miércoles, 5 de abril de 2017

A veces acontecen pequeños milagros

Rosario Allpas


Apenas aterrizó el avión, la lluvia empezó a disiparse, el olor a tierra mojada se expandió por todo el ambiente. Bajé de la aeronave y me di cuenta de que me hallaba en un lugar diferente, parecía estar dentro de una sauna, pues el calor era asfixiante y la humedad pegajosa. Caminé hacia mi amiga que me esperaba sonriente en el salón del aeropuerto internacional Francisco Secada Vignetta.

 —¡Hola, Mirna! ¡Qué alegría! Gracias por venir a recogerme. —La abracé fuerte.

—¡Hola! ¿Qué tal el viaje? —me contestó efusiva.

—Bien, pero… ¡Caramba! ¡Qué calor hace! —Me abaniqué con las manos—, es insoportable.

—Sí, este es el clima de siempre, querida amiga, tendrás que acostumbrarte. ¡Bienvenida a la selva!

Nunca me sentí cómoda con los cambios, pero venir a la ciudad más grande de la selva peruana era como confinarse en el paraíso. Iquitos se yergue coqueta a orillas del río Amazonas y la rodean los ríos Itaya y Nanay; desde lo alto se asemeja a una isla y como tal, la conexión por vía aérea es la más asequible con otras ciudades del país y el mundo, aunque por río se enlaza también con pueblos aledaños y países vecinos como Colombia y Brasil.

El taxi nos sacó del aeropuerto y enrumbamos con dirección al hospital general. Decenas de motocicletas nos rodearon bulliciosas, los conductores de toda edad y sexo avanzaban decididos con el cabello suelto al viento y al sol; en especial las mujeres que iban conduciendo y llevando a novios o esposos e hijos, todos sin casco. Era un verdadero espectáculo. «¡Qué ciudad tan especial!», pensé. El sol ya se había impuesto en el cielo azul y las nubes desaparecían asustadas.

La carretera asfaltada se rodeó de árboles. Empecé a distinguir unas pocas casas y después apareció la ciudad con sus viviendas de amplias puertas y ventanas abiertas, solo unas mallas con pequeños agujeros se adherían al marco de estas. Los autobuses con grandes ventanas sin vidrio y algunas cubiertas con telas descoloridas que hacían de cortinas para evitar la luz del sol. La gente por las calles caminaba con muy poca ropa invitando y dejando la piel a las caricias del astro rey. Un fresco y desconocido olor invadía las calles. Mirna me dijo que era el aroma del aguaje, un fruto de la selva que estaba siendo vendido en las esquinas.

Llegamos al hospital y nos dirigimos al interior de este, en donde se levantaba la residencia de enfermeras, los árboles próximos la acunaban brindándole sombra, el olor a naturaleza, a grama húmeda la envolvía. Mirna me guio hacia una habitación. Al entrar, prendió la luz y los cuerpos verde opacos de las salamandras comenzaron a zigzaguear escondiéndose detrás de los pequeños cuadros que colgaban de las paredes. Las miré con cobardía y antes de que manifestara algo, Mirna acotó: 

—No temas, ellas están más asustadas que tú —y agregó—. ¿Tienes hambre?

—Sí —respondí— mientras acomodaba mi maleta al lado de la cama, sin dejar de mirar los cuadros donde escondidas, quizás de miedo, se encontraban las salamandras.

—¿Vamos a comer pollo a la brasa?

—¡Oh! Sí. ¡Vamos!

Mirna sacó su motocicleta y yo subí atrás. Nos entreveramos en la calle con otros conductores. El inconfundible aroma del pollo llegaba desde la esquina de una calle. Bajamos, y con pasos apresurados entramos siguiendo el rastro del olor a carbón caliente y de la preciada ave. Decenas de mesas ocupadas por gente jovial y locuaz nos recibieron; nos instalamos en una y nos sirvieron el pollo a la brasa al estilo charapa.

—¡Eh, Mirna!, ¿el pollo acompañado de bananas verdes fritas? Nunca comí de esta manera.

—Aquí no vas a encontrar papas fritas —dijo Mirna, sonriendo.

—¡Ni cubiertos! —agregué sorprendida.

Comimos a la usanza iquiteña; con las manos. Al final nos trajeron un bol de agua con limón para limpiarnos los dedos.

En la pollería pude escuchar el diálogo de dos mujeres loretanas que estaban en una mesa cercana:

—Mirlenita, ¿mañana vienes a mi casa para comer fane con su cajué calientito?

—No puedo, debo cuidar a mis tres huambrillos, uno está llullito todavía.

—¿Y el buchisapa de tu marido no te ayuda, ya pues?

—Mirna, no entendí nada —le dije a mi amiga.

—Sí. Ja, ja, ja. —Se rio con gran complacencia—. Este es el dialecto conocido como español amazónico (*), es una mezcla del español, quechua, lenguas nativas y foráneas, pero aquí le damos una entonación muy especial.

—Es chistosísimo.

—Tendrás que aprender, si no, entenderás muy poco lo que dice la gente.

—Cierto, pero no quiero copiar la entonación, ¿eh?

—Ja, ja, ja. Es irremediable, algo queda. —Rio Mirna.

Comencé a trabajar en sala de operaciones como enfermera anestesista del hospital general y muy pronto puse a prueba el dialecto loretano en el diario trajinar de mi labor.

Una mañana, cuando me disponía a aplicar la anestesia raquídea a una paciente, luego de colocarla en posición sentada y desinfectar el área de aplicación en la espalda, le dije:

—Señora, por favor póngase posheca.

La mujer me miró asombrada sin entender lo que le estaba diciendo y volví a repetir:

—Póngase posheca, por favor.

La técnica de enfermería se mostró halagüeña y de inmediato me corrigió el vocablo:

—Es potocha, señorita, no posheca.

—¡Oh!, perdón. Póngase potocha, ¿sí?

La mujer de inmediato obedeció y se puso jorobada. Entonces pude palpar la cuarta vértebra lumbar y colocarle la anestesia. Más tarde le pregunté a mi ayudante:

—¿Qué significaba posheca?

—«Pálida», señorita, por eso la paciente no le podía entender.

—Ja. Ahora me doy cuenta lo difícil que era obedecer mi orden. 

Y así, entre conocer la ciudad y disfrutarla, aprender el dialecto amazónico y practicarlo, pasó el mes presuroso trayendo una sorpresa agradable y ventajosa para mí. Habíamos llegado a la selva un puñado de catorce enfermeras de diferentes zonas del país. Unas arribaron el primer día del mes de abril, otras el noveno o el décimo segundo, la mayoría el decimoctavo y la penúltima lo había hecho el vigésimo segundo día. Al término del mes, les habían pagado a todas por igual: el mes completo. Yo había llegado el último día de abril. Entonces, cuando terminó mayo recibí, con sorpresa, dos cheques. Enseguida me encaminé a la oficina del contador para comunicarle el error cometido. Este me recibió y luego de las presentaciones me dijo:

—Bien, señorita, soy todo oídos. Dígame.

—Señor Dávila, creo que han cometido un error. Yo venía a informarle que me dieron dos cheques.

—Y…, ¿qué nombre tienen esos cheques?

—Bueno, los cheques están a mi nombre, señor.

—¡Ah! ¿Entonces son suyos?

—Sí, pero... yo solo he trabajado un mes, señor —argumenté.

—Bien, el cheque anterior ya estaba destinado a usted y no puedo dar marcha atrás. Salga de la oficina y no se hable más del asunto. Los cheques son suyos y no esté dando aspavientos.

—¿Eh? —Me abrió la puerta de su oficina y solo atiné a decirle—: ¡Gracias!

Con ese dinero, di la cuota inicial para la compra de una motocicleta. Aprendí a manejar apenas subí en ella y en toda mi travesía por la selva jamás me extendieron una papeleta. Enseguida me di cuenta de que ser propietaria de una moto no tenía precio. Además, consideré que esta era la movilidad perfecta para una zona tan calurosa como Iquitos.

Pasaron seis meses de disfrute, hasta que una tarde de sábado mi moto no quiso trabajar más. Llamé de inmediato a Mirna para que me ayudara a resolver el problema o me explicara qué había sucedido con mi movilidad y lo más importante: ¿qué hacer? Ella trató de prenderla y nada. Me aconsejó llevarla a un mecánico y lo hice.

Ya en el taller, el técnico me preguntó:

—¿Qué problema tiene la motocicleta?

—¡Eh! Bueno…, no quiere arrancar.

—A ver …, ¡ajá! Veamos. —Maniobró el timón, sacó una tapa rosca de la panza de la moto, revisó, otra tapa más abajo, olió, luego preguntó —: Y…, ¿desde cuándo no le cambia el aceite?

—¿El aceite? ¿Cuál aceite? —No sabía de lo que hablaba—. ¿Necesita aceite mi moto?

—Señorita, ¿está bromeando? ¿Nadie le dijo que tenía que cambiar el aceite? —Se encabritó.

—Pues no —contesté sincera—. Primera vez que escucho que hay que poner aceite a una motocicleta. Disculpe.

El mecánico se encrespó. Felizmente, después de la limpieza y cambio del líquido oleoso, esta trabajó perfectamente. El hombre entonces se tranquilizó y me dijo:

—Ha sido un milagro que su movilidad aún funcione. Deberá tener en cuenta el cambio de aceite cada mes, re-li-gio-sa-men-te. —La última palabra la dijo con firmeza y resbalando cada sílaba.

—Lo haré. Gracias.

La gente de Iquitos, en general, es extrovertida, directa, sincera, cálida y acogedora. Cuando llegué a esta ciudad, a mitad de la década del setenta, me sorprendió la natural familiaridad de los iquiteños, tuteaban enseguida no importando la edad ni el sexo, pero lo hacían con respeto; sobre todo las mujeres, quienes, al hablar no se hacían problema ni con los asuntos que correspondían a la intimidad. Esto les daba una imagen de soltura y confianza. Quizá por esta característica, ellas han sido mal interpretadas por la gente foránea: «que tienen sangre caliente, que son confianzudas o que son fáciles», decían. Yo no estaba de acuerdo con esta apreciación, lo que ocurre es que en Lima u otras ciudades del Perú, las personas y en especial las mujeres, cubren sus pensamientos, sentimientos y conducta con un manto de pacatería, propio de las señoronas mojigatas. A mí me fascinó la forma de ser de las iquiteñas, pues son dueñas de una mentalidad independiente. Creo que ese carácter liberal está muy ligado al uso de la motocicleta. En Iquitos, una gran cantidad de mujeres de toda edad la maneja. Es más, se ven más mujeres que hombres conduciendo. Eso les hace sentirse autosuficientes y libres en la vida diaria e incluso libres de manejar su propia sexualidad.

Cuando salí de vacaciones, llevé mi motocicleta a Lima. Cuando me veían manejando, la gente me silbaba y sentía en sus miradas mala voluntad y cierta reprobación por usar una moto siendo mujer. Aún hoy, que han pasado más de cuarenta años continúa siendo una rareza ver a una mujer manejándola en esta Lima puritana. La excepción se da con las mujeres policías que son casi las únicas que lo hacen. Por ello, al terminar con mi labor en el hospital general, la vendí; pues consideré que, para motocicletas, no hay ningún mejor lugar que Iquitos, «la ciudad de las motos».

Una madrugada, pasadas apenas las tres, el personal de centro quirúrgico tocó mi ventana despertándome para una emergencia. Casi nunca llamaban al médico anestesiólogo para las urgencias; era yo, la que las atendía. Acudí a sala de operaciones quince minutos más tarde y allí, sentada en una silla de ruedas se encontraba la paciente. Se llamaba Sadith, estaba pálida como una estatua de mármol. Las muecas de dolor se habían impregnado en la cara arrugándola de manera que parecía eterna, el cabello ralo enmarañado le cubría parte del rostro, su voz débil apenas la escuchaba contestando a mis preguntas. Estaba embarazada y parecía molestarla en grado superlativo el peso de la gestación y el dolor de las contracciones. La presión arterial la tenía baja igual que su hemoglobina. Se le había roto la fuente y un líquido amniótico de color verde maloliente se había hecho presente, señal inequívoca de un sufrimiento fetal. La cesárea era necesaria y urgente.

La pasamos a una de las salas de intervención quirúrgica y empezamos a prepararla para el evento.  Mientras mi ayudante le ponía la ropa adecuada: bata blanca con la abertura hacia atrás, botas y gorro verdes, la instrumentista armaba su mesa de trabajo y habilitaba todo el instrumental necesario. Yo empecé a compensar a la paciente poniéndole un sustituto del plasma a la vena y a goteo relativamente rápido. Se había pedido una bolsa de sangre, pues el caso lo ameritaba y esperábamos que el personal de laboratorio la trajese pronto. Llegaron el cirujano y el asistente. «¡Qué bueno que vino una ayuda!», pensé. A veces, no era posible contar con un asistente para una operación de urgencia a estas horas, pero este interno de medicina se había hecho presente.

—Por favor lávense las manos rápido. La paciente tiene presión baja y la anestesia la va a disminuir un poco más —les dije.

—Muy bien, jefa.

Los vi apresurarse en el lavado de manos antes de entrar a sala de operaciones. Hacia las cuatro de la mañana me dispuse a ponerle la anestesia raquídea, la cual bloquearía la sensibilidad de la parte baja del cuerpo desde la cintura, manteniendo a la paciente lúcida durante toda la operación. Pero, al terminar de aplicar la anestesia y pegar el esparadrapo en la espalda sentí que el cuerpo de Sadith perdía fuerza terminando de desvanecerse en mis brazos. Con ayuda de la técnica la echamos en la mesa de operaciones y vi que su cuerpo flácido no tenía movimiento torácico.

—¡Oxígeno! La paciente presentó paro respiratorio —dije a la técnica—. Llama a los médicos, que vengan enseguida.

—Doctores, la paciente está mal, presentó paro respiratorio —anunció la técnica con firmeza.

Cuando los médicos entraron a la sala, Sadith recibía oxígeno a través de una mascarilla. Enseguida apliqué un medicamento para elevar su presión arterial. La ausculté, pero, no escuché latido. Comencé a proporcionarle masaje cardíaco mientras que los médicos se habían colocado los guantes y el cirujano desinfectaba la zona operatoria con rápidos movimientos, cogió el bisturí y de un mero corte en el vientre llegó hasta el útero. Se abrió paso en la herida abierta y de una sola maniobra extrajo al feto morado y flácido, cubierto de líquido amniótico verde; el olor fétido se impregnó con rapidez en la sala. Pinzó el cordón umbilical en dos tramos y cortó con la tijera a la mitad. Entregó el recién nacido al asistente para que se haga cargo de la reanimación. Yo seguía dándole masaje cardíaco a la paciente, pues el hospital no contaba con desfibrilador. El interno de medicina aspiró secreciones de boca y nariz del bebé, pero este no reaccionaba, seguía inmóvil. Entonces lo levantó de los pies poniéndolo vertical y le dio masajes en la espalda hasta que el bebé hizo un leve movimiento. Lo volvió a colocar en la mesita preparada para la atención del recién nacido y volvió a aspirar secreciones. Utilizó el ambú o resucitador manual para administrar oxígeno. El bebé empezó a reaccionar, toser, emitir un gimoteo para luego ir recuperándose hasta presentar un llanto fuerte y regularmente sostenido. El llanto de un bebé al nacer es una melodía de vida y ese sonido nos envolvió. Entonces, el asistente se apresuró a ayudar al cirujano mientras que la técnica recibiendo al bebé, lo pesó, talló y abrigó. Lo puso en una cuna de agradable temperatura proporcionada por las bolsas de agua caliente. No había incubadoras.

El estado de la paciente en una operación, siempre está a cargo del anestesiólogo; por ello, mientras el cirujano operaba, el asistente atendía al recién nacido, yo me hacía cargo de la paciente. Sadith seguía recibiendo oxígeno a través de una mascarilla y yo continuaba presionando su pecho. La palidez, cianosis y frialdad de su piel hacían presagiar el temible paso a la muerte. Mi corazón empezó a latir presuroso mientras seguí apostando por ella, por la vida. En ese momento escuché el llanto del bebé y continué empujando el pecho de Sadith ayudando así a que la sangre siga circulando por su cuerpo en una pugna aguerrida donde sabía que los minutos contaban. Habrían pasado alrededor de quince minutos de reanimación asistida cuando un leve movimiento del borde inferior de su labio se presentó en un intento mínimo de reacción. Seguí presionando su pecho y ocurrió otro movimiento de los labios en un deseo apremiante de atrapar el aire. «Está reaccionando, se salvará», pensé. Escuché al médico decir:

—Oxitocina —era la señal de que la placenta había salido completa, sin complicaciones.

—Bien, doctor. La paciente empieza a reaccionar —dije.

—¡Qué bien! Ponle de inmediato el medicamento para que ayude a contraer el útero. Esto la mejorará, —y agregó—. ¿A qué hora viene el personal de laboratorio con la sangre?

Apliqué el fármaco a la vena. Sadith movió la cara y otra vez una inspiración pequeña, forzada. Escuché un débil latido cardíaco con el estetoscopio. Me llené de felicidad.

—¡La tenemos!, —anuncié con algarabía.

Seguí aún presionando su pecho para asegurar un buen latido. Sadith a duras penas respiraba. Sí, lo estaba haciendo. Controlé su latido con el estetoscopio, aún estaba débil y su presión arterial la tenía baja, pero estaban presentes. La técnica comenzó a colocar los campos o telas estériles necesarios para cubrir a la paciente, dejando solo la zona operatoria expuesta, puso el arco que separa la visión de la paciente de la parte abdominal. En cualquier momento Sadith podía abrir los ojos. Los médicos se pusieron los mandilones completando así los pasos que se habían obviado por la premura de la operación y siguieron suturando la herida operatoria.

El personal de laboratorio llegó con la bolsa de sangre. Habían pasado más de veinte minutos desde que la situación empezara a normalizarse.

—¡Ah! —Lancé un suspiro de complacencia por la satisfacción del deber cumplido.

Volví a controlar sus signos vitales y cambié la mascarilla de oxígeno por una cánula nasal. Sadith abrió los ojos y miró de un lado a otro. El corazón volvió alegre a latir en mi pecho. Le acomodé el gorro para que sintiera que tenía compañía. Luego, ella habló despacio:

—Señorita, ¿mi llullito?

—No se preocupe. Él está bien. Es un varoncito.

—Sí…, lo sé —contestó en tono muy bajo, le costaba hablar y lo hacía con esfuerzo— yo lo vi…

—¿Cómo? ¿Qué está diciendo? —pregunté asombrada.

 —Que yo lo vi, señorita. Desde el techo.

—¿Qué? ¿Qué es lo que vio?  —pregunté sin creer lo que escuchaba.

—Todo, señorita. Primero yo…, yo estaba con mi bata blanca, creo que esta, la que me pusieron, iba caminando hacia una luz bien juerte que tenía en mi delante. Vi que había piedrecitas en mi camino, entonces me di cuenta de que estaba sin zapatos caminando, casi flotando hacia una luz potente, brillante.  

«¿Sin zapatos?», pensé un segundo. «¿Y las botas de tela verde que le pusimos para la operación?».

—Después, ya no estaba en allí y me encontré en arriba —siguió hablando y miró el techo— allí, flotando, en arriba. Vi abajo cuando los médicos entraron. Entonces el dotorcito Pedro me cortó… mi panza. Vi cuando salió mi llullito, pero no lloraba… vi que el otro dotorcito comenzó a sacarle su moquito, lo limpió y entonces mi llullito lloró. Vi que tú, señorita empujabas y empujabas mi pecho y después; yo, ya no estaba más en arriba. Sentí un dolor juerte en mi pecho, quise hablar…, pero no podía…

Se calló y nosotros guardamos silencio, estábamos sorprendidos y no sabíamos qué preguntar. Luego, ella misma rompiendo la calma dijo:

—Y mi bebé, ¿dónde está?

Acercamos la cuna a su lado para que lo viera. Una sonrisa arrugó su cara huesuda y pálida, una lágrima escapó de sus ojos mojando su rostro seco. Cerró sus párpados para descansar.

Estábamos terminando nuestro trabajo cuando los primeros cantos de los pajaritos anunciaron el amanecer. Pensé en Mirna, estaría en la residencia de enfermeras despertándose recién para recibir el nuevo día y prepararse para una nueva jornada de labor. Me apercibí de que todos los que atendimos a Sadith y su hijo habíamos hecho lo correcto y actuado con la premura que lo exigía el estado de ambos. Pensé que en unos cuantos minutos más, tendría que volver a la residencia para bañarme y luego retornar al trabajo a fin de realizar la programación de cirugías del día. Pero, lo que más me llenaba de felicidad era ver a Sadith enfrentar el nuevo día acompañada de su hijo recién nacido.


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(*) Vocablos del dialecto español amazónico:

Cajué (café) /   fane (juane). Comida típica de Iquitos preparada con arroz y gallina envuelta en hojas de bijao /

buchisapa (barrigón) /  huambrillos (niños) /  llullito (bebito) /  juerte (fuerte).

Un niño solo en la playa

Luis Rivera


«Miren: ¡un niño solo en la playa!», decía una señora que caminaba cerca. La entrometida dama se refería a mí. Yo estaba entre dormido y despierto, abrazando firmemente a mi peluche Jerry, fiel compañero inseparable. La arena caliente picaba mis pies. Un sombrerito cubría mi cara, pero la intensidad del sol me hacía sudar abundantemente. Tenía sueño, aun estando en la playa. Mamá había manejado durante la noche y los nervios de la carretera, al ser su pequeño copiloto, me envolvieron en un insomnio vigilante. «Usted es el hombre de la casa, y debe siempre cuidar a su mamá», me repite la abuela cada vez que salimos de viaje. Senda misión para un niño. Vestía mi traje de playa, uno que me regalaron en el último cumpleaños. Es un juego de camisa sin mangas y pantalón corto de color azul celeste. Todo el contorno del ruedo es anaranjado, así como un gran número ocho que cubre todo mi tronco frontal. Era una combinación peculiar entre bañador de mitad de siglo veinte y uniforme de fútbol americano. Nada elegante, pero a mis siete años, tenía cosas más importantes que la moda por las cuales preocuparme. El mar y su rocío salado hacían que me ardieran los ojos. Respirar de manera profunda me provocaba toser, pero mamá afirmaba que ese aire era milagroso y que me curaría el asma. De modo que yo insistía en llenar mis pulmones al máximo cada vez que me acordaba, porque sí me interesaba curarme. Era un jueves, según escuché, por lo que la playa estaba relativamente vacía. Solo se miraban adultos, lastimosamente. El árbol y la cabaña de la Cruz Roja que me dieron sombra durante la mañana, ahora me la negaban y la ofrecían al lado opuesto. No fue únicamente la inoportuna señora la que me despertó, sino también el hambre. Busqué en mi mochila los emparedados que mamá había preparado, y como era día de vacaciones, tenía permiso de tomar gaseosa y comer galletas. A manera de un gran señor, me senté a degustar el almuerzo.

«No estoy solo, señora, mi mamá está nadando en el mar», pensé en responderle a la escandalosa turista, pero avanzó rápido y sin más, perdí interés. Levanté la vista hacia el mar, tratando de ver donde nadaba mamá. Achiqué la mirada. El sol estaba ya enfilado frente a mí, por lo que su reflejo me cegó. Solo lograba ver cabezas que se sumergían con el ritmo de las olas. Volví al ataque en contra de mi sándwich, disfrutando al máximo ese lindo día de playa y mar. Miraba con orgullo la etiqueta en mi mochila nueva, que tenía en letras grandes mi nombre y el de abuela, así como su número de teléfono, por si se perdía y alguien quisiera devolverla. Comencé a construir castillos de arena, determinado en lograr edificar la torre más alta del mundo. No tenía permiso de entrar al mar. Me daba miedo entrar solo, de todos modos. Ya comenzaba a soplar el viento templado y seco de la tarde, cuando salió mamá del agua. Definitivamente era la mujer más linda del mundo. Usaba un traje negro de una pieza, que se ajustaba a su abultada cintura. Traía el pelo revuelto. Sus manos y pies estaban curtidos de haber permanecido tanto tiempo en el agua. Me vio y le sonreí. Me abrazó fuerte, besándome la frente y preguntándome si estaba bien. Podía sentir sus lágrimas rodar por mi mejilla. Debió de ser por tanta alegría. Era un momento mágico, que yo deseaba que nunca terminara. Mamá era toda para mí.

No sé por qué habíamos viajado de noche. Se me ocurre que quería llegar temprano a la playa. Me daba miedo la carretera cuando estaba tan oscura, y creo que a mamá también, incluso lloró buena parte del trayecto. Yo no dormí durante el viaje, para ir vigilante acompañándola. Me pedía que le cantara las canciones que estaba aprendiendo en la escuela. Salimos de la casa de abuela poco después de la cena. Mamá me había llevado temprano esa mañana con mi maleta para pasar unas semanas ahí, mientras ella viajaba por trabajo. Llevamos todos mis juguetes y mi ropa para que no me hiciera falta nada. Jugué todo el día con María, la hija de Consuelo, empleada de décadas de la abuela. En la noche, me daban permiso de ver televisión si me comía toda la cena de una sentada. Estaba viendo «El Chavo del Ocho» cuando llegó mamá. Yo seguía de cerca a la Chilindrina jugarle una broma muy divertida a Kiko. Desde hace tiempo había aprendido a no entrometerme en conversaciones de adultos. Además, estaba demasiado chistoso el capítulo. Algún problema tuvo mamá en el trabajo porque llegó enojada. La escuché discutir con la abuela. Lo más seguro es que ella no quería que yo me fuera tan rápido de su casa. ¡Acababa de llegar esa misma mañana! Desde que murió abuelo, soy su mejor compañía. Pero igual mamá subió mis maletas al carro, y nos fuimos. Me extrañó que no se dirigiera a nuestra casa, pero sabía que no era momento de preguntar mucho. Condujo hacia la carretera del Pacífico, rumbo al mar. Agarré con fuerza a mi peluche, mientras mamá hablaba consigo misma, entre lágrimas y golpeteos al timón. «¡Estúpida! ¡Sos una estúpida!», era todo lo que descifraba de su monólogo.

Es increíble cómo procesa la memoria humana. Revisando las gavetas de los armarios de mamá, encontré esa vieja instantánea donde aparecemos juntos ese lejano día en la playa, con mi castillo de arena, la mochila, Jerry, y aquel gran número ocho en mi pecho. Mamá está viendo hacia su izquierda, distraída, y ambos tenemos los ojos achinados porque el sol nos pega de frente. Recuerdo al vendedor de fotografías, que la tomó sin preguntar, obsequiársela a mamá diciéndole: «para que se le alegre ese espíritu roto y caído que se refleja a través de sus ojos, señora». Como jalar de una madeja, ver la foto detonó esta serie de recuerdos. Tiene algo manuscrito en su dorso: «Sebastián y yo, 17/02/83. El día que el mar me habló.» Comienzan a rodar mis lágrimas de nuevo. Sigue demasiado fresca la herida y las emociones están a flor de piel. Hace dos días murió mamá. Ayer la enterramos. Han pasado treinta y siete años desde ese viaje improvisado que hicimos juntos. Fue bello y maravilloso. Algo cambió en ella, drásticamente. A partir de ahí, nunca nos volvimos a separar. Dedicó su vida a mí.

Hoy me toca comenzar la dura tarea de vaciar su apartamento. Había empezado con entusiasmo y me entretuve con esta foto. Consumí varios cigarrillos y dos tazas de café mientras revivía ese tiempo. Seguí abriendo gavetas y cajas. Como espuma, recuerdos de mi infancia desbordaban por doquier. Era un torbellino de emociones. De repente, encontré un pequeño diario. Tenía la cubierta de cuero negro, ya desteñida por los años. Lo abrí, y me sorprendió identificar la letra manuscrita de mamá. Era una caligrafía hermosa, casi perfecta, como la de esas tarjetas de boda elegante, que ahora escasamente se encuentran. Me volví a sentar en el sillón individual que tanto disfrutaba al llegar de visita. Encendí un cigarrillo, acomodándome para otra media hora de tiempo perdido en la única tarea que tenía. Será un largo día a este ritmo. Abrí el cuadernillo, y en mis piernas cayó una fotografía. La recogí, y traté de identificarla. Aparecía mamá con un joven caballero, en lo que debió de ser un paseo de campo navideño, en vista que habían muchos pinos, grama, y montañas. Portaban chaquetas livianas, como para un invierno tímido. Sus pantalones eran pegados hasta las rodillas, y luego se abrían en extensas campanas. Mamá usaba zapatos de plataforma altos. Su pelo estaba suelto, revuelto por el viento libre, con una coqueta sonrisa y su cabeza recostada cariñosamente en el hombro de su compañero. En el fondo, un gran San Nicolás junto con un desnutrido ayudante repartían regalos a lo que parecía una interminable fila de niños. No reconocí al hombre, pero el abrazo en el que estaban envueltos revelaba intimidad y ternura. ¡En la mano derecha, mamá sostenía a Jerry! Se me aceleró el pulso, y me comenzó a temblar la mano. Aspiré profundo el humo de mi tabaco, y busqué en el dorso alguna indicación de la fecha o lugar. Leí, en una letra que no reconocí: «Para Vicky, dulce recuerdo de la primera navidad, de lo que serán muchas y muchas. Tuyo, Alonso. Diciembre 1982.» ¿Alonso? No reconocía el nombre ni la persona. Observé con detenimiento la fotografía de nuevo, maldiciendo mi ridícula vanidad de no usar los anteojos para leer que me recetaron hace unos años.  Haciendo mi mejor esfuerzo por enfocar, vagamente asimilé el lugar de la foto con el rancho del licenciado Cruz, el jefe de mamá que más recuerdo. Pasábamos ahí las celebraciones del trabajo del banco. Pero no podía estar seguro. Fue hace muchos años. Desistí de buscar certeza y abrí el cuaderno. Sabía que me tomaría un tiempo considerable leerlo, por lo que me preparé. Limpié el cenicero y abrí un nuevo paquete. Rebusqué por la cocina algo más estimulante que este parco café. Logré encontrar una botella de whisky single malt que yo había llevado en alguna celebración familiar. Tomé un vaso alto, para no tener que recargar muy seguido, me serví un buen trago, y me senté a leer, intrigado.

 15 de abril, 1983

Tuve mi segunda consulta con la psicóloga esta semana. Me exaspero con todo esto pero fue una promesa que le hice al padre Jorge. Hoy hablamos del perdón y de cómo seguir adelante. Estoy envenenada por dentro, o al menos eso me indica la doctora Miriam. Todavía me cuesta creer al límite que llegué, pero de nada sirve recapitular ahora. Lo importante, de nuevo en palabras de la especialista, es cerrar el capítulo y avanzar con uno nuevo. No puedo dejar de llorar al pensar lo que pude haber hecho. Me rebalsa una mezcla explosiva de rabia, traición, y cobardía. Me sube a la boca como vómito, y me queda ese sabor amargo que por más que escupo, sigue ahí. Miriam me recomendó esto, escribir. Nada sana el alma como plasmar su mal en letras. Voy a intentarlo por Sebastián y mi madre.

No he mencionado su nombre hasta hoy, y no pensaba hacerlo nunca más. Alonso ha sido lo mejor y lo peor que le ha pasado a mi vida. ¿Es posible eso? Me resulta difícil aceptarlo, pero mucho de lo que sucedió fue mi culpa. No quise ver las señales, que estaban tan claras como escritas en una pantalla de cine. Creí mi propia realidad de lo que sucedía, algo que entiendo ahora con toda la terapia y reflexión que he tenido, y actué en consecuencia. Dejaré a Dios que lo juzgue a él.

Lo conocí en la primavera del 82, durante los intercambios de personal que realizó el banco para preparar la fusión. Ahora que la analizo, fue una historia insípida. Aunque confieso que estoy extremadamente sesgada. Algo así como una cena espectacular que te ocasionó una indigestión cercana a la muerte. Es imposible que la recuerdes con algún agrado. Pensar en ella ocasiona repulsión en lo más profundo del ser. Esa relación que no me permitía dejar de sonreír y sonrojarme como chiquilla, hoy me produce agruras. Pero existió. Tomó su momento en mi vida, y me transformó. Cómo un huracán, llegó y se fue, dejando a su paso una inmensa huella de dolor y destrucción imborrable. Hay algunos que dicen que el primer hombre en la vida de una mujer se impregna en ella para el resto de la vida. Eso es mentira. El papá de Sebastián, con quien me embaracé a los veinte años, no es más que un difuso recuerdo para mí. Alonso, por lo contrario, se interpuso de primero en mi vida desde el instante que lo conocí. Su relevancia penetró un lugar que ni yo me percataba existía dentro de mi ser.

Bailamos juntos el vals de los amantes. Ese conocido ir y venir de un hombre y una mujer que se conocen, y van cumpliendo cada uno con su parte de la dinámica. Él, un hombre casado. Yo, una madre soltera. La fusión de los bancos dónde laborábamos ocasionó que nos tocara trabajar juntos. Hubo química inmediata que se convirtió en magia inminente. Me cortejó tiernamente, con poco disimulo. Me hechizó la atención a detalles, esa bondadosa caballerosidad, y su radiante masculinidad. Pero como todo lo valioso, venía con un alto precio. Lo rechacé cuando me di cuenta de que era casado. Nos alejamos. Me buscó y confesó que tenía problemas en casa y que no era feliz. Quise creer sin comprobar, temiendo destapar una olla podrida. Cedí a su seducción precipitadamente. Sin saberlo, perdí la cabeza por él. Permití que se desordenaran mis prioridades. Me estorbaba Sebastián en casa porque limitaba mi libertad con Alonso y cada vez más seguido lo dejaba durmiendo donde mamá. Me enloquecí decididamente.
17 de abril, 1983

No pude seguir escribiendo el viernes. Lloré y lloré al plasmar por primera vez lo que voluntariamente permití que sucediera en nuestras vidas. Me habían advertido que necesitaría varias sesiones de desahogo en este diario. Hoy amanecí con fuerzas y ánimos. Espero perduren.

Me comenzó a fastidiar que Alonso se tuviera que ir a su casa cada noche. No me gustó el rumbo que llevábamos. A mitades de noviembre, decidí terminarlo. Aunque moría por dentro, mantendría mi postura y dignidad. Prosiguió el vals... A mediados de diciembre, nos encontramos en la fiesta de fin de año del banco. Yo andaba con mi vestido rojo de gala, tacones punta fina y mi pelo hecho un moño espectacular. Alonso se miraba elegantísimo en su traje negro con corbata a rayas. Después que ambos habíamos tomado un poco más de la cuenta, nos encontramos en la pista de baile y, ¿qué puedo decir? No tardamos mucho en estar en mi casa, devorándonos sin piedad. Entre la desinhibición del licor y la adrenalina del sexo, nos juramos amor eterno. Él me pidió que nos casáramos. Me tomó de sorpresa y quedé muda. Alonso sabía cómo doblegarme.

Su plan era sencillo, pero complejo de ejecutar. Quería irse del país, y casarnos allá. Él suponía que su esposa le quitaría todo lo que tenía si se divorciaba acá. Dejaría que pasaran los dos años que requiere la ley para declarar abandono de hogar, pero estando lejos no podría embargarlo. Yo acepté sin recato. Fue en ese momento cuando soltó la puñalada. El viaje era sin Sebastián. Casi me caigo de la cama al escuchar. ¿Estaba loco? ¿Cómo se le ocurría proponerlo? Recogí las sábanas para cubrir mi desnudez, y le pedí que se marchara. Lentamente me llevó a través de su ruta de pensamiento. Sería por unos años únicamente, hasta que estuviéramos legalmente casados. De otra manera, el estatus migratorio del niño sería muy complicado de manejar. No podríamos ingresarlo a ninguna escuela. Los servicios de guardería eran muy onerosos, y necesitaríamos todos nuestros salarios para la compra de la casa y los vehículos, así como para sobrepasar los primeros meses desempleados. Sigo sin entender cómo acepté. Pero lo hice. Dije que sí.

Pasamos el resto de diciembre de luna de miel. Fuimos a la celebración navideña del trabajo, y Alonso le compró un peluche a Sebastián. Le nombramos Jerry, en honor al ratón escurridizo de las caricaturas. Fijamos fecha para el viaje: dieciséis de febrero del próximo año. Tuve innumerables discusiones con mamá. Renuncié al banco, con mucha nostalgia pero confiada en el futuro. Esa semana fue intensa. Preparé toda la ropa y pertenencias de Sebastián. Él me preguntaba porque llevábamos tantas cosas donde la abuela, y le mentí que era para que no extrañara ninguno de sus juguetes. Lo dejé muy temprano en la mañana y partí hacia el aeropuerto. La despedida con mamá fue fría y apática. No había manera que ella me diera la razón, y yo ya no la esperaba. El vuelo salía a las tres de la tarde, pero no tenía ningún otro lugar adónde estar. Habíamos acordado con Alonso que yo llegaba después de la una; aun así me fui de inmediato. Además, no podía contener la emoción. ¡Quería sorprenderlo! Llegué y busqué un café. No tenía hambre a causa de los nervios y la realidad de dejar a Sebastián por tanto tiempo. Pero confiaba que era lo correcto. Subí al área de salidas, en la segunda planta del aeropuerto. Desde ahí se podía ver todo el lobby del aeropuerto, a través de paredes de vidrio. Y entonces lo vi llegar. Fue tal mi susto que se me cayó el café. ¡Alonso venía de la mano con su esposa! Se besaban en cada momento que podían. Con la vista los seguí en un «via crucis» masoquista. En la estación de registro de maletas, se besaron apasionadamente. ¡Hasta lloraron en la puerta de migración! Sin saber qué hacer, caminé apresuradamente hasta la puerta de embarque. Me senté y traté de concentrarme en una «Vanidades», todavía incrédula de lo inaudito que acababa de presenciar.

 Con un nudo en la garganta, lo vi acercarse. Se sorprendió al verme, evidentemente contrariado de mi pequeña sorpresa. Yo tenía las manos sudadas y heladas, no me respondía la voz. Todo parecía que se movía en cámara lenta. Llegó y me besó en los labios. No pude reaccionar. Me abrazó y me comenzó a preguntar por qué me había adelantado. Yo lo miraba confundida, como quien escucha un discurso en chino. Me preguntó si había almorzado, diciéndome que venía hambriento de la casa de su mamá, dónde había pasado la noche. No soporté su cinismo, y me levanté. Con todo lo que tenía en mí, lo abofetee. Cayó desprevenido, y tomó un tiempo reincorporarse. Comenzó a preguntarme qué rayos me pasaba cuando volví a golpearlo con todas mis fuerzas. Ya su boca sangraba y escupía rojo en el piso blanco. Volví a izar la mano, cuando me cogió el brazo un guardia de seguridad. Solo pude gritarle: «¡sos un hijo de la gran puta!»

Bajé alegando con todos los oficiales de migración que tenía una emergencia familiar. Se tardaron un buen rato en devolverme mi equipaje. Me sentía como una leona enjaulada. Tomé un taxi hacia la casa de mamá. Llegué y obviamente tuve una fuerte discusión con ella. Pero no era momento de rendir explicaciones. Necesitaba alejarme de este lugar. Quería dejar de pensar, de sufrir, de encarar mi realidad. Tomé a Sebastián y nos fuimos en el carro. Estaba indecisa. Dimos varias vueltas por la ciudad, cuando recordé algo que me decía papá: «el mar cura todos los males, hija. Incluso los del alma.»

Manejé toda la noche por la vía del Pacífico. Lloraba y lloraba, enrabiada con lo estúpida que fui. Sebastián estaba asustado. En los momentos que yo recobraba la cordura, le pedía que me cantara para distraerlo. Él, muy valiente, me acompañó despierto todo el camino. Llegamos cercano al amanecer. Dormimos en el carro hasta que el calor húmedo de la mañana nos despertó. Salimos y buscamos un lugar para desayunar. Yo no comí, pero animé a Sebastián para que se alimentara bien. Vi una farmacia al frente. En ese momento fue cuando lo decidí. Crucé la calle y compré un bote de pastillas para dormir, de las más fuertes. Regresé y le pedí a la mesera seis emparedados para llevar, así como galletas y refrescos. Tenía que asegurarme que Sebastián no sufriera hambre. Bajé su mochila de la escuela, y con un marcador grueso, escribí su nombre y el de mamá, con los teléfonos y dirección de la casa. Tenía que estar segura de que cuando lo encontraran, les sería sencillo localizar a la abuela. Saqué los trajes de baño de las maletas y nos cambiamos.

Busqué un lugar cerca de la estación de la Cruz Roja, para que Sebastián fuera encontrado rápido. Lo senté ahí, y le hice jurarme que no se metería al mar ni se movería de ese lugar. Le dije que yo iba a nadar un poco en lo profundo, y que me esperara. Estaba decidida. Él muy feliz me aseguró que se portaría bien. Lo besé en la frente, en lo que en ese momento me pareció ser la última vez en mi vida. Me quité mis pocas joyas, ¿para qué las iba a desperdiciar en el mar? Las dejé en la mochila, y tomé el bote de pastillas. Caminé lentamente en la arena hacia el mar. Sabía que no debía voltear a ver a Sebastián, o me acobardaría. Me cubrió la cintura el agua, y seguí caminando a lo profundo. Había poca gente alrededor. Me sumergí y nadé fuera de la vista de todos, hasta que avisté una boya en el límite de la zona segura. Me costó llegar a ella por lo alto de las olas, pero lo logré. Ahí pude sostenerme sin ser percibida.

Pasaron muchas horas. Hablaba con Dios. Le preguntaba si lo iba a conocer en persona aún de la forma en que iba a morir. Entendía, por las enseñanzas religiosas de mi niñez, que los suicidas no llegan al cielo. Conversaba con papá, contándole que estaba cerca de verle de nuevo. En broma le decía que no creía que él estuviera en la bóveda celestial con los querubines. Le conté de Sebastián, de lo amargada que se volvió mamá con la viudez, y hasta del ingrato de Alonso. Comenzó a caer la tarde, y sabía que llegó el momento. Por la posición del sol, calculaba que eran las tres o cuatro de la tarde. Abrí el bote y saqué las treinta pastillas. Con esa cantidad, en minutos estaría inconsciente y lo demás lo haría el mar. Las coloqué en mi mano derecha, sosteniéndome con la izquierda de la boya. Cuando procedí a acercar mi mano a la boca, sucedió. Una ola salpicó y, como una mano divina, arrebató las pastillas, llevándoselas a lo más profundo. Juro por Sebastián haber escuchado un rumor del océano decirme: «Tienes por quién vivir. Hazlo.»

La doctora Miriam es atea, por lo que nunca acordó conmigo que ese fue un acto de Dios. Pero no importa, en esos temas, estamos de acuerdo en estar en desacuerdo. Mi vida cambió en ese momento, para siempre. Traté de honrar esa nueva oportunidad que me regalaron. Que Dios me juzgue.


Vacié mi vaso con un último trago. Me había tomado más de media botella y fumado todo el paquete. Tenía seca la garganta, no había líquido que me saciara. Sentía oprimido el pecho, mi cuerpo estaba paralizado mientras mi mente digería lo que acababa de leer. ¿Tengo derecho a juzgar a mamá? Definitivamente no. Eso se lo dejo a Dios. 

viernes, 31 de marzo de 2017

Talento

Marcos Núñez Núñez


«Esa noche Elvira decidió largarse y fue lo mejor, yo no quería estar con ella. El que me interesaba era mi hijo Rodrigo, pero parecía claro que él se iría con su madre, como sucede comúnmente en estos casos. Estaba borracho, la decisión de Elvira vino después de una breve discusión en la que yo, ahora lo reconozco, no podía establecer ningún diálogo sensato ni razonable.

Todo comenzó cuando me surgió la idea de obligar a mi hijo a estudiar música. Hace diez años creía que él tenía mi talento y que, si se aplicaba en la práctica, llegaría a ser un artista famoso. Nosotros vivíamos en un departamento de la calle Uruguay, en el centro histórico. Elvira lavaba ropa ajena en la azotea, planchaba los domingos, con lo que ganaba mantenía a Rodrigo y de paso a mí. Por las tardes ella preparaba donas que luego salía a vender. Yo no hacía nada por ganar dinero, supuestamente ensayaba heavy metal en casa del greñudo Iván Partida, aunque en verdad nos drogábamos, nos emborrachábamos hasta más no poder. Ni siquiera pagaba la mariguana o las cervezas, era Partida quien ponía de su bolsa; el tipo tenía feria porque su viejo le mandaba desde Veracruz dinero para estudiar en una academia de música. Muchas noches no llegué a casa, por eso Elvira reprochaba mi falta de responsabilidad. Su odio creció cuando vio que a golpes hacía que Rodrigo, quien entonces tenía nueve años, tomara la guitarra para aprender a tocar. Supongo que estaba ebrio cuando comencé con las dichosas clasecitas. Le decía, «tienes que aprender, pa que llegues a ser alguien en la vida», pero mi niño no lo hacía, lloraba, respondía «ya, papá, ya» cuando le pegaba palmazos en la espalda. Eso pasó casi todas las veces que llegaba y así se nos fueron varios meses.

Elvira estaba desgastada por esa vida, había enflacado, ya no era la muchacha de ojos verdes y cara blanquita que me encantó en la Alameda, era una señora ojerosa, con olor a sudor, mal vestida, con manos callosas por tanta mal vivencia. Yo estaba entorpecido, no supuse que las cosas tendrían un límite, hasta que en el mero cumpleaños de Rodrigo, después de aquella breve discusión, ella me dijo: "Alejandro, tengo unos ahorros, iré a casa de mi familia en Chilpancingo, estoy harta de esta maldita vida contigo, ahí te quedas". Lo dijo así, firme, cansada, mientras yo hacía como que la escuchaba porque estaba pasado de mariguana. Solo me recosté en la cama y vi cómo salía con su maleta y con Rodrigo de la mano. Cuando comprendí el sentido de sus palabras me levanté deprisa con la intención de alcanzarla, pero no había nadie en el pasillo, ella tenía rato de haberse marchado.

El golpe de realidad me dio al otro día, tenía hambre, lamenté que Elvira no estuviera, ya que ella, aun odiándome, dejaba algo de frijoles, tortillas o huevo frito en la estufa. Ahora no había nada, ¿sí me escuchan?, nada, me había quedado solo. Salí del departamento con mi guitarra para no volver. Ahí dejé abandonado el que fuera por unos meses nuestro nido de amor. No sé cuánto debíamos de renta, ni me importaba, solo tenía en mi cabeza el hambre, así que fui a casa de Partida a ver si tenía algo que invitar. Como siempre hubo heavy metal, marihuana, cervezas; para comer tuvo Sabritas y esa chatarra se volvió mi alimento durante poco tiempo. Lo digo así porque el Partida me salió con su domingo siete. En mal momento se le ocurrió morirse de un infarto. Él no debió fumar tabaco, ni marihuana, ni tomar alcohol, pero todo eso hacíamos. La desgracia pasó un año después de que Elvira se fue de la casa; al Partida lo encontraron tirado en el suelo, de boca arriba y orinado. Yo estaba en el sillón, ni cuenta me di cuando se lo llevaron. Al despertar, un ataúd me descubrió con el reflejo de mi rostro soñoliento; era mediodía, se escuchaban los rezos de la gente que se había congregado. Recuerdo que el lugar se veía distinto, ya no era la sala de los humos de cigarro o mariguana, ya no estaban las botellas de cerveza que sonaban al tropezarnos, tampoco el estéreo que reproducía los discos de heavy metal. Es más, las ventanas me sorprendieron al estar abiertas sus cortinas. Me despabilé y me puse de pie. Un hombre, no recuerdo quién, me dijo que habían respetado mi sueño al ver los montoncitos de mariguana que delataban mi condición. Como era de esperar, no hice caso porque yo no sabía qué estaba pasando. Ese mismo hombre, con voz triste me informó que Ivancito murió quién sabe a qué hora. Con el tiempo recordé que habíamos jugado a hacer el churro más grande de la historia. Nos dimos una fumada de aquellas inolvidables. Después resultó que se murió, hasta la fecha no sé cómo fue que lo encontraron, ni qué pasó después, ya que yo nomás me asomé para ver al greñudo Partida en su ataúd, levanté mi guitarra y me salí de ese lugar sin decir nada.

No tuve a dónde ir, lo peor es que aún no tocaba fondo. Sí me escuchan, ¿verdad? Por ahí anduve divagando por las calles del centro histórico. Usé la guitarra para cantar en los camiones de pasajeros. Allí me gané, durante ocho años, lo suficiente para mal comer, eso sí, la bebida estaba a la orden. En la calle había muchas prostitutas, así que no faltó el modo de saciar mi necesidad de cariño. La mariguana y el cigarro los dejé porque no quería morirme de un infarto, como Partida. Cómo son las cosas, yo andaba por la vida echándome a perder, sin ganas de vivir, pero me cuidaba de no caer como mi amigo, la vida es una contradicción. Dormía donde podía, andaba sucio, con el cabello largo, la gente me decía Negro, no por mi color de piel, que es blanca, ni por la barba larga, sino por mi cabello ondulado que al estar largo parecía de afro. Hace tres años comencé a ir al tianguis del Chopo, allí fui con mi guitarra y me puse a tocar unas rolas de Bob Dylan en el escenario de artistas callejeros. A mucha gente le gustó mi manera de tocar,  no faltó quien propusiera la borrachera. A veces me invitaban mariguana, pero yo la despreciaba. La gente que se junta en ese tianguis es muy divertida, locochona como yo. Con Partida habíamos ido varias veces a mal tocar con nuestra banda de heavy metal, que se llamaba Motosierra, de allí salimos con mal sabor de boca, por eso nos poníamos bien briagos, diciendo pestes del público que allí se congregaba. A mi regreso en solitario, las cosas fueron distintas, hasta me invitaron el trago y yo pues era feliz. El problema que vino después fue que ya no solté la bebida o ella no me soltó a mí. Todos los días tomaba, solo comía alguna sobra que me daban en la calle. Fue en esos tiempos que me hice consciente de cómo la gente "bien portada" me despreciaba, me gritaba teporocho. Hace un año me di cuenta de que ya no tenía la guitarra, que me juntaba precisamente con teporochos, a quienes les decía que ellos eran los perdidos, que yo no lo era, que nomás estaba pasando por una mala racha. Algo en mí decía que debía salir de esa condición yendo a los Alcohólicos Anónimos, pero mi ansiedad me llevaba a tomar más y más. Llegué a llorar, a sentirme desesperado, la manera de curarme era tomando alcohol de noventa y seis grados, así, seco. Un día pasado de briago caí, pero al menos supe que estaba cerca del lugar a donde quería llegar. Cuando desperté, estaba en la puerta de este local de Alcohólicos Anónimos.

Aquí aprendí que eso que me mantenía en pie de lucha era la vida misma. Esa voz interior fue la que hizo que yo dejara la mariguana y fue la que me trajo hasta aquí, compañeros, ¿sí me escuchan? Todo esto se lo agradezco a ustedes, a su solidaridad, su comprensión. Si ahora tengo el valor de subir a este púlpito para hablar de mi experiencia es porque me he sentido bien acogido. En especial quiero agradecer a Sofía Benítez por ser ella la que me levantó de la banqueta y me curó la tremenda cruda que me aquejaba. Sí compañeros, la fundadora de nuestro grupo en la colonia me ayudó en ese momento difícil, ahora me tienen aquí, luchando por encontrar un nuevo sentido a la vida. Ella me ha pedido que aprenda a perdonarme, a quererme, a ofrecer disculpas a quienes hice daño. Me ha pedido que crea en Dios, pero ahí sí no la he podido obedecer, yo estoy convencido de que Él no existe, de que es una aberración inventada por los que tienen el poder. Más allá de eso, sin entrar de nuevo en discusiones que no llevan a nada, estoy muy feliz con ustedes, compañeros, porque me apoyan, me toleran aun cuando yo pienso distinto. Las cosas se irán dando, sé que llegará el momento en que iré a ver a mi hijo y a mi exesposa, quien me ha buscado para firmar el divorcio. De todo corazón la buscaré, firmaré lo que pide, de paso les pediré perdón, especialmente a Rodrigo, que a estas alturas debe de tener diecisiete años. Por su atención, compañeros, muchas gracias».

Sonaron los aplausos de las quince personas que escucharon el testimonio de Alejandro Cuéllar, quien miró al público sonriente. Tenía el cabello corto, la barba delineada con candado y vestía ropa limpia. Muy diferente a como lo encontré la primera vez, cuando estaba sucio, apestoso a licor y a excremento. Me sentía orgullosa de ser parte de su cambio, era como si él hubiera vuelto a nacer. Al bajar por los escalones me miró sonriente.

―Bien, Alex, fuiste breve y emotivo ―le dije.
           
―Todo es gracias a ti, Sofía, mira lo que soy ahora, en dos años no me había atrevido a subir, por fin me sentí con valor para hablar ―respondió.

En ese tiempo Alejandro no quería volver a tocar la guitarra, pero yo insistí para que lo hiciera con la intención de superar el trauma de su vida pasada. Él creía que la música lo pondría en riesgo de caer nuevamente en el vicio, pero le hice ver que si él tenía convicción no había qué temer. Para insistir le conté cómo superé mi alcoholismo, le dije que yo tenía problemas de ansiedad y que en las cervezas sentía satisfacción para los nervios que me ocasionaba, hasta que, sin darme cuenta, me había vuelto una alcohólica. En la universidad fui una vergüenza, yo, una niña bien, estaba enferma de alcoholismo, iba a fiestas donde mis compañeros notaron que desde muy temprano estaba completamente ebria, ellos me lo dijeron con toda franqueza. Así que después del tercer semestre, no volví a la escuela. Mis padres me ayudaron llevándome a un centro de rehabilitación de paga, fue así que con empeño y el apoyo monetario de ellos logré salir. Después fundé el grupo aquí en la colonia Doctores, mis padres compraron un local donde poco a poco el grupo se fue conformando; luego encontré a Alejandro tirado en la banqueta y lo levanté para que estuviera con nosotros. No sé, cosa rara, creo que desde aquella mañana que lo vi me enamoré de él. Mi historia inspiró a Alejandro, pero su reconciliación con la guitarra se daría después a partir de otro motivo más fuerte para él.

A mí me contó que Elvira lo buscaba para ver lo del divorcio, también me contó que él amaba mucho a su hijo Rodrigo. Yo no entendía cómo supo que su todavía esposa lo buscaba y eso lo tomé como pretexto, creo que sin darme cuenta, para estar más a su lado. Así que al final de varias reuniones del grupo terminamos conversando juntos, bromeando, contándonos nuestras cosas. Yo sentía el local de Alcohólicos Anónimos más alegre, más iluminado, lleno de sentido al tener la presencia de Alejandro. Una de tantas veces que lo vi me dijo que había pasado por la calle Uruguay y había visto a un antiguo vecino que le dio información de Elvira. Se enteró de que lo buscaba para firmar el divorcio porque ella quería volver a casarse. Agregó que la noticia no le incomodó, porque él de por sí ya no la quería, lo que le dolió fue no recibir información de su hijo. Fue allí cuando le dije que fuera a Chilpancingo a resolver este problema, porque de alguna manera creí que le estaba afectando. Alejandro había demostrado entereza para no volver a beber, pero yo notaba que en el fondo de él había una insatisfacción importante que lo angustiaba. Creí que era lo del divorcio, por eso le pedí que intentara ir. Cuando me dijo que se iría una semana yo me puse feliz, sabía que eso ayudaría mucho, Alejandro se veía decidido, entusiasta y yo lo llevé en mi coche a la central camionera deseándole la mejor de las suertes.

Alejandro no se tardó una semana, sino un mes allá en Chilpancingo. Dijo que pasó algunas dificultades económicas, que había trabajado como empleado de aseo en una tienda de instrumentos musicales. No sé si ese trabajo fue obra del destino, porque se juntó con la firma del divorcio y con la dicha de haber visto nuevamente a su hijo. Lo que sí puedo asegurar es que a Alejandro, al bajar del autobús, lo vi sonriente. Traía su maleta colgada en el hombro y en una mano sostenía un estuche de guitarra. Su rostro parecía otro, parecía decir «ahora sí, he vuelto, agárrense porque ahí les voy».

Yo lo escuché por primera vez en una posada navideña que organizamos. Tocó algunas canciones del roquero Rodrigo González y la gente lo ovacionó en el salón de Alcohólicos Anónimos. A partir de allí los compañeros lo invitaron a tocar en eventos culturales de la colonia, después él solo se aventuró en el Chopo, lugar en el que interpretó canciones de su autoría. El público de la plaza más rockera de México lo recibió bien y fue invitado por una disquera independiente, llamada Avanzada Rockera Records. Los medios de comunicación comenzaron a decir que, después de Rodrigo González, Alejandro Cuéllar era el cantautor solista más interesante de la escena. Alejandro se popularizó con su canción El rock no está muerto, anda de parranda. El éxito de su disco lo hizo vender cincuenta mil copias; luego le ofrecieron un trabajo en el bar Mictlán, donde cada sábado dio un recital que abarrotaba el lugar. Cuando se tomó unas vacaciones, salió de la capital y juntos fuimos a Chilpancingo para buscar a su hijo. Allí descubrió que Rodrigo era su fan, que tenía el disco de su padre. Sin embargo, al volver a verlo, el muchacho huyó de su presencia al no querer reprocharle todo lo que sufrió junto con su madre en el pasado. Alejandro se quedó muy triste, pero trató de entender la reacción de Rodrigo y decidió volver otro día. Con el paso del tiempo, Alejandro grabó su segundo disco, con el que se proyectó a nivel nacional, con ventas de doscientas mil copias. Su estilo rocanrolero, ingenioso, burlón, de protesta anti gobierno, anti religión y en contra de los clichés sociales, lo hicieron el preferido del público, aunque también el más repudiado de sector social más conservador. No sé, a veces trato de explicarme por qué hay gente que llega a odiar tanto a un artista solo porque dice en sus canciones cosas reales, cosas que tienen que ver con los problemas de todos. Después de lo que sucedió, me quedo convencida de que los fanáticos del odio son los más peligrosos. Alejandro se casó conmigo en esos años, tuvimos a Úrsula, nuestra única hija que tiene el cabello afro como él. Al poco tiempo Rodrigo lo buscó en el bar Mictlán, allí estaba en entre el público, me buscó y fue a través de mí que llegó al camerino donde Alejandro bebía un refresco. En ese lugar se reconciliaron, al dejarlos solos, alcancé a ver cómo Alejandro destapaba un refresco para su hijo. Al pasar los días, a mí me dio mucho gusto verlos llevándose como amigos. Incluso, dos meses después, Elvira asistió a uno de los recitales de Alejandro, juntos cenamos por única y última vez. Parecía ir todo bien, con Alejandro pleno de sí mismo y yo por fin comprendí que su angustia tenía que ver con Rodrigo pero mucho más con su talento musical.

El éxito de Alejandro continuó, parecía seguir en ascenso, yo lo acompañé con nuestra pequeña hija en sus presentaciones. Tuvo numerosos ofrecimientos para hacer presentaciones en provincia, pero él las rechazó aduciendo que no quería dejar sola a su familia. Los únicos lugares en los que se presentó fueron el Chopo, el bar Mictlán y el local de Alcohólicos Anónimos donde continuamos asistiendo. A mí, hasta la fecha, me parece sorprendente cómo su música atrajo la atención de jóvenes y adultos, la de cosas que uno puede lograr tan solo con una guitarra acústica, una armónica y buenas letras poéticas. Las reseñas que vi en internet destacaban no solo la calidad de los arreglos musicales, sino también el matiz literario de las composiciones, tan llenas de un vacío existencial, de inconformidad con la realidad, con la corrupción de los gobernantes, plenas en su molestia en contra de la doble moral religiosa. Todo eso, ahora que lo pienso, era lo que atraía al público, además del carisma de Alejandro, con su estilo despreocupado, dicharachero, bromista que se notaba a la hora de interpretar sus canciones. 


En su momento el éxito me nubló la vista, porque no hice caso a las críticas que lo tachaban de mala influencia para la juventud; mucho tiempo después vi que un grupo de ultraderecha tachaba a Alejandro de satanista por su canción El anticristo de Nietzsche, había todo un escándalo, peticiones de censura que a él emocionaban, porque le daban a entender que sus canciones estaban generando el efecto deseado de remover conciencias. Debo confesar que me dejé llevar por su convicción, por eso pasé por alto la preocupación de muchos padres de familia que evitaban que sus hijos escucharan las canciones de Alejandro. Yo, como él, me clavé en la historia maravillosa de nuestro bienestar. Fue así que al salir el tercer disco, después de la presentación oficial en el escenario callejero del Chopo, Alejandro fue balaceado al salir del escenario, tenía su guitarra en la mano y su armónica colgando con su armazón en el cuello. Allí rodó por los escalones y yo lo esperaba a diez metros de distancia. Nunca me di cuenta de que alguien pudiera tener esas intenciones. El asesino fue perseguido, después capturado por los staff y la gente, todos lo pusieron a disposición de las autoridades. Sin embargo, al mes, el tipo, que resultó llamarse Mario Crisanto Maciel, fue liberado por falta de pruebas. Vaya usted a creer, por falta de pruebas, válgame Dios.