una importante misión. El doctor Jorge Frías hizo, gestos a sus alumnos para que no hagan ruido alguno y una sutil  invitación para que se retiren unos metros atrás quedando el cirujano con la puerta disimuladamente entreabierta observando y analizando minuciosamente los movimientos de aquel desdichado. Carlos ya había hecho mucho en lograr bajarse de aquella alta cama de hospital donde hasta hacía una semana se había encontrado sedado y atado a su lecho. Frías deja que la acción transcurra comienza a experimentar una curiosidad científica, morbosa, psiquiátrica, saber hasta donde llegaría el pobre infeliz, ¿Coger la silla y empujarla hasta alcanzar la ventana? No resistiría su peso. Jorge a pesar del espanto de sus discípulos logra mantenerlos a raya…Frías espera con paciencia de cazador hasta que se percata que Carlos ha llegado  hasta el ventanal  empujando delicada y pacientemente su silla hasta que la meticulosidad de sus movimientos cesan apareciendo un rápido, brusco y ruidoso esfuerzo con sus brazos para erguirse e inclinarse hacia la venta, el galeno da la señal a sus casi obligados cómplices y corren velozmente sujetando inmediatamente al suicida cogiéndolo por los brazos, tórax, cabeza hasta las piernas enyesadas con tal de tratar de impedir que el cuerpo caiga desde una altura de siete pisos. El popular Carlos que ya era conocido por todo el personal que trabajaba allí, fue visitado nuevamente por el joven párroco.
-¡Hijo mío!...-saluda el cura siendo interrumpido.
-¡Lo siento padre!... ¡No fue mi intención!... ¡Fue sólo una recaída! …¡No volverá a pasar!... ¡Se lo juro padre!... ¡Se lo juro! -suplicaba el desdichado moviendo su cabeza de lado a lado con angustia y exasperación.



            Dos meses después Carlos fue dado finalmente de alta, sus piernas quedaron prácticamente como nuevas, sus confusiones y tormentos  parecían cosa del pasado, él volvía a trabajar y en sus horas libres se había comprometido con el padre José para asistir con él a las psicoterapias y poder así no sólo ayudarse así mismo sino a todo aquel paciente que se encontrara en su trágica situación. Hasta que una mañana el doctor Frías se hallaba en el húmedo, pero para él refrescante consultorio del sótano examinando con su mirada cada rincón de dicho ambiente. Cuando le faltaban aproximadamente veinte pacientes por atender, se oye un ruido muy fuerte, como una bomba, Laurita, la enfermera subió a la silla para tratar de observar algo por la pequeña y alta ventana.