martes, 19 de abril de 2016

Elixir

Teresa Kohrs



Tobías avanzó firmemente haciendo un gran esfuerzo por no demostrar la repulsión que sentía. El estar tan cerca de un hombre sin moral, ni escrúpulos, le provocaba fuego en la sangre. Hace diez años que su hermosa prometida había desaparecido cerca de la frontera, durante la peregrinación al lago. Unas zapatillas junto a la orilla les obligó a concluir que se había ahogado, pero él jamás lo creyó. Estaba seguro que Silvia había sido secuestrada y llevada al otro lado de la isla, como sucedía frecuentemente con mujeres de menor rango. No tenía pruebas, así que pasado el tiempo tuvo que aceptar que ya no la vería más, continuando su vida con una nueva esposa e hijos, pero el dolor de la pérdida y sus sospechas lo hacían perder el control con cada paso. No me puedo dar ese lujo, se dijo regañándose mentalmente, respirando para controlar su temperamento. Él era el líder de la mitad de la isla, su buen ejemplo debía demostrar la forma correcta de actuar.

Bruno, llamado por su gente “el negro” lo esperaba vestido con una túnica sucia y rugosa que mostraba sus pantorrillas, las cuales eran tan musculosas que parecían dos pequeños pilares. Con sus macizos brazos cruzados sobre el pecho y aquella abundante cabellera negra azotando su rostro, de barba larga y despeinada, lo miraba de forma burlona. Como si pudiera leer sus pensamientos y gozara con el caos que reinaba en su interior.

Tobías recuperó la apariencia de serenidad, elevó su puntiagudo rostro adornado con una barbilla negra perfectamente recortada. Sus facciones reflejaban una vida de estricta disciplina. Los delgados dedos de su mano se elevaron para colocar la capucha de la prístina capa y poder así protegerse del fuerte viento que de momento lo ensordecía. El aroma dulzón proveniente del lago se intercalaba con los rancios olores que emanaban de los hombres y mujeres salvajes. No pudiendo ocultar del todo su desdén, dirigió una mirada escrutadora al líder de los impuros, el cual con sarcasmo en su postura, mostraba su incomodidad apretando los puños.

Estaba todo listo, cada persona presente de ambos lados sabía cuál era su papel. Por primera vez en años se requería que trabajaran en conjunto. Se odiaban tanto entre sí que el simple hecho de estar sobre la misma plataforma era considerado un milagro. Lo único que faltaba era que se dieran la mano como señal del acuerdo.

Se dice que hace miles de años, la hermosa Isla Blanca nació de lo profundo del sexto mar durante la noche, atraída por la luminosidad de la luna llena. Un gran lago de leche al centro de la misma daba nombre al lugar. Este se encontraba rodeado de altas montañas escarpadas, como si se tratara del cráter de un volcán y solo contaba con dos entradas conocidas, una al este y otra al oeste. Las aguas blancas eran traicioneras, fuertes corrientes subterráneas las convertían en un peligro y muchas personas habían perdido la vida intentando atravesarlas.

En un principio, hombres y mujeres de todo el mundo viajaron para conocerla. Enamorados de sus bellezas naturales se quedaron. Eran personas de buen corazón, quienes rodeadas de un ambiente de tranquilidad, lograron una idílica armonía. La paz reinaba en ambos territorios. Vivieron prósperos durante varios años hasta que un día, la fama del lugar se extendió a regiones lejanas. Del continente Asura salieron dos negras embarcaciones, tan sombrías como sus ciudades, conocidas por estar cubiertas de humo negro y cenizas, así como por la crueldad de sus habitantes.

La primera de estas naves se dirigió al este de la isla. Al verla, los nativos llamaron a un estudioso quien les advirtió de su oscura procedencia. A pesar de ser una población pacífica, idearon un plan para evitar su llegada repeliéndolos con ingenio y trucos de ilusión, asustando así a los extranjeros. Estas historias todavía circulan en el mundo confundiendo y evitando la llegada de más exploradores. Sin embargo, tres hombres lograron llegar a tierra firme y sobrevivir. Ellos consiguieron infiltrase entre la gente, incitándolos a actuar de manera egoísta, pensando solamente en el placer personal, sembrando así las semillas del mal. Con el tiempo se generó un desequilibrio que alarmó a los dirigentes, lo que llevó a un sometimiento brutal de los infractores a través de la aplicación de estrictas leyes de conducta que continuaron evolucionando hasta un punto de pureza extrema.

La historia en el oeste fue diferente. Inocentes y sin conocimiento de lo que les esperaba recibieron con los brazos abiertos a la segunda embarcación. Descendieron de él hombres sin moral, quienes con el tiempo lograron corromper al resto de la población a través de violencia, excesos y satisfacción sin límites de los deseos de la carne.

La tecnología permitía ahora la posibilidad de viajar de un lado al otro, pero las leyes puritanas lo tenían estrictamente prohibido. Eso no quería decir que no existieran los viajes clandestinos, secuestros y violencia en los puntos fronterizos. Con la desaparición de Silvia, la relación entre ambas facciones se volvió aún más tensa. Además de ser la prometida de Tobías, era famosa debido a sus poderes de sanación. La gente oraba, poniendo altares en su nombre, buscando un milagro. Sin embargo, cuando brotó una nueva cepa muy resistente de un antiguo virus, la enfermedad no reconoció fronteras y se propagó de igual forma en ambos lados de la isla. Los dos líderes tuvieron que tomar cartas en el asunto, buscar un acuerdo entre ellos y pedir ayuda al exterior formando un frente común.

Ofelia, gobernadora de la Isla Serpiente, aguardaba impaciente la llegada de los visitantes de la Isla Blanca. No sabía a quién de los dos despreciaba más. Ambos le recordaban que había todavía personas ignorantes incapaces de evolucionar. Su isla se caracterizaba por la sabiduría de la gente y no podía evitar sentir que perdía el tiempo cada vez que llegaba un extranjero a pedir consejo. La mayoría venían con la esperanza de escuchar la solución a sus problemas y debido a lo primitivo de su mente, se iban pensando que sería fácil aplicar lo sugerido, demostrando con esa idea no haber comprendido el mensaje. A pesar de todo no se podía negar, el conocimiento debía ser entregado, lo entendieran o no.

Tobías y Bruno entraron en el gran salón de paredes de vidrio, diseñado especialmente para templar el ego. La vista hacia el exterior mostraba en sus cuatro lados un jardín que se perdía en el infinito, lo cual provocaba una sensación de pequeñez. El clima controlado artificialmente era templado, con un suave aroma a flores silvestres. Esperando ver al gobernador, se sorprendieron al encontrarse con una distinguida mujer de estatura media, con cabello negro como la noche y piel blanca, perfectamente peinada, vestida con una túnica de seda morada que se ajustaba a su delgada complexión, dándole un aire de autoridad absoluta. Con un fluido movimiento, inclinó su cabeza ofreciéndoles asiento y aprovechando su desconcierto preguntó lo necesario, logrando así que hablaran sin censura. Los escuchó atentamente, manteniendo rectos su largo cuello y espalda. Después señaló a su asistente, un hombrecito que pareció salir de la nada, el cual encendió un gran monitor que bajó del techo frente a ellos.

En este aparecieron dos ancianos de aspecto andrógino, cubiertos con túnicas de color púrpura. Estos dos extraños personajes, rapados, de ojos blancos, conocidos como los sabios serpiente, sorprendieron a los visitantes quienes no pudieron reprimir sus expresiones de repulsión, ya que enredada entre sus brazos había una gran víbora de colores brillantes, tan ancha como el brazo de dos hombres, tan larga que su cuerpo se perdía entre sus ropas. La inmensa cabeza del reptil reposaba sobre el pecho de uno de ellos, quien la acariciaba cariñosamente como si se tratara de un pequeño cachorro. Ofelia les dio la palabra e impartieron su sabiduría con voz baja pero firme, hablando como si fueran una sola persona, dialogando de manera alternada, hasta terminar el mensaje.

—Isla Blanca
—ascendida del sexto mar
—invisible para el hombre
—evidente en la creación.
—Lago de leche
—asiento del néctar
—amrita su nombre
—elixir de vida.
—Caparazón de tortuga
—sostiene la piedra
—del monte sagrado
—serpientes de soga.
—Jalen los puros
—jalen los impuros.
—Cinco elementos
—cuatro ingredientes
—siete constituyentes
—batido de leche.
—Jalen los puros
—jalen los impuros.
—El veneno es exhalado
—amrita es expulsado.

Al terminar el monitor se apagó. La magna mujer elevó sus brazos en un ademán que indicaba que era momento de levantarse. Ambos brincaron de sus asientos con la intención de hablar al mismo tiempo. Ella los cortó irritada con un movimiento de mano, chasqueado sus dedos. Se quedaron boquiabiertos. A pesar de sus diferencias, estos dos hombres parecían haber encontrado algo en común, no estaban acostumbrados a recibir órdenes de una mujer. Ofelia los envió hacia los muelles escoltados por dos grandes guardias, siguiéndolos hasta la orilla esperando no volver a verlos jamás, pero no sin antes recordarles la deuda adquirida.

—Señores —dijo sin poder ocultar la baja opinión que tenía de ellos— se ha puesto en movimiento el impulso del cambio —pronunció enfatizando sus palabras pues sabía que hablaba con dos personas de cabeza dura— bajo la ley del equilibrio no pueden recibir sin dar. Tengan presente la deuda y recuerden que no obedecer las leyes universales trae como consecuencia el sufrimiento.

Sin más los dejó, perplejos, parado uno frente al otro, sintiéndose humillados.

Bruno el negro, de nariz rota, ojos disparejos, anchos hombros y piel morena fue el primero en recuperase rompiendo el hielo.

—¡Estamos jodidos! —comentó gruñendo.

El fétido aliento del hombre hizo que Tobías sacara su pañuelo para taparse discretamente la nariz.

—En lo sucesivo, agradecería te abstuvieras… —dijo Tobías con aires de grandeza para luego detenerse y recordar el encriptado mensaje de los sabios serpiente. Haciendo un gran esfuerzo dulcificó su tono— debemos trabajar en conjunto.

—¡Estás idiota! —exclamó Bruno casi gritando, gesticulando con los brazos, agitando el aire a su alrededor— ¡estamos jodidos! ¡Es imposible!

—Bruno —dijo Tobías, haciendo a un lado el odio que sentía por el hombre que consideraba responsable de la desaparición de su amada, pues era vital convencerlo— piensa en el bien de nuestros pueblos. ¡Debemos hacerlo!

El negro se le quedó viendo un largo rato. Luego soltó una carcajada.

—¡Te cagas del miedo! —dijo con su habitual volumen escandaloso— tú y los imbéciles de tus gobernantes no saben más que escupir mentira tras mentira. Hablan de respeto, honradez y no sé cuántas otras estupideces. Caminan con un palo en el culo, mientras miran a todos hacia abajo, cuando la verdad es que como el agua estancada, están podridos. Tienen tantas leyes que no saben lo que es vivir —exclamó sobándose grotescamente los genitales— ¿y todos esos deseos? —dijo entrecerrando la quijada— ¡malditos hipócritas! —terminó en un tono amenazador.

Tobías no lo sabía, pero Bruno hablaba con conocimiento de causa. Su madre había nacido en el este. Creció dentro de una familia privilegiada donde tuvo educación, alimento y ropa fina. Al verla, nadie hubiera pensado que era desdichada. Los secretos bien guardados de algunos puritanos pervertidos le destrozaron la vida. En cuanto tuvo oportunidad utilizó sus ahorros para pagar el paso ilegal al oeste. Ahí encontró la libertad deseada, pero la falta trabajo le dejó solo una opción: vender su cuerpo por dinero. Bruno nunca supo quién fue su padre y el resentimiento de la mujer que le dio la vida, lo llenó de odio.

Mientras escuchaba las mejillas de Tobías se iban coloreando al tiempo que gotitas de sudor adornaban su frente. Antes de abrir la boca, se pasó el pañuelo sobre el rostro, inhaló el aroma a lavanda con el que lo había rociado y con una larga exhalación logró calmarse lo suficiente para responderle al salvaje.

—Los instintos animales de tu pueblo no son el tema de esta discusión —se detuvo mordiéndose el labio, enojado aún más debido a la expresión mordaz del otro hombre. Inhalando regresó al tema principal— tenemos maquinaria, podemos extraer la roca del monte sagrado para colocarla al centro del lago de leche. Bajo la cueva del oso, al sur de tu territorio, hay un gran caparazón de tortuga. Manda a tu gente. Vamos a necesitar mano de obra —omitió decir que de su lado de la isla ya no existen los obreros.

Sonriendo sarcásticamente el salvaje acicaló su barba. Recordando las muertes y enfermos en su tierra, apretó la boca. El puritano tenía razón. A pesar de todo lo que se decía de él, estaba realmente preocupado, su gente necesitaba ayuda. Debían hacer esto juntos. Resignado asintió.

—De acuerdo —dijo extrañamente en un bajo tono de voz— la cita es en siete días al centro del lago. Tú llevas la maquinaria con el monolito, yo el caparazón y los hombres. Se dio la media vuelta rascándose la espalda baja, hablando para sí mismo sin esperar respuesta.

Frunciendo la nariz y suplicando paciencia, Tobías también se giró para subir a su embarcación. Obtener el elixir para curar a los enfermos era trascendental, pero ambos sabían que el exquisito néctar contenía propiedades mucho más preciadas. Los textos hablaban incluso de inmortalidad. Tobías tuvo que detenerse y respirar pausadamente. La expectativa de tener tal poder en sus manos lo hacía vibrar internamente. Con él podría limpiar la isla de los no creyentes y su palabra sería la ley.

Los primeros rayos de sol apenas hacían su aparición del lado puritano, cuando como abejas atraídas al panal, decenas de embarcaciones de todo tipo se acercaron sobre las blancas aguas de ambos lados en dirección a la plataforma, la cual flotaba sobre el eje central del lago. Una grúa sostenía la piedra del monte sagrado. Tal como instruyeron los sabios serpiente, colocaron con precisión el caparazón en la base y serpenteando alrededor las sogas. Ordenaron a los hombres impuros subir a la plataforma. De un lado ellos tomaron las cuerdas, del otro los puros ayudados con la maquinara.

Los dos gobernantes se encontraron al centro. Tobías con la capa moviéndose al ritmo del viento y la capucha bien ajustada a su cabeza. Bruno fluyendo con el vaivén, dejando que su corta túnica se elevara de manera impúdica, escandalizando a la mitad de los asistentes. El negro extendió su mano firme, el hombre altivo de barba puntiaguda la tomó solamente con las frías puntas de sus dedos, tratando de evitar el contacto. Por un momento el aire fresco pareció detenerse. El sol alumbraba ya todo el territorio del este, pero el oeste permanecía todavía en la oscuridad. Todo estaba en su lugar. Era momento de comenzar.

Con una señal, brujos y hechiceros impuros, descendientes directos de asuras, vestidos con ropa sencilla, tiraron desde sus balsas los siete constituyentes: líquido digestivo, sangre, piel, grasa, huesos, médula y semen. De los barcos modernos, especialistas reconocidos con el nombre de devas, lanzaron las hierbas, pasto, enredaderas y plantas. La mezcla comenzó, jalaban los hombres, jalaban las máquinas, una y otra vez, agitando el lago, utilizando la gran piedra como si se tratara de un molinillo, volviéndolo más denso. Cada vez requería mayor fuerza, más hombres se agregaban al esfuerzo, más potencia se imprimía en el motor. De pronto la piedra del monte sagrado explotó, pequeñísimos pedazos salieron por los aires cayendo a lo lejos, hundiéndose en el espeso líquido blanco.

Como un géiser, un chorro de líquido verdoso salió del mismo lugar donde antes se encontraba la roca. De momento nadie se movió. Luego, hombres impuros se pelearon unos con otros a patadas y golpes para llegar al líquido, abriendo sus grandes bocas, tratando de cachar con ellas las gotas que parecían caer del cielo. Al contacto de estas con la mucosa interna, algo inesperado sucedió, los hombres comenzaron a retorcerse emitiendo un gemido desgarrador, echando espuma por la boca, en el siguiente instante estaban muertos. Bruno les había advertido que lo primero que saldría era el veneno, pero ellos en su avaricia e impaciencia no esperaron y la consecuencia fue devastadora. Los cadáveres habían caído en forma de espiral en torno al centro de la plataforma. La imagen resultaba aterradora y simbólica a la vez. Los demás retrocedieron.

Durante un segundo todo se detuvo. El movimiento fluido de una figura siguiendo la espiral de hombres reactivó el tiempo. Aterrados por los efectos del veneno la escena captó su atención. Era una mujer alta, delgada, cubierta con un manto oscuro, lo que de momento les hizo pensar que venía del oeste, sin embargo, al desenvolver la tela de su cuerpo, apareció vestida con una finísima túnica dorada, evidentemente proveniente del este. Se agachó para absorber completamente el líquido verde con el manto, el cual colocó dentro de una canasta. Después, para sorpresa de los presentes, la misteriosa mujer elevó su rostro mostrándolo abiertamente. Expresiones de asombro e incredulidad viajaron a través del viento resonando alrededor, era Silvia.

Cuando Tobías la vio su corazón se desbocó. Una fuerte necesidad de tocarla, olerla y abrazarla le hizo correr hacia ella, tropezando una y otra vez con los hombres tirados en el suelo. Bruno gruñó gritando su nombre lo que hizo que Tobías se detuviera a medio paso, girándose para mirarlo con fuego en los ojos.

—Lo sabía —dijo por lo bajo, tan furioso que temía romperse la quijada.

Bruno no lo podía creer. La había mandado secuestrar para saciar su sed de venganza. Cuando sus hombres la trajeron pensó en todas las cosas que haría con ella, en como tomaría su cuerpo cada vez que quisiera, disfrutando el daño causado a su enemigo. Sin embargo, su plan no funcionó. Una sola mirada a la belleza etérea de cabellos blancos como la leche y sus piernas dejaron de funcionar, paralizándolo en su sitio. Pero nada pudo haberlo preparado para lo que sucedió enseguida, cuando aquellos ojos del color del cielo se posaron en él y algo parecido a una descarga de electricidad lo recorrió, desmoronándolo desde adentro, dejándolo aturdido y desorientado. Sin haberla tocado, salió de aquel calabozo trastabillando, cerrando la puerta de un golpe, para después regresar y encontrarlo vacío. Silvia había desaparecido. Furioso torturó a los guardias hasta que el culpable pagó con su vida. Algunas personas hablaban de haberla visto en las cuevas cercanas al lago durante las noches de luna llena, donde mostraba a sus fieles seguidores su verdadera naturaleza. Se decía que ella era la encarnación de la diosa, destructora de la ignorancia, destinada a mostrarles el camino de la luz. Bruno jamás lo creyó. Ni él ni su gente lograron encontrarla.

Silvia se giró observando todo a su alrededor, con una enigmática sonrisa tomó su canasta y dejando volar su blanca cabellera, se echó al lago, esfumándose una vez más de forma misteriosa ante la mirada atónita de ambos pueblos, demostrando con sus acciones ser la única entidad capaz de absorber el veneno de la primera exhalación.

Unos segundos pasaron y del mismo punto comenzaron a elevarse imágenes borrosas, figuras simbólicas en forma vaporosa que algunos alcanzaron a distinguir, perdiéndose entre la bruma. La vaca de la abundancia, la diosa del vino, el árbol del paraíso perfumando con la fragancia de sus flores, la luna, el caballo blanco con sus siete bocas, el elefante blanco que representa la suerte, la diosa de la fealdad, la diosa de la belleza, piedras preciosas incrustadas en joyas, el árbol de los deseos y al final, tal como fue anunciado, el líquido contenido en un vasija tangible de gran tamaño: amrita, el elixir de la vida.

Una vez más hombres salvajes se abalanzaron sobre él. La pesada vasija era imposible de cargar, por lo que los intentos de empujarla o jalarla no llevaban a nada. En la confusión, algunos no vieron la mano de la grúa que cayó desde lo alto golpeándolos violentamente. La maquinaria logró con facilidad elevar el recipiente. Solo uno de aquellos impuros consiguió tomar una gota del elixir, como castigo le cortaron la cabeza.

Asegurando la integridad de la vasija, Tobías y su gente huyeron en sus modernos botes. Bruno y los suyos los persiguieron pero pronto se dieron cuenta que no era posible alcanzarlos. Cansada y aturdida, la población del oeste no lo podía creer. Pensaron que la gente del este era en verdad honesta. La noche anterior habían planeado entre copas, mientras bailaban y reían, aprovecharse de su rectitud, esperar la salida del néctar, tomarlo y huir en una pequeña embarcación secreta. Creían que sería fácil robarles a los malditos puritanos, asumieron que ellos no serían capaces de traicionarlos, que sus ideas y principios no se los permitirían. Ahora sabían la verdad. Los puros en realidad no lo eran tanto, su alma estaba pintada de negro, mientras que ellos mostraron su inocencia, algo limpio que todavía iluminaba su interior. ¡No más! Habían aprendido la lección.

Bajo las leyes universales de causalidad, el sufrimiento descendió sobre la Isla Blanca. La guerra entre las dos facciones duró varios años. Los habitantes se vieron atrapados entre los dos extremos: rigidez contra desidia, represión contra libertinaje. Tal vez en un futuro el batido de leche se vuelva a lograr y quizá en esa ocasión el néctar será compartido. De esa manera, la sabiduría destruirá la ignorancia, la guerra terminará y finalmente regresarán al tan deseado equilibrio.

viernes, 15 de abril de 2016

Lidia

Nancy Oviedo

Su sentido del gusto quedó eclipsado con el ruido de la cafetería de barriada. Renato intentó distraerse de las conversaciones vecinas sin éxito, miró al viejo vigilante del restorán cumplir su oficio en profundo sueño sentado en su desvencijada silla al compás de sus ronquidos. Todos los sonidos del lugar se mezclaron con el olor a café rancio que Renato no se animaba a beber por completo mientras insistía en disolver el recuerdo de Lidia. Enfocó su atención a otro punto del lugar; justo el baño de mujeres. Unas piernas bien torneadas, atrapadas en medias de red ¿sugieren que las libere? pensó, volvió su mirada a la profundidad de su taza de café, sintió caer en un abismo, cerró lo ojos, se cubrió la cara sudorosa con sus manos. Vislumbró entre sus dedos unos labios. Abrió los ojos, una imagen borrosa lo encontró, pero no fue capaz de discernir la armonía que componía aquel rostro, Lidia ¿eres tú? se preguntó, la mesera que pasaba por ahí tropezó con la mesa derramando el poco líquido que quedaba, Perdón, dijo sin ninguna intención. De inmediato salió del lugar, tiró un billete a la mesa.  Una vez en la puerta del lugar observó detenidamente el cielo; apenas unas nubes, sin embargo en minutos un chubasco lo alcanzó, recorrió con lentitud y sin rumbo las calles húmedas, pensaba en el día que conoció a Lidia, quédate —se repetía mientras sus lágrimas rodaban por sus mejillas confundidas por la gotas de lluvia— quédate siempre.

La rutina de Renato variaba únicamente por la situación climática que lo obligaba a llevar un saco extra o un estorboso paraguas, no obstante el día de su encuentro con Lidia sus fieles compañeros se habían quedado en casa debido al buen tiempo. Como cada tarde después de sus clases, entró en la cafetería para disfrutar del atardecer. Era un día especial, de esos que empiezan pareciendo otro, pero sin alteraciones mayores. Sentado en aquel disfrutando del atardecer lo hacía arrepentirse menos de haber renunciado a su cargo de gerente para dedicarse a dar clases de español a extranjeros ejecutivos que llegaban al país con la intención de aprender el idioma y su cultura, le venía bien, pues se sentía orgulloso de poder enseñar su idioma, que dominaba perfectamente; además la paga era buena y en dólares. Aunque algunas sus finanzas mensuales se vieran afectadas por las cancelaciones de última de sus alumnos, no se quejaba, disfrutar de su tiempo libre con algunos pesos en la bolsa, bien valían la pena. Como siempre se sentó en la terraza, escogió la mesa del fondo donde mirar sin reparos los viejos diarios del lugar, nunca le gustó leer los acontecimientos recientes, sino que esperaba a que pasaran a algunos días, incluso semanas para leer algún periódico, de esa manera experimentaba una especie de consuelo pensando que todo aquello pertenecía al pasado. Ordenó lo de siempre, un americano, colocó tres sobres de azúcar, uno después del otro, dobló los sobres hasta formar palitos que ordenó cuidadosamente en el cenicero. Bebió a sorbos pausados, creyó sentir en su papilas por primera vez el sabor del café del lugar, cerró los ojos saboreando su acidez, de pronto todo era nuevo. Después de un rato levantó la mano para ordenar la cuenta,  Lidia se acercó hasta él, Renato sintió su cuerpo reaccionar ante el vaivén de sus senos enmarcados en el ajustado uniforme de mesera; sintió confundido, claro que no era la primera vez que la veía, pero hasta ese día fue capaz de descubrirla.

—Te los enseño de cerca —susurró Lidia con finísima discreción acercándose tanto, Renato pudo sentir el roce sus labios en la nuca, el cabello largo y oscuro de Lidia atado con una liga se liberó para que Renato recibiera la caricia que él contuvo, misma que le aportó el valor para escribir su dirección y teléfono en la nota, se levantó y sal del lugar con una actitud digna de James Bond.

Inmediatamente Lidia formó parte del mundo fantástico de Renato donde todos sus proyectos y deseos más profundos surgían sin realizarse jamás. Durante algunas noches Renato no logró dormir, lo asaltaba la conciencia de su estupidez por haber dejado sus datos a aquella desconocida o ¿no lo era?. Temió hasta los huesos que se presentara y al mismo tiempo temía que no lo hiciera. La angustia lo dejaba casi sin aliento, hasta que una noche lluviosa unos timbrazos lo alertaron, como chiquillo quiso esconderse debajo de la cama. Después de unos segundos volvió en sí, fue hacía el interfono, la voz se le ahogaba, el corazón le latía tan rápido; por fin pudo coger el auricular, preguntó quién era, sin embargo oprimió el botón que activaba la puerta del edificio sin esperar respuesta. Paralizado hasta los párpados, escuchó el sonido hueco de los nudillos sobre la madera de la puerta. Abrió. Todo pasó tan rápido que no reparó en su desnudez, corrió hacía la habitación para cubrirse con una toalla, volvió a la puerta, pero Lidia estaba ya instalada en el sofá, lucía hermosa, sensual, delicada. Renato se sintió embriagado por el aroma de Lidia: suave y salvaje. Lidia vestía puestos unos jeans ajustados de color azul y una blusa de tirantes blanca que enmarcaba su prominente busto.

—¿Te quieres sentar o prefieres vestirte o desvestirte? —preguntó sonriente y coqueta—  lo que quieras, pero no te quedes a medias.

Renato soltó la toalla, cual matador en el ruedo se acercó a Lidia, dispuesto a morir o matar, guiado por aquellos ojos hundió sus dedos entre la espesa cabellera de Lidia, tomó un mechón que lentamente llevó a mejilla para impregnarse de su olor. Los labios de Lidia se abrieron para mostrar sus dientes inferiores un poco torcidos, Renato pensó que no era perfecta, era real, la besó mientras se aferraba a la larga melena. Lo siguiente que recordó Renato fue a Lidia recostada sobre su pecho, jugueteaba con la punta de sus cabellos que servían de pincel decorando su piel con figuras invisibles. A menudo Renato se hacía el dormido para observar a  como Lidia sin inhibiciones se miraba en el espejo sacando el estomago, limpiándose los dientes e incluso arreglarse un poco antes de que él despertara. Cuando Lidia hablaba mojaba sus labios de una manera sensual, Renato era incapaz de contener el impulso para besarla.

Las visitas nocturnas de Lidia se volvieron cada vez más frecuentes, no obstante nunca dormía ahí.

—Quédate —susurró Renato.

—No puedo, mañana tengo turno por la mañana —respondió Lidia mientras terminaba de acomodarse el sostén.

—¿Y qué? La cafetería queda cerca de aquí.

—Tengo que cambiarme —Lidia se levantó de la cama ajustándose el pantalón. Le tiró un beso desde el marco de la puerta y desapareció.

Durante dos noches seguidas Lidia no llegó al departamento, Renato solo la veía brevemente atender las mesas en la cafetería, pero jamás cruzaban palabra para no evidenciar su relación. Al principio Renato que era extraña esa actitud por parte de Lidia, sin embargo se conformó con la explicación de ella que argumentaba que podían correrla por relacionarse con los clientes. además de que le pareció excitante mantener esa aventura solo entre dos. Sin embargo, una tarde todo cambio. Lidia se acercó a él tan pronto lo vio entrar en el lugar para recibirlo con un beso en la boca, Renato petrificado como hipnotizado se dirigió a la mesa siempre, ordenó su café y se quedó mirando como se nublaba el cielo, su cielo.

Las visitas de Lidia se volvieron diarias e incluso los cajones que antes albergaban los desordenados calcetines de Renato compartían el lugar con la ropa interior de Lidia. Renato empezó a sentir que el aire le faltaba, un dolor en el pecho que no sabía explicar cada que venía llegar a Lidia todas las noches. Renato pensó que todo aquello era a causa de sus malos hábitos alimenticios y la ejercicio hasta que una noche Lidia llegó empapada por la lluvia. Entró dejando marcas de lodo en la duela, Renato sintió muy profundo de sí la queja de la madera crujir en cada húmedo paso que Lidia daba hacia la regadera.

—Voy a bañarme, ¿vienes? —preguntó más en tono de orden a la que Renato no pudo negarse.

Verla desnuda no era nada nuevo para él, sin embargo, sí observarla moverse dentro de su espacio con tanta naturalidad y confianza, se sintió incómodo aunque no sabía exactamente el origen de aquella repentina molestia  ¿era el tono de Lidia que le daba órdenes? no supo responderse.

Lidia se adelantó a la regadera, canturreaba cuando Renato se unió a la ducha. El sonido de la voz de Lidia le pareció tan extraño, se dio cuenta de que solo la reconocía entre gemidos de placer, sus manos llenas de jabón realizando tareas tan sencillas le parecieron tan comunes como corrientes. La náusea lo invadió, quiso vomitar pero se contuvo. Durante la ducha trató de evitar el contacto físico con ella tanto como le fue posible, hasta que cuando termino de usar el estropajo lo dejó caer al suelo de la regadera.

—¿Por qué lo tiras? —preguntó Lidia mientras se agachaba a recoger el artículo que colocó en una rejilla, misma que Renato tampoco había notado antes.

Ese hecho tipificado por Lidia como manía, aunado a otros tantos que enumeró la chica como: la taza de café en el baño, la toalla mojada sobre la cama, la televisión de la recámara encendida mientras leía en la sala, la cantidad de azúcar sin remover en sus bebidas siempre insípidas, sorprendió a Renato hasta la ira, sintió que todo le daba vueltas, tuvo que apoyarse en la puerta del baño.

—¿Estás bien? —preguntó Lidia, Renato no respondió.

Qué más había visto esa mujer en él mientras él no podía recordar ni que día era. Permaneció en silencio, la tensión invadió poco a poco el espacio. Apartó a Lidia con cierta brusquedad, tomó el estropajo de la rejilla y lo volvió a tirar al suelo como astronauta que coloca su bandera en algún planeta que acaba de descubrir.

—Solo fue una pregunta, no es para tanto —dijo Lidia mientras colocaba su cepillo de dientes en un vaso junto al de Renato, en ese momento Renato recapacitó en la pareja de cepillos, recorrió con la mirada el baño decorado con flores, aromas de empaque, toallas limpias y ordenadas. Todo aquello formaba parte natural en su apartamento sin haberlo advertido antes. Secuestrado por la ira echó a Lidia a la calle. Una vez solo en el departamento colocó todas las decoraciones en una bolsa de basura, como si de esa manera la desechara de su vida también.

Luego de aquella noche no reunió valor suficiente para salir. Canceló sus clases. Después de dos meses de vivir en cautiverio, visitó nuevamente la cafetería con la intención de encontrarse con Lidia, no estaba, sin embargo se negó a preguntar por ella. Con más frecuencia que antes acudió a la cafetería en distintos horarios con la esperanza de hablar con ella. No volvió verla. Desde entonces antes de dormir piensa en Lidia, lo hace también cuando entra a la ducha o  en las tardes lluviosas como ahora. Lidia, una ilusión de nombre ajeno para mantener vivo un recuerdo. 

La sombra

Martha Duhne


Juan pidió al chofer que parara el camión porque quería bajarse.

¿Aquí? preguntó asombrado el conductor. Parecía que estaban en la mitad de la nada, pero era exactamente el kilómetro veintiséis de la carretera federal México-Cuernavaca. Juan había llegado a su destino; incorporándose de su asiento, se puso la mochila al hombro, bajó del destartalado camión y se dirigió hacia el inicio de un sendero que iba a las montañas. Pasó frente un local donde un letrero anunciaba que ahí  arreglaban cualquier cosa, hasta coches destrozados e inservibles. Juan saludó a un hombre que, sentado en un banco, veía pasar la vida.

Buenas profe, ¿ya de regreso? preguntó el mecánico moviendo ligeramente la cabeza.

Juan asintió así es, las clases empiezan mañana, se acabó el puente Guadalupe Reyes, hay que chambear, ¿no?

No hay de otra, a la vida hay que entrarle contestóbuen viaje profe.
Juan empezó su recorrido, doce kilómetros por una vereda que lo llevaría a través de zacatonales, milpas, montes, un llano enorme y, conforme la pendiente se ponía más pesada, al bosque de pinos y finalmente al Capulín, un pueblito de cuarenta casas de madera dónde vivía.

A los pocos metros tropezó con una vara no muy gruesa pero de buen tamaño; la levantó del suelo para usarla de apoyo. El cielo azul claro estaba cubierto de nubes muy blancas, como capullos de algodón flotando en el espacio y escuchó el canto dulce de un pájaro.

Precioso día para empezar un nuevo ciclo pensó Juan.

Una hora después, cruzaba en silencio por un camino estrecho que rodeaba una milpa ya seca, cuando vio que algo salía de la parcela. Es un animal grande pensó y en el instante se dio cuenta que se trataba de un puma que caminaba hacia él, sin notar su presencia. Juan se quedó quieto como una roca, tratando de fundirse con el medio. Entendió con claridad el peligro que corría; estaba solo frente a uno de los más hábiles depredadores de la naturaleza. Apretó con fuerza su rama, pensando al mismo tiempo en lo idiota de la acción. Era como intentar detener un tsunami con la palma de la mano extendida.

El puma lo descubrió cuando los separaban menos de cinco metros, se sorprendió al verlo tan cerca y desapareció dando un salto a su derecha. Se escuchó el ruido de algunas pisadas sobre hojas secas; después nada. Juan se paralizó, no podía respirar. Sintió que iba a desmayarse, pero el puma podía estar asechando, debía irse de ahí. Era biólogo, sabía que un felino espera que su presa corra para atacarla, entonces con una calma que no tenía, empezó a caminar, pero todo su cuerpo temblaba y para evitar caerse se apoyó en una enorme roca.

En eso rompió a llorar como si él, hombre alto y fuerte de veinticinco años, fuera un niño pequeño, un crío asustado. Nadie lo veía, no había necesidad de esconderse.

El miedo pensó Juan el miedo como mi sombra.

Se esforzó por concentrarse en su respiración, por sentir como entraba el aire por la nariz, llenaba sus pulmones, salía lentamente, lo más lentamente posible. Al repetir esto varias veces, casi siempre lograba calmarse, reducir su inquietud. Poco a poco dejó de temblar, se limpió la cara con el dorso de la mano, retomó el camino.

Salió del bosque que rodeaba a la comunidad cuando el sol naranja apenas se escondía en el horizonte y el cielo había adquirido tonos rosados. La comunidad con sus casas de madera y las chimeneas escupiendo el humo del fogón, parecía una fotografía de calendario, Juan había llegado a lo que desde hacía casi un año era su hogar. Caminó por las calles de piedra que a esa hora olían a leña quemada. No se encontró a nadie, pero de las casas salían murmullos de los lugareños que platicaban mientras comían sus tortillas, frijoles con salsa de jitomate y chile o pan dulce y café con azúcar, la dieta regular de la zona. Hogares de familias de campesinos, casi idénticas entre sí, todas rodeadas de una barda de tablones de madera de ocote, una huerta con árboles frutales, un corral y el patio trasero, donde se llevaban a cabo fiestas o velorios, según fuera el caso.

Las únicas construcciones que rompían con la monotonía, por ser de cemento, eran el salón de la escuela y la iglesia, un galerón pintado inexplicablemente de rosa, con una pesada cruz de fierro que parecía ser muy antigua.

Juan llegó a su cuarto, entró, cerró la puerta  sintiendo un enorme alivio, como si cualquier peligro existente tuviera vedada la entrada. Buscó la caja de cerillos para prender una lámpara de aceite, iluminando sus pocas pertenencias: una cama con un delgadísimo colchón, una mesa con una única silla, dos cajas de frutas que hacían de armario, un espejo, una palangana con una jarra. Afuera del cuarto se encontraba la letrina con una rudimentaria regadera. Por su austeridad, parecía el cuarto de un monje.

Juan se quitó las botas y se acostó, durmiéndose casi de inmediato. Al lado de la cama, clavado en la pared, estaba una fotografía de su madre muy joven, viendo a la cámara, sonriendo y cargando en su regazo a Juan. Se trataba en realidad de media fotografía, a la que habían arrancado una parte con la intención de desintegrar al personaje que había quedado impreso originalmente; acción que había logrado lo opuesto a su objetivo, ya que lo premeditado de la acción acentuaba su ausencia.

La caminata lo había cansado, sin embargo Juan se despertó a los pocos minutos. Padecía de insomnio crónico, pero esa noche durmió peor que otras, la imagen del puma caminando lentamente hacia él, revivía recuerdos que le producían pavor. Logró dormirse cerca de la madrugada, pero despertó asustado cuando le pareció escuchar un rugido del otro lado de la pared de su casa.

Salió antes de las siete a la escuela, que no era más que un salón grande pintado de verde, con un pizarrón, un viejísimo escritorio y veinticinco pupitres, a dónde asistían niños y niñas de la comunidad a cursar la primaria. Era el único maestro, aunque un inspector que visitaba la escuela cada seis meses había prometido conseguir cuando menos un pasante para que echara una mano, lo que nunca había sucedido.

Juan se sentó a esperar. Con un lápiz hacía los mismos dibujos que le obsesionaban desde hacía años, remolinos y ciclones de distintas formas y tamaños, cuando vino a su mente la imagen del puma, su mirada, la sensación de una violencia desmedida a punto de hacer erupción. Sintió como si le cayera encima una cubeta con hielos, empezó a temblar y a sentir que se ahogaba.

Cerró los ojos y se concentró en su respiración, diciendo en voz muy baja: respiro, uno, dos; retengo, uno, dos, tres y libero uno, dos, tres, cuatro. Lo repitió varias veces y empezó a tranquilizarse. Cuando años atrás, la psicóloga del refugio dónde vivieron él y su madre durante meses, le enseñó esta técnica para controlar sus frecuentes ataques de ansiedad, Juan pensó que era una idiotez más, que no serviría de nada. Ahora debía admitir que le había sido de mucha utilidad.

Volvió a pensar en el animal, uno de los más grandes y poderosos del mundo. Cuando se graduó pensó especializarse en mastozoología, incluso presentó sus papeles y fue aceptado en la Universidad de Barcelona, pero después decidió ser maestro rural, giro que solo él entendió. Un profesionista sobresaliente con un brillante futuro, refundido en un caserío alejado de la mano de Dios.

¿Por qué Juan? preguntó mil veces su madre, mirándolo con sus grandes ojos azules y tristes.

Mamá tristezapensó Juan mamá desolación ¿por qué no pudimos salvarnos mamá, escapar, empezar de nuevo?

En eso sonó un portazo y la escuelita se llenó de risas y gritos de los niños que llegaban a clases.

A la derecha los más chicos y a la izquierda los grandes, que, ¿ya se olvidaron de todo?

La clase empezó y cada alumno narró lo que había hecho en las vacaciones; el futbol en el campito, las escondidillas en el bosque, las idas a nadar al río. Nadie habla de regalos pensó Juan porque nadie recibió ninguno.

El Capulín era una excepción a las reglas que regían actualmente a buena parte del mundo: vivían ahí muy pocas personas y la solidaridad era una estrategia de sobrevivencia. Y más que objetos, los pequeños compartían tiempo y espacio.

Llegó la hora del recreo y los niños salieron como caballos desbocados al patio. Elvia, de primer grado, le entregó tres tacos envueltos en una tela bordada con rombos. Cada semana le tocaba a un alumno llevarle el almuerzo. Juan le dio las gracias, entró al salón y se sentó en un pupitre. A través de la ventana veía a sus alumnos jugando, con la ropa remendada mil veces, sus cachetes rojos por el frío, los zapatos heredados de hermanos mayores. Ahí, en esa comunidad chiquita, había logrado encontrar algo parecido a una vida normal.

En eso los niños empezaron a gritar y se arremolinaron en torno a algo que Juan no entendió que era. De dos zancadas se acercó a ellos. Al llegar descubrió que Pedro, un niño grande y agresivo que siempre quería solucionar todo a trancazos, estaba montado encima de la pequeña Sara, golpeándola en el estómago y jalándole el pelo.

 ¡Ya cállate! aulló Pedro india de porquería.

Juan sintió por segunda vez en dos días que iba a desmayarse. Se le nubló la vista y percibió con claridad cómo perdía el control; la furia lo poseía adueñándose de su cerebro, sus manos, su cuerpo entero, su alma toda.
Levantó a Pedro de la camisa, arrancándole varios botones y cuando lo tenía a la altura de su cara él le gritó con todas sus fuerzas:

—¡Basta, es la última vez que lastimas a alguien! ¿Entendiste? y le soltó una fuerte bofetada y luego otra y otra más. Después lo arrojó con fuerza, como si se tratara de un bulto inanimado y no de un niño de once años, su alumno para más señas. El chico voló por medio patio y chocó contra el suelo donde quedó inmóvil. Se hizo un silencio absoluto. Cuarenta y ocho ojos vieron al niño tirado como un despojo y voltearon exactamente al mismo tiempo a ver a Juan.

Está muerto dijo alguien.

Claro que no, se ve que respira dijo otro.

Juan dio media vuelta y salió de la escuela. Nubes grises y negras cubrían completamente el cielo. Se fue caminando hacia el oscuro bosque, erguido y lento como si fuera un robot de cuerda. Ya ahí empezó a correr desesperado. Las ramas golpeaban su rostro como años antes lo hicieran los puños de su padre. Recordó sus ojos de loco, su rabia infinita, las burlas e insultos que retumbaban sin tregua en su cerebro como un eco permanente.  No había podido escapar del laberinto de odio y violencia que construyó su padre con tanto esmero. Y ahora él se había convertido en su reflejo, su copia fiel.

Pensó en colgarse de una rama, pero no contaba con una cuerda salvadora. Deseó con todas sus fuerzas encontrarse con el puma, aventarse a un barranco. Morir. Descansar. Pero solo caminó y caminó, sin preocuparse por el destino, únicamente tenía que colocar un pie delante del otro y respirar contando uno, dos; uno dos, tres; uno, dos, tres, cuatro, para encontrar el ritmo.

Caminó sin parar durante diez horas, hasta que cayó al suelo cuando se tropezó con un tocón y ya no tuvo fuerzas para levantarse. Durmió durante medio día, se despertó y retomó su caminata. No tenía con que cubrirse del frío, ni comida, ni lámpara. Nada. La nada lo habitaba.

Sin proponérselo, vivió en la zona que se encuentra entre los Municipios de Xalatlaco y Huitzilac durante más de un año y acabó conociéndolo como la palma de su mano. Aprendió a distinguir plantas, raíces y hongos comestibles, aunque una vez se equivocó al comer unos frutos rojos muy tóxicos que lo acercaron a lo que percibió como el barranco negro y oscuro de la muerte, pero se detuvo en la orilla. Sobrevivió con quince kilos de menos, unas ojeras oscuras y una ligera sensación de bienestar, ya que descubrió para su sorpresa, que en algún minúsculo rincón de su ser existía aún la voluntad de vivir.

Dormía donde lo encontraba el sueño, a la hora que fuera: se recostaba en una cueva, sobre un montón de hojas de pino secas o en un hueco en la tierra. Seguía teniendo las mismas pesadillas que lo acosaban desde niño, de las que despertaba gritando, cubierto en un sudor helado, confundido, mezclado el horror del sueño con el de su vida. Y ahí no había nadie que lo reconfortara. Entonces se le ocurrió al despertar, concentrarse de inmediato en lo que pasaba a su alrededor, lo que realmente sucedía: el olor del pasto, el sonido de una gota al chocar contra una piedra, la tibieza de la tierra en la piel de su brazo. De esta manera logró disminuir el poder aplastante de experiencias pasadas, para estar atento a su mundo presente.

Así descubrió una noche a una familia de zorrillos caminando tranquilamente, husmeando en huecos y bajo piedras, buscando comida, como si se tratara de una familia humana comprando víveres en el mercado. Días después vio a un búho enorme surcar el cielo buscando algún ratón distraído. El ave majestuosa se posó en una rama muy cerca de él, lo miró reconociéndolo como vecino, se quedó descansando algunos minutos con los ojos cerrados, luego levantó el vuelo y se fue.  Otra vez en el amanecer, algo le golpeó en la cara, y al abrir los ojos lo sorprendieron decenas de ardillas brincando de rama en rama, saltando en el suelo, correteándose; parecían adolescentes en una fiesta de barrio.

Le maravilló el mundo de los organismos más chicos del bosque: los musgos, líquenes, hongos que descomponían todo lo que caía de los niveles superiores, hojas, troncos, pedazos de ramas, animales muertos, reciclando vitales nutrientes. Imaginó a las bacterias que formaban parte del mismo proceso y se dio cuenta que sin esos seres diminutos, la vida en la naturaleza sería imposible.

Era como si alguien le hubiera dado a Juan permiso de observar un mundo real y accesible, pero desconocido para la mayoría de los seres humanos.

Le asombraba también el cosmos, las millones de estrellas y galaxias que brillaban en el cielo, testigos involuntarios de  tragedias, historias de amor, venganzas, muertes y nacimientos de personas como él, habitantes de este planeta dónde quién sabe por qué se desarrolló la vida. Juan sintió con claridad lo insignificante de su historia, con sus tristes anécdotas tantas veces repasadas. Pensó en el tiempo que le quedaba de vida, un soplo infinitamente breve frente al los miles de millones de años que le restaban al universo, y sintió que era posible construir algo diferente a lo que había vivido hasta entonces, un destino no necesariamente predeterminado e inmutable.

Subió y bajo varias veces el volcán El Pelado. Un día, estaba sentado descansando cuando empezó escuchar el ruido que producía el viento al cruzar entre las hojas de un encino. Le maravilló el porte del árbol, la elegancia de su cuerpo, la armonía de sus colores. Las ramas y hojas se sacudían como si fueran a desprenderse, pero se mantenían firmes. Después sintió el aire atacarlo al él, golpear su cuerpo, alborotar sus cabellos. Soy como el árbol pensó sonriendo.
En el lapso de ese año habló en muy contadas ocasiones, la cercanía con la gente le producía algo muy parecido al miedo. Una vez se cruzó con un grupo de peregrinos perdidos que intentaban llegar al santuario de Chalma. Juan les dio indicaciones de cómo llegar y ellos le regalaron una cobija, a la que con una piedra puntiaguda hizo una corte para transformarla en jorongo.

Muy esporádicamente se encontró con los taladores que recorren la zona, con los que intercambiaba algunas palabras.

Y logró entablar algo parecido a una amistad con dos pastorcitos que no conocía. Ellos se sentaban en un valle grande y soleado rodeado de pinos, con sus veinte borregos y dos perros y Juan se colocaba en el extremo opuesto, los saludaba con la mano y después de un rato, se iba. Un día se les acercó y, sin decir una sola palabra, les entregó un paquete hecho con hojas grandes, que contenía fresas silvestres muy jugosas; dio media vuelta y se fue. Una semana después, el niño más chico caminó hacia él cargando un borrego muy pequeño, de sólo algunos días de nacido.

—¿Quieres detenerlo? —preguntó. Juan agradeció el gesto, tomó al borreguito y lo abrazó, era obvio que sentían pena por él. Desde entonces con alguna regularidad intercambiaban comida: frutos, tortillas, calabacitas o elotes asados, y platicaban un rato. Los niños le caían muy bien a Juan, le recordaban mucho a sus alumnos.  Después de varios encuentros, se animó a preguntarles si conocían a Pedro Soto, del Capulín. Le contestaron que sí, pero que meses atrás se había marchado a vivir a quién sabe dónde, con sus hermanos y su mamá, huyendo del padre que les pegaba cuando estaba borracho, o sea, todo el tiempo. Juan se sintió aliviado y al mismo tiempo entendió que él y Pedro eran hermanos, hijos de una misma desgracia.

Algunos días le dio por treparse en algún pino, siempre el más alto que encontraba, y ya en la punta se quedaba horas admirando el paisaje. Un día descubrió a un grupo de conejos teporingo entre los zacatones: corrían, masticaban pasto verde, brincaban, se juntaban en grupitos. En eso apareció el puma. Se escucharon varios chillidos agudos, y los conejos corrieron a esconderse bajo las plantas o en sus madrigueras. Todos menos uno, que se quedó paralizado en un lugar abierto, hecho una bolita, como si al quedarse quieto dejara de ser un blanco fácil.

Juan volteó a ver al enorme animal y percibió como se tensaban los músculos de su cuerpo, observaba  con atención a su presa, saltaba y lo mataba en segundos. Vio la carne del conejo desgarrada y el hocico del puma lleno de sangre. Se sorprendió al sentir furia no por el puma, sino por el conejo, por su estúpida decisión de pensar que la inmovilidad haría desaparecer el peligro.

Un día llovía a cántaros y Juan estaba sentado en una roca muy alta, bajo un grupo de abetos que le ofrecían protección. Olía a tierra mojada, las ramas chorreaban hilos de agua que le recordaron los candelabros de su casa. Lo poseía una sensación de paz, cuando con la esquina de su ojo derecho percibió un movimiento. El puma se acercaba sigiloso, preparándose para atacar. Juan supo que estaba listo para el encuentro. Con su mano derecha alcanzó una piedra grande, se irguió de un salto y gritó como si fuera un oso enfurecido y arrojó con todas sus fuerzas la piedra, que golpeó al puma en el costado, produciendo un sonido sordo. El animal se retorció gimiendo, dio media vuelta y de un salto desapareció.

Ese día Juan decidió que estaba listo para retomar su vida y sus estudios, reencontrarse con sus pocos pero muy queridos amigos. Caminó hasta la cima del volcán, recogiendo a su paso piedras, flores, frutos, hojas, helechos, musgos y cortezas diferentes y las colocó en un círculo, construyendo una especie de altar pagano. Desde ese lugar se podía ver las lagunas, los montes y valles, el interminable bosque. Sintió una enorme gratitud por  el tiempo que había pasado ahí.

Después bajó por la vereda que lo llevaría a la carretera México-Cuernavaca y caminó los doce kilómetros en sentido opuesto a como lo hiciera meses atrás. Llegó al taller mecánico, que estaba cerrado y se detuvo frente al letrero que decía que ahí se arreglaba cualquier cosa. Estaba de acuerdo. Se rió con enorme alegría, como no lo había hecho en años.

jueves, 14 de abril de 2016

La mosca

Rocío Ávila


Un hombre caminaba en medio de un bosque sin poner atención a su alrededor. Conforme avanzaba, el entorno fue llamando su atención y así descubrió cómo los árboles susurraban mientras sus ramas cortaban el viento al moverse y el cielo mostraba un atractivo juego de luz y sombra gracias a las nubes traviesas que iban y venían. Caminaba confiadamente y ahuyentaba la sed y el hambre con el jugo y la carne de las frutas maduras. Así caminó un buen tramo cuando algunos de ellos, tristes y sin vida empezaron a distinguirse entre los otros. Mientras avanzaba, el camino comenzó a sentirse polvoso e irregular. En algunos tramos se resbalaba gracias al musgo húmedo, en otros pisaba con dificultad por las piedras en el sendero. Le fue faltando el alimento. Los troncos antes interesantes por su textura, se volvieron tan rugosos que raspaban y algunos tenían unas espinas gruesas y afiladas que impedían recargarse en ellos para descansar. El paisaje fue cambiando poco a poco: en lugar de las copas frondosas y aromáticas de antes encontró ramas secas con residuos de nidos. El cuadro verde y colorido se transformó en una imagen café y gris entristeciendo el ambiente y al personaje que lo observaba.

El sujeto se sintió triste al ver que la ruta no mejoraba. Así caminó unos pasos más cuando se encontró con una barra frondosa, de tronco grueso, con muchos nidos y pequeños pajarillos en él. El caminante se detuvo a observar tal maravilla y descubrió, entre las ramas, una pequeña mancha irregular moviéndose de aquí para allá haciendo un zumbido desagradable. Fue tal su curiosidad que se acercó lo más que pudo a la nubecilla ruidosa y se paró de puntas tratando de ver de qué se trataba. Se estiró hasta que de pronto el lunar se precipitó hacia él para frenarse justo a la altura de sus ojos. Con gran asombro solo atinó a abrir mucho los ojos, para ver claramente que un grupo de moscas eran las responsables de formar esa sorprendente masa dinámica.

—¿Quién eres tú? —preguntó una de las moscas.

—Soy un caminante que está tratando de encontrar la vía más corta para salir de este lugar. ¿Quién eres tú?

—Soy la plaga más peligrosa de por aquí. Soy la mosca en jefe que ha acabado con esta parte de la arbolada.

—¡¡¡Qué!!! Pero… ¿Por qué haces eso? ¿No te das cuenta que puedes hacer mucho daño?

—Sí, lo sé pero esa no es mi responsabilidad. Es más, me estás haciendo enojar, ¿por qué mejor no sigues con tu inútil intento de encontrar la salida rápida y me dejas de molestar?

—Ahora eres tú la que me está perturbando. ¿Por qué dices que mi búsqueda es inútil?

—Porque yo seré una mosca, pero he volado por todo esta espesura y no existe el recorrido que estás buscando. Tendrás que caminar lo que tenga que ser para llegar a tu destino. Ahora, vete, me estás quitando el tiempo.

En cuanto se echó a volar, el resto de las moscas comenzaron a seguirla y a formar de nuevo la nube negra. El visitante veía a las moscas merodear en forma irregular entre los frutos y los nidos para después reunirse de nuevo formando lo más parecido a una esfera. Al ver que esto sucedía repetidamente puso sus manos en la cintura, suspiro un par de veces y gritó tan fuerte como le fue posible.

—Hey, tú. Vuelve aquí.

—Ahora, ¿qué se te ofrece?

—No te creo nada. Eres una simple mosca, como es posible que con ese tamañito puedas acabar con algo tan hermosos.

—Mira, te lo voy a explicar pero después te vas y nos dejas trabajar. Este árbol está resultando muy difícil. Promételo.

—Ya, ya. Está bien. Empieza a hablar.

—Nosotras solo mordemos los frutos y ellos lentamente empiezan a contaminarse. Su aspecto se vuelve desagradable y su sabor es horrendo. Nadie los quiere comer por temor a enfermarse.

—¡Basta! Me estás tomando el pelo. Lo que me dices no es nada novedoso. Cualquiera puede acabar con ustedes.

—¡¡Ssshhh!! Te van a oír y ellos no se han dado cuenta de eso. Estos arbustos son únicos pero tienen un defecto terrible. Cuando descubren que están enfermos, no importa cuán únicos sean, primero se ponen tristes y paulatinamente empiezan a perder la seguridad en ellos mismos, hasta que empiezan a morir. ¿Entiendes? Nosotras los molestamos hasta el punto en que creen que no hay remedio y ¡listo! Ellos hacen el resto.

El caminante no daba crédito a sus oídos pero, como las promesas hay que cumplirlas, dio media vuelta y se dirigió hacia otro camino. La noche caería pronto, así que escogió uno seco  para sentarse a sus pies. Se fue quedando dormido hasta que sintió que algo o alguien lo observaba. Asustado se puso de pie y buscando con la mirada descubrió que podía ver el arbusto que estaba siendo atacado por los insectos. Lleno de una curiosidad inexplicable se fue acercando con cautela. Sin saber la razón iba casi de puntitas, como temiendo despertar a alguien. Cuando llegó lo suficientemente cerca escuchó una voz.

—Oye, si tienes hambre puedes tomar algo de mi fruta —dijo el árbol con un murmullo.

—¿Dónde están las moscas? —preguntó con precaución.

—Ellas se van a reposar un rato durante la noche. No te preocupes. Anda, come algo.

El varón no se atrevió a tomar nada pero sí se animó a preguntar.

—¿Por qué ellas no han podido acabar contigo? No me lo tomes a mal —dijo mientras extendía las manos hacia el frente de forma defensiva— pero ¿qué tienes de especial?

—Lo que me hace único es que no tengo miedo de que algo me lastime. No puedo moverme pero mis raíces son fuertes y me sostendrán ante las dificultades. Hace falta más que un grupo de moscas impertinentes y mal intensionadas para acabar conmigo.

La habitación quedó en silencio. El pequeño que escuchaba la historia con atención se quedó pensativo, como si estuviera en otro lugar. La mamá cierra el libro dejando uno de sus dedos entre las hojas, señalando donde ha detenido la lectura. Abre la boca para llamar la atención de su hijo pero la vuelve a cerrar. El cuarto es cálido, con colores en tonos pastel y adornos en tonos vivos para contrastar. La alfombra es suave y sostiene algunos juguetes que no han sido puestos en su lugar. En la habitación hay amplios espacios de circulación. La mujer decide esperar antes de llamar la atención del menor.

—Dani, ¿te encuentras bien? —pregunta mientras hace una leve caricia al niño.

—Mami, ¿me puedo quedar en casa mañana? No quiero ir a la escuela.

—Duérmete —dice la madre mientras se pone de pie y ayuda al niño a meterse bajo las sábanas— y ya verás que todo será mejor mañana. Si “alguien” te molesta iré a hablar con la maestra una vez más.

Daniel no tenía muchos amigos, era un chico bastante tímido al que le costaba trabajo relacionarse, más aún desde el accidente que lo obligó a usar una muleta para caminar. Manuel, en cambio, era un chico grande, fuerte y lleno de energía pero que tampoco sabía cómo hacer amigos. Esta institución era la tercera a la que lo cambiaban en menos de un año. Nadie sabía qué hacer con él porque no respondía a técnica pedagógica alguna. Lo único que parecía hacerlo feliz era molestar a Daniel. Lo acechaba y lastimaba cuando nadie lo veía.

Al día siguiente Daniel llegó cabizbajo al instituto. Tenía miedo de salir al recreo por temor a ser agredido por Manuel. El profesor le impidió quedarse en el salón así que resignada y lentamente se dirigió a la parte del patio donde podía observar a los niños jugar. Se encontraba meditabundo cuando un fuerte pelotazo salió en dirección hacia él. Con el impacto niño y muleta salieron disparados hacia atrás recibiendo un fuerte golpe en la cabeza. Daniel estuvo a ajeno al silencio que inundó el patio por unos minutos, ni como las maestras corrían despavoridas en su dirección. Desmayado tampoco vio como Manuel se quedó petrificado de miedo ante el efecto de su acción.  

Daniel fue internado en el hospital más cercano. Se encontraba inconsciente pese a no estar herido de gravedad. Tal parecía que no tuviera ganas de volver en sí o al menos eso era lo que decían los médicos que no encontraban respuesta al estado de salud del infante. Su mamá lloraba y rezaba por él todo el tiempo. Le hablaba al oído, muy suave, pidiéndole que volviera, le prometió cambiarlo de colegio, tomar clases en casa, lo que él quisiera con tal de que volviera a estar bien. No había respuesta.

Pasaron un par de días cuando Daniel se vio a sí mismo en medio del boscaje mágico. Para su sorpresa podía caminar sin problemas y, como siempre en los sueños, inexplicablemente se vio frente al palo frutal del cuento.

—¡Hola, Daniel! ¿Qué te trae por aquí?

—No lo sé. Solo sé que no quiero regresar a la escuela.

—Mmmm, por lo que veo ya encontraste a las primeras mosquitas en tu vida, ¿no es así?

—Solo es una. ¿Qué haré cuando sean muchas? No, ya lo decidí, aquí me voy a quedar.

—¿Acaso no entendiste la historia? ¿No aprendiste nada?

—No acabé de escuchar el cuento.

—Ahora sí estoy desilusionado. Pensé que eras un chico más listo. Piensa, Daniel.

Daniel quiso contestar pero le fue imposible. Se sentía mal, tenía el cuerpo muy caliente por la fiebre y tras unos minutos notó un frío espantoso. Los médicos lo metieron en una tina con hielo para que no empeorara. No supo cuánto tiempo pasó antes de sentir de nuevo las sábanas secas y tibias. La planta tenía razón, no había entendido la historia y huir de la realidad no le traería nada bueno. Era como dejarse secar por dentro así que en un esfuerzo supremo logró recuperar la conciencia.

El paciente se recuperó satisfactoriamente aunque tuvo que estar en casa unos días más por prescripción médica. La mamá no cabía en sí de gusto no solo por la salud de su hijo sino porque perecía que el liceo entero estaba interesado en él. Los días que estuvo en el hospital y después, en casa, contó con la visita de muchos de sus compañeros de clase que estaban interesados en él genuinamente. Llegó el día de retornar al aula.

—Dani, ¿quieres que acabemos de leer el cuento?

—No, ya no.

—Pensé que te gustaría saber en que termina.

—No importa eso, mamá —dice el niño levantando los hombros con resignación— lo que importa es no dejar que ninguna mosca acabe con nuestros frutos.