miércoles, 14 de marzo de 2018

Amigas

Yadira Sandoval Rodríguez


Son las cuatro de la tarde, se reunirán cinco amigas en casa de Alicia, para tomar el café y celebrar la bienvenida de Mónica. Esta última estudió educación en la ciudad de Monterrey; es madre de tres hijos y está casada. Un día decidió salir de su pueblo natal, Magdalena, en el estado de Sonora. Ahora de regreso a su pueblo, trata de reencontrarse con sus amistades de la infancia y adolescencia. A la vez reflexiona sobre su adaptación al lugar. El olor a pastelillos en el horno le permite salir de su ensimismamiento; se dirige a la cocina se pone los guantes para abrir el horno, checa los bollitos, saca uno para probarlo y le da el visto bueno; empieza a decorarlos y se dice así misma que fue un error regresar. Tiene días pensándolo, pero no se atreve a platicarlo con su esposo, ya que este tiene a su mamá enferma en el pueblo. Para salir de su enfado ha decidido recuperar la amistad de Alicia, quien es una persona con múltiples actividades sociales. Se han estado llamando una a la otra y visitando. Alicia decide organizarle una reunión para acercarla con sus otras amigas con el fin de integrarla a la vida social del pueblo; también le comenta a Mónica que en el grupo de amigas hay una maestra, su nombre es Marisol.
Las amigas llegan una por una a casa de Alicia; se abrazan y besan en la mejilla. Alicia recibe a las amigas eufórica y les dice:  
—¡Ganamos el partido de fútbol americano, esto indica que vamos a Monterrey a jugar! Mis niños y mi esposo andan muy contentos.  
—¿Es caro pertenecer al grupo de fútbol americano? —pregunta Zulema.
—Así es, la inscripción cuesta dos mil pesos por niño, incluye uniforme —contesta Alicia.
—¡Carísimo! —responde Zulema.
—Cuesta más que el otro equipo. Zulema, en el equipo en donde está mi hijo no cobran tanto. El uniforme es modesto y los entrenadores son buenos. No viajan tanto como el equipo en el que están los hijos de Alicia. Por si quieres inscribir a los tuyos, ahorita te paso la información —dice Marisol.
—¡Felicidades, Alicia! Van a ganar. Es un paso gigante para ti y tu familia. Después de la mala experiencia que pasó tu niño en el otro equipo, en este le irá mejor —dice Marisol.  
—¿Por qué? —pregunta Zulema.
—Mi hijo tiene problemas de hiperactividad, es impulsivo, así que decidimos meterlo en ese equipo, para que aprenda a canalizar su temperamento —dice Alicia.
—Pero, ¿qué te dicen los médicos? —pregunta Zulema.
—Que tiene que estar con medicamentos. Pero no queremos, estuvo un tiempo tomándolos, mi hijo se la llevaba dormido. Razón por la que no continuamos con la medicación —responde Alicia.
—Está difícil. Admirable lo que estás haciendo —dice Marisol.
—Gracias. En la escuela aún no están preparados para trabajar con niños hiperactivos, lo tratan como a un niño inútil, y eso me hace enojar, a cada rato tengo que estar peleando con las maestras. Es triste y cansado —dice Alicia.
Marisol se siente incómoda con el comentario de Alicia.
—¿Por qué tiene eso tu hijo? —dice Zulema.
—Viene de familia —contesta Alicia.   
Zulema pide a las chicas que la escuchen, va a leer algo. Lo que ella lee, trata sobre un pasaje en la Biblia. Todas le ponen atención. En eso Alicia empieza a llorar, se desahoga con sus amigas. Les dice que está cansada de su vida. Las demás chicas la abrazan, la consuelan y le dicen que todo va a mejorar. En eso Alicia se levanta y le pide a Mónica, que le regale otro bollito, Mónica le pasa la charola. Alicia empieza a saborearlo poco a poco, le da un sorbo a su café. Zulema y Diana empiezan a hablar de sus familias, de los problemas que tienen con sus hermanos en relación con las drogas. Zulema narra que en su pueblo los jóvenes consumen altas dosis, su marido tiene conexión con el narcotráfico. Cosa que a ella no le gusta y ha tenido que aprender a adaptarse a esa vida.
—Pues yo desearía ser la Reyna del Pacífico. Y no me refiero a la actriz que interpretó la serie de Netflix, Kate del Castillo. Sino la verdadera Reyna del Pacífico, Sandra Ávila Beltrán —dice Diana.
 Cuando terminó de decir eso, todas voltearon a mirarla.
—Qué miedo —dice Mónica.
—Así es —dice Diana—. La admiro mucho. Ella es mi ídolo, mi fortaleza, mi deidad a seguir. Es una mujer a quien tenemos que admirar. En la actualidad ser feminista se ha vuelto una moda, qué mejor modelo a seguir. Todas las mujeres deberíamos ser como Sandra Ávila Beltrán. Para no llorar como lo estás haciendo tú. —Se quedan mirando las chicas unas a otras—. Les puedo narrar todo sobre su familia. Mi mamá fue amiga de Sandra. Iba a su casa a tomar el café, y salían muy seguido de compras, por su puesto, mi madre no pagaba nada, siempre era la mamá de Sandra quien corría con los gastos. También se reunían con otras chicas, todas hijas o parientes de narcotraficantes, me dice mi madre que hacían fiestas muy seguido en las casas de ellas. Siempre andaban con artistas de televisión, de radio u otro personaje del mundo artístico de la región. Imagínense estar rodeadas de tantas celebridades. Me gustaría haber vivido eso. Ni se diga de los carros que les compraban sus papás.
—Pero… así como lo cuentas se escucha dudoso. ¿No crees qué pudieron haber pasado otras experiencias? ¿Drogas, promiscuidad? ¿No, lo crees? —dice Marisol.
—Y si fue así, ¿cuál es el problema? Es parte de la aventura —dice Diana.
—¿A poco no te daría miedo experimentar esas cosas?
—No. Al contrario, te da oportunidad de conocer otra parte de la vida.
—¿Qué no eres feliz con la vida que tienes?
—No significa que no esté feliz, lo que digo es que toda mujer debería experimentar esa oportunidad.
—Pues… estoy en desacuerdo.
Al rato de estarla escuchando, Marisol, en tono displicente, le dice:
—Diana, no puedes estar orgullosa de alguien como ella. Para empezar, esa mujer no representa un modelo feminista, ya que pertenece al crimen organizado, y te aseguro que esta misma ha permitido asesinatos entre su mismo género. Solo de pensar en violaciones, trata de jovencitas, los daños a los familiares, etcétera, y tú poniéndola como una heroína.
—Bueno, chicas, mejor cambiemos de tema —dice Alicia.
Diana se suelta riendo y les dice que es mentira todo lo que les estaba diciendo. Las demás se quedan serias.  
Marisol se disculpa con las chicas y comenta que tiene que irse, al igual Zulema, Alicia le pide a Mónica que le dé raite a Marisol. Mónica dice que no, que se siente mal y desea salir del lugar. Alicia le pregunta: «¿Qué tienes?» Se la lleva a su cuarto para platicar, mientras las otras chicas se despiden. Alicia le pregunta a Zulema si puede llevar a Marisol a su casa.
—¡Claro que sí! —dice Zulema.
Mónica se queja del estómago y pide el baño a Alicia mientras esta despide a las demás.  
—Viste, ¿cómo me miraba, Diana? —dice Mónica.
—Sí, lo vi. Pero qué le vamos a hacer, tú no más síguele el rollo. Y no es necesario que te abras tanto con Diana. A veces tenemos que cuidarnos de nosotras mismas, aunque no lo queramos —contesta Alicia.
—Pero, ¿le vas a seguir hablando a la chica? ¿Qué no escuchaste todo lo que dijo?
—Así es, Diana, no te preocupes. Es fanfarrona, nada más tienes que cuidarte de no hablar mucho.  
—Oye, Alicia. Hace una semana sacamos a los niños de la casa de tu comadre porque el esposo estaba vendiendo droga, y mi esposo se enojó conmigo. ¿Ahora me propones callar y seguir con la amistad? Aparte, viste cómo se puso Marisol, la chica no va a querer regresar a las reuniones, es maestra, o sea, una persona seria como yo. Con esas historias la espantaron.
—Tranquila, Marisol igual que tú acaba de llegar y se está adaptando —dice Alicia.
Mónica se enoja, agarra su bolso y sale de la casa de Alicia. No se despide, se sube al carro y lo prende. En su cabeza lleva el coraje. Llega a su casa, se pone cómoda, se relaja, los niños están con su mamá decidieron pasar el fin de semana con ella. Su esposo está de viaje y llegará hasta la próxima semana. Son las seis de la tarde, prende la televisión busca una película encuentra nada que le guste, se sirve una copa de vino, a la par continúa buscando algo que ver. Se enfada, decide prepararse algo para cenar, después le marca a su mamá para preguntar cómo están los niños. La madre le dice que ya están dormidos. Mónica le empieza a narrar lo sucedido, su madre le da el consejo de no continuar con esas amistades: «Si no te sientes cómoda, mejor aléjate, pero tienes que tomar en cuenta que te quedarás sola, toda chica actualmente tiene una relación con el narcotráfico, aunque no te guste y más en esta región». Mónica se queda pensativa, se despide de su madre y al momento de colgar, su amiga Alicia le marca. Mónica mira hacia su celular, ve el nombre de Alicia, hace una cara de enfado y luego contesta.
—Hello.
—Hola, Mónica. Mujer, olvidé mencionarte que la próxima semana será doce de diciembre y en la casa velaremos a la Virgen de Guadalupe. Como todos los años, hacemos cena y rezamos el rosario. A nuestra casa viene el sacerdote de la comunidad para echarnos la mano, al igual el coro de la parroquia. Preparamos comida, chocolatito caliente para las personas que vienen a acompañarnos. El año pasado asistieron cien personas y en este estamos esperando más. Las demás gentes de las otras rancherías se están uniendo. Este año invitaremos a la policía municipal. Ya que el año pasado hubo balazos, ningún herido, conoces nuestra cultura se emborrachan y sacan las pistolas. El padre propone decirle a la gente que no lleve sus armas. Por seguridad yo hablé con el alcalde del municipio y me dijo que está bien.
—¿Y en qué quieres que te ayude?
—Cooperar con seis kilos de carne para los tamales. Eres maestra y a tu esposo le va bien, me imagino que no hay ningún problema con la petición. Recuerda, será para el rosario de nuestra Virgen de Guadalupe y, como dice el padrecito, el apoyo para estas causas son indulgencias para ir al cielo.
—Lo sé. Está bien, tendrás tus seis kilos de carne. Te los llevo mañana en la mañana.
—Bueno, Mónica, te dejo para seguir llamando a las demás personas que solidariamente apoyarán por la causa.
Mónica cuelga, checa el reloj y se alista para dormir.
A la mañana siguiente, pasa a casa de su mamá desayuna con ella y recoge a los niños. Le comenta del rosario que será el próximo jueves en casa de Alicia.
—Ves, Mónica. Lo que te dije, tienes que aprender a fingir demencia así son las amistades. Aunque yo te recomiendo que no asistas, el año pasado estuvo muy feo, la gente loca se emborrachó y empezaron los tiroteos. Nos enteramos de que el esposo de Alicia utiliza esas veladas para vender droga. Todos los de la región lo saben, y por lo que veo te está costando aceptarlo, mija. Cuatro años de no vivir aquí pasan muchas cosas
—¿Y el sacerdote qué dice de esto?
—Qué va a decir, pues nada mija. Él no puede hablar, solo tiene que cumplir con su deber. Me imagino que también ha de recibir algunas dosis de droga para soportar su cruz.
—Mamá, ¿cómo puedes decir eso?
—Hay mija, a veces pienso de qué sirve tener tantos estudios, si la realidad está oculta para tus ojos. O más bien, no la quieres aceptar.
—Bueno, mamá, te dejo. Iré a comprar la carne para pasar a dejársela a Alicia.
Mónica y sus hijos llegan a la casa de Alicia; atraviesan el jardín repleto de rosales, begonias, Jazmín, petunias, clavelina y geranio. Alicia abre la puerta y la recibe feliz mientras los niños saludan a los hijos de Alicia y entran corriendo para ir a jugar.
—Alicia aquí está la carne.
—Gracias, Mónica. ¿Gustas un café?
—Sí.
—Todo está marchando excelente. De hecho, anexamos un atractivo al rosario para atraer más gente: vendrán los Pikadientes de Caborca.
—¿Quiénes son esos?
—Un grupo norteño de Caborca. ¿A poco no los conoces?
—No. Pero, ¿música en un rosario?
—Sí, Mónica, a la gente le encanta esa música. De hecho, les dijimos al grupo que se ensañaran el himno guadalupano. Y ellos emocionados dijeron que sí. Ya sabemos se los vendí como indulgencias.
—Órale que bien.
—Bueno, Alicia te dejo porque tengo mucho que hacer en casa.
—Claro, Mónica, y te espero el jueves por aquí. El primer rosario empezará a las ocho de la noche.
—Bien, Alicia. Nos vemos el jueves.
Mónica se dirige al jardín trasero por los niños, les habla y les dice que ya es hora de irse. Los niños salen corriendo de la casa sin despedirse. Mónica se le queda mirando a Alicia, mientras esta le dice: «Son niños, relájate».
Es jueves y Mónica alista a los niños para ir a casa de Alicia al rosario. Le dice a su esposo que irá un rato. Este le dice a su esposa que se cuide. Se dan un beso de despedida y se suben al carro.
Llegan a casa de Alicia son las 7:45 p.m. Mónica escucha el barullo de las personas a lo lejos el grupo probando sonido. Alicia al ver a Mónica la saluda, le dice que pase.
—Es demasiada gente, Alicia.
—Qué te dije. Pásale a lo barrido. El padre está adentro confesando, por si quieres aprovechar.
—Gracias.
Los niños de Mónica se van a jugar con los otros niños; entra a la cocina, busca algo que tomar. Al voltearse la sorprende una mujer.
—Hola, me asustaste. ¿Cómo estás, Alma?
—No tan bien como tú, Mónica. Me comentaron que ya andabas por estos rumbos. Te extrañé.
Mónica se queda seria. No le gustó el tono de voz de Alma.   
Alma se ríe y le da un beso. Mónica no reaccionó con rapidez por lo asombrada que estaba. Al momento la separa con un empujón, ya era tarde, Alicia las había visto y esta se dio inmediatamente la vuelta para no interrumpir y se dijo así misma con tono de malicia: «Bienvenida, niña».
Alma al ver que no fue correspondida le pide disculpas, le comenta que se emocionó al verla; le dice que la sigue queriendo a pesar de su compromiso: «Serás mi novia por la eternidad». Mónica, enojada, le contesta: «Vete a la chingada», no quiere hablar con Alma, quiere ir por sus hijos y retirarse del lugar. Mónica estaba incómoda por lo sucedido, aparte Alicia había visto todo y eso no le gustó. Alma le dice que no se preocupe, le promete hablar con su amiga y resolver la confusión: «Prometo decirle que te confundí con otra persona». Mónica se queda seria y a la par le da la mano, la mira a los ojos y le dice: «Sigues igualita». Alma le sonríe y le pregunta: «¿Cómo has estado?». Ella le contesta que bien. Alma le comenta que anda allí porque uno de sus hermanos toca en el grupo. Esta de temperamento impaciente le vuelve a dar otro beso y Mónica sin enojarse lo acepta y unos minutos después se retira del rosario.

jueves, 8 de marzo de 2018

El recordador

Armando Janssen


Sara se había obstinado en que fuera un parto natural. Fue una tarea difícil pese a los avances tecnológicos logrados en pleno año 2028. Cuando al fin dio a luz, Sara esperó escuchar algún sonido, un signo de vida. «¿Qué está pasando?», preguntó Sara, aún con las piernas abiertas, totalmente empapada, —el obstetra robot y la enfermera estaban de espalda y no respondían. «Pero ¿qué pasa?» volvió a preguntar al no obtener respuesta, pasaron esos segundos que parecen horas hasta que al fin se escuchó el ansiado llanto, se tranquilizó cuando la enfermera se le acercó trayendo a June en brazos, su hija.

June fue creciendo dentro de la burbuja de sobreprotección que le fue proporcionando su madre desde su primer día, salvo raras excepciones no salía de la casa, su abuelo la cuidaba por las tardes mientras Sara trabajaba como fisioterapeuta en el hospital. Cuando June cumplió cuatro años, Sara se percató de que debería anotarla en la escuela y esto le provocó un mar de dudas. En el trabajo le habían comentado de un centro que anunciaba la inscripción de niños para un programa fiable y gratuito donde optimizaban su seguridad mediante una aplicación que permitiría localizarlos y/o observarlos en todo momento. Sara tomó una cita y fue con June. Las hicieron pasar a la unidad robotizada donde las esperaba una doctora, quien comenzó a explicar el procedimiento a Sara. June, entretenida, miraba dibujos en una pantalla táctil flotante.

—Mientras la unidad robotizada le aplica a June un microchip —iba diciendo la doctora—, le explicaré cómo funciona la…

—¿Que le aplicará qué? interrumpió Sara.

—Es una aplicación indolora e instantánea, June podrá continuar jugando sin darse cuenta de nada.

—Pero

Tranquila, permítame continuar y le explico el procedimiento. Le aseguro que quedará plenamente satisfecha, este es un programa altamente eficaz que queremos optimizar antes de sacarlo al mercado, por este motivo es para unos pocos y gratuito. ¿Continuamos?

—Sí, claro.

Un brazo robotizado saltó de la pared directamente a la sien de June y al instante la doctora dijo:

—Está pronto, vamos al funcionamiento.

Sara no se dio cuenta de nada y June menos.

Esta es su unidad parental, como observará parece una simple tablet, pero se trata de una unidad altamente sofisticada, la cual procederemos a sincronizar con el implante de June. Ya quedó configurada. A partir de ahora, le permitirá localizar y observar lo que June ve y siente en todo momento. Sara observaba la pantalla de la unidad y mostraba exactamente lo que June miraba en la pantalla flotante, —si se pierde solo debe pulsar aquí y al instante la localiza, e introduciendo su pin le dará aviso a la policía. Además se chequean sus signos vitales como: su nivel de sangre, su ritmo cardíaco…, como podrá observar, la unidad indica que June tiene bajos niveles de hierro, ¿qué tal come?, —es que odia las verduras, —un complemento nutricional y asunto arreglado. Continuemos, con este ícono recibirá su actividad visual y observará todo lo que ella ve, en todo momento. También puede aplicar el control parental…, —¿control?, —Sí, son las limitaciones del contenido, al presenciar algo que eleva su nivel de cortisol, como el estrés, bloqueando lo que lo haya desencadenado, permítame enseñarle, en la pantalla que miraba June aparecieron unos soldados matando a otros…, —¿ve?, estas imágenes le provocan un pico de cortisol, pero con este botón de filtro, automáticamente deja de ver y escuchar las imágenes que no deberían alterarla, las cuales aparecerán borrosas.

Sara salió totalmente sorprendida del centro, la aplicación se ajustaba a sus requerimientos. Cuando llegaron a la casa le explicó todo al abuelo, su padre, quien sorprendido dijo:

—Aún recuerdo cuando abríamos la puerta y te dejaba salir a jugar con los otros niños, ¿ahora necesitan llegar a esto?

—No me juzgues, sabes lo temerosa que soy con June, soy madre soltera, ya estoy mayor y esta será la forma de ir obteniendo seguridad de a poco para ambas. Por supuesto que no voy a estar controlándola permanentemente, solo en las primeras instancias en sus cambios de vida en la escuela —indicó muy segura Sara.

Sara chequeaba de vez en cuando a June desde la unidad cuando se iba a la escuela o desde su trabajo del hospital. Una tarde la unidad comenzó a sonar sin parar, Sara podía observar la alteración de su hija, al presenciar a su abuelo tirado en el piso, su silueta aparecía en modo de filtro y se veía borrosa, pero aparentaba ser un ataque cardíaco. Por suerte el abuelo no murió, pero sufrió una parálisis en su lado derecho, desde ese hecho Sara comenzó a chequear a June en forma constante, volviéndose una obsesión. June se sentía muy distinta a las demás, la aislaban diciéndole Cabeza de Chip, tiempo atrás había comentado el procedimiento que le habían realizado pensando que la acercaría a sus compañeros, sin imaginarse que usarían la información para mofarse de ella.

Pasó el tiempo, Sara controlaba periódicamente a su hija, quien ya tenía diez años. June no congeniaba ni con los chicos de su edad ni con los profesores robot, no socializaba, ni tenía amigos, pero, comenzó a tener empatía con un chico más grande que también se sentía excluído. June le insistía a su nuevo amigo para que este le mostrara sus juegos de guerra y muertes de los que tanto hablaba, ella no tenía idea de qué se trataban. La última vez que Sara encendió la unidad, la había dejado en modo sin filtro, June pudo ver varios vídeos de guerra y sexo libremente esa tarde, tratando de comprender las imágenes y las situaciones que su amigo le exhibía.

Era un mundo nuevo para la niña, la cual comenzó a independizarse cada vez más de su madre, luchando para que esta dejara de utilizar la unidad para saber qué hacía en todo momento, pero Sara no dejaba de controlarla, June lo sabía. Para comprobarlo, un día en la casa se le ocurrió pincharse un dedo con el lápiz y le brotó mucha sangre, la unidad comenzó a sonar y Sara preocupada la llevó a la sicóloga, quien después de la sesión con June, le dijo a Sara: “si no desea deshacerse del implante, al menos evite monitorearla con la unidad parental, June debe vivir su vida sin un control extremo, de esa forma usted le permitirá integrarse socialmente de manera más efectiva a su entorno.” 

 Sara le prometió a su hija dejar de controlarla y a cambio le entregó un celular de última tecnología, con imagen tridimensional y holograma, con la promesa de que le respondiera siempre y June accedió. Le dijo:

A partir de ahora estarás sola.

—¿Ya no podrás observarme? —preguntó la niña.

No, ya no —respondió Sara.

A partir de ahí, June creció y se condujo sin filtros, sin el control de la unidad, fascinada experimentaba todas las cosas que veía en su realidad. Sara la controlaba a través del celular, June siempre respondía. Su abuelo falleció cuando cumplió trece.

Al cumplir quince años, su madre le permitió ir a una fiesta tras miles de promesas, ahí June conoció a un chico más grande con el cual congenió rápidamente y comenzaron a frecuentarse, mantuvieron la relación en secreto.

Una semana después, June pidió permiso para dormir en lo de su amiga Tania, pero en realidad su intención era verse con Joan. Sara en la noche la llama para chequear que esté todo bien, pero June no responde, llama a la casa de Tania y la madre desconoce la situación, Sara sube corriendo las escaleras en busca de la unidad parental, la enciende y ve en primer plano a un joven transpirando y gimiendo sobre su hija. Su rostro enrojece, siente que la cabeza le va a estallar y solo atina a gritar llena de rabia y frustración: «¡June!».

Al otro día, Sara le exige explicaciones, juzgándola por su noche de sexo, exige saber quién es ese joven y dónde vive. June no le responde y se dirige a su dormitorio. Sara no deja el tema ahí, va hasta la unidad parental y con la foto del joven busca saber quién es sin conseguirlo. Obsesivamente, comienza a seguir todos los pasos de June, hasta que logra saber dónde trabaja Joan. En su trabajo, Sara amenaza al joven para que nunca más vea a June, le muestra el video de la relación sexual. «Mi hija es menor, puedo lograr que te despidan y hasta sugerir que seas enviado nuevamente a la cárcel», le advirtió.

June busca desesperadamente a Joan, pero él la evita, deduce que la madre tuvo que ver con este rechazo, discute con Sara y deja de hablarle. June, sin perder tiempo, comienza a averiguar los requisitos para quitarse el implante, se trataba de una acción muy sencilla, solo le exigían ser mayor de quince años para tomar la determinación, pidió cita y esa semana en el centro le realizaron la sustracción del implante sin que Sara participara. El mismo día, puso solo unas pocas cosas en su mochila, tomó los ahorros que su madre guardaba y abandonó la ciudad.

Sara, desesperada al no encontrarla, encendió la unidad, pero no logró localizar a June. Fue al centro y le informaron del procedimiento que le habían efectuado a su hija el día anterior. Sara no supo más de June, pero nunca dejó de buscarla.

Cuatro años más tarde, June establecida en otra ciudad, bailaba muy provocativa en una discoteca a miles de kilómetros de Sara. Era ya casi de madrugada y habían tomado mucho. Richard le dijo: «¿Vamos?», salieron y se subieron al auto.

Richard conducía distraído junto a June por aquella carretera desierta a esas horas, cuando a los pocos kilómetros un golpe macizo destrozó el vidrio delantero. Richard paró de inmediato, pero temeroso no bajó, June fue la primera en bajar. Horrorizada por la circunstancia gritó:

—¡Es una bicicleta! —Dio unos pasos más para buscar quién la venía manejando, ya que la parte posterior del auto le impedía ver toda la imagen—. ¡Es un hombre joven! —volvió a gritar—. ¡¡Richard, lo atropellaste!!

Él bajó con sus manos sobre su cabeza. Horrorizado y a paso lento fue siguiendo los rastros de sangre con mucho temor.

—No puede ser, no puede ser —repetía. Se agachó comprobando el pulso del ciclista y no lo encontró. June llevó la mano hacia su bolsillo buscando el celular, Richard le tomó el brazo diciendo—: ¿Qué haces?

—Voy a llamar a la Policía —contestó June.

—No —dijo Richard nervioso—. Pensemos: somos jóvenes, hemos bebido, yo iría a la cárcel, tú estás implicada, ¿no te das cuenta?

—Pero está muerto —respondió June—, no podemos dejarlo aquí.

—Nos deshacemos del cuerpo —dijo Richard.

—¿Cómo?

—Tenemos los sobres de dormir acá, ¿recuerdas?, ahí cerca está el mar, ponemos el cuerpo en un sobre, lo llenamos de piedras y lo tiramos en la zona del acantilado que se encuentra muy cerca de acá…

—Pero…

—June, no tenemos opción, por favor.

La relación entre June y Richard, entre reproches y acusaciones se fue apagando y al poco tiempo se separaron. Él se va de la ciudad. Ella decide cambiar de vida, consigue un nuevo trabajo en un estudio de arquitectos. Su jefe se da cuenta de las condiciones naturales de June y la alienta para que estudie arquitectura, dándole todas las facilidades en el trabajo.

La arquitecta June Thomas, se encontraba en el hotel de una ciudad cercana en donde residía, a punto de recibir un reconocimiento laboral y dar una conferencia. Qué diría Sara, su madre, si la viera en ese momento, pensó June. Richard estaba entre los participantes. Entre las decenas de personas que la vinieron a felicitar una vez recibido el premio estaba Richard. Gracias, dijo June sorprendida, observando a un Richard totalmente cambiado, quizás preocupado, abatido, —debo hablar contigo le dijo Richard, —entiendo, pero este no es el momento, ¿lo entiendes no?, —Sí, claro, pero debe ser hoy sin falta, —de acuerdo, te espero a las veintiuna horas en la habitación 304, —muy bien, gracias.

¿Qué es de tu vida Richard?, ¿qué ha sido de ti en estos diez años?, —la verdad que no tengo mucho para contar, sigo soltero, sin hijos, mismo trabajo…lo que me trajo acá en realidad, era verte para comunicarte que no aguanto más, no he dejado de pensar ni un solo día en el accidente y ya no puedo vivir conmigo, así que voy a confesar mi delito…, —¿qué dices?, no puedes hacer eso…, me vas a perjudicar dijo June con una botella de vino en una mano y en la otra dos copas, ha pasado mucho tiempo, yo tengo otra vida ahora, soy una arquitecta reconocida, tengo una hija de siete años, un marido, un puesto importante en la empresa y en la sociedad…, —June, yo no vine a complicarte, solo a comunicarte lo que haré yo…, —pero yo estoy implicada en eso, no voy a perder lo que he logrado para que tú liberes tu conciencia…, —June, me voy, lo siento, ya dije lo que tenía que decir…

Richard dio media vuelta rumbo a la puerta y June no dudó, levantó instantáneamente el brazo que contenía la botella incrustándola contra la cabeza de Richard, que se desvaneció por completo. Estaba muerto.

June fue hasta la ventana para observar si pudo ser vista, ya que las cortinas de su cuarto de hotel estaban corridas, parecía todo normal salvo un incidente menor en la calle entre una camioneta que frenó bruscamente sin poder evitar deslizarse por la lluvia y embestir sin mayores consecuencias a un peatón. Cerró las cortinas, apagó algunas luces y se dispuso a limpiar todos los rastros de Richard. Pidió al conserje del hotel que le subieran la cena y que le habilitaran una película en la tv de su cuarto, comentando y dejando bien en claro que estaba muy cansada y no quería salir. Le subieron la cena, eligió una película al azar y le dio play, no le fue complicado realizar un procedimiento habitual de su trabajo como arquitecta y diseñadora de seguridad de interiores alterando el reloj e imagen de las cámaras de vigilancia del pasillo del tercer piso, ascensor y garage, para trasladar el cadáver sin ser vista, cargarlo en su auto, conduciendo veinte kilómetros dejando el muerto dentro de una alcantarilla en la calle lateral de un pueblo cercano. Regresó al hotel. Ajustó nuevamente el reloj e imagen de las cámaras. Subió a su habitación, chequeó que restaban veinte minutos para finalizar la película, comprobando que sin darse cuenta había elegido una película porno a lo que no le dio importancia, comió algo de su cena ya fría y trató de descansar.

La companía de seguros Metropolitan estaba incorporando entre sus agentes, la nueva tecnología llamada cellchip, un novedoso y virtuoso chip con todas las utilidades y aplicaciones de un celular altamente tecnológico, del tamaño de un pequeño auricular para llevar dentro del oído y manejado mentalmente, sin tacto alguno, una maravilla. Diana Estévez recibió su primera experiencia con esta tecnología, con la que le asignaban un nuevo caso, un reconocido y joven músico denunciaba un accidente por lo que reclamaba una suma millonaria.

Diana que ya estaba de camino a su casa, haría una parada para visitar al músico, solo se tenía que desviar un poco, comunicándose previamente con él, le dijo que en pocos minutos estaría en su domicilio. Buenas tardes, ¿el señor Julian Simmons?, —sí, pase por favor y tome asiento, ¿café o té?, —té, por favor, Diana advirtió que el músico solo utilizaba su mano izquierda y que la derecha estaba enyesada. Señor Simmons, usted está reclamando una gran suma de dinero, voy a tener que conectarlo al “recordador”, —el accidente me ha dejado sin poder ejercer como músico por un largo período y tenía varios conciertos internacionales ya pactados, ¿y de qué se trata ese aparato?, —es un extractor de recuerdos, colocando un chip externo en su sien, podré ver las imágenes transmitidas por su cerebro en esta pantalla, simplemente recordando la escena de su accidente. —¿pero eso no es un instrumento policial?, —desde hace un año nos está permitido utilizarlo, es muy efectivo. —es como un delator, —preferimos llamarlo «corroborador», señor Simmons. Con esto accederemos a sus engramas, o sea a sus recuerdos del accidente, si bien son subjetivos y pueden no ser precisos del todo porque están sujetos a sus emociones, al recoger una serie de recuerdos, tanto suyos como de otros testigos, podremos crear una imagen completa y corroborada de lo ocurrido, ¿procedemos?, —de acuerdo.

…tengo un vacío comenzó diciendo Simmons, pero la idea está en mi cabeza. —Diana le ofrece una botella de cerveza diciendo: ábrala, no hace falta que la tome, solo con olerla le traerá recuerdos del accidente, el cual ocurrió muy cerca de la fábrica de cerveza. Los olores estimulan la memoria y ayudan a recordar bien el lugar. —si, es cierto, me resulta familiar…, —retenga el olor en su mente, cierre los ojos y visualice la calle por donde usted transitaba. —salía de una tienda, empezó a llover, llovía mucho, se escuchaba una canción, una chica de abrigo amarillo caminaba hacia mí…, —recuerda su rostro muy bien. —si, era muy bonita. —la visualizo perfectamente. —llevaba los labios pintados muy rojos, me llamó la atención…, —cuanto más emocional es su respuesta, más vívidos resultan sus recuerdos. Había música y estaba esa chica, ¿qué pasó después?. —fui a cruzar la calle y esa camioneta me embistió. Luego se me borró todo…, —tranquilo, no pasa nada, conseguimos pistas muy útiles, solo debo buscar a la señorita de abrigo amarillo, muchas gracias señor Simmons.

June regresó a su casa al siguiente día. Trató de disimular por todo lo que había pasado la noche anterior, intentando amoldarse otra vez a su vida cotidiana con su marido e hijo. Más tarde, 19.30 tenía la fiesta de Alex, su hijo, en la escuela.

Diana Estévez en su auto, trataba de ubicar con el localizador de imágenes la dirección y nombre de la chica de abrigo amarillo, después de tres pasadas…¡¡bingo!!, apareció la imagen. Con el gps de su auto y todo el tecnicismo arriba, también encontró donde trabajaba y su nombre, Laura Camps. Llegó a su trabajo, solicitó entrevistarla y le explicó lo mismo que al señor Simmons para utilizar también con ella el recordador y tratar de completar las imágenes del accidente. Laura accedió. Con el chip externo en su sien, le entregó la botella de cerveza, le pidió que cerrara sus ojos y le puso la misma canción que recordó el músico. Trate de recordar el accidente y visualice lo que vio, solicitó Diana. —increíble, dijo Laura, sonaba esa misma canción. Yo caminaba por la avenida Thompson, cerca del hotel, mirando tiendas, recuerdo a un hombre caminando hacia mí, era apuesto, la música venía de un auto que se puso en marcha, en ese momento pasó la camioneta de reparto…, —¿la de Pizza Hut?, ¿a qué velocidad iba?, —¿se refiere a que si iba muy rápido?, —concéntrese en el vehículo. —no lo sé con certeza, no podría decirle. —¿qué podría contarme del golpe?, —en realidad no lo vi, solo sé lo que pasó después…en realidad vi una luz brillante, como un flash de una cámara que venía del consultorio del dentista. —entiendo, gracias por todo.

June continuaba muy preocupada. Se tomó dos copas de vino. Recordó de golpe que su auto tendría rastros de sangre y huellas, se puso unos guantes, tomó un jabón, cepillo y balde. Efectuó una rigurosa limpieza.

Diana lógicamente fue en busca del dentista. Igual que a los demás le explicó el procedimiento del recordador asegurándole que sus recuerdos se almacenarían en privado y comenzaron. Cierre los ojos y trate de recordar lo de esa noche. —la última paciente se retiró a las veinte horas, limpié todo para irme a mi casa y al correr la cortina me entretuve con la ventana del hotel donde se veía la silueta de un hombre desnudo, era muy atractivo, —¿le sacó una foto?, —lo intenté pero al estar con flash solo salió el reflejo, —¿y después?, —iba a sacar otra pero en otra ventana más arriba observé a una mujer mirando algo detenidamente, en la calle había alboroto, vi a una mujer de abrigo verde claro…, —era amarillo, los recuerdos pueden ser subjetivos —si, amarillo, —¿vio el vehículo que atropelló al peatón?, ¿vio a que velocidad iba? —en realidad no ví el momento del impacto, lo siento. Diana hizo un acercamiento de la mujer en la ventana. El doctor Collins le preguntó si iba a comentar lo de la foto. Diana lo tranquilizó diciendo que no sería necesario ponerlo en el informe y se retiró.

Diana se dirigió al hotel, mostrando la foto de la mujer en la ventana, el conserje solo pudo decirle que se trataba de la habitación 304 y que no podía dar datos de los huéspedes, lo que le puedo decir es que la mujer no salió de la habitación y sé lo que estaba viendo, no puedo decirle quien es pero le gusta ver películas porno, eso es todo.

Diana regresó a su casa, la esperaban su esposo e hijo. No pudo con su intriga y se puso a descubrir quién sería la mujer de la ventana. Hacía mucho frío, George le alcanzó una sopa caliente y preguntó: ¿cómo va el caso del accidente del camión de la pizza?, —mmm, gracias, amor, el caso entreverado, aún no puedo determinar la culpabilidad porque nadie recuerda la velocidad y no encuentro a nadie que haya visto el impacto, bueno, por el momento, estoy tratando de afinar la foto pixelada de la mujer de la ventana del hotel, puede ser que lo haya visto…¡¡si¡¡, es ella, el programa de búsqueda la identificó, June Thomas. Podría ser la indicada si quiere hablar…, —¿y porqué no querría?, preguntó George, —porque estaba mirando una película porno en la habitación y no creo se preste a revivir sus recuerdos. Vive a treinta kilómetros de acá, ¿te molesta si voy ahora y trato de resolverlo?, si resuelvo el caso dentro de las veinticuatro horas me darán el doble de bonificación, necesitamos el dinero…, —está bien, ve.

Sara tuvo una extraña comunicación del centro donde le habían realizado el implante a June. Parece que los primeros implantados presentaban síntomas de violencia y estaban muy interesados en entrevistarse con June. Tenía que encontrar a su hija.

June continuaba muy preocupada y no paraba de beber vino blanco. Diana conducía hacia su casa. Al fin llegó, vivía en una zona aislada a las afueras de la ciudad, tocó su puerta y a través del vidrio June le preguntó: ¿que quiere?, —hola, soy de la compañía de seguros Metropolitan…, —no gracias, ya tenemos seguro, —no vine a venderle un seguro, en realidad estoy investigando un accidente automovilístico que quizás usted vio, —no sé nada de ningún accidente…, —fue ayer en la avenida Thompson…, —donde está el hotel, el accidente de la camioneta sin conductor de entregas de Pizza Hut con un peatón…, —si, en realidad no lo asocié al principio, pero vi el accidente,—¿me permite pasar?, —lo siento, estoy muy ocupada ahora, —entiendo, pero si presenció un accidente es necesario que preste declaración, es un requisito legal, —¿un requisito legal?, —sí, desde el año pasado lo es, debo dar aviso a la policía si alguien se niega, solo tardaré unos minutos, —de acuerdo, pase. Diana comenzó a conectar el recordador. June preguntó: ¿para qué es eso?, —me permite llevar un registro de lo que sucedió. —pero puedo contarle todo lo que pasó, recuerdo que la camioneta embistió al hombre…, —¿y a qué velocidad iba?, —eso no lo puedo determinar con certeza, pero…, —escuche, a mí no me importa lo que sucedió dentro de la habitación del hotel, con el recordador podremos evaluar a que velocidad iba la camioneta o quién tuvo la culpa, solo eso me interesa y me voy, no entraremos en detalles, lo privado queda con usted … —¿solo el accidente?, —solamente, —está bien. Diana le conectó el chip externo, le entregó la botella de cerveza, puso la canción y le dijo: solo debe olerla y empezar a recordar…, —de acuerdo, pedí la cena a mi habitación y solicité una película, una película porno…, —solo necesito el accidente, no me interesan los detalles personales, —la camioneta embistió al peatón…, —si lo visualizo, respondió Diana, recibiendo imágenes del momento del accidente mezcladas con otras de la cara de Richard…y otras de cuando incrusta golpeando su cabeza y el se desploma. Diana entendiendo la situación, desconecta el recordador y le dice a June: hemos terminado, ya tengo las cosas claras sobre el accidente, muchas gracias y busca la salida. —de acuerdo, dice June.

June duda del comportamiento de Diana, la cual sale rápidamente de la casa. Sin dudar, le pega con una pala en la cabeza al salir, la lleva a un pequeño galpón al fondo de su casa, la ata y amordaza esperando que despierte. Al despertar Diana nota que tiene instalado el chip externo con el recordador y June le pregunta: ¿qué recuerdas?, —nada, no diré nada, dice Diana asustada, —¿alguien sabe que estás acá?, —no, te lo juro, por favor, Diana observa las imágenes cuando le dice a George: ¡¡si!!, June Thomas. Diana se da cuenta del peligro en el que se encuentra ella y su familia. June toma un tronco y golpea a Diana en la cabeza hasta matarla. Dentro del auto de Diana con su nueva víctima cargada, prende el gps y localiza donde vive su marido, va hasta su casa, entra con las llaves de Diana, June se dirige sigilosamente hacia George que miraba la televisión y con un martillo golpea su cabeza hasta matarlo, buscando la puerta de salida escucha unos chillidos, entra al otro cuarto y se sorprende al ver un niño en el corral.

Una hora más tarde June se encuentra en la fiesta de la escuela de su hijo, Alex. Al mismo tiempo la policía recibía una denuncia de una vecina advirtiendo que la puerta de la casa de Diana estaba abierta. La reconocida detective Emma Raynes encargada del caso concurre descubriendo el cadáver de Diana en el auto y los de un hombre y un niño en la casa. Deduce que no quisieron dejar testigos e instruye al oficial para que lleven al hámster que se encuentra en el dormitorio del niño al laboratorio, agregando: «Que el equipo de recordadores haga lo suyo». A media noche la policía apareció en la casa de June.

miércoles, 7 de marzo de 2018

La copa

Horacio Vargas Murga



Con gran júbilo alzó la copa que tanto tiempo había ansiado. Parecía increíble. Eran los ganadores del campeonato de fulbito escolar. Una sonrisa le iluminaba el rostro. La sudoración, que impregnaba todo su cuerpo, también llegaba a los labios, con ese sabor agridulce que por primera vez resultaba sabroso. Los aplausos y vivas se escuchaban en toda la tribuna. Un olor a anticuchos recién preparados se percibía a lo lejos. Era hora de comer y refrescarse luego de la victoria. Pensar que años atrás la situación era muy diferente y nadie hubiera pensado verlo triunfante como ahora.

«No me consideraron para la selección del aula. Lo mismo que en primero, segundo y tercero de primaria. Ahora que estamos en cuarto, pensaba que sería diferente. Nunca me dan la oportunidad. Es injusto. Encima, la profesora los apoya. Odio a mis compañeros de clase, odio este colegio».

Miguel observaba con cierto fastidio los partidos de fulbito del campeonato escolar. Todos los grados de primaria se presentaban para la contienda. Una mezcla de sentimientos encontrados lo invadía. En algunos momentos deseaba que su salón ganara y en otros que fuera derrotado. Nunca llegaron a ser campeones de la primaria.

Algunos compañeros de clase se burlaban de él, otros lo miraban con sorpresa, los más cercanos sentían pena, pero ninguno compartía sus argumentos ni su descontento.

Yo no sé cómo Miguel quiere que lo convoquen a la selección del salón, si no juega nada. Con lo gordo que está, con las justas puede moverse, encima es torpe con la pelota, todas las bolas se le pasan, se queda siempre en el mismo sitio, los pases le salen mal, siempre le quitan la pelota. Anda resentido con el mundo. Debe darse cuenta de que él no sirve para el deporte, lo suyo es el estudio.

Durante la secundaria creció y se esmeró para bajar de peso. Se sentía ágil y con bastante energía. Percibía que podía correr más tiempo en la cancha de fulbito, pero nadie le daba pase, a pesar de que él reclamaba. Cuando quería quitar la pelota le ganaban en velocidad, pero en algunas ocasiones frenaba los avances «tirándose de carretilla». En una oportunidad, un alumno se sorprendió al ver la longitud de sus dedos.

¡Hala, qué tales dedazos! Si yo tuviera esos dedos qué cosas no haría.

Cállate, mañoso.

¿Por qué no tapas? Con esos dedos podrías ser un arquero de la puta madre.

A mí no me gusta tapar, nunca he tapado.

Haz la prueba, cojudo, en cualquier otra posición estás hasta las huevas.              

Siempre te gustó ver los mundiales de fútbol en la televisión. En ese momento, el sabor de la Coca Cola heladita, se hacía más rica, humedeciendo con alivio la lengua y el paladar. El olor de la canchita te ponía en las nubes. La ovación de la hinchada retumbaba en tus oídos y un júbilo enorme agitaba tu pecho, soñando algún día con alzar la copa.

Sin estar muy convencido, empezó a probarse en el arco y notó que la talla y los dedos le proporcionaban ciertas ventajas, además tenía buenos reflejos. Cada vez se fue sintiendo mejor en el arco, con más seguridad y con la exclusividad de ser el único que podía coger el balón con una sola mano. Los alumnos del aula elogiaban cada vez más las excelentes tapadas y se fue convirtiendo en un referente en el pórtico.

Mi hijito querido, siempre sufriste por jugar y yo sufriendo contigo. Han pasado los años y Dios ha querido que llegue este momento. Estás en la gran final. Te he comprado guantes y rodilleras para que no te hagas daño y tapes como nunca. Espero que ganen, pero si no fuera así, yo siempre estaré orgullosa de ti y te seguiré queriendo muchísimo.

La ovación por cada equipo en la tribuna era desbordante. Las olas de personas se agitaban de arriba abajo. Los espectadores saboreaban deliciosos refrescos y degustaban panes calientes con chorizo mientras esperaban la gran final del campeonato. Muy pronto aparecieron en la cancha de fulbito los equipos de cuarto y quinto de secundaria. Miguel, como guardameta del cuarto de secundaria, se colocó en el pórtico con cierta firmeza y algo de ansiedad. El árbitro tocó el silbato y empezó el partido.

Ya sigue corta el balón que no patee vamos rápido desmárcate cuida la espalda como te fallas ese gol vamos regresen cuidado contragolpe bajen carajo no me dejen solo puta madre chocó en el palo cojudo como le metes falta cerca del área atentos tiro libre no me tapen colóquense bien hey cuidado pasó cerca llévatelo se fue la bola cabecea retrocede saca rápido márcalo no lo dejes solo.

El árbitro tocó el silbato dando por finalizado el partido. Habían terminado cero a cero y se irían a los penales. Los jugadores nerviosos se alistaron para la ejecución. Al llamado del árbitro acudían a patear la pelota con cierto temblor en las piernas y opresión en el pecho. Cada penal mantenía en angustia a toda la tribuna y sobre todo a los arqueros, que permanecían firmes y alertas, esperando el lanzamiento del balón.

Se ejecutaron cinco penales por cada equipo, los cuales fueron convertidos en gol, generando los gritos de ovación de la tribuna y la celebración jubilosa de los jugadores. Solo quedaba que patearan los arqueros.

Es tu turno, Miguel, rompe el arco le dijo el entrenador.

Así lo haré respondió con aplomo, pero algo nervioso.

Puso la pelota en el punto de penal y con mucha energía, colocó el balón en la esquina derecha fusilando al arquero. Un grito masivo se escuchó en la tribuna. Luego se trasladó al arco y miró a los ojos de su contrincante, quien mostraba una mirada de temor y ansiedad. Sonó el silbato y la pelota fue lanzada rápidamente. Miguel se estiró lo más que pudo, logrando tocar la pelota con los dedos, desviándolo fuera del arco. Inmediatamente todos los jugadores del equipo corrieron hacia él y lo felicitaron con gran algarabía. Luego lo cargaron en hombros. Se sentía muy feliz y emocionado, al igual que todo el equipo. El sudor se mezcló con las lágrimas que bebió con mucho agrado. Era el sueño cumplido. Pronto alzaría la copa que había ansiado toda su vida.

miércoles, 28 de febrero de 2018

La escuela se lleva en el corazón

Luz Hernández



Antonio recuerda que vivió hasta los cinco años en el Chocó, de esto hace ya casi treinta años, que viajaron a la capital con su madre Hortensia y sus dos hermanos menores. Que los compañeros se le burlaban porque tenía ojos miel, cabello rizado café y piel morena, delgado, alto. Las maestras le decían que era muy inteligente. Su padre había sido un extranjero que vivió solo seis años con su madre y luego regresó a su país. Quizás por eso su aspecto físico era diferente al de los demás. Le gusta bailar, cantar, se considera alegre, le agrada preparar la comida de mar, beber el agua de coco. Vestir de colores claros. Sin embargo, ha guardado un sentimiento de rencor hacia su padre y de melancolía con respecto a su madre que falleció porque se le partió el corazón por este gran amor que la infartó cuando él tenía nueve años y le tocó encargarse de sus hermanos y de él mismo. Los tres pagaban la habitación vendiendo reciclaje que seleccionaban hasta las doce de la noche. La señora Herlinda les daba una comida al finalizar el día y ellos realizaban el aseo de toda la casa los días domingos a cambio.
En la escuela viajera les daban el desayuno, nueves, almuerzo, refrigerio. Y hasta baño.
Era irónico que nació en el Chocó y ahora nuevamente se encuentra trabajando en esta tierra linda, encantadora, de bellos paisajes rústicos que armonizan con rojizos desiertos, playas de aguas tranquilas y claras, y un sol intenso que ralentizaba la cotidianeidad. Con sus fiestas tradicionales, los bailes y sus bebidas embriagantes. Sus habitantes creyentes católicos y  supersticiosos.
Los hombres vestían de pantalones cortos, pantalonetas, descalzos, las mujeres de faldas y blusas cortas y también descalzas o con pantuflas.
La alimentación era muy variada con productos del mar: pescado, cangrejos, róbalo, la jaiba, la piangua, la sierra, los mariscos, los camarones. Casi diariamente se consumía el coco, plátano, chontaduro, caña, verduras. El champú,  el guarapo de caña, el borojó.
Era un lugar muy alegre, rico en cánticos, alabados, leyendas, su música monorrítmica con predominio de los instrumentos de percusión y los aires más populares como son: patacore, caderona, maquerule, saporrondo, tamborito chocoano, bunde, danza chocoana, mazurca, jotas y el currulao. Desde pequeño tocaba la marimba, que era su instrumento para soñar. Iba con sus padres a las fiestas, el carnaval de negros y blancos, las  fiestas de San Pacho, la feria de Cali. Sus playas eran muy limpias: pianguita, la bocana. Con estos pensamientos del pasado Antonio sigue su camino a casa.
Ha laborado todo el día, al caer la noche se encontrará con sus dos hijos: Antonia de seis años y Pedro de cuatro. Además con su compañera Margarita, profesora de media jornada de artes de la aldea y la escuela. Ellos eran sus amores. Al llegar de la jornada los abraza y deja caer su cuerpo sobre el sofá, cerrando los ojos para descansar.
Escucha a lo lejos el tintinear del campanario y ve a  los niños sentados en las banquetas para tomar una espumosa taza de chocolate y torta de pan recién amasado. Observaba que algunos le pedían  a Olivia, una amable y afable servidora, una segunda porción. Llevando al paladar el suave aroma.
Se encontraban en un patio de juegos pequeño, con muros agrietados, enmohecidos, pisos rotos encementados, olor rancio, que mostraba un encierro perpetuo, rodeado de osarios de los curas fallecidos que vivieron durante varios años en esta iglesia. Quizás por esto se percibía un frío que calaba los huesos. Y que se enfriaba aún más por las historias de miedo que algunos muchachos aprovechaban para relatar. Otros jóvenes contaban a los más pequeños que alguna vez gozaron de una familia y vivieron en el campo, pero fueron desterrados. Y les tocó venir a la capital. Y como carecían de recursos fueron a parar a la calle. La mamá trabajando todo el día y el papá los había abandonado. Al respecto comentaba Efra:
−Nos ha tocado vagabundear, pedir limosnas o robar, dormir amontonados para taparnos del frío de la noche, con el cielo estrellado, con cartones y periódicos buscando un poco de calor. Deambulábamos  en grupos o galladas vivíamos en zonas llamadas ollas, que eran lugares donde se negociaban la prostitución, el hampa, expendios de drogas, compra y venta de objetos robados.
Generalmente llevábamos ropa ancha y andrajosa; en ella escondíamos lo que robábamos. Éramos personas consumidas, sin familia.
En otras charlas informales algunos también intercambiaban experiencias como las que contaba Mary:
Nojotro también llegamo y al bajar del autobús pedimo posá y nadie noj dio. −Dormimo en el parque arrunchado. Luego papá también noj abandonó y tuvimo que  trabajá en un restaurante. Cuando teníamo hambre solo nos daban las sobras. 
¡Eche pelao! No se achicopale ni achante. Interrumpió Neil.
−También noj corretearon, allá en la cojta conseguiamo biyuyo vendiendo arepa e huevo, bolloeyuca, caramañola y aquí también noj tocó, sino que loj cachaco son fantoche y eso noj emputa. 
¿Cuándo vamos a rumbear? ¿Quiénes rapean? —Interviniendo Clau
Todos respondía Alicia riendo. Vamos esta noche. 
El afecto entre nosotros nos permitía estar atentos de algunos compañeros con dificultad, como de Alí, de espíritu ingenuo que sufría de epilepsia y era atendido por sus parceros. Pero que inventaba juegos matemáticos para ganar plata. Como la ruleta y el tiro al blanco. 
La trabajadora social Blanc le decía: «Néstor cuando sienta que le empieza el mareo respire, busque sentarse en el piso, cerca de una pared.››
A estos chicos el amor les permitía recuperar el encanto de la vida. Detenerse cuando veían a alguien enamorado de lo que hacía. 
En un día soleado una de las maestras les propone dibujarse a sí mismos y a uno de los compañeros.
Néstor, cuchicheando dulcemente y tarareando una canción, dibuja un torso desnudo femenino. Y al observar a su maestra le dice:
−Profe…, ¿peleó con su novio? ¿Tiene un romance impaciente? ¿Por qué está triste? ¡Despreocúpese! Invítelo a comer una bandeja paisa, le digo dónde son muy ricas.
La profesora Isabel lo mira con ojos bajos y sonriéndole responde:
−Trato hecho. Ahora salimos y me dices dónde es.
Algunos compañeros escuchaban y se burlaban. Dando ocio a la imaginación.
Repitiendo en coro: −Profe, invite a este chino a tragar una frijolada. ¡Tan pendejo, enamorarse de Isabel!
Néstor con una humedad tibia que cubría su rostro, siente correr las lágrimas de ira contenida. En este momento recuerda a su padrino que le decía:
«Prométame, mijo que usted se va a controlar o va a parar a la cana como su hermana, que descuartizó al padrastro por abusivo». 
Néstor se reía con ironía y se iba pensando: ‹‹ ¡Partida de tarados, estúpidos, hijos de perra, mal parados!››, dando un golpe a la pared. Y pateando su pedazo de balón. Como si pateara al personaje apodado el Cura. Recordaba que lo llamaban así, porque se vestía de negro. Pero que cada noche en su casa de albergue engañaba a los niños para aprovecharse de su inocencia. Principalmente de Leo, a quien manipulaba diciéndole que era un jueguito. Hasta que él les explicó a sus compañeros lo que les hacía este personaje y lo denunció a la policía.
Viene también a mi mente la escena en la cual la hermana de Néstor, Lupe, con sollozos lentos, desesperados, se deshace de Pérez, su padrastro, quien les pegaba, maltrataba y obligaba a su madre a atender a sus amigotes y que sus hijos solo observaban. Hasta que en una noche, le ayudaron a huir, con la promesa de fugarse ellos también más adelante. De esto ya habían pasado cinco años. Y sabía que Lupita lo había defendido y ya en este año iba a salir con libertad condicional. Esto lo animaba nuevamente.
Asimismo evoca otra ocasión, que Edwn, su compañero, le contó que: Un día estaba muy triste y se acercó a Lulú, una guía facilitadora, quien le indaga el motivo de su estado anímico. Y él le contestó: − Si supiera que he hecho, ya no me dejaría estar aquí. Por maloso.
–¿Sabes? Le respondió ella. –Cada uno de nosotros tiene ″secretos″, debilidades, defectos, errores que hemos cometido y queremos ocultarlos.
 –Así que tranquilo. Edwn continuó desahogándose: −He robado de las tiendas para llevar comida a mis hermanos.
−He cargado bultos en la plaza y me han pegado, burlado y yo les deseé ¡que les caiga un rayo! −Atemoricé a mis compañeros a escondidas. − Odié a mis padres, sin conocerlos por abandonarnos.
Y que Lulú le respondió: –Lo más importante es reconocer los errores para poder cambiar y perdonarnos las ilusiones de creer que este mundo es perfecto y que las personas también lo son. También perdonarlos. Ese es el camino. ¡Ánimo! Estos pensamientos rumiaban su pasado.
En estas añoranzas venía a su memoria la trabajadora social Stell, que les dirigía los talleres de evangelización que les hablaba acerca del perdón y a la trabajadora social Mary, que les orientaba los seminarios de sexualidad con responsabilidad y afecto. A través de películas que les proyectaban y que todos disfrutaban. Así mismo veía en el salón de danzas a Astri que mostraba algunos movimientos rítmicos para realizar en parejas. De frente a los espejos. Y el grupo de niños de la costa. De la Pochis. Que bailaban con ritmo caribeño. Mientras que los niños citadinos tenían que mirarlas para aprender, sin embargo se movían con una cadencia rítmica y musical más pausada. Pero los observaban e imitaban como el aletear de algunas mariposas. 
Las maestras de jardín, Manina y de preescolar, Clema, aprovechaban cada momento para jugar bailar, cantar, dramatizarle los cuentos y divertirse con los pequeñines. 
Nor les relataba cuentos para motivarlos con la lectura y Dore realizaba sociodrama con ellos, o a veces utilizando los títeres, mientras que Blanch se encargaba de escuchar los sueños que cada noche tenían y los entrelazaba construyendo relatos muy novedosos.
Y el profe José se encargaba de ayudarles a realizar las ilustraciones, a corregir sus relatos, que con sabia paciencia y gran dosis de abrazos y golosinas les endulzaba cada momento, recordándoles como relacionarse y ayudarse mutuamente.
Así tratábamos de resolver entre nosotros los conflictos que se presentaban:
Carlos decía:Na´guara. Dejáme jugar. Y Nico le contestaba− ¡Cónchale, vále! Chamo, espera, sin bronca. En este momento Nico era un mediador de conflictos, como un árbitro.
Elsa. Riendo respondía: −¡So pingo! Bobo, quitáte, devuelve la pelota.
Los compañeros ecuatorianos que también tuvieron que dejar su territorio, fueron de una gran inspiración en esta experiencia para mejorar la convivencia. Por su solidaridad, compañerismo, autocontrol, amor propio, respeto, aseo, su presentación personal, que era impecable. Nos enseñaron a respetarnos, algunas danzas, historias, el significado de su vestuario, de su mochila.
El Padre Ramaría buscaba los recursos, apoyos de padrinos, de comerciantes, empresarios. Dejando en nosotros los jóvenes huellas imborrables de afecto, trabajo solidario, apoyo incondicional.
Posteriormente en una evaluación colectiva, algunos propusimos cursar dos y tres niveles en un solo año; Y así se  organizaron las Aulas Especiales. Con la pregunta “generadora de conocimiento” y como una estrategia creada por las experiencias y saberes previos de los compañeros. Así como por las reflexiones, discusiones entre maestros y cuestionamientos de los estudiantes. Se veía la necesidad de sintetizar temas y saberes. Posteriormente este programa fue oficializado por la secretaria de educación. Con el nombre de aulas de Aceleración.
Ahora percibía y recordaba los ardientes ojos de su amiga Mao, que se interesaron por la visita de Pilar. Y preguntaba a la profe Iné que si la escritora Pilar Lozano cuando escribió. “La estrellita que le tenía miedo a la noche.” Estaba enamorada. Iné le respondió –Pregúntale a  ella.
–Pilar. ¿Estaba enamorada cuando escribió el cuento de la Estrellita que le tenía miedo a la noche? Ella le contesta: –¡Uy sí! ¿Por qué sabías? Mao le responde: –Porque mirabas las estrellas y la luna y eso hacen los enamorados.
Ahora también se acuerda que al pasar unos años el párroco Rafamaría fue trasladado a otra ciudad por su director y  la escuela la cerraron.
Que los estudiantes fuimos reubicados en otro colegio, muy normalizado, por eso preferimos subir las lomas para encontrarnos con el grupo de profesoras que fueron trasladadas a esta institución rural del Pare cañaveral desde el año dos mil. Y  allí vivimos otras maravillosas experiencias.
Los niños de la escuela campestre asomaban sus miradas para ver un puente de tablas superpuestas y unas cuerdas como agarraderas por donde pasábamos diariamente los niños del centro de la ciudad saltando uno detrás del otro. Los mayores alzando o llevando de la mano a los más pequeños.
Los niños y jóvenes desempeñamos un papel protagónico porque si la escuela no tenía sentido para nosotros, simplemente no volvíamos; era la mejor forma de evaluar a los maestros.
A mediodía, tomábamos el refrigerio en la montaña para escuchar en el silencio a los turpiales que entonaban sus cantos, los copetones les respondían y los azulejos batían sus alas. La ventisca abrazaba los árboles que dejaban caer sus hojas secas tapizando el césped de amarillo verdoso. Poco a poco iban cayendo pequeñas gotas y se percibía en el ambiente un agradable olor a tierra húmeda. Los estudiantes atravesábamos kilómetros de árboles y verde. Entre silbidos, cantos, aplausos.
El profesor Han con apretones de manos jugaba fútbol con los alumnos. La profesora Azuna continuaba con las aulas especiales o de aceleración. Marza les enseñaba a coser, tejer cocinar, hacer arepas, junto con Yaqui. Mar les daba colores, papel para dibujar.
Y nos regalaba cuadernos. El profesor Lucho nos preparaba los viernes arroz con coco.
La profesora Caro dirigía un observatorio astronómico en la montaña. Invitaba  a los niños al reciclaje, a sembrar, cultivar. Observar el firmamento con el telescopio. Fran encauzaba el proyecto ludomatemático. Richard nos dirigía los juegos de ajedrez. Rachel experta en idiomas y palabras amables nos orientaba en la creación de historietas y relatos. Así cada uno de estos docentes había sido tocado en su espíritu con este grupo de estudiantes.
A lo lejos desde las serranías del Pare cañaveral  los estudiantes del centro, podían observar una fría ciudad encementada, que ha talado árboles para suplantarlos por pavimentos y construcción de edificios como cajas enladrilladas que servían solo para hospedarse. Iniciando su  jornada laboral a tempranas horas del alba con trancones de autobuses, la contaminación por gases del transporte y regresando a la caída crepuscular con el cansancio a cuestas.
Los estudiantes preferíamos subir las montañas e ir a la escuela del Pare cañaveral que quedarse en este otro colegio. Sabiendo que la escuela se llevaba en el corazón y no en los muros. Por lo cual seguíamos buscando realizar nuestros sueños: Tener una escuela viajera, alternativa para nosotros y nuestros hijos.
Al terminar el ciclo básico de estudios algunos de estos estudiantes fuimos conducidos  a un lugar de la costa del Chocó, para culminar nuestros estudios superiores, técnicos, y para continuar con la recuperación aislándonos  de las tentaciones de la urbe.
Sigo recordando ahora con mis treinta y cinco años, un paisaje inolvidable. Yo tenía catorce años y podía ver cuando los rayos del sol brillaban y tocaban mi piel. Sentía una alegre picardía infantil que asomaba en mis ojos mostrando mi carácter vivaracho, de corazón despierto, con rostro de amabilidad radiante que sabía esperar, una clara sonrisa entretenida, mente brillante: aseado,  juvenil, fresco, flexible, tierno. Recordaba que el viento movía las olas del mar con un sonido agudo, de encanto penetrante y de sabor salado y amargo. Con un cielo turquesa, reconfortante. Podía divisar a lo lejos unas cabañas bañadas de luz y alrededor unos muchachos jugando en la arena. Era un sitio apropiado para la anidación de tortugas, de arenas finas, de piezas coralinas, gran variedad de aves playeras y algunas migratorias. Única zona de manglares. Esta ciudad era una gran oportunidad para  salir de la aturdida metrópoli del bazuco, marihuana, licor, tabaco, dolor.
Ahora se podía reconocer la obra del Padre Javi de Nicol y del Padre Rafamaría. Contemplando varias casas -cabañas en las cuales se facilitaban los servicios necesarios para los muchachos de la calle. Las clases y los talleres formativos productivos. Pero esta vez a orillas del mar.
¡Y una gran escuela! Por fin despierto y reconozco que he encontrado:La escuela viajera con corazón.En la cual ahora laboro felizmente como guía y facilitador.