jueves, 5 de diciembre de 2024

La noche en que florecieron los guayacanes

Luis Orellana Díaz

 

La mujer abrió los ojos cuando el ómnibus se detuvo y sintió que todo a su alrededor le daba vueltas. Se levantó despacio, estiró los brazos hacia arriba y sus articulaciones tronaron al unísono. Los pasajeros más diligentes comenzaban a descender del autobús. Miró a su compañero que aún dormía ajeno a las incomodidades del viaje; lo vio tan frágil… como un cachorro, no entendía por qué sus amigas lo encontraban atractivo. Pero ella no estaba impresionada. «Sencillamente no hay química», pensó. Solo quería olvidar a su excónyuge, y su cara peluda aparecía por todas partes. Luego de una prolongada separación, los papeles del divorcio habían llegado a sus manos hacia apenas unos días.

—¿Ya arribamos? —preguntó Alex medio dormido.

Zafiro lo miró y asintió con la cabeza. Cargó su mochila al hombro y siguió por el pasillo. En un terminal polvoriento, de un pueblo perdido en las estribaciones de los andes occidentales; Alex, ya despierto del todo, sonreía optimista mientras parloteaba sobre lo excitante que había resultado el viaje. No terminaba de creerlo, era un sueño hecho realidad: Zafiro, la mujer más hermosa que había conocido, la más elegante, la más deseada de la empresa viajando en su compañía. ¡Y todo un fin de semana por delante!, estaba tan ansioso que no sabía cómo comportarse; hablaba con las manos y su cuerpo exultante no podía ocultar la felicidad que lo embriagaba. Ella mantenía un semblante sombrío y a veces sonreía por cortesía.

—Me imaginé que te gustaba la aventura —dijo el chico, al ver lo parco de su semblante.

Zafiro sacudió la cabeza y una nube de polvo se desprendió de sus cabellos.

—¿Aventura? —replicó un tanto contrariada, luego desvió su mirada sin pronunciar otra palabra.

Los transportes seguían llegando y la plaza, llenándose de gente. Una multitud abigarrada que parloteaba a gritos y reía a carcajadas se cernía como una plaga de langostas en el pequeño caserío de Pindal.

—¿Dónde nos hospedaremos?, ¿habrá un hotel decente en este paraje abandonado? —preguntó la mujer.

—Dios proveerá —respondió el chico poseído por el optimismo.  

La comarca ardía con un sol de mediodía que casi no proyectaba sombras. Zafiro y Alex eran de los primeros periodistas que llegaban al pueblo; y, a pesar de que el chico hablaba de aventuras, estaban aquí por trabajo. Tenían que reportar para el canal en el que laboraban un raro evento natural que sucede anualmente coincidiendo con las primeras lluvias: el florecimiento de los guayacanes. Año tras año, grandes extensiones de bosque seco se tiñen de amarillo dejando a sus moradores sumergidos en un alucinante océano de luz. Este evento es efímero, dura lo que dura un parpadeo del cielo: apenas unos días; luego caen las flores que son devoradas por los chivos y el paisaje vuelve a vestirse de monotonía.

La mujer acomodó su mochila. En ella cabían dos mudas de ropa y un pequeño neceser que contenía: cosméticos, repelente, unos Kleenex, un tubo de tabletas de antiácido y unas gotitas de valeriana para calmar sus nervios. Luego, metió a presión dentro de su mochila un rollo de cables y la caja con el micrófono. Alex, que la miraba embelesado, en un arranque de afecto intentó acomodar el cabello arremolinado que caía sobre la frente de su amiga, ella esquivó la cabeza con un movimiento instintivo.

—¡Perdón! —dijo él, un tanto abochornado—, no quería importunarte, es cuestión de cortesía.

Se enfrascó en un discurso sobre la caballerosidad, pero las razones que esgrimía no lograban ocultar sus soterradas emociones. Zafiro hizo como si nada.

—Hazte cargo de la cámara, el trípode, la maleta… te dejo lo más «fácil» —dijo ella mirándolo a los ojos como buscando una reacción de protesta en su compañero, luego giró y avanzó en dirección al pueblo con una sonrisa contenida. «Son todos unos perros» —repitió para sus adentros.

Alex acomodó los enseres como pudo, se puso el trípode bajo el brazo, la maleta sobre su cabeza y siguió el rumbo de Zafiro. La mujer estaba decidida a llegar cuanto antes al pueblo; de pronto se detuvo en un pequeño rellano que daba al sur del caserío. Desde allí contempló un cielo diáfano, de un azul hipnotizante; unos pocos estratos en forma de briznas de algodón desperdigados en la línea del   horizonte alimentaron en la reportera la esperanza de que algo de humedad estaba ascendiendo por el lado del Pacífico. «Quizá mañana llueva y podamos grabar la floración completa», pensó. Bajó la mirada y una extensión interminable de matorrales yermos sometidos al calor abrazador del mediodía apareció frente a sus ojos.

A su izquierda se podían vislumbrar las siluetas caprichosas de los guayacanes desperdigadas por aquí y por allá; los pocos florecidos, lucían copas cuajadas de un amarillo intenso que vibraba como una miríada de mariposas bajo el embate de un viento que provenía de la costa. Una sensación oceánica invadió el pecho de la mujer, respiró profundo, cerró los párpados y flotó por un instante en ese oleaje caleidoscópico de colores solares. Así se mantuvo, con los ojos cerrados por un lapso corto de tiempo, hace mucho que no sentía tanta magia, tanta paz. De repente, se percató que la palabra «aventura» intentaba echar raíces en su cerebro y pensó en Alex. Sabía, sin mirarlo, que su joven compañero estaba ahí detrás plantado estoicamente y sintió un poco de pena, quizá hasta algo de ternura, pero el rostro de su ex volvió a revolotear en su cabeza como una polilla maléfica.

El chico la contemplaba ajeno al bullicio de los motores y al ajetreo de la gente que seguía llegando, ni siquiera el peso de su carga menguaba el júbilo de tenerla cerca. En su mente era ella la protagonista. El fotógrafo novel había movido cielo y tierra para ganarse el derecho de acompañarla en este viaje. —Bueno —dijo ella volviendo hacia su compañero—, vamos por una ducha caliente y algo para calmar el hambre.

Alex avanzaba con pie firme sobre la cuesta empinada que los conducía al pueblo, esta vez iba delante. Usaba camiseta verde con patrones camuflaje; chaleco caqui y jockey verde militar con visera del color del chaleco a cuya sombra centellaban unos ojos marrones. Su tipo no era común: nariz respingada, pómulos marcados y quijada cuadrada con la barba a medio crecer. Tenía las piernas largas. De talla más alta que la del promedio, sus hombros anchos colmaban la camiseta. De brazos velludos, antebrazos fuertes y puños de hierro. En el dorso de la mano izquierda llevaba tatuado la A circundada de los anarquistas y en el antebrazo derecho las iniciales de Soziedad Alkoolika. Cuando la mujer lo vio aventurarse por la mitad del pueblo, con toda esa parafernalia a cuestas, sintió algo que no había sentido en el par de años de haberlo conocido y a su mente acudió la imagen de un adorable héroe de historieta cómica más que la de un camarógrafo de televisión.

La tarde la pasaron en un hostal de mala muerte sin ventilación y con escasa dotación de agua, asediados de mosquitos que burlaban los toldos mal zurcidos. Alex se asomaba con cualquier pretexto a la habitación de Zafiro: que le faltaba dentífrico, que necesitaba repelente; abrigaba la esperanza de sorprenderla en paños menores. Cuando cayó la noche, salieron en busca de comida aguijoneados por el hambre.  

 —Parece que esta noche no lloverá —dijo Zafiro, mientras hurgaba con un tenedor plástico unos frijoles revueltos con arroz y él, un pedazo de carne seca de alguna especie de animal que no lograba identificar aún. Era una mujer «grande» para él —quizá los separaba una década—; Alex la miraba como en éxtasis sin encontrar la forma de abordar con ella sus sentimientos; cuando estaba a punto de decírselos sentía que era muy temprano, pero a la vez sentía que se le hacía tarde, el fin de semana pasaba volando.

—¿Qué te preocupa —preguntó ella—, se te agotaron las pilas o no te gusta la comida?

—Nada de aquello —dijo él, disimulando su ensimismamiento—, ojalá esta noche llueva para que podamos filmar la floración completa.

—Ahora solo falta que no llueva y tengamos que esperar más días de lo planeado —Zafiro lo dijo como una premonición y Alex se sintió culpable de abrigar el deseo de que no lloviese al menos un par de días más.

—Seguro que llueve —dijo él, condescendiente—, siempre llueve en la temporada de floración.

Pindal se iba colmando de turistas desprevenidos que no encontraban un sitio donde hospedarse. Zafiro y Alex merendaban en el único lugar que atendía hasta la noche. Cuando Bernardo los descubrió, se encontraban sentados frente a una mesa despatarrada, bajo un improvisado tinglado cubierto con manteles plásticos. «¡Qué sorpresa!», pensó. Como buen sabueso que era, llegó hasta el kiosco guiado por el olor del aceite cocido. Su asombro se volvió dicha al reconocer en aquella escena, digna de una película de Fellini a su exesposa en compañía del joven fotógrafo.

La mujer se llevó una sorpresa. El tipo parado frente a ella era su ex, el mismísimo Bernardo del Prado, el presentador de las noticias de la tarde en el canal gubernamental. Alto, fornido, de ojos claros, con una barba espesa y bien acicalada; frisaba los cuarenta. Se acercó sonriente he hizo la venia llevando su mano derecha al pecho justo sobre el corazón, de ahí a los labios, a la frente y luego la extendió en dirección a la mujer con una pantomima teatral. Zafiro no sabía si reír o llorar, Alex estaba congelado; era lo último que podía suceder, lo identificó de inmediato —¿quién no conoce a Bernardo del Prado?—, Zafiro lo invitó a sentarse a regañadientes, pero su corazón le galopaba dentro del pecho. 

Desde que llegó Bernardo no paraba de hablar. Le contó a Zafiro que había terminado definitivamente con su asistente —la «vedette» causante de su separación—, le habló sobre sus proyectos, inclusive le ofreció a su ex un cargo mejor remunerado en el ministerio de comunicación.

—Estamos realizando una serie de reportajes para promocionar la imagen turística del país.

Llevó la mano al bolsillo interno de su blazer de verano y sacó un folleto que colocó en la mesa. Zafiro lo miró con curiosidad. En la cara principal del tríptico estaba el rostro sonriente del presidente con un slogan que decía: All you need is Ecuador.

—¿Llegaste en el último turno? —preguntó Alex para romper el monólogo de Bernardo.

—No —respondió—, llegamos en un camper que nos facilitó el canal. Además, tenemos una camioneta con todo el equipo cargado —lo dijo con arrogancia al tiempo que se atusaba la barba con la mano.

La conversación se prolongó por cerca de una hora hasta que los comensales de las mesas aledañas empezaron a retirarse al ver a los vendedores desarmar la improvisada fonda. Terminado el stock de la cocina, embalada la vajilla en el interior de las ollas vacías, se levantaba el negocio en medio de los lamentos de la multitud que esa noche tendría que acostarse con el estómago vacío. Zafiro y Alex se despidieron de Bernardo y caminaban en dirección del hostal cuando el hombre los llamó:

—¡Hey!, ¿en serio piensan retirarse?

Se detuvieron y, volviéndose, se miraron el uno al otro sin saber que responder, Alex tomó la iniciativa:

 —Estoy muy cansado —dijo, buscando alguna excusa para librarse de su compañía—, hemos tenido un viaje terrible y mañana hay que salir temprano para Mangahurco.

—¿Y tú Zafiro, estás tan cansada como para perderte un Jack Daniels que nos espera en el camper? —espetó Bernardo.

La mujer lo pensó por un instante, luego miró a Alex, lo vio tan desvalido que volvió a sentir una extraña ternura por el chico. Sin embargo, en su interior, una fuerza que no podía controlar la empujaba hacia su ex. Era una mezcla de ira, de curiosidad y quizá… todavía amor; en el fondo guardaba muchas preguntas sin respuesta. La mujer tomó al chico por el brazo y haciendo un guiño le dijo:

—¿Por qué no? Vamos, total, los guayacanes no irán a ningún lado.

Una cálida sensación le invadió el cuerpo al sentir el brazo de Zafiro engarzado con el suyo.

—Vamos —dijo armado de valor. Era la primera vez que la sentía tan íntima.

La casa rodante esperaba estacionada en el rincón de un descampado, donde alguna vez existió un parque; destacaba entre las improvisadas tiendas de campaña que los turistas habían levantado en el sector. Zafiro iba del brazo de Alex, y aunque la brisa nocturna la hacía tiritar, el calor que emanaba el cuerpo cercano del amigo la recomponía, pero lo mejor era su olor, tenía algo grato, algo acogedor.

Mientras caminaban, la voz grave de Bernardo se imponía al grillar de los insectos nocturnos. Zafiro venía pensando en la bendición de contar con el chico en un momento como este. Lo imaginó valeroso, indestructible a pesar de su juventud y se estrechaba al cuerpo del muchacho. Tal vez no era un rival de la talla de su ex o tal vez sí. Bernardo no se inmutaba por la intimidad de sus acompañantes y conversaba seguro de su elocuencia y su buen sentido del humor. De tanto en tanto, bromeaba a costa del joven: ya por sus tatuajes o por su vestimenta, lo veía demasiado ingenuo, demasiado poco para considerarlo un rival.

El camper era el territorio de Bernardo y se sintió a sus anchas, hablaba con todo el desparpajo sobre sus últimos logros, mostrando sendas fotografías con políticos y personajes del jet set, él mismo se sentía una estrella en ascenso. Entre copa y copa les hablaba de sus éxitos recientes, de su última gira por Europa.

—¡Qué no hubiese dado! —le dijo a Zafiro—, por ver la puesta del sol desde los puentes del Sena contigo. Contemplar como el astro se diluye en las aguas del río, mientras los cruceros encienden sus luces y se alejan bajo la tutela de la Torre Eiffel.

—Me imagino que estabas muy bien acompañado —inquirió la mujer y un pulso de rabia se agitó en su sangre.

No era envidia, era una ira contenida. En los pocos años de casada tuvo una vida discreta, sin lujos, sin viajes, sin grandes acontecimientos; solo la rutina de la casa, los celos de Bernardo y sus constantes negativas a que ejerciera la profesión de periodista. Su trabajo en el canal fue la causa, según su exmarido, del comienzo del fin de su matrimonio. La botella de Jack Daniels terminó en el cesto de basura y los ayudantes de Bernardo, que participaban en la tertulia, salieron en busca de más licor.

La mujer se aventuró fuera a tomar el sereno, la luna aparecía a media altura recortada en su circunferencia sobre un cielo metálico. Avanzó unos pasos en dirección al parque mirando por aquí y por allá, nada en concreto. Su silueta perfecta, iluminada por detrás con la luz cálida que provenía del camper, resplandecía dentro de las gasas de lino que la cubrían. Su pelo ensortijado, ahora mimado por ungüentos y perfumes, flameaba como la zarza ardiente de la leyenda bíblica. Bernardo y Alex, que la contemplaban embelesados, se sintieron diminutos, como criaturas desnudas, indefensas frente a la magia infinita de una figura de mujer.

Lo último que se podía encontrar en Pindal a esas alturas era licor.

—¿Qué hora es? —preguntó la mujer cuando retornó al Camper.

—Hora de retirarse —contestó Alex.

—¡Apenas las diez! —intervino Bernardo—, ¡qué pena!; en la capital las farras recién comienzan a las doce. ¿No me digan que en su tierra a las diez ya están metidos en el «estuche»? —Con unos años trabajando para el gobierno Bernardo ya se consideraba capitalino y claro, todo un hombre de mundo.

—¿Qué te diré…?  —contestó Alex, aburrido de las bromas de Bernardo—. Si tuviese una bola de cristal hubiese traído licor y quizá hasta una guitarra, pero —se quedó pensando— cargo una «bola» de yerba; y mirándolo a los ojos sacó de su chamarra una cantidad de grifa del tamaño de una bola de pimpón: ¿Tú que has hecho de todo, seguro que también le haces a esto?

Bernardo dudó un instante y disimulando su sorpresa consultó con Zafiro:

—Y tú, ¿sí le haces?  

—¿Por qué no? —respondió ella con toda naturalidad—, la noche parece propicia.

—Por supuesto, ¿¡por qué no!? —dijo Bernardo sin considerar que nunca había fumado mota—. Ya que Zafiro fumaba, él no quería quedar como un «zanahoria».

—¿Y qué si les invitas a los chicos? —preguntó Alex.

—No, no —interrumpió Bernardo—, mucho «sapo». Luego van a difamarme en el canal.

Se despidieron de los chicos y caminaron hacia un recoleto, lejos del bullicio. Alex desmenuzó la yerba dentro de su gorra para que el viento no la dispersara, la mezcló con algo de tabaco para bajarle el grado y la roló en un lillo. El porro tomó la forma de un bate de béisbol en miniatura. Lo encendió con dos caladas hondas y lo pasó a su nuevo amigo.

—Primero las damas —dijo Bernardo, señalando a Zafiro.

—No —insistió Alex—, es de malas romper el ritual. La procesión va por la derecha —y volvió a ofrecer el porro a Bernardo que se encontraba a su diestra.

—Bien —dijo este, y se armó de valor. Carraspeó un par de veces como para limpiar las vías respiratorias y se lanzó al vacío.  Una calada superficial y expulsó un humo gris y denso, luego otra totalmente inocua.   

—No tienes que hacerlo si no quieres —dijo Zafiro sonriendo—, pero si lo haces, tienes que hacerlo bien.

Tomó el porro que su exmarido sostenía entre sus dedos índice y medio como si fuese un cigarrillo de marca y lo sujetó como toda una experta: entre el índice y el pulgar. Se dio un par de caladas profundas manteniendo la respiración, luego exhaló sin prisa. Bernardo estaba fascinado mirando como afloraba tras las siluetas caprichosas del humo el rostro de la mujer que un día fue su esposa. Era el rostro de una diosa griega, de una medusa de ojos profundos y labios generosos.

—Vamos, hombre de mundo —musitó la mujer—, inténtalo de nuevo. —Y le devolvió el canuto.

Fascinado por la visión el verdadero Bernardo surgió redimido del miedo, se dio dos caladas francas, hasta tres y rompió a toser. Tocado ya por los primeros vapores de la yerba, Alex contemplaba la escena como una representación del pecado original: Zafiro se llamaba la serpiente enroscada en el árbol del bien y del mal y Bernardo el primer humano en transgredir las reglas llevado por el deseo.

«Si hubiésemos fumado en una manzana tendríamos la representación perfecta de la tentación en el jardín del edén», pensaba Alex, pero la tos persistente de Bernardo lo sacó del vuelo.

—¡Basta! —dijo Alex—. Suficiente para una primera vez.

—Bernardo estaba con el rostro congestionado y con los ojos llenos de lágrimas, pero decidido.

—¿Cómo sabes que es mi primera vez? ¡Yo he fumado con Bob Marley! —afirmó con aplomo.

Era la frase detonante con la que se puede comenzar una historia cómica. Todo lo místico, todo lo trascendente del momento se desgranó en puras risotadas. Bernardo estaba eufórico, liberado, no lo creía, se sentía en el paraíso; flotando en esa sensación de relajamiento, de completitud, el cielo podía esperar. Tan relajado estaba, que se abrazaba de Alex como si fuesen viejos amigos. Ahora entendía esa frase que leyó alguna vez en una calcomanía con forma de hoja de cannabis que uno de sus hermanos tenía pegada en el refrigerador: “Deja para mañana lo que puedas hacer hoy”. Alex le daba las últimas caladas al porro.

—Yo le remato —dijo Bernardo y, tomando el porro como todo un experto, lo fumó hasta la base, hasta sentir el fuego de la chicharra entre los dedos.

—Cógele suave —advirtió Alex—, cógele suave.

Bajo los efectos del cánnabis surgió otro Bernardo, uno más sensible, menos parlanchín, nada vanidoso, incluso parecía profundo. «¡Te amo!», le gritó a su ex abriendo los brazos hacia el cielo. La luna se había ocultado tras una nube de plata. «¡Siempre te he amado mujer bendita!» repitió con su voz de presentador de televisión y en un arranque de locura intentó abrazarla. Para su propio asombro, la mujer se sintió abochornada, miró a Alex que contemplaba la escena con una mueca de burla en los labios y, esquivando el embate de Bernardo, se hecho a reír a carcajadas. Su joven amigo, contagiado por lo hilarante del momento, se tumbó en el pasto y rio hasta las lágrimas. Bernardo se sintió desplazado. Él, que era un hombre de mundo, de pronto se dio cuenta que había mundos en los que no cabía.

—¡Qué onda la tuya! —dijo Alex aún riendo—. Estás en otra película.

El mal momento sumado al frío de la noche causaron estragos en la salud de Bernardo. El hombre se puso pálido como un fantasma y comenzó a vaciar el vientre en violentas arcadas. Los amigos lo abrigaron y lo dejaron en el camper al cuidado de sus compañeros. «Mañana estará bien», dijo el chico. «Es la “White”. La marihuana solamente hace daño a los tontos o a los cholos». Zafiro lo entendió a la primera. Era una venganza de la vida y los amigos la estaban disfrutando.

Emprendieron el viaje de regreso, el chico la abrazaba por la cintura mientras subían la cuesta que llevaba hasta el hostal. Una suave llovizna se cernía sobre el pueblo. La mujer, tocada por la magia embellecedora del THC, comprendió por qué sus amigas lo veían tan irresistible. La luna volvió a asomarse tras la nube bañando de luz las flores de los guayacanes que comenzaban a abrirse en la humedad de la noche. 

martes, 3 de diciembre de 2024

Medea (los motivos de la bruja)

Ruth Rosales


Los dos litros de mate que tomé esa tarde hicieron su trabajo dejándome despierta justo la noche en que habías planeado marcharte. Mi insomnio te lo impidió, y te quedaste aquí, amargándome la vida.

Claro, no siempre fue así. El juramento de amor que expresaste frente a mis padres, con el ramillete de las flores favoritas de mamá en tu mano, fue el de amarme y respetarme hasta el final de tus días. ¡Cuántas veces me vi tentada en vaciar el gotero entero de la tintura de valeriana en tu café! Acelerar ese momento inminente al que todos los seres vivos vamos, unos con calma, otros con la premura de regresar a la tranquilidad prometida del paraíso y vivir la vida eterna. Nunca me animé. Opté, en cambio, por vaciar mis instintos asesinos en las copas de vino que me empinaba en cuanto el sol de las cinco de la tarde se asomaba por la ventanilla del fregadero y se burlaba de las recientes llagas que decoraban mi cuello.

Quería olvidar el estúpido momento en que acepté, después de un año de insistencias, me acompañaras al trabajo para dizque cuidarme de los maleantes. Llevaba cinco años haciendo el mismo recorrido yo sola desde que los senos empezaron a escaparse de mi cuerpo y nunca se presentó alguien que al menos me dijera: «¡Mamacita!» o «¿A qué hora vas por el pan?». Nada, era invisible para los hombres, menos para ti. Desde ahí debí haber sospechado que no eras uno de ellos, sino una especie de caricatura sacada de alguna tira cómica. Pero no creas que estabas en la categoría del ánime proveniente de Japón, en donde el tormento de las almas de los trazos animados se compensa con esas figuras delgadas de cabello abundante, ojos enormes, penetrantes, cuyos contornos equilibraban el perfil perfecto e inexpresivo de su atractiva virilidad. No. Eras sólo una línea desdibujada y sin estructura, como lo era tu patética y aburrida vida a la que me invitaste a pasar y en la que caí como un gusano perdido entre las telarañas de un ático abandonado.

Creí que podría saciar los revoloteos de mi alma confundida. Esos cinco bastos largos que se me presentaban en las constantes tiradas de tarot mostrándome la lucha enferma por ejercer poder dentro de un matrimonio alimentado por silencios, frustraciones y desencantos. Golpeteos altisonantes en constante lucha por escapar, salir de este lugar inmundo disfrazado de ciudad, en el que la mejor virtud de una mujer es casarse y servirle a su marido tal y como lo he hecho contigo. Por eso, cuando supe que te habías liado con Carmela, la españoleta que llegó del brazo del mejor amigo de papá, veinte años más joven que él y diez menos que tú, empecé a ir a la iglesia con tal devoción para pedir al altísimo con toda su corte celestial que les diera el valor y se escaparan, dejándome viuda sin necesidad de convertirme en asesina.

Lo tenía todo planeado en mi cabeza. En el momento en que se marcharan me vestiría de negro. La gente sentiría compasión por mí y aceptarían la excentricidad de creerte muerto en lugar de aceptar que me habías dejado. El plan era perfecto. Desde ese momento, el golpeteo estridente de los tambores internos de mi alma, silenciaron la furia cada vez más amarga de mis antorchas encendidas. Las peleas que oscilaban en el aire de la casa dejaron de ser intimidantes. Mi espalda empezó a sanar, aunque de vez en cuando extrañara el sorpresivo impacto de la escoba. ¡Era tan extraño no tenerte miedo! Estabas enamorado y yo amaba tu falta de interés hacia mi cuerpo.

Tenía guardado en el fondo de mi cajón, en un compartimento secreto debajo de un falso tablón, el amuleto que la bruja Constanza me hizo para aplacar tu mediocridad y falta de hombría; esa, de la que tanto carecías cuando llegabas a casa con las manos vacías, sin la promoción que tanto prometías desde que estábamos de novios y presumiste frente a mis padres. Debía usarlo cuando te me acercaras con ese cuerpo flaco, escurrido, pero al final de cuentas masculino y ejercías las pocas fuerzas que tenías para ceñir mi cuello y apretarlo, mientras te bajabas la bragueta y sin ni siquiera quitarme las bragas poseerme con fuerza hasta arrebatarme el conocimiento. Ya no sería necesario, porque Myrnita, la secretaria y amante de tu jefe, me había dicho en confesión que planeabas irte esa noche de agosto. Se lo dijiste al que asegurabas era tu amigo del alma después del cuarto trago de Tom Collins que tomabas nada más de pura pose.

Esa semana los nervios no me dejaron tranquila. Fui a la iglesia en la mañana, en la tarde y en la noche, para asegurarme de que el todopoderoso les ayudara y no les aguadara las ganas de irse a tierras españolas a vivir su historia de amor. Pero el humor es la carcajada siniestra del diablo y quiso esperarme en la puerta de mi casa en forma de hierba. Mi madre, que había viajado semanas anteriores a Buenos Aires, me trajo un hermoso matero para que mejor tomara esa endemoniada planta en lugar de café. Y ahí estoy yo, de bruta, tomándome el mate pensando que era como un té de manzanilla.

Myrnita había confundido la fecha, no te ibas el sábado como había dicho, si no el jueves, el día en que el mate me provocó el insomnio. Debí haberlo sospechado porque estabas cariñoso y nervioso al mismo tiempo. Pensaste que Carmela te esperaría, pero ella lo que deseaba era largarse de aquí y lo haría contigo o sin ti. Lo hizo sin ti.

Ese fue el primer momento en que estuve a punto de saborear mi libertad. Pensé que tendría una segunda oportunidad cuando agarraste el palo de escoba y empezaste a usar mi cuerpo como piñata. Como pude llegué al cajón del buró y me hice del amuleto de la bruja Constanza, un cuernito de cabra que debía clavar en un muñequito que tenía tu forma maltrecha y escurrida, pero salió volando cuando zurraste mi cara con la paja desgreñada de la escobilla. En un movimiento desesperado por no perder la conciencia, mi mano recobró el cuerno y  fue a dar a tu entrepierna, ¿te acuerdas? Chillaste como un puerco en el matadero. El bendito talismán se coló hasta tus huevos arrancándotelos de tajo. ¡Quién iba a decir que estaría tan filoso! La sorpresa y el dolor te hicieron retroceder y te apoyaste en la ventana. Lo siento. No pude desaprovechar la oportunidad. Me levanté y te empujé con fuerza para que cayeras, pero ni así me convertí en asesina.

Parapléjico te quedaste y seguiste amargándome la existencia. Pensé que teniéndote como un bulto sería más fácil deshacerme de ti. ¡Qué equivocada estaba! El párroco de la iglesia, que creía ver en mí a la cristiana abnegada entregada a la voluntad de Dios, organizó una colecta para ayudar a la pobre mujer que de buenas a primeras se había quedado con un marido incapaz de cuidarla. Quién iba a decir que el padrecito lograría recolectar la cantidad de dinero que tú nunca lograste juntar ni con horas extras, aguinaldo y prestaciones.

La gente metiche que le encanta el protagonismo de inmediato propagó la historia de la pobre mujer en desgracia. El relato exagerado llegó a los oídos de un reportero amarillista que vino a tomarte las peores fotos para que causaras compasión. No le costó mucho trabajo, te veías más flaco, amolado y asqueroso que de costumbre.

La edición de esa revista, en donde salió el reportaje de tu heroísmo y sacrificio por salvar la honradez y vida de tu mujer, llegó a los ojos del productor más pesado de uno de esos programas de televisión que nada más buscan desgracias para subir el índice de audiencia.

Un día llegaron unas camionetas blancas llenas de gente. La casa se vio invadida por diseñadores, carpinteros y decoradores. Me preguntaron cómo habían sido los acontecimientos para hacer una dramatización. Fingí falsa modestia y dije que no quería que grabaran mi humilde hogar, pero me dijeron que ellos se encargarían de que se vieran presentables todos los lugares en donde ocurrió el altercado. Entonces me llegó la inspiración, vete a saber de dónde. Tal vez si tuviera madera de cuentera como decía mi madre cada que llegaba a casa con alguna historia exagerada de la escuela. Habrá sido eso, la gracia divina o el sereno, pero el relato me salió digno de un Óscar.

Les expliqué con lujo de detalle que los atacantes habían entrado por la cocina. Me sometieron y me violaron en la mesa y luego sobre la estufa. Después me arrastraron a la sala en donde se disponían a metérmela por el culo cuando mi marido, mi valiente e imperturbable esposo, los encontró en el acto al entrar por la puerta y recorrer el pasillo alarmado por mis gritos de auxilio.

Por desgracia, los atacantes eran cuatro (en la versión del reportero de la revista habían sido dos, pero nadie se dio cuenta de que se duplicaron) y sometieron sin problemas a mi pobre hombre. Lo amarraron y quisieron obligarlo a ver lo que los desgraciados estaban a punto de hacerme antes de ser interrumpidos, pero la voluntad de mi amado fue tan grande que pudo zafarse de sus ataduras y me pidió que escapara. Uno de los maleantes se interpuso en el camino impidiéndome salir, por lo que subí las escaleras en donde fui brutalmente golpeada. Pensaron que había perdido la conciencia, pero yo fingí. A esta parte del relato le puse mucha candela puesto que sabía de lo que estaba hablando. Tenía experiencia en hacerme la muerta cuando te ensañabas conmigo y yo me desconectaba para bajarte la excitación que te provocaban mis gritos.

Total, escapé. Fui al baño y agarraré el tubo de la cortina de la regadera para defenderte. Cuando salí me encontré con que los bandidos estaban en nuestra recámara obligándote a darles las pocas joyas que teníamos (en realidad no había ni una sola, pero eso haría más creíble la historia, si no, ¿quién en su sano juicio da tanta pelea por solo violar a una mujer fea y desgraciada como yo sin llevarse la recompensa de un botín?).

Entré y golpeé a los hombres con todas mis fuerzas hasta liberarte, pero no te fuiste. Iniciaste una batalla cuerpo a cuerpo al ver a tu mujer en peligro. Uno de ellos sacó un cuchillo que te enterró en la entrepierna y por desgracia se llevó tu hombría. Te siguieron golpeando y por la inercia de la pelea acabaste al filo de la ventana. Antes de que te dieran el último golpe que te haría caer hacia el abismo de la calle proferiste tus últimas palabras: «Corre princesa, ¡sálvate!».

Mi relato, por supuesto, quiso abarcar toda la casa para que los encargados de arte del equipo de producción del programa le dijeran a sus carpinteros que remodelaran aquí y allá. Así fue como este lugar pasó de ser un mísero cuchitril producto de tu mediocridad a un palacio en medio de un barrio popular. Y lo hice yo, con una imaginación y visión emprendedora que nunca, ni en tus más preciados sueños, hubieras sido capaz de construir.

¡El programa fue un exitazo! Todo mundo quería donar para la recuperación del amante guapo (¿guapo?) y valeroso que se había sacrificado por su mujer. Múltiples asociaciones aportaron con equipo, fármacos y atención médica para que tuvieras lo mejor. Diario teníamos aquí a las de la Unión de Damas Católicas rezándote los misterios del rosario.

Al principio estaba encantada con tanta atención, pero el tiempo pasó y cada vez era más insoportable cuidarte. Quería irme. Soñaba con salir de esta mísera ciudad y gastarme el dinero que se iba acumulando debajo del colchón. Pero no. Ni así dejaste de desgraciarme. La constante vigilancia de los vecinos, las beatas, las asociaciones que me daban mes a mes el dinero para tus cuidados, los desfiles de los médicos que reportaban que ibas mejorando, hacían imposible que te matara.

Había alguien que sabía mi secreto: la bruja Constanza. Un día tocó a mi puerta y entró sin que la invitara. Se sirvió un café mientras decía que ella podría sacarme del embrollo en el que estaba metida. Dijo que podría deshacerse de ti sin que nadie sospechara, pero por supuesto me iba a costar. Habló de hierbas, pociones, sahumerios y hechizos.

Aunque su propuesta era atractiva, quería ser yo la que se robara tu último aliento. Le dije que le pagaría. Le daría una cantidad bastante jugosa si me enseñaba el arte de la brujería hasta aprender cómo hacer el trabajo con mis propias manos. Se la pensó un poco la vieja mezquina, pero después de escupir al piso, lamerse la palma y extenderme su mano, me dijo que haría el trato siempre y cuando hiciera todo cuanto me pidiera. Ese día empecé a aprender los misterios de la mujer.

Poco a poco todo se fue acomodando. Las fajas de dinero seguían creciendo, mientras las visitas de los médicos y los rosarios de las damas católicas fueron disminuyendo. A la gente ya no le importaba el destino del caballero medieval salvador de la honra de su princesa, ahora seguían la vida de un grupo de personas que vivían en una casa y eran grabadas las veinticuatro horas del día. La morbosidad es cabrona en este país.

Aunque ya no tengo la vigilancia constante de la gente, sigo sacando todo el dinero que pueda mientras sigas vivo. Por eso te he mantenido respirando durante todos estos años. ¡Cómo odio ver tu mirada perdida en esa cara desinflada! Lo único que me consuela es usar tu cuerpo endeble y putrefacto como muñeco de vudú metiendo alfileres por cuanto orificio me encuentro. ¿Te acuerdas cómo solías meterme el palo de escoba en mi vagina por pura diversión? Ahora soy yo la que uso tu culo para sostener mi vibrador. Y tú que te las hacías de tan machito, ¡quién te viera ahora con los esfínteres desgarrados!

Acabo de regresar de decirle a la bruja que ya estoy lista para matarte. Esta mañana me levanté y por primera vez me sentí ligera. Vine a verte y no sentí nada por ti. Ni odio, ni amor, ni asco. Nada. Sólo había vacío. Entonces supe que era el momento.

Salí de la casa tranquila y me fui al monte a capturar las serpientes que usaría para terminar contigo. ¡Que orgulloso estarías de tu mujer! Ahora no me da miedo ningún animal. Quién iba a pensarlo cuando te burlabas llamándome vieja collona al gritar presa de pánico cuando veía a las cucarachas.

Antes de venir pasé a donde la bruja Constanza para decirle, sólo por puro trámite, que ya era hora de que dejaras este mundo. Por desgracia, ella no estuvo de acuerdo conmigo, así que no tuve más remedio que abrir la canasta en donde traía a las cobritas. Le dije que les había sacado el veneno así que no se asustó cuando la agarraron a mordidas. Me di la media vuelta antes de que su cuerpo se retorciera y la espuma amarillenta saliera por su boca. No quise ver en su mirada el reproche del maestro al darse cuenta de la ingratitud de la alumna.

Ahora estoy aquí fumando el tabaco que tomé al salir de la casa de la ahora fallecida bruja. He llenado la matera de hierba para estar despierta toda la noche. Quiero presenciar cómo la mezcla que hice de hongos alucinógenos, belladona y valeriana, que acabo de introducir en tu boca, te tortura con visiones terroríficas hacia una muerte desesperada; mientras que yo, sentada en el marco de la ventana, me voy convirtiendo por fin en tu asesina.

martes, 19 de noviembre de 2024

Un paso, una huella

Rosario Sánchez Infantas


¡Lo que daría porque alguien me rascase la espalda!

Me estremezco cuando muerde, sacude y me arranca un pedazo de piel, nervios y músculo. A veces solo se desplaza para volver al ataque. Me imagino que busca la grasa de mi cuerpo flaco. ¡Oh! Esta picazón insufrible me ha despertado. Soñaba que una fiera me devoraba. ¡Mierda! ¡Esto es el infierno! Deben ser larvas de mosca que se agitan. Se desplazan comiendo en mi espalda. ¡Qué comezón! ¡Esto es insufrible!

Me duele todo el cuerpo, me cuesta respirar y estoy aturdido. Veo que, del pecho hacia abajo, estoy atrapado por el lodo, piedras y plantas que arrastró una avalancha. Lo intento, pero es inútil, no puedo escapar de esta masa casi sólida.

La ceja de selva y sus miles de voces me permiten orientarme dónde estoy. No sé qué hago aquí ni qué día es. Recuerdo, vagamente, que las primeras luces del día son la señal de ponerse en pie y, rápidamente, hacer las cosas. Me parece que hice tantas cosas y que urge hacer muchas otras. ¿Ya comerían las mulas?, ¿mulas?... ¡Claro soy arriero! La primera obligación de un arriero es cuidar de sus mulas, siempre lo digo y mi Laura se molesta. ¿Dónde está Laura? Alguien vendrá a ayudarme.

Siento hambre. Recuerdo que cuando niño, en mi caserío en el sur de la China, despertaba y dormía con hambre. Había noches frías en que las viejas cobijas parecían sábanas mojadas. Los huecos de mis zapatos dejaban que el sucio barro mojara y entumeciera mis pies todos los días de la temporada de lluvias y en los deshielos de la primavera. Sin embargo, hasta cuando las ratas mordisqueaban mis orejas mientras dormía, tenía libertad para intentar hacer algo. Ahora no puedo hacer nada. Parece que estos malditos insectos, además del sufrimiento, me están devolviendo mis recuerdos. ¡Qué ganas de frotarme la espalda contra una roca rasposa!

¡Me están comiendo los gusanos! ¡Ahora es mi hombro derecho y ambos brazos! ¡Ayúdame, madre! ¿Llegará ayuda?   

Hijo mayor de una joven pareja de campesinos analfabetos, nací en un caserío de la provincia de Guangxi, en una época de hambruna por los desastres naturales y la epidemia del cólera. La situación económica se puso peor tras la derrota china en la Primera guerra del opio y por la sobrecarga de impuestos a los agricultores; tuvimos que abandonar nuestras pequeñas tierras. En un año habrían de morir mis padres y mi hermanita menor de una enfermedad desconocida. Along Li, el anciano barquero que nos transportaba me adoptó, pese a ser viudo y pobre. Habría de legarme el deseo de ser buena persona y la sabiduría de miles de hombres de todos los tiempos, mediante los proverbios que orientaban su actitud hacia la vida. Cumplí los cinco años cuando inició la guerra civil entre la dinastía Qing y los rebeldes Taiping. Pudimos sobrevivir catorce años de masacres generalizadas, devastación de poblados, casi treinta millones de personas muertas, migraciones y la profundización de la crisis económica y política en China.

Muerto mi protector, con diecinueve años y sin saber qué hacer con mi vida, me dirigí al puerto comercial de Macao. Allí conocí a «enganchadores» que informaban del éxito de colonos chinos afincados en América. Gruñéndome el estómago de hambre, me pareció fabuloso recibir dinero adelantado para pagarlo con mi trabajo en una hacienda del Perú, para lo cual me hicieron firmar un contrato por ocho años. No podía haber imaginado que, decenas de compatriotas morirían y serían echados al mar, pues enfermaban por la suciedad, desnutrición y apiñamiento, en un viaje que duró cuatro meses. La segunda semana del viaje, para espantar el dolor y el arrepentimiento me repetía como un mantra: «Si te subes a un tigre no bajarás cuando tú quieras, sino cuando quiera el tigre».

El 24 de junio de1870 llegué al puerto peruano del Callao y luego a la hacienda San Rafael en un valle norteño para trabajar en el cultivo de la caña de azúcar. Ni en los peores momentos, en mi patria, llevé grilletes en los pies y dormí encerrado con otros culíes como yo. Solo tenía derecho a una libra y media de arroz diario, dos mudas de ropa y una frazada al año, además de un lugar para dormir en un destartalado galpón. Gran parte del jornal de ocho reales semanales se convirtió en cupones para comprar, a precios carísimos y en la hacienda misma, algo de comida, abrigo, jabón o tabaco. Con ello incrementaba mi deuda, llegando a pensar que moriría sin poder pagarla.

Los hermanos Yiu y Along Apac tras nueve años de semi esclavitud cumplieron su contrato de trabajo en una hacienda algodonera y decidieron ir a probar fortuna, con otros connacionales, en la ceja de selva central. Dicha región estaba recibiendo grupos de colonos italianos y austro alemanes, decididos a hacer de la selva feraz un lugar de trabajo y residencia. Cuando llevaba tres años labrando la tierra, corrió la voz entre mis compañeros que Yiu Apac le había escrito una carta a Chián Apac, su sobrino, y lo animaba a fugarse de la hacienda y afincarse en la selva central. Allí ellos labraban la tierra y comerciaban libremente. Tres de nosotros compartimos la esperanza de fugarnos. Ella nos hizo resistir y hacer minuciosos preparativos. «Incluso la liebre muerde cuando es acorralada», me decía a fin de tranquilizarme por no cumplir mi contrato.

Tras muchas peripecias, atravesando casi medio país que nos consideraba paganos, atrasados, sucios y bárbaros, una mañana lluviosa de marzo de 1873 ingresábamos a La Merced, la tierra prometida. Un pequeño poblado en las últimas estribaciones de la cordillera de Los Andes, rodeado de bosques con una gran diversidad de plantas y animales silvestres. Tras haberse talado los árboles y haberle ganado terreno a la selva en algunas pequeñas haciendas próximas al pueblo se cultivaba coca, café, caña de azúcar y frutales, principalmente. En medio de la espesura de los bosques en pequeños claros habitaban varias tribus hostiles. Unos kilómetros más adelante, hacia el oriente, comienza la inmensa llanura amazónica que se extiende hasta el Atlántico.

Los caminos y trochas estaban intransitables, el calor era intenso y el temor a los nativos permanente. Salpicadas en la selva central una docena de haciendas con mano de obra andina y de algunos culíes. Los migrantes más antiguos en el lugar cultivaban pequeñas parcelas o se dedicaban al comercio; vendían sus productos agrícolas en poblados andinos aledaños. Allí compraban herramientas agrícolas y diversos utensilios que trocaban con nativos selváticos amistosos. Primero debí trabajar como peón en la hacienda de un peruano, a fin de juntar un pequeño capital, lo cual fue posible con la ayuda mutua que se prestaban nuestros connacionales, alrededor de cien, en su mayoría dedicados a la agricultura.

Poco a poco me fui acostumbrando a este entorno duro pero que permitía vivir en libertad. En un pequeño descampado, los peones andinos y sus familias, los días domingo, compartían comida, música y bailes. Por primera vez en cuatro años fui tratado como un igual por estas personas peruanas. Uno de esos domingos conocería a Laura Soto Vicuña. Una jovencita de piel trigueña, grandes ojos negros, rasgos armoniosos y apretadas trenzas. Era tan bella que me pareció inalcanzable. Sin embargo, me dije: Chián Ku seguirá trabajando mucho para un día ser digno de pedirla como esposa. Trabajé, Laura y yo nos enamoramos y gracias a que los andinos valoran al hombre trabajador y honesto, sus padres bendijeron nuestra unión y un misionero franciscano me bautizó, confirmó en la fe cristiana y casó el mismo día. Fuimos muy felices.

Cuando ya habían nacido nuestros tres chinitos peruanos, dos paisanos y yo teníamos nueve mulas y algunos burros y viajábamos juntos por esos peligrosos caminos, como arrieros. En la temporada de lluvias no salíamos debido a las precipitaciones torrenciales, crecidas de ríos y deslizamientos de lodo y piedras. Fue entonces que me buscó un fraile franciscano, que pidió llevara a tres de sus compañeros hasta su centro principal, el Convento de Santa Rosa de Ocopa, porque nadie más quería salir en esta época del año. Desde el siglo XVII los franciscanos paralelamente a la conversión de nativos, realizaban actividades comerciales en las zonas en las que iban instalando sus misiones. En ellas producían caña y en sus trapiches se elaboraba azúcar, melaza y aguardiente; los nativos debían trabajar tres días por semana para los franciscanos. Así mismo, proyectaban caminos de penetración a la selva, hacían construir puentes y llevaban la religión católica. Muchos de ellos morían flechados por nativos hostiles y sus cuerpos nunca fueron ubicados.

La explotación del caucho, que se expandía en la Amazonía, llegó muy cerca de la Merced. Se ofrecían recompensas a los nativos que cazaran a otros nativos a fin de ser utilizados como mano de obra esclava. Es así que algunas misiones franciscanas habían sido asaltadas y se habían llevado a hombres adultos y herido a algunos pobladores. En una reciente incursión dos frailes habían resultado heridos y era preciso llevarlos a su convento sede viajando unos diez días hacia el suroeste del país. Me dejé persuadir, y es que hablaban muy bonito. Conmovían al tocar las fibras más sensibles de quienes los escuchaban. No parecían ser los mismos que, en varias ocasiones, habían intentado tomar y explotar el Cerro de la Sal, el cual había sido administrado en paz y armonía por diferentes etnias, en la selva central, durante miles de años hasta la popularización de la sal marina.

La luz del amanecer, el canto de las aves y las miles de voces en la jungla me terminan de despertar. Todo me duele. Todo me pica. Estoy en una orilla del río Tulumayo. Nos ha arrastrado una avalancha. No veo a los frailes ni a las mulas. Esta trocha es muy poco transitada especialmente en esta época de luvias. Creo que es el fin.   

 

Tres años me costó intentar reconstruir la vida de Chián Ku, mi bisabuelo. Me siento desolado, estoy sentado en una piedra, no puedo sostenerme en pie. Los archivos de los monjes señalan la fecha y el nombre de dos franciscanos muertos, probablemente en una avalancha en 1880, en inmediaciones de Pacaybamba, a orillas del río Tulumayo. Quizás fueron sacrificados por nativos y echados al río. No figura el nombre del arriero culí que los guiara en su último viaje.

El cementerio del Convento de Santa Rosa de Ocopa cobija a difuntos de los poblados cercanos; en un pabellón exclusivo se conservan las lápidas de mármol de los monjes muertos en más de tres siglos de funcionamiento del monasterio. Quise comprobar por mí mismo que no están las tumbas de los monjes guiados por mi bisabuelo, que murieron en circunstancias desconocidas y cuyos cuerpos nunca se hallaron. Siempre escuché en casa «La esperanza es como un camino de campo: al principio, no existe ningún camino, pero a fuerza de caminar la gente traza uno». Tenía la esperanza de que el sacerdote que me informó se hubiera equivocado y que los franciscanos tuvieron la humanidad de dar cristiana sepultura, en Ocopa, al arriero que murió sirviéndolos. Quizás hubieran traído un cadáver anónimo a enterrar aquí. La fecha del entierro podría guiarme hacia la verdad.

Me abruma no poder hacer algo, ahora que suponía estar tan cerca de hallar los restos de mi ancestro. Alguien con pocas luces ha «arreglado» el cementerio; las tumbas antiguas y modestas han recibido una gruesa capa de esmalte blanco, tapando las inscripciones en el cemento.

–Si nos apuramos podemos visitar las catacumbas bajo el altar mayor –escucho lejano el mensaje de un monje guiando a media decena de seminaristas de la capital.

«Claro, quizás encuentre información valiosa en esas catacumbas». Me levanto, sacudo el polvo de los pantalones y corro para alcanzar al pequeño grupo. «Apúrate lentamente» escucho en mi mente como en casa desde que tengo memoria. Sonrío, hace más de ciento cuarenta años el bisabuelo Chián nos legó esta sabiduría milenaria traída desde la otra orilla del Océano Pacífico. Los alcanzo ingresando, por un costado del altar mayor, a la antigua sacristía que ahora almacena floreros, crucifijos, pequeñas andas y cirios. Mediante una escalera bajamos a una cripta que alberga aproximadamente cuarenta nichos. Mientras el guía explica que bajo sus pies están enterrados los primeros misioneros muertos en Ocopa, cuestiono mi hipótesis inicial. Aquí solo están los miembros de la comunidad religiosa. En los nichos no aparecen los nombres de los monjes que murieron cerca de Pacaybamba. Me imagino que tras el retraso en la llegada de los sacerdotes heridos y el arriero culí, habrían enviado a otros arrieros a buscarlos o enterrarlos en las inmediaciones de la avalancha o en el poblado más cercano. Solo por no interrumpir continúo con el grupo.

Aún me entusiasmó escuchar que algunos franciscanos están enterrados en ciudades selváticas como Pangoa, Río negro o Satipo, equidistante entre el lugar del accidente y Santa Rosa de Ocopa. ¡Quizás los enterraron en Satipo!¡Podría buscarlo allí! ¿Ciento cuarenta y cuatro años después? ¿Sus compañeros no sabrían dónde están enterrados?

¡Ya no era necesario hallar sus restos! Su presencia paradigmática ha estado en la vida de tres generaciones de peruano-chinos porque, Morir sin perecer, es presencia eterna, me parece escucharlo decir. Guardo, en la cartera, la imagen sepia del hombre delgado que sonríe con tierna timidez.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Sin salida

Amanda Castillo


Valeria Arazá, una joven estudiante de cuarto semestre de derecho, provenía de una familia de escasos recursos económicos, la cual estaba decidida a superar el círculo de pobreza mediante la educación que le diera a sus hijos. Ambos padres se dedicaban a realizar cualquier tipo de trabajo que representara obtener algún dinero para sostener a su hija en otra ciudad.

Valeria se esmeraba por obtener las mejores calificaciones, lo que le permitía recibir un descuento en la matrícula universitaria cada semestre. Como era de esperarse, ella vivía con lo mínimo y no disponía de dinero para lujos. Sin embargo, su deseo de superación era más fuerte que las limitaciones económicas que enfrentaba.

La mayor parte del tiempo pedía prestados a sus compañeros los libros y materiales de lectura que no podía comprar. Acostada en su cama, pasaba largas horas de la noche leyendo el material que le prestaban, en su pequeña habitación, que contaba con una cama modesta y una canasta de mimbre para guardar su ropa. En un rincón, había una pequeña mesa que sostenía una estufa eléctrica de una hornilla y los pocos utensilios de cocina que tenía. El baño, ubicado en el pasillo del inquilinato, era compartido por las diez personas que vivían en el mismo piso.

Valeria era una muchacha hermosa: pelo crespo, piel morena y tersa, esbelta y con lindas facciones, razones suficientes por las cuales no le faltaban pretendientes. Sin embargo, ella era muy cautelosa con los hombres que se le acercaban. Su madre le repetía una y otra vez:

—Mija, no me vaya a defraudar. Usted sabe que todas nuestras esperanzas están puestas en usted.

—Sí, mami. Yo sé.

—Bueno, no sobra la advertencia. Manténgase firme en sus propósitos, ya ve cómo nos toca de duro a su papá y a mí.

Sus padres habían planeado que una vez ella terminara la universidad, podría hacerse cargo de la educación de sus hermanos menores.

Su padre, un hombre muy amoroso, pero exigente al mismo tiempo, le decía a su mujer:

—No es necesaria tanta cantaleta, María. La niña sabe muy bien que el estudio es lo primero.

Dado los estrictos patrones de crianza de sus padres, Valeria no había llevado nunca un novio a su casa, ellos pensaban que no los había tenido, pero en realidad, ella tuvo varios romances a escondidas.

Transcurría el año 1996 cuando Valeria conoció a Alveiro. Él cursaba el octavo semestre de ingeniería civil. Se conocieron en una fiesta de disfraces. Aquella noche, ella llevaba puesto un vestido corto, rojo, con lentejuelas, que había sido utilizado para interpretar a uno de los personajes del grupo de teatro de la universidad, al cual pertenecía. Estaba hermosa y sensual. Los chicos la miraban extasiados por su belleza. Alveiro la invitó a bailar, y la conexión fue inmediata.

Alveiro era dulce y especial con ella, disfrutaban de pasar tiempo juntos y se apoyaban mutuamente. Ambos vivían sus propias tragedias. Por un lado, Valeria en ocasiones se sentía muy sola, lloraba en silencio y dudaba de si debía continuar estudiando o sería mejor devolverse a su ciudad para trabajar a y ayudar económicamente a su familia.

Él, por su parte, había perdido a su padre recientemente y su hermano mayor estaba preso acusado de narcotráfico. Dada la difícil situación económica de la familia, Alveiro dedicaba las noches a trabajar como taxista, para ayudar a su madre con los gastos del hogar y pagar al abogado de su hermano. Sentía que su mundo era un caos. Nunca había trabajado y ahora tenía una responsabilidad muy pesada para él. Además del secreto que le ocultaba a Valeria: En realidad, aún seguía enamorado de otra mujer. Se hizo novio de ella para intentar olvidar a su exnovia, quien lo había dejado por otro hombre tiempo atrás.

Después de varios meses de relación, tuvieron sexo por primera vez. Ocurrió en el mismo taxi. Alveiro condujo hasta un sitio solitario en las afueras de la ciudad. La emisora favorita de Valeria transmitía el programa radial de medianoche. Las baladas en inglés y la lluvia golpeando con fuerza el parabrisas del vehículo creaban un ambiente propicio para la intimidad. Ambos se dejaron llevar por el deseo y las ansias de explorarse mutuamente. A partir de ese momento, la relación se volvió cada vez más intensa y los encuentros sexuales comenzaron a ser muy frecuentes. Generalmente, usaban preservativos, pero cuando no tenían ninguno a mano, Valeria optaba por la píldora del día después.

Cada mes, Valeria estaba muy atenta a la llegada de su periodo menstrual. En especial, cuando usaba la píldora para planificar. Pero un día la alarma se encendió. La regla no llegó. Ella lo tomó con calma, «Debe ser una alteración por las hormonas». No le dijo nada a Alveiro. Decidió esperar unos días.

Ya con dos semanas de retraso, Valeria le contó a Alveiro lo que estaba sucediendo:

—Hay que hacerse la prueba —dijo él.

—¿Vamos juntos?

—No puedo, mor. Tengo que estudiar.

—¿Y si sale positivo? —quiso saber ella.

—Esperemos, mor. No nos adelantemos.

—Solo te digo una cosa —dijo Valeria, mirándolo de frente—. Si es positivo, no lo voy a tener.

Alveiro incómodo, agachó la mirada, le dio un beso frío y distante en la mejilla y dijo antes de salir:

—Estoy pendiente, mor.

Sentada en uno de los bancos de la plaza de Nariño, Valeria reflexionaba sobre su situación. La tarde estaba soleada, y las familias y amigos conversaban animadamente, mientras los niños jugaban y los ancianos disfrutaban del calor del sol. En una de las esquinas, un grupo de música popular andina amenizaba el ambiente. Por un momento, la muchacha se olvidó de sus problemas y se dejó llevar por el bullicio.

Después de un rato se levantó lentamente y se dirigió a la Iglesia de San Juan. Era su lugar favorito para hablar con Dios. «Los milagros existen. Si no estoy embarazada, te prometo que me portaré bien. Tú puedes, por favor, ayúdame a salir de esto», rezó en silencio. Levantó la mirada y se encontró con la dulzura en los ojos de Jesús en la cruz, confiaba en que su oración sería escuchada.

El repicar de campanas, anunciado la misa de seis, la sacó de sus pensamientos. Pronto empezaría a hacer frío, no llevaba ropa abrigada, así que decidió irse a su pequeña habitación, la cual era su hogar en aquella ciudad.

 

Al día siguiente, Valeria se armó de valor y fue a un laboratorio a tomarse una prueba de embarazo. Quería salir de dudas de una vez por todas. Antes de conocer el resultado, buscó un teléfono público y llamó a casa de su novio:

—Flaco, tengo miedo de saber, ¿por qué no vienes y lo abrimos juntos?

—No puedo ahora. Estoy estudiando para un parcial. Más tarde voy a tu casa.

Valeria lo esperó, mordiéndose las uñas por la ansiedad, pero Alveiro no llegó. Con el corazón acelerado y las manos temblorosas, abrió el sobre. Sus ojos permanecieron fijos en la única palabra que era capaz de leer en ese momento:

«Positivo».

Abrumada por el resultado, se tumbó en la cama, repitiendo sin parar: «No lo puedo tener… no lo puedo tener… no lo puedo tener». Sentía que su mundo se había derrumbado. Era consciente de las consecuencias que tendría para su vida el estar embarazada. «Mis papás me van a matar. Ellos no se merecen esto».

Para ella no era fácil tomar esa difícil decisión, pero sentía que no tenía otra opción. Si se arriesgaba a tener a su hijo, no podría continuar con sus estudios. Sus padres no la seguirían apoyando. Tendría que retirarse de la universidad y dedicarse a trabajar para mantenerse ella y su hijo. No sabía qué podría suceder con Alveiro. Pero esperaba contar con él. Entonces buscó unas cuantas monedas y lo volvió a llamar:

—Te he estado esperando —señaló enojada.

—Ahh… Es que he estado muy ocupado.

—Sí, pero me dijiste que vendrías. Esto también es importante, ¿cómo es que me dejas sola en este momento? Sabes que debemos hablar. Ya tengo el resultado.

Se produjo un incómodo silencio al otro lado de la línea.

—¿Flaco, estás ahí?

—Sí. Aquí estoy, ¿y entonces qué te salió?

—¿Por teléfono, en serio? ¿Oye… qué te pasa? Este es un tema de los dos.

Alveiro seguía en silencio.

—¿Ya te imaginas lo que te voy a decir, cierto?

—Sí, sí… y estoy muy confundido y desesperado. No sé qué hacer. Yo te busco después.

Alveiro colgó la llamada sin despedirse.

Valeria sintió como si un hoyo en la tierra la estuviera absorbiendo. Estaba aturdida y sin saber qué hacer con exactitud. Era claro que Alveiro no sería un apoyo para ella, la había estado evadiendo desde que le contó su preocupación.

Transcurrieron cuatro semanas desde que Valeria confirmó su embarazo y se mantenía firme en su decisión de abortar, pero no tenía idea cómo lo haría. Imaginó todas las formas posibles hasta que recordó a un médico que la había tratado alguna vez cuando ella enfermó y que le ofreció su ayuda si lo llegase a necesitar. Decidió visitarlo y contarle lo que le sucedía.

—Ah, metiste las patas, chiquilla, ¿por qué no te cuidaste?

—Sí, lo hice, pero esas pastillas fallaron.

—Para que la píldora del día después funcione, hay que ser muy puntual en las horas que se toma después de la relación sexual.

—Me demoré en tomarlas, creo —manifestó Valeria, bastante acongojada.

—No te preocupes, yo te voy a ayudar. El galeno le extendió una fórmula médica y le dijo que comprara un medicamento. Le explicó la forma en que debía usarlo.

Los días de Valeria transcurrían entre sus obligaciones académicas y la angustia por la decisión que estaba a punto de tomar. Su cuerpo había empezado a cambiar. Se sentía extraña, diferente, especial. Sabía que el tiempo jugaba en su contra.

Una noche tuvo un sueño:

Corría en medio de un bosque, su amigo médico la perseguía y ella huía con una niña en sus brazos. Se despertó bañada en sudor y lágrimas.

Si bien Valeria había dicho que no podía tener un hijo en ese momento de su vida, en el fondo de su corazón abrigaba la ilusión de que Alveiro la detuviera.

«Si él me dice que no lo haga, no lo hago».

Con un hilo de esperanza llamó de nuevo a la casa de Alveiro y esta vez le contestó su madre:

—Él no se encuentra.             Salió de viaje. ¿De parte de quién?

—Soy Valeria.

La señora calló por un momento.

—Bueno, cuando regrese yo le digo que usted lo llamó.

Valeria colgó el teléfono y se sintió inmensamente vacía, comprendió que estaba sola y que no tenía alternativas. Se dirigió a una farmacia y con el poco dinero que le quedaba compró el medicamento. Esperó a que llegara la noche y realizó lo que el médico le había indicado.

Despertó a medianoche con terribles calambres en su vientre. El dolor era desgarrador e insoportable. Pedía ayuda. Imploraba que alguien la escuchara y acudiera hasta su habitación. No le importaba que alguno de sus vecinos del inquilinato donde residía, se enteraran de lo que había hecho, sentía que estaba muriendo. Aquella noche llovía a cántaros, razón por la que nadie la escuchó.

Acurrucada en posición fetal, decidió quedarse inmóvil. Después de varias horas de angustia, una sensación húmeda y pegajosa la hizo mover. Descubrió que estaba sangrando. Se levantó y al hacerlo, algo se desprendió dentro de ella. Abrió las piernas y una bolsa de sangre salió de su cuerpo. Temblando se inclinó para observar. Era una bolsa pequeña con un contenido blanquecino, su mente se nubló, se sintió mareada y cerró los ojos para no ver lo que había dentro. Temblaba sin parar y su corazón latía a un ritmo acelerado. «Todo está bien, todo está bien. Respira… respira… respira».

Estaba paralizada por el terror. No tenía fuerzas, se resignó a su destino. Pensó que iba a morir. Sin embargo, poco a poco el dolor fue cediendo y Valeria se quedó dormida.

 

A la mañana siguiente despertó menos adolorida, como pudo limpió todo sin detenerse a mirar. Se sentía muy débil, pero debía salir en búsqueda de comida. Se reportó enferma en la universidad y se quedó en cama durante tres días. No obstante, el sangrado no se detenía. Si bien no era copioso, aún estaba presente. Una semana después empezó a percibir un olor fétido en su cuerpo, comprobó que se trataba de la sangre que salía por su vagina. Alarmada llamó al médico y este le indicó que se fuera a un hospital.

Valeria estaba asustada y esa misma noche acudió a la sala de urgencias. Allí, tuvo que explicar lo sucedido.

El médico de turno la increpó:

—¿Cómo se te ocurre hacer eso, por qué no te cuidaste? ¿Era más fácil deshacerte de tu propio hijo? Verás que te voy a denunciar.

Al examinarla, la trató con brusquedad. La miraba con desprecio.

—Hay que hacerte un legrado. Esto está infectado adentro. Es lo que les pasa por matar a sus hijos.

Valeria no soportó más. Un llanto incontrolable se apoderó de ella. Lloraba angustiadamente. Sola, desprotegida, culpable, sin saber qué hacer. La enfermera que estaba presente se compadeció de ella:

—Tranquilícese, mija, no llore así. Esto va a pasar.

Valeria no se podía controlar, temblaba y el llanto sacudía su cuerpo sin cesar. Intentaban canalizar una de sus venas, pero los movimientos lo impedían. Le trajeron un vaso con agua y la pusieron a oler un paño embebido con un agradable aroma. Otra enfermera vino y le habló:

—Mija, no importa lo que haya pasado. Ahora tenemos que salvarla. Si no le hacemos el procedimiento, se puede morir por la infección.

—No quie… eeero que él me opere —logró balbucear en medio del llanto.

—No, él no es el cirujano. Tranquila.

La llevaron a un cuarto aislado, lejos de la mirada acusadora del médico. Acostada en la camilla, la intensidad de la luz blanca lastimaba sus ojos irritados por el llanto. Los gritos de una mujer, ubicada enfrente de ella, aumentaban su angustia.

Al cabo de un largo rato, llegó por ella un joven enfermero con una silla de ruedas.

—¡Paciente Valeria Arazá!

—Soy yo —balbuceó Valeria.

—Vamos al quirófano —dijo sin preámbulos.

Cuando Valeria salió de la clínica, su estado emocional era patético. Ya no le dolía nada de su cuerpo, pero su corazón estaba herido de muerte. La tristeza y la culpa se habían apoderado de ella. No encontraba paz y alegría en nada de lo que le ocurría. Regresó a clases y continuó con sus estudios, aparentando que todo estaba bien en su vida, mientras el recuerdo de aquella noche la perseguía en silencio. Valeria pensó en quitarse la vida. Acudió a un sacerdote con quien se confesó y sintió algo de alivio momentáneo. Pero el dolor y vacío emocional seguía estando ahí, presente cada día, carcomiendo su alma y bebiendo sorbo a sorbo el dorado caudal de su existencia.

Alveiro apareció semanas después, ella no le quiso volver a hablar.

Valeria terminó la universidad e inició de manera rápida su vida laboral, se consolidó como una profesional exitosa. Sus padres se sentían muy orgullosos de ella. La situación económica de la familia empezó a cambiar y ella se hizo cargo de la educación de sus hermanos menores.

Pero cada noche, en la soledad de su cama, Valeria lloraba en silencio. Rogaba a Dios que la perdonara por lo sucedido. Siempre supo que no había tenido otra salida, sin embargo, el recuerdo del rostro de aquella niña que llevaba en sus brazos, cuando corría entre los árboles, la acompañaba cada día de su vida.

Años después Valeria se casó y tuvo dos hijos. Al ver el rostro de su primera hija, sintió que por fin Dios la había perdonado al darle nuevamente la oportunidad de ser madre. Educó a sus hijos con esmero y profundo amor. No obstante, a pesar del paso del tiempo, de una vida próspera y de los triunfos alcanzados, Valeria no deja de preguntarse: «¿Qué hubiera sido de mi vida, si la hubiera tenido?».

Ha pasado mucho tiempo desde aquella noche horrible, pero Valeria sigue pensando en la hija que nunca llegó a nacer. Rememora lo sucedido, suspira con tristeza y no puede evitar murmurar: «Ahora, ya tendría veintiocho años».