viernes, 6 de enero de 2012

Diálogo místico

Marco Antonio Plaza


Gerónimo últimamente, ya maduro, está desarrollando una habilidad que consiste en comunicarse con su interior pero sin saber si es él mismo, o si se está desdoblando. A veces piensa que tiene conversaciones con Dios pero también presiente que se está convirtiendo en un orate místico. Sin embargo disfruta de estas pláticas misteriosas y le están haciendo mucho bien.

-Sabes que estoy yendo a la misa de las once de la mañana. Siempre voy caminando porque la iglesia queda cerca a mi casa. Así me disipo y reflexiono sobre mi vida espiritual. Recapacito y me pregunto, «¿estoy viviendo intensamente como quisiera?», ¿qué opinas? –le dice a su interior.

-Tú sabrás, no te puedes engañar toda una vida. Tienes varias décadas haciendo lo mismo y ¿acaso no te das cuenta todavía si lo que haces es suficiente para acercarte a la verdad?, ¡porque ni se te ocurra que solamente cumpliendo con los dogmas de tu religión vas a iluminarte!

-No, no sé la verdad, dudo mucho. A veces sí estoy plenamente consciente como si recibiera una luz intensa que me hace ver todo de manera muy clara. En esos momentos tengo un sentimiento místico indescriptible, creo en lo sobrenatural como en mí mismo. Pero hay periodos largos en que me vuelvo muy terrenal y actúo como un androide cumpliendo rutinas, exigencias, me paso la vida obedeciendo a otros, ¿no será que me he bloqueado?

-Sí, estás desconectado con tú interior, existe una especie de muro de contención entre tu mente y espíritu.

-¿Y por qué?

-Esa no es la pregunta correcta amigo, nadie te lo ha colocado, tú mismo lo fuiste construyendo cual obrero de construcción, ladrillo por ladrillo. Dejaste de interiorizar. Te  dividiste en dos, el espiritual, por momentitos, y el mundano, la mayor parte del tiempo. Debes vivir con un mayor nivel de conciencia pensando que eres más que un cuerpo y una mente. Con ésta razonas y lo haces muy bien, pero no necesariamente te elevas en el nivel religioso. Inclusive puede ser al revés, es decir, tú mente te puede volver agnóstico y hasta ateo ya que dudas de todo.

-¿Cómo es eso?

- Mira, tu mente es preciosa, te ayuda a comprender el mundo en el que vives, donde existen leyes, principios físicos, el espacio, el tiempo. Y es por este motivo que aprendes a dudar de todo y así adquieres conocimiento que te beneficia.

-¡Sigue!

-Tú mente te permite ser racional, tener una  lógica y ser científico.  Pero en el nivel espiritual es diferente, pues se trata de un estado de conciencia más elevado, un sentimiento más allá de lo humano sin dejar de serlo. La mente analiza e investiga. El espíritu comprende y siente por qué vives. Como ves amigo, todos tus componentes juegan un gran papel, se complementan, se ayudan. Uno sirve al otro. Pero si no te esfuerzas, todos se separan y cada cual por su lado. Recuerda que estamos pisando tierra y no somos ángeles.  

- Es cierto, el nivel espiritual es un sentimiento hacia lo sobrenatural y no un razonamiento. Me parece que amar la vida y a la humanidad sin distinciones ni condiciones es una manifestación típica de que te estás elevando en consciencia. El espíritu es un refinamiento de la mente.

-Entonces tú ya entendías de esto. Creo que tienes algo guardado en tu cerebro pero lo escondes temeroso que salga a la luz. ¿Y por qué? Porque aceptarlo y ponerlo en práctica requiere una lucha interna. Sabías que esto te llevaría algún día a una crisis existencial, solo lo dejaste para después, pero, no todo es negativo en ti mi amigo. No te sientas tan mal. Peor sería que ni siquiera te hayas dado cuenta. ¿Qué opinas?  

- De acuerdo. Reconozco que tengo que ser valiente para vivir intensamente mi fe en lo sobrenatural y relacionarla con mis actividades cotidianas. Eso es lo más difícil. Es como nadar contra la corriente porque el cuerpo y la mente piden lo suyo. El mundo nos distrae.

- Ese es el meollo amigo, unir, no separar. Tres en uno.

-¿Algo así como la divina trinidad?

- Nos seas graciosito, primero soluciona tú problema interno. Ni siquiera te conoces y ya quieres saber de temas para los cuales tus neuronas no están preparadas ja ja ja.

- Está bien. Te quiero contar una experiencia que tuve hace una semana en este mismo lugar, ¿qué te parece si te voy preguntando algunas cosas y me vas respondiendo?, porque la verdad es que ahora mismo tengo más dudas que antes. Necesito que me orientes. Así nuestro diálogo se hace más ameno, más productivo y porque no decirlo, divertido, ¿estás de acuerdo? Habla.

- ¡No te exaltes!, para eso estoy disponible las veinticuatro horas  del día.

- Bueno, el último domingo cuando me dirigía a la iglesia me percaté de un hermoso jardín rodeado de unos edificios. Me pareció extraño que nunca le haya prestado atención a pesar que durante años pasé  tan cerca. ¿Qué opinas de esa apatía?

-Nunca la tuviste, siempre fuiste amante de la naturaleza, disfrutabas en el campo viviendo aventuras a plena luz del día. Pasabas horas de horas jugando con las olas. Reflexionabas con tu hermano y con tu padre cuando apenas tenías dieciséis años y estabas iniciando tus estudios universitarios. Hacías preguntas muy interesantes y ellos  contestaban desde su perspectiva. Todas estas vivencias las fuiste abandonando poco a poco. Y en los últimos años recién estás reaccionando.

-Pero, ¿que me pasó entonces?, ¿me transformé en una persona sin sensibilidad?

- En parte, cómo dije antes, te hundiste en el mundo concreto, dedicaste horas de horas al trabajo, disfrutaste de la vida social al extremo de verla como algo muy importante, deseaste y conseguiste dinero, y abandonaste lo que siempre te gustaba, reflexionar en temas de la vida, salir de la ciudad, alejarte del mundanal ruido y sentir tu interioridad. Cambiaste tu manera de pensar, porque decías que meditar sobre la existencia humana era pérdida de tiempo, que solamente se deben hacer cosas que te ayuden a producir dinero, ganar posición, tener más conocimiento, ser reconocido, ser famoso. En síntesis, tú creaste un mundo solamente racional de esas características y ahora no sabes cómo salirte de él.

-Cierto, yo mismo me alejé, ¡qué bárbaro!, ¿cómo pudo ser esto posible?

- ¡Estabas ensimismado con tus quehaceres cotidianos! Veías  siempre lo mismo, pero el espíritu estaba escondido, dormido. Y cuando esto sucede, la sensibilidad se convierte en dureza, en piedra, en practicidad.

-Eso es lo que me pasó durante meses de meses, caí en un pozo sin fondo escogí un camino sin rumbo pero estoy a tiempo de reaccionar tengo que cambiar y ver la vida desde otro punto de vista.

-Así es. Estás a tiempo. Sí puedes.

-¡Pero siempre he querido ser místico! ¡He escuchado con atención los sermones dominicales, he leído el evangelio varias veces! ¿Qué me falta entonces?

- Solamente te concentrabas cuando te hablaban cuando leías y cumplías los dogmas, entonces, ¿cómo vas a entender el sentimiento de la vida si solamente dependes de las alegrías y de los sufrimientos de este mundo? Tuviste una actitud sumamente pasiva, pensabas que todo te llegaría fácilmente.

- ¡Cómo te gusta torturarme!, pero sigue, soy masoquista quiero que me orientes.

-Mi querido amigo tienes que crear las condiciones para que liberes la gran energía que tienes dentro de ti y muestra de ello será la tolerancia y compasión que tendrás hacia tus semejantes. Solamente así te sentirás unido con lo sobrenatural, que es inexplicable para la mente humana. Se siente pero no se entiende. Abre las puertas de tu corazón, necesitas mucha actitud y esfuerzo.

-¡Está claro!, el secreto es desprenderse de sí mismo.

- ¡Es correcto!

-¡Lo Intentaré! Como te seguía contando respecto a mi experiencia en esa especie de pedacito de cielo, sigo sorprendido. Me parece que esta vez estuve más sensible que de ordinario, pues, no sé cómo fui estimulado para disfrutar de la pequeña floresta de una manera tan casual y espontánea. ¿Será que estoy uniendo lo que tú tanto me dices?

- Todavía, toma tiempo, pero has dado un primer paso, ya estás escuchándote a ti mismo.

- Pero sólo es un cuestionamiento como siempre fue, ahora sí quiero comprender, pues, ya decidí cambiar y esta vez para siempre. Retroceder nunca jamás.

-Así se empieza elevando tu nivel de consciencia, estar despierto, atento con todos los sentidos vivos sin estar dominado por emociones, instintos, placeres, éxitos, fracasos, alegrías, penas y libre de adicciones. Es un ejercicio constante tienes que grabar en tu mente la información que necesitas para ir elevándote. Pero si sigues dudando no avanzas amigo pasan los años y hasta puedes retroceder.

-Tú lo dices pero no es fácil, ¿cómo deshacerme del mundo donde vivo, duermo, sueño, rio y lloro?

- No tienes que deshacerte de nada ni patear el tablero. Has estado actuando bien pero concentrado en lo mundano tan solo. La materia te ganó. Voltea el partido. Tú mundo tiene que seguir, pero no excluir al espíritu, ¡entiende por favor!, ¡no insistas en separarte!, ¡intenta!, ¡lucha!, ¡conviértete en uno solo!

-¡Qué difícil, déjame que te siga contando  mi experiencia mística en el jardín!

-Siempre te escucho aun cuando duermes.

- Entonces decidí introducirme en éste, cual niño de diez años, pasear y recorrerlo totalmente. Una vez  confundido entre los árboles sentí que absorbía su sabia y rebosaba de sabiduría natural. Me acerqué  a uno de éstos maravillándome como las aves silbaban como queriéndome decir que se sentían alegres.

-Al fin sientes a la naturaleza como debe ser, ¿cuánto tiempo has pasado viendo tan solo   carros, edificios, libros, veredas, ropa, mesas, sillas y otras cosas?, ¡continua!

 -En medio de una emoción sin par toqué un árbol que estaba a mi costado con mis dos manos sentí su calor y energía cómo si me estuviese diciendo algo simplemente vivía  había echado raíces profundas se identificaba con la tierra  era feliz  sentí en mi interior una paz increíble  nunca antes experimentada palpé algunas de sus ramas olfateé su rica fragancia. ¿Es normal esto?

- Por supuesto. El amigo árbol nunca te falla porque vive intensamente y te transmite su energía su tranquilidad su paz que tú amigo no tienes en medio de una selva de cemento.

-En verdad todo el jardín tenía un aroma a campo dentro de la ciudad esto es lo que lo hacía maravilloso era un pedacito de cielo en medio de los monumentos de piedras y fierro en este pequeño oasis me escapaba del bullicioso mundo  escuchando el canto de las aves apreciando el fresco soplido del viento trayendo un riquísimo aroma natural e irresistible disfrutaba del hermoso colorido verde de la vegetación con su característico  efecto tranquilizador.

-¡Sigue, no te detengas!  

- Ese mundo estaba en mi interior me sentí  vivo sin penas ni alegrías me eché en el pasto de espaldas con los brazos extendidos las palmas en contacto con el césped oí  lo que me decía la tierra mientras vi las ramas de los árboles escuchando el oscilante sonido que produce el viento percibí la vibración de la tierra a través de mis manos me confundí con la naturaleza estaba embelesado con esta sorprendente experiencia todo estaba unido al fin.

-¡Qué bien!, ¡te felicito!  Estás en armonía con la madre naturaleza y con tú interior donde no existe la materia ni el espacio menos el tiempo y solo vives el presente. Y todo esto lo hiciste sin abandonar tu mundo. Ya no te partes en tres. Sigue así mi buen amigo. No olvides que has dado un gran paso y te faltan muchos pero así se inicia el camino a la libertad espiritual.

Luego Gerónimo deja de conversar con su interior y sigue su camino a misa con la ilusión de volver luego a casa y contarle a su esposa e hija.

Gelatinas y pepinos a las tres de la mañana

Ricardo Ormeño Valdizan


                       Unos aparentes gritos y lamentos se oyen a cierta distancia, sin embargo Jorge no les da la importancia que se merecen, simplemente se encuentra fascinado, extasiado, realmente emocionado por estar allí; a su lado se encuentra César uno de sus entrañables amigos de la infancia y de todas las travesuras y aventuras que uno se pueda imaginar.

-¡César!… ¡César!… ¡por fin lo logramos, estamos aquí, es real! –expresa Jorge casi eufórico cogiéndose sus muslos intentando luego dar unas pequeñas palmadas en la espalda a su rollizo acompañante sin siquiera mirarle la cara, que más bien es lo último que le interesa en ese momento, tan sólo procura alcanzarlo estirando completamente su brazo derecho como pretendiendo inconscientemente abrazarlo, pero eso no es relevante, concentrarse al máximo y poder deleitarse con el escenario dentro del cual se localizan es su objetivo; Jorge percibe un gran ventanal detrás de ellos a través del cual se puede observar con mucha nitidez un cielo espectacularmente estrellado con la especial sensación de aquella singular, sutil y constante brisa en sus rostros al no existir ninguna luna de vidrio o ventana propiamente dicha. Todo el ambiente es de paredes de piedra acompañada de una iluminación muy sui géneris, Jorge no puede determinar realmente de donde proviene la luz pero tampoco le importa mucho simplemente anima a su pareja de aventuras a dar un paseo rápidamente por el lugar; desplazándose por aquellos peculiares pasillos sin evitar sentir un ligero temor mientras avanzan por los empedrados corredores.

-¡César….estos son calabozos…mira esas celdas…me parece que hay personas allí quejándose! –expresa con sorpresa pero con entusiasmada voz mientras deambulan por los misteriosos pasajes, donde segundos más tarde, un corpulento individuo de rudas facciones y vestido con un chaleco de aparente cuero de color marrón oscuro algo deteriorado, pasa al lado de los jóvenes sin mirarlos encaminándose hacia las toscas rejas de metal de la última celda del corredor cogiéndolas con sus gruesas manos dando la impresión que desea dirigirse a alguien que los aventureros  no logran ver.
                           El tenebroso escenario empieza a desvanecerse rápidamente, Jorge siente que la brisa que acaricia su rostro se torna más fría. Por un par de segundos todo se oscurece y ante su asombro, se encuentra ahora sentado a la cabeza de una larga mesa de mantel blanco, César se localiza a su derecha, inerte, con los ojos cerrados.

-¡Está como dormido! ahora entiendo que no me haya dicho nada… prácticamente he tenido que jalarlo para recorrer los pasajes de las celdas –piensa Frías mientras observa que en la amplia mesa se encuentran sentadas seis o siete personas más, todos con túnicas blancas, de pieles bronceadas, barbas, cabellos canos y largos, con serias y a su vez apacibles miradas pero  ninguna dirigida hacia Jorge. Un individuo vestido de oscuro se acerca a su izquierda. No vayas a preguntar mucho o mejor nada, pueden percibirlo como una falta de respeto, recuérdalo.

-¿Dónde estamos? –pregunta Frías al joven y singular personaje de negro al percatarse que dicha mesa se ubica suspendida en el aire sobre la acera de una gran avenida de apariencia comercial y moderna que no logra reconocer, contrastando con la conservadora y tal vez antigua decoración del ambiente donde se halla sentado, obteniendo de aquel desconocido sujeto, sólo una sonrisa pero ninguna respuesta.  Ante tal silencio, Jorge concentra su mirada en las inmensas masas de gelatinas colocadas sobre soportes metálicos figuradamente de plata imitando a las grandes tortas utilizadas en los onomásticos, todas ellas rodeadas de diversas bandejas del mismo material conteniendo innumerables rodajas de algo semejante a blancos pepinillos; Frías  no intuye nada y dirige su mirada nuevamente hacia aquella persona erguida a su siniestra como fungiendo de mozo en algún lujoso pero ajeno restaurante.

-Debe comer, necesita energía  -acota el supuesto servidor ante el asombro de Jorge al haberle dirigido la palabra. No hables mucho por favor, no preguntes.

-¿Por qué debo comer? son sólo gelatinas y pepinos –cuestiona Frías menospreciando el ágape.

-El viaje es largo y necesita mucha energía –afirma el enigmático individuo- es hora y media de recorrido … usted despertará a las tres… -sugiriendo a Jorge de manera entrecortada ingerir esos insólitos pepinillos que al llegar a su boca experimenta una vez más el frígido pero tenue viento mientras la atmósfera comienza nuevamente a ensombrecerse. Jorge despierta en su cama donde no se había recostado sino literalmente desfallecido casi vertiginosamente luego de regresar de una reunión con sus amigos de la universidad; se encuentra agotado, exhausto a pesar de sus dieciocho años de edad y en su mente sólo mantiene la fija idea de las tres de la mañana.

-Debo ver mi reloj me dijeron que despertaría a las tres…maldición creo que lo dejé en el piso, me pesa todo pero debo encontrarlo –medita el muchacho mientras lucha por hacer un esfuerzo en buscar a ciegas su reloj de pulsera girando su cuerpo hacia la izquierda hasta quedar boca abajo alargando su brazo derecho y moviéndolo de lado a lado para poder ubicarlo.

-¡Luz!… ¡Luz!… necesito la lámpara de la mesa de noche…vaya por fin el interruptor del demonio… ¡diablos son las tres de la mañana como me dijeron!… ¡desperté a las tres de la mañana! …¡esto es increíble! –concluye el joven estudiante sin hacer el menor ruido para no interrumpir el sueño de su hermano que dormía plácidamente en la cama adjunta y con quien compartía la habitación hacía muchos años. Tranquilo Jorge trata de descansar y mañana estudiarás mejor tu experiencia, no te olvides que has tomado licor en la reunión y tus apreciaciones pueden ser apresuradas y ligeras.

-¡César! debo llamarlo… pero es muy tarde…sé que se despertaría,  pero… ¿Si su papá o su mamá contestan el teléfono y no él? –se pregunta varias veces hasta abandonar la idea y tomar el ahora difícil camino para conciliar el sueño.



                                     Bien Melchor creo que ya voy a terminar de curarte, cada día estás mejor, realmente tuviste mucha suerte, pintar las paredes del sótano de un gran barco y que tu compañero encienda un soplete…no lo entiendo –comenta el doctor Frías a su paciente con grandes quemaduras mientras le realiza la curación.

-La verdad nunca lo habíamos hecho, él arreglaba lo suyo y yo me limitaba a pintar las paredes del almacén del sótano pero tomando mi distancia…no cerca, nunca pensé que esas pinturas botaran gases inflamables y con el ambiente enteramente cerrado… –explicaba Melchor al doctor.

-Sí, fue trágico y muy  lamentable que tu compañero falleciera sin embargo me alegro que te encuentres mejor, eres muy valiente Melchor, te felicito por ello –comenta el médico a su paciente tratando de estimularlo, motivarlo para seguir adelante y terminar de saltar el obstáculo que significan las quemaduras de segundo y tercer grado en porcentajes importantes.



                                  El aventurero soñador se alza muy temprano, apenas durmió unas pocas horas y de manera interrumpida lo que origina que sus condiciones físicas se vean mermadas, sin embargo lo primero que decide es precipitarse hacia el teléfono y realizar la llamada que ambicionó durante la madrugada. César es quien responde. Sin dudarlo, Jorge le propone visitarlo en su casa y dialogar un poco, total es domingo y al parecer no hay programa alguno salvo tratar de curar la clásica resaca estudiantil.

-¡César, que tal!  ¿Cómo estás?... ¡medio dormido al parecer! –saluda alegremente el contemplativo joven tratando de ocultar el poco descanso que tuvo la noche anterior.

-Bien, dormí temprano y plácidamente no como tú que veo que anoche estuviste de juerga o algo así –comenta su eterno compañero de aventuras observándolo sesgadamente mientras enciende su primer cigarrillo del día invitando a su vez al ansioso visitante a servirse un café.

-¡Dime César! ¿Dormiste bien ayer, soñaste algo especial anoche? –pregunta el futuro facultativo con  insistencia y a su vez cierta incomodidad.

-Sí muy bien, como te digo dormí plácidamente y no recuerdo nada especial, sólo soñé por un rato que me encontraba en un inmenso jardín y absolutamente tranquilo –comenta César sosegado disfrutando del aroma de su café y de las bocanadas de humo producidas con su cigarrillo, hábitos que junto con la lectura del periódico lo habían hecho merecedor al apodo de… La Vieja.

-¿No soñaste con calabozos, mesas de comida, monjes o que se yo? –pregunta el joven Frías mostrando cierta angustia e inquietud por oír alguna respuesta que se relacione con su extraña experiencia.

-No, como te digo sólo recuerdo un placentero sueño y nada más –responde el fiel compañero, pausado y con total seguridad.

-¡Bueno, entonces te voy a decir lo que me sucedió anoche! –interviene el aspirante a galeno acomodándose en el sofá, e iniciando la afanosa narración de lo acontecido unas cuantas horas atrás.



                                   Bien, creo que basta de crema, vamos a vendarte y así habremos concluido con tu curación de hoy –afirma el doctor Frías alborozado observando que el pobre Melchor evoluciona favorablemente, habiéndose salvado no sólo del voraz incendio en aquel almacén del barco mercante donde intentaba ganarse la vida haciendo lo único que aparentemente sabía…pintar, sino también de haber sorteado la muerte por segunda vez al haber reaccionado favorablemente a las maniobras de resucitación tras el paro cardiaco sufrido en la sala de operaciones mientras se intentaba en él una limpieza quirúrgica de emergencia a los dos días de su hospitalización; su corazón efectivamente se detuvo sin embargo una vez recuperado su habitual ritmo, la decisión de los cirujanos fue la de continuar con el acto quirúrgico y salvar la vida nuevamente del humilde desdichado. El doctor Frías, todos los médicos e incluso las enfermeras responsables del infeliz pintor de paredes, habían decidido no mencionarle este suceso para no aumentar su angustia y tensión emocional, Melchor estaba luchando y lo hacía bien, así que todos resolvieron que aquel penoso suceso acontecido en el quirófano se lo harían saber una vez se encuentre totalmente recuperado.

-Gracias por atenderme, en realidad les agradezco a todos aquí, sólo que usted hace entretenida la curación, con cada historia que me cuenta… –expresa muy cariñosamente el sufrido pintor a su médico preferido  mientras éste se halla concentrado en terminar de vendarle las extremidades.



                                  Jorge se encuentra a punto de terminar la historia cuando abruptamente es interrumpido…

-Un momento, quieres decir que en tu sueño ¿Yo me encontraba medio dormido como sonámbulo y no veía ni participaba de nada?  -preguntaba César mientras agota su tercer cigarrillo de la mañana.

-Sí, estabas y como si no estuvieras –continúa el potencial cirujano siendo detenido nuevamente por su camarada.

-Ahora entiendo lo extraño de todo esto, mientras tú recorrías todos esos lugares, yo me encontraba en un inmenso y tranquilo jardín, es decir te acompañé pero no estuve allí –comenta César tratando de llegar a una inteligente y profunda conclusión.

-Sí he pensado en ello, creo que te pusieron para darme valor o confianza en seguir y nada más… sin embargo no hay manera de comprobarlo –interviene el aprendiz de medicina estirando las piernas sobre el mueble haciendo un gesto de disgusto por las suspensiones sufridas.

-¡Espera, ahora que recuerdo, cuando dijiste las tres!...recuerdo que abrí los ojos a eso de las seis de la mañana… tome un sorbo de agua y traté de seguir durmiendo pero no sé por qué  cogí el reloj y me parece, ¡me parece!... –César abandona la sala súbitamente, sube las escaleras y entra a su habitación como un rayo, de igual manera baja hacia Jorge.

-¿Qué pasa, qué traes? – pregunta con suma angustia el flamante y lozano universitario levantándose bruscamente del sillón.

-¡Mi reloj!… ¡se detuvo anoche a las tres!... ¡esto es casi imposible!... ¡me lo regaló mi papá y nunca ha fallado en tantos años!… ¡maldición que coincidencia…diablos! ¿Qué has hecho Jorge? –mira asustado su reloj el tembloroso socio de Frías, colocándolo en la mesa delicadamente como si se tratara de material explosivo tratando inmediatamente de encender su cuarto cigarrillo sin poder hacerlo.



                                  Terminamos mi querido amigo, basta por hoy –concluye el galeno mientras se retira el par de guantes estériles que utilizó para la atención de Melchor.

-Vaya historia, la vida tiene cosas extrañas…muy extrañas mi querido doctor –expresa pensativo el desdichado y estoico paciente como queriendo recordar o animarse a decir algo.

-Así es Melchor por eso a veces trato de olvidar o no hacer caso a todo lo que nos sucede de manera sorprendente, para no detenerme a pensar en lo que nunca resolveré y aprovechar el tiempo para temas que sí sé que puedo resolver, como curarte por ejemplo –acota el cirujano.

-Creo que le tiene miedo a lo desconocido doctorcito por eso no quiere meterse en esas cosas raras, pero no debería tenerlo todas las experiencias de la vida son por algo –afirma el desventurado personaje mirando con detenimiento al cirujano.

-Bueno Melchor creo que ya no estamos hablando sino filosofando sobre la vida el mundo y que se yo, mejor me voy que tengo que seguir atendiendo a otros pacientes, ya mañana te contaré otra historia –promete el facultativo, expresando una sonrisa de satisfacción al ver a su paciente bastante animado a pesar de su desgracia.

-Bien doctor como usted guste, pero sólo le pido un favor… ¿Puedo hacerle una pregunta? –interviene el infortunado con la mirada fija en el inquieto Frías.

-Como no, Melchor pregunta lo que gustes –responde Jorge mientras se retira el mandil.

-Cuando se encontraba sentado en la mesa y le dicen que coma… ¿Comió los pepinos? –pregunta el desventurado enfermo cogiéndole la muñeca a Jorge Frías sin poder ejercer una vigorosa  presión debido a sus lesiones.

-¡Sí, claro… las comí! –responde el médico haciendo un gesto de preocupación ante la actitud de su paciente.

-¿Eran como jebe?… ¿Se estiraban al querer morderlas?... ¡como algo elástico! –se preguntaba y afirmaba a la vez el pobre infeliz soltando la muñeca del doctor lentamente y llevando su mirada hacia la pared.

-¡Sí…eran así!... ¿Cómo lo sabes Melchor? –pregunta ahora completamente desconcertado el aún joven cirujano mientras busca con desasosiego  la mirada de su paciente esperando una pronta respuesta.

-Doctor un sueño así… ¡Lo tuve!… durante la operación… el día que usted me llevó a sala de operaciones… yo también comí esos pepinos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La disculpa pendiente

Víctor Mondragón


En una tibia mañana limeña,  Mario se levantó muy temprano con el afán de dirigirse a los Barrios Altos, en la esquina de su casa subió a  un autobús, algo le perturbaba, había perdido la costumbre de convivir con el bullicio de la ciudad;  tras una hora de recorrido se bajó en el paradero  de la Avenida Abancay con el Jirón Ancash,  contempló lo que un día fue el Restaurante Las trece monedas,   apreció  el zaguán de aquella casa colonial del siglo XVIII y se alegró de ver que el inmueble no había caído en el olvido;  recordaba que esas calles  fueron frecuentadas por intelectuales, bohemios y músicos durante la primera mitad del siglo XX, seguidamente enrumbó hacia la Plazuela de la Buena Muerte (1).

El día anterior, Mario acordó almorzar con un par de amigos de  infancia a quienes  no veía hacía diez años, tiempo en que radicó fuera del país. Eran las nueve de la mañana y Mario quería recorrer aquellas calles sin apuro  alguno, tal cual lo  había imaginado a su regreso,  detuvo su pausado andar para comprar  un periódico y tomó asiento en una de las bancas de piedra  de la mencionada plazuela.

Volteaba la mirada y veía como gente de limitados recursos ingresaba al local de atención médica aledaño a la Iglesia de la Buena Muerte, lugar donde   alguna vez él también recibió atención sanitaria. Recordó la hermosa sala capitular de la iglesia  y que tiempo atrás  hubo un campo de fútbol y un convento que al quedar deshabitado fue donado para la construcción del colegio donde él estudió. Tras unos minutos, se puso de pie, miró la esquina de enfrente y apreció la Iglesia de Trinitarias y  a cien metros la imponente Iglesia de Santa Clara, se decía a si mismo que  en la Lima antigua casi habría una iglesia en cada esquina.

Mientras leía su periódico no podía dejar de levantar la mirada y ver los rostros de la gente que por allí transitaba. Al ver pasar unos escolares con rasgos nikkei (2) arribaron a  su mente recuerdos de su infancia, habría tenido unos seis o siete años de edad cuando  conoció a un vecino, unos veinte años mayor que él, de mediana estatura, piernas gruesas como las patas de una mesa de billar, cejas pobladas,  cabello corto,  de cadencia oriental al caminar,   carácter solitario  e hincha acérrimo del club Deportivo Municipal –como muchos del barrio.

Mario recordó que en los años de su infancia se imponía el estereotipo de ser bacán y algunos como su amigo Kenchán,  solían vestir la camisa sin abrochar  incluso en  invierno, era una forma peculiar de amedrentar o de decir nadie se meta conmigo.

Nunca supo el nombre exacto de dicho vecino, él le solía llamar Kenchan; como en todo barrio limeño de la época, era común poner apodos o sobrenombres a las personas, sin embargo era tal el respeto que le  tuvieron   que nadie se atrevió a llamarlo por apelativos. Como  con la mayoría de los  japoneses, al principio le pareció parco y serio pero con el tiempo notó que poseía tanta chispa y picardía como  los criollos de la zona.

Con el correr de los años se hicieron grandes amigos, Kenchan   llevaba una vida muy peculiar, en las noches, indiferente al frío o la garúa, solía permanecer de pie en las esquinas hasta altas horas, engañando a su soledad, inventaba ficciones para poder vivir, por ese motivo se  levantaba casi al medio día y luego se iba a trabajar en  una vidriería hasta las ocho de la noche. Para Mario siempre fue una incógnita el por qué del estilo de vida de Kenchan, recordó que éste realizaba mentalmente operaciones matemáticas con asombrosa precisión. Mario siendo ingeniero nunca lo pudo superar; asimismo, aquel vecino era imbatible en el juego de ajedrez; solía sostener largas partidas simultáneas contra más de un contrincante, al parecer, conforme transcurrían  las horas, su mente alcanzaba mayor lucidez. Conversar de pie en una esquina de la calle era como frotarse con  el bálsamo de la risa y el entretenimiento –por ser gratis quizás-, sea cual fuese el tema,  Kenchan  dedicó allí sus mejores horas -tal vez engañando  a cierta aflicción que le acechaba-, sin embargo,  seducía con el hechizo de sus opiniones acertadas y propias de un perspicaz lector del alma humana. En esas épocas era muy natural ir y regresar caminando entre los Barrios Altos y otros distritos.

-Caminar platicando es el entretenimiento del pobre –solía decir Kenchan.

Las noches limeñas eran calladas, casi sin transporte público, con calles  amparadas por la deliciosa impunidad  del  alumbrado mezquino,  adornadas  con montículos de basura a la espera de ser recogidos, ambiente propicio para quienes gustan de confundir las madrugadas con el amanecer.

-¿Por qué trasnochas siempre? –le preguntaron a Kenchan.

-Padezco de insomnio y a veces pesadillas, procuro caminar hasta que me sorprenda el alba –contestaba Kenchan.

-Además me ahorro el desayuno –añadía. 

-¿Y así eres feliz? – le preguntaron.

-La felicidad no existe como tal y si alguna vez creemos sentirla, se torna  irrisoriamente breve –contestaba el oriental.

-En nuestros anhelos no entiendo  por qué si la vida nos quita la posibilidad de  algo ¿por qué no nos quita también su deseo? –solía culminar.

Al parecer en su inexorable destino habían colaborado esfuerzos frustrados,  la incertidumbre y  finalmente la resignación. Mario recordó que el oriental solía ir  a pescar los días viernes y regresaba los    domingos con una canasta circular repleta de pescados. Un día al atardecer, Mario escuchó que tocaron su puerta, la abrió y encontró a su amigo japonés con tres chitas grandes y frescas.

-Son para  tu familia –dijo Kenchan.

Mario quiso pagar por los pescados pero el japonés con un ademán se negó, su mirada lo decía todo, era una manifestación de amistad. Mario  frió las chitas y las consumió con una salsa a base de cebolla, limón y ají limo; una delicia para cualquier paladar.

Era ya el mediodía, el aire tóxico de la ciudad era ganado por el olor de comida preparándose   mientras  las calles se poblaban  de escolares, el visitante recordaba que su colegio había quedado a unos sesenta metros de distancia  y aquella plazuela era camino obligado hacia su casa; los años pasaron  pero al igual que antaño veía como algunos escolares se divertían pendenciando por las calles.

Mario se fijó en unas casas abandonadas tratando de ubicar  el restaurante llamado la Buena Muerte, recordó que el local había sido bodega y posteriormente restaurante, su fama se  extendió por la ciudad y sus platos fueron muy mentados. De ese modo recordó que cuando él y su vecino Hiro  ingresaron a la universidad fueron agasajados  por Kenchan; en su mente afloró que el local estuvo ubicado cerca de la esquina con Jirón Paruro, en la Calle de la Penitencia, lugar donde Pinglo falleció. El restaurante se situaba un peldaño debajo del nivel de la calle, era sumamente reducido, un tanto oscuro, parecía un hueco; aquella vez llegaron temprano y se ubicaron  en una esquina.

- Paisa, una negra al polo, choros (4)  y un pejesapo –dijo Kenchan dirigiéndose al  dueño del local.

Presurosamente un muchacho les alcanzó una cerveza negra mientras los comensales se incorporaban y apreciaban con extrañeza los pescados disecados que fungían de adornos en las paredes.

Más pronto que tarde compartieron una suculenta fuente de choros a la chalaca,  entre risas y bromas hicieron uso de sus manos para llevarse a la boca las mencionadas conchas. Momentos después, el camarero apareció con una gran fuente que contenía un extrañísimo pescado humeante.

-Ala, es más feo que el hambre –exclamó Hiro.

-Sí pero su aroma es excepcional –replicó Mario.

El compartir se aunó a la amistad, los comensales picotearon de una misma fuente; los cachimbos consumieron el fino y blanco pescado con extrañeza al principio, con curiosidad también,   con sumo agrado después.    

-Esto es pejesapo al vapor, la salsa es a base de tau si (5), solo para conocedores -concluyó Kenchan.

En pocos instantes los amigos extinguieron las blancas y jugosas carnes del pescado; una blanquecina carcasa sobre la fuente quedó como mudo testigo de lo que había sido minutos antes un exquisito pescado.

-Fue para chuparse los dedos –opinó Hiro.

-Hay más todavía – contestó Kenchan mientras levantaba un brazo dando una señal al camarero.

-Cortesía de la casa –dijo el mozo mientras entregaba a los amigos sendas tazas de chilcano muy caliente; cada comensal añadió, según su  gusto,  limón, ají y culantro.

En pocos minutos  el restaurante  se fue  copando de personas, no faltaban quienes de pie esperaban su turno para ocupar una mesa.

-¿Eres japonés? –preguntó Mario.

-Nací en Hawái mientras mis padres venían hacia el Perú pero soy tan peruano como ustedes –contestó el oriental.

Seguía llegando gente al restaurante, Kenchan pagó la cuenta y los  amigos cruzaron la pista y se sentaron en la misma banca donde Mario recordaba todo eso.

-Todos te respetan porque eres profesor de karate ¿no? –preguntó Mario.

-Solo es un hobby para mí –contestó Kenchan.

-¿Cómo es que siendo tan hábil no estudiaste una profesión? –inquirió Hiro.

-Claro que lo quise pero trabajé desde joven y tuve poco tiempo para dedicarlo al estudio, pero ustedes serán algún día profesionales y yo me alegraré mucho  –contestó Kenchan.

Mario había acudido temprano a la mencionada cita con la esperanza de ver  a algún conocido, él sabía que la mayoría de sus amigos  emigraron a otros barrios pero confiaba en que encontraría a alguien; vio a lo lejos a un moreno alto y fornido que se acercaba presuroso, hizo un alto en sus recuerdos y miró que aquel   llevaba una fuente sobre su cabeza; no lo podía creer era el  vendedor de zanguito (7) de su niñez. Habían pasado más de cuarenta años y el tradicional vendedor seguía ofreciendo su único y peculiar producto; el comerciante vestía un polo blanco, los años no  pasaron en vano, una blanca nieve  pintaba su rizado cabello pero mantenía su  sonrisa  dibujada en el rostro.

-Deme con adivinanza –solían pedir sus amigos de infancia; el moreno decía una adivinanza y si el niño acertaba, el zanguito  era gratis.

En la década de mil novecientos ochenta, muchos peruanos nikkei se fueron a trabajar a Japón huyendo de la pobreza y de la falta de oportunidades,  entre ellos marchó Kenchan. A finales de  la década siguiente  regresó al Perú con dinero aunque pasmado de incertidumbre, atribulado por la fatalidad de la existencia de un destino, nuevamente los amigos se encontraron.

-Amigo, ¿por qué no te casaste? –le preguntó Hiro.

-No todos nacemos para el matrimonio, además cada uno tiene un destino que acatar –respondió Kenchan.

-¿Tú crees en eso? –preguntó Hiro que hacía caso omiso a que los estragos de la vida no son iguales para todos.

-Siempre me negué a aceptarlo pero lo que he visto y vivido tuerce mi opinión – contestó Kenchan.

-Nunca nos contaste por qué trabajaste desde joven –indagó  Mario.

-Cuando tuve siete u ocho años estudiaba en un buen colegio particular pero un día todo cambió, el negocio de mi padre fue saqueado por una turba de personas y por muchos años  tuvimos que trabajar para pagar la deuda de un  Tanamoshi (6) contraído para establecer  una relojería –contestó Kenchan.

-¿Por qué no se quejaron a la policía? –preguntó Hiro.

-Qué va, Perú declaró la guerra a Japón, fuimos perseguidos,   tuve que abandonar la escuela y trabajar, nos vimos con Ambrosio (8). ¿Sabes?, comer solo es muy amargo pero no comer es peor –replicó Kenchan mientras consumía cigarrillo tras cigarrillo. .

-Pero hubieran explicado que les robaron –dijo Mario.

-El honor es primero y una deuda impagada es una gran ofensa entre los paisanos, quizás no lo comprendas –replicó Kenchan.

Mario recordó aquella última conversación en una esquina de su barrio, lugar frecuentado con deleite, donde diversos proyectos marchitaron  y otras tantas ideas desfallecieron; sentado en la plazuela reflexionó sobre un país que se jacta de ser residencia de todas las sangres pero que deja  reinar  la mal entendida viveza criolla -esa salsa turbia de sabor  egoísta que disimula en su seno  prejuicios racistas-, en esos instantes arribaron sus amigos nikkei Hiro y Kenyi,  compañeros de escuela, de universidad, ex vecinos y mejores amigos aún. El visitante se incorporó y se dieron fuertes abrazos, parecía que   no habían envejecido, estaban tan igual como treinta años atrás, se llamaron por sus antiguos apodos y sonrieron como en  tiempos pasados, olvidaron por unos instantes que ellos, los de entonces, ya no eran los mismos.

Con los años, Hiro y Kenyi se  desarrollaron como prósperos empresarios y le invitaron al mejor restaurante de la ciudad pero Mario les pidió  quedarse en  Barrios Altos,   caminaron unos metros hacia una cebichería en el jirón Paruro.

-Un par de negras al polo, tamal de pescado (9)   y anticuchos de pescado para empezar –dijo Hiro.

-De fondo nos preparas una chita a lo macho (10),  sudado de pescado  y tacu tacu de mariscos (11) –añadió Kenyi.

El profundo olor de pescados friéndose y el olor a mariscos provocaron la segregación de jugos gástricos entre los amigos, mientras esperaban los platos, recordaron a sus profesores, los intensos partidos de fútbol y el rumbo que cada uno tomó.

Tras unos minutos los amigos recibían  su pedido,  tras agradecer al Altísimo, los ex vecinos empezaron a degustar  aquellos deliciosos platos con algo de  fusión entre la cocina japonesa y la peruana.

-Escuché que el Muni bajó a segunda, me imagino pronto regresará a la primera división de fútbol  –dijo Mario.

-¡Qué va!, más fácil es que clasifiquemos a un mundial de fútbol –contestó Hiro.

Durante la sobremesa Mario quiso indagar acerca de lo ocurrido en la segunda guerra mundial; un  silencio embargó la reunión como si los nikkeis no quisieran hablar de eso.

-Mi padre me contó que el  gobierno  les inmovilizó  cuentas bancarias y confiscó sus propiedades –dijo Mario.

Hiro manifestó que no quería tratar el tema pero Kenyi acotó que no habría algo de malo en hablar  del pasado.

 -Mi padre también me dijo que muchos pusieron sus bienes  a nombre de amigos peruanos que los defraudaron  –añadió Mario.

-Mis tíos fueron deportados a campos de concentración en los Estados Unidos, los acusaron  de ser espías, eran peruanos de nacimiento y tenían esposa o  hijos peruanos –comentó Kenyi.

Minutos después, Hiro rompió su silencio.

-Terminada la guerra, por ser indocumentados fueron expulsados de Estados Unidos y el gobierno peruano tampoco los quiso recibir a no ser que tuvieran esposa o hijos peruanos. Muchos se encontraron en un callejón sin salida pues no eran recibidos en el país en que nacieron y finalmente fueron deportados hacia el Japón sin saber siquiera hablar japonés.

Seguidamente añadió:

-Solo algunos pudieron regresar al Perú y doce años después se dio una ley para devolver los bienes y capitales confiscados durante la guerra,  en la práctica dicha ley fue letra muerta y muy pocos pudieron ser resarcidos.

Finalmente concluyó:

-Si bien muchos nikkei lograron sobreponerse y levantarse a base de   sacrificio, hubo algunos que lo perdieron todo incluso la esperanza.

Aquellas palabras hicieron sentir culpa ajena a Mario, abrumado por una reprobación que era casi un remordimiento, al igual que su padre en vida, no encontraba una sola justificación a ese oprobio y vergüenza, lamentó la actitud del pueblo y sus autoridades que poco hicieron por paliar la infamia cometida, permitieron  la trágica erosión de los años al igual que los medios de comunicación,   insensibles a los desenfadados envites de la falsedad, testigos esquivos de un pasado donde hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación.

-Ayer traté de ubicar a Kenchan pero me dijeron que se había mudado  -dijo Mario. Se sintió un silencio en el ambiente, se incorporaron de sus asientos mientras comentaban en voz baja, entre murmullos, mascullando.

-Nuestro amigo en sus últimos días tuvo una creciente tendencia al aislamiento, perdió  el  apetito,  sucumbió a la soledad  y finalmente se suicidó – dijo Hiro.

Aturdido por el deseo de llorar, herido en lo más intimo de su alma, con incurable y oscura melancolía Mario buscó refugio en  un hondo suspiro de resignación. La presencia de sus  amigos mitigaba su dolor.

-¿Cuantos más morirán sin recibir siquiera una disculpa por la infamia cometida? –censuró el visitante imaginando que  aunque el estruendo de la justicia retumbara  ya no podría resarcir a su recordado vecino.

Mientras se despedía de sus amigos, Mario no dejaba de masticar entre dientes sobre  los abusos y la impunidad desmesurada del  pasado, amigos del olvido y de amarguras sin cuento. 






 (1): Plazuela de la Buena Muerte: Pequeña plaza ubicada en los Barrios Altos de Lima, probablemente debiese su nombre al centro de atención médica para gente menesterosa, Santa María de la Buen, la Muerte, fundado por  la Beata Josefina Vannini de la Congregación Hijas de San Camilo  y por el Beato Luis Tezza  de la Orden de San Camilo.

(2). Nikkei: Palabra de origen japonés que significa de ascendencia japonesa. Es muy usada en el vocablo peruano.

(3): Felipe Pinglo Alva: 1899-1936, vecino de los Barrios Altos de Lima considerado el mayor compositor de música criolla del Perú. Falleció en la Calle de la Penitencia, próximo a la Plazuela de la Buena Muerte.

(4) Choro: Mejillón (En Bolivia, Chile y Perú)

(5) Tau si: frejoles negros de soja fermentada.

(6) Tanomoshi: palabra de origen japonés. En el Perú consiste en aportes de dinero fijo por parte de un grupo de participantes. El monto total mensual se entrega  a cada integrante según turno, sorteo o mayor oferta.

 (7). Zanguito: Tradicional dulce limeño, de origen negro; durante la colonia, se prepara a base de harina de maíz, chancaca, manteca, clavo de olor, anís y pasas. Se suele ofertar a los escolares con adivinanzas.

(8) Ambrosio: pasar hambre en leguaje popular peruano.

(9) Tamal de pescado: Tamal donde se reemplaza la harina de maíz por kamaboko (pescado molido).

(10) Chita a lo macho: Chita frita crocante acompañada de una salsa con mariscos. Para  la salsa destaca el sofrito limeño a base de ají panca y mirasol. Se acompaña con rocoto.

(11) Tacu tacu de mariscos: Frijoles canarios cocinados, mezclados con arroz y papada de cerdo, todo frito y acompañado de una salsa con mariscos. En la base destaca el sofrito limeño con ají amarillo.