miércoles, 12 de abril de 2017

Ruleta

Eliana Argote Saavedra



Rodolfo

Panamericana Norte. Es una mañana de calor intenso. Hay pocos pasajeros en el bus, todos están sentados, “muy despiertos” para su gusto y fastidiados por la falta de ventanas, «definitivamente la “chamba” está escasa», piensa.

Pocas veces iba de pasajero, gran parte de su vida se la pasó en medios de transporte público, pero siempre alerta al descuido de las personas. Pensó seriamente en bajarse y abordar otro bus, mas ese día estaba particularmente cansado, y no del cuerpo ciertamente, lo que sentía era ese maldito nudo en el pecho y las ganas de estrellar el puño en la cara de quien fuera. «Maldita sea, me saco el ancho trabajando para que no le falte nada», dijo entre dientes mientras se tumbaba en el último asiento y recordaba la tarde del día anterior: la forma en que lo miró su exmujer cuando fue a visitar a Lucía, «Que me despreciadice —, que me desprecia cuando antes se moría por mí, ¿acaso no sabía quién era yo?, bien que lo sabía, antes le parecía divertido; “temerario”, decía». A medida que el bus avanzaba alejándose de la zona poblada, la ciudad reemplazaba el verdor de los jardines por la gama de grises del asfalto. Intentaba pensar en mil cosas: el rostro iracundo de Amanda «para odiarla a sus anchas», cada palabra dicha por ella, pero nada tenía la fuerza suficiente para distraerlo, no, lo que le destrozaba el alma era la imagen de la niña en el umbral de la puerta, la mirada triste a pesar de estar celebrando su sexto cumpleaños; se veía huraña, distante.

Para Lucía fue muy difícil no correr a los brazos de Rodolfo, aquella mañana cuando despertó tenía la esperanza de que viniera e iba feliz por la casa contándoselo a sus muñecas; Amanda, al verla tan emocionada, en una mezcla de tristeza y rabia, le dijo que estaba harta de cubrirlo, que él era una persona mala y debía olvidarlo. La niña no había visto a su padre en tres años, pero recordaba cuando jugaban juntos y reían, él la llamaba «mi princesa» y ella lo adoraba; cuando papá llegaba a casa con bolsas repletas de cosas, la casa parecía estar de fiesta; jamás entendió por qué de pronto mamá se veía triste y lloraba; en su corazón de niña, la madre tenía la culpa de que el padre se hubiera alejado, por tantos gritos y reproches, pero ante lo dicho por su madre, sintió miedo y no pudo acercarse a él.


Años atrás, cuando Rodolfo vio a Amanda por primera vez, sintió necesidad de conocerla, pero a pesar de que eran casi de la misma edad, no frecuentaban los mismos círculos; él no estudiaba y ella, hija de una mujer divorciada y sumamente restrictiva, solo tenía permitido hablar con sus amigas del colegio. Cada día el muchacho esperaba a Amanda a la salida del colegio, tan solo para verla pasar, la seguía a distancia prudente durante los quince minutos que tardaba en llegar a casa, donde su madre aguardaba en la puerta; ese tiempo era para Rodolfo la mejor parte del día, luego volvía a lo suyo: modales toscos, lenguaje inapropiado, a «la selva», hogar de «machos» como él, donde fue el referente del típico ladronzuelo para otros niños sin control.

Al terminar el primer año de universidad Amanda comenzó a librarse del control de su madre, ya no era posible imponerle horarios estrictos y ella, sedienta de conocer todo lo que había tenido prohibido se permitió experimentar cosas nuevas, así fue como se animó a hablar con aquel muchacho de aspecto rudo que una vez sorprendió mirándola con ternura y a quien los adultos despreciaban; la muchacha no podía aceptar que lo condenaran con tanta ligereza, estaba acostumbrada a que mamá pensara por ella, pero no más, una persona no nace mala, se decía, además, era tan atractivo, tan libre. Ya había averiguado todo acerca de él con la tendera, «Pero usted no debe estar preguntando por él, niña —dijo esta, —ese es un “piraña” y no le conviene, especialmente a una señorita como usted».

Era una tarde soleada y venía a pie por las calles ovaladas y llenas de papeles de la temible urbanización Lobitos, cuando lo divisó sentado en la vereda, fumando un cigarrillo con sus aires de adulto; a medida que se acercaba podía apreciar mejor el cabello negro de rizos apretados y la actitud pensativa con que lo había visto tantas veces: el codo sobre la rodilla, el mentón reposando sobre la muñeca y una estela de humo azul envolviéndolo. Comenzó a andar más a prisa mientras se agitaba su respiración, pero cuando faltaban apenas unos metros se detuvo sin saber qué hacer. Rodolfo percibió que alguien se detenía muy cerca y volteó en estado de alerta, grande fue la sorpresa al ver a la muchacha que comenzaba a caminar con cierto nerviosismo, era su oportunidad; se levantó y le cerró el paso: «Aquí tienes que pagar peaje, linda», le dijo. Ella, con la mirada clavada en el suelo respondió: «No tengo dinero, Rodolfo», y luego aclarando la voz y levantando el rostro ruborizado agregó en un susurro: «No tengo, pero…  puedo darte un beso».

Ese fue el comienzo de su historia. Rodolfo representaba todo lo que la muchacha conocía como inadecuado, pero también un enigma, cada encuentro sabía a aventura; le hablaba sin tapujos de planes futuros, con un lenguaje torpe ciertamente, mas era maravilloso atestiguar el brillo de sus ojos cuando lo hacía; tenía como padre a un hombre alcohólico, y de la madre no se sabía nada desde que los abandonó, cuando él apenas había cumplido dos años. Amanda era capaz de sacar a flote sentimientos enterrados adrede; originar eso y además ser la protagonista de sus sueños, sin duda no tenía precio; estaba segura de que él cambiaría, solo necesitaba sentirse amado. El joven por otro lado, siempre vio en aquella chica a la mujer inalcanzable, pero cuando descubrió que ella tenía fe en él y lo amaba, decidió que se dedicaría a hacerla feliz, jamás se arrepentiría de dejar atrás todo lo que conocía.

            Cuando la madre de Amanda se enteró, expresó un «¡No!» rotundo, cosa que lejos de desanimarla, le dio bríos para encapricharse y enfrentarse a ella. La relación no fue fácil, pero el sentirse «solos frente al mundo» hizo que se unieran y necesitaran más cada vez. No tardó mucho en salir embarazada, pero para sorpresa de todos, Rodolfo se presentó en casa de la señora Rita, madre de Amanda, y dijo que se haría cargo de su familia: «No faltaba más, solo los maricones dejan abandonados a sus hijos», agregó con el ceño fruncido. Se fueron a vivir juntos y mientras ella continuaba estudiando en la universidad, él se encargaba de los gastos; las labores en el cuarto que alquilaban, también los asumía él, «mi mujercita no debe preocuparse por nada», decía.

            Lucía nació y los primeros meses todo fue felicidad, pero cuando la joven madre regresó a estudiar y ante la imposibilidad de hablar del esposo sin avergonzarse, comenzó a mentir; en su interior lo culpaba de no poder llevar una vida normal. Al empezar a trabajar en un estudio de abogados donde entró como auxiliar, no pudo evitar hacer comparaciones entre el marido y los muchachos que conocía. Pronto la imagen del atrevido Rodolfo que tanto admirara, terminó deglutida ante la realidad. Claro que no le faltaba nada y tampoco a la pequeña, pero, ¿qué pasaría si algún amigo se enteraba?, jamás podría decirle a nadie a qué se dedicaba su esposo. Lo conminó a cambiar muchas veces y siempre recibió respuestas afirmativas, pero Rodolfo no tenía intención de hacerlo, o al menos no por su mujer; la relación entre ellos se tornó en una pelea constante hasta que Amanda le pidió que se fuera y él no aceptó; la joven amenazó entonces con denunciarlo y obtener la custodia exclusiva de la niña, negándole todo derecho de visita debido a su mala influencia; ningún juez se lo negaría considerando los antecedentes que registraba. Rodolfo se sintió acorralado, pero lo que lo hizo ceder finalmente fue la amenaza de descubrirlo ante Lucía, eso no iba a aceptarlo; acordaron que él se iría de la casa aunque debía seguir enviando dinero para la manutención. Se despidió de su hija y jamás regresó.

El mismo día que dejó su hogar decidió que ahorraría, aceptó asociarse con algunos amigos para conseguir más ingresos, lo que obtenía en asaltos a buses y casas vacías ya no bastaba; así fue como participó en robos a bancos y tiendas comerciales y asumió nuevos riesgos, todo con tal de regresar algún día con fondos suficientes para poner un negocio y alejarse de esa vida, por aquella pequeña que se colgaba de su cuello y para quien él lo era todo, sí estaba dispuesto a hacerlo. Faltaba tan poco, había ido a decírselo a Lucía, se lo comunicaría también a Amanda, pero, ¿cómo lo recibió esta?, y qué le dijo a la niña, para que al intentar levantarla en sus brazos, ella retrocediera con los ojitos serios y enrojecidos.  

Así recordaba Rodolfo el encuentro con Lucía la tarde anterior, cuando descubrió la casa de sus sueños. Atrás quedaba Puente Piedra, un pujante distrito con grandes zonas urbanizadas, para dar paso a la carretera rumbo a Ancón. A un lado del camino, a través de un gran anuncio, una pareja joven anunciaba la construcción de un complejo urbanístico: «La casa de tus sueños». Bajo el cartel, una caseta de ventas revestida con lunas y un departamento modelo, daban la bienvenida al posible «soñador»; cuando Rodolfo bajó del bus e ingresó a la casa, animado por el azul pastel del exterior y el Ponciano en la entrada, imaginó a Lucía dentro y sintió deseos de cambiar. Ahorraría para darle a su familia una casa como aquella. Al cabo de una semana volvió al lugar, tomaría una foto para enviársela a Amanda, escribiría una nota diciéndole que pronto podría comprarle una casa así para que vuelvan a ser una familia, que la vida delincuencial que conocía quedaría atrás; pero al intentar ingresar a la caseta de ventas para pedir informes se dio con la sorpresa de que estaba cerrada, había una nota que daba cuenta de que la inmobiliaria estaba en un proceso judicial y que todos los bienes se encontraban inmovilizados mientras se liquidaba la empresa; ya le había parecido extraño ver cierto abandono en el lugar, esa era la razón; avanzó nuevamente hasta la casa, el polvo recubría los vidrios de las ventanas y las flores de las macetas lucían marchitas; observó los alrededores, nadie pasaba por allí, excepto los autos que circulaban por la carretera; forzó la cerradura e ingresó. Esa sería su vivienda por el momento, hasta que pudiera comprar una casa para la familia; mientras tanto, era el lugar perfecto para esconder el «jugoso botín» que obtenía cada fin de semana.


Es de mañana y Rodolfo se ha vestido con esmero, una camisa amarilla que encontró en una tienda de ropa «visitada» por él, semanas atrás. Frente al espejo, acomoda el sombrero, que «combina tan bien» con aquel pantalón vaquero. Voltea unos centímetros y esconde el prominente abdomen, pasa la mano por la barba recién afeitada y hace una mueca de aprobación. Observa alrededor, la habitación luce perfectamente arreglada excepto por la cama que está desviada hacia un rincón, coge un paquete del velador y se agacha, dando ligeros golpes en el piso y pegando la oreja al suelo, limpia con esmero las juntas de una baldosa y la levanta, introduce el paquete con cuidado y una sonrisa de satisfacción se dibuja en el rostro. Una vez acomodado todo, sirve un poco de ron en un vaso descartable y lo bebe despacio mirando a través de la ventana; a medida que el licor le quema la garganta, una imagen se hace más clara en su mente: es Lucía con el rostro delgado como el suyo, el cabello lacio sujeto por ganchillos de flores y una expresión de incredulidad; él se acerca y le entrega un paquete, la niña lo abre, los ojos se le encienden, sonríe; casi logra escuchar el tono alegre con que dice: «Papá, papá». Risas y lágrimas brotan con fuerza de su pecho, este será el último fin de semana de aquel «trabajo», que aunque Amanda no quiera reconocer, sirvió para mantenerlas. Luego todo estará bien, ha ahorrado lo suficiente para comenzar un negocio, Lucía estará orgullosa de él y aquella odiosa mujer tendrá que tragarse sus palabras.



Manuel

Serpentín de Pasamayo. Cielo encapotado y oscuro, faros de iluminación intensos, ojos de gato y señales fosforescentes que van dibujando la pista: subida, señal de curva peligrosa, control de velocidad. Manuel se pasa la mano por el rostro sin afeitar, está cansado, los ojos se le cierran; hace tiempo que no maneja en esas condiciones pero es necesario; si no llega antes del mediodía a cancelar la deuda acumulada del alquiler, embargarán su casa, esta sería la tercera vez, «A la tercera va la vencida», dice aspirando largamente el cigarro que presiona entre los labios. No, nunca más le hará vivir a la familia, la terrible experiencia de quedar en medio de la calle. Se desplaza por la carretera, el viaje durante las siguientes dos horas será monótono y teme dormirse, por lo que acomoda el cuerpo voluminoso en el asiento; observa en el espejo su rostro de piel tostada y la incipiente calvicie, tiene apenas cuarenta años y sin embargo luce como alguien de más de cincuenta; sacar a la familia adelante lo ha desgastado sin duda, pero eso es lo que siempre le enseñaron en casa: lo bueno cuesta.

 El cielo exhibe unas tímidas pinceladas en tonos rosáceos, que van difuminándose a medida que avanza; mira el reloj, son casi las siete de la mañana, con suerte llegará a las diez. La explanada se va angostando mientras ingresa a la zona agrícola donde encuentra un intenso movimiento de carga, un par de camiones ha bloqueado el paso y otros dos aún esperan; sabe que de nada sirve impacientarse así que enciende otro cigarrillo y aguarda. Luego de casi media hora uno de los camiones reanuda su marcha, Manuel avanza deleitándose con la mezcla de aromas cítricos que escapa por sobre las paredes. Es tiempo de cosecha, la época más festiva para los agricultores.

Luego de un largo recorrido sale nuevamente a la carretera, «a partir de aquí el camino es más fácil», piensa, pero de pronto un golpe seco lo hace soltar el volante y la visión da un giro de 180º a gran velocidad. Ante sus ojos se despliegan imágenes algo borrosas: las luces de un auto que casi lo enceguecen, un extenso terreno cubierto de flores, un hombre alejándose con dificultad. A medida que gira, se acerca más a los objetos; el metal de la cabina rechina al frotarse contra el asfalto y el rostro de un hombre aparece pegado al vidrio de la cabina, «un hombre», dice con angustia, estirando las manos y cubriéndose los ojos con el brazo hasta alcanzar la superficie fría del vidrio. El auto se detiene. Palpa su rostro, la camiseta que trae, y se tranquiliza al ver las manos limpias. «Hay que salir», piensa, y apoya la mano en el pantalón; cuando la tela se pega a la piel, la siente húmeda, empuja con apuro el asiento y ve una pierna herida, no es grave, abre con dificultad la puerta del auto y es entonces que ve el cuerpo inerte de un hombre en medio de un charco de sangre, aún se pueden apreciar las tonalidades amarillas de su camisa y un sombrero unos metros más allá. Una arcada lo hace salir de la estupefacción en que se encuentra. «Y ahora, ¿qué?»

Toda la carga de comestibles está esparcida en la pista: sacos de arroz rotos, granos diseminados, fideos hechos añicos; la mayor parte está perdida. Retrocede secándose el sudor de la frente y cae sentado en un saliente de la cabina; allí se queda en espera de la policía, seguro no tardarán en llegar. «Que sea lo que Dios quiera», piensa. Los minutos pasan lentamente, una mezcla de miedo y angustia va apoderándose de Manuel, casi es media mañana, las diligencias policiales tardarán horas, no llegará a tiempo. Sentado aún bajo el sofocante calor, pasa una y otra vez las manos por la cara secándose la transpiración, «¿qué hacer?», no es culpable, un auto lo ha chocado. Mira alrededor en busca de un teléfono público para hablar con la casera y explicarle lo sucedido, con suerte llegará al anochecer. Ve un locutorio a corta distancia y camina hasta allí algo adolorido, al llegar se da con la ingrata sorpresa que el teléfono está malogrado, da un golpe de rabia en la cabina y se apoya en ella. En ese instante, la visión de una casa apenas a escasos veinte metros lo hace recomponerse, tal vez podrá pedir ayuda; camina hasta allá lo más rápido que puede y toca la puerta. Con la emoción producida al imaginar el futuro junto a su hija, Rodolfo olvidó poner el seguro. «¿Hay alguien en casa?, ¡necesito ayuda, por favor!», grita, pero nadie le responde, introduce medio cuerpo por la ventana tumbando los recipientes de flores secas sobre el muro.

El ruido de las macetas estrellándose, alerta a un hombre que yace muy cerca aunque Manuel no puede notarlo; ansioso como está, mira su reloj y no advierte la sombra que se desliza hasta la ventana; han pasado diez minutos desde que se alejara del lugar del accidente, «por qué demora tanto la policía», se pregunta y en ese instante recuerda que el poblado más cercano, aquel donde cargaban fruta, quedaba a unas horas y el movimiento de camiones era intenso, él mismo había tardado más de lo normal en salir nuevamente a la carretera. Solo hará una llamada y regresará a esperar. Coge el teléfono que está sobre la mesa de noche y la mano sudorosa deja manchas de sangre en el fono, intenta limpiarlo con la ropa, pero está completamente sucia, no puede dejar huellas, mira a todos lados, un trapo sobresale por debajo de la cama, el mismo que utilizara Rodolfo para limpiar la junta en el piso, una punta había quedado enganchada, jala con fuerza y el cerámico sale disparado hacia un lado quebrándose. Se acerca y los ojos se le desorbitan al ver un fajo de billetes envuelto en plástico transparente. Introduce las manos y saca todo lo que encuentra en el depósito: fajos y más fajos de billetes.

Por un instante no sabe qué hacer, su carga está perdida y hay tanto dinero allí, mecánicamente y sin pensarlo, coge dos paquetes y los guarda en la bolsa que lleva atada a la cintura, si lo rebuscan podrá decir que es un adelanto por el traslado de la mercadería, «¡Claro!, eso es», se dice y coge dos más para sí, guardando el resto en el mismo lugar donde lo encontró, regresará, «pero tal vez se darán cuenta de lo que falta, sí, esa plata seguro tiene dueño, alguien que no confía en los bancos, como yo». No, eso sería todo, él no es ningún ladrón para apropiarse de algo que no es suyo, lo más seguro es que allí viva algún anciano y esto sea el ahorro de toda una vida. Acomoda con sumo cuidado el cerámico y se dirige a la puerta. Ya se escucha la sirena de los patrulleros, al alejarse observa el teléfono, es su posibilidad de tranquilizar a la familia, ya no hay tiempo.

            La policía llega apenas un minuto antes que él. De pronto el lugar se ve invadido de movimiento: dos patrulleros y una ambulancia. Rodolfo es cubierto con una sábana luego de confirmar su deceso y Manuel es atendido por un paramédico; un guardia se le acerca con una libreta en la mano y el herido se incorpora de la camilla, sumamente ansioso: «Jefe, fui a buscar ayuda, jefe, porque ustedes no venían, pero en este pueblo de mierda no vive nadie, me duele mucho la pierna». «Y hubiéramos tardado más en llegar si no fuera porque un conductor que pasó por aquí, nos alertó, pero tranquilo amigo, —responde el oficial —ya todo está bajo control». Manuel es llevado a emergencias de un hospital, atiende los trámites policiales y por fin puede dirigirse a ver a su familia que espera por él, en medio de la calle con los ojos llorosos. Abrazos, besos, consuelo mutuo, pero también la tranquilidad de no llegar con las manos vacías.



Julián

Había intentado huir luego de estrellar el auto contra aquel camión, estaba herido, y aunque la borrachera de la noche anterior desapareció con el impacto, no podía arriesgarse a que lo encontraran. El dolor era intenso y a pesar de haber hecho un torniquete en el brazo, la herida seguía sangrando. Iba huyendo cuando se topó con la casa abandonada, estaba escondido muy cerca cuando divisó a un hombre ingresando por la ventana, se acercó y vio a Manuel levantar los fajos de billetes; mientras las sirenas de los patrulleros sonaban a lo lejos, el dolor, el miedo y la ambición luchaban en su cabeza, tal vez no podría escapar pero regresaría por el botín. Aquel hombre también lo haría, con toda seguridad, tenía que hacer algo; con gran esfuerzo retiró todos los fajos, los introdujo en una bolsa que cayera del bolsillo de Manuel cuando guardaba el dinero y salió de la casa, la sangre resbalaba por el brazo e iba dejando huellas en el camino. Cerca de allí divisó un campo de manzanos, no podría llegar más lejos; introdujo las manos y comenzó a retirar con dificultad la tierra, cogió una manzana y la mordió, saboreó el jugo dulce del fruto, hacía horas que no comía nada; utilizó lo que encontró, ramas, su zapato, nada servía, hasta que divisó una piedra filuda y con ella arremetió para retirar el arbusto, escondió allí todo el dinero y colocó nuevamente la planta. Solo se había alejado algunos metros cuando sintió que lo abandonaban las fuerzas.

Cuando llegó la policía, siguiendo el rastro de sangre, lo encontró desmayado, aún cargaba consigo sus documentos y fue fácil identificarlo como el propietario del auto deportivo que causara el accidente.

           

Un agricultor

Dos días después de los hechos, una pequeña de trenzas negras corre por el campo sembrado, mientras papá y mamá comienzan con la cosecha. Un perro sin pelo, salta alegremente cruzándose por entre las piernas de la niña; el sol es intenso, gruesas gotas de sudor recorren sus mejillas coloradas. Por entre los pequeños árboles de manzana divisa un arbusto seco, los frutos han caído de las ramas sin haber madurado, los va revisando hasta que divisa uno que no ha sido invadido por los gusanos, lo recoge y corre alegremente hasta donde está el padre. «Todas las manzanas estaban con gusanos, papa, pero esta está sanita, mira», le dice. El campesino preocupado por las noticias, camina con la pequeña para ver los frutos caídos, al llegar nota la tierra removida y se rasca la cabeza por debajo del sombrero de paja. Mueve las ramas y un grito se ahoga en su garganta cuando descubre lo que hay debajo del manzano.


Al final de la tarde, la pareja de campesinos con la pequeña, sentados bajo la sombra de un árbol, ya cerca de casa, conversan alegremente sobre el hallazgo. «Cuántas semillas más podré comprar este año, mujer», «sí, Emilio, pero podríamos comprar zapatos para la niña, mira los que tiene», «sí, mujer, si se le ven los dedos», «¡claro! Y una cama, qué te parece una cama con un colchón nuevo…»


La niña mientras tanto observa el rostro alegre de papá y mamá y piensa que esta es una linda tarde porque están los tres conversando y riendo, y el aire es tan rico bajo aquel árbol, y mamá le ha prometido que preparará su plato preferido, ahora sí se puede.

miércoles, 5 de abril de 2017

A veces acontecen pequeños milagros

Rosario Allpas


Apenas aterrizó el avión, la lluvia empezó a disiparse, el olor a tierra mojada se expandió por todo el ambiente. Bajé de la aeronave y me di cuenta de que me hallaba en un lugar diferente, parecía estar dentro de una sauna, pues el calor era asfixiante y la humedad pegajosa. Caminé hacia mi amiga que me esperaba sonriente en el salón del aeropuerto internacional Francisco Secada Vignetta.

 —¡Hola, Mirna! ¡Qué alegría! Gracias por venir a recogerme. —La abracé fuerte.

—¡Hola! ¿Qué tal el viaje? —me contestó efusiva.

—Bien, pero… ¡Caramba! ¡Qué calor hace! —Me abaniqué con las manos—, es insoportable.

—Sí, este es el clima de siempre, querida amiga, tendrás que acostumbrarte. ¡Bienvenida a la selva!

Nunca me sentí cómoda con los cambios, pero venir a la ciudad más grande de la selva peruana era como confinarse en el paraíso. Iquitos se yergue coqueta a orillas del río Amazonas y la rodean los ríos Itaya y Nanay; desde lo alto se asemeja a una isla y como tal, la conexión por vía aérea es la más asequible con otras ciudades del país y el mundo, aunque por río se enlaza también con pueblos aledaños y países vecinos como Colombia y Brasil.

El taxi nos sacó del aeropuerto y enrumbamos con dirección al hospital general. Decenas de motocicletas nos rodearon bulliciosas, los conductores de toda edad y sexo avanzaban decididos con el cabello suelto al viento y al sol; en especial las mujeres que iban conduciendo y llevando a novios o esposos e hijos, todos sin casco. Era un verdadero espectáculo. «¡Qué ciudad tan especial!», pensé. El sol ya se había impuesto en el cielo azul y las nubes desaparecían asustadas.

La carretera asfaltada se rodeó de árboles. Empecé a distinguir unas pocas casas y después apareció la ciudad con sus viviendas de amplias puertas y ventanas abiertas, solo unas mallas con pequeños agujeros se adherían al marco de estas. Los autobuses con grandes ventanas sin vidrio y algunas cubiertas con telas descoloridas que hacían de cortinas para evitar la luz del sol. La gente por las calles caminaba con muy poca ropa invitando y dejando la piel a las caricias del astro rey. Un fresco y desconocido olor invadía las calles. Mirna me dijo que era el aroma del aguaje, un fruto de la selva que estaba siendo vendido en las esquinas.

Llegamos al hospital y nos dirigimos al interior de este, en donde se levantaba la residencia de enfermeras, los árboles próximos la acunaban brindándole sombra, el olor a naturaleza, a grama húmeda la envolvía. Mirna me guio hacia una habitación. Al entrar, prendió la luz y los cuerpos verde opacos de las salamandras comenzaron a zigzaguear escondiéndose detrás de los pequeños cuadros que colgaban de las paredes. Las miré con cobardía y antes de que manifestara algo, Mirna acotó: 

—No temas, ellas están más asustadas que tú —y agregó—. ¿Tienes hambre?

—Sí —respondí— mientras acomodaba mi maleta al lado de la cama, sin dejar de mirar los cuadros donde escondidas, quizás de miedo, se encontraban las salamandras.

—¿Vamos a comer pollo a la brasa?

—¡Oh! Sí. ¡Vamos!

Mirna sacó su motocicleta y yo subí atrás. Nos entreveramos en la calle con otros conductores. El inconfundible aroma del pollo llegaba desde la esquina de una calle. Bajamos, y con pasos apresurados entramos siguiendo el rastro del olor a carbón caliente y de la preciada ave. Decenas de mesas ocupadas por gente jovial y locuaz nos recibieron; nos instalamos en una y nos sirvieron el pollo a la brasa al estilo charapa.

—¡Eh, Mirna!, ¿el pollo acompañado de bananas verdes fritas? Nunca comí de esta manera.

—Aquí no vas a encontrar papas fritas —dijo Mirna, sonriendo.

—¡Ni cubiertos! —agregué sorprendida.

Comimos a la usanza iquiteña; con las manos. Al final nos trajeron un bol de agua con limón para limpiarnos los dedos.

En la pollería pude escuchar el diálogo de dos mujeres loretanas que estaban en una mesa cercana:

—Mirlenita, ¿mañana vienes a mi casa para comer fane con su cajué calientito?

—No puedo, debo cuidar a mis tres huambrillos, uno está llullito todavía.

—¿Y el buchisapa de tu marido no te ayuda, ya pues?

—Mirna, no entendí nada —le dije a mi amiga.

—Sí. Ja, ja, ja. —Se rio con gran complacencia—. Este es el dialecto conocido como español amazónico (*), es una mezcla del español, quechua, lenguas nativas y foráneas, pero aquí le damos una entonación muy especial.

—Es chistosísimo.

—Tendrás que aprender, si no, entenderás muy poco lo que dice la gente.

—Cierto, pero no quiero copiar la entonación, ¿eh?

—Ja, ja, ja. Es irremediable, algo queda. —Rio Mirna.

Comencé a trabajar en sala de operaciones como enfermera anestesista del hospital general y muy pronto puse a prueba el dialecto loretano en el diario trajinar de mi labor.

Una mañana, cuando me disponía a aplicar la anestesia raquídea a una paciente, luego de colocarla en posición sentada y desinfectar el área de aplicación en la espalda, le dije:

—Señora, por favor póngase posheca.

La mujer me miró asombrada sin entender lo que le estaba diciendo y volví a repetir:

—Póngase posheca, por favor.

La técnica de enfermería se mostró halagüeña y de inmediato me corrigió el vocablo:

—Es potocha, señorita, no posheca.

—¡Oh!, perdón. Póngase potocha, ¿sí?

La mujer de inmediato obedeció y se puso jorobada. Entonces pude palpar la cuarta vértebra lumbar y colocarle la anestesia. Más tarde le pregunté a mi ayudante:

—¿Qué significaba posheca?

—«Pálida», señorita, por eso la paciente no le podía entender.

—Ja. Ahora me doy cuenta lo difícil que era obedecer mi orden. 

Y así, entre conocer la ciudad y disfrutarla, aprender el dialecto amazónico y practicarlo, pasó el mes presuroso trayendo una sorpresa agradable y ventajosa para mí. Habíamos llegado a la selva un puñado de catorce enfermeras de diferentes zonas del país. Unas arribaron el primer día del mes de abril, otras el noveno o el décimo segundo, la mayoría el decimoctavo y la penúltima lo había hecho el vigésimo segundo día. Al término del mes, les habían pagado a todas por igual: el mes completo. Yo había llegado el último día de abril. Entonces, cuando terminó mayo recibí, con sorpresa, dos cheques. Enseguida me encaminé a la oficina del contador para comunicarle el error cometido. Este me recibió y luego de las presentaciones me dijo:

—Bien, señorita, soy todo oídos. Dígame.

—Señor Dávila, creo que han cometido un error. Yo venía a informarle que me dieron dos cheques.

—Y…, ¿qué nombre tienen esos cheques?

—Bueno, los cheques están a mi nombre, señor.

—¡Ah! ¿Entonces son suyos?

—Sí, pero... yo solo he trabajado un mes, señor —argumenté.

—Bien, el cheque anterior ya estaba destinado a usted y no puedo dar marcha atrás. Salga de la oficina y no se hable más del asunto. Los cheques son suyos y no esté dando aspavientos.

—¿Eh? —Me abrió la puerta de su oficina y solo atiné a decirle—: ¡Gracias!

Con ese dinero, di la cuota inicial para la compra de una motocicleta. Aprendí a manejar apenas subí en ella y en toda mi travesía por la selva jamás me extendieron una papeleta. Enseguida me di cuenta de que ser propietaria de una moto no tenía precio. Además, consideré que esta era la movilidad perfecta para una zona tan calurosa como Iquitos.

Pasaron seis meses de disfrute, hasta que una tarde de sábado mi moto no quiso trabajar más. Llamé de inmediato a Mirna para que me ayudara a resolver el problema o me explicara qué había sucedido con mi movilidad y lo más importante: ¿qué hacer? Ella trató de prenderla y nada. Me aconsejó llevarla a un mecánico y lo hice.

Ya en el taller, el técnico me preguntó:

—¿Qué problema tiene la motocicleta?

—¡Eh! Bueno…, no quiere arrancar.

—A ver …, ¡ajá! Veamos. —Maniobró el timón, sacó una tapa rosca de la panza de la moto, revisó, otra tapa más abajo, olió, luego preguntó —: Y…, ¿desde cuándo no le cambia el aceite?

—¿El aceite? ¿Cuál aceite? —No sabía de lo que hablaba—. ¿Necesita aceite mi moto?

—Señorita, ¿está bromeando? ¿Nadie le dijo que tenía que cambiar el aceite? —Se encabritó.

—Pues no —contesté sincera—. Primera vez que escucho que hay que poner aceite a una motocicleta. Disculpe.

El mecánico se encrespó. Felizmente, después de la limpieza y cambio del líquido oleoso, esta trabajó perfectamente. El hombre entonces se tranquilizó y me dijo:

—Ha sido un milagro que su movilidad aún funcione. Deberá tener en cuenta el cambio de aceite cada mes, re-li-gio-sa-men-te. —La última palabra la dijo con firmeza y resbalando cada sílaba.

—Lo haré. Gracias.

La gente de Iquitos, en general, es extrovertida, directa, sincera, cálida y acogedora. Cuando llegué a esta ciudad, a mitad de la década del setenta, me sorprendió la natural familiaridad de los iquiteños, tuteaban enseguida no importando la edad ni el sexo, pero lo hacían con respeto; sobre todo las mujeres, quienes, al hablar no se hacían problema ni con los asuntos que correspondían a la intimidad. Esto les daba una imagen de soltura y confianza. Quizá por esta característica, ellas han sido mal interpretadas por la gente foránea: «que tienen sangre caliente, que son confianzudas o que son fáciles», decían. Yo no estaba de acuerdo con esta apreciación, lo que ocurre es que en Lima u otras ciudades del Perú, las personas y en especial las mujeres, cubren sus pensamientos, sentimientos y conducta con un manto de pacatería, propio de las señoronas mojigatas. A mí me fascinó la forma de ser de las iquiteñas, pues son dueñas de una mentalidad independiente. Creo que ese carácter liberal está muy ligado al uso de la motocicleta. En Iquitos, una gran cantidad de mujeres de toda edad la maneja. Es más, se ven más mujeres que hombres conduciendo. Eso les hace sentirse autosuficientes y libres en la vida diaria e incluso libres de manejar su propia sexualidad.

Cuando salí de vacaciones, llevé mi motocicleta a Lima. Cuando me veían manejando, la gente me silbaba y sentía en sus miradas mala voluntad y cierta reprobación por usar una moto siendo mujer. Aún hoy, que han pasado más de cuarenta años continúa siendo una rareza ver a una mujer manejándola en esta Lima puritana. La excepción se da con las mujeres policías que son casi las únicas que lo hacen. Por ello, al terminar con mi labor en el hospital general, la vendí; pues consideré que, para motocicletas, no hay ningún mejor lugar que Iquitos, «la ciudad de las motos».

Una madrugada, pasadas apenas las tres, el personal de centro quirúrgico tocó mi ventana despertándome para una emergencia. Casi nunca llamaban al médico anestesiólogo para las urgencias; era yo, la que las atendía. Acudí a sala de operaciones quince minutos más tarde y allí, sentada en una silla de ruedas se encontraba la paciente. Se llamaba Sadith, estaba pálida como una estatua de mármol. Las muecas de dolor se habían impregnado en la cara arrugándola de manera que parecía eterna, el cabello ralo enmarañado le cubría parte del rostro, su voz débil apenas la escuchaba contestando a mis preguntas. Estaba embarazada y parecía molestarla en grado superlativo el peso de la gestación y el dolor de las contracciones. La presión arterial la tenía baja igual que su hemoglobina. Se le había roto la fuente y un líquido amniótico de color verde maloliente se había hecho presente, señal inequívoca de un sufrimiento fetal. La cesárea era necesaria y urgente.

La pasamos a una de las salas de intervención quirúrgica y empezamos a prepararla para el evento.  Mientras mi ayudante le ponía la ropa adecuada: bata blanca con la abertura hacia atrás, botas y gorro verdes, la instrumentista armaba su mesa de trabajo y habilitaba todo el instrumental necesario. Yo empecé a compensar a la paciente poniéndole un sustituto del plasma a la vena y a goteo relativamente rápido. Se había pedido una bolsa de sangre, pues el caso lo ameritaba y esperábamos que el personal de laboratorio la trajese pronto. Llegaron el cirujano y el asistente. «¡Qué bueno que vino una ayuda!», pensé. A veces, no era posible contar con un asistente para una operación de urgencia a estas horas, pero este interno de medicina se había hecho presente.

—Por favor lávense las manos rápido. La paciente tiene presión baja y la anestesia la va a disminuir un poco más —les dije.

—Muy bien, jefa.

Los vi apresurarse en el lavado de manos antes de entrar a sala de operaciones. Hacia las cuatro de la mañana me dispuse a ponerle la anestesia raquídea, la cual bloquearía la sensibilidad de la parte baja del cuerpo desde la cintura, manteniendo a la paciente lúcida durante toda la operación. Pero, al terminar de aplicar la anestesia y pegar el esparadrapo en la espalda sentí que el cuerpo de Sadith perdía fuerza terminando de desvanecerse en mis brazos. Con ayuda de la técnica la echamos en la mesa de operaciones y vi que su cuerpo flácido no tenía movimiento torácico.

—¡Oxígeno! La paciente presentó paro respiratorio —dije a la técnica—. Llama a los médicos, que vengan enseguida.

—Doctores, la paciente está mal, presentó paro respiratorio —anunció la técnica con firmeza.

Cuando los médicos entraron a la sala, Sadith recibía oxígeno a través de una mascarilla. Enseguida apliqué un medicamento para elevar su presión arterial. La ausculté, pero, no escuché latido. Comencé a proporcionarle masaje cardíaco mientras que los médicos se habían colocado los guantes y el cirujano desinfectaba la zona operatoria con rápidos movimientos, cogió el bisturí y de un mero corte en el vientre llegó hasta el útero. Se abrió paso en la herida abierta y de una sola maniobra extrajo al feto morado y flácido, cubierto de líquido amniótico verde; el olor fétido se impregnó con rapidez en la sala. Pinzó el cordón umbilical en dos tramos y cortó con la tijera a la mitad. Entregó el recién nacido al asistente para que se haga cargo de la reanimación. Yo seguía dándole masaje cardíaco a la paciente, pues el hospital no contaba con desfibrilador. El interno de medicina aspiró secreciones de boca y nariz del bebé, pero este no reaccionaba, seguía inmóvil. Entonces lo levantó de los pies poniéndolo vertical y le dio masajes en la espalda hasta que el bebé hizo un leve movimiento. Lo volvió a colocar en la mesita preparada para la atención del recién nacido y volvió a aspirar secreciones. Utilizó el ambú o resucitador manual para administrar oxígeno. El bebé empezó a reaccionar, toser, emitir un gimoteo para luego ir recuperándose hasta presentar un llanto fuerte y regularmente sostenido. El llanto de un bebé al nacer es una melodía de vida y ese sonido nos envolvió. Entonces, el asistente se apresuró a ayudar al cirujano mientras que la técnica recibiendo al bebé, lo pesó, talló y abrigó. Lo puso en una cuna de agradable temperatura proporcionada por las bolsas de agua caliente. No había incubadoras.

El estado de la paciente en una operación, siempre está a cargo del anestesiólogo; por ello, mientras el cirujano operaba, el asistente atendía al recién nacido, yo me hacía cargo de la paciente. Sadith seguía recibiendo oxígeno a través de una mascarilla y yo continuaba presionando su pecho. La palidez, cianosis y frialdad de su piel hacían presagiar el temible paso a la muerte. Mi corazón empezó a latir presuroso mientras seguí apostando por ella, por la vida. En ese momento escuché el llanto del bebé y continué empujando el pecho de Sadith ayudando así a que la sangre siga circulando por su cuerpo en una pugna aguerrida donde sabía que los minutos contaban. Habrían pasado alrededor de quince minutos de reanimación asistida cuando un leve movimiento del borde inferior de su labio se presentó en un intento mínimo de reacción. Seguí presionando su pecho y ocurrió otro movimiento de los labios en un deseo apremiante de atrapar el aire. «Está reaccionando, se salvará», pensé. Escuché al médico decir:

—Oxitocina —era la señal de que la placenta había salido completa, sin complicaciones.

—Bien, doctor. La paciente empieza a reaccionar —dije.

—¡Qué bien! Ponle de inmediato el medicamento para que ayude a contraer el útero. Esto la mejorará, —y agregó—. ¿A qué hora viene el personal de laboratorio con la sangre?

Apliqué el fármaco a la vena. Sadith movió la cara y otra vez una inspiración pequeña, forzada. Escuché un débil latido cardíaco con el estetoscopio. Me llené de felicidad.

—¡La tenemos!, —anuncié con algarabía.

Seguí aún presionando su pecho para asegurar un buen latido. Sadith a duras penas respiraba. Sí, lo estaba haciendo. Controlé su latido con el estetoscopio, aún estaba débil y su presión arterial la tenía baja, pero estaban presentes. La técnica comenzó a colocar los campos o telas estériles necesarios para cubrir a la paciente, dejando solo la zona operatoria expuesta, puso el arco que separa la visión de la paciente de la parte abdominal. En cualquier momento Sadith podía abrir los ojos. Los médicos se pusieron los mandilones completando así los pasos que se habían obviado por la premura de la operación y siguieron suturando la herida operatoria.

El personal de laboratorio llegó con la bolsa de sangre. Habían pasado más de veinte minutos desde que la situación empezara a normalizarse.

—¡Ah! —Lancé un suspiro de complacencia por la satisfacción del deber cumplido.

Volví a controlar sus signos vitales y cambié la mascarilla de oxígeno por una cánula nasal. Sadith abrió los ojos y miró de un lado a otro. El corazón volvió alegre a latir en mi pecho. Le acomodé el gorro para que sintiera que tenía compañía. Luego, ella habló despacio:

—Señorita, ¿mi llullito?

—No se preocupe. Él está bien. Es un varoncito.

—Sí…, lo sé —contestó en tono muy bajo, le costaba hablar y lo hacía con esfuerzo— yo lo vi…

—¿Cómo? ¿Qué está diciendo? —pregunté asombrada.

 —Que yo lo vi, señorita. Desde el techo.

—¿Qué? ¿Qué es lo que vio?  —pregunté sin creer lo que escuchaba.

—Todo, señorita. Primero yo…, yo estaba con mi bata blanca, creo que esta, la que me pusieron, iba caminando hacia una luz bien juerte que tenía en mi delante. Vi que había piedrecitas en mi camino, entonces me di cuenta de que estaba sin zapatos caminando, casi flotando hacia una luz potente, brillante.  

«¿Sin zapatos?», pensé un segundo. «¿Y las botas de tela verde que le pusimos para la operación?».

—Después, ya no estaba en allí y me encontré en arriba —siguió hablando y miró el techo— allí, flotando, en arriba. Vi abajo cuando los médicos entraron. Entonces el dotorcito Pedro me cortó… mi panza. Vi cuando salió mi llullito, pero no lloraba… vi que el otro dotorcito comenzó a sacarle su moquito, lo limpió y entonces mi llullito lloró. Vi que tú, señorita empujabas y empujabas mi pecho y después; yo, ya no estaba más en arriba. Sentí un dolor juerte en mi pecho, quise hablar…, pero no podía…

Se calló y nosotros guardamos silencio, estábamos sorprendidos y no sabíamos qué preguntar. Luego, ella misma rompiendo la calma dijo:

—Y mi bebé, ¿dónde está?

Acercamos la cuna a su lado para que lo viera. Una sonrisa arrugó su cara huesuda y pálida, una lágrima escapó de sus ojos mojando su rostro seco. Cerró sus párpados para descansar.

Estábamos terminando nuestro trabajo cuando los primeros cantos de los pajaritos anunciaron el amanecer. Pensé en Mirna, estaría en la residencia de enfermeras despertándose recién para recibir el nuevo día y prepararse para una nueva jornada de labor. Me apercibí de que todos los que atendimos a Sadith y su hijo habíamos hecho lo correcto y actuado con la premura que lo exigía el estado de ambos. Pensé que en unos cuantos minutos más, tendría que volver a la residencia para bañarme y luego retornar al trabajo a fin de realizar la programación de cirugías del día. Pero, lo que más me llenaba de felicidad era ver a Sadith enfrentar el nuevo día acompañada de su hijo recién nacido.


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(*) Vocablos del dialecto español amazónico:

Cajué (café) /   fane (juane). Comida típica de Iquitos preparada con arroz y gallina envuelta en hojas de bijao /

buchisapa (barrigón) /  huambrillos (niños) /  llullito (bebito) /  juerte (fuerte).

Un niño solo en la playa

Luis Rivera


«Miren: ¡un niño solo en la playa!», decía una señora que caminaba cerca. La entrometida dama se refería a mí. Yo estaba entre dormido y despierto, abrazando firmemente a mi peluche Jerry, fiel compañero inseparable. La arena caliente picaba mis pies. Un sombrerito cubría mi cara, pero la intensidad del sol me hacía sudar abundantemente. Tenía sueño, aun estando en la playa. Mamá había manejado durante la noche y los nervios de la carretera, al ser su pequeño copiloto, me envolvieron en un insomnio vigilante. «Usted es el hombre de la casa, y debe siempre cuidar a su mamá», me repite la abuela cada vez que salimos de viaje. Senda misión para un niño. Vestía mi traje de playa, uno que me regalaron en el último cumpleaños. Es un juego de camisa sin mangas y pantalón corto de color azul celeste. Todo el contorno del ruedo es anaranjado, así como un gran número ocho que cubre todo mi tronco frontal. Era una combinación peculiar entre bañador de mitad de siglo veinte y uniforme de fútbol americano. Nada elegante, pero a mis siete años, tenía cosas más importantes que la moda por las cuales preocuparme. El mar y su rocío salado hacían que me ardieran los ojos. Respirar de manera profunda me provocaba toser, pero mamá afirmaba que ese aire era milagroso y que me curaría el asma. De modo que yo insistía en llenar mis pulmones al máximo cada vez que me acordaba, porque sí me interesaba curarme. Era un jueves, según escuché, por lo que la playa estaba relativamente vacía. Solo se miraban adultos, lastimosamente. El árbol y la cabaña de la Cruz Roja que me dieron sombra durante la mañana, ahora me la negaban y la ofrecían al lado opuesto. No fue únicamente la inoportuna señora la que me despertó, sino también el hambre. Busqué en mi mochila los emparedados que mamá había preparado, y como era día de vacaciones, tenía permiso de tomar gaseosa y comer galletas. A manera de un gran señor, me senté a degustar el almuerzo.

«No estoy solo, señora, mi mamá está nadando en el mar», pensé en responderle a la escandalosa turista, pero avanzó rápido y sin más, perdí interés. Levanté la vista hacia el mar, tratando de ver donde nadaba mamá. Achiqué la mirada. El sol estaba ya enfilado frente a mí, por lo que su reflejo me cegó. Solo lograba ver cabezas que se sumergían con el ritmo de las olas. Volví al ataque en contra de mi sándwich, disfrutando al máximo ese lindo día de playa y mar. Miraba con orgullo la etiqueta en mi mochila nueva, que tenía en letras grandes mi nombre y el de abuela, así como su número de teléfono, por si se perdía y alguien quisiera devolverla. Comencé a construir castillos de arena, determinado en lograr edificar la torre más alta del mundo. No tenía permiso de entrar al mar. Me daba miedo entrar solo, de todos modos. Ya comenzaba a soplar el viento templado y seco de la tarde, cuando salió mamá del agua. Definitivamente era la mujer más linda del mundo. Usaba un traje negro de una pieza, que se ajustaba a su abultada cintura. Traía el pelo revuelto. Sus manos y pies estaban curtidos de haber permanecido tanto tiempo en el agua. Me vio y le sonreí. Me abrazó fuerte, besándome la frente y preguntándome si estaba bien. Podía sentir sus lágrimas rodar por mi mejilla. Debió de ser por tanta alegría. Era un momento mágico, que yo deseaba que nunca terminara. Mamá era toda para mí.

No sé por qué habíamos viajado de noche. Se me ocurre que quería llegar temprano a la playa. Me daba miedo la carretera cuando estaba tan oscura, y creo que a mamá también, incluso lloró buena parte del trayecto. Yo no dormí durante el viaje, para ir vigilante acompañándola. Me pedía que le cantara las canciones que estaba aprendiendo en la escuela. Salimos de la casa de abuela poco después de la cena. Mamá me había llevado temprano esa mañana con mi maleta para pasar unas semanas ahí, mientras ella viajaba por trabajo. Llevamos todos mis juguetes y mi ropa para que no me hiciera falta nada. Jugué todo el día con María, la hija de Consuelo, empleada de décadas de la abuela. En la noche, me daban permiso de ver televisión si me comía toda la cena de una sentada. Estaba viendo «El Chavo del Ocho» cuando llegó mamá. Yo seguía de cerca a la Chilindrina jugarle una broma muy divertida a Kiko. Desde hace tiempo había aprendido a no entrometerme en conversaciones de adultos. Además, estaba demasiado chistoso el capítulo. Algún problema tuvo mamá en el trabajo porque llegó enojada. La escuché discutir con la abuela. Lo más seguro es que ella no quería que yo me fuera tan rápido de su casa. ¡Acababa de llegar esa misma mañana! Desde que murió abuelo, soy su mejor compañía. Pero igual mamá subió mis maletas al carro, y nos fuimos. Me extrañó que no se dirigiera a nuestra casa, pero sabía que no era momento de preguntar mucho. Condujo hacia la carretera del Pacífico, rumbo al mar. Agarré con fuerza a mi peluche, mientras mamá hablaba consigo misma, entre lágrimas y golpeteos al timón. «¡Estúpida! ¡Sos una estúpida!», era todo lo que descifraba de su monólogo.

Es increíble cómo procesa la memoria humana. Revisando las gavetas de los armarios de mamá, encontré esa vieja instantánea donde aparecemos juntos ese lejano día en la playa, con mi castillo de arena, la mochila, Jerry, y aquel gran número ocho en mi pecho. Mamá está viendo hacia su izquierda, distraída, y ambos tenemos los ojos achinados porque el sol nos pega de frente. Recuerdo al vendedor de fotografías, que la tomó sin preguntar, obsequiársela a mamá diciéndole: «para que se le alegre ese espíritu roto y caído que se refleja a través de sus ojos, señora». Como jalar de una madeja, ver la foto detonó esta serie de recuerdos. Tiene algo manuscrito en su dorso: «Sebastián y yo, 17/02/83. El día que el mar me habló.» Comienzan a rodar mis lágrimas de nuevo. Sigue demasiado fresca la herida y las emociones están a flor de piel. Hace dos días murió mamá. Ayer la enterramos. Han pasado treinta y siete años desde ese viaje improvisado que hicimos juntos. Fue bello y maravilloso. Algo cambió en ella, drásticamente. A partir de ahí, nunca nos volvimos a separar. Dedicó su vida a mí.

Hoy me toca comenzar la dura tarea de vaciar su apartamento. Había empezado con entusiasmo y me entretuve con esta foto. Consumí varios cigarrillos y dos tazas de café mientras revivía ese tiempo. Seguí abriendo gavetas y cajas. Como espuma, recuerdos de mi infancia desbordaban por doquier. Era un torbellino de emociones. De repente, encontré un pequeño diario. Tenía la cubierta de cuero negro, ya desteñida por los años. Lo abrí, y me sorprendió identificar la letra manuscrita de mamá. Era una caligrafía hermosa, casi perfecta, como la de esas tarjetas de boda elegante, que ahora escasamente se encuentran. Me volví a sentar en el sillón individual que tanto disfrutaba al llegar de visita. Encendí un cigarrillo, acomodándome para otra media hora de tiempo perdido en la única tarea que tenía. Será un largo día a este ritmo. Abrí el cuadernillo, y en mis piernas cayó una fotografía. La recogí, y traté de identificarla. Aparecía mamá con un joven caballero, en lo que debió de ser un paseo de campo navideño, en vista que habían muchos pinos, grama, y montañas. Portaban chaquetas livianas, como para un invierno tímido. Sus pantalones eran pegados hasta las rodillas, y luego se abrían en extensas campanas. Mamá usaba zapatos de plataforma altos. Su pelo estaba suelto, revuelto por el viento libre, con una coqueta sonrisa y su cabeza recostada cariñosamente en el hombro de su compañero. En el fondo, un gran San Nicolás junto con un desnutrido ayudante repartían regalos a lo que parecía una interminable fila de niños. No reconocí al hombre, pero el abrazo en el que estaban envueltos revelaba intimidad y ternura. ¡En la mano derecha, mamá sostenía a Jerry! Se me aceleró el pulso, y me comenzó a temblar la mano. Aspiré profundo el humo de mi tabaco, y busqué en el dorso alguna indicación de la fecha o lugar. Leí, en una letra que no reconocí: «Para Vicky, dulce recuerdo de la primera navidad, de lo que serán muchas y muchas. Tuyo, Alonso. Diciembre 1982.» ¿Alonso? No reconocía el nombre ni la persona. Observé con detenimiento la fotografía de nuevo, maldiciendo mi ridícula vanidad de no usar los anteojos para leer que me recetaron hace unos años.  Haciendo mi mejor esfuerzo por enfocar, vagamente asimilé el lugar de la foto con el rancho del licenciado Cruz, el jefe de mamá que más recuerdo. Pasábamos ahí las celebraciones del trabajo del banco. Pero no podía estar seguro. Fue hace muchos años. Desistí de buscar certeza y abrí el cuaderno. Sabía que me tomaría un tiempo considerable leerlo, por lo que me preparé. Limpié el cenicero y abrí un nuevo paquete. Rebusqué por la cocina algo más estimulante que este parco café. Logré encontrar una botella de whisky single malt que yo había llevado en alguna celebración familiar. Tomé un vaso alto, para no tener que recargar muy seguido, me serví un buen trago, y me senté a leer, intrigado.

 15 de abril, 1983

Tuve mi segunda consulta con la psicóloga esta semana. Me exaspero con todo esto pero fue una promesa que le hice al padre Jorge. Hoy hablamos del perdón y de cómo seguir adelante. Estoy envenenada por dentro, o al menos eso me indica la doctora Miriam. Todavía me cuesta creer al límite que llegué, pero de nada sirve recapitular ahora. Lo importante, de nuevo en palabras de la especialista, es cerrar el capítulo y avanzar con uno nuevo. No puedo dejar de llorar al pensar lo que pude haber hecho. Me rebalsa una mezcla explosiva de rabia, traición, y cobardía. Me sube a la boca como vómito, y me queda ese sabor amargo que por más que escupo, sigue ahí. Miriam me recomendó esto, escribir. Nada sana el alma como plasmar su mal en letras. Voy a intentarlo por Sebastián y mi madre.

No he mencionado su nombre hasta hoy, y no pensaba hacerlo nunca más. Alonso ha sido lo mejor y lo peor que le ha pasado a mi vida. ¿Es posible eso? Me resulta difícil aceptarlo, pero mucho de lo que sucedió fue mi culpa. No quise ver las señales, que estaban tan claras como escritas en una pantalla de cine. Creí mi propia realidad de lo que sucedía, algo que entiendo ahora con toda la terapia y reflexión que he tenido, y actué en consecuencia. Dejaré a Dios que lo juzgue a él.

Lo conocí en la primavera del 82, durante los intercambios de personal que realizó el banco para preparar la fusión. Ahora que la analizo, fue una historia insípida. Aunque confieso que estoy extremadamente sesgada. Algo así como una cena espectacular que te ocasionó una indigestión cercana a la muerte. Es imposible que la recuerdes con algún agrado. Pensar en ella ocasiona repulsión en lo más profundo del ser. Esa relación que no me permitía dejar de sonreír y sonrojarme como chiquilla, hoy me produce agruras. Pero existió. Tomó su momento en mi vida, y me transformó. Cómo un huracán, llegó y se fue, dejando a su paso una inmensa huella de dolor y destrucción imborrable. Hay algunos que dicen que el primer hombre en la vida de una mujer se impregna en ella para el resto de la vida. Eso es mentira. El papá de Sebastián, con quien me embaracé a los veinte años, no es más que un difuso recuerdo para mí. Alonso, por lo contrario, se interpuso de primero en mi vida desde el instante que lo conocí. Su relevancia penetró un lugar que ni yo me percataba existía dentro de mi ser.

Bailamos juntos el vals de los amantes. Ese conocido ir y venir de un hombre y una mujer que se conocen, y van cumpliendo cada uno con su parte de la dinámica. Él, un hombre casado. Yo, una madre soltera. La fusión de los bancos dónde laborábamos ocasionó que nos tocara trabajar juntos. Hubo química inmediata que se convirtió en magia inminente. Me cortejó tiernamente, con poco disimulo. Me hechizó la atención a detalles, esa bondadosa caballerosidad, y su radiante masculinidad. Pero como todo lo valioso, venía con un alto precio. Lo rechacé cuando me di cuenta de que era casado. Nos alejamos. Me buscó y confesó que tenía problemas en casa y que no era feliz. Quise creer sin comprobar, temiendo destapar una olla podrida. Cedí a su seducción precipitadamente. Sin saberlo, perdí la cabeza por él. Permití que se desordenaran mis prioridades. Me estorbaba Sebastián en casa porque limitaba mi libertad con Alonso y cada vez más seguido lo dejaba durmiendo donde mamá. Me enloquecí decididamente.
17 de abril, 1983

No pude seguir escribiendo el viernes. Lloré y lloré al plasmar por primera vez lo que voluntariamente permití que sucediera en nuestras vidas. Me habían advertido que necesitaría varias sesiones de desahogo en este diario. Hoy amanecí con fuerzas y ánimos. Espero perduren.

Me comenzó a fastidiar que Alonso se tuviera que ir a su casa cada noche. No me gustó el rumbo que llevábamos. A mitades de noviembre, decidí terminarlo. Aunque moría por dentro, mantendría mi postura y dignidad. Prosiguió el vals... A mediados de diciembre, nos encontramos en la fiesta de fin de año del banco. Yo andaba con mi vestido rojo de gala, tacones punta fina y mi pelo hecho un moño espectacular. Alonso se miraba elegantísimo en su traje negro con corbata a rayas. Después que ambos habíamos tomado un poco más de la cuenta, nos encontramos en la pista de baile y, ¿qué puedo decir? No tardamos mucho en estar en mi casa, devorándonos sin piedad. Entre la desinhibición del licor y la adrenalina del sexo, nos juramos amor eterno. Él me pidió que nos casáramos. Me tomó de sorpresa y quedé muda. Alonso sabía cómo doblegarme.

Su plan era sencillo, pero complejo de ejecutar. Quería irse del país, y casarnos allá. Él suponía que su esposa le quitaría todo lo que tenía si se divorciaba acá. Dejaría que pasaran los dos años que requiere la ley para declarar abandono de hogar, pero estando lejos no podría embargarlo. Yo acepté sin recato. Fue en ese momento cuando soltó la puñalada. El viaje era sin Sebastián. Casi me caigo de la cama al escuchar. ¿Estaba loco? ¿Cómo se le ocurría proponerlo? Recogí las sábanas para cubrir mi desnudez, y le pedí que se marchara. Lentamente me llevó a través de su ruta de pensamiento. Sería por unos años únicamente, hasta que estuviéramos legalmente casados. De otra manera, el estatus migratorio del niño sería muy complicado de manejar. No podríamos ingresarlo a ninguna escuela. Los servicios de guardería eran muy onerosos, y necesitaríamos todos nuestros salarios para la compra de la casa y los vehículos, así como para sobrepasar los primeros meses desempleados. Sigo sin entender cómo acepté. Pero lo hice. Dije que sí.

Pasamos el resto de diciembre de luna de miel. Fuimos a la celebración navideña del trabajo, y Alonso le compró un peluche a Sebastián. Le nombramos Jerry, en honor al ratón escurridizo de las caricaturas. Fijamos fecha para el viaje: dieciséis de febrero del próximo año. Tuve innumerables discusiones con mamá. Renuncié al banco, con mucha nostalgia pero confiada en el futuro. Esa semana fue intensa. Preparé toda la ropa y pertenencias de Sebastián. Él me preguntaba porque llevábamos tantas cosas donde la abuela, y le mentí que era para que no extrañara ninguno de sus juguetes. Lo dejé muy temprano en la mañana y partí hacia el aeropuerto. La despedida con mamá fue fría y apática. No había manera que ella me diera la razón, y yo ya no la esperaba. El vuelo salía a las tres de la tarde, pero no tenía ningún otro lugar adónde estar. Habíamos acordado con Alonso que yo llegaba después de la una; aun así me fui de inmediato. Además, no podía contener la emoción. ¡Quería sorprenderlo! Llegué y busqué un café. No tenía hambre a causa de los nervios y la realidad de dejar a Sebastián por tanto tiempo. Pero confiaba que era lo correcto. Subí al área de salidas, en la segunda planta del aeropuerto. Desde ahí se podía ver todo el lobby del aeropuerto, a través de paredes de vidrio. Y entonces lo vi llegar. Fue tal mi susto que se me cayó el café. ¡Alonso venía de la mano con su esposa! Se besaban en cada momento que podían. Con la vista los seguí en un «via crucis» masoquista. En la estación de registro de maletas, se besaron apasionadamente. ¡Hasta lloraron en la puerta de migración! Sin saber qué hacer, caminé apresuradamente hasta la puerta de embarque. Me senté y traté de concentrarme en una «Vanidades», todavía incrédula de lo inaudito que acababa de presenciar.

 Con un nudo en la garganta, lo vi acercarse. Se sorprendió al verme, evidentemente contrariado de mi pequeña sorpresa. Yo tenía las manos sudadas y heladas, no me respondía la voz. Todo parecía que se movía en cámara lenta. Llegó y me besó en los labios. No pude reaccionar. Me abrazó y me comenzó a preguntar por qué me había adelantado. Yo lo miraba confundida, como quien escucha un discurso en chino. Me preguntó si había almorzado, diciéndome que venía hambriento de la casa de su mamá, dónde había pasado la noche. No soporté su cinismo, y me levanté. Con todo lo que tenía en mí, lo abofetee. Cayó desprevenido, y tomó un tiempo reincorporarse. Comenzó a preguntarme qué rayos me pasaba cuando volví a golpearlo con todas mis fuerzas. Ya su boca sangraba y escupía rojo en el piso blanco. Volví a izar la mano, cuando me cogió el brazo un guardia de seguridad. Solo pude gritarle: «¡sos un hijo de la gran puta!»

Bajé alegando con todos los oficiales de migración que tenía una emergencia familiar. Se tardaron un buen rato en devolverme mi equipaje. Me sentía como una leona enjaulada. Tomé un taxi hacia la casa de mamá. Llegué y obviamente tuve una fuerte discusión con ella. Pero no era momento de rendir explicaciones. Necesitaba alejarme de este lugar. Quería dejar de pensar, de sufrir, de encarar mi realidad. Tomé a Sebastián y nos fuimos en el carro. Estaba indecisa. Dimos varias vueltas por la ciudad, cuando recordé algo que me decía papá: «el mar cura todos los males, hija. Incluso los del alma.»

Manejé toda la noche por la vía del Pacífico. Lloraba y lloraba, enrabiada con lo estúpida que fui. Sebastián estaba asustado. En los momentos que yo recobraba la cordura, le pedía que me cantara para distraerlo. Él, muy valiente, me acompañó despierto todo el camino. Llegamos cercano al amanecer. Dormimos en el carro hasta que el calor húmedo de la mañana nos despertó. Salimos y buscamos un lugar para desayunar. Yo no comí, pero animé a Sebastián para que se alimentara bien. Vi una farmacia al frente. En ese momento fue cuando lo decidí. Crucé la calle y compré un bote de pastillas para dormir, de las más fuertes. Regresé y le pedí a la mesera seis emparedados para llevar, así como galletas y refrescos. Tenía que asegurarme que Sebastián no sufriera hambre. Bajé su mochila de la escuela, y con un marcador grueso, escribí su nombre y el de mamá, con los teléfonos y dirección de la casa. Tenía que estar segura de que cuando lo encontraran, les sería sencillo localizar a la abuela. Saqué los trajes de baño de las maletas y nos cambiamos.

Busqué un lugar cerca de la estación de la Cruz Roja, para que Sebastián fuera encontrado rápido. Lo senté ahí, y le hice jurarme que no se metería al mar ni se movería de ese lugar. Le dije que yo iba a nadar un poco en lo profundo, y que me esperara. Estaba decidida. Él muy feliz me aseguró que se portaría bien. Lo besé en la frente, en lo que en ese momento me pareció ser la última vez en mi vida. Me quité mis pocas joyas, ¿para qué las iba a desperdiciar en el mar? Las dejé en la mochila, y tomé el bote de pastillas. Caminé lentamente en la arena hacia el mar. Sabía que no debía voltear a ver a Sebastián, o me acobardaría. Me cubrió la cintura el agua, y seguí caminando a lo profundo. Había poca gente alrededor. Me sumergí y nadé fuera de la vista de todos, hasta que avisté una boya en el límite de la zona segura. Me costó llegar a ella por lo alto de las olas, pero lo logré. Ahí pude sostenerme sin ser percibida.

Pasaron muchas horas. Hablaba con Dios. Le preguntaba si lo iba a conocer en persona aún de la forma en que iba a morir. Entendía, por las enseñanzas religiosas de mi niñez, que los suicidas no llegan al cielo. Conversaba con papá, contándole que estaba cerca de verle de nuevo. En broma le decía que no creía que él estuviera en la bóveda celestial con los querubines. Le conté de Sebastián, de lo amargada que se volvió mamá con la viudez, y hasta del ingrato de Alonso. Comenzó a caer la tarde, y sabía que llegó el momento. Por la posición del sol, calculaba que eran las tres o cuatro de la tarde. Abrí el bote y saqué las treinta pastillas. Con esa cantidad, en minutos estaría inconsciente y lo demás lo haría el mar. Las coloqué en mi mano derecha, sosteniéndome con la izquierda de la boya. Cuando procedí a acercar mi mano a la boca, sucedió. Una ola salpicó y, como una mano divina, arrebató las pastillas, llevándoselas a lo más profundo. Juro por Sebastián haber escuchado un rumor del océano decirme: «Tienes por quién vivir. Hazlo.»

La doctora Miriam es atea, por lo que nunca acordó conmigo que ese fue un acto de Dios. Pero no importa, en esos temas, estamos de acuerdo en estar en desacuerdo. Mi vida cambió en ese momento, para siempre. Traté de honrar esa nueva oportunidad que me regalaron. Que Dios me juzgue.


Vacié mi vaso con un último trago. Me había tomado más de media botella y fumado todo el paquete. Tenía seca la garganta, no había líquido que me saciara. Sentía oprimido el pecho, mi cuerpo estaba paralizado mientras mi mente digería lo que acababa de leer. ¿Tengo derecho a juzgar a mamá? Definitivamente no. Eso se lo dejo a Dios.