martes, 16 de agosto de 2011

El quebrantahuesos


Clara Pawlikowski 


Eduardo Durán Flores, a pesar de tener mis dos apellidos, es mi hijo.

Viaje a España cuando terminé la secundaría. Mi madre partió primero, yo me quedé en casa de mis abuelos maternos en Arequipa. Un poco antes, mis padres se habían separado y desde ahí,  nunca más volví a ver a mi padre.

Recuerdo que en aquella época yo tenía unos quince años, todo lo veía negro, mi futuro era indefinido. En una excursión al cañón del Colca, me acuerdo claramente que el guía paró el micro porque había divisado con sus prismáticos unos cóndores volando.

─Bájense ─nos dijo ─es una experiencia interesante.

Yo descendí del micro y en lugar de mirar hacia arriba me ensimismé con la grandeza del cañón. Muy a lo lejos observé como un hilo de lana el río en las profundidades de esa ruptura gigantesca. Pensé en mi futuro, lo veía sinuoso como el río, como el camino,  lleno de dificultades. Con mis afectos rotos, no sabía a quién elegir, ni a donde ir. En fin, no vi los cóndores.

 En contraste con mi ánimo, el cielo estaba límpido, con un azul intenso sin una nube, el sol de la mañana resplandecía iluminando todas las altas montañas que rodeaban el desfiladero. Había un olor fuerte de yerba fresca, había garuado al amanecer.

En España no me fue difícil conseguir una beca para estudiar medicina en Zaragoza. Mi madre como era enfermera consiguió trabajos bien remunerados en Bilbao y de tanto en tanto me mandaba algunos euros para subsistir. De esa manera logré concluir mis estudios.

Metida en los libros y para mantener la beca no le di importancia a  los amigos. Salía de tanto en tanto pero mis estudios eran absorbentes, por ahí conocí chicos que me gustaban. Los dejaba plantados o tomaba a broma sus cortejos y no contestaba las llamadas.

Para realizar mis prácticas me fui a Huesca, a un pequeño hospital. Cuando llegué, encontré a otro médico un poco mayor que yo y de una universidad diferente.

Le interesaba la dermatología y se pasaba mucho tiempo con el microscopio estudiando variedades de hongos. El trabajo rápidamente nos acercó, hicimos amistad sin mayores preámbulos. Cuando teníamos horas libres caminábamos por las montañas y nos perdíamos. Me fui enamorando pero Raúl Cossío era distante, hablaba poco, me contaba los avances de sus investigaciones, de tanto en tanto me preguntaba alguna cosa. Un buen día  tomamos unos vinos en su apartamento y terminé en la cama con él.

Al día siguiente nos levantamos como si no hubiera pasado nada, nos duchamos y salimos juntos al hospital después de tomar un café. Casi ni hablamos.

Me gustaba, era un tipo atrayente, de buena altura y el trato con sus pacientes me entusiasmaba. A medida que pasaban los días sentía mayor necesidad de estar a su lado. Comíamos y paseábamos juntos. Se nos hizo costumbre llegar a su apartamento con vinos y algo para cenar y yo me quedaba hasta el día siguiente. Nunca me dijo que me amaba, nuestra relación era calma sin sobresaltos.

Cuando le tocó dejar el hospital, simplemente tomó un bus temprano y desapareció. La noche anterior me comunicó que se iba. Que se iba me dijo, así simplemente, porque terminaron sus prácticas.

Pensé que me pediría mi teléfono, mi dirección o cualquier otra seña. Estaba segura que volvería en unos días. Pero no lo hizo.

Esta vez tampoco vi cóndores volando. Vi aves de rapiña  acabando con mis partes blandas y abandonándome  en un descampado. El sol iluminaba las montañas y el cielo era una bóveda azul. A mí alrededor, todo era carroña, apestaba. Mis huesos desperdigados fueron alimento de un quebrantahuesos. Los tomó uno a uno y volando a mucha altura los soltaba  estrellándolos contra un escarpado. Se pulverizaron todos y no quedó nada. Sólo alcancé a ver un polvo blanco y sentí un fuerte aleteo, el ruido me despertó.

Me costaba dormir y las pesadillas se repetían. Pronto me acostumbré a mis desvelos. Sin embargo, la vida me tenía otras sorpresas. Ese mes comprobé que no me llegaba la regla. Primero lo tomé a la ligera, hasta que me hice un examen y salió positivo.

Eduardo nació bien felizmente, pronto me mudé a Bilbao donde vivía mi madre. En una oportunidad cuando fui a visitar el museo Guggenheim, en la cola de la boletería vi una muchacha que me hacía señas con la mano.

Llevaba un coche con un bebé  y a su lado un niño casi de la edad de Eduardo. Era Carmela Arteta, una compañera de la facultad de medicina, nos saludamos con grandes abrazos, no nos veíamos desde que salimos de la universidad. Me acerqué al bebé, era lindísimo y el mayor estaba en lo suyo, jugando con unos carritos.

Me contó Carmela que antes de terminar la carrera se había casado con Raúl Cossío.

─Raúl Cossío? ─le pregunté ─ ¿Es dermatólogo?

 ─Si ─me contesto ─ ¿Lo conociste?

─Fuimos practicantes en el mismo hospital de Huesca ─sorprendida y nerviosa balbuceé.

─Murió en el atentado de Atocha, en marzo del 2004. Justo el año que nos mudamos a Madrid porque había conseguido una cátedra en la universidad Complutense.

viernes, 12 de agosto de 2011

Una pollada

Víctor Mondragón


Era la enésima vez  que inquietaban a Alberto con lo mismo
 -¿Qué es una pollada? –le preguntaron.
Alberto había emigrado a  Miami a fines del siglo XX,  sus vecinos y amigos  solían preguntarle el significado de dicha palabra popularizada en un tristemente célebre talk-show televisivo; tras meditarlo un buen rato, decidió  narrar unos hechos que acontecieron en los Barrios Altos de Lima, en la Calle Suspiro,  en la década de mil novecientos ochenta:
Era ya  mediodía, la noche anterior, Lucila,  no había podido conciliar el sueño, hacía tiempo que su conviviente le había ofrecido comprar un televisor a colores; la mujer se sentía incómoda ante sus vecinas quienes comentaban tal o cual telenovela, tal o cual moda, mientras  su televisor le mostraba solo los colores blanco y negro, pensaba que tener una pantalla a colores era una muestra de status; una ligera llovizna  humedecía su barrio, un penetrante olor a ajos y cebollas friéndose se colaba desde las casas vecinas mientras   un mercachifle se acercaba
-Compro botellas, fierros viejos, compro -repetía el trabajador.
Los gritos perturbaron al señor de la casa, Ruperto, un moreno cuya rutina parecía convenir  con una ocupación desconocida; indiferente al viento que se colaba por una luna rota,   preferiría seguir durmiendo pero el hambre pudo  más, con los ojos casi cerrados perfiló la figura de su consorte:
¿En qué momento  perdió su linda figura?, ¡otra vez vistiendo esa camiseta desgastada! –el remolón pensaba que no había podido dormir  pues su mujer  ocupaba toda la cama.
-Mi desayuno -dijo sin saludar.
-Has de saber que hoy desayunarás gracias a que he conseguido fiado el pan, el café y nuestro almuerzo –contestó Lucila.
Mientras descansaba sus manos sobre su cintura la mujer lo miró fijamente.
-He lavado  tu ropa, fregado el suelo y preparado tu comida ¿cuándo comprarás el televisor? –añadió la mujer.
Días atrás, el moreno, exceptuado al castigo de trabajar con el sudor de su frente, había agotado un repertorio enredado de pretextos, contratiempos y evasivas, prefirió callar  pues sabía que saldría perdiendo, engulló presuroso la comida servida. Lucila era de armas tomar y no esperaría eternamente  a su marido; acosada por el  insomnio, soportando en la oscuridad la fuerte respiración de su marido,  planeó las formas   posibles, habidas y por haber, para conseguir dinero mediante medios lícitos, los extensos análisis, las especulaciones  y los proyectos ideales no tenían  cabida en su espíritu,  era práctica,  le movía un anhelo y también un claro propósito; si bien  sólo había terminado sus estudios primarios, la morena tenía mucho sentido común (muchas veces el menos común de los sentidos), así, armada de decisión, más que de recursos o conocimientos, decidió realizar una actividad pro fondos para la compra de su televisor.
En aquellos años, en el Perú se había puesto de moda la parrillada de carne de res para recaudación de fondos, comúnmente llamada parrillada; posteriormente evolucionaron alternativas menos onerosas como emplear  solo pollo  que por analogía denominaron pollada, también aparecieron con cuy (1), llamada cuyada, la chicharronada (2)  y la pachamancada (3); la inversión en carne de res o en pachamanca sería inaccesible para Lucila,  se decidió por la versión más simple del producto: pollo frito.
La susodicha,  como toda mujer que a diario sustentaba la olla del hogar, tenía mucho ingenio para salir adelante; presurosa fue a casa de su comadre Rudecinda, una morena y rolliza mujer de pelo ensortijado. La vecina  no tenía un  céntimo; pero era una persona muy influyente, su sola lengua hacía temblar a más de uno en el barrio y exponerse a que divulgara un chisme era lo menos que alguien desearía.
Al  día siguiente ambas comadres se dirigieron a una imprenta.
-Hola Pedrito, imprime doscientas tarjetas que digan POLLADA BAILABLE y hasta las últimas consecuencias –dijo Lucila.
-No te olvides que diga donación  siete soles–complementó Rudecinda.
-Ah, que no diga tarjeta aceptada tarjeta pagada –añadió Lucila.
Al siguiente día, temprano,  regresaron a la imprenta.
-Estas son sus tarjetas, son treinta soles –dijo el trabajador.
-Muy bien papito, en la tarde te daremos la mitad y mañana el resto –dijo Lucila.
-Ya me la hicieron, ni modo, esperaré –contestó el sorprendido vecino. 
Presurosa la morena  se abocó a la promoción de su evento,  distribuyó  tarjetas entre las personas más connotadas del barrio: el chino de la bodega de la esquina, el presidente del club de fútbol del barrio, un joven que acababa de entrar a trabajar en un banco,  un oficial recién egresado de la Escuela de Policía, un comerciante del mercado mayorista recién llegado al barrio y las jovencitas más atractivas de la zona.
-Es pro compra de televisor –repetía la morocha.
Lucila no sabía mentir y no fingió como otros diciendo que la recaudación sería pro-salud u otro fin loable, directamente respondía que era una actividad pro-bolsillo.
-No me puedes fallar –repetía a sus conocidos.
Como era fin de mes, cobró  algunas tarjetas y  cumplidamente fue a pagar a la imprenta; en aquella década el país vivía una inflación de miles por ciento al año, el crédito era muy restringido; pero Lucila no se amilanaba y sabía que el mejor financiamiento era el de los proveedores,  así  en compañía de su comadre se dirigieron al mercado Central.
-Hola linda que guapa estas, necesitamos treinta pollos para el sábado, no me  falles caserita -dijo Lucila.
-Si pagan no hay problema –contesto la vendedora.
-¿Cuándo le hemos fallado casera?, en la mañana le pagaremos la mitad y en la tarde el resto, confíe en nosotros –añadió la comadre. 
Así  tras mucho tira y afloja lograron convencer a las vendedoras para que les fíen  pollo, condimentos, papas, ajíes y otros insumos necesarios; entregaron  algunas tarjetas de la pollada en garantía, cual si fueran dinero circulante.
Ya pactado el aprovisionamiento, aprovecharon para promover su evento entre los vendedores ambulantes de la zona, eran un tipo curioso de ambulantes pues estaban afincados en la vía pública, tenían incluso cama y electricidad dentro de sus vetustos quioscos.
-¿Pollada con ustedes dos? –preguntó un anciano vecino.
-No malinterprete don Francisco, será el más rico pollo frito que ha probado en su vida –replicó Lucila.
La morena acababa de colocar cinco tarjetas con un anciano inmigrante español para el cual la palabra pollada le era risible pues en su país  suelen  decir polla al pene, significándole la palabra pollada algo así como...
La emprendedora mujer sabía perfectamente que la ganancia en cada plato sería de cincuenta por ciento pero el beneficio mayor se daría en la venta de cerveza cuya ganancia era de ochenta por ciento, por ello adelantó al bodeguero la compra de diez docenas de cerveza y le anticipó que habría compras posteriores y sucesivas según se desarrollara el evento.
Y llegó el sábado, Lucila se levantó muy temprano, escuchó misa, luego  limpio su hogar e invadió parte de la vía pública con sillas que le prestaron, de pronto escuchó que la  descuadrada puerta de su casa raspaba el desnivel del suelo
-¿Dónde vas tan temprano? –gritó la esforzada mujer.
-Voy a trabajar –contestó el consorte.
-¿Desde cuándo robar es trabajar? –añadió la morena.
-Es una labor como tantas, se suda, se esfuerza, es también trabajar –replicó el marido.
A regañadientes el consorte fue conminado a fregar el suelo y minutos después se encontraba armando  cadenetas decorativas de papel.
La venta de pollo se haría en la modalidad de pollo frito en vez de a la parrilla e iría acompañado de ensalada, papas doradas y una gran variedad de salsas picantes. Habría para todos los gustos,  la tradicional salsa a la huancaína (4), la sarza (5) criolla de cebolla, limón y ají limo (6), también salsa de huacatay (7) con menta, salsa de rocoto (8) y de ají amarillo (9) molido con cebollita china (10).
Dichas variedades picantes atraerían la atención de los comensales por su color, aroma  y grado de picante. Sal, pimienta y luego de  pre-cocinar la presas al vapor,  se freían en un perol gigante, se pasaban luego a un   segundo perol más caliente aun,  de este modo lograba una textura crocante por fuera pero jugosa por dentro.   Lucila se vistió de ilusión para la ocasión y ubicó una cocina industrial  alquilada en la puerta de su  casa; el agradable olor atrajo personas que transitaban por la calle mientras un potente equipo de sonido, también alquilado, brindaba el tono festivo a la ocasión.
-Deme dos para llevar, con abundante papa -dijo un jovenzuelo.
-Dame tres para llevar con  todas las salsas -decía otro mozalbete. 
Al mediodía varios jóvenes habían sido enviados por sus padres para recoger el tan mentado plato de pollo,  vecinos que no gustaban de juntarse con gente del barrio; por otra parte, Lucila mangoneaba a su marido para que presuroso llevara polladas a los comerciantes que estaban en horas de labor, mismo delivery cholo; a las tres de la tarde empezaron a llegar las doncellas del barrio, después  los jóvenes que buscarían hacerse de alguna conquista amorosa.
En un principio hombres y mujeres conformaron grupos separados,   como si estuvieran  en pleno estudio o envueltos de  timidez; mientras en un costado, la comadre Rudecinda comentaba entre murmullos, daba rienda suelta a sus chismes e incrementaba su base de conocimientos con la retroalimentación de los asistentes; se acercó a una vecina que acababa de enviudar pero no consiguió arrancarle alguna confidencia; de rato en rato soltaba  alguna calumnia, rumor o idiotez con la ilusión de que los cándidos vecinos   la propagarían.
Había cancha salada (11) gratuita, el consumo de dicho maíz tostado y salado era un viejo ardid para provocar la sed de los concurrentes y animarlos al consumo de cerveza. 
A las seis de la tarde la pollada iba tomando cuerpo, el alcohol había desinhibido a los asistentes, los movimientos delicados y sensuales de las jovencitas atraían a los mozalbetes,  llegaban  los amigos del vecino policía y los amigos del vecino que había ingresado a trabajar en un banco; ambos grupos pugnaban por la conquista de las jovencitas, unos a base de florido vocabulario, otros amparados en  dotes de bailarín y otros simplemente con la pinta,  cada cual hacía  gala de sus argumentos y del comercio de sus virtudes.
Hubo algunos  transeúntes de escasos recursos económicos que compraban por precio módico solo papa huayro (12) o papa amarilla  (13) con ají, estaban tan ricas que de por sí ya eran una delicia.
A las ocho de la noche llegaron los vendedores ambulantes y el nuevo vecino comerciante quien buscaba  hacer  amigos en el barrio; dicho personaje  desconocía que se habían inventado las billeteras, de sus bolsillos sacaba fajos de billetes mal doblados, desordenados e invitaba cerveza a propios y extraños, así alimentaba su ego y hacia amigos de cerveza, que tan pronto como se acercaban, luego se esfumarían, al  igual que la espuma de la misma.
-Dos bien Eladio Reyes –pedía un comensal (para los efectos se entendía que pedía cervezas bien heladas).
-Un par de agua-runos al polo –reclamaba otro refiriéndose a lo mismo.
-¡La luz, los terrucos, los terrucos! (14) -gritó una asustada asistente.
-Ya nos jodieron –respondió  Rudecinda.
El equipo de sonido calló;  la oscuridad y el silencio  embargaron la reunión, sin embargo Lucila tenía un plan ante contingencias, corrió hacia su dormitorio y extrajo una  batería que le había prestado un vendedor ambulante; a los pocos minutos eran los únicos en la calle que gozaban de electricidad.
-Doña Rosa, me honra con su presencia –dijo Lucila
Vecinito, que gusto tenerlo en mi pollada –dijo a otro
Comadrita, pensé que no vendría –añadió la misma.
Los demás vecinos de la calle decidieron sacudir el polvo de una antigua amistad, prefirieron unirse a la algarabía de la actividad en vez de permanecer en sus casas a oscuras.
-Vamos a celebrar el regreso de la luz –gritó Lucila con  un megáfono.
-¡A partir de las tres de la mañana los asistentes recibirán gratis  una taza de caldo para resucitar muertos! –añadió la rolliza mujer. 
La astuta morena había utilizado las menudencias de pollo para cocinar un concentrado al cual añadió un sofrito, arroz cocido, alverjitas, zanahoria picada y culantro, conformando así el tradicional plato llamado aguadito (15); de este modo extendía la presencia de los asistentes y su consecuente consumo de cerveza. La penumbra de la noche había sido ganada por la pollada bailable; en el centro se distinguía a Lucila sonriente,  su mandil y sus blancos dientes contrastaban con su piel morena.
-Aquí tienes mi cielo…
Son siete soles mi amor…
Gracias cariño…
Tu vuelto mi vida… -repetía Lucila, como buena vendedora,  regalaba la hermosura incierta que finge el halago.
-Cuidado han llegado choros (16) –susurró una temerosa invitada.
-¡Vaya que pintas! –añadió otro asistente.
Ruperto había invitado a unos colegas y con cierta timidez los presentó a los vecinos, se encargarían de custodiar el orden y de evitar los excesos, cual  fieras domesticadas se paseaban por el entorno y su sola presencia  evitaba que el evento fuese otra pollada-brava  como las que solían haber con asistentes que fungían de boxeadores improvisados;  definitivamente un par de caras feas eran más disuasivas que un contingente policial.
Tras  la medianoche, entre jolgorio y melodías,  la música salsa y la cumbia  fueron desplazadas por la música criolla; Lucila y su comadre aprovechaban algún minuto libre para sacar a bailar a los asistentes, las morenas en sus tiempos mozos habían sido de las más cotizadas del barrio y la ocasión era propicia para reeditar viejos tiempos. Los vecinos las consideraban viejas glorias aunque destacaban más por lo primero que por lo segundo.
-Dos más y nos vamos -decían repetidamente unos ebrios concurrentes (que tal mentira).
-Tu billete es más falso que tus zapatillas Nike –dijo Lucila a un joven que la quiso sorprender, alzó un brazo, se acercó Ruperto mientras el pagador entregaba  rápidamente otro billete.
La pollada había sido todo un éxito, parecía un mercado persa donde se había reunido todo tipo de gente, de diversas edades e intencionalidades; la mayoría había ido a ejercer su sentimiento gregario, hubo nuevos amores, desengaños, promesas de negocios, chismes, desinhibición y diversión en general, ¡todo en un solo lugar!
Siendo la cuatro de la mañana, un patrullero policial se detuvo en medio de la calle y bajaron tres efectivos.
-¿Quien está a cargo de esto? –pregunto un teniente.
La reunión enmudeció, presurosas Lucila y Rudecinda corrieron hacia la autoridad.
-Nos ganamos la vida honradamente –exclamó Lucila.
-Oficial, somos casi decentes –añadió Rudecinda.
-Un vecino ha denunciado que no puede dormir por la bulla –contestó el oficial.
-Bajaremos el volumen de la música –replicó Lucila
Por su parte, los otros efectivos daban vueltas entre los asistentes como buscando a alguien.
-Bien, pueden continuar sin hacer bulla, nos llevamos a dos de tus invitados –concluyó el teniente.
Una vez alejado el patrullero, el temor se aplacó.
-No ha pasado nada, regresen la música, a bailar todos –gritó la morena; luego corrió donde un mestizo, émulo de  disc jockey y le pidió  un casete de los Embajadores Criollos.
-…Víbora, ese nombre te han puesto, porque en el alma llevas el veneno mortal, víiiivora, ese nombre te han puesto… -decía la letra de un vals; de ese modo pensaba devolver el guantazo a la vecina que había llamado al patrullero.
Poco después, el  alba sorprendía a los asistentes, unas ancianas transitaban para asistir a la misa de primera hora, algunos parranderos regresaban a sus casas llevando sendas bolsas con pan.
-Lo siento cariño, la cerveza se acabó… -respondía Lucila a unos clientes que buscaban  aplacar su pernicioso vicio.
A un costado Ruperto terminaba de barrer el suelo, añadió cierta dosis de creso a unos  baldes con agua y procedió a fregar  el suelo, quince bolsones de basura lo miraban como mudos testigos de su labor; mientras, en su casa Lucila hacía y deshacía sumas y restas, números y  tachaduras de insecto sobre un exhausto papel, de pronto sus ojos se llenaron de lágrimas, había alcanzado su objetivo, agradeció al Altísimo.
Horas después, la morocha asistió a misa, pagó a sus acreedores y  se dirigió a un establecimiento comercial donde entregó con emoción y nostalgia sus billetes, al fin tenía su ansiado televisor  de catorce pulgadas; de regreso,  mientras Ruperto llevaba sobre su hombro el preciado bien, Lucila  alucinaba ver novelas y demás series  en compañía de sus vecinas.
-Dame el televisor carajo –dijo el marido.
-Estoy viendo mi novela –contestó Lucila.
Una semana después volvían a discutir los cónyuges; el moreno exigía ver un partido de fútbol con sus amigos mientras su mujer se  atrincheraba en su dormitorio.
El  fornido consorte vocifera con  imponente  voz, la mujer se negaba a prestarle el referido bien; agotados los esfuerzos pacíficos la decidida mujer salió al frente con un palo y emitió tal cantidad de improperios que de cada diez palabras se escuchó por lo  menos once lisuras; más que poseer  el televisor  al marido le dolía el qué dirán de sus amigotes; finalmente  intervino la comadre  y las aguas de aquietaron.
De este modo Alberto concluía su e-mail,  esperaba satisfacer  las preguntas de sus amigos,  creía haber  dejado  en  claro lo que es “una pollada”.




1.     Cuy: conejillo de indias (mamífero roedor)
2.     Chicharrón: En Perú, carne de cerdo (costillas o panceta), hervido y luego frito en su propia manteca.
3.     Pachamanca: Carne, tubérculos y otros  condimentados con ají y hierbas,  que se asan entre piedras caldeadas  en un agujero que se abre en la tierra.
4.     Huancaína: salsa que acompaña el plato llamado papa a la huancaína: sal, cebolla, ajo, galleta, queso fresco, leche y ají amarillo.
5.     Sarza (salsa):   En Perú salsa criolla a base de ají, cebolla roja cruda, limón y sal. En la costa norte peruana se suele llamar sarza.
6.     Ají Limo: Variedad de Capsicum chinense con alto contenido de capsicina, muy apreciada en la gastronomía del Perú para la preparación de cebiches por su aroma frutal
7.     Huacatay: Especie de hierbabuena americana, usada como condimento en algunos guisos.
8.     Rocoto:   Planta herbácea de la familia de las Solanáceas que da un fruto grande, de color rojo, verde o amarillo,  muy picante.
9.     Ají amarillo: Capsicum baccatum, también llamado ají escabeche, color mas naranja que amarillo, es base para diversos platos de la cocina peruana.
10.   Cebollita china ó cebolleta: Cebolla común que, después del invierno, se vuelve a plantar y se come tierna antes de florecer.
11.   Cancha: Maíz tostado es un bocadillo típico de la gastronomía  andina, se tuesta maíz seco  en olla de barro con poca manteca y se añade algo de sal.
12.   Papa huayro: exquisita variedad de patata que se cultiva en los Andes (semi- arenosa).
13.   Papa amarilla: exquisita variedad de patata que se cultiva en los Andes (arenosa).
14.   Terruco (terrorista): Vulgarismo. Que practica actos de terrorismo.
15.   Aguadito: Sopa de menudencias de pollo con arroz  donde destaca, el sofrito  y el culantro.
16.   Choro: Vulgarismo, chorizo, ratero.

Gelatinas y pepinos a las tres de la mañana

                      Ricardo Ormeño


                      Unos aparentes gritos o tal vez lamentos se oyen a cierta distancia, sin embargo Jorge no les da la importancia que se merecen, simplemente se encuentra fascinado, extasiado, realmente emocionado por estar allí; a su lado se encuentra César uno de sus entrañables amigos de la infancia y de todas las travesuras y aventuras que uno se pueda imaginar.
-¡César!… ¡César!… ¡por fin lo logramos, estamos aquí, es real! –expresa Jorge casi eufórico cogiéndose sus muslos intentando luego dar unas pequeñas palmadas en la espalda a su rollizo acompañante sin siquiera mirarle la cara, que más bien es lo último que le interesa en ese momento, sin lograr alcanzarlo a pesar de estirar totalmente su brazo derecho, pero eso no es relevante, concentrarse al máximo y poder deleitarse con el escenario donde se encuentran es su objetivo; Jorge percibe la presencia de un gran ventanal detrás de ellos desde donde se puede observar con mucha nitidez un cielo espectacularmente estrellado con la especial sensación de aquella singular, sutil y constante brisa en sus rostros al no hallarse ninguna luna de vidrio o ventana propiamente dicha. Todo el ambiente es de paredes de piedra, una iluminación muy sui géneris se observa en todas las áreas, Jorge no puede determinar realmente de donde proviene la luz pero tampoco le importa mucho simplemente anima a su pareja de aventuras a dar un paseo rápidamente por aquel lugar; desplazándose por aquellos pasillos sin evitar sentir un ligero temor mientras avanzan por los empedrados corredores.
-¡César….estos son calabozos…mira esas celdas…me parece que hay personas allí quejándose! –expresa con sorpresa pero con entusiasmada voz mientras deambulan por aquellos pasajes, donde segundos más tarde, un corpulento individuo de rudas facciones y vestido con un chaleco de aparente cuero de color marrón oscuro algo deteriorado, pasa al lado de ellos sin mirarlos dirigiéndose hacia las toscas rejas de metal de la última celda del corredor cogiéndolas con sus gruesas manos dando la impresión que desea dirigirse a alguien que los aventureros  no logran ver.


                           El misterioso escenario empieza a desvanecerse rápidamente, Jorge siente que la brisa que roza su rostro se torna más fría. Por un par de segundos todo se oscurece y ante su asombro, se encuentra ahora sentado a la cabeza de una larga mesa de mantel blanco, César se localiza a su derecha, inerte, con los ojos cerrados.
-¡Está como dormido! ahora entiendo que no me haya dicho nada… prácticamente he tenido que jalarlo para recorrer los pasajes de las celdas –piensa Frías mientras observa que en la amplia mesa se encuentran sentadas seis o siete personas más, todos con túnicas blancas, de pieles bronceadas, barbas, cabellos canos y largos, con serias y a su vez apacibles miradas pero  ninguna dirigida hacia Jorge. Un individuo vestido de oscuro se acerca a su izquierda. No vayas a preguntar mucho o mejor nada, pueden percibirlo como una falta de respeto, recuérdalo.
-¿Dónde estamos? –pregunta Jorge al joven y singular personaje de negro al percatarse que dicha mesa se encuentra suspendida en el aire,  en una de las aceras de una gran avenida de apariencia comercial y moderna que no logra reconocer, contrastando totalmente con el conservador y tal vez antiguo ambiente donde se encuentra sentado, obteniendo de aquel desconocido sujeto, sólo una sonrisa pero ninguna respuesta.  Ante tal silencio, Jorge concentra su mirada en las inmensas masas de gelatinas colocadas sobre soportes metálicos figuradamente de plata imitando a las grandes tortas utilizadas en los onomásticos, todas ellas rodeadas de diversas bandejas del mismo material conteniendo innumerables rodajas de algo semejante a blancos pepinillos; Frías  no intuye nada y dirige su mirada nuevamente hacia aquella persona erguida a su siniestra como fungiendo de mozo en algún lujoso pero ajeno restaurante.
-Debe comer, necesita energía  -acota el supuesto servidor ante el asombro de Jorge al haberle dirigido la palabra. No hables mucho por favor, no preguntes.
-¿Por qué debo comer? son sólo gelatinas y pepinos –cuestiona Frías menospreciando el ágape.
-El viaje es largo y necesita mucha energía –afirma el enigmático individuo- Es hora y media de recorrido … usted despertará a las tres… -sugiriendo a Jorge de manera entrecortada ingerir esos insólitos pepinillos que al llegar a su boca experimenta una vez más el frígido pero tenue viento mientras la atmósfera comienza nuevamente a ensombrecerse. Jorge despierta en su cama donde no se había recostado sino literalmente desfallecido casi vertiginosamente luego de regresar de una reunión con sus amigos de la Universidad; se encuentra agotado, exhausto a pesar de sus dieciocho años de edad y en su mente sólo mantiene la fija idea de las tres de la mañana.
-Debo ver mi reloj me dijeron que despertaría a las tres…maldición creo que lo dejé en el piso, me pesa todo pero debo encontrarlo –medita el muchacho mientras lucha por hacer un esfuerzo en buscar a ciegas su reloj de pulsera girando su cuerpo hacia la izquierda hasta quedar boca abajo alargando su brazo derecho y moviéndolo de lado a lado para poder ubicarlo.
-¡Luz!… ¡Luz!… necesito la lámpara de la mesa de noche…vaya por fin el interruptor del demonio… ¡diablos son las tres de la mañana como me dijeron!… ¡desperté a las tres de la mañana! …¡esto es increíble! –concluye el joven estudiante sin hacer el menor ruido para no interrumpir el sueño de su hermano que dormía plácidamente en la cama adjunta y con quien compartía la habitación hacía muchos años. Tranquilo Jorge trata de descansar y mañana estudiarás mejor tu experiencia, no te olvides que has tomado licor en la reunión y tus apreciaciones pueden ser apresuradas y ligeras.
-¡César! debo llamarlo… pero es muy tarde…sé que se despertaría,  pero… ¿Si su papá o su mamá contestan el teléfono y no él? –se pregunta varias veces hasta abandonar la idea y tomar el ahora difícil camino para conciliar el sueño.


                                     Bien Melchor creo que ya voy a terminar de curarte, cada día estás mejor, realmente tuviste mucha suerte, pintar las paredes del sótano de un gran barco y que tu compañero encienda un soplete…no lo entiendo –comenta el doctor Frías a su paciente con grandes quemaduras mientras le realiza la curación.
-La verdad nunca lo habíamos hecho, él arreglaba lo suyo y yo me limitaba a pintar las paredes del almacén del sótano pero tomando mi distancia…no cerca, nunca pensé que esas pinturas botaran gases inflamables y con el ambiente totalmente cerrado… –explicaba Melchor al doctor.
-Sí, fue trágico y muy  lamentable que tu compañero falleciera sin embargo me alegro que te encuentres mejor, eres muy valiente Melchor, te felicito por ello –comenta el médico a su paciente tratando de estimularlo, motivarlo para seguir adelante y terminar de saltar el obstáculo que significan las quemaduras de segundo y tercer grado en porcentajes importantes.


                                  El aventurero soñador se alza muy temprano, apenas durmió unas pocas horas y de manera interrumpida lo que origina que sus condiciones físicas se vean mermadas, sin embargo lo primero que decide es precipitarse hacia el teléfono y realizar la llamada que ambicionó durante la madrugada. César es quien responde. Sin dudarlo, Jorge le propone visitarlo en su casa y dialogar un poco, total es domingo y al parecer no hay programa alguno salvo tratar de curar la clásica resaca estudiantil.
-¡César, que tal!  ¿Cómo estás?... ¡medio dormido al parecer! –saluda alegremente el contemplativo joven tratando de ocultar el poco descanso que tuvo la noche anterior.
-Bien, dormí temprano y plácidamente no como tú que veo que anoche estuviste de juerga o algo así –comenta su eterno compañero de aventuras observándolo sesgadamente mientras enciende su primer cigarrillo del día invitando a su vez al ansioso visitante a servirse un café.
-¡Dime César! ¿Dormiste bien ayer, soñaste algo especial anoche? –pregunta el futuro facultativo con  insistencia y a su vez cierta incomodidad.
-Sí muy bien, como te digo dormí plácidamente y no recuerdo nada especial, sólo soñé por un rato que me encontraba en un inmenso jardín y totalmente tranquilo –comenta César sosegado disfrutando del aroma de su café y de las bocanadas de humo producidas con su cigarrillo.
-¿No soñaste con calabozos, mesas de comida, monjes o que se yo? –pregunta el joven Frías mostrando cierta angustia e inquietud por oír alguna respuesta que se relacione con su extraña experiencia.
-No, como te digo sólo recuerdo un placentero sueño y nada más –responde el fiel compañero, pausado y con total seguridad.
-¡Bueno, entonces te voy a decir lo que me sucedió anoche! –interviene el aspirante a galeno acomodándose en el sofá, e iniciando la afanosa narración de lo acontecido unas cuantas horas atrás.


                                   Bien, creo que basta de crema, vamos a vendarte y así habremos concluido con tu curación de hoy –afirma el doctor Frías con agrado al observar que el pobre Melchor evoluciona favorablemente, habiéndose salvado no sólo del voraz incendio en aquel almacén del barco mercante donde intentaba ganarse la vida haciendo lo único que aparentemente sabía…pintar, sino también de haber sorteado la muerte por segunda vez al haber reaccionado favorablemente a las maniobras de resucitación tras el paro cardiaco sufrido en la sala de operaciones al intentar en él una limpieza quirúrgica de emergencia a los dos días de su hospitalización; su corazón efectivamente se detuvo sin embargo una vez recuperado su habitual ritmo, la decisión de los cirujanos fue la de continuar con el acto quirúrgico y salvar la vida nuevamente del humilde desdichado. El doctor Frías, todos los médicos e incluso las enfermeras responsables del infeliz pintor de paredes, habían decidido no mencionarle esto al paciente para no aumentar su angustia y tensión emocional, tan importante en estos casos, Melchor estaba luchando y lo hacía bien, así que todos resolvieron que aquel penoso suceso acontecido en el quirófano se lo harían saber una vez se encuentre totalmente recuperado.
-Gracias por atenderme, en realidad les agradezco a todos aquí, sólo que usted hace entretenida la curación, con cada historia que me cuenta… –expresa muy cariñosamente el sufrido pintor al doctor Frías mientras éste se encuentra concentrado en terminar de vendarle las extremidades.


                                  Jorge se encuentra a punto de terminar la historia cuando abruptamente es interrumpido…
-Un momento, quieres decir que en tu sueño ¿Yo me encontraba medio dormido como sonámbulo y no veía ni participaba de nada?  -preguntaba César mientras agota su tercer cigarrillo de la mañana.
-Sí, estabas y como si no estuvieras –continúa el potencial cirujano siendo detenido nuevamente por su camarada.
-Ahora entiendo lo extraño de todo esto, mientras tú estabas en todos esos lugares, yo me encontraba en un inmenso y tranquilo jardín, es decir te acompañé pero no estuve allí –comenta César tratando de llegar a una inteligente y profunda conclusión.
-Sí he pensado en ello, creo que te pusieron para darme valor o confianza en seguir y nada más… sin embargo no hay manera de comprobarlo –interviene el aprendiz de medicina estirando las piernas sobre el mueble haciendo un gesto de disgusto por las suspensiones sufridas.
-¡Espera, ahora que recuerdo, cuando dijiste las tres!...recuerdo que abrí los ojos a eso de las seis de la mañana… tome un sorbo de agua y traté de seguir durmiendo pero no sé por qué  cogí el reloj y me parece, ¡Me parece!... –César sale corriendo de la sala, sube las escaleras y entra a su habitación como un rayo, de igual manera baja hacia Jorge.
-¿Qué pasa, qué traes? – pregunta con suma angustia el flamante y lozano universitario levantándose bruscamente del sillón.
-¡Mi reloj!… ¡se detuvo anoche a las tres!... ¡esto es casi imposible!... ¡me lo regaló mi papá y nunca ha fallado en tantos años!… ¡maldición que coincidencia…diablos! ¿Qué has hecho Jorge? –mira asustado su reloj el tembloroso socio de Frías, colocándolo en la mesa delicadamente como si se tratara de material explosivo tratando inmediatamente de encender su cuarto cigarrillo sin poder hacerlo.


                                  Terminamos mi querido amigo, basta por hoy –concluye el galeno mientras se retira el par de guantes estériles que utilizó para la atención de Melchor.
-Vaya historia, la vida tiene cosas extrañas…muy extrañas mi querido doctor –expresa pensativo el desdichado y estoico paciente como queriendo recordar o animarse a decir algo.
-Así es Melchor por eso a veces trato de olvidar o no hacer caso a todo lo que nos sucede de manera sorprendente, para no detenerme a pensar en lo que nunca resolveré y aprovechar el tiempo para temas que si sé que puedo resolver, como curarte por ejemplo –acota el cirujano.
-Creo que le tiene miedo a lo desconocido doctorcito por eso no quiere meterse en esas cosas raras, pero no debería tenerlo todas las experiencias de la vida son por algo –afirma el desventurado personaje mirando con detenimiento al cirujano.
-Bueno Melchor creo que ya no estamos hablando sino filosofando sobre la vida el mundo y que se yo, mejor me voy que tengo que seguir atendiendo a otros pacientes, ya mañana te contaré otra historia –promete el facultativo, expresando una sonrisa de satisfacción al ver a su paciente bastante animado a pesar de su desgracia.
-Bien doctor como usted guste, pero sólo le pido un favor… ¿Puedo hacerle una pregunta? –interviene el infortunado mirando fijamente al apresurado Frías.
-Como no, Melchor pregunta lo que gustes –responde Jorge mientras se retira el mandil.
-Cuando se encontraba sentado en la mesa y le dicen que coma… ¿Comió los pepinos? –pregunta el desventurado enfermo cogiéndole la muñeca a Jorge Frías sin poder ejercer una vigorosa  presión debido a sus lesiones.
-¡Sí, claro… las comí! –responde el médico haciendo un gesto de preocupación ante la actitud de su paciente.
-¿Eran como jebe?… ¿Se estiraban al querer morderlas?... ¡como algo elástico! –se preguntaba y afirmaba a la vez el pobre infeliz soltando la muñeca del doctor lentamente y llevando su mirada hacia la pared.
-¡Sí…eran así!... ¿Cómo lo sabes Melchor? –pregunta ahora totalmente desconcertado el aún joven cirujano buscando la mirada de su paciente esperando una pronta respuesta.
-Doctor ese sueño… ¡Lo tuve!… durante la operación… el día que usted me llevó a sala de operaciones… yo comí esos pepinos.
     

miércoles, 10 de agosto de 2011

Tucker y mi abuelo

Clara Pawlikowski

Con las licencias que me permite Abraham, el vendedor de periódicos, comencé a hojear algunos. Decidí mi compra, no por los titulares de las primeras páginas como usualmente lo hago, sino por la fotografía que observé casi a la mitad en uno de ellos.
No llevaba puestos los anteojos así que al personaje  lo confundí con Miguel Grau. Tenía la barba tupida,  la frente amplia y rastros evidentes de calvicie por sus pronunciadas entradas. Los ojos bordeados en la parte superior por cejas anchas y tupidas mostraban grandes bolsones en sus párpados inferiores. Una mano  escondida en la levita y en la otra tenía un guante.
 La foto era de color sepia. Parecía vestido con un uniforme de gala, con un frac entallado con cuello tipo Mao bordado con galones e infinidad de botones tanto adornando las mangas como la parte central de la pechera, en esta caían en paralelo desde el cuello hasta el borde inferior. Quizás fuesen plateados o dorados. En los hombros lucía gruesos canelones. Sólo se le veía medio cuerpo.
Cuando me puse las lunetas, me di cuenta que no se trataba de Grau, su cara afinada distaba mucho de la faz redondeada del marino piurano. Pude entonces leer las letras pequeñas colocadas en la base de la foto. Se trataba de John Tucker.
¿John Tucker? ─me pregunté.
Era el mismo del cual mi abuelo me contaba largas historias cuando refería que las primeras cartas hidrográficas de la cuenca del Amazonas fueron hechas por un norteamericano.
Mis evocaciones son vagas, algunas  recuerdo. A pesar de sus ochenta y pico de años, mi abuelo Don Julio Reátegui González tenía una mente muy lúcida. La verdad sea dicha, nunca confronté sus historias con libros ni revistas.
En ese entonces yo tenía alrededor de doce años y empezaba la secundaria. Mi abuelo era entretenido, cualquier hecho lo relataba de forma amena; en realidad fuimos cómplices, durante el verano con las propinas que me daba podía comparar helados D’Onofrio y en las épocas de colegio cajitas de sublimes para mis loncheras. Todo esto por el solo hecho de acompañarle  en sus caminatas por el malecón de Miraflores.
Allí teníamos una banquita preferida frente al mar, él pegado a un extremo y yo estirado en el resto recostando mi cabeza sobre sus piernas. Mientras me contaba sus historias, sentía pasar sus temblorosos dedos entre mis cabellos, a veces hasta quedarnos dormidos.
Vivíamos en la parte antigua, cerca del faro.
Alguna vez me dijo que Tucker apareció cuando los españoles quisieron volver a gobernar el Perú. Lo contrataron para poner orden en la armada peruana y entre los chilenos que en esas épocas eran nuestros aliados.
Los marinos peruanos eran indisciplinados y carentes de hábitos militares ─me decía ─por eso se pusieron de acuerdo los gobiernos de Perú y Chile para contratar a Tucker que llegó a ser Contralmirante de la Armada Peruana durante la guerra con España. Luego de la guerra Miguel Grau, Montero, García y García se negaron a aceptarlo por eso Prado le mandó al Amazonas, encargándole la jefatura de la Comisión Hidrográfica.
Yo no quería saber sobre la indocilidad ni de los chilenos ni de los peruanos, me atraía la aventura. Por eso siempre le preguntaba acerca de la travesía de Tucker desde la costa hasta llegar a Iquitos. Viajó en mula hasta Huánuco, continuó hacia Chanchamayo y en el vapor El Tambo a través del río Pachitea llegaron a Iquitos.
─Iquitos era pequeño, tenía pocas calles. En los mapas de ese entonces no figuraban algunos ríos de nuestra Amazonía. Cuentan infinidad de anécdotas de este hombre y de lo que dijo durante su viaje y su estadía en Iquitos: que fue perseguido por caníbales,  que una epidemia de viruela diezmó a la población indígena local, que un incendió casi acabó con la ciudad, que no había jueces y que los prefectos esclavizaban a los indios.
 Aprendí  también con mi abuelo que Tucker nunca fue reconocido por su labor, renunció porque tuvo problemas con sus pagos, vivió siete años viajando por los ríos hasta que concluyó su labor. Tucker localizó el punto navegable del sistema fluvial oriental más cercano a Lima: el río Pichis. Los mapas de Tucker fueron publicados por Raimondi.
Marina, mi hermana mayor, era incrédula, ella ya había ingresado a la universidad y seguía cursos de historia. Un  día me dijo:
─Mira Daniel, mejor lees un poco porque el abuelo mescla las cosas a su manera ─ella era más racional, más independiente y ya fumaba cigarrillos.
Empecé con Tucker y sus mapas hidrográficos pero el recuerdo de mi abuelo lo tenía a flor de piel. Será porque aquel día continué caminando lento y me dirigí al malecón, ya no había sol, la tarde estaba fresca, abrí el periódico y ahí estaba Tucker. Entonces me acordé de los sublimes, de los helados D’Onofrio y sentí las manos de mi abuelo enredándose en mi cabello.