martes, 9 de mayo de 2017

La araña trepadora azteca: hábitat y telarañas

Leonardo Velasco


Hipótesis: La seda generada por los arácnidos en general y en particular por la araña trepadora azteca -así conocida por diferentes jeroglíficos de la antigüedad, y que se nombraba como una deidad-, la cual sirve para la generación de sus telarañas, tiene la suficiente resistencia para soportar el peso simultáneo de dos mil insectos de aproximadamente ciento cincuenta miligramos, esto es, aproximadamente 300 gramos por hebra. Esta resistencia va aumentando en relación al apiñamiento de dichas hebras en un cuerpo uniforme.

Día A: A las ocho de la mañana me desperté con el sonido penetrante del despertador. Abrí los ojos y me incorporé hasta quedar sentado en la cama, había sido un sueño reparador, hace mucho no me sentía tan descansado, era como si toda la depresión y ansiedad de las últimas semanas hubieran cesado en la última noche. Desaparecido el dolor del abandono, esa sensación a náuseas y ahogo, efecto de mi última relación frustrada, estaba listo para ir a la universidad y seguir mi proyecto de investigación sobre las arañas. Me calcé las pantuflas de cuero, las cuales, por cierto, estaba a punto de tirar a la basura debido a su olor, que ya no me permitía usarlas con comodidad, y al ponerme de pie divisé una pequeña mancha en la intersección de las paredes y el techo, una mancha policromática que cambiaba de colores según el ángulo en la que se miraba. ¡Qué raro! apenas la semana pasada acababa de pintar el cuarto, ¿cómo era posible que se ensuciara esa pequeña área que no tiene contacto con ningún otro objeto?

Me acerqué para ver aquella impresión óptica con mayor detalle, lo que descubrí fue una increíble sorpresa que ayudó a disipar mis dudas sobre el giro que debían tomar mis investigaciones relacionadas con el mundo de los insectos, en particular, las arañas. Era una telaraña orbicular de cinco punto treinta y ocho centímetros de radio, esto lo pude comprobar minutos más tarde con los instrumentos de medición precisa que utilizaba para mis investigaciones. Era una telaraña de reciente creación, esto lo deduje al confirmar que no había sido violada por ninguna potencial presa presente en estas redes, muerta o agonizando. Lo policromático de la seda y la resistencia que a primera vista pude verificar me hicieron pensar en la creadora de aquel milagro, aquella araña trepadora azteca, una combinación de mito e historia ancestral, un insecto cuya seda servía para realizar los maravillosos vestidos usados por los reyes aztecas y por otro lado usada para la elaboración de cuerdas tan resistentes que soportaban las más grandes rocas utilizadas en la construcción de sus pirámides. Por otro lado en la mayoría de los estudios de los últimos siglos relacionados con las arañas nunca se había insinuado la existencia de este espécimen, pocas investigaciones serias hablaban de su existencia, y estas marcaban su desaparición hace más de quinientos años, una especie según ellos extinta. La mayor parte de los estudios la mencionaban como un mito en la historia mundial de la seda.

La dueña y artífice de aquel principio de obra de arte no se encontraba en casa, debería de estar muy pendiente para sorprenderla cuando regresara y así, poder comprobar la especie a la cual pertenece la araña objeto de mi futuro estudio. Estuve analizando un buen rato la disposición de la telaraña, la relación entre sus hebras y el grueso de estas, tomé varias fotos como sustento de mi investigación. Miré el reloj, había estado mucho tiempo analizando la telaraña y ya iba muy tarde para dar mi clase de biología en la facultad, así que, sin poder ver a la culpable de aquel tejido tuve que arreglarme rápidamente y salí de mi casa sin haber desayunado.

Día B: Esta noche no pude dormir tan placenteramente como lo había hecho desde que empecé mi investigación, algo de preocupación y ansia comenzaba a invadir mi ser, la comezón aleatoria en el cuerpo regresaba sin pedir permiso, esta se acentuaba en mis ingles y glúteos, lo que más me inquietaba de esto era que no sabía la razón por la cual esta preocupación sin sentido comenzaba a penetrar mi corteza cerebral, bueno esas eran solamente pequeñeces o por lo menos era lo que creía es ese momento. El reloj despertador me tomó ya despierto pero algo amodorrado. Estuve algunos minutos con mi mente perdida en dos cuestiones que se intercalaban a capricho de mis lóbulos cerebrales: la primera Rosana, aquella diva que había destrozado mi vida sentimental hace meses y que creí había ya superado. La mentira que mi mente quería volver verdad irrefutable se desmoronó cuando la primera lágrima rodó por mi mejilla, todavía la amaba con locura. La segunda, la necesidad de comprobar o refutar la hipótesis declarada al principio de mi trabajo de investigación, la desesperación de conocer a mi cómplice de estudio. Esta segunda razón fue que la que me hizo levantar de la cama y dirigirme a la telaraña para seguir mi labor.

Un problema primordial abordaba mis estudios. Al ser una araña ahora en peligro de extinción, la única registrada de este tipo en la historia de la biología, era imposible trasladarla a un ambiente controlado dentro del laboratorio de la universidad. Se trataba de un asunto delicado, desplazar la araña o su telaraña al instituto podría matarla o en dado caso no permitir que la red de colores siguiera creciendo al verse la araña fuera de su hábitat y amenazada por otra especie. Así que decidí realizar la investigación en mi propio departamento.

Al medir la telaraña ya había crecido más del triple del tamaño mostrado en la medición anterior, el instrumento marcaba treinta y cinco centímetros de diámetro, era sorprendente la velocidad con que se multiplicaban las hebras de aquel tejido, su complejidad y densidad me  aseguraron la especie a la que pertenecía aquella araña que no dejaba mostrar su cuerpo, habría de comprobar estos indicios con la evidencia física correspondiente. Decidí no moverme de ese lugar hasta que la araña apareciera reclamando su terreno, mientras tanto había varias pruebas que necesitaba realizar para mis estudios, mediante un dinamómetro medí la resistencia por centímetro cuadrado, esta prueba arrojó que en las partes donde el tejido era más denso, la telaraña soportaba una presión de cuatrocientos cincuenta gramos, algo nunca registrado en pruebas históricas, mientras en las zonas con menos densidad solo soportó una presión de cien gramos. Estos resultados aumentaron mi curiosidad por conocer a la araña capaz de estas hazañas. Después de algunas horas de espera, dentro de las cuales varias Rosanas y varias moscas habían caído presas de las telarañas mentales y físicas, apareció la majestuosa araña, caminando sin prisa y muy cadenciosamente por su reino de seda, cuando se encontraba en el centro traté de apresarla con unas pinzas quirúrgicas, pero intuyendo mis intenciones aquel ser bibulboso se desplomó en caída libre sostenido por una línea blanquecina extremadamente delgada, esa fue una alarma sobre mis objetivos, no debía interferir de modo alguno en los movimientos y acciones de la araña si quería el completo éxito de la investigación.

Sonó el teléfono, sería Rosana para felicitarme por mi nuevo proyecto, imposible ¿Cómo podría ella enterarse de lo que hacía?, por más que quisiera penetrar en su mente no lo podría hacer, los deseos no se materializan por la única razón de no dejarlos salir de tu mente. Además Rosana y su carácter explosivo no eran lo que necesitaba en este momento, seguro si estuviera aquí me hubiera mentado la madre y con su precisión de boxeador me hubiera dislocado de nuevo la quijada, y con todo esto sigues loco por ella y no puedes vivir sin que no te piense, «Eres un idiota» trataba de decirme por consuelo. Para mi desgracia no se trataba de ella era el director de profesores de la facultad, no pude contestar a tiempo, veinte llamadas perdidas, la mayoría de ese mismo número, de nuevo había perdido mis clases matutinas y seguro en la facultad estaban ya algo preocupados. «Bueno, por la tarde que vaya a impartir mis clases trataré de buscarlo para ofrecerle mis disculpas y explicarle la razón de mi ausencia, prometiendo en lo posible no volver a fallar». Era hora de arreglarme para salir hacia el campus.

Día C: La telaraña sigue en su proceso de crecimiento, hoy me desperté antes de que el sol se reflejara en los nudos de seda que cada vez estaban más firmes, el viento que se colaba por la ventana tenía que hacer un esfuerzo extraordinario para poder mover los flecos de una telaraña todavía en proceso. Cada día duermo menos, el ansia y el vómito me despiertan varias veces durante la noche, tengo que levantarme recurrentemente al baño para refrescar el rostro caliente y sudado producto de las crecientes pesadillas, cuando sonó la alarma yo ya me encontraba bañado y sentado enfrente de aquel entrecruzado de caminos por donde se mecía la araña hasta llegar a la orilla para seguir tejiendo.

Mi mente de nuevo comenzaba a perder su claridad, se entrelazaban un sinfín de imágenes confusas y difusas, Rosana caminaba sin balancearse sobre una cuerda de los colores del arcoíris como estrella circense y al fondo una telaraña esperando recibirla en el primer momento que titubeara, mientras caminaba me miraba desnudo moviéndome como una marioneta, su risa pasaba de burlona a paranoica mientras yo gritaba pidiendo auxilio, el ansia que aparecía con estas alucinaciones se transformaba no sin resistencia dando contorno a una insípida locura que iba encarcelando la lucidez que debe ser la principal característica de alguien que se preciase de ser científico.

La expansión de la telaraña me sorprendía minuto a minuto, cubría ya la parte superior de la puerta que daba a la sala del departamento, por la otra punta comenzaba a cubrir la ventana con vista a la avenida; aunque la distancia entre hebra y hebra todavía era considerable se iba reduciendo con el paso de las horas y los días. Siguiendo mi vocación de investigador que me advertía sobre la no intervención de forma alguna con la araña y su hábitat, y sabiendo que en un futuro cercano la telaraña cubriría toda la puerta, con lo cual, no podría salir por un periodo indeterminado hasta poder terminar la investigación, salí del cuarto y me dirigí al despacho donde se encontraba mi escritorio; este era de caoba clara con un diseño posmoderno, ahí tenía mi computadora y todos los papeles que me servirían como base bibliográfica, indispensables si quería continuar con la labor, debido a su peso lo tuve que arrastrar por todo el parqué del departamento para meterlo en mi recámara y colocarlo al pie de mi cama, ya ahí enchufé la máquina y comencé a escribir este tratado que espero sea una luz y una piedra fundamental para los subsecuentes estudios arácnidos.

«Ya casi es hora de ir a la facultad, ahora si no puedo llegar tarde… Y Rosana, ¿con quién estará? ¿Por qué no me busca? ¿Por qué seguirá jugando conmigo si sabe que sin ella estoy perdido?». Mi mente, cada vez más confusa, no me dejaba estar tranquilo, mil ideas daban vueltas sin cesar, sin encontrar una salida o una solución. La depresión comenzaba a enseñar sus primeros síntomas, pero tenía que seguir mi investigación, enfocarme, este era el proyecto de mi vida. «No puede ser, entre el insecto y Rosana han logrado de nuevo perderme en mis pensamientos y otra vez no llegaré a mi clase, hace una hora que terminó y apenas ahora consigo acordarme». Cogí el teléfono y me comuniqué con el director de la facultad para avisarle que estaba enfermo, que en cuanto me repusiera le avisaría, aunque la verdad sé que no me creyó, seguro para esos momentos ya estaría buscando un remplazo.

Con el problema escolar resuelto me dispuse a continuar mi investigación tratando que nada me distrajera, aunque sabía que eso era imposible, mi reto consistía en minimizar el daño intentando enfocarme sola y únicamente en la araña y su casa, tenía que retomar las mediciones y observaciones. La telaraña estaba formada por polígonos continuos que se unían entre sí por nudos múltiples al estilo de los usados por los marinos, la araña buscaba la perfección y eso se notaba en la simetría de aquel telar, ningún tejido lo realizaba al azar. Las dimensiones eran para este punto en el tiempo cinco metros de largo por uno punto cinco de altura, en cuanto a su resistencia ya sobrepasaba un kilo con setecientos gramos es su parte más densa. Ya había trabajado casi toda la noche observando, tomando medidas, fotografías y videograbaciones, era hora de tratar de descansar un poco por el bien de la ciencia.

Día D: En la madrugada el despertador me asustó, esa noche dormí por ratos no mayores a los veinte minutos, separados por dos cigarros, un ron y un ansiolítico, el cansancio ya se acumulaba en mi cuerpo y mente, tendría que terminar pronto con esta investigación antes que mi salud sufriera un daño severo, si seguía trabajando como hasta hoy, en un par de días podría concluir con mi investigación justo antes de que comenzara el congreso anual de biología y biotécnica donde podría presentar mis conclusiones. En ese momento mi principal problema era sacar de mi mente mis conflictos sentimentales que no me dejaban enfocarme al cien en mi trabajo. «Rosana, Rosana», cantaba monótonamente mi cerebro sin amo. «No te quiere, no te necesita, ya no piensa en ti», respondía mi parte consciente con la finalidad de justificar mi locura. Seguía recostado en la cama esperando a que el sol de la mañana se fundiera con mis pies, al cabo de un rato el sol seguía sin hacerse presente, algo que me llamó poderosamente la atención ya que era primavera y el pronóstico del tiempo no mencionaba nublados durante la semana. Me levanté un poco asustado lo confieso, el cuarto se encontraba en penumbras, la luz que entraba por la ventana no dejaba distinguir los cuerpos sólidos que merodeaban el lugar, prendí la luz y para mi sorpresa la telaraña ya había cubierto la totalidad de la ventana y su densidad era sorprendente, cómo era posible que aquel tejido hubiera logrado bloquear un gran porcentaje de la luz que pretendía darle vida a lo que me rodeaba. Había por otra parte un cambio cualitativo en aquella maraña, pasó sin ningún problema aparente de un bosquejo bidimensional a un cuerpo tridimensional que dibujaba formas similares a las resultantes de ecuaciones matemáticas complejas. Esta expansión espacial hacia que la telaraña que antes era solo una pintura en el espacio comenzara a conquistar lentamente la habitación, en el otro extremo de esta ya solo se veía una pequeña rendija entre la telaraña y el piso por donde se veía el engranaje de madera rojiza que alfombraba la sala. Consciente de que era mi última oportunidad de abandonar la habitación y como soldado en plena batalla me arrastré por debajo intentando no tocar la telaraña para no incidir en el experimento, fui a la cocina y preparé una buena dotación de comida y bebida, solo tenía que aguantar dos días más para concluir mi proyecto, seguro con lo que había preparado era más que suficiente, del mismo modo que hiciera minutos antes regresé a la habitación con mi dotación de provisiones. Me senté frente al escritorio y fui testigo de cómo aquella ola tejida iba conquistando el aire de la habitación, agarrándose de cuanto estuviera en su camino: la pared, el techo, el libro de matemáticas de Baldor y las obras completas de Borges que descansaban en la larga repisa que se sujetaba a la pared por dos cadenas de acero cromado.

Para continuar con la investigación realicé de nuevo las medidas de rutina, las unidades de medida pasaron de metros a metros cúbicos, de gramos a kilogramos, la telaraña ya marcaba los cinco metros y ya no era posible romperla con la simple mano, con esta presión solo se llegaba a mover algunos centímetros, eso me comenzó a preocupar un poco, pero como buen investigador no podía abandonar el proyecto hasta que se llegaran a cumplir los objetivos, ya al siguiente día que terminará mis trabajos vería la forma de romper la telaraña y salir de la habitación. Mi reloj me decía que ya estaba anocheciendo, la telaraña había cubierto en su totalidad la ventana ya no tenía forma de saber cuál era la posición del sol en ese preciso instante, por otro lado la habitación comenzaba a ponerse en penumbra debido a que las hebras de seda ya comenzaban a cubrir el foco del techo, la única luz que quedaba en la habitación. Como cualquier hombre precavido saqué del cajón del escritorio una linterna de pilas y comencé a observar detenidamente la telaraña pasando la circunferencia iluminada que reflejaba la luz en esos tejidos, de arriba abajo y de izquierda a derecha. En uno de esos recorridos luminosos vislumbré a la araña, seguía trabajando sin descanso, desalojando seda, sin otra cosa que hacer que agrandar su dominio, alumbré fijamente a la araña y después de algún tiempo caí dormido.

Día E: El cansancio no fue suficiente para hacerme dormir más de dos horas, me desperté súbitamente asustado de mis pesadillas, la voz de Rosana se burlaba de mí, estaba feliz de haber ganado la batalla, si me quería volver loco casi lo lograba, lo único que me mantenía en este mundo era la sensación de triunfar en mi trabajo, sería la investigación más profunda sobre el hábitat de las arañas que se había realizado en los últimos años. Seguía sentado en la silla donde el sueño me derrotó la noche anterior, la linterna todavía en mi mano seguía alumbrando fijamente a la araña, Rosana me seguía susurrando al oído que no la olvidara; que la maldijera, le rogara y que nunca dejara de derramar lágrimas por ella, simplemente nombrarla la hacía más fuerte, su silueta y su voz estrangulaban mis pensamientos, ya no soportaba su vuelo sobre escoba surcando mis lóbulos parietales.

Mi espacio de acción cada vez era más limitado, tuve que sentarme sobre el escritorio para no tocar la telaraña, en cuclillas y con mi libreta en la mano, seguía apuntando todo lo que la araña realizaba, cuánto tejía por hora, cuáles eran sus rutas más concurridas, qué hebras se encontraba reforzando; todo esto sería de gran utilidad para el final de mi investigación. Unas horas más tarde tuve que pararme en el escritorio, mis movimientos ya eran muy limitados, solo una mirada más con la linterna y estaría listo para escribir las conclusiones y los agradecimientos. La linterna en la mano, Rosana odiándome con todas sus fuerzas, el sonido de la araña haciendo su nido, mi cabeza no aguantaría mucho más antes de perderse en la locura, era hora de terminar lo comenzado.

Día E (continuación): No sé si me quedé dormido, hipnotizado, o perdido en mis pensamientos, seguía parado sobre el escritorio, el cuaderno de notas en mi mano con su bolígrafo correspondiente, solo me faltaban unas cuantas líneas. Con la luz de la linterna que a cada momento se volvía más tenue terminé las conclusiones y los agradecimientos, trabajo concluido. Dejé caer la pluma color azul, en una parte de mi cuerpo, no sé a ciencia cierta cuál, la seda comenzó a rozarme con una gran delicadeza, la luz de la linterna se extinguió, no eran pilas de larga duración.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Prejuicio en Texas

Yadira Sandoval Rodríguez


Una comadre saluda a la otra en un parque cerca de su casa. Allí se reúnen con frecuencia para platicar, mientras sus niños se entretienen jugando. El lugar está lleno de árboles del tipo nogal y pino. Al hablar mezclan el español, su lengua materna, con el inglés, lo cual es muy común entre la gente hispana que vive en Estados Unidos. Ellas llegaron a EUA buscando una mejor vida ante la falta de oportunidades económicas en México. Son las siete y media de la tarde, a lo lejos se ve la puesta de sol en todo su esplendor, la mezcla de colores que en el área semidesértica del sur de Texas se da: el anaranjado, amarillo mixto con un suave rosado dándole al color lila. Entre la plática se escuchan los gritos de los niños y sus risas. Es un área cómoda para reunirse por la tarde. No lejos se observa a ciudadanos norteamericanos haciendo ejercicio solos, otros lo hacen acompañados; algunos saludan a las mujeres.  

—Hola, comadre. ¿Cómo ha estado? —dice Gloria.

—Aquí con dolor de espalda. Es más fácil limpiar casas que un hospital. The pay is better, pero la chinga es tremenda —contesta María Luisa.

—¿Desde cuándo trabaja allí?

Two months ago.

—El aceite de sándalo es muy bueno para relajar los nervios de la columna. Puede poner a unas de sus hijas o a su marido a que le den masajes antes de dormir. Le aseguro que va a descansar. También puede hervir un litro de agua con un cuarto de vinagre y añade dos cucharadas de romero. Deje que repose durante unos cinco minutos, después moje una toallita y aplíquelo en la espalda. The pain will disappear.

I will do it.

—Vi en las noticias lo que pasó en el hospital; pobre mujer. ¿Usted trabaja ahí, verdad?

—Sí. Fue una señora de unos cuarenta años, la cual estaba a punto de internarse para su operación de un tumor en el cerebro. Los médicos se opusieron, también las enfermeras intervinieron para que no se la llevaran, pero los del Servicio de Inmigración y Aduanas los hicieron a un lado y la sacaron a la fuerza. Coincidió cuando iba entrando al turno de la tarde, de hecho, tuve que regresarme al carro, y no me bajé de él hasta que todo pasara; tenía mucho miedo, mis compañeros me platicaron todo. Me dijeron que los médicos estaban indignados, las enfermeras latinas estaban llorando y suplicando que la dejaran operarse. Todo pasó en la mañana en eso de las once, momentos antes de la cirugía. La señora suplicó a los del Servicio de Inmigración y Aduanas que le permitieran operarse para poder regresar con salud a México y volver a empezar. Imagínense allá en nuestro país y sin nada, pobre señora. Cuando los oficiales salieron del hospital, yo bajé del carro y me metí corriendo. Me fui directo a cambiarme, en eso salgo para empezar a limpiar y qué me toca escuchar la conversación de una enfermera la cual me cae superbién, quien estaba platicando con el familiar de la detenida. Y le dice: <<¿Y qué va a pasar con los niños?>> El familiar se quedó asustado, no sabía qué decir. <<Se los van a llevar a un hogar de crianza a través del sistema de Servicio Social para después darlos en adopción>>, dice la enfermera. <<Pobres niños>>, contesta otra enfermera. Todos estábamos al pendiente de la conversación… pues, que se me fue una hora limpiando la recepción, el mitote se puso interesante… Lo bueno que mi jefa no me cachó, pude pasar desapercibida… El muchacho estaba asustado y esperando en la recepción del hospital a que llegaran por los niños. Una enfermera se acercó para ofrecerle agua o un café. Él le da las gracias y le dice que no quiere nada. <<Investigue sobre la Ley SB 1064; en California por medio de esta ayudan a los papás deportados para que recuperen a sus hijos>>, dice la enfermera.

—¿En qué me puede ayudar estando yo en Texas, señora?

—Toda información es útil, posiblemente algún abogado por acá tiene más conocimiento de eso. Al menos que lo orienten para que pueda obtener la custodia de los tres niños; no lo quiero asustar, pero usted debe saber que estos, una vez que entran a las casas de crianza, no se recuperan, ya que los dan en adopción, les cambian el nombre y borran todo rastro de su identidad original. ¿Usted sabía eso?

—No.

Cuando todas escuchamos ese “no” bajamos la cabeza. A mí me entró un estremecimiento y se me apachurró el corazón. Las demás enfermeras se quedaron serias, se miraron una a la otra. Continúa la enfermera informándole:

—Entonces, es mejor que investigue. California y Arizona han avanzado en proteger a los niños de padres deportados. Desconozco que en Texas exista esa ley, tengo un mes aquí. Se lo comento porque me tocaron varias experiencias en esos estados. Conocí un caso en donde los papás acudieron al registro civil en México con el acta de nacimiento original de los niños nacidos aquí, apostillada y traducida por un perito, para reclamarlos desde allá. A partir de ese hecho, muchas familias empezaron a apostillar las actas de nacimiento de sus hijos. Como le digo, muchacho, no sé cómo es el procedimiento por estos rumbos, acabo de llegar. Usted sabe que en cada Estado las leyes son diferentes.

—No sé nada, señora. Posiblemente a mí también me deporten.

Se queda seria la enfermera y voltea a ver a los niños.

—Muchas gracias, por la información —le dice el muchacho.

Al instante que da las gracias, entran por recepción los del Servicio Social, eran dos hombres con actitud sobria, se dirigen directo al joven, no lo saludan y le piden que entregue a los niños. Estos empiezan a llorar, y el tío se despide de sus sobrinos. Les dice que todo va a estar bien.

—Eso pasó, qué triste —dice Gloria.

—Ni modo, se decide venir a este país y por lo tanto tenemos que asumir los riesgos. Por lo que he escuchado en las noticias, la popularidad del presidente ha bajado, todos los medios de comunicación están en contra de él, la diplomacia internacional ni se diga. Parecen que lo van a sacar —dice María Luisa.  

—¿Eso se puede?

—¡Imagínese! Algunos republicanos se están poniendo en contra de él, al menos tienen que hacer algo. Si el sistema pudo quitar al presidente, Nixon, ¿por qué no a este, pelos de elotes?

—Me gustaría poder tener la seguridad que usted tiene. La verdad, yo sí tengo mucho miedo. Qué vamos a hacer si llega la Border Patrol por nosotros. Lo malo de todo es que nos separan de nuestros críos, eso me atemoriza.

—No, el Servicio de Inmigración y Aduanas es el encargado de eso. La Border Patrol es la que vigila la frontera. Esta primera es la que anda en las ciudades y condados, ayudados por la policía local; es federal. Se dijo en un principio que estos levantaban a inmigrantes con antecedentes penales, pero ahora con este presidente todo es parejo. Estos se dirigen con la persona a quien van a restar, les presentan la orden y se los llevan. No significa que a usted la vayan a detener; para esto la SIA debe tener los documentos anteriormente descritos para levantarte. De lo que sí debemos tener cuidado, Gloria, son de las redadas… Le sigo contando lo que pasó después en el hospital, se puso tenso el ambiente. Después de que se llevaron a los niños, el muchacho sale del hospital. Al instante llega una enfermera de esas gringas enfadosas de mal genio. Y le dice a las enfermeras latinas:

—Deberían irse todos los mexicanos de Estados Unidos. ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué permiten que sus hijos corran peligro de esa manera?

<<Híjole en dónde aprendió tan buen español esta gringuita>>, me pregunté. Se va a reír de mí, porque coincidió mi pregunta con el de un enfermero latino. Y le contesta la gringa:  

—Estuve tres años en España. Allá lo aprendí en una escuela.

—Felicidades, porque lo habla muy bien —le dice el enfermero.

Las enfermeras latinas que se le van a la gringa con los comentarios y es allí donde se pone bueno el mitote. Con decirle que aprendí cosas nuevas que ignoraba.  

En eso que se mete en la conversación Lucrecia. ¿Se acuerda de ella? Es la señora que todas las mañanas nos la encontrábamos en la parada del camión, siempre leyendo un periódico o libro. ¿La recuerda?

—Sí. Usted no me había informado que trabajaba allí. ¿De qué?

Sorry, por no decírselo, se me pasó. Igual que yo, en limpieza. Sigamos con la plática…

—Los mexicanos tenemos el derecho a vivir en Texas. Este territorio nos perteneció. Estados Unidos nos lo quitó —dice Lucrecia.

Contesta la gringa:

—Los mexicanos perdieron esa lucha. Y los texanos decidieron anexarse al país. Ellos pidieron separarse del gobierno mexicano. Por lo tanto, ustedes no tienen ningún derecho de vivir aquí.  

—Más bien lo que dice la historia es, en ese tiempo Estados Unidos violó el tratado de la frontera de 1828 en el cual se reconocía la soberanía de México sobre dicho territorio. Era un principio fundamental de derecho internacional. Es decir, hurtaron esas tierras como si fueran suyas, cuando realmente le pertenecía legítimamente a otro país. Es como si yo tomara algo de su casa, para todos eso es robar. ¡Oh!, ¿no? 

—Está equivocada. Cuando los texanos perdieron la batalla del Álamo, hubo otra en San Jacinto comandada por Samuel Houston contra el ejército mexicano en donde tomaron preso al general Antonio López de Santa Anna, mientras su tropa dormía la siesta. De hecho, duró muy poco esa ofensiva.  

—Pero Houston obligó a Santa Anna a reconocer la independencia de Texas mediante el Tratado de Velasco el 21 de mayo de 1836.

—Los texanos ganaron la guerra, señora, ellos exigieron la independencia y le pidieron ayuda a Houston. Los mexicanos no pueden aceptar esa derrota.

—Entonces, ¿por qué Texas no se mantuvo independiente? Tuvieron que anexarse a Estados Unidos. Eran plan con maña. ¿Y qué me dice de los otros estados? ¿Por qué esa necesidad de quitarle California, Nuevo México, parte de Arizona, Nevada, Utah, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma a México?

—Y que se me atora el chicle, por andar en el mitote, la plática se estaba poniendo más buena, hasta dije: <<Estas se van a agarrar de las greñas>> —dice María Luisa.  

—Lo creo hasta me emocioné con el pleito. Siga, siga, siga… —dice Gloria.   

—Por la simple razón que el gobierno mexicano no hacía nada por ellos, estaban deshabitados —dice la americana. 

—¡Ese sí fue un robo, enfermera! —contesta Lucrecia.

—Pasaron diez años y como México no aceptó la anexión de Texas a EUA se inició otra guerra; perdiéndose las zonas que usted menciona. Así son las batallas. En México se firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo, llamado Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos y los EUA, firmado el 2 de febrero de 1848 y ratificado el 30 de mayo de 1848. En este tratado México renunció a todo reclamo sobre Texas.  

— …y más de la mitad del territorio mexicano pasó a EUA. ¡Eso duele! Es el tema de nunca acabar —dice Lucrecia.  

—Expansionismo, señora. Esa es una historia del pasado y se tiene que ver así. Lo que me preocupa a mí es todo lo que dice el presidente sobre los mexicanos, ¿qué no han escuchado? —dice la americana.

—¿Qué dice? —contesta Lucrecia.

—Que son unos violadores y criminales.

—Claro, el que exista el problema del narcotráfico en nuestro país no significa que todas las personas somos así. Es lo mismo que sucede con ustedes, el que siempre estén en guerra, no los convierte en unos asesinos y sin sentimientos hacia los demás. 

—La americana se queda seria, no podía creer que Lucrecia conociera tanto del tema. Esa impresión me dio. De hecho, pensé que la iban a correr por contestona —dice María Luisa.  

—Sin olvidar, que el mismo suceso se repitió en los años mil novecientos setenta con Baja California Sur y Quintana Roo; varios veteranos estadounidenses estaban habitando las zonas costeras, por las playas; como alerta para prevenir que no se volviera a repetir lo de Texas, el gobierno federal los constituyó en estados soberanos mexicanos con gobierno, autonomía y jurisdicción propias; promoviendo el envío de población mexicana a esos lugares. Por lo tanto, es una historia sin fin… el problema de todo es que juzgamos las cosas antes del tiempo oportuno sin tener de ellas cabal conocimiento, siempre estamos juzgando al otro, y la verdad eso cansa, mis hijos lo viven a diario en las escuelas. Son criticados por el simple hecho de tener papás mexicanos. ¿Cómo cree usted que uno se siente? Ha meditado alguna vez: ¿De dónde viene su familia?, ¿Cómo llegó a Estados Unidos? Me imagino que, inmigrando, igual que nosotros. Así estamos miles de mexicanos buscando esa calidad de vida que no pudimos encontrar en México. Por la situación que se vive allá, de pobreza e inestabilidad social. Miles de familias han tenido que salir huyendo de sus lugares de origen por el problema del narcotráfico. ¿Usted sabía eso?
La americana se queda reflexiva, mira a Lucrecia y le pregunta:

—¿Es residente?

—No.

—¿Está consciente de su situación aquí?

—Sí. Todos los días asumo con dignidad esa responsabilidad.

—Y que me meto yo también en la plática —dice María Luisa.

—¿Cómo que se mete? —Gloria.

—Sí, para ayudar a Lucrecia. Me acerqué a ella y le dije: <<Cierra la boca, te van a correr>>. Lo que hizo es mirarme y continúo contestándole a la enfermera americana.

—Ustedes suelen mirarnos por debajo y nosotros estamos acostumbrados a agachar la cabeza. Y no tengo miedo de decir lo que pienso, lo digo con mucho respeto.  

—La comprendo, señora. Yo no tengo nada contra ustedes, solo que estoy defendiendo a mi gente. Para ellos también hay problemas, ¿están enterados de que han dejado de remunerar a los veteranos de guerra como se hacía en años anteriores? Nosotros creemos que el problema es la sobrepoblación latina en Estados Unidos; los recursos del gobierno a ellos se los quitan para dárselos a ustedes; y eso no se nos hace justo, ya que ellos van a las guerras en representación de nuestro país, y por lo tanto esas personas merecen más que ustedes. Aparte usurpan los trabajos, y utilizan mucha ayuda del gobierno.

—…pero usted sabe que nosotros no somos una carga para este país, al contrario, hemos contribuido a su economía con nuestro trabajo, el cual genera más empleo. Solo en este año aportamos a la federación cincuenta y cuatro mil millones y a nivel local y estatal, treinta y dos mil millones. También se ha demostrado que los habitantes de las ciudades con más inmigración tienen menos pobreza y bajos niveles de criminalidad, que aquellas pobladas con pocos inmigrantes. Así que no me venga a decir que somos una carga para este país. Somos personas leales, pagamos los impuestos, aunque no estemos legales aquí. Nos han enseñado a respetar lo que no es de nosotros y reconocer la ayuda que este país nos ha ofrecido para darnos una vida digna para nuestras familias. Claro que sabemos reconocer esa parte. Lo que se ha dicho de nosotros a través del presidente es una barbaridad, él está atacando a nuestra cultura nada más porque le han presentado cifras e historias de criminales. Pero este país también los tiene, como cualquier otro. Además, el narcotráfico aumentó en México por la venta de armas. ¿Usted sabe que su país trafica con armas?

La americana se quedó seria, comadre; por lo que le dijo, Lucrecia.

—En vez de ayudar a nuestro gobierno en combatirlo, han promovido el contrabando y no solamente en nuestro país sino en toda América Latina. Setenta y tres mil seiscientos ochenta y cuatro armas fueron compradas en Estados Unidos entre el 2009 y el 2014. ¿Se les hace justo? Estoy consciente que hay mexicanos que no cumplen con las reglas del país, evaden los impuestos y cometen cosas malas, pero en toda sociedad existen. Es decir, lo malo de México lo hace resaltar su presidente para ponerlos en contra de ustedes. Cuando varios mexicanos están aportando al conocimiento científico en EUA, ¿qué me dice de ello? Son jóvenes de diferentes disciplinas que están en centros de investigación trabajando, al igual para empresas norteamericanas.

—La americana no sabe qué decir, se queda buen rato seria, después de que pasan unos minutos, adivine qué sucede.

—Despidieron a Lucrecia.

—No, al contrario. Pidió disculpas la gringa a ella. Eso fue amazing. Yo me quedé sin habla por lo sucedido, ni se diga los demás que estaban allí escuchando.

—Órale, interesting.   

—Sí. ¿Ve, Gloria? Hay que leer más, por si nos sale una gringa, así.

—Ja, ja, ja, ja, ja… Pues sí, comadre.

Verdades familiares

Julián Eduardo Cervantes Cadena


Era un pueblo remoto que funcionaba como zona de descanso para camioneros y turistas que recorrían el país de costa a costa. A escasos diez kilómetros de la carretera principal se encontraba el centro del condado, un lugar llamado White Gums: un sitio tranquilo lleno de pequeños y pintorescos hostales, lo suficientemente lejos de las grandes ciudades para convertirse en una parada obligada, pero a la vez muy cerca para transformarse en un sitio con una economía activa y próspera. El centro contaba con todo lo que una población necesita: restaurantes, una estación de bomberos y policía, el ayuntamiento, un pequeño hospital y varias tiendas de abarrotes, frutas e incluso una ferretería muy bien abastecida y un local para la venta de productos tecnológicos. La gente amable, trabajadora y con alma campestre, hacían muy acogedor al condado de Brockville. Una zona privilegiada por la agricultura, rodeada de grandes y medianas haciendas de recursos naturales inagotables, un área que aunque tenía cuatro estaciones, su clima no llegaba a temperaturas extremas, lo que la hacía fértil durante todo el año.

Al no contar con más de once mil habitantes, todos se consideraban “vecinos” a pesar de las distancias que se interponían entre casas; los vastos sembríos hacían que las propiedades se midieran en hectáreas y pese a que casi ninguna poseía un cerramiento que delimitara su territorio, los dominios de cada granjero eran respetados por un pacto de caballeros, algo común en esta región.

Era una tarde otoñal del noventa y seis, una estación que en este lugar, poseía características distintas a las del resto del país, las temperaturas bajaban y la lluvia se hacía presente cada segundo día, pero los árboles seguían floreciendo y las precipitaciones nunca alcanzaban a generar inundaciones. El pueblo se encontraba reunido en el cementerio, era el último adiós para el señor Ernest McNielsen, uno de los hombres más respetados de la élite local, gran empresario, terrateniente y pionero del pequeño pueblo, cuya fundación se basó en el asentamiento de citadinos acaudalados en busca de una forma tranquila de expandir su patrimonio; viudo de Rose McNielsen, que falleció cinco años atrás por un cáncer de hígado, a quien casi no le dio tiempo de despedirse de su esposo y su única hija Helen.

La joven, heredera de más de diez mil hectáreas de tierra productiva, se quedaba totalmente sola a sus veinte años. Sus padres no tenían más familia que ella, los dos fueron hijos únicos de acaudalados migrantes europeos que abandonaron el viejo continente, junto a todas sus riquezas, a causa de la Primera Guerra Mundial. A Helen le tocó interrumpir momentáneamente sus estudios universitarios para poder asistir al velorio de su padre, quien después de enviudar dedicó más tiempo del que debía a la administración de la gran hacienda.

Helen llegó a Sunny Valley, una mansión de un poco más de cinco mil metros cuadrados, de un color cobrizo y una arquitectura rústica muy apropiada para estar situada en medio del campo. Las ocho habitaciones que tenía la propiedad, se sentían desoladas, sobre todo el despacho que se ubicaba en el primer piso y el dormitorio de sus padres, la única construcción del tercer y último piso.

Llena de tristeza y nostalgia, Helen se sentó en la gran e imponente silla de cuero negro en la que tanto tiempo pasó su padre tomando decisiones claves para lograr forjar el imperio agrícola, del cual ella era la nueva propietaria. Miró el gran despacho, que con dos pisos de altura se convertía en la habitación más grande de la casa, desde una perspectiva que nunca había visto, «es la primera vez que me siento aquí» pensó mientras los ojos se le llenaban una vez más de lágrimas.

Pasaron varios minutos en los que Helen deambuló en su mente, meditando sobre su futuro, pero más tiempo lo dedicó a reflexionar sobre su pasado, los alegres momentos en esa casa, los paseos a caballo por la pradera, acompañando a sus padres en recorridos diarios por la plantación, supervisando a peones que eran muy bien tratados por su familia en los agasajos organizados anualmente en navidad. Helen quiso revivir los momentos en los que todo era perfecto, los que parecen cotidianos, pero terminan convirtiéndose en especiales. Las paredes del despacho estaban cubiertas por grandes bibliotecas, la mayoría de los libros eran de contabilidad y materias pertinentes a la administración de un negocio como el de los McNielsen, pero en una esquina su padre tenía una estantería personal, llena de álbumes de fotos, reliquias heredadas y muchos papeles sobre la historia de la familia que se remonta a varios siglos atrás.

Con delicadeza, Helen tomó uno de los álbumes, era del año setenta y ocho, sus padres promediarían los cuarenta y ella apenas llegaba a los dos años. Cientos de fotos, en todas, la pequeña Helen era la protagonista, acompañada de alguno de sus padres o incluso sola, en diferentes partes de la casa o en uno que otro paseo al río que atravesaba la enorme propiedad. Pasó la noche ojeando imágenes que la llenaban de recuerdos, en las que salían los tres, ella empezó con las de sus padres cuando solo eran una pareja enamorada y trabajadora. Estaban ordenadas cronológicamente, algo común en un hogar regido por la meticulosidad. La boda, viajes, la construcción de Sunny Valley y sus primeros pasos como exitosos agricultores. Al finalizar la noche, Helen terminó de observar todos los recuerdos gráficos dejados por sus padres. Al pasar la última página cayó en cuenta de algo un poco perturbador, pese a la gran cantidad de fotografías, nunca encontró una de su madre encinta. Ese pensamiento incómodo la acompañó lo que restaba de la madrugada, sin dejarla dormir.

La mañana otoñal inició con un cielo despejado y un sol radiante que muy poco calentaba. Helen todavía en su abrigada piyama se encontraba en la cocina, que en un solo ambiente colindaba con el comedor y la sala privada de la familia, disfrutando de un café caliente, con su cabeza dando vueltas, llena de incertidumbre. Sin pensarlo, se fue directo al despacho para revisar una vez más las fotos. Al finalizar no solo confirmó la ausencia de fotografías de su madre embarazada, sino que también se dio cuenta de que su retrato más antiguo era del año setenta y ocho, dos años después de su nacimiento. Su primer pensamiento fue: «Todas esas fotos deben de estar en un solo álbum», pero este, nunca apareció.

Es verdad que físicamente Helen no se parecía a ninguno de sus padres, sus rasgos eran un poco más irlandeses, su pelo rojizo, no se parecía al castaño claro de su padre ni al negro azabache de su madre, pese a que la tez de los tres era blanca como la nieve, sus rasgos eran un poco más toscos que cualquiera de sus dos progenitores, la mirada de Helen era penetrante y agresiva, pero la de su padre tenía la tendencia a ser dulce y los ojos verdes de su madre reflejaban un poco de tristeza.

«Si mis padres me adoptaron, debe de haber algún tipo de documento que lo avale» pensó Helen mientras se levantaba del piso, decorado con una fina alfombra persa, en la que tenía regadas las cientos de fotos de su familia. El aparador personal de Ernest McNielsen escondía un gran secreto. Más de cincuenta libros y un centenar de carpetas llenos de documentos, que narraban la historia de la familia. Uno por uno, Helen empezó a revisar cada hoja, cada documento y cada firma que estaba en esa estantería. La revisión tardó casi dos días, con sus respectivas noches, después de todo este trajín, lo único extraño que la atormentada chica pudo encontrar fue una serie de pagos sospechosos realizados a un señor llamado Henry Coldbert; estos desembolsos, coincidían con las fechas en las que pudo realizarse su adopción, además que no tenían ningún sustento en cuanto al detalle, no decía por qué se realizó y el monto era bastante alto como para ignorarlo.

Helen sabía que la adopción era gratuita, por eso le resultaba extraño todo esto. Decidió llamar a La División de Servicios Familiares del Estado, ente regulador para la adopción de los niños.

–División de servicios familiares, habla Emily, ¿en qué puedo ayudarle? –una voz joven y amable contestaba el teléfono.

–Hola, mi nombre es Helen McNielse, y me gustaría tener información sobre una adopción –preguntó llena de confianza.

–La verdad, esa información es clasificada.

–Me imagino, pero yo soy la persona a la que adoptaron, y quería saber si es posible que me ayuden.

–Está bien, pero es mejor si vienes en persona para aclarar tus dudas.

El viaje a Little Rock, capital del Estado, inició ese mismo día y duró unas cinco horas, así que cuando Helen llegó, decidió ir a un hotel y descansar, a la mañana siguiente acudiría a revisar los expedientes de su adopción.

Helen concretó una cita con Emily para poder facilitar la búsqueda. Los archivos de adopción estaban en una oscura y fría bodega, estanterías de cuatro metros de alto llenas de cajas con los papeles de cada uno de los niños adoptados en el estado.

–¿En qué año crees que fuiste adoptada? –preguntó Emily, una chica de unos treinta años, de origen latino, que se veía mucho más joven que ella, gracias a su corta estatura que contrastaba con el casi metro ochenta que medía Helen.

–Según mis cálculos entre el setenta y seis y el setenta y ocho –dijo Helen.

–Esos archivos están por acá, espérame mientras los busco.

–Me puedes indicar y yo los busco, no quiero quitarte tiempo, seguro tienes que hacer otras cosas –dijo Helen tratando de no incomodar a la amable chica.

–No puedo dejarte sola en los archivos, es más, no puedo mostrarte ningún archivo que no sea el tuyo, tú debes esperarme, la información es muy confidencial –El rostro de Helen reflejó su sorpresa y malestar–. Ya sabes, para proteger a los niños.

–Está bien, te espero acá.

Después de dos horas, Emily llegó con una carpeta, pero sus grandes ojos negros mostraban desilusión.

–Mira esto fue lo que pude encontrar, será mejor que tú misma lo leas.

El documento tenía como título: Rose y Ernest McNielse. Era el archivo de sus padres, no el de su adopción.

Emily veía con atención el rostro de Helen, sabía que lo que encontraría en esos papeles la sorprendería y a la vez le fomentaría más preguntas a su vida.

El rostro de sorpresa hizo que los ojos verdes de Helen se encendieran por el miedo.

–¡No puede ser!, ¿lo que dice aquí es cierto? –dijo Helen.

–Lo siento –le dijo Emily tratando de entender su pena.

–Pero esto solo quiere decir que la petición de mis padres fue negada en este estado, puede que venga de otro lugar del país. –El rostro de Helen se ilumino y se llenó de esperanza mientras se auto convencía de esto.

–Una vez que la petición es negada en un estado, es negada en todo el país –Los ojos de Helen se llenaban de lágrimas–. Y es una negativa perpetua.

–¿Cuáles fueron las razones para la negativa? –preguntó Helen mientras pasaba las páginas del expediente de sus padres.

Rose McNielsen en su juventud tuvo un grave problema con el alcohol, lo que provocó que en más de una ocasión fuera internada en un centro de rehabilitación.

Sin resolver las interrogantes de su vida Helen volvió al hotel. Tumbada en la cama mirando al techo se empezó a cuestionar su vida, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por un recuerdo reciente, Henry Coldbert. Un nombre, alguien por donde empezar, ella estaba segura de que ese nombre estaba involucrado en su llegada a la familia McNielsen. Helen intentó dormir, planeaba encontrar al señor Coldbert.

–¿Información? –Se oía al otro lado del auricular.

–Buenos días, quiero que me ayude con el teléfono del señor Henry Coldbert –dijo Helen hablando por el teléfono de la habitación del hotel.

–En todo el país hay doscientos cincuenta “Henry Coldbert”, ¿algún estado en particular?

–Arkansas.

–Hay cinco, ¿desea el número de todos?

Helen se puso a analizar la situación, era muy posible que la persona a quien buscaba, ya no estuviera viva.

–¿Aló? –Se escuchó del otro lado del teléfono.

–Claro…  –Helen alcanzaba a escuchar el sonido de un teclado de computadora por el auricular.

–Solo le puedo dar el número de cuatro, el quinto está recluido en la penitenciaría del estado.

Con los cuatro números de teléfono anotados en una hoja, Helen dedicó su mañana a hablar por teléfono, tres llamadas fueron infructuosas, los “Henry Coldbert” con los que conversó, en el año setenta y seis eran pequeños niños, lo cual hacía dudar de que sus padres les pagaran grandes sumas de dinero, el cuarto resultó ser un anciano que nunca había escuchado el nombre de Ernest o Rose McNielsen.

«Esto es ridículo, mis padres me amaban, y así no tenga la misma sangre, ellos fueron los que me criaron y me hicieron sentir como su propia hija. Es ridículo que me ponga a dudar de ellos y a cuestionar mi origen, yo soy una McNielsen y eso todo el mundo lo sabe.»

Llegó la primavera, el invierno que estaba terminando en Littlerock había sido el más crudo en la historia, incluso, por primera vez en algunos puntos del condado alcanzó a caer un poco de nieve, esto fue un problema que mantuvo ocupada a Helen McNielsen la nueva dueña de la hacienda Sunny Valey.

Helen, como todas las mañanas se tomaba su café bien caliente y se sentaba en el antiguo despacho de su padre a revisar el periódico, para luego arrancar la jornada de trabajo. Ese día en un pequeño titular de la primera plana Helen encontró una noticia que la llevó al último otoño, “Muere en la prisión del estado Henry Coldbert”. La curiosidad de Helen hizo que rápidamente pasara las páginas hasta encontrar la nota completa:

Muere a causa de un infarto Henry Coldbert a la edad de setenta años. El residente por más de quince años de la penitenciaría del estado, fue hallado en su cama sin vida mientras cumplía su sentencia de cadena perpetua, al haber sido encontrado junto a tres menores de edad reportados como desaparecidos, a su vez también se lo inculpó de la muerte de otros cinco niños…

martes, 25 de abril de 2017

Genes y genes

 Horacio Vargas Murga


César se detuvo frente a la puerta del salón de clase, tenía el cabello a medio peinar, los párpados maltratados y la respiración acelerada. Miró su reloj con desagrado. Ocho y treinta de la mañana. «¡Maldición, hace rato debe haber empezado!».

Observó a través del visor de la puerta aquel panorama silencioso del aula, lugar que albergaba cien carpetas individuales de madera y que llamaba la atención por el enchape en cedro de sus paredes y cielo raso. La pizarra estaba casi llena de gráficos que apenas podía distinguir. Los alumnos seguían la clase con gran atención. Aprovechó que la profesora volteaba para escribir en la pizarra y entró sin hacer ruido, sentándose en la última fila de carpetas.

Se te pegaron las sábanas le dijo una voz ronca que venía de su costado.

Cállate, no jodas.

Sacó con gran apuro su cuaderno y lapicero. Intentó escribir, pero por más que quiso no pudo. La profesora, una mujer alta, delgada, con unos lentes de grandes lunas hablaba a gran velocidad. Todos los demás alumnos escribían sin descanso. César no completaba ninguna frase, dejaba espacios en blanco y párrafos en puntos suspensivos. Se sentía abrumado ante aquella batería imparable de palabras, además aún tenía sueño. El rubor en su tez blanca era notorio. Los dedos de las manos los percibía cada vez más duros.

«Cómo me gustas, Sandra, adoro tus ojos divinos, tu cabello sedoso, la delicia de tu perfume, la suavidad de tu piel. Si pudiera estar más tiempo contigo, recorrer tu cuerpo entero con mis manos, con mi boca, sentarte sobre mis piernas y apretar con fuerza tu cintura». Cada individuo normal tiene 46 cromosomas, 22 pares son autosomas y los otros dos sexocromosomas o cromosomas sexuales. Las mujeres poseen dos cromosomas X y los hombres un cromosoma X y un cromosoma Y. «¡Qué sensual eres! Me fascina verte en minifalda, apreciar tus piernas esculturales, rozar tus senos turgentes, imaginar tus pezones entre mis labios. Sandra, Sandra, Sandra». Los padecimientos autosómicos recesivos tienen manifestación clínica aparente solo en estado de homocigosidad, es decir, cuando son genes mutantes ambos alelos en un locus genético particular. «Cómo quisiera besar tu cuello, perder mis ojos en tu cabellera, deslizar lentamente mi rostro en tu espalda, morder con suavidad tus nalgas». Las enfermedades genéticas en general se incluyen en tres categorías: padecimientos cromosómicos, «¡despierta, idiota, la profesora se puede dar cuenta!» padecimientos hereditarios mendelianos y…«¡cómo me excitas, Sandra!» padecimientos multifactoriales.

César intentó escribir otra vez. «¡Maldita sea, cuándo terminará de hablar!». Veremos ahora algo acerca de la transmisión de enfermedades hereditarias, para ello utilizaremos los árboles genealógicos. «¡Qué árboles ni que vaina!». Hay enfermedades que están ligadas al sexo, como el caso de la hemofilia. «Sandra, algún día te haré mía, tocaré con suavidad tu vulva, tu clítoris». Relacionada al cromosoma X, las mujeres generalmente son solo portadoras y el hombre es el que padece la enfermedad. «¿A qué hora se callará? No soporto más, quiero irme, no debí haber venido». Si dos parientes cercanos contraen matrimonio y ambos padecen un gen recesivo en el mismo cromosoma, sus hijos tienen un cuarto de posibilidad de nacer con la enfermedad. «¿Qué? ¿Cómo?». Esto explica por qué tener hijos entre hermanos o primos hermanos puede traer como producto una descendencia con anomalías congénitas”. «Con razón dicen que los hijos provenientes de hermanos nacen tarados».

La clase terminó. César no se mueve de su carpeta, los árboles genealógicos invaden sus pensamientos, todo es una confusión de cromosomas y enfermedades hereditarias. Un ruido lo distrae, gira la mirada, una carpeta ha caído al suelo, alguien la recoge. «Sandra, cómo odio esta situación, me resulta insoportable estudiar todo el día en la universidad y esperar recién el fin de semana para verte. Aunque, de vez en cuando suceden cosas curiosas. Algún día te explicaré lo de los cromosomas dominantes y recesivos».

¡César, César, las notas! gritan múltiples voces.

César sale corriendo, cruza el pasadizo de losetas, desciende las gradas y abandona el pabellón de aulas, avanza desesperado por el corredor de cemento frente al amplio jardín, dobla a la izquierda, luego a la derecha, sube de prisa las escaleras del pabellón antiguo hasta el tercer piso, gira a la derecha, corre, llega, empuja, se mete entre el tumulto de gente, mira a la vitrina, se retira cabizbajo.

¿Qué pasa, compadre? ¿Y esa cara? le pregunta uno de sus amigos.

Me jalaron, tengo nueve en el examen de Bioquímica, es la nota más baja de la clase.

Tranquilo, flaco, aún quedan cuatro exámenes para que te recuperes.

César camina decepcionado, todos lo miran con lástima. «No, yo no soy bruto, entiendo el curso, pero en esta universidad hay que copiar hasta el más mínimo detalle, porque en el examen te pueden preguntar cualquier cosa. En fin, me olvidaré de la universidad por ahora. Buscaré a Sandra. Quiero hacer el amor hasta el cansancio, no aguanto más, este deseo no me deja tranquilo. Si no aprobé el examen, al menos perderé la castidad».

Aquella tarde la viste por primera vez en la puerta del cine club, estaba espléndida, radiante. Te enloquecieron sus ojos negros y su silueta adorable. Tenía una blusa roja pegada al cuerpo y una minifalda muy corta. Tu mirada era un péndulo que la recorría de la cabeza a los pies. Te acercaste a ella con disimulo portando una sonrisa artificial. Fingiste que la conocías de alguna parte, luego pediste disculpas por la equivocación. Aprovechaste para conversar sobre cine y la acompañaste hasta el paradero del microbús. Ese día supiste su nombre y su teléfono. Quedaron en verse otra vez. En las semanas siguientes frecuentaron cines y discotecas. La fuiste conociendo más, desmadejando uno a uno sus gustos e inclinaciones y te la ibas ganando con halagos y bromas. En cada conversación, lanzabas una mirada fija. Ella sonreía y esquivaba algo avergonzada. Una noche, cuando estaban solos en el parque, la besaste, así de repente. Ella se sonrojó y bajo la cabeza. La volviste a besar y ambos entregaron sus labios, con unas ganas locas, con un ímpetu feroz.

En adelante, se citaron los fines de semana, en el mismo parque y se besaban horas y horas, sin importarles el tiempo que transcurría. No hablaban mucho, disfrutaban completamente del instante. Mentiste al decir que eras un joven empresario, accionista de una disquera. Ocultaste que eras un estudiante de Medicina. Claro, tus amigas siempre mencionaban que los estudiantes de Medicina eran poco interesantes y aburridos, inexpertos para enamorar. Piensas que no te conviene aferrarte a una mujer, más tarde puedes conocer a otra mejor. Con este juego es más fácil deshacerte de ella. Aunque, quién sabe, quizás termines enamorándote de ella, se casen y tengan hijos hermosos y saludables.

Pásame el bisturí y sujeta el brazo del cadáver. ¡Maldición, cómo me fastidian los ojos, aquí hay mucho formol! Permiso, tengo que lavar estas tijeras. Qué fastidio, ya me estoy aburriendo. No te lleves todo el detergente. Diseca bien, no vayas a romper la arteria. ¡No, otra vez se me rompieron los guantes! No seas asqueroso, cómo se te ocurre comer en el anfiteatro. Ya se fue el profesor, deja la pinza y sígueme contando. César, recién son las cuatro, tenemos práctica hasta las seis, si el profesor te ve, César, ¿a dónde vas?, ¿qué te sucede? César, ¡Césaaaaaaaar!

César salió del Anfiteatro de Anatomía, aquel ambiente amplio de paredes con mayólicas blancas, donde en grupos de seis alumnos por mesa, disecaban un cadáver, guiados por un profesor de práctica. Guardó su mandil y se fue directo a casa. Llamó por teléfono a Sandra para invitarla al cine. Una hora después ambos estaban ubicados en un rincón de la platea. Terminada la película se sentaron en una banca de un parque, en un lugar algo oscuro, donde apenas llegaba la luz de un farol. Había poca gente y se sentía algo de frío. El silencio comenzaba a hacerse cada vez más notorio. César la fue observando con ojos lascivos. El escote rojo bien ceñido y las piernas provocativas abrieron su apetito. Ni bien se acomodaron, se abalanzó a besarla con gran ímpetu. Ella lo tomó del cuello, mientras él la tenía de la cintura. Poco a poco la fue acercando más, acelerando el ritmo de sus besos. Sintió sus senos como dos burbujas gigantes, vibrando sin término. La respiración jadeante y ruidosa, el perfume excitante y profundo, alimentaba el instinto incontenible. La mano de César fue descendiendo lentamente y se posó sobre el suave muslo, tibio y frágil, luego ingresó hecha una araña por debajo de la minifalda.

Basta, ¿qué tienes?, ¿qué quieres conmigo?

No aguanto más, Sandra, quiero que me des la prueba del amor.

No quiero volver a verte, César, eres un degenerado.

Pero, Sandra, espera, Sandra, no te vayas, Sandra.

César llamó todos los días por teléfono a Sandra pero no le contestaba. Él insistía cada cinco minutos, pero ella no daba su mano a torcer. Así permaneció la situación durante una semana, hasta que por fin accedió a contestar el teléfono.

Hola, linda, te extrañé mucho, necesito verte.

Mira, César, lo he pensado mejor. Voy a regresar contigo, pero no estoy de acuerdo con lo que me pides.

Pero, Sandra...

No, César, no me acostumbro a la idea, quizás después, por ahora no.

Sandra, no tienes por qué hacerte tantos problemas, mira...

Por favor, no insistas más, dejémoslo así.

Está bien, preciosa, como tú digas, no insistiré.

El cariotipo de un individuo, es decir, el número y la estructura de los cromosomas, se puede investigar en tejidos corporales fácilmente accesibles como linfocitos de sangre periférica o piel. «Sandra, ¿por qué eres tan obstinada?, en el fondo sé que tú también lo deseas, lo siento cada vez que me besas y me abrazas con fuerza, cada vez que tu cuerpo se agita en una caricia». Los avances recientes han permitido identificar en forma precisa cada cromosoma individual con tinciones especiales de las secuencias de DNA. «Tienes que vencer tus falsos miedos y entregarte. Verás que todo resulta estupendo, no olvidarás jamás ese instante, no existe experiencia más agradable en este mundo».

Volvieron a salir juntos, César prefirió no tocar el tema por un tiempo, fue adquiriendo más confianza con ella. Además de ir al cine, asistieron a obras de teatro y exposiciones de pintura. A César le aburrían estas cosas, pero hacía mil esfuerzos por disimular, ya que a Sandra le encantaban. Ella siempre hablaba de sus aspiraciones de convertirse en una gran traductora y viajar por diferentes ciudades del mundo. «Tiene acento extranjero, no sé si lo hace por fingir o es natural».

Cuando Sandra preguntaba acerca de la supuesta disquera, César cambiaba astutamente la conversación. Para salir juntos, siempre se citaban, jamás César la recogía de su casa, ni la devolvía. Ella quería sentirse más segura con la relación sentimental, antes de presentárselo a su familia.

«La universidad, la gente, Sandra y yo. ¿Por qué el mundo tiene que ser tan complicado? A veces estamos muy contentos y de pronto sucede alguna cosa y nos derrumbamos. Fluctuamos constantemente de emoción en emoción. Tristes, alegres, amargos, nostálgicos, qué sé yo. Cada minuto podemos ser distintos. Un día determinado uno puede sentirse el hombre más afortunado y talentoso de la tierra y a las pocas horas sentirse mucho menos que un muladar. Nunca sabremos qué nos deparará el futuro, si nuestro camino será llano o con obstáculos, si a la vuelta de la esquina nos espera un accidente o quizás la muerte. Me da escalofríos cuando pienso en la muerte».

“La noche es joven y hay que disfrutarla” dijo César mientras se vestía.

Había invitado a Sandra a la discoteca. Para esta ocasión se puso su mejor camisa, aquella que le obsequió su tía recién llegada de New York. Se peinó tres veces, retocándose el cabello con gel. Salió de la casa, con las “ansias de un toro”, embriagado con el aroma de su colonia Miura. Subió al Toyota rojo que le prestó su padrino, después de innumerables súplicas y partió sin demora. Recogió a Sandra en el lugar de siempre. Ella está provocativa. La minifalda más alta que nunca, una blusa ajustada al cuerpo, moldeando una silueta tentadora, párpados brillantes por las sombras, labios rojos intensos y la piel blanca, frágil, digna de ser acariciada. Llegan a la discoteca. Un hombre alto, de saco negro, les da la bienvenida. Hay muchas personas y la música está a todo volumen. Caminan abriéndose paso entre la gente, las luces de colores los envuelve en medio de la pista de baile. Todo es una efervescencia musical. Las parejas se mueven sin descanso, una electricidad interior se apodera de sus cuerpos. Sonríen y deciden bailar a todo furor. Sandra es toda una maestra. Sus movimientos de sirena son encantadores, tiene el ritmo en las venas. César no se queda atrás, tiene una elasticidad increíble. Una hora seguida sin detenerse. Agotados deciden descansar un momento. Ella está sedienta, no aguanta más, quiere de inmediato alguna bebida. César pide dos Martinis a vaso lleno. Sandra bebe de un solo golpe. Empieza a sentirse un poco mareada y se queja, César sonríe y le dice que se le pasará cuando baile. Sandra se siente confundida y un calor extraño le invade todo el cuerpo.

Llegada la medianoche, ambos salen del local. A Sandra le duele la cabeza. César la ayuda a subir al carro. Prende el motor y arranca a toda velocidad. Corta por una avenida, sale al malecón y se dirige rumbo a la playa. Sandra se asusta y protesta. Frente a la playa, César estaciona el carro. El lugar es algo oscuro, hay otros carros estacionados a unos pocos metros. Su mano derecha aprieta una de los muslos de Sandra.

¡No, César, por favor, no!

Ahora o nunca cariño.

No, César, lo haremos otro día, ahora no estoy preparada.

Él se precipita encima de ella, mientras la besa, le desabotona la blusa. Sandra muestra mediana resistencia. Sigue arremetiendo desesperado, liberándola del sostén, succionado con ímpetu sus pezones, apretando cada vez con más fuerza sus frágiles muslos. «No, César, no. Te deseo tanto, Sandra, no lo hagas difícil. Basta, ya no, por favor. Quiero hacerte mía. Por lo que más quieras... No resisto más, quiero poseerte. ¡No, César! ¡Dios mío! ¡Por favor, no, noooo!».  Hasta que la siente llorar y toda la furia carnal se le viene abajo.

No, César, no entiendes que no estoy preparada.

Además de los medicamentos, otros factores ambientales pueden agravar expresiones genéticas específicas. «¿Por qué me tendrán que ocurrir estas cosas a mí? Justo cuando todo estaba listo. ¿Por qué me fallaste Sandra? No entiendo por qué tanto temor. Pero tú me prometiste que lo haríamos otro día, tenemos que hacerlo y pronto, a como de lugar o sino dejo de llamarme César Guerrero». El no ingerir leche en los primeros años previene muchas de las complicaciones comunes observadas en las personas con galactosemia. «No sabes cómo estoy de ansioso, el sexo ha invadido mi cerebro, no veo la hora de poseerte, de hacerte mía, de beber de tu cuerpo y embriagarme de ti».

Ha pasado un mes, César está impaciente. Sandra quedó en darle una respuesta. Se está demorando mucho. La llama por teléfono. Ella le dice que aún no lo ha decidido. Él sigue esperando impaciente. Insiste todos los días.

—¿Sandra, ya lo decidiste?

Está bien, César, creo que ya estoy preparada.

Qué bueno, entonces mañana a las siete de la noche, te espero en el parque de siempre, luego iremos a un hotel. Chau, cuídate, te quiero mucho.

Yo también te quiero, hasta mañana.

César está muy contento, salta, baila, se tira de cara al mueble. Ríe y se revuelca sobre la alfombra. «Mañana será un sábado glorioso». Su padre también llega contento.

César, me acabo de enterar que hace cinco meses está residiendo en Lima, mi hermano José, el que se fue a vivir al extranjero.

Nunca me dijiste que tenías un hermano.

Seguro que te lo he dicho, sino que tú andas siempre despistado. Es un hermano por parte de madre. Sabes, nos ha invitado a su casa mañana.

—¡Mañana! Lo lamento mucho papá, tengo un compromiso, me disculpas...

Cancélalo, tienes que ir conmigo.

Imposible, es sumamente importante.

Lo siento, tú tienes que acompañarme.

—¡Pero papá!, entiéndeme...

Nada de peros, César, tienes que acompañarme.

César se queda callado un momento. Mira con temor el rostro acalorado de su padre. La robustez que siempre le hizo bajar la voz. Solo atina a preguntar.

¿Y para qué hora es la invitación?

Para las once y treinta de la mañana.

¿Y a qué hora regresaremos a casa?

A eso de las tres o cuatro de la tarde.

César sonríe.

Está bien papá. Iremos.

Se va saltando con alegría. Su papá lo mira confundido.

César y su padre llegaron puntuales a la cita. Se quedaron encantados al presenciar la casona del tío José, cuya entrada tenía un pasadizo amplio que conducía a la sala, a los costados dos jardines con un césped impecable, rodeado por flores de diferentes especies y colores. El tío José los recibió en la puerta con mucho agrado, era una persona de mediana estatura, algo gordo y de bigotes, siempre estaba sonriendo.

¡Qué gusto Arturo!, ¿cómo te ha ido?, hace más de diecinueve años que no nos vemos.

Es verdad, desde que te fuiste a España, nunca más regresaste. Nos hemos comunicado muy poco. ¿Cómo está tu esposa?

Ella está bien, ha salido un momento, debe estar por regresar. Pero hombre, ¿qué ha sido de tu vida? Vamos, cuéntame.

Me ha ido bien, no puedo quejarme, pero percibo que el tiempo pasa muy de prisa, ya me estoy poniendo viejo.

Igual me sucede a mí. Es verdad que el tiempo pasa volando. Mira que tu hijo ya está enorme, la última vez que lo vi tenía seis meses de nacido. ¡Cómo has crecido muchacho!

Se entabló una conversación interminable. César enfrascado en brumas de aburrimiento, recorría con los ojos la sala alfombrada y las paredes de llamativo decorado. «Ojalá acabe rápido esta reunión, así me dará más tiempo para llegar a casa y arreglarme. Sandra, tu cintura, como me encanta tu cintura».

Una dulce voz llamó al tío José. César la escuchó a medias, ya que estaba distraído. Le pareció conocida. «Juraría que he escuchado esa voz antes. ¿En dónde?».

Pasa hijita, quiero presentarte a tu tío y a tu primo.

¡Caramba José!, no sabía que tenías una hija. ¡Qué linda es!

César y la muchacha se miraron asombrados. Palidecieron. Un frío intenso recorrió el cuerpo de ambos de manera simultánea. Ella enmudeció, parecía hipnotizada.

¿Qué te pasa Sandra? ¿No vas a saludar a tu tío y a tu primo?

Claro, disculpen, la verdad, es una gran sorpresa.

Procedió a saludarlos.

¡Este José, jamás me comentaste nada!

Tengo muchas cosas que hablar contigo, ya me irás entendiendo, he tenido tantos problemas, si supieras. Hijita, ¿por qué no llevas a tu primo a conocer la casa, mientras tu tío y yo conversamos?

De acuerdo, papá, con permiso.

Ambos subieron las escaleras sin pronunciar palabra alguna. César estaba consternado, rígido, inseguro, ascendía con dificultad los escalones. Una saliva amarga inundó su boca. Empezó a sudar.

La verdad, no sé qué decir, César, estoy tan sorprendida como tú.

César permanecía como una piedra, con el rostro pálido, sin pronunciar ninguna palabra.

Pensándolo bien, el amarnos no es pecado, la ley no lo prohíbe, la situación es algo inusual, le chocará al principio a nuestra familia, pero con el tiempo aceptarán nuestra relación.

César ya no escuchaba, estaba en otro mundo. Miró a Sandra y la vio con un camisón suelto y el vientre enorme. A su lado, un pequeño de tres años, con los ojos achinados, moviéndose con torpeza, le decía “papá”, sonriendo como un bobo. “De modo ocasional se puede confundir un niño mongoloide, Síndrome de Down con un cretino. Sin embargo, los ojos mongoloides característicos, las manchas de Brushfield en el iris, la hiperextensibilidad de las articulaciones y la normalidad de la textura de la piel y pelo distinguen al imbécil mongoloide del cretino hipotiroideo”. El niño seguía mirándolo con la risa boba y fue acercándose a él, gritando “papá, papá”, cada vez más fuerte.

César, ¿verdad que las cosas no van a cambiar entre nosotros?

—¡Déjame!, no me toques.

César, ¿qué te pasa? César, espera. ¡Césaaaaaaaaaaaaar!

César descendió velozmente las escaleras y se marchó dejando abierta la puerta. Padre y tío quedaron absortos. En la calle, César continuó corriendo sin rumbo fijo.

«¡Maldita sea! ¿Por qué me sucede esto a mí? ¡No puede ser posible! ¡No, no, no!». Aproximadamente cinco por ciento de los nacidos vivos con Trisomía 21 o Síndrome de Down, tiene alguna traslocación y esta es detectable en alguno de los padres en cerca de una quinta parte de estos. «Sandra, no me resigno a perderte, Sandra». La mayoría de los niños con Trisomía 21, debida a alguna traslocación, son hijos de mujeres menores de 30 años de edad. Cuando nace un niño con este síndrome clínico de padres jóvenes, es importante investigar si hay alguna traslocación”. «¡Sandra, te quiero! Sandraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!».