viernes, 21 de julio de 2023

El chico que vivía dentro de una burbuja

Roberto Murcia

 

Una mañana Daniel se despertó con la visión de los pájaros que, aunque lejanos, podían apreciarse cerca de su ventana. La luz del sol apenas se insinuaba a través del cristal. Los muebles se adivinaban en borrosos contornos grises. Pronto el cielo tomó su natural color azul y las pocas nubes esparcidas sobre ese telón de fondo se movían con lentitud, tomando formas a las que intentaba encontrar parecido a objetos y situaciones comunes. Sus padres, Hellen y Greg, habían colocado su lecho de tal manera que lograra ver el patio sin dificultad. Sobre este descansaba una burbuja plástica de unos cuantos pies cúbicos de espacio dentro de la cual vivía y cuyas paredes le impedían tener interacción directa con el exterior. Observaba a través de ellas como si fuera el vidrio de un auto que separa al pasajero del entorno. Las horas pasaban interminables hasta que volvía a anochecer. Su cosmos se reducía a lo que había dentro de la esfera de plástico, el resto era una quimera.

Solía pensar acerca de aquello a lo que no tenía acceso. ¿Cómo sería la experiencia de vivir del otro lado? La sensación de palpar la hierba, las hojas de los árboles y el terreno aledaño. Un gato que pasaba en el tejado adyacente parecía tener un pelaje hermoso, al parecer suave al tacto. Jamás tuvo contacto ni abrazó a otro ser viviente. Algo tan fundamental para un ser humano le era negado. Debía conformarse con ver las cosas desde su diminuto espacio. Daniel nació en 1970 con Inmunodeficiencia Combinada Severa (IDCS), trastorno genético que lo hacía susceptible a enfermarse ante la exposición a cualquier microorganismo patógeno. Los linfocitos T y B, que defienden a las personas normales de estos agentes nocivos, eran defectuosos en su cuerpo.

Debido a su rara afección, prevalente en uno de cada cien mil nacimientos, las expectativas de vida para él eran de menos de un año, por lo que el equipo médico a su cargo encabezado por el doctor Frankl tomó la medida desesperada de aislarlo de su medioambiente en un intento por evitar las infecciones que de otra manera ocurrirían indefectiblemente y le ocasionarían la muerte. Para ello lo colocaron en una cámara de plástico estéril y trasparente —cuyo omnipresente olor sintético lo acompañaba de día y de noche— que permitiría prevenir las enfermedades y al mismo tiempo posibilitaría el acceso visual de y hacia el exterior. La intención, según afirmaron, era la de asegurar su subsistencia por un período corto mientras se descubría una cura, pero esta espera se dilató mucho más allá de lo supuesto y en el presente tenía doce años. Ellos habían creado una serie de protocolos de atención clínica específicos para su caso, pues era el único en los anales de la ciencia colocado en tan singulares circunstancias. Tampoco habría otro después.

El procedimiento, que era riesgoso y cuestionable desde un punto de vista ético, lo convirtió en un sujeto de investigación permanente. Con posterioridad, se intentó justificar su confinamiento afirmando que su sufrimiento había ayudado al avance científico. Tanto la atmósfera que lo rodeaba, así como todo lo que entrara en contacto con él, debían ser rigurosamente esterilizados, para lo cual se utilizaba un purificador de aire y una segunda cámara que se llenaba con óxido de etileno en la que se colocaban la ropa, agua, alimentos e instrumentos médicos, o cualquier otro objeto, por cuatro horas a 60 Celsius. Luego eran ventilados por siete días antes de introducirlos en el ámbito principal. Toda su comida estaba envasada o enlatada y se removían las etiquetas, ya que podían contener agentes patógenos. Su plato preferido era la pasta con albóndigas de carne. Siempre deseó probar el helado, pero no fue posible, pues no hay forma de esterilizarlo. Su esperanza de supervivencia se encontraba supeditada a la asepsia total de su entorno.

La única interacción física permitida con otros seres humanos, se realizaba por medio de guantes plásticos de neopreno ubicados para ese propósito sobre agujeros circulares que sobresalían del compartimento. Estos permitían al personal sanitario aplicarle tratamientos o servían para su aseo. Cuando era un bebé, toda actividad de limpieza, alimentación y cuidados médicos debía ejecutarse con estos accesorios y únicamente utilizando los utensilios que se encontraban dentro de la recámara. Si iban a realizar un procedimiento, debían planearlo con días de anticipación, dado el tiempo que llevaba la esterilización. A su vez, él podía usar los guantes para tocar objetos y personas de manera indirecta.

La enfermedad es producida por un gen recesivo ligado al cromosoma X y afecta casi con exclusividad a los hombres. Los médicos habían dicho a sus padres que, si tenían un varón, la probabilidad de que este naciera con inmunodeficiencia era de un cincuenta por ciento. Con anterioridad tuvieron un hijo que murió en el primer año de vida. Ellos eran católicos practicantes, por lo que no usaban métodos anticonceptivos ni consideraban la opción de abortar. Cuando Hellen salió embarazada de nuevo, ellos aceptaron el riesgo y él vino al mundo con el padecimiento. Sus primeros tres años trascurrieron en el sanatorio. Luego se construyó una burbuja para trasportarlo y otra en el hogar familiar, donde pasaba períodos de varias semanas. Los facultativos deseaban realizar un trasplante de médula ósea a partir de un donante compatible, el único tratamiento disponible, pero no se había encontrado uno hasta ese momento. Se afirmaba que algún día, en un futuro no muy lejano, se encontraría una cura para su mal, mientras tanto debía mantenerse aislado a la espera de que esta llegara.

Mostraba delgadez, talla inferior al promedio; fuerza y masa muscular reducidas por falta de actividad física. Sus inteligentes ojos negros sobresalían en su pequeño rostro enmarcado por una abundante cabellera marrón. No recibía la luz solar, su piel lucía pálida y amarillenta. Los otros niños tenían el cutis rosado o bronceado. Con frecuencia escuchaba frases como: «¡Hoy el sol está tan fuerte! ¡He sudado a mares!». No comprendía lo que esto significaba, ya que nunca recibió los rayos solares durante suficiente tiempo. El área donde permanecía en el hospital y su casa, contaban con acondicionadores de aire, por lo que la temperatura era siempre similar. No conocía lo que era degustar una bebida o comida caliente o helada, pues cuando llegaban a él su estado inicial había cambiado. Únicamente podía apreciar los cambios propios del clima a través de su ventana: tormentas, vendavales, la nieve que cae en invierno. Según le dijeron esta última era fría, no obstante, no lo entendía, para él solo era blanca como el algodón que había tocado. Así que imaginaba que llovía algodón sobre el paisaje, aunque le explicaron que su textura era diferente.

Le intrigaba saber por qué no existían más niños como él en todo el planeta. Se sabía único en su especie y ese conocimiento ahondaba su soledad. Para otros no pasaba de ser una curiosidad de circo a la cual se la mira con admiración una vez y pronto se olvida por su falta de novedad. No sabía lo que era hacer ejercicio físico, correr, cansarse hasta perder el aliento. Jamás se había sumergido en el agua, recibido el viento o la lluvia sobre su piel, apreciado la mayoría de los aromas cotidianos, actividades que damos por descontadas. Nada de esto le era dado experimentar y no lograba comprenderlo por completo. ¿Qué habría pasado si hubiera nacido ciego? Su entorno sería un lugar incognoscible y remoto. Era incapaz de comprender el espacio en tres dimensiones y la perspectiva espacial, lo cercano de lo alejado. En vista que desde chico le inculcaron que el exterior representaba un peligro para él, tenía pesadillas en las que gérmenes que adoptaban formas amenazantes y monstruosas lo perseguían para matarlo.

Él se esforzaba por llevar una existencia normal dentro de lo posible dadas sus condiciones. Leía libros y se comunicaba con la maestra de su escuela por medio de un intercomunicador. Miraba televisión en un pequeño receptor introducido para tal propósito, en el que veía películas, dramas, comedias y muchas cosas más, que no hubiera conocido, de haber nacido unas décadas atrás. Le gustaba escribir sobre aquello que pensaba o soñaba en hojas de papel con lápices de grafito. Las palabras escritas le permitían expresar por escrito sus sentimientos íntimos y emociones, encerrarlos en cápsulas de tiempo que después podía releer. Lo que le acontecía, lo que visualizaba, sus sueños nocturnos y sus ensoñaciones diurnas. La impresión imaginaria de tocar los objetos, los seres vivos, las estrellas, las ramas de los árboles que se agitaban y silbaban con el viento. Solía concebir que tenía largas conversaciones con diversos interlocutores, sin percibirse limitado espacial ni temporalmente. Se imaginaba viviendo toda clase de aventuras, como las que observaba en la televisión.

Con frecuencia expresaba que él no pidió que preservaran su vida en esas condiciones y preferiría haber muerto después de su alumbramiento. En esos momentos de desesperación lanzaba los objetos de que disponía, lloraba, golpeaba las paredes de su burbuja y gritaba. Quería ser libre, correr y jugar como los demás niños. Sus progenitores y cuidadores intentaban calmarlo hasta que por fin estos accesos mermaban. Ellos estaban conscientes de la precariedad de su existencia y compartían su impotencia ante su destino funesto. Hellen y Greg tenían discusiones sobre si tomaron la decisión correcta al aceptar que Daniel fuera preservado en tales circunstancias, pues verlo así les causaba mucha angustia.

De pequeño solía considerar la posibilidad de que sus padres no regresaran. Si sufrían un percance que les impidiera volver, ¿cómo sabría qué les había ocurrido? ¿Qué pasaría con él? Estaba consciente de que las personas pueden fallecer de improviso, sin que se sepa de antemano la causa. Tenía terrores nocturnos al contemplar la eventualidad de que esto ocurriera y quedar atrapado en su contenedor. Otro de sus temores era que el purificador de aire se averiara y morir asfixiado. Miraba con envidia a quienes caminan con libertad, seres humanos, perros, gatos, insectos. Quizá él nunca podría ir a un lugar por voluntad propia. El único aspecto positivo de su confinamiento era que jamás había padecido una infección de ninguna clase, intestinal, gripe, amigdalitis; pero no se sabe apreciar la ausencia de aquello que no se ha experimentado. En lo que a él concernía, estas no existían.

Aunque sus padres intentaron mantenerlo fuera de los medios de comunicación, cuando cumplió nueve años esto fue imposible. Apareció en la portada del diario local. Al darse cuenta dijo:

—¡Soy una estrella! —Sus ojos abiertos reflejaban alegría y asombro.

—Claro que lo eres —dijo su madre— tú iluminas mi vida.

—¡Soy famoso! Las estrellas no tienen que hacer la limpieza —insistió, con sonrisa juguetona.

—Bueno, eso fue en el diario de ayer. Tu retrato no aparece en el de hoy, así que este día debes limpiar tu burbuja.

Posteriormente salió en los programas televisivos de noticias cuando lo filmaron mientras jugaba y realizaba diversas actividades, lo que lo convirtió en una celebridad nacional. Los editores mostraron únicamente los aspectos positivos y tuvieron el cuidado de eliminar las escenas en que actuaba con violencia o lloraba.  La atención mediática atrajo algunos niños de la escuela o del vecindario que iban a visitarlo. Inicialmente se acercaron por curiosidad, entablaron amistad y ahora lo visitaban con regularidad. Jugaban y conversaban con él, aunque no pudieran tener contacto físico. El ruidoso purificador de aire dificultaba la comunicación con el exterior, por lo que escuchaba sus voces amortiguadas por el sonido que este producía y por la barrera artificial que los separaba.

Sentía mucho cariño por los amigos que llegaban a verlo, en particular por Dalia, por quien desarrollo un interés romántico. Él se enamoró de sus ojos negros que lo miraban con ternura, del dulce óvalo de su rostro. Compartían un vínculo más íntimo que solamente ellos comprendían y los separaba de los demás. Esperaba con impaciencia a que llegara por las tardes después que ella atendiera sus clases e hiciera sus labores escolares. Aquellos instantes le parecían cortos y lo llenaban de felicidad. Dejaba de sentirse limitado por sus precarias condiciones y le parecía que lo mejor estaba por ocurrir. A diferencia de cuando escribía, le resultaba difícil encontrar las palabras apropiadas para hablar con ella, pero que, aunque faltaran, por lo general estaban de más. Él escribió en un papel: «Te amo». Dalia hizo lo mismo en un cuaderno que sacó de su bolso. Lo sostuvo sobre su pecho, decía: «yo también». Ese había sido el momento más feliz de su corta existencia.

En Halloween decoraron su dormitorio con telarañas, figuras fantasmagóricas y esqueletos. Daniel se vistió con un disfraz de bruja y repartió dulces a los demás chicos. En medio de la oscuridad iluminada por luces parpadeantes los sostenía en sus guantes de goma, en tanto que les preguntaba: «¿truco o trato?». Los pequeños, que se habían vestido con los atuendos más terroríficos que pudieron encontrar, pasaron cada cual por sus golosinas. Andy, uno de los invitados, dijo: «¡Tu fiesta es la mejor en la que he estado, Daniel!». Los demás asintieron.

Esa tarde llegaría Dalia. Una sensación inefable de bienestar lo abrumaba. Por lo general se presentaba alrededor de las tres, pasaron las horas, sin embargo, no acudió. En más de una ocasión faltó a su cita habitual. Una vez no llegó, pues se enfermó de influenza, otra porque sus progenitores debieron marcharse por una situación no prevista y ella no pudo salir. Su madre subió a su habitación y él le dijo con gesto de preocupación:

—Mamá, Dalia me dijo que vendría hoy a las tres, y no vino.

—¿Te mencionó si tenía algún problema o estaba enferma?

—No, para nada.

—Entonces dale tiempo, si no vino hoy, con seguridad vendrá mañana.

—Está bien —dijo, mas la apreciación de su madre no consiguió tranquilizarlo.

La esperó el siguiente día, no obstante, tampoco se presentó. Hellen habló a su casa para consultar si estaba enferma, a lo que le contestaron que no, que vendría el día próximo.

—Hola, ¿Cómo estás? —preguntó Dalia al llegar.

—Estoy bien de salud, pero estaba preocupado por ti. Porque no viniste ayer ni anteayer.

—Disculpa que no te haya avisado. Salí con mis amigos a un cumpleaños ayer.

—Pensé que algo te había pasado.

—No pasa nada. No quiero que te preocupes —expresó ella, restándole importancia al asunto.

De pronto, todo volvió a la normalidad. Hablaron como solían hacerlo por un buen rato. Él dibujó una casa grande con árboles en el exterior y un sol brillante en la que vivían los dos. Ella lucía complacida, «me encanta» expresó, mientras en sus delicados labios se dibujaba una sonrisa; no obstante, le entristeció que Daniel se representó a sí mismo dentro de una burbuja. Con el paso de los meses las visitas de Dalia se volvieron más espaciadas. Una cada dos días, luego una a la semana. Siempre, situaciones imprevistas le impedían asistir a sus citas, surgían múltiples excusas. Él la esperaba aun cuando ella le decía que no vendría. Imaginaba que por causa de un milagro aparecería en el umbral de la puerta y le diría: «Creí que no podría venir, pero aquí estoy». Hasta que por fin dejó de acudir. Insistió muchas veces con su madre para que la llamara, sin embargo, no regresó. No supo más de ella.

Lo que escribía se tornó pesimista, como si la atmósfera en que se desarrollaba la acción se oscureciera. Desaparecieron los sueños con un futuro mejor. Casi no comía y dejó de hacer lo que antes le provocaba placer. Apenas se movía, pasaba horas en posición fetal, no tenía motivación para lavarse o cambiarse la ropa. En su mente repetía de forma constante una canción que había escuchado en la televisión: «Que si de amor ya no se muere algo en mí se morirá…». Ante la insistencia de sus padres los médicos manifestaron que poco o nada se podía hacer para mitigar su pena. Solo cabía esperar. Hellen le dijo a su esposo mientras se mesaba el cabello:

—¡Ya no soporto el dolor de verlo así! ¡No sé qué hacer!

—¡Es una desgracia! No podemos hacer nada —respondió él al borde de las lágrimas.

Si era necesario, el personal que lo cuidaba introducía una bandeja con instrumentos, jeringas y medicamentos para hacerle exámenes o tratamientos. Esa mañana dejaron olvidada una pequeña tijera adentro. La ocultó, no supo el porqué. Cuando los demás se fueron la contempló durante largo rato. La tomó y se preguntó qué sentiría al ver fluir su propia sangre. El púrpura surgiría cual caudal que apremia su libertad del rigor restrictivo de las arterias. La colocó sobre la vena que se encuentra en la porción interior del codo, lugar del que la extraían si se requerían exámenes sanguíneos. Hizo presión y sintió dolor. La retiró y la dirigió contra las paredes de la burbuja con lentitud. Era la barrera que lo separaba del peligro, de los gérmenes que amenazaban su salud. Al mismo tiempo, era la cárcel que lo retenía cautivo, ignorante del universo al cual no podría acceder quizá nunca.

A veces dudaba de que en realidad existiera un mundo externo. Esta vez volvió a cavilar sobre el tema. Qué tal si su situación fuera una proyección deliberada, una película como las de la televisión creada con alguna finalidad que no alcanzaba a entender. Un recurso de la piedad de un ser misericordioso para atenuar su soledad. No obstante, de ser así, ¿por qué razón desearían mantenerlo en aislamiento? Crear un espejismo como el que vivía no le pareció propio del proceder de un ente bondadoso.

Se le ocurrió una idea más siniestra: ¿Podría su entorno haber sido preparado para engañarlo y mantenerlo confinado? Había escuchado la palabra experimento referida a su situación en los noticieros de la televisión. Se visualizó a sí mismo como una rata de laboratorio andando sobre una rueda giratoria. ¿Cabría la posibilidad de que su condición actual fuera una investigación perversa? ¿Qué tal si los que suponía eran sus progenitores en verdad no lo fueran y los médicos cumplieran el rol de carceleros? No existía manera de saberlo, pues todo cuanto le era dado conocer se encontraba en su reducido espacio vital. Se imaginó que cuando salían de su habitación se quitaban el disfraz y retornaban a su vida real de padres, esposos, hijos.

Empujó la tijera contra el revestimiento plástico, pero al principio no logró penetrarlo. Hizo más presión y se abrió un minúsculo agujero, luego otro. Dejó pasar los minutos. Nada grave ocurrió, quizá no era cierto lo que le dijeron del peligro que enfrentaría al tener contacto con el exterior. Agrandó el hueco y pudo sacar los dedos, la mano, después el antebrazo. Observó la palma de su mano con irrealidad. Palpó el colchón, el frío metal de la cabecera de la cama, las asperezas de la pared que no podían distinguirse a simple vista. Ya había comenzado, no existía la opción de dar marcha atrás. Siguió agrandándolo hasta que fue lo suficientemente grande para permitir el paso de su cuerpo. Sacó la cabeza, sus piernas. El aire se apreciaba diferente, acostumbrado como estaba al del interior. Lo invadió un sentimiento de incomodidad, como si estuviera desnudo. Sintió el frío de las baldosas al afirmar sus pies en el suelo.

Contempló el escenario circundante cual si fuera un bebé que sale del seno materno y vislumbra la luz por primera vez. Percibió aromas que no pudo identificar, el moho producto de la humedad, la distintiva fragancia del desinfectante para pisos, ambos desconocidos para él. Caminó por el aposento y palpó las paredes y los enseres. Una silla de madera con respaldar de cuerina. La puerta contrachapada. El piso de granito. Todo le parecía extraño. Al abrir la mini nevera recibió una ráfaga de frescor que salía de esta.  Observó varios envases sellados en el refrigerador y en el congelador un bote de helado de fresa. Lo sostuvo y sus manos le dolieron. Nunca antes experimentó esa sensación. Atemorizado lo colocó sobre una mesa. Lo abrió y con el dedo se llevó un poco a los labios y lo probó. Extrajo una botella de Coca-Cola. Jamás la había probado. La destapó con el abrebotellas como había visto hacer y tomó un trago. Un ligero ardor en la garganta al tragar.

Su madre llegó en ese instante y al verlo extendió sus brazos hacia él y comenzó a gritar. «¡Regresa a la burbuja!». Lo observaba con ojos desorbitados, la boca abierta con un rictus de dolor. Dirigió sus manos temblorosas hacia él como si fuera a introducirlo de nuevo, sin embargo, no se atrevía a tocarlo. La botella cayó de sus manos y el líquido se desparramó por el piso. Obedeció, retornó al contenedor y se reintrodujo en él. Su padre, quien se encontraba en ropas de dormir, acudió alertado por los gritos y al entrar en la habitación quedó congelado por la impresión. Ella le gritó: «¡Haz algo!». Él salió deprisa y al poco tiempo regresó con un rollo de cinta adhesiva de embalaje. Juntos intentaron tapar la abertura como pudieron.

Su padre apenas balbuceaba y salió a llamar por teléfono por ayuda. Su mamá no cesaba de chillar, por un momento creyó que se iba a desmayar. Después de un rato llegaron los paramédicos, lo subieron a una ambulancia, lo trasportaron al hospital. Percibía los movimientos y giros que realizaba el vehículo al desplazarse. Podía escuchar la sirena durante el trayecto y ver los destellos de color rojo de las luces intermitentes que se reflejaban en la calle. Sorprendentemente, se sentía tranquilo, como si nada malo ocurriera. Hasta le parecía que lo que sucedía era consecuencia natural de lo que vivió con anterioridad. Recordó sus primeros años, las visitas de Dalia y los demás chicos.

Al llegar al servicio de urgencias lo condujeron por los pasillos donde médicos y enfermeras, vestidos con uniformes, corrían de un lado a otro, pacientes en camillas y otros en ropas de civil observaban con asombro. Escuchaba múltiples voces cuyo sentido no siempre lograba determinar. En su recorrido, el resplandor de las lámparas en el techo se sucedía a intervalos regulares y percibía las vibraciones que producían en la camilla las irregularidades del piso. Mientras miraba el pandemónium a su alrededor, pensó: «¿Qué tal si mi situación no fuera real?, y ¿si todo esto no consistiera más que un teatro o una ilusión?».

Lo llevaron a la sala habitual. Lo mudaron del compartimento estropeado al que había allí. Como la situación fue inesperada, no hicieron los preparativos de esterilización acostumbrados. En los días siguientes se enfermó por primera vez en su vida. Vomitó y tuvo diarrea constante. Su temperatura subió hasta cuarenta grados Celsius. Se temía que muriera por deshidratación. Los facultativos debatieron sobre la decisión de sacarlo. Su papá le preguntó si quería salir y él dijo: «Acepto lo que consideren necesario». Fue trasportado a una sala desinfectada por completo. Se arrepintió por la aflicción que les causó a sus progenitores al abandonar su entorno seguro en casa, aunque a la vez se sentía liberado.

El tratamiento fue infructuoso, su condición empeoró. Sus órganos vitales comenzaron a fallar y fue desahuciado. El médico a cargo llamó a Hellen y Greg a la habitación de Daniel cuando supo que se acercaba el final. Ellos habían permanecido en el hospital casi todo el tiempo que duró su agonía. Ingresaron con ropas estériles. La recámara, cuyas paredes y piso estaban revestidos por material aislante especial que facilitaba su desinfección, carecía de ventanas y contaba solo con iluminación artificial. Postrado sobre la cama, apenas era reconocible; notablemente delgado, las mejillas y los ojos hundidos. A sus costados había varios monitores y equipo quirúrgico.

Por la tarde recibió la extremaunción. Durante el rito mencionó, con voz entrecortada, que Dalia y sus amigos habían venido a verlo. Los presentes comprendieron que deliraba. Preguntó cuándo podría regresar a casa. Sus progenitores intercambiaron miradas con el doctor Frankl. Este sin inmutarse contestó: «Pronto». Sus padres estaban a su lado y pudo abrazarlos. Manifestó que sentía mucho frío. Respiraba con dificultad. «Me siento muy cansado» expresó. Ella lo tomó de la mano y la estrechó contra su pecho mientras intentaba contener las lágrimas sin lograrlo. En el momento último ambos se quitaron las máscaras para poder besarlo por primera y única vez. «Los amo» dijo. Su cabeza se volvió hacia su costado izquierdo y sus ojos se cerraron.

martes, 18 de julio de 2023

En mi cabeza solo hay música

Manuel Quezada


Era difícil cualquier escenario: sabíamos que moriría, pero guardábamos una débil esperanza, casi ingenua. Cada veinticuatro horas había una desalentadora noticia hacia un desenlace inevitable. Los aparatos conectados a su cuerpo mantenían un pitido constante que alteraba mis nervios. Solo la música me proveía descanso. Cada mañana que la veía dormida estaba más delgada y percibía sus huesos, principalmente pómulos y mentón.

Estos días he escuchado un arreglo musical de Max Richter sobre Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. La pieza Spring 1 según Spotify es una recomposición del año 2012. Hay dos notas dominantes en la ejecución que me producen estados anímicos diferentes. Por un lado, la intensidad de los violines, que desde el inicio toman un ritmo galopante, me provoca alegría; por el otro, aparece un piano (después supe que era un sintetizador) con notas lentas, pausadas, que me vuelve nostálgico. No recuerdo una pieza musical que permita experimentar dos sentimientos opuestos

La primera vez que disfruté Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, fue con el maestro Herbert von Karajan y la prodigiosa violinista Anna-Sophie Mutter, en el marco de la inauguración de la Kammermusiksaal (sala de música de cámara) de la Berliner Philharmonie en 1987. Yo disfruté ese concierto por video y años después lo repaso en «Youtube».

En la última presentación que hizo Joaquín Sabina en nuestro país, dijo que había tres personas importantes para él: Monseñor Oscar Arnulfo Romero, el poeta Roque Dalton y el futbolista Jorge «El Mágico» González. Este último dejó una huella en el fútbol de España, en especial la ciudad de Cádiz, donde se le considera un dios. En una entrevista que le hicieron, vestía una camiseta con el logo de los Rolling Stones: la prolongada lengua que data de 1971. El reportero le preguntó si sabía el significado de esta, a lo que respondió que no, para luego insistir, si entendía lo que decía la música de esa banda que toca en inglés, a lo que dijo con la sencillez que lo caracteriza que no.

—¿Y por qué la escuchas? —volvió a cargar el reportero contra El Mágico.

—No sé, quizá porque me gusta, en realidad en mi cabeza solo hay música —respondió.

En un programa matutino de radio entrevistaron a un cantante de ópera, el barítono José Guerrero del grupo OPUS 503. En un esfuerzo por difundir el canto a nivel nacional comentó que se trasladaron al departamento de La Unión, uno de los más pobres del país, y relató que cantaron en una plaza pública obras clásicas y canciones populares, interpretando grandes piezas líricas como «Nessun dorma», «Granada» y «O solé mío», hasta melodías de corte popular como «My way», «Fly me to the moon». Dijo que al final del concierto se le acercó un vendedor de sorbetes y lo felicitó. Él quedó sorprendido por aquel gesto del hombre humilde.

—¿Las entendió? —recuerda que preguntó.

—No, pero había algo en mi pecho que vibraba, que me alegraba al escucharlo —respondió el vendedor de sorbetes.

En mis años de infancia solo teníamos una radio y no tenía control sobre aquel aparato, solo mi hermano mayor quien sintonizaba las estaciones musicales para escuchar su música preferida, la cual era en inglés. Me enamoré de varias canciones de mediados de década de los setenta y a la fecha, al recordar cada una de ellas, vuelvo a aquellos años. No comprendía la letra y ahora que las traduzco al español me decepcionan o no las entiendo, pero me siguen gustando y me animan, otras las he dejado de traducir para no llevarme una frustración más como es el caso de Hotel California. La segunda gran usuaria de la única radio era mi madre, quien hacía sonar «música para planchar» mientras trabajaba en los oficios de la casa. Por ella conocí a cantantes contemporáneos de España, como Camilo Sesto, Mocedades, Juan Bau, y de México, que, no siendo la moda, siempre se escuchaban como Pedro Infante, Los Panchos, y muchos otros.

Transcribo lo que leí en un artículo sobre la música y que me interesó: “Cuando cantamos o hacemos música en grupo se reduce la producción de cortisona, la hormona responsable del estrés, y aumenta la de oxitocina, que fortalece las relaciones sociales y también los lazos afectivos entre madre e hijo” (Revista XL Semanal, en internet).

En los últimos días de vida de mi madre la música me ayudó a transitar del optimismo ingenuo de su recuperación al consentimiento de la partida. Las notas musicales del arreglo de Max Richter en Spring 1 me bamboleaban entre los animosos violines agudos y el meditativo sintetizador. Una melodía caótica de cuerdas, pero que me provocaba a ratos una paz. El carácter de mi madre era fuerte y no permitía que le ayudáramos a colocar las medicinas intravenosas en cualquiera de los dos brazos, pero una joven doctora descubrió que disfrutaba la música de Pedro Infante, y dejó anotado en un papel la secuencia o protocolo a seguir para lograr el objetivo: 1) Pedro Infante, 2) Medicina «X», 3) Medicina «Y», 4) Medicina «Z».

—Ayer escuchó en «YouTube» a Pedro Infante y se dejó poner todas las medicinas —me dijo la doctora.

Yo sonreí con la noticia.

—Uno aprende a negociar con los pacientes —sentenció.

En la habitación del hospital donde se recuperaba de una cirugía de alto riesgo, cerca de las ocho de la mañana del jueves 13 de abril de 2023, me di cuenta de que estaba cerca de la mala noticia. Le hablé al oído para decirle que aquí estaba con ella y abrió los ojos. Me dirigió una mirada firme y, sin cerrar los párpados, comenzó a llorar. Apenas movía las pupilas. Sus lágrimas comenzaron a descender por su cara. Recordé actrices que tenían capacidad de llorar sin mover pupilas, párpados y mantenían frialdad en su rostro. Dos de ellas, Olivia Colman y Claire Foy en la serie The crown.

Mientras nos veíamos, vino a mi mente un pasaje de hace cuarenta y siete años que no recordaba por ese entonces, pero ese instante de mutuas miradas me lo trajo: perdimos nuestra casa por problemas financieros de mi padre debido a su alcoholismo, así que nos vimos obligados a tomar en arrendamiento una vivienda en un barrio más pobre. Una tarde, minutos antes de que desaparecieran los últimos rayos del sol, ella me tomó del brazo y dijo que la acompañara. Nos dirigimos a la orilla de un barranco y al sentarnos en un lugar seguro indicó el lago de Ilopango cuyas aguas brillaban en una tonalidad plateada. Inmediatamente ella comenzó a cantar:

«Luna gardenia de plata, que en mi serenata te vuelves canción. Tú que me viste cantando, me ves hoy llorando mi desilusión».

Boquiabierto la escuché atento y vi su rostro joven, pollón, y sus ojos fijos en las aguas del lago que teníamos enfrente. La vi hermosa. No se detuvo.

«Luna de Xelajú que supiste alumbrar, en mis noches de pena, por una morena de dulce mirar».

No había recordado esa escena sino hasta ese jueves y repasé aquellos años difíciles, donde ella sostuvo la economía de la casa y toleró la ausencia diaria de mi padre atragantado en el alcohol y aventuras de amor. Por eso el carácter natural de mi madre era fuerte.

«…en mi vida no habrá más cariño que tu mi amor, porque no eres ingrata mi luna de plata Luna de Xeeeeeelajú… Luna que me alumbró en mis noches de amor, hoy consuelas la pena, por una morena, que me abandonooo».   

Tomé mi teléfono celular y entré a la aplicación de «YouTube» para buscar «Luna de Xelajú» y le di todo el volumen para que ella la escuchara. Comenzó a abrir los ojos y volvió a dirigirme una mirada fija que duró el tiempo de la canción. Cerró los ojos. Estaba cansada pero las comisuras dibujaban una leve sonrisa.

A mis diez años no entendí la canción, solo la intensidad de su canto. Poco hubiera sucedido o cambiado de haberla comprendido. Mi cariño hacia ella se afincó desde aquella tarde de hace cuarenta y siete años, firmado por seis minutos melodiosos de su voz frente a las aguas plateadas del lago de Ilopango. Oscureció. Perdimos la lucha de su recuperación y su corazón se detuvo diez días después, el 23 de abril de 2023.

La música empuja la esperanza diaria… Al finalizar el conflicto interno bélico, Alejandro Coto, promotor de arte en el destruido pueblo de Suchitoto, comenzó a traer artistas para dar conciertos principalmente de cuerdas. Tuve la oportunidad de escuchar a Carlos Morel, Carlos Barbosa Lima, Liona Boyd, y a un percusionista brasileño que no recuerdo su nombre. Una noche de tantas, antes de iniciar el concierto en la iglesia principal del pueblo, encontré en las afueras de la iglesia al maestro Carlos Barbosa Lima, viendo la plaza de forma distraída con sus amplios y cuadrados anteojos, vestido con una guayabera blanca y pantalón oscuro. El calor era insoportable. Conversé brevemente:

—La primera vez que vine a El Salvador fue por los años setenta, vine a tocar a una boda en la iglesia la Ceiba de Guadalupe.

Para mí era difícil sostener una conversación con él. No sabía qué decir o preguntar después de cada comentario o participación del maestro en la improvisada tertulia.

—Me trajeron porque la primera opción era John Williams y a última hora dijo que no vendría. Así que me contactaron.

 Esa noche desplegó todo su talento y cerró su participación con la ejecución de la dulce «Caixinha de Música» que me dejó una atmósfera de paz. Él visitó nuestro país al menos en tres ocasiones más y cada vez que cerraba sus veladas le pedíamos «Caixinha de Música», y accedía.

En 1995 murió uno de mis mejores amigos, cuyo apodo era «Remolino» porque cuando caminaba, corría o jugaba futbol levantaba polvo detrás de él. Tuvo cáncer en los pulmones. Dejó planeado todo su funeral y el día del entierro llegó un guitarrista y ejecutó «Hojas Muertas» de Jacques Prévert, una canción francesa de 1945 con música de Joseph Kosma. Luego tocó Kinderzernen, op.15: VII Traumerei de Robert Schuman, una dulce melodía inspirada en recuerdos de infancia del mismo autor.  

Cada mañana me levanto antes que salga el sol, pongo café y escucho música para recordar amigos, para animarme y recibir los primeros rayos. Por estos días vuelvo con Antonio Vivaldi y los arreglos de Max Richter de «Las Cuatro Estaciones», y me parece el caos más dulce.  Me dirijo al trabajo y pongo música en Spotify, pero también la escucho durante el día, y aunque a veces no sea posible escucharla desde la aplicación, en mi cabeza recuerdo alguna canción, como lo dijo Jorge «El Mágico» González, «me anima».

La música es una memoria, mi cajita donde resuenan los nombres de amigos y familiares que mueren poco a poco hasta resucitarlos en recuerdos.

lunes, 10 de julio de 2023

Día no laborable

Rosario Sánchez Infantas


Como todos los días, Julio se levantó unos minutos antes de las seis de la mañana. Recordó con alegría que el gobierno, para promover el turismo, había declarado no laborable ese día viernes, alargando así el fin de semana. Su entusiasmo se debía al tiempo extra disponible para realizar el trabajo pendiente. 

Es docente de un instituto tecnológico estatal peruano, soltero, cuarentón y vive solo. Los fines de semana intenta darse tiempo para lavar la ropa y limpiar el departamento, pero las prendas se acumulan atiborrando el tacho de ropa sucia y una capa de polvo cubre los muebles durante semanas. Apenas si hace las compras urgentes, completa el trabajo retrasado o adelanta el de la semana próxima.

Y es que debía procesar las modificaciones a la Ley de educación, los reglamentos de la misma, los nuevos modelos de acreditación de programas educativos y de licenciamiento institucional. Así mismo, con la exigencia de los estudios de maestría, segundas especializaciones, diplomados, idiomas extranjeros, sus planificaciones educativas y el acopio de evidencias, no le quedaba tiempo para levantar la vista y ver algo que no fuera su trabajo. Se consideraba un perdedor que no lograba seguirle el paso a las exigencias laborales alrededor de las cuales había organizado su vida. Antes que amigo, compañero o cómplice, se sentía tratado como un competidor. Introvertido y ansioso en sus relaciones sociales, sufría intensamente el sentimiento de amenaza permanente de parte de las autoridades y de otros compañeros más acomodaticios, de una conveniente moral flexible y los que acumulaban (desconocía de qué manera) tantos diplomas.  

Sabía cómo alimentarse saludablemente, pero, al igual que todas las mañanas, desayunó café y panes con mantequilla, cepilló sus dientes y, aún en pijama y pantuflas, abrió el correo institucional y el WhatsApp. Pertenecía a muchos grupos de esta aplicación: el de los estudiantes de la maestría, el de los docentes del instituto, el del departamento pedagógico en el que laboraba, el colectivo de docentes de su especialidad, la facción política de docentes a la que pertenecía para evitar ser hostilizado, los grupos de cada una de sus asignaturas y muchos etcéteras. Había varios mensajes en cada uno de ellos, echar un vistazo a algunos de ellos le produjo el cotidiano desencanto. Nada personal. Cada quien mostrando sus viajes, fiestas, paseos y celebraciones. Había también consejos para ser exitosos, poderosos o felices. Emoticones, muñecos, aplausos, pulgares en alto, imágenes de abrazos, besos y flores para cualquiera que lo vea. Le afligió, como desde hacía algún tiempo, saberse ficticiamente parte de una masa impersonal, ególatra, nada original. 

Estuvo tentado de cerrar la aplicación, pero sintió una instantánea opresión en el pecho al pensar si no le habrán enviado alguna nueva tarea laboral. Efectivamente, el día anterior a las once de la noche, el director había reenviado las observaciones al informe de su círculo de mejoramiento de la calidad, para ser corregidas hasta el domingo, como máximo. ¡Se acabó el día no laborable! Y no era todo: le habían enviado dos proyectos de tesis para ser evaluados e informados, de manera conjunta, con los otros miembros del jurado. En unas tres horas podría revisar y emitir el informe de cada proyecto. Pensó que, era muy pesado hacerlo, pero resultaba mucho más difícil escribir o llamar a los otros miembros del tribunal y concertar una fecha para realizar el trabajo de manera colegiada; ello podía tomar de dos semanas a un par de meses. «Lo peor de trabajar “en equipo” es tener que lidiar con la actitud de aprobar todo o de observar todo, dependiendo de quién sea el asesor de cada proyecto».  El desaliento lo embarga. Tiene vocación pluralista, reconoce la diversidad que aporta cada individuo al equipo; pero, opta por una salida personalista que contraviene sus ideas y al reglamento de grados y títulos del instituto.

Hará los informes, pero le cuesta tanto empezar, que decide, antes, saciar su sed y estirar las piernas. En el viaje a la cocina se percata que va arrastrándolas. Surge espontáneamente la asociación entre sus neuronas: «Arrastro mi vida, la vida que me imponen los demás». De inmediato se rectifica. Se trata de su trabajo. Es serio y maduro cumplir con él, sobre todo ahora que le han encargado interinamente una coordinación… ¡y duplicado el trabajo! Respira intensamente con resignación y empieza a adecuar su informe al formato que le demanda la oficina de calidad, corrige prácticas, elabora diapositivas, pasa notas al registro. El hambre le apremia, improvisa un almuerzo y mientras lo ingiere va planificando lo que hará por la tarde. No cuenta con el sábado ni la mañana del domingo porque tiene clases de la maestría. Requiere el grado para ganar un poco más… «que se irá en nuevas actualizaciones». Suspira y piensa que la tarde del domingo todavía puede ser aprovechada. Experimenta una molestia difusa y no del todo consciente: quizás podría reunirse con los amigos que gustan de la literatura, ir al cine o salir a almorzar a la campiña cercana. Sin embargo, casi inmediatamente, Julio descarta esas ideas. Se acerca el concurso para nombramiento y tiene muchas actividades por realizar.  

Luego de una segunda taza de café vuelve a sentarse ante el ordenador, elabora el informe de sus actividades de proyección social, quiere echarse a la cama a descansar, pero piensa en la responsabilidad de la acreditación institucional. «Hay que sacrificarse por… el gregarismo… por la manada de ovejas que odian su trabajo, pero disimulan bien. No, yo lo hago por la lealtad a la institución a la que pertenezco… aunque me agobia cada día». Se va acrecentando el sentimiento de no tener vida propia que es acompañado de opresión en las mandíbulas y el pecho. Se sacude la cabeza «Es la institución que me da el pan». Crea un nuevo archivo, empieza a elaborar el plan de desarrollo docente, que debería hacerlo el jefe de departamento pedagógico. 

Recibe la llamada telefónica de un amigo preguntando si va a ir, por la noche, a la presentación del poemario de Manuel, un amigo común. Se sorprende, no estaba enterado. Es un buen camarada y le gustaría acompañarlo. Le parece tan lejano el tiempo en el que Manuel hiciera una hermosa presentación de su libro de prosa poética. Entra en conflicto, quiere avanzar el trabajo pendiente, y desea participar en la actividad tan importante para su compañero de letras. Decide que estará en la ceremonia, mas no en el festejo, pues todavía puede aprovechar unas horas de regreso de la presentación del libro.

Se alista y sale, pero en el trayecto recuerda una conclusión de su exposición del día siguiente, en una asignatura que cursa: «Es imprescindible el respeto a las normas para ejercer una ciudadanía constructora del bien común y de la democracia». Se siente culpable de «perder» el tiempo, de no contribuir al bienestar, a la acreditación de su carrera profesional. «Además este trabajo me ayudó a sobrevivir, me dejó sin momentos para sufrir por la partida de Camila». Suspira. La angustia se disipa cuando planifica levantarse de madrugada para avanzar en algo el trabajo pendiente.

Disfruta encontrarse con entrañables compañeros de letras, las apreciaciones de los presentadores y las anécdotas del proceso creativo del autor. Siente que es aquí a dónde pertenece. Se pregunta por qué no se regala más seguido estas experiencias. El entorno le recuerda los sentimientos que lo decidieron estudiar literatura. Entonces creyó que su título profesional le daría licencia para escribir profesionalmente. Suspira con nostalgia. Sin embargo, un instantáneo ramalazo de culpa lo sacude. 

Tras culminar la ceremonia, le invitan a realizar unos brindis por el flamante libro. Su más auténtico sentir es prolongar, después de mucho tiempo, este encuentro con humanos tan afines. Pero se siente irresponsable, desleal, desagradecido con su centro laboral. Teme no lograr el puntaje mínimo requerido para ser ratificado en su plaza. Los amigos lo notan pues lo toman de los brazos y le impelen a ponerse en marcha hacia el bar acordado. 

Después de casi tres años de encierro, a causa de la pandemia, Julio se conmueve por el ambiente acogedor del bar: luces cálidas, decorado rústico, música suave que acompaña la conversación. Son una docena de amigos del escritor cuya plática gira alrededor de la creación literaria, la música y el arte en general. Hay un clima grato, espontáneo, se habla de las pocas ventas de los libros, de los premios injustos, de la falta de apoyo estatal hacia los artistas, del desprecio por las modas de cualquier tipo. Nadie se siente juzgado, comparado ni poco exitoso. Todo el tiempo Julio se ha estado diciendo que se irá en una hora. Pero cada vez más profundamente reconoce que este instante de plenitud es lo que él llama «vivir». Mira su reloj, faltan cuatro minutos para partir. Raulito, el escritor de prosa alambicada y precisa, culto, divertido y eterno viajero se acerca al DJ y solicita un tema, que se diría degusta con todos sus sentidos: … «Para escuchar tus cantares, lunita de oro, se precisa del orgullo de los huemules en las montañas que saben trazar caminos, con toda la ciencia pura, cuando tu blanca hermosura nutre los frutos de la mañana».

El alcohol también está haciendo efecto. Pero él, especialista en neuroeducación, sabe que solo se ha inhibido su lóbulo frontal, la parte de su cerebro que juzga, critica y censura (además de otras funciones). Liberado parcialmente de ella, se acerca a sus más auténticas verdades. Golpea repetidamente su copa contra la botella para atraer la atención de sus amigos y les dice: 

—Necesito escuchar los cantares de la luna. Preciso de mi orgullo intacto, como el de los ciervos del sur. Puedo decir, con orgullo y sin falsa modestia, que sé trazar caminos en las vidas de mis estudiantes. No vine al mundo para ser un excelente coordinador burócrata al que pagan por cuarenta horas semanales de trabajo y labora setenta. El lunes solicitaré pasar a tiempo parcial en el instituto… ¡automáticamente dejaré de ser coordinador encargado! Con lo que dejaré de recibir, estaré comprando horas de vida para leer, escribir y para conducir talleres juveniles de poesía en la parroquia. Los próximos días no laborables me alcanzarán para visitar a Camila. Mi falta de claridad de lo que era importante preparó el camino, y su nombramiento se la llevó. Aún hay mucho por decir.

Todos aplaudieron. 

miércoles, 5 de julio de 2023

La noche oscura

Cecilia Escobar


El llanto insistente de un recién nacido la arrancó del sueño, le pareció que llevaba mucho tiempo dormida. Lentamente fue abriendo los ojos sin poder distinguir mucho, la habitación estaba en casi completa oscuridad. Una feroz tormenta ha privado de electricidad el barrio entero minutos antes y amenaza con inundar la pequeña ciudad. En el cielo se abre una grieta brillante y un relámpago ilumina fugaz la calle creando en la habitación todo tipo de formas, entre ellas una espeluznante silueta oscura situada a los pies de su lecho. El segundo rayo de luz le recuerda que la figura no es más que el poste de la cama con dosel sobre la que descansa. Se da cuenta entonces que está en casa de sus padres. Sobresaltada tantea alrededor de la cama. Un dolor punzante le recorre el cuerpo al moverse, por instinto se lleva las manos hacia el vientre durante meses abultado y ahora vacío. Sus esfuerzos son vanos cuando intenta incorporarse y resignada se recuesta adolorida.

Entrecierra los ojos y ese casete en blanco que es la mente al despertar, se llena de recuerdos y voces. Imágenes dolorosas pasan muy rápido por su cabeza una y otra vez. La embarga de nuevo el sentimiento que carga consigo desde hace muchas semanas, ahora entiende el porqué siempre está dormida, sedada y se hunde en el llanto al recordar el accidente. La sangre derramada de su amado cónyuge aún le quema el olfato. 

Sus profundos sollozos se alean con los sonidos de la noche. Afuera el viento y la lluvia azotan con fuerza los árboles y estos las ventanas, produciendo un aullido amenazante que se mezcla con el golpeteo de la lluvia contra los cristales, creando una sinfonía agitada. Cada ruido parece fluir hacia ella. La antigua casa cruje y se menea a voluntad del vendaval. Vuelve a cerrar los ojos, sintiéndose como una bestia herida, acorralada. 

En su infancia siempre había creído que el hogar era un baluarte, un refugio de las vicisitudes y peligros del mundo exterior. Una casa construida con pilares y cimientos, significa para ella la firmeza y permanencia, algo que siempre ofrece seguridad. Sin embargo, la casa pareciera que está a punto de derrumbarse, así como ella se ha desplomado por dentro. 

La chichonera seguridad que ofrece el vientre de una madre a su hijo antes de nacer es también utópica, este lo salvó de salir disparado como los demás, cuando el auto volcó en la carretera después de chocar contra un conductor ebrio, en cambio lo ahogó dentro del útero con la hemorragia interna. 

Y si ella hubiera aceptado quedarse en el hospital estatal al que Marcos la llevó cuando apareció el primer indicio de parto, entonces el accidente, ¿jamás habría ocurrido?, ¿estarían los tres felices en su hogar? Se reprocharía eso una y mil veces. Olga pidió en cambio que la llevara a la clínica de la ciudad, en plena noche de sábado. 

Vuelve a escuchar el llanto hambriento del bebé, al principio sutil y seguidamente más sonoro. Echa sus cabellos revueltos hacia atrás e intenta otra vez incorporarse. Le sorprende que nadie acuda ante los gritos. Sus ojos se han acostumbrado a la oscuridad, a un costado de la habitación puede ver la cuna, lo que es extraño, lleva semanas en casa de sus padres para huir de la sombra de los recuerdos de su maternidad frustrada y la viudez prematura. 

El dolor en su vientre le dice que no está muerta como quisiera y tampoco sueña. Con cuidado coloca sus pies sobre el duro suelo. Sale de la cama despacio, quiere correr, pero se contiene, como si la voz de la razón la detuviera. Intenta llegar hasta la cuna que parece alejarse con cada paso que da. Un sudor frío le recorre las sienes, sus pulmones reclaman más oxígeno, de fondo oye el eco de ese tambor que es su corazón desbocado. Avanza, un paso detrás de otro y alcanza por fin la camita del bebé, extiende las manos y quita el velo que la cubre, inclina el cuerpo para cargar al recién nacido, apenas percibe el piso bajo sus pies, ¿acaso vuela? 

Siente su cuerpo flotando en el aire y cae pesadamente. Un grito se escapa de su garganta. Momentos de aturdimiento y dolor. A lo lejos alguien abre y cierra puertas, oye voces llamándola por su nombre. Pasos bajando escaleras, luces de lámparas, murmullos, llantos. Su cuerpo húmedo por la lluvia yace de espaldas sobre el césped inundado del jardín de la casa. Abre los ojos y observa la puerta abierta del balcón de su habitación en la segunda planta. La delgada cortina flamea enloquecida a fuerza del viento. 

La noche era oscura, pero nada más oscuro y profundo que su propio ser, desposeído de crear nueva vida. A su lado otra vez la figura oscura la acompaña. Olga no siente miedo ni aflicción. Cierra los ojos y el disco duro de su mente se vuelve a quedar en blanco.

martes, 4 de julio de 2023

Un día cualquiera

Érika L. Ramírez Levín

 

Desperté poco antes de que sonara la alarma. Me sentía agotado, como si llevara en vela una semana. No descansar se estaba volviendo costumbre. Mi psicólogo me recomendó algunos ejercicios para relajarme previos a dormir: inhalar y exhalar profundo varias veces, poner rígido el cuerpo e irlo destensando poco a poco, escuchar música clásica, entre otros.

Sospecho que no están funcionando.

Además de la fatiga, mi ánimo continúa en declive. Y es que, en algún punto de la sesión, sentí que mi terapeuta me tachaba de antisocial y exagerado en la percepción que tengo de otras personas. Por eso acepté intentar sus sugerencias para mejorar mis habilidades sociales.

Con demasiado esfuerzo salí de la cama. Me bañé, vestí, desayuné algo ligero y, al cabo de media hora, cerraba la puerta de mi departamento. Coincidió que, en ese mismo instante, la vecina de enfrente también salía. Sobra decir que esta mujer me pone nervioso. Respiré profundo. «Allá voy», musité. Saqué la llave de la cerradura y volteé. 

—Hola Briana, buen día —saludé atento a su respuesta.

La escultural joven levantó la vista sorprendida al escuchar mi voz y, en un acto que pareció reflejo, pasó su mano con unas uñas rojísimas y larguísimas por su costado derecho, desde el top que dejaba asomar un prominente pecho, pasando por una micro cintura, hasta detenerse en su amplia y bien torneada cadera cubierta con unas licras ajustadas. Rosas, las licras eran rosas... con negro, una franja negra que se curvaba… «¡Concéntrate!», me recriminé en silencio y respiré profundo. En la otra mano sostenía su celular.

—¡Holis… mmm…, vecino! —respondió con entusiasmo—. ¿Ya a trabajar?

Pero de inmediato bajó la vista al teléfono cuando su celular anunciaba con un «ding» un nuevo mensaje… «ding», otro. «Ding», y otro.

—Sí, justo…

—¡Totalmente! El gym me está esperando y mírame, yo en fachas, ¡o sea! ¡Qué oso! ¿No crees?

—Pues…

—¡Exactooooo! —gritó exaltada—. ¡Bonito día, vecino!

Con una energía que por un momento envidié, se meneó hacia el cubo de las escaleras y las comenzó a descender de dos en dos, dando brinquitos y escribiendo (no entiendo cómo) en la pantalla del celular a una velocidad relámpago. Solo se escuchaban los «tic, tic, tic» de sus uñas contra el cristal. Unos segundos después, yo también bajaba las escaleras sin brincar ni ver el celular.

Llegué a mi trabajo justo a tiempo. Antes de poder sentarme, mi jefe me llamó a su oficina.

—¿Qué pasó, Max? —pregunté al acomodarme en la silla frente a su mesa.

—Estaba viendo las cifras trimestrales y no veo los datos que te pedí. ¿Los incluiste?

—Sí, de hecho, los marqué con un color diferente, como lo pediste.

—Ajá —respondió distraído sin quitar la vista del monitor—. Aquí está lo que Susana me mostró ayer y, sí, aquí se notan los incrementos que Juan vació. Pero ¿tus datos?

—Están resaltados en verde, Max. En la segunda página, junto al cuadro de Susana.

—Ajá —repitió Max, abstraído en su búsqueda—. Tenemos la comparativa del trimestre, las tasas de ajuste, ok, sí, solo que me falta lo que te pedí.

—Max, junto al cuadro que hizo Susy, en color verde, están…

—¡Me tengo que ir! —exclamó con un exabrupto al mirar la hora en la parte inferior derecha de su pantalla (brinqué ligeramente por lo inesperado de su reacción)—. La junta empieza en diez minutos y necesito comprar mi café. Mándame por correo el reporte actualizado con los datos que te faltan. ¡Y márcalos en otro color, caray, para que se noten! —vociferó mientras se levantaba de su asiento, se ponía el saco que había tomado del respaldo y agarraba su laptop para salir a toda prisa.

Caminé a mi lugar cabizbajo y al sentarme escuché una silla rodar y situarse junto a la mía. Era Aarón, mi vecino de escritorio.

—¿¡Qué onda, hermano!? ¡Ese Max! Se escucharon hasta acá sus gritos. ¡Y no vio lo que pusiste! ¡Qué locura! Estaba comentándolo con Lolita antes de venir contigo. ¿Quieres que le diga algo? ¿A Max? Ya ves que me llevo bien con él.

—No, no, gracias, Aarón. Ahorita veo si puedo modificar el reporte para que se note más el color y los datos que quiere.

—Como me digas, ¿eh? Luego vamos por unas chelas los viernes y platicamos, él y otros cuates, de viejas y así. Tú dime, campeón, y yo te respaldo.

—Gracias, Aarón, eres en verdad muy amable, pero ya ahorita lo mando.

—Sí, ese Max, ¡siempre en las nubes! Y es buen tipo, no me malentiendas —bajó el tono de su voz y siguió hablando con la mirada bailando de un lado a otro—. Ya ves, con sus problemas maritales… no me gustaría estar en su lugar. ¿Supiste que su señora lo cachó con Maggie, la de las copias del piso ocho? ¡Ese Max! Le dije que tuviera cuidado porque la de la limpieza es bien metiche y de seguro los vio y fue con el chisme. Tan bien que iban las cosas con la Maggie, chinga. No te preocupes, yo le digo que sí hiciste tu chamba, que no se desquite contigo. No es justo, mano.

Me quedé mirando su rostro, mudo.

—Entonces, bro, sí le digo, ¿no?

—No, Aarón, gracias —repetí en forma contundente.

—¡Vale! Así le hacemos, carnal. No te preocupes, el viernes me lo voy a poner como chancla al wey por abusivo. Porque no se vale, ¿sabes? Que tú te esfuerzas y le trabajas duro y él con sus chingaderas. Bueno, te dejo. Tengo que ir con doña Chole a pagarle lo del desayuno.

Sonriendo, exitoso, se impulsó con los pies para rodar la silla hasta topar con su escritorio. Suspiré abatido. Giré hacia mi computadora y me puse a trabajar.

En cuanto terminé y envié nuevamente el reporte por correo, Lolita llegó a mi lugar. Se sentó con media cadera sobre mi escritorio, sosteniendo una taza de té.

—Ay, amigo, las injusticias, ¿verdad? Pero no te angusties, que Aarón ya va a abogar por ti, porque no es justo, corazón. ¿Recuerdas que a mí me pasó lo mismo cuando me exhibieron frente al consejo por lo de los porcentajes?

Traté de asociar las juntas recientes que habíamos tenido con la ocasión que Lolita mencionaba.

—¿Hablas de la junta del mes pasado? —la cuestioné dubitativo—. Según recuerdo solo se comentó que había que ajustar los porcentajes, pero… ni siquiera se mencionó tu nombre…

—¡Te digo! Me trataron como si hubiera llevado la empresa a la quiebra. ¡Fue horrible! Así, sin más, me humillaron, ¡frente a todos! Como si no supiera multiplicar —continuó, gesticulando con indignación.

Asentí con la cabeza y fruncí los labios, confundido.

—¿Te acuerdas de Paco, el de informática? Igualito le pasó. Se compró una computadora nueva en una venta nocturna, pero se la entregaron un mes más tarde y, además, ¡venía rota! Tuvo que levantar un reporte, ir directo con el proveedor como cinco veces, hasta que por fin pudo estrenarla casi tres meses después. ¡Nefasto!

No estaba seguro de la relación de lo que me contaba con lo anterior.

—Lolita… ¿a Paco le pasó lo mismo con Max o…?

—¡No! Lo que te digo es que no vaya a ser como lo que me contó Mary antier de su sobrina. La pobre. Se probó ese vestido, el que te conté, ¿te acuerdas?

—Sí, para su fiesta de graduación.

—¡Ese mismo! ¡Y no le quedó! Subió de peso por los nervios y ya no sabían cómo arreglarlo.

—Perdón, Lolita, no entiendo, qué tiene que ver Paco con…

—¿Paco? Creo que andas distraído, cielo. Mejor platicamos cuando estés más enfocado.

Y al decir esto, se resbaló del escritorio para quedar parada junto a mí. Luego, puso su mano libre sobre mi hombro mientras me dirigía una sonrisa repleta de conmiseración. Unos segundos después, con paso lento, se alejó negando con la cabeza, decepcionada.

Por la hora y el retumbar de mi estómago, decidí ir al comedor por un refrigerio y, de paso, despejarme un poco: podría ver en el celular un capítulo de la serie que había llamado mi atención unos días antes. Bajé por las escaleras para no toparme con nadie (que no me oiga mi psicólogo). Encontré una mesa vacía junto al ventanal. Acomodé mi teléfono, me puse el audífono derecho e iba a darle una mordida a mi sándwich cuando noté que se aproximaba Abril, una compañera de otra área a la que conocía de varios años.

—¿Por qué la cara larga? —inquirió, sentándose frente a mí.

—Por nada, solo estoy reflexivo, es todo.

—Vamos, cuéntame. Tal vez si te desahogas puedas ver las cosas con una perspectiva diferente.

¡Caramba! No recordaba que Abril tuviera este tipo de gestos tan amables. Sentí un vuelco en el corazón de agradecimiento y me dejé llevar por el momento.

—Pensaba en que hay días en que no me siento cómodo, no sé explicarlo; pareciera que no pertenezco, como si…

—¡Hola, chulada! —gritó la mujer frente a mí a alguien que iba pasando junto a nosotros, sonriéndole de oreja a oreja; la persona le regresó el saludo y continuó su camino—. Discúlpame, por favor, continúa.

—Sí, claro, no te preocupes. Te decía que en ocasiones parece que…

—¡Me debes cincuenta pesos, Gordo! No te vuelvo a prestar, condenado —Abril le recriminó a un tipo con sobrepeso que se acercó a saludarla con un beso y un abrazo.

—Ya, ya, mañana te los pago, guapa —le respondió el Gordo dándole otro beso en la mejilla y de paso guiñándome el ojo.

Abril regresó la mirada hacia mí, sonriendo.

—¡Perdón! Te prometo que te estoy escuchando. ¿Entonces?

—Bueno, te comentaba que a veces…

Sin embargo, noté que no me estaba viendo, sino que tenía su mirada clavada en un chico sentado a dos mesas de nosotros.

Suspiré e hice como si viera la pantalla de mi celular.

—¡Mira la hora! Tengo que regresar a mi lugar. Me dio gusto verte —mentí.

—¡El gusto fue mío! Me encanta ayudar. Si necesitas platicar otra vez, en serio, no dudes en buscarme, ¿sale? Ya sabes en qué piso encontrarme.

Caminé lo más rápido que pude envolviendo con la servilleta y la bolsa de plástico el sándwich intacto. Logré alcanzar el ascensor. Ahí estaba Víctor, el contador de mi área.

Hey, men. No te había visto. ¿Cómo te fue en la carrera? —me preguntó, al parecer, interesado.

Con el afán de no quedarme encerrado los fines de semana, mi psicólogo me recomendó hacer más ejercicio, por lo que de vez en cuando me inscribía a las carreras que organizaba la empresa.

—Bien, bien. Esta vez corrí la de dos kilómetros. No tuve tiempo de prepararme para correr más.

—La de dos, ¿eh? Cool. Yo corrí la de cinco. Ya sabes, hay que mantenerse en forma.

—Sí, claro. Espero organizarme para entrenar más días a la semana y entrar a la carrera del mes que entra. La de cinco que mencionas.

—Yo contraté a un entrenador personal que me va a llevar a la de diez kilómetros. Uno debe superarse a sí mismo, ¿no?

—Bueno, puede ser, aunque creo que lo importante es mantenerse sano.

—Sí, porque yo entreno a diario, ¿sabes? Y tengo un nutriólogo que me ayuda. Ya ves que hay que estar fit y qué mejor que te apoye un pro.

—Este… sí, como digas —contesté ya sin saber qué más decir.

El ascensor se detuvo en el quinto piso y ambos bajamos en silencio.

—¡Cuídate! Ojalá podamos coincidir en alguna carrera —se despidió en voz alta manoteando como si yo me encontrara muy lejos.

Regresé a mi escritorio y noté que alguien estaba sentado en mi silla.

—Hola, Juan, ¿cómo estás? —saludé al invitado sorpresa.

—Supe lo de Max —dijo con un tono lúgubre, distante, viéndome con la cara un poco agachada. Noté cómo se resaltaban las circunferencias negras que rodeaban a sus ojos escrutadores e intensos.

—Sí, ya le reenvié el reporte, solo me desespera un poco. Pareciera que no escucha.

—Háblale más fuerte —respondió de inmediato, con un dejo de obviedad en su tono.

—Más bien me refiero a que te pregunta algo y, cuando le respondes, pareciera no escuchar. ¿No te pasa?

Se quedó pensando un momento asintiendo con la cabeza mientras entrecerraba los ojos, brindándole a sus facciones un aire misterioso, casi tétrico.

—No. Pero puedes repetirle la pregunta, ¿qué no?

—O sea sí, solo que en ocasiones pareciera que no presta atención a lo que uno le dice.

—Mmmm… ¿Y si le hablas más fuerte?

Me quedé desconcertado. Su mirada se había tornado más lóbrega.

—Te digo que sí escucha, más bien es como si no hiciera caso.

—Ah ya. Podrías repetirle la pregunta. O hablarle más lento o con más volumen.

Suspiré como si intentara rellenar mis pulmones al haberse vaciado por completo.

—Sí… gracias, Juan. Un favor, tengo que terminar un encargo. ¿Platicamos luego?

En silencio se levantó, hizo un gesto parecido a una sonrisa, y se alejó arrastrando los pies con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.

Un fuerte dolor de cabeza comenzaba a instalarse en mis sienes. Saqué de mi cajón una pastilla y la tragué con el agua de la botella que estaba junto a mi monitor.

—No creo que sea bueno que tomes tantas pastillas —escuché que me decía una voz detrás de mí, haciendo énfasis en la palabra «tantas». Al voltear, noté unos ojos saltones observándome.

—Me asustaste, Vicky. Me duele la cabeza, solo me tomé una pastilla —le respondí sin saber por qué me justifiqué ante ella.

—El otro día leí un reportaje donde decían que existe un gran número de muertes a causa de la automedicación —comentó muy seria.

—Supongo que sí. Lo bueno es que estas pastillas me las recetó mi médico.

—Dicen que el cincuenta por ciento de la población sufre de cefaleas por estrés. Deberías ir al doctor antes de que se te complique más, ¿eh?

—Sí, Vicky, gracias. Ya fui al médico y me recetó estas pastillas en caso de requerirlo.

—Porque la OMS publicó en su atlas del dolor de cabeza que tu enfermedad es de los trastornos que más existen a nivel mundial. Yo creo que sí es necesario que vayas al hospital a que te revisen. No vaya a ser… 

Sentí que las punzadas en las sienes y a lo largo de la frente se intensificaban, como si me apretaran la cabeza con demasiada fuerza. Además, comenzaba a sentir que me faltaba el aire. 

—Te ves mal. Deberías ir a la enfermería a que te chequen. Quizás sean tantos medicamentos que te tomas. Alguno podría estar haciendo reacción. Vamos, te acompaño. 

En un segundo me tenía tomado del brazo ayudándome a ponerme de pie. Comencé a sudar frío y a hiperventilar. ¿Qué me estaba pasando? Bajamos al primer piso por el elevador. La enfermera que me recibió tomó mis datos y signos vitales, y me preguntó si tenía algún médico al que pudiera contactar para preguntar sobre mi historial. Le brindé la información y salió presurosa. Me quedé sentado en el pequeño cuarto, esperando, sin comprender bien a bien lo que sucedía. 

Pasado un rato, la enfermera regresó y me preguntó cómo me sentía. A decir verdad, ya me encontraba bien, sin indicios de lo experimentado momentos atrás. Volvió a tomar mis signos y coincidió. Me recomendó visitar a mi médico, quien le confirmó que gozaba de buena salud. Por los síntomas, parecía un cuadro de estrés, nada de qué preocuparse. Suspiré aliviado. Vicky, tras dejarme ahí, había subido a avisarle a Max lo ocurrido. Este le pidió bajar mis cosas y proponerme que me fuera a descansar, aprovechando que era temprano. Le agradecí sus atenciones y salí del edificio no sin antes verificar la hora. Faltaban diez minutos para que terminara mi turno. «Grandioso», pensé. 

De vuelta en mi departamento, me recosté en el sillón de la sala y cerré los ojos, analizando los eventos que había vivido ese día y que, como concluí después, se repetían con frecuencia. Al final, supe de manera certera lo que tenía que hacer: 

Debía cambiar de psicólogo.