Mario César Ríos
El
hombre corpulento y altísimo, de rostro rectangular y moreno, porte militar, cara
más larga que ancha, pómulos salientes y ojos redondos muy abiertos era
entrevistado por un pasmado Héctor Chincha. El sujeto demostraba su control de
la situación buscando los ojos del pequeño y esmirriado periodista y tomando su
pequeño hombro con su tosca mano. Chincha, veterano hombre de prensa, le
devolvía una mirada esquiva y tenía una postura asustadiza: Una mano asía su
vieja grabadora, la otra pretendía zafar la incómoda mano sobre su hombro, un
pie asentado en el piso hacia adelante y el otro con la punta hacia atrás como
queriendo alcanzar un impulso para huir. A cinco metros, un vehículo detenido tenía
a su conductor con el cráneo perforado por una bala.
El
periodista Chincha, encontró a Pasión aquella noche de invierno preguntando en
el vecindario de “Virgen del Carmen” en Los Olivos por la calle Húsares de
Junín 932. Tenía la misión de completar el trabajo de investigación que
realizaba con Fernando Bravo, colega recientemente fallecido. Ambos estaban atraídos
por el mito del hombre que sobrevivió la época más dura de la lucha
antisubversiva al que atribuían la muerte de al menos una decena de senderistas.
Fernando Coico alias “Pasión”, de padre negro y madre indígena ayacuchana, una
mezcla muy frecuente en los valles de Ica, licenciado de la marina y actualmente desempleado esperaba
en la dirección acordada al periodista Chincha con ansiedad por darle encuentro.
De
camino a su encuentro con Coico, el periodista revisaba archivos sobre el tema en
su tablet. Un diario del año mil
novecientos ochenta y nueve mostraba este titular: <<Heroico soldado liquida mandos senderistas en “Oreja de
perro”>>. Otro diario, de postura política distinta enunciaba: <<Suboficial
Coico utilizó violencia indiscriminada contra población desarmada en “Oreja de
perro”>>. Así alternaron, a favor y en contra los primeros despachos
periodísticos de un caso que no alcanzó a procesarse en el poder judicial por
falta de pruebas. Chincha viajaba entusiasmado, creía que había leído todo
sobre este marino, su defensa fervorosa del Perú en las entrevistas que
concedió por el que se ganó el apodo “Pasión”. Viajaba extasiado sin detenerse
a mirar el abigarrado y ruidoso tráfico en la Avenida Panamericana Norte,
pensaba en la promesa que le hizo el marino al teléfono: <<Voy a contarlo
todo>>. Repasaba en su mente la estrategia que usaría en la entrevista y
las preguntas que le haría al marino. El taxista lo regresó de su
ensimismamiento.
-Esto
es Virgen del Carmen –anunció el taxista disminuyendo la velocidad del auto en
el kilómetro trece de la Avenida Panamericana e indicando un arco de concreto con
un mensaje en fierro pintado de negro: <<Bienvenidos a Virgen del Carmen,
ciudad de paz>>. En los extremos del arco dos puestos de emoliente competían
por clientes, mayormente vigilantes, meseras, músicos, trabajadores del negocio
del entretenimiento de aquel barrio del cono norte de Lima.
-¿Podrían
indicarme donde queda la cuadra nueve de Húsares de Junín? –preguntó Chincha
quien había bajado del auto y caminado hacia el sardinel ubicado a la mitad del
arco para interrogar a la clientela de ambos puestos de emoliente.
-Tres
cuadras de frente y dos a la izquierda, allí está la nueve de Húsares. Pregunte
por la calle de don Jorge Beltrán –respondió el emolientero que estaba apostado
en el lado izquierdo del arco.
El
auto se movió lentamente con las luces altas iluminando el trayecto señalado
por el emolientero y los letreros de cada calle. El taxista iba preguntando a
los peatones por la calle de Jorge Beltrán, no fue necesario indagar demasiado.
-Húsares
de Junín, deténgase –dijo Chincha echando un vistazo a la calle buscando el
número 932. <<Allí estás Pasión>> pensó cuando divisó a un sujeto
de chaqueta de cuero negro, gorra de visera larga y alas laterales, y una bolsa
de yute colgando en su hombro, tal como habían convenido que iría vestido. Le
pidió al taxista que avanzara un poco más a la altura de la casa y vio al
marino.
-Disculpe
¿es usted el señor Coico?
-El
mismo, vamos a Villa El Salvador, a la Avenida Central –respondió sin esperar
indicación y subió al taxi.
-¿Y
qué haremos allí? –preguntó el periodista sorprendido porque lo citara en aquel
lugar para luego ir al otro extremo de Lima.
-Quiero hacer unos “ajustes”, podemos hacer la
entrevista en el camino, no tengo prisa –respondió fastidiado el marino.
-De
acuerdo, déjeme preparar mis cosas –replicó con aire pausado Chincha para no
perturbar al marino, extrajo la grabadora de su maletín, lo colocó entre él y
Coico, la encendió y tomo su tablet para
seguir revisando notas.
-Fueron
diez los liquidados en el campo, diez terrucos bien muertos y solo con estas
manos –confesó Coico sin esperar ser interrogado, respirando hondo y con un
brillo en los ojos que denotaban la emoción y fama de apasionado que lo precedían.
La
repentina confesión del marino más que la de un patriota apasionado parecía la
de un psicópata. Chincha tuvo el impulso de revisar rápidamente las notas que Fernando
Bravo le envío a su email la semana
anterior y que por descuido decidió revisar a última hora en su tablet. Hojeó rápidamente las notas de
Bravo y encontró que el año mil novecientos ochenta y nueve, un diario informó
que dos presuntos testigos de las muertes en “Oreja de perro” fueron hallados
muertos un mes después y otros dos desaparecieron misteriosamente.
-¿Me
preguntará algo amigo Chincha o sólo me acompañará en mi recorrido por Lima?
–preguntó “Pasión” adueñándose de la situación. El taxista apuraba la marcha
por la Vía Evitamiento para llegar al destino, ingresó por el puente Atocongo a
toda velocidad, luchó contra el tráfico salvaje del sur de Lima el viernes a la
tarde noche, queriendo desesperado zafar de los incómodos pasajeros.
-Dígame,
la investigación fiscal terminó archivando el caso. Hubo testigos que fueron
encontrados muertos o desaparecieron. ¿Qué sabe usted de eso? –largó su primera
pregunta incómoda el periodista.
-Vaya,
yo creí que usted estaba más empapado del caso. Sepa usted que soy un marino
entrenado en operaciones especiales e inteligencia. En un trabajo como el mío
los testigos no existen. Le advertí que diría toda la verdad y eso hago –dijo “Pasión”
con aire descuidado menospreciando al periodista.
-¿Me
quiere decir que usted mató a los testigos? –inquirió Chincha con aire de
periodista curtido en situaciones límite. El taxista sudaba frío ante tan
insólita situación. El auto ingresó a Villa El Salvador por la Avenida
Pachácutec y luego por la Avenida El Sol hasta la Avenida Central, el taxista
conocía el lugar.
-¡Querrá
decir terrucos! Si, fueron dos de ésos el año ochenta y nueve. Como digo no soy
descuidado, en mi trabajo los testigos no existen. Su colega Bravo me conoce,
debería haberle consultado bien antes de venir a este encuentro –entonces el
periodista decidió darle otra hojeada a las notas de Bravo.
-Ya
estamos en la Avenida Central, ¿me dijo la dirección el señor? –preguntó el
taxista.
-No,
no le dije –respondió airado Coico levantando la voz.
-Disculpe
señor, ¿dígame a dónde lo llevo? –repreguntó aterrado el taxista.
-Es
calle Villa del Mar 301, allí mismo te detienes –volvió a levantar la voz
airado golpeando con el puño la puerta
del auto. El auto recorrió despacio la Avenida Central iluminando en su recorrido
los letreros buscando la calle Viña del Mar.
-Llegamos
–dijo con voz trémula el taxista al encontrar la dirección. Tuvo un feo
presentimiento cuando Coico salió disparado del auto hacia una bodeguita
atendida por un anciano de setenta años.
-¿Eres
Eduardo Beltrán, no perro? ¿Pensaste que escaparías terruco conchatumadre?
–recriminó Coico mientras descerrajaba cuatro balazos sobre el anciano.
Desde
el asiento del taxi, Chincha presenciaba el crimen luego de revisar la tablet que tardíamente le revelaba el
hallazgo del sabueso Fernando Bravo: Los nombres de los hermanos Jorge y
Eduardo Beltrán y sus direcciones; Calle
Húsares de Junín 932 en Los Olivos y Avenida Villa del Mar 301 en Villa El
Salvador.
El
taxista nervioso llevó las manos hacia el timón pero la última bala en el
revólver fue a parar a su cráneo deteniendo la marcha del vehículo. Coico agitó
el arma con la mano, indicándole con ese gesto a Chincha que saliera del auto.
-Trae
tu grabadora –le gritó al periodista quien avanzó hacia la posición de Coico.
Frente a frente y a centímetros el marino tomó el hombro del periodista con su
mano izquierda y deslizó suavemente el arma sobre el piso para generar un
ambiente de “confianza” en su interlocutor.
-¿Tienes
más preguntas Chincha? –preguntó Pasión.
-¿Eran
testigos los hermanos Beltrán? –replicó aterrado Héctor Chincha grabadora en
mano y con una postura de querer irse
del lugar.
–Eran
terrucos igual que los otros dos y los diez de Oreja de Perro, como Fernando
Bravo y tú. En este trabajo los testigos no existen –dijo el marino y con un
fuego en sus ojos aterrador miró a su víctima.
“Pasión”
Coico deslizó la mano que tenía sobre el hombro hacia el cuello de Chincha,
rodeó éste con su otra mano libre del arma y apretó con fuerza mientras la
grabadora del periodista registraba los últimos estertores agonizantes de su
propietario.
Cuando
escuchó un ruido de bolsas de basura abriéndose a cien metros de la bodega, su
rostro encendido volteó a mirar hacia el lugar de donde provenía la bulla,
quizás buscando otro testigo incómodo. Se trataba de un perro jaloneando las
bolsas que lo decepcionó. Entonces, recogió su revólver, la grabadora y tablet de Chincha, los guardó en su
bolso de yute que contenía la laptop
de Bravo y caminó por las calles de Villa El Salvador perdiéndose en la noche como
un habitante más del lugar.
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