jueves, 23 de noviembre de 2017

Misión cumplida

Miguel Ángel Salabarría Cervera


Zarparon con la esperanza de llegar a un punto de la costa a ciento doce kilómetros y lograr sus sueños, mientras las olas se agitaban con fuerza en un mar oscuro bajo un sol candente.

Meses antes, arribó una brigada de salubridad a la isla del Socorro para realizar una campaña de vacunación contra el tétano a todos los habitantes, después de reportarse con las autoridades procedieron a ir de casa en casa cumpliendo su función.

Al llegar a la puerta de una vivienda y dar los buenos días, José se sorprendió al ver salir de ella a Macario, un viejo amigo, él también se asombró al reconocerlo. Pasados unos instantes se saludaron con afecto entablando plática.

—Me da mucho gusto encontrarte, después de varios años de no saber de ti, jamás pensé que estarías en este lugar.

Macario le respondió:

—Ni yo, que hasta aquí vinieras a pincharme el brazo.

Ambos rieron por la broma.

—¿Cuéntame por qué estás aquí? —le preguntó José—. Eres una buena persona. Te conozco desde hace más de veinte años, siempre has sido un hombre cabal, eras el ingeniero mecánico más reconocido de la planta de automóviles.

Se hizo un silencio, que solo era roto por los graznidos de las gaviotas que sobrevolaban en gran número.

—Te voy a contar porque eres mi amigo de juventud —dijo Macario rompiendo el hielo provocado por José—, vivía bien con mi familia, tenía trabajo con ingresos elevados, pero tú sabes, siempre existen invitaciones entre los compañeros de trabajo los fines de semana y en uno de ellos, se forjó mi desgracia.

—Por la congoja que me cuentas, fue algo muy grave lo que te aconteció para que nos encontremos en este lugar —redondeó José.

Macario se alisó los cabellos. Sus malas vivencias se agolpaban en su mente. 

—Un viernes acordamos salir después del trabajo, recorrimos bares hasta que llegamos a un lugar donde decidimos quedarnos porque nos ofrecieron un privado con espectáculo especial, era de noche, habíamos tomado sin medida, y me quedé dormido, —hizo una pausa para continuar— cuando desperté tenía en mi mano una botella rota, ensangrentada igual que mis ropas y junto a mí el cadáver de un compañero de farra cruelmente asesinado y ninguna otra persona del grupo.

—Al querer salir del privado, la policía me detuvo —prosiguió— no entendía nada. Fui  llevado a la Fiscalía, se me acusó del crimen y por el salvajismo del asesinato me condenaron a cuarenta años de prisión.

En ese momento Macario fue traicionado por las lágrimas, a la vez que decía no ser el autor de ese crimen, que fue perpetrado por otra persona y le armaron una escena que lo inculpaba.

—De este hecho ya han pasado cinco años —continuó su relato—. En ese tiempo perdí todo, mi familia me dio la espalda, nadie creyó en mi inocencia y me quedé olvidado en la cárcel; me era difícil estar encerrado en una celda, sentía que me asfixiaba y temía que fuera hacer una locura con mi vida, por eso pedí que me trasladaran a esta isla, tengo mi casita como celda y ando libre en este pedazo de tierra rodeado de mar.

—Te comprendo, Macario. Sé que no puedo hacer nada por ti, sin embargo quiero que sepas que te creo y siempre tendrás mi amistad, —le expresó José― hoy recorreremos la isla vacunando a la población y mañana a primera hora partiremos, si regreso algún día en otra campaña te buscaré para saludarte y pincharte.

Después de vacunarlo y hacer el registro correspondiente, José continuó con su misión hasta el anochecer, para concentrarse con los demás integrantes de la brigada en el lugar que pernoctarían, porque muy temprano abordarían el barco que los llevaría a tierra firme.

Las reglas carcelarias establecían tres pases de lista: a las seis de la mañana, una y seis de la tarde, se realizaba en la plazuela frente a las oficinas de las autoridades que tenían celdas de castigo para los convictos que cometían algún hecho violento o infringían el reglamento: como de no realizar una actividad productiva en los diversos talleres en los que ejecutaban manualidades durante un mes, se sancionaba con firmeza no acudir a los pases de lista y estar fuera de sus casas después de realizarse el toque de queda que se daba a las siete de la noche.

Entre los pases de lista, los reos podían desplazarse a cualquier punto de los ciento cuarenta y cinco kilómetros cuadrados de la isla del Socorro, algo que no todos hacían por dedicarse a trabajar para enviar sus productos de madera y artesanías a sus familiares quienes los vendieran y así tener una fuente de ingresos; otros se dedicaban a la pesca desde la costa, obteniendo así su sustento.

Macario, era de los pocos que hacían largas caminatas, mientras miraba la inmensidad del mar con su incesante movimiento, a la distancia distinguía los guardacostas de la marina que patrullaban las veinticuatro horas del día, previniendo una posible fuga, algo que se consideraba imposible por la lejanía a tierra firme y por ser un área infestada de tiburones.

Una mañana llegó a una parte de la isla que no conocía, grande fue su sorpresa al descubrir semienterrada una lancha con su motor en la arena, con apariencia de haber sido un naufragio que sucedido varios años atrás.  Con calma la revisó y vio que se requería repararla, que era necesario cambiar partes de fibra de vidrio para dejarla en condiciones; luego examinó el motor con detenimiento y lo encontró algo oxidado, pero en general en condiciones de funcionar, pero carecía de herramientas y material necesario para echarla a andar. Escondió su hallazgo con palmas y sonriendo emprendió su retorno para el pase de lista de la una de la tarde.

Esa noche fue de insomnio para Macario, un sinnúmero de ideas le cruzaban la mente, desde dejar todo como estaba, hasta fugarse, pero si optaba por esto último,  tendría que hacerlo con otros reos, pero quiénes serían los que eligiera para la osadía, sin que divulgaran el plan de escape.

«Tengo que ser quien organice todo para que tenga éxito, a los que llame, sólo serán apoyos; iniciaré tomando las medidas de las partes que deba de cambiar para que en el taller trabaje sobre ellas dejándolas listas para ser pegadas. Cuando termine con la lancha, seguiré con la reparación del motor, extraeré del taller las herramientas necesarias y fabricaré lo que se requiera. Luego robaré gasolina del taller para probar el funcionamiento del motor, en caso que esté en buen estado, llenaré el tanque, también checaré la hora que pasa el guardacostas es necesario llevar cuchillos, agua y víveres; ―continuó Macario elaborando su plan― lo más difícil es seleccionar a los compañeros de viaje, les diré de la fuga el día de la partida que solo yo lo sabré, no debo de olvidar el estado meteorológico para no tener problemas».

Después del pase de lista matutino, se encaminó al lugar donde estaba encallada la lancha, con una hoja de palmera fue tomando las medidas de las partes que debían ser cambiadas, provisto de la llave de su casa, fue marcando en cuadros las partes que necesitaba cambiar, hasta que logró que se desprendieran.

Al día siguiente se presentó a laborar en el taller de materiales de plásticos, ahí se elaboraban diferentes utensilios que se comercializaban, él se presentó como uno más que quería realizar alguna actividad, así lo estuvo haciendo durante una semana para no despertar sospechas, entre sus ropas se llevaba los medidas de plástico elaboradas, como también pequeñas porciones de la resina que se usa como pegamento. 

El domingo, día en que se celebraban diferentes cultos religiosos y competencias deportivas, fue aprovechado por Macario, quien se encaminó a la lancha, la descubrió y fue pegando las partes de fibra que llevaba, hasta dejar totalmente reparada la lancha, posteriormente la volvió a cubrir y satisfecho se dirigió a ver el partido de beisbol.

La siguiente semana, Macario se hizo presente en el taller de mecánica para fabricar las partes oxidadas del motor, algo que no llamó la atención porque en ocasiones otros reos le encargaban alguna pieza que necesitaban para algún trabajo y esta era una fuente de ingresos que tenía; cuando hubo terminado un domingo después del pase de lista matutino fue y reparó el motor, como aprovechó su estancia en el taller para ir extrayendo gasolina en botellas de plástico que por las tardes iba a enterrarlas junto a la lancha, con ellas llenó el tanque pudiendo probar el motor que funcionó sin problemas.

 A partir de la siguiente semana, Macario se dirigió al lugar donde se encontraba la lancha para checar el paso del guardacostas, comprobó que hacía dos recorridos, el primero a las diez de la mañana y el segundo a las dos de la tarde, por lo que dedujo que eran cada cuatro horas. Otra etapa del objetivo estaba cumplida.

El lunes se presentó al taller de mecánica poniéndose a limpiar herramientas, cuando escuchó que alguien le decía.

―Inge, ¿por qué hace eso?

―Para que estén limpias ―respondió― porque cualquiera las puede ocupar, «Gavilán».

―Oye «Inge», la verdad, ¿vas a pasar todos tus años aquí? Porque yo ya estoy fastidiado solo llevo cuatro años de cuarenta y me guardo las ganas de volar, por eso me dicen así, porque de dos penales me he escapado.

―¿Si tuvieras la oportunidad, lo intentarías? ―le dijo Macario.

―¡Claro que sí! ―respondió eufórico.

Al ver que ellos conversaban animadamente, se acercó una tercera persona que les dijo:

―A ver platíquenme para que cuenten conmigo.

Cruzaron miradas los dos primeros y el «Gavilán» le preguntó.

―¿Cuántos años te faltan, «Martillo»?

―No más treinta.

―Si tuvieras chance de irte, ¿lo harías? ―preguntó el «Gavilán».

―Seguro que sí ―respondió «Martillo»― tengo un pendiente que quiero solucionar.

«Ya tengo a quienes necesito, solo es cosa que les diga y se ven dispuestos» ―pensó  Macario.

Les dijo a ambos: «Tengo todo listo para escapar, pero necesito de ustedes porque en caso de una falla del motor tendríamos que remar. Al llegar a la costa, cada quien toma su camino así será más difícil que nos localicen; estén pendientes, solo les pido silencio, porque recuerden que: Quien abre la boca, se le cierra».

Macario se dedicó a comprar discretamente víveres y botellas de agua en la tienda comunitaria del penal, para la travesía, para luego ir a enterrarlos a un lado de la lancha. Cumpliendo la otra fase del plan.

Una tarde, Macario se acercó a un oficial de la marina y se puso a platicar con él, hasta que le preguntó sobre el estado  del tiempo en los próximos días, le respondió que serían soleados sin señales de turbonadas o mal tiempo; se despidió amablemente, sonriendo para sus adentros porque todas las fases ya se habían logrado.

Al día siguiente todo se desarrollaba con normalidad, al concluir el segundo pase de lista, les dijo que lo siguieran, porque el momento había llegado, que actuaran con normalidad siguiéndolo sin preguntar nada. Ellos así lo hicieron.

Llegaron hasta donde estaba la lancha cubierta de palmas, la arrastraron al mar, desenterraron las botellas de agua, los víveres las botellas de gasolina dos improvisados remos de troncos, subiendo todo a la embarcación, la abordaron, encendió Macario el motor y enfilaron a tierra firme.

Al llegar el último pase de lista, no hicieron acto de presencia Macario, «Gavilán» y «Martillo», inmediatamente se procedió al protocolo de ausencia de reos, activaron las alarmas, unos marinos en motonetas recorrían la isla, otros se dirigieron al embarcadero y abordaron sus lanchas rápidas, se transmitió la orden de búsqueda a los guardacostas quienes iniciaron un rastreo, despegó un avión con marinos apostados en la puerta abierta fuertemente armados.

Al cabo de dos horas, aterrizó el avión, descendiendo un oficial que se encaminó a las oficinas, saludó en la puerta al almirante y exclamó:

¡Misión cumplida!

lunes, 20 de noviembre de 2017

El desenlace

Víctor Purizaca


Me consuelo al pensar en ese hermoso atardecer, en el que aún no te conocía y no sabía lo que era acariciar enojado, ni sonreír por el qué dirán. Siempre me gustó ver novelas mexicanas, qué cursi, menos mal que mis amigos del Regatas no saben mis aficiones diarias: María la del Barrio y Marimar. Entonces comprendí el sendero que me llevó hacia ti, era lo que yo nunca esperé.

Juan Börger había sido alumno predilecto del hermano Rafael, pelirrojo, pecoso y de un metro sesenta y cinco. Nunca se amilanó en el salto largo, ni en la carrera con postas. En el cuarto de secundaria perteneció a la selección de atletismo del colegio Champagnat de Miraflores. En quinto de secundaria conoció a Mabel, en una tarde comiendo helado cerca al Solari, en la avenida Pardo. El tío Ernesto y su mamá le advirtieron de qué familia venía, el padre de la niña había sido un fraudulento funcionario de la Compañía Peruana de Vapores y luego de quedar viudo había cambiado de mujer como de calzoncillo sucio. La muchacha, se rumoraba, había compartido amoríos con un Roca Rey, hasta perdió un hijo con aquel. Antecedentes calenturientos forjados a tan corta edad. No era mujer para ti, Juan, comprende.

Se enamoró de la petisa y curvilínea del Belén; caminaba veinte cuadras tan solo para dejarla en su casa. Ya no iría a los entrenamientos de la selección de atletismo. No más Adecore. El amor juvenil pudo más y los devaneos también.

Juan había perdido a su padre en una misión sin retorno, al Cenepa durante el conflicto con el Ecuador en el 95. Era un robusto y pelirrojo infante de Marina, murió entre ramajes y balaceras intensas.  Ernesto, primo hermano de su mamá, asumió las veces de padre, consejos siempre tenía para el muchacho.

Él, Josecito, un flacuchento con barbas de chivo, exalumno del colegio Carmelitas, amante de los tronchos de fin de semana y del surf, rozaba los pezones de la enana, lo hacía sin miramientos y consciente de que eran observados por paseantes y vecinos que se deleitaban con las piruetas de sus manos. Añadía malicia y deseo creciente mientras estrujaba más y recorría sus cabellos castaños. La escena no era más que una banquita, dos vecinos sentados en el borde de la vereda y un árbol añejo. El parquecito ya no podía disimular las caricias de José, el intruso del Carmelitas.  Juan abandonó la clase de Biología solo para comprobar lo que le habían susurrado su prima Titi y su amigo Juanjo; a tres metros de la gimnasia al aire libre, con un enorme arbusto de compañía, Börger mostró una lágrima en la mejilla izquierda, tomó la manga izquierda de su casaca jean negra y se la limpió sin dudar.

El pelirrojo terminó dentro de los diez primeros alumnos de su promoción en el Champagnat, el hermano Rafael y el profesor Seminario le auguraron un gran futuro. Medio año después ingresó a la facultad de Medicina, Mabel lo acompañó a la oficina de admisión; luego lo felicitó en público y en privado. Era tan feliz, sus ojos marrones brillaban de tan solo verla. Qué linda era su enana.

La mujercita de diminutos pies gemía, se calmaba y lanzaba una risita nerviosa, semejante a un susurro, coqueteando con todos y con ninguno a la vez. Ella lo disfrutaba, transpiraba el goce, lo mostraba. El flacuchento se abalanzaba sobre su cuello y se alejaba de nuevo. Era cariñoso, aprehensivo, vehemente y audaz. Juan se llenaba de preguntas, dubitaba desde el arbusto, temblaba acariciándose su roja cabellera; observaba a Mabel que frotaba sus senos turgentes sobre las manos de su amante.  La piel suave y rosada se erizaba cuando el vago de mierda ese frotaba acuciosamente su pulgar en el pubis. Surferito infeliz y se controla Juancito.

Recuerdo haberte visto así, Mabel, azarosa, cuando apenas te conocía, tus gemidos y mis caricias, las mías solamente. Egoísta debo haber sido o no me di cuenta, tú apenas rozabas con mis sueños y yo nunca comprendí los tuyos. No entendí, ¿no? Eso debe de ser.

El bastión del Carmelitas deslizaba su mano sobre ella, sobre toda ella, sentía desvanecerse, por momentos, en su temblor y en su hálito entrecortado. La tensión aumentaba, retumbaban los latidos una y otra vez. Ante la sensación de una mirada inquisidora, se contorneaban de un modo más frenético. «Si tu mamá te viera, Mabel».

Ella se dejaba llevar, por momentos olvidaba que estaba a la intemperie, en una banca de un parquecito, cerca de su casa, donde no tardaba en llegar Juan a verla, los jueves era infaltable. Sus chistes y anécdotas. Eran una pareja unida y feliz, ¿no es así?

El pelirrojo se deslizaba lentamente, aumentaba su paso, se detenía por momentos y acortaba su respiración. No sentían sus pasos, poco a poco, miró alrededor y no había ya nadie. Juan halla el mazo en su bolsillo, acaricia el adminículo. Ya es uno solo con el martillo, siente su pulso, firmemente resuelve terminar, ya no tiene dudas.

«Yo que te quiero tanto», sentencia y susurra Juancillo.

El flacuchento, el osado, el surferito fumón, no reacciona ante el primer golpe, se desploma de espaldas. Aturdido y con la respiración dificultosa trata de incorporarse solo para recibir el segundo golpe, el certero. Cae abundante sangre del cráneo hendido. Coge con firmeza el martillo, Mabel trata de gritar, Juan hunde el puño en la boca de su enana. Ahoga su llanto y su grito se transforma en un ruido parecido al que producen las ratas cuando deambulan en una cocina sucia.

El bueno para nada del Carmelitas no se atreve a moverse, no lo hará más. Su amada usa sus lágrimas y sonrisas, como artimañas, trata de explicar, el dolor, la humillación. «No significó nada», mascullaba. «Que lo amaba, que no significaba nada”. Trató de recordar cuando salía rápidamente del colegio para tomar el Chama y poder llegar al colegio Belén para encontrarse con su enana y su risita dulce.

Börger respiraba profundamente, miraba el cielo inusualmente estrellado. Se detiene un momento, acaricia su cabello rojizo y suelta el martillo. Huele el perfume a flores mezclado con su colonia de lavanda. Mabel sonríe, besa lenta y calurosamente el cuello del dolido. Nadie mira aquella escena entonces. Así como el amanecer llega no dudemos que el atardecer también vendrá. Dejó de mirar las estrellas, bajó el mentón, todo ocurre raudamente. Se sintió ahogado con su corto resuello. Apretó los dientes, sus manos tomaron su  cuello, Mabel acortaba su jadeo, agitaba sus brazos, sus piernas se desvanecían, la respiración se acorta, su resoplido se extingue. Las manos se agitan sin cesar. Una pequeña bolsa cae del bolsillo del jean de Börger, huele a camotes fritos. «Qué delicioso», pensó Juan. El cuerpo inerte descansa en la banca, dos perros olían la escena, ladraban ya. El más pequeño un poodle degusta los camotes fritos. 

Se sintió como Eduardo Capetillo sin guion, sin Thalía. Lloraba mucho, sentado   en   la   banca   frente   a   dos   cuerpos, tan   fríos   ahora. ¿Testigos? Las estrellas y un vientecillo refrescante. Se cogía la cara con ambas manos tratando de no ver. Ya no vería los ojos verdes de su amada. Eran la diez de la noche casi, un vecino advierte la escena, la escena conlleva a una llamada, la llamada al escándalo, el escándalo a la alarma, la alarma a la policía. Él espera sosegado su desenlace, la agonía propia. Al escuchar la sirena supo que no podía ocultar más lo que sentía y por ende lo que había pasado.

martes, 7 de noviembre de 2017

Una nueva vida en otro lugar

Horacio Vargas Murga


Luego de leer el titular del periódico, Onésimo se sintió muy angustiado y perdido. Ya todo el mundo lo sabía y empezarían a buscarlo. No se libraría de la cárcel y menos del desprestigio y la vergüenza. Nadie podría salvarlo, ni siquiera el mejor de los abogados, además no tendría cómo pagarle, con lo endeudado que estaba.

Tomó un café apurado, casi quemándose los labios y se preparó para salir. Mientras se alistaba, pensó en una sola alternativa. Tenía que ser rápido en llevarla a cabo. Antes de salir del departamento que había alquilado, se colocó una casaca con una capucha que le cubría toda la cabeza y las orejas, además de unos lentes oscuros.

Una vez en la calle, abordó un taxi y pidió al taxista que lo condujera hasta el final de la avenida. Al descender del vehículo, se dirigió a un puente de manera apresurada. Al llegar a este, se percató de que no hubiese nadie alrededor. Fue acercándose cada vez más a la baranda y pudo notar la gran altura a la que se encontraba el puente. Un viento frío le sopló en ese momento en el rostro. Pensó: «Nadie que se tire de aquí al vacío se salva». Se acercó más al borde y un gran temor lo invadió en ese momento. Empezó a transpirar, las manos y los pies le temblaban, y su corazón palpitaba apresurado. Miró nuevamente hacia el vacío y un súbito vértigo arremetió, aumentando su ansiedad. «Tengo que hacerlo, no queda otra», se dijo a sí mismo, dándose valor. Cuando estuvo a punto de saltar, escuchó una voz grave que venía detrás de él.

—¿Qué pasa, amigo?, ¿quieres volar como los pájaros?

Volteó molesto y sorprendido. Se encontró con un personaje delgado, de cabeza grande, nariz filuda y orejas puntiagudas, que lo miraba con cierta frialdad. Su traje negro contrastaba con su piel entre verdosa y gris.

—¿A ti qué te importa? —le respondió—. No te conozco.

—Te pregunto porque me importa, quizá pueda ayudarte.

—¡Ayudarme! Nadie me pude ayudar. Hay diez personas que han muerto luego de comer en mi restaurante y la policía me debe de estar buscando. Nadie me puede ayudar. Ya no es posible vivir en este mundo.

—En este mundo no, pero quizás en otro. Te podría llevar a otra parte, donde estarías libre de estos problemas.

—¿Adónde? ¿Otro país? No tengo dinero.

—No necesitas dinero, solo necesitas venir conmigo.

—Pero ¿a dónde?, ¿a cambio de qué?

—Sin preguntas. Si quieres lo tomas o lo dejas. Si quieres me sigues o saltas por ese puente y terminas con tu vida.

Dicho esto el personaje peculiar empezó a caminar y Onésimo se quedó pensando sin saber qué hacer. Finalmente caminó detrás de él con cierta inseguridad y temor. Llegando a la avenida, el personaje detuvo un taxi, conversó con el chofer, abrió la puerta de atrás y volteando le dijo a Onésimo:

—Sube.

En el taxi, ambos se quedaron un buen momento sin decir palabra alguna, hasta que el personaje rompió el silencio:

—Me llamo Zhydal.

—Yo me llamo Onésimo, ¿qué raro es tu nombre?

—Igual digo por el tuyo.

—¿Adónde vamos?

—Ya lo sabrás en su momento.

Media hora después descendieron del taxi que los dejó en una calle frente a un amplio portón de madera. Zhydal lo abrió y aparecieron innumerables arbustos que dieron la impresión de ser parte de un bosque. Caminaron entre los arbustos y luego de una larga caminata se detuvieron en un claro enorme donde no llegaba la luz. Zhydal prendió una linterna y le dijo:

—Hay que sentarnos y esperar.

Onésimo, confundido y temeroso, siguió lo indicado, y esta vez no se atrevió a preguntar. A los veinte minutos, una luz intensa empañó sus ojos y un sonido extraño empezó a escucharse. Luego la luz bajó de intensidad y pudo notar una nave luminosa sobre el campo. Se abrió una puerta y automáticamente apareció una escalera.

—Subamos —dijo Zhydal.

—¿Adónde me llevas?

—Ya lo sabrás.

—No subiré hasta que me digas a dónde vamos.

—Si no quieres me voy solo y te regresas.

Onésimo miró hacia atrás y vio todo oscuro. Tuvo mucho miedo. Era imposible regresar solo. Resignado, siguió a Zhydal y abordó la nave. Dentro de ella encontró a otras personas muy parecidas a este extraño personaje que lo saludaron moviendo la cabeza. Las mesas y sillas eran radiantes, blancas, además de muy cómodas y flexibles. La nave despegó rápidamente y se elevó en el aire.

—Eres un extraterrestre, ¿verdad?

—Así nos dicen ustedes.

—¿A dónde vamos?

—Lo sabrás cuando lleguemos.

Durante el viaje, la comida se servía en platos pequeños, y consistía de unos cubitos masticables, salados y dulces, de agradable sabor. Onésimo extrañó la variedad y la sazón de la comida terrestre. Sus inodoros eran parecidos a los de la Tierra, pero lavaban y secaban automáticamente la superficie anal, por lo que no era necesario el uso de papel higiénico. En ocasiones, solía mirar a través de las ventanas de la nave, y apreciaba a lo lejos algunas estrellas y cometas luminosos.

Luego de varios días de viaje, la nave descendió y se abrió la puerta. Bajaron por la escalera, y lo primero que vio fue una ciudad colorida y musical, donde el aire era más limpio y fresco que en la Tierra. Las casas eran mayormente de vidrio, y las zonas verdes, amplias y limpias. Había vehículos terrestres y también aéreos, con un tránsito en armonía, no como el tráfico diario con el que estaba acostumbrado a vivir. Subieron a un vehículo que los transportó por el aire. Tras algunos minutos, llegaron a un local, en cuya entrada había un amplio jardín, lleno de flores de diferentes colores. Cruzaron una puerta grande de metal y caminaron por amplios pasadizos, cuyos pisos y paredes estaban enchapados por cerámicos de gran brillo. Onésimo estaba sorprendido por la elegancia del lugar.

Ingresaron en una oficina donde se encontraba un sujeto mayor, alto, delgado y canoso, vestido de blanco luminoso.

—Buen día, Zhydal. Veo que por fin has cumplido con el objetivo.

—Buen día, maestro Oykaroh. Le presento a Onésimo. Viene de la Tierra para integrarse a nuestro proyecto.

—Mucho gusto, señor Oykaroh —manifestó Onésimo—. ¿A qué proyecto se refiere? ¿Dónde estoy?

—Toma asiento. Te explicaré de qué se trata el asunto.

Todos se sentaron, mientras una dama les entregaba un vaso con un contenido líquido, invitándolos a beber. Onésimo probó con desconfianza, pero le pareció agradable esa bebida dulce que nunca antes había probado. El maestro Oykaroh se incorporó de su asiento y, mirando fijamente a Onésimo, le dijo:

—En tus manos está la salvación de nuestra especie. Escucha bien lo que te voy a decir —y empezó a contar una historia que Onésimo escuchó con asombro e incertidumbre.

Algunas décadas atrás, los habitantes del planeta habían sido infectados por un microorganismo que produjo mutaciones en el ADN. Esto generó que todos los habitantes machos solo produjeran espermatozoides defectuosos y, por tanto, ya no pudieran fecundar. Lamentablemente, las mutaciones también impedían poder hacer clonaciones. Ante el riesgo de que se extinguieran, estuvieron realizando diversos estudios, además de enviar científicos a diferentes planetas, para encontrar una especie que tuviera espermatozoides compatibles. Después de muchos años de investigación, encontraron que los espermatozoides de los habitantes de la Tierra podían ser compatibles, pero era necesario verificarlo con pruebas de fertilización en laboratorio y luego realizar la implantación en las hembras para determinar si lograban preñarse. Para ello, era necesaria la participación de un terrícola en el experimento.

—¿Me están pidiendo que fecunde a las hembras de su planeta? —inquirió Onésimo.

—Así es. Necesitamos tus espermatozoides para hacer las primeras pruebas y verificar la compatibilidad... también necesitamos verificar que las crías nazcan en buenas condiciones —manifestó el maestro Oykaroh.

—¿Eso quiere decir que tendré que masturbarme varias veces hasta que consigan el propósito?

—En efecto. Durante todo el tiempo que requiramos de tus servicios tendrás alimentación, vestimenta y alojamiento asegurados. Estarás a dedicación exclusiva y, por su puesto, bajo cuidados médicos.

—Qué pasaría si no acepto.

—No tienes otra alternativa.

Dicho esto prendió un televisor y le mostró grabaciones de diversos noticieros de la Tierra, donde hablaban sobre la muerte de personas que almorzaron en su restaurante y que él estaba con orden de captura, pero no daban con su paradero.

—Me lo imaginaba. No sé qué pasó realmente en mi restaurante. Yo mismo supervisé la preparación.

—Nunca falta alguna persona que quiera sabotear el negocio y vierta alguna sustancia en la comida.

—No me imagino quién pudo haberme hecho eso.

—Uno nunca sabe. En fin, ¿qué dices?

—Bueno…Tendré que aceptar su propuesta.

Onésimo se incorporó de su asiento y se retiró acompañado de Zhydal. En su mente apareció una frase: «¡extraterrestres de mierda!», mientras un frío intenso se apoderaba de su cuerpo y un sabor agrio inundaba su boca. Fue conducido a su habitación.  Las paredes estaban llenas de espejos. Durmió como nunca en su vida sobre una cama de cuatro plazas. Al día siguiente fue sometido a diversos exámenes de laboratorio y evaluaciones médicas. Colaboró con desagrado. Prefirió no resistirse por estar en desventaja. Decidió “seguirles la corriente” hasta que se le ocurriera un plan para escapar. Los resultados de las pruebas reportaron que estaba en buen estado de salud.

—Bien, Onésimo. Estamos en condiciones de empezar. Iniciaremos mañana.

—De acuerdo, señor Oykaroh, haré lo que me pidan, no me queda otra. Ustedes ganan. Solo espero que me traten con respeto y no me hagan daño.

—Así será, terrícola obediente.

El primer día que le entregaron el frasco para que recolectara su semen, se puso muy nervioso y estuvo en el baño más de dos horas masturbándose para conseguir la tan ansiada sustancia viscosa. En los días siguientes, tuvo más confianza y demoró menos tiempo. Después de varios intentos, consiguieron fecundar varios óvulos que posteriormente fueron implantados en sendas hembras. Luego hubo controles, semana tras semana. Mientras tanto, Onésimo pasaba el tiempo en la piscina del local, o practicando deporte con los extraterrestres, unos juegos que parecían una combinación de fútbol con vóley que no entendía mucho, pero que disfrutaba.

Leía también algunos periódicos, revistas y libros de ciencia ficción. Además veía la televisión, sobre todo los noticieros. Siempre abordaban el tema de los fallecidos en su restaurante. Lo seguían buscando. Los abogados que eran entrevistados proyectaban que le darían veinticinco años de cárcel. Esto le producía mucha cólera. Había invertido todo su dinero en el restaurante, incluso gestionó un préstamo en el banco. Todo estaba perdido.

Transcurrieron nueve meses, y siete de las diez mujeres fecundadas alumbraron a siete crías a término, de buen peso, talla y estado de salud. Una de las crías fue prematura y tuvo que estar en incubadora; otra nació muerta, y la tercera terminó en aborto, luego de tres meses de gestación.

Durante todo el tiempo transcurrido, Onésimo se convenció de que era imposible escapar y su propósito se diluyó al generarse una gran simpatía con las nuevas personas que iba conociendo, quienes siempre le mostraron un trato cálido y amable. Compartía con ellos casi todas las horas del día. Llegó a sentirse más a gusto con los nuevos amigos, que con los que tenía en la Tierra.

Oykaroh solicitó que Onésimo se presentara en su oficina.

—Muy bien, Onésimo. El proyecto ha sido un éxito. Tenemos un banco con tus espermatozoides para seguir fecundando más hembras. Nuestra especie ha sido salvada, y se mantendrá probablemente un buen tiempo. Necesitamos contactar con otros terrícolas para tener nuevos espermatozoides, ya que para las siguientes generaciones podría haber problemas si todos descendieran de una misma línea paterna. Te estamos eternamente agradecidos. Has salvado a nuestro planeta. Bueno, es hora de que retornes a la Tierra. Te ayudaremos a que consigas otra identidad y puedas abrirte paso en un lugar donde nadie te conozca.

En ese momento Onésimo fue invadido por un gran temor. Se quedó pensativo sin saber qué decir.

—¿Pasa algo, Onésimo? —preguntó el maestro Oykaroh.

—Bueno, en todo este tiempo me he acostumbrado a estar aquí. Si regreso a la Tierra, así tenga otra identidad, siempre estaré con el temor de que me descubran. Preferiría quedarme con ustedes.

—Pero requerimos ahora de otros espermatozoides. Los hijos que engendraste tendrán que fecundar en el futuro a hembras que no sean tus hijas, para evitar las malformaciones congénitas que se pueden producir entre hijos de hermanos.

—Lo sé, pero es muy peligroso que regrese a mi planeta. Por otro lado, todos los hijos que engendré, a pesar de que tienen padres adoptivos, son mis hijos biológicos. De alguna manera ya soy parte de ustedes.

—Tienes razón, pero no podemos mantenerte eternamente. La comida, la vestimenta y el alojamiento tienen un costo que no subvencionaremos de manera indefinida.

—Lo pagaré con mi trabajo, como todos lo hacen aquí y como lo hacen también en la Tierra. Sé bastante de cocina.

—Bueno…Te quedarás, pero pobre de ti que intentes algo contra nosotros.

—Después del beneficio que les he brindado, creo que merezco ser acogido.

—Está bien, terrícola astuto, te quedarás con nosotros, pero estarás bien vigilado.

—No generaré problemas, se lo aseguró. No tengo otra alternativa.

Los ojos de Onésimo se iluminaron y una inmensa alegría se dibujó en su rostro. Se libraría de ir a la cárcel en la Tierra. Por otro lado, podría implementar el restaurante, que no pudo desarrollar en su planeta, incluso de una manera innovadora, a la que podría denominar “comida novoespacial” o “novosideral” o “novogaláctica”. Igualmente no estaría nada mal enamorarse y formar una familia con una extraterrestre. Al principio las veía igual de raras que los varones, pero con el tiempo se fue acostumbrando a ellas e incluso empezaron a gustarle. Además parecían más fieles que las terrícolas. En la Tierra, las escasas enamoradas que tuvo (ya que muy pocas veces fue aceptado), siempre terminaron yéndose con otro. En los últimos años se había convertido en un hombre solitario, muy entusiasmado con su restaurante y alejado de sus parientes y amigos.

El maestro Oykaroh jamás le diría que fueron ellos los que contactaron a uno de sus ayudantes de cocina para que vertiera un veneno en la comida que se serviría en el restaurante. Luego este ayudante sería eliminado y desaparecido para no dejar rastros. Onésimo había sido elegido entre varios terrícolas por su buen estado de salud y constitución física. Fue investigado durante varios meses antes de ser elegido. Convencerlo de buenas maneras o raptarlo era riesgoso, el plan proyectado fue considerado el más adecuado. Era mejor para todos que él nunca se enterara de nada.


Desde ese momento se convirtió en un miembro más del planeta, iniciando una nueva vida en otro lugar.

lunes, 6 de noviembre de 2017

La traición de Manuel

Rita Mabel Figueredo


Los secretos son pesados y densos, como las piedras. Se instalan en el alma, e indefectiblemente, van corroyendo desde adentro el corazón, la mente, la paz y la cordura. Los secretos, son como espinas que lo duelen todo.
Para el mendigo, la mañana había comenzado mal. No es que las demás mañanas de su vida fueran distintas, pero esa había sido particularmente mala. Se inició más temprano que de costumbre, cuando el guardia de la plaza lo despertó a golpe limpio, con la excusa, a su entender absolutamente innecesaria, de que ese día habría desfile. Todos saben que los desfiles se anuncian para las ocho y comienzan pasadas las once. Pero el guardia quería impresionar a su jefe, y el hombre se vio obligado a recorrer las calles cuando todavía no había gente que pudiera darle algunas monedas.
Otro inconveniente matutino fue el desayuno. Había olvidado cruzar por el bar de Paco la noche anterior, por lo que solo le quedaba en el estómago el resto del alcohol de quemar con azúcar que había cambiado por una camisa rescatada del paquete de Cáritas Diocesanas.Un dolor sordo cruzaba por su cabeza y no le dejaba pensar en nada más. Se rascó el cuero cabelludo lleno de piojos. Tal vez era hora de bañarse. Ahora solo lo hacía los días que la iglesia evangélica insistía en que para sentarse al comedor tenía que estar limpio. No hablaba con nadie. Nunca miraba a los ojos a las personas con las que se cruzaba.
Manuel no siempre había sido así. En alguna época, que parecía lejanísima y sin embargo se remontaba no más de cinco años atrás, había sido un hombre respetable, con trabajo, casa, auto, amigos, familia. Lo habían buscado durante varios años, hasta rendirse finalmente ante la falta de evidencias de que estuviera vivo.
Pero lo estaba, aunque todo se había ido al garete después de aquella noche fatídica en que conoció el secreto y su vida se había convertido en un trascurrir de minutos vacíos.
Una de sus rutinas cotidianas era sentarse en el banco de la plaza grande en la esquina de la Avenida de Los Héroes y calle Veinticinco, mirando siempre hacia la misma ventana, aquella en la que había visto morir a María.
La había conocido un primero de mayo, en la fiesta del Día del Trabajador de la oficina. No era exactamente un entusiasta asistente a los eventos sociales, más bien los sufría con callada resignación. Su esposa, Amelia, solía acompañarlo amortiguando el efecto del mundo sobre su persona. Pero esa tarde estaba en cama con un resfriado y la fiesta era de asistencia obligatoria para todos los empleados de la editorial.
Su facilidad para los idiomas —hablaba y escribía con fluidez en seis lenguas—, su memoria fotográfica, su aspecto desgarbado, habían contribuido a formarle fama de hombre hosco. Se preocupaba poco por su aspecto físico, la ropa solía quedarle demasiado holgada y no se cambiaba casi nunca sus gastados mocasines marrones. Esa tarde había hecho una concesión a la elegancia agregando a su atuendo una fina corbata verde, que solo conseguía acentuar su aspecto de desamparo.
Se atrincheró en un rincón cerca de los bocadillos, con una copa en la mano, de la que bebía pequeños sorbos cada tanto, sonriendo sin ganas a quienes se acercaban. Desde su pretendido escondite la vio entrar. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo. Era luminosa. Sonreía con la cara girada hacia la izquierda, a una de las encargadas de moda. Llevaba un vestido con flores naranja hasta la media pierna y su cabello color miel parecía acariciar los hombros delgados como un enredo de pequeñas culebras onduladas. Sus pasos cortos y rítmicos formaban una especie de baile. Era toda cadencia; musical hasta en el simple acto de recorrer el salón. Se acercó a Manuel con una sonrisa puesta en los labios y un brillo pícaro en los ojos.
—Manuel Estigarribia, supongo —dijo extendiendo una mano de dedos largos, que terminaban en uñas bien cuidadas con barniz rosa pálido.
—Eh... sí... yo...
Se sintió un idiota y más aún cuando ella proporcionó una explicación absolutamente lógica para acercarse a saludarlo.
—Me estoy presentando. María Sorrento Álvez. Soy la nueva jefa de redacción. Vamos a trabajar juntos desde el lunes. Disfruta de la fiesta.
Se alejó por donde había venido sin que su interlocutor pudiera llegar a articular una respuesta coherente.
«Por Dios, si seré imbécil. Ahora mi nueva jefa piensa que soy un lelo o que he tomado demasiado».
Pero el lunes siguiente, en la reunión de personal, María no parecía recordar el incidente, y lo saludó como a todos los demás, estrechando su mano con el roce sutil de sus dedos blancos.
Para el más antiguo de los empleados, fue una época de absoluta felicidad y exquisito tormento. Sabía que no podía aspirar siquiera a imaginar que esa diosa lo mirara como a algo más que uno de los engranajes de la gran empresa que dirigía, pero para él resultaba  mucho más estimulante que nunca su amado trabajo de corrector. Extendía sus ya largas horas en la oficina, usaba la copiadora del piso donde estaba la oficina de María, asistía a todas las reuniones de personal, incluso las que eran solo obligatorias para el personal de inferior categoría, sin ningún éxito ni muestras de acercamiento. Su esposa estaba sorprendida y contenta de verlo con tanta energía, acostumbrada a su carácter taciturno.
El milagro se produjo una tarde de lluvia y frío. Manuel debía entregar los textos corregidos a la sucursal de Japón. Dejó un mensaje en el celular de su esposa para justificar que no llegaría a la cena y se preparó para una larga noche. Estaba tan concentrado que no advirtió cuándo la redacción se fue quedando vacía. Un enorme espacio poblado de papeles y ordenadores, desierto y silencioso. El ruido de las teclas fue absorbido de repente por un taconear acercándose. Levantó la vista cuando María estaba casi frente a él, con un ordenador portátil en las manos.
—¿Todavía trabajando?
—Eh… si… este. «Basta, Manuel, va pensar que de verdad eres un retardado». —Sí, tengo que terminar las correcciones del texto…
—¿Te molesta si me quedo acá? —lo interrumpió María. Es que mi oficina está bastante lejos y  la verdad, me da miedo estar sola en la redacción vacía.
A Manuel le seguía costando articular las palabras así que se levantó, le hizo un lugar en el escritorio, acercó una silla y con un gesto grandilocuente y una sonrisa, le indicó que se sentara. Trabajaron en silencio durante varias horas, hasta que María, masajeando su nuca dolorida anunció.
—¡Hora de un descanso!
En realidad, el hombre había terminado su trabajo hacía al menos treinta minutos, pero no quería quebrar esa intimidad creada por el silencio y la cercanía.
—Debería volver a mi casa. —argumentó, sin demasiado convencimiento.
—Unos minutos más, es todo lo que te pido. No me gusta comer sola.
Pidieron comida china, que engulleron con apetito acompañada de una botella de vino tinto. Charlaron de todo un poco. A Manuel el vino le ayudó a relajarse y poder por fin ser el hombre cordial y coherente que normalmente era, y que parecía sufrir una lobotomía en presencia de su jefa.
Cuando la comida y el vino habían terminado hacía rato, los dos seguían contándose las vidas y riendo de anécdotas infantiles, hasta que ingresó un mensaje al celular de Manuel. Era su esposa que le avisaba de que había dejado la comida en la heladera y se iba a dormir. Se despidieron con un apretón de manos, incómodos ambos.
Desde ese día, cada semana, sin haberse puesto de acuerdo, extendían las horas de trabajo y cuando el piso quedaba vacío, se reunían en el mismo escritorio a trabajar en compañía silenciosa durante un rato y a compartir comida, bebida y conversación después.
En una de esas largas conversaciones María se puso seria.
—Te voy a contar un secreto, no quiero que te rías, ¿sí?
Manuel juró no reírse, mas no pudo evitar la carcajada cuando la  joven le dijo que había tomado contacto con extraterrestres que se ocultaban en la Tierra, y que a ellos debía su exitosa carrera en la empresa.
Al verla seria y con lágrimas en los ojos, se dio cuenta de que al menos para ella, lo que le había dicho era real. La abrazó, acarició su cabeza tratando de tranquilizarla y casi sin darse cuenta, la estaba besando. María se fundió en sus brazos con la misma intensidad con que lo hacía todo y él no pudo pensar mucho más tiempo respecto a qué trastorno psicológico hacía que la gente viera extraterrestres.
Al llegar a su casa esa noche Manuel se duchó durante largos minutos, tratando de lavar el olor a María y la culpa. Se prometió que no volvería a pasar.
Efectivamente, durante varias semanas, ambos evitaron retomar las charlas nocturnas, pero se sentían miserables. Por primera vez, fue Manuel quien tomó la iniciativa. Esperó que la oficina estuviera vacía y fue hasta el escritorio de María.
—Te creo —dijo apoyado en el marco de la puerta.
María no dijo nada. Se levantó, le tomó de la mano y lo condujo a su departamento, a tres cuadras de allí.
Los encuentros fueron desde entonces en ese departamento. Sentado en el banco de la plaza de la esquina de la Avenida de Los Héroes y calle Veinticinco, podía ver la ventana del este. Manuel siempre se detenía algunos minutos en el asiento, tironeado por las ganas que le crecían en las entrañas y por el sentido del deber. Siempre ganaban las ganas.
Durante casi un año, los amantes se encontraban y se descubrían cada vez un poco más. Hablaban mucho, no trazaban planes ni se hacían reproches, pero el tema de los extraterrestres volvía una y otra vez a ser discutido. Manuel creía que era una excentricidad o que María intentaba tomarle el pelo y ver hasta dónde podía llegar con la broma.
Pero una tarde, cuando le abrió la puerta, la mujer estaba completamente fuera de sí.
—¡Van a matarme! —le dijo angustiada ni bien entró al departamento.
Se notaba que había llorado y caminaba por la habitación como un animal enjaulado.
—Necesito que te tranquilices. ¿Quién quiere matarte? ¿Te amenazaron? Te acompaño a la policía para que hagas la denuncia. Vamos…
—¡No! ¡Es inútil! Son los extraterrestres. La policía no va a servir de nada. Tenés que irte. ¡Ahora! Es mejor que no te vean conmigo.
Lo empujó fuera del departamento. Él golpeó la puerta, tocó el timbre, rogó durante bastante tiempo, hasta que se resignó a que había enloquecido y no iba a abrir. Pensó en buscar el teléfono de una hermana de la que le había hablado. Al salir al pasillo casi choca contra un hombre alto vestido completamente de negro. El hombre llevaba gafas oscuras y le llamó la atención que no se veían sus pies, era como si flotara sobre el piso.  No le dio importancia y bajó por la escalera cavilando sobre qué hacer. Se sentó en el banco de la plaza a observar la ventana de María que seguía iluminada. La vio recorrer el espacio de un lado a otro mesándose el cabello, estaba a punto de levantarse y volver a subir e insistir que le abriera, cuando una sombra se detuvo detrás de ella. Fueron solo unos segundos. La sombra se agrandó y la cubrió por completo como si la hubiera engullido, el cuerpo delgado de María, desapareció. La sombra volvió a tomar forma humana, se acercó a la ventana y corrió la cortina. El hombre de negro con el que se había cruzado en el pasillo miró fijamente a los ojos a Manuel, o eso le pareció. 

Corrió durante horas. Cuando se detuvo, no sabía dónde estaba, ni si lo que había visto era producto de su imaginación o había sucedido en realidad. La voz de María resonó en su cabeza con instrucciones a las que no le había dado importancia. «No debes mirarlos a los ojos, así es como lo saben todo de ti». No se animó a volver a su casa. Si el extraterrestre lo había visto, sabría donde vivía y podía hacerlo desaparecer a él también. Lamentó no haber creído en María, ¡ay, María!, tan vital, tan lúcida, ¿cómo pudo pensar que no decía la verdad? No podía hablar con nadie. Si le contaba el secreto a alguien más lo pondría en peligro. Regresar a la oficina no era una opción, ¿y si mejor acudía a la policía? No, no era buena idea. Creerían que tenía algo que ver con la desaparición de María. ¿Y si el alienígena lo estuviera siguiendo? Volvió a correr hasta perder las fuerzas. Se ocultó en un callejón y lloró. Por su vida perdida, por María. Se durmió tapado con algunos cartones que encontró cerca. Cuando despertó a la mañana siguiente tenía muy claro lo que debía hacer. Desaparecer. ¿Y qué mejor modo de desaparecer que ser un hombre más de los miles de desdichados que diariamente pueblan las calles?