miércoles, 20 de agosto de 2025

Serendipia

Doris Verónica Martínez Méndez


La tarde de aquel viernes marchaba sosegada siguiendo el ritmo del viejo reloj del salón, sin prisas ni tropiezos, rompiendo con cada chasquido el silencio de mi desahuciada concentración. Frente a la pantalla de la computadora intentaba revelar lo inefable. Apenas las letras tomaban el valor de avanzar en palabras al suave ritmo del péndulo, una tecla bastaba para aniquilarlas para siempre. La llamada telefónica de aquella mañana se repetía desde todos los ángulos de mi memoria, dando luz a nuevos detalles.

—¿Hola?

El clic del auricular al otro extremo fue seguido del tuc-tuc-tuc de la línea cortada. El silencio remanente se llenó de suspicacias.

No quise darle importancia y lentamente retomé la rutina de mi hogar, pero ya no era la misma. El breve respiro en el teléfono me halaba en un vórtice en el que me parecía escucharlo todo: el murmullo de las gotas de lluvia golpeando el cristal de la ventana, el rumor de los vehículos sobre la avenida, las pisadas presurosas de la gente chapaleando en la calzada. El brillo de la pantalla de la computadora empezaba a aturdirme. La página en blanco era la fiel representación de mi propia mente: muda y desolada, como duna en el desierto.

«Cielo, lluvia, calle, agua... esa cosa que sirve para cubrirse...», murmuré sin poder siquiera parpadear por la frustración. «¿Cómo se llama...?».

Aquel torbellino en mi cabeza crecía cada vez más, succionando de golpe todas las palabras que hasta el momento conocía, dejando solamente un zumbido que iba apagando todos los ruidos a mi alrededor.

«Cielo, agua, mojado, teléfono...» repetía en algún rincón de mi cabeza mientras miraba el cursor parpadear en la pantalla en blanco.

—¿Renata?

El sobresalto me sacudió en un fuerte escalofrío al reconocer la figura de Rafael tocando mi hombro.

—¿Te encuentras bien? —preguntó y apartó los mechones de pelo de mi rostro.

—¿Cuándo llegaste?

—Hace un momento, te saludé, ¿no escuchaste nada de lo que te dije?

Miré a la puerta y pude identificar aquello que se había extraviado en mi conciencia, por lo que me levanté a prisa para tomarlo entre mis manos.

—¿Me puedes decir qué es esto?

Rafael frunció el ceño con extrañeza y luego esbozó una sonrisa burlona.

—Es un paraguas, Renata. ¿Qué tienes?

—¡Paraguas! —repetí con la misma emoción que muestra un niño al conocer una palabra completamente nueva—. ¿Puedes creer que lo había olvidado?

Rafael miró hacia la computadora y dio un suave suspiro.

—¿Todavía nada?

—Nunca me había pasado esto, Rafael, debo estar enferma...

—Lo que estás es agotada... Trabajas demasiado últimamente —dijo en un tono que me supo a reproche—. Es natural que se te escapen las ideas...

—Debe ser algo más, ¿o cómo explicas que no reconozca las cosas? —insistí y miré aquel objeto de color azul que todavía escurría las gotas de lluvia—. Paraguas, Rafael, es tan evidente...

—Deberías desconectarte un rato, despejar tu mente...

—No puedo hacer eso —suspiré y dejé el paraguas sobre la mesa—. Sé que la historia está ahí, escondida, enredada en alguna madeja invisible...

—Por lo mismo debes distraerte —propuso y se acercó con esa calma despreocupada—. Ya sabes, uno encuentra las cosas cuando no las está buscando. A ti en lo particular te pasa con frecuencia.

—Esto no es como cuando no encuentro mis llaves, Rafael.

—Es exactamente así y tú lo sabes.

Me bastó con mirar el negro de sus ojos para encontrar la salida del vacío en el que me hallaba. Estaba obsesionada por acomodar las letras que se aglutinaban en mi cabeza, descubrir el hilo suelto por donde desenredar el nudo de mis ideas: buscar el principio, llegar a un final, en línea recta o en un bucle. Mientras reconocía en las expresiones de Rafael ese trayecto, el perfume en su ropa disipaba el misterio. La mezcla de ládano y gardenias que transpiraba los poros de su piel y la humedad de la lluvia que había caído sobre sus hombros despertaban mis aletargados sentidos, como lo hacía el aroma del café por la mañana.

Entonces encontré en sus pupilas el dulce recuerdo del día gris en el que nos conocimos. Colgaban de sus gruesas pestañas los hilos de una historia repasada en mis fantasías. Un cuento suelto, fluido, transparente, como arroyo en la montaña, lleno de todas las palabras imaginables en mi repertorio… pero que habían perdido significado. En aquella breve epifanía me encerró un mórbido silencio, uno que me hizo soltar toda imposición delirante de grandeza. Sin esconder mi tristeza, detuve sus labios y cerré mis ojos.

—Serendipia —murmuré y él, en su vanidad, fingió entenderme para negarme la realidad.

—Me debes una —dijo suavemente y me fue soltando, aliviado.

Me senté frente a la pantalla en blanco y mis manos trémulas se deslizaron en el teclado como las de un músico en su piano. El clac-clac-clac de las teclas me parecía una sinfonía perfecta. No tenía pincel ni pinturas, pero el negro de las letras sobre la hoja en blanco era un paisaje hermoso. Las palabras se entrelazaban una tras otra como los vagones de un tren que me llevaría a explorar el mundo hasta descarrilarse. Noté el aroma del café que Rafael preparó para soportar las horas negras de la noche y la suavidad de la manta que puso rápidamente sobre mis hombros para escudarme del frío antes de irse a dormir.

Mis dedos se separaron por fin del teclado como si soltaran algo muerto y un sollozo escapó de mi pecho. Tomé un sorbo del café. Estaba tan ralo y sin cuerpo, preparado sin alma. Apenas tibio, la prisa y la indiferencia hicieron apagar la llama antes de que llegara a hervir. Sabía que Rafael había dejado un desastre en la cocina, pero lo negaría, como siempre. Pensé en la respiración que logró deslizarse por la línea telefónica, en el clic y el tuc-tuc-tuc, y ese perfume de gardenias en su piel. Estaba segura de que se encontraba hablando con ella para planear otro encuentro como el de aquella tarde de lluvia.

lunes, 18 de agosto de 2025

Perspectivas

Rosario Sánchez Infantas


—Recuperó color… por un momento —Doris dejó el tenedor—. Solo mientras Ríos hacía compresiones.

Pedro alzó la vista. El aceite de las papas todavía le brillaba en los labios.

—¡Gonzales va a decir que no hicieron lo suficiente!

—¡Media hora estuvimos tratando de estabilizarlo!

—Sigue.

Doris volvió a sentir el calor intenso de los focos quirúrgicos, el zumbido del extractor de aire y el olor a formol del quirófano.

Esa noche mientras cenaban, Doris le contaba a Pedro las incidencias de su turno en sala de operaciones, y este describía cómo estuvo el servicio de emergencia, lo cual era habitual en ellos. En el hospital provincial todos se conocían, por lo que disfrutaban esas charlas, a las cuales habían habituado a sus niños. Hoy estaban más locuaces porque les habían pagado el sueldo y, entonces, acostumbraban cenar fuera. Doris, aún conmocionada, relataba lo sucedido en la tarde:

—¡Dale, dale, arriba, arriba, tú puedes!, murmuraba. Ya iba a reiniciar la operación cuando hizo otro paro.

—¿Desfibrilaron? —indaga Pedro mientras corta su filete.

—¡Claro! Así logró un pulso de setenta. ¡Hazlo, debes hacerlo!, pensaba yo. Empezó a respirar sola, aunque agitadamente. ¡Hasta que hizo otro paro!

Le pusimos adrenalina. Parecía irse estabilizando. ¡Tranquila, tu cuerpo lo hará por ti!, le decía mentalmente. Estaba pálida, pero tenía un buen pulso.

—¿Cuánto?

—Ochenta.

—¿Y qué hacía el Flores? —pregunta Pedro mientras mastica una gran porción de papas fritas.

—Ya te imaginarás. Se persignaba una y otra vez ante la medallita de la Virgen María que había puesto en el reloj. La paciente parecía estar en calma. Se me ocurrió que así deben ser los estados zen. Todos respiramos aliviados. Ríos sacudió la cabeza y dijo con decisión: «Cerramos. Antiácidos. Cero tabaco». Entonces la paciente hizo el último paro.  

Terminada la cena, Doris se durmió apenas apoyó la cabeza sobre la almohada. Pero el sueño no habría de ser reparador, un maullido agudo la sacó del sopor.

—¡Cállate, ya te escuché! ¡Ya va! —gruñó, mientras se revolvía en la cama—. Maldito gato, siempre antes que el despertador.

¿Qué día es hoy? ¡Diablos, es jueves! Los chicos desfilan temprano y no he planchado el uniforme. La monja los va a desaprobar en Conducta. Quizás ya no le den diploma de honor a Carlos, con todo lo que se esfuerza en estudiar. ¡Qué mala madre soy! A las ocho nos van a evaluar y yo no pude asistir a la capacitación porque Yoyita estaba con fiebre. ¡Diablos, rebalsó la leche! Y no hay más.

¿Por dónde empiezo? ¿Qué hago? Hasta el mediodía tengo que hacer mi informe sobre la falta de instrumental. No entiendo cómo firmé sin contar lo que recibía, ahora debo pagar el faltante, pero lo peor es que piensen que he sustraído material del trabajo. ¡No puede ser! ¡Ha muerto! Hace días que no ingreso al patio y he olvidado darle agua al canario. ¿Cómo se educa, así, en valores a los hijos?  Anoche no dejé remojando las menestras que iban a ser nuestro almuerzo. 

Me siento miserable. Así no se puede vivir. No alcanza el tiempo para nada. No hago nada bien ni oportunamente. No disfruto mi trabajo ni criar a mis hijos. Se siguen acumulando mis obligaciones, me dejan sin espacio, este se cierra por ambos costados.

Sí, me esfuerzo, dedico mucho tiempo a mi trabajo, y muy poco a lo más básico para subsistir. Están a mi izquierda las tareas que no logro terminar: las de hace dos meses atrás, las de hace un mes, las urgentes, las que vencen hoy, de las que me acabo de enterar. Me cierran el paso.  Y por la derecha, está el jardín por regar, llevar a los chicos a vacunar, la inscripción a la especialización cuyo plazo vence mañana y tendré que postergar porque no acabo de formular el proyecto de investigación.  Siento que las obligaciones me empujan, me acosan, sus plazos parecen comprimirse.  Y ya no sé por dónde respirar.

Corro a despertar a Pedro. No puede ayudarme en nada. Está con cólicos y diarrea. Me tapo el rostro sudoroso... y, ¡me despierto! Eso pasa por comer mucho en la noche. En el velador el reloj señala las 4:25. Pienso que es un gran alivio que no todo lo que soñé sea cierto, pretendo volver a dormir. Doy algunas vueltas, pero muchos de esos pendientes justifican el sentimiento de ineptitud, agobio y desesperanza. Y así es hoy, y lo fue marzo y en el 2024, en el 2020, en 1990 y... ¡desde que soy adulta!

Y recuerdo la operación fallida de ayer por la tarde. Pasan rápidamente las imágenes desde que anestesiaron a la paciente con úlceras gástricas, los sucesivos paros cardiorrespiratorios, la angustia que experimentamos, las intervenciones, siento calor, el sudor frío perla mi frente y escucho lo que pensaba y sentía sucesivamente: ¡Arriba, arriba, tú puedes! ¡Hazlo, debes hacerlo! Y al final, cuando ya tenía buen pulso: ¡Calma, tu cuerpo lo hará por ti! 

Pienso cómo pude instarle cosas tan diferentes. ¿Qué me gustaría que me dijeran a mí? Está entre: ¡Hazlo, debes hacerlo! y ¡Arriba, arriba, tú puedes! Lo primero me digo siempre y vivo angustiada, corriendo. Probaría diciéndome: ¡Arriba, tú puedes! Cierro los ojos y me imagino estar a mitad del ascenso a la montaña de mi vida.

¡Duele, pero anima a seguir pendiente arriba!

¡Cómo no hacerlo si cuando miro hacia atrás noto que he subido tanto! Una cumbre se abre ante mis ojos retándome a alcanzarla. Siento el cansancio, mis piernas tiemblan, mi respiración es agitada. Vistas las cosas desde esta perspectiva el corazón late excitado pero vigoroso, pienso que se justifica mi fatiga.   

Giro el cuerpo hacia abajo y veo, cada vez más pequeñas, imágenes de algunos sucesos pasados. ¡Cada uno de ellos con su propia melodía e incluso algunos tienen un aroma propio! Con ellos un mar de emociones y pensamientos que se concentran en una idea. Y entonces, el espíritu se va inundando de nostalgia gustosa ante: «Linda promoción». «Gracias por la empatía». «Lo logramos». «Matrimonio de los chicos». «Ingresé». «¡Veinte!». «¿Es copiado el poema que has presentado?».  Leo Dan pone el corazón en cada nota: Jamás podré olvidar la noche que te besé, estas son cosas que pasan y es el tiempo quien después dirá, mientras el sacapuntas afila sueños infantiles y se combinan los rizos de madera perfumada y el aroma a mandarina.

Algunas imágenes también hincan la memoria y el sentimiento: «Me cambian de colegio». «No irás al viaje de promoción». «Tener que usar los zapatos feos». «Papá y mamá no se hablan». Sin embargo, desde esta panorámica las cosas parecen haber tomado su verdadero valor.  

Golpeo mis muslos con los puños, sacudo las piernas, respiro profundamente y echo a andar hacia arriba con la curiosidad de lo que me traerá el senderito sinuoso que trepa la cuesta.

¡Era tan fácil cambiar de perspectiva! Cincuenta años ubicando el pasado a mi izquierda y el futuro a mi derecha, medio siglo con las obligaciones amontonándose a los costados. Ubicando el futuro arriba y adelante, mientras que el pasado atrás y hacia abajo la vida es más retadora y gratificante. ¿Qué pasaría si visualizo el futuro hacia adelante y hacia abajo y el pasado hacia atrás y hacia arriba?

Cierro los ojos y ¡a imaginar!.

Esto sí que es divertido, corro, cuesta abajo, ligera, atrevida, desenvuelta, espontánea. Siento que hay sucesos, memorias, risas y llantos detrás de mí. Ellos y la gravedad aceleran mis piernas, me inclinan hacia adelante, llevo extendidos los brazos a fin de equilibrarme. Siento miedo de la velocidad que voy tomando, pero no deja de ser gracioso. Son mis vivencias, alegres y tristes las que me llevan cuesta abajo. Estoy muy concentrada en no caer, en que mis piernas sigan la velocidad de mi carrera loca, y en no frenar abruptamente saliendo despedida en un brinco descomunal. Apenas si me llegan lejanas algunas imágenes de hechos del pasado que va detrás de mí.

«Ser la niña gorda del salón». «Se murió el monito». «Logré el primer lugar». «Es hombre y está sanito». «Se reeligió el dictador». «Su niño tiene un virus desconocido». «Perdimos las elecciones». Todo se amalgama, anula y pierde importancia. Qué fácil resultó. Todo pasa rápidamente a un segundo plano porque se vuelve el pasado. «El sábado nos mudamos», pero la vida me empuja hacia adelante. ¡Uf! Me duelen el costado y las piernas, me laten las sienes, el corazón parece que se me va a salir de latir tan fuerte y rápido.

No puedo optar entre la última y la penúltima perspectiva. Ambas tienen su encanto. Creo que haré una combinación: el futuro adelante y el pasado atrás, sin inclinaciones. No sé qué resulte. Solo visualizar esa línea me inspira paz, claridad, como si hubiera aprendido a vivir. ¡Era cuestión de perspectiva!

lunes, 28 de julio de 2025

La vida desvencijada de las inútiles

Lucía Yolanda Alonso Olvera


Claudia se ha levantado tarde, abre la cortina, otra vez amaneció nublado y siente un poco de frío, se pone la bata y decide bajar a hacerse un café y traerlo a su habitación para disfrutar el silencio de la mañana. Víctor, su hijo, se ha ido este fin de semana de campamento con sus amigos y seguramente llegará en la tarde agotado.

Con el exquisito aroma del café humeante sentada en el silloncito de mimbre ubicado junto a la ventana de su dormitorio, admira las densas y grises nubes que cubren el cielo de la capital. Marca el número de su hermana mientras el clamor del tráfico, aunque lejano, llega incesante hasta ella.

—Hola, hermana, ¿cómo van las cosas por allá en Celaya? Me enteré de que otra vez se armó la balacera en el centro —afirma afligida Claudia al teléfono—, llevo intentando desde ayer en la noche comunicarme contigo, ¡ya vénganse a vivir a la capital, allá está horrible!

¡Hermanita, no te azotes! Aquí no nos pasa nada, esas balaceras son diario, muy localizadas cerca del centro y nosotros por allá no vamos nunca, aquí en la colonia tenemos todo cerca y es segura, y tu capital llena de gente, de tráfico, toda contaminada y encharcada en temporada de lluvias, no es ninguna ganga —contesta Nora con su característico talante desparpajado.

 —Eso sí, acá también tenemos nuestros martirios, pero menos mal que todos están bien por allá. Ya te puedes imaginar para qué asunto te llamo —continúa Claudia—, a ver con cuánto le vas a caer para la coperacha para la sobrina, porque como siempre, está llena de problemas y no tiene ni en qué caerse muerta la pobre. Ahora tenemos que ayudarle a pagar la instalación del gas natural en su monstruosa casa de Clavería.  

—¡Puta madre, hermana! Es el tercer sablazo que me das este año, con esa historia de Lucerito. ¡Esa chamaca igual que su mamá y su abuela, es una inútil! ―exclama Nora―, nosotras que educamos tan bien a nuestros hijos para que sean independientes y ahora andamos cargando con este lastre familiar.

—Pero no la podemos dejar sola a esta niña, era la ahijada de mi mamá y acuérdate que nos hizo prometerle cuidarla siempre. Además, no sabes cómo está Pedrito de simpático, ya el mes que viene cumple cuatro años y está graciosísimo ―responde Claudia con ese tono amable que la distingue, sabiendo que con este comentario ablandará a Nora para que acepte cooperar.   

—Está bien, hermana, nomás porque Lucero fue como mi hija unos años acá en Celaya, ¿de a cuánto nos toca esta vez? —pregunta Nora complaciente—, pero te advierto que es la última cuota que pago este año para Lucerito y su hermoso vástago Pedrito, ya chole con estarlos manteniendo.

—Estoy calculando que, si todos aportamos como la vez pasada, nos toca de setecientos pesos por cabeza. Con esto alcanza para la instalación y el contrato del gas natural, le conectan el calentador que le regalamos y se compra una estufa usada que ya vio y que está buena. Y estoy de acuerdo contigo, hermana, este es el último empujón que le damos a Lucero para que mejore su vida y arregle lo básico para poder habitar con su hijo esa casa desvencijada —afirma Claudia—. ¿Tú les pasas la cachucha a tus hijos, Rubén y Mariana, para que se caigan con su cuerno, o quieres que yo les llame?

—Yo les hablo y recabo su cuota y en la semana te deposito los dos mil cien pesos para la inútil de Lucero.

—Ya no le digas inútil, hermana, no seas así, esta escuincla no tuvo de dónde salir espabilada, ya ves la historia de la prima Paulina, su madre, y de su abuela, Artemisa. La tenemos que ayudar mientras podamos, acuérdate del dicho que decía mi mamá: «al que ayuda, Dios le ayudará».

—¡Pues sí, que nos queda! A ver si Dios me ayuda con mi salud, hermana. Me tengo que ir a recoger a mis nietos porque Mariana anda con mucho trabajo y le estoy echando la mano con los niños los fines de semana. Te dejo, te mando besos chula, besitos a Víctor también y nos vemos en quince días para festejar el cumpleaños de tu hijo —se despide Nora cariñosamente.

Después de esta llamada Claudia baja las escaleras y va a la cocina a prepararse un sándwich, luego se sienta a comérselo en el mullido sofá de la sala de su hermosa casa ubicada al sur de la Ciudad de México. Escucha los primeros truenos y observa cómo empieza a caer una lluvia fina sobre la terraza donde tiene sus plantas y reflexiona en lo afortunados que son ella y su hijo, Víctor, por tener una familia solidaria y generosa. Ella, que decidió hace muchos años ser madre soltera, es una profesionista exitosa, tiene un buen trabajo como investigadora en una agencia internacional y su hijo está por terminar la licenciatura en la universidad nacional.  

Nora, su hermana, siempre apoya todas sus iniciativas para arrimar el hombro a Lucero, su sobrina. Ambas tienen el firme convencimiento de que algún día, esta muchacha, pueda salir adelante y dejar de repetir su espantoso patrón familiar.

Y es que la historia de Lucero es como una cadena perpetua de fracasos, mediocridad, locura y sufrimientos, que sería razonable poder detener. Pero ¿cómo romper los moldes familiares que heredamos?

Claudia piensa que ellas son una excepción en la familia. Sus padres, Patricia y Mario, se casaron jóvenes y se alejaron de ese ambiente tóxico que generaba Verónica, la hermana mayor de Patricia.

Patricia y sus dos hermanas se quedaron huérfanas muy pequeñas, sus padres tuvieron un horroroso accidente en la carretera y murieron cuando Verónica tenía dieciséis años, Patricia catorce y Artemisa tres.  

Artemisa, la abuela de Lucero, fue la que corrió con la peor suerte. Verónica, solterona y   muy amargada se quedó a vivir una vida lúgubre en casa de sus padres.

En cambio, Artemisa, marcada por su mala fortuna y su falta total de carácter se quedó embarazada muy joven y se tuvo que casar con su primer novio, Pedro, un inútil total que nunca dio pie con bola, saltaba de un trabajo a otro hasta que entró a la compañía de luz, en un puesto administrativo de muy bajo perfil y de ahí no pasó, mientras Artemisa se hacía cargo de Paulina su hija.

En cuanto nació Paulina, Verónica los echó de su casa y tuvieron que irse a vivir con los padres de Pedro, allá en Clavería. Menos mal que los viejitos murieron pronto y les dejaron la casa como patrimonio.  

Pero la desgracia las alcanzó rápido. Cuando Paulina cumplió ocho años a Pedro le dio un infarto fulminante. Artemisa, que no tenía oficio ni beneficio decidió volver con su hija a vivir con su hermana mayor y mantenerse de una mísera pensión que le dejó Pedro y de la renta de la casa de Clavería. Verónica se aprovechó todo lo que pudo de Artemisa y de Paulina, les permitió ocupar el cuarto de servicio y las trató a las dos como sus sirvientas.

Artemisa, que era una inútil, atenida, irresponsable y sin carácter le pidió a su vecina, Margarita, que le cobrara la renta mensual de la casa de Clavería.  Es increíble que haya sido incapaz de abrir una cuenta bancaria para recibir este ingreso, por lo que iba con Paulina, cada mes en transporte público, desde el otro lado de la Ciudad de México, a recoger su dinero.

En esos largos trayectos, con el efectivo en la bolsa, la asaltaron en tres ocasiones y de milagro no las mataron. Así Artemisa y Paulina pasaron muchas penurias para sobrevivir, hasta que Patricia empezó a ayudarlas.

Claudia recuerda las primeras vacaciones que disfrutaron Artemisa y Paulina con ellos en Acapulco. No se olvida de la expresión de terror de su prima cuando se acercó al mar. Nora, y ella, que tanto disfrutaban los chapuzones en las olas y que desde chicas sabían nadar no daban crédito del abismo que las separaba de Paulina, este contraste de vida se hizo cada vez mayor.

Mientras Nora y Claudia hacían notables carreras universitarias, Paulina, con el apoyo que Patricia le dio, a duras penas, logró terminar la carrera técnica de contable en la Escuela Bancaria y Comercial en donde, para su desgracia, conoció al sapo, su maestro de administración, de quien se enamoró perdidamente y muy pronto resultó embarazada.

El problema es que Paulina nunca se enteró que el sapo era casado y el desgraciado, en cuanto supo que Paulina estaba esperando, no solo la repudió, sino que desapareció del mapa y nadie supo más de él.

Al enterarse Verónica de que su sobrina estaba encinta de un hombre casado y que la había rechazado, ella hizo lo mismo y la hostigó tanto que, tres meses antes de que naciera Lucero, Artemisa desesperada le llamó a Patricia, para pedirle ir a vivir un tiempo a su casa hasta que naciera su nieta.

A Claudia ya no le tocó vivir en casa de sus padres con Artemisa y Paulina, porque justo unos meses antes había obtenido la beca para estudiar su maestría en Holanda. Ella y su hermana fueron siempre muy afortunadas en comparación con su prima Paulina.

Cuando Lucero cumplió un año, Patricia convenció a Artemisa y Paulina que se fueran a vivir por su cuenta y se independizaran. Ayudó a su sobrina a conseguir trabajo en un banco. Con el salario de Paulina, más la mísera pensión que tenían de Pedro y la renta de la casa de Clavería pudieron alquilar un departamentito cerca de la sucursal bancaria donde trabajaba Paulina.

Claudia recuerda las cartas que su mamá le escribió y recibió durante los años que vivió en Holanda, donde le contaba, cómo les ayudó a montar el departamento para que no les faltara nada. Sin duda, su madre, siempre fue un ejemplo: una mujer solidaria y cariñosa que nunca abandonó a su hermana pequeña y frágil. En cambio, Verónica jamás hizo nada por ayudar a Artemisa, su hija y su nieta.

Fue así como Artemisa, Paulina y su hija, por primera vez en su vida vivieron solas. Artemisa se encargaba de la casa y de cuidar a Lucero, mientras Paulina trabajaba. Pero muy pronto, Artemisa empezó a manifestar los primeros síntomas del Alzheimer. La enfermedad la devoró rápido, olvidó bañarse, peinarse, apagar la estufa en la cocina, ir a recoger al kínder a Lucero, hasta que olvidó su nombre, el de su hija y su nieta.

Fueron años duros para Paulina que tenía que ir a trabajar para mantener a su madre obnubilada por completo y atender a la niña. Y su carácter pusilánime y anodino no le ayudaba.

Un año y medio duró Artemisa en las tinieblas del olvido y un día amaneció en su cama muerta de un paro respiratorio. Fue así como Paulina se quedó sola con Lucero.

Paulina al perder a su madre también empezó a deteriorar su precaria estabilidad emocional y decidió pedir un cambio de sucursal en el banco para irse a vivir a Celaya, cerca de su prima Nora para que le ayudara con la crianza de Lucero.

Indudablemente, Nora fue muy solidaria, ella tenía a Mariana y a Rubén pequeños y casi adoptó a Lucero esos años porque Paulina a duras penas se podía hacer cargo de su vida laboral como empleada del banco.

En Celaya, Lucero, se crio bien con el apoyo de sus tíos y la compañía de sus primos, pero Paulina nunca levantó cabeza, se había quedado enamorada del sapo toda su vida y sin su madre no se hallaba en el mundo. Poco a poco se fue abandonando y su salud mental iba de mal en peor, perdiendo contacto con la realidad con brotes psicóticos cada vez más frecuentes.  

Cuando Lucero terminó el bachillerato, Margarita, la amiga de Artemisa, que todavía cobraba la renta de la casa de Clavería, enfermó y le llamó a Paulina para decirle que ya se hiciera cargo de su propiedad, porque se iba a vivir fuera de la ciudad.

Paulina que ya estaba bastante fuera de la realidad, entró en pánico de perder la casa y la renta con la que se mantenía. Madre e hija decidieron volver a la Ciudad de México, porque, además, Lucero quería entrar a estudiar a la Escuela Normal Superior para hacerse maestra de preescolar.

Fue entonces que le tocó a Claudia echarles la mano para encontrarles un departamento cerca del trabajo de Paulina y de la Escuela Normal Superior.

Claudia sigue sentada en el sofá. La lluvia ha arreciado; un trueno retumba en el cielo —típico de esta época en la ciudad— y la saca de sus cavilaciones. Entonces se queda absorta por la cantidad de agua que cae y se extasía al ver las gruesas gotas que chocan con fuerza contra el piso de la terraza. Advierte que ya se forma un estrecho riachuelo entre las macetas, que corre hacia la boca de la alcantarilla, la cual tiene muchas hojas alrededor. Entonces se dice a sí misma: «En cuanto termine la lluvia tienes que limpiar y recoger las hojas para que no se encharque la terraza como sucedió el año pasado que se nos inundó y se metió el agua hasta la cocina».

Vuelve a sus reflexiones y se da cuenta que no ha dejado de pensar toda la mañana en esta intrincada historia de vida que ha marcado a Lucero y lanza un suspiro. Tiene la firme convicción que Pedrito, el niño de Lucero, puede romper esta cadena de desastre, locura y mediocridad. Pero en el fondo de su corazón, se pregunta: ¿realmente se podrá arrancar esta atadura que parece perpetua?

La casa de Clavería evidentemente estaba destrozada, los inquilinos al saber que Margarita ya no estaba para cobrarles la renta se negaron rotundamente a seguir pagando y salirse de la casa.

Claudia asesoró a Paulina y contrató a un abogado para empezar los trámites legales e iniciar un juicio de desalojo contra los inquilinos y así recuperar la casa.

Al no contar con el ingreso de la renta, Paulina y Lucero vivían en la precariedad total, únicamente con la pensión que logró obtener Paulina en el banco por invalidez, debido a que cada vez estaba peor de los nervios.

Entre Nora y Claudia hicieron fuerte a Lucero para pagarle los estudios en la Normal Superior y los gastos del abogado, hasta que por fin lograron recuperar la casa de Clavería, cuando Lucero terminó sus estudios superiores.

Recién concluyó su carrera de maestra de preescolar, todas pensaron que la cadena de fracasos, por fin, se iba a acabar, pero justo el día de su graduación, Lucero, les anunció a sus tías y a su madre que estaba embarazada y que su novio había decidido irse a trabajar a Estados Unidos unos años para juntar dinero y luego volver con ella y construir la familia.

Paulina sabía que su hija estaba repitiendo el patrón que ella misma había vivido y dio rienda suelta a su locura.

Lucero consiguió de inmediato una plaza de maestra en un kínder público, y ahora debía hacerse cargo de su madre desquiciada y de mantener a su hijo. Pero entonces llegó la pandemia, y con ella, el derrumbe final: la salud de Paulina se agravó hasta que falleció a causa del Covid-19.

Claudia y Nora se encargaron de pagar los gastos del funeral, enterrar a su prima Paulina y ayudar a Lucero a superar esta terrible pérdida.

Hace un año, por fin, Lucero, recuperó la desvencijada casa de Clavería. Nora y Claudia creen que tal vez sea el lugar en donde su sobrina pueda enderezar su vida y romper la cadena de desgracia familiar que la rodea. ¿Lo hará?

Claudia aún sentada en el sillón de la sala, mira su reloj, se sorprende de la cantidad de tiempo que lleva abstraída en sus pensamientos y recuerdos. Ha pasado la tormenta, pero aún caen algunas gotas, piensa en salir a la terraza y disfrutar un rato del olor a la tierra mojada que tanto le gusta y le recuerda su infancia. Se espabila. De pronto se da cuenta de que es domingo. Tiene que ir al supermercado a comprar la comida para la semana. Mañana viene Meche, la señora que le ayuda a cocinar. Comienza un nuevo ciclo de mucho trabajo y obligaciones para ella y para Víctor que, el martes, empieza los exámenes finales en la universidad. Entonces se dice a sí misma: «Muévete, chulita, que tienes muchas cosas que hacer. El mundo gira y hay que actuar».

jueves, 24 de julio de 2025

El agua

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


Una mañana como cualquier otra, iba caminando por los linderos de mi hacienda, admirando el paisaje que rodeaba la propiedad, en la ceja de selva de Huánuco. Pude sentir el sol de junio caer sobre mis hombros y ver el azul del cielo. Las hojas secas se iban acumulando al lado de los canales de riego.

 

Y entonces apareció ante mis ojos una imponente masa de agua, caía desde lo alto de los cerros, donde nunca hubo ríos ni vertientes, ni siquiera en época de lluvias. Me restregué los ojos con desesperación esperando que la visión se desvaneciera. Pero no, las formas ondulantes seguían allí deslizándose por las laderas ardientes desafiando toda lógica, toda certeza.

 

Le pregunté a Fulgencio, que andaba por allí cerca pastoreando las cabras, si había visto algo raro.

 

Él con su rostro taciturno debajo del sombrero de ala ancha, me miró.

 

—¿Raro cómo, patrón?

 

—Algo que te haya llamado la atención —le dije, intentando no sonar desequilibrado—. Como si cayera agua por los cerros.

—Como si cayera agua por los cerros.

 

—Todo seco, como siempre en esta temporada, debe estar cansado. El sol a veces juega con la vista.

 

Asentí sin decir más. No podía admitir lo que acababa de ver. ¿Cómo hacerlo sin parecer un loco?

 

Volví a casa. Juanita, mi mujer, estaba arreglando los jarrones con flores que había en la entrada de la casa.

 

—¿Ese té tenía algo raro? —le pregunté sin rodeos.

 

Se detuvo, me miró con la regadera que tenía en la mano.

 

—¿A qué te refieres?

 

—No sé… estaba más amargo. ¿Le pusiste alguna hierba nueva?

 

Frunció el ceño.

 

—Es el mismo té de siempre, el de cedrón que cultivas tú. ¿Estás bien?

 

Me encogí de hombros.

 

—Creo que necesito dormir más.

 

Juanita me observó unos segundos más, y luego siguió con sus quehaceres en silencio.

 

Esa noche no pude pegar un ojo, cada vez que cerraba los párpados, veía los riachuelos cayendo, oía el murmullo del agua. No era un sonido fuerte, era más bien como un susurro, una voz sin palabras.

 

Comencé a soñar con mujeres que no conocía. Una de ellas peinaba su largo cabello negro a la orilla de un río que no existía en la hacienda. Otra, más anciana, molía maíz en una piedra mientras murmuraba en quechua palabras que jamás aprendí, pero que se me grababan en el cuerpo como un eco. Y una tercera, apenas una niña, me miraba fijamente desde el fondo de un pozo.

 

En todos los sueños había agua corriendo, goteando, o se acumulaba bajo mis pies. A veces era cristalina y otras, negra como petróleo.

 

Una madrugada, desperté empapado en sudor. Juanita me miraba con el ceño fruncido, desde la silla junto a la cama.

 

—Estás hablando dormido otra vez —dijo.

 

—¿Qué dije?

 

—Nombres. Algunos no los entendí. Uno lo repetías mucho: Clara.

 

Ese nombre me sacudió.

 

Lo había escuchado antes, pero no la recordaba bien. Quizás una tía lejana. O una hermana de mi abuela. Alguien que alguna vez nombraron de pasada en una sobremesa y que yo no consideré importante.

 

—¿Te suena ese nombre? —pregunté.

 

Juanita se quedó en silencio, pensando.

 

—Tu abuela decía que Clara era «la última de la línea». Que después de ella, el agua se quedó sin voz.

 

Juanita había convivido mucho con mi madre y abuela. Ella creció en esta casa, su madre había acompañado a mi abuela desde siempre, Juanita fue acogida como de la familia y los secretos de la rama femenina habían sido compartidos con ella y su madre.

 

No entendí. Pero algo dentro de mí sintió que esa frase era verdad.

 

Al día siguiente, fui al cuarto que fue de mi padre, donde guardaba mapas de cultivo, facturas, actas notariales. No esperaba encontrar nada más que polvo, pero en un estante alto, detrás de un archivador viejo, había una caja de madera con una cinta azul deshilachada.

 

La bajé con cuidado. Al abrirla, lo primero que vi fue una fotografía vieja y amarillenta. Cinco mujeres de pie frente a una choza de barro miraban a la cámara con una firmeza que atravesaba el tiempo. No sonreían, no posaban, simplemente estaban. Al reverso, escrito con tinta desvaída y letra temblorosa, una frase: «Las guardianas. Que no se rompa la línea».

 

Un escalofrío me recorrió la espalda. No sabía quiénes eran esas mujeres, pero una de ellas, la más joven, tenía el mismo rostro de la mujer que aparecía en mis sueños, peinando su cabello a la orilla del río.

 

Guardé la foto en el bolsillo de la camisa, cuando salí del cuarto sentí que la temperatura había bajado unos grados, aunque el sol seguía brillando afuera. El viento me trajo un olor extraño, no a humedad… sino a río profundo, como cuando uno se acerca a una quebrada que ha estado mucho tiempo escondida.

 

No sabía aún lo que significaba, pero esa frase no me soltaba: «Que no se rompa la línea».

 

Un día mientras realizaba mi caminata diaria por la finca, la vi. Apareció ahí, como si siempre hubiera estado. Vestía una pollera oscura, blusa crema con bordados descoloridos, y llevaba una manta ligera sobre los hombros. El cabello, entrecano, lo tenía trenzado y recogido con una peineta antigua. Sus ojos, negros como el agua profunda, me observaron con una calma que no supe interpretar.

 

—¿Le puedo ayudar en algo? —pregunté, intentando disimular la inquietud.

 

—No —respondió, sin sonreír—. Vine a ayudarte a ti.

 

No supe qué contestar. Esperé a que dijera algo más.

 

—Soy la hija de Clara —añadió, como si eso bastara para explicar todo.

 

El nombre me atravesó el pecho. Sentí el peso de la fotografía en mi bolsillo.

 

—Clara era… ¿de mi familia?

 

—De tu sangre —dijo ella, como quien habla de raíces, no de parentescos.

 

—¿Y por qué viene ahora?

 

La mujer desvió la mirada hacia el pozo.

 

—Porque escuchaste el llamado, no todos lo escuchan, menos aún los hombres. Pero tú viste el agua.

 

—¿Cómo lo sabe?

 

No respondió. En lugar de eso, sacó algo del bolsillo de su manta: un pequeño objeto envuelto en tela. Me lo tendió con cuidado. Lo abrí. Era una piedra negra, lisa, ovalada, fría al tacto, pero que, al voltearla, mostraba un símbolo en bajo relieve de gran misterio.

 

—Esto perteneció a Clara. Ella la recibió de su madre. Y así, hacia atrás, hasta la primera.

 

—¿La primera qué?

 

—La primera mujer que escuchó al agua.

 

Me quedé en silencio, no podía articular una sola pregunta, todo parecía flotar fuera del tiempo.

 

La mujer se levantó con lentitud. No era vieja, pero caminaba como si llevara muchas vidas encima, me pasó de largo, y al hacerlo dijo:

 

—Cuando el agua empiece a moverse, no la detengas. Si lo haces, se romperá la línea.

 

Quise pedirle que me explicara más, que no hablara en acertijos, pero cuando giré, ya no estaba. Ni pasos, ni sombras, solo el eco de sus palabras y el sonido leve, persistente, de una gota cayendo en algún lugar profundo del pozo.

 

Me asomé, no había agua, sin embargo, sentí el olor a memoria.

 

Iba caminando por la hacienda como siempre, revisando los campos, saludando a los peones, escuchando los informes de Fulgencio, pero todo me parecía ajeno.

 

La piedra negra no me dejaba en paz, la llevaba conmigo en el bolsillo desde aquel día. Algunas noches la dejaba en la mesa de noche y juraría que amanecía en otra posición. En otras ocasiones, la sentía tibia al tacto, como si guardara el calor de una mano que no era la mía. Juanita empezó a notarlo.

 

—Estás más callado —me dijo una noche mientras cenábamos—. Y te levantas a deshora. ¿Qué pasa?

 

—Nada. Sólo tengo la cabeza llena —respondí.

 

Pero no era verdad, no era solo la cabeza, era el cuerpo completo. Soñaba con agua, ya no como antes, ahora estaba yo dentro, flotando, sin ropa, sin voz. A veces me dejaba llevar, otras, sentía que algo me jalaba hacia abajo. Me despertaba con los oídos zumbando, como si acabara de salir de una zambullida profunda.

 

Una tarde, mientras caminaba hacia el cuarto de herramientas, sentí que mis pies se hundían ligeramente en la tierra, miré hacia abajo, el suelo estaba seco, pero yo sentí humedad, cómo si justo bajo mis pasos algo se moviera.

 

—¿Papá creía en estas cosas? —le pregunté a Juanita esa noche.

 

Ella dejó de lavar los platos y se secó las manos.

 

—¿A qué cosas te refieres?

 

—A los sueños. A las historias de las mujeres de antes. A Clara.

 

Juanita tardó en responder.

 

—Tu padre no creía en nada que no pudiera dominar. Para él, el agua era solo un recurso. Algo que se canaliza, se encierra, se reparte. No la escuchaba.

 

—¿Y tú?

 

—Yo sí la escucho. Pero hasta ahora me di cuenta de que no me hablaba a mí.

 

La miré. Había algo en su expresión que no había notado antes. No era miedo ni sorpresa. Era más bien reconocimiento.

 

—¿Y ahora? —pregunté.

 

Juanita me sostuvo la mirada.

 

—Ahora quiere hablarte a ti.

 

No dije nada, me acosté con la piedra en la mano, cerré los ojos y por primera vez, no soñé con el agua. Esa madrugada no fue un sueño lo que me despertó, fue un sonido.

 

Un golpeteo leve, constante, como si algo cayera lentamente sobre madera hueca. Tardé en reconocerlo. Venía del altillo, ese pequeño desván sobre la cocina donde mi madre solía guardar cosas viejas: libros, tejidos, imágenes religiosas que ya nadie veneraba.

 

Subí con la linterna, el golpeteo cesó al abrir la pequeña puerta. El polvo flotaba en el aire, espeso como humo viejo, y ahí, en una esquina, entre una caja rota y una maleta cubierta de tela, vi un cuaderno.

 

No era grande. Estaba forrado con tela azul desteñida, amarrado con una cinta que parecía haber estado mojada en algún momento. Lo tomé con cuidado, al abrirlo, reconocí la letra a medias: era la misma de la frase escrita en la foto, pero más firme, más joven.

La primera página decía, en tinta desvaída: Clara Q. — Año 1948.

 

Pasé la hoja con el corazón acelerado. «Hoy el agua me habló por primera vez. No fue un susurro, fue un llanto. Me pidió que no me calle, que no la encierre. Me dijo que, si dejo de oírla, la línea se quiebra, pero mi padre dice que son delirios. Que lo que siento no es real. Que las mujeres de esta casa deben olvidar esas tonterías. Yo no quiero olvidarlas. Yo no quiero romper la línea».

 

Seguí leyendo. Eran páginas breves, más sensaciones que relatos. Clara hablaba de dolores que no eran físicos, de visiones que tenía mientras lavaba ropa en el río, de mujeres que venían en sueños con cabellos mojados y voces antiguas. A veces escribía fragmentos en quechua. A veces solo dibujaba círculos. Uno de ellos, en una página intermedia, me estremeció: era el mismo símbolo que tenía tallado la piedra que me había dado la hija de Clara.

 

Al final del cuaderno, la letra se volvía errática, como si escribiera con prisa o con miedo.

«Hoy me dijo que ya no me hablará más si no cumplo. Que el agua buscará otro cuerpo, otro canal. Que me hunda o me calle, pero que no la traicione».

 

La última página estaba arrancada, solo quedaba el borde irregular del papel, y una mancha que podría haber sido humedad… o sangre. Guardé el cuaderno junto a la piedra y bajé en silencio. Juanita ya estaba despierta, sentada a la mesa con una taza entre las manos.

 

—La oíste, ¿verdad? —dijo sin mirarme.

 

—Sí —respondí.

 

—¿Y ahora?

 

—Ahora quiero saber quién fue Clara realmente.

 

—Entonces prepárate —dijo, sin apartar la vista del vapor del té—. Porque nadie te va a contar esa historia. Vas a tener que sentirla.

 

Los días siguientes fueron silenciosos. No por falta de sonidos, las cabras seguían con su bullicio, los peones trabajaban, y Juanita continuaba con su rutina sin alteraciones. Pero dentro de mí, se había instalado un silencio más hondo que absorbía las palabras antes de que llegaran a mi boca.

 

Dejé de hablar del agua y entonces ocurrió. Un calor súbito me subió desde los pies hasta el pecho, como si una corriente circulara dentro de mí, empujando desde las entrañas, mis manos comenzaron a temblar, sentí una presión en la nuca, me llevé la mano a la frente, estaba empapada, no era sudor sino agua.

 

Agua fría, densa, como si mi cuerpo la estuviera expulsando por los poros. Jadeé, me senté en el suelo. El corazón me latía en los oídos. No podía levantarme ni pensar con claridad. Solo estaba allí, con la respiración entrecortada y una sensación de que algo —algo que no era mío, pero que me habitaba— se estaba deshaciendo. No lloré. Pero mis ojos se llenaron sin aviso.

 

El agua volvió esa noche. No cayó del cielo, surgió de abajo, desde los rincones donde la tierra guarda secretos. La oí moverse detrás de las paredes, murmurar en las tuberías secas, gotear desde las vigas de madera, aunque no había lluvia.

 

Fui hasta el pozo sin linterna, la luna bastaba. El borde estaba húmedo, el aire olía a río profundo. Me incliné y vi la superficie temblar, agitada por una corriente que venía desde lo hondo, no había viento, solo la respiración de la tierra.

 

Me quité la camisa, me descalcé, toqué el agua con los dedos de las manos, estaba fría, vibrante y me dejé caer. No fue un salto, fue una entrega, el agua me envolvió sin resistencia, no sentí miedo, cerré los ojos y el mundo se apagó.

 

Y entonces vinieron. No eran imágenes ni sueños, eran presencias. Manos que tocaban sin peso, voces que no usaban palabras, brazos que me sostenían en el fondo. Vi a Clara, a mi madre, más joven, me vi a mí mismo, en una forma que no conocía, con los ojos abiertos bajo el agua, sin necesidad de respirar y comprendí. No se trataba de salvar ni de recordar. Se trataba de rendirse a lo que me sostenía desde antes del lenguaje.

 

Emergí cuando era otro, ya nada se resistía dentro de mí, entendía todo.

 

Volví al día siguiente al mismo lugar, el pozo estaba tranquilo, como si nada hubiera ocurrido. Juanita me vio desde la casa. No preguntó.

 

Solo asintió, como quien reconoce que un ciclo se ha cerrado. Desde entonces, ya no sueño con mujeres que me llaman, ya no oigo susurros en el agua.

 

Ahora, el agua fluye en silencio por los surcos de la tierra, en los cántaros de barro, en mis propias venas. No cuento lo que pasó porque no me pertenece del todo. Solo sé que algo volvió a su cauce y con ello yo.