martes, 5 de septiembre de 2023

Exilio

Manuel Quezada


La tarde soleada y calurosa no le afectaba. El sudor le bajaba por la frente, el cuello y sus brazos brillaban de la humedad. A estas alturas del juego había mucha tensión y ella no podía controlar el movimiento de los dedos. El estadio por reventar de aficionados de ambos equipos y el encuentro estaba empatado. Se fueron al octavo inning extra y, en estos XXIV Juegos Centroamericanos y del Caribe, otorgaban el beneficio de corredores en la primera y segunda base. El pícher giró su cabeza hacia el hombro derecho para ver al hombre en posición de anotar. Faltaba un «out» en la parte baja y todo apuntaba a un turno adicional a cada equipo. Lanzó la pelota y el bateador conectó hasta enviarla al jardín central, el dominicano la buscó e hizo todo el esfuerzo del mundo, logró tomarla, pero perdió el equilibrio y de inmediato la pelota salió del guante hasta tocar el césped. El jugador venezolano sabía que solo tocaba correr y correr sin mirar atrás y, cerca del «home» se lanzó para asegurar la carrera. Todos sus compañeros lo esperaban para celebrar la entrada del triunfo.

—¿Tú crees que todos son pro-Maduro? —interrogó Jacky.

—«X» —respondió. Pronunciaba esa letra para indicar que la política le era indiferente e indicar desinterés en este tema. Dejar su país y vivir el exilio había sido un costo emocional demasiado alto. No visitarlo es duro. Hablar con su familia únicamente por teléfono y recibir noticias de la evolución política de su patria era desgastante.

Cerca de la almohadilla de «home» los jugadores no paraban de celebrar: saltaban, se abrazaban, sonreían como si fuera el último juego de sus vidas, y luego volvieron a ver los graderíos para saludar a toda la afición venezolana que había venido a apoyarlos: algunos desde su propio país, otros venían de Miami, y una nutrida comunidad que vivía aquí por años y que estaba creciendo. Habían asegurado la medalla de bronce.

Ella se levantó del asiento ubicado en los graderíos del sector de tercera base y sus profundos ojos negros se humedecieron poco a poco. Aplaudió intensamente y sonrió.

—Es algo extraño —me dijo—, no los conozco, a ninguno de ellos, pero me alegra demasiado estar aquí.

Dejó su asiento, caminó hacia las gradas lentamente porque su sobrepeso no le permitía bajar con la rapidez que le latía el corazón por la emoción y, abriéndose paso entre la multitud del estadio, logró llegar hasta el campo y tomarse fotos con cada jugador de su país. Los abrazó uno a uno, posó y, tomó la bandera que llevaba enrollada alrededor de su cuello. Muchos venezolanos buscaron el contacto con los jugadores y la mayoría celebraba en las gradas con mucha intensidad gritando el nombre del país y el «¡Sí se pudo!».

—Desde que decidí dejar mi país, revivo con esto, es como un soplo divino…

—Y los jugadores simpatizarán con…

—“X” —me repitió—, quizá algunos o todos, si no, ni estuvieran en el máximo equipo.

La mayoría de los aficionados se desplazaron a las afueras del estadio para esperar a que los jugadores salieran con su equipo sobre el hombro, y uno a uno aparecían por la puerta principal para seguir con la celebración: abrazos, selfis, ondeo de la bandera, batucada, hasta que cada jugador fue subiendo al bus que los llevaría a la villa olímpica. Esos minutos de tarde calurosa representaban un encuentro con un puñado de desconocidos con clara identidad en la tonada de voz, música, dichos; era un pedazo de algo que no podía definir bien, pero le devolvía a su tierra.

—No soy ingenua y sé la importancia del deporte en la política —me dijo mi amiga, quien había apoyado a su equipo y no quería renunciar a su desbordante alegría—. Es importante sobresalir para justificar el aporte del régimen.

Cuando los atletas venezolanos subieron al bus y partieron, ella siguió el recorrido hasta que perdió de vista la unidad de transporte. Respiró y sonrió con paz.

—He ido a ver todo lo que he podido. He llorado y llorado…Se vive para estos momentos. Ver la bandera, escuchar el himno, identificar el acento entre la multitud… es como estar allá —dijo con claridad, pero con mucho dolor.

Se dirigieron al carro y mientras caminaban en esa dirección, examinan el calendario de otras competencias deportivas, para asistir antes que caiga la noche. Discutieron si van a ver baloncesto de tres contra tres (conocido como callejero, ahora es competencia olímpica).

—Dicen que la patria es donde trabajas y comes, pero ni mierda de eso, hay algo que me sigue haciendo falta. No se tiene patria con un buen trabajo, una quiere volver… cada mañana, en cualquier país, una amanece como si te acabarás de cambiar de empleo y eres la trabajadora nueva de la empresa. No somos de aquí y ya no somos de allá. Las raíces, la semilla, donde algún día debemos volver solo son recuerdos y recuerdos.

Antes de arrancar el carro me pregunta si tengo hambre porque no habíamos almorzado lo suficiente por la tensión del partido y, ahora era tiempo de buscar algún lugar para comer como se debía.

—¿Vamos a…?

—Donde tú quieras… —respondió Jacky.

—Quiero unas arepas. Quiero comer como Dios manda.

Sonríen.

En dos horas, comenzaría allí mismo la disputa de la medalla de oro entre Cuba y México, pero dejamos el parqueo del estadio en busca de comida y seguir de cerca las competencias de los venezolanos en otras disciplinas deportivas.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Medusa

Ruth Rosales


La primera vez que la vi me pareció una mujer hermosa, similar a las otras modelos y actrices que circulaban por el lugar, pero esa energía que emanaba de su cuerpo hacía que te perdieras en el poder enigmático de su alma.

En aquel entonces sólo era el asistente de luces en la castinera en la que trabajaba. Me gustaba lo que hacía, pero no era mi pasión. Estaba ahí más que nada para aprender y tejer contactos mientras estudiaba cine y soñaba con ser un gran director. El ambiente de la publicidad se me antojaba monótono y vacío, casi inhumano, pero esa tarde, detrás de la cámara, pude ver que estaba equivocado.

El asistente de dirección sonó la claqueta para sincronizar la imagen y el sonido mientras le pedía que se pusiera en el círculo marcado con cinta adhesiva amarilla en el piso, dijera su nombre, mostrara sus perfiles y se diera una vuelta completa. Ella era la última de ese día. Se había acabado la semana y todos estábamos cansados y ansiosos por irnos a tomar un par de cervezas al bar que en esos momentos transmitía las semifinales del fútbol, por lo que el director hizo a un lado el guion y se puso a improvisar. 

—Supongo que estudiaste tus líneas, ¿verdad? —preguntó pasándose las manos sobre el rostro agotado—. Vamos a ahorrarnos la réplica y definamos esto con una sola pregunta. ¿Por qué sigues haciendo publicidad si tú lo que seguramente quieres es ser actriz y actuar en películas y series de televisión?

Se hizo un silencio incómodo en la sala. Las miradas de interrogación pasaron del director a la chica que estaba parada en medio del círculo frente a un ciclorama color verde y con todas las luces reflejadas en su rostro imperturbable. 

—Después de que Emilio Fuentes me vendó los ojos, me puso en un cuarto oscuro y me hizo chuparle el pene empujando mi cabeza con su mano una y otra vez, prefiero hacer comerciales y vender mejor mi imagen en lugar de mi cuerpo por un protagónico.

Todos en la sala sostuvimos la respiración. Mis labios se separaron mientras mis ojos se exaltaron seguidos por las líneas de expresión prominentes en mi frente. Emilio Fuentes era, no solo el director estrella del cine mexicano, era el orgullo del país entero al ser el primero en haber obtenido un Oscar a mejor dirección, la palma de oro en el Festival de Cannes y múltiples reconocimientos internacionales.

—¿Cómo? —preguntó el director ligeramente perturbado.

—¿Me está preguntando cómo? ¿¡Quiere que le haga una demostración!?

—¡No!... No. Por supuesto que no. Pero…

—Es muy sencillo —lo interrumpió lanzando un suspiro que invitó a que todos hiciéramos conciencia de nuestra respiración contenida.

Volteó a ver a cada uno de los que estaban presentes. En total éramos cuatro hombres del equipo creativo y una mujer que representaba al cliente. Tras una pausa dramática, habló.

———

En ese entonces trabajaba como asistente de una reconocida maestra de teatro, después de haber estudiado sin descanso y con la ilusión de una niña cuyo más grande deseo era convertirse en un monstruo escénico teatral. Habían pasado ya cinco años desde que me mudé a esta ciudad y poco a poco empezaba a ver frutos de mi esfuerzo. Pero no los aburriré con esos detalles. Seguro ustedes han oído infinidad de historias parecidas y la mía no es la excepción. Así que iré al grano.

Yo admiraba con devoción a mi maestra. Su disciplina y rigor para entrenar el cuerpo y la mente de sus estudiantes era exquisito. Tenía una figura delgada y atlética, lo que impregnaba a sus movimientos una mezcla de agilidad y fortaleza que hacían que su presencia en el escenario tuviera el poder del radio y polonio juntos. Bueno, tal vez exagero, pero ustedes me entienden. Eso quería yo. Mientras lo obtenía, a base de arduos entrenamientos y una disciplina inquebrantable, me congratulaba de contar con su protección y me sentía afortunada al tener acceso a su sabiduría. Para mí era una diosa y yo la adoraba.

Un día me hizo ir al ensayo una hora más temprano. Me dijo que quería hablar conmigo antes de empezar. Cuando llegué, un hombre estaba sentado junto a ella. Mi maestra me pidió que por favor realizara una improvisación en donde mostrara la desesperación y pérdida de voluntad de una mujer que ha estado encerrada en un cuarto pequeño durante seis meses. Utilicé un poco de la técnica corporal que llevaba ya un tiempo entrenando en donde, a través de la economía de los movimientos, lograba proyectar mi angustia y desesperanza sin emitir una sola palabra. Al finalizar, mi maestra me dio las gracias y me pidió que saliera por unos minutos.

Después de un rato regresó. Inexpresiva y de pocas palabras como era, se acercó y me dio un abrazo fuerte y prolongado.

—A partir de mañana formas parte del elenco de la próxima película de Emilio Fuentes.

—¿Qué?

—No está de más recordarte que llegues puntual a los llamados, que respetes y hagas todo lo que el director te diga. Emilio es muy exigente y te llevará hasta el límite para que explores lugares a los que igual y nunca has accedido estando consciente.

Yo la escuchaba muda, las palabras me habían abandonado por completo. No sabía qué decir. ¿Emilio Fuentes? ¿Ese señor era Emilio Fuentes? ¿Yo, en una película de Emilio Fuentes?

—Y otra cosa —interrumpió mis pensamientos—. Serás embajadora de esta compañía. Estarás mostrando las técnicas y disciplina que aquí has aprendido, por lo que espero que los sorprendas con tu talento y rigor. Emilio y yo fuimos juntos a la escuela, siempre he admirado su trabajo y nada me hace sentir más orgullo que esté confiando en mí al ofrecerle esta gran oportunidad a una alumna mía. 

La puerta de la sala de ensayos se abrió y empezaron a entrar poco a poco los integrantes de la compañía para iniciar el calentamiento. Ahí estaba yo, en medio del espacio escuchando las voces lejanas de mis compañeros, sintiendo cómo sus cuerpos pasaban alrededor de mí mientras el mío iba recuperando poco a poco la consciencia y «le caía el veinte» del peso que de la nada habían puesto sobre sus hombros.

Voy a decir algo que tal vez sea difícil de creer, pero es verdad. No era lo que buscaba. Yo solo quería estar en los escenarios y seguir entrenando mi cuerpo y mente. Con mi maestra me sentía segura. Estar en su taller era estar en casa. Pero como ya he dicho antes, yo hacía lo que ella me dijera, sin dudarlo, sin preguntar. Sus palabras para mi eran mandamientos así que ahí estaba yo, puntual el día del llamado.

Las primeras semanas fueron muy interesantes, no lo voy a negar. El guion se inspiraba en la obra de Jean-Paul Sartre A puerta cerrada. Nos cuestionamos sobre la condición humana, las relaciones que se generan entre los individuos y el significado de la existencia. Ya saben, esos temas que tanto atormentaban a los pensadores de esa época y que a nosotros nos encantan. Pero lo que más exploramos fue el manejo sutil, casi imperceptible, del cambio de energía que repercute en nosotros al sentirnos observados y sometidos al juicio de los demás. Poco a poco fuimos desentrañando esa frase que rige el escrito: «El infierno son los otros».  

Trabajar con Emilio era interesante. Empecé a tenerle respeto por la manera en cómo nos hacía abordar esos temas. Yo ponía todo mi empeño en que mi trabajo fuera más que excelente. Siempre procuraba dar lo mejor de mí y un poquito más. Tenía en mi cabeza la promesa de ser una digna representante del taller y poner en alto la metodología actoral desarrollada por mi maestra. Así que todo lo que el director nos decía que hiciéramos, lo realizaba sin objeción.

Después de meses de filmación me encontraba agotada física y mentalmente. El constante cambio emocional y energético al que me veía sometida entre toma y toma me empezó a desgastar de tal manera que había ocasiones en que ya no sabía si la que hablaba fuera de cámaras era yo o el personaje. Ese cansancio hizo que los últimos llamados se alargaran aún más de lo previsto porque las secuencias no quedaban como el director quería. 

Mandó a descansar a todo el crew una semana y a los actores tres días. Al cuarto nos llamó y dijo que realizaríamos una serie de ejercicios para soltarnos y lograr el efecto que el guion estaba exigiendo.

Nos puso en un cuarto de aproximadamente tres por dos metros, pequeñito, sin ventanas, sin luz. Los cuatro actores principales estábamos apretujados junto con el director, mirándonos en silencio unos a otros. Así pasamos casi una hora. Suena a que estuvo aburrido, pero a mí me puso en un estado meditativo de paz y tranquilidad. Pensaba en lo afortunada que era de estar en esa producción y agradecía en silencio la oportunidad. Tal vez por eso reaccioné como lo hice minutos después. 

Emilio se levantó y nos pasó a cada uno de los actores una venda negra. «Póngansela en los ojos y apriétenla bien» nos dijo en voz monótona al tiempo en que apagaba la luz.

Nos pidió que camináramos por el espacio una vez que comprobó que todos tuviéramos los ojos completamente cubiertos. Señaló que pusiéramos énfasis en la respiración de tal manera que cada vez que nos topáramos con alguien, emitiéramos una larga inhalación y exhalación tratando de ignorar el contacto y enfocarnos en las sensaciones que se producían en nuestro cuerpo.

Al principio me tensionaba cuando me encontraba con alguno de los otros actores. Traté de dirigir mi atención a mis sensaciones y poco a poco empecé a relajarme. Después de un rato el director nos pidió que empezáramos a respirar por la boca y fuéramos acelerando el ritmo hasta llegar a inhalaciones y exhalaciones cortas. Teníamos que seguir enfocando nuestros sentidos a lo que experimentaba el cuerpo sin perder la concentración que pudiera presentarse debido a la corta o nula retención de aire en los pulmones.

Empecé a sentirme mareada y desorientada. Cada roce con otros cuerpos me generaba una especie de descarga eléctrica. Sentía cómo los poros de mi piel se expandían haciéndome más ligera, era como si flotara. Mi corazón latía fuerte y rápido, pero al mismo tiempo podía percibir su movimiento pausado, como en cámara lenta. Y entonces comencé a reír. 

Mi risa contagió a los demás y ahora todos reíamos, cantábamos y nos deslizábamos en una danza cortesana en el espacio con movimientos suaves y armónicos mientras nuestros pechos subían y bajaban con rapidez debido a nuestra respiración acelerada. Nos empezamos a tocar unos a otros y podía sentir lo que ellos estaban experimentando. Era como si todos estuviéramos conectados y formáramos un solo ser. 

Sentí cómo una mano empezó a tocarme con delicadeza mis labios para después deslizarse a mis hombros y presionarlos hacia abajo haciendo que mis piernas se doblaran y me hincara en el suelo. Percibí después dos manos ajenas jugando con mi pelo, mi frente, mis ojos y mis pómulos.

Los dedos de esas manos extranjeras abrieron mi boca haciendo que instintivamente la cerrara mientras la remojaba con la lengua, y, aprovechando ese minúsculo espacio de apertura entre mis labios al estar inhalando y exhalando con nerviosismo, un monolito grueso y caliente se hizo paso de manera abrupta entre mis dientes, al tiempo en que cambiaba de forma haciéndose más grueso y grande. Entonces paré.

Detuve con brusquedad la respiración acelerada y sentí como me desconectaba del resto de mis compañeros. Quise levantarme y sacar eso de mi boca, pero una mano sostenía mi nuca mientras la otra se aferraba a mi coronilla con fuerza obligándome a quedar arrodillada y sometida. No podía respirar, sentía esa cosa mutante llegar hasta mi garganta. Lancé un grito ahogado, al mismo tiempo en que mi cabeza era manejada por esas manos intrusas que jalaban con fuerza mi cabello hacia adelante y hacia atrás. 

Muchas veces me he cuestionado por qué no lo mordí. Por qué lo único que hizo mi cuerpo fue rendirse a la voluntad de ese animal que satisfacía sus instintos. Por qué permití que mis lágrimas salieran de mis ojos al mismo tiempo en que me tragaba ese líquido espeso salado y asqueroso en lugar de quitarme, escupir y gritar.

Solo sé que mi mente repetía una y otra vez: «Que no se den cuenta mis compañeros, que no se den cuenta mis compañeros». Yo era la que estaba haciendo algo mal y me daba una vergüenza terrible. Me sentía culpable por haber perdido la concentración del ejercicio «he roto la conexión con mis compañeros, he roto la conexión con mis compañeros, qué van a decir mis compañeros, qué van a pensar mis compañeros».

El director logró tener el final existencial que tanto buscaba. Crudo, desalentador, con una sensación de desasosiego y reflexión sobre la condición humana y por ello ganó múltiples reconocimientos internacionales y, como bien lo saben ustedes, su primera nominación al Oscar.

Nunca quise participar en los eventos de promoción de la película y eso molestó sobremanera a la producción. Mis compañeros no lo entendían. La prensa hablaba maravillas de mí, y yo permanecía en las sombras. Emilio le dijo a mi maestra que yo me le había ofrecido y que como él me había rechazado, estaba haciendo esto por venganza. Por supuesto ella no se detuvo en poner en duda lo que su amigo de la escuela le dijo y me corrió de su taller, sin permitir darle explicación alguna.

Ahora estaba ahí, en medio de un éxito taquillero internacional, sin mi maestra, exiliada del taller y asediada por propuestas sexuales de otros directores que al parecer habían escuchado la escena erótica distorsionada de cuando yo se la chupé al director en un cuarto oscuro.

Así que, volviendo a tu pregunta. No, yo no quiero ser actriz, yo ya lo soy. Podrías reformular la estructura de tus palabras y decirme: «¿Te dio tiempo de estudiar los diálogos mientras esperabas tu turno o necesitas que te dé réplica?». De esta manera haces tú tu trabajo y yo el mío.

———

Despertamos del embrujo en el que caímos durante su relato. Ese fuego que desprendía su mirada nos hizo sentir incómodos y avergonzados. El ambiente se volvió tenso y yo tenía unas absurdas ganas de llorar. El director tomó el guion y se acomodó para darle réplica a sus diálogos y empezar por fin la audición. Sus manos temblaban y parecía que las palabras no podían salir de su boca. Realizó unas muecas como si quisiera volver el estómago mientras su respiración se volvía entrecortada. Nadie acudió a socorrerlo. Era como si una fuerza nos impidiera movernos. 

—Mmm, ya veo —comentó la actriz colocada aún en medio del círculo marcado con cinta adhesiva amarilla en el piso—. Parece que al señor director le ha inquietado mi relato. Dile a tu padre que su actriz favorita le manda saludos. Pregúntale cómo le sabe el éxito. Dile que no tiene nada de qué preocuparse por las historias que andan circulando de él por ahí. Recuérdale que «el infierno está en los otros». Creo que por hoy mi audición ha terminado. 

Salió del círculo y se dirigió a la puerta, llevándose con ella toda nuestra energía.

miércoles, 30 de agosto de 2023

El tesoro maldito

Cecilia Escobar


Un haz de luz llamó poderosamente mi atención aquella noche, era como una llamarada que salía de las paredes de adobe y cañas de la casa. Extrañado por el suceso, hice a un lado el plato de sopa caliente que degustaba en solitario y me acerqué a inspeccionar.

Ocurría por segunda vez desde que me había mudado con mis escasos objetos personales a la casucha de paredes carcomidas y techo agujereado. El lugar estuvo abandonado durante algún tiempo.

Corría el año de 1914. Yo era un mulato treintañero y trabajaba como herrero para un hacendado en la costa norte del país. Vivía junto a mi familia, en un modesto rancho en los linderos de la hacienda. El patrón solía enviar, durante breves periodos de tiempo, peones a las distintas y extensas áreas de tierra que poseía.

Él hizo una adquisición de terrenos aledaños. Alegaba que era necesario aprovechar la apertura de Perú a la economía mundial, la misma que renovaba la capacidad productiva del país. Entonces me fue encomendado durante tres semanas entre finales de marzo y quincena de abril, realizar trabajos en el anexo adquirido.

Antes de mudarme hice los retoques necesarios que me protegerían del viento y la lluvia. En la casucha oscura y lúgubre entendí rápidamente porque los otros peones se negaron a quedarse allí. Yo amaba aquellos momentos de soledad y escribía versos en mis ratos de descanso, en un cuaderno que llevaba siempre conmigo. Por las noches me alumbraba con velas o lamparines a kerosene. La modernidad, traducida en energía eléctrica, aquel entonces no era accesible para la clase trabajadora.

En esa morada tuve desde el primer día sueños extraños, en los que un hombre desconocido, a quién le colgaba trozo del cráneo, se me aparecía hablándome cosas que no alcanzaba a entender. Al despertar, desconcertado por lo que hasta el momento no comprendía, veía su figura difuminarse ante mis ojos, como un enjambre de moscas pequeñas que desaparecían conforme la vista se volvía más clara. Otras veces, mientras hacía una ronda nocturna a caballo antes de dormir, una sombra siniestra salía del cañaveral y traspasaba las paredes de la casa.

Los sueños y las apariciones se hicieron más recurrentes. Por las mañanas sentía un cansancio incontrolable que empezaba a afectar mis sentidos. Al ser yo un hombre creyente y también supersticioso, tenía la sensación de que aquella figura del sueño, cuya voz al principio había sido inaudible y con los días tornábase más alta, se alimentaba de la energía de mi cuerpo.

En mi niñez había escuchado a mi abuela decir que cuando un muerto te visita, es muy importante preguntarle la razón. Darle la oportunidad para expresar lo que desea. Una noche, dispuesto a resolver el enigma, me acosté en la cama con la cara a la pared tal como decía la creencia popular, cansado como estaba por el trajinar diario me dormí enseguida y aquel desencarnado llegó a mi encuentro. Yo no sentí el menor temor a pesar de su abominable aspecto. Mi cuerpo yacía sobre el colchón, pero una parte de mí flotaba frente aquel ser fantasmal.

—¿Qué quieres? —pregunté sin mover los labios.

—Eres el elegido —respondió una voz hueca—. En este lugar hay un entierro. Yo soy el guardián de ese tesoro. Pagué con mi vida conocer el secreto y no podré descansar hasta haberlo revelado.

—¿Qué debo hacer? —inquirí intrigado.

—Necesitas cuatro carretes de hilo grueso virgen y herramientas para hacer hoyos profundos. Además, un trapo rojo con el que cubrirás tu nariz y boca al desenterrar los objetos, esto te protegerá del antimonio. Cuando los hayas conseguido, te indicaré el lugar exacto dónde deberás cavar. Tienes que actuar en solitario. Una cosa he de pedir para mí, tres misas a mi nombre, mi alma está cansada de vagar por estos parajes.

—¿Por qué yo? —indagué con extrañeza.

—Porque en ti no habita la codicia y tu corazón está libre de maldad —respondió.

Exaltado, me desperté de aquel sueño apuntando con ahínco lo más relevante en una libreta que acostumbraba tener al lado de mi cama sobre una rústica mesita de noche.

En los días siguientes, antes de volver con mi familia, caminé por las calles angostas y torcidas de Chiclayo en busca de los ovillos hasta conseguirlos. Pasé el fin de semana con mi esposa y mis cinco hijos, trabajando en mi parcela. Doce días al mes debía yo arar el fundo de media hectárea, que el patrón me había concedido para alimentar a los míos. Luego tuve que volver al anexo otra vez.

Coloqué sobre la mesita de noche los carretes adquiridos. Al día siguiente encontré el hilo del primer ovillo atado a la manija de la puerta, este avanzaba en línea recta cruzando el cañaveral. Aquel ser del otro mundo había desmadejado el carrete señalando de esta forma el camino desde la casucha hasta uno de los entierros. Asombrado, quise verificar que no hubiera nadie en la cercanía y al dar la vuelta a la morada, descubrí los tres hilos que me indicaban los otros lugares.

Me pareció curioso que el área donde debía cavar, estuviera alejada varios metros del lugar donde había visto los fuegos varías veces. Solo uno se encontraba al pie de un árbol de mangos cerca de la casa. Recogí el hilo de las madejas, colocando primero estacas de madera en los lugares asignados.

Esperé al día indicado para romper el suelo en los confines de la vieja hacienda, viernes santo, fecha en que según algunos, la tierra se abre para dar a luz los secretos de su interior. Me hice la señal de la cruz como un gesto instintivo y comencé a remover el terreno, al inicio con un pico y después con una pala, de vez en cuando me detenía a descansar y beber agua. De pronto, oí el ruido de la herramienta al chocar contra el metal. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al intentar sacar el objeto, era una lata de unos veinte centímetros y que retiré cuidadosamente. La envolví con papel periódico y la coloqué en mi alforja. Luego continué cavando en los otros lugares indicados.

 

Con el paso de las horas el sol comenzó a ocultarse, mostrando en el cielo sus hermosos tonos rojizos. Poco después fue necesario alumbrarme con el lamparín a kerosene para poder ver con claridad. Cuando encontré la última lata y, al parecer, la más grande e importante, tuve una extraña visión. La tranquila noche se agitó y un remolino atravesó el terreno helándome la sangre. Las ramas del árbol de mango se menearon amenazantes ante mis ojos, como un gigante dispuesto a devorarme.

Mi corazón se aceleró y empecé a respirar con dificultad. Sólo quería terminar lo que había empezado. Estaba allí en medio del campo, cavando con el único propósito de hacerle un favor al muerto. ¿Qué más podría suceder?, me pregunté temeroso y a la vez fastidiado. Después de unos minutos todo volvió a la normalidad. Exhausto, saqué la lata que había quedado destrozada por el impacto de la herramienta. Relucientes monedas saltaron a mi vista, eran libras de oro.

Cuando tuve los cuatro envases metálicos y después de comprobar que las otras tres latas contenían también libras, me invadió la euforia y luego una gran preocupación. Aquel hombre había pagado con su vida la posesión de su tesoro. Qué deparaba el destino para mí. Era notorio que él había sufrido una escena de violencia que acabó con su existencia. Hice lo posible para no romper mi campo de serenidad, con mucho respeto elevé una oración de agradecimiento por la experiencia y el regalo recibido. Al día siguiente terminado el trabajo encomendado por el patrón, tomé el caballo y me dirigí al lugar donde vivía con mi familia.

Era necesario actuar con cautela y precaución. Puse a buen recaudo mi tesoro, las cosas de valor nunca se deben tener al alcance de las manos, ni a los ojos de la gente. Bajo tierra estarían seguras. Esperaría tres meses hasta poder comercializar las monedas, era lo que el alma en pena me había dicho.

La posesión de aquellas libras de oro, ochocientas ochenta y dos en total, en cuyo anverso podía leerse: verdad y justicia, empezaron a robar la paz y tranquilidad de mis días. Siendo yo un hombre sencillo, sin vicios, afrodescendiente, temeroso de Dios y sabedor de que la riqueza corrompe el espíritu, opté por llevar la misma vida mísera que tenía hasta entonces. Un estilo ostentoso solo habría causado envidia de los vecinos e ideas paranoicas de mi parte.

Cómo podría explicar de pronto lo que poseía. Un tesoro oculto pertenece al que lo descubre si el sitio es de su propiedad. De qué forma podía yo relatar al patrón la historia del alma en pena y los carretes de hilo. Las monedas de oro me trajeron la misma sensación de incertidumbre que la libertad a los antepasados míos, al principio no supieron que hacer con ella. Se vieron obligados a regresar a las haciendas y trabajar como jornaleros a muy poco sueldo.

Con el paso de los días, mis hijos empezaron a hablarme acerca de una silueta sombría que creían ver a menudo de pie junto al fogón. Yo imaginé de quién se trataba. Debía tomar una decisión para deshacerme de su fastidiosa compañía.

Queriendo descargar mi alma del peso que la agobiaba, confesé al cura de la parroquia lo ocurrido, el mismo que me aconsejó compartir mi tesoro con los más pobres y en obras de caridad para la iglesia del pequeño pueblo que se había formado alrededor de la hacienda.

Después de las misas por el alma de aquel difunto y temiendo que una maldición cayera sobre mí y mis descendientes, adquirí en Monsefú, una imagen sagrada y le regalé a mi pueblo, en complicidad con el párroco, la tradición de celebrar durante tres días, la fiesta patronal del niño Jesús. Aún después de mi muerte, cada año en el mes de diciembre y al amparo de una gran fogata por las noches, la algarabía se apodera del polvoriento lugar.

lunes, 28 de agosto de 2023

En el lugar apropiado

Rosario Sánchez Infantas


Se había pagado para ser feliz; los cuatro coloridos boletos lo aseguraban.

Un par de días antes, desde el megáfono de un automóvil, se prometía en la pequeña ciudad: magia, hermosura, fuerza y fascinación. El tono con el que sus padres anunciaron que, el fin de semana, la familia iría a la función del circo reforzó las expectativas de todos los integrantes. A Laura, de nueve años, le resultó difícil reconocer el descampado polvoriento y sin una brizna de yerba. Ahora lo poblaban varias carpas pequeñas, jaulas con tigres, leones, osos pardos, chimpancés e incluso un cóndor andino. Hermosos niños y jovencitas, con vestimentas que parecían salidas de un libro de cuentos de Charles Perrault, vendían palomitas de maíz, algodón de azúcar, manzanas acarameladas y otras golosinas. El protagonismo se lo llevaba la gran carpa multicolor con sus banderas al viento, muchas bombillas y una banda interpretando una melodía alegre y pegadiza.

Se instalaron en la improvisada gradería de madera. Ella se maravilló con los atuendos elegantes de los presentadores, la gracia de los payasos y con la actuación de los magos y ventrílocuos que le hacía dudar de sus sentidos. Sufrió intensamente cuando tras el anuncio con redoble de tambores salieron a la pista las delicadas acróbatas. Creía entender la perspectiva de ellas y sintió la tristeza y el desamparo que imaginaba había detrás de sus hermosas sonrisas. Admiró, en un segundo plano, el equilibrio, la precisión y la destreza en el trapecio a gran altura. En las noches, en la ciudad ubicada a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, la temperatura lindaba los cero grados. Laura sentía frío pese a su ropa de abrigo. Aquellas jóvenes, además del miedo a fallar en sus acrobacias, debían enfrentar la tensión y orfandad de no estar en el lugar apropiado. Imaginó que ellas, desde allí arriba, notaban que solo un tercio de asientos estaban ocupados. Vivió la aflicción de estas personas para comprar alimentos para ellos… ¡y para sus animales!

Y cuando salieron las fieras, descritas como grandes amenazas para sus domadores, temió por el riesgo que estos enfrentaban. Pero, sufrió muchísimo el desconcierto absoluto de un león africano en esta tundra frígida. Pensaba que nadie, y menos el tigre traído desde la India, se acostumbra a vivir en una jaula de dos metros por cuatro. Los animales tenían que sentir que este no era el lugar apropiado y sintió su desarraigo. No es que los observara tristes, abatidos; su fantasía, o quizás su memoria, le facilitaron comprender, ser sensible y compartir las experiencias emocionales de estos seres lastimados.

Así fue por el mundo Laura, compartiendo el desconsuelo de los demás como si fuera propio. Lloraba por los toreros y por los toros, por los perros abandonados, por los mendigos sin pan, por los niños sin futuro, por los bosques arrasados y las criaturas que quedaban sin hogar. Leía historias que le hacían sentir la soledad del patito feo, la esperanza vana de Vanka, el dolor y desarraigo del tío Tom, las humillaciones a Quasimodo, la indiferencia que sufren la golondrina y el Príncipe feliz pese a ser solidarios, y tantos otros seres que acompañó. Todos ellos le recordaban su propia condición: no estar en el lugar apropiado.   

Sus padres, empleados públicos, garantizaron educación y salud a Laura y a su hermano Lucas; sin embargo, al no estar preparados para hacerlo, no promovieron la expresión de sentimientos y emociones entre los miembros de la familia. En su afán de garantizar que tuvieran éxitos en el futuro, los padres motivaban a sus hijos hacia logros académicos, no mostrando afecto y aceptación incondicional. En la escuela los niños recibieron una educación católica tradicional. Interpretaba la realidad mediante las virtudes que las monjas incluían en la libreta de notas: piedad, urbanidad, caridad, puntualidad y obediencia en las que obtenía notas excelentes al igual que en el aprovechamiento académico.

Laura no pudo relacionar su especial sensibilidad con sus lecturas tempranas, las frecuentes discusiones que devinieron en el divorcio de sus padres, el que su querido hermano estudiara en un internado en otra ciudad. Tampoco podía saber que tenía un temperamento emotivo. El control mediante la culpa y la falta de estímulo a la creatividad, marcaron su infancia, tanto en la escuela como en su hogar. Nunca había logrado lo suficiente como para congratularse y disfrutar. Siempre había algo por alcanzar.  

Por los años ochenta, Laura bordeaba los cuarenta años cuando, ante el delicado estado de salud de su hermano, debió contratar un auto que la llevara a otra ciudad, distante cuatrocientos kilómetros, en la costa peruana. Viajó de noche y aprovechó para dormir. Un gran golpe la despertó. Se habían salido de la carretera, el auto impactó contra una cerca de protección y se desplazaron en el aire unos segundos para caer unos tres metros abajo en una explanada de arena. Salvo unos golpes, ella y el chofer estaban bien. Tras las revisiones respectivas el conductor señaló que debía regresar al poblado más cercano por ayuda y comunicar al propietario del vehículo. Laura lamentaba que lo agreste del lugar donde estaban no le permitiera subir a la autopista y seguir su viaje.

La angustia la invadió cuando pensó que su hermano podía morir sin atención médica oportuna. Lucas y su esposa Marcia habían tenido un accidente automovilístico el día anterior cuando empezaban a disfrutar sus vacaciones en un balneario. Antes de ser auxiliados unos delincuentes juveniles les habían robado sus pertenencias, dinero y documentos. En el hospital estatal solo les dieron la atención de emergencia. Él requería una resonancia magnética que no se realizaba en dicho nosocomio.

Lucas siempre que pudo había estado con ella. Apenas dos años mayor, la asistía con los deberes escolares, la ayudó a elegir una profesión y el centro de estudios, la instruía en la toma de decisiones importantes, había estado con ella cuando enfermaba, cuando debía enfrentar una entrevista de trabajo y cuando se instaló en otra localidad. Nunca se expresaron implícitamente que se querían, pero sus actos silenciosos lo demostraban. La agobió imaginar su dolor, el peligro que corría su vida, la angustia de Marcia, la impotencia de no poder acudirlos a tiempo. Más aun, por su demora, deberían pensar que algo malo debió ocurrirle a ella en el viaje. No estaría en el lugar apropiado cuando la requerían.

De pronto tuvo una comprensión súbita de su último pensamiento. Se preguntó: «¿Cuándo estaré en el lugar apropiado para mí? ¿Cuándo me pondré en mi lugar? ¿Cuándo entenderé mis emociones, seré sensible a ellas y tendré una respuesta solidaria y apropiada a esa otra persona, que soy yo? Recién entonces tomó conciencia que le dolía mucho el cuello. Pensó que podía tener una lesión medular y verse afectada su sensibilidad y movimientos. Lloró al notar que su mano derecha estaba adormecida y tenía muy adolorida la cabeza. Se dio cuenta que siempre había minimizado lo que a ella le pasaba.

Cobró significado lo que su hermano muchas veces dijera: «¡No hay que ser tarugo! ¡Es cuestión de punto de vista!». Sabía de la urgencia de llegar a acudir a sus familiares; sin embargo, cuando el conductor le pidiera quedarse cuidando el vehículo “un par de horas, para que no se lo roben”, había aceptado inmediatamente. Respiró profundo y pensó: «Falta poco para el un nuevo día. Ahora solo puedo descansar y cuidarme… especialmente de mi imaginación».  Seis horas después una Laura más serena se encontró con su hermano y su cuñada, estables en el hospital. Ella estuvo en observación unas horas.   

Siguió siendo una persona sensible, altruista y solidaria; ello unido a sus lecturas y una, no consciente, vocación por escribir convergieron en un taller literario. El exceso de empatía e imaginación lo convirtió en cuentos.

Fue una gran compañera de sí misma desde que se ubicó en el lugar apropiado: al lado de sí misma.

martes, 22 de agosto de 2023

Un hombre afortunado

Érika L. Ramírez Levín


¿Cómo lograba mantenerse ecuánime tras haber sido engañado? Malditos fraudes. Cada vez eran más sofisticados y, por lo mismo, más creíbles. A pesar de que ya habíamos platicado de los nuevos y distintos tipos de ingeniería social que surgían —phishing, vishing, smishing, baiting y un largo etcétera, lo sorprendieron distraído y cayó redondito. Con una actitud muy versada, un «ejecutivo» le notificó que el banco había detectado una compra inusual con su tarjeta de débito, por lo que era necesario cancelarla antes de que los ladrones continuaran utilizando sus recursos financieros de modo ilícito. Claro, se requería realizar algunas «pruebas» para garantizar la correcta cancelación de la cuenta, por lo que le solicitó de forma muy amable y profesional su número de tarjeta y su código. Se despidió repitiendo su nombre y el del banco, agradeciéndole su tiempo y responsabilidad ante esa contrariedad. 

Le vaciaron su cuenta. 

Este hombre no dejaba de asombrarme. Situaciones así le sucedían con demasiada frecuencia, como si hubiera venido al mundo a probar todo lo que podía salir mal. Yo lo admiraba por su enorme paciencia, bondad y carencia de ver lo negativo en lo que le ocurría. Él lo tornaba en aprendizaje, y lo repetía no sé si para que yo lo comprendiera así o para no perder su cordura. 

Desde niño, Hugo conoció el dolor… ese que cala el alma, que arriesga la sensatez, que colma el interior de odio si no se trabajan las emociones de manera asertiva. Su madre se entregó a la drogadicción a fin de olvidar el abandono de un marido violento, alcohólico y mujeriego. Por eso, a muy temprana edad, tuvo que aprender a valerse por sí mismo. Sin embargo, era inteligente y comprendió que no era hogar aquél en donde era humillado y maltratado o, en el mejor de los casos, ignorado, así es que huyó sin que alguien intentara detenerlo. 

Creció en las calles resuelto a forjarse una vida libre de las carencias con las que se crio. Trabajó de repartidor, mensajero, limpiabotas, vendedor de periódicos, ayudante de mecánico y de todo cuanto pudo, mas también pedía limosna porque por razones incomprensibles y falsas —lo acusaban de robo, le sembraban paquetitos de estupefacientes, lo señalaban de incapaz—, le era difícil mantener los oficios por mucho. Ante esto, él decía: «Intentaban sobajarme… algo debí estar haciendo bien». 

Aun así, logró rentar un cuartucho en una zona popular y dividir sus días entre el trabajo, la limosna y los estudios. Encontró un instituto que proveía educación a personas en situación de calle o de escasos recursos. Él sabía que si aprendía «cosas» le podría ir mejor en esto que llamaban «vida». 

El tiempo transcurrió rápido como suele hacerlo cuando uno tiene muchas actividades en su haber y, después de tardes y noches de arduo estudio, Hugo concluyó la preparatoria y encontró trabajo de cajero en una tienda departamental. Luego de un año, se mudó a una zona más segura y continuó ahorrando como había aprendido a hacer al vivir continuamente con la incertidumbre que proveen la hambruna y la soledad. 

Conoció a la mujer de sus sueños una mañana de noviembre. En cuanto la vio quedó prendado de su belleza, de su sonrisa de diosa que iluminaba ese rostro de piel canela y labios carmines enmarcado por una melena libre, revuelta, como olas de un mar negro bajo una noche de luna llena. Y esos ojos, ¡tan hermosos! Como si el amanecer se hubiera posado sobre sus iris. Hugo se petrificó, inconsciente de su estupor, ante la musa que había arrebatado su respiración, hasta que una voz estridente lo sobresaltó regresándolo a la realidad. «¡¿Nos va a cobrar o no?!». El esposo, desesperado por irse, golpeó con una mano la superficie donde se apoyaba la caja registradora. «Calma, Patricio, no hay necesidad», dijo aquella divinidad hecha mujer al palurdo que la acompañaba, para después regresar la mirada a Hugo y regalarle un discreto guiño. 

El invierno quedó atrás y la primavera trajo sorpresas, como las dos golpizas que le propinó el cónyuge de su amada al darse cuenta de que ella frecuentaba la tienda más que antes. No obstante, gracias a la resiliencia y, de nuevo, la paciencia de Hugo, ese hombre abyecto comprendió su derrota y entre calumnias y berrinches firmó el divorcio y desapareció. Hugo y María, su diosa, se casaron seis meses después. 

Pese a los rayos de sol que fugaces iluminaron sus vidas, la nueva pareja atravesó varios retos que, me incluyo, hubieran mermado a cualquiera en sus intentos por mantener la fe de que todo se resolvería. Habían logrado juntar el enganche para comprar un pequeño departamento mediante la conocida de una amiga que trabajaba en el medio inmobiliario y que sabía, les dijeron, de ofertas que no se publicitaban para asegurar los costos bajos. Solo tenían que dar una cantidad que cubriera los gastos administrativos y el crédito para la compra del inmueble sería suyo. Reunieron a diez familias, incluyéndolos, quienes aportaron lo solicitado. Al intentar dar seguimiento a los trámites, la «amiga» no volvió a contestar el teléfono ni se supo más de ella. 

A la par de esa experiencia, se enteraron de que María estaba embarazada. El júbilo por la noticia inundó sus vidas y logró opacar el amargo trago de ver perdidos casi todos sus ahorros. Mas cuando la vida se ensaña, no lo hace «de a poco» y, tres semanas después, unos dolores insoportables, junto con las sábanas ensangrentadas, les anunciaron que habían perdido al bebé. En el transcurso de dos años esto se repitió en cinco ocasiones, siempre antes del segundo mes de gestación, por lo que tras la última decepción se resignaron a que no serían padres. 

Continuaron trabajando para equilibrar su economía, ella como docente de una primaria cercana al departamento que rentaban y él como supervisor de la tienda departamental en donde se habían conocido. Una tarde cálida de julio, Hugo regresaba del trabajo a su hogar. María lo esperaba con un gesto que él no supo interpretar. Ella se acercó, lo abrazó con fuerza y le susurró al oído aún aferrada a su ser: «Lo logramos, mi amor, por fin. Tenemos un angelito de cuatro meses cocinándose en mi vientre». Fue la primera vez que él lloró y rio al mismo tiempo, un poco por el modo en que su esposa le dio la noticia y otro tanto por la euforia que le provocaba semejante nueva. 

Si bien, unos meses después, una niña sana fue bienvenida en este mundo, el trance de la cesárea, aunado a los abortos que había tenido, trajo complicaciones que provocó que los médicos decidieran practicar una histerectomía. Aunque esto fue un golpe difícil de asimilar, se sentían agradecidos por la hija que ahora balbuceaba en sus brazos. Así es que Hugo, una vez más, convirtió en aprendizaje la experiencia y decidió disfrutar lo que sí tenían en lugar de lamentarse por lo que no podrían tener. 

Los años se fueron acumulando en las canas cada vez más numerosas de sus cabellos, en las manchas de sus manos y en la vida de su hija de la cual eran fervientes y amorosos testigos. Pudieron brindarle una educación aceptable que ella aprovechó exitosamente. Consiguió un trabajo que le proporcionó un excelente nivel de vida. Así, cumplió el sueño de sus padres de tener un lugar propio donde vivir al regalarles una casa modesta pero acogedora. Conoció a un buen hombre con quien formó su propia familia, convirtiéndolos en orgullosos abuelos de una niña hermosa, con el mismo tono de piel y los mismos ojos enormes, tan expresivos, como los de la abuela. 

Cuando la chiquilla cumplió cinco años, los abuelos le organizaron una fiesta en el parque situado frente a su casa y que sabían que a la niña le encantaba. Adornaron con globos de colores, contrataron un payaso, una animadora de eventos e invitaron a toda la familia y amigos con los que contaban. El día estaba soleado sin rastro de nubes, perfecto para la ocasión. 

El momento del pastel llegó. María agarró a su nietecita de la mano y le pidió que la acompañara a la casa por los platos pasteleros que había olvidado en la cocina. En realidad, quería ir por el regalo especial que tenía guardado para dárselo una vez que soplara las velas. Su nieta, parlanchina y jovial como se caracterizaba, iba dando de brinquitos sin soltar la mano de su abuelita. Hugo sabía esto y se quedó en la fiesta haciendo espacio en la mesa junto al pastel. Su sonrisa parecía salirse de su rostro. Veía a toda aquella gente que los estimaba y a quienes ellos apreciaban, agradeciendo a la vida por permitirle disfrutar un momento como ese, cuando un rechinido de llantas se escuchó cerca del parque. 

Ayer que regresábamos del panteón se habían cumplido tres años de su partida. Fuimos a cambiar las flores de la tumba donde descansaba su diosa, su amada esposa, y a renovar los peluches que yacían sobre la diminuta sepultura que la acompañaba a su lado derecho, tal y como se despidieron de esta vida agarradas de la mano. Después de «platicarles» lo que había sucedido con la supuesta llamada del banco, Hugo sonrió avergonzado de haber sido víctima de tal ardid y dobló su brazo para que yo me aferrara de él. 

Les mandamos un beso de despedida y comenzábamos a caminar cuando volvió a sorprenderme: «Te aseguro que están bien, porque vinieron a esta vida para mostrarme que no todo podía ser tan malo como varias veces creí. ¿Sabías que, en mi juventud, estuve a punto de suicidarme en varias ocasiones?». Me detuve en seco, no tenía idea. «Con ellas aprendí que, para poder valorar la luz, se debe conocer a fondo la oscuridad». Y con esta frase retomamos nuestro paso mientras yo sentía que mis mejillas se humedecían por toda la tristeza, la frustración y la rabia que se revolvían dentro de mí. Me quedaba claro que él estaba destrozado, que la partida de su diosa y, no se diga de su pequeña luciérnaga, como le decía a su nietecita, lo habían devastado. Pese a eso, otra vez se levantaba de entre los escombros y encontraba el aprendizaje que, de alguna manera, lo impulsaba a seguir adelante. ¡Cuánto lo idolatraba! No solo me aferré a su brazo, sino que intenté afianzarme a su grandeza y agradecí poder transitar este suplicio al lado de él: mi héroe, mi guía… mi padre.

sábado, 29 de julio de 2023

Un cura de parroquia

Patricio Durán


Las rosas, margaritas y claveles que decoraban las puertas, ventanas y columnas de estilo barroco de la iglesia Jesús Obrero aportaban armonía, frescura y calidez. Las bancas estaban decoradas con caspia y solidago, creando un ambiente festivo y romántico. El perfume alborotado de las flores daba la bienvenida y dejaba su eco en el olfato de los invitados a la boda. El Ave Verum Corpus de Mozart se escuchaba suavemente. Los novios se encontraban de pie ante el altar.

A punto de pronunciar los votos: «Yo, Miguel Ángel Fernández, te quiero a ti, Verónica Vivanco, como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, todos los días de mi vida…», el novio recordó la promesa que hizo años atrás a la Virgen de la Cueva de servirle como sacerdote si lo salvaba de morir enterrado bajo los desechos, broza y cascote, luego del terremoto que lo arrasó todo en la parroquia rural de San Mateo.

La catástrofe ocurrió el 10 de noviembre de 1950 al mediodía, causó mucha destrucción por el desplazamiento de grandes masas de tierra que atraparon a miles de asustados sanmateanos. Su epicentro estuvo ubicado en una falla geológica al norte del nido sísmico de Atocha, aproximadamente a veinte kilómetros de San Mateo. La magnitud calculada fue de seis punto ocho grados en la escala sismológica de Richter, con una profundidad de cuarenta mil metros.

Aquel viernes fatídico, el cielo se encontraba completamente despejado, no había una sola nube en lontananza, todo estaba tranquilo; los pobladores no se imaginaban la tragedia que se cernía bajo sus pies. Los parroquianos estaban preocupados en atender sus labores diarias: unos se ocupaban de actividades mineras o comerciales, otros a las faenas agrícolas, las amas de casa dedicadas a preparar el almuerzo, los niños se reunían en la iglesia Jesús Obrero preparándose para realizar la primera comunión. De pronto, las diligencias parroquiales fueron interrumpidas por la brusca sacudida de la corteza terrestre.

Muchos habitantes salieron de sus viviendas en precipitada carrera, haciendo lo contrario de lo que se aconseja en estos casos en los que se debe conservar la calma y no correr. La gente arrancaba aterrada, sin rumbo fijo, buscando lugares descampados: la plaza de toros, el parque Centenario, la explanada del templo y de la casa parroquial. La cifra de fallecidos fluctuaba entre seis y ocho mil. Nunca se supo el número exacto de los fallecidos. Luego del sismo, a San Mateo se le llegó a conocer como «El pueblo de los muertos».

En medio de violentas convulsiones, la nave central de la iglesia se vino abajo, atrapando en sus escombros a los niños que se preparaban para la primera comunión. El inmenso cielo se oscureció de pronto. Las nubes estaban cargadas, una tormenta trajo un viento místico que se desvaneció como la niebla en la insondable oscuridad y en sueños, Miguel Ángel sintió que un espectro lo rescataba de entre las ruinas, lo llevó en vilo y lo depositó con suavidad sobre el césped del parque Centenario, a pocos pasos del templo destruido.

Cuando volvió en sí se enteró de que la mayoría de sus compañeros estaban sepultados, sangraban profusamente por las heridas, pero él, ¡oh portento divino!, estaba ileso, solo unas magulladuras en brazos y piernas y un pequeño chichón causado por el golpe de una piedra, pero nada serio, por lo que desde ese mismo instante se ratificó en su promesa a la Virgen de la Cueva de entregarse en cuerpo y alma a servirla. Años después, al pie del altar, se arrepentiría de aquel juramento sintiendo que el amor por una mujer de carne y hueso es más fuerte que cualquier vocación espiritual.

Circulaba por las calles de San Mateo la creencia de que la «Pacha mama» se resintió por la exagerada explotación de los recursos naturales y por el comportamiento disoluto de aquellos, saturado por una corrupción difusa, tanto en lo religioso como en lo político, desfogando su enojo y enviando el castigo divino en forma de terremoto.

Los parroquianos sacaron la imagen de la Virgen de la Cueva en procesión por las vías destruidas con el propósito de calmar su ira, produciendo un sincretismo por la combinación de creencias religiosas provenientes de costumbres indígenas ancestrales y del cristianismo, que en este caso rayaba en la superstición, y en una general ambigüedad de comportamientos por parte de los pobladores.  Algunos de ellos permanecían prosternados y penitentes mientras la figura de la Virgen de la Cueva se alejaba; cuando levantaron la cabeza, solamente vieron una especie de sombra que colocaba el cuerpo inerte de un niño en la grama del parque Centenario.

Monseñor Germán Luzuriaga, obispo de la Diócesis de Nuevo León (a la que pertenecía la parroquia de San Mateo), fue padrino de bautismo de Miguel Ángel. En alguna ocasión en que se encontraban repasando el catecismo le preguntó: «Ahijado, ¿qué vas a ser cuando seas grande?», a lo que el niño respondió sin titubear: «Padrecito como usted, padrino». A él le llamaba la atención la indumentaria eclesiástica que usaba su mecenas, lo veía muy elegante e imponente con su sotana, casulla, estola, y toda la parafernalia de los ritos católicos.

Miguel Ángel fungía de monaguillo, era el servidor por excelencia, que se encargaba de atender en el altar y en las celebraciones de la liturgia. Ayudaba tanto al padre Hugo Romero, cura de la parroquia, como a la comunidad en hacer más solemne los rituales, por lo que servía al mismísimo Cristo que se encontraba presente en la celebración. La indumentaria del acólito consistía en dos prendas: sotana roja y roquete o sobrepelliz que era una vestidura blanca de lienzo fino con mangas anchas que llevaba sobre la toga, lo cual le daba un aire divertido.

A misa dominical, las señoritas iban vestidas con ropa nueva, la cara cubierta de polvo de arroz que daba a su piel una textura aterciopelada, y, pese a los serios rituales de la ceremonia, al ver al monaguillo vestido de tal forma soltaban la risa, lo que provocaba cierta turbación en Miguel Ángel, sobre todo porque entre las jóvenes se encontraba Beatriz, una chiquilla primorosa con quien se daba besos inocentes a hurtadillas; el aroma de su cabello sedeño le impedía dormir e iba ojeroso a la escuela. Sin duda, las Beatrices inspiran amores infinitos.

Miguel Ángel se convirtió en un agraciado joven, de elevada estatura, poseedor de una natural elocuencia, vigoroso, henchido de energía y entusiasmo que cautivaba los corazones de las chicas (y no tan chicas) que siempre buscaban su compañía. A medida que se desarrollaba físicamente sentía un cambio progresivo en su postura, una fuerte sensualidad le quemaba las entrañas, y el estar en contacto con el sexo femenino exacerbaba su deseo que lo transformó en un personaje oscuro, ambiguo que se evidenciaba en dicotomías antagónicas entre su vocación religiosa y sus sentimientos por Beatriz. En ocasiones, la imagen de ella estaba presente por más tiempo y más fuerza en sus pensamientos que la Virgen de la Cueva.

Monseñor Luzuriaga, hombrecillo de unos sesenta años, constitución gruesa, aunque pequeña, de aliento rancio, observando la aventurilla amorosa, llamó su atención gruñendo:

—¡Pero qué comportamiento es ese, ahijado! Tú no estás para dártelas de conquistador, tú tienes un serio compromiso con tu vocación. Así que pídele a la virgencita más sentido común. ¡Más juicio en la mollera!

—No es nada, padrino —respondió Miguel Ángel—. Beatriz es solamente una amiga.

—¡A las amigas no se les machaca la boca con ávidos besos, tunante! —respondió furioso monseñor Luzuriaga.

—Fueron solamente unos «piquitos». No volverá a pasar, padrino —contestó mohíno.

—¡Eso espero! —bramó monseñor y se retiró mascullando insultos.

Intuyendo las condiciones y el talento que mostraba su ahijado para la carrera eclesiástica, y al notar que Beatriz podría ser una amenaza y dar al traste con su vocación religiosa, apresuró sus buenos oficios y consiguió la autorización de los padres de Miguel Ángel para inscribirlo en el seminario. «La mujer puede ser un manjar digno de los dioses, mientras no lo sazone el diablo», dijo echando maldiciones. Con la renuencia de los jóvenes por abrazar el sacerdocio, monseñor no podía darse el lujo de perder a un buen prospecto por los ósculos de una damisela.

Miguel Ángel ingresó al seminario sin la convicción que mostró al inicio. Beatriz socavó su vocación haciéndola tambalear. A pesar de todo se graduó y gracias a una beca pudo continuar sus estudios eclesiásticos en la capital de la república donde recibió el sacramento del orden sacerdotal. Un mes después de su ordenación, al ser favorecedor de otra beca gestionada igualmente por su padrino, partió a Europa a estudiar en algunos de los más renombrados centros académicos del viejo continente graduándose como doctor en derecho canónico.

Beatriz, desolada por el viaje de Miguel Ángel, se echó a llorar al perder las esperanzas de que su inefable amado regrese a sus brazos. La partida a Europa era algo con lo que ella no contaba. No podía olvidar aquellos besos nocturnos y caricias apasionadas en la laguna de La Moya, sin los cuales nunca más recuperaría el placer de vivir. Pensó en hacerse monja: le entró una gran devoción, manifestación exagerada de las tendencias que desde niña había creado en su naturaleza sensible la convivencia con los clérigos; adquirió el hábito de la lectura, devoraba libros religiosos; pegó afiches de santos en las paredes de su habitación, asistía todos los días a misa, se confesaba y comulgaba todas las semanas. Se convirtió en un ejemplo para las adolescentes díscolas ingresando al convento de monjas de claustro, el cual tuvo que abandonar al poco tiempo por su estado de gravidez. 

Miguel Ángel, aprovechando su permanencia en el país galo, asistió como alumno a la Universidad Católica de París en donde se diplomó en Lengua y Cultura Francesa. Durante su estadía en Austria acudió a la Universidad de Viena y se graduó en idioma alemán. Su afición por los idiomas le permitía comunicarse con soltura en inglés, francés, alemán, italiano, portugués, latín y quichua. 

Miguel Ángel no era un cura ambicioso, no quiso ser caudatario de ningún obispo, él tenía claro que su existencia se la dedicaría a la Virgen de la Cueva, que gracias a su intervención la salvó; se conformaba con ser párroco para poder servir a su benefactora. No deseaba vivir en una gran ciudad, ni tampoco laborar en un templo al que asista gente rica y confesar a sus mujeres que acudían al confesionario para conquistar al cura confesor. Recordaba claramente cuando encontró al padre Hugo Romero besando apasionadamente a una feligresa en el confesonario. Ahora, ya de regreso a su parroquia, quería respetar los votos constitutivos de su vida monástica: obediencia, castidad y pobreza, aunque el melifluo recuerdo de Beatriz lo acompañaba siempre. El voto que se le dificultaba cumplir fue el de continencia, con los otros dos se las arreglaría.

Colmado de títulos y honores, el padre Miguel Ángel Fernández retornó a su pueblo natal para cumplir con la promesa que hizo a la Virgen de la Cueva de convertirse en sacerdote si salía vivo de entre los escombros del terremoto. Monseñor Germán Luzuriaga estaba muy satisfecho con el nombramiento de su ahijado como párroco de San Mateo. En la farmacia de la doctora Miriam, en el parque Central, en la sacristía de la catedral, por donde iba ponderaba sus estudios en las mejores universidades europeas, su acatamiento, el ser morigerado en las costumbres, en fin, glorificaba incluso su voz: «¡Un timbre que es un coro de ángeles!». —Él es el indicado para recuperar la fe de la gente. Le vaticinaba con ímpetu un gran futuro, grandes oportunidades. ¡Quizás la satisfacción de una prelatura!

El nuevo párroco llegó a su flamante parroquia veinte y cinco días después de su nombramiento en Roma. Fue a recibirlo su padrino.

—¡Hola, Miguel Ángel! —gritó el obispo Luzuriaga al verlo apearse de la diligencia que lo había transportado desde la capital.

—¡Padrino! —dijo el cura párroco con alegría, y se abrazaron, mientras una multitud entusiasmada rodeaba y aclamaba al nuevo cura de la parroquia.  

Las campanas repicaban sin cesar. Caminaron hacia la nueva residencia del cura párroco por un sendero cubierto de charcos y de ramas caídas. Los matorrales no habían sido podados y parecían amantes abrazados. Una luz moribunda se extendía por el pueblo, el aire dulzón podía sentirse creando una encantadora tranquilidad; de las casas salían humos blanquecinos y olorosos, portadores de las deliciosas viandas que preparaban las parroquianas; unos perros con aspecto macilento movían la cola alegremente esperando recibir un mendrugo de pan, y se escuchaba el trinar melancólico de las golondrinas.  Se notaba aún los vestigios de la iglesia y de varias viviendas que fueron destruidas por el terremoto, lo que evidenciaba la magnitud de la catástrofe, lo cual le recordaba a Miguel Ángel su promesa.

Monseñor Luzuriaga explicaba pausadamente que no podría hospedarse en el hogar de sus padres porque quedaba demasiado lejos del despacho parroquial, y sus nuevas funciones requerían que resida en un lugar cercano para atender a los lugareños que soliciten sus sagrados servicios a la hora que se presenten, ya sea para dar los santos óleos a los moribundos, aconsejar a un suicida o cualquier otra emergencia, por lo que consiguió un departamento en la morada de una mujer temerosa de Dios, de cuentas claras, muy económica y servicial.

—¡Te encontrarás allí como en tu propia casa! —dijo el padrino con ímpetu—. Tendrás las tres comidas diarias: desayuno, almuerzo, merienda y …

—Vamos despacio, padrino —dijo el cura párroco—. ¿Cuánto me va a costar esta maravilla? Mire que la Iglesia está en austeridad y no me ha asignado muchos fondos.

—La Iglesia siempre ha estado en austeridad, mi querido ahijado. La prebenda que recibes por tu canonjía alcanza plenamente —dijo el obispo—. Ocho mil sucres. ¡Un regalo!, considerando que se encuentra a una cuadra del despacho parroquial. Además, te atenderá Verónica, la hija de doña Genoveva, la dueña de casa, una chiquilla muy espiritual y hacendosa, además de bonita.

—¡Aquí tiene usted a su huésped! —dijo al llegar doña Genoveva.

—¡Es para mí un privilegio recibirlo, señor cura párroco! ¡Un gran honor! El viaje ha sido largo y debe estar agotado y hambriento. Le llevaré hasta su departamento —dijo la matrona—. Esta es su sala. Aquí puede recibir a las importantes personas que vengan a visitarlo. Por acá —añadió, abriendo una puerta— está su alcoba con baño privado y agua caliente. Ahora, si me dispensan, voy a preparar la mesa.

Luego de cenar, Miguel Ángel se despidió de su padrino y de doña Genoveva. «Estoy agotado del viaje y mañana temprano empieza mi labor». En su habitación había una imagen de la Virgen de la Cueva ataviada de un manto de terciopelo de algodón con saya blanca de brocado de oro. Porta en sus manos un sudario de tul bordado a mano ribeteado en encaje de concha y plata. Se sentía seguro al mirar la efigie. Abrió su librito de oraciones, se hincó, dijo una breve oración y se durmió inmediatamente.

A la mañana siguiente unos golpecitos temerosos lo hicieron despertar. Miguel Ángel abrió la puerta y vio a Verónica. Lo que le había mencionado su padrino acerca de su belleza se quedaba corto. La jovencita era mucho más hermosa de lo que se imaginaba. Algo turbado atinó a decir:

—Buenos días.

—Buenos días, señor cura párroco —dijo Verónica azorada viendo al sacerdote en pijamas—. El desayuno está servido.

—Muchas gracias. Me aseo y bajo enseguida.

Miguel Ángel se sentía complacido al cuidado de las mujeres. Doña Genoveva, muy abnegada, cuidaba con esmero todos los detalles para que su permanencia sea de lo mejor: lavaba y planchaba el hábito eclesiástico con el que podía lucir su gallarda figura. Le cocinaba deliciosas comidas y su habitación despedía un brillo como el sol mañanero. Verónica tenía con él mucha confianza lo que facilitaba una comunicación instantánea y efectiva: «han congeniado el uno con el otro», dijo, muy contenta doña Genoveva. De esta manera transcurrió el tiempo. Se sintió cómodo, con mantel largo, una cama esponjosa y la compañía afectuosa de dos damas virtuosas, sobre todo de Verónica, por quien las brasas del deseo empezaron a consumirlo sin que lo pudiera evitar. El «eterno femenino» en su máxima expresión.

En la parroquia de San Mateo se hablaba de la llegada del nuevo cura párroco, desde ya su hijo predilecto, quien parecía que iba a ser «profeta en su propia tierra». Se vio desembarcar sendas maletas cargadas de libros, muchos libros y artículos novedosos traídos de la madre patria y de los países europeos en los que se había formado «taita curita», así le empezaron a tratar los parroquianos. Las novedades consistían en una vitrola y colecciones de discos del estilo musical que pegaba con fuerza como el rock and roll, los grupos de moda eran The Beatles y de Elvis Presley.

Todos ponderaban las habilidades del cura de parroquia en muchos temas: hablaba varios idiomas, cantaba y bailaba como un profesional, conocía sobre agricultura, además de los inherentes a sus actividades al frente de la comunidad, dirigirla, preparar y dar sermones, oficiar eventos: bodas o funerales, y ayudar a los parroquianos en momentos de necesidad o aflicción, llevando la palabra del Señor cual bálsamo sanador.

El padre Miguel Ángel enseñó a los agricultores formas novedosas de cultivo aprendidas en España, especialmente de ajo y cebolla. En unas tierras fértiles de doña Genoveva puso en práctica sus técnicas de labranza obteniendo excelentes resultados y ayudando en la economía de la dueña de casa. Todas estas actividades no eran ajenas a Verónica, quien se fue enamorando de las destrezas del sacerdote, de su porte varonil, y él de todo lo que provenía de ella: le gustaba el talle perfecto de sus vestidos, su andar garboso, la forma de acicalarse el cabello. A veces veía entreabierta la puerta de su habitación, deslizaba hacia dentro miradas furtivas: la ropa interior desparramada en la cama le causaba hormigueos en el bajo vientre. Veía girar el mundo a sus pies, como si caminara en el aire. Nunca había estado tan cerca de una mujer.

Olvidaba de que era un cura de parroquia, la promesa a la Virgen de la Cueva, el sacerdocio, el pecado quedaban tan lejos. Solamente pensaba en acariciar sus cabellos sedosos, besar sus cálidos labios, sentir su aliento perfumado. En ocasiones protestaba contra estas debilidades carnales recordando las palabras de su padrino: «¡Más sentido común! ¡Más juicio en la mollera!», ignorando que el sentido común es el menos común de los sentidos cuando del amor se trata. «Si fuese un hombre libre, me casaría con Verónica. Sería un amantísimo esposo y un abnegado padre de familia», decía. Ante el cuadro dramático de su existencia, y frente a la perspectiva de una vida fallida y mediocre, una ola de calor, de furia contenida invadió su cuerpo y maldijo a su padrino, quien lo llevó de la mano, desde niño hasta convertirse en lo que hoy era: un ser amargado, devorado por la pasión carnal.

Tanta ternura le procuraba la sin par Verónica, con sus tiernos embelecos y miradas acarameladas; las faldas, medias, calzones y sostenes desperdigados en su cama que, a fin de cuentas, habían excitado su deseo, haciendo que el pobre cura terminara cediendo a sus deseos amorosos, comenzando una relación secreta, que con el tiempo se hizo pública, esto supuso el declive moral del cura párroco y un dilema: desistir de su romance o colgar los hábitos, abandonando la vida religiosa para casarse con ella.

Lamentaba no tener la libertad de contraer matrimonio, de hacerle el amor sin remordimiento, suavemente o con furia. ¿Por qué prometió a la Virgen de la Cueva convertirse en cura de parroquia? ¿Por qué permitió que su padrino lo lleve de la mano, como buey al matadero? ¿Por qué la Iglesia prohibía a sus clérigos la satisfacción más elemental, no negada ni siquiera en el reino animal? ¿Acaso las simples palabras de un jerarca religioso «serás puro y casto» a un varón en plena efervescencia de su sangre la iba a apaciguar? ¿Y quién concibió semejante despropósito? ¡Un cónclave de prelados decadentes en el ocaso de sus vidas! ¿Quizás ellos no sintieron en su juventud el llamado de la naturaleza taladrarlos hasta el tuétano? ¡Toda actividad humana podría evitarse, menos el amor! Y si amar no es pecado, ¿por qué está vedado entonces que el seminarista lo sienta, que lo haga con decencia e integridad, sin caer en la pedofilia y otras aberraciones? ¡Tal vez sería preferible que busque placer acudiendo a la más antigua de las profesiones en las sórdidas callejuelas citadinas? ¡El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil!

No comprendía cómo Verónica, una mujer tan hermosa, que le prodigaba cariño, finas atenciones, comprensión, que satisfacía las urgencias del deseo, fuera la culpable de sus cuitas de amor. ¿Debía convertirse en anacoreta y pasar el resto de su vida en lo alto de una columna en el desierto, rodeado de animales salvajes y alimañas para no caer en pecado?

El cura de parroquia pasó varios días reflexionando sobre la decisión a tomar; buscó inspiración en las Sagradas Escrituras y dio con un versículo de Primera de Timoteo que dice: «Si alguno desea ser siervo de Dios debe ser intachable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario y capaz de enseñar…». Ahí encontró lo que buscaba: «esposo de una sola mujer». La Iglesia católica no permite que sus sacerdotes sean casados, por lo que Miguel Ángel solicitó la dispensa de su estado clerical, se hizo pastor protestante, que a fin de cuentas observa normas más humanas, y casó con Verónica. Su decisión enojó a su padrino, pero prefería eso a desagradar a Dios que era todo amor, como lo repetían una y otra vez en el seminario.

Al fin podría besar, con la aquiescencia de la Iglesia cristiana y del Estado, aquella boca y aquellos senos de mujer, única obsesión del hombre: los toma al nacer y no los suelta hasta morir de viejo. El cura de parroquia cambió los favores de la Virgen del Monte por los de una montubia.