viernes, 8 de septiembre de 2023

Ts'ono'ot

Roberto Murcia


Balam K'inich, jaguar rostro de sol, príncipe heredero de la ciudad estado maya de Chichén Itzá, salió deprisa en medio de la oscuridad sin informárselo a nadie ni despedirse, pues no deseaba que las exhortaciones ni las lágrimas de sus familiares le impidieran llevar a cabo su propósito, un fin más alto que él mismo, que cualquier relación que pudiera sostener con ser humano alguno. Hace varias lunas Chaak, dios de la lluvia, le ordenó que, para que terminara la sequía que afligía a su pueblo, bajara a un ts'ono'ot —recinto sagrado donde a menudo se reunían para realizar rituales y ceremonias. 

La comunidad dependía de la llegada anual de la estación lluviosa que iniciaba alrededor del solsticio de verano, cuando terminaba la seca, para nutrir sus cultivos y sustentar su forma de vida. Ese año tardó más de lo usual, la tierra, una vez llena de vitalidad y abundancia, yacía dormida. Los campos tornaron su verdor en árido marrón. Las quemas anteriores a la siembra acentuaron la precariedad ambiental con su humo que se elevaba al cielo presagiando hambre y devastación. La inanición hizo presa de la población. Los bebés succionaban con ansia los escuálidos pechos de sus emaciadas madres.

Chichén Itzá —la boca del pozo de los brujos del agua, en lengua maya—, cuyo nombre hace referencia al gran cenote aledaño a la acrópolis y a los itzaes, héroes mítico-históricos, está enclavada en el corazón de la selva tropical como una perla rodeada de nácar. Los cenotes —o ts'ono'ot en su idioma— son acuíferos manantiales de considerable hondura formados por el colapso del lecho rocoso de piedra caliza, que deja expuesta el agua dulce subterránea anteriormente atrapada debajo de la superficie, de los cuales hay varios en sus inmediaciones, eran considerados las puertas de ingreso al inframundo —el Xibalbá— morada de las deidades. Desde tiempos inmemoriales han servido como lugares de peregrinación, sacrificio y veneración para los pueblos mayas.

Hace varias semanas los sacerdotes se congregaron para deliberar cómo llevar el añorado líquido a su territorio. Se decidió realizar una ceremonia que incluía el juego de pelota, sacrificios rituales y construir una estatua de madera del dios de la lluvia para llevarla en procesión por la ciudadela. Pronto los artífices se pusieron a trabajar en la figura, la esculpieron y decoraron con colores brillantes y patrones intrincados. Utilizaron, sobre todo, el azul de palygorskita reservado a las deidades y el cielo. Agregaron detalles en rojo, de la sangre y el sol naciente. Amarillo, de los muertos, las serpientes y el inframundo. Blanco que simboliza la luz y los fluidos que incrementan los seres vivos y potencian su desarrollo: la leche materna y el semen. Verde, color de la exuberancia vegetal aportada por la madre tierra. Se prepararon para el ritual con sumo cuidado, seleccionando a los mejores jugadores, bailarines y músicos; ofrendas de maíz, miel y otros bienes preciosos.

Cuando llegó el día previsto, los aldeanos convocados en la plaza ceremonial encendieron hogueras y quemaron incienso de copal, llenando el aire con relajante aroma dulce y ahumado. Humo y clamor se elevaban hacia el cielo. El cortejo, cual culebra colosal, iba encabezado por la imponente escultura, llevada en alto por varios hombres fuertes. Los presentes bailaron, cantaron, efectuaron holocaustos frente a la figura que los observaba inexpresiva. Los tambores que marcaban un ritmo constante y las voces anhelantes se conjugaban en un crescendo de oración y súplica.

A continuación, se realizó el juego de pelota que conmemoraba la victoria de los hermanos gemelos Hunahpu e Xbalanque —hijos de las deidades mayas Hun Hunahpu y Vucub Hunahpu— sobre los dioses del inframundo. Estos después de ser retados a jugar y asesinados por los malévolos espíritus, también conocidos como los Señores de Xibalbá, retornaron a la existencia para vencerlos. La contienda que se acompañaba de música y baile era, además de un deporte, una forma de congraciarse con los dioses y asegurar la fertilidad de la tierra. Una medida heroica para mantener al sol en el cielo y preservar así los ciclos estacionales. La bola de goma maciza de entre tres y cinco kilos representaba al astro rey en batalla singular contra la luna y las estrellas; entre la luz y la oscuridad; el bien y el mal.

La cancha dispuesta para el torneo constaba de un espacio rectangular libre de aproximadamente ciento veinte metros de largo por treinta de ancho en la que se movían los jugadores. Bordeada al este y oeste por plataformas, una a cada lado mayor del rectángulo, con altas paredes que miraban hacia el centro de manera que si la bola caía sobre ellas regresaba al área central. En lo alto de estas había anillos de piedra verticales que representaban el inframundo. El objetivo del juego era introducir la pelota, que no podía ser tomada con las manos o pateada, a través de cualquiera de los dos aros, usando solo las caderas, codos o rodillas. En los lados menores había templos, uno al norte y otro al sur.

En los extremos abiertos se colocaron los bandos competidores que constaban, cada uno, de siete jugadores. Vestían trajes elaborados, penachos y brazaletes de plumas, que representaban a las divinidades. Los integrantes de la casta gobernante y sacerdotal se ubicaron en lo alto de las plataformas que conforman el campo, al igual que el juez que ordenaba las acciones desde el trono del jaguar y los de clase baja en las gradas inferiores. El encuentro, que duró varias horas, dio inicio al son de música. Uno de los equipos anotó un tanto y luego otro. En la fiera disputa hubo golpeados y heridos. El segundo logró igualar el marcador anotando dos consecutivos y finalmente obtuvo los tres puntos necesarios y acabó la competencia. La delirante audiencia festejó el evento con gritos y cantos.

A continuación, se sacrificaron pájaros, serpientes y otros animales. En el clímax de la celebración se inmoló a un noble cautivo de una localidad rival en la ceremonia conocida como «evento del hacha», cuyo sacrificio fue posteriormente representado en una estela conmemorativa y su cráneo clavado sobre una estaca, exhibido en el monumento llamado plataforma de las calaveras junto con cientos más pertenecientes a enemigos atrapados en batalla. Sin embargo, en los días siguientes no llovió. El cielo sin nubes anunciaba la continuidad de la sequía. De nada habían servido los sacrificios y ofrendas para aplacar la ira de los dioses, la resequedad era el dolor de su pueblo, de los pastizales y el maíz. Aves y criaturas terrestres gemían con llanto indecible, llamando la lluvia cada noche, cada amanecer, pero se tornó huidiza como arena entre los dedos.

Balam K'inich se retiró al bosque para determinar qué debía hacer. En la soledad de la selva pidió ayuda a los elementos y espíritus ancestrales. Interrogó al yaxché, árbol sagrado, y al jaguar que reina en el follaje durante el día y en el ocaso al tecolote que domina en la oscuridad de la noche. Hasta que una madrugada, en medio de su sueño, Chaak le indicó que para acabar con la sequía debía bajar a un cenote cercano en el cual se habían verificado ceremonias en el pasado. Entonces tomó la determinación de ir a su destino la mañana siguiente. Se levantó antes del alba y se marchó deprisa. Recorrió la campiña cubierta de maíz malogrado por falta de precipitación. El rocío matutino lo envolvía y se confundía con el sudor de sus mejillas, creando la ilusión de humedad que le faltaba al suelo.

Caminó el sendero que conocía desde que era un chico y por el que los miembros de su tribu iban a rendirle culto a sus dioses. A lo lejos se apreciaban las edificaciones de Chichén Itzá dibujadas sobre el marchito manto agreste. Kukulkán lo espiaba descendiendo desde la cúspide de su pirámide. Lo acompañaban las aves: el quetzal de plumaje verde iridiscente y rojo carmesí, la guacamaya escarlata, el colibrí esmeralda.

Fatigó las sendas bordeadas de arbustos hacia el lugar indicado. Un latido rítmico resonaba a través del espeso ramaje. Los simios danzando sobre las copas de los árboles anunciaban su presencia. Las palmas y chicozapotes lo vieron llegar. Helechos como brazos le daban la bienvenida. Hasta que divisó el óvalo superior del ts’ono’ot rodeado de vegetación. Sintiéndose atraído, se acercó al borde de la abertura con reverencia y asombro. El espejo se divisaba azul celeste en el fondo, brillando a la luz del sol. Una sensación de admiración ante la magnificencia natural de este emplazamiento lo embargó.

La entrada estaba oculta bajo un denso dosel de follaje tropical. Bajó sin prisa las escalinatas construidas con esa finalidad. Lo recibieron un coro de pájaros y el revoloteo de mariposas iridiscentes. Arriba la abertura circular permitía el paso de los rayos del sol. De sus bordes, raíces cual barbas exuberantes y enredaderas de hojas verdes colgaban de la cúpula hasta tocar el agua. Helechos, plantas trepadoras y musgos se aferraban a las formaciones rocosas, creando un vibrante tapiz vital dentro del oasis subterráneo.

Esperó el cenit con la paciencia que da la determinación, a fin de contar con toda la iluminación posible. El sol danzaba en la superficie ondulada, proyectando reflejos que jugaban sobre las paredes. Los dorados destellos caían sobre el líquido dándole un tono azul turquesa en filigranas de formas caprichosas y cambiantes. Bancos de diminutos peces se movían en el fondo. En la inmensidad de su propósito solitario, pidió permiso a los aluxes, guardianes de la selva y protectores de los cenotes, para ingresar al sacro recinto. Se detuvo a contemplar el entorno. Mientras descansaba a un lado de la orilla, le pareció escuchar una voz que lo llamaba desde el interior. Miró hacia abajo y divisó una hermosa figura femenina dentro del agua, vestida con una túnica verde resplandeciente y piel de un dorado luminoso que le hizo un ademán para que la siguiera y luego se hundió en la profundidad nebulosa.

Balam K'inich la siguió. En sus manos sostenía un tecomate vacío con tapón que se utiliza normalmente a manera de cantimplora y que llevó consigo con el propósito de retener aire. Introdujo sus piernas con lentitud. El líquido lo recibió con un suave barullo y acaricio su cuerpo con una sensación de frescura. Cada sonido que hacía era magnificado por el eco. El reflejo del sol iluminaba su rostro. Respiró por última vez antes de adentrarse en lo ignoto. El fluido creaba la ilusión de eternidad suspendida en el lecho de rocas y arena. A medida que descendía sintió paz y tranquilidad. El agua se agitaba a su alrededor y se percibió ingrávido y libre. Recorrió sin inconvenientes un buen trecho hasta que llegó al fondo.

Del limo, congelados en el tiempo, sobresalían adornos de jade, oro, piezas de cerámica y promontorios con formas alargadas y blanquecinas —comprendió que se trataba de huesos remanentes de los seres humanos sacrificados en otras épocas—: ofrendas de objetos valiosos y de sangre propicias a las divinidades. Con indecisión miró alternativamente el túnel que se abría pavoroso e insondable y la superficie, sin embargo, no había llegado allí para darse por vencido. Arriba se hallaba el ansiado aire, pero también la miseria de la que venía. Se supo al borde del abismo. Nadó hacia abajo, más y más profundo, hasta que vio el portal reluciente en la distancia. Cuando el oxígeno faltó, inhaló una bocanada de aire del tecomate, luego otra. Buscó una salida sin poder localizarla. Estaba tan cerca de alcanzar su meta y al mismo tiempo tan lejos para regresar, así que, si no la encontraba, terminaría sus días en aquella trampa mortal.

Al terminarse el suministro, y no teniendo más que hacer, se abandonó a su suerte, pues consideró que su muerte era segura. Para su sorpresa, una corriente con forma de remolino dirigida por una serpiente lo envolvió. Comprendió que se trataba de Tzukán, quien lo llevó hacia un espacio abierto. Al primer contacto con la atmosfera inspiró de nuevo y el hálito regresó a su cuerpo. Cuando se recuperó, recorrió el lugar, una caverna, con seguridad formaba parte del complejo de cuevas y pasajes internos en el subsuelo. Caminó por ella con dificultad, pues el terreno no era plano. En su viaje tuvo que descender por precipicios y laderas inclinadas hasta que llegó a un riachuelo de sangre cuyos remolinos de impúdico líquido parecían un matadero rezumante. Lo evitó como pudo. Las estalactitas que pendían del límite superior dificultaban su paso. Siguió y encontró un río de agua y, a un lado de este, una pirámide invertida de siete niveles que surgía del techo y terminaba sobre el suelo.

Escuchó un rumor extraño proveniente del interior. Se dirigió hacia la fuente del ruido y descubrió un pasadizo oculto que conducía a un lugar más profundo. Mientras se aventuraba, tropezó con un hermoso lago subterráneo, iluminado por rayos de luz solar que brillaban a través de fisuras en la parte superior de la gruta. Un mundo mágico, destacado por el resplandor de las algas bioluminiscentes. Se sumergió por unos minutos. Peces de colores nadaban libres, formaciones rocosas inusuales, tortugas tomando el sol y diminutas criaturas corriendo entre las rocas.

De repente, sintió una intensa corriente tirando de él en dirección a un pasaje oscuro en la pared rocosa. Intentó alejarse, pero era demasiado potente y fue arrastrado hacia el foso. Se encontró en un túnel estrecho y tortuoso, sin tener idea de adónde conduciría. Nadó lo más rápido que pudo, con la esperanza de encontrar una salida. Después de lo que pareció una eternidad, finalmente emergió a un vasto espacio abierto, de gran altura y corrientes cristalinas.

De pie, junto a una hoguera, una anciana lo miraba con calma como si anticipara su venida. Sus cabellos largos y grises le llegaban a la cintura. Sobre el pecho un collar de obsidiana y jade, el vestido liviano. La piel en extremo arrugada, más de lo que había visto alguna vez. Ojos inteligentes de sierpe se adivinaban escondidos entre los pliegues colgantes de sus parpados.

—Ayúdame, he venido de lejos para encontrarme con los dioses —expresó en tono de súplica.

La dama lo miró con expresión inexpugnable y le dijo:

—Te esperaba.

—Si es así, razón de más para que me ayudes a encontrar lo que busco.

—Si buscas con el corazón puro, encontrarás las respuestas, de lo contrario nunca las hallarás. No existe marcha atrás, si tomas la poción sagrada, te enfrentarás a un mundo desconocido, lo insondable, quizá mueras o sobrevivas, nadie puede asegurarlo, o volverás sin recordar lo que te ha pasado. Tú eliges. El hombre está condenado a tomar decisiones, de ellas está tejida la vida. Toma las que consideres sabias, aunque al hacerlo temas sus consecuencias. Es mejor padecer por lo que es correcto, que huir de la verdad y vivir el resto de tu existencia lleno de infamia y error. Decide sabiamente.

Él asintió con la cabeza. Ella se dirigió hacia un caldero en el que preparaba un brebaje. Le ofreció de beber en un guacal.  La infusión le supo amarga y una vez ingerida le produjo letargo. Se recostó sobre el suelo y después de un lapso su cuerpo se contorsionó de dolor y vomitó. Comenzó a soñar despierto. El delgado velo que separa los mundos se rompió. Se percibió rodeado de líquido en el vientre palpitante de su madre, revivió el traumatismo de su alumbramiento, volvió a nacer, a llorar ante el ambiente externo inhóspito, indefenso como un neonato. Recorrió su infancia y su juventud. Sus ojos fueron abiertos y presenció colores que ningún mortal había presenciado, fractales inmensos, cascadas cromáticas, sonidos armoniosos. Experimentó sueños inefables. Amor incondicional lo envolvió como un manto largamente anhelado.

Pronto flotaba en el espacio aéreo, más y más alto. El horizonte se cubría de bosques, ríos, montañas y valles. Pudo apreciar el cielo inconmensurable, el mar sin fin, las estrellas, las tempestades. Lo embargó el asombro ante tanta belleza. El mundo se hacía cada vez más pequeño. Experimentó una sensación de ligereza y libertad. Lo envolvieron nubes soporíficas. Mientras continuaba flotando hacia arriba, vio una reluciente puerta dorada en la lejanía. Al penetrarla, contempló arbustos con hojas que resplandecían cual diamantes, arroyos rebosantes de agua tan clara como el cristal, un jardín colmado de flores multicolores, el aire imbuido por un aroma de jazmín y lavanda.

En el horizonte ilimitado una luz cegadora resplandecía alumbrando el universo. Millares de seres celestiales deambulaban en fabulosos coros por la esfera celeste. Escuchó innumerables voces acariciadoras que se expandían como melodías. En la vorágine eterna, retornó al básico barro sin forma de donde provienen todas las cosas. Presenció mil vidas humanas, sus alegrías y sinsabores, aquellos que serían inmolados desde la fundación del mundo. Vislumbró caminos hacia el futuro. Se supo uno con el infinito, cabalgó corceles indomables en el firmamento. Fue ubicuo, se adentró en lo múltiple, inconexo, aró la eternidad en un instante, en cada uno de sus momentos, y descubrió que el tiempo es uno solo para aquel que puede percibir la inmensidad.

En su imaginación formuló una pregunta: No había terminado de hacerlo cuando se escuchó un trueno que contestó su interrogante y que, a pesar de su intensidad, no le ocasionó temor. Cada cuestión que acudía a su consciencia era contestada por un estruendo similar. Cada voz era una revelación, un nuevo comienzo. Supo que tras su regreso volvería la lluvia y así continuaría el delicado ciclo de renovación de la vida por varios años hasta que en un futuro aún lejano la ciudad sería abandonada y la naturaleza reclamaría lo que por derecho le pertenecía. Muchos descendientes de su pueblo perecerían masacrados y los sobrevivientes serían sojuzgados por terribles conquistadores inmisericordes que arribarían de tierras lejanas, de ultramar, pero ellos, a su vez, recibirían el pago de sus acciones como todos los demás.

Su interés se apartó de lo mundano y buscó el origen y el fin de los hechos y de las cosas. Siguió el diluvio que redime y libera, el renacer vital. Vio enormes centros urbanos poblados por muchedumbres distantes en el tiempo y espacio. Quizá del futuro o del pasado. Edificaciones descomunales que se erguían verticales hacia las nubes, paisajes llenos de materia blanca esparcida sobre vastas extensiones, las casas y todo hasta donde podía alcanzar su mirada. El sol apenas se adivinaba en el horizonte y el viento era fiero y helaba la piel. Multitudes de personas de diversos colores, tamaños y complexiones; cabello claro y oscuro, lacio o rizado. Regiones milenarias, océanos míticos, fantasmagóricos pasajes, rocas y lugares atemporales.

Su ínfimo ser deambuló en la marea del devenir y del espacio. Atravesó millares de estrellas y galaxias en el instante presente del pensamiento. Contempló el abismo, tan basto que su razón finita no lograba abarcar ni comprender. Se lanzó al precipicio y lo recorrió sin llegar al fondo. Acarició los años y los eones y comprendió la futilidad y brevedad de la existencia humana que es una mota de polvo en la inmensidad de la eternidad. Experimentó la tentación de quedarse. El dulce abandono del retorno a la fuente del tiempo. Su alma estaba colmada.

Cuando volvió de su ensueño sintió que habían transcurrido años, sin embargo, todo a su alrededor le indicaba lo opuesto: la anciana aún estaba allí, el fuego no se había extinguido, la piedra seguía siendo piedra, el barro, barro. Su exterior permanecía joven, pero su alma había trascurrido varios lustros. Tardó en reponerse, su espíritu deseaba levantarse, el cuerpo se negaba; su mente hablaba, no obstante, sus miembros no respondían. Se repuso al delirio y ocaso de la consciencia pasado un lapso cuya duración no supo precisar. Una profunda somnolencia lo embargó y cayó en la inconsciencia.

Al despertar la dama lo observaba con rostro impasible. Se dirigió hacia donde él se encontraba y se agachó. Sobre el piso de la cueva colocó dos caracoles, uno oscuro y otro blanco, le pidió que escogiera. Uno, el oscuro, le llevaría a un lugar sin retorno, el otro de regreso con los suyos. Sintió el anhelo de adentrarse en el infinito, la tentación de abandonar el dolor, las privaciones de la vida, el sufrimiento. Una vez saboreado el éxtasis es difícil volver atrás. Sin embargo, a su consciencia acudió su familia, su pueblo, contempló el hambre y la desolación. Recordó las palabras de la anciana «decide sabiamente». Escogió el caracol blanco sin dudarlo más.  

—Ahora, descansa. Debes reponer fuerzas. Aún te falta volver por el camino por el que viniste.

Pasó un día más recuperándose hasta que su organismo recobró la fortaleza. La mujer le dio de comer y vigiló su sueño. Por la mañana, renovado por el descanso, se incorporó. A su lado yacía el caracol blanco. Lo envolvió en la manta sobre la que descansaba, lo anudó a su cintura y llevó consigo.

Procedió en sentido inverso. Esta vez conocía el camino y no le fue tan difícil hacerlo. Los túneles lo recibieron como a un viejo conocido. Los elementos conspiraron para llevarlo a salvo. Desanduvo el trayecto, nadó por los pasajes que había cruzado con anterioridad hasta que salió a la luz del cenote. Estaba exhausto y se detuvo a recobrar el aliento. Las grietas en el techo arrojaban rayos etéreos sobre el estanque cristalino. La atmosfera era dulce y refrescante, con un toque de aroma terroso. Enredaderas, cuyos zarcillos se extendían hacia el agua como candelabros, colgaban de la elipse superior que mostraba el firmamento azul.

No queriendo demorar más, subió las escaleras hacia el exterior y emprendió su regreso al poblado. Lo envolvió el interminable abrazo esmeralda de la jungla. Le sorprendió cuán diferente se apreciaba el entorno que dejara días atrás, aunque en apariencia fueran el mismo, lo envolvía un aura cualitativamente distinta. Se maravilló al comprobar que podía entender el lenguaje de las aves, de los animales terrestres, concertó el canto de los pájaros. En el horizonte aparecieron volutas de nubes, pintando la vasta extensión de la bóveda celeste en tonos grises, que proyectaban una sombra sobre el denso dosel forestal. La brisa murmuraba, en medio de la arboleda, promesas de lluvia.

Escuchó un trueno distante, luego otro. En un recodo del camino pudo apreciar la silueta de la urbe que se asomaba en la lejanía. Sintió la alegría de volver. El viento embravecido zumbaba sobre las viviendas en presagio de tormenta. Mientras se acercaba al poblado, las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, besaron el suelo árido, provocando que exhalara un suspiro de alivio. Los surcos sedientos acogieron con avidez el regalo de lo alto, despertando la vida dormida y llenando el aire con el embriagador olor del petricor.

Con lentitud al principio, luego más y más contundente, el golpeteo rítmico se transformó en una formidable melodía, una sinfonía orquestada en la floresta. Hasta que el horizonte se convirtió en una cortina líquida, un torrente caía sobre la selva, las piedras y las construcciones, y hacían resurgir los retoños dormidos. Danza celestial entre los cielos y la tierra. Enjambres de gotas jugaban con las hojas de los arbustos y plantas. Se detuvo y extendió sus brazos. Recibió en su cuerpo la añorada precipitación, hilos de plata corrían por sus cabellos, ojos, mejillas y acariciaban su torso. Penetraban en su boca cual néctar sagrado. Limpiaron su alma, revitalizaron su ser.

Los secos cauces de los ríos se hincharon con el elixir. Se encendió su rumor acuífero, llevando alimento, tanto a las raíces de los guanacastes monumentales, como a las delicadas flores silvestres. Los caminos se tornaron en arroyuelos, los manglares cantaban, las aves batían sus alas escurriendo el exceso de líquido. Las ranas emergieron de sus rincones ocultos con su perenne croar. El jaguar se movía con gracia felina entre las palmas danzantes. Su pelaje adornado con gotas de lluvia cual diamantes líquidos. Sus ojos captaron destellos de movimiento en medio del exuberante follaje. Los monos se balanceaban de rama en rama, encontrando solaz en el robusto abrazo de los árboles centenarios.  El élan vital había retornado al bosque.

En el vecindario, las calles se poblaron de risas. Los rostros se colmaron de esperanza. El dulce retruécano sonoro sobre los techos era música para sus oídos. Improvisados riachuelos se formaron entre las casas vecinas. Las mujeres danzaban y los hombres gritaban, los niños jugaban en los charcos. La algarabía general era un gozo para los ojos, sustento para el espíritu. La gente vitoreaba y bailaba celebrando la llegada de la lluvia.

martes, 5 de septiembre de 2023

Exilio

Manuel Quezada


La tarde soleada y calurosa no le afectaba. El sudor le bajaba por la frente, el cuello y sus brazos brillaban de la humedad. A estas alturas del juego había mucha tensión y ella no podía controlar el movimiento de los dedos. El estadio por reventar de aficionados de ambos equipos y el encuentro estaba empatado. Se fueron al octavo inning extra y, en estos XXIV Juegos Centroamericanos y del Caribe, otorgaban el beneficio de corredores en la primera y segunda base. El pícher giró su cabeza hacia el hombro derecho para ver al hombre en posición de anotar. Faltaba un «out» en la parte baja y todo apuntaba a un turno adicional a cada equipo. Lanzó la pelota y el bateador conectó hasta enviarla al jardín central, el dominicano la buscó e hizo todo el esfuerzo del mundo, logró tomarla, pero perdió el equilibrio y de inmediato la pelota salió del guante hasta tocar el césped. El jugador venezolano sabía que solo tocaba correr y correr sin mirar atrás y, cerca del «home» se lanzó para asegurar la carrera. Todos sus compañeros lo esperaban para celebrar la entrada del triunfo.

—¿Tú crees que todos son pro-Maduro? —interrogó Jacky.

—«X» —respondió. Pronunciaba esa letra para indicar que la política le era indiferente e indicar desinterés en este tema. Dejar su país y vivir el exilio había sido un costo emocional demasiado alto. No visitarlo es duro. Hablar con su familia únicamente por teléfono y recibir noticias de la evolución política de su patria era desgastante.

Cerca de la almohadilla de «home» los jugadores no paraban de celebrar: saltaban, se abrazaban, sonreían como si fuera el último juego de sus vidas, y luego volvieron a ver los graderíos para saludar a toda la afición venezolana que había venido a apoyarlos: algunos desde su propio país, otros venían de Miami, y una nutrida comunidad que vivía aquí por años y que estaba creciendo. Habían asegurado la medalla de bronce.

Ella se levantó del asiento ubicado en los graderíos del sector de tercera base y sus profundos ojos negros se humedecieron poco a poco. Aplaudió intensamente y sonrió.

—Es algo extraño —me dijo—, no los conozco, a ninguno de ellos, pero me alegra demasiado estar aquí.

Dejó su asiento, caminó hacia las gradas lentamente porque su sobrepeso no le permitía bajar con la rapidez que le latía el corazón por la emoción y, abriéndose paso entre la multitud del estadio, logró llegar hasta el campo y tomarse fotos con cada jugador de su país. Los abrazó uno a uno, posó y, tomó la bandera que llevaba enrollada alrededor de su cuello. Muchos venezolanos buscaron el contacto con los jugadores y la mayoría celebraba en las gradas con mucha intensidad gritando el nombre del país y el «¡Sí se pudo!».

—Desde que decidí dejar mi país, revivo con esto, es como un soplo divino…

—Y los jugadores simpatizarán con…

—“X” —me repitió—, quizá algunos o todos, si no, ni estuvieran en el máximo equipo.

La mayoría de los aficionados se desplazaron a las afueras del estadio para esperar a que los jugadores salieran con su equipo sobre el hombro, y uno a uno aparecían por la puerta principal para seguir con la celebración: abrazos, selfis, ondeo de la bandera, batucada, hasta que cada jugador fue subiendo al bus que los llevaría a la villa olímpica. Esos minutos de tarde calurosa representaban un encuentro con un puñado de desconocidos con clara identidad en la tonada de voz, música, dichos; era un pedazo de algo que no podía definir bien, pero le devolvía a su tierra.

—No soy ingenua y sé la importancia del deporte en la política —me dijo mi amiga, quien había apoyado a su equipo y no quería renunciar a su desbordante alegría—. Es importante sobresalir para justificar el aporte del régimen.

Cuando los atletas venezolanos subieron al bus y partieron, ella siguió el recorrido hasta que perdió de vista la unidad de transporte. Respiró y sonrió con paz.

—He ido a ver todo lo que he podido. He llorado y llorado…Se vive para estos momentos. Ver la bandera, escuchar el himno, identificar el acento entre la multitud… es como estar allá —dijo con claridad, pero con mucho dolor.

Se dirigieron al carro y mientras caminaban en esa dirección, examinan el calendario de otras competencias deportivas, para asistir antes que caiga la noche. Discutieron si van a ver baloncesto de tres contra tres (conocido como callejero, ahora es competencia olímpica).

—Dicen que la patria es donde trabajas y comes, pero ni mierda de eso, hay algo que me sigue haciendo falta. No se tiene patria con un buen trabajo, una quiere volver… cada mañana, en cualquier país, una amanece como si te acabarás de cambiar de empleo y eres la trabajadora nueva de la empresa. No somos de aquí y ya no somos de allá. Las raíces, la semilla, donde algún día debemos volver solo son recuerdos y recuerdos.

Antes de arrancar el carro me pregunta si tengo hambre porque no habíamos almorzado lo suficiente por la tensión del partido y, ahora era tiempo de buscar algún lugar para comer como se debía.

—¿Vamos a…?

—Donde tú quieras… —respondió Jacky.

—Quiero unas arepas. Quiero comer como Dios manda.

Sonríen.

En dos horas, comenzaría allí mismo la disputa de la medalla de oro entre Cuba y México, pero dejamos el parqueo del estadio en busca de comida y seguir de cerca las competencias de los venezolanos en otras disciplinas deportivas.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Medusa

Ruth Rosales


La primera vez que la vi me pareció una mujer hermosa, similar a las otras modelos y actrices que circulaban por el lugar, pero esa energía que emanaba de su cuerpo hacía que te perdieras en el poder enigmático de su alma.

En aquel entonces sólo era el asistente de luces en la castinera en la que trabajaba. Me gustaba lo que hacía, pero no era mi pasión. Estaba ahí más que nada para aprender y tejer contactos mientras estudiaba cine y soñaba con ser un gran director. El ambiente de la publicidad se me antojaba monótono y vacío, casi inhumano, pero esa tarde, detrás de la cámara, pude ver que estaba equivocado.

El asistente de dirección sonó la claqueta para sincronizar la imagen y el sonido mientras le pedía que se pusiera en el círculo marcado con cinta adhesiva amarilla en el piso, dijera su nombre, mostrara sus perfiles y se diera una vuelta completa. Ella era la última de ese día. Se había acabado la semana y todos estábamos cansados y ansiosos por irnos a tomar un par de cervezas al bar que en esos momentos transmitía las semifinales del fútbol, por lo que el director hizo a un lado el guion y se puso a improvisar. 

—Supongo que estudiaste tus líneas, ¿verdad? —preguntó pasándose las manos sobre el rostro agotado—. Vamos a ahorrarnos la réplica y definamos esto con una sola pregunta. ¿Por qué sigues haciendo publicidad si tú lo que seguramente quieres es ser actriz y actuar en películas y series de televisión?

Se hizo un silencio incómodo en la sala. Las miradas de interrogación pasaron del director a la chica que estaba parada en medio del círculo frente a un ciclorama color verde y con todas las luces reflejadas en su rostro imperturbable. 

—Después de que Emilio Fuentes me vendó los ojos, me puso en un cuarto oscuro y me hizo chuparle el pene empujando mi cabeza con su mano una y otra vez, prefiero hacer comerciales y vender mejor mi imagen en lugar de mi cuerpo por un protagónico.

Todos en la sala sostuvimos la respiración. Mis labios se separaron mientras mis ojos se exaltaron seguidos por las líneas de expresión prominentes en mi frente. Emilio Fuentes era, no solo el director estrella del cine mexicano, era el orgullo del país entero al ser el primero en haber obtenido un Oscar a mejor dirección, la palma de oro en el Festival de Cannes y múltiples reconocimientos internacionales.

—¿Cómo? —preguntó el director ligeramente perturbado.

—¿Me está preguntando cómo? ¿¡Quiere que le haga una demostración!?

—¡No!... No. Por supuesto que no. Pero…

—Es muy sencillo —lo interrumpió lanzando un suspiro que invitó a que todos hiciéramos conciencia de nuestra respiración contenida.

Volteó a ver a cada uno de los que estaban presentes. En total éramos cuatro hombres del equipo creativo y una mujer que representaba al cliente. Tras una pausa dramática, habló.

———

En ese entonces trabajaba como asistente de una reconocida maestra de teatro, después de haber estudiado sin descanso y con la ilusión de una niña cuyo más grande deseo era convertirse en un monstruo escénico teatral. Habían pasado ya cinco años desde que me mudé a esta ciudad y poco a poco empezaba a ver frutos de mi esfuerzo. Pero no los aburriré con esos detalles. Seguro ustedes han oído infinidad de historias parecidas y la mía no es la excepción. Así que iré al grano.

Yo admiraba con devoción a mi maestra. Su disciplina y rigor para entrenar el cuerpo y la mente de sus estudiantes era exquisito. Tenía una figura delgada y atlética, lo que impregnaba a sus movimientos una mezcla de agilidad y fortaleza que hacían que su presencia en el escenario tuviera el poder del radio y polonio juntos. Bueno, tal vez exagero, pero ustedes me entienden. Eso quería yo. Mientras lo obtenía, a base de arduos entrenamientos y una disciplina inquebrantable, me congratulaba de contar con su protección y me sentía afortunada al tener acceso a su sabiduría. Para mí era una diosa y yo la adoraba.

Un día me hizo ir al ensayo una hora más temprano. Me dijo que quería hablar conmigo antes de empezar. Cuando llegué, un hombre estaba sentado junto a ella. Mi maestra me pidió que por favor realizara una improvisación en donde mostrara la desesperación y pérdida de voluntad de una mujer que ha estado encerrada en un cuarto pequeño durante seis meses. Utilicé un poco de la técnica corporal que llevaba ya un tiempo entrenando en donde, a través de la economía de los movimientos, lograba proyectar mi angustia y desesperanza sin emitir una sola palabra. Al finalizar, mi maestra me dio las gracias y me pidió que saliera por unos minutos.

Después de un rato regresó. Inexpresiva y de pocas palabras como era, se acercó y me dio un abrazo fuerte y prolongado.

—A partir de mañana formas parte del elenco de la próxima película de Emilio Fuentes.

—¿Qué?

—No está de más recordarte que llegues puntual a los llamados, que respetes y hagas todo lo que el director te diga. Emilio es muy exigente y te llevará hasta el límite para que explores lugares a los que igual y nunca has accedido estando consciente.

Yo la escuchaba muda, las palabras me habían abandonado por completo. No sabía qué decir. ¿Emilio Fuentes? ¿Ese señor era Emilio Fuentes? ¿Yo, en una película de Emilio Fuentes?

—Y otra cosa —interrumpió mis pensamientos—. Serás embajadora de esta compañía. Estarás mostrando las técnicas y disciplina que aquí has aprendido, por lo que espero que los sorprendas con tu talento y rigor. Emilio y yo fuimos juntos a la escuela, siempre he admirado su trabajo y nada me hace sentir más orgullo que esté confiando en mí al ofrecerle esta gran oportunidad a una alumna mía. 

La puerta de la sala de ensayos se abrió y empezaron a entrar poco a poco los integrantes de la compañía para iniciar el calentamiento. Ahí estaba yo, en medio del espacio escuchando las voces lejanas de mis compañeros, sintiendo cómo sus cuerpos pasaban alrededor de mí mientras el mío iba recuperando poco a poco la consciencia y «le caía el veinte» del peso que de la nada habían puesto sobre sus hombros.

Voy a decir algo que tal vez sea difícil de creer, pero es verdad. No era lo que buscaba. Yo solo quería estar en los escenarios y seguir entrenando mi cuerpo y mente. Con mi maestra me sentía segura. Estar en su taller era estar en casa. Pero como ya he dicho antes, yo hacía lo que ella me dijera, sin dudarlo, sin preguntar. Sus palabras para mi eran mandamientos así que ahí estaba yo, puntual el día del llamado.

Las primeras semanas fueron muy interesantes, no lo voy a negar. El guion se inspiraba en la obra de Jean-Paul Sartre A puerta cerrada. Nos cuestionamos sobre la condición humana, las relaciones que se generan entre los individuos y el significado de la existencia. Ya saben, esos temas que tanto atormentaban a los pensadores de esa época y que a nosotros nos encantan. Pero lo que más exploramos fue el manejo sutil, casi imperceptible, del cambio de energía que repercute en nosotros al sentirnos observados y sometidos al juicio de los demás. Poco a poco fuimos desentrañando esa frase que rige el escrito: «El infierno son los otros».  

Trabajar con Emilio era interesante. Empecé a tenerle respeto por la manera en cómo nos hacía abordar esos temas. Yo ponía todo mi empeño en que mi trabajo fuera más que excelente. Siempre procuraba dar lo mejor de mí y un poquito más. Tenía en mi cabeza la promesa de ser una digna representante del taller y poner en alto la metodología actoral desarrollada por mi maestra. Así que todo lo que el director nos decía que hiciéramos, lo realizaba sin objeción.

Después de meses de filmación me encontraba agotada física y mentalmente. El constante cambio emocional y energético al que me veía sometida entre toma y toma me empezó a desgastar de tal manera que había ocasiones en que ya no sabía si la que hablaba fuera de cámaras era yo o el personaje. Ese cansancio hizo que los últimos llamados se alargaran aún más de lo previsto porque las secuencias no quedaban como el director quería. 

Mandó a descansar a todo el crew una semana y a los actores tres días. Al cuarto nos llamó y dijo que realizaríamos una serie de ejercicios para soltarnos y lograr el efecto que el guion estaba exigiendo.

Nos puso en un cuarto de aproximadamente tres por dos metros, pequeñito, sin ventanas, sin luz. Los cuatro actores principales estábamos apretujados junto con el director, mirándonos en silencio unos a otros. Así pasamos casi una hora. Suena a que estuvo aburrido, pero a mí me puso en un estado meditativo de paz y tranquilidad. Pensaba en lo afortunada que era de estar en esa producción y agradecía en silencio la oportunidad. Tal vez por eso reaccioné como lo hice minutos después. 

Emilio se levantó y nos pasó a cada uno de los actores una venda negra. «Póngansela en los ojos y apriétenla bien» nos dijo en voz monótona al tiempo en que apagaba la luz.

Nos pidió que camináramos por el espacio una vez que comprobó que todos tuviéramos los ojos completamente cubiertos. Señaló que pusiéramos énfasis en la respiración de tal manera que cada vez que nos topáramos con alguien, emitiéramos una larga inhalación y exhalación tratando de ignorar el contacto y enfocarnos en las sensaciones que se producían en nuestro cuerpo.

Al principio me tensionaba cuando me encontraba con alguno de los otros actores. Traté de dirigir mi atención a mis sensaciones y poco a poco empecé a relajarme. Después de un rato el director nos pidió que empezáramos a respirar por la boca y fuéramos acelerando el ritmo hasta llegar a inhalaciones y exhalaciones cortas. Teníamos que seguir enfocando nuestros sentidos a lo que experimentaba el cuerpo sin perder la concentración que pudiera presentarse debido a la corta o nula retención de aire en los pulmones.

Empecé a sentirme mareada y desorientada. Cada roce con otros cuerpos me generaba una especie de descarga eléctrica. Sentía cómo los poros de mi piel se expandían haciéndome más ligera, era como si flotara. Mi corazón latía fuerte y rápido, pero al mismo tiempo podía percibir su movimiento pausado, como en cámara lenta. Y entonces comencé a reír. 

Mi risa contagió a los demás y ahora todos reíamos, cantábamos y nos deslizábamos en una danza cortesana en el espacio con movimientos suaves y armónicos mientras nuestros pechos subían y bajaban con rapidez debido a nuestra respiración acelerada. Nos empezamos a tocar unos a otros y podía sentir lo que ellos estaban experimentando. Era como si todos estuviéramos conectados y formáramos un solo ser. 

Sentí cómo una mano empezó a tocarme con delicadeza mis labios para después deslizarse a mis hombros y presionarlos hacia abajo haciendo que mis piernas se doblaran y me hincara en el suelo. Percibí después dos manos ajenas jugando con mi pelo, mi frente, mis ojos y mis pómulos.

Los dedos de esas manos extranjeras abrieron mi boca haciendo que instintivamente la cerrara mientras la remojaba con la lengua, y, aprovechando ese minúsculo espacio de apertura entre mis labios al estar inhalando y exhalando con nerviosismo, un monolito grueso y caliente se hizo paso de manera abrupta entre mis dientes, al tiempo en que cambiaba de forma haciéndose más grueso y grande. Entonces paré.

Detuve con brusquedad la respiración acelerada y sentí como me desconectaba del resto de mis compañeros. Quise levantarme y sacar eso de mi boca, pero una mano sostenía mi nuca mientras la otra se aferraba a mi coronilla con fuerza obligándome a quedar arrodillada y sometida. No podía respirar, sentía esa cosa mutante llegar hasta mi garganta. Lancé un grito ahogado, al mismo tiempo en que mi cabeza era manejada por esas manos intrusas que jalaban con fuerza mi cabello hacia adelante y hacia atrás. 

Muchas veces me he cuestionado por qué no lo mordí. Por qué lo único que hizo mi cuerpo fue rendirse a la voluntad de ese animal que satisfacía sus instintos. Por qué permití que mis lágrimas salieran de mis ojos al mismo tiempo en que me tragaba ese líquido espeso salado y asqueroso en lugar de quitarme, escupir y gritar.

Solo sé que mi mente repetía una y otra vez: «Que no se den cuenta mis compañeros, que no se den cuenta mis compañeros». Yo era la que estaba haciendo algo mal y me daba una vergüenza terrible. Me sentía culpable por haber perdido la concentración del ejercicio «he roto la conexión con mis compañeros, he roto la conexión con mis compañeros, qué van a decir mis compañeros, qué van a pensar mis compañeros».

El director logró tener el final existencial que tanto buscaba. Crudo, desalentador, con una sensación de desasosiego y reflexión sobre la condición humana y por ello ganó múltiples reconocimientos internacionales y, como bien lo saben ustedes, su primera nominación al Oscar.

Nunca quise participar en los eventos de promoción de la película y eso molestó sobremanera a la producción. Mis compañeros no lo entendían. La prensa hablaba maravillas de mí, y yo permanecía en las sombras. Emilio le dijo a mi maestra que yo me le había ofrecido y que como él me había rechazado, estaba haciendo esto por venganza. Por supuesto ella no se detuvo en poner en duda lo que su amigo de la escuela le dijo y me corrió de su taller, sin permitir darle explicación alguna.

Ahora estaba ahí, en medio de un éxito taquillero internacional, sin mi maestra, exiliada del taller y asediada por propuestas sexuales de otros directores que al parecer habían escuchado la escena erótica distorsionada de cuando yo se la chupé al director en un cuarto oscuro.

Así que, volviendo a tu pregunta. No, yo no quiero ser actriz, yo ya lo soy. Podrías reformular la estructura de tus palabras y decirme: «¿Te dio tiempo de estudiar los diálogos mientras esperabas tu turno o necesitas que te dé réplica?». De esta manera haces tú tu trabajo y yo el mío.

———

Despertamos del embrujo en el que caímos durante su relato. Ese fuego que desprendía su mirada nos hizo sentir incómodos y avergonzados. El ambiente se volvió tenso y yo tenía unas absurdas ganas de llorar. El director tomó el guion y se acomodó para darle réplica a sus diálogos y empezar por fin la audición. Sus manos temblaban y parecía que las palabras no podían salir de su boca. Realizó unas muecas como si quisiera volver el estómago mientras su respiración se volvía entrecortada. Nadie acudió a socorrerlo. Era como si una fuerza nos impidiera movernos. 

—Mmm, ya veo —comentó la actriz colocada aún en medio del círculo marcado con cinta adhesiva amarilla en el piso—. Parece que al señor director le ha inquietado mi relato. Dile a tu padre que su actriz favorita le manda saludos. Pregúntale cómo le sabe el éxito. Dile que no tiene nada de qué preocuparse por las historias que andan circulando de él por ahí. Recuérdale que «el infierno está en los otros». Creo que por hoy mi audición ha terminado. 

Salió del círculo y se dirigió a la puerta, llevándose con ella toda nuestra energía.

miércoles, 30 de agosto de 2023

El tesoro maldito

Cecilia Escobar


Un haz de luz llamó poderosamente mi atención aquella noche, era como una llamarada que salía de las paredes de adobe y cañas de la casa. Extrañado por el suceso, hice a un lado el plato de sopa caliente que degustaba en solitario y me acerqué a inspeccionar.

Ocurría por segunda vez desde que me había mudado con mis escasos objetos personales a la casucha de paredes carcomidas y techo agujereado. El lugar estuvo abandonado durante algún tiempo.

Corría el año de 1914. Yo era un mulato treintañero y trabajaba como herrero para un hacendado en la costa norte del país. Vivía junto a mi familia, en un modesto rancho en los linderos de la hacienda. El patrón solía enviar, durante breves periodos de tiempo, peones a las distintas y extensas áreas de tierra que poseía.

Él hizo una adquisición de terrenos aledaños. Alegaba que era necesario aprovechar la apertura de Perú a la economía mundial, la misma que renovaba la capacidad productiva del país. Entonces me fue encomendado durante tres semanas entre finales de marzo y quincena de abril, realizar trabajos en el anexo adquirido.

Antes de mudarme hice los retoques necesarios que me protegerían del viento y la lluvia. En la casucha oscura y lúgubre entendí rápidamente porque los otros peones se negaron a quedarse allí. Yo amaba aquellos momentos de soledad y escribía versos en mis ratos de descanso, en un cuaderno que llevaba siempre conmigo. Por las noches me alumbraba con velas o lamparines a kerosene. La modernidad, traducida en energía eléctrica, aquel entonces no era accesible para la clase trabajadora.

En esa morada tuve desde el primer día sueños extraños, en los que un hombre desconocido, a quién le colgaba trozo del cráneo, se me aparecía hablándome cosas que no alcanzaba a entender. Al despertar, desconcertado por lo que hasta el momento no comprendía, veía su figura difuminarse ante mis ojos, como un enjambre de moscas pequeñas que desaparecían conforme la vista se volvía más clara. Otras veces, mientras hacía una ronda nocturna a caballo antes de dormir, una sombra siniestra salía del cañaveral y traspasaba las paredes de la casa.

Los sueños y las apariciones se hicieron más recurrentes. Por las mañanas sentía un cansancio incontrolable que empezaba a afectar mis sentidos. Al ser yo un hombre creyente y también supersticioso, tenía la sensación de que aquella figura del sueño, cuya voz al principio había sido inaudible y con los días tornábase más alta, se alimentaba de la energía de mi cuerpo.

En mi niñez había escuchado a mi abuela decir que cuando un muerto te visita, es muy importante preguntarle la razón. Darle la oportunidad para expresar lo que desea. Una noche, dispuesto a resolver el enigma, me acosté en la cama con la cara a la pared tal como decía la creencia popular, cansado como estaba por el trajinar diario me dormí enseguida y aquel desencarnado llegó a mi encuentro. Yo no sentí el menor temor a pesar de su abominable aspecto. Mi cuerpo yacía sobre el colchón, pero una parte de mí flotaba frente aquel ser fantasmal.

—¿Qué quieres? —pregunté sin mover los labios.

—Eres el elegido —respondió una voz hueca—. En este lugar hay un entierro. Yo soy el guardián de ese tesoro. Pagué con mi vida conocer el secreto y no podré descansar hasta haberlo revelado.

—¿Qué debo hacer? —inquirí intrigado.

—Necesitas cuatro carretes de hilo grueso virgen y herramientas para hacer hoyos profundos. Además, un trapo rojo con el que cubrirás tu nariz y boca al desenterrar los objetos, esto te protegerá del antimonio. Cuando los hayas conseguido, te indicaré el lugar exacto dónde deberás cavar. Tienes que actuar en solitario. Una cosa he de pedir para mí, tres misas a mi nombre, mi alma está cansada de vagar por estos parajes.

—¿Por qué yo? —indagué con extrañeza.

—Porque en ti no habita la codicia y tu corazón está libre de maldad —respondió.

Exaltado, me desperté de aquel sueño apuntando con ahínco lo más relevante en una libreta que acostumbraba tener al lado de mi cama sobre una rústica mesita de noche.

En los días siguientes, antes de volver con mi familia, caminé por las calles angostas y torcidas de Chiclayo en busca de los ovillos hasta conseguirlos. Pasé el fin de semana con mi esposa y mis cinco hijos, trabajando en mi parcela. Doce días al mes debía yo arar el fundo de media hectárea, que el patrón me había concedido para alimentar a los míos. Luego tuve que volver al anexo otra vez.

Coloqué sobre la mesita de noche los carretes adquiridos. Al día siguiente encontré el hilo del primer ovillo atado a la manija de la puerta, este avanzaba en línea recta cruzando el cañaveral. Aquel ser del otro mundo había desmadejado el carrete señalando de esta forma el camino desde la casucha hasta uno de los entierros. Asombrado, quise verificar que no hubiera nadie en la cercanía y al dar la vuelta a la morada, descubrí los tres hilos que me indicaban los otros lugares.

Me pareció curioso que el área donde debía cavar, estuviera alejada varios metros del lugar donde había visto los fuegos varías veces. Solo uno se encontraba al pie de un árbol de mangos cerca de la casa. Recogí el hilo de las madejas, colocando primero estacas de madera en los lugares asignados.

Esperé al día indicado para romper el suelo en los confines de la vieja hacienda, viernes santo, fecha en que según algunos, la tierra se abre para dar a luz los secretos de su interior. Me hice la señal de la cruz como un gesto instintivo y comencé a remover el terreno, al inicio con un pico y después con una pala, de vez en cuando me detenía a descansar y beber agua. De pronto, oí el ruido de la herramienta al chocar contra el metal. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al intentar sacar el objeto, era una lata de unos veinte centímetros y que retiré cuidadosamente. La envolví con papel periódico y la coloqué en mi alforja. Luego continué cavando en los otros lugares indicados.

 

Con el paso de las horas el sol comenzó a ocultarse, mostrando en el cielo sus hermosos tonos rojizos. Poco después fue necesario alumbrarme con el lamparín a kerosene para poder ver con claridad. Cuando encontré la última lata y, al parecer, la más grande e importante, tuve una extraña visión. La tranquila noche se agitó y un remolino atravesó el terreno helándome la sangre. Las ramas del árbol de mango se menearon amenazantes ante mis ojos, como un gigante dispuesto a devorarme.

Mi corazón se aceleró y empecé a respirar con dificultad. Sólo quería terminar lo que había empezado. Estaba allí en medio del campo, cavando con el único propósito de hacerle un favor al muerto. ¿Qué más podría suceder?, me pregunté temeroso y a la vez fastidiado. Después de unos minutos todo volvió a la normalidad. Exhausto, saqué la lata que había quedado destrozada por el impacto de la herramienta. Relucientes monedas saltaron a mi vista, eran libras de oro.

Cuando tuve los cuatro envases metálicos y después de comprobar que las otras tres latas contenían también libras, me invadió la euforia y luego una gran preocupación. Aquel hombre había pagado con su vida la posesión de su tesoro. Qué deparaba el destino para mí. Era notorio que él había sufrido una escena de violencia que acabó con su existencia. Hice lo posible para no romper mi campo de serenidad, con mucho respeto elevé una oración de agradecimiento por la experiencia y el regalo recibido. Al día siguiente terminado el trabajo encomendado por el patrón, tomé el caballo y me dirigí al lugar donde vivía con mi familia.

Era necesario actuar con cautela y precaución. Puse a buen recaudo mi tesoro, las cosas de valor nunca se deben tener al alcance de las manos, ni a los ojos de la gente. Bajo tierra estarían seguras. Esperaría tres meses hasta poder comercializar las monedas, era lo que el alma en pena me había dicho.

La posesión de aquellas libras de oro, ochocientas ochenta y dos en total, en cuyo anverso podía leerse: verdad y justicia, empezaron a robar la paz y tranquilidad de mis días. Siendo yo un hombre sencillo, sin vicios, afrodescendiente, temeroso de Dios y sabedor de que la riqueza corrompe el espíritu, opté por llevar la misma vida mísera que tenía hasta entonces. Un estilo ostentoso solo habría causado envidia de los vecinos e ideas paranoicas de mi parte.

Cómo podría explicar de pronto lo que poseía. Un tesoro oculto pertenece al que lo descubre si el sitio es de su propiedad. De qué forma podía yo relatar al patrón la historia del alma en pena y los carretes de hilo. Las monedas de oro me trajeron la misma sensación de incertidumbre que la libertad a los antepasados míos, al principio no supieron que hacer con ella. Se vieron obligados a regresar a las haciendas y trabajar como jornaleros a muy poco sueldo.

Con el paso de los días, mis hijos empezaron a hablarme acerca de una silueta sombría que creían ver a menudo de pie junto al fogón. Yo imaginé de quién se trataba. Debía tomar una decisión para deshacerme de su fastidiosa compañía.

Queriendo descargar mi alma del peso que la agobiaba, confesé al cura de la parroquia lo ocurrido, el mismo que me aconsejó compartir mi tesoro con los más pobres y en obras de caridad para la iglesia del pequeño pueblo que se había formado alrededor de la hacienda.

Después de las misas por el alma de aquel difunto y temiendo que una maldición cayera sobre mí y mis descendientes, adquirí en Monsefú, una imagen sagrada y le regalé a mi pueblo, en complicidad con el párroco, la tradición de celebrar durante tres días, la fiesta patronal del niño Jesús. Aún después de mi muerte, cada año en el mes de diciembre y al amparo de una gran fogata por las noches, la algarabía se apodera del polvoriento lugar.

lunes, 28 de agosto de 2023

En el lugar apropiado

Rosario Sánchez Infantas


Se había pagado para ser feliz; los cuatro coloridos boletos lo aseguraban.

Un par de días antes, desde el megáfono de un automóvil, se prometía en la pequeña ciudad: magia, hermosura, fuerza y fascinación. El tono con el que sus padres anunciaron que, el fin de semana, la familia iría a la función del circo reforzó las expectativas de todos los integrantes. A Laura, de nueve años, le resultó difícil reconocer el descampado polvoriento y sin una brizna de yerba. Ahora lo poblaban varias carpas pequeñas, jaulas con tigres, leones, osos pardos, chimpancés e incluso un cóndor andino. Hermosos niños y jovencitas, con vestimentas que parecían salidas de un libro de cuentos de Charles Perrault, vendían palomitas de maíz, algodón de azúcar, manzanas acarameladas y otras golosinas. El protagonismo se lo llevaba la gran carpa multicolor con sus banderas al viento, muchas bombillas y una banda interpretando una melodía alegre y pegadiza.

Se instalaron en la improvisada gradería de madera. Ella se maravilló con los atuendos elegantes de los presentadores, la gracia de los payasos y con la actuación de los magos y ventrílocuos que le hacía dudar de sus sentidos. Sufrió intensamente cuando tras el anuncio con redoble de tambores salieron a la pista las delicadas acróbatas. Creía entender la perspectiva de ellas y sintió la tristeza y el desamparo que imaginaba había detrás de sus hermosas sonrisas. Admiró, en un segundo plano, el equilibrio, la precisión y la destreza en el trapecio a gran altura. En las noches, en la ciudad ubicada a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, la temperatura lindaba los cero grados. Laura sentía frío pese a su ropa de abrigo. Aquellas jóvenes, además del miedo a fallar en sus acrobacias, debían enfrentar la tensión y orfandad de no estar en el lugar apropiado. Imaginó que ellas, desde allí arriba, notaban que solo un tercio de asientos estaban ocupados. Vivió la aflicción de estas personas para comprar alimentos para ellos… ¡y para sus animales!

Y cuando salieron las fieras, descritas como grandes amenazas para sus domadores, temió por el riesgo que estos enfrentaban. Pero, sufrió muchísimo el desconcierto absoluto de un león africano en esta tundra frígida. Pensaba que nadie, y menos el tigre traído desde la India, se acostumbra a vivir en una jaula de dos metros por cuatro. Los animales tenían que sentir que este no era el lugar apropiado y sintió su desarraigo. No es que los observara tristes, abatidos; su fantasía, o quizás su memoria, le facilitaron comprender, ser sensible y compartir las experiencias emocionales de estos seres lastimados.

Así fue por el mundo Laura, compartiendo el desconsuelo de los demás como si fuera propio. Lloraba por los toreros y por los toros, por los perros abandonados, por los mendigos sin pan, por los niños sin futuro, por los bosques arrasados y las criaturas que quedaban sin hogar. Leía historias que le hacían sentir la soledad del patito feo, la esperanza vana de Vanka, el dolor y desarraigo del tío Tom, las humillaciones a Quasimodo, la indiferencia que sufren la golondrina y el Príncipe feliz pese a ser solidarios, y tantos otros seres que acompañó. Todos ellos le recordaban su propia condición: no estar en el lugar apropiado.   

Sus padres, empleados públicos, garantizaron educación y salud a Laura y a su hermano Lucas; sin embargo, al no estar preparados para hacerlo, no promovieron la expresión de sentimientos y emociones entre los miembros de la familia. En su afán de garantizar que tuvieran éxitos en el futuro, los padres motivaban a sus hijos hacia logros académicos, no mostrando afecto y aceptación incondicional. En la escuela los niños recibieron una educación católica tradicional. Interpretaba la realidad mediante las virtudes que las monjas incluían en la libreta de notas: piedad, urbanidad, caridad, puntualidad y obediencia en las que obtenía notas excelentes al igual que en el aprovechamiento académico.

Laura no pudo relacionar su especial sensibilidad con sus lecturas tempranas, las frecuentes discusiones que devinieron en el divorcio de sus padres, el que su querido hermano estudiara en un internado en otra ciudad. Tampoco podía saber que tenía un temperamento emotivo. El control mediante la culpa y la falta de estímulo a la creatividad, marcaron su infancia, tanto en la escuela como en su hogar. Nunca había logrado lo suficiente como para congratularse y disfrutar. Siempre había algo por alcanzar.  

Por los años ochenta, Laura bordeaba los cuarenta años cuando, ante el delicado estado de salud de su hermano, debió contratar un auto que la llevara a otra ciudad, distante cuatrocientos kilómetros, en la costa peruana. Viajó de noche y aprovechó para dormir. Un gran golpe la despertó. Se habían salido de la carretera, el auto impactó contra una cerca de protección y se desplazaron en el aire unos segundos para caer unos tres metros abajo en una explanada de arena. Salvo unos golpes, ella y el chofer estaban bien. Tras las revisiones respectivas el conductor señaló que debía regresar al poblado más cercano por ayuda y comunicar al propietario del vehículo. Laura lamentaba que lo agreste del lugar donde estaban no le permitiera subir a la autopista y seguir su viaje.

La angustia la invadió cuando pensó que su hermano podía morir sin atención médica oportuna. Lucas y su esposa Marcia habían tenido un accidente automovilístico el día anterior cuando empezaban a disfrutar sus vacaciones en un balneario. Antes de ser auxiliados unos delincuentes juveniles les habían robado sus pertenencias, dinero y documentos. En el hospital estatal solo les dieron la atención de emergencia. Él requería una resonancia magnética que no se realizaba en dicho nosocomio.

Lucas siempre que pudo había estado con ella. Apenas dos años mayor, la asistía con los deberes escolares, la ayudó a elegir una profesión y el centro de estudios, la instruía en la toma de decisiones importantes, había estado con ella cuando enfermaba, cuando debía enfrentar una entrevista de trabajo y cuando se instaló en otra localidad. Nunca se expresaron implícitamente que se querían, pero sus actos silenciosos lo demostraban. La agobió imaginar su dolor, el peligro que corría su vida, la angustia de Marcia, la impotencia de no poder acudirlos a tiempo. Más aun, por su demora, deberían pensar que algo malo debió ocurrirle a ella en el viaje. No estaría en el lugar apropiado cuando la requerían.

De pronto tuvo una comprensión súbita de su último pensamiento. Se preguntó: «¿Cuándo estaré en el lugar apropiado para mí? ¿Cuándo me pondré en mi lugar? ¿Cuándo entenderé mis emociones, seré sensible a ellas y tendré una respuesta solidaria y apropiada a esa otra persona, que soy yo? Recién entonces tomó conciencia que le dolía mucho el cuello. Pensó que podía tener una lesión medular y verse afectada su sensibilidad y movimientos. Lloró al notar que su mano derecha estaba adormecida y tenía muy adolorida la cabeza. Se dio cuenta que siempre había minimizado lo que a ella le pasaba.

Cobró significado lo que su hermano muchas veces dijera: «¡No hay que ser tarugo! ¡Es cuestión de punto de vista!». Sabía de la urgencia de llegar a acudir a sus familiares; sin embargo, cuando el conductor le pidiera quedarse cuidando el vehículo “un par de horas, para que no se lo roben”, había aceptado inmediatamente. Respiró profundo y pensó: «Falta poco para el un nuevo día. Ahora solo puedo descansar y cuidarme… especialmente de mi imaginación».  Seis horas después una Laura más serena se encontró con su hermano y su cuñada, estables en el hospital. Ella estuvo en observación unas horas.   

Siguió siendo una persona sensible, altruista y solidaria; ello unido a sus lecturas y una, no consciente, vocación por escribir convergieron en un taller literario. El exceso de empatía e imaginación lo convirtió en cuentos.

Fue una gran compañera de sí misma desde que se ubicó en el lugar apropiado: al lado de sí misma.

martes, 22 de agosto de 2023

Un hombre afortunado

Érika L. Ramírez Levín


¿Cómo lograba mantenerse ecuánime tras haber sido engañado? Malditos fraudes. Cada vez eran más sofisticados y, por lo mismo, más creíbles. A pesar de que ya habíamos platicado de los nuevos y distintos tipos de ingeniería social que surgían —phishing, vishing, smishing, baiting y un largo etcétera, lo sorprendieron distraído y cayó redondito. Con una actitud muy versada, un «ejecutivo» le notificó que el banco había detectado una compra inusual con su tarjeta de débito, por lo que era necesario cancelarla antes de que los ladrones continuaran utilizando sus recursos financieros de modo ilícito. Claro, se requería realizar algunas «pruebas» para garantizar la correcta cancelación de la cuenta, por lo que le solicitó de forma muy amable y profesional su número de tarjeta y su código. Se despidió repitiendo su nombre y el del banco, agradeciéndole su tiempo y responsabilidad ante esa contrariedad. 

Le vaciaron su cuenta. 

Este hombre no dejaba de asombrarme. Situaciones así le sucedían con demasiada frecuencia, como si hubiera venido al mundo a probar todo lo que podía salir mal. Yo lo admiraba por su enorme paciencia, bondad y carencia de ver lo negativo en lo que le ocurría. Él lo tornaba en aprendizaje, y lo repetía no sé si para que yo lo comprendiera así o para no perder su cordura. 

Desde niño, Hugo conoció el dolor… ese que cala el alma, que arriesga la sensatez, que colma el interior de odio si no se trabajan las emociones de manera asertiva. Su madre se entregó a la drogadicción a fin de olvidar el abandono de un marido violento, alcohólico y mujeriego. Por eso, a muy temprana edad, tuvo que aprender a valerse por sí mismo. Sin embargo, era inteligente y comprendió que no era hogar aquél en donde era humillado y maltratado o, en el mejor de los casos, ignorado, así es que huyó sin que alguien intentara detenerlo. 

Creció en las calles resuelto a forjarse una vida libre de las carencias con las que se crio. Trabajó de repartidor, mensajero, limpiabotas, vendedor de periódicos, ayudante de mecánico y de todo cuanto pudo, mas también pedía limosna porque por razones incomprensibles y falsas —lo acusaban de robo, le sembraban paquetitos de estupefacientes, lo señalaban de incapaz—, le era difícil mantener los oficios por mucho. Ante esto, él decía: «Intentaban sobajarme… algo debí estar haciendo bien». 

Aun así, logró rentar un cuartucho en una zona popular y dividir sus días entre el trabajo, la limosna y los estudios. Encontró un instituto que proveía educación a personas en situación de calle o de escasos recursos. Él sabía que si aprendía «cosas» le podría ir mejor en esto que llamaban «vida». 

El tiempo transcurrió rápido como suele hacerlo cuando uno tiene muchas actividades en su haber y, después de tardes y noches de arduo estudio, Hugo concluyó la preparatoria y encontró trabajo de cajero en una tienda departamental. Luego de un año, se mudó a una zona más segura y continuó ahorrando como había aprendido a hacer al vivir continuamente con la incertidumbre que proveen la hambruna y la soledad. 

Conoció a la mujer de sus sueños una mañana de noviembre. En cuanto la vio quedó prendado de su belleza, de su sonrisa de diosa que iluminaba ese rostro de piel canela y labios carmines enmarcado por una melena libre, revuelta, como olas de un mar negro bajo una noche de luna llena. Y esos ojos, ¡tan hermosos! Como si el amanecer se hubiera posado sobre sus iris. Hugo se petrificó, inconsciente de su estupor, ante la musa que había arrebatado su respiración, hasta que una voz estridente lo sobresaltó regresándolo a la realidad. «¡¿Nos va a cobrar o no?!». El esposo, desesperado por irse, golpeó con una mano la superficie donde se apoyaba la caja registradora. «Calma, Patricio, no hay necesidad», dijo aquella divinidad hecha mujer al palurdo que la acompañaba, para después regresar la mirada a Hugo y regalarle un discreto guiño. 

El invierno quedó atrás y la primavera trajo sorpresas, como las dos golpizas que le propinó el cónyuge de su amada al darse cuenta de que ella frecuentaba la tienda más que antes. No obstante, gracias a la resiliencia y, de nuevo, la paciencia de Hugo, ese hombre abyecto comprendió su derrota y entre calumnias y berrinches firmó el divorcio y desapareció. Hugo y María, su diosa, se casaron seis meses después. 

Pese a los rayos de sol que fugaces iluminaron sus vidas, la nueva pareja atravesó varios retos que, me incluyo, hubieran mermado a cualquiera en sus intentos por mantener la fe de que todo se resolvería. Habían logrado juntar el enganche para comprar un pequeño departamento mediante la conocida de una amiga que trabajaba en el medio inmobiliario y que sabía, les dijeron, de ofertas que no se publicitaban para asegurar los costos bajos. Solo tenían que dar una cantidad que cubriera los gastos administrativos y el crédito para la compra del inmueble sería suyo. Reunieron a diez familias, incluyéndolos, quienes aportaron lo solicitado. Al intentar dar seguimiento a los trámites, la «amiga» no volvió a contestar el teléfono ni se supo más de ella. 

A la par de esa experiencia, se enteraron de que María estaba embarazada. El júbilo por la noticia inundó sus vidas y logró opacar el amargo trago de ver perdidos casi todos sus ahorros. Mas cuando la vida se ensaña, no lo hace «de a poco» y, tres semanas después, unos dolores insoportables, junto con las sábanas ensangrentadas, les anunciaron que habían perdido al bebé. En el transcurso de dos años esto se repitió en cinco ocasiones, siempre antes del segundo mes de gestación, por lo que tras la última decepción se resignaron a que no serían padres. 

Continuaron trabajando para equilibrar su economía, ella como docente de una primaria cercana al departamento que rentaban y él como supervisor de la tienda departamental en donde se habían conocido. Una tarde cálida de julio, Hugo regresaba del trabajo a su hogar. María lo esperaba con un gesto que él no supo interpretar. Ella se acercó, lo abrazó con fuerza y le susurró al oído aún aferrada a su ser: «Lo logramos, mi amor, por fin. Tenemos un angelito de cuatro meses cocinándose en mi vientre». Fue la primera vez que él lloró y rio al mismo tiempo, un poco por el modo en que su esposa le dio la noticia y otro tanto por la euforia que le provocaba semejante nueva. 

Si bien, unos meses después, una niña sana fue bienvenida en este mundo, el trance de la cesárea, aunado a los abortos que había tenido, trajo complicaciones que provocó que los médicos decidieran practicar una histerectomía. Aunque esto fue un golpe difícil de asimilar, se sentían agradecidos por la hija que ahora balbuceaba en sus brazos. Así es que Hugo, una vez más, convirtió en aprendizaje la experiencia y decidió disfrutar lo que sí tenían en lugar de lamentarse por lo que no podrían tener. 

Los años se fueron acumulando en las canas cada vez más numerosas de sus cabellos, en las manchas de sus manos y en la vida de su hija de la cual eran fervientes y amorosos testigos. Pudieron brindarle una educación aceptable que ella aprovechó exitosamente. Consiguió un trabajo que le proporcionó un excelente nivel de vida. Así, cumplió el sueño de sus padres de tener un lugar propio donde vivir al regalarles una casa modesta pero acogedora. Conoció a un buen hombre con quien formó su propia familia, convirtiéndolos en orgullosos abuelos de una niña hermosa, con el mismo tono de piel y los mismos ojos enormes, tan expresivos, como los de la abuela. 

Cuando la chiquilla cumplió cinco años, los abuelos le organizaron una fiesta en el parque situado frente a su casa y que sabían que a la niña le encantaba. Adornaron con globos de colores, contrataron un payaso, una animadora de eventos e invitaron a toda la familia y amigos con los que contaban. El día estaba soleado sin rastro de nubes, perfecto para la ocasión. 

El momento del pastel llegó. María agarró a su nietecita de la mano y le pidió que la acompañara a la casa por los platos pasteleros que había olvidado en la cocina. En realidad, quería ir por el regalo especial que tenía guardado para dárselo una vez que soplara las velas. Su nieta, parlanchina y jovial como se caracterizaba, iba dando de brinquitos sin soltar la mano de su abuelita. Hugo sabía esto y se quedó en la fiesta haciendo espacio en la mesa junto al pastel. Su sonrisa parecía salirse de su rostro. Veía a toda aquella gente que los estimaba y a quienes ellos apreciaban, agradeciendo a la vida por permitirle disfrutar un momento como ese, cuando un rechinido de llantas se escuchó cerca del parque. 

Ayer que regresábamos del panteón se habían cumplido tres años de su partida. Fuimos a cambiar las flores de la tumba donde descansaba su diosa, su amada esposa, y a renovar los peluches que yacían sobre la diminuta sepultura que la acompañaba a su lado derecho, tal y como se despidieron de esta vida agarradas de la mano. Después de «platicarles» lo que había sucedido con la supuesta llamada del banco, Hugo sonrió avergonzado de haber sido víctima de tal ardid y dobló su brazo para que yo me aferrara de él. 

Les mandamos un beso de despedida y comenzábamos a caminar cuando volvió a sorprenderme: «Te aseguro que están bien, porque vinieron a esta vida para mostrarme que no todo podía ser tan malo como varias veces creí. ¿Sabías que, en mi juventud, estuve a punto de suicidarme en varias ocasiones?». Me detuve en seco, no tenía idea. «Con ellas aprendí que, para poder valorar la luz, se debe conocer a fondo la oscuridad». Y con esta frase retomamos nuestro paso mientras yo sentía que mis mejillas se humedecían por toda la tristeza, la frustración y la rabia que se revolvían dentro de mí. Me quedaba claro que él estaba destrozado, que la partida de su diosa y, no se diga de su pequeña luciérnaga, como le decía a su nietecita, lo habían devastado. Pese a eso, otra vez se levantaba de entre los escombros y encontraba el aprendizaje que, de alguna manera, lo impulsaba a seguir adelante. ¡Cuánto lo idolatraba! No solo me aferré a su brazo, sino que intenté afianzarme a su grandeza y agradecí poder transitar este suplicio al lado de él: mi héroe, mi guía… mi padre.