miércoles, 30 de agosto de 2023

El tesoro maldito

Cecilia Escobar


Un haz de luz llamó poderosamente mi atención aquella noche, era como una llamarada que salía de las paredes de adobe y cañas de la casa. Extrañado por el suceso, hice a un lado el plato de sopa caliente que degustaba en solitario y me acerqué a inspeccionar.

Ocurría por segunda vez desde que me había mudado con mis escasos objetos personales a la casucha de paredes carcomidas y techo agujereado. El lugar estuvo abandonado durante algún tiempo.

Corría el año de 1914. Yo era un mulato treintañero y trabajaba como herrero para un hacendado en la costa norte del país. Vivía junto a mi familia, en un modesto rancho en los linderos de la hacienda. El patrón solía enviar, durante breves periodos de tiempo, peones a las distintas y extensas áreas de tierra que poseía.

Él hizo una adquisición de terrenos aledaños. Alegaba que era necesario aprovechar la apertura de Perú a la economía mundial, la misma que renovaba la capacidad productiva del país. Entonces me fue encomendado durante tres semanas entre finales de marzo y quincena de abril, realizar trabajos en el anexo adquirido.

Antes de mudarme hice los retoques necesarios que me protegerían del viento y la lluvia. En la casucha oscura y lúgubre entendí rápidamente porque los otros peones se negaron a quedarse allí. Yo amaba aquellos momentos de soledad y escribía versos en mis ratos de descanso, en un cuaderno que llevaba siempre conmigo. Por las noches me alumbraba con velas o lamparines a kerosene. La modernidad, traducida en energía eléctrica, aquel entonces no era accesible para la clase trabajadora.

En esa morada tuve desde el primer día sueños extraños, en los que un hombre desconocido, a quién le colgaba trozo del cráneo, se me aparecía hablándome cosas que no alcanzaba a entender. Al despertar, desconcertado por lo que hasta el momento no comprendía, veía su figura difuminarse ante mis ojos, como un enjambre de moscas pequeñas que desaparecían conforme la vista se volvía más clara. Otras veces, mientras hacía una ronda nocturna a caballo antes de dormir, una sombra siniestra salía del cañaveral y traspasaba las paredes de la casa.

Los sueños y las apariciones se hicieron más recurrentes. Por las mañanas sentía un cansancio incontrolable que empezaba a afectar mis sentidos. Al ser yo un hombre creyente y también supersticioso, tenía la sensación de que aquella figura del sueño, cuya voz al principio había sido inaudible y con los días tornábase más alta, se alimentaba de la energía de mi cuerpo.

En mi niñez había escuchado a mi abuela decir que cuando un muerto te visita, es muy importante preguntarle la razón. Darle la oportunidad para expresar lo que desea. Una noche, dispuesto a resolver el enigma, me acosté en la cama con la cara a la pared tal como decía la creencia popular, cansado como estaba por el trajinar diario me dormí enseguida y aquel desencarnado llegó a mi encuentro. Yo no sentí el menor temor a pesar de su abominable aspecto. Mi cuerpo yacía sobre el colchón, pero una parte de mí flotaba frente aquel ser fantasmal.

—¿Qué quieres? —pregunté sin mover los labios.

—Eres el elegido —respondió una voz hueca—. En este lugar hay un entierro. Yo soy el guardián de ese tesoro. Pagué con mi vida conocer el secreto y no podré descansar hasta haberlo revelado.

—¿Qué debo hacer? —inquirí intrigado.

—Necesitas cuatro carretes de hilo grueso virgen y herramientas para hacer hoyos profundos. Además, un trapo rojo con el que cubrirás tu nariz y boca al desenterrar los objetos, esto te protegerá del antimonio. Cuando los hayas conseguido, te indicaré el lugar exacto dónde deberás cavar. Tienes que actuar en solitario. Una cosa he de pedir para mí, tres misas a mi nombre, mi alma está cansada de vagar por estos parajes.

—¿Por qué yo? —indagué con extrañeza.

—Porque en ti no habita la codicia y tu corazón está libre de maldad —respondió.

Exaltado, me desperté de aquel sueño apuntando con ahínco lo más relevante en una libreta que acostumbraba tener al lado de mi cama sobre una rústica mesita de noche.

En los días siguientes, antes de volver con mi familia, caminé por las calles angostas y torcidas de Chiclayo en busca de los ovillos hasta conseguirlos. Pasé el fin de semana con mi esposa y mis cinco hijos, trabajando en mi parcela. Doce días al mes debía yo arar el fundo de media hectárea, que el patrón me había concedido para alimentar a los míos. Luego tuve que volver al anexo otra vez.

Coloqué sobre la mesita de noche los carretes adquiridos. Al día siguiente encontré el hilo del primer ovillo atado a la manija de la puerta, este avanzaba en línea recta cruzando el cañaveral. Aquel ser del otro mundo había desmadejado el carrete señalando de esta forma el camino desde la casucha hasta uno de los entierros. Asombrado, quise verificar que no hubiera nadie en la cercanía y al dar la vuelta a la morada, descubrí los tres hilos que me indicaban los otros lugares.

Me pareció curioso que el área donde debía cavar, estuviera alejada varios metros del lugar donde había visto los fuegos varías veces. Solo uno se encontraba al pie de un árbol de mangos cerca de la casa. Recogí el hilo de las madejas, colocando primero estacas de madera en los lugares asignados.

Esperé al día indicado para romper el suelo en los confines de la vieja hacienda, viernes santo, fecha en que según algunos, la tierra se abre para dar a luz los secretos de su interior. Me hice la señal de la cruz como un gesto instintivo y comencé a remover el terreno, al inicio con un pico y después con una pala, de vez en cuando me detenía a descansar y beber agua. De pronto, oí el ruido de la herramienta al chocar contra el metal. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al intentar sacar el objeto, era una lata de unos veinte centímetros y que retiré cuidadosamente. La envolví con papel periódico y la coloqué en mi alforja. Luego continué cavando en los otros lugares indicados.

 

Con el paso de las horas el sol comenzó a ocultarse, mostrando en el cielo sus hermosos tonos rojizos. Poco después fue necesario alumbrarme con el lamparín a kerosene para poder ver con claridad. Cuando encontré la última lata y, al parecer, la más grande e importante, tuve una extraña visión. La tranquila noche se agitó y un remolino atravesó el terreno helándome la sangre. Las ramas del árbol de mango se menearon amenazantes ante mis ojos, como un gigante dispuesto a devorarme.

Mi corazón se aceleró y empecé a respirar con dificultad. Sólo quería terminar lo que había empezado. Estaba allí en medio del campo, cavando con el único propósito de hacerle un favor al muerto. ¿Qué más podría suceder?, me pregunté temeroso y a la vez fastidiado. Después de unos minutos todo volvió a la normalidad. Exhausto, saqué la lata que había quedado destrozada por el impacto de la herramienta. Relucientes monedas saltaron a mi vista, eran libras de oro.

Cuando tuve los cuatro envases metálicos y después de comprobar que las otras tres latas contenían también libras, me invadió la euforia y luego una gran preocupación. Aquel hombre había pagado con su vida la posesión de su tesoro. Qué deparaba el destino para mí. Era notorio que él había sufrido una escena de violencia que acabó con su existencia. Hice lo posible para no romper mi campo de serenidad, con mucho respeto elevé una oración de agradecimiento por la experiencia y el regalo recibido. Al día siguiente terminado el trabajo encomendado por el patrón, tomé el caballo y me dirigí al lugar donde vivía con mi familia.

Era necesario actuar con cautela y precaución. Puse a buen recaudo mi tesoro, las cosas de valor nunca se deben tener al alcance de las manos, ni a los ojos de la gente. Bajo tierra estarían seguras. Esperaría tres meses hasta poder comercializar las monedas, era lo que el alma en pena me había dicho.

La posesión de aquellas libras de oro, ochocientas ochenta y dos en total, en cuyo anverso podía leerse: verdad y justicia, empezaron a robar la paz y tranquilidad de mis días. Siendo yo un hombre sencillo, sin vicios, afrodescendiente, temeroso de Dios y sabedor de que la riqueza corrompe el espíritu, opté por llevar la misma vida mísera que tenía hasta entonces. Un estilo ostentoso solo habría causado envidia de los vecinos e ideas paranoicas de mi parte.

Cómo podría explicar de pronto lo que poseía. Un tesoro oculto pertenece al que lo descubre si el sitio es de su propiedad. De qué forma podía yo relatar al patrón la historia del alma en pena y los carretes de hilo. Las monedas de oro me trajeron la misma sensación de incertidumbre que la libertad a los antepasados míos, al principio no supieron que hacer con ella. Se vieron obligados a regresar a las haciendas y trabajar como jornaleros a muy poco sueldo.

Con el paso de los días, mis hijos empezaron a hablarme acerca de una silueta sombría que creían ver a menudo de pie junto al fogón. Yo imaginé de quién se trataba. Debía tomar una decisión para deshacerme de su fastidiosa compañía.

Queriendo descargar mi alma del peso que la agobiaba, confesé al cura de la parroquia lo ocurrido, el mismo que me aconsejó compartir mi tesoro con los más pobres y en obras de caridad para la iglesia del pequeño pueblo que se había formado alrededor de la hacienda.

Después de las misas por el alma de aquel difunto y temiendo que una maldición cayera sobre mí y mis descendientes, adquirí en Monsefú, una imagen sagrada y le regalé a mi pueblo, en complicidad con el párroco, la tradición de celebrar durante tres días, la fiesta patronal del niño Jesús. Aún después de mi muerte, cada año en el mes de diciembre y al amparo de una gran fogata por las noches, la algarabía se apodera del polvoriento lugar.

lunes, 28 de agosto de 2023

En el lugar apropiado

Rosario Sánchez Infantas


Se había pagado para ser feliz; los cuatro coloridos boletos lo aseguraban.

Un par de días antes, desde el megáfono de un automóvil, se prometía en la pequeña ciudad: magia, hermosura, fuerza y fascinación. El tono con el que sus padres anunciaron que, el fin de semana, la familia iría a la función del circo reforzó las expectativas de todos los integrantes. A Laura, de nueve años, le resultó difícil reconocer el descampado polvoriento y sin una brizna de yerba. Ahora lo poblaban varias carpas pequeñas, jaulas con tigres, leones, osos pardos, chimpancés e incluso un cóndor andino. Hermosos niños y jovencitas, con vestimentas que parecían salidas de un libro de cuentos de Charles Perrault, vendían palomitas de maíz, algodón de azúcar, manzanas acarameladas y otras golosinas. El protagonismo se lo llevaba la gran carpa multicolor con sus banderas al viento, muchas bombillas y una banda interpretando una melodía alegre y pegadiza.

Se instalaron en la improvisada gradería de madera. Ella se maravilló con los atuendos elegantes de los presentadores, la gracia de los payasos y con la actuación de los magos y ventrílocuos que le hacía dudar de sus sentidos. Sufrió intensamente cuando tras el anuncio con redoble de tambores salieron a la pista las delicadas acróbatas. Creía entender la perspectiva de ellas y sintió la tristeza y el desamparo que imaginaba había detrás de sus hermosas sonrisas. Admiró, en un segundo plano, el equilibrio, la precisión y la destreza en el trapecio a gran altura. En las noches, en la ciudad ubicada a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, la temperatura lindaba los cero grados. Laura sentía frío pese a su ropa de abrigo. Aquellas jóvenes, además del miedo a fallar en sus acrobacias, debían enfrentar la tensión y orfandad de no estar en el lugar apropiado. Imaginó que ellas, desde allí arriba, notaban que solo un tercio de asientos estaban ocupados. Vivió la aflicción de estas personas para comprar alimentos para ellos… ¡y para sus animales!

Y cuando salieron las fieras, descritas como grandes amenazas para sus domadores, temió por el riesgo que estos enfrentaban. Pero, sufrió muchísimo el desconcierto absoluto de un león africano en esta tundra frígida. Pensaba que nadie, y menos el tigre traído desde la India, se acostumbra a vivir en una jaula de dos metros por cuatro. Los animales tenían que sentir que este no era el lugar apropiado y sintió su desarraigo. No es que los observara tristes, abatidos; su fantasía, o quizás su memoria, le facilitaron comprender, ser sensible y compartir las experiencias emocionales de estos seres lastimados.

Así fue por el mundo Laura, compartiendo el desconsuelo de los demás como si fuera propio. Lloraba por los toreros y por los toros, por los perros abandonados, por los mendigos sin pan, por los niños sin futuro, por los bosques arrasados y las criaturas que quedaban sin hogar. Leía historias que le hacían sentir la soledad del patito feo, la esperanza vana de Vanka, el dolor y desarraigo del tío Tom, las humillaciones a Quasimodo, la indiferencia que sufren la golondrina y el Príncipe feliz pese a ser solidarios, y tantos otros seres que acompañó. Todos ellos le recordaban su propia condición: no estar en el lugar apropiado.   

Sus padres, empleados públicos, garantizaron educación y salud a Laura y a su hermano Lucas; sin embargo, al no estar preparados para hacerlo, no promovieron la expresión de sentimientos y emociones entre los miembros de la familia. En su afán de garantizar que tuvieran éxitos en el futuro, los padres motivaban a sus hijos hacia logros académicos, no mostrando afecto y aceptación incondicional. En la escuela los niños recibieron una educación católica tradicional. Interpretaba la realidad mediante las virtudes que las monjas incluían en la libreta de notas: piedad, urbanidad, caridad, puntualidad y obediencia en las que obtenía notas excelentes al igual que en el aprovechamiento académico.

Laura no pudo relacionar su especial sensibilidad con sus lecturas tempranas, las frecuentes discusiones que devinieron en el divorcio de sus padres, el que su querido hermano estudiara en un internado en otra ciudad. Tampoco podía saber que tenía un temperamento emotivo. El control mediante la culpa y la falta de estímulo a la creatividad, marcaron su infancia, tanto en la escuela como en su hogar. Nunca había logrado lo suficiente como para congratularse y disfrutar. Siempre había algo por alcanzar.  

Por los años ochenta, Laura bordeaba los cuarenta años cuando, ante el delicado estado de salud de su hermano, debió contratar un auto que la llevara a otra ciudad, distante cuatrocientos kilómetros, en la costa peruana. Viajó de noche y aprovechó para dormir. Un gran golpe la despertó. Se habían salido de la carretera, el auto impactó contra una cerca de protección y se desplazaron en el aire unos segundos para caer unos tres metros abajo en una explanada de arena. Salvo unos golpes, ella y el chofer estaban bien. Tras las revisiones respectivas el conductor señaló que debía regresar al poblado más cercano por ayuda y comunicar al propietario del vehículo. Laura lamentaba que lo agreste del lugar donde estaban no le permitiera subir a la autopista y seguir su viaje.

La angustia la invadió cuando pensó que su hermano podía morir sin atención médica oportuna. Lucas y su esposa Marcia habían tenido un accidente automovilístico el día anterior cuando empezaban a disfrutar sus vacaciones en un balneario. Antes de ser auxiliados unos delincuentes juveniles les habían robado sus pertenencias, dinero y documentos. En el hospital estatal solo les dieron la atención de emergencia. Él requería una resonancia magnética que no se realizaba en dicho nosocomio.

Lucas siempre que pudo había estado con ella. Apenas dos años mayor, la asistía con los deberes escolares, la ayudó a elegir una profesión y el centro de estudios, la instruía en la toma de decisiones importantes, había estado con ella cuando enfermaba, cuando debía enfrentar una entrevista de trabajo y cuando se instaló en otra localidad. Nunca se expresaron implícitamente que se querían, pero sus actos silenciosos lo demostraban. La agobió imaginar su dolor, el peligro que corría su vida, la angustia de Marcia, la impotencia de no poder acudirlos a tiempo. Más aun, por su demora, deberían pensar que algo malo debió ocurrirle a ella en el viaje. No estaría en el lugar apropiado cuando la requerían.

De pronto tuvo una comprensión súbita de su último pensamiento. Se preguntó: «¿Cuándo estaré en el lugar apropiado para mí? ¿Cuándo me pondré en mi lugar? ¿Cuándo entenderé mis emociones, seré sensible a ellas y tendré una respuesta solidaria y apropiada a esa otra persona, que soy yo? Recién entonces tomó conciencia que le dolía mucho el cuello. Pensó que podía tener una lesión medular y verse afectada su sensibilidad y movimientos. Lloró al notar que su mano derecha estaba adormecida y tenía muy adolorida la cabeza. Se dio cuenta que siempre había minimizado lo que a ella le pasaba.

Cobró significado lo que su hermano muchas veces dijera: «¡No hay que ser tarugo! ¡Es cuestión de punto de vista!». Sabía de la urgencia de llegar a acudir a sus familiares; sin embargo, cuando el conductor le pidiera quedarse cuidando el vehículo “un par de horas, para que no se lo roben”, había aceptado inmediatamente. Respiró profundo y pensó: «Falta poco para el un nuevo día. Ahora solo puedo descansar y cuidarme… especialmente de mi imaginación».  Seis horas después una Laura más serena se encontró con su hermano y su cuñada, estables en el hospital. Ella estuvo en observación unas horas.   

Siguió siendo una persona sensible, altruista y solidaria; ello unido a sus lecturas y una, no consciente, vocación por escribir convergieron en un taller literario. El exceso de empatía e imaginación lo convirtió en cuentos.

Fue una gran compañera de sí misma desde que se ubicó en el lugar apropiado: al lado de sí misma.

martes, 22 de agosto de 2023

Un hombre afortunado

Érika L. Ramírez Levín


¿Cómo lograba mantenerse ecuánime tras haber sido engañado? Malditos fraudes. Cada vez eran más sofisticados y, por lo mismo, más creíbles. A pesar de que ya habíamos platicado de los nuevos y distintos tipos de ingeniería social que surgían —phishing, vishing, smishing, baiting y un largo etcétera, lo sorprendieron distraído y cayó redondito. Con una actitud muy versada, un «ejecutivo» le notificó que el banco había detectado una compra inusual con su tarjeta de débito, por lo que era necesario cancelarla antes de que los ladrones continuaran utilizando sus recursos financieros de modo ilícito. Claro, se requería realizar algunas «pruebas» para garantizar la correcta cancelación de la cuenta, por lo que le solicitó de forma muy amable y profesional su número de tarjeta y su código. Se despidió repitiendo su nombre y el del banco, agradeciéndole su tiempo y responsabilidad ante esa contrariedad. 

Le vaciaron su cuenta. 

Este hombre no dejaba de asombrarme. Situaciones así le sucedían con demasiada frecuencia, como si hubiera venido al mundo a probar todo lo que podía salir mal. Yo lo admiraba por su enorme paciencia, bondad y carencia de ver lo negativo en lo que le ocurría. Él lo tornaba en aprendizaje, y lo repetía no sé si para que yo lo comprendiera así o para no perder su cordura. 

Desde niño, Hugo conoció el dolor… ese que cala el alma, que arriesga la sensatez, que colma el interior de odio si no se trabajan las emociones de manera asertiva. Su madre se entregó a la drogadicción a fin de olvidar el abandono de un marido violento, alcohólico y mujeriego. Por eso, a muy temprana edad, tuvo que aprender a valerse por sí mismo. Sin embargo, era inteligente y comprendió que no era hogar aquél en donde era humillado y maltratado o, en el mejor de los casos, ignorado, así es que huyó sin que alguien intentara detenerlo. 

Creció en las calles resuelto a forjarse una vida libre de las carencias con las que se crio. Trabajó de repartidor, mensajero, limpiabotas, vendedor de periódicos, ayudante de mecánico y de todo cuanto pudo, mas también pedía limosna porque por razones incomprensibles y falsas —lo acusaban de robo, le sembraban paquetitos de estupefacientes, lo señalaban de incapaz—, le era difícil mantener los oficios por mucho. Ante esto, él decía: «Intentaban sobajarme… algo debí estar haciendo bien». 

Aun así, logró rentar un cuartucho en una zona popular y dividir sus días entre el trabajo, la limosna y los estudios. Encontró un instituto que proveía educación a personas en situación de calle o de escasos recursos. Él sabía que si aprendía «cosas» le podría ir mejor en esto que llamaban «vida». 

El tiempo transcurrió rápido como suele hacerlo cuando uno tiene muchas actividades en su haber y, después de tardes y noches de arduo estudio, Hugo concluyó la preparatoria y encontró trabajo de cajero en una tienda departamental. Luego de un año, se mudó a una zona más segura y continuó ahorrando como había aprendido a hacer al vivir continuamente con la incertidumbre que proveen la hambruna y la soledad. 

Conoció a la mujer de sus sueños una mañana de noviembre. En cuanto la vio quedó prendado de su belleza, de su sonrisa de diosa que iluminaba ese rostro de piel canela y labios carmines enmarcado por una melena libre, revuelta, como olas de un mar negro bajo una noche de luna llena. Y esos ojos, ¡tan hermosos! Como si el amanecer se hubiera posado sobre sus iris. Hugo se petrificó, inconsciente de su estupor, ante la musa que había arrebatado su respiración, hasta que una voz estridente lo sobresaltó regresándolo a la realidad. «¡¿Nos va a cobrar o no?!». El esposo, desesperado por irse, golpeó con una mano la superficie donde se apoyaba la caja registradora. «Calma, Patricio, no hay necesidad», dijo aquella divinidad hecha mujer al palurdo que la acompañaba, para después regresar la mirada a Hugo y regalarle un discreto guiño. 

El invierno quedó atrás y la primavera trajo sorpresas, como las dos golpizas que le propinó el cónyuge de su amada al darse cuenta de que ella frecuentaba la tienda más que antes. No obstante, gracias a la resiliencia y, de nuevo, la paciencia de Hugo, ese hombre abyecto comprendió su derrota y entre calumnias y berrinches firmó el divorcio y desapareció. Hugo y María, su diosa, se casaron seis meses después. 

Pese a los rayos de sol que fugaces iluminaron sus vidas, la nueva pareja atravesó varios retos que, me incluyo, hubieran mermado a cualquiera en sus intentos por mantener la fe de que todo se resolvería. Habían logrado juntar el enganche para comprar un pequeño departamento mediante la conocida de una amiga que trabajaba en el medio inmobiliario y que sabía, les dijeron, de ofertas que no se publicitaban para asegurar los costos bajos. Solo tenían que dar una cantidad que cubriera los gastos administrativos y el crédito para la compra del inmueble sería suyo. Reunieron a diez familias, incluyéndolos, quienes aportaron lo solicitado. Al intentar dar seguimiento a los trámites, la «amiga» no volvió a contestar el teléfono ni se supo más de ella. 

A la par de esa experiencia, se enteraron de que María estaba embarazada. El júbilo por la noticia inundó sus vidas y logró opacar el amargo trago de ver perdidos casi todos sus ahorros. Mas cuando la vida se ensaña, no lo hace «de a poco» y, tres semanas después, unos dolores insoportables, junto con las sábanas ensangrentadas, les anunciaron que habían perdido al bebé. En el transcurso de dos años esto se repitió en cinco ocasiones, siempre antes del segundo mes de gestación, por lo que tras la última decepción se resignaron a que no serían padres. 

Continuaron trabajando para equilibrar su economía, ella como docente de una primaria cercana al departamento que rentaban y él como supervisor de la tienda departamental en donde se habían conocido. Una tarde cálida de julio, Hugo regresaba del trabajo a su hogar. María lo esperaba con un gesto que él no supo interpretar. Ella se acercó, lo abrazó con fuerza y le susurró al oído aún aferrada a su ser: «Lo logramos, mi amor, por fin. Tenemos un angelito de cuatro meses cocinándose en mi vientre». Fue la primera vez que él lloró y rio al mismo tiempo, un poco por el modo en que su esposa le dio la noticia y otro tanto por la euforia que le provocaba semejante nueva. 

Si bien, unos meses después, una niña sana fue bienvenida en este mundo, el trance de la cesárea, aunado a los abortos que había tenido, trajo complicaciones que provocó que los médicos decidieran practicar una histerectomía. Aunque esto fue un golpe difícil de asimilar, se sentían agradecidos por la hija que ahora balbuceaba en sus brazos. Así es que Hugo, una vez más, convirtió en aprendizaje la experiencia y decidió disfrutar lo que sí tenían en lugar de lamentarse por lo que no podrían tener. 

Los años se fueron acumulando en las canas cada vez más numerosas de sus cabellos, en las manchas de sus manos y en la vida de su hija de la cual eran fervientes y amorosos testigos. Pudieron brindarle una educación aceptable que ella aprovechó exitosamente. Consiguió un trabajo que le proporcionó un excelente nivel de vida. Así, cumplió el sueño de sus padres de tener un lugar propio donde vivir al regalarles una casa modesta pero acogedora. Conoció a un buen hombre con quien formó su propia familia, convirtiéndolos en orgullosos abuelos de una niña hermosa, con el mismo tono de piel y los mismos ojos enormes, tan expresivos, como los de la abuela. 

Cuando la chiquilla cumplió cinco años, los abuelos le organizaron una fiesta en el parque situado frente a su casa y que sabían que a la niña le encantaba. Adornaron con globos de colores, contrataron un payaso, una animadora de eventos e invitaron a toda la familia y amigos con los que contaban. El día estaba soleado sin rastro de nubes, perfecto para la ocasión. 

El momento del pastel llegó. María agarró a su nietecita de la mano y le pidió que la acompañara a la casa por los platos pasteleros que había olvidado en la cocina. En realidad, quería ir por el regalo especial que tenía guardado para dárselo una vez que soplara las velas. Su nieta, parlanchina y jovial como se caracterizaba, iba dando de brinquitos sin soltar la mano de su abuelita. Hugo sabía esto y se quedó en la fiesta haciendo espacio en la mesa junto al pastel. Su sonrisa parecía salirse de su rostro. Veía a toda aquella gente que los estimaba y a quienes ellos apreciaban, agradeciendo a la vida por permitirle disfrutar un momento como ese, cuando un rechinido de llantas se escuchó cerca del parque. 

Ayer que regresábamos del panteón se habían cumplido tres años de su partida. Fuimos a cambiar las flores de la tumba donde descansaba su diosa, su amada esposa, y a renovar los peluches que yacían sobre la diminuta sepultura que la acompañaba a su lado derecho, tal y como se despidieron de esta vida agarradas de la mano. Después de «platicarles» lo que había sucedido con la supuesta llamada del banco, Hugo sonrió avergonzado de haber sido víctima de tal ardid y dobló su brazo para que yo me aferrara de él. 

Les mandamos un beso de despedida y comenzábamos a caminar cuando volvió a sorprenderme: «Te aseguro que están bien, porque vinieron a esta vida para mostrarme que no todo podía ser tan malo como varias veces creí. ¿Sabías que, en mi juventud, estuve a punto de suicidarme en varias ocasiones?». Me detuve en seco, no tenía idea. «Con ellas aprendí que, para poder valorar la luz, se debe conocer a fondo la oscuridad». Y con esta frase retomamos nuestro paso mientras yo sentía que mis mejillas se humedecían por toda la tristeza, la frustración y la rabia que se revolvían dentro de mí. Me quedaba claro que él estaba destrozado, que la partida de su diosa y, no se diga de su pequeña luciérnaga, como le decía a su nietecita, lo habían devastado. Pese a eso, otra vez se levantaba de entre los escombros y encontraba el aprendizaje que, de alguna manera, lo impulsaba a seguir adelante. ¡Cuánto lo idolatraba! No solo me aferré a su brazo, sino que intenté afianzarme a su grandeza y agradecí poder transitar este suplicio al lado de él: mi héroe, mi guía… mi padre.

sábado, 29 de julio de 2023

Un cura de parroquia

Patricio Durán


Las rosas, margaritas y claveles que decoraban las puertas, ventanas y columnas de estilo barroco de la iglesia Jesús Obrero aportaban armonía, frescura y calidez. Las bancas estaban decoradas con caspia y solidago, creando un ambiente festivo y romántico. El perfume alborotado de las flores daba la bienvenida y dejaba su eco en el olfato de los invitados a la boda. El Ave Verum Corpus de Mozart se escuchaba suavemente. Los novios se encontraban de pie ante el altar.

A punto de pronunciar los votos: «Yo, Miguel Ángel Fernández, te quiero a ti, Verónica Vivanco, como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, todos los días de mi vida…», el novio recordó la promesa que hizo años atrás a la Virgen de la Cueva de servirle como sacerdote si lo salvaba de morir enterrado bajo los desechos, broza y cascote, luego del terremoto que lo arrasó todo en la parroquia rural de San Mateo.

La catástrofe ocurrió el 10 de noviembre de 1950 al mediodía, causó mucha destrucción por el desplazamiento de grandes masas de tierra que atraparon a miles de asustados sanmateanos. Su epicentro estuvo ubicado en una falla geológica al norte del nido sísmico de Atocha, aproximadamente a veinte kilómetros de San Mateo. La magnitud calculada fue de seis punto ocho grados en la escala sismológica de Richter, con una profundidad de cuarenta mil metros.

Aquel viernes fatídico, el cielo se encontraba completamente despejado, no había una sola nube en lontananza, todo estaba tranquilo; los pobladores no se imaginaban la tragedia que se cernía bajo sus pies. Los parroquianos estaban preocupados en atender sus labores diarias: unos se ocupaban de actividades mineras o comerciales, otros a las faenas agrícolas, las amas de casa dedicadas a preparar el almuerzo, los niños se reunían en la iglesia Jesús Obrero preparándose para realizar la primera comunión. De pronto, las diligencias parroquiales fueron interrumpidas por la brusca sacudida de la corteza terrestre.

Muchos habitantes salieron de sus viviendas en precipitada carrera, haciendo lo contrario de lo que se aconseja en estos casos en los que se debe conservar la calma y no correr. La gente arrancaba aterrada, sin rumbo fijo, buscando lugares descampados: la plaza de toros, el parque Centenario, la explanada del templo y de la casa parroquial. La cifra de fallecidos fluctuaba entre seis y ocho mil. Nunca se supo el número exacto de los fallecidos. Luego del sismo, a San Mateo se le llegó a conocer como «El pueblo de los muertos».

En medio de violentas convulsiones, la nave central de la iglesia se vino abajo, atrapando en sus escombros a los niños que se preparaban para la primera comunión. El inmenso cielo se oscureció de pronto. Las nubes estaban cargadas, una tormenta trajo un viento místico que se desvaneció como la niebla en la insondable oscuridad y en sueños, Miguel Ángel sintió que un espectro lo rescataba de entre las ruinas, lo llevó en vilo y lo depositó con suavidad sobre el césped del parque Centenario, a pocos pasos del templo destruido.

Cuando volvió en sí se enteró de que la mayoría de sus compañeros estaban sepultados, sangraban profusamente por las heridas, pero él, ¡oh portento divino!, estaba ileso, solo unas magulladuras en brazos y piernas y un pequeño chichón causado por el golpe de una piedra, pero nada serio, por lo que desde ese mismo instante se ratificó en su promesa a la Virgen de la Cueva de entregarse en cuerpo y alma a servirla. Años después, al pie del altar, se arrepentiría de aquel juramento sintiendo que el amor por una mujer de carne y hueso es más fuerte que cualquier vocación espiritual.

Circulaba por las calles de San Mateo la creencia de que la «Pacha mama» se resintió por la exagerada explotación de los recursos naturales y por el comportamiento disoluto de aquellos, saturado por una corrupción difusa, tanto en lo religioso como en lo político, desfogando su enojo y enviando el castigo divino en forma de terremoto.

Los parroquianos sacaron la imagen de la Virgen de la Cueva en procesión por las vías destruidas con el propósito de calmar su ira, produciendo un sincretismo por la combinación de creencias religiosas provenientes de costumbres indígenas ancestrales y del cristianismo, que en este caso rayaba en la superstición, y en una general ambigüedad de comportamientos por parte de los pobladores.  Algunos de ellos permanecían prosternados y penitentes mientras la figura de la Virgen de la Cueva se alejaba; cuando levantaron la cabeza, solamente vieron una especie de sombra que colocaba el cuerpo inerte de un niño en la grama del parque Centenario.

Monseñor Germán Luzuriaga, obispo de la Diócesis de Nuevo León (a la que pertenecía la parroquia de San Mateo), fue padrino de bautismo de Miguel Ángel. En alguna ocasión en que se encontraban repasando el catecismo le preguntó: «Ahijado, ¿qué vas a ser cuando seas grande?», a lo que el niño respondió sin titubear: «Padrecito como usted, padrino». A él le llamaba la atención la indumentaria eclesiástica que usaba su mecenas, lo veía muy elegante e imponente con su sotana, casulla, estola, y toda la parafernalia de los ritos católicos.

Miguel Ángel fungía de monaguillo, era el servidor por excelencia, que se encargaba de atender en el altar y en las celebraciones de la liturgia. Ayudaba tanto al padre Hugo Romero, cura de la parroquia, como a la comunidad en hacer más solemne los rituales, por lo que servía al mismísimo Cristo que se encontraba presente en la celebración. La indumentaria del acólito consistía en dos prendas: sotana roja y roquete o sobrepelliz que era una vestidura blanca de lienzo fino con mangas anchas que llevaba sobre la toga, lo cual le daba un aire divertido.

A misa dominical, las señoritas iban vestidas con ropa nueva, la cara cubierta de polvo de arroz que daba a su piel una textura aterciopelada, y, pese a los serios rituales de la ceremonia, al ver al monaguillo vestido de tal forma soltaban la risa, lo que provocaba cierta turbación en Miguel Ángel, sobre todo porque entre las jóvenes se encontraba Beatriz, una chiquilla primorosa con quien se daba besos inocentes a hurtadillas; el aroma de su cabello sedeño le impedía dormir e iba ojeroso a la escuela. Sin duda, las Beatrices inspiran amores infinitos.

Miguel Ángel se convirtió en un agraciado joven, de elevada estatura, poseedor de una natural elocuencia, vigoroso, henchido de energía y entusiasmo que cautivaba los corazones de las chicas (y no tan chicas) que siempre buscaban su compañía. A medida que se desarrollaba físicamente sentía un cambio progresivo en su postura, una fuerte sensualidad le quemaba las entrañas, y el estar en contacto con el sexo femenino exacerbaba su deseo que lo transformó en un personaje oscuro, ambiguo que se evidenciaba en dicotomías antagónicas entre su vocación religiosa y sus sentimientos por Beatriz. En ocasiones, la imagen de ella estaba presente por más tiempo y más fuerza en sus pensamientos que la Virgen de la Cueva.

Monseñor Luzuriaga, hombrecillo de unos sesenta años, constitución gruesa, aunque pequeña, de aliento rancio, observando la aventurilla amorosa, llamó su atención gruñendo:

—¡Pero qué comportamiento es ese, ahijado! Tú no estás para dártelas de conquistador, tú tienes un serio compromiso con tu vocación. Así que pídele a la virgencita más sentido común. ¡Más juicio en la mollera!

—No es nada, padrino —respondió Miguel Ángel—. Beatriz es solamente una amiga.

—¡A las amigas no se les machaca la boca con ávidos besos, tunante! —respondió furioso monseñor Luzuriaga.

—Fueron solamente unos «piquitos». No volverá a pasar, padrino —contestó mohíno.

—¡Eso espero! —bramó monseñor y se retiró mascullando insultos.

Intuyendo las condiciones y el talento que mostraba su ahijado para la carrera eclesiástica, y al notar que Beatriz podría ser una amenaza y dar al traste con su vocación religiosa, apresuró sus buenos oficios y consiguió la autorización de los padres de Miguel Ángel para inscribirlo en el seminario. «La mujer puede ser un manjar digno de los dioses, mientras no lo sazone el diablo», dijo echando maldiciones. Con la renuencia de los jóvenes por abrazar el sacerdocio, monseñor no podía darse el lujo de perder a un buen prospecto por los ósculos de una damisela.

Miguel Ángel ingresó al seminario sin la convicción que mostró al inicio. Beatriz socavó su vocación haciéndola tambalear. A pesar de todo se graduó y gracias a una beca pudo continuar sus estudios eclesiásticos en la capital de la república donde recibió el sacramento del orden sacerdotal. Un mes después de su ordenación, al ser favorecedor de otra beca gestionada igualmente por su padrino, partió a Europa a estudiar en algunos de los más renombrados centros académicos del viejo continente graduándose como doctor en derecho canónico.

Beatriz, desolada por el viaje de Miguel Ángel, se echó a llorar al perder las esperanzas de que su inefable amado regrese a sus brazos. La partida a Europa era algo con lo que ella no contaba. No podía olvidar aquellos besos nocturnos y caricias apasionadas en la laguna de La Moya, sin los cuales nunca más recuperaría el placer de vivir. Pensó en hacerse monja: le entró una gran devoción, manifestación exagerada de las tendencias que desde niña había creado en su naturaleza sensible la convivencia con los clérigos; adquirió el hábito de la lectura, devoraba libros religiosos; pegó afiches de santos en las paredes de su habitación, asistía todos los días a misa, se confesaba y comulgaba todas las semanas. Se convirtió en un ejemplo para las adolescentes díscolas ingresando al convento de monjas de claustro, el cual tuvo que abandonar al poco tiempo por su estado de gravidez. 

Miguel Ángel, aprovechando su permanencia en el país galo, asistió como alumno a la Universidad Católica de París en donde se diplomó en Lengua y Cultura Francesa. Durante su estadía en Austria acudió a la Universidad de Viena y se graduó en idioma alemán. Su afición por los idiomas le permitía comunicarse con soltura en inglés, francés, alemán, italiano, portugués, latín y quichua. 

Miguel Ángel no era un cura ambicioso, no quiso ser caudatario de ningún obispo, él tenía claro que su existencia se la dedicaría a la Virgen de la Cueva, que gracias a su intervención la salvó; se conformaba con ser párroco para poder servir a su benefactora. No deseaba vivir en una gran ciudad, ni tampoco laborar en un templo al que asista gente rica y confesar a sus mujeres que acudían al confesionario para conquistar al cura confesor. Recordaba claramente cuando encontró al padre Hugo Romero besando apasionadamente a una feligresa en el confesonario. Ahora, ya de regreso a su parroquia, quería respetar los votos constitutivos de su vida monástica: obediencia, castidad y pobreza, aunque el melifluo recuerdo de Beatriz lo acompañaba siempre. El voto que se le dificultaba cumplir fue el de continencia, con los otros dos se las arreglaría.

Colmado de títulos y honores, el padre Miguel Ángel Fernández retornó a su pueblo natal para cumplir con la promesa que hizo a la Virgen de la Cueva de convertirse en sacerdote si salía vivo de entre los escombros del terremoto. Monseñor Germán Luzuriaga estaba muy satisfecho con el nombramiento de su ahijado como párroco de San Mateo. En la farmacia de la doctora Miriam, en el parque Central, en la sacristía de la catedral, por donde iba ponderaba sus estudios en las mejores universidades europeas, su acatamiento, el ser morigerado en las costumbres, en fin, glorificaba incluso su voz: «¡Un timbre que es un coro de ángeles!». —Él es el indicado para recuperar la fe de la gente. Le vaticinaba con ímpetu un gran futuro, grandes oportunidades. ¡Quizás la satisfacción de una prelatura!

El nuevo párroco llegó a su flamante parroquia veinte y cinco días después de su nombramiento en Roma. Fue a recibirlo su padrino.

—¡Hola, Miguel Ángel! —gritó el obispo Luzuriaga al verlo apearse de la diligencia que lo había transportado desde la capital.

—¡Padrino! —dijo el cura párroco con alegría, y se abrazaron, mientras una multitud entusiasmada rodeaba y aclamaba al nuevo cura de la parroquia.  

Las campanas repicaban sin cesar. Caminaron hacia la nueva residencia del cura párroco por un sendero cubierto de charcos y de ramas caídas. Los matorrales no habían sido podados y parecían amantes abrazados. Una luz moribunda se extendía por el pueblo, el aire dulzón podía sentirse creando una encantadora tranquilidad; de las casas salían humos blanquecinos y olorosos, portadores de las deliciosas viandas que preparaban las parroquianas; unos perros con aspecto macilento movían la cola alegremente esperando recibir un mendrugo de pan, y se escuchaba el trinar melancólico de las golondrinas.  Se notaba aún los vestigios de la iglesia y de varias viviendas que fueron destruidas por el terremoto, lo que evidenciaba la magnitud de la catástrofe, lo cual le recordaba a Miguel Ángel su promesa.

Monseñor Luzuriaga explicaba pausadamente que no podría hospedarse en el hogar de sus padres porque quedaba demasiado lejos del despacho parroquial, y sus nuevas funciones requerían que resida en un lugar cercano para atender a los lugareños que soliciten sus sagrados servicios a la hora que se presenten, ya sea para dar los santos óleos a los moribundos, aconsejar a un suicida o cualquier otra emergencia, por lo que consiguió un departamento en la morada de una mujer temerosa de Dios, de cuentas claras, muy económica y servicial.

—¡Te encontrarás allí como en tu propia casa! —dijo el padrino con ímpetu—. Tendrás las tres comidas diarias: desayuno, almuerzo, merienda y …

—Vamos despacio, padrino —dijo el cura párroco—. ¿Cuánto me va a costar esta maravilla? Mire que la Iglesia está en austeridad y no me ha asignado muchos fondos.

—La Iglesia siempre ha estado en austeridad, mi querido ahijado. La prebenda que recibes por tu canonjía alcanza plenamente —dijo el obispo—. Ocho mil sucres. ¡Un regalo!, considerando que se encuentra a una cuadra del despacho parroquial. Además, te atenderá Verónica, la hija de doña Genoveva, la dueña de casa, una chiquilla muy espiritual y hacendosa, además de bonita.

—¡Aquí tiene usted a su huésped! —dijo al llegar doña Genoveva.

—¡Es para mí un privilegio recibirlo, señor cura párroco! ¡Un gran honor! El viaje ha sido largo y debe estar agotado y hambriento. Le llevaré hasta su departamento —dijo la matrona—. Esta es su sala. Aquí puede recibir a las importantes personas que vengan a visitarlo. Por acá —añadió, abriendo una puerta— está su alcoba con baño privado y agua caliente. Ahora, si me dispensan, voy a preparar la mesa.

Luego de cenar, Miguel Ángel se despidió de su padrino y de doña Genoveva. «Estoy agotado del viaje y mañana temprano empieza mi labor». En su habitación había una imagen de la Virgen de la Cueva ataviada de un manto de terciopelo de algodón con saya blanca de brocado de oro. Porta en sus manos un sudario de tul bordado a mano ribeteado en encaje de concha y plata. Se sentía seguro al mirar la efigie. Abrió su librito de oraciones, se hincó, dijo una breve oración y se durmió inmediatamente.

A la mañana siguiente unos golpecitos temerosos lo hicieron despertar. Miguel Ángel abrió la puerta y vio a Verónica. Lo que le había mencionado su padrino acerca de su belleza se quedaba corto. La jovencita era mucho más hermosa de lo que se imaginaba. Algo turbado atinó a decir:

—Buenos días.

—Buenos días, señor cura párroco —dijo Verónica azorada viendo al sacerdote en pijamas—. El desayuno está servido.

—Muchas gracias. Me aseo y bajo enseguida.

Miguel Ángel se sentía complacido al cuidado de las mujeres. Doña Genoveva, muy abnegada, cuidaba con esmero todos los detalles para que su permanencia sea de lo mejor: lavaba y planchaba el hábito eclesiástico con el que podía lucir su gallarda figura. Le cocinaba deliciosas comidas y su habitación despedía un brillo como el sol mañanero. Verónica tenía con él mucha confianza lo que facilitaba una comunicación instantánea y efectiva: «han congeniado el uno con el otro», dijo, muy contenta doña Genoveva. De esta manera transcurrió el tiempo. Se sintió cómodo, con mantel largo, una cama esponjosa y la compañía afectuosa de dos damas virtuosas, sobre todo de Verónica, por quien las brasas del deseo empezaron a consumirlo sin que lo pudiera evitar. El «eterno femenino» en su máxima expresión.

En la parroquia de San Mateo se hablaba de la llegada del nuevo cura párroco, desde ya su hijo predilecto, quien parecía que iba a ser «profeta en su propia tierra». Se vio desembarcar sendas maletas cargadas de libros, muchos libros y artículos novedosos traídos de la madre patria y de los países europeos en los que se había formado «taita curita», así le empezaron a tratar los parroquianos. Las novedades consistían en una vitrola y colecciones de discos del estilo musical que pegaba con fuerza como el rock and roll, los grupos de moda eran The Beatles y de Elvis Presley.

Todos ponderaban las habilidades del cura de parroquia en muchos temas: hablaba varios idiomas, cantaba y bailaba como un profesional, conocía sobre agricultura, además de los inherentes a sus actividades al frente de la comunidad, dirigirla, preparar y dar sermones, oficiar eventos: bodas o funerales, y ayudar a los parroquianos en momentos de necesidad o aflicción, llevando la palabra del Señor cual bálsamo sanador.

El padre Miguel Ángel enseñó a los agricultores formas novedosas de cultivo aprendidas en España, especialmente de ajo y cebolla. En unas tierras fértiles de doña Genoveva puso en práctica sus técnicas de labranza obteniendo excelentes resultados y ayudando en la economía de la dueña de casa. Todas estas actividades no eran ajenas a Verónica, quien se fue enamorando de las destrezas del sacerdote, de su porte varonil, y él de todo lo que provenía de ella: le gustaba el talle perfecto de sus vestidos, su andar garboso, la forma de acicalarse el cabello. A veces veía entreabierta la puerta de su habitación, deslizaba hacia dentro miradas furtivas: la ropa interior desparramada en la cama le causaba hormigueos en el bajo vientre. Veía girar el mundo a sus pies, como si caminara en el aire. Nunca había estado tan cerca de una mujer.

Olvidaba de que era un cura de parroquia, la promesa a la Virgen de la Cueva, el sacerdocio, el pecado quedaban tan lejos. Solamente pensaba en acariciar sus cabellos sedosos, besar sus cálidos labios, sentir su aliento perfumado. En ocasiones protestaba contra estas debilidades carnales recordando las palabras de su padrino: «¡Más sentido común! ¡Más juicio en la mollera!», ignorando que el sentido común es el menos común de los sentidos cuando del amor se trata. «Si fuese un hombre libre, me casaría con Verónica. Sería un amantísimo esposo y un abnegado padre de familia», decía. Ante el cuadro dramático de su existencia, y frente a la perspectiva de una vida fallida y mediocre, una ola de calor, de furia contenida invadió su cuerpo y maldijo a su padrino, quien lo llevó de la mano, desde niño hasta convertirse en lo que hoy era: un ser amargado, devorado por la pasión carnal.

Tanta ternura le procuraba la sin par Verónica, con sus tiernos embelecos y miradas acarameladas; las faldas, medias, calzones y sostenes desperdigados en su cama que, a fin de cuentas, habían excitado su deseo, haciendo que el pobre cura terminara cediendo a sus deseos amorosos, comenzando una relación secreta, que con el tiempo se hizo pública, esto supuso el declive moral del cura párroco y un dilema: desistir de su romance o colgar los hábitos, abandonando la vida religiosa para casarse con ella.

Lamentaba no tener la libertad de contraer matrimonio, de hacerle el amor sin remordimiento, suavemente o con furia. ¿Por qué prometió a la Virgen de la Cueva convertirse en cura de parroquia? ¿Por qué permitió que su padrino lo lleve de la mano, como buey al matadero? ¿Por qué la Iglesia prohibía a sus clérigos la satisfacción más elemental, no negada ni siquiera en el reino animal? ¿Acaso las simples palabras de un jerarca religioso «serás puro y casto» a un varón en plena efervescencia de su sangre la iba a apaciguar? ¿Y quién concibió semejante despropósito? ¡Un cónclave de prelados decadentes en el ocaso de sus vidas! ¿Quizás ellos no sintieron en su juventud el llamado de la naturaleza taladrarlos hasta el tuétano? ¡Toda actividad humana podría evitarse, menos el amor! Y si amar no es pecado, ¿por qué está vedado entonces que el seminarista lo sienta, que lo haga con decencia e integridad, sin caer en la pedofilia y otras aberraciones? ¡Tal vez sería preferible que busque placer acudiendo a la más antigua de las profesiones en las sórdidas callejuelas citadinas? ¡El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil!

No comprendía cómo Verónica, una mujer tan hermosa, que le prodigaba cariño, finas atenciones, comprensión, que satisfacía las urgencias del deseo, fuera la culpable de sus cuitas de amor. ¿Debía convertirse en anacoreta y pasar el resto de su vida en lo alto de una columna en el desierto, rodeado de animales salvajes y alimañas para no caer en pecado?

El cura de parroquia pasó varios días reflexionando sobre la decisión a tomar; buscó inspiración en las Sagradas Escrituras y dio con un versículo de Primera de Timoteo que dice: «Si alguno desea ser siervo de Dios debe ser intachable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario y capaz de enseñar…». Ahí encontró lo que buscaba: «esposo de una sola mujer». La Iglesia católica no permite que sus sacerdotes sean casados, por lo que Miguel Ángel solicitó la dispensa de su estado clerical, se hizo pastor protestante, que a fin de cuentas observa normas más humanas, y casó con Verónica. Su decisión enojó a su padrino, pero prefería eso a desagradar a Dios que era todo amor, como lo repetían una y otra vez en el seminario.

Al fin podría besar, con la aquiescencia de la Iglesia cristiana y del Estado, aquella boca y aquellos senos de mujer, única obsesión del hombre: los toma al nacer y no los suelta hasta morir de viejo. El cura de parroquia cambió los favores de la Virgen del Monte por los de una montubia.

viernes, 21 de julio de 2023

El chico que vivía dentro de una burbuja

Roberto Murcia

 

Una mañana Daniel se despertó con la visión de los pájaros que, aunque lejanos, podían apreciarse cerca de su ventana. La luz del sol apenas se insinuaba a través del cristal. Los muebles se adivinaban en borrosos contornos grises. Pronto el cielo tomó su natural color azul y las pocas nubes esparcidas sobre ese telón de fondo se movían con lentitud, tomando formas a las que intentaba encontrar parecido a objetos y situaciones comunes. Sus padres, Hellen y Greg, habían colocado su lecho de tal manera que lograra ver el patio sin dificultad. Sobre este descansaba una burbuja plástica de unos cuantos pies cúbicos de espacio dentro de la cual vivía y cuyas paredes le impedían tener interacción directa con el exterior. Observaba a través de ellas como si fuera el vidrio de un auto que separa al pasajero del entorno. Las horas pasaban interminables hasta que volvía a anochecer. Su cosmos se reducía a lo que había dentro de la esfera de plástico, el resto era una quimera.

Solía pensar acerca de aquello a lo que no tenía acceso. ¿Cómo sería la experiencia de vivir del otro lado? La sensación de palpar la hierba, las hojas de los árboles y el terreno aledaño. Un gato que pasaba en el tejado adyacente parecía tener un pelaje hermoso, al parecer suave al tacto. Jamás tuvo contacto ni abrazó a otro ser viviente. Algo tan fundamental para un ser humano le era negado. Debía conformarse con ver las cosas desde su diminuto espacio. Daniel nació en 1970 con Inmunodeficiencia Combinada Severa (IDCS), trastorno genético que lo hacía susceptible a enfermarse ante la exposición a cualquier microorganismo patógeno. Los linfocitos T y B, que defienden a las personas normales de estos agentes nocivos, eran defectuosos en su cuerpo.

Debido a su rara afección, prevalente en uno de cada cien mil nacimientos, las expectativas de vida para él eran de menos de un año, por lo que el equipo médico a su cargo encabezado por el doctor Frankl tomó la medida desesperada de aislarlo de su medioambiente en un intento por evitar las infecciones que de otra manera ocurrirían indefectiblemente y le ocasionarían la muerte. Para ello lo colocaron en una cámara de plástico estéril y trasparente —cuyo omnipresente olor sintético lo acompañaba de día y de noche— que permitiría prevenir las enfermedades y al mismo tiempo posibilitaría el acceso visual de y hacia el exterior. La intención, según afirmaron, era la de asegurar su subsistencia por un período corto mientras se descubría una cura, pero esta espera se dilató mucho más allá de lo supuesto y en el presente tenía doce años. Ellos habían creado una serie de protocolos de atención clínica específicos para su caso, pues era el único en los anales de la ciencia colocado en tan singulares circunstancias. Tampoco habría otro después.

El procedimiento, que era riesgoso y cuestionable desde un punto de vista ético, lo convirtió en un sujeto de investigación permanente. Con posterioridad, se intentó justificar su confinamiento afirmando que su sufrimiento había ayudado al avance científico. Tanto la atmósfera que lo rodeaba, así como todo lo que entrara en contacto con él, debían ser rigurosamente esterilizados, para lo cual se utilizaba un purificador de aire y una segunda cámara que se llenaba con óxido de etileno en la que se colocaban la ropa, agua, alimentos e instrumentos médicos, o cualquier otro objeto, por cuatro horas a 60 Celsius. Luego eran ventilados por siete días antes de introducirlos en el ámbito principal. Toda su comida estaba envasada o enlatada y se removían las etiquetas, ya que podían contener agentes patógenos. Su plato preferido era la pasta con albóndigas de carne. Siempre deseó probar el helado, pero no fue posible, pues no hay forma de esterilizarlo. Su esperanza de supervivencia se encontraba supeditada a la asepsia total de su entorno.

La única interacción física permitida con otros seres humanos, se realizaba por medio de guantes plásticos de neopreno ubicados para ese propósito sobre agujeros circulares que sobresalían del compartimento. Estos permitían al personal sanitario aplicarle tratamientos o servían para su aseo. Cuando era un bebé, toda actividad de limpieza, alimentación y cuidados médicos debía ejecutarse con estos accesorios y únicamente utilizando los utensilios que se encontraban dentro de la recámara. Si iban a realizar un procedimiento, debían planearlo con días de anticipación, dado el tiempo que llevaba la esterilización. A su vez, él podía usar los guantes para tocar objetos y personas de manera indirecta.

La enfermedad es producida por un gen recesivo ligado al cromosoma X y afecta casi con exclusividad a los hombres. Los médicos habían dicho a sus padres que, si tenían un varón, la probabilidad de que este naciera con inmunodeficiencia era de un cincuenta por ciento. Con anterioridad tuvieron un hijo que murió en el primer año de vida. Ellos eran católicos practicantes, por lo que no usaban métodos anticonceptivos ni consideraban la opción de abortar. Cuando Hellen salió embarazada de nuevo, ellos aceptaron el riesgo y él vino al mundo con el padecimiento. Sus primeros tres años trascurrieron en el sanatorio. Luego se construyó una burbuja para trasportarlo y otra en el hogar familiar, donde pasaba períodos de varias semanas. Los facultativos deseaban realizar un trasplante de médula ósea a partir de un donante compatible, el único tratamiento disponible, pero no se había encontrado uno hasta ese momento. Se afirmaba que algún día, en un futuro no muy lejano, se encontraría una cura para su mal, mientras tanto debía mantenerse aislado a la espera de que esta llegara.

Mostraba delgadez, talla inferior al promedio; fuerza y masa muscular reducidas por falta de actividad física. Sus inteligentes ojos negros sobresalían en su pequeño rostro enmarcado por una abundante cabellera marrón. No recibía la luz solar, su piel lucía pálida y amarillenta. Los otros niños tenían el cutis rosado o bronceado. Con frecuencia escuchaba frases como: «¡Hoy el sol está tan fuerte! ¡He sudado a mares!». No comprendía lo que esto significaba, ya que nunca recibió los rayos solares durante suficiente tiempo. El área donde permanecía en el hospital y su casa, contaban con acondicionadores de aire, por lo que la temperatura era siempre similar. No conocía lo que era degustar una bebida o comida caliente o helada, pues cuando llegaban a él su estado inicial había cambiado. Únicamente podía apreciar los cambios propios del clima a través de su ventana: tormentas, vendavales, la nieve que cae en invierno. Según le dijeron esta última era fría, no obstante, no lo entendía, para él solo era blanca como el algodón que había tocado. Así que imaginaba que llovía algodón sobre el paisaje, aunque le explicaron que su textura era diferente.

Le intrigaba saber por qué no existían más niños como él en todo el planeta. Se sabía único en su especie y ese conocimiento ahondaba su soledad. Para otros no pasaba de ser una curiosidad de circo a la cual se la mira con admiración una vez y pronto se olvida por su falta de novedad. No sabía lo que era hacer ejercicio físico, correr, cansarse hasta perder el aliento. Jamás se había sumergido en el agua, recibido el viento o la lluvia sobre su piel, apreciado la mayoría de los aromas cotidianos, actividades que damos por descontadas. Nada de esto le era dado experimentar y no lograba comprenderlo por completo. ¿Qué habría pasado si hubiera nacido ciego? Su entorno sería un lugar incognoscible y remoto. Era incapaz de comprender el espacio en tres dimensiones y la perspectiva espacial, lo cercano de lo alejado. En vista que desde chico le inculcaron que el exterior representaba un peligro para él, tenía pesadillas en las que gérmenes que adoptaban formas amenazantes y monstruosas lo perseguían para matarlo.

Él se esforzaba por llevar una existencia normal dentro de lo posible dadas sus condiciones. Leía libros y se comunicaba con la maestra de su escuela por medio de un intercomunicador. Miraba televisión en un pequeño receptor introducido para tal propósito, en el que veía películas, dramas, comedias y muchas cosas más, que no hubiera conocido, de haber nacido unas décadas atrás. Le gustaba escribir sobre aquello que pensaba o soñaba en hojas de papel con lápices de grafito. Las palabras escritas le permitían expresar por escrito sus sentimientos íntimos y emociones, encerrarlos en cápsulas de tiempo que después podía releer. Lo que le acontecía, lo que visualizaba, sus sueños nocturnos y sus ensoñaciones diurnas. La impresión imaginaria de tocar los objetos, los seres vivos, las estrellas, las ramas de los árboles que se agitaban y silbaban con el viento. Solía concebir que tenía largas conversaciones con diversos interlocutores, sin percibirse limitado espacial ni temporalmente. Se imaginaba viviendo toda clase de aventuras, como las que observaba en la televisión.

Con frecuencia expresaba que él no pidió que preservaran su vida en esas condiciones y preferiría haber muerto después de su alumbramiento. En esos momentos de desesperación lanzaba los objetos de que disponía, lloraba, golpeaba las paredes de su burbuja y gritaba. Quería ser libre, correr y jugar como los demás niños. Sus progenitores y cuidadores intentaban calmarlo hasta que por fin estos accesos mermaban. Ellos estaban conscientes de la precariedad de su existencia y compartían su impotencia ante su destino funesto. Hellen y Greg tenían discusiones sobre si tomaron la decisión correcta al aceptar que Daniel fuera preservado en tales circunstancias, pues verlo así les causaba mucha angustia.

De pequeño solía considerar la posibilidad de que sus padres no regresaran. Si sufrían un percance que les impidiera volver, ¿cómo sabría qué les había ocurrido? ¿Qué pasaría con él? Estaba consciente de que las personas pueden fallecer de improviso, sin que se sepa de antemano la causa. Tenía terrores nocturnos al contemplar la eventualidad de que esto ocurriera y quedar atrapado en su contenedor. Otro de sus temores era que el purificador de aire se averiara y morir asfixiado. Miraba con envidia a quienes caminan con libertad, seres humanos, perros, gatos, insectos. Quizá él nunca podría ir a un lugar por voluntad propia. El único aspecto positivo de su confinamiento era que jamás había padecido una infección de ninguna clase, intestinal, gripe, amigdalitis; pero no se sabe apreciar la ausencia de aquello que no se ha experimentado. En lo que a él concernía, estas no existían.

Aunque sus padres intentaron mantenerlo fuera de los medios de comunicación, cuando cumplió nueve años esto fue imposible. Apareció en la portada del diario local. Al darse cuenta dijo:

—¡Soy una estrella! —Sus ojos abiertos reflejaban alegría y asombro.

—Claro que lo eres —dijo su madre— tú iluminas mi vida.

—¡Soy famoso! Las estrellas no tienen que hacer la limpieza —insistió, con sonrisa juguetona.

—Bueno, eso fue en el diario de ayer. Tu retrato no aparece en el de hoy, así que este día debes limpiar tu burbuja.

Posteriormente salió en los programas televisivos de noticias cuando lo filmaron mientras jugaba y realizaba diversas actividades, lo que lo convirtió en una celebridad nacional. Los editores mostraron únicamente los aspectos positivos y tuvieron el cuidado de eliminar las escenas en que actuaba con violencia o lloraba.  La atención mediática atrajo algunos niños de la escuela o del vecindario que iban a visitarlo. Inicialmente se acercaron por curiosidad, entablaron amistad y ahora lo visitaban con regularidad. Jugaban y conversaban con él, aunque no pudieran tener contacto físico. El ruidoso purificador de aire dificultaba la comunicación con el exterior, por lo que escuchaba sus voces amortiguadas por el sonido que este producía y por la barrera artificial que los separaba.

Sentía mucho cariño por los amigos que llegaban a verlo, en particular por Dalia, por quien desarrollo un interés romántico. Él se enamoró de sus ojos negros que lo miraban con ternura, del dulce óvalo de su rostro. Compartían un vínculo más íntimo que solamente ellos comprendían y los separaba de los demás. Esperaba con impaciencia a que llegara por las tardes después que ella atendiera sus clases e hiciera sus labores escolares. Aquellos instantes le parecían cortos y lo llenaban de felicidad. Dejaba de sentirse limitado por sus precarias condiciones y le parecía que lo mejor estaba por ocurrir. A diferencia de cuando escribía, le resultaba difícil encontrar las palabras apropiadas para hablar con ella, pero que, aunque faltaran, por lo general estaban de más. Él escribió en un papel: «Te amo». Dalia hizo lo mismo en un cuaderno que sacó de su bolso. Lo sostuvo sobre su pecho, decía: «yo también». Ese había sido el momento más feliz de su corta existencia.

En Halloween decoraron su dormitorio con telarañas, figuras fantasmagóricas y esqueletos. Daniel se vistió con un disfraz de bruja y repartió dulces a los demás chicos. En medio de la oscuridad iluminada por luces parpadeantes los sostenía en sus guantes de goma, en tanto que les preguntaba: «¿truco o trato?». Los pequeños, que se habían vestido con los atuendos más terroríficos que pudieron encontrar, pasaron cada cual por sus golosinas. Andy, uno de los invitados, dijo: «¡Tu fiesta es la mejor en la que he estado, Daniel!». Los demás asintieron.

Esa tarde llegaría Dalia. Una sensación inefable de bienestar lo abrumaba. Por lo general se presentaba alrededor de las tres, pasaron las horas, sin embargo, no acudió. En más de una ocasión faltó a su cita habitual. Una vez no llegó, pues se enfermó de influenza, otra porque sus progenitores debieron marcharse por una situación no prevista y ella no pudo salir. Su madre subió a su habitación y él le dijo con gesto de preocupación:

—Mamá, Dalia me dijo que vendría hoy a las tres, y no vino.

—¿Te mencionó si tenía algún problema o estaba enferma?

—No, para nada.

—Entonces dale tiempo, si no vino hoy, con seguridad vendrá mañana.

—Está bien —dijo, mas la apreciación de su madre no consiguió tranquilizarlo.

La esperó el siguiente día, no obstante, tampoco se presentó. Hellen habló a su casa para consultar si estaba enferma, a lo que le contestaron que no, que vendría el día próximo.

—Hola, ¿Cómo estás? —preguntó Dalia al llegar.

—Estoy bien de salud, pero estaba preocupado por ti. Porque no viniste ayer ni anteayer.

—Disculpa que no te haya avisado. Salí con mis amigos a un cumpleaños ayer.

—Pensé que algo te había pasado.

—No pasa nada. No quiero que te preocupes —expresó ella, restándole importancia al asunto.

De pronto, todo volvió a la normalidad. Hablaron como solían hacerlo por un buen rato. Él dibujó una casa grande con árboles en el exterior y un sol brillante en la que vivían los dos. Ella lucía complacida, «me encanta» expresó, mientras en sus delicados labios se dibujaba una sonrisa; no obstante, le entristeció que Daniel se representó a sí mismo dentro de una burbuja. Con el paso de los meses las visitas de Dalia se volvieron más espaciadas. Una cada dos días, luego una a la semana. Siempre, situaciones imprevistas le impedían asistir a sus citas, surgían múltiples excusas. Él la esperaba aun cuando ella le decía que no vendría. Imaginaba que por causa de un milagro aparecería en el umbral de la puerta y le diría: «Creí que no podría venir, pero aquí estoy». Hasta que por fin dejó de acudir. Insistió muchas veces con su madre para que la llamara, sin embargo, no regresó. No supo más de ella.

Lo que escribía se tornó pesimista, como si la atmósfera en que se desarrollaba la acción se oscureciera. Desaparecieron los sueños con un futuro mejor. Casi no comía y dejó de hacer lo que antes le provocaba placer. Apenas se movía, pasaba horas en posición fetal, no tenía motivación para lavarse o cambiarse la ropa. En su mente repetía de forma constante una canción que había escuchado en la televisión: «Que si de amor ya no se muere algo en mí se morirá…». Ante la insistencia de sus padres los médicos manifestaron que poco o nada se podía hacer para mitigar su pena. Solo cabía esperar. Hellen le dijo a su esposo mientras se mesaba el cabello:

—¡Ya no soporto el dolor de verlo así! ¡No sé qué hacer!

—¡Es una desgracia! No podemos hacer nada —respondió él al borde de las lágrimas.

Si era necesario, el personal que lo cuidaba introducía una bandeja con instrumentos, jeringas y medicamentos para hacerle exámenes o tratamientos. Esa mañana dejaron olvidada una pequeña tijera adentro. La ocultó, no supo el porqué. Cuando los demás se fueron la contempló durante largo rato. La tomó y se preguntó qué sentiría al ver fluir su propia sangre. El púrpura surgiría cual caudal que apremia su libertad del rigor restrictivo de las arterias. La colocó sobre la vena que se encuentra en la porción interior del codo, lugar del que la extraían si se requerían exámenes sanguíneos. Hizo presión y sintió dolor. La retiró y la dirigió contra las paredes de la burbuja con lentitud. Era la barrera que lo separaba del peligro, de los gérmenes que amenazaban su salud. Al mismo tiempo, era la cárcel que lo retenía cautivo, ignorante del universo al cual no podría acceder quizá nunca.

A veces dudaba de que en realidad existiera un mundo externo. Esta vez volvió a cavilar sobre el tema. Qué tal si su situación fuera una proyección deliberada, una película como las de la televisión creada con alguna finalidad que no alcanzaba a entender. Un recurso de la piedad de un ser misericordioso para atenuar su soledad. No obstante, de ser así, ¿por qué razón desearían mantenerlo en aislamiento? Crear un espejismo como el que vivía no le pareció propio del proceder de un ente bondadoso.

Se le ocurrió una idea más siniestra: ¿Podría su entorno haber sido preparado para engañarlo y mantenerlo confinado? Había escuchado la palabra experimento referida a su situación en los noticieros de la televisión. Se visualizó a sí mismo como una rata de laboratorio andando sobre una rueda giratoria. ¿Cabría la posibilidad de que su condición actual fuera una investigación perversa? ¿Qué tal si los que suponía eran sus progenitores en verdad no lo fueran y los médicos cumplieran el rol de carceleros? No existía manera de saberlo, pues todo cuanto le era dado conocer se encontraba en su reducido espacio vital. Se imaginó que cuando salían de su habitación se quitaban el disfraz y retornaban a su vida real de padres, esposos, hijos.

Empujó la tijera contra el revestimiento plástico, pero al principio no logró penetrarlo. Hizo más presión y se abrió un minúsculo agujero, luego otro. Dejó pasar los minutos. Nada grave ocurrió, quizá no era cierto lo que le dijeron del peligro que enfrentaría al tener contacto con el exterior. Agrandó el hueco y pudo sacar los dedos, la mano, después el antebrazo. Observó la palma de su mano con irrealidad. Palpó el colchón, el frío metal de la cabecera de la cama, las asperezas de la pared que no podían distinguirse a simple vista. Ya había comenzado, no existía la opción de dar marcha atrás. Siguió agrandándolo hasta que fue lo suficientemente grande para permitir el paso de su cuerpo. Sacó la cabeza, sus piernas. El aire se apreciaba diferente, acostumbrado como estaba al del interior. Lo invadió un sentimiento de incomodidad, como si estuviera desnudo. Sintió el frío de las baldosas al afirmar sus pies en el suelo.

Contempló el escenario circundante cual si fuera un bebé que sale del seno materno y vislumbra la luz por primera vez. Percibió aromas que no pudo identificar, el moho producto de la humedad, la distintiva fragancia del desinfectante para pisos, ambos desconocidos para él. Caminó por el aposento y palpó las paredes y los enseres. Una silla de madera con respaldar de cuerina. La puerta contrachapada. El piso de granito. Todo le parecía extraño. Al abrir la mini nevera recibió una ráfaga de frescor que salía de esta.  Observó varios envases sellados en el refrigerador y en el congelador un bote de helado de fresa. Lo sostuvo y sus manos le dolieron. Nunca antes experimentó esa sensación. Atemorizado lo colocó sobre una mesa. Lo abrió y con el dedo se llevó un poco a los labios y lo probó. Extrajo una botella de Coca-Cola. Jamás la había probado. La destapó con el abrebotellas como había visto hacer y tomó un trago. Un ligero ardor en la garganta al tragar.

Su madre llegó en ese instante y al verlo extendió sus brazos hacia él y comenzó a gritar. «¡Regresa a la burbuja!». Lo observaba con ojos desorbitados, la boca abierta con un rictus de dolor. Dirigió sus manos temblorosas hacia él como si fuera a introducirlo de nuevo, sin embargo, no se atrevía a tocarlo. La botella cayó de sus manos y el líquido se desparramó por el piso. Obedeció, retornó al contenedor y se reintrodujo en él. Su padre, quien se encontraba en ropas de dormir, acudió alertado por los gritos y al entrar en la habitación quedó congelado por la impresión. Ella le gritó: «¡Haz algo!». Él salió deprisa y al poco tiempo regresó con un rollo de cinta adhesiva de embalaje. Juntos intentaron tapar la abertura como pudieron.

Su padre apenas balbuceaba y salió a llamar por teléfono por ayuda. Su mamá no cesaba de chillar, por un momento creyó que se iba a desmayar. Después de un rato llegaron los paramédicos, lo subieron a una ambulancia, lo trasportaron al hospital. Percibía los movimientos y giros que realizaba el vehículo al desplazarse. Podía escuchar la sirena durante el trayecto y ver los destellos de color rojo de las luces intermitentes que se reflejaban en la calle. Sorprendentemente, se sentía tranquilo, como si nada malo ocurriera. Hasta le parecía que lo que sucedía era consecuencia natural de lo que vivió con anterioridad. Recordó sus primeros años, las visitas de Dalia y los demás chicos.

Al llegar al servicio de urgencias lo condujeron por los pasillos donde médicos y enfermeras, vestidos con uniformes, corrían de un lado a otro, pacientes en camillas y otros en ropas de civil observaban con asombro. Escuchaba múltiples voces cuyo sentido no siempre lograba determinar. En su recorrido, el resplandor de las lámparas en el techo se sucedía a intervalos regulares y percibía las vibraciones que producían en la camilla las irregularidades del piso. Mientras miraba el pandemónium a su alrededor, pensó: «¿Qué tal si mi situación no fuera real?, y ¿si todo esto no consistiera más que un teatro o una ilusión?».

Lo llevaron a la sala habitual. Lo mudaron del compartimento estropeado al que había allí. Como la situación fue inesperada, no hicieron los preparativos de esterilización acostumbrados. En los días siguientes se enfermó por primera vez en su vida. Vomitó y tuvo diarrea constante. Su temperatura subió hasta cuarenta grados Celsius. Se temía que muriera por deshidratación. Los facultativos debatieron sobre la decisión de sacarlo. Su papá le preguntó si quería salir y él dijo: «Acepto lo que consideren necesario». Fue trasportado a una sala desinfectada por completo. Se arrepintió por la aflicción que les causó a sus progenitores al abandonar su entorno seguro en casa, aunque a la vez se sentía liberado.

El tratamiento fue infructuoso, su condición empeoró. Sus órganos vitales comenzaron a fallar y fue desahuciado. El médico a cargo llamó a Hellen y Greg a la habitación de Daniel cuando supo que se acercaba el final. Ellos habían permanecido en el hospital casi todo el tiempo que duró su agonía. Ingresaron con ropas estériles. La recámara, cuyas paredes y piso estaban revestidos por material aislante especial que facilitaba su desinfección, carecía de ventanas y contaba solo con iluminación artificial. Postrado sobre la cama, apenas era reconocible; notablemente delgado, las mejillas y los ojos hundidos. A sus costados había varios monitores y equipo quirúrgico.

Por la tarde recibió la extremaunción. Durante el rito mencionó, con voz entrecortada, que Dalia y sus amigos habían venido a verlo. Los presentes comprendieron que deliraba. Preguntó cuándo podría regresar a casa. Sus progenitores intercambiaron miradas con el doctor Frankl. Este sin inmutarse contestó: «Pronto». Sus padres estaban a su lado y pudo abrazarlos. Manifestó que sentía mucho frío. Respiraba con dificultad. «Me siento muy cansado» expresó. Ella lo tomó de la mano y la estrechó contra su pecho mientras intentaba contener las lágrimas sin lograrlo. En el momento último ambos se quitaron las máscaras para poder besarlo por primera y única vez. «Los amo» dijo. Su cabeza se volvió hacia su costado izquierdo y sus ojos se cerraron.