jueves, 5 de octubre de 2017

Odio

Paulina Eliana Pérez Galarza


Antonia estaba a punto de dormirse en una de las mesas de examinación de la sala de urgencias, era martes y generalmente las noches de los primeros días de la semana en aquella clínica eran muy tranquilas, a diferencia de los jueves, viernes y sábados que todo era un completo alboroto: ebrios graciosos acompañados por policías para recibir atención a sus heridas y pasar de inmediato a un calabozo del centro de infracciones de tránsito, intoxicados, mujeres golpeadas, heridos graves por accidentes o por asaltos y niños con fiebres altas.

Las puertas se abrieron violentamente y Antonia —que estaba algo adormecida— se levantó de un tirón. En una camilla de ambulancia traían a una mujer; tenía el cabello negro, largo y ondulado y lo que se apreciaba de su piel de un tono verde amarillento, llevaba un vestido ceñido que le llegaba a la rodilla, un solo tacón y las pantimedias muy rasgadas, estaba inconsciente y su temperatura corporal muy baja, olía a alcohol, de hecho toda la sala se fue impregnando de ese olor.

Antonia se colocó guantes y empezó de inmediato a examinarla, mientras daba indicaciones a las enfermeras; mantas, canalizar venas para muestras de sangre, era urgente descartar la mezcla de drogas con alcohol, e inmediatamente colocar un suero tibio que ayudara a calentarla, de lo contrario la hipotermia severa que presentaba la mataría.

La habían encontrado en una calle del centro de la ciudad, con una botella de ron en la mano; nadie del sector la conocía o supo dar alguna información sobre ella. Una vez arreglado su cabello en una coleta para facilitar la revisión los paramédicos del 911 tomaron una foto para difundirla y tratar de encontrar a sus familiares o amigos. Luego de estabilizarla decidieron realizar una tomografía para descartar lesiones internas, sobre todo en cabeza. De pronto se activaron las alarmas de los monitores, sufría un paro cardíaco. Le arrancaron la ropa y procedieron a la reanimación cardíaca, no tomó mucho traerla de vuelta a este mundo, sin embargo su estado seguía siendo crítico. «Tenía en su organismo más alcohol que sangre».

Antonia se quedó a su lado, la mujer parecía tener su misma edad o al menos no pasar de los treinta años, tenía un rostro bello pese a las ojeras y los raspones, su dentadura era perfecta. Una vez que todo parecía estar en orden y bajo control, fue hasta su escritorio, luego de colocar varias notas en la historia clínica, tomó la bolsa con la ropa y accesorios de la paciente que la enfermera le había entregado y los fue revisando uno a uno. El vestido hecho hilachas era de muy buena marca al igual que la bisutería y las pantimedias, incluso había un arete de oro blanco muy pequeño que pertenecía a un agujero hecho en la parte superior del pabellón auricular. No pudo evitar imaginarla con su vestido, aquellos accesorios y los finos tacones de los cuales solo había uno y pensaba cómo era posible que la hayan encontrado en ese estado y en una calle del centro; personas como ella no visitan esos sitios. Muchas preguntas revoloteaban en su cabeza.

A las cinco de la mañana apareció Carmen, enfermera muy amiga de Antonia, que siempre llegaba una hora antes de empezar el turno cuando Antonia estaba de guardia. Desayunaban juntas y se ponían al día en los chismes de la clínica.
Carmen encontró a Antonia muy demacrada, había sido una noche intensa. Hablaron sobre aquella mujer que yacía en una de las camas de urgencias, entubada, pálida, anónima y sin nadie que hubiera preguntado por ella a los servicios de socorro hasta esa hora.

Decidieron ir a desayunar antes de que el día se les viniera encima y Carmen, que aparte de la clínica trabajaba en un hospital público, le comentó que hace dos días, durante su turno, había ingresado un hombre en estado crítico al centro hospitalario donde también laboraba y que, al igual que aquella chica, estaba sin identificación, llevaba varias puñaladas y pese a todos los esfuerzos no pudieron salvarle la vida. Sus familiares lo habían estado buscando y cuando dieron con él ya no hubo nada más que hacer que preparar su entierro, se llamaba Pablo Andrade. Estaba a días de casarse.

—Fue muy impactante ver el sufrimiento de sus familiares y de su novia —comentó Carmen.

—Definitivamente, una semana trágica —acotó Antonia.

Estaban en la mitad del desayuno cuando Antonia fue llamada por los parlantes para que se acercara urgente a la sala de emergencias. La paciente había reaccionado y estaba agitada aunque su temperatura seguía siendo muy baja, el examen de sangre confirmó la sospecha de la mezcla de alcohol con otras sustancias, en este caso altos valores de un fármaco que actúa como somnífero.
Antonia era muy hábil para tranquilizar pacientes, poseía un don que se había desarrollado a lo largo de años de guardias nocturnas en el servicio de urgencias, su trabajo le apasionaba, pese a lo intenso que era lidiar la mayoría de las veces con situaciones extremas. Le habló dulcemente, tomó su mano mientras le explicaba dónde estaba y cómo la ayudarían. Quitaron el tubo de su boca y le dieron a beber agua en sorbos pequeños. 

Antonia estaba ansiosa, quería hacerle muchas preguntas, la primera de todas: su nombre, pero sabía controlarse. 

La joven volvió a dormirse.

Antonia hacía su informe sobre todo lo sucedido durante su guardia, que había empezado el día anterior a las dos de la tarde, y las alarmas empezaron a sonar por segunda ocasión, los signos vitales de la única paciente en aquella sala se alteraban poniendo en peligro su vida. Nuevamente lograron estabilizarla, estaba consciente y cuando tuvo fuerzas para hablar le dijo a Antonia:

—¿Podrías llamar a la policía?

—Claro —respondió ella.

Mientras se acercaba a la estación de enfermería para hacer la llamada sintió un vacío en el estómago. Volvió hasta la paciente y mientras la interrogaba para la historia clínica, la sensación de que algo malo estaba a punto de suceder la hacía equivocarse en cada anotación. Se llamaba Selene, tenía veintinueve años, administraba una agencia de modelos muy reconocida, soltera, vivía sola, ningún problema de salud, deportista. 

Cuando Antonia le preguntó si recordaba algo de lo que pasó, ella le dijo:

—Mandé matar a un hombre, fuimos pareja por seis años y hace unos días me enteré de que estaba comprometido con otra. El odio me hizo pensar que sería fácil, pero no puedo vivir con este remordimiento, por eso he decidido entregarme.

Antonia no podía creer lo que acababa de oír. Miraba a esa mujer frágil con el rostro empapado en lágrimas, que con voz dulce le acababa de confesar un crimen.

miércoles, 4 de octubre de 2017

2 de octubre

Yadira Sandoval Rodríguez 


Hoy es 2 de octubre de 1968. La reunión se convocó a las 6:00 p.m. Natalia despertó desconcertada y a la vez con un presentimiento, posiblemente sabe que después de esta asamblea los objetivos de las manifestaciones serán aceptados por el gobierno. Ella desayuna unos huevos revueltos con pan tostado, acompañados con una taza de café, al momento de llevarse su taza a los labios, mira a través de la ventana de su departamento, la plaza Tlatelolco y se dice a sí misma: «El pueblo unido, por fin». La esperanza la tiene puesta en el movimiento social. Está en su último semestre de arquitectura, su plan a futuro es colaborar con comunidades en la construcción de casas con material reciclado, una opción ecológica y accesible para familias de bajos recursos; cuyo proyecto presentará para titularse. Su familia suele criticarla, diciéndole: «Deberías enfocar tu carrera a proyectos importantes y no tan mediocres», aun así, ella es firme en su decisión. «Todos piensan, la carrera de arquitectura u otra es para lograr el famoso éxito que el capitalismo nos ha vendido, cuando hay otras formas de estar bien en la sociedad sin necesidad de tener tanto dinero, lo importante para mí es ayudar e incidir en ciertas comunidades, eso me hace feliz, ¿por qué no lo pueden comprender?». «Lo sé no debería hacerme esas preguntas, lo obvio no se cuestiona, todos nos movemos por intereses y el dinero es el motivador principal para la sociedad y eso la historia nos lo ha confirmado, entonces Natalia deja de estar filosofando en babosadas las cuales llevan a nada productivo, me debería enfocar en lo que sucederá hoy en la tarde». Ella ensimismada, piensa en su novio y dice: «Me imagino a Esteban y yo trabajando juntos en proyectos comunitarios, aunado a las asesorías; es como lograremos cosas buenas en cada comunidad» —suspira— «muchos son los planes».   
Natalia es novia de uno de los dirigentes del movimiento estudiantil, Esteban Robles, un joven de la facultad de Economía. Su relación está formalizada, están esperando terminar sus carreras para casarse y trabajar en proyectos sociales. Natalia prende la televisión, mientras termina de desayunar, observa cómo se están anunciando los juegos olímpicos que se llevarán a cabo en México. «Coincidencia, un movimiento social y los juegos olímpicos en nuestro país», dice ella. Termina de desayunar, levanta los platos, los lava para después secarlos. Se retira al baño, se cepilla sus dientes, se mira en el espejo, levanta el brazo derecho con el puño cerrado y dice: «¡Duro!».
Al salir de su departamento el olor a café impregnado por los puestos que rodean el edificio, así como el aceite en el cual fríen los tlacoyos, quesadillas, gorditas, sopes, huaraches, flautas, tacos al pastor, etc.; la gastronomía callejera del DF; combinado a basura, a quemado, a azufre, olor a smog. «Esta ciudad tiene un gran problema», dice Natalia. En eso se topa con tres amigos de la facultad quienes viven cerca de su departamento, ellos la saludan y le preguntan, si trae todo, Natalia les contesta que sí.
—Los panfletos los traigo en mi morral —dice ella.
Se abrazan de forma efusiva, están seguros de que en el mitin habrá mucha gente.
—Pedro y Esteban fueron a visitar ayer a los alumnos de la vocacional 2 del Instituto Politécnico Nacional y la Preparatoria Isaac Ochentera, quienes están presos —dice Natalia—. Sus padres están preocupados y enojados por toda la violencia desatada en contra de los estudiantes, les aseguraron a ellos estar hoy en la marcha.
Natalia se emociona y les da un abrazo a los tres y les dice:
 —Todo va a salir bien, la gente está respondiendo.
Uno de los amigos continúa:
—Los cabrones militares destruyeron una puerta del siglo XVIII de la Escuela Preparatoria de San Ildefonso, allí no se llevaron a ningún alumno, todos salieron corriendo en chinga, los maestros hicieron una valla enfrente de los militares para darles tiempo a los muchachos a escapar.   
—Hoy en la mañana me platicaron sobre eso, hasta un policía se resistió en obedecer la orden de su superior de hacer daño a los maestros, ya que en la valla se encontraba un exprofesor de él. Eso sí está para ponerse la piel de gallina. Serán muy cabrones, pero no dejan de ser humanos, me imagino el encuentro, lo ha de haber conflictuado al pobre.
—Sí está cabrón. —Natalia no podía creer lo que estaba escuchando.
Al llegar los cuatro a la plaza Tlatelolco, Esteban los saluda de mano y abraza a Natalia y les dice: «El Consejo Nacional de Huelga (CNH) conformado por la UNAM, El IPN, El Colegio de México, la Escuela de Agricultura de Chapingo, la Universidad Iberoamericana, la Universidad de nombre La Salle y otras universidades de provincia, están convocando a una marcha masiva, y al paro de labores la próxima semana, hoy en la asamblea se hablará de esto. Ayer en la tarde llegaron las escuelas de Sociología, Letras, Física y Matemáticas de la Universidad de Sonora, nos pidieron alojamiento los alumnos. El movimiento está contagiando a otros estados. También los ferrocarrileros y el sindicato de Petróleos se nos unirán hoy a la marcha». Al terminar de hablar Esteban, los cinco se miran a los ojos, están tensos por sus compañeros presos. «El Gobierno tiene que negociar con nosotros, abrirse al diálogo», dice Esteban.  
Natalia empieza a entregar los panfletos a las personas congregadas en la plaza, en ellos está el pliego petitorio que demandan los estudiantes al Gobierno, los cuales son: 1. Libertad de todos los presos políticos. 2. Supresión de los delitos de disolución social, contenidos en los artículos 145 y 145 bis del Código Penal. 3. Destitución del jefe y subjefe de la Policía Preventiva del D.F. 4. Indemnización a las víctimas de los actos represivos. 5. Supresión del Cuerpo de Granaderos. 6. Castigo a los funcionarios responsables de actos de violencia contra los estudiantes. Además, el establecimiento de un diálogo público entre las autoridades y los alumnos, para la negociación de las peticiones; con el fin de informar a las personas en las protestas. Natalia oye hablar entre los manifestantes sobre el movimiento estudiantil, cómo este ha unido otras luchas, eso le llama la atención; a la vez observa la aglomeración de los marchantes que están por llegar a la plaza, se escuchan a lo lejos las consignas: «¡Únete, pueblo!» Esteban le da un beso a Natalia al mismo tiempo se miran a los ojos, y se dicen así mismos:
—Todo va a estar bien.
Ella lo abraza fuertemente.
—Adelante, empieza a hablar —le dice Natalia.
Todos sus amigos le dan palmadas en la espalda, como forma de solidaridad y ánimo.
Esteban toma el micrófono, se interpone una pequeña interferencia, los ingenieros del sonido lo arreglan inmediatamente. Esteban da la bienvenida a todos, les da las gracias por estar en el mitin, empieza a leer los objetivos de la reunión. Inician las consignas, los manifestantes comienzan a gritar y a hablar mal del presidente: «¡fuera Díaz Ordaz!» «¡Cara de chango!» Un joven se sube al templete y empieza a narrar los enfrentamientos con el ejército mexicano. Entre los manifestantes se encuentran mamás las cuales han decidido apoyar a sus hijos. Esteban invita a unas de ellas a hablar por micrófono, esta narra cómo el ejército tomó preso a su hijo: «Mi hijo caminaba cerca de unas de las manifestaciones en la UNAM, él se acercó a escuchar y el gobierno maldito lo levantó.» —hace una pausa y continua—: «no se dejen del Gobierno, ustedes son la voz de este país. Deseo a mi hijo libre, no es un delincuente, como lo hace ver Díaz Ordaz».
En eso en lo alto se ve a un helicóptero sobrevolando la plaza Tlatelolco, este suelta unas luces de bengala. Después de unos minutos se empiezan a escuchar disparos, las personas se alarman, unas se tiran al suelo, otras salen corriendo. Natalia corre en dirección a su novio, él la ve venir; grita su nombre. Natalia se tropieza con unas personas en el suelo, Esteban corre hacia ella. Los dirigentes le dicen a él: «agáchate, corre por tu vida».
—No, cabrón, tengo que ir por Natalia —dice Esteban.
—El ejército nos anda buscando, esto se fue a la chingada —los amigos le dicen a Esteban—. Tienes que ver por tu vida. Debemos hablar de lo sucedido en las próximas semanas.
Esteban los deja hablando, se dirige hacia Natalia, quien está a unos diez metros de él, cuando Esteban llega hacia su novia, la levanta, Natalia empieza a llorar, la abraza, los dos corren y se esconden en el departamento de ella, el cual se encuentra enfrente del edificio Chihuahua de donde salieron los disparos. Esteban observa varios militares heridos, al instante cae en cuenta quienes provocaron esto son francotiradores, «bola de cabrones», dice Esteban.
—Los militares piensan que somos nosotros los del tiroteo; esto se fue a la chingada, es un puto Díaz Ordaz.
—¡Qué! —dice Natalia.
—Es un grupo paramilitar quien armó este desmadre. Ahora caigo en cuenta, vi a varias personas con un guante blanco en la mano izquierda vestidos de civil, son infiltrados. Ellos empezaron a disparar a los militares, y estos pensaron que nosotros éramos los del tiroteo. ¡Cabrones!
—Esteban, tengo mucho miedo.
Natalia saca las llaves de su morral, abre la puerta de su departamento, no prende la luz, Esteban cierra apresurado esta. Por la ventana ellos ven y escuchan el correr de las personas en la calle, observan a los militares entrar a los edificios a buscar estudiantes, en eso, se escucha que alguien toca a la puerta del departamento de Natalia y dice con voz fuerte: «Abran, cabrones». Ella y él se miran a los ojos y se abrazan.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

A través de un vidrio

Luis Rivera


Llovía de manera copiosa, una tarde de domingo en San José. Nunca imaginé que ese día presenciaría una muerte. Jugábamos al boliche con mis amigos del trabajo. Nos asignaron esta semana el turno nocturno, por lo que decidimos vernos antes, distraernos un poco, para luego comenzar la jornada de las seis de la tarde hasta el amanecer. Ser especialista en sistemas de control de servidores que da servicio a todo el continente europeo es un trabajo extenuante por la diferencia de horarios, pero la paga es buena. Cansada de jugar —si tirar la bola sin derribar un solo bolo puede considerársele «jugar»—, me puse mis botas y me acerqué a un gran ventanal que permite ver, en todo su esplendor, un tramo de la autopista General Cañas desde una elevación aproximada de seis pisos. Me entretiene sobremanera ver los vehículos navegar a toda velocidad por la carretera. El rugir de los motores se convierte en una sinfonía mecánica. Estudio brevemente a las personas en el interior de los automotores y trato de adivinar qué piensan o conversan. Unos cantan al manejar, otros mueven sus manos al hablar, algunos aprovechan para hacer higiene personal y muchos imprudentes utilizan su celular —según ellos— en modo «disimulado». Y están aquellos que entierran su mirada en el horizonte, inmersos en pensamientos pasados o futuros. Esos son los más cautivadores.

Al otro lado de la autopista, observo una estación para autobuses. Tiene un diseño moderno, de acero inoxidable, con varios asientos y un techo amplio para proteger a los transeúntes del necio invierno costarricense. Llega a deprimir a cualquiera tanta lluvia. Se encuentran varios peatones sentados esperando su transporte, anclados en las pantallas de sus celulares. A través del vidrio, captura mi atención un hombre de mediana contextura, que se encuentra al costado norte de la estación, recibiendo todo el impacto de la lluvia. Hay espacio bajo el techo, pero no parece resentir lo empapado que está. «¿Por qué se está mojando sin necesidad?», me pregunto en silencio. Su visión se concentra fija en el pavimento mientras sus labios se mueven de manera sutil, aunque no parece estar conversando con nadie alrededor. Tiene una barba descuidada, un sombrero de pescador desteñido y un abrigo desgastado. Anda descalzo, mugriento. Debe de ser un drogadicto o algún vagabundo. Pasan unos minutos y, de la nada, el desconocido eleva su vista hacia donde yo me encuentro, y clava sus ojos en mí. Me incomodo de inmediato. Doy la vuelta y camino nerviosamente en dirección a mi grupo. A mitad del camino, examino lo ridículo que resulta sentirme intimidada por un cualquiera a esa distancia y circunstancia. Recapacito y regreso a la ventana, intrigada, segura de que ya no estará. Me equivoqué. A los cincuenta metros de distancia, continuaba viendo directo a través del vidrio, siguiéndome con una mirada penetrante y poderosa. Sus labios no cesaban de moverse, como quien reza en voz baja. Un escalofrío despierta por mi cuello, bajando como una corriente eléctrica por mis brazos. Con la piel erizada, sostengo mi vista en él, vacilante sobre lo que buscaba lograr. Pasan segundos que aparentan ser horas, y percibo cómo me sudan las manos. Me acomodo el pelo, apretando mi cola varias veces hasta formar un moño, añorando ventilación para disipar el sudor acumulado en mi cuello. Sentía cómo el gran salón se volvía miniatura, acorralándome sin piedad.

De repente, baja su mirada al suelo y lo veo dar un primer paso en sentido hacia el pavimento. Me confunde aún más cuando prosigue con un segundo, tercero, cuarto. Pego mi puño sobre el vidrio cuando lo veo bajar de la acera en dirección perpendicular al recorrido de los carros. Es domingo y el tráfico está flojo, pero se expone al invadir el carril. Continúa con el sexto, séptimo, octavo, noveno paso. Los automóviles hacen bramar el claxon y realizan maniobras evasivas, muy cercanas a colisionar. Golpeo el vidrio, maldiciendo mi impotencia. El desconocido se encuentra en la mitad del carril central. Aparenta estar sumergido en un trance, sin la reacción natural del instinto básico de supervivencia. El caos vial ya lo envuelve. En ese momento, un camión repartidor de carnes que viene por el carril central, trae a su conductor distraído en su aparato celular. No se percata de lo que está aconteciendo hasta muy tarde. Levanta la mirada, y reacciona violentamente con los frenos. Pero la inercia que trae es tal que el camión derrapa sobre el pavimento. Su pesada carga hace que el vehículo pierda su centro de gravedad y la cola se abre, invadiendo el primer carril. Caigo de rodillas al ver el impacto. Su cuerpo es catapultado metros adelante, arrancando porciones de su piel y pintando el pavimento gris con un rojo oscuro. Queda tirado cerca de la barrera en la mediana, y un charco de sangre envuelve su cráneo. Bajo la mirada y contengo mi vómito. En minutos, la autopista es clausurada en el sentido norte, y se transfigura la sosegada tarde de domingo en una anarquía vehicular. Las ambulancias tardan siete minutos, complicadas para poder lograr acceso a la ubicación del accidente. A mi alrededor, todos los jugadores y empleados del boliche estaban detenidos observando la escena dantesca. Llegó el momento para irnos a la oficina, y dejar atrás esa turbulenta tarde.

Desperté cerca del mediodía al incesante sonar de mi alarma. Con una pronunciada pereza, lavo mi cara y dientes mientras camino descalza recogiendo ropa y bultos, tratando de adecentar mi apartamento. Abro las cortinas para permitir que la luz natural inunde la habitación. Extiendo la cama y pongo algo de música. Salgo a la cocina a prepararme una taza de café. Mientras se está colando, camino hacia la puerta principal a recoger el periódico, que llega desde la madrugada. Aunque mi generación no es compatible con la prensa escrita, sino la digital, conservo esta tradición familiar después de haber visto por años a mi padre empezar su día leyendo La Nación. Coloco el diario en la pequeña mesa del comedor, y sirvo una taza grande del aromatizante, mi vicio cotidiano. Me siento y recojo las piernas, aspirando el vapor de cafeína que al instante agudiza mis sentidos. Soplo suave para enfriar, y comienzo a recorrer las páginas desinteresadamente con mi mano izquierda. Nada capta mi atención hasta que llego a la sección de «SUCESOS». Leo el titular y escapo de derramar mi café con el susto: «Hombre sobrevive embestida de camión repartidor en autopista General Cañas». «¿Cómo puede ser posible?», me digo a mí misma, con el corazón latiendo a toda velocidad, mientras me concentro en la nota periodística. Informa el diario que un hombre no identificado fue arrollado por un camión, y llevado al Hospital General México, declarado muerto por el equipo de paramédicos durante el trayecto. Sin explicación clínica, al hacer los procedimientos de rutina al ingreso de la sala de emergencia, el hombre volvió en sí. De inmediato se le administraron primeros auxilios y lo llevaron al quirófano, en vista de haber sufrido daños cerebrales y contusiones múltiples. Actualmente lo mantienen en un coma inducido, en la sala de cuidados intensivos, buscando que en su cerebro bajara la inflamación hasta niveles seguros. «La verdad es un milagro moderno», declaró el médico residente responsable. «¡No lo puedo creer, yo vi todo esto y también lo di por muerto a ese hombre, el de la mirada penetrante!», repito a mis adentros con un nudo en la garganta y las manos temblorosas. Perturbada, termino de hojear el periódico en estado casi catatónico. El sonido de mi celular me despabila, y recuerdo que tengo un compromiso con la tía Mónica para media tarde. Corro hacia la ducha dejando mi ropa de dormir en el trayecto, añorando el agua fría para que me quite el nudo de nervios que me quedó en el cuerpo.

Hago lo que sea por comer bien pero sin cocinar, incluso aguantarme a la tía Mónica y sus conversaciones profundas. Es la única familia que tengo en San José, y al quedar sola después de que mis primos se casaron y se fueron, tiene cariño de sobra para repartir. Ella hacía su merienda mientras yo desayunaba. Me volvía a preguntar si ya tenía novio, y al recibir la misma respuesta negativa, repetía el discurso de la importancia de una pareja estable para mi futuro. Me preguntó sobre mi fin de semana, y le comenté sobre el incidente de la autopista. Se incomodó un poco, a la tía no le caen bien las noticias violentas. «Algo especial le falta por hacer a ese señor en este mundo, para haber sobrevivido semejante desgracia», comentó de manera trivial. Me resonó esa conclusión. Nos despedimos cordialmente como siempre. Prometí presentarle al próximo pretendiente, y marcamos el calendario para ir la próxima semana al teatro.

En el autobús de camino al trabajo, no podía dejar de pensar en ese hombre y todo el embrollo. No soy religiosa ni creyente, pero me cuesta no reconocer una mano divina en todo esto. «¿Por qué lo tuve que presenciar?», era lo que me fastidiaba. No pudo ser una simple casualidad. Mi mirada vagaba sin dirección a través del vidrio, a medida que avanzaba la ruta. Los audífonos omitían el nocivo ruido de los pasajeros y el motor, reemplazándolo con un jazz intenso con el que concentraba mis pensamientos cuando requería soledad. Fue cuando lo vi a la distancia: el Hospital México. Ahí mismo tomé la decisión, loca como podía parecer.

Al día siguiente, rompí mi rutina y comencé mi día dos horas más temprano. Me duché rápidamente. De manera casi juvenil, me probé varios atuendos. Me maquillé, algo muy poco común en mí, pero quería verme diferente, aún no entendía el porqué. Cepillé mi cabello, omitiendo por hoy mi peinado preferido de cola simple. Dejé mi pelo suelto. Perfumé mi cuello y busto, hasta que me sentía como una dama de revista. Mi tía estaría orgullosa. Tomé mi café, pero no tenía estómago para comer algo. Los nervios me trancaban el sistema digestivo. Dispuse llevar unos chocolates y frutas.  «¿Frutas, Sofía? ¡Sí que eres boba! ¿Qué enfermo come frutas? No importa, lo que vale es el gesto». Las flores me parecían patéticas. «¿Qué haces, Sofía?», me preguntaba una y otra vez. Pero una fuerza subliminal me empujaba. Y por ella, salí hacia el hospital.

Llegué a la sala de recepción, sin saber qué hacer. Me acerqué a la estación de enfermería, y les mostré el recorte de periódico en el que aparecía la noticia. Conocían bien el evento y me remitieron con la doctora a cargo del turno. Me preguntó si yo era familia, en vista que nadie había llegado por él aún. No conocían su nombre y no portaba identificación. Aclaré que no teníamos parentesco, pero que había presenciado el accidente y que me interesaba conocer el estado de salud del paciente, y ayudar en algo, si se pudiera. Recelosa —por ser prohibido de acuerdo al reglamento interno— la doctora me guio hasta un vestidor, donde me pidieron que dejara mis cosas, y me vistieron con una bata desechable y un gorro para el cabello. Procedimos a la sala de cuidados intensivos, y a través de un vidrio, lo vi. Estaba con tubos en su boca y nariz, la cabeza vendada por completo, y el brazo izquierdo inmovilizado por tener una fractura. Sensores y cables invadían su cuerpo. Las partes visibles de su cuerpo estaban plagadas de hematomas ya morados. Nada pudo haberme preparado para ese momento. Agradecí el hecho de no haber desayunado, en vista que la impresión me causó un revuelco estomacal amargo. Comencé a resentir el fuerte olor a desinfectante, sangre y formalina. La iluminación era tenue; el resplandor de pisos y paredes blancos mareaba. Enfermeras iban y venían entre los pacientes, con mascarillas y trajes de cirugía. Me apoyé en el vidrio, cuestionando el porqué me encontraba en esa situación. Tuve que pedir apoyo y salir a tomar aire fresco. En una silla de la sala de espera, me senté a llorar, sin entender muy bien que hacer.

Visité su lecho a diario por las siguientes semanas. Con el pasar de los días, las enfermeras fueron tomando confianza en mí y permitían ciertas libertades. Me colocaba al costado de su cama, y lo observaba por lo que debían ser horas. Leía en voz alta mis libros preferidos, alucinando que lo miraba sonreír cuando yo reía. Le hablaba de mis días, del trabajo, hasta de la tía Mónica. Una tarde, a petición mía, me permitieron afeitarlo. Lo hice con mucha delicadeza, temiendo herirlo. Pero su barba era tan espesa que fue fácil removerla. Al ver su cara lampiña, mi corazón palpitó como nunca antes. Lo acariciaba, y hasta llegué a besar su mejilla. Corté sus uñas, que estaban sucias y descuidadas. Tomaba su mano en la mía, apretando sus dedos para ver si lograba hacer que reaccionara. Mis monólogos con él iban subiendo de tono, sin quererlo. Le conversaba sobre lo que haríamos juntos al recuperarse. Lo llevaría a conocer a la tía Mónica, al museo nacional, incluso al parque central. Me disculpaba por no poder cocinar bien pero le prometía que estaba aprendiendo aceleradamente. Acompañé a las enfermeras varias veces a bañarlo. Me erizaba la piel pasar la esponja por su pecho desnudo, sus piernas, sus brazos. Pero me quebraba el corazón ver cómo iba perdiendo su musculatura, y la prolongada estadía acostado estaba ocasionándole llagas en su espalda. Sufría a su lado, solo de verlo. Pasaron cuarenta y nueve días así, tiempo en el que fue mío, solo mío.

Al día cincuenta, despertó. Yo me encontraba en el trabajo cuando sucedió. La enfermera me llamó de inmediato, y corrí desesperada a su lado. Llegué y me arrodillé al verlo despierto; lloré de alegría. Me puse de pie y lo besé, abrazándolo tiernamente. De repente, me atropelló sin compasión la realidad.

—¿Y usted quién es? —me dijo, con una voz seca y fría, como el invierno. Trataba sin éxito de sentarse erguido.

—Es cierto, usted no me conoce. Mi nombre es Sofía. Yo, pues, estuve presente el día de su accidente. Y cuando supe que había sobrevivido, vine a visitarlo. —Su mirada se perdió en el fondo de la habitación al mencionar el accidente, y de inmediato enmudeció por completo.

—Es mejor que le dé un poco de tiempo para digerir todo lo sucedido —me sugirió con prudencia la enfermera, que había observado todo el cuadro y supo lo doloroso que su reacción resultaba para mí. Lentamente, di la vuelta y salí de la sala.

Llovía y hacía frío esa noche, pero no lo sentía. Mis lágrimas se confundían con las gotas del cielo. «¡Estúpida! ¿Qué esperabas? Por el amor de Dios, en verdad, ¿qué esperabas, Sofia?», me reclamaba a mí misma mientras me envolvía con los brazos para cubrirme. No pude regresar al trabajo, no podía detener el llanto. Caminé por varias horas, sin dirección ni sentido. Al fin, llegué a casa, temblando y empapada. Sin fuerzas, me quité la ropa, y me metí a la cama, derrotada.

Desperté con sentimientos encontrados: sabía que podría verlo despierto, pero que a él yo no le interesaba. Me cambié, ya sin entusiasmo, y decidí ir al hospital una vez más. Tenía que cerrar este capítulo. Llegué ansiosa, temiendo una reacción de rechazo. Me asomé a su ventana, y a través del vidrio, lo observé detenidamente. Estaba viendo televisión, con una sonrisa dulce en su rostro. Habían retirado todos los instrumentos de su cuerpo, lo que me permitió apreciar su perfil, sus detalles. Era buen mozo, con arrugas de hombre de mediana edad. En su tez morena, quemada del abuso al sol y la intemperie, veía manchas blancas, alguna enfermedad de la piel. Sus ojos eran verde claro, rodeados de arrugas y resguardados por unas largas pestañas. Su pelo revuelto aparentaba ser lacio, aunque se encuentra tan descuidado que solo se pueden apreciar nudos. Su cuello está estirado y flácido, fruto de la desnutrición que debe de sufrir. Todo eso me enamoró durante su coma, mientras fue mío.

Toqué dos veces el marco de la habitación, pidiendo, sin decirlo, permiso para ingresar. Me temblaba el estómago y estaba verdaderamente arrepentida de haber regresado. Ya no había marcha atrás. «¿Qué esperas de él, Sofía?», fue la frase que repetí infinidad de veces en todo el trayecto.

—Pase adelante, Sofía, por favor. Me han comentado las enfermeras que usted ha cuidado de mí todo este tiempo. Quería disculparme por mi reacción de ayer. Usted entenderá que me agarró fuera de base.

Identifiqué un acento suramericano. Su voz era ronca, profunda, como de locutor de radio. Su mirada de aguijón me hizo sentir infantil, tímida y miniatura. Ingresé a la habitación y me senté. Mis manos sudaban y me mordía el labio inferior, inquieta.

—Señor, necesito pedirle un gran favor —dije de repente, sin pensarlo—. ¿Puedo conocer su nombre?

Se rio a carcajadas, tan fuerte que las enfermeras voltearon y señalaron hacer silencio.

—Tiene usted razón, señorita. Mi nombre es Santiago Itriago. Ahora, cuénteme usted, ¿cómo puedo pagarle todo lo que ha hecho por mí? Le debo mi vida, o al menos mi recuperación, me han dicho por acá.

—Cuénteme su historia, Santiago. Quiero saber qué hacía en la autopista ese día.

Hablamos por semanas. Conocí lo bueno y lo malo de Santiago. Se abrió conmigo sin tapujos. Él necesitaba esta catarsis de la pesada carga que traía. Era venezolano, y de la misma manera que miles de sus compatriotas, emigró huyendo de la realidad de su país. Su familia fue favorecida con el gobierno de Chávez, logrando colarse entre los afortunados que manejaron los negocios de suministro al gobierno del socialismo del siglo veintiuno. Pasó rápidamente de un barrio pobre de Caracas a las altas esferas del poder. Creció su patrimonio tanto como su ego. Su esposa, humilde maestra de escuela que conoció en su juventud, se adaptó a la nueva vida, aunque esa nueva vida no se adaptó a ella. Las amistades que venían con la relación política la miraban de menos. Pero Santiago ignoraba esto en favor de seguir bien posicionado en el círculo íntimo alrededor del presidente. Hasta que un día, murió el comandante Chávez. Y con la nueva administración de Nicolás Maduro venían también otras familias queriendo un asiento en la mesa principal. Santiago no supo de qué frente le vendrían las traiciones, pero pronto estaba siendo acusado de corrupción y removido del aparato estatal de compras. Había más invitados que sillas, entonces los que ahora encontraron el favor del oficialismo, buscaron destruir a los anteriores, garantizando afianzar su frágil posición. Giraron orden de captura en contra de Santiago, y sin pensarlo, huyó hacia Colombia, dejando a su esposa e hija atrás. Sabía de muchas familias que se exiliaron en Panamá, y buscó ahí su destino. Esperaría instalarse, para luego enviar por su familia. El estrecho país del canal no fue tan acogedor como lo pintaban, y el emigrante decidió seguir más al norte, a Costa Rica. Ya sin recursos, llegó a San José, donde logró encontrar un trabajo en un lavado de autos, y el dueño le permitía dormir en el taller. Así pudo sostenerse varios meses, mientras ahorraba para traer a su familia.

Fue cuando recibió la llamada. Su socio, Matías Barahona, quien había logrado quedarse en Venezuela a punta de sobornos y chantajes, le dio la noticia. Era la única persona a quien Santiago había confiado un número de celular para mantener contacto, por miedo a represalias fuera de la frontera venezolana. El día anterior, en un supermercado cercano a la casa de Santiago, su esposa e hija estaban haciendo fila para retirar una bolsa solidaria de alimentación. Se hizo un gran tumulto de gente, en vista que la cantidad a repartir fue muy reducida. Y poco a poco comenzaron a calentarse los ánimos, hasta que se armó un asalto violento a la tienda. Llegaron las fuerzas del orden, y, sin discriminar víctimas, abrieron fuego hacia la multitud. Era un mandato presidencial, dar un escarmiento a la población para evitar más amotinamientos. Ahí murieron las mujeres de su vida. Simple, ingrata, sencilla y cruda violencia incitada por el hambre. Tardaron treinta y seis horas para levantar los cuerpos. Algo así como un circo romano. Seis semanas y dos días después de la llamada, Santiago estaba siendo atropellado en la autopista. Su impotencia lo empujó a buscar morir así. Pero algo sobrenatural lo hizo sobrevivir sin quererlo.

Conversamos mucho tiempo, mientras sus heridas sanaban y su cuerpo se fortalecía. Hasta que llegó el día que le dieron de alta. Sabía que sería la última vez que nos veríamos. Aprendí a conocer y a valorar a aquel ser humano, pero también a reconocer sus defectos y debilidades. Mis sentimientos iniciales de niña ilusionada fueron aplastados por esa tonelada de plomo que se llama realidad. Pero llegué a tenerle cariño. Preparé un regalo para él. Había vendido mi motocicleta para poder comprarlo, pero estaba convencida de que esa era la razón por la cual el universo me tuvo frente a ese vidrio aquel lluvioso domingo de junio. Antes de irme, hice mi última pregunta.

—Santiago, ¿por qué fue tan cobarde de huir solo sin su familia? ¿Por qué decidió quitarse la vida antes de luchar por su país? —Lo vi intensamente a los ojos, y solo encontré miedo—. No me conteste, no es para mí la respuesta.

Le entregué la cartuchera de regalo, le di un beso en la mejilla, y me retiré. A través del vidrio, sin que él me viera, observé cómo la abrió y sacó primero la tarjeta, leyéndola despacio: «Lo que sea que decida hacer después de hoy, hágalo bien. Todo mi cariño, Sofía.»

Dentro de la cartuchera había un pasaje de avión con destino hacia Caracas, y un frasco de vidrio que contenía cianuro…

martes, 19 de septiembre de 2017

La primera ilusión

Horacio Vargas Murga


Samuel se levantó del sillón y se acercó a la ventana. Una muchacha de cabello castaño y mirada risueña pasaba montada en su bicicleta. Se quedó observándola hasta que su imagen desapareció por completo.

A partir de aquel momento la volvería a ver todos los días por la tarde, a eso de las cinco. La esperaría detrás de la ventana, impaciente por tenerla ante sus ojos. En otras oportunidades optaría por salir a la calle para contemplarla con más calma. Se sentaría sobre un muro colindante con otra casa y desde allí sus ojos la perseguirían por donde ella fuera, hasta que se perdiera de su alcance.

Cómo olvidar aquella misa del domingo veintiséis de octubre, fecha en que la capilla de la urbanización cumplía un año de creada. Ella estaba hermosa, elegante, con aquel conjunto azul. Un perfume delicioso se desplegaba acompañando su caminar. La mirabas de reojo, suspirabas sin más no poder. Un sabor dulce inundaba tu boca. Después de la misa, hubo una recepción en la casa de la señora Vilma, para la celebración del aniversario. Trajeron un coro de otra iglesia para que deleitara a los concurrentes. Ella escuchaba atenta y emocionada, parecía un ángel. Tú la contemplabas embebido de encanto.

Yo acostumbraba a leer las lecturas bíblicas los domingos en la misa, era ya conocido por todas las personas y tenía una cierta vinculación con las labores de la iglesia. A mediados de abril se abrió la inscripción para la catequesis, destinada a la preparación de niños y jóvenes que querían hacer la primera comunión. Era la primera vez que se realizaba esta labor en la urbanización. No mostré ningún interés por la apertura de la catequesis, ya había hecho mi primera comunión en otra iglesia hace dos años atrás, pero otros muchachos, incluso mayores que yo, que ya habían realizado la primera comunión se inscribieron.

Los catequistas ubicaron a sus alumnos en las primeras dos bancas de la capilla durante la misa. Me vi obligado a sentarme en otro lugar diferente al que acostumbraba. Fue entonces que pude distinguir a aquella chica que solía ver todos los domingos. Me pesó no haberme inscrito, hubiese sido una gran oportunidad para conocerla, pero la catequesis ya tenía una semana de comenzada. Sin embargo, mi madre me insistió para que me inscribiera.

Samuel, tú siempre participas con las lecturas en la misa, ¿por qué no te inscribes?

Es que ya pasó la inscripción.

Pero yo he hablado con la señora Vilma, ella me ha dicho que todavía pueden inscribirse.

Bueno, si es así.

Entonces, ¿converso con ella para que te incluya en la lista?

Está bien, mamá.

Las reuniones iban a ser los sábados a las tres de la tarde, en la misma capilla. Samuel se preparó de antemano para su primera clase. Forró su Biblia y su nuevo cuaderno con Vinifán transparente. Mojó su cabello con abundante agua y se peinó con sumo cuidado, como nunca antes lo había hecho. «¿Por qué estoy haciendo esto?, ¿no soy acaso un buen cristiano?». Se miró al espejo y se encontró con el mismo rostro blanco, redondo y asustado, de todos los días. «Dios sabe que no hago nada malo» se dijo a sí mismo mientras cogía sus cosas y salía para asistir a su primera clase.

Fue el primero en llegar, la puerta estaba cerrada. Se había adelantado diez minutos. Era mejor así, nunca soportaba llegar tarde. Poco después apareció la catequista, junto a dos niños. Samuel la saludó con cortesía. Ella respondió al saludo con una graciosa sonrisa, mostrando los dientes postizos. Abrió la puerta y fueron ingresando uno a uno.

Todos la siguieron hacia una pequeña habitación que se encontraba a la mano derecha, al inicio de la capilla. Entraron, acomodaron las bancas de madera junto a la pared, aún no pintada, ni tarrajeada y tomaron asiento en espera de las primeras palabras de la señorita catequista.

Buenas tardes, mi nombre es Esperanza Rodríguez, un grupo de ustedes estará a mi cargo, los otros serán distribuidos con Mónica, Isabel y Jorge. Quisiera conocerlos, así que cada uno me dirá su nombre.

Y así cada alumno fue mencionando su nombre, mientras ella apuntaba.

Ahora vamos a repasar algunas cosas que ustedes deben saber.

Fue así que a medida que hablaba iba haciendo preguntas acerca de Dios, la creación, los apóstoles, la Biblia y otros temas religiosos. Samuel, siempre solícito a responder, levantaba la mano y contestaba con suma elocuencia, de la misma forma como lo hacía en el colegio, era ya una costumbre en él. Contestó casi todas las preguntas. Esperanza lo felicitó poniéndolo de ejemplo ante los demás. Samuel se sintió muy contento por su brillante inicio, pero le preocupaba mucho la ausencia de aquella chica, de la cual estaba ilusionado. «¿Por qué tardará tanto?».

Cada vez fueron sumándose nuevos alumnos, hasta que ella apareció. Samuel sintió una extraña sensación en el pecho. «Me puse intranquilo, no sabía qué hacer. Me palpitaba el corazón, me sudaban las manos. Opté por agachar la cabeza y disimular».

Sus nombres preguntó la catequista.

Samuel, puso mucha atención.

Claudia Jiménez respondió con fina voz, parecida a la de una niña. «Es tan delicada. Qué ojos más tiernos. No lo puedo creer, está frente a mí, pronto me hablará. Creo que voy a estallar en gozo».

La clase duró hasta las seis de la tarde, hora en que llegó Jorge, quien siempre instalaba el micrófono para la misa. Él era ingeniero electrónico y su vocación religiosa hizo que asumiera el papel de catequista. La misa se llevaría a cabo a las seis y treinta de la tarde, debido a que el día domingo se realizarían las elecciones presidenciales en todo el país.

Los alumnos desalojaron la habitación y se trasladaron al templo para escuchar la misa. Samuel, como siempre, leería la primera lectura. Esta vez era más importante que nunca, Claudia quizás se fijaría en él. Haría el máximo de los esfuerzos por dar la mejor entonación y pronunciación. Intentaría de esta manera despertar por lo menos admiración en ella.

Son las cinco, la esperas, intranquilo. Ella pasará en cualquier momento. Tu respiración se acelera, sudas a medias, tus ojos no descansan de hurgar por los rincones más distantes de la calle. Ahora podrás saludarla, sonreírle, conversar un momento. ¿Cuántos años tendrá? Doce, igual que tú. No, parece que tiene más. Quizás pase apurada, quizás no te vea. Qué martirio es este de esperar y esperar. Aprietas los dientes, tu intranquilidad aumenta, ella está demorando más de lo acostumbrado.

Las clases continuaron sábado a sábado. Samuel se hizo de amigos, entre ellos Lucho, (sobrino del catequista), Miguel, Eduardo, Walter y César (los dos últimos hermanos de Claudia). Claudia apenas le dirigía la palabra. Samuel siempre estaba a la espera de acercarse a ella, quien se mostraba algo indiferente y faltaba con mucha frecuencia. Todo esto impedía que se estableciera una amistad entre ambos.

Con sus amigos no podía llevarse mejor, solían reunirse en los momentos libres para jugar un partido de fulbito. Lucho era el que más le simpatizaba. Bajito, de graciosa sonrisa, acostumbraba a hacer bromas e intercambiar opiniones sobre los más diversos temas. Estimaba a Miguel, un muchacho moreno y también bajito, a quien se le veía solitario y triste, sus ojos permanecían siempre semihúmedos. Un sábado se le acercó a Samuel y empezó a hablarle en confidencia.

No sé qué voy a hacer, mis padres se quieren divorciar. Ayer los escuché discutir, solo faltó que se golpearan.

Ambos se quedaron en silencio un instante.

Samuel, una vez cuando tenía diez años, tuve relaciones sexuales con una mujer, yo era todavía un mongo. Ella me llevó con engaños a su habitación. Nunca se lo conté a nadie.

Samuel no comprendió qué tenía que ver esta confidencia con la anterior, pero le afligió la tristeza de su amigo.

Eduardo por el contrario se caracterizaba por ser un muchacho de los que antes se podía llamar «avispado». A los trece años era todo un «Don Juan», visitador asiduo de discotecas. Siempre venía bien vestido con polos y pantalones de último modelo, finas zapatillas y exceso de perfume. Llamaba aparte a Samuel y le contaba sobre sus fiestas y conquistas. Era característico en él un aire de superioridad. Solía hacer gala de su estilo de enamorar y de sus gustos por discotecas y mujeres. Cada fin de semana conocía una chica nueva.

Mira, Samuel, a mí nunca me había resultado difícil hacer el coito, ¿sabes qué es eso no?

Sí, claro contestó Samuel, por no quedar mal, en realidad no sabía lo que era.

Bueno, esta me daba tantas vueltas, pero al final le comprendí el juego.

Samuel no entendía lo que escuchaba, pero igual lo miraba atento y deslumbrado.

Siempre sospeché que había algo entre Eduardo y Claudia. Los vi juntos antes que empezara la catequesis, pero en las clases hablaban poco. Cierta vez, cuando bajé del microbús, vi a Eduardo saludarla con un efusivo beso en la mejilla. A ella le brillaron los ojos. Me sentí muy mal durante varios días, perdí el apetito, mis noches eran eternos insomnios, pero lo pensé bien y no me pareció una prueba contundente de una relación amorosa, sin embargo, nunca pude liberarme de mis dudas.

Samuel tenía algunos confidentes en el colegio. Ellos estaban enterados de su interés por Claudia. Se reunían durante los recreos en un rincón del salón de clase y Samuel comenzaba con sus relatos en voz baja. En una de esas tantas conversaciones, Gonzalo, un moreno alto y mayor por tres años que Samuel, escuchó de casualidad la conversación.

Claudia Jiménez, yo la conozco, también a toda su familia.

A partir de ese día, Samuel tenía un confidente más, quizás un aliado importante para conquistar a Claudia. Gonzalo contó todo lo que sabía de Claudia y su familia. Todos los días era común verlos caminar de un lado a otro, durante los recreos. Esto permitió que Samuel se sintiera mucho más seguro, más decidido.

Mira, Samuel, tú tienes que mandarte, ponte más mosca, cuñao. Debes bajar esa barriga, sal a correr dos kilómetros todas las mañanas, usa otro tipo de ropa, vistes como un viejo. Para conquistar a una hembrita tienes que decirle: «Cómo me gusta tu pechito sin tetas, tu culito sin raya». Un día de estos, te la llevas a un rincón y le caes compadre, le caes.

Las ideas de Gonzalo lo turbaron un poco. No eran nada de su gusto. Empezó a desconfiar de su amistad. Sin embargo, pensó que era necesario seguir contando con él. No quedaba otra. Nadie más que él podía ayudarlo de alguna forma.

Falta solo un mes y termina el año y hasta ahora no he podido hacerme amigo de Claudia. Ella apenas me habla, ni siquiera me mira, no puedo soportarlo más, esta situación tiene que cambiar. Debo hacer algo para que ella se fije en mí, ¿pero qué?, ¿qué podría hacer? ¡Diablos! Soy un bueno para nada.

Gonzalo se puso impaciente, insistía a cada rato que ya era el momento, que había pasado mucho tiempo.

Sí, cuñao, ahora o nunca.

Pero, si casi no hablo con ella.

Mira, Samuel, mañana le digo todo a Claudia y solucionamos el asunto, ya me estás asando.

Tú estás loco, Gonzalo.

A la franca, Samuel, yo lo hago, si no te dejas de huevadas y le caes.

No fastidies, hombre, no me vas a decir lo que tengo qué hacer.

En una oportunidad, Gonzalo le pidió a Samuel como préstamo una cierta cantidad de dinero. Gonzalo tenía fama de no pagar deudas en el colegio. Samuel lo sabía muy bien y no accedió al principio, pero luego, ante tanta insistencia y recordando sus momentos de confidencia, decidió hacer el préstamo.

Gracias, cuñao, este favor te lo voy a pagar muy bien, acuérdate.

No tienes de qué, para eso están los amigos.

Te debo una. Haré de todo para que Claudia caiga a tus pies.

Dios te oiga, negrito.

¡Qué hermosa está! La miras con deleite, lleva una vincha roja muy llamativa. ¡Pasó apurada, no te vio! No te preocupes, algún día se detendrá, te regalará una eterna sonrisa y caminarán juntos, conversando como dos buenos amigos. Algún día, muy pronto, ¿o quizás nunca? Estás atento, la impaciencia te invade, puede volver a pasar en cualquier momento.

Aquella tarde oscureció más temprano que otros días. Mi madre decía que el ambiente estaba turbio, viscoso. Para colmo, empezó a hacer frío. Yo me encontraba en ese momento haciendo la tarea del curso de Lenguaje para el día siguiente, cuando mi padre me llamó acalorado.

Oye, Samuel, afuera está tu amigo, el negro ese con pinta de maleante, que viene a quitarte el tiempo. Dile que estás ocupado y lárgalo.

La noticia me sorprendió. Gonzalo no me había dicho que vendría a buscarme. No tenía la menor idea del porqué de su visita. Confundido salí de la casa. Al girar la mirada después de cerrar la puerta, mi sorpresa fue enorme. Gonzalo estaba frente a mí y a su lado César, el hermano de Claudia.

Samuel, te presento un amigo, se llama César dijo Gonzalo con suma ironía.

Alcé la mirada y pude distinguir a unos pocos metros a Claudia, apoyada sobre un auto rojo, en actitud de espera, pero mirando a otra parte. No lo podía creer.

Un momento, ya regreso respondí y entré nervioso a la casa.

No volví a salir. Ellos se quedaron esperando cerca de una hora, hasta que se cansaron y se fueron. Aquel día no pude dormir, me sentía intranquilo, la desesperación me atormentaba martillándome la cabeza. No podía aceptar lo ocurrido. Era una situación ridícula e injusta. Me preocupaba lo que pensaría Claudia de ahora en adelante. No sería capaz de mirarla a la cara. Sin duda se burlaría de mí.

Al día siguiente, Gonzalo recriminó con dureza a Samuel.

Eres un mongo, cobarde, huevón y cojudo, te llevo a la hembrita a tu casa y tú te escondes. ¡Qué maricón eres!

No seas idiota, Gonzalo, cómo iba a aceptar el trato que me proponías, decírselo delante de ustedes, dónde se ha visto una declaración con testigos.

Eres un mal agradecido, compadre, yo te la puse fácil. Ahora resígnate porque esta había sido tu oportunidad y ya no te queda otra.

Las clases en la catequesis continuaron. Claudia, cada vez que miraba a Samuel, contenía la risa. En ocasiones llamaba a sus amigas a un lado y murmuraban un buen rato. En la calle, cuando se cruzaban, lo miraba de la misma forma, pero con disimulo. Samuel se daba cuenta de que era objeto de burla y esto le dolía mucho.

La perdiste Samuel, la perdiste. Ella lo sabe todo y piensa que eres un tonto. No sabes qué hacer. Te pasas horas y horas encerrado en el baño, maldiciendo tu mala suerte, mordiendo tu lengua con desgano, odiando tu aspecto físico en el espejo. La rabia se apodera de ti. Quieres destrozar al mundo. Claudia, pronuncias su nombre en forma lenta, con amargura. Claudia, deletreas su nombre conteniendo las lágrimas. Un sabor amargo inunda tu boca. Eres tan idiota.


Las clases en la catequesis habían llegado a su fin. Se reiniciarían en abril del siguiente año. Samuel creyó conveniente no asistir más, se sentía muy deprimido. De vez en cuando, miraba de lejos a sus amigos, siempre estaban todos, solo faltaba él. Dejó de asistir los domingos a misa. Su voz, ya no se escuchó más en las lecturas bíblicas. Cierto día, recordando a Claudia, se colocó detrás de la ventana para verla pasar con su bicicleta, como antes, a las cinco de la tarde. Pero ella no apareció ese día y no volvería a aparecer nunca más.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Cita

Rita Mabel Figueredo


Consulté la dirección una vez más en mi teléfono celular. Era un buen barrio. Me bajé del taxi y sonreí complacida. La fachada sugería un local de categoría y me alegró pensar que tal vez Patricia tuviera razón.

Era temprano. Me gusta llegar primero, ubicarme, tomar posesión del espacio.

Se ingresaba por una puerta doble de vidrio y madera a un recibidor iluminado con lámparas amarillas. Mis ojos tardaron unos minutos en acostumbrarse a la penumbra. Detrás del mostrador de entrada se extendía un salón grande; ambientado con colores pastel. Solo había dos mesas ocupadas.

Me anuncié y un hombre de baja estatura, entrado en carnes y con cara de profundo aburrimiento, me mostró el camino hasta mi mesa. El sujeto había hecho una reserva. Un punto adicional a su favor.

Mis pasos se perdían en la mullida tela de la alfombra. El mozo corrió la silla para que me sentara y yo, cada vez más confiada, me dispuse a esperar.

El encuentro lo habían organizado Patricia y Carlos. Están decididos a emparejarme con alguien. Desde que iniciaron su vida en común, se portan como el ejemplo perfecto del amor y quieren que todos disfruten de las mieles de la vida en pareja. Estuve a punto de volver a negarme (como las anteriores cuatro veces), pero estamos en otoño. 

El frío, la muerte de mi gato, el final de mi novela favorita —Juan Esteban no se casó con Amelia—, me bajaron las defensas y terminé accediendo. Además creo que ya es tiempo. 

Los últimos dos años me negué sistemáticamente a volver al ritual obsoleto de la conquista. Lo decidí una mañana cualquiera, no recuerdo exactamente por qué, solo me sentí hastiada y quise parar. Desde entonces vivo tranquila en mi departamento de un ambiente, disfrutando de mi soledad. Cada vez que el cuerpo necesita un poco de acción, llamo a Pedro. Siempre está dispuesto. Ninguno de los dos tiene pareja estable y somos amigos hace demasiado como para necesitar explicaciones o rodeos. 

Pedí un vodka con limón, en las rocas. Inconscientemente, comencé a juguetear con el vaso, tratando de hacerme una imagen de mi cita.

Patricia me aclaró que no lo conoce demasiado, pero tiene las mejores referencias. Es primo de un amigo de Carlos; contador, dueño de una empresa, divorciado. Recalcó varias veces que tenía una muy buena posición económica, que era un hombre serio y que anhelaba una relación estable. 

Me descubro pensando en Pedro. Mala idea. No tengo que sacar a Pedro del dormitorio. No es bueno para ninguno de los dos. El acuerdo tácito al que llegamos es que no hablamos de nosotros. ¿Qué le parecería saber que estoy comenzando a salir de nuevo? 

Buscando algo con qué entretenerme, empecé a mirar alrededor con más atención. Todo el restaurante tenía un aire de haber conocido tiempos mejores.
Las sillas tapizadas estaban un poco decoloradas por el uso, la alfombra que me había parecido suave y mullida, se hundía más en algunas partes. El mozo que se acercó con mi vaso transpiraba con profusión, su camisa amarillenta, el moño grasiento y el aire de hartazgo, me hicieron caer en la cuenta de que el sitio no era de primera categoría, sino un espacio que podría haberlo sido alguna vez, hace mucho.

En ese momento por la puerta vidriada entra un hombre de unos cincuenta años, calvicie incipiente y un abdomen que la camisa amplia no llega a ocultar. Mira nervioso en rededor, como buscando a alguien. 

Voy a matar a Patricia, con razón no hubo descripción física.

Suspiro y, ante lo inevitable, levanto la mano, haciéndole señas para que se acerque. Tampoco voy a quedar como una maleducada, puede que tenga una conversación interesante. 

—Hola soy Gabriel. ¿Claudia? —dice mientras acerca peligrosamente su cara a la mía.

—Sí, soy Claudia, mucho gusto. —Intento frenarlo estirando la mano, en un claro gesto de imponer distancia, pero no lo consigo. Toma mi mano y me atrae hacia él, logrando que trastabille, para estamparme dos besos sonoros y húmedos. Uno por mejilla.

—¡Encantadísimo! ¡Sos más linda de lo que me dijeron!¡Y qué buenas lolas!

No hago caso del piropo ordinario. Y trato de no ser demasiado obvia cuando me limpio con el borde de la manga la cara con rastros del saludo.

—¿Qué tomás? ¿Vodka? —Huele mi vaso—. ¡Se te va subir a la cabeza si no comes nada! Vení pidamos algo—dice agarrándome de la mano.

No atino a contestar, así que toma la carta, mira la columna de los precios, y se decide por una ensalada de dos ingredientes. «Para compartir», le aclara al mozo cuando este se acerca a tomar el pedido.

Me quedo muda de asombro. No solo habla sin parar y me toca sin permiso, sino que pide por mí. Huele bien. Su único punto a favor hasta el momento.

Mientras esperamos que traigan la comida, comenzamos la charla intrascendente de las primeras citas. ¿De dónde sos? ¿A qué te dedicas? ¿Tenés hijos? ¿Cuántos? (esta la agregué hace algunos años, antes no me parecía que fuera necesario). ¿Cuándo es tu cumpleaños? (la del signo del zodíaco espanta a algunos y el cumpleaños suple la información). Contesta todo dando innumerables detalles. Así me entero de que vive solo, que no le gustan los gatos, que su empresa de contabilidad tiene los mejores clientes de la ciudad, que compra la verdura suelta. No me da espacio para contarle absolutamente nada de mí. Llega un punto en que, aburrida de la constante cháchara, lo único en lo que puedo pensar, es en cuánto será el tiempo mínimo imprescindible para inventar una excusa e irme a casa.

Diez minutos después llega la comida. La ensalada es apenas un par de lechugas con tres rodajas de tomate. 

—¿Te parece si pedimos algo más? —sugiero al ver que se sirve casi todo el contenido de la fuente.

—Como quieras, igual cada uno paga lo suyo, ¿eh? Yo te doy para la mitad de la ensalada, sin drama.

Hasta ahí, más allá de la irritación que me produce su actitud, no hay demasiados problemas, pero luego sonríe, sin dejar un solo segundo de parlotear. De pronto, todas las razones por las que había dejado las citas, vuelven a mí. Entre sus dientes, que asoman amarillentos entre palabra y palabra, se ven pedazos de lechuga a medio masticar, hecha una masa informe y verduzca. No sé de qué habla, solo puedo mirarlo fijamente, horrorizada. La calva de su frente parece brillar con más fuerza. El esfuerzo de taparla con los pocos pelos que le quedan resulta inútil.

¡Por Dios! ¡Qué aburrido es! Será una buena historia para charlar con Pedro. Podría llamarlo ahora, tal vez no hizo planes. Estaría en casa en unas horas y podría sacarme esta sensación desagradable del cuerpo.

De pronto me doy cuenta de que llevo un buen rato sin escucharlo. 

Parece que me hizo una pregunta, porque sonríe y me mira, expectante.
Como no respondo, comienza a excusarse.

—Bueno, pero si no querés no pasa nada. Yo decía nomás como Patricia me explicó que vos hace rato que no... me entendés, ¿no? Y bueno, fea no sos… No estaría mal. Para ponernos un poco a punto. ¿Qué decís? ¿Vamos?

Solamente le digo que me siento mal, que me voy a casa. Ni siquiera es una excusa, es cierto, estoy enferma de asco. Desde una distancia que solo a medida que se agranda, me tranquiliza, lo escucho diciendo que no me ofenda, que si no me parece bien en la primera cita, por él está bien, que ya será en la segunda. No quiero cerrar los ojos por miedo a imaginármelo, recostado sobre mí con su risa babosa y sus dientes amarillentos. Seguramente tardaré unos cuantos meses en borrar de mi lastimado cerebro la imagen del bolo alimenticio a punto de ser tragado dando vueltas en su boca. 

Voy a matar a Patricia.