martes, 3 de julio de 2012

Un paseo dominical


Eduardo Montagne



Alfonso había regresado a vivir con su mamá, en esa  casa mesocrática de un solo piso en la calle Colón en Miraflores, en la que había pasado casi toda su vida, ahora maltratada por el descuido y hasta por una cierta suciedad. Ese domingo, un poco urgido por Matilde, esa señora envejecida por las canas y un andar encorvado que arrastraba el peso de su soledad, Alfonso accedió a salir para dar un paseo. Desde su regreso, Matilde se preocupaba al verlo todo el día en su cuarto, rodeado de libros que leía vorazmente durante casi todo el día, o escribiendo incansablemente. No lo hacía en una computadora, sino en gruesos cuadernos que numeraba en el lomo con etiquetas pegadas en las que anotaba, con letra diminuta, títulos provisionales de lo que, esperaba, se convertirían en sus próximas publicaciones.

-¿No me enseñas lo que escribes? –le preguntó un día.

-No mamá, no entenderías nada. Son ensayos filosóficos y análisis de la coyuntura mundial que escribo para publicaciones europeas. Y también he comenzado a escribir otra novela.

Pero en esa ocasión, en un día invernal típicamente limeño, aunque extrañamente interrumpido por una tímida luminosidad,  Alfonso Valencia rompió su rutina y sus horarios intocables y salió de casa para dar un paseo. Era un hombre que bordeaba los cincuenta años de vida, alto y un poco jorobado, de gruesos lentes a través de los cuales miraba con atención todo a su alrededor, como tratando de descubrir cualquier detalle que llamase su atención. Vestía un terno gris algo viejo y una camisa blanca sin corbata, una tenida muy poco usual para una tarde dominical en la que se cruzaba con transeúntes que en su mayoría usaban zapatillas y jeans, pero que podía hacerlo parecer como un intelectual algo descuidado y bohemio.   

Enrumbó por la calle Colón hasta toparse con la avenida Benavides. Por el Pasaje Los Pinos llegó a la calle Schell y bordeó el Parque Kennedy subiendo por la Diagonal. Pensó que hacía un buen tiempo, ya no recordaba cuánto, no transitaba por esos parajes miraflorinos que de niño había recorrido de la mano de su mamá y en los que luego había aprendido a montar bicicleta. Desde luego era otra época, porque ahora encontró mucho ruido de automóviles y combis que con bocinazos y bruscas maniobras rompían toda la quietud que él recordaba de sus épocas infantiles. Un desfile interminable de peatones que se cruzaban en las aceras lo aturdía en su paso meditabundo y observador. El parque estaba lleno de gatos, lo que le llamó mucho la atención, porque siempre esos felinos, misteriosos y escurridizos, le habían producido una sensación de desconfianza y hasta de rechazo.

Al bordear la rotonda en la que artesanos y mercanchifles ofrecían sus baratijas a curiosos que desfilaban lentamente mirando los productos extendidos sobre las mesas, Alfonso sintió de pronto que un hombre mayor volteaba la cabeza y lo miraba como si lo hubiese reconocido. No hizo caso y al salir de la rotonda, enfiló nuevamente por la Diagonal. Muchos pintores exhibían sus cuadros, de dudoso valor artístico, colocados sobre caballetes en las veredas, frente a los cuales se agolpaban transeúntes y turistas. Al cruzarse con una pareja que por su aspecto parecía europea, Alfonso notó también que lo miraban y hasta le hacían un gesto que parecía ser un saludo o un reconocimiento. No contestó nada, pero unos pasos más allá, cuando se detuvo a mirar uno de los cuadros que trataba de representar un paisaje andino, creyó escuchar detrás de sí su nombre: Alfonso, ¿no? Sí, es Alfonso. Volteó pero solo vio a dos jóvenes  que caminaban fumando y riendo. Seguro que me están reconociendo, pensó, por un momento complacido, por otro instante algo fastidiado. Por eso prefiero quedarme trabajando en casa. No vaya a ser que aparezca un periodista y quiera entrevistarme. Decidió entonces cruzar la calle y, en la acera del frente, entrar a tomarse un café en el Haití. No quiso sentarse en las mesitas que miraban a la vereda, por donde transitaba incansable un desfile variopinto de personas de toda edad y condición con la parsimonia de un paseo dominical. Prefirió ocupar una de las mesas en el interior, pegada a la pared del fondo. Allí sacó con cuidado uno de sus gruesos cuadernos que escondía apretado con la correa contra su cintura, y que el saco había ocultado a toda mirada. Tenía una tapa dura y negra, y en él casi cotidianamente anotaba sus recuerdos y vivencias.

“Primer paseo por las calles miraflorinas de mi infancia, de mi juventud. Impresiones variables. Muchos recuerdos de los años tenebrosos de Sendero, cuando era un peligro salir a la calle, por las bombas que estallaban sorpresivamente y, en la noche, por el toque de queda. Y sobre todo, recuerdos de las graves consecuencias que me trajeron todas las investigaciones que publiqué sobre la oscura personalidad de Abimael Guzmán, ese fanático líder del movimiento terrorista.”

-Madre, ¿tú crees que todavía me recuerdan? –la conversación había sido la víspera del paseo dominical, en el comedor de la casa de la calle Colón.

-Ya pasaron muchos años, Alfonso. Olvídate de todo, así como ellos te habrán olvidado por completo –fue la respuesta con que Matilde intentó tranquilizarlo-. El tiempo borra todo, Alfonsito, el tiempo… -y suspiró hondamente.

-¿Tú crees eso, no? –la pregunta revelaba su propia desconfianza. El exilio al que me vi forzado fue largo, madre. Felizmente no fue en vano, tuve éxito en Madrid, una ciudad encantadora, en la que pronto me hallé como en casa.

Matilde sonrió con ternura. En su vejez, solo encontraba consuelo  escuchando las historias de su único hijo. Una vez más se dispuso, aprovechando esa inusual ruptura de la rutina de Alfonso, a acoger los relatos interminables de su llegada a Madrid.

-Tuve la suerte de que el Embajador del Perú en esa época era un antiguo compañero mío de colegio. No sabes cómo me acogió. Gracias a él fue que conocí y trabé amistad con Juan Luis Cebrián, el director del diario “El País”.

Animado de pronto por esos recuerdos, Alfonso continuó hablando  de los años en que colaboró como periodista de esa prestigiosa publicación, escribiendo una columna diaria sobre sucesos mundiales que analizaba con precisión y acierto.

-Vivía a dos calles de la Puerta del Sol, madre, en un ‘piso’ –como se llaman en Madrid a los departamentos- con todas las comodidades, porque ganaba mucho dinero en “El País” y también con otros contratos. Y con las novelas que publiqué en la editorial Planeta. ¿Las has leído, no?

Y sin esperar mayor respuesta, Alfonso siguió recordando ese tiempo sin comienzo ni final en Madrid, los premios literarios que obtuvo y el prestigio creciente que fue adquiriendo como periodista y escritor.

-Entonces tú crees que todo valió la pena, ¿no? –preguntó, con un tono vacilante, doña Matilde.

-Pero el riesgo de muerte que tuve antes de huir de Lima fue terrible, madre –contestó Alfonso- ¿Acaso lo has olvidado?

Y a pesar del consejo materno de echar atrás los malos recuerdos, volvió a revivir los días y semanas que tuvo que esconderse de los senderistas que no le perdonaban haber revelado aspectos desconocidos de la vida y del pasado de Abimael. Y de la decisión final, cuando una bomba estalló muy cerca de su casa, de auto exilarse, separándose por primera vez de su madre, y partir casi en secreto a España.   

“Sentado en esta mesita casi escondida del café Haití, todo viene a mi mente, y los recuerdos me llenan de orgullo por mis contribuciones a la paz en el Perú y, claro, a la paz del mundo también, porque si triunfaba Sendero hubiese provocado, sin duda alguna, una conflagración mundial, una invasión del ejército norteamericano, una intervención de la ONU…”

Alfonso dejó de escribir abruptamente. El mozo se había acercado para alcanzarle la segunda taza de café y en el momento que levantó la mirada para agradecerle, creyó ver, en una mesa al otro extremo del Haití, a dos hombres que lo miraban de soslayo y murmuraban algo entre ellos. Debe ser imaginación mía, pura coincidencia, pensó, tranquilizándose. Bebió lentamente el café caliente y siguió escribiendo en su cuaderno.

“En esta tarde invernal de Lima he vuelto a pasear por las calles de Miraflores. Me ha parecido que dos o tres personas me miraban, como si me reconocieran. En un sentido, me halaga que me reconozcan, comprobando así que mis éxitos literarios en España han llegado hasta mi patria. Ya me habían contado que varios medios publicaron las noticias de los premios obtenidos. Y también algunas de mis columnas de “El País”, y sobre todo diversas fotos mías. La fotografía que más me halaga es aquella en la que don Juan Carlos, el Rey, me estrecha la mano. Lo recuerdo bien, fue en una recepción en el Palacio de la Zarzuela en honor del Presidente del Brasil, cuando visitó Madrid. Fui invitado como analista político de las relaciones de España con América Latina. En Lima me reconocen, entonces, porque han visto mis fotos y sin quererlo me he hecho famoso. Debo agradecer estos gestos de reconocimiento y no ser tan frío y distante, al contrario, acercarme y agradecerles la gentileza de sus saludos”.        

-Entonces, en un sentido te halaga que te reconozcan, te sientes reconocido no sólo por las fotos que de ti se hayan publicado, sino por tu obra, ¿no?

Ya no en el Haití de Miraflores, ni en su casa de la calle Colón sino en una oficina en Magdalena, escasa de muebles y adornos, la pregunta que Alfonso escuchó lo ayudó a tranquilizarse. Miró a su interlocutor, un hombre algunos años mayor que él, que lo acogía siempre con atención y parecía entenderlo mejor que nadie.

-Claro, me halaga pero… -y calló.

Unos cortos minutos de silencio entre los dos. Otra vez los recuerdos de aquél paseo dominical, esta vez más cercanos.

Alfonso había pedido la cuenta al mozo del Haití. Nuevamente le pareció que los dos hombres de la mesa situada cerca de la puerta derecha de la cafetería lo miraban de soslayo. Pagó y salió por la puerta de la izquierda, que conducía al cine El Pacífico y que desembocaba en la Alameda Pardo. Una sensación de inquietud lo invadía por dentro y pensó que dos cafés seguidos podían haberlo puesto nervioso. En la puerta del cine se exhibían carteles de la película de esos días: “Los fantasmas del caribe”. Siguió de largo, apurando el paso. En ese momento se arrepintió de haber dejado su piso madrileño. ¿Para qué diablos regresé a Lima?, se preguntó, con un tono de molestia consigo mismo. Claro, su madre estaba vieja y sola, pero de muy poca utilidad podía serle si él mismo se sentía inseguro. Y mientras pensaba eso, y añoraba la paz y la tranquilidad con la que vivía en Madrid, dedicado a escribir crónicas y novelas, alcanzó la Alameda y dobló hacia la derecha, para regresar, esta vez por la avenida Larco, hacia su casa. En ese momento un hombre de ropas descuidadas y aspecto andino se le acercó y prácticamente cerrándole el paso, le puso toscamente un billete de lotería muy cerca de su cara. ‘Padre, cómprame este billetito, es el número de la suerte’. Alfonso paró en seco y dio un paso atrás mientras con la mano estirada le indicaba que no quería nada, que se alejara. El hombre repitió con insistencia: ‘Mira bien, este es el número de la suerte, cómpramelo papá’ mientras insistía en ponerle el billete ante los ojos. Recién en ese momento Alfonso leyó en el número que el vendedor le enseñaba: 15092085.

Y en ese instante se dio cuenta del peligro. Los cuatro primeros números entraron como flechas en su mirada: quince cero nueve. Ese era el número que colgaron en el pecho de Abimael Guzmán, luego de su captura, cuando lo exhibieron impúdicamente, vestido con traje a rayas y encerrado en una jaula. Una humillación que nunca olvidarían los senderistas. Entonces, como un rayo, el pensamiento que le vino a la mente lo puso en total alerta: el vendedor de loterías era uno de ellos, y su misión era matarlo, porque la  denigración a Guzmán había comenzado antes de esa captura, con los escritos de Alfonso desentrañando la historia familiar secreta del líder.

-Pero no solo halagos. La muerte estaba allí –dijo Alfonso, con voz queda al hombre que lo escuchaba con atención, al otro lado de su escritorio-. En ese momento supe que estaba a punto de ser asesinado.

-¿Solo ese pensamiento vino a tu mente? ¿No pensaste en las coincidencias que a veces nos pueden engañar?

-¡Usted está dudando de mis certezas! –Alfonso pareció enfurecerse ante esa simple pregunta- ¡No era un vendedor de loterías, era un senderista a punto de matarme!

En ese momento Alfonso sintió de pronto que una fuerza desconocida templaba todos sus músculos. Extendió el brazo con el puño cerrado y golpeó con fuerza el rostro del hombre que le ofrecía el billete de lotería, que pareció trastabillar, retrocedió uno o dos pasos y cayó al suelo de espaldas. Alfonso, mucho más alto y fuerte que él, se acercó y comenzó a patearlo en la cara, en el estómago, en las rodillas flexionadas del hombre andino que no encontraba la manera de cubrirse. La furia crecía en la medida que más lo golpeaba. Otra vez el pensamiento: para qué diablos regresé, me iban a reconocer, la venganza iba a llegar tarde o temprano. Cuando, no contento con las patadas, inclinado sobre el hombre, seguía golpeándolo con los dos puños cerrados, y ya la sangre manchaba sus manos y su terno, sintió que unos brazos vigorosos lo inmovilizaban retirándolo hacia atrás y un policía se acercaba corriendo, mientras hacía sonar su silbato.

-No recuerdo bien qué pasó, pero al rato estaba en la Comisaría de Miraflores y mi mamá llegaba agitada, llorando, Alfonsito, otra vez, cómo no has podido controlarte.

-¿Y qué pensaste al ver a tu madre?

-Calculé que ella estaba también en peligro, me dio mucho miedo que la busquen para matarla.

El interlocutor atento se quitó los anteojos, trató de sonreír, lo miró unos momentos en silencio.

-Bueno Alfonso, ha sido una dura experiencia, felizmente la policía ha entendido tu situación y la fiscalía no va a hacer una denuncia. Te voy a sedar para que descanses. Te vas a quedar nuevamente internado en el Hospital. Total, el Larco Herrera ya es como tu casa. Todos te conocen y te quieren.

Alfonso calló y pareció tranquilizarse. Aquí estaré más seguro, pensó. El psiquiatra, sacando su recetario, escribió rápidamente unas palabras, firmó y puso un sello.

-Una dosis mayor de Halopeidol te ayudará a descansar y los miedos irán desapareciendo poco a poco. Te veré la próxima semana en este mismo consultorio.

Tocó una campanilla y entraron al consultorio dos enfermeros. El doctor les entregó la receta en la que había anotado: “Paciente Alfonso Valencia: un nuevo brote psicótico agudo; intensos delirios megalomaníacos y paranoicos. Mantenerlo vigilado”.

Cuando el paciente salió con los dos enfermeros no pudo darse cuenta que, sentada en una banca, al lado izquierdo de la puerta del consultorio, su madre lo miraba con los ojos humedecidos.

miércoles, 6 de junio de 2012

Feliz día


Clara Pawlikowski


Después de misa me tiré en la hamaca con los periódicos esperando el medio día para almorzar con la familia de mi hermana Celia.

Para ir a su casa tomé la ruta que uso los domingos, no hay otra mientras la Avenida Arequipa permanezca cerrada para los deportistas. La Avenida Javier Prado estaba congestionada. Todos manejaban fascinados tocando sus bocinas sin motivo, querían lucir sus autos aunque sea por ese día para hacer las morisquetas consabidas a sus madres. A modo de limpiar el óxido que dejaron durante el año.

El almuerzo era en el departamento de Miguel, el hijo menor de mi hermana. Debo añadir algunos datos para que ustedes comprendan mejor esta historia. Celia vive en el mismo edificio donde también tienen sus departamentos Miguel y Carmen, sus hijos. Es un edificio nuevo de esos que actualmente se construyen en serie y en menos de un año cambian el paisaje del barrio. Tienen pequeños espacios con dos o tres dormitorios de los que uno tiene que salir de costado.

Mis relaciones con  esta hermana siempre han sido distantes, no conozco muy bien a su familia. Soy la última de una decena de hermanos y poco he sabido de los mayores una vez que migraron a Lima.

Celia me anticipó que Carmen, su hija llegaría tarde porque iban a recoger al hijo de su pareja internado en un centro de rehabilitación de adictos. No pregunté nada al respecto por temor a ser tildada de entrometida.

Cuando entré al baño escuché al guardián del edificio que le reportaba a mi hermana que la noche anterior habían robado a una vecina, la durmieron, mataron a sus perros y se llevaron todas sus pertenencias.

─ ¿Todo? ─pensé. Me embargó de inmediato una sensación de desconfianza y temor de dejar mi carro estacionado en la calle durante el almuerzo. Mi hermana no comentó sobre este incidente y yo hice como sino hubiera escuchado.

Fuimos las primeras en llegar. Vi numerosos platos de entremeses en la mesita de centro de la sala.

Miguel preguntó gritando desde la cocina, tenía la licuadora funcionando preparando pisco souer:

─ ¿Te gusta seco? o ¿le añado azúcar?

Celia le respondió:

─Acuérdate que está tu tía Elena ─refiriéndose a mi.

─Claro, la pregunta iba para las dos.

Miguel se apareció con dos copas. Mi hermana le dijo:

─Finalmente ¿vas a saludar a tu madre? deja eso ─abriendo los brazos hizo un ademán para que la salude.

─Si, si, perdonen, me olvidé que era el día de la madre. Bienvenidas ─y nos abrazó a las dos.

─Prueben primero, si no les gusta le añado más azúcar.

            Justo en ese momento llegaban Carmen, Guido, su pareja y el hijo de éste. Yo me quedé mirando largo rato al joven pero no noté nada anormal.

─Llegamos a tiempo ─dijeron, señalando las copas llenas.

Luego de terminar de servir lo que quedaba en la licuadora, Miguel volvió a la cocina a  preparar más pisco souer.

Llegó mucha gente, saludaban y sin mayores preámbulos se integraban a los grupos y a las discusiones.

Los brindis no  paraban,  se servían los entremeses, algunos cogían varias galletas en la mano, se colocaban cerros de queso en cada una para evitar volver tan seguido.

Cuando la licuadora no funcionaba, el crujir de las galletitas en la boca de los comensales parecía un concierto de trituradores que amortiguaba la música de los Wachiturros que Miguel colocó en el mini componente.

El jovencito, hijo de Guido, se sentó sobre un cojín en el suelo, no participó de la conversación. Salvo cuando alguien entró y le echó un piropo por lo bien que se le veía, respondió en tono sarcástico:

─Es que me bañé hoy.

Llevaba el pelo largo recogido con una liga a la altura de la nuca. No dejaba de tomar, en un momento dado lo observé con los ojos entreabiertos hasta que se quedó dormido.

Con tanta gente, la pequeña sala se repletó, no quedó espacio. Hablaban a gritos, el tema era el vóley y las posibilidades de la selección de participar en las próximas olimpiadas. Habilitaron una laptop con la pantalla del televisor para ver en directo el partido de Perú con  Brasil. Los que no hablábamos de vóley permanecimos callados.

Casi todos fumaban, la sala se lleno de humo. El olor fuerte de cebollas fritas al inicio se fue desvaneciendo para dar paso al del culantro, preparaban arroz con pollo. Nuestros estómagos languidecían de hambre, eran pasadas las tres de la  tarde.

Después que tomé del segundo pisco souer entré en una especie de sopor, la cabeza me daba vueltas, todo lo veía brumoso. En ese momento vi al hijo de Guido vestido de negro, con pantalones pitillos muy apretados  que dejaban ver  los bordes de su calzoncillo. El cabello lacio tenía flequillos cubriéndole un ojo, llevaba zapatillas altas a cuadros blanco con negro.

Tenía un piercing en el labio inferior y cicatrices en las muñecas, lleva puestos los audífonos de su MP3 y hasta alcancé a escuchar lo que cantaba:

Ahora te diré lo que he hecho por ti
Cincuenta mil lágrimas he llorado
Gritando, engañando y sangrando por ti
Y aun así tú no me escuchas
Me estoy hundiendo

Luego se levantó y acercándose me entregó una tarjeta con un símbolo, era una boca con la lengua extendida, me dijo que representaba la muerte. Recordé que Gene Simmons de Kiss acostumbra a realizar esta mueca. Se desabotonó la camisa y distinguí sus tatuajes.

Claramente noté que este muchacho fue a la cocina  salió empuñando un cuchillo grande y mirándonos con los ojos desorbitados lo clavó con fuerza en el centro de un cheescake de fresa, desparramándolo sobre el mantel y su camisa, el cuchillo quedo fijado a la mesa, balanceándose, al tiempo que decía:

─No se engañen, éste es un  día de putas.

Todos nos quedamos en silencio, inmovilizados. Miguel grito:

─ ¡Mi mesa!

Su padre que no dejó de beber desde que llegó, corrió hacia él, enfurecido lo arrastró al balconcito del comedor. Cogiéndolo del tiro de su pantalón lo lanzó al vacío. Guido perdió el equilibrio al empujarlo y cayó sobre su hijo.

Me quedé dormida, nadie se percató.

Sentí algo helado en la espalda, me pasé la mano y palpé un pedazo pequeño de hielo. Me desperté. Eran alrededor de las cinco de la tarde. Discretamente me levanté, alguien había colocado su copa de pisco souer en el borde del espaldar del sofá donde estuve sentada y se había volcado.

Todos estaban mirando el partido de vóley Perú-Brasil, comentando las jugadas a voz en cuello.

Fui hacia el comedor, ahí estaba un enorme cheescake de fresa. Me  acerqué al balcón, miré hacia abajo y no vi nada extraño. En ese momento, el muchacho salía de la cocina.

La aparecida


Julio Luis Chang


Renzo regresa al Perú luego de estudiar un curso de postgrado en una prestigiosa universidad de Roma. Estaba muy entusiasmado por la interesante oferta para trabajar en la ciudad del Cuzco aplicando sus habilidades profesionales en la especialidad de restauración de  monumentos arquitectónicos. Lo que aprendió en las obras de estudios arqueológicos como el Foro Romano, la ciudad de Pompeya  y otras estructuras antiguas le enseñó lo relevante que era conocer y diferenciar las distintas etapas de construcción de una edificación.

¡Qué gran oportunidad poder supervisar las obras de restauración de casonas en el Cuzco!  Ojalá que el  responsable de la exploración arqueológica sea alguien con buena vibra, para trabajar bien. Renzo entra a la primera obra que le encomiendan  supervisar, buscando al colega a cargo. Observa a una simpática joven en el patio central de la casona cerca a una fuente de agua, se acerca y entabla conversación.

-Buenos días, soy Renzo Monsanto, el nuevo encargado de la supervisión de obras. Por favor podrías indicarme ¿Dónde puedo encontrar al  arqueólogo de la obra?

-Buenos días. ¿Qué tal? No  hay arqueólogo, sino una arqueóloga, y  esa soy yo. Mi nombre es Kusy Grandez, la encargada de esta obra; estoy para servirte.

-¡Ah! Qué grato que una dama sea la responsable. Me gusta tu nombre, es muy original: Kusy, suena bonito, ¿de qué origen es?

-Kusy es un nombre quechua, significa alegría.

-¡Que original! Alegría. ¿Sabes  que tu rostro tan simpático refleja esa alegría?, me agrada ese nombre. -¿Desde cuándo trabajas en esta obra?, pregunta Renzo.
  
-Gracias por el halago. Encantada de poder trabajar contigo. Estoy en la obra mucho tiempo, ¡uf! si te digo que son más de veinte años no me creerías.

-¿Qué?, tan joven eres y tienes tanto tiempo trabajando, replicó Renzo.

-Aunque no lo creas y no lo parezca, es cierto. Te lo juro por mi santa madre.

-Bueno, si tú lo dices, debo creerte, pero realmente me intriga tanta experiencia en una persona tan joven. ¿Has encontrado algunos hallazgos de interés en esta obra?

-Acá hemos encontrado restos de antiguos pisos y gradas, de una etapa anterior de construcción, pero nada muy especial, respondió Kusy.

-Dime por favor, ¿en cuál de las otras obras que conoces hay algo que sea de mayor importancia e interés?

-Estoy segura que te agradará conocer el “Monasterio de Santo Domingo”, donde hay evidencias de algo muchísimo más interesante. ¿Deseas visitarlo y conocer esos hallazgos?, dijo Kusy con un mohín y un gesto muy simpático hacia Renzo.

-Claro, cuando gustes. Estoy especialmente interesado en verlos…

-Bueno, queda cerca podemos ir a pie en estos momentos.

-OK, estoy a tu disposición, vamos.

Mientras, se dirigían caminando a la obra, Renzo, impresionado por el porte y garbo de Kusy, así como por los hermosos rasgos andinos de su rostro, nariz aguileña, ojos negros de mirada profunda, pelo color negro; piensa: Esta  arqueóloga  me cae muy bien, parece que tiene buen carácter, no sólo es simpática de trato sino muy atractiva, al parecer conoce bastante su trabajo.

Llegan a la obra, atraviesan el zaguán  y el primer patio, entonces Kusy le indica  –Esta obra tiene muchas evidencias valiosas, pues como debes conocer hay una superposición de la obra del templo cristiano de los conquistadores sobre los restos de lo que fue el antiguo Templo inca del Coricancha. En este muro de piedra de la época inca, puedes ver restos de pintura mural de la época colonial, ya que sobre el antiguo Templo inca se construyó la Iglesia y Convento de Santo Domingo.

-¡Ajá! Qué impresionantes se ven estos ejemplos de superposición de arquitectura hispánica sobre la inca, ¿sabes?, no tienen mucho que envidiar a las obras de arquitectura romana sobrepuesta a la etrusca.

-¿Has estado en Roma? ¡Qué suerte!

-Sí, estudie un postgrado durante dos años allá. Pero no ha sido suerte, me costó bastante esfuerzo lograr ganar la beca.

-Muy interesante. Tus méritos destacaron ¿no? Habrás conocido muchas lindas obras de arte, pero seguramente también muchas chicas guapas. Por tu personalidad tan extrovertida y tus ojos tan vivaces, habrás tenido muchos romances. ¿Verdad?

-No tanto, no tanto. Conocí bastante de arte y arquitectura, pero efectivamente no sólo eso. Claro que tuve muy simpáticas compañeras, excelentes amigas y guapísimas por cierto,  pero no tuve oportunidad de ningún affaire con ellas.

-¿De verdad?

- ¡Realmente no! El estudio ocupaba mucho de nuestro tiempo. Sólo los fines de semana teníamos algo de tiempo para compartir en grupo algún paseo y una cena. Pero sin chance de intimar con nadie. Culturas y costumbres diferentes eran algunas barreras. ¡Ganas no me faltaban! Pero allá las chicas son muy independientes. No aceptan invitaciones, corren con sus propios gastos… salvo que tengan interés en ti no ceden tan fácilmente.

-¡No te creo! ¿O son muy conservadoras o muy modernas…?

-No, lo que pasa es que las invitaciones con fines románticos, se dan sólo después de conocerse bien. Además la galantería es un rasgo latino, que no siempre cae bien en un ambiente dónde hay gente de varias culturas: latinos, nórdicos, asiáticos, africanos, etc…

-Interesante ese cosmopolitismo…

-En general, tuve muy buenas amistades. Hasta ahora nos seguimos comunicando por correo electrónico. Mi estadía allá fue bastante estresante de lunes a viernes,  dedicada a los estudios.

-¿Y eran muy interesantes esos fines de semana?

-Claro que si, los dedicaba a salir en grupo, para conocer algunas ciudades y pueblos, en que habían obras de interés turístico. Bacán, por cierto.

-Como tú dices, realmente la has pasado recontra bien, realmente te envidio, has sido muy afortunado… bueno, volviendo a nuestra realidad, retomando el tema de las obras, como bien sabes, los españoles en Cuzco quisieron desaparecer la antigua religión inca, imponiendo su Dios sobre los ancestrales ídolos incas, a través de la construcción de sus iglesias encima de los antiguos templos incas. La dominación española sobre  la cultura inca fue opresora; pero a partir de allí surgió una nueva arquitectura, con el estilo virreinal.

-En el caso de Roma, comentó Renzo, también los bárbaros provenientes de lo que ahora es Alemania y Francia, generaron una mixtura de estilos arquitectónicos, la arquitectura románica fue parte de ese proceso, pero después de la Edad Media, edad oscura, resurgió el humanismo y a partir de allí las hermosas obras del renacimiento.

-En cuanto a lo artístico, en Cuzco puedes observar lo  impresionante y hermosas que son las pinturas murales. Usan elementos de la flora y fauna de la zona para ambientar sus temas, dijo Kusy.

-Si. Eso se evidencia muy claramente. Y se ve en casi todas las obras.

-Cierto. Hay otros elementos artísticos, dijo Kusy, que te van a interesar y agradar más.

-A ver, muéstrame.

-Ya, vamos, a la sacristía de la Iglesia.

Cuando llegaron al ambiente que indicaba Kusy, luego de mostrarle una serie de obras de platería, le pide a Renzo que  identifique la obra que más le llamaba  la atención

-Aquí vemos una serie de copas de plata, que usaron los sacerdotes católicos para su liturgia a lo largo de muchos años, desde la época colonial. ¿Notas algo especial en alguna de ellas?,  pregunta Kusy.
  
-A ver, a ver. Todas estas son muy parecidas, pero… aquella parece distinta, es una copa que no es de plata, sino de oro que tiene una piedra turquesa que resalta por su color y su hermoso brillo…

-Caliente, caliente. Has acertado Renzo. ¡Te felicito!  Esa obra es la más importante, es la única hecha en oro, se dice que data de la época en que los conquistadores saquearon el Templo Inca, asesinando al curaca y sacerdote del antiguo Templo del Coricancha.  Según la leyenda, este curaca lanzó una maldición, sobre quiénes fundieran y usaran el oro del templo, para fines distintos al de adoración a sus antiguos dioses. Lo cierto, es que los sacerdotes que oficiaron misas usando esa copa de oro, fallecieron en circunstancias muy extrañas e inexplicables. Por eso, a partir de esos hechos, se prefirió mostrarla como una muestra artística e histórica.

-¡Ah! Es un hecho interesante, que le da un atractivo turístico. ¿Realmente sucedió así?

-Lo que puedo decirte es que según la tradición oral así dicen que sucedió. No podría afirmar si es o  no verdad, en todo caso así lo cuentan. También hay una tradición antigua que dice que aquellas parejas que lo utilicen en ritos sagrados siguiendo la liturgia de desagravio de los dioses incas, podrán tener un amor eterno.

-¡Ah, Kusy! Esto se pone interesante, Renzo le da un guiño y le dice -¿Amiga y si hacemos la prueba?

-¡Ay, Renzo! Estás loco, eso es una tradición no comprobada… además no podemos tocar esa pieza, está prohibido pues es una pieza artística de mucho valor. ¿No ves que está dentro de una urna especial hermética? Además hay cámaras de vigilancia, por seguridad.

-Bueno, bueno. Lo podemos pedir prestado y hacer la prueba. Dime Kusy,  ¿con quién hay que hablar?

-El administrador te mandaría a rodar. Ni pensarlo, ya te he dicho que eso es una tradición, no necesariamente significa que es algo real. Es para promover el turismo. ¿Y además para qué quieres hacer esa prueba absurda?

-¿Cómo que para qué? Para ver si resulta, y a lo mejor tú y yo iniciamos un amor eterno…

-Oye, Renzo ¡Qué atrevido que eres! Ni pensarlo. Además hablar de amor eterno es cosa seria ¿Te atreverías acaso en tener un amor conmigo para siempre?… Si ni siquiera nos conocemos bien. Podrías sufrir mucho.

-¿Sufrir? Créeme, amiga. No es una broma, si alguien como tú me cae bien soy capaz de comprometerme y jurar amor eterno para compartir no para sufrir. Por ahora, te invito a tomar un lonche en el  “Café Ayllu” y conversamos. ¿Te parece bien?

-Ya, vamos pues. Bueno, sobre tu propuesta, ojo que puedo aceptar el amor eterno y espero que luego no te arrepientas; mejor es conocernos primero. Así que mejor, cambiemos de tema, por ahora sólo te acepto ese lonche, por gentileza a ti… y por el frío que hace. Gracias por la invitación. La próxima a lo mejor te invito yo.

-Ja,ja. No tienes por qué sentirte obligada a retribuir nada.

- No, de verdad. La próxima yo te invito a un lugar típico, que queda en San Sebastián. Ojo, sólo si quieres. Como dice la canción, la vida da sorpresas…

-Me agradan las sorpresas inesperadas, afirma Renzo, siempre que esté junto a ti.

-La verdad, no sé si cumplas con estar junto a mí para siempre; sería muy difícil  responde  Kusy, de manera enigmática.

-Claro que sí podría, lo prometido es deuda, afirma Renzo.

-Ojalá Renzo, ojalá…

Esa tarde, después de terminar un  agradable lonche, luego de una amena charla no sólo de trabajo sino de temas personales, Renzo  acompaña a Kusy hasta la puerta de su casa ubicada en el Barrio de San Sebastián frente al camposanto. Casa que resaltaba por su fachada muy original  cuya portada estaba decorada con hermosos labrados en piedra, las paredes coloridas muy pulcras y el interior bastante iluminado. En el exterior se sentía la humedad provocada por la ligera lluvia, y el agradable aroma de las flores;  la abraza afectuosamente dándole un beso en la mejilla, que la percibe, bastante fría, quizás por el clima húmedo, pensó Renzo. Él siente que se le estremece su cuerpo luego de esa despedida, asume que es por la emoción, y le dice -Ya nos vemos mañana, que tengas un buen descanso con un buen sueño y que no se te aparezca el curaca del cuento, ja, ja.

-Si, apreciado Renzo. Igualmente, que descanses bien, responde Kusy, te recomiendo reflexionar mucho antes de hacer tu promesa de amor eterno, espero que mañana no tengas percances que te inquieten. Le dice adiós, entra a su casa muy iluminada, en cuyo interior se percibía mucho movimiento, Kusy se despide y cierra la puerta. Renzo supone que debe ser su familia esperándola.

Esa noche, en su fría habitación del hotel, dónde la calefacción se había malogrado,  Renzo no logra conciliar el sueño, recuerda lo agradable que fue para él  su primer día de trabajo con Kusy. Pensaba, ojalá que para ella haya sido  igual de emocionante, con sus sentimientos y emociones parecidas a las mías.

Al día siguiente, luego de un sustancioso desayuno, soñando despierto con la arqueóloga, Renzo va a su centro de trabajo y pregunta por Kusy.

-¿Kusy? Le responde uno de sus colegas, ¿Qué Kusy?

-¡Kusy! Kusy Grandez, la arqueóloga que trabaja en el Monasterio de Santo Domingo.

-No, acá no trabaja con nosotros en obra alguna ninguna arqueóloga con el nombre de Kusy ¿No es cierto colegas?, responde el jefe del equipo. Los arqueólogos acá son todos varones, así que no te hagas ilusiones apreciado Renzo, ja,ja.

En eso, el viejo guardián de la oficina, luego de escuchar atentamente se atreve a hablar  y comenta: -Si, en esa obra del Monasterio, hace ya muchos años atrás, hubo una arqueóloga Kusy Grandez, será por lo menos hace veinte años que sucedió. Ella falleció trágicamente en un accidente, cuando en pleno trabajo cayó un muro encima de ella, y nadie pudo socorrerla, murió instantáneamente… desde ese entonces se dice  que hay ocasiones en que se aparece a desconocidos. Su alma vaga por esa obra, que ella quiso mucho.

-¿Qué broma pesada es ésta? Grita alterado Renzo. No estoy para más bromas. Déjense de decir tonterías y díganme dónde está Kusy.

El viejo guardián responde –En el Cementerio de San Sebastián está su tumba. Se compadece y saca de un archivo, una antigua y amarillenta foto de un periódico de la época en que luce Kusy, la misma imagen jovial que vio y trató Renzo; se la muestra a él. Cuando Renzo, ve la imagen, dice asustado, sí es ella. Entonces, implora, ya dejen de jugarme esta broma. ¡Dígame la verdad! ¡No le creo!

-Esa es la verdad, masculló el viejo guardián. Lo lamento mucho.

Se hizo un silencio, en la oficina, en dónde todos miraban expectantes y silenciosos a Renzo. Nadie quiso responder, ni agregar nada. El viejo guardián lo había dicho todo. Y era cierto. Kusy, según esa explicación,  ya no estaba en este mundo. Quizá su alma vagaba y encontraría algún otro desconocido desprevenido que la escuchase y tratase con afecto. Al menos, eso le hicieron saber a Renzo.

Mortificado por esos comentarios Renzo decide ir al Café “Ayllu” para despejar las dudas que atraviesan su mente. Se acerca al mozo que los atendió a él y a Kusy y le pregunta:
-Amigo, ¿te acuerdas cuando vine acompañado por una amiga a tomar lonche, el fin de semana? –Bueno, señor, sí me acuerdo que vino usted sólo. –¿Cómo que sólo?, dice Renzo, yo vine acompañado e incluso pedí dos lonches, uno para mí y el otro para mi acompañante. El mozo, lo mira extrañado y le dice: -Sí, es cierto, usted pidió dos lonches, pero sólo consumió uno y pagó también por el otro, pero sin que nadie lo consuma.  Renzo, se sorprende, y le dice: -No puede ser, acaso no vio a mi acompañante; estuve conversando toda la tarde con ella. –No señor, estuvo usted sólo, me llamó la atención, que usted hablase como si se dirigiese a otra persona hacia un asiento dónde no había nadie.

En ese momento Renzo, recuerda que cuando visitaron la sacristía de la Iglesia de Santo Domingo, Kusy le comentó que había cámaras de vigilancia; prestamente se dirigió a comprobar si en el video del día que fueron juntos para ver las obras en la sacristía, estaba la grabación en que aparecen ambos. Luego de conversar con el administrador del Museo del convento, logró convencerlo para que le permitan el acceso al video. El mismo administrador, hace que le muestren el video grabado en el día y hora en que ambos estuvieron de visita.

Grande fue su sorpresa cuando le muestran el  video grabado, en que sólo aparecía él, como si estuviese hablando, dirigiéndose a alguien inexistente a su costado. -¡Oh! ¡No puede ser! Yo estuve acompañado señor, le dice al administrador.  Éste le responde: -Esto es lo que está registrado en el video, se ve que allí aparece usted, pero nadie más. ¿No se habrá confundido? Y lo mira extrañado a Renzo. Ante su rostro de sorpresa el administrador le confiesa: -Lo siento señor, ya otras veces ha pasado lo mismo; personas que aseguran haber visitado este convento con una dama, ¿una arqueóloga me dijo? –Sí, responde Renzo.

-¡Ah! Pareciera que usted ha visto un alma en pena,  que le ha jugado una mala pasada, es la aparecida, el espíritu de Kusy Grandez, la arqueóloga que se accidentó y falleció hace cerca de veinte años, cuando cayó un muro sobre ella. Señalando hacia afuera, le pide que lo acompañe y le muestra el ambiente contiguo en que sucedió ese terrible hecho.  

En ese escalofriante momento, Renzo, no acepta convencerse, siente que no puede haberle sucedido algo tan extraño a él. Se dice a sí mismo, es imposible, yo mismo la vi y conversé con ella. –Me apena mucho lo sucedido, respondió el administrador. Lo observa cuando Renzo desesperado sale intempestivamente. Quería encontrar a Kusy a como dé lugar, decide ir a buscarla en su casa, en el barrio de San Sebastián. Hacia allá se dirige raudamente.

Apenas llega, encuentra que la hermosa casa  iluminada dónde se despidió y vio entrar a Kusy, ahora lucía totalmente descuidada, como si estuviese abandonada, al preguntar a los vecinos le comunican que está deshabitada desde hace veinte años; su familia decidió mudarse, después del trágico suceso.

Decir que Renzo enloqueció es poco; su estabilidad emocional, su salud mental se fueron resquebrajando rápidamente. Perdió su trabajo. Desde esa terrible impresión, se le comenzó a ver deambulando por el barrio. Andaba barbudo, descuidado, totalmente desaliñado; era una sombra del Renzo que llegó al Cuzco. Se le veía merodeando día y noche por el Barrio de San Sebastián, tocando las puertas de casa en casa preguntando y repreguntando por Kusy... Los vecinos lo miraban compasivos. Ninguno se atrevía a decirle que Kusy estaba al frente. Sí, al frente pero enterrada en una tumba del cementerio. El aroma de las flores que percibía,  es el mismo que Renzo sintió cuando acompañó y se despidió del alma de Kusy, a quién jamás volvería a ver… Al menos en este mundo.

jueves, 24 de mayo de 2012

Testimonio


Clara Pawlikowski


                        En ese entonces vivía con una señora que alquilaba cuartos en Campoy, tenía un espacio pequeño y poco a poco fui comprándome algunas cosas: mi cama, mi colchón, frazada y un primus para preparar mi comida. Ollas me prestaban las vecinas. De allí tuve que salir disparada porque el marido de una vecina quiso abusar de mí. Un día regresó a su cuarto borracho y como su mujer no estaba entró a mi cuarto y me empujo a la cama. Yo me defendí, en la desesperación agarré un palo y le di varios golpes. Me zafé a pesar que el tipo se paró tambaleándose en la puerta de mi cuarto y me amenazaba, hablaba con la baba que se le caía de la boca por tanto licor que había bebido. Cuando se tropezó con una  silla se cayó de espaldas y yo pisándolo salí corriendo.

            No me importó dejar todas mis cosas, nunca más regresé, cuando le conté a Corina ella me ayudó a recuperar alguna cosa lo demás se habían robado. Corina tiene un puesto de abarrotes en el mercado de la calle ocho de Campoy, pegado al de ella está el mio. Yo vendo artículos de limpieza.

            Ya no vivo en Campoy, de miedo de encontrarme con el viejo ese. Vivo más arriba, vivo  en La Vizcachera, todavía es San Juan de Lurigancho.  Está bien arriba, yo vivo a la mitad de un cerro. Ahí conseguí un terrenito y como pude he construido mi casita. Mis vecinos son recicladores y muchos de ellos crían chanchos. Yo no llevo mis cosas que vendo a mi casa, dejó bien asegurado mi puesto. Pagamos a un cuidador para que las cuide porque roban bastante.

            Cerca de la parroquia tenemos un comedor popular, allí nos juntamos varias mujeres para preparar el almuerzo, unos días cocinan unas y otro día nos toca a otras.

En una oportunidad las señoras estaban curiosas de lo  que me pasó el día que fui a la Comisión de la  Verdad. Después que limpiamos el comedor nos sentamos todas y yo les conté lo que me había ocurrido, total ya éramos como una familia.

Les dije que hace como diez años mi vecina Corina me aconsejó ir a la Comisión de la Verdad. Me animó diciendo que ella ya había estado allá y que quizás más adelante a gente como nosotras, que nos sacó sendero de nuestros pueblos nos iban a ayudar económicamente; no le entendí muy bien a Corina. No entendía quién nos iba a ayudar pero como andaba corriendo de un lado para otro me atreví hacerle caso.

Recuerdo que esa vez hablé y hablé bastante. Tenía muchas historias para contar. Hablé todo lo que pude. Hasta de mis sueños. No sé cómo pude hacerlo. Perecía que todo lo tenía en la punta de la lengua.

 Un día que llovía finito, como sabe llover en Lima, y no tenía ventas, encargué mis cosas a Corina y me fui.

La Corina ─mi vecina ─me dio la dirección exacta, llegué preguntando.

Me identifiqué sin problemas.

─Soy Hermelinda Caplla Caplla, natural de Chungui del departamento de Ayacucho, tengo veinticinco años, no tengo partida de nacimiento ni documento de identidad.

Yo estaba sentada frente a varias personas, al comienzo me pidieron permiso para grabar mi historia. Creía que iba salir en alguna radio, me dio un poco de vergüenza.

Les conté que un día cuando apenas tenía diez años, nos enteramos por los vecinos que los senderistas estaban por llegar al caserío; de inmediato mi madre cargó en la espalda a mi hermanita y corrimos a escondernos detrás de unas matas de quishuar, cerca de un barranco.

Antes de salir de casa mi madre samaqueó a mi padrastro para despertarlo. Había llegado borracho en la madrugada, se removía en la cama, se arropaba y decía groserías.

Ahí lo dejamos.

          Cuando los terrucos entraron al pueblo, reunieron en la plaza a la gente que encontraron, les dijeron algunas cosas y los mataron. Una vecina escondida como nosotros alcanzó a oír:

─Vámonos, que los zorros hagan su trabajo.

Cuando se fueron vimos sangre por todas partes y mucha gente despedazada.

Mi madre no entró a la casa, con otros campesinos que también lograron esconderse, nos escapamos. Caminamos por los cerros durante varios días sin comer ni beber, soportamos frio y granizo, yo iba temblando de miedo, volteaba a cada rato para ver si nos seguían hasta que llegamos a Huamanga.

Allí mi madre me entregó a una señora que venía a Lima. La señora vivía en playa de Lurín y tenía un puesto de venta de comida.

Con ella viví cuidando a sus hijos, cocinando, lavando. Como no me pagaban, me fugué con lo que tenía puesto.

Trabajé en un mercado haciendo de todo, ahorré algo para comprar detergentes, jabones, esponjas y escobas que ahora vendo. De allí terminé al otro extremo de Lima para que no me encuentren.

Durante varios años ─les dije ─soñé con el catre desvencijado que crujía cada vez que mi padrastro se envolvía en las mantas. Poco a poco mis sueños fueron cambiando. Luego soñaba que las olas del mar de Lurín me envolvían y me llevaban lejos, soñaba con el ruido del mar, con la espuma de la orilla y no me dejaban dormir.

Me detuve un rato a tomar aire. Uno de los señores me preguntó:

─ ¿Recuerdas cómo se llama tu mamá?

Después de muchos años sin pensar de ella, como un relámpago me vino a la mente su nombre.

─Elsa Caplla ─contesté.

Cuando descansé un rato de hablar tenía los ojos llenos de lágrimas, mis amigas del comedor también, pero al ratito me aplaudieron.