jueves, 16 de marzo de 2017

Eventos inesperados

Rocío Ávila


La vida cambia en un segundo, pero para llegar a ese instante a veces se requiere que pase mucho tiempo. A los diecisiete años Gabriel enfermó de gravedad. Nos conocimos en la escuela y aunque él era bastante huraño con la gente, conmigo parecía hacer una excepción y me trataba bien. Fui a visitarlo al hospital y ahí estaba Pedro con mirada de preocupación. Encontrando la puerta semiabierta toqué antes de entrar.

—Me dijeron que este era el horario de visita, pero si quiere regreso más tarde.
El hombre me miró de pies a cabeza y esbozó una sonrisa.

—Tú debes de ser Magali. Pasa, ya estaba por irme, debo volver al trabajo. Me presento —dijo mientras extendía una mano para saludarme—, soy Pedro Duarte.

Gabriel tenía un hermano mayor y yo lo sabía, pero en dos años de amistad nunca lo había visto. Mi compañero duró varios días en el nosocomio y yo lo visitaba a diario. Era un amigo muy querido para mí así que nadie se extrañaba de esa situación. Todas las veces que fui coincidí con Pedro y poco a poco comenzamos a conversar. Era muy agradable y fue sorpresivo tener tantos temas en común pese a los ocho años de edad que nos separaban. Sin darnos cuenta nos fuimos haciendo amigos. No le conté a nadie de nuestra relación porque me gustaba la idea de que fuera algo privado y creo que él hizo lo mismo.

A pocos días de que dieran de alta a su hermano, Pedro me contó que le ofrecían un trabajo en el extranjero y que se mudaría a París. Me explicó que se hubiera ido tiempo atrás pero que la enfermedad de Gabriel lo detuvo. Prometió escribirme cuando se estableciera y aunque no creí que lo hiciera le di mis datos. Cuando recibí la primera carta me emocioné muchísimo. Su letra era muy elegante y me contaba de todo lo que vivía en su nuevo lugar de residencia. Así entre cartas y esporádicas llamadas telefónicas nos hicimos mejores amigos y confidentes. Nunca hablamos de otros sentimientos que no fuera amistad y sin embargo no me atreví a contarle a Gabriel lo que pasaba porque sentía que lo estaba abandonando.

En los primeros años que Pedro estuvo en Europa, muchas cosas pasaron, algunas de ellas agradables y otras tristes. Gabriel y yo mantuvimos nuestra amistad de la forma más natural así que fue él quien me acompañó durante el funeral de mi padre, quien bailó conmigo en la fiesta de graduación, el paño de lágrimas cuando terminé con mi primer novio, pero fue Pedro el que siempre tuvo las palabras adecuadas, el que adivinaba mis sentimientos y el que me aconsejaba sobre la vida. Definitivamente disfruté lo mejor de esas dos personas hasta que todo cambió de manera repentina.

El día que cumplí veinticuatro años Gabriel me sorprendió con una petición de matrimonio. Siempre había tenido un carácter difícil y eso le dificultaba hacer amistades, pero nunca pensé que nuestra relación representaba otro sentimiento para él. No quería provocar su enojo ni lastimarlo así que le pedí un tiempo para pensarlo. Al llegar a casa percibí un aroma ligeramente perfumado, producto de un ramo de rosas preciosas. Asumí que las había mandado Gabriel así que no me tomé la molestia de ver la tarjeta. Por la noche llamó Pedro preguntando si me habían gustado las flores. Me sentí muy mal de confesar que no sabía que eran de él y que no les había prestado mayor atención. Él solo se rio y dijo que quería preguntarme algo pero que pensándolo bien no era buen día para hacerlo. Quedó de llamar al día siguiente, pero nada pasó. Al principio no me preocupé, pero pasaron los meses y no recibí una sola carta o llamada suya. Yo le escribí normalmente sin reacción de su parte.

Había pasado un mes cuando Gabriel retomó el tema matrimonial. Me invitó a cenar a un lugar muy lindo, iluminado con intensidades diferentes de luz y con música contemporánea. Se notaba tranquilo y hablamos de cosas irrelevantes hasta que en un cambio inesperado de humor expresó sus inquietudes.

—Me tienes esperando como un tonto. Necesito que me des una respuesta. Con cualquier otra ni siquiera me hubiera tomado la molestia de esperar, pero tú eres diferente y no quiero perderte —dijo levantando un poco la voz.

Sé que había tomado más tiempo del adecuado, pero me parecía innecesaria tanta rudeza de su parte. Él, siempre gentil conmigo, ahora intentaba controlar el rubor de su cara por el enojo contenido. Viéndolo así me sentí incómoda.

—Tienes razón. Te he hecho esperar inútilmente. Te quiero mucho pero no te amo. Por favor discúlpame, debí habértelo dicho antes, pero quería …

—Querías, querías, querías. ¡Claro, tú siempre quieres! Me has hecho perder el tiempo, pero ya te arrepentirás —dijo al tiempo que gritaba y se ponía de pie para marcharse.

Me quedé boquiabierta. Mostró una faceta desconocida, para mí, de su personalidad. Era un extraño que me dejó sola en medio de un restaurante con gente desconocida viéndome con curiosidad. Aguardé unos minutos antes de pedir la cuenta e irme de ahí dejando un halo de murmullos tras de mí. Una vez que salí del lugar me puse a llorar. Por primera vez no contaba con mi querido amigo para consolarme.

Fue ese año cuando perdí contacto completo con los dos hermanos. Extrañaba mucho a Gabriel, pero al menos con él había tenido oportunidad de definir nuestra situación. Con Pedro simplemente todo había desaparecido y no había a quien preguntarle sin tener que dar una explicación sobre mi interés por él. Lo extrañaba más de lo que hubiera creído. No me atrevía a llamarle amor a lo que sentía por él porque a veces parecía que esa relación solo había existido en mi imaginación. Así en ese silencio y dolor en el corazón continué mi existencia.

Entré a la oficina con un gran nerviosismo e ilusión, tengo que confesarlo. Me dolía el estómago, me sudaban las manos y no podía estar quieta. Me acerqué al mostrador aparentando seguridad.

—Buen día. Vengo a buscar los resultados de las becas. Me dijeron que los publicarían hoy en el mural de avisos, pero no veo nada. ¿Usted podría darme informes?

—¿Su nombre? —preguntó sin rodeos la recepcionista.

—Magali Martínez.

Me extendió un sobre cerrado por lo que le agradecí su atención y salí al pasillo donde exhalé e inhalé fuertemente antes de abrirlo. Leí con el corazón en la garganta hasta que llegué a la palabra que me interesaba: «Aprobada». La beca solicitada para cursar el posgrado en Londres había sido autorizada. Quería brincar de alegría. Saqué el teléfono móvil del bolso para hacer una llamada, pero en ese momento comenzó a sonar con el nombre de David en la carátula.

—Dime que ya sabes algo —dijo con voz ansiosa antes de que yo pudiera saludar.

—Me aceptaron, no lo puedo creer, me aceptaron —contesté con voz temblorosa por la emoción.

—Festejemos, nos vemos en la noche y te invito a cenar. Te mando un mensaje con la dirección del lugar. Te va a encantar, estoy seguro. Te quiero, hermosa.
Yo también lo quería. Después de un periodo de tristeza encontré consuelo en el trabajo y a los treinta y un años me sentía contenta y satisfecha con lo que hacía. Estaba en una relación de dos años con David y todo marchaba sobre ruedas.

El restaurante estaba en lo que alguna vez fue una hacienda y rodeado de jardines era un lugar precioso. Nunca había ido a ese sitio por estar fuera de mis recursos económicos. Me sentía muy halagada porque David no puso reparo alguno en esta celebración. Las mesas con manteles largos, centros de mesa coloridos, iluminación a media luz y suave música de fondo me deslumbraron. Todo iba perfecto y lo estaba disfrutado mucho cuando vino la pregunta insospechada: «¿Te quieres casar conmigo?». Esta vez respondí un sí rotundo, sin titubear. Fue un gran día sin lugar a dudas. Quedamos en casarnos a mi regreso del posgrado lo cual sería dos años después.

Nunca había ido a Europa y llegar a Londres me impresionó enormemente. Llegué al departamento donde viviría y conocí a Nicole, mi compañera de cuarto. Las clases marcharon bien y yo estaba en constante comunicación con David gracias al celular. Se acercaban los primeros exámenes y Nicole me invitó a tomar unos tragos al bar. Ya me sentía bastante más relajada con el estudio y los horarios así que decidí aceptar su ofrecimiento y quedé en alcanzarla a la hora acordada. Al llegar no lograba distinguirla bien porque la luz era tenue y había mucha gente bebiendo y riendo. Caminé entre las pequeñas mesas buscando la barra. Chocaba ligeramente con otros clientes, pero nadie se preocupaba por eso. Cuando se abrió un pequeño espacio logré ver a mi compañera. Estaba sentada riendo, acompañada de un hombre alto, delgado y de cabello oscuro. Cuando me acerqué ella me saludó con la mano y su amigo dobló la cabeza a ver quién llegaba. En cuanto lo vi se me paró el corazón. Ahí, alto y con la sonrisa de siempre estaba Pedro. Catorce años después lo encontraba como lo vi en aquel cuarto de hospital. «Ven, te voy a presentar a mi prometido», dijo en inglés con un ligero acento francés al tiempo que tomaba la mano a Pedro.

Yo no podía hablar, porque la primera reacción fue saludarle con un abrazo. Tras la sorpresa sentí un gran alivio de verlo bien y contento. Era como si hubiera regresado de la tumba, pero la indiferencia con la que él me trató me desconcertó. Él fingió no conocerme así que yo hice igual. La velada pasó rápidamente siendo Nicole la que llevara prácticamente toda la conversación. Yo sabía que tenía pareja, pero no sabía que estuviera comprometida. Cuando regresamos a nuestro alojamiento me despedí de Pedro sin mirarlo a los ojos, temía que si lo hacía estropearía toda esa farsa.

Pasaron varios días antes de que lo encontrara a solas. Yo no hablaba sobre él con Nicole a menos que ella lo mencionara y gracias a nuestros diferentes horarios eso era poco. El viernes siguiente a nuestra ida al bar me encontré con Pedro cuando yo entraba al área de cubículos de los profesores.

—¿Me puedes decir por qué negaste conocerme frente a Nicole? —dije sin primero saludar.

—Ella es una buena chica y no quiero que lo pase mal por tu culpa.

—Si no le he hecho nada.

—A ella no, pero a mí sí y ella me ama. Si ella supiera que tú eres la mujer por la que rompí trato con Gabriel y que como pago lo dejó plantado en el altar, seguro que tomaría partido y no quiero involucrarla en eso. Es tiempo pasado, no vale la pena.

Me dejó pasmada. No pude contestar y cuando me di cuenta él ya estaba saliendo del edificio. No entendí nada de lo que me dijo. Mi primera reacción fue marcarle a David.

—Hola, linda. ¿Cómo estás? No esperaba tu llamada.

Contestaba con el mismo buen humor de siempre, sin importar la hora en que lo llamara. Quise contarle lo sucedido, pero cuando lo escuché recordé que nunca le había contado de Gabriel ni de Pedro así que preferí guardar silencio. Nos limitamos a saludarnos y colgamos.

Ese fin de semana estuve muy ocupada, pero eso no impidió que mi mente escapara hacia ese encuentro imprevisto. Nicole se fue a pasar esos días al departamento de su novio y eso sí me produjo un gran alivio. Me preguntaba si volvería a ver a Pedro y eso sucedió a mediados de la siguiente semana. Esa vez no fue coincidencia porque él estaba afuera de mi salón de clase.

—¿A quién buscas? —pregunté sin rodeo.

—A ti.

Empezó a caminar y yo no tuve otra opción que seguirlo. Quisiera o no debía caminar junto a él, al menos hasta el pórtico del edificio. Caminé lento para dejar que los compañeros se adelantaran. Cuando fuimos los últimos me detuve en seco.

—¿Puedes explicarme qué es eso de la separación con Gabriel y de qué boda me hablas?

—No finjas conmigo. No vine para hablar de eso. Realmente no sé a qué vine porque me juré no volver a hablarte, pero mis pies no piensan igual que yo y me trajeron hasta aquí.

Empecé a llorar, pero no de manera silenciosa. Todo mi cuerpo se estremecía y él no hacía nada salvo observarme. No sé cuánto tiempo pasamos así pero sí sé que él no se movió un centímetro. Cuando me calmé se me acercó y puso su mano izquierda sobre mi hombro derecho.

—¿Por qué lloras? Pareces una novia desdichada y tienes un novio que te adora.

—¿Cómo sabes tú de mi novio?

—Yo sé muchas cosas sobre ti. Ahora parece que algunas de ellas fueron equivocadas, pero no podemos cambiar la historia, ya te lo dije.

Empezamos a caminar y ya en el exterior de la construcción nos sentamos en una banca. Comenzó a hablar sin rodeos y me contó sobre sus planes de proponerme matrimonio cuando cumplí veinticuatro años y también que ese mismo día se enteró de que Gabriel haría lo mismo. Su hermano le había asegurado que era cosa dada y en virtud de que yo nunca le comenté sobre el tema pensó que le estaba ocultando los planes. También dijo que Gabriel en su despecho corrió a informar a su familia que habiéndolo animado a casarnos a escondidas finalmente lo había abandonado frente al registro civil y lo había dejado en ridículo. Eso explicaba por qué nunca más supe nada de sus parientes. Volví a llorar mientras escuchaba todo. ¿Cómo fui tan tonta de nunca decir o preguntar nada? Ya no lo escuchaba, sino que pensaba en lo ingenua e inmadura que fui.

—Entonces, ¿qué opinas?

Su voz me devolvió a la realidad.

—Discúlpame, me perdí un poco. ¿Qué opino sobre qué?

—Sobre casarte conmigo.

Todavía no podía creer lo que había escuchado ni lo que había hecho. Lo dejé parado sin una respuesta porque no sabía qué pensar. Él no me siguió ni supe de él en varios días. Las llamadas hacia David también escasearon de mi parte. Me sentía tan confundida que no sabía cómo explicarle lo que estaba pasando sin que pareciera peor de lo que era. Él, sin embargo, no dejaba de mandarme mensajes de texto expresándome su preocupación por nuestro claro distanciamiento. Quería a David, pero los sentimientos por Pedro eran muy fuertes y solo deseaba abrazarlo para nunca dejarlo ir. Maldición. Odiaba estas situaciones porque si en verdad no hubiera amado a Pedro simplemente lo hubiera ignorado y seguido con mi vida.

Busqué otro lugar para mudarme. No quería seguir conviviendo con Nicole porque sentía que la estaba traicionando. Llegué a darle la noticia y la encontré tumbada en su cama.

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?

—Que me he quedado sin prometido —dijo entre sollozos.

Me quedé parada sin saber qué decir. Un ruido nos hizo reaccionar a las dos. Alguien estaba tocando. Salí de la habitación de Nicole para ver quién era.

—¡David! ¿Qué haces aquí?

Fue lo único que alcancé a preguntar cuando abrí la puerta porque él se lanzó sobre mí para abrazarme. Se había preocupado tanto por nuestra situación que había viajado a investigar qué me pasaba. Escuchó llorar a Nicole y me sugirió salir de ahí para poder hablar. Tomé mi bolso y lo seguí hasta el acceso principal del departamento.

Al abrir, en la entrada, nos encontramos con Pedro quien claramente se molestó de verme con David.

—¿A dónde vas? —me preguntó Pedro con voz disgustada e ignorando a mi novio.

David pareció no molestarse con el tono de Pedro, aunque fue él quien respondió.

—No sé quién es usted, pero nosotros nos retiramos —dijo mientras intentaba llegar a la salida.

Eso desató una tormenta. Pedro nos impidió avanzar y a gritos reclamó a David su presencia en el departamento. Nicole salió de su cuarto para lanzarse a los brazos de su ex novio y rogarle que no la dejara. Yo intentaba explicar a Pedro quién era David, pero parecía que él ya sabía eso. El único que no sabía nada era mi prometido y fue precisamente él quien acabó con la confusión del momento cuando me tomó del brazo y me sacudió suavemente para hacerme reaccionar.

—¿Por qué tratas de justificar mi presencia ante este hombre cuando soy yo quien no sabe qué pasa?

No pude más que soltar con frases entrecortadas toda la información sobre quién era Pedro y lo peor es que Nicole parecía entender todo cuando ni siquiera hablábamos en inglés. No me di cuenta a donde habían llegado mis explicaciones hasta que David me detuvo.

—Bueno, pues esto se resuelve ahora mismo. ¿Con quién te quieres casar? —dijo realmente alterado por primera vez en nuestro noviazgo.

No contesté de inmediato. Observé la cara de David. Él había viajado ocho horas para ver que yo estuviera bien y yo no podía contestarle con franqueza o eso pensé porque tras verme fijamente a la cara por un momento dio media vuelta para alejarse mientras decía con voz quebrada: «puedes quedarte con el anillo».

Todo pasó en un abrir y cerrar de ojos. Nicole me maldijo en inglés y en francés. Yo no pude ver más a Pedro después de lo que habíamos hecho a David y a Nicole. Él me buscó, pero al final se cansó y volvió a desaparecer. Le escribí muchos mensajes a David, correos electrónicos y le hice otras tantas llamadas, pero solo me atendió una vez: cuando me pidió que lo dejara en paz. Lo había hecho sufrir cuando él solo me había tratado como a una dama.

Terminé el posgrado porque eso era lo que había ido a hacer y regresé a mi ciudad natal. Inicié la búsqueda de empleo y fue en una entrevista de trabajo donde me encontré a un amigo de David. Me saludó con gusto y aunque en nuestra corta charla no tratamos temas personales, antes de despedirse me dijo, refiriéndose a David: «no sé lo que pasó entre ustedes, pero creo que sería bueno que le llamaras». No podía quitarme esa idea de la cabeza, pero no quería buscarlo hasta estar establecida.

Miré el reloj con impaciencia. Llevaba diez minutos esperándolo en una cafetería cercana a mi nuevo trabajo. El lugar era algo ruidoso pero las sillas eran muy cómodas y la comida deliciosa. El ambiente era relajado y juvenil. Estaba distraída pensando en mis deberes cuando sentí que me tocaban el hombro. David no esperó a que lo invitara a sentarse.

—Ha pasado mucho tiempo y no sé por dónde comenzar —dije con una sonrisa y la esperanza de que fuera bondadoso conmigo una vez más.

—Entonces empiezo yo. Quiero pedirte perdón —dijo sin preámbulo alguno.

Me acomodé en la silla. Seguramente estaba escuchando mal; ni siquiera tenía la menor idea de porque se estaba disculpando.

—Te equivocaste, es verdad, pero yo también. Tuve tiempo a reflexionar y me di cuenta de que no teníamos el mejor noviazgo del mundo, era el peor.

No me dejó interrumpirle, sino que siguió hablando. Habíamos creado la relación más falsa que pudiera existir. Era superficial donde todo aparentaba marchar bien, pero en realidad ninguno de los dos se conocía o sentía verdadera confianza como para hablar de su pasado.

—¿Me perdonas? —Insistió con voz amable.

—Me has dejado sin saber qué decir. Es verdad, hubiéramos cometido un error al casarnos, pero eso no me exime de lo que hice.

Comimos mientras nos poníamos al día. La idea original era pedirle una nueva oportunidad, pero me abstuve de ello para no presionar esta nueva etapa entre nosotros. Llegó el momento del café y él hizo una pausa en la conversación.

—¿Escuchaste lo que te pregunté? —dijo entre risas—. Por lo visto hay cosas que nunca cambian —dijo refiriéndose a lo dispersa que solía ser.

—Me distraje un momento…


—¿Quieres volver a empezar? Pero esta vez con sinceridad y vemos hasta dónde llegamos. ¿Qué te parece? 

martes, 14 de marzo de 2017

Buena amistad, mala costumbre

Maira Delgado


Cuando Maribel cumplió quince años su vida estaba totalmente desordenada; la falta de afecto en su única familia, su tía, sumada a los desprecios de Ernesto, su padrastro, la habían convertido en una niña superficial y ávida de amor. 

Al empezar su pubertad se rebeló contra ellos, tornándose en la «niña problema». Sus maestros no la toleraban mucho tiempo, la altanería era notoria y de colegio en colegio pasaban los días de adolescencia. A pesar de esto, era muy amigable con los chicos, le encantaba estar rodeada por ellos y ser el centro de atención. Ellas le llamaban coqueta, ellos aprovechaban sus debilidades para acercarse y tener sus primeras aventuras y parecía fascinarle, no le importaba estar en boca de todos y literalmente pasar por los labios de muchos.

Francia era la única que realmente la soportaba; vecina desde la infancia le acolitaba todas las locuras, empezó por prestarle sus juguetes sin reclamar cuando los dañaba, hasta defenderla de aquellos que hacían mofa de la casquivana huérfana.

—Tu amiga es muy sensual, me gusta demasiado. Pero todos tienen una historia con ella, al parecer le encanta juguetear con los compañeros de clase —le intimaban algunos—; ¿no temes por tu reputación acaso?

—Ustedes son unos fanfarrones de miedo, creen que hablar de una mujer los hace ver más hombrecitos. Pobres, dignos de lástima, algún día pagarán cada burla y llorarán con creces aprovecharse de una chica y convertirla en su objeto de deseo.

—¿Somos nosotros quienes propiciamos esto?, ¿no es acaso ella la coqueta?, solo decimos la verdad: «Tu amiguita es más fácil que lograr una buena calificación en nuestro deporte favorito».

—Basta, son despreciables, si tan odiosa les resulta entonces aléjense y cierren ese pico, parecen una manada de gansos alborotados.

En el fondo, era la única enterada del sufrimiento silente de Maribel, quien siempre buscaba llamar la atención y recibir un poco de calor humano; confundiendo caricias con cariño y besos con amor.

En esa casa grande, con una excelente vista  -seis habitaciones enormes, todas con lujosos muebles, unidas por pasillos largos y silenciosos que a la vez la convertían en un laberinto de oro, pues al llegar cada quien se refugiaba en su escondite- solo en algunas ocasiones especiales coincidían para la cena, o un rico asado en el jardín cuando Ernesto decidía emborracharse con sus amigos. Ahí había pasado los primeros años de existencia, junto a su tía Lily, una prestigiosa contadora que trabajaba de manera independiente para varios clientes y con sus habilidades para los números había logrado una vida cómoda para ella y los suyos. Su esposo Ernesto era un hombre ambicioso, abogado de una firma en la ciudad de Primavera donde habían estudiado y amasado una fortuna.

Lily siempre fue la más estudiosa de la casa. Su hermano menor, un vago, embarazó a una casi desconocida joven de bajos recursos y no queriendo asumir responsabilidades entregó la niña a su hermana.

Al principio fue emocionante para la pareja de esposos porque después de dos años de casados, ella no había podido tener hijos, pero de repente, el día menos pensado tuvo un retraso y su ginecólogo comprobó que sería madre. Desde ese momento, todo cambió para la niña adoptada, la atención de la pareja se volcó hacia el pequeño que vendría y ella pasó a un segundo plano, sintiendo cada día el desapego de la única familia que conoció.

—Ellos se limitaron a darme comida y estudio, como quien realiza una obra de caridad.

—No pienses así, amiguita, eres importante para todos, lo que sucede es que a veces no lo demostramos. —Siempre la consolaba Francia—. Pero eres mi hermana del alma y no quiero verte sufrir.

—Tal vez hubiese sido mejor crecer junto a mamá así fuese en paupérrimas circunstancias; pero una madre siempre te da amor, como mi tía lo hace con su hijo, se excede en mimos.

—No la juzgues, ella ha hecho lo mejor que ha podido, cuando seas madre lo entenderás.

—Desearía encontrar a un hombre que me ame de verdad, un príncipe en su caballo que me rescate de este infierno, me lleve a vivir a un palacio, seamos felices y comamos perdices para siempre. —Mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Entonces no regales tu amor a cualquiera que no valga la pena, dedícate a estudiar, ser una profesional, luego llegará un hombre bueno con quien puedas trabajar a la par y luchar por lo que deseen.

—Eres tan buena, no merezco una amiga como tú, hablas como una mamá y solo tienes diecisiete, dos más que yo. Eres un sol, Francia. —La abrazó fuertemente—. Si fueras más grande me gustaría que hubieses sido mi mamá.

—¡Ah, recuerda que dañaste todos mis juguetes!, así que no seré tu madre, pero sí te vi siempre como mi hermanita menor, la destrozona, obviamente. —La abrazó mientras lloraban y reían a la vez.

Continuaron siendo amigas, aún después de la universidad, Maribel se convirtió en una exitosa contadora como su tía, Francia estudió idiomas y se dedicó a traducir libros en una famosa editorial, le apasionaba lo que hacía además de dictar clases en la facultad de donde había egresado, sus excelentes calificaciones y habilidad para expresarse, le abrieron muchas puertas. 

Allí conoció a Samuel, otro catedrático, se hicieron muy amigos, compartían tiempo después de clases, practicaban diferentes idiomas, realmente había afinidad entre ellos, parecían tener muchas cosas en común y aunque él no era adinerado como ella, en el fondo a Francia él le gustaba mucho; era un chico proveniente de una familia sencilla, esforzados por brindarle la mejor educación a su único hijo. Samuel aún vivía con sus padres y les ayudaba económicamente ahora que estaban mayores.

—Mis padres trabajaron toda su vida por sacarme adelante, realmente esa es la razón por la que no me he ido de casa, quiero recompensar en algo toda su dedicación, pues cuando me case pasaré mucho tiempo lejos de ellos.

—Eres un buen hombre, excelente amigo, guapísimo además; mereces una mujer que te ame y valore tus buenos sentimientos. —Aunque en el fondo deseaba ser ella la afortunada.

Todo iba bien hasta que el segundo fin de semana del mes de agosto del año pasado salieron juntos y llevaron consigo a Maribel, quien estaba algo deprimida después de terminar una más de sus relaciones pasajeras pero que siempre le arrancaban un par de lágrimas. Francia quiso animarla un poco, así que decidió llevarla de paseo junto a Samuel. Pasó a recogerlo en su carro y luego juntos fueron a casa de la joven, el paseo sería a un pueblo cercano a visitar unos viñedos, los mejores vinos se cosechaban allí, gente de todas partes se reunía cada año para disfrutar de un variado festival en donde beber y saborear diferentes cosechas hacían que el pueblo se transformara en un verdadero símbolo de alegría, siendo la vendimia, la época más esperada; además el agradable clima y los paisajes de aquel lugar reservaban un cálido sol durante el día y para las noches esa delicada brisa, obligando a algunos a encender la chimenea a medida que la temperatura se hacía más fría en la madrugada.

Samuel al ver la belleza de Maribel quedó impresionado, le encantó su forma de ser, tan jovial y sutilmente coqueta. Francia no decía nada al respecto, era demasiado reservada como para que él notara sus sentimientos.

—Tu amiga es encantadora y muy linda por cierto, cuando hablabas de ella jamás me dijiste que fuera tan hermosa —le habló al oído Samuel, mientras Maribel revisaba la cabaña—, creo que estoy enamorado.

Sin saber el daño que sus palabras provocaban en el corazón de Francia, este se dedicó el fin de semana a agradar a la joven y esta a su vez le seducía cada vez más sin siquiera tomarse la molestia de pensar en su amiga y si tendría algún interés en el chico. Para ella solo era un prospecto más con el que podía disfrutar un buen rato y olvidar su anterior decepción.

Francia quiso advertirle acerca de ella, pero era su amiga del alma y no quería sonar envidiosa o hablando por celos.

La cabaña que habían reservado era hermosa, rodeada de jardines que permanecían humedecidos por el rocío mañanero, ofrecían el aroma de un aire naturalmente puro, las paredes de la casa eran gruesas, fabricadas con cemento, semejaban tiempos pasados y la pintura blanca llenaba de luz el ambiente, los pisos de tabletas grandes y frías, se mantenían bien pulidos con la cera utilizada; esto obligaba a buscar el calor de la chimenea que estaba en la sala, allí pasaron la noche cantando y escuchando música de diferentes gustos, mientras bebían el mejor vino de la zona que habían comprado en su visita al viñedo esa misma tarde.

En la madrugada cuando fueron a dormir, Francia nunca supo qué pasó entre ellos pues su amiga prefirió dormir en otra habitación y ella no se atrevió a preguntar nada. Lo único real es que desde el siguiente día su dulce Samuel solo tenía ojos para Maribel y su trato cada vez era más cercano.

Nunca pensó que su amiga se interesaría en Samuel, no era su tipo, ni siquiera tenía el dinero que ella siempre buscaba en los hombres con los cuales se liaba. «¿Se trataría de una aventura más?», susurraba para sí, mas esto no solo destrozaba su corazón, fulminaba cualquier posibilidad de romance con él.

Seis meses después, ya Maribel cansada de su juguete, lastimaba cada día más el alma del chico, le mentía para salir con otros a divertirse pues él no se acostumbraba a su ritmo, no le apetecía estar los fines de semana en las discotecas ni mucho menos tomar licor como solía hacerlo ella.

—¿Qué te pasa, Maribel? Samuel te ama de verdad, jamás nadie te había tratado igual, entonces, ¿por qué insistes en hacerle daño?

—Es demasiado aburrido para mí, no le gusta complacerme, me obliga a divertirme con otros, ya sabes como soy.

—¿Recuerdas cuando me decías: «deseo que llegue un príncipe en su caballo, me rescate de este infierno y bla, bla, bla…»?

—Lo sé. Pero este chiquillo no lo es, creo que solo llega a cortesano y necesito muchas más cosas para ser feliz.

—Nunca podrás ser feliz porque el problema eres tú, tu corazón egoísta, solo piensas en ti, no te importan los demás y los que te amamos jamás llenaremos tus expectativas.

—¿Por qué me hablas así?, ¡no tienes derecho! —le gritó Maribel muy enojada.

—¡El derecho me lo da ser tu amiga y sin embargo haber callado mis sentimientos por Samuel todo este tiempo!, solo para que tú lograras ser feliz me guardé todo, lo escondí en mi corazón, ese fin de semana en la cabaña quería que al conocerlo me dieras tu opinión al saberme enamorada de él. —No resistió más y empezó a llorar—. Pero no hiciste otra cosa que coquetearlo, demostrar tus encantos hasta lograr tu propósito y finalmente llevarlo a la cama como haces con todos.

—¿Por qué no me dijiste nada? —preguntó conmovida también—. Nunca te habría lastimado y lo sabes.

—¿Preguntaste alguna vez? —Francia no soportó más y echó a correr.

Días después Maribel terminó con Samuel, se sentía realmente culpable por haber herido al chico y arruinar su amistad  con la única persona en la vida que le había amado desde niña tal y como era. Pensó en irse lejos pero al saberlo Francia la buscó, sabía que sola se perdería en un mundo de dolor y decidió ir a su casa para reconciliar sus diferencias.

—No quiero que te vayas —le dijo mientras la abrazaba llorando— eres mi hermanita menor, no puedo dejar que huyas así, debes enmendar tus errores y no seguir alejando a quienes te amamos.

—Nunca quise hacerte daño, no a ti. Perdóname por favor, eres tan noble que callaste como siempre para protegerme y te fallé, pero no puedo ver más a la cara a Samuel, él es tan bueno como tú, realmente se merecen el uno al otro.

—No te preocupes, tendré que reparar su corazón también. Pero al fin y al cabo ya estoy acostumbrada a que arruines todos mis juguetes —abrazándola dijo—: «Ven acá, pequeña destrozona, ya es hora de que crezcas».

Pocos meses después Samuel superó la desilusión, su amistad con Francia le fortaleció, ella siempre estuvo ahí para él, incondicional, esperando el momento preciso para confesarle su amor, temía ser rechazada o perder a su amigo; ya que habían sido tan cercanos que le parecía confuso intuir los verdaderos sentimientos de él o resignarse solo a un buen trato. Poco a poco tomó fuerzas y asumió el reto de enamorarlo, sin embargo Samuel cada día descubría la transparencia de su corazón y al lograr apreciar a esta gran mujer que tuvo siempre frente a él, comprendió lo ciego que había sido y cuánto la había herido. Finalmente pedirle perdón no sería suficiente, era necesario una determinación:

«Acepto tu hermoso sentimiento con una sola condición: déjame ser yo ahora quien conquiste tu corazón. Te mereces un príncipe y no un iluso que, por no saber distinguir entre deseo y amor, te haya causado dolor todo este tiempo. Quiero convertirme en tu más fiel enamorado».

De esta manera la amistad tomó un nuevo rumbo y él decidió trabajar cada día por restaurar el corazón de aquella joven que lo dio todo por amor.

martes, 7 de marzo de 2017

Misión cumplida

Principio del formulario
Rosario Sánchez Infantas


El hijo mayor convocó de urgencia a sus dos hermanos. Debía definirse el destino del padre, viudo hacía una década y recientemente jubilado. Acudieron puntuales a la cita. Querían a su padre, había mucho de preocupación por su futuro, pero siendo sinceros, los movilizaba también la preocupación por ellos mismos. Ninguno tenía en sus planes alterar su propia vida familiar con la presencia de un hombre mayor con intereses, costumbres y manías intensas. Treinta años separaban a ambas generaciones; pero la convivencia con «el viejo», como lo llamaban, siempre fue complicada. Además de haber sido una autoridad en su disciplina, era muy inteligente y un erudito a carta cabal. Sin embargo, el temprano ilimitado amor de sus padres había ido tornándolo de un niño inteligente y con un carácter encantador en un hombre apasionado que priorizaba su propio criterio, placer e intereses, mostrándose pragmático y egoísta.

Ambos habían nacido en el Perú. Él, un científico puro; ella, una científica aplicada. Él conocía a Riemann; ella había aprendido a amar a Riemann: aquel físico que afirmaba que dos rectas («y por analogía, dos almas», decía ella) avanzan lejanas hasta converger en un punto, llenándose en contenido con esos vaivenes que sacuden el alma, para volver a separarse, converger en algún otro momento y repetir el ciclo infinitamente. El azar los había unido y su sensibilidad muy desarrollada hizo que se conocieran y amaran. Las decisiones vitales preexistentes (y los compromisos que generan) los llevaron a separarse y continuar sus vidas, a un océano y quince años de distancia.

El paralelismo riemanniano exigió su derecho de ley y gracias a la red informática, ella, que nunca se fue de su patria, y él, que hizo del mundo la suya, convergieron. Se reconocieron y volvieron a amar intensamente. Y es que ambos eran de carácter emotivo; es decir, reaccionaban vivamente ante los acontecimientos que apreciaban especialmente. Las lecturas tempranas y el disfrute de la música, habían desarrollado su sensibilidad, sensualidad y voluptuosidad. Claro que también tenían diferencias: él poseía esa disposición congénita que empuja a la acción, a descubrir, a crear, a imprimir un nuevo sello a las cosas. Es así que trabajaba como investigador en un instituto científico europeo. Ella era de las personas que desarrollan energía, trabajan y se esfuerzan; sin embargo, este tipo de actividad siempre está supeditada a una exigencia externa o, a una fuerte emotividad.

A pesar de tener un interlocutor sensible, inteligente y afín, sus encuentros virtuales, fueron bastante formales y cautos en un principio. «Hemos seguido distintos rumbos, pero ya ves, nos queda ese maravilloso suspiro de la vida para recordarnos con alegría. Sigue comunicando imaginación y entusiasmo a personas dispuestas a superarse», decía él. Muy pronto fueron generando un clima entrañable de complicidad y gustos compartidos. Ella citaba a Ribeyro: «...cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual solo él tiene la llave, ido el amigo la gaveta queda para siempre cerrada. Alejarse de los amigos es así clausurar parte de nuestro ser… las circunstancias nos separaron y continuamos viajando cada cual por su lado y por ello mismo mutilados…». Él también había disfrutado Prosas apátridas y respondía conmovido: «Ribeyro valoraba de modo especial su entorno entrañable y como a muchos de nosotros le costaba encontrar las compañías adecuadas. Ribeyro como todo escritor de élite y raza nos saca de la boca las palabras que nos gustaría decir. Alguien sensible y especial como tú, siempre tendrá un lugar en el mundo de otro que aprecia estas cualidades».

Gradualmente los mensajes fueron más íntimos: «Tienes que mantener abierta esa gaveta de tu ser. Considera nuestro reencuentro como el reinicio de una relación correspondida. Yo siempre gustaré de ti, de escribirte todo cuanto mi puro instinto me lo dicte. Nada está premeditado, nada está calculado. Yo querré ser tan natural como lo fui contigo, querida mía. Disfruto de tus palabras, me siento embriagado de tus sentimientos, me gusta tu estilo, me gustan tu sensibilidad y sensualidad, pero no quiero que te sientas mutilada de nada, quiero ser tu amigo y tu amante al mismo tiempo, sin que tengamos que tener una relación de tormento, sino todo lo contrario: una dulce relación de complicidad en los entresijos de una pasión intensa.»

Era autosuficiente, disfrutaba de una buena pensión de jubilación, la casa donde pasó media vida era cómoda y propia. Contaba con hijos, nueras y nietos. Unos pocos amigos, muchos libros por leer, mucha música por escuchar y todo el mundo por recorrer componían su entorno. El problema, tal como lo veían sus hijos, era que «el viejo» seguía conservando de sí, una imagen del muchacho apasionado que había sido. Ser asertivo e iconoclasta elocuente le había traído muchos problemas. Si seguía viviendo solo, quién iba a evitar que el buen vino fuera su principal compañero. Las advertencias de diversos médicos no lograban que cambiara su estilo de vida, no obstante las anginas de pecho, la hipertensión arterial y el riesgo congénito de cáncer hepático. Además, derrochar su dinero viajando a donde sus caprichos lo llevaran, ¿no era un signo de que estaba empezando el deterioro cognitivo? Los hijos coincidían en internarlo en un centro geriátrico, era lo mejor. Pero, ¿quién le pondría el cascabel al gato? Su padre les llevaba más de treinta años; sin embargo ejercía una autoridad que no hacía concesiones democráticas cuando de defender sus ideas se trataba.  

Llegó el día en el que la pareja se reencontraría, luego de quince años, aprovechando las vacaciones de él. Ella creía que era una bendición envejecer junto al ser amado; la imagen del otro que se actualiza frecuentemente no permite reparar en los diminutos y persistentes cambios físicos que el estar vivo nos impone. Si él conservaba la imagen física de ella de hacía quince años y se encontrase con una realidad diferente, la ponía muy insegura. Sin embargo, al estar recibiendo, como nunca, retroalimentación sobre su sensibilidad literaria, voluptuosidad y gusto refinado, ella fue erigiendo una nueva imagen de sí misma. La poesía los auxilió cuando, como natural curso en una relación saludable, surgió claro como un manantial el deseo sexual.

Dado su carácter, surgieron en ella los celos por los años perdidos. Pero, la literatura le ayudó a entender que no había nada que reclamarle a la vida; este reencuentro era una segunda oportunidad que le regalaba el destino. Un día escribió: «Gracias a ti he descubierto, parafraseando a Benedetti, que el amor es una bahía linda y generosa que se ilumina y se oscurece según venga la vida… El amor es una bahía donde los barcos llegan y se van… pero tú por favor no te vayas». Él, para quien las palabras o los sucesos tenían mayor resonancia en el presente y para quien no existían las palabras «siempre» y «nunca», respondió: «Mi dulce musa, no lo dudes... mi barco está deseando llegar a su bahía para embriagarse de puro placer recorriéndola intensamente y recibiendo el baño delicioso de sus olas envolventes. Deja que mi barco acaricie esa deliciosa bahía envuelta en la bruma perfumada de la pasión, que solo esas aguas cálidas saben recibir el fuego de mis ansias.»

Que «el viejo» hubiera legado una gran parte de su nutrida biblioteca a un pequeño poblado, alertó sobremanera a los hijos. Temían siguiera una retahíla de donaciones y una vez terminado su patrimonio, tendrían que mantenerlo. Ellos esperarían una actitud de arrepentimiento en su padre, tendría él que darse cuenta de que actuaba mal; pero era evidente que el hombre mayor, en términos generales, estaba feliz. Solía permanecer abstraído, refunfuñaba consigo mismo sin causa identificada, hablaba solo, hacía con las manos una suerte de esquemas en el aire. Parecía estar viviendo en otro mundo.   
Los familiares confiaban en que la evaluación clínica rutinaria de su padre incluyera, una opinión que apoyara la decisión que querían proponerle a su padre. El resultado de la entrevista le decía, al joven profesional consultado, que el paciente parecía estar enamorado. Negó con movimientos de cabeza «¡Pobre! a su edad solo hay decrepitud». El viejo pudo leer que el profesional había escrito en la libreta que tenía junto a él: «Diagnóstico presuntivo: episodio maníaco».
Cuando se encontraron, después de quince años, ambos estaban tan ansiosos como adolescentes. Intercambiaban formalidades, mientras tomaban un vino. Sin embargo, después del primer beso, no se dijeron nada. Ese barco conocía la bahía donde se sabía esperado. Una serena plenitud los agobiaba cuando se despidieron con un abrazo y un beso silenciosos. Un suspiro daba fe de sus pensamientos: «Me gustó que dejáramos a nuestros cuerpos expresar lo que las palabras no hubieran podido decir mejor. Más bien, las palabras y su magia ya habían cumplido su misión».
Sonrió complacido y guardó los cambios en la historia que acababa de recrear. Las palabras hacían lo suyo, una y otra vez. Retrotraían vívidas emociones que impregnaban sus horas e inundaban, como antes, de oxitocina y dopamina, todo su sistema. «El tiempo, no es un vector, es interminable espiral; por lo tanto, la vida puede ser tantas veces intensamente vivida. Amé apasionadamente; tengo el alma plena de saudade por los momentos intensos, el recuerdo de personas especiales, aromas, melodías, libros, lugares. Antes con el ensueño, ahora con las palabras volveré a recrearlos y vivirlos intensamente.»

«¿Quién diría que cuarenta y cinco años de lecturas me hubieran ilustrado en psicología humana? Quizás algún día escriba un cuento sobre este joven profesional, prototipo de su tiempo. Su bostezo, ojeras y tensión en los hombros me sugieren que tiene muchas expectativas impuestas por el sistema, competitivo, perfeccionista, racional en extremo, incapaz de reclamar por las demandas excesivas, zarandeado por los sentimientos de culpa. ¡Qué rico personaje!», pensó «el viejo».

Una tarde, sentado bajo un álamo, el viejo sonreía mientras musitaba: «Guillermo Ibañez, compañero, yo también me aparto del ruido y de las voces y veo reaparecer presencias detrás de los pliegues del olvido para realizar el milagro del amor. Tú subías las escaleras de tu buhardilla donde los amados poetas aguardan el rescate de una noche, para vengar con dolor y goce sus vidas. ¿Sabes, hermano?, le cogí el gusto a rescatar mi propia vida. Mi mente veleidosa siempre ha conservado selectiva aquello que me conmueve sin piedad. A mis años cedí a la tentación de actualizarlo con la magia de las palabras; magia que nuestra dulce complicidad y gustos compartidos hizo crecer vigorosa. Leo la postal en la que ella citaba a Gioconda Belli: "Dime que no me conformarás nunca, ni me darás la felicidad de la resignación, sino la felicidad que duele de los elegidos, los que pueden abarcar el mar y el cielo con sus ojos y llevar el Universo dentro de sus cuerpos” y me siento deliciosamente abrumado, como entonces, con su presencia; aunque mi hermano llamara, desde nuestro país, para decir que hace una semana la enterraron».

Buscando un mundo diferente

Horacio Vargas Murga

El equipo de guardia se sobresaltó al ver ingresar por la puerta de emergencia, a un señor que sangraba por la boca, sostenido a duras penas por una mujer que gritaba pidiendo ayuda. Sus gritos se escucharon en diferentes lugares del gran hospital, en donde decenas de pacientes realizaban largas colas esperando ser atendidos. Inmediatamente dos técnicos de enfermería lo colocaron en una camilla y lo condujeron al ambiente de los pacientes críticos, donde un médico alto, delgado y de cabello entrecano, fue tomándole las funciones vitales y una enfermera de baja estatura, robusta y de melena ensortijada, canalizaba una vía endovenosa para colocar un frasco con cloruro de sodio. El paciente, pálido y frío, estaba inerte en la camilla. El miedo y la incertidumbre eran percibidos en el ambiente, tanto como el alcohol y el agua oxigenada.
Su presión arterial está muy baja, necesitamos urgente trasfundir un paquete globular dijo el médico de turno alarmado.   

—¿Se salvará mi esposo, doctor? Creo que su úlcera ha reventado manifestó la mujer, muy preocupada.

No lo sé, señora, su estado es crítico, haremos todo lo posible para salvarlo.

Un técnico de laboratorio extrajo del paciente una muestra de sangre, para cumplir con los análisis solicitados. A los pocos minutos enviaron la bolsa con el paquete globular, que fue transfundido de inmediato, mientras el frasco con cloruro de sodio goteaba con gran velocidad. El paciente permanecía postrado sobre la camilla, sin abrir los ojos, completamente pálido y su mujer lloraba a su lado, mientras le cogía una de las manos, que se encontraba reseca y rugosa. La señora sudaba copiosamente y de su frente cayeron algunas gotas sobre sus labios, llegando a sentir aquel sabor salado que terminó convirtiéndose en amargo.
Con sorpresa llegaron a ver cómo se abría un agujero en la pared, a través del cual, ingresaba un líquido vinoso, muy similar al líquido donde ellos habitaban. Este fluido entraba en forma continua con cierta lentitud. Sumergidos en este fluido, también aparecieron unos seres en forma de discos bicóncavos, de color rojo, con una zona periférica más coloreada y una zona central clara.
Mira, Ricardo, son similares a nosotros dijo Eduardo al ver a estos nuevos personajes. 

Sí, hermano, parece que vienen de algún lugar desconocido.

Se acercaron a conversar con los foráneos. Ellos les contaron que vivían en un lugar similar, pero se abrió un agujero en la pared y fueron aspirados al exterior, donde había mucha claridad y no distinguían bien lo que pasaba. Posteriormente, recuerdan haber estado en otra zona de paredes transparentes y luego en otra más grande donde todo estaba oscuro. A veces, cuando esta se abría, nuevamente todo lo exterior se ponía muy claro. Finalmente fueron aspirados a través de un tubo largo y delgado y aparecieron en este nuevo lugar.
Es fabuloso, hermano, yo también quisiera salir de aquí y conocer un mundo diferente, saber cómo son las cosas en el exterior dijo Eduardo entusiasmado.

No es conveniente, no sabemos qué peligros habrán fuera de aquí. Últimamente he visto agujeros que se han abierto en la pared y por donde muchos de los nuestros han sido aspirados. No hemos vuelto a saber más de ellos. Quizás estén sufriendo en un lugar desconocido o quizás ni siquiera estén con vida afirmó Ricardo.

Hermano, yo quiero conocer otros lugares, aquí estoy aburrido, siempre nadando sobre este líquido detestable, sin hacer nada nuevo. Mis amigos sienten lo mismo.

No, Eduardo, puede ser muy peligroso, recuerda que nuestro hermano Diego también fue aspirado y no hemos sabido nada de él.

Con mayor razón, Ricardo. Saliendo de aquí podemos ir a buscarlo.

Ricardo sintió una gran tristeza y a la vez una ligera esperanza.
Déjame pensarlo, hermano, déjame pensarlo.
Al lugar de los hechos llegaron algunos más, informando que en otro lugar, un tiempo antes, se abrió un agujero grande en la pared, por donde un grupo numeroso de conocidos, fueron aspirados al exterior en forma súbita y a gran velocidad. Igualmente, en un lugar distinto, se abrió también un agujero en la pared, donde fueron aspirados un número mucho menor de conocidos.
Es curioso que algunos agujeros aspiren a conocidos y otros nos traigan foráneos a nuestro lugar comentó Ricardo.

Tienes razón hermano, por eso mismo, debemos salir al exterior para averiguarlo dijo Eduardo.

Eduardo estaba cansado de su vida rutinaria, siempre en movimiento, sumergido en el líquido vinoso, recorriendo de manera permanente los mismos lugares, tubos a veces anchos y otras veces estrechos. Los había recorrido tantas veces que ya se los sabía de memoria. No tenía que hacer mucho esfuerzo para desplazarse, siempre era empujado por el líquido vinoso, que a veces iba lento y otras rápido. Lo que no le gustaba nada, era cuando aumentaba la presión del fluido, generando que se golpeara contra la pared del tubo. Cada vez que esto ocurría, gritaba una grosería. Ricardo no podía contener la risa al verlo, lo que aumentaba más su cólera.
Junto con ellos también circulaban unos personajes de características similares, pero de color blanco. Igualmente, había otros personajes pequeños, medio deformes, que parecían partidos. Casi no podían conversar con ninguno de ellos, siempre estaban todo el día ocupados. Los personajes blancos aceleraban su movimiento cuando aparecía un ser extraño e inmediatamente lo neutralizaban y los personajes pequeños aceleraban cada vez que aparecía una abertura en alguna pared para cerrarla. Eduardo envidiaba la vida de estos cohabitantes y detestaba no poder hacer las cosas que ellos hacían. Ricardo por el contrario, se sentía contento con su vida tranquila, sin mayores problemas. Le decía a su hermano que debería estar agradecido por tener una vida sin riesgos.
Llegó el resultado del análisis de sangre que se tomó previo a la transfusión. La hemoglobina estaba en 7 gr/dl. El paciente comenzaba a abrir los ojos con cierta dificultad, su presión arterial había subido de 60/40 mmHg a 90/60 mmHg, y sus latidos habían descendido de 140 por minuto a 110 por minuto. Se mostraba menos pálido. Su mujer se alegró y le acarició la mano rugosa, que sintió menos reseca que antes.
Tiene anemia severa, esperemos que con la transfusión se obtenga un ascenso importante de la hemoglobina. La presión arterial y la frecuencia cardiaca han mejorado, aunque están todavía en valores anormales. El paciente está evolucionando bien, pero aún sale sangre por la sonda nasogástrica. Espero que sea sangre residual dijo uno de los médicos de guardia.

Es muy prematuro para decir que ha salido de peligro comentó el otro médico que lo acompañaba.

Necesitamos un control de hemoglobina, para ver cuánto ha mejorado mencionó el médico de guardia anterior, mientras llenaba la orden de laboratorio.

Nuevamente se abrió un agujero en la pared y muchos personajes conocidos fueron absorbidos al exterior.
Este agujero es parecido al otro que se abrió antes afirmó Eduardo.

Es verdad, siempre los agujeros se abren en lugares cercanos comentó Ricardo.

Si es así como dices, podemos estar pendientes en forma permanente, por donde suelen abrirse los agujeros que aspiran, para poder salir en cualquier momento replicó Eduardo.

¿Estás seguro de lo que estás diciendo? Puede ser peligroso mencionó Ricardo.

Nunca he estado seguro de algo como ahora, me muero por conocer cómo es afuera y además quiero reencontrarme con mi hermano insistió Eduardo.

Bueno, te acompaño, pero te juro que tengo algo de miedo afirmó Ricardo.

Yo también, pero esta aventura es mayor que mi miedo. El que no arriesga, no triunfa dijo Eduardo.

En un momento inesperado, el paciente presentó un sangrado masivo y luego un paro cardiorrespiratorio. El equipo de guardia entró en gran tensión. Los médicos empezaron a realizar las maniobras de resucitación, pero el paciente no respondía. Uno de ellos tuvo que emplear el desfibrilador, con lo cual el paciente recuperó los latidos y la respiración. Fue trasladado inmediatamente a la unidad de cuidados intensivos. Un nudo en la garganta fue instalándose en todo el equipo de guardia.
Se ha salvado por poco comentó uno de los médicos.

Ojalá no vuelva a tener otro sangrado, lo más probable es que termine ingresando a sala de operaciones para cerrar esa úlcera comentó el otro.

Se abrió un agujero grande que comprometió la pared en una zona muy distante a la que estaban Ricardo y Eduardo. Una gran cantidad de personajes conocidos fueron aspirados al exterior.
Maldición, el agujero se abrió por otro lado y salieron muchos, perdimos esta gran oportunidad dijo con cólera Eduardo.

Me contaron que hace poco, también se abrió un agujero en esa misma zona, pero no fue tan grande como este comentó Ricardo.

Entonces hermano, no nos queda otra cosa que dividirnos, uno esperará en el lugar donde se abren los agujeros pequeños y el otro donde se abren los agujeros grandes manifestó Eduardo.

Tendrá que ser así hermano, yo me ubicaré en el territorio por donde se abre el agujero pequeño y tú por donde se abre el agujero grande, para que tengas más posibilidad de salir primero dijo Ricardo.

Gracias hermano, el primero que logre salir buscará a Diego y juntos encontraremos la forma de sacar al que se quede de nosotros manifestó Eduardo.

El paciente se encuentra en cuidados intensivos conectado a un monitor. Lleva puesta una sonda nasogástrica, una sonda Foley para evacuar la orina y una vía endovenosa central. Sus signos vitales aún no se estabilizan. Su mujer llora en la sala de espera, su cabello canoso resalta entre las personas que están a su alrededor. Se limpia los ojos y siente sus párpados hinchados,  así como la piel arrugada y frágil de su rostro. Esta vez la acompaña su hijo, triste, pero sereno; quien la abraza consolándola.
Ha perdido mucha sangre, hay que transfundirlo inmediatamente menciona uno de los médicos de cuidados intensivos.

Mientras traen las bolsas con paquetes globulares, hay que pedir exámenes de laboratorio, para ver sobre todo cómo está la hemoglobina dice el otro médico que lo acompaña.

Un agujero pequeño se abre en la pared y Ricardo es absorbido junto con otros personajes conocidos. Le comunican a Eduardo lo sucedido con su hermano. Siente a la vez alegría y pena.
Ojalá Ricardo pueda contactar a Diego y luego me ayude a salir de aquí. Estaré pendiente de lo que suceda dice con satisfacción Eduardo.

Es una posibilidad muy remota. Los que han salido de aquí nunca más han regresado comenta su amigo Pedro.

—¡Cállate!, no seas pesimista, mis hermanos vendrán por mí manifestó Eduardo molesto.

Mientras tanto, Ricardo y los demás que habían sido aspirados, se encontraban en un tubo largo y transparente. Pudieron percibir con cierta dificultad, la claridad de la que habían escuchado hablar. Luego pasaron por diversos aparatos desconocidos y finalmente fueron desechados en un frasco, rumbo a ser tirados a la basura.
Llega el resultado del siguiente análisis de sangre. La hemoglobina está en 6.5 gr/dl. Los médicos de cuidados intensivos miran el resultado con desagrado.
Continúa con una anemia severa. Este paciente es una bomba de tiempo, ojalá podamos sacarlo de peligro dice uno de los médicos.

Ya llegaron los paquetes globulares. Esta vez han tardado más de la cuenta. Hay que comenzar la transfusión de inmediato refiere otro de los médicos.

Un agujero pequeño se abre en la pared e ingresan nuevos personajes. Vienen de un lugar diferente al que provienen los otros foráneos, pero con un hábitat similar. Conocidos y foráneos entablan un largo diálogo y especulan sobre la posibilidad de la existencia de mundos diferentescon características semejantes.
Cuando observé que se abrió el agujero, me acerqué para ser succionado para afuera y me cayó un chorro fuerte de líquido vinoso con ustedes encima. No sé por qué en ocasiones nos succionan y en otras ingresan foráneos que se parecen mucho a nosotros comenta Eduardo.

A nosotros nos ha pasado lo mismo. Fuimos succionados de nuestro lugar de origen y ahora estamos en el lugar de ustedes, sin saber cómo ni por qué contesta uno de los foráneos.

—¿Han visto a mis hermanos Ricardo y Diego? pregunta Eduardo.

No los conocemos. Todo el tiempo que hemos estado afuera, no hemos tenido contacto con nadie más que con nosotros mismos contestó el foráneo.

Eduardo se quedó triste, pero mantuvo la esperanza de salir y encontrar a sus hermanos. Pensó que era cuestión de saber buscar.
El paciente vuelve a presentar nuevamente un sangrado masivo y luego un paro cardiorrespiratorio. Los médicos realizan las maniobras de resucitación sin ningún efecto. Uno de ellos usa el desfibrilador en varias oportunidades sin conseguir resultados.
Es una lástima, hicimos todo lo que pudimos, pero finalmente falleció dijo uno de los médicos apesadumbrado.

Así es el destino colega, algunas veces podemos salvar vidas y otras veces no. Tenemos que avisarle a la familia. Es una situación triste y desagradable refirió otro de los médicos.

Un agujero enorme que comprometió una gran extensión de la pared, se abrió cerca del último agujero grande. Eduardo fue aspirado al exterior junto con otros personajes conocidos. En el trayecto, Eduardo se sintió asustado, pero con la ilusión de encontrar un mundo diferente y también a sus hermanos que habían salido antes. Una vez en el exterior, la intensa claridad le nubló la visión y apenas pudo conversar con sus conocidos que también experimentaban lo mismo. Pasó el tiempo y sintió que ya no podía respirar y que sus fuerzas iban decayendo. No pudo hablar ni escuchar las voces de sus compañeros. Una sensación de miedo intenso invadió todo su organismo. Recordó las palabras de su amigo Pedro al decir que los que salían ya no regresaban. Emitió un grito tenue de desesperación y expiró al igual que sus compañeros.

El personal técnico, retira la ropa ensangrentada del cuerpo del paciente fallecido y luego cubre al occiso con una sábana blanca y larga. Sienten la rigidez y dureza del cadáver. Uno de los médicos informa sobre la mala noticia a los familiares, que estallan en llantos y gritos de impotencia. En la calle, se observa una lluvia persistente y algunos charcos de agua sucia sobre la pista, fluyen como la sangre donde alguna vez vivieron Eduardo, sus hermanos y sus compañeros.