martes, 11 de septiembre de 2012

Miércoles de ceniza


Aldo Francisco Frater


Era sábado por la noche y Gaspar, un hombre de cincuenta años, había ido al Corso de Avenida de Mayo. Al cabo de unas horas, cansado de esquivar a la gente que tarro de espuma en mano iba arruinándole la paciencia y la ropa a todo el mundo, decidió alejarse del lugar.

Caminó muchas cuadras pensando en lo que se había transformado el Carnaval, cuando de repente se tropezó con una mujer que con dulce voz le preguntó:

-¿Por qué tan triste amigo?

-Es que ha muerto el Carnaval, pero…  ¿Qué haces así disfrazada?

-Soy Colombina y te propongo disfrutar a pleno el carnaval.

Gaspar decidió llevarle el apunte, total, aburrido por aburrido, al menos la muchacha se veía bien. Ella comenzó a caminar con paso decidido hasta un pasaje. Él la seguía no del todo convencido, pero la noche ya estaba perdida de modo que continuó.

Habían hecho unos veinte metros por el pasaje cuando vio un patio muy iluminado y su sorpresa fue mayúscula. Hombres, mujeres y niños jugaban al carnaval. Los mayores con baldes que llenaban en una canilla del rincón del patio y los niños con unos pomos de goma que no veía desde su infancia.

Cuando uno de los niños le apuntó con su pomo anaranjado y lo salpicó, Gaspar se dio vuelta enojado:

–Mocoso de…

Pero una de las mujeres le interrumpió diciendo a viva voz:

– ¡En carnaval nadie se enoja!

Gaspar forzó una sonrisa y se alejó del lugar. La muchacha seguía caminando, a él le dio la impresión que ella ni se enteró del hecho.

Llegaron a un portón verde oscuro y lo invitó a entrar. Al atravesar la puerta Gaspar quedó totalmente sorprendido cuando vio que se trataba de un gran salón de baile.

Había mesas y sillas de madera dispuestas alrededor de una pista de baile repleta de disfrazados. Allí alcanzó a ver a Pierrot, Arlequín, Pantaleón, Pulchinela, varios diablos, algún mendigo, hadas, bailarinas y hasta un pirata. Cuando miró hacia el escenario se encontró con el mismísimo Rey Momo sentado en su trono. Todos reían y bailaban al compás de una alegre canción.

Colombina lo hizo sentar en una mesa que tenía un cartel de “Reservada”, llamó al mozo y pidió cerveza para ambos, agarró de la mano a Gaspar y lo llevó a bailar. Luego de un rato largo de baile él tenía tanta sed que tomó su vaso de cerveza sin respirar, sin importarle que estuviera caliente.

Así fue pasando la noche entre baile, tragos, baile y más tragos. Todo era fantástico, nunca se había divertido tanto. Bailar con esa muchacha lo alegraba. Mirar esos profundos ojos color avellana lo cautivaban. Escuchar las hermosas historias que Colombina le contaba lo hacían soñar. Hasta que, por el cansancio y la cerveza de más, se fue quedando dormido en la mesa mientras escuchaba a lo lejos los acordes de una canción que decía: “por cuatro días locos que vamos a vivir…”

Un sacudón lo despertó. Su boca estaba pastosa, le dolían los ojos y apenas podía mantenerlos abiertos, no entendía lo que veía, por eso se  los restregó y trató de mirar nuevamente. Fue grande su sorpresa al verse en un bar oscuro con unas pocas mesas donde un mozo vestido de azul le dijo:

-¡Qué manera de beber amigo!

Miró para todos lados buscando la fiesta, a Colombina, pero nadie más que él y el mozo se encontraba en ese lugar.

Quiso preguntar por la fiesta, por Colombina, pero no lo hizo, se levantó lentamente para que el dolor de cabeza no le molestara tanto y caminó hacia la salida, al salir reconoció el pasaje, cuando pasó por aquel patio antes iluminado solo vio yuyos y escombros que describían años de abandono.

Aún confundido le preguntó que día era a un ciclista que pasaba por el lugar, este amablemente le dijo:

- ¡Miércoles hombre!

No entendía nada, los recuerdos le explotaban en su mente,  ¿Qué había sucedido?, su último recuerdo era del sábado, estaba seguro que no lo había soñado, pero… Caminó hasta su casa y se dispuso a darse una ducha para terminar de despertar, al sacarse la ropa vio caer un papel de su bolsillo, cansado y dolorido lo iba a dejar en el suelo. Algo le dijo que debía leerlo y lo levantó, era un papel color sepia minuciosamente doblado, lo abrió y comenzó a leerlo, una sonrisa se le dibujó en la cara al ver una letra muy prolija que decía “Nos vemos el año próximo – Colombina”. 

La vida


Susana Arcilla


Tirados sobre la arena,
con los brazos abiertos y mirando el cielo,
mi padre exclamaba ¡Esto es impagable! y sonreía.
 Un recuerdo imborrable de mi niñez.

En las ciudades patagónicas el viento te puede acariciar la piel del rostro y también tirarte para atrás en tu decisión de avanzar en la calle, vivimos en una de ellas desde hace dos generaciones. Dicen acá que ese viento te prepara lentamente para enfrentar todo lo que se viene con la vida; además de cubrir todo con esa capa fina y áspera que enseguida descubre el dedo inquisidor sobre los muebles.

Nuestra casa era de las típicas de clase media: dos dormitorios y un baño, cocina, comedor, un garaje que hacía las veces de quincho y una amplia despensa -resabio de la tradición  inmigrante de mis padres-. Tuve madre ama de casa –todavía puedo oler el aroma de la comida casera que ella hacía - y padre empleado público; ambos pudieron mandar a sus dos hijos a la universidad y también ahorrar lo suficiente como para darles una ayuda en el inicio de sus vidas adultas; buenos tiempos esos – que ya pasaron- en que los padres podían asegurar a sus hijos el ascenso social mediante el estudio y el ahorro.

Lo inesperado de esta historia fue que una maldita enfermedad tocó a las puertas de mi casa, con la más mala de las noticias: cáncer de páncreas, haciéndonos dar cuenta de que lo material es totalmente innecesario cuando no se tiene salud.  

-¡Ahora hay que ponerle el pecho a las balas y afrontar esto! – dijo mi madre; la familia tenía entrenamiento de trabajar en equipo porque ya lo habíamos hecho cuando le dio el infarto: todos a comer comida para cardíacos sin quejarse, nada de sal ni de frituras, nada de peleas ni gritos, ningún problema a la vista que molestara a papá.

- ¡Otra vez le tocó al viejo! - pero ahora no había un René Favaloro[1] que nos salvara.

Papá era un tipo sencillo, afectivo, siempre atento a mis requerimientos; en  el momento en el que se le diagnosticó la enfermedad estaba en la mejor etapa de su vida: ya jubilado y con todo el tiempo del mundo a su favor; abuelo primerizo, disfrutaba de esos días llevando al nieto único a pasear en colectivo con la excusa de hacer trámites, yendo a jugar a la glorieta de la plaza o tal vez a correr un rato en un picadito de fútbol en el baldío; todo eso  podía desaparecer por culpa de la nueva protagonista en su vida, la incómoda enfermedad.

El viejo sanatorio de la ciudad era el escenario del recuerdo de aquellos cuarenta y cincos días posteriores al infarto, en que siendo niña había estado al lado de la cama de mi padre, él estaba enchufado a varios aparatos que marcaban diferentes indicadores que yo no entendía. Recuerdo que -en esa oportunidad- leí por primera vez un libro entero, sentada en un sillón amplio de mimbre que me cobijaba con un mullido  almohadón a rayitas. Ahora, el médico me llama para hablar conmigo a solas en ese mismo lugar, al entrar  revivió en mí esa niña de escasos doce años que brincaba por los pasillos ante lo inevitable de aquel infarto inesperado. Tal como aquella vez el olor de desinfectante se mezclaba con el aroma de la sopa de verduras casera, menú obligado de los enfermos de todos los tiempos.

- Le quedan seis meses de vida a su padre, no hay nada que hacer, sólo esperar – dijo el médico de apellido Alegre; ese apellido parecía un chiste en ese momento.

- ¡Pero doctor hay  medicación alternativa para estos casos! - le dije tratando de neutralizar su tono de seguridad absoluta, que me molestó sobremanera. Le puse mi peor cara para ver si reaccionaba de otra manera.

- Puede ser, pero yo te hablo como médico, si fuera mi padre yo también le clavaría todos los días una inyección de agüita de colores - contestó. Me pareció detestable su manera de preparar a una hija para la muerte de su padre. Salí del edificio, y ya en la calle tomé conciencia de lo que se venía en nuestras vidas, ya nada sería igual, se había acabado una etapa de oro. Empecé a caminar de regreso a casa, ese día se inició mi romance con el cigarrillo.

- El padre es el hombre que más te quiere en toda tu vida- decía siempre una amiga. De pronto lo recordé de forma brutal y me largué a llorar, acelerando el paso.

El miedo pudo más –nos ganó la partida esa vez- y no probamos con la vía alternativa de las inyecciones de agüita de colores, el temor que nos producía decirle la verdad al viejo tan querido nos abatató, nunca hablamos con él de su dolencia, aunque el tema estaba latente en el aire todo el tiempo. Aceptó con resignación y entrega su nueva realidad, lo hizo en silencio; hoy puedo darme cuenta –mirando a la distancia-  que siempre  supo toda la verdad y se propuso hacer como si nada, para evitarnos un mal momento.  Era la época en que los médicos decían que si el paciente no pregunta no hay que decirle nada, hoy esa moda pasó y la verdad más cruda se ofrece sin anestesia a enfermos y parientes.

Fueron los únicos seis meses de mi vida en que viví el día a día como si el futuro no existiese, cada día era toda la posibilidad que tenía para estar con él; durante la noche sentía que al dormir él descansaba y  yo también, ambos no pensábamos. Vivir cada momento como único y desconectarme del mundo cuando duermo -dejándole todos los problemas a algún ser más elevado –fueron las lecciones aprendidas en esta etapa de mi vida que me ayudaron a sobrevivir.

Mi mamá lo cuidaba en casa día tras día, le hacía licuados de banana y miel, jugos de frutas y sopas de verduras y cereales, todo para infundirle fuerzas con alimentos que él pudiera digerir; charlaban de todo y todo el día, papá le contaba secretos  y cada día inauguraban una aletargada despedida.

- ¿Te conté sobre la primera vez que me enamoré? – le decía a mamá, y ella como sorprendida le contestaba – ¡No, contame!- la vieja cocina fue testigo mudo de tantas confesiones íntimas que sólo ellos conocen.

-¿Por qué no te vas a tu casa? ¿No dejaste ropa en la soga? Mirá que está lloviendo…eh? ¡Andá a hacer la cena para tu marido y tu hijo, yo estoy bien! – mi padre trataba por todos los medios de hacerme sentir como si fuera a vivir toda la eternidad, como si hubiera tiempo para todo, seguramente para no causarme dolor.

Los domingos lo sacábamos a pasear en coche, a comer a mi casa al mediodía y a que se distrajera durante la tarde dando vueltas por ahí; el último domingo fuimos a la playa y ya no quiso bajarse a ver la casa que tenemos ahí, eso fue muy sintomático porque esa propiedad era su debilidad debido a que la había heredado de sus padres; se lo veía muy cansado y lento pero siempre con un sonrisa consoladora para los demás.

- ¡Escuché recién en la radio que se viene una marejada grande, fijate bien porque es peligroso, cualquier cosa vení para acá si querés!- el lunes mi padre llamó por teléfono desde su casa a mi prima, que vive frente al mar en esa misma playa que habíamos visitado el día anterior; él  siempre estaba cuidando a alguien: hijos, sobrinos, hermanos, esposa o nieto. Esa característica de su personalidad la mantuvo hasta el fin de sus días, con eso… la enfermedad no pudo.

Era de mañana, a los seis meses exactos de mi charla con el médico, papá se desmayó sobre la mesa de la cocina, mientras se ponía las medias y los zapatos, sentado en la silla;  él afrontaba esa tarea todos los días con una fuerza increíble, vestirse le costaba mucho pero igualmente lo hacía llevado por su tenacidad y por la consoladora rutina diaria que le daba las esperanzas necesarias para creer que todo iba a ir bien.

 -¡Cuánto cuesta vivir, mami!- le decía a cada rato a mi madre.

Mamá me llamó por teléfono muy temprano esa mañana –yo todavía dormía- recuerdo que ese día tenía un compromiso ineludible por la tarde; me incorporé bruscamente en la cama y me vestí, salí corriendo para mi casa paterna, ya estaba la ambulancia estacionada sobre la vereda. Era un soleado día de diciembre, yo no podía creer que el desalmado médico pudiera tener tanta razón y exactitud. ¡Alegre se llamaba encima!

Quedó  en estado de  inconciencia, eso nos alivió mucho a todos; sentíamos que él ya no sufría y nosotros descansábamos también, de tanto llevar esa mochila pesada con un secreto no revelado a tiempo, que cada  día era más grande y evidente.

Estuvo tres días internado -en una cama del mismo sanatorio- con pérdida de conocimiento, sólo un ronquido espantoso en cada respiración nos recordaba su presencia en la vida, lo recuerdo patente con su pijama celeste y los ojos cerrados como si durmiera. Nos turnábamos para cuidarlo, acostados en la cama de al lado,  en esos días mamá y yo saldamos las deudas que teníamos con él a través de un monólogo sordo,  en ese rito ancestral de querer hacer las paces con los seres queridos antes de su último suspiro.

- Papá te agradezco todo lo que me diste, lamento las veces que te defraudé, descansa tranquilo que cumpliste tu misión, ya no sufrirás más y no tendrás que vernos sufrir – rezaba yo, como en una letanía.

Habíamos ido a almorzar con mi mamá –cerca del sanatorio-  quedó mi marido al cuidado de papá, era de rutina turnarnos para que el viejo siempre estuviera acompañado. Pasados unos escasos minutos mi esposo apareció  ante nosotras  en un estado de mutismo absoluto y extendiendo su mano como para tocarme desde lejos. Ahí comprendí que mi padre había fallecido mientras estaba con él -lo vi en su mirada- y entendí  ese gesto como una prueba de amor, al ver su cara atravesada por el dolor por haber sido testigo de un momento tan privado como la muerte de otra persona.

Nuestro hijo tenía seis años, había sido el gran mimado de su abuelo, tuve que enfrentar el momento de decirle la verdad de la manera más cariñosa posible;  estaba en su cama jugando y me acerqué suavemente - El abuelo se murió – le dije como pude e intenté abrazarlo.  Él se dio vuelta contra la pared y no me habló, se largó a llorar despacito con la carita tapada por sus manos y se arrolló en posición fetal, nunca pude saber qué sintió en ese momento.

La sala del velatorio era grande y luminosa, había rostros conocidos, muchas coronas de flores y un olorcito a café recién hecho; impensadamente se transformó en una experiencia muy relajada, tranquila, sin llantos ni escenas de dolor; habíamos hecho ya un duelo “eterno” de seis meses y con una instancia intensiva de tres días, ahora todo era camino de bajada, me acuerdo que me vestí de rojo y negro, no sé por qué…

- Me siento bien porque pude atenderlo y cuidarlo – decía mi madre a quien quería escucharla, estaban presentes muchas personas que habían compartido la vida con nosotros: amigos, parientes y conocidos; en una ciudad chica todos se conocen y se acompañan en los momentos más duros, charlan entre ellos y así se va construyendo la historia del lugar.

- Ahora no sufre – pensaba yo más tranquila porque ya no tendría que mirarlo a los ojos, con esa sentencia de muerte guardada en mis espaldas y tratando de disimular.

- No se dio cuenta de nada y murió sin sufrir –comentaba una anciana parienta cercana – porque siempre fue una buena persona.

Fue sabio mi viejo, nos preparó en vida para aceptar su propia muerte con naturalidad
-hasta en eso nos cuidó-  y la muerte, esa intrusa y atrevida… nos enseñó muchas cosas también.



[1] René Favaloro, famoso cardiólogo y cirujano argentino.

viernes, 31 de agosto de 2012

El ascensor


Aldo Francisco Frater 



Shelly una mujer de cuarenta y tres años, soltera, vivía desde siempre en Oxford, su vida había pasado sin sobresaltos hasta que empezaron en la tranquila ciudad aquellos crímenes sin explicación. Todos comenzaron a estar temerosos, en especial Shelly a quien afectó mucho este tema y quedó sumamente impresionada con los rostros desfigurados de las víctimas. Se encontraba nerviosa, temerosa, angustiada.

Para distraerse estuvo leyendo algunos libros, hasta que el cuento “Siete pisos” de Dino Buzzati, que relata cómo el personaje queda atrapado en una experiencia aterradora en el Hospital Radcliffe  descendiendo piso por piso hasta llegar al primero donde los médicos ya no tienen más que hacer y sólo trabajan los sacerdotes, la afectó muchísimo.

Su angustia aumentaba día a día, por lo tanto decidió visitar a su médico de cabecera, éste luego de examinarla le indicó que debía hacerse algunos exámenes en el séptimo piso del Hospital Radcliffe.

      -Nooooo ¿Justo ahí?  ¿No puede ser en otro lugar? Le dijo preocupada.

-No, pues casos como el suyo sólo se tratan ahí, contestó su médico, sin prestarle mucha atención.

Trató de olvidarse del tema y así llegó el día que debía concurrir a su chequeo. Era un  típico día de invierno y a pesar de sus temores llegó al hospital a la hora indicada. Cruzó el pasillo principal y llamó al ascensor, no había casi nadie en los pasillos, se abrió la puerta y ella fue la única que entró, estaba sola, se cerró la puerta y comenzó la lenta subida.

Unos pocos segundos después, Shelly repentinamente sintió una oleada de miedo sin que hubiera razón alguna. El corazón le latía rápidamente, le dolía el pecho y se le dificultaba cada vez más respirar, llegó a creer que se iba a morir. Inmediatamente vio con preocupación que el ascensor comenzaba a cambiar de fisonomía, las paredes metálicas se tornaron oscuras y al mirar el espejo que había en una de sus paredes vio que de pronto entraba gente extraña, deformada. “Dios mío ¡Esos rostros! ¡Son ellos!” pensó, “Tranquila, trata de dialogar” se dijo. Pálida y al borde del desmayo trató de mantener la calma y hablar con los inesperados acompañantes, quiso preguntarles qué hacían ahí, quiénes eran, pero no recibía respuestas. Ella transpiraba sudor frío y de pronto comenzó a llorar y a gritar, nadie la escuchaba, y cada vez subía más gente, ya tenía un aspecto terrible ese ascensor. Sus paredes ahora parecían de madera oscura y el espejo por donde espiaba la gente se transformaba en una nebulosa gris y pesada, sus gritos eran aterradores. De pronto el ascensor se detuvo y se abrió la puerta, antes de desmayarse alcanzó a ver que alguien la tomaba en sus brazos y la aferraba con fuerza.

Cuando despertó estaba acostada en una camilla asistida por una enfermera, ella sólo atinó a preguntar -¿Qué me pasó? ¿Quiénes eran las personas del ascensor? ¿En qué piso estoy?

Que la enfermera le dijera que estaba en el séptimo piso y había sufrido un ataque de pánico no la tranquilizó y obsesionada con el cuento de Buzzati, quiso saber más.

Cuando la enfermera le dijo:

-Al revisarla surgieron algunas dudas, así que la llevaré al sexto piso para realizarle una tomografía y luego quedará internada en observación en el quinto.

Quedó petrificada y sólo atinó a balbucear – ¡No Dios mío! 

miércoles, 29 de agosto de 2012

El regreso


Julio Chang


Lo conocí  cuando hizo una presentación de sus productos en el Salón de Convenciones del Hotel más importante de la ciudad, al que asistieron los empresarios, autoridades y profesionales más connotados; evento organizado impecablemente en un ambiente muy bello y elegante, rodeado de jardines con el agradable  aroma de las flores,  con la presencia de simpáticas anfitrionas y que culminó con un sabroso buffet. Su corporación internacional  representaba una de las  más importantes a nivel mundial en sistemas de alta tecnología de riego dirigido a empresas de agro-exportación interesadas en incrementar su productividad y rendimiento. Me impresionaron  las palabras dirigidas por el propio presidente de la corporación, el señor Jeremy Wayne que había tenido la extrema gentileza de viajar de un poderoso país del norte desarrollado a una pequeña ciudad de la nación donde vivo cuyo volumen de producción no es tan significativa a nivel mundial.

Al término de la exposición me acerqué a consultarle sobre las innovaciones en los productos que iba a comprar; lo interesante no fue solamente lo que explicó, sino que me llamó poderosamente la atención  la gran  fluidez y soltura con que hablaba el idioma español siendo extranjero. Pero sobre todo resaltaba su carácter sumamente amable.

Me enteré que había venido a nuestro país no sólo por motivos de negocios, pues realmente hubiera bastado que envíe a alguno de sus gerentes comerciales o sus promotores de ventas; su venida se debió al especial interés que le concitaba la posible relación de las culturas precolombinas con el cosmos que según él se manifestaban en  las líneas de Nazca y la ubicación de Machu Picchu. Creo que le caí bastante bien pues, desde el primer momento, conversamos de manera muy cordial como si fuésemos viejos conocidos. Al cerrar el trato con su empresa me indicó que le gustaría volver a encontrarse conmigo y que estaba dispuesto a recibirme en cualquiera de las sedes internacionales  donde él estuviese, para corresponder  las atenciones que le brindé mientras estuvo en la ciudad donde yo residía.

Muy pronto la oportunidad de viajar a visitarle se presentó cuando decidí comprobar los estándares de calidad en el proceso de fabricación de sus productos. Apenas llamé al señor  Jeremy a su teléfono directo, cuyo número me confío en su visita al Perú,  me respondió muy atento cuando se enteró que era yo. Me invitó para que después de que recorriese las impresionantes  instalaciones de su empresa me acercase por su oficina. Así fue, me recibió muy afablemente.

-Por favor si está de acuerdo, me gustaría charlar con usted. ¿Tiene tiempo para aceptarme una invitación para ir a conocer y cenar en el Golf y Country Club de nuestra ciudad? Es un lugar espléndido con amplias áreas verdes y un campo de golf con excelente vista.

Durante la cena pude conocer su afición por la astronomía, por la historia y la literatura de ciencia ficción o literatura fantástica; no todo era tema de negocios o de tecnología para él. Así me enteré que años atrás había sufrido mucho en la guerra de Vietnam defendiendo a las fuerzas del sur democrático contra los guerrilleros comunistas del Viet-cong. Realmente destacaba como un buen conversador, muy ameno, versado en muchos temas, diría yo una persona de cultura bastante amplia, algo no muy usual en un empresario.

En los pocos días que permanecí en Iowa  conversamos de todos estos temas. Recuerdo muy bien cuando le pregunté:

-Señor Wayne, es para mí, sorprendente que usted con esa actividad empresarial que despliega haya tenido esa difícil experiencia como  combatiente en una guerra tan sangrienta como la que me menciona, y pese a ello sea ahora un exitoso empresario con una cultura tan vasta, con aficiones  a temas tan distintos que no tienen nada que ver con su labor como presidente de una corporación tan importante a nivel mundial.

Me respondió: -Mi querido señor… Ya habrá podido visitar las instalaciones de nuestra planta y comprobar la alta calidad de nuestros productos. Espero lo hayan atendido bien.

- Muchas gracias señor Wayne, han sido muy gentiles conmigo y efectivamente estoy totalmente convencido de las bondades de su eficiente sistema de producción y me iré tranquilo.

- Muy bien, perdón, ¿Se llama usted Jonathan?

-Si, Jonathan ese es efectivamente mi nombre. Jonathan Monte del Pino.

-Estimado amigo Jonathan, llámeme Jeremy, yo lo llamaré Jonathan. ¿Le parece? Como usted habrá notado yo  mantengo un equilibrio razonable entre  mi trabajo empresarial y mis aficiones culturales, sociales, científicas y diría hasta cósmicas; creo que toda persona debiera tener la oportunidad de tener esa armonía.

-Si, lo he notado. Es usted una persona muy versada en muchos temas, no sólo en el ámbito de los negocios. Lo reconozco y aprecio su amplia cultura.

-Por eso estuve en su país  el Perú que sé que tiene un legado histórico tan vasto en sus culturas prehispánicas cuyos sacerdotes y casta dirigente se conectaron con el cosmos;  la cultura Nazca y la cultura Inca para mi son ejemplos de la relación entre esas civilizaciones y el universo, que puede parecer inexplicable; por ejemplo aquellas hermosas figuras de animales trazadas en la arena parecieran que han sido hechas para ser vistas desde el cielo…y bien sabemos que en la época no habían ni aeroplanos, ni medio alguno de vuelo… entonces ¿por qué hicieron tales figuras: la araña, el mono, el candelabro…para mostrárselas  a quiénes? En Machu Picchu, la perfección de una ciudadela planificada en la cumbre de una montaña, sigue causando impresión. ¿Por qué la ubicación tan alejada de los demás pueblos? ¿Cómo, porqué y para qué lo construyeron? ¿Sabe usted algo acerca de estos prodigios de su cultura ancestral?

-Sí, realmente señor Wayne es algo sorprendente, nuestros historiadores no tienen explicaciones claras acerca de ello. Al menos, eso es lo poco que sé. Realmente me falta mucho conocer del legado ancestral de los antiguos precolombinos. Creo que usted está más informado que yo…

- Si usted tuviese tiempo me gustaría compartir algunas  fantasías mías. ¿Le interesaría escucharlas? Como le comenté soy aficionado a leer algunos buenos cuentos de los maestros de literatura fantástica, a veces especulo yo mismo y escribo algunos relatos, que no los publico por lo extremadamente especulativos que son.

-Por supuesto, gracias por su gentileza, acepto su amabilidad. Me interesa escucharlo e igualmente será de mucho  interés para mí poder  platicar con usted.

Así tuve la oportunidad de conocer los amplios y verdes espacios del Golf y Country Club de su ciudad en dónde luego  de dar un breve paseo por las elegantes instalaciones del club y disfrutar de una agradable cena me invitó a sentarnos más placentera y cómodamente alrededor de la zona de una hermosa piscina en que apreciábamos a algunas parejas disfrutando del placentero ambiente, con una hermosa vista del cielo oscuro iluminado por las lejanas  estrellas; pidió un par de tragos para conversar con total libertad y amenamente.

-Cuando visité Perú disfruté mucho de su delicioso y tradicional pisco sour. Puro pisco peruano. ¿No?  Muy sabroso, muy bueno. Acá sólo brindamos con whisky etiqueta azul o verde; este whisky tiene veintiún años y es lo mejor que tenemos pero no se compara con el sabor de su pisco añejo con aroma a uva. Salud por usted, salud por su empresa y por el gusto de compartir con usted.

-Salud Jeremy, mis mejores deseos para que el desarrollo de su empresa sea como usted espera. Con los mejores resultados y posicionamiento a nivel mundial. ¡Éxitos  para usted,  su empresa y su familia! ¡Salud!

-Gracias, muchas gracias. Como le decía amigo Jonathan, le haré una confidencia muy personal, ya que noto que usted comparte algunos intereses comunes conmigo; me conmueven  los temas fantásticos, lo que hay más allá en el universo; claro, sólo si lo desea usted  podemos  conversar sobre  estos temas que le propuse al comienzo ¿le parece? Hay que relajarnos un poco soñando.

-Claro que si, de acuerdo, siga Jeremy.

-Qué pensaría usted si le dijese, hipotéticamente por cierto, que de un futuro muy lejano envían como sanción  a alguien al pasado…digamos que lo dejasen en un lugar hostil, en plena guerra. Claro, esto es una elucubración, imaginación pura y dura, pues la máquina del tiempo sólo existe en la creativa mente de escritores de ciencia ficción y de aquellos científicos que lo plantearon como hipótesis de trabajo, gente de  la talla de Einstein, Hawkins. Pero, si me disculpa, sigamos…me gustaría conocer su opinión ¿no le parece que sería un castigo muy duro e injusto?

- Jeremy, no cree que el viaje en el tiempo es una hipótesis poco realista. Usted seguramente ha escuchado sobre  el llamado “Efecto Mariposa”, cualquier evento en el pasado puede influir favorable o desfavorablemente en el futuro. En tal sentido, pienso que sería improbable que envíen a gente del futuro al pasado pues pueden afectar la vida de personas y familias, en fin la historia del mundo. Imagínese si alguien del futuro viaja al pasado y mata a su tatarabuelo, eso generaría una paradoja.

-Interesante comentario Jonathan. Pero asumamos que en el futuro, tienen la posibilidad de rastrear y monitorear, por medios ahora desconocidos, para que tales cosas no sucedan. En esa situación, sí podrían realizarse esos viajes, y por ende aplicarse esas sanciones.

-Bueno asumiendo que eso fuese realidad; retomando su pregunta, pienso que la sanción estaría en función de la gravedad del delito. Si fuese leve no necesitarían desterrarlo en el tiempo, ni en el espacio. Pero para casos graves que afecten a la sociedad, a los ciudadanos de ese futuro, supongo, que merecerían una pena bastante ejemplar que sea disuasiva para otros delincuentes. A lo mejor, los considerarían como sujetos indeseables para su propia época de origen, cuya presencia pudiese ser considerada peligrosa o perjudicial. Por ello, se verían obligados a una pena drástica como el destierro a un pasado hostil como usted alude.

-¡Claro! Interesante e inteligente su respuesta. Creo que se acerca bastante a lo que podría ser los motivos de esas penas. Sanciones quizás muy drásticas, muy desproporcionadas.

-Aunque no creo que sean tan atroces, al fin y al cabo, con su conocimiento más avanzado quiénes viniesen del futuro, podrían adaptarse muy fácilmente a nuestra época; además  usted debe saber que en el  Antiguo Testamento de la Sagrada Biblia, ya se decía “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie…” A lo mejor en el futuro, se han visto obligados ha retomar esos principios.

-Cierto, si optasen por esas medidas  significaría una venganza algo primitiva. Una sociedad  justa jamás establecería leyes así. Para eso hay ahora normas basadas en el pleno respeto a los  derechos humanos que se deben cumplir escrupulosamente en las leyes modernas y en el futuro pienso que con mayor razón.

-Bueno, Jeremy respecto a lo que afirma tendríamos que  proyectarnos y entender que en el futuro la situación ha cambiado, que la población mundial ha crecido exponencialmente; pues si ahora el planeta ya tiene siete mil millones de habitantes, posiblemente en el futuro habría varias veces esa población. Esas serias limitaciones en la  disponibilidad de alimentos, agua y energía. ¿No obligarían esas circunstancias a tomar decisiones mucho más drásticas?, ya que no habría espacio suficiente para mantener a su población, mucho menos a delincuentes, eso implicaría un costo altísimo para esa sociedad, digo yo, sobraría ese tipo de gente en el planeta. Necesitarían, pues, una solución radical al problema de falta de espacio, del probable incremento del crimen organizado. Necesitarían tranquilidad, paz, seguridad para atender con calidad de vida a quiénes se lo merecen y no a la escoria de la sociedad.

-¡Increíble! Me sorprende su afirmación, que es muy drástica, diría inhumana. Podemos asumir que es muy posible que lo que usted dice realmente fuese lo que pase en ese futuro imaginario. Pero eso no resuelve la interrogante mía, respecto a la injusticia de ese tipo de sanciones, crueles castigos para una persona, un ser humano que tiene todo el derecho a rehabilitarse y reintegrarse a su propia sociedad y su tiempo.

-Jeremy, realmente cree usted que con el escenario de escasez y sobrepoblación, la sociedad pudiese ser tan permisiva. ¿Lo estima verdaderamente viable?

-Claro que sí, esa sociedad futura debería revisar los alcances de sus sanciones, con penas menos severas para quiénes no han causado daños significativos.

-Si afirma eso, es porque usted se siente involucrado, perjudicado. Permítame una pregunta directa señor Jeremy…sea sincero, sea franco conmigo, si yo viniese digamos hipotéticamente del futuro le pediría que por favor me diga ¿qué delito tan gravísimo ha  cometido usted para que lo trasladen del futuro y lo dejen en Vietnam en plena guerra?

-¡Perdón! ¿Qué dijo?

Al parecer le sorprendió la pregunta, pues aspirando nerviosamente una bocanada de humo de su cigarro, me respondió:

 -Querido amigo Jonathan, entendiendo siempre que es un relato imaginario, podríamos asumir que yo en el  futuro era el responsable de supervisar a los técnicos encargados de aplicar el control biológico  para el mantenimiento de plantaciones con cultivos para su protección  de plagas, pero por omisión involuntaria  habría dejado que se afecten a  los cultivos en miles de hectáreas. Esta situación causó la pérdida de gran cantidad de alimentos destinados a una población importante generando  desabastecimiento de alimentos en toda la región durante buen tiempo.

-Seguramente señor Wayne, esas faltas han sido cometidas por una seria negligencia, un  terrible descuido que en el  futuro causaría graves daños a la sociedad, pues los alimentos son una necesidad básica que no puede ser descuidada, al menos esa es mi humilde opinión.

-Bueno, algo así pudo haber sucedido. Pero la sanción, la pena tan drástica no sería justa.
Al fin y al cabo, el responsable, que era supuestamente yo tenía hasta ese entonces una impecable foja de servicios,  errores le ocurren a cualquiera.

-¿No le parece Jeremy que lo que me dice no tiene justificación?, pues seguramente  con esa negligencia se ha afectado a cientos de  familias e incluso podría haber causado muchas muertes. La sanción debe haber sido muy bien calculada por el tribunal que lo juzgó. Si es que en el futuro hay jueces,  supongo que deben ser muy probos, justos e incorruptibles, para que decidan una sanción que sea realmente un castigo ejemplar que le duela a un profesional, que ha cometido seria negligencia en sus funciones.

-Apreciado Jonathan observo que usted asume este relato fantasioso muy bien, pues su razonamiento y argumentación son bastante lógicos. El personaje sancionado posiblemente se redima y contribuya con la época y tiempo en que se encuentre. ¿Qué me dice de ello? ¿No le parece valioso que se haya aportado con nuevas tecnologías y se haya generado empleo a miles de familias? Para mi ese sentenciado, en caso supuesto que fuese yo, ya habría cumplido con pagar con creces el castigo impuesto. Y merecería más bien un reconocimiento.

-Pues, yo no pienso igual que usted. Sanción, castigo, pena  eso es lo que merecen quiénes han transgredido normas legales, al haber  cometido faltas graves de procedimiento generando daños a su sociedad, para mi sí cabe revisarse la pena si es que el Tribunal que lo juzgó revisa su caso y considera que se ha redimido. Disculpe que le insista, sincérese conmigo, dígame Jeremy usted ¿ya se habitúo y acostumbró a esta época?

-Ja,ja,ja…que gusto me da que siga asumiendo como real este relato…efectivamente siguiendo la narración, claro, si fuese yo, con mi posición actual en la sociedad actual, podría decirse que sí,   que ya me integré a este presente. Disfruto de una inteligente y afectuosa mujer que me ha dado dos brillantes hijos, un varón y una mujer que me hacen feliz con tres lindos nietos; tengo a mi buena esposa, compañera y amiga que me acompaña en esta vida bastante confortable a pesar de tanta turbulencia y crisis; esto  significaría que he salido adelante. Y a nivel empresarial ¿No le parece que ser propietario de una empresa tan bien cotizada en la bolsa de valores de Nueva York, con oficinas en París, Madrid, Londres, Roma, Nueva York y Beijing no son indicadores de una buena manera de haberse acomodado a la época?

-Efectivamente Jeremy, lo felicito por haber conseguido esos logros desde fines del siglo XX y comienzos de  este siglo XXI. Realmente ha sido muy afortunado, claro que imagino que debe haberle costado mucho esfuerzo.

-Oh, si. Claro que sí, muchísimo esfuerzo, muchísimo. Estar en una guerra tan horrible como la de Vietnam  es lo peor, muertes por doquier, napalm, bombas y mucho sufrimiento  que no se lo deseo a nadie. Pero, obviamente con los recursos intelectuales y un poco de conocimiento de  la historia, ya me podía imaginar quién iba a ser el vencedor, así que tuve la fortuna de integrarme al servicio de abastecimiento y logística, que es lo que yo conocía, al servicio de las fuerzas armadas del sur,  aproveché la primera oportunidad para que me consideren en el primer grupo que se retiraba de Vietnam para ir a los Estados Unidos como refugiado altamente calificado. Eso me salvó y permitió que me desarrolle profesional, empresarial, personal y familiarmente en este próspero país de las oportunidades. ¿Qué le parece el relato estimado Jonathan?

-Bueno, ya habló lo suficiente, su caso ha sido monitoreado, levantémonos y regresemos…

-¿Qué dice? ¿Regresemos? ¿Regresemos adónde?

-Como usted debe saber Jeremy, en el futuro el Tribunal cumplirá lo que le corresponde hacer. Hacía allí nos debemos ir.

-¡No, no Jonathan! No me ha entendido. No se da cuenta que todo lo que le he narrado no es más que  fruto de mi imaginación…es tan fantástica pero bien contada que parece real, prueba de ello, es que usted se lo ha creído.

-Oh, si. Si le he creído y le he entendido muy bien Jeremy, buena imaginación que coincide con su realidad; aquí su vida ya ha sido  demasiado confortable para ser un castigo proporcional a los graves delitos cometidos por usted, vamos…

-Ja, ja, ja…Qué buena broma la suya amigo Jonathan. Me siguió muy bien la corriente. Ya me había asustado. Eso merece un buen brindis…

-Brindaremos después de dejarlo dónde le corresponde  estar. Es suficiente con lo que me ha confesado, primero debo dejarlo en manos de los magistrados a cargo de su caso para que revisen la pena.

-¿Qué? ¡Basta de bromas! Retírese Jonathan…he sido muy cordial con usted y le he dado mucha confianza, pero ya me cansé de este jueguito. Llamaré a mis agentes de seguridad y  la policía si es que no se aleja inmediatamente y me deja tranquilo…

- ¿Policía? No necesita llamar  a nadie, yo soy un policía del futuro. Cálmese y sígame, no haga escándalos.

-¿Qué? ¡Esta situación es imposible! ¡Está usted loco! ¡No nos haga daño! Por favor…no,  por favor. Le imploro…le ruego. No puedo ni debo regresar al futuro. Aquí en esta época tengo  a mi esposa, mis hijos, mis nietos ¡Mi familia a la que tanto quiero! No puede hacerme esto. Ya cumplí con pagar mi pena con  tantos años de sufrimiento para luego generar la próspera empresa que dirijo para beneficio de esta sociedad…

-Es cierto, usted lo ha dicho, ha causado un beneficio para esta sociedad, pero perjudicó a la sociedad de donde viene, por eso se va a revisar su pena. Tranquilícese, lo que decidirá el Tribunal será algo justo.

-No, no, no, le suplico, tenga piedad de mí…no puede hacerme eso. Pare esta broma pesada.

-Sí, si puedo. No estoy jugando…

-Al final cumplí con mi misión. Lo regresé al año 2092, para que su caso se revise y el Tribunal de Justicia decida. Sé que la  determinación fue que permanezca  en el futuro. Su esposa, hijos y nietos nunca supieron qué pasó con Jonathan, y mucho menos imaginaron de dónde venía Jonathan ni adónde lo regresé.

martes, 28 de agosto de 2012

La decisión


Susana Arcilla



I

Santa María era una de  esas ciudades del interior donde todos se saludaban, las puertas se dejaban abiertas siempre y el apuro era un gran desconocido. El invierno marcaba el ritmo de esos días.

Melina era una tierna adolescente de dieciocho años, había egresado de  quinto año del secundario -con excelentes calificaciones- y estaba entusiasmada por comenzar sus estudios universitarios: quería ser profesora de Educación Física. Pertenecía a una familia convencional de clase media; su padre era profesional; su madre, ama de casa y sus hermanos menores, estudiantes como ella.

 Su familia le había prometido que la apoyaría para que pudiera estudiar sin trabajar, eso era lo ideal para recibirse en un tiempo prudencial y así poder dedicarse a lo que más le gustaba en la vida: entrenar a chicos y chicas en deportes de alto rendimiento para los Juegos Olímpicos.
- Esa adrenalina que segrega el competir no es comparable a nada - pensaba en sus ratos de ocio, recostada en su cama. Su casa era confortable y tenía el sello de su madre, atenta a todos los detalles, siempre se olía a comida casera o a desodorante de ambiente de frutos del bosque.

Melina estaba muy enamorada de su novio, tenían planes para cuando estuvieran recibidos; a él le apasionaba la Biología como a ella el deporte, se iban a mudar juntos para ir a la universidad en la capital del país. Planeaban compartir los gastos y las tareas, las familias se conocían y estaban de acuerdo, en dos meses más estarían viviendo en otro mundo, con más responsabilidades pero también con mayor libertad.
-Seguramente alquilaremos un departamento chico, tipo monoambiente, los que dan a un patio interno son los más baratos – conversaban animadamente sobre el futuro que les esperaba.

Al notar que su menstruación no bajaba como de costumbre se asustó, con su novio siempre habían tenido precaución con el uso de los anticonceptivos ya que no querían postergar sus planes; de pronto recordó esa noche de diversión, baile y mucho alcohol hace un mes aproximadamente, un sábado que festejaban el egreso del nivel secundario.  Después de la fiesta se fue con Ramiro pero no recuerda mucho, sí que hicieron el amor en un estado bastante dicharachero[1] dentro del pequeño auto que sirvió de cama improvisada y de refugio suficiente en la oscura noche. Si estaba embarazada realmente se encontraba en un serio problema, ella y Ramiro también.

Lo consultó con su madre, con la que tenía una excelente relación, compraron un test en la farmacia y realizaron el análisis juntas en el frío baño de la casa con todo el temor de confirmar lo que era inesperado para este momento de la vida de Melina. La madre la abrazó fuertemente –las dos estaban sentadas enfrentadas, una en el bidet y la otra en el  inodoro- y le dijo: esto es algo maravilloso, vas a tener un hijo. Cuenta con nosotros para lo que necesites.

Finalmente y ante lo irremediable fueron a charlar un rato con el tío de Melina que era cura en la Parroquia del Centro, el padre Joaquín. La charla fue larga y muy interesante, mate y lágrimas se cruzaban en la rústica mesa que los convocaba en una asamblea de corazones abiertos. La casa -pegada a la iglesia- era muy humilde, con los muebles necesarios y sin ningún adorno femenino, el ascetismo franciscano predominaba por doquier; el mayor argumento del sacerdote era que la vida del nuevo ser tenía prioridad en esta etapa, que ella tendría tiempo para desarrollarse profesionalmente en el futuro. La vida nueva tiene un potencial inconmensurable, dijo, ahora quizá no lo puedas ver pero es así, con el tiempo no te arrepentirás, confía en mí.

-¿Era conveniente decírselo a Ramiro?- pensaba Melina; él es parte del problema como yo. Ramiro era un muchacho de dieciocho años, alto y forzudo con una carita de nene que mataba[2]. Se quedó estupefacto, nunca pensó que tendría que tomar una decisión de ese tipo, sus pensamientos estaban puestos en elegir un departamento en la ciudad adonde iba a ir a estudiar Biología el próximo año, no en decidir en qué semana se consideraba vida humana al embrión. Lo suyo era la Biología, no la Bioética.

Melina pensó que obviamente el hombro donde llorar y hablar era el de Aldana, su mejor amiga desde el preescolar. Eran compinches[3] para todas las actividades y se querían muchísimo. Se encontraron en las afueras de la ciudad, junto al río y observaron la naturaleza acechada por el invierno, con un termo y dos vasos térmicos en mano se sentaron a degustar un rico café mientras charlaban.
-Sólo vos podés decidir, si no es así siempre te vas a arrepentir, estás en un punto donde no podés pedir opiniones, vos y Ramiro deben decidir de común acuerdo porque se trata del hijo de ambos – le dijo contundente, no le dejó resquicio para ninguna duda. Las amigas del alma te conocen muy bien y saben lo que va con tu modo de ser y pensar. Aldana había pensado en la pareja – que conocía mucho- para opinar como opinaba.

La profesora de Historia también era su confidente, habían logrado una muy buena relación a pesar de que Melina no se inclinaba por las Ciencias Sociales, lo suyo era el deporte de alto rendimiento; cuidaba su cuerpo y su peso como ninguna, entrenaba a diario y consumía comida sana y nutritiva. Esto del embarazo le hacía pensar en la deformación de su cuerpo y la inactividad que ello le traería. La profesora tenía una posición tomada con respecto al tema y se lo dijo de una sola vez y sin anestesia mientras arreglaba sus carpetas en el portafolio de cuero negro y apuraba  el paso porque entraba a otra clase.
- Mirá, yo estoy en contra del aborto, porque creo que la vida del bebé tiene prioridad si lo comparás con los nueve meses de embarazo que supuestamente “sufre”  la madre – su tono era grave. Un ingrediente más para incluir en esta decisión: ¿es comparable una vida completa con nueve meses de un cuerpo “ocupado” por otro ser?

-Te conviene hacer un aborto y listo, tendrás tus hijos seguramente cuando te encuentres asentada en tu profesión y en tu vida, ahora estás en transición y no creo que tengas ganas de postergar tus sueños, además quién sabe si en el futuro estarás con Ramiro todavía.  La operación es sencilla e inofensiva, podés venir sola y, si te parece, tus padres no se enterarán; además no te voy a cobrar nada porque soy amigo de la familia, andá tranquila -. No se observaba ningún gesto de preocupación en su rostro, más bien parecía que estaba hablando de un resfrío transitorio que se curaba con una aspirina y con el paso del tiempo. De repente los azulejos blancos del consultorio le produjeron un frío glacial sobre su cuerpo, salió rápidamente sin contestar siquiera ante la mirada del profesional.

Ramiro le dijo, con toda la sinceridad que lo caracterizaba, que él no estaba dispuesto a continuar con el embarazo, que consideraba que tenían tiempo para ser padres. Averiguó, en alguna bibliografía que le pasó un amigo, que la vida humana comienza en el tercer mes de gestación así que consideraba que el aborto era un trámite que no le traía ningún cargo de conciencia. No había recibido educación religiosa y la Biología le decía que la mayoría de los embarazos no llegaban a término así que no veía mayor conflicto: si la naturaleza misma descarta embriones, por qué no íbamos a hacerlo nosotros. Además, ¿no es que cada uno forja su destino con decisiones? Bueno, esta era una decisión, cada cosa a su tiempo. Se quedó tranquilo y decidió salir a correr por la ruta que conectaba la pequeña ciudad con la estación de tren. El ritmo de su corazón y el aire frío que le pegaba de frente lo iban convenciendo de que tenía razón, no dudaba.

El padre de Melina estaba asolado por la noticia, era un hombre de mediana edad, profesional y con la cabeza abierta al mundo de hoy.
-De ninguna manera voy a permitir que Meli hipoteque su futuro por cuidar a un bebé que nadie quiere, tampoco me gusta la idea de que mi hija atraviese un parto. ¿Por qué se va a poner en  riesgo? – trataba de convencerse mientras manejaba su auto de regreso a casa.
- No estoy tan grande después de todo – se peinaba las incipientes canas de su sien derecha con su mano morruda[4] mientras con la otra tomaba el volante. Su tarea ahora se concentraría en poner a su esposa como aliada de su postura; insistiría  e insistiría. No tuvo éxito, es así: las madres son los seres más empecinados de la tierra cuando quieren algo de verdad.

Sólo ella podía tomar una decisión; pensaba que los defensores de los derechos humanos -en general- se pronuncian a favor del aborto. Ella consideraba que esto era una gran contradicción porque el derecho a la vida es el primero de los derechos humanos fundamentales que tiene una persona en su estado más indefenso. Matar a alguien para asegurar el derecho de otro resultaba incoherente desde todo punto de vista. Podríamos matar a todos los niños hambrientos para terminar con el hambre en el planeta, o hacer desaparecer a todos los delincuentes para terminar con la inseguridad. Matar no puede ser la solución a nada ¿no es cierto? Y matar a un indefenso, ¿no suena a un acto cobarde? ¿No era más fácil buscar soluciones posibles a los problemas antes de optar por la muerte como salida…?

Qué difícil decidir sobre una vida que depende de uno, en todo caso qué son nueve meses de mi vida comparado con toda la fuerza potencial que tiene este embrión…Cómo no imaginar a la criatura ya  nacida, desamparada al principio pero con ese espíritu que va hacia delante; qué puedo perder: un año de estudio, un cuerpo perfecto, el amor de mi adolescencia, qué es todo eso comparado con una vida nueva y frágil sobre el planeta que sólo depende de mí decisión. Me siento como si fuera Dios en este momento y me temo que ya estoy enamorada de mi criatura, aún antes de conocerla.

 Ahora entiendo lo que comentaba la profesora de Filosofía -durante las ruidosas clases en aquella  deteriorada aula del colegio secundario-  acerca del bien común o el bien mayor. Cuál es el bien mayor en cada problema ético que analizamos: la vida nueva en este caso; los nueve meses en que me veo involucrada  no son nada comparados; es más, puedo darlo en adopción si quiero… pero no le privaría de la experiencia de vivir. Puede que haya una pareja esperando un hijo para adoptar, de esta forma el bien se ampliaría a más personas que se alegrarían por mi decisión. El bien suma, la muerte resta. ¡Qué difícil Dios mío!

                                                                 II

Esta chica Melina es la única que la tiene clara. Descuento a la madre porque “ellas” siempre han sido mis aliadas en defensa de la vida; es claro: han experimentado el dar la vida por eso la defienden a capa y espada…saben de qué se trata la cuestión.
También me alegró la posición tomada por mi funcionario, el sacerdote, un lúcido total en este caso. Dijo “inconmensurable”, de eso se trata: de no poder medir –en un momento- la potencialidad de una vida que va a llegar…pero hay que ser muy ciego para no darse cuenta de semejante cosa…¿no?
Menos mal que la profesora de Filosofía pudo enseñar en el colegio ese concepto tan abstracto pero tan real; ante una opción ética, cuál es el bien común o mayor…Además, qué bueno es que los adolescentes puedan proyectar conceptos y así hacerlos funcionales a su vida. Los docentes siempre fueron mis favoritos.
Entiendo a Aldana porque es una chica como las de “ahora”, respetan la decisión de los otros, pero fue muy astuta porque sabía a quién le dejaba la decisión, ella lo descontaba, estaba segura de que Melina iba a ser proclive a la vida nueva, la conocía de antes, de mucho años, empezaron preescolar a los cinco años juntas, tomadas de la mano y de guardapolvo rosa a cuadritos.
Con respecto a la profesora de Historia me dejó asombrado: en general los especialistas en Ciencias Sociales han adherido a la idea del individualismo exitista y apoyan el aborto porque están pensando en la mujer como única víctima, creen que ésta se debe realizar en sus proyectos y que el embrión es sólo eso, un embrión, no una persona. El embrión es la vida humana misma en su máxima potencialidad, es la primera forma que toma -un estado transitorio- al  que sólo le falta tiempo y condiciones especiales para convertirse en una persona en el sentido pleno y terminado. Es para pensar que los especialistas de estas ciencias, cuando analizan las sociedades en su conjunto, sí toman el concepto de bien común, piensan en las mayorías…pero no pueden proyectar el concepto a casos individuales; hay algo raro ahí…

Que la mujer es dueña de su propio cuerpo no hay duda, cuéntenmelo a mí que me ocupé especialmente de eso cuando diseñé especialmente al hombre y a la mujer, cada uno con su rol específico para dar vida, pero autónomos –y complementarios- a la vez.  No es dueña de la vida de su hijo de ninguna manera -a lo sumo es su mayor protectora- el bebé es un ser independiente que –como mucho-  tomará su cuerpo por nueve meses, como un inquilino.
Bueno, para los hombres necesito un punto y un párrafo aparte -además de un buen suspiro- ¡Qué casos serios estos tres señores! Uno, pensando en su oficio… ¡Y no te voy a cobrar nada, le dice, ja!; el otro, pensando en su carrera personal –¡qué paradoja! ¡la biología es el estudio de la vida!- y el padre, ¡ay por favor!… ¡qué padre se llevó Melina! Por el miedo a perderla a ella perdería a su nieto… se ve que no razonaba muy bien este profesional medio…Algo anda mal por allá.
A ver, razonemos como si fuésemos humanos: un problema no se soluciona con la muerte, se buscan alternativas posibles; por ejemplo, es más fácil encontrar un alimento viable  para acabar con el hambre en el mundo que matar a todos los hambrientos. Esa idea de que todos puedan comer me desvela hace un buen tiempo, ahora que lo recuerdo.

Y eso de que hay que declarar legal  al aborto porque la madre puede morir en manos de curanderas, enfermeras o médicos clandestinos… ¿O sea, que para que no muera una persona tendríamos que matar a otra lícitamente? De modo que el Estado Nacional podría matar. No entiendo realmente a esta gente, cómo están razonando… ¡Ay por mí, quién podrá ayudarme!
Encima, justo ahora que necesito que este niño nazca, tiene una gran misión en el planeta, lo veo claro; pero, debo respetar a la madre y a su decisión, es mi voluntad y no la cambiaré por nada.
                                                         III

Felipe Valentín tuvo una vida maravillosa, creció junto a su madre Melina mientras ella hacía la carrera de Profesora de Educación Física y después mientras trabajaba como entrenadora. Compartían un pequeño departamento muy cálido, donde predominaban los colores naranja, amarillo y verde; pocos muebles, juguetes y mucho afecto. El niño se contactaba seguidamente con su padre -con el que pasaba los fines de semana- y se interesó prontamente por el estudio de la Biología. También visitaba a los abuelos, los tíos y los primos. Su tía adoptiva Aldana lo adoraba y aprovechaba para sacarlo a pasear cuando su amiga estaba ocupada; la profesora de Historia fue la madrina cariñosa de Feli, no pudo contener el llanto de emoción durante la ceremonia del bautismo pensando en el milagro que había ocurrido; el médico amigo de la familia murió de un infarto antes de conocer al bebé, una pena…no sabe lo que se perdió con semejante niño, seguramente habría aprendido una gran lección de la vida. ¡Ah, me olvidaba! El tío Joaquín no se cansaba de contarle cuentos, tenían una relación entrañable muy  parecida al abuelazgo.

Ya mayor, Felipe Valentín,  fue a la universidad a estudiar Ingeniería en Alimentos y realizó su posgrado en Alimentación Nutritiva para las Poblaciones en Riesgo; una empresa multinacional patrocinó su proyecto y pudo finalmente concretar su sueño; él siempre se sintió tan amado que naturalmente pensaba siempre en los demás. Su madre era el mayor ejemplo que tenía en la vida, lo había dejado todo por él cuando podría haberlo matado tranquilamente para ahorrar tiempo.
 -¿De qué sirve el tiempo?- se preguntaba cuando reflexionaba sobre su vida o conversaba con sus amigos. La filosofía lo atrapaba.
Gracias a Dios que este niño nació. Hoy se ha resuelto - debido a su proyecto- el problema del hambre en varios continentes, y prontamente la idea se extenderá a los pocos lugares del planeta a los que falta llevar el alimento esencial para la vida humana.


[1] Dicharachero se refiere a un estado alegre y despreocupado.
[2] Manera de decir para dar a entender que algo es muy evidente.
[3] Muy compañeras.
[4] Grande.