martes, 3 de diciembre de 2024

Medea (los motivos de la bruja)

Ruth Rosales


Los dos litros de mate que tomé esa tarde hicieron su trabajo dejándome despierta justo la noche en que habías planeado marcharte. Mi insomnio te lo impidió, y te quedaste aquí, amargándome la vida.

Claro, no siempre fue así. El juramento de amor que expresaste frente a mis padres, con el ramillete de las flores favoritas de mamá en tu mano, fue el de amarme y respetarme hasta el final de tus días. ¡Cuántas veces me vi tentada en vaciar el gotero entero de la tintura de valeriana en tu café! Acelerar ese momento inminente al que todos los seres vivos vamos, unos con calma, otros con la premura de regresar a la tranquilidad prometida del paraíso y vivir la vida eterna. Nunca me animé. Opté, en cambio, por vaciar mis instintos asesinos en las copas de vino que me empinaba en cuanto el sol de las cinco de la tarde se asomaba por la ventanilla del fregadero y se burlaba de las recientes llagas que decoraban mi cuello.

Quería olvidar el estúpido momento en que acepté, después de un año de insistencias, me acompañaras al trabajo para dizque cuidarme de los maleantes. Llevaba cinco años haciendo el mismo recorrido yo sola desde que los senos empezaron a escaparse de mi cuerpo y nunca se presentó alguien que al menos me dijera: «¡Mamacita!» o «¿A qué hora vas por el pan?». Nada, era invisible para los hombres, menos para ti. Desde ahí debí haber sospechado que no eras uno de ellos, sino una especie de caricatura sacada de alguna tira cómica. Pero no creas que estabas en la categoría del ánime proveniente de Japón, en donde el tormento de las almas de los trazos animados se compensa con esas figuras delgadas de cabello abundante, ojos enormes, penetrantes, cuyos contornos equilibraban el perfil perfecto e inexpresivo de su atractiva virilidad. No. Eras sólo una línea desdibujada y sin estructura, como lo era tu patética y aburrida vida a la que me invitaste a pasar y en la que caí como un gusano perdido entre las telarañas de un ático abandonado.

Creí que podría saciar los revoloteos de mi alma confundida. Esos cinco bastos largos que se me presentaban en las constantes tiradas de tarot mostrándome la lucha enferma por ejercer poder dentro de un matrimonio alimentado por silencios, frustraciones y desencantos. Golpeteos altisonantes en constante lucha por escapar, salir de este lugar inmundo disfrazado de ciudad, en el que la mejor virtud de una mujer es casarse y servirle a su marido tal y como lo he hecho contigo. Por eso, cuando supe que te habías liado con Carmela, la españoleta que llegó del brazo del mejor amigo de papá, veinte años más joven que él y diez menos que tú, empecé a ir a la iglesia con tal devoción para pedir al altísimo con toda su corte celestial que les diera el valor y se escaparan, dejándome viuda sin necesidad de convertirme en asesina.

Lo tenía todo planeado en mi cabeza. En el momento en que se marcharan me vestiría de negro. La gente sentiría compasión por mí y aceptarían la excentricidad de creerte muerto en lugar de aceptar que me habías dejado. El plan era perfecto. Desde ese momento, el golpeteo estridente de los tambores internos de mi alma, silenciaron la furia cada vez más amarga de mis antorchas encendidas. Las peleas que oscilaban en el aire de la casa dejaron de ser intimidantes. Mi espalda empezó a sanar, aunque de vez en cuando extrañara el sorpresivo impacto de la escoba. ¡Era tan extraño no tenerte miedo! Estabas enamorado y yo amaba tu falta de interés hacia mi cuerpo.

Tenía guardado en el fondo de mi cajón, en un compartimento secreto debajo de un falso tablón, el amuleto que la bruja Constanza me hizo para aplacar tu mediocridad y falta de hombría; esa, de la que tanto carecías cuando llegabas a casa con las manos vacías, sin la promoción que tanto prometías desde que estábamos de novios y presumiste frente a mis padres. Debía usarlo cuando te me acercaras con ese cuerpo flaco, escurrido, pero al final de cuentas masculino y ejercías las pocas fuerzas que tenías para ceñir mi cuello y apretarlo, mientras te bajabas la bragueta y sin ni siquiera quitarme las bragas poseerme con fuerza hasta arrebatarme el conocimiento. Ya no sería necesario, porque Myrnita, la secretaria y amante de tu jefe, me había dicho en confesión que planeabas irte esa noche de agosto. Se lo dijiste al que asegurabas era tu amigo del alma después del cuarto trago de Tom Collins que tomabas nada más de pura pose.

Esa semana los nervios no me dejaron tranquila. Fui a la iglesia en la mañana, en la tarde y en la noche, para asegurarme de que el todopoderoso les ayudara y no les aguadara las ganas de irse a tierras españolas a vivir su historia de amor. Pero el humor es la carcajada siniestra del diablo y quiso esperarme en la puerta de mi casa en forma de hierba. Mi madre, que había viajado semanas anteriores a Buenos Aires, me trajo un hermoso matero para que mejor tomara esa endemoniada planta en lugar de café. Y ahí estoy yo, de bruta, tomándome el mate pensando que era como un té de manzanilla.

Myrnita había confundido la fecha, no te ibas el sábado como había dicho, si no el jueves, el día en que el mate me provocó el insomnio. Debí haberlo sospechado porque estabas cariñoso y nervioso al mismo tiempo. Pensaste que Carmela te esperaría, pero ella lo que deseaba era largarse de aquí y lo haría contigo o sin ti. Lo hizo sin ti.

Ese fue el primer momento en que estuve a punto de saborear mi libertad. Pensé que tendría una segunda oportunidad cuando agarraste el palo de escoba y empezaste a usar mi cuerpo como piñata. Como pude llegué al cajón del buró y me hice del amuleto de la bruja Constanza, un cuernito de cabra que debía clavar en un muñequito que tenía tu forma maltrecha y escurrida, pero salió volando cuando zurraste mi cara con la paja desgreñada de la escobilla. En un movimiento desesperado por no perder la conciencia, mi mano recobró el cuerno y  fue a dar a tu entrepierna, ¿te acuerdas? Chillaste como un puerco en el matadero. El bendito talismán se coló hasta tus huevos arrancándotelos de tajo. ¡Quién iba a decir que estaría tan filoso! La sorpresa y el dolor te hicieron retroceder y te apoyaste en la ventana. Lo siento. No pude desaprovechar la oportunidad. Me levanté y te empujé con fuerza para que cayeras, pero ni así me convertí en asesina.

Parapléjico te quedaste y seguiste amargándome la existencia. Pensé que teniéndote como un bulto sería más fácil deshacerme de ti. ¡Qué equivocada estaba! El párroco de la iglesia, que creía ver en mí a la cristiana abnegada entregada a la voluntad de Dios, organizó una colecta para ayudar a la pobre mujer que de buenas a primeras se había quedado con un marido incapaz de cuidarla. Quién iba a decir que el padrecito lograría recolectar la cantidad de dinero que tú nunca lograste juntar ni con horas extras, aguinaldo y prestaciones.

La gente metiche que le encanta el protagonismo de inmediato propagó la historia de la pobre mujer en desgracia. El relato exagerado llegó a los oídos de un reportero amarillista que vino a tomarte las peores fotos para que causaras compasión. No le costó mucho trabajo, te veías más flaco, amolado y asqueroso que de costumbre.

La edición de esa revista, en donde salió el reportaje de tu heroísmo y sacrificio por salvar la honradez y vida de tu mujer, llegó a los ojos del productor más pesado de uno de esos programas de televisión que nada más buscan desgracias para subir el índice de audiencia.

Un día llegaron unas camionetas blancas llenas de gente. La casa se vio invadida por diseñadores, carpinteros y decoradores. Me preguntaron cómo habían sido los acontecimientos para hacer una dramatización. Fingí falsa modestia y dije que no quería que grabaran mi humilde hogar, pero me dijeron que ellos se encargarían de que se vieran presentables todos los lugares en donde ocurrió el altercado. Entonces me llegó la inspiración, vete a saber de dónde. Tal vez si tuviera madera de cuentera como decía mi madre cada que llegaba a casa con alguna historia exagerada de la escuela. Habrá sido eso, la gracia divina o el sereno, pero el relato me salió digno de un Óscar.

Les expliqué con lujo de detalle que los atacantes habían entrado por la cocina. Me sometieron y me violaron en la mesa y luego sobre la estufa. Después me arrastraron a la sala en donde se disponían a metérmela por el culo cuando mi marido, mi valiente e imperturbable esposo, los encontró en el acto al entrar por la puerta y recorrer el pasillo alarmado por mis gritos de auxilio.

Por desgracia, los atacantes eran cuatro (en la versión del reportero de la revista habían sido dos, pero nadie se dio cuenta de que se duplicaron) y sometieron sin problemas a mi pobre hombre. Lo amarraron y quisieron obligarlo a ver lo que los desgraciados estaban a punto de hacerme antes de ser interrumpidos, pero la voluntad de mi amado fue tan grande que pudo zafarse de sus ataduras y me pidió que escapara. Uno de los maleantes se interpuso en el camino impidiéndome salir, por lo que subí las escaleras en donde fui brutalmente golpeada. Pensaron que había perdido la conciencia, pero yo fingí. A esta parte del relato le puse mucha candela puesto que sabía de lo que estaba hablando. Tenía experiencia en hacerme la muerta cuando te ensañabas conmigo y yo me desconectaba para bajarte la excitación que te provocaban mis gritos.

Total, escapé. Fui al baño y agarraré el tubo de la cortina de la regadera para defenderte. Cuando salí me encontré con que los bandidos estaban en nuestra recámara obligándote a darles las pocas joyas que teníamos (en realidad no había ni una sola, pero eso haría más creíble la historia, si no, ¿quién en su sano juicio da tanta pelea por solo violar a una mujer fea y desgraciada como yo sin llevarse la recompensa de un botín?).

Entré y golpeé a los hombres con todas mis fuerzas hasta liberarte, pero no te fuiste. Iniciaste una batalla cuerpo a cuerpo al ver a tu mujer en peligro. Uno de ellos sacó un cuchillo que te enterró en la entrepierna y por desgracia se llevó tu hombría. Te siguieron golpeando y por la inercia de la pelea acabaste al filo de la ventana. Antes de que te dieran el último golpe que te haría caer hacia el abismo de la calle proferiste tus últimas palabras: «Corre princesa, ¡sálvate!».

Mi relato, por supuesto, quiso abarcar toda la casa para que los encargados de arte del equipo de producción del programa le dijeran a sus carpinteros que remodelaran aquí y allá. Así fue como este lugar pasó de ser un mísero cuchitril producto de tu mediocridad a un palacio en medio de un barrio popular. Y lo hice yo, con una imaginación y visión emprendedora que nunca, ni en tus más preciados sueños, hubieras sido capaz de construir.

¡El programa fue un exitazo! Todo mundo quería donar para la recuperación del amante guapo (¿guapo?) y valeroso que se había sacrificado por su mujer. Múltiples asociaciones aportaron con equipo, fármacos y atención médica para que tuvieras lo mejor. Diario teníamos aquí a las de la Unión de Damas Católicas rezándote los misterios del rosario.

Al principio estaba encantada con tanta atención, pero el tiempo pasó y cada vez era más insoportable cuidarte. Quería irme. Soñaba con salir de esta mísera ciudad y gastarme el dinero que se iba acumulando debajo del colchón. Pero no. Ni así dejaste de desgraciarme. La constante vigilancia de los vecinos, las beatas, las asociaciones que me daban mes a mes el dinero para tus cuidados, los desfiles de los médicos que reportaban que ibas mejorando, hacían imposible que te matara.

Había alguien que sabía mi secreto: la bruja Constanza. Un día tocó a mi puerta y entró sin que la invitara. Se sirvió un café mientras decía que ella podría sacarme del embrollo en el que estaba metida. Dijo que podría deshacerse de ti sin que nadie sospechara, pero por supuesto me iba a costar. Habló de hierbas, pociones, sahumerios y hechizos.

Aunque su propuesta era atractiva, quería ser yo la que se robara tu último aliento. Le dije que le pagaría. Le daría una cantidad bastante jugosa si me enseñaba el arte de la brujería hasta aprender cómo hacer el trabajo con mis propias manos. Se la pensó un poco la vieja mezquina, pero después de escupir al piso, lamerse la palma y extenderme su mano, me dijo que haría el trato siempre y cuando hiciera todo cuanto me pidiera. Ese día empecé a aprender los misterios de la mujer.

Poco a poco todo se fue acomodando. Las fajas de dinero seguían creciendo, mientras las visitas de los médicos y los rosarios de las damas católicas fueron disminuyendo. A la gente ya no le importaba el destino del caballero medieval salvador de la honra de su princesa, ahora seguían la vida de un grupo de personas que vivían en una casa y eran grabadas las veinticuatro horas del día. La morbosidad es cabrona en este país.

Aunque ya no tengo la vigilancia constante de la gente, sigo sacando todo el dinero que pueda mientras sigas vivo. Por eso te he mantenido respirando durante todos estos años. ¡Cómo odio ver tu mirada perdida en esa cara desinflada! Lo único que me consuela es usar tu cuerpo endeble y putrefacto como muñeco de vudú metiendo alfileres por cuanto orificio me encuentro. ¿Te acuerdas cómo solías meterme el palo de escoba en mi vagina por pura diversión? Ahora soy yo la que uso tu culo para sostener mi vibrador. Y tú que te las hacías de tan machito, ¡quién te viera ahora con los esfínteres desgarrados!

Acabo de regresar de decirle a la bruja que ya estoy lista para matarte. Esta mañana me levanté y por primera vez me sentí ligera. Vine a verte y no sentí nada por ti. Ni odio, ni amor, ni asco. Nada. Sólo había vacío. Entonces supe que era el momento.

Salí de la casa tranquila y me fui al monte a capturar las serpientes que usaría para terminar contigo. ¡Que orgulloso estarías de tu mujer! Ahora no me da miedo ningún animal. Quién iba a pensarlo cuando te burlabas llamándome vieja collona al gritar presa de pánico cuando veía a las cucarachas.

Antes de venir pasé a donde la bruja Constanza para decirle, sólo por puro trámite, que ya era hora de que dejaras este mundo. Por desgracia, ella no estuvo de acuerdo conmigo, así que no tuve más remedio que abrir la canasta en donde traía a las cobritas. Le dije que les había sacado el veneno así que no se asustó cuando la agarraron a mordidas. Me di la media vuelta antes de que su cuerpo se retorciera y la espuma amarillenta saliera por su boca. No quise ver en su mirada el reproche del maestro al darse cuenta de la ingratitud de la alumna.

Ahora estoy aquí fumando el tabaco que tomé al salir de la casa de la ahora fallecida bruja. He llenado la matera de hierba para estar despierta toda la noche. Quiero presenciar cómo la mezcla que hice de hongos alucinógenos, belladona y valeriana, que acabo de introducir en tu boca, te tortura con visiones terroríficas hacia una muerte desesperada; mientras que yo, sentada en el marco de la ventana, me voy convirtiendo por fin en tu asesina.

martes, 19 de noviembre de 2024

Un paso, una huella

Rosario Sánchez Infantas


¡Lo que daría porque alguien me rascase la espalda!

Me estremezco cuando muerde, sacude y me arranca un pedazo de piel, nervios y músculo. A veces solo se desplaza para volver al ataque. Me imagino que busca la grasa de mi cuerpo flaco. ¡Oh! Esta picazón insufrible me ha despertado. Soñaba que una fiera me devoraba. ¡Mierda! ¡Esto es el infierno! Deben ser larvas de mosca que se agitan. Se desplazan comiendo en mi espalda. ¡Qué comezón! ¡Esto es insufrible!

Me duele todo el cuerpo, me cuesta respirar y estoy aturdido. Veo que, del pecho hacia abajo, estoy atrapado por el lodo, piedras y plantas que arrastró una avalancha. Lo intento, pero es inútil, no puedo escapar de esta masa casi sólida.

La ceja de selva y sus miles de voces me permiten orientarme dónde estoy. No sé qué hago aquí ni qué día es. Recuerdo, vagamente, que las primeras luces del día son la señal de ponerse en pie y, rápidamente, hacer las cosas. Me parece que hice tantas cosas y que urge hacer muchas otras. ¿Ya comerían las mulas?, ¿mulas?... ¡Claro soy arriero! La primera obligación de un arriero es cuidar de sus mulas, siempre lo digo y mi Laura se molesta. ¿Dónde está Laura? Alguien vendrá a ayudarme.

Siento hambre. Recuerdo que cuando niño, en mi caserío en el sur de la China, despertaba y dormía con hambre. Había noches frías en que las viejas cobijas parecían sábanas mojadas. Los huecos de mis zapatos dejaban que el sucio barro mojara y entumeciera mis pies todos los días de la temporada de lluvias y en los deshielos de la primavera. Sin embargo, hasta cuando las ratas mordisqueaban mis orejas mientras dormía, tenía libertad para intentar hacer algo. Ahora no puedo hacer nada. Parece que estos malditos insectos, además del sufrimiento, me están devolviendo mis recuerdos. ¡Qué ganas de frotarme la espalda contra una roca rasposa!

¡Me están comiendo los gusanos! ¡Ahora es mi hombro derecho y ambos brazos! ¡Ayúdame, madre! ¿Llegará ayuda?   

Hijo mayor de una joven pareja de campesinos analfabetos, nací en un caserío de la provincia de Guangxi, en una época de hambruna por los desastres naturales y la epidemia del cólera. La situación económica se puso peor tras la derrota china en la Primera guerra del opio y por la sobrecarga de impuestos a los agricultores; tuvimos que abandonar nuestras pequeñas tierras. En un año habrían de morir mis padres y mi hermanita menor de una enfermedad desconocida. Along Li, el anciano barquero que nos transportaba me adoptó, pese a ser viudo y pobre. Habría de legarme el deseo de ser buena persona y la sabiduría de miles de hombres de todos los tiempos, mediante los proverbios que orientaban su actitud hacia la vida. Cumplí los cinco años cuando inició la guerra civil entre la dinastía Qing y los rebeldes Taiping. Pudimos sobrevivir catorce años de masacres generalizadas, devastación de poblados, casi treinta millones de personas muertas, migraciones y la profundización de la crisis económica y política en China.

Muerto mi protector, con diecinueve años y sin saber qué hacer con mi vida, me dirigí al puerto comercial de Macao. Allí conocí a «enganchadores» que informaban del éxito de colonos chinos afincados en América. Gruñéndome el estómago de hambre, me pareció fabuloso recibir dinero adelantado para pagarlo con mi trabajo en una hacienda del Perú, para lo cual me hicieron firmar un contrato por ocho años. No podía haber imaginado que, decenas de compatriotas morirían y serían echados al mar, pues enfermaban por la suciedad, desnutrición y apiñamiento, en un viaje que duró cuatro meses. La segunda semana del viaje, para espantar el dolor y el arrepentimiento me repetía como un mantra: «Si te subes a un tigre no bajarás cuando tú quieras, sino cuando quiera el tigre».

El 24 de junio de1870 llegué al puerto peruano del Callao y luego a la hacienda San Rafael en un valle norteño para trabajar en el cultivo de la caña de azúcar. Ni en los peores momentos, en mi patria, llevé grilletes en los pies y dormí encerrado con otros culíes como yo. Solo tenía derecho a una libra y media de arroz diario, dos mudas de ropa y una frazada al año, además de un lugar para dormir en un destartalado galpón. Gran parte del jornal de ocho reales semanales se convirtió en cupones para comprar, a precios carísimos y en la hacienda misma, algo de comida, abrigo, jabón o tabaco. Con ello incrementaba mi deuda, llegando a pensar que moriría sin poder pagarla.

Los hermanos Yiu y Along Apac tras nueve años de semi esclavitud cumplieron su contrato de trabajo en una hacienda algodonera y decidieron ir a probar fortuna, con otros connacionales, en la ceja de selva central. Dicha región estaba recibiendo grupos de colonos italianos y austro alemanes, decididos a hacer de la selva feraz un lugar de trabajo y residencia. Cuando llevaba tres años labrando la tierra, corrió la voz entre mis compañeros que Yiu Apac le había escrito una carta a Chián Apac, su sobrino, y lo animaba a fugarse de la hacienda y afincarse en la selva central. Allí ellos labraban la tierra y comerciaban libremente. Tres de nosotros compartimos la esperanza de fugarnos. Ella nos hizo resistir y hacer minuciosos preparativos. «Incluso la liebre muerde cuando es acorralada», me decía a fin de tranquilizarme por no cumplir mi contrato.

Tras muchas peripecias, atravesando casi medio país que nos consideraba paganos, atrasados, sucios y bárbaros, una mañana lluviosa de marzo de 1873 ingresábamos a La Merced, la tierra prometida. Un pequeño poblado en las últimas estribaciones de la cordillera de Los Andes, rodeado de bosques con una gran diversidad de plantas y animales silvestres. Tras haberse talado los árboles y haberle ganado terreno a la selva en algunas pequeñas haciendas próximas al pueblo se cultivaba coca, café, caña de azúcar y frutales, principalmente. En medio de la espesura de los bosques en pequeños claros habitaban varias tribus hostiles. Unos kilómetros más adelante, hacia el oriente, comienza la inmensa llanura amazónica que se extiende hasta el Atlántico.

Los caminos y trochas estaban intransitables, el calor era intenso y el temor a los nativos permanente. Salpicadas en la selva central una docena de haciendas con mano de obra andina y de algunos culíes. Los migrantes más antiguos en el lugar cultivaban pequeñas parcelas o se dedicaban al comercio; vendían sus productos agrícolas en poblados andinos aledaños. Allí compraban herramientas agrícolas y diversos utensilios que trocaban con nativos selváticos amistosos. Primero debí trabajar como peón en la hacienda de un peruano, a fin de juntar un pequeño capital, lo cual fue posible con la ayuda mutua que se prestaban nuestros connacionales, alrededor de cien, en su mayoría dedicados a la agricultura.

Poco a poco me fui acostumbrando a este entorno duro pero que permitía vivir en libertad. En un pequeño descampado, los peones andinos y sus familias, los días domingo, compartían comida, música y bailes. Por primera vez en cuatro años fui tratado como un igual por estas personas peruanas. Uno de esos domingos conocería a Laura Soto Vicuña. Una jovencita de piel trigueña, grandes ojos negros, rasgos armoniosos y apretadas trenzas. Era tan bella que me pareció inalcanzable. Sin embargo, me dije: Chián Ku seguirá trabajando mucho para un día ser digno de pedirla como esposa. Trabajé, Laura y yo nos enamoramos y gracias a que los andinos valoran al hombre trabajador y honesto, sus padres bendijeron nuestra unión y un misionero franciscano me bautizó, confirmó en la fe cristiana y casó el mismo día. Fuimos muy felices.

Cuando ya habían nacido nuestros tres chinitos peruanos, dos paisanos y yo teníamos nueve mulas y algunos burros y viajábamos juntos por esos peligrosos caminos, como arrieros. En la temporada de lluvias no salíamos debido a las precipitaciones torrenciales, crecidas de ríos y deslizamientos de lodo y piedras. Fue entonces que me buscó un fraile franciscano, que pidió llevara a tres de sus compañeros hasta su centro principal, el Convento de Santa Rosa de Ocopa, porque nadie más quería salir en esta época del año. Desde el siglo XVII los franciscanos paralelamente a la conversión de nativos, realizaban actividades comerciales en las zonas en las que iban instalando sus misiones. En ellas producían caña y en sus trapiches se elaboraba azúcar, melaza y aguardiente; los nativos debían trabajar tres días por semana para los franciscanos. Así mismo, proyectaban caminos de penetración a la selva, hacían construir puentes y llevaban la religión católica. Muchos de ellos morían flechados por nativos hostiles y sus cuerpos nunca fueron ubicados.

La explotación del caucho, que se expandía en la Amazonía, llegó muy cerca de la Merced. Se ofrecían recompensas a los nativos que cazaran a otros nativos a fin de ser utilizados como mano de obra esclava. Es así que algunas misiones franciscanas habían sido asaltadas y se habían llevado a hombres adultos y herido a algunos pobladores. En una reciente incursión dos frailes habían resultado heridos y era preciso llevarlos a su convento sede viajando unos diez días hacia el suroeste del país. Me dejé persuadir, y es que hablaban muy bonito. Conmovían al tocar las fibras más sensibles de quienes los escuchaban. No parecían ser los mismos que, en varias ocasiones, habían intentado tomar y explotar el Cerro de la Sal, el cual había sido administrado en paz y armonía por diferentes etnias, en la selva central, durante miles de años hasta la popularización de la sal marina.

La luz del amanecer, el canto de las aves y las miles de voces en la jungla me terminan de despertar. Todo me duele. Todo me pica. Estoy en una orilla del río Tulumayo. Nos ha arrastrado una avalancha. No veo a los frailes ni a las mulas. Esta trocha es muy poco transitada especialmente en esta época de luvias. Creo que es el fin.   

 

Tres años me costó intentar reconstruir la vida de Chián Ku, mi bisabuelo. Me siento desolado, estoy sentado en una piedra, no puedo sostenerme en pie. Los archivos de los monjes señalan la fecha y el nombre de dos franciscanos muertos, probablemente en una avalancha en 1880, en inmediaciones de Pacaybamba, a orillas del río Tulumayo. Quizás fueron sacrificados por nativos y echados al río. No figura el nombre del arriero culí que los guiara en su último viaje.

El cementerio del Convento de Santa Rosa de Ocopa cobija a difuntos de los poblados cercanos; en un pabellón exclusivo se conservan las lápidas de mármol de los monjes muertos en más de tres siglos de funcionamiento del monasterio. Quise comprobar por mí mismo que no están las tumbas de los monjes guiados por mi bisabuelo, que murieron en circunstancias desconocidas y cuyos cuerpos nunca se hallaron. Siempre escuché en casa «La esperanza es como un camino de campo: al principio, no existe ningún camino, pero a fuerza de caminar la gente traza uno». Tenía la esperanza de que el sacerdote que me informó se hubiera equivocado y que los franciscanos tuvieron la humanidad de dar cristiana sepultura, en Ocopa, al arriero que murió sirviéndolos. Quizás hubieran traído un cadáver anónimo a enterrar aquí. La fecha del entierro podría guiarme hacia la verdad.

Me abruma no poder hacer algo, ahora que suponía estar tan cerca de hallar los restos de mi ancestro. Alguien con pocas luces ha «arreglado» el cementerio; las tumbas antiguas y modestas han recibido una gruesa capa de esmalte blanco, tapando las inscripciones en el cemento.

–Si nos apuramos podemos visitar las catacumbas bajo el altar mayor –escucho lejano el mensaje de un monje guiando a media decena de seminaristas de la capital.

«Claro, quizás encuentre información valiosa en esas catacumbas». Me levanto, sacudo el polvo de los pantalones y corro para alcanzar al pequeño grupo. «Apúrate lentamente» escucho en mi mente como en casa desde que tengo memoria. Sonrío, hace más de ciento cuarenta años el bisabuelo Chián nos legó esta sabiduría milenaria traída desde la otra orilla del Océano Pacífico. Los alcanzo ingresando, por un costado del altar mayor, a la antigua sacristía que ahora almacena floreros, crucifijos, pequeñas andas y cirios. Mediante una escalera bajamos a una cripta que alberga aproximadamente cuarenta nichos. Mientras el guía explica que bajo sus pies están enterrados los primeros misioneros muertos en Ocopa, cuestiono mi hipótesis inicial. Aquí solo están los miembros de la comunidad religiosa. En los nichos no aparecen los nombres de los monjes que murieron cerca de Pacaybamba. Me imagino que tras el retraso en la llegada de los sacerdotes heridos y el arriero culí, habrían enviado a otros arrieros a buscarlos o enterrarlos en las inmediaciones de la avalancha o en el poblado más cercano. Solo por no interrumpir continúo con el grupo.

Aún me entusiasmó escuchar que algunos franciscanos están enterrados en ciudades selváticas como Pangoa, Río negro o Satipo, equidistante entre el lugar del accidente y Santa Rosa de Ocopa. ¡Quizás los enterraron en Satipo!¡Podría buscarlo allí! ¿Ciento cuarenta y cuatro años después? ¿Sus compañeros no sabrían dónde están enterrados?

¡Ya no era necesario hallar sus restos! Su presencia paradigmática ha estado en la vida de tres generaciones de peruano-chinos porque, Morir sin perecer, es presencia eterna, me parece escucharlo decir. Guardo, en la cartera, la imagen sepia del hombre delgado que sonríe con tierna timidez.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Sin salida

Amanda Castillo


Valeria Arazá, una joven estudiante de cuarto semestre de derecho, provenía de una familia de escasos recursos económicos, la cual estaba decidida a superar el círculo de pobreza mediante la educación que le diera a sus hijos. Ambos padres se dedicaban a realizar cualquier tipo de trabajo que representara obtener algún dinero para sostener a su hija en otra ciudad.

Valeria se esmeraba por obtener las mejores calificaciones, lo que le permitía recibir un descuento en la matrícula universitaria cada semestre. Como era de esperarse, ella vivía con lo mínimo y no disponía de dinero para lujos. Sin embargo, su deseo de superación era más fuerte que las limitaciones económicas que enfrentaba.

La mayor parte del tiempo pedía prestados a sus compañeros los libros y materiales de lectura que no podía comprar. Acostada en su cama, pasaba largas horas de la noche leyendo el material que le prestaban, en su pequeña habitación, que contaba con una cama modesta y una canasta de mimbre para guardar su ropa. En un rincón, había una pequeña mesa que sostenía una estufa eléctrica de una hornilla y los pocos utensilios de cocina que tenía. El baño, ubicado en el pasillo del inquilinato, era compartido por las diez personas que vivían en el mismo piso.

Valeria era una muchacha hermosa: pelo crespo, piel morena y tersa, esbelta y con lindas facciones, razones suficientes por las cuales no le faltaban pretendientes. Sin embargo, ella era muy cautelosa con los hombres que se le acercaban. Su madre le repetía una y otra vez:

—Mija, no me vaya a defraudar. Usted sabe que todas nuestras esperanzas están puestas en usted.

—Sí, mami. Yo sé.

—Bueno, no sobra la advertencia. Manténgase firme en sus propósitos, ya ve cómo nos toca de duro a su papá y a mí.

Sus padres habían planeado que una vez ella terminara la universidad, podría hacerse cargo de la educación de sus hermanos menores.

Su padre, un hombre muy amoroso, pero exigente al mismo tiempo, le decía a su mujer:

—No es necesaria tanta cantaleta, María. La niña sabe muy bien que el estudio es lo primero.

Dado los estrictos patrones de crianza de sus padres, Valeria no había llevado nunca un novio a su casa, ellos pensaban que no los había tenido, pero en realidad, ella tuvo varios romances a escondidas.

Transcurría el año 1996 cuando Valeria conoció a Alveiro. Él cursaba el octavo semestre de ingeniería civil. Se conocieron en una fiesta de disfraces. Aquella noche, ella llevaba puesto un vestido corto, rojo, con lentejuelas, que había sido utilizado para interpretar a uno de los personajes del grupo de teatro de la universidad, al cual pertenecía. Estaba hermosa y sensual. Los chicos la miraban extasiados por su belleza. Alveiro la invitó a bailar, y la conexión fue inmediata.

Alveiro era dulce y especial con ella, disfrutaban de pasar tiempo juntos y se apoyaban mutuamente. Ambos vivían sus propias tragedias. Por un lado, Valeria en ocasiones se sentía muy sola, lloraba en silencio y dudaba de si debía continuar estudiando o sería mejor devolverse a su ciudad para trabajar a y ayudar económicamente a su familia.

Él, por su parte, había perdido a su padre recientemente y su hermano mayor estaba preso acusado de narcotráfico. Dada la difícil situación económica de la familia, Alveiro dedicaba las noches a trabajar como taxista, para ayudar a su madre con los gastos del hogar y pagar al abogado de su hermano. Sentía que su mundo era un caos. Nunca había trabajado y ahora tenía una responsabilidad muy pesada para él. Además del secreto que le ocultaba a Valeria: En realidad, aún seguía enamorado de otra mujer. Se hizo novio de ella para intentar olvidar a su exnovia, quien lo había dejado por otro hombre tiempo atrás.

Después de varios meses de relación, tuvieron sexo por primera vez. Ocurrió en el mismo taxi. Alveiro condujo hasta un sitio solitario en las afueras de la ciudad. La emisora favorita de Valeria transmitía el programa radial de medianoche. Las baladas en inglés y la lluvia golpeando con fuerza el parabrisas del vehículo creaban un ambiente propicio para la intimidad. Ambos se dejaron llevar por el deseo y las ansias de explorarse mutuamente. A partir de ese momento, la relación se volvió cada vez más intensa y los encuentros sexuales comenzaron a ser muy frecuentes. Generalmente, usaban preservativos, pero cuando no tenían ninguno a mano, Valeria optaba por la píldora del día después.

Cada mes, Valeria estaba muy atenta a la llegada de su periodo menstrual. En especial, cuando usaba la píldora para planificar. Pero un día la alarma se encendió. La regla no llegó. Ella lo tomó con calma, «Debe ser una alteración por las hormonas». No le dijo nada a Alveiro. Decidió esperar unos días.

Ya con dos semanas de retraso, Valeria le contó a Alveiro lo que estaba sucediendo:

—Hay que hacerse la prueba —dijo él.

—¿Vamos juntos?

—No puedo, mor. Tengo que estudiar.

—¿Y si sale positivo? —quiso saber ella.

—Esperemos, mor. No nos adelantemos.

—Solo te digo una cosa —dijo Valeria, mirándolo de frente—. Si es positivo, no lo voy a tener.

Alveiro incómodo, agachó la mirada, le dio un beso frío y distante en la mejilla y dijo antes de salir:

—Estoy pendiente, mor.

Sentada en uno de los bancos de la plaza de Nariño, Valeria reflexionaba sobre su situación. La tarde estaba soleada, y las familias y amigos conversaban animadamente, mientras los niños jugaban y los ancianos disfrutaban del calor del sol. En una de las esquinas, un grupo de música popular andina amenizaba el ambiente. Por un momento, la muchacha se olvidó de sus problemas y se dejó llevar por el bullicio.

Después de un rato se levantó lentamente y se dirigió a la Iglesia de San Juan. Era su lugar favorito para hablar con Dios. «Los milagros existen. Si no estoy embarazada, te prometo que me portaré bien. Tú puedes, por favor, ayúdame a salir de esto», rezó en silencio. Levantó la mirada y se encontró con la dulzura en los ojos de Jesús en la cruz, confiaba en que su oración sería escuchada.

El repicar de campanas, anunciado la misa de seis, la sacó de sus pensamientos. Pronto empezaría a hacer frío, no llevaba ropa abrigada, así que decidió irse a su pequeña habitación, la cual era su hogar en aquella ciudad.

 

Al día siguiente, Valeria se armó de valor y fue a un laboratorio a tomarse una prueba de embarazo. Quería salir de dudas de una vez por todas. Antes de conocer el resultado, buscó un teléfono público y llamó a casa de su novio:

—Flaco, tengo miedo de saber, ¿por qué no vienes y lo abrimos juntos?

—No puedo ahora. Estoy estudiando para un parcial. Más tarde voy a tu casa.

Valeria lo esperó, mordiéndose las uñas por la ansiedad, pero Alveiro no llegó. Con el corazón acelerado y las manos temblorosas, abrió el sobre. Sus ojos permanecieron fijos en la única palabra que era capaz de leer en ese momento:

«Positivo».

Abrumada por el resultado, se tumbó en la cama, repitiendo sin parar: «No lo puedo tener… no lo puedo tener… no lo puedo tener». Sentía que su mundo se había derrumbado. Era consciente de las consecuencias que tendría para su vida el estar embarazada. «Mis papás me van a matar. Ellos no se merecen esto».

Para ella no era fácil tomar esa difícil decisión, pero sentía que no tenía otra opción. Si se arriesgaba a tener a su hijo, no podría continuar con sus estudios. Sus padres no la seguirían apoyando. Tendría que retirarse de la universidad y dedicarse a trabajar para mantenerse ella y su hijo. No sabía qué podría suceder con Alveiro. Pero esperaba contar con él. Entonces buscó unas cuantas monedas y lo volvió a llamar:

—Te he estado esperando —señaló enojada.

—Ahh… Es que he estado muy ocupado.

—Sí, pero me dijiste que vendrías. Esto también es importante, ¿cómo es que me dejas sola en este momento? Sabes que debemos hablar. Ya tengo el resultado.

Se produjo un incómodo silencio al otro lado de la línea.

—¿Flaco, estás ahí?

—Sí. Aquí estoy, ¿y entonces qué te salió?

—¿Por teléfono, en serio? ¿Oye… qué te pasa? Este es un tema de los dos.

Alveiro seguía en silencio.

—¿Ya te imaginas lo que te voy a decir, cierto?

—Sí, sí… y estoy muy confundido y desesperado. No sé qué hacer. Yo te busco después.

Alveiro colgó la llamada sin despedirse.

Valeria sintió como si un hoyo en la tierra la estuviera absorbiendo. Estaba aturdida y sin saber qué hacer con exactitud. Era claro que Alveiro no sería un apoyo para ella, la había estado evadiendo desde que le contó su preocupación.

Transcurrieron cuatro semanas desde que Valeria confirmó su embarazo y se mantenía firme en su decisión de abortar, pero no tenía idea cómo lo haría. Imaginó todas las formas posibles hasta que recordó a un médico que la había tratado alguna vez cuando ella enfermó y que le ofreció su ayuda si lo llegase a necesitar. Decidió visitarlo y contarle lo que le sucedía.

—Ah, metiste las patas, chiquilla, ¿por qué no te cuidaste?

—Sí, lo hice, pero esas pastillas fallaron.

—Para que la píldora del día después funcione, hay que ser muy puntual en las horas que se toma después de la relación sexual.

—Me demoré en tomarlas, creo —manifestó Valeria, bastante acongojada.

—No te preocupes, yo te voy a ayudar. El galeno le extendió una fórmula médica y le dijo que comprara un medicamento. Le explicó la forma en que debía usarlo.

Los días de Valeria transcurrían entre sus obligaciones académicas y la angustia por la decisión que estaba a punto de tomar. Su cuerpo había empezado a cambiar. Se sentía extraña, diferente, especial. Sabía que el tiempo jugaba en su contra.

Una noche tuvo un sueño:

Corría en medio de un bosque, su amigo médico la perseguía y ella huía con una niña en sus brazos. Se despertó bañada en sudor y lágrimas.

Si bien Valeria había dicho que no podía tener un hijo en ese momento de su vida, en el fondo de su corazón abrigaba la ilusión de que Alveiro la detuviera.

«Si él me dice que no lo haga, no lo hago».

Con un hilo de esperanza llamó de nuevo a la casa de Alveiro y esta vez le contestó su madre:

—Él no se encuentra.             Salió de viaje. ¿De parte de quién?

—Soy Valeria.

La señora calló por un momento.

—Bueno, cuando regrese yo le digo que usted lo llamó.

Valeria colgó el teléfono y se sintió inmensamente vacía, comprendió que estaba sola y que no tenía alternativas. Se dirigió a una farmacia y con el poco dinero que le quedaba compró el medicamento. Esperó a que llegara la noche y realizó lo que el médico le había indicado.

Despertó a medianoche con terribles calambres en su vientre. El dolor era desgarrador e insoportable. Pedía ayuda. Imploraba que alguien la escuchara y acudiera hasta su habitación. No le importaba que alguno de sus vecinos del inquilinato donde residía, se enteraran de lo que había hecho, sentía que estaba muriendo. Aquella noche llovía a cántaros, razón por la que nadie la escuchó.

Acurrucada en posición fetal, decidió quedarse inmóvil. Después de varias horas de angustia, una sensación húmeda y pegajosa la hizo mover. Descubrió que estaba sangrando. Se levantó y al hacerlo, algo se desprendió dentro de ella. Abrió las piernas y una bolsa de sangre salió de su cuerpo. Temblando se inclinó para observar. Era una bolsa pequeña con un contenido blanquecino, su mente se nubló, se sintió mareada y cerró los ojos para no ver lo que había dentro. Temblaba sin parar y su corazón latía a un ritmo acelerado. «Todo está bien, todo está bien. Respira… respira… respira».

Estaba paralizada por el terror. No tenía fuerzas, se resignó a su destino. Pensó que iba a morir. Sin embargo, poco a poco el dolor fue cediendo y Valeria se quedó dormida.

 

A la mañana siguiente despertó menos adolorida, como pudo limpió todo sin detenerse a mirar. Se sentía muy débil, pero debía salir en búsqueda de comida. Se reportó enferma en la universidad y se quedó en cama durante tres días. No obstante, el sangrado no se detenía. Si bien no era copioso, aún estaba presente. Una semana después empezó a percibir un olor fétido en su cuerpo, comprobó que se trataba de la sangre que salía por su vagina. Alarmada llamó al médico y este le indicó que se fuera a un hospital.

Valeria estaba asustada y esa misma noche acudió a la sala de urgencias. Allí, tuvo que explicar lo sucedido.

El médico de turno la increpó:

—¿Cómo se te ocurre hacer eso, por qué no te cuidaste? ¿Era más fácil deshacerte de tu propio hijo? Verás que te voy a denunciar.

Al examinarla, la trató con brusquedad. La miraba con desprecio.

—Hay que hacerte un legrado. Esto está infectado adentro. Es lo que les pasa por matar a sus hijos.

Valeria no soportó más. Un llanto incontrolable se apoderó de ella. Lloraba angustiadamente. Sola, desprotegida, culpable, sin saber qué hacer. La enfermera que estaba presente se compadeció de ella:

—Tranquilícese, mija, no llore así. Esto va a pasar.

Valeria no se podía controlar, temblaba y el llanto sacudía su cuerpo sin cesar. Intentaban canalizar una de sus venas, pero los movimientos lo impedían. Le trajeron un vaso con agua y la pusieron a oler un paño embebido con un agradable aroma. Otra enfermera vino y le habló:

—Mija, no importa lo que haya pasado. Ahora tenemos que salvarla. Si no le hacemos el procedimiento, se puede morir por la infección.

—No quie… eeero que él me opere —logró balbucear en medio del llanto.

—No, él no es el cirujano. Tranquila.

La llevaron a un cuarto aislado, lejos de la mirada acusadora del médico. Acostada en la camilla, la intensidad de la luz blanca lastimaba sus ojos irritados por el llanto. Los gritos de una mujer, ubicada enfrente de ella, aumentaban su angustia.

Al cabo de un largo rato, llegó por ella un joven enfermero con una silla de ruedas.

—¡Paciente Valeria Arazá!

—Soy yo —balbuceó Valeria.

—Vamos al quirófano —dijo sin preámbulos.

Cuando Valeria salió de la clínica, su estado emocional era patético. Ya no le dolía nada de su cuerpo, pero su corazón estaba herido de muerte. La tristeza y la culpa se habían apoderado de ella. No encontraba paz y alegría en nada de lo que le ocurría. Regresó a clases y continuó con sus estudios, aparentando que todo estaba bien en su vida, mientras el recuerdo de aquella noche la perseguía en silencio. Valeria pensó en quitarse la vida. Acudió a un sacerdote con quien se confesó y sintió algo de alivio momentáneo. Pero el dolor y vacío emocional seguía estando ahí, presente cada día, carcomiendo su alma y bebiendo sorbo a sorbo el dorado caudal de su existencia.

Alveiro apareció semanas después, ella no le quiso volver a hablar.

Valeria terminó la universidad e inició de manera rápida su vida laboral, se consolidó como una profesional exitosa. Sus padres se sentían muy orgullosos de ella. La situación económica de la familia empezó a cambiar y ella se hizo cargo de la educación de sus hermanos menores.

Pero cada noche, en la soledad de su cama, Valeria lloraba en silencio. Rogaba a Dios que la perdonara por lo sucedido. Siempre supo que no había tenido otra salida, sin embargo, el recuerdo del rostro de aquella niña que llevaba en sus brazos, cuando corría entre los árboles, la acompañaba cada día de su vida.

Años después Valeria se casó y tuvo dos hijos. Al ver el rostro de su primera hija, sintió que por fin Dios la había perdonado al darle nuevamente la oportunidad de ser madre. Educó a sus hijos con esmero y profundo amor. No obstante, a pesar del paso del tiempo, de una vida próspera y de los triunfos alcanzados, Valeria no deja de preguntarse: «¿Qué hubiera sido de mi vida, si la hubiera tenido?».

Ha pasado mucho tiempo desde aquella noche horrible, pero Valeria sigue pensando en la hija que nunca llegó a nacer. Rememora lo sucedido, suspira con tristeza y no puede evitar murmurar: «Ahora, ya tendría veintiocho años».

jueves, 31 de octubre de 2024

Emily

Elena Virginia Chumpitazi Castillo


El sol abrasador caía sobre el pequeño pueblo de Las Lomas en Piura, sofocando el ambiente y haciendo que la brisa tibia apenas se sintiera. Emily avanzaba a duras penas por el sendero de tierra que llevaba a la casa de su hermana, arrastrando su maleta. Hacía casi dos años desde la última vez que vio a Nuria y fue en Lima durante la visita que les hizo a sus padres. Desde entonces, la vida de ciudad había pasado como un vendaval de obligaciones, trabajo y ruido, hasta que decidió que era momento de un respiro.

Mientras caminaba, sentía cómo el sudor comenzaba a acumularse en su frente. Había tomado la decisión de no avisar, quería sorprender a Nuria y a Eyal. Su hermana le había hablado tantas veces de la paz del campo, del aire limpio y del tiempo que parecía detenerse en ese rincón del mundo. Pero ahora, con el calor asfixiándola y el polvo pegándose a su piel, Emily se preguntaba si no habría sido mejor llamar antes y pedir que alguien la recogiera en la parada del autobús.

Entonces, lo vio. A lo lejos una figura masculina se destacaba bajo el sol. Un hombre de piel dorada y torso desnudo trabajaba con esfuerzo en los campos cercanos. Los músculos de su espalda y brazos se tensaban y relajaban al compás de cada golpe que daba con la herramienta de labranza, brillando con el sudor que se acumulaba en su piel. Emily detuvo su paso por un instante, obligada por la curiosidad y una atracción repentina que no supo explicar. El hombre se volvió brevemente, y entonces lo reconoció. Era Eyal, su cuñado.

Su corazón dio un vuelco. «No debería mirarlo así», se dijo a sí misma, pero no pudo evitarlo. Su cuerpo parecía tener vida propia, incapaz de apartar los ojos de la imagen que se desplegaba ante ella. Su cuñado era más atractivo de lo que recordaba. El campo, normalmente tranquilo y silencioso, ahora parecía el escenario de una escena cargada de alta tensión.

Eyal, finalmente, se percató de su presencia y se acercó, con una sonrisa cálida dibujada en su rostro. Su andar era pausado, pero firme, y al llegar a ella, la saludó con la familiaridad de siempre.

—¡Emily! ¡Qué sorpresa! —exclamó mientras la abrazaba brevemente y le daba un beso en la mejilla—. No sabíamos que vendrías. ¿Por qué no nos avisaste?

Emily sonrió, aunque por dentro sentía emociones que no lograba descifrar. Se había imaginado este reencuentro de manera distinta, más ligero, más familiar. Pero ahora, el calor del sol no era lo único que la hacía sudar.

—Quería sorprenderlos —respondió con voz dulce, tratando de no dejar entrever lo que realmente sentía. «Es solo mi cuñado», se recordaba, pero no podía negar que algo en él despertaba sensaciones en su interior que no debía permitir.

Eyal, sonrió y tomó su maleta sin esfuerzo.

—Ven, vamos, Nuria se va a alegrar mucho.

El sonido de los pasos de Eyal y Emily sobre la grava resonaba mientras se dirigían al encuentro de Nuria. A lo lejos se podía ver la pequeña casa que habían convertido en su hogar. Las paredes blancas reflejaban los rayos del sol, brillando como un faro en medio del campo.

Al llegar, Nuria estaba en la cocina, absorta en la preparación del almuerzo. Cuando oyó el sonido de la puerta, un buen presentimiento se apoderó de ella, dejó de lado lo que hacía y salió rauda hacia la sala.

—¡Emily! —gritó Nuria emocionada al ver a su hermana—. ¡Qué alegría verte aquí! —La abrazó con fuerza, mostrando el gran amor que sentía por ella.

Emily correspondió al abrazo con la misma intensidad, una sensación de paz la inundó, al tener a su hermana cerca. Por un momento, todo el calor, la excitación y los pensamientos que había tenido en el camino se desvanecieron. «Esto es lo que vine a buscar», pensó.

—Te extrañé tanto, Nuria —dijo Emily, dejando que su voz reflejara un gran alivio.

—Yo también te extrañé, querida. ¡Qué sorpresa tan agradable! —respondió Nuria, llevándola hacia adentro—. Siempre tenemos la habitación lista para ti, vamos, para que puedas ducharte y descansar un poco.

Mientras Emily se instalaba en su habitación, Eyal la observaba desde la distancia. Había algo en su cuñada que lo descolocaba, una presencia que había notado desde el momento en que la vio caminar bajo el sol. «Es solo Emily, la hermana de Nuria», se repetía. Los pensamientos fugaces de ese breve instante en el campo lo perturbaban.

En los días siguientes, Emily comenzó a disfrutar de su estancia en el campo. La tranquilidad, el aire limpio y la naturaleza la ayudaban a olvidar la rutina de la ciudad. Cada nuevo amanecer era un respiro para su mente y su cuerpo. Decidió, incluso, retomar su viejo pasatiempo de pintar, algo que había dejado de lado debido a su agitada vida laboral.

—Nuria, ¿me acompañarías al pueblo? —le pidió un día—. Quiero comprar algunos materiales para pintar. No traje nada conmigo y tengo ganas de crear algo mientras estoy aquí.

—Claro, te acompaño encantada —respondió Nuria, alegre por ver a su hermana tan animada.

El pequeño pueblo, aunque modesto, era pintoresco. Las calles de tierra, las casas bajas con techos de teja y la plaza central donde se encontraba el minimarket daban la sensación de que el tiempo pasaba más lento. Lorenzo, un joven bien parecido, atendía con amabilidad en este último. Su sonrisa amplia y su cabello oscuro llamaron de inmediato la atención de Emily.

Nuria lo conocía bien, así que no tardó en presentarlos.

—Lorenzo, te presento a mi hermana Emily. Está de visita con nosotros.

Él le ofreció una sonrisa cálida.

—Encantado de conocerte, Emily. —El tono de su voz era tranquilo, pero había una chispa en sus ojos que Emily no dejó pasar desapercibida.

A partir de ese encuentro, Emily y Lorenzo comenzaron a verse con frecuencia. Los días se sucedían entre caminatas por los campos y charlas bajo el cielo azul. Lorenzo, con su sonrisa sincera y su encanto natural, pronto quedó cautivado por la belleza de Emily, quien, aunque disfrutaba de su compañía, aún no podía sacarse de la cabeza la atracción latente que sentía por Eyal.

Mientras Eyal trabajaba bajo el sol por la mañana, Emily se dedicaba a pintar el hermoso paisaje que los rodeaba, aunque no podía evitar mirarlo por segundos, los suficientes para alterar sus hormonas ante el espectáculo que le ofrecía su cuñado.

Por otro lado, las salidas con Lorenzo se hicieron más frecuentes. Él la hacía reír, la escuchaba y parecía ser todo lo que ella necesitaba en ese momento. Sin embargo, cada vez que regresaba, la atracción por Eyal se volvía insoportable.

El sol empezaba a caer, Nuria dormía una siesta, Emily salió al jardín para despejarse. Estaba disfrutando del silencio cuando, de repente, sintió una presencia. Al girarse, vio a Eyal, de pie en el porche, mirándola intensamente.

—¿Puedo acompañarte? —preguntó con voz profunda.

Emily asintió, aunque su corazón latía con fuerza. No podía negar lo que sentía por él, pero sabía que ese camino era peligroso.

—Es un lugar hermoso —dijo Eyal, aunque no apartaba la mirada de Emily.

—Sí, lo es —respondió ella, intentando mantener la compostura.

El silencio que siguió fue bastante incómodo. Ambos sabían que había algo entre ellos, pero ninguno se atrevía a decirlo. Sin embargo, antes de que las cosas se intensificaran, Nuria salió al jardín.

—¡Ah, están aquí! —exclamó sin percibir nada extraño—. Ven, Emily, vamos a preparar algo para cenar.

Emily se levantó al instante, agradeciendo la interrupción. «Esto tiene que parar», pensó.

Emily seguía viéndose con Lorenzo, pero su atracción por Eyal continuaba creciendo. Una tarde, Lorenzo la llevó a una cena romántica, preparada con todo detalle. Él era dulce y atento, y aunque Emily lo apreciaba profundamente, cada vez que cerraba los ojos, aparecía la figura de Eyal.

Al despedirse esa noche, Lorenzo la abrazó con fuerza, mientras Emily intentaba ahogar la culpa que la consumía. Sabía que no podía seguir así, pero no encontraba la manera de romper ese triángulo emocional en el que se había quedado atrapada.

Una tarde, mientras Nuria estaba en el pueblo haciendo compras, Emily y Eyal se encontraron nuevamente a solas en el porche. Esta vez, sus deseos más salvajes danzaban en el aire, envolviendo sus cuerpos en una atracción innegable, como si el destino los hubiese tejido con hilos invisibles. Eyal se acercó a ella con una mirada cargada de intenciones, una chispa en sus ojos que no permitía lugar a dudas.

—No podemos seguir así, Eyal —susurró Emily, aunque no se movía.

—No quiero seguir resistiéndome, Emily. Lo que siento por ti es más fuerte de lo que puedo controlar —respondió él, acercándose cada vez más.

Sin pensarlo Emily se dejó llevar y en un instante, ambos se encontraron en un beso lleno de pasión. Fue un momento de desahogo, pero lo que no sabían era que alguien los observaba.

Nuria, quien regresaba antes de lo previsto, los vio desde el camino. Sintió como si le arrancaran el corazón por pedazos. No podía creer lo que estaba mirando.

Empezó a caminar hacia la casa escondiéndose tras los arbustos, un sentimiento de desesperación y dolor se apoderó de ella. Fue directamente a la cocina, con manos temblorosas tomó un cuchillo y llena de ira y tristeza, se dirigió hacia el porche donde Emily y Eyal seguían envueltos en su momentánea pasión.

Sin que ninguno de los dos lo viera venir, Nuria se lanzó sobre ellos. Primero fue Eyal, a quien apuñaló en el abdomen con un grito desgarrador. Emily se apartó horrorizada, incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.

—¡¿Cómo pudiste hacerme esto?! —gritó Nuria, con el rostro deformado por el llanto y la ira.

Emily intentó acercarse para calmarla, pero Nuria fuera de sí, la empujó y levantó el cuchillo de nuevo. Esta vez fue Lorenzo, quien había venido a buscar a Emily, el que llegó a tiempo para detener el ataque. Agarró a Nuria por los brazos, intentando quitarle el cuchillo mientras ella seguía gritando.

—¡Me traicionaste, me traicionaron los dos!

Eyal, herido y sangrando, cayó al suelo, con la mirada perdida, mientras Lorenzo lograba arrebatarle el cuchillo a Nuria. Emily, en estado de shock, no podía moverse. Todo su mundo se había derrumbado en cuestión de segundos.

El caos que siguió a los eventos de esa tarde fue devastador. Eyal fue llevado al hospital en estado crítico, Nuria destrozada por lo que había hecho, fue arrestada por intento de homicidio. La pequeña comunidad rural quedó conmocionada.

Emily aun procesando lo ocurrido, iba tomando conciencia de que nada volvería a ser como antes. No solo había perdido a su hermana, sino también a Lorenzo, sabía que, aunque él había actuado heroicamente, no podría perdonarle la traición.

Eyal sobrevivió. Nuria fue condenada a varios años de prisión. La traición y el ataque extinguieron su gran amor.

Emily dejó el pueblo poco después del juicio. Las semanas siguientes estuvieron llenas de soledad y de un hondo remordimiento. En lo más profundo sabía que era el precio a pagar por haber caído en la vorágine de sus instintos. Ahora solo podía concentrarse en reconstruir su vida, aunque eso le tomara el resto de sus días.

miércoles, 30 de octubre de 2024

La cama trece

Doris Verónica Martínez Méndez


«Pablo, paciente de cinco años quien se encuentra en estado crítico, pronóstico reservado. Se mantiene en ventilación mecánica con parámetros elevados, soporte vasoactivo y sedación continua. No ha mostrado respuesta clínica favorable, aunque sus signos vitales y exámenes de laboratorio se reportan en límites normales...». El monitor de la cama trece te despierta con pitidos escandalosos, mientras los números de los signos vitales parpadean a ritmo fatídico. Te toma unos minutos ubicarte en tiempo y lugar. El aire acondicionado de la unidad intensiva contrae los músculos y penetra la piel, como si el frío buscara invadir la médula de los huesos. La estación de monitoreo al centro es como una isla formada por una mesa larga y semicircular desde donde puedes verlo todo. La tenue luz proviene del cubículo de enfermería al costado izquierdo, oyes el ruido de la estática en la radio que tienen las enfermeras en un rincón: la estación radial finalizó su transmisión a media noche. Al frente están las primeras ocho cunas con sus equipos y a la derecha están los cubículos protegidos por mamparas de vidrio para aislamiento.  La silla giratoria rechina cuando te levantas, pones tus manos en la espalda y haces un movimiento para acomodar tus vértebras. Los párpados luchan por mantener abiertos tus ojos, teñidos de un rojo vivo, inyectados por el sueño profundo de las tres de la mañana; tienes una marca circular en la mejilla por haberte dormido sobre el reloj en tu muñeca. Caminas al cubículo de la cama trece.

—¿Pasa algo, doctor? —pregunta la enfermera al acercarse.

—El monitor debe estar dañado —dices al terminar de auscultar al pequeño y tomas el minúsculo sensor para probarlo en uno de tus dedos, calzando apenas en el meñique—. Ha pasado pitando sin motivo todo el maldito turno.

De repente, la alarma del ventilador retumba en el aire y las luces se encienden en un rojo amenazador.

Lo que faltaba, después del día de los demonios que he tenido. Estoy más salado que el mar muerto. Yo, que siempre me las daba de suertudo, el «gurú» de la buena racha. ¿Y si le indico una radiografía? Tiene la presión del ventilador tan alta que puedo apostar rompió el pulmón. De nuevo. Pobre chamaco, mira en las que está por andar jugando con los pollos. ¿Quién iba a decir que un picotazo del pinche animal lo traería de su recóndita finca al vacío rincón de la cama trece? Nadie lo tomó en serio. Cuánto se habrá burlado el desgraciado matasanos de pueblo al escuchar la insólita consulta. ¿Cómo pasó la semana con el pulmón colapsado, hinchado del cuello con la piel crepitando como plástico para embalar? Medio litro de agua y sangre salió de su pecho y la madre persignándose, dijo: «Igual que Jesucristo». Ave María, líbranos de la ignorancia.

—Hazte la limpia, cachorro —te dice Silvano aquella mañana lluviosa al ver la cara de luto que tienes.

—No me jodas, Silvano —le dices y caminan de cama en cama para entregar lo que había quedado de aquella noche fúnebre—. Te queda el cupo de la cama trece.

Te apresuras al cuarto de descanso: cajas apiladas, máquinas llenas de polvo, un camarote de hierro que rechina bajo una colchoneta curtida y dos sillas oxidadas. La pequeña ventana se cubría con las gotas de lluvia.  Arreglas tus cosas en el maletín y te parece que hay alguien a tus espaldas, por el marco de la puerta.

—Te quedará pendiente hablar con la madre de Pablo, Silvano. Pobre mujer, hacer el viaje de tan lejos solo para... —explicas y al voltear no encuentras a nadie cerca.

Debo estar loco. Esto de lidiar con la muerte va a terminar mandándome al manicomio.

Sales de aquel estrecho pasillo y escuchas claramente una risa traviesa haciendo eco en las paredes. Un fuerte escalofrío te recorre de pies a cabeza cuando sientes una ráfaga cruzar a tu costado, sacudiendo algunos papeles en la mesa central.

—¿Por qué la cara? —pregunta Silvano desde uno de los cubículos—. Parece que viste un fantasma.

Niegas con la cabeza y le haces un ademán para despedirte y salir a prisa de aquel hospital. La lluvia parece una cortina de agua que pinta de gris toda la ciudad. Las calles vacías tienen un aspecto lúgubre, el aire frío cargado de olor a tierra y asfalto.

Es un domingo tranquilo y melancólico, ideal para dormir todo el día. Aunque me gustaría ver un poco de sol, paso encerrado tanto tiempo que la única luz que he visto en días proviene de las lámparas blancas.

Llegando a casa te timbra un mensaje en el celular. Leticia te pregunta si llegarás al asado que harán los colegas en casa de Marcos. Respondes que sí, no por la idea de distraerte y divertirte, sino por verla a ella. Empezó sus prácticas este año y ahora cumple su rotación por el hospital infantil. Llevas soltero varios meses y no te has sacado de la cabeza sus ojos curiosos y despiertos, sus cabellos ensortijados y el rosa coral de sus labios. Después de tomar un baño y prepararte un pedazo de pan con las sobras frías del chili con carne del viernes, programas la alarma de tu teléfono y te metes bajo las sábanas. El golpeteo de la lluvia en el techo te arrulla entremezclándose con los pensamientos que oprimen tu subconsciente.

El cacareo continuo de un centenar de pollos se fue confundiendo con el zumbido intermitente y el ring de los mensajes del celular. Saltas de la cama, aturdido. Está tan oscuro que temes que ya sea de noche y corres a abrir tu persiana: Ya no llueve, pero el cielo permanece nublado. Son las tres de la tarde y ves que tienes doce mensajes y cinco llamadas perdidas, una de ellas es de Leticia.

—Maldita sea, me quedé dormido —lamentas y sin pensarlo mucho, la llamas.

—¿Cómo estás, Daniel? —respondió ella con una dulzura que te hizo titubear.

—Discúlpame, Leti, caí muerto del sueño y apenas estoy viendo los mensajes y las llamadas. ¿Sigue el asado donde Marcos?

—¿No leíste los mensajes? —dijo sin esconder una risa suave—. Se canceló todo por la lluvia. No hay forma de hacer un asado en ningún lado.

Dejas de saltar en un pie por querer subirte el pantalón mientras sostienes el teléfono con tu hombro derecho.

—Es una lástima, me hubiera gustado verte.

—Ven a verme, entonces.

El resto del domingo fue un parpadeo en el que no descansaste lo suficiente. Llevaste a Leticia al boliche y luego fueron a cenar comida china. No recuerdas si ganaste o perdiste, qué hablaron, tampoco qué pediste de comer, pero no puedes olvidar los besos que se dieron en tu auto a la entrada de su casa.

—¿Sigue vacía la cama trece? —preguntaste al recibir la unidad intensiva aquella mañana.

—Me tiene loco el maldito monitor de esa cama —te cuenta Silvano mientras se prepara para irse—. Debe haber un cable suelto, porque si se deja encendido, registra signos vitales.

—Voy a reportarlo a mantenimiento.

La mañana transcurre, como cualquier otra, con la visita del especialista encargado y las sesiones académicas. Has olvidado todo lo que sucedió el fin de semana, a excepción de Leticia, por supuesto.

—¿Vino la madre del niño que falleció en tu guardia? —preguntó el intensivista durante la revisión matutina y no supiste contestar—. Son personas muy sencillas y viven muy lejos. Averigua si han hecho el trámite para entregarles el cuerpo.

Ese día recibiste varios regaños del especialista por los parámetros ventilatorios absurdos que tenían algunos pacientes, como si hubieras jugado con los botones sin entenderlos. Te ganaste de castigo preparar una presentación sobre el tema para el día siguiente, justo cuando tienes guardia de nuevo.

No entiendo quién pudo desprogramar el ventilador de esa manera tan ridícula. No había nadie más con nosotros durante la visita. Y yo que había quedado de verme con Leticia esta tarde. No voy a cancelar. Me tocará desvelarme en la maldita tarea.

Al pasar por la cama trece notas que el monitor muestra signos vitales estables. Tomas el cable para revisar el sensor: la luz roja está encendida. Los números que reflejan frecuencia cardíaca empiezan a descender, las alertas se activan y suena con pitidos propios de un paro cardíaco.

—¿Cómo se hace resucitación al aire? —te burlas y dejas el sensor en su lugar cuando sientes un jalón en tu bata y volteas para desengancharla de algún filo, pero no está atorada en nada.

Te sacudes las ideas ridículas que cruzan por tu cabeza y continúas de la mejor manera, hasta terminar la semana.

Esta rotación me va a volver loco. Todo me ha salido mal estando aquí. Sueño con pollos, sirenas, alarmas, ventiladores, no tengo un respiro. Ni siquiera he podido pasar tiempo con Leticia. Va a pensar que no la tomo en serio, ¿y acaso será cierto? No tengo cabeza para complicarme con una mujer. Hoy tiene guardia, igual que yo, solo espero tener un poco de tiempo para estar con ella un rato. Pero aquí estoy, atrasado con todos los pendientes, cuidando al nuevo paciente de la dichosa cama trece que no parece que vaya a librar la noche. Es como si la cama tuviera una maldición, la muerte parece rondarla últimamente. ¿Qué estoy diciendo? ¿Un hombre de ciencia pensando sandeces como esa?

Terminas de llenar el fatal formulario de defunción y das un suspiro frustrado. Ves el reloj, pasa de medianoche y ni siquiera tuviste tiempo de cenar. Leticia te estuvo llamando y no pudiste contestar. Tienes los ojos rojos, ves alrededor todas las sombras que rodean las camas y los aparatos, el murmullo de la respiración artificial y el ritmo de pulso en cada monitor. Las enfermeras, en su ronda habitual, administran medicamentos y van silenciando las alarmas de las bombas de infusión. Todo parece estar tranquilo, pero entonces alguien respira cerca de tu oído y unas manos frías tocan tu cuello. Te sobresaltas y te alejas rápidamente.

—Daniel, tranquilo, soy yo —te dice Leticia con un rostro ruborizado—, no quise asustarte de esa manera.

—Leti, perdóname —le pides y te acercas para mirarla mejor—. Las noches de muerte ponen nervioso a cualquiera.

—Pude escaparme un momento y quise venir a verte —explica ella y te abraza por el cuello—. Me parece que no te he visto en siglos.

En la calma de aquella hora, sin la intrusión de las enfermeras y con el frío de la madrugada, la pequeña bodega te parece un refugio perfecto para estar con ella. Los resortes del camarote crujen al sentarse y luego de dos o tres preguntas triviales, la besas como la primera vez. Te dejas llevar un poco y casi olvidas el lugar donde estás, pero Leticia está pendiente de mirar a la puerta para asegurarse de que nadie esté cerca.

—¿Y si cierras la puerta con el pie? —propones sin darte cuenta y su risa no te parece del todo una negación.

—No alcanzo —responde ella y después de un breve silencio, sientes sus uñas clavándose en tu espalda—. Daniel, hay un niño.

—¿Cómo? —preguntas confundido y la piel que besas se pone fría como el hielo.

Ves la pequeña sombra, la silueta de un niño se arrastra entre las cajas. Una cae al piso y Leticia da un grito. La sombra desaparece y una ráfaga sale por la puerta y esta se azota contra la pared. Escuchas risas suaves a la vez que las alarmas de la unidad enloquecen con sus pitidos.

Leticia se esconde detrás de ti mientras cruzan el pasillo y al tener la oportunidad, huye despavorida con sus cabellos levantados. Te apresuras a encender las luces de la unidad y las enfermeras salen con el escándalo. Todas las alarmas se silencian de pronto. Quedas pálido y mudo. Estás seguro de que hay alguien detrás de ti. Vuelve a encenderse el monitor de la cama trece. Te parece reconocer entre suaves risas, unos cacareos.

Te han mandado a que te evalúe el psicólogo. Tanto estrés, el agotamiento físico y la impotencia ante la muerte parece que te han afectado. Al menos tendrás algunos días libres y podrás ponerle orden a todo lo que hay en tu cabeza. Leticia no ha contestado ninguna de tus llamadas, en una semana terminará su paso por pediatría y su tiempo juntos llegará a su fin.

Al salir del hospital te encuentras a la buena mujer que cría pollos para vivir. Notas sus ojos húmedos y te imaginas que la noticia de su hijo ya llegó a ella.

Dotorcito, he venido a llevarme a mi Pablito —te dice con el nudo en su garganta—. No había podido hacerlo, no sabe la angustia que eso me ha dado.

—Lamento mucho lo sucedido —le dices sin ánimo de extender la conversación.

—Yo le agradezco lo que hizo por mi niño. ¿Sabe? He soñado todos los días con él, me ha dicho que está contento, que ha estado jugando mucho con otros niños que están con él —te dijo y un súbito escalofrío corrió por tu espalda—. Lo que me dejó afligida fue que anoche me dijo: «Mamita, ven por mí, hay otro niño en mi cama».