miércoles, 17 de noviembre de 2010

La Médium

Gianfranco Mercanti

Siempre me llamó la atención el olor de los hospitales, es una mezcla peculiar entre el alcohol y el formol. Lo vinculo no sólo con el color blanco y lo estéril, sino con los momentos de mayor fragilidad de la existencia. Momentos en que ese equilibrio entre la vida y la muerte se vuelve precario. El médico me acaba de decir que han extirpado mi pulmón izquierdo invadido por el cáncer, y que el patólogo deberá dictaminar sobre mis ganglios, antes de darme de alta.
Soy un hombre de ciencia, y como tal siempre le busco una explicación racional a todos los fenómenos. Sin embargo, no puedo negar que he sido testigo de hechos para los que la ciencia no tiene una justificación. Les contaré uno de ellos, respecto del cual solo me queda pensar que existen niveles de conciencia y de energía muy sutiles, a donde la ciencia aún no ha llegado.
Mi sobrina Yolanda fue desde niña muy delgada y nerviosa. Luego de cumplir los seis años, mi hermano Mario  me había confesado su preocupación por ciertos trastornos mentales que observaba en su pequeña hija. Más de una vez la había encontrado como delirando y hablando con una voz que no le correspondía. Cuando luego le preguntaba por qué lo hacía, simplemente se encogía de hombros.
Me explicó que estos episodios se iniciaron desde que se mudó a la casa que ocupaba, una residencia estilo tudor de dos pisos y buhardillas en Miraflores. Era una casa muy antigua y húmeda, de la que recuerdo vívidamente el olor a petróleo con el que limpiaban sus pisos de madera.  
Empecé a frecuentar más la casa de mi hermano, a fin de ser testigo de uno de estos trances y poder determinar de qué se trataba exactamente. Sin embargo, nunca ocurrió nada extraño, ni Mario me volvió a tocar el tema, por lo que juzgué que él mismo había comprendido que se trató de algún juego de Yolanda, con el propósito de llamar la atención.
A principios de los setenta falleció mi hermano Mario, y pocos meses después su esposa Rosita. Lamentablemente, en aquella época me encontraba trabajando en la mina Orcopampa en las alturas de Arequipa, a diez horas de la ciudad. La distancia y las precarias comunicaciones de la época ya me habían apartado bastante de mi hermano y su esposa. Me enteré tardíamente de sus funerales; sin embargo, me confortó saber que se fueron tan serenamente como vivieron.
Cuando regresé a Lima, fui a ver a Yolanda, ya era una mujer de treinta años, pero seguía delgada y nerviosa, como la recordaba. Hablamos largamente acerca de sus padres. Disfruté relatándole muchas anécdotas de la niñez de Mario, que ella no conocía. Ella me contó de sus noviazgos frustrados,  su trabajo como maestra, y su relación con el más allá, donde –según me dijo- estaban sus padres  velando por ella.
La verdad es que no quise entrar en polémica con ella, y menos revelarle lo que Mario me había contado años atrás. Si sus creencias eran un consuelo para ella, pues qué derecho tenía yo para desilusionarla, para decirle  que sus padres ya no estaban más y punto. Pero no pude dejar de mostrar una sonrisa cuando me habló de las sesiones de espiritismo y me invitó a participar en una de ellas el sábado siguiente.
Un poco por divertirme y pasar el tiempo, fui a la sesión. Cuando llegué, Yolanda me esperaba vestida de blanco, y me presentó a varias personas, que a juzgar por sus conversaciones no eran muy equilibradas. Yo había escuchado hablar de la Ouija, muy de moda por aquel entonces, y esperaba que alguien -conscientemente o no-, moviera el vasito, marcando las letras en el tablero. Pero aquí no había tablero ni copa, solo una mesa negra de tres patas, y una de las invitadas con una libreta y un lapicero. Ella se sentaba aparte, a metro y medio de la mesa.
Nos tomamos todos de las manos y luego de rezar tres padrenuestros, Yolanda empezó a invocar a los espíritus. Durante quince minutos no  pasó nada. Hasta que sonó algo en dirección a una de las paredes de la sala, como si rasparan la superficie de una madera con un peine. Repentinamente, y para mi sorpresa, la mesa se elevó aproximadamente diez centímetros, y los presentes empezaron a cantar las letras del abecedario. Cuando la mesa caía, la mujer que tenía la libreta apuntaba.
Aprovechando la penumbra y que todos los presentes tenían cerrados los ojos, empecé a ver bajo de la mesa, para descubrir el mecanismo que la levantaba. Para mi asombro no lo había. Y ninguno de los presentes tenía forma de hacerlo: Nadie soltaba sus manos, ni las movía. Al terminar la sesión me ofrecí a cargar la mesa, y de paso ver si existía algún medio de izarla que me hubiera pasado desapercibido, pero no. Era una mesa sin artificios que pudieran explicar lo ocurrido.
Ello, movió solo mi curiosidad e interés. Sin embargo, lo que para mí hoy tiene un sentido claro, y que efectivamente me ha convencido que el fenómeno que viví  es verdadero, aunque científicamente inexplicable –por el momento- fue  el texto del mensaje que leyó la mujer que apuntaba: ¨Hermano, sácate ese pulmón. Mario¨ .

viernes, 12 de noviembre de 2010

La corona de Zafiros

Ana Alemán Carmona


Todas las miradas estaban puestas en la joven Reina, era hermosa y la túnica verde de terciopelo hacía resaltar sus delicados rasgos, en la calle principal de Piro la muchedumbre se agolpaba para ver su paso y para admirar, como antes a sus predecesoras. Althea sabía que no sería una tarea fácil la que el destino le encomendaba, no se sentía cómoda todavía en el puesto ni con su nueva vida, se sentía sola, lloraba todas las noches, el miedo se apoderaba de su cuerpo.

Zoe despertó de repente, agitada y sudorosa, siempre el mismo sueño, la habitación estaba en silencio, Althea dormía en la cama de al lado en calma, mientras ella se debatía entre  decirle o no a su hermana sobre estos sueños, temía que fueran en realidad profecías, pero si Althea era la elegida por qué aparecía tan triste y desolada, por qué ninguno de ellos aparecía en escena, era extraño, ya no podía con el peso de llevar esa carga  acuestas así que decidió contárselo a Santino.

-¿Solo la ves caminar por la ciudad o escuchas alguna voz? –Santino parecía preocupado por lo que le acababa de contar Zoe, conocía el poder de las profecías y le asustaba el no poder encontrar sentido en lo que estaba oyendo.
-No hay voces, la gente grita y da vivas pero no hay más, solo ella caminando, la tristeza es algo que percibo en el sueño, su mirada parece vacía, sin vida.
-Tal vez no estás viendo a una reina viva sino el cortejo fúnebre de una. Dices que va vestida de verde, ¿verdad?, este es el color con el que se entierra a los reyes en Piro, al menos a los de la casa de San Mauricio –Zar apareció como un fantasma en la sala, había estado escuchando la conversación desde la puerta.
-No tiene sentido, ella camina no la llevan en un ataúd y además no somos San Mauricio –dijo con cierto malestar Zoe.
-Metáforas pequeña, metáforas. Pero tienes razón en una cosa, ustedes no son hijas del Halcón, ¿alguna idea que puede significar el color verde, o la corona de zafiros para los Lantinori? –Miro a sus compañeros y notó que ninguno tenía la menor idea de lo que ella estaba hablando- imagino entonces que deberé meter mis narices en la biblioteca, aunque no sería mala idea que ustedes también decidieran leer de su propia historia con más frecuencia.
-Zoe ¿ya le habías contado a Zar o Anjou sobre tus sueños?
-No, es la primera vez que lo hago ¿Por qué?
-Porque tu no has mencionado en todo este tiempo ninguna corona de zafiros –Santino salió de la casa rumbo al palacio de los Duvall, un viejo edificio en el casco antiguo de la ciudad donde aún Vivian algunos Guillon, y donde estaba claro la biblioteca del Dr. Duvall, sospechaba que Zar sabía más de lo que casualmente había dicho.

Era cierto Zar había tenido sueños similares a los de Zoe durante varios meses, en realidad desde la noche después de la batalla de los Vlassov. De pie en medio de la maravillosa biblioteca de Bernardus, permanecía tal cual la dejó, su mirada  estaba fija en los lomos de cuero curtido de los libros pero no prestaba atención a lo que estos decían, las paredes de la biblioteca, antes tan acogedoras, ahora le parecían una cárcel de madera y ventanales amplios. El aroma a café se le confundía con el perfume de las flores del jardín y la hacia sentir asco, no toleraba esas sensaciones. Sudaba frío, las piernas le temblaban, no dejaba de jugar con la pluma sobre la mesa haciendo un ruido insoportable. No se había sentido así jamás en ese lugar es como si algo la echara fuera de allí, como si no fuera bienvenida. ¿Quién eres?, ¿qué quieres de mí?, me siento enferma no es normal, exijo que reveles tu presencia ahora o que te marches en paz de una buena vez.
-¡Exiges!, tú, mocosa impertinente, has logrado hacerme enfadar y eso nunca es bueno, no, no lo es, es perfecto como ahora pareces temblar, ¿qué tienes?, dime ¿me tienes miedo?, jajaja, esto es más divertido de lo que había sospechado –el fantasma estaba delante de ella, no podía identificar quien era, no lo reconocía, sus facciones no eran claras de todos modos, pero su voz era profunda, Zar nunca había tenido miedo de las apariciones, pero esta vez sentía que el cuerpo no le respondía a la altura de lo que debía. Retrocedió un par de pasos hacia la puerta, iba a salir de la habitación cuando se percató del escudo que estaba en el pecho de la espectral figura: una hidra, era la enseña de los Vlassov, podrán cortar su cabeza y nacerá otra idéntica, nunca podrán matar a la hidra, les decía Bernardus, ella misma llevaba un tatuaje con la enseña en el pecho.
-Eres un Vlassov eso es evidente.
-Y tú no lo eres, eso también es evidente, -aclaró la garganta y comenzó a decir en y tono empalagoso- Zarina Raiza Ovleskina, tus padres y hermanos murieron en un incendio, fue horrible, eso dicen –el espectro se acercaba a Zar mientras esta tragaba saliva, no recordaba nada de eso, casi ya había olvidado esos nombres, su pasado aparecía otra vez ante ella. Anjou escuchó los ruidos y se acercó a la biblioteca, entró y al ver la escena reconoció al fantasma, con el cual ya se había cruzado antes en su vida.
-Diablos Ilana, mira como dejaste a la pobre Zar, y no comiences a recordarme mi trágica historia, la dulce Anjou rescatada casi muerta del puerto, y bla bla bla, Zarina déjame presentarte, ella es Ilana Vlassov, la hija de Bernardus y madre de Lina. Se suicidó antes de que llegáramos aquí, pero nos conoce muy bien, verdad Lili te has dedicado a estudiarnos –Anjou hablaba y gesticulaba como si estuviera frente  a una de sus hermanas, Ilana le dio la espalda y volvió al librero, entonces tomó la mano de su hermana y trató de tranquilizarla, vámonos de aquí.
-No se acerquen aquí, no deben, no lo permitiré.

Zar le contó a Anjou sobre el sueño de Zoe y sobre sus propios sueños, mientras buscaban darle algún sentido a toda esa historia, Santino estaba en la vieja casa de los Duvall, entró a la biblioteca, y dio con el libro que buscaba, “La historia de las dinastías”, empezó a leer con calma el índice del viejo libro, había pedido a los que estaban en al casa que no lo interrumpieran, así que tuvo todo el silencio y el tiempo necesario para revisar el texto, no encontró nada importante, nada de coronas de zafiros ni vestidos verdes, ni marchas fúnebres, nada, estaba molesto, volvió a casa.

Todos parecían haberse concentrado en la búsqueda de algo que develara el misterio de los sueños de Zoe y Zar pero se olvidaron de Althea durante todo el día, ella misma había tenido premoniciones extrañas, y visitas repentinas, Ilana entre ellas, sobre todo de ella. Esa noche mientras todos dormían, Althea fue despertada por una voz dulce que la llamaba, ve a la biblioteca. Thea bajó las escaleras con cuidado de no desperar a nadie, Zoe, sin embargo se despertó y salió tras ella. Entró en la biblioteca, había un libro enorme en la mesa y una vela encendida, era obvio que querían que leyera los que fuera que estuviera allí. Se sentía un ambiente calmado, Zoe estaba mirando todo desde el umbral de la puerta, agazapada esperando que su hermana no la viera, el fantasma entonces se acercó y la dejó entrar, tú también necesitas ver esto, eres digna en todo caso, entra.

El libro tenía una imagen conocida por Zoe, Althea vestida de verde y con una corona de zafiros incrustados, ambas se abrazaron, Thea miró a su hermana y esta le contó los sueños, buscaban alguna información, algo que les explicara que era ese retrato, Ana entonces se acercó a las jóvenes y les dijo que no era Althea sino Leda Lantinori, muy parecida. La semejanza con Thea era asombrosa, los mismos cabellos, la piel, la expresión en la mirada.
-La única diferencia –dijo Ilana- es que tú no serás la reina Thea, los sueños que tu hermana ha recibido es por la conexión que tuvo con la Reina el día que tomó de su tumba el “libro de las almas perdidas”, Zoe fue la que hizo el primer contacto, eres tú la que será reina, si lo eliges y Leda te está mostrando cuán difícil es ese camino, porque desearía que no lo tomaras, que fuera otra persona, alguien más fuerte tal vez.  
-Pero Althea yo pensé además es igual y Zarina ella soñó con la corona y yo no lo hice entonces yo como sería reina es imposible pero tendría sentido soy la mayor pero Santino él es un Lantinori si no entiendo nada –no dejaba de hablar y caminar de un lado a otro del salón, desvariaba por momentos, temblaba.
-Zarina, si claro la rusa es muy sensible, sus padres fueron poetas reconocidos, claro eso ella no lo recuerda, solo su repentina muerte, los Guillon acabaron con ellos por un asunto tan trivial como una deuda, mi padre no soportó tanta injusticia y la adoptó, en fin no sé porque les habló de ella, sí, es sensible y está muy conectada a ustedes, imagino que percibió a Leda y esta se le manifestó también, ella ha visto más cosas que ustedes, capta mejor los detalles, está entrenada para hacerlo, por eso vio la corona, eso creo pero no estoy segura. Ya está llegando el momento en el que reclamaran el trono, eso si lo tengo claro, aquí en mi reino de sombras, se están moviendo muchos hilos, elijan bien.
-¿Quién debería ser si no es Zoe entonces? –Preguntó Thea bastante más calmada, parecía que el hecho de no ser candidata directa al trono le quitaba un peso enorme de los hombros.
-No lo sé, lo siento –Ilana desapareció y ambas se quedaron sentadas en la biblioteca esperando por el amanecer en silencio.

Durante el desayuno todo estuvo muy tranquilo, demasiado, Anjou fue la primera en romper el silencio, comenzó a contarles a todos sobre lo que pasó en la biblioteca con Zar y un ente muy quisquilloso que no la dejó revisar los libros, Santino se sonrió de medio lado, era una situación cómica vista desde fuera, para no reír y enojar a la sensible Zarina les dijo que no encontró nada tampoco en la biblioteca de Duvall. Thea y Zoe, no levantaban la mirada de sus platos, no comían, no hablaban, Anjou se percató de inmediato las tranquilizó y ellas comenzaron a decir lo que sabían entre lágrimas y sollozos.
-Entonces por eso no me quería allí, no era digna.
-Eso no es lo importante Zar, lo que les dijo es cierto, depende de la elección que hagan, el futuro de un reino está en sus jóvenes manos –Anjou, se tomaba la cabeza y miraba de reojo a Santino que ya se había levantado para ir a abrazar a las niñas.
-Si claro que entiendo Angie, es solo que es demasiado enredo, pudieron los sueños ser más precisos, ¿no lo creen?, ¿por qué dar tantas vueltas? –Zarina intenta encontrar algún razonamiento en medio de tanta confusión.
-Tal vez –dijo Althea interrumpiendo los pensamientos de Zar- tal vez es que la angustia que despertó en Zoe era la necesaria para entender el mensaje que recibiría, ella es osada y aventurera, un riesgo más no la amilana y ahora tiembla, más que lo que pudo ver creo que lo que sintió durante esos sueños es lo que la ha marcado, no es mi misma Zoe de siempre, no es la misma que tomó el libro de Leda, no ahora hay algo que la hace pensarlo dos veces –todos miraban a Althea les sorprendía que una joven de quince años pudiera tener pensamientos tan claros y profundos- en todo caso ninguno aquí ya es el mismo.

Dos días después llamaron por teléfono a la casa, Santino tomó la llamada, susurró algunas frases en francés y salió para buscar a Anjou o Zarina, los estaban citando a los tres en el Palacio, Elisa quería hablar con los cuidadores de las herederas, la voz no era amenazante ni cordial, era fría y muy directa, vengan  a las cinco de la tarde en punto, es importante, no hay trampas.

Era improbable que no hubieran trampas, no sabían que pensar, pero no tenían más opción desde que regresaron a Piro, seis meses antes, nadie los había fastidiado, era como si hubiera una tensa tregua entre la Reina y ellos, y ahora solicitaba su presencia. Esa tarde llegaron al Palacio de San Andrés con sus espadas prestas para la acción, fueron recibidos en el salón del trono por una reina Elisa bastante desmejorada. Lo que ellos no sabían es que la reina también había tenido esos extraños sueños, solo que ella sentía un dolor terrible en todo el cuerpo, Leda le pedía irse, abdicar y salir de Piro, dejar el trono y ese era el motivo por el que los mandó a llamar.

Apena los vio, mando salir a los guardias y se acercó a la mesa de mármol blanco que estaba cerca del trono, tomó una urna dorada y de ella extrajo una corona con incrustaciones azules, es la corona de los Lantinori, la entrego y con ella mi trono, no hay trampas, es lo que debo hacer, no me importa quien la vaya llevar ahora, mañana mismo parto lejos de todo esto y de ustedes, buena suerte y larga vida.

Parecía ser todo demasiado fácil, habían trabajado mucho pensando en que sería una transición sangrienta y allí estaba Estela, dando una muestra de grandeza y de vulnerabilidad, no podía más con la situación del reino, o era entregar la corona a quien pudiera dirigir el destino de Piro o era verlo destruido por el caos que su propia familia había ayudado a crear. Las maletas y baúles de Estela estaban en los pasillos del palacio, los guardias tenían órdenes de salir durante el cambio de guardia y reportase por la mañana al nuevo rey o reina, los únicos que no habían podido decir nada eran los ciudadanos, ellos los eternos ignorados eran una vez más pasados por encima. Los tres hicieron una última venia a la saliente Reina, era lo mínimo que se les ocurría debían hacer. Quedaron solos en medio del palacio más maravilloso que se hubiera construido nunca.

-Yo tomaré el lugar, si ahora toca reinar no expondré a ninguna de ellas, los San Mauricio todavía tienen aliados, y los Guillon, mi familia, está como decirlo, demasiado ávida de poder, sería un peligro, a mi no me importa, Ilana les dijo que elijan, que Leda esperaba a alguien más fuerte, entonces yo reclamaré el trono, será una transición –las demás asentían no era una mala idea después de todo.

Cincuenta años después

En los funerales del rey Santino todo el pueblo lloraba amargamente, había sido un rey justo y benevolente, había traído paz y progreso a un país acostumbrado a las guerras y a la pobreza, fueron años tranquilos, Anjou y Zarina, regresaron desde sus retiros en Medio Oriente para despedirse de su viejo amigo, y para ver la coronación de la reina Zoe.

Al final eligió reinar, eran tiempos mejores, y ya no tenía ningún sueño extraño desde hace mucho. Althea se había casado años atrás y vivía en el extranjero, también estaba allí, llorando la muerte de su querido hermano.

Una semana después fue coronada Zoe. El cortejo de la Reina fue seguido por todo el pueblo, las rosas y colores llenaban el ambiente de fiesta de esta coronación. Ella vestía la túnica verde de terciopelo y la corona con zafiros incrustados, sentía su espíritu en calma, y la certeza de que comenzarían cambios en Piro, ella no creía más en las monarquías, que mejor lugar que el trono mismo para comenzar a desmantelar este sistema, mientras veía a la gente en las calles, pensaba en la alegría que sentirían de saber que alguno de ellos podría ser el próximo que habitara el Palacio de San Andrés.

FIN

El apellido de Don Ramón

Rocío Vallejos


La noche ya estaba sobre la ciudad, hacía dos horas que no podía dormir y no dejaba de dar vueltas en la cama.  Alguna vez alguien le dijo que lo mejor en esas ocasiones era levantarse y hacer otra cosa.  Leer, ver un poco de televisión, escuchar música o si podía, hacer ejercicio.  No es bueno que estés en la cama con el insomnio encima”.
Tenía ya los ojos abiertos y pensaba sobre qué es lo que podía hacer.  Le costaba tanto levantarse de la cama debido al dolor urente que tenía en las rodillas, que de ninguna manera haría ejercicios.  Lo más probable es que terminara en el suelo. Escuchar música le gustaría, pero el equipo estaba en el piso de abajo y de sólo pensar en que tenía que bajar escaleras perdió el interés.  Leer sería una solución pero de igual manera, sus lentes estaban en el piso de abajo, en su escritorio, otra vez las escaleras eran su gran impedimento.  Lo único que le quedaba era ver televisión, tenía el control remoto sobre la mesita de noche, al lado suyo.  Tomó el control remoto y prendió el televisor.  ¿Qué programas pasarán a estas horas?, se preguntó.  Comenzó el “zapping” de siempre, película violenta, fútbol alemán, película de terror, programa de concursos en chino, programa en árabe, fútbol italiano, telenovela brasilera, telenovela mexicana.  Apagó el televisor.  ¡Esto no sirve! Se dijo a sí mismo.
Comenzó a pensar en su realidad actual, pero los pensamientos se fueron mezclando con recuerdos.
¡Terrible llegar a ser viejo!, sentirse tan inútil.  Mi madre decía en cambio ¡Que triste que es la vejez!  Soy más viejo que mi madre hoy en día.  Es gracioso lo que te hace la vida, comprendo a mi madre ahora, como si yo fuera su padre.  Pensar que cuándo era yo era joven me parecía tan quejumbrosa.  Pobre mi madre.  Lo que sentía era soledad, como yo la siento ahora. 
He trabajado tanto en mi vida ¿pero para qué?  Tengo sólo cosas.  El trabajo no me ha dado más que eso.  Algunas las he disfrutado mucho, es cierto, pero otras, la mayoría, están hacinadas en las esquinas de esta casa tan grande.   Era el orgullo de mi Paquita tener un hermoso mobiliario, heredado o comprado en los pocos viajes que pudimos hacer y ahora, no sirven sino para acumular polvo.  Ojalá los que me siguen puedan disfrutar de tantos muebles, aunque sea como antigüedades.  Tal vez puedan conseguirles hasta un buen precio y gastar el dinero en algo que les de placer, como viajar, conocer nueva gente con la que puedan conversar, disfrutar de un buen vino en esos momentos pequeños pero mágicos que tiene la vida, cuando se tiene juventud.
-¿Está despierto Don Ramón?, preguntó una voz suave que venía desde la puerta de su habitación. ¿Quiere una pastilla para relajarlo?
-Sí Amalia, estoy despierto como tú y no quiero ninguna pastilla.  Estoy pensando y tratando de recordar.
Amalia, era la enfermera de noche que Don Ramón tenía.  Había sido impuesta hacía dos años por su hija Cecilia.  Ahora le resultaba indispensable.
-Converse conmigo Don Ramón. Cuénteme cuando era joven, le dijo Amalia, mientras encendía una lámpara, de luz muy tenue, lejana a la cama.
Don Ramón lo pensó y se dijo que sí, conversar era uno de los pocos placeres que le quedaban.
-¿Sabías Amalia que mi familia vino con los conquistadores?
-No me diga, ¿desde tan antiguo vienen?
-Sí, desde muy antiguo Amalia, le contestó sonriente Don Ramón.  Recuerda que los que vinieron con Pizarro eran personas poco cultivadas. La indecencia y la ignorancia se fueron perdiendo con los años, diría yo. Digamos que las generaciones se fueron cultivando, como las uvas y hubo muy buenas cosechas que crearon buenas reservas y finalmente, le dieron algún lustre al apellido.  Es una tontería porque el primero que usó nuestro apellido era un vulgar ladrón, que de buena gana nos dejaría sin un quinto si resucitara.
Claro, nunca fuimos perfectos, en cada generación debo reconocer que hubo uno que otro traspié que tuvimos que ocultar como algo muy secreto, y sólo para mantener este bendito apellido. Pero la sangre se mezcla Amalia, y para eso no hay remedio.  A veces se mezcla para obtener un bien y a veces lo que obtuvimos fue tan malo que costó fortunas pagarlo. Y sin darse cuenta, Don Ramón dejaba de hablar para perderse entre sus recuerdos.
Amalia, que lo escuchaba con atención, cuando notaba que se perdía, lo traía de vuelta con alguna pregunta o algún comentario.
-Cuénteme más, Don Ramón.
Don Ramón volvía y continuaba con sus anécdotas.
Repentinamente comenzó a reírse sólo.
-Ahora ¿De qué se ríe?, preguntó interesada Amalia.
Don Ramón, sonriendo le dijo, ¿Te conté alguna vez sobre mi bisabuela?
-No, nunca Don Ramón.
-Mi bisabuela, era una mujer muy creyente, y en su época habían nativos, indios, como les decían en ese entonces, a los que ella daba instrucción religiosa.  Cuentan en la familia, que se sentaba en el jardín de la vieja casa, con todos los indios jóvenes, arrodillados a su alrededor y comenzaban a rezar el Credo.   Cuando llegaban a la parte de “y descendió a los infiernos”, había uno al que mi bisabuela quería mucho, llamado cristianamente Matías, que de paporreta repetía “diez indios a los infiernos  y siempre mi bisabuela le tomaba un pedazo de cabello, se lo jalaba y le decía “contigo once, Matías”.
Don Ramón reía.
Algo, al escuchar esta historia hizo cambiar el rostro de Amalia, quien con el entrecejo hizo que dos arrugas brotaran de su frente.
-¿Alguna vez se enteró cuál era el apellido de Matías?
-Se que el apellido de Matías fue Orco, porque aunque no lo creas formó parte de la familia.
-¿Será posible?, preguntó Amalia.  ¿Se murió el señor Matías?
-Seguramente se murió en algún momento, pero no mientras fue parte de la familia.  Es más, mi madre siempre me dijo que todos lo respetaban y querían mucho.  Era un hombre de bien.  Indio o no, la grandeza de espíritu siempre resplandece.  Te aseguro que debió ser de buena familia.  Hay cosas que sólo son transmitidas por la sangre.
¡Amalia, de tanto hablar contigo, ya me dio sueño!  ¿Ves que conversar es mejor que una pastilla? ¿Te molesta si la conversación la dejamos para mañana?
-Por supuesto que no, Don Ramón, respondió un poco confundida Amalia.  Mañana conversaremos.  Pero lo vamos a hacer más temprano, de manera que pueda dormir toda la noche sin despertarse.
-Me gustaría conversar de tu familia mañana Amalia ¿Qué te parece?
-Huy, le dijo Amalia, sorprendida, vamos a tener que conversar muy largo.  Mi familia viene desde la época de los Incas, es más antigua que la suya Don Ramón.
Don Ramón la miró, mientras se acomodaba la ropa de dormir
-Las cosas no han cambiado mucho en tanto tiempo ¿Verdad Amalia?
-No señor, no mucho.
Finalmente, Don Ramón, comenzó a dormir.
Amalia, lo miraba con cariño, como si mirara a su abuelo
Las cosas no han cambiado mucho, pero han cambiado las personas, pensaba Amalia, mientras apagaba la lamparita que encendió y a oscuras y sin hacer ruido, salió de la habitación de Don Ramón y se dirigió a la suya, que estaba al lado.  Tomó nuevamente el libro, que había dejado al sentir el televisor de Don Ramón y continuó leyendo.
Llegó la mañana y con ella el cambio de turno. Amalia conversaba con Marlene, la enfermera de día y le entregó el cuaderno azul dónde estaba anotado, con mucho detalle todo lo acontecido durante la noche.  Se fue sin despedirse de Don Ramón porque aún dormía. Tenía dos horas más de descanso por delante.
Amalia ardía en deseos de llegar a su casa y hablar con su madre. Tenía que preguntarle ciertas cosas que sólo ella sabía. Quince minutos más tarde de lo acostumbrado, cansada y medio malhumorada llegó a casa, después de comprar el pan del desayuno.
-Mamacha llegué, dijo en voz alta.
-Te has demorado mucho Amalia, le contestó una voz ubicada a su derecha. Me has tenido muy preocupada.
Amalia, reconociendo la voz de su madre se acercó a ella y le dio el beso de todas las mañanas.
-Es el transporte mamacha, había “muchisisima” gente esperando en los paraderos.
-Vamos a desayunar que tengo que ir al mercado a comprar lo del almuerzo.
Amalia trozó el pan chuta de todas las mañanas y se sentó con su madre a tomar café con leche. Quería preguntarle, pero no sabía cómo empezar. 
-Mamacha ¿Cómo era el cuento ese del tío Iyapa Orco?
-¿El Iyapa Orco?
-Sí, ¿Te recuerdas lo que lo que la mamita Chasca nos contaba?
-Pero eso es un cuento viejo, viejo, viejo. No sé si mi lo “arrecuerde” bien.
-Vamos mamacha, hoy pensé en el tío. Cuéntame.
-Iyapa Orco, era hijo de Kusi Orco, tenían todas las tierras del sur, en el Cosco. Era un wilaqucha (1) y con “muchisisimas” llamas con verde, negro y amarillo.  Kusi era el más importante llamero de la zona.  Si alguien encontraba una llama con esos colores en la oreja, tenían que devolverla al dueño.  A veces las llamas se pierden buscando ichu “numas”.  Cuando uno devolvía una llama perdida, Kusi Orco, siempre le regalaba una oveja al que la traía de “guelta”.
-Si mamacha pero ¿Qué pasó con Iyapa Orco?
-Un día el Iyapa Orco si perdió.  Unos “deician” que se lo llevó el Cóndor.  Otros “deician” que el zorro del monte.   Pero “ultimadamente” todos supieron que se lo llevaron al trabajo de casa de un hombre “muy importantísimo” en la capital.  Kusi Orco quería que su hijo regresara puis.  Tenía harto monte y animales para dejarle cuando tuviera que morirse.  Viajó el mesmito a la capital con tawa trun ka (2) llamas para dárselas al señor.  Pero no se lo devolvieron.  Al Iyapa le cambiaron el nombre, “yera” un sirviente más de la casa.  Con el tiempo al Iyapa le gustó el trabajo y se quedó en la capital.  La mamita Chasca contaba que estaba wayna (3) de la hija del señor de la casa.  La hija también waynadel”.  Pero a la hija del patrón le tocó wañuy (4) de parto.  Entonces él se “jue”.  Deicen” que para “la España”. Al Iyapa Orco nunca más se le vio.  Kusi Orco le dejó todito lo que tenía a su hermana Ima, tu “bisagüela” como “deicen” por aquí.  ¿Por qué tanta “preguntadera” Amalia?
-Es que estuve pensando toda la noche en el tío, ya te conté.
-Amalia, mejor duermes porque tienes que trabajar más tarde.  Yo te aviso para el almuerzo.
Amalia, se fue a dormir pensando que Don Ramón y ella tenían un pariente en común.  ¡Emparentada con Don Ramón!,
Se durmió sabiendo que durante la madrugada, cuando Don Ramón no pudiera dormir y se pusiera a conversar, ella podría contarle lo de Iyapa Orco.  Podría tal vez averiguar qué pasó con él.
El atardecer llegó y Amalia se arreglaba para irse a su trabajo. Sentía una emoción grande al pensar qué le contaría a Don Ramón sobre su pariente. Se despidió de su madre y a toda prisa se fue a conseguir el transporte que la llevaría al trabajo.
Ya en la habitación, recibió los últimos reportes de Marlene quién estaba preocupada porque durante el día Don Ramón no quiso bajar a leer a su escritorio.
-Está recordando mucho Amalia, le dijo y sabes que en una persona mayor eso no es buena señal.
Amalia, despidiendo a Marlene, dándole suaves golpecitos sobre la espalda, mantenía la cabeza gacha y asintiendo constantemente.
 -¡Buenas noches Don Ramón!
-Buenas noches Amalia. Has llegado justo para pedirte que me alcances los lentes que los tengo en el escritorio.  Esta noche voy a leer un poco.
-Como no, Don Ramón.  Enseguida vuelvo.  Y bajando a toda prisa se fue hasta el escritorio y recogió los lentes y el periódico del día.
-Don Ramón, le dijo, le traje también el periódico de hoy. Ya Marlene me informó que no lo ha leído.
Don Ramón no contestó.  Estaba ligeramente inclinado hacia un lado de la cama con un brazo colgando.
Amalia, apagó un grito en su garganta.  Don Ramón estaba muerto.  Jamás sabría de Iyapa.  Acercándose a Don Ramón lo acomodó, tomó el teléfono y marcó un número.
-Aló, ¿señora Cecilia?, sí, es Amalia, la enfermera de noche de su papá…
 
                                                                                                                                                       

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(1)  Caballero.
(2)  Cuarenta.
(3)  Enamorado.
(4)  Murió.

martes, 9 de noviembre de 2010

La Adivina

Gianfranco Mercanti

Cuando Narda llegó a Lima era apenas una jovencita poco agraciada. Sus padres la enviaron a estudiar enfermería en un instituto tecnológico y, a través de unos amigos, le consiguieron un cuarto en una pensión de mujeres en el centro de la ciudad. Era una casa antigua de quincha, de cuyas paredes húmedas y descascaradas se desprendía olor a moho.
La dueña del lugar, doña Matilda, era una viuda de unos sesenta años que a la muerte de su marido se las agenció convirtiendo la casa en pensión, y leyendo las cartas, para lo cual a ciertas horas se paraba en la puerta de la casa con su baraja española, buscando clientes. A Narda siempre le llamó la atención la seguridad como leía el futuro de las personas, le parecía un oficio más interesante que la enfermería.
-Doña Matilda enséñeme como leer el futuro -le decía Narda, cuando la encontraba sola, sentada en el viejo sofá de la sala fumando un cigarrillo barato, de esos que traían de contrabando.
-Hay hijita, es muy complicado, son años y años de estudio y dedicación -le contestaba Doña Matilda con su eterna voz gangosa, sin revelarle nada de su arte. ¿Cómo van  tus estudios?, le preguntaba, buscando cambiar el giro de la conversación, lo cual sabía hacer con maestría.
Un tarde,  Narda encontró a doña Matilda sola en el sofá  tomando ron, cosa que le pareció extraña, por lo que le preguntó si tomaba para celebrar o para olvidar.
-Por ambas cosas hijita. Hoy es mi cumpleaños y cómo verás ya nadie se acuerda. Una se envejece y va pasando al olvido… siéntate y brinda conmigo.
Fue entonces que por primera vez, doña Matilda le contó de su juventud, de su esposo, del hijo que perdió en un atentado terrorista. Finalmente, presa de los efectos del ron, y la insistencia de Narda, accedió por fin a contarle sobre su arte.
-No hijita, esto no se aprende en los libros, tienes que estudiar a las personas, y con el tiempo te bastará ver a alguien para conocerlo, por sus gestos, su ropa, sus anillos, todos los detalles te hablan, sino que nadie se detiene a escucharlos. ¿Las cartas? Es lo más sencillo, miras las cartas y dices lo primero que venga a tu mente, y después los clientes hacen cuanta tontería les recomiendo para cambiar su suerte -le reveló mientras reía a carcajadas.
Narda nunca olvidó esta revelación. Así, mientras trabajó como enfermera en el Hospital Dos de Mayo, se ejercitó en estudiar a los cientos de personas con las que trataba diariamente. Cinco años después, al ver que ya había aprendido lo suficiente, y que el negocio de la adivinación podía rendir más que lo que le pagaba el estado por trabajar todo el día, decidió renunciar para ser una adivina a tiempo completo.
Con sus beneficios sociales alquiló una casita en San Luis, y contrató publicidad en las páginas de avisos económicos de varios diarios locales. La fama no tardó en llegarle de la mano de personajes de la farándula limeña y políticos variopintos. Decían que por lo menos una vez al mes la recogía un lujoso automóvil para llevarla a palacio de gobierno, dónde permanecía largas horas.
Para mi buena suerte, cada día hay más ingenuos, y toda la gente sale satisfecha de mis consultas, porque les confirmo que hay traiciones, envidias, mujeres u hombres trigueños que son infieles, dinero en camino, viajes. Soy una artista, si doña Matilda me viera, estaría orgullosa de lo bien que aproveché su enseñanza, lo que a ella le faltaba era el marketing y las relaciones sociales que siempre dejan información que vale oro. Pobre vieja, terminó ahorcada con una media de nylon por una de sus inquilinas, y ella que se jactaba de conocer tanto a la gente. No la vio…
Narda no creía en adivinos, poderes o brujerías, pero a juzgar por su creciente clientela era considerada muy acertada en sus lecturas y trabajos. Cada vez que alguien le decía lo buena que era en su oficio, ella simplemente sonreía para sus adentros, y aprovechaba para ofrecerle un amuleto o seguro, por un precio exorbitante, que normalmente era pagado con gusto.
La incredulidad de Narda cambió, cuando una tarde un político –cuyo nombre mantendré en reserva- le pidió que eliminara a uno de sus adversarios, que buscaba inculparlo de ciertos desfalcos. Ella respondió que no hacía ese tipo de trabajos, que únicamente trabajaba con Dios y con los santos. Sin embargo, sus ojos parpadearon imperceptiblemente cuando el cliente le ofreció diez mil dólares contra resultados.
-Como le digo, yo no hago trabajos para el mal; sin embargo, tratándose de usted que es cliente antiguo y de la justicia de las razones que me dice, déjeme ver que se puede hacer -mientras extendía sus viejas cartas sobre un paño rojo en la mesa.
-Veo que su enemigo está protegido por el mismísimo diablo, mire esta carta, seguro hasta tiene pacto, eso hace difícil y muy riesgoso para mí lanzarle un hechizo de muerte, por el rebote ¿Me entiende? Yo podría hacerle el trabajo por diez mil, y contra resultado cinco mil más. El político aceptó de inmediato, y ella pasó a pedirle algunos cabellos de la víctima, y un adelanto para preparar la mesa. Quedaron en verse  cuando la luna estuviera en cuarto menguante, ahí mismo, a las doce de la noche.
El día acordado Narda lo esperaba en su casa con un muñeco de cera negra, que según dijo había bautizado con agua bendita de siete iglesias. Le colocó hábilmente los cabellos traídos por el cliente valiéndose de unas gotas de cera, y previo pago de lo acordado, empezó el ritual invocando con su maraca a un conjunto de fuerzas espirituales, a las que pedía la muerte inmediata de la víctima. Luego de cuarenta y cinco minutos ordenó al cliente pisar el muñeco con todo el odio que era capaz de sentir, tras lo cual lo despidió, no sin antes decirle que  enterraría los restos en el cementerio, antes que canten los gallos.
En realidad se fue a la cama y se quedó acariciando el grueso fajo de billetes durante largo rato, mientras reía y pensaba en las cosas que iba a comprar, hasta que finalmente logró conciliar el sueño. A la mañana siguiente, cuando estaba limpiando la habitación donde había realizado el ritual, y se aprestaba a botar los restos del muñeco que habían quedado en el piso, le llamó la atención un nombre que se mencionaba en la radio, era el nombre del enemigo del político, de su víctima.
¨… según trascendió, siendo aproximadamente la una de la madrugada, el congresista retornaba en su vehículo de una reunión familiar en localidad de Chaclacayo, cuando chocó aparatosamente contra un tráiler que se encontraba detenido y sin luces en medio de la pista, falleciendo instantáneamente…¨
No podía dar crédito a lo que escuchaba; no, no era una simple casualidad. Eran demasiadas coincidencias: La víctima, la hora y la forma de la muerte. Era claro que había muerto como consecuencia de su ritual, aunque la culpa ante los ojos de todos la cargaría el conductor del tráiler.
Empezó a sudar frío, su conciencia por primera vez le reclamaba algo, y ella buscaba aquietarla pensando que era imposible, que no tenía poderes, que el ritual lo había inventado, y por último, que ella no manejaba el tráiler, o el auto, pero ante la contundencia del resultado, sus pensamientos resultaban inútiles. Rápidamente buscó sus cartas y echó tres sobre la mesa. No había dudas ni ambigüedades, las cartas eran claras, el mago, la justicia y la muerte.
Mientras pensaba a dónde o a quién acudir para modificar su suerte, sonó el timbre. Entreabrió la puerta, y dos hombres  la empujaron violentamente, lanzándola al suelo. Ahí, la empezaron a patear y a insultar. Narda supo en lo más íntimo que la justicia le había llegado, tan pronto como había actuado su fulminante hechizo.
-¡Danos dinero o te matamos, bruja estafadora! -le gritaban mientras la arrastraban hacia las habitaciones, torciéndole el brazo cada vez con más fuerza. Ella no podía más, no tuvo opción, y les señaló el lugar secreto en el ropero donde guardaba sus cosas de valor: Pulseras, collares, sortijas, y un grueso fajo de billetes. Luego, agarrándola toscamente de los cabellos la arrastraron hacia el baño y sin piedad la ahogaron en el inodoro.
Aquella noche el político, luego de regresar del velatorio de su rival trágicamente fallecido, recibió de su guardaespaldas un sobre manila, abriéndolo rápidamente sacó un fajo de billetes y lo contó. Diez mil dólares. Completo -dijo mientras sonreía y prendía el televisor para ver las últimas noticias del día.

El comienzo del nuevo orden

 Ana Alemán Carmona


Bernardus Vlassov nunca pensó que entre las cinco jovencitas que con tanta pasión entrenaba e iniciaba en las artes de la guerra y de la magia ancestral estarían las futuras heroínas de todo Piro, las que cambiarían de muchas formas la historia de esta ciudad. Cinco niñas que de repente un día serían las más temidas guerreras, leyendas en su propio tiempo, parecía poco probable al principio, nadie estuvo de acuerdo con él cuando decidió reclutarlas.

Serían criadas como hermanas, lo cual era casi obligatorio en el clan Vlassov, todos formaban una gran familia, con la salvedad que en realidad si habían lazos de sangre entre ellos. Sin embargo estas niñas no eran Vlassov de sangre ni tampoco descendían de familias nobles. Eran hijas del pueblo, huérfanas y extranjeras cuya suerte hubiera sido la muerte temprana, al menos conmigo morirán de manera gloriosa -decía Bernardus cuando justificaba su experimento.

Gina, Leila, Anjou y Zarina fueron traídas una mañana a la casa por Vlassov, quien desde que las vio percibió que eran fuertes, todas estarían entre los ocho y los diez años de edad, habían sido sobrevivientes de trágicos desenlaces familiares, sus padres pudieron haber sido criminales o ladrones de poca monta eso le traía sin cuidado al buen Dr.  -lo importante es la esencia y yo siento algo poderoso en ellas, el fuego en la mirada de los que ya sobrevivieron la muerte, además no tienen nada más que perder, serán buenas ya verás -Balthazar Vlassov, el hermano menor de Bernardus no estaba muy de acuerdo con la idea -perviertes la pureza del clan con tus aventuras, ahora eres ¡Pigmalión!, quieres crear a tus guerreras míticas, quieres tener otra Leonor, la sangre pesa, ya veras de lo que hablo cuando ellas te fallen  -Lina, la nieta de Bernardus, y la única Vlassov se unió al grupo, y desde ese día nunca tuvo el clan guerreras tan enfocadas en cumplir con la misión de la casa Vlassov.

Ahora sentado en lo alto de las Montañas Azules Balthazar estaba seguro que Anjou y sus hermanas estaban planificando las estrategias y preparándolo todo para regresar a Piro y tomar el trono y acabar así con toda esta sangrienta historia. Hermano cumpliste tu tarea demasiado bien –encendía un cigarrillo y mientras veía las volutas de humo subir por el aire se iba quedando dormido, aún los inmortales se cansan, el alma envejece después de todo.

Torunelle es un país tranquilo y pacífico, cualquier lugar lo es comparado con Piro, eso era lo que sentían las Vlassov, habían decidido que aquel era el mejor espacio para proteger  a las niñas y preparar todo, el único temor que tenían es que Lina, adivinará sus intenciones y las persiguiera. Lina había permanecido fiel a la causa de su abuelo y las consideraba a todas ellas unas traidoras –muerden la mano que les dio de comer, que les salvó la vida, no las entiendo, ¿cómo es posible tanta traición? –Los demás generales Vlassov estaban de acuerdo con ella, la guerra había sido declarada –acabaremos con ellas y con Santino, esta será solo una anécdota que cantaremos el próximo año –intentaba sonar segura pero en el fondo sabía que sus hermanas eran fuertes y estaban unidas, sentía miedo, no de morir sino de tener que matarlas, las amaba y las odiaba con la misma intensidad, pero debía ser fría y consecuente, ahora era  la jefa de clan Vlassov y no iba a dejar que se extinguiera.

Gina se levantó a las cinco de la mañana como siempre, había cortado sus cabellos negros la semana pasada, este era una especie de ritual de antes de la guerra: los cabellos cortos, las espadas afiladas, la mente enfocada en la victoria y el corazón tranquilo. Todavía recordaba sus días de entrenamiento con el Dr. Vlassov, estaba haciendo su rutina de ejercicios diaria en el jardín de la casa cuando Zarina llegó con un sobre abierto y el rostro desencajado.

-¿Qué te pasa?, traes una cara de fantasma –era otoño y las hojas de los árboles habían empezado a caerse, el viento soplaba fuerte arrojando las hojas de un lado para otro todo eso le daba un marco más dramático a la delgada figura de Zar que llegaba apurada, apretando un papel sobre su pecho, realmente parecía un espectro.
-Fantasma dices, tal vez eso seremos todas en los próximos días, toma lee y luego me dices si mi rostro está fuera de lugar –Zar era la más sensible de todas, también sus rubios cabellos estaban cortos y la hacían verse frágil enmarcando una piel pálida y sus ojos azules, toda su fisonomía la delataba como la única rusa dentro del grupo de huérfanas rescatadas por Vlassov, le dio la carta a su hermana y se sentó en el pasto –entiendes el problema que se nos viene.
-Cállate estoy intentado leer, has llorado sobre la carta pedazo de tonta y casi no se distinguen las letras –los enormes ojos violetas de Gina se abrían asustados, lo que estaba leyendo no era más que una amenaza.
-Anjou todavía no la ve, estamos perdidas, Lina no se detendrá lo sabes tan bien como yo, está jugando todas sus cartas, sabe que no nos rediremos que si caemos será muertas, eso lo tolero soy una guerrera y morir no me da miedo, pero meterse con gente inocente, estoy asustada Gina, tanto como cuando supe que Leila había muerto, siempre supe que allí empezaba un destino incierto.
Ya cállate Zar!, ¡ya cállate quieres!, tus lamentos no van a solucionar nada
-Tampoco tu cólera, y no me digas que hacer o sentir  o te juro que –se calló de repente recogió la carta y salió corriendo del jardín, rumbo a su habitación.

Después del almuerzo, cuando Anjou y Santino regresaron del pueblo se sentaron en la sala a leer la carta, para no alterar a las niñas las enviaron a sus habitaciones. No habían podido escoger mejor lugar, lo oscuro de la habitación pintada de gris comulgaba con el ánimo que los embargaba. La chimenea estaba encendida, Zar parecía nerviosa sentada en el piano, jugando con las teclas, Gina miraba por la ventana a la calle, veía a todos los paseantes tan ajenos a sus penas, los envidiaba. Santino y Anjou estaban sentados en el viejo sofá granate.

La carta era terrible, Lina había mandado a decirle a sus hermanas que las había encontrado, fue un trabajo relativamente fácil, el dinero compra muchas cosas, información y conciencias, pero eso no era lo preocupante, les estaba dando la oportunidad de rendirse de regresar a Piro con Althea, Zoe y Santino como prisioneros, estos serían condenados a muerte pero con la benevolencia de su Alteza Real serían perdonados y exiliados –Anjou leía en voz alta. Si rechazaban la oferta que tan magnánimamente les estaba otorgando, en Piro pagarían las consecuencias gente inocente, niños huérfanos como ellas, hijos de criminales como ellas, como medida de seguridad, para evitar que la mala simiente corrompa la estructura de Piro.


-Está demente, intenta decirnos que si no nos rendimos ¡comenzará a matar niños! Es absurdo, no podrá hacer eso, la gente de Piro no lo permitirá –Gina expresaba su malestar con energía.
-Gina es que sí es posible, no lo harán público, cuantos niños mueren a diario sin que a nadie le importe, entiéndelo de una vez ella, como nosotros alguna vez, es una criminal, tú crees que le importa si mata niños inocentes, solo le importa ganar a toda costa. Además se está vengando metafóricamente de ustedes, huérfanas que se revelaron contra la casa que las acogió, matar a esos inocentes será como matarlas a ustedes una y mil veces, siempre dije que los Vlassov estaban mal de la cabeza.
-Tranquilo Santino –Zar lo miraba de reojo, ese era un tema muy delicado para ellas, siempre les habían reprochado sus humildes orígenes.
-Ustedes no son Vlassov, tú Zar eres una rusa judía, Gina  y Leila son árabes, si no fuera suficiente para hablar de mezclas extrañas, está Anjou una francesa, seguramente hija de una ramera y un ladrón. Bernardus las sacó de la calle y a Lina le duele ver el resultado. Esto va a funcionar si de una vez entienden que ya no son parte de esa familia, sus verdaderas familias son esa gente de Piro y esos niños que podrían morir.
-Pero si es un discurso del príncipe de sangre pura, ya me está cansando que me saquen todos en cara lo despreciable de mi linaje, vete al diablo Santino –Zar no contenía la ira y el despecho.
-¿Qué haremos ahora?, ¿la carta dice algo más? -preguntó Santino tratando de calmar el tenso clima de la sala.
-Que Blathazar ha muerto, su cabeza está siendo expuesta en el Palacio, malditas arpías –Anjou nunca pensó sentir tanta lástima por la muerte de alguien que la trató tan mal cuando niña, pero al final resultó ser su aliado, no pudo evitar una lágrima.

No era un plan fácil acabar con él, ningún Vlassov quería la misión de matar a Balthazar, luego de muchas discusiones Sasha fue el encargado de hacerlo, su pupilo favorito, y quien conocía más a su maestro, sabía que estaría en las Montañas Azules, en la cueva de las esmeraldas, siempre escapaba allí cuando tenía que recobrar fuerzas, era un lugar de belleza bucólica, calmado y pacífico, parecía sacado de la imaginación de un poeta, solía decir Balthazar. Sasha decidió ir por la mañana, lo encontró meditando, de rodillas sobre las rocas de la montaña, sus ropas azules hacían ver su piel más pálida, sus cabellos blancos caían sobre sus hombros, era una imagen única la paz en el rostro de quien espera que la muerte lo encuentre en cualquier momento. Sasha esperó a que Balthazar se pusiera en pie, lo miro y saludó en silencio.
-Imagino no viniste a hacerme compañía viejo amigo –Balthazar suspiró, estaba agotado, no quería pelear más.
-No maestro, he venido a matarlo –Sasha lo miraba a los ojos sin ánimo de intimidarlo, lo respetaba y amaba, pero era fuerte y seguiría las órdenes de Lina.
-Esta bien Sasha, entiendo. Alcánzame la espada por favor, está en la cueva –mientras su contrincante entraba a la cueva por la espada Balthazar escuchó la voz de Eleazar, no la oía desde la noche que murió Bernardus.
-Es hora de partir, lo sabes muy en el fondo, no temas hijo mío esta noche volverás a descansar, deja que Sasha cumpla su sino, él morirá pronto también si te da consuelo, es el fin de un ciclo, no quedará en pie la casa Vlassov, en el lejano futuro volverá a florecer, como las rosas negras de tu jardín, Balthazar nuestra casa renacerá limpia y libre de las culpas del pasado –Balthazar sonreía, sus ojos estaban llenos de esperanza y cuando regresó Sasha le dio la orden de matarlo.
-No pelearé Sasha, mátame, este es el final perfecto para mí, es un honor morir por tus manos –puso su rodilla derecha en el piso y rezaba por su alma cuando Sasha levantó la espada sobre su cuello, el golpe fue certero, la cabeza de Balthazar cayó al lado de su cuerpo. Sasha llamó a Lina y llevó la prueba al palacio. Lloró todo el camino.

Todavía era muy pronto para regresar a Piro y reclamar el trono, decidieron que lo primero que debía hacerse era vencer al clan Vlassov, pero sin recurrir a los Guillón, era necesario hacer esto solos sin nadie que pueda pervertir otra vez el trono de Piro. Las niñas se quedarían en Tournelle en el orfanato del convento de Santa Ana, estarían mejor allí y además protegidas, Santino las dejaría diciendo que debe partir a buscar empleo. Antes de llevarlas Gina hizo un ritual  muy poderoso, ella había sido enseñada en las artes de la hechicería por Eliezer, tenía el don, lo llevaba en la sangre debido a su madre quien fuera una bruja reconocida en todo el Medio Oriente que murió de manera trágica en la tierra hostil de Piro, como averiguaron luego.

El sortilegio las ataba al lugar sagrado al que estaban a punto de entrar, nadie podría lastimarlas mientras estuvieran dentro del convento o morirían en el acto, las niñas estaban recibiendo la protección de viejas almas de guerreros caídos. Esta era una magia antigua y peligrosa, las consecuencias era difíciles de predecir pero era necesario tomar precauciones mientras estaban lejos, no había en quien más confiar, les daría tiempo. La Madre Superiora sintió simpatía por las niñas desde que las vio, Santino las registró como sus hermanas pequeñas con nombres falsos como otra medida de seguridad, las besó en la frente y eso fue todo.

Partieron a la mañana siguiente de dejar a las niñas en el orfanato, estaban preparados para la batalla que las esperaba, el plan era simple vencer a Lina, no era necesario matarla, si la casa Vlassov quedaba expuesta y vencida ya no contaría con el apoyó de la corona, los Guillón volverían, entonces, a sus tropelías y también sería fácil mantenerlos bajo control con estrategias más políticas que militares, después de todo tenían tres candidatos al trono, podrían negociar una paz momentánea, ya el futuro rey o reina, tendría que hacerse cargo de los Guillon, quienes son su familia de origen después de todo, ahora no tenían tiempo para eso.

Eran concientes de que era posible no sobrevivir a este enfrentamiento, solo una basta para hacer llegar alguna de las niñas al trono, es tiempo de ver nuestras vidas y partir a la batalla en paz con ellas, la muerte es solo la puerta para encontrarnos con nuestro Señor y con los que más amamos. Partamos sin miedo hermanas, a matar o morir –Santino escuchaba la oración de ellas, la voz de Gina era clara y emocionada, imaginaba a Leila diciendo estas palabras, tal vez las pronunció en silencio mientras se enfrentaba a los Guillón, no dejaba de pensar que tal vez ya ella era feliz en dónde fuera que estuviera –si yo tuviera esa fuerza que tenías amor, si yo pudiera como tú sacrificar mi vida por algo más grande que yo, no fui digno de ti, ojala muera hoy y me encuentre contigo  –contenía las lágrimas y apretaba el puño de su espada de rubíes, la espada de ella, de Leila– ya es tiempo, vamos.

Cuando llegaron a Piro era de madrugada, habían conducido durante cinco noches, a través de las montañas y las carreteras auxiliares. Antes de partir le enviaron una carta a Lina, con la esperanza de que su hermana la recibiera a tiempo. La carta llegó a tiempo, Lina, leyó con fría calma en encabezado de la misma, reconoció la letra de Anjou, y las firmas de todas sus hermanas:


Lina,
Hermana nuestra, gracias por tu gesto y la mano que nos ofreces para salvar nuestras vidas y almas, hemos leído detenidamente la oferta de su Excelencia, pues sabemos que es a ella, la reina Elisa, a quien le debemos esta oportunidad.

Pero debemos rechazarla, a pesar de nuestras vidas y también de la tuya, tenemos una misión más grande y valiosa, ya no se trata de proteger a una casa real por tradición, es momento de hacer las cosas bien, si el rey Paolo, y la reina Elisa, ahora, hubieran sabido manejar los asuntos de nuestro país con justicia y honor, si ya no tuviéramos que hablar de familias nobles y de plebeyos insignificantes sino de ciudadanos de un país en el que todos somos iguales, no tendríamos que enfrentarnos así. Nos costó entenderlo pero al final es el único camino. No es traición, le debemos la vida a Bernardus Vlassov, tu abuelo, tal como se la debes tú, pero él se perdió en medio de su arrogancia y sed de poder, no te pierdas tú también.

Adiós hermana, con dolor partimos a tu encuentro, no podemos dejar que mates a un solo inocente por nuestra causa, enfréntate a nosotras, te buscaremos llegando a Piro. Te amamos, no lo dudes, pero en el campo de batalla serás nuestra enemiga. Llegaremos en luna llena.

                 Anjou                   Zarina                       Gina

                                                                                      Tournelle, 23 de octubre del 2010


Lina tomó el papel lo acercó a sus labios para besar cada uno de esos nombres, faltaban dos, el de Leila y el de ella, las cinco estrellas del clan Vlassov. Arrojó la carta al fuego y sacó su espada, hoy era noche de luna llena, eligió esperar por ellas en el jardín de la casa de Bernardus. Llamó a sus genérales y les dio la orden de presentarse, todavía no se abortaría la misión secreta de matar a los huérfanos, pero quería evitar que lo hicieran –soy una guerrera no una asesina, esta bien hermanas será con honor, ustedes y nosotros, a muerte.

Entraron al jardín, no esperaban ver a los generales Vlassov allí, todos ellos, príncipes rusos todos, al fondo Anjou reconoció la sombra de Tatiana –Las esperábamos, traje a lo mejor de mi clan para enfrentarse a las mejores, ¿él es ahora parte de su clan hermanas? –Dijo Lina señalando a Santino –Bienvenido seas, ¿preparado para morir? –A Santino siempre lo sacó de quicio toda la ceremonia y ritos de los Vlassov en general, pero en batalla era peor, el pensaba que si querías atravesarle la espada en el corazón a alguien era bastante hipócrita decirte cuanto lo admirabas –no, en realidad  hoy vine a acabar contigo, lista para morir Lina –Tomó su espada y dio un paso al frente.

Sasha y Eliezer los dos generales más viejos se abalanzaron sobre ellos, así comenzó la batalla de los Vlassov, Gina hirió a Demetrius en el hombro y sin mirar atrás se fue encima de Sasha quien ya estaba sobre Zarina –vamos Sasha es lo mejor que tienes –el golpe fue seco, el cuerpo del ruso yacía en medio de un charco de sangre, Anjou estaba entre Edmund e Irina, eran fuertes, ella los conocía bien, habían compartido muchas batallas, casi con los ojos cerrados golpeaba con su espada lo que se moviera, no podía ver los rostros de sus muertos, no de estos muertos, cuan duro. Lina ahora estaba luchando con Santino, quería matarlo -por ti la Bendecida cayó, por ti infeliz francés mi hermana murió como una traidora ¡morirás!

Anjou a la perra –gritó Zarina mientras corría en dirección de Irina para dejar que llegara Anjou donde Tatiana, quien estaba huyendo –normal cobarde, sucia arpía, siente por fin el frío acero, saluda de mi parte a Bernardus -no la dejó reaccionar, la espada zumbo el aire y la cabeza de Tatiana voló, cayó sin luchar.

Santino había reducido a Lina quitándole la espada verde, la pelea cesó, Zarina gritó con todas sus fuerzas, Gina no se movía su pesada espada estaba inmóvil a su lado, más allá Irina le cerraba los ojos a Demetrius, estaba herida también pero lloraba por su esposo muerto. Sasha había caído junto a las rosas, y Eliezer temblaba herido al lado de Gina, había perdido mucha de su energía combatiendo a su antigua aprendiz de magia.

-Es suficiente, ríndete Lina, acaba con este dolor –la voz de Anjou reprimía sus lágrimas.
-El dolor no lo podré evitar ya, mátame y acaba con esto, no me dejes ver la miseria de mi casa, dame paz –le imploraba a su hermana con los ojos fijos en los de ella.
-¿Los niños?, la orden será cancelada
-Reclámaselo a Estela, te será fácil, ninguno de nosotros hubiera matado a esos niños, pero le dije que era la mejor forma de hacerlas rendirse, me equivoque.

Anjou no pudo matarla, Lina tomó su espada y la apoyó sobre su vientre, miró a Santino y este entendió que debía hacerlo - Proshchaĭ Vlasov[1] –estas fueron sus últimas palabras y durmió en el sueño de sus ancestros. La luna llena lo iluminaba todo, la sangre era más negra esa noche y las lágrimas más saladas. Al día siguiente enterraron a los muertos según la tradición de la casa, con sus espadas. Zar cantó dulcemente durante todo el rito.

Esa tarde fueron Zar y Anjou al palacio real, Santino partió a Tournelle, ya no era necesaria su presencia en Piro por ahora. Estela, la consejera de la reina estaba sola sin guardias en el salón del trono, las guerreras entraron al palacio de manera silenciosa por un escondite secreto que llegaba a esa habitación y solo conocido por los Vlassov y la Familia Real. Estela se sorprendió al verlas, antes de que pudiera decir o hacer algo para llamar la atención de los guardias que estaban fuera del salón, Zar la tomó por el cuello desmayándola y usando la puerta falsa detrás de un viejo cuadro del salón fueron hacia las habitaciones de la ReinaElisa, despierta es hora de hablar de unos asuntos importantes, las cosas están así, la casa Vlassov ya no existe, su última heredera, Lina, murió ayer junto con varios de sus generales, los que quedaron vivos eligieron partir en paz renunciando a sus derechos sobre la casa, eso significa que estás sola, no hay más Vlassov que te protejan las espaldas. Solo vinimos a decir esto y a ponerla sobre aviso, pronto regresaremos con las herederas y tomaremos el trono de Piro. Hasta entonces, sea justa e inteligente su Excelencia y alejé a la zorra Estela de su lado, demás está pedirle que cancele la orden tan nefasta con la que pretendió hacernos rendir, ¡no juegue con nosotras, entiende!  –Anjou no había visto nunca a Zarina tan fuerte y segura como mientras decía esto, la muerte de Gina la golpeó duro, las muertes de todos.

-Santino, ¿crees que esto funcione?, ¿qué tengamos paz algún día? –Zoe lloraba por la muerte Gina, en este corto tiempo fue una gran presencia en sus vidas.
-No lo sé, pero debemos ser fuertes, pronto será el tiempo.
-¿Pero quién de nosotros será el monarca?, ¿cómo saberlo?, es importante, si Balthazar estuviera vivo podría oír otra vez la voz de Eleazar y saber la verdad completa –Althea estaba inquieta.
-Thea, ten paciencia, no sabemos nada más –muy en el fondo de su corazón Zoe intuía  que su hermana es quien sería reina y que tal vez ella y Santino morirían antes de verla coronada, era lo que siempre soñaba desde que salieron de Piro, y estaba confundida, Eleazar le estaba hablando en profecías.

Fin








[1] Adiós Vlassov