jueves, 6 de julio de 2017

La pandilla

Adrián González


Jadeando y sangrando de la frente, Renato sigue tirando golpes con desesperación montado sobre su oponente, quien desfallecido en el piso es ya incapaz de reaccionar. Por fin, agotado, se levanta con dificultad —la lluvia le escurre de cabeza a pies provocándole escalofríos—, voltea a su alrededor y se da cuenta de que todos lo observan, unos con incredulidad, otros con recelo y algunos más con ira contenida. Está a punto de anochecer y uno a uno, los pendencieros, se dispersan callados, perdiéndose entre las sombras del parque. La mayoría se dirige al viejo cine de enfrente —abandonado y lleno de ratas—, donde duermen. Solo una muchacha permanece a su lado.

—¿Ónde aprendiste a pelear? —le pregunta ella, en medio del chubasco.

—Pues así, en las calles, defendiéndome —responde él, aún agitado.

—Ya te ganaste el respeto de estos vagos, pero el Monje no va a olvidar la madriza que le pusiste, mejor cuídate —le advierte ella, titiritando de frío.

—¿Por qué le dicen el Monje? —pregunta Renato, con la cara escurriendo sangre y lluvia.

—No sé, es retesolitario y callado, su jeta da miedo. Hasta hoy nadie le había dado su merecido —comenta, dándole unas palmadas en la espalda.

—Y tú, ¿por qué nunca me habías hablado? —la cuestiona, alzando el brazo con incomodidad para retirar de su espalda el de ella.

—¡Huy, qué rejego! Mira, aquí o te avivas o abusan de ti —le explica—, y yo no nací pa’ mártir, cuando llegaste a la pandilla pensé que eras otro idiota del que todos se aprovecharían —aclara—. Pero, mejor ya vámonos que me estoy helando.

Antes de retirarse, Renato se acerca al cuerpo del Monje —aún tendido en el suelo—, para arrebatar de su mano la piedra con la que hirió su frente y lanzarla lo más lejos posible, entre los árboles —un trueno retumba en el cielo.

—Y…, ese que he escuchado. ¿Es tu nombre? ¿Aldonza? —pregunta él—. No es que no me guste, es que nunca lo había oído —le dice, e inicia a caminar con dificultad.

—¡Porque eres un iletrado e ignorante! —lo recrimina—. Así decía mi padre, que en paz descanse onde quiera que esté; era maistro de literatura y el zonzo me puso así adivinando en lo que me convertiría.

—No te entiendo nada…, mi madre también está muerta —murmura Renato.

—Deja pues, te ayudo —insiste ella, apoyándolo en su hombro para conducirlo a lo más alejado del parque.

—¿A dónde me llevas?

—Ya verás. Antes de que esto fuera un parque, aquí había una subestación que surtía de luz a esta zona; lo que queda está abandonado —Ambos van empapados de cabeza a pies.

Casi arrastrándose, llegan hasta un viejo registro eléctrico subterráneo y levantan del piso la pesada tapa —un hedor a humedad y herrumbre los asalta—, para internarse y así guarecerse de la lluvia y del frío. Ya adentro, en la oscuridad, acurrucados en el concreto, ella procede a quitarse la ropa mojada y a tientas inicia a retirar la de él.

Rozándole la cara con sus senos, Aldonza aprieta con su playera rota y manchada de sangre, el corte en la cabeza de Renato para que deje de sangrar, pasando a besar sus demás heridas: el ojo hinchado, la boca rota, el codo raspado y más allá…, debajo de su pantalón. Él se integra, toca, besa, abraza y por fin penetra, para luego caer dormido.

—Pensé que no la librarías —comenta ella, al tiempo que entran al metro la mañana siguiente—, la piedra estaba grandotota, otro poco y te carga la bruja.

—Yo nunca había… tú sabes —revela Renato, cambiando la conversación.

—Sí, me di cuenta, pero ya aprenderás, además: ¡Estás bueno! ¡Ja, ja, ja! —se burla ella—. En fin, a lo que venimos: recuerda, yo les rozo las nalgas y tú por detrás les sacas la cartera o el teléfono.

—No sé si pueda hacerlo —señala él, pagando dos boletos en taquilla.

—¡Bueno, güey! ¿Qué has aprendido en las calles además de partirte la madre?

—A hacer reír, eso me gusta —responde, mientras bajan al andén.

—Sí, eso me contaron, pero ya ´tas grande pa´ seguir de payaso en las esquinas. ¡Órale!, a «trabajar» —concluye ella, internándose en un atiborrado vagón del tren subterráneo.

Renato la sigue con fascinación en la mirada, mientras ella se conduce con ligereza hablando sin parar de una ruta a otra; su bien formado cuerpo y su actitud coqueta hacen que los hombres la observen, ella les devuelve una sonrisa cínica —perfecto distractor para sus propósitos—. Así, ambos suben y bajan, una y otra vez, recorren pasillos y vagones de estación en estación; de vez en cuando se acurrucan para contar su botín, abandonando las carteras vacías en algún bote de basura. Al anochecer regresan a su guarida en el parque, no sin antes pagar su cuota a la pandilla.

—¿No, que no? —se mofa Aldonza, en tanto cuenta billetes sentada sobre Renato a la luz de una vela, cuya luz rojiza ilumina tambaleante su hermoso torso desnudo—. ¡Nos va requetebién! —exclama entre risas.

—Sigue… —murmura Renato, recostado en la piedra fría y tratando de contener un gemido, mientras ella agita sus caderas provocando que él se estremezca de placer.

—¡Ja, ja, ja! —suelta ella una carcajada dejando el dinero a un lado, al tiempo que se estira sobre él restregándole su pecho en la cara, para alcanzar del rincón una botella de cerveza y un trozo de jamón.

Renato aprovecha y la abraza, rodeando su cintura con el brazo izquierdo y sujetando firmemente su nuca con la mano derecha por debajo del cabello, para incorporarse hasta quedar sentado frente a frente con ella, que por su parte gira las piernas para atraparlo con ellas y atraerlo a una penetración aún mayor; ahora ambos, entrelazados, son uno, solo el sudor se interpone entre sus cuerpos. La cerveza escurre de los labios de Aldonza, bajando por el cuello hasta su pecho, donde él se deleita como un recién nacido. Ambos beben, comen y se disfrutan uno al otro, alternando movimientos compulsivos con sorbos, bocados y risas, al amparo de la intimidad que les proporciona su sombrío escondite bajo tierra, en lo más recóndito del parque.

—Vámonos de aquí —propone Renato, antes de entrar al metro una mañana.

—Sí cierto —responde Aldonza—, ámonos a las estaciones de más lejos, onde casi no llegamos. ¡Ahí viene el camión! —señala, apresurándose hacia la esquina de la avenida.

—No —responde él, sujetándola del brazo, antes de que ella aborde—. ¡Vámonos de aquí!

—¿De qué hablas, payasito? —responde ella, zafando su brazo y mirándolo a los ojos con enfado—. La banda es nuestra familia —le advierte.

—No los necesitamos.

—Te equivocas, animal —lo insulta—, y hazte pa’cá que te va a apachurrar un carro.

—Busquemos un lugar para nosotros —propone de nuevo él, regresando a la banqueta—. Un lugar… en esta vida; quiero decir… —trata de explicar.

—¡Huy! Qué intenso… ¡Ja, ja, ja! —lo interrumpe con ademanes y gestos de burla, en medio del bullicio del tráfico y los peatones pasando junto a ellos—. Mira, Renato —aclara, con toda seriedad—, mientras ´temos con la pandilla ´tamos protegidos, si no, nos las tendríamos que ver con la ley; ellos tienen sus arreglos. Ni tantita idea tienes de lo que hablo y mejor que ni te enteres, te puedes arrepentir; así que deja de decir tarugadas.

—Podemos ganarnos la vida de otra forma.

—Te vuelves a equivocar —interrumpe secamente—; a buenos pa´ nada, maliantes y mugrosos huérfanos como nosotros nadie les da chamba; esos vagos a los que desprecias —te´ visto—, me cacharon cuando no tenía ni onde caerme muerta, y a ti… —aunque te haya costado unas madrizas—. De aquí nadie sale cuando se le pega la gana, no la riegues.

—Sé que nadie le da trabajo a gente como nosotros. Por eso he pensado…

—¡No pienses, carajo! —grita enfadada—. Aquí tenemos onde dormir y un «trabajo» pa´ comer y darnos nuestros gustos; hasta pa´ pagar por los baños públicos. ¿Cada cuándo te bañabas antes? No lo eches a perder, güey.

Ya en el autobús, Aldonza observa la cara de desconcierto de Renato; pareciera que hay un «no» en su mente, que en cualquier momento explotará.

Una noche, cuando regresan de «trabajar» al parque, parece que hay fiesta junto a la fuente; unos bailan al ritmo de la música que sale de un teléfono robado; otros ríen y beben tirados en el pasto; algunos más simplemente están, como ausentes, con la mirada perdida. Renato los observa: entre ellos hay adolescentes, casi niños, también jóvenes —como él y Aldonza— y otros no tanto; mujeres y hombres que muestran en sus cuerpos y sus rostros el desgaste del hambre, el frío y las adicciones; hay quien ostenta tatuajes y le faltan dientes, quien se ha rapado la cabeza y perforado la cara; son grotescos, repulsivos. Aldonza se acerca al Monje, le arrebata la botella de ron y algo más de entre sus manos para tragarlo, voltea a ver a los ojos a Renato, él lo piensa tres segundos y la imita. Pronto, los dos bailan dentro de la fuente: eufóricos, absurdos, empapados de agua verdosa y sucia, escupiendo hojas secas entre carcajadas.

Ya fuera de la fuente, aún intoxicado y sin control, él sigue solo, brincando con ímpetu, girando con los brazos al aire, aislado de la realidad, yendo y viniendo, hasta que…, tras lo matorrales, descubre a Aldonza revolcándose desnuda, en grupo, tres pendencieros hacen —de distintas maneras— uso de ella y de otra chica. Con expresión de no entender nada, Renato echa a correr con desesperación fuera del parque, sin rumbo, dando tumbos, cuando…, antes de cruzar la calle, recibe un golpe por la espalda y cae aturdido; a su lado, el Monje sonríe con una piedra en la mano, mientras dos policías lo arrastran y meten a la cajuela de su patrulla; ya adentro, en posición fetal, «viaja» a su infancia y recuerda tirada junto a él, a su madre prostituta asesinada, con los ojos abiertos y el vientre sangrando; ambos se miran a los ojos sin poderse mover.

Cuando Renato despierta, está maniatado por la espalda y sentado en el asiento trasero de la patrulla, con Aldonza y el Monje a cada lado; al frente, los oficiales de policía; uno conduce y el otro voltea —pistola en mano—, como para amedrentarlo.

—Te me haces conocido, muchacho —dice el que le apunta, mientras él guarda silencio.

—Mira, Renato —comienza a hablar ella—, lo del metro y los camiones, es solo pa’l diario; has de saber que aquí con los polis hacemos buenas tranzas.

—¿Vender Speed, como el Monje? —interrumpe él, volteándolo a ver a su lado, mientras este responde con una mirada estoica.

—¡No seas pendejo! No vendemos droga, eso lo controlan otros más cabrones que nosotros —aclara ella—; solo la usamos, ¿o no? —dice burlona.

—¡Piensa, hombre! ¿Qué abunda en este mundo y vale mucho dinero? —interviene el oficial que conduce, mirándolo por el espejo retrovisor.

—¡No sé! —grita con enfado Renato, mirando el arma con que le apunta el otro policía.

—¡Gente, Renato! —aclara con impaciencia Aldonza—. Gente es lo que sobra, mira las calles, ve cuánta hay. Si robas, te siguen y vas a dar a la cárcel; si te metes con los narcos te matan; si secuestras personas, te pagan harto, reteharto dinero.

Renato mira con incredulidad a los cuatro criminales, asiente con la cabeza y pide instrucciones: debe robar en el parque a un niño «de buen ver» y esconderlo ahí mismo, en el viejo registro eléctrico, bajo el suelo; Aldonza obtendrá información del chico y les llevará alimento cada noche; el Monje vigilará todo el tiempo; los policías negociarán y cobrarán el rescate. De otro modo, Renato irá a la cárcel por cualquier delito que le imputen los oficiales y si algo sale mal, el único implicado —el que robó y tiene al niño— es él.

Una vez llevado a cabo el secuestro, a la tercera noche, casi de madrugada, Renato levanta con sigilo la tapa del registro, deja al niño amordazado, con los ojos vendados y encintado de pies y manos, para lanzarse a correr hacia las sombras, entre los árboles, perseguido a toda prisa por el Monje. En la oscuridad, se escucha un golpe seco al unísono con el crujido de un cráneo; Aldonza llega corriendo por detrás y ve un cuerpo tirado con sangre brotando de la cabeza a pequeños chorros intermitentes.

—¡Lo mataste! —grita ella, pisando sin querer el charco que se está formando rápidamente.

—No lo sé —responde Renato, mirando al Monje tirado boca abajo y dejando caer de su mano una piedra.

—¡Vete ya, corre! —le vuelve a gritar.

—El niño… —reacciona él, volteando hacia atrás.

Sin decir nada, Aldonza echa a correr despavorida por el chico, con Renato siguiéndola de cerca. Una vez que lo sacan del escondite, aún atado y con los ojos vendados, lo abandonan en la entrada del tren subterráneo. «Pronto, antes del amanecer, al abrir sus puertas, alguien lo rescatará», se dicen uno al otro. Ambos se miran a los ojos, saben que nunca podrán volverse a ver, ni regresar a «vivir» al parque. «Eres rudo, cabrón», le dice ella y lo besa por unos segundos. Corren de nuevo, sin detenerse, pero ahora en direcciones opuestas.

Pasa el tiempo y un sábado por la noche, mientras camina vagando por las calles del centro de la ciudad, Aldonza se detiene cuando al pasar por una tienda de electrodomésticos, ve a un par de indigentes —una mujer gorda y un viejo borracho—, mirando con atención y entusiasmo una pelea de box en la televisión tras los aparadores; la mujer tira golpes al aire emocionada y el viejo pela los ojos mientras grita eufórico.

«¡Señoras y señores!», se escucha con fuerza el grito del comentarista de televisión. «Estamos por iniciar el sexto asalto de esta pelea pactada a diez, en la ruta de ascenso por el campeonato de peso gallo», advierte. «Les recordamos que nuestro país ha dado al mundo grandes campeones en esta división», señala, en tanto imágenes publicitarias se deslizan en la parte inferior de la pantalla. «Vistiendo calzoncillo blanco, el Zurdo Camacho, peleador experimentado, se enfrenta al novato, Renato, el Rudo, como apodan a este muchacho que viste calzoncillo negro».

Mientras tanto en la arena, saboreando la sangre de sus golpes y respirando con dificultad, Renato, exhausto y aturdido, sentado con las piernas extendidas sobre un banco en su esquina, hace un esfuerzo por concentrarse y escuchar las instrucciones de su mánager. «¡Levanta la guardia!», le grita. «¿Oíste?», insiste, sujetando su barbilla para que lo mire a los ojos mientras inclina una botella de agua en su boca, procediendo a hacer sangrar la herida en la ceja para bajar la inflamación, cubriéndola inmediatamente de vaselina. «¡Pon atención!, tu mejor golpe es el gancho al hígado, trata de conectarlo tal como lo practicamos».

Suena la campana y el público en la arena estalla en gritos. Renato se levanta con dificultad, las piernas le tiemblan mientras avanza al centro del cuadrilátero con los codos pegados a las costillas y los guantes cubriendo ambos lados de su cara. La pelea reinicia: de inmediato, el Zurdo Camacho lo recibe con una avalancha de golpes que lo hace retroceder hasta ponerlo de espaldas contra las cuerdas; pronto, la sangre vuelve a brotar de su ceja cubriéndole el ojo e impidiéndole ver. «El Rudo es puro corazón, ha aguantado todo lo que le ha lanzado el Zurdo, incluido el cabezazo con el que le abrió la ceja en el tercer asalto», señala el comentarista con elocuencia.

Ante la metralla de golpes que le propina su oponente, Renato rebota una y otra vez en las cuerdas, moviendo su cintura en todas direcciones para evadir sin éxito los golpes. «¡Esto es una paliza, señores!», se escucha en la televisión. «¡Observamos del otro lado del ring, al mánager del Rudo alzar el brazo con la toalla en la mano y está a punto de lanzarla para detener la pelea!», grita el comentarista —el público enardecido se pone de pie. Renato tiene la mirada perdida, algo pasa por su mente cuando un uppercut a la mandíbula seguido de un volado de zurda que revienta en su oreja derecha lo trae a la realidad; parece que va a caer, los gritos de la gente se acrecientan, el siguiente golpe por recibir es el jab de derecha, «¡Ahora…!», gritan desde su esquina con desesperación.

La cámara hace un close up a Renato que enconchado y casi sentado en la segunda cuerda, desliza ligeramente su pie izquierdo hacia afuera —sin anunciarlo demasiado—, para apoyarse en él, moviendo el hombro derecho hacia adelante y agachando la cabeza —como aprovechando el vuelo del golpe que acaba de recibir—, creando de manera oculta el espacio para lanzar con todas sus fuerzas, casi de perfil a su oponente, el guante izquierdo con el puño en posición vertical en forma de gancho ascendente a la zona hepática, en tanto el Zurdo ha tirado el jab que ha pasado rozando la cabeza de Renato y tiene extendido completamente su brazo derecho, exponiendo su costado y potenciando el impacto brutal del golpe. «¡Ah!», se escucha en la arena al público entero exclamar de asombro. 

Incapaz de sostenerse sobre su pierna derecha, el Zurdo Camacho cae aparatosamente sobre su costado, con el brazo y la pierna encogidos, su cabeza rebota en la lona al caer y ahora se mantiene tirado en posición fetal retorciéndose del dolor. «¡Está cayendo a la lona, señores, el Zurdo Camacho ha caído víctima del golpe más doloroso y difícil de conectar en el boxeo!», grita con pasión el comentarista en la televisión. «¡Un perfecto gancho al hígado lo está dejando fuera de combate!». El estruendo de la gente en la arena es ensordecedor, el público está de pie, hay miradas de incredulidad, vasos de cerveza vuelan por los aires. Los menesterosos gritan alegres y se empujan uno al otro afuera de los aparadores de la tienda en plena calle, sin importarles las miradas de la gente que pasa junto a ellos.

Como volviendo a la realidad, Renato ve la señal indicando que se aleje e inicia la cuenta de protección. «¡…tres, cuatro, cinco…! El referee está contando, señores. La arena entera está contando», se escucha en la televisión. Renato con cara de confusión y respirando por la boca, se ha vuelto a recargar en las cuerdas. «¡…ocho!», gritan todos. «¡El Zurdo Camacho se ha puesto de pie!», exclama con incredulidad el comentarista. Se le ve tambalearse sobre una pierna… —suena la campana. «¡Ha sonado la campana! ¡Lo ha salvado la campana!», vocifera nuevamente entusiasmado el comentarista. «¡Qué raund acabamos de presenciar, señoras y señores!, y vamos por el séptimo, veremos si ambos contendientes son capaces de ponerse de pie». El Rudo no encuentra su esquina, está agotado y aturdido por los golpes, mientras que el Zurdo es asistido para caminar. En el televisor se observan recuadros de los mejores momentos de la pelea en cámara lenta, alternados con el recorrido alrededor del cuadrilátero, de una guapa edecán que ostenta una marca de cerveza en el pecho y sostiene un número siete sobre su cabeza.

Sin despegar la vista de la pantalla, tras los ventanales de la tienda, Aldonza —mirando estupefacta a Renato—, es sorprendida y sometida violentamente en el piso por un par de policías que la esposan por la espalda, ante el asombro del par de mendigos, que huyen tropezando torpemente y con expresión de pavor en sus rostros —ella los observa alejarse con la cara atrapada entre el suelo y una rodilla.


Una vez en la patrulla, desde el asiento trasero, estira el cuello volteando hacia el televisor a través de la ventanilla, buscando a Renato, en tanto el vehículo arranca de forma estrepitosa con la torreta encendida.

lunes, 3 de julio de 2017

La inclemencia de Alegre

Víctor Purizaca


Yo mismo animé a Clemente Alegre para que consiguiera el libro. Nos ayudaría para hacer tareas. Había empezado la clase de Historia Universal con César Fernández. Era un hombre que frisaba los cincuenta años, tez clara, ojos marrones, de «eses» y «erres» marcadas, había nacido en Puquio y la reminiscencia de su lengua materna daba paso en su hablar cotidiano. Era tutor de aula, profesor de inglés y de Historia Universal. Al introducir el tema del día hacía la ronda de preguntas, todo segundo de secundaria callaba ante la incesante balacera de interrogaciones, tres «huelepedos» siempre levantaban la mano: Godoy, el gordito sabelotodo; Capuñay, un empeñoso flacuchento siempre propenso a las bromas; Arenaza, un jugador de básquet fuera de serie y que leía más que el promedio del salón.

Mi amigo Alegre era alto para sus trece años, trataba de pasar desapercibido entre el enjambre de cabezas, César Fernández había incluido un par de preguntas sobre Atila el rey de los hunos en la última clase y la desatinada respuesta plagada de tartamudez del Triste fue que nació en Germania doscientos años antes de la fecha real. «¡Qué triste respuesta, Clemente! ¿¡Atila germano!?», sentenció el profesor. Una carcajada unísona y retumbante cubrió la solemnidad del salón. Desde aquel día, en el recreo, en la salida, en el paradero ya no era Clemente Alegre sino Triste. En la cancha de fútbol; «Pásala la pelota Triste»…o «qué triste eres huevón… jajaja». Respondía con un par de carajos o con un escupitajo al suelo.

Esa semana concurrimos a repasar un par de veces en casa de él; puntualmente llevaba los resúmenes de la enciclopedia de Espasa Calpe que la revista Caretas obsequiaba como suplemento semanalmente. Su mamá, una agraciada y esbelta mujer, no pasaba de los treinta y cinco años, nos preparaba unos juanes con cecina, deliciosos. Su papá era un ingeniero petrolero, empleado de Petroperu, bromista y risueño. Blancos, colorados y altos como él, no disimulaban su forma peculiar de hablar, siendo el Triste, quien escondía, notoriamente, las tonaditas finales en las frases que soltaban los loretanos. Eran agradables y acogedores. A pesar que habíamos estudiado en el colegio Champagnat desde pequeños solo en ese año fraternizamos hondamente, teníamos aversión hacia César Fernández, su risa, sus burlas, el olor a Old Spice mezclado con la hediondez del sudor de sus axilas. Las cuales decoraban húmedamente su exclusiva camisa Van Heusen.

Un sábado en la tarde los papás de mi amigo, el vapuleado, habían asistido a un almuerzo de un compadre en Cieneguilla. Jugamos básquet y almorzamos en el Tip Top de la avenida Pardo. Luego en su casa descansamos en la sala, sobre unos muebles marrones aterciopelados, eran las tres. Alegre se ausentó y enrumbó a su cuarto. Sobre la mesa del comedor observé un libro marrón, hojas viejas, olía a naftalina, y el color era de un ocre atosigante. Pasta gruesa. Ya duchado y cambiado Clemente encendió el televisor, comenzaba un especial de Matlock en canal trece de televisión.

–Oye, este libro, ¿de qué es? –el Triste desvió la mirada del televisor mientras acomodaba sus piernas en el respaldar del sillón.

–Es un libro de magia, de brujos, es verídico, mi tía, la que te conté que vivía en Nauta lo ha traído. –Señaló mi amigo.

–De la selva su libro, habla pues, alucinaaaante, ¿lo has leído?

–He ojeado un par de estrofas, unas hojas, si fuera supersticioso me daría escalofríos.

–Como los Grimorios de San Cipriano de la clase de Religión de Baltasar –señalé acucioso.

–Sí, es definitivamente demoníaco, jajajaja.

–Llama a tu tía, huevón.

–Está arriba descansando, se ha empujado un tacacho asesino, jajaja.

–Llámala, que nos haga un trabajo. Para el apestoso de Fernández, semejante antipático, te ha convertido en un lornaza –piqué a mi amigo para que tomara la idea como suya. Acerté.

–Ah que sí, buena idea. ¡Tía, tíaaaaa!

Una mujer delgada, blanca, nariz colorada, ojos marrones claros, gestos delicados y finos, como la de una edulcorada anciana desapercibida en un parque infantil. Aquella imagen se esfumó cuando con una voz aguardentosa vociferó:

–¿Qué carajo quieres, chiquillo?, ¡oyeee!

–Hay un profesor de Historia del colegio, queremos amarrarlo, dejarlo quieto para que no nos humille más.

–Taparle la boca quieres –masculló la anciana. Mirándonos fijamente recorrió la sala y de un manotazo asió el libro, se limpió los ojos con paciencia y buscó entre las primeras hojas, humedeció sus dedos con la lengua y pasó tres hojas más; casi de un suspiro se detuvo en las líneas: …el Señor me protege, su lengua es mi lengua, mi alma es de aquel…pronunció tres números: seis, tres, tres y llamó con un gesto elevando las cejas a su sobrino—: Lee acá huambrillo, esto no es un juego, si lo llamas el trabajo se hará –espetó la mujercita sin retirar la mirada de mi amigo.

Para tomar nota yo era más prolijo, destacamos lo más relevante en un cuaderno cuya carátula era un mapa del Perú, eran los promocionados cuadernos populares de esa época. La señora, dulce hechicera, Elena Reátegui, era reconocida en su tierra por hacer “limpias”, “amarres” y “trabajos” de toda índole. A su casa en Nauta no sólo iban autoridades como alcaldes, prefectos y regidores selváticos y limeños de diferentes municipalidades. Desafiaban ríos y caudales en lanchas hechizas, muchas veces. Era eficaz y no podía faltar en la fachada de su casa un pequeño poltrón donde se vendían tragos y brebajes a la sazón, “sieterraíces”, “rompecalzón”. En sus “hechizos” habían caído infieles, estafadores, malos hijos y malas madres, brotaba en torno a ella el olor a palo santo y usaba en sus manos, antes de realizar cualquier trabajo, grasa de caimán para acariciar prendas del dañado o del dañador. Tenía sobrinos que crecieron en Lima y ante las interrogaciones de estos siempre respondía: «El daño existe, hijo, el daño existe». Clemente la tenía como tía querida y desde niño si bien en su casa no recurrían a utilizar estas costumbres, no las tenía como ajenas y creía, con la fe ciega que los cándidos muestran, denodadamente en ellas.

El lunes asistimos al colegio, a primera hora tuvimos con el Gato Gálvez, fórmula de la parábola y de la elipsis. Qué aburrido. Después del recreo llegaría Fernández. El hermano Rafael había comentado que estas últimas semanas había estado con dolores estomacales fuertes y rondaba los tres certificados médicos. Ingresó tarde pero acudió a clases. Se le ocurrió preguntar quién era Alejandro Magno y a quién legó su imperio.

–¡Alegre! ¿Qué nos tienes que decir? –socarronamente se dirigió al despavorido muchacho.

–Sé que recorrió el Asia Menor y tomó varias ciudades y… bueno… bueno…

–Esa es una respuesta de alguien que no sabe, qué triste andas… mejor lee porque vas a acabar mal…

Las risas proliferaron y al unísono humillaron a mi amigo. Arenaza intentó darle un golpecillo en la cabeza al Triste, lo detuve con un empujón sin que nadie lo advirtiera, mandó a callar a todo el salón don César. Alegre entrecerró los ojos disimulando el enojo, sus orejas se tornaron rojas y calientes, el. Ya conocía esa mirada. El panzón se lo había buscado. Mi colega esperaría el martes en la noche para “trabajarlo”, como le dijo doña Elena, harto palo santo y grasa de caimán; su respiración ya dejaba de entrecortarse.

La casa había sido despejada, el martes, sus papás no estaban, temprano en la mañana Alegre me había hecho prometer que lo acompañaría en la noche, doña Elena iría también. La sesión fue extraña, eran las ocho de la noche y les mencioné a mis papás que dormiría en casa de mi humillado amigo, pues existía un trabajo por presentar en Arte, al día siguiente. Ocho y treinta y todo era humo, palo santo, el libro descansaba abierto sobre el mesón del comedor, doña Elena estaba en paños menores, un camisón blanco transparente, sin sostén, un calzón fino y tejido, sentados en las sillas de la sala nosotros acompañábamos la sesión del otro extremo y frente a ella nos deleitábamos con sus gestos y gemidos. Cuando realizaba las invocaciones, por un momento pensé que la tía estaba arrecha, tornaba los ojos volviéndose blancos.

–¡Hijo! Trae de tu profe la foto. —Estiró la mano dirigida a Clemente.

Elena sabía lo que era humillación, lo había sufrido años antes, en Iquitos, en casa de un prefecto; solo por eso lo ayudaba, susto quería darle al profesor colorado, arrogante, qué se habrá creído.

Inhaló una vez, botó primero, inhalo de nuevo, exhaló más fuerte, la foto se inundó de improperios, de grasa de reptil, de humo, mucho humo. El cigarro se consume. Abrí los ojos y cerré la boca, no me imaginaba que estaba sucediendo, era algo que nunca vi ni volví a ver. Alegre atinó a estirar sus dos brazos y sus manos recogieron la foto. Doña Elena, exhaló humo y me miró fijamente, se me detuvo la respiración por un momento, el rostro se le volvió angelical y los ojos se tornaron rojos, casi como si se hubieran ensangrentado. Daba una sensación de dulzura y atracción tal como Belcebú tiende a mostrarse a los desprevenidos. Fue casi de inmediato que Clemente me lanza un codazo en el hombro izquierdo y yo salgo del trance.

–Vamos, ya está, mi tía me dice que vayamos a un cementerio a enterrar la foto de Fernández –jalándome rumbo a la puerta. Me señaló la entrada de calle donde nos esperaba su primo, Reynaldo Alcalde, que estudiaba en el San Antonio Marianistas del Callao y jugaba en el Cantolao y para esa época manejaba el Datsun verde de su papá, nos llevaría al cementerio Baquíjano y Carrillo del Callao. Enterraríamos a Cesitar Fernández, su foto recortada, sacada de un álbum de aniversario del colegio, no más Atilas, ni más Alejandro Magno de pacotilla, ni burlas.

La cara de Fernández, con sus patillas muy setenteras, lucía con un poco de tierra, un poco más y más, hasta que desapareció por completo, Clemente iba rezando, rezando hasta que se cumpliera todo, todo lo que su tía le mencionó que tuviera cuidado. Reynaldo acompañó a su primo, pero él no entraba en cojudeces. Yo lo esperé junto a la tumba mas no participé en el ritual, ni en el rezo. Solamente precipité la revancha con dos o tres palabras de más. Todo discurría ágilmente. No pensaba volver a hacer eso. Reynaldo de regreso a la casa Alegre no tocó el tema en lo más mínimo, ese muchacho solo hablaba del partido entre Unión Huaral y el Boys, rosado hasta la médula. Al llegar a la casa doña Elena yacía dormida en el sillón de la sala, los senos rosaditos se le translucían. Comimos dos panes con mortadela en la cocina mientras conversábamos de las clases del Gato Gálvez, y qué tarde se nos iba a hacer. Nos fuimos a dormir, el Triste en su cuarto y yo en la habitación contigua que normalmente siempre permanecía cerrada.

Dos semanas siguieron a esa noche en el cementerio, conseguimos unas antorchas medianas en forma de estrella, era el inicio del mes mariano, recorríamos el patio en un mar de antorchas rezando, y por momentos el director exhortaba a una parada mientras los padres tomaban fotos y pedían a la Virgen que intercediera por nosotros. Pocas estrellas en aquella noche.  Arenaza iba tras nosotros haciendo bromas sobre el pantalón de Capuñay, lanzaba risas disimuladas y Merino, un esperpéntico niño, con pinta de tísico, le seguía observando el modelito del muchacho. De reojo mirábamos, escondíamos la risa, sin advertirlo comenzó a humear el pequeño velón, miré a todos los lados y sobre mi cabeza ardía como una tea olímpica la antorcha mariana de Alegre. De un golpe la lanzó al suelo, Pichilingüe, el de seguridad del colegio, acudió con el extinguidor. Dos días después Fernández, desapareció, no más Atila, no más Alejandro el Magno, no más yankee doodle dandy, himno favorito en las prácticas de inglés del maestro burlón. Había rumores pero nada claro. Sus dolores estomacales se tornaban cada vez más fuertes y recurrentes.

Cuesta trajo la novedad el viernes después de educación física, que estaba en el hospital Almenara en el piso oncológico, miss Tita y el hermano Rafael lo habían ido a visitar. Alegre y yo nos miramos, mientras el gordo Cuesta describía la cara, el lugar de César Fernández; la foto, el entierro, se pasó de vueltas la tía de Clemente. Yo había sido testigo y cómplice. Me despedí raudamente y tomé el bus. En mi casa rebusqué en una casaca del armario de mi papá, un rosario, obsequio de la tía Tere, devota de la beatita de Humay. Recé con devoción, con temor incontrolable, me comí las uñas, tengo que reconocerlo, me daba escalofríos ver al profesor color jamón serrano postrado en una cama.

El lunes antes de la formación, Clemente recorrió el patio meditabundo, no me devolvió la mirada hasta que sonó el timbre que marcaba el tiempo de hacer filas y columnas. Se inició la clase utilizando subjuntivos y adverbios poco usados con Sánchez de Lenguaje, mi amigo estaba más encorvado que nunca sobre su carpeta. Ya en el recreo le increpé asustado, me miró y pronunció dos palabras, señaló la capilla del colegio y fuimos. Quiso entrar, algo lo detuvo, colocó sus manos en los pantalones, volvió a las escaleras que dan al estrado del colegio, depositó su trasero en el suelo y comenzó a mirar al patio. Regresé a la capilla y tres padres nuestros por el profe César. Ya en el segundo avemaría se escuchó la voz de Chiricuto, anunciaba el regreso a clases.

El hermano Pancho había ido con el gato Gálvez y a la semana ya sabíamos que lo del profe César era grave, ya no era un rumor, el cáncer terminal, diseminado por el colón, por el cuello y la garganta, no podía hablar, era escalofriante solamente imaginar el tránsito de dicharachero y locuaz a pobre hombre inmóvil, mudo, enfermo. Clemente como presagiando el hecho, se volvió incógnito, si bien sonreía y hablaba de otros temas, trataba de pasar desapercibido el mayor tiempo posible; su tía, cuando lo comentó en un recreo, había regresado a Nauta, con la grasa de caimán en potes y con la advertencia que con el demonio no se juega.

Cerca al veintinueve de junio, tuvimos la idea Merino, Arenaza y yo de ir a visitar al profe, nos daba pena la situación en que se encontraba, era un martirizador, pero nadie deseaba, a pesar de algún exceso de palabras, la muerte a nadie. Iríamos el feriado pues era una fecha en que el hermano Pancho nos ofreció la camioneta del colegio para ir, Alegre declinó, no quiso verlo pues a pesar de que disimulaba su desazón no sabía cómo explicar la culpa que sentía por la enfermedad de tan ilustre profesor del Champagnat. Era sus últimos días. «Tienen que ir a verlo», sentenció Pichilingüe, en la puerta que daba a la calle de las pizzas.


Ya el veintinueve, Merino, Arenaza y yo nos habíamos reunido en la puerta frente al colegio La Reparación, lloviznaba como en Lima se acostumbra por esos meses. El hermano Pancho nos esperaba dentro, el chofer terminaría de almorzar ya que las visitas en el hospital eran a partir de las cuatro de la tarde, el olor de La Tranquera, sus deliciosas carnes a la parrilla y al carbón inundaban todo. Casi de improviso el hermano nos dijo que fuéramos a la esquina para llevarnos, caminábamos sin prisa cuando una camioneta Suzuki cruza la avenida Pardo y un sacudón llena de ruido con un golpe seco el tráfico de Miraflores. Casi presintiendo, Merino y yo corrimos y Arenaza nos seguía con un paso apurado pero no con la misma velocidad. Una mujer gritaba, implorando una ambulancia, casi al llegar a la esquina vimos la figura de un hombre largo y colorado tendido en la pista, la sangre recorría su frente y los hombros. El Triste yacía en el pavimento. Yo solo me imaginaba la cara de Fernández enterrada en la tierra. Y la tía de Alegre señalándonos, mientras terminaba su cigarrillo, al terminar la sesión del hechizo, que no se debe correr cuando llueve y  menos frente a autos.

miércoles, 21 de junio de 2017

Buenas noches

Julián Eduardo Cervantes Cadena


Buenos días, detective Rivera dijo el oficial de policía.

Qué tal, oficial, póngame al día, ¿qué es lo que me trae por acá? respondió el detective mientras ingresaba por la puerta de la casa de dos pisos.

La señora que trabaja en la casa, llegó a las siete de la mañana y encontró los tres cadáveres, cada uno en su cama.

¿Alguna entrada forzada?

Nada detective.

Vamos a ver los cadáveres.

El detective Rivera siguió al oficial por las escaleras, al llegar al segundo piso se encontró con un largo corredor que tenía dos puertas a cada lado y al final un ventanal que daba al patio trasero de la casa. La primera puerta de la izquierda era sin duda el cuarto de una pequeña niña, paredes color rosa, organizados estantes llenos de juguetes, y una cama para niños en la cual yacía el cuerpo inerte de una menor.

¿Qué edad tenía la chiquilla? preguntó el detective.

—Ocho años, según lo que declaró la empleada de la casa —dijo el oficial revisando sus apuntes.

No hay una sola  mancha de sangre.

Ni señales de lucha.

¿Cómo sabemos que no fue muerte natural?

Muy difícil que tres personas mueran naturalmente mientras dormían estando en la misma casa.

¿No hubo ninguna fuga de gas?

La estufa es eléctrica, al igual que el calentador de agua.

—¿Ningún auto quedó encendido?

No ninguno, además el parqueadero es al aire libre.

Los dos siguieron por el corredor, la primera puerta de la derecha era el baño, no había nada raro en él, la segunda puerta de la izquierda era otro dormitorio. Al igual que el cuarto anterior, todo estaba muy ordenado, un escritorio y una pequeña repisa con libros se ubicaban junto a la impecablemente tendida cama de plaza y media.

¿Y el dueño de esta cama? –preguntó el detective.

Es el de la hija adolescente, está en camino.

¿Dónde estaba?

En Ciudad Capital, un viaje de vacaciones.

Okey cuando llegue me avisan, quiero hacerle unas preguntas.

La segunda puerta a la derecha era el dormitorio principal, los cuerpos sin vida de los dos padres reposaban plácidamente en la cama doble.

Oficial, lléveme con la empleada de la casa, necesito hacerle unas preguntas –dijo el detective.

La señora que encontró los cadáveres, tenía unos sesenta años y estaba en el comedor ubicado en la cocina de la casa, con los ojos llenos de lágrimas mientras bebía una taza de café.

Buenos días, señora, soy el detective Rivera –dijo mientras le mostraba su identificación –quisiera hacerle unas preguntas, cosas de rutina.

La señora asintió, dándole la señal al detective para que prosiga con las preguntas. El detective sacó de su bolsillo una pequeña libreta y una pluma.

¿Cuál es su nombre y cómo conoce a los difuntos? preguntó el detective.

Me… me… me llamo Dolores, trabajo en la casa, ayudando con la limpieza contestó la señora, sin haber salido del shock que le provocó ver los cadáveres.

—¿Hace cuánto tiempo trabaja aquí?

Ocho años, me contrataron apenas nació la pequeña María Emilia. Dolores estalló en llanto y la voz se le entrecortaba. Eran como mi familia.

En ese mismo instante entró a la casa la mayor de las hijas, que con mucha tranquilidad, se acercó a Dolores y le dio un abrazo.

Oficial, cuál es el nombre de la chica preguntó el detective al oído del oficial.

Daniela le respondió el oficial con la misma sutileza.

Después de esperar unos segundos, el detective se dio cuenta de que el forense ya estaba en la escena y se dirigió a conversar con él sobre lo sucedido.

¿Sabemos cuál es la causa de la muerte? preguntó el detective mientras el forense examinaba el cuerpo de la pequeña niña.

No hay ninguna herida visible, pero tiene una extraña coloración marmórea en la lengua respondió el forense sin dejar de ver el cadáver. Esto suele pasar cuando hay una embolia gaseosa, pero eso es un accidente común en los buzos.

¿Qué me dice de los otros cuerpos?

Todavía no los examino.

Okey, manténgame informado.

El detective Rivera volvió a la cocina, con el fin de terminar el interrogatorio con Dolores y hacerle algunas preguntas a la mayor de las hijas.

Dolores, cuénteme lo más detallado posible ¿Cómo fue que encontró los cadáveres?

Al igual que todos los días, llegué a eso de las siete y media de la mañana, abrí la puerta de la casa, me cambié en el baño de visitas y me disponía a lavar los platos que suelen dejar todas las noches en el fregadero, me pareció extraño ya que no había ninguno, así que subí las escaleras para recoger la ropa sucia, todas las puertas estaban cerradas y había mucho silencio, lo cual es raro, la única que duerme hasta tan tarde es la niña Daniela, sus depresión hace su horario esté un poco corrido, ya sabe por los somníferos; pero el señor Horacio normalmente ya está casi listo para bajar a desayunar  y la señora Lorena, ya debía estar alistando a la pequeña María Emilia…  El relato de Dolores se interrumpió por las lágrimas.

Aquí tiene –dijo el detective mientras le daba un pañuelo para que se limpie los ojos.

Abrí con mucho cuidado la puerta de la pequeña, y vi que aún estaba dormida, me acerqué a despertarla pero no respiraba... Salí corriendo al cuarto de la señora, pero vi que tampoco respondían… Después llamé a emergencias y a la niña Daniela.

¿La puerta de la casa estaba sin seguro? preguntó el detective.

Tenía seguro pero yo tengo llaves para entrar.

Okey, me gustaría que dé un recorrido por la casa y miren si hay algo faltante, nosotros no conocemos la casa y no podemos descartar aún el robo le pidió el Detective a Dolores. En cuanto a usted… Daniela, sé que es un momento difícil, pero me gustaría hacerle unas preguntas.

Claro, detective, en todo lo que le pueda ayudar. dijo Daniela en medio de sollozos.

Me contaron que estaba en Ciudad Capital, ¿alguna razón especial para estar allá? preguntó el detective.

Estaba de vacaciones.

¿Viajaba sola?

Sí, allá quedé de encontrarme con unas amigas hoy.

¿Cuándo viajó?

Ayer.

¿A qué hora llegó?

El vuelo aterrizó a las ocho de la mañana

Sus amigas, ¿son de Ciudad Capital?

No, son de acá.

¿Qué razón tenía para viajar usted antes y no con ellas?

No encontré vuelos para hoy, y me tocó comprar para el día de ayer.

¿Qué edad tiene?

Dieciocho.

¿Ya terminó el colegio?

En unos meses es mi graduación.

¿En qué universidad vas a estudiar?

Mi papá me inscribió en la universidad local, aunque yo quería estudiar en Ciudad Capital.

¿Por alguna razón especial?

Solo ser un poco más... independiente… creo que ahora sí que lo seré –dijo Daniela con tono sarcástico.

Una última pregunta, ¿su familia no tenía algún enemigo o alguien que quisiera vengarse? –preguntó el detective para romper el silencio incómodo que generó la última respuesta–. Es solo para ver posibles causas para que exista un crimen.

No que yo sepa, es más, nunca creí que esto fuera un crimen.

En la clínica forense la conversación con el médico le generó algunas dudas al detective, aunque se confirmó que las tres personas fueron asesinadas, no se sabía la causa.  Los cadáveres tenían una marca en el brazo de lo que podía ser una aguja y el reporte toxicológico daba altas dosis de un potente pero no mortal somnífero.

La primera hipótesis del detective Rivera era que alguien conocido por la familia, los había drogado, y una vez dormidos los había ahogado con una almohada o pañuelo. Hipótesis descartada rápidamente, ya que la asfixia no provocó el deceso, sino un paro cardiaco.

Al seguir los pasos de rutina, el detective decidió revisar la coartada de Daniela. Los pagos de la tarjeta de crédito de ella la descartaban como sospechosa, incluso había alquilado un auto en Ciudad Capital, doscientos kilómetros de distancia la salvaban.

«¿Quién sería el mayor beneficiado de las muertes?, no puedo descartar un asesino en serie, pero tampoco puedo esperar que hayan nuevas víctimas para confirmarlo, tal vez debo fijarme solo en las pruebas físicas, eso me debe llevar al asesino, el padre no era más que un simple trabajador de un banco y la madre se dedicaba a tiempo completo a su familia. Nadie tendría una razón aparente para realizar la matanza. Hay algo en la hija que no me termina de cuadrar, pero la distancia la tiene a salvo, Dolores, no creo perdería su trabajo y la verdad la vi muy destrozada con lo sucedido.»

¿Dolores? Habla con el detective Rivera.

Buenas tardes, detective, en qué puedo ayudarlo respondió Dolores con la voz en un hilo.

Qué pena molestarla, nunca tuvimos la oportunidad de conversar nuevamente, quiero que me despeje una duda, ¿de casualidad vio si algún objeto de valor faltaba en la casa?

No faltaba nada, mis jefes no eran personas muy pretenciosas, no tenían joyas y menos grandes cantidades de dinero en la casa.

Sí me di cuenta de eso, pero debía cerciorarme. Una última pregunta.

Claro dígame detective.

Daniela quería estudiar en Ciudad Capital, pero su papá la inscribió en la universidad local, no hubo alguna discusión por eso en la casa.

Ahora que lo menciona detective, sí, se formó un gran alboroto en la casa y la niña Daniela estaba bravísima con el señor Horacio.

¿Por qué tenía tantas ganas de estudiar allá?

Ella decía que era porque ya era grande y necesitaba ser un poco más independiente, pero todos sabíamos que tenía un novio en Ciudad Capital.

—¿Qué tanto conocían al novio? ¿Sabía su nombre?

—La verdad señor, nadie lo conocía, sabíamos que vivía en allá y que estudiaba medicina.

­—¿Cómo sabían esto si no lo conocía?

—La pequeña María Emilia nos contó, ella solía leer el diario de la niña Daniela.

—¿Ella sabía esto?

—Sí claro, Daniela lo sabía, no solo eso sino que también la señora Clara también lo hacía.

Bueno Dolores, muchas gracias por su ayuda.

Al colgar el teléfono el Detective decidió revisar una vez más la coartada de Daniela, mientras hacía esto, descubrió un nuevo cobro se registró en la tarjeta de crédito, un recargo por exceso de kilómetros recorridos en el auto alquilado. Al llamar a la empresa y mediante el sistema de GPS usado en sus autos, descubrió que Daniela o la persona que conducía ese carro estuvo en la casa durante la noche de los homicidios.

Detective, ya encontré la causa de las muertes le dijo el forense a Rivera.

Lo escucho.

Los infartos fueron causados por una embolia gaseosa.

¿Qué significa eso?

Que una burbuja de aire lo suficientemente grande entró al torrente sanguíneo de las víctimas, llegando hasta el corazón y taponando algunos vasos y causando el infarto.

¿La burbuja pudo haber entrado por una inyección de aire en el brazo

Sí, probablemente.

¿Y el somnífero que encontró en la sangre?

Puede ser administrado vía oral, en forma líquida, sin color, sin olor y sin sabor alguno.

¿Es fácil de comprar?

Acá no, pero en Ciudad Capital se puede encontrar en cualquier farmacia, solo necesitas una prescripción de un médico, se la dan a cualquier persona con problemas para dormir.