viernes, 9 de septiembre de 2016

Detrás del Rey Lagarto

Marcos Núñez Núñez


El dios Tláloc se manifestó con una lluvia tan fuerte como la tristeza que sentía por haber tomado la decisión de vender mi disco de los Doors. Creí no tener opción, estaba sola, mi hijo lejos y no podía pagar los análisis de sangre, ni los tratamientos de la cirrosis y el azúcar. Las vecinas sugirieron tomar las atenciones del gobierno, a través del seguro popular, pero no sentía confianza. Sabía lo que tenía que hacer, cuál iba a ser el precio y también con quién ir a venderlo: con Salomón Corona Salamanca, El Kiss, un amigo de mi hijo que desde hace muchos años se dedica a la compra-venta de vinilos antiguos.

Llena de nostalgia abrí el clóset, jalé la caja, revisé los discos y encontré el The Doors, primera edición de mil novecientos sesenta y siete en excelente estado, con las firmas de los cuatro integrantes de la banda. Estaba envuelto con una bolsa de papel, de esas que se usaban para el supermercado y después con una bolsa de plástico. El clóset olía a humedad, sentí ganas de estornudar, pero el disco se encontraba bien, lo saqué de la funda, vi que brillaba como nuevo, los surcos estaban casi intactos, sin señales de uso. Tenerlo en mis manos me hizo sentir extraña, porque me estaba deshaciendo de una reliquia tan llena de recuerdos. Del disco pasé a revisar la portada negra con letras amarillas, donde se expone el rostro de Jim Morrison en primer plano y casi a oscuras la imagen de Ray Manzarek, Robby Krieger y John Densmore. Sobre la parte oscura de la portada se ubicaban sus firmas, escritas con tinta negra, excepto Morrison, quien la había escrito en la parte de su cuello. Fue en ese momento que recordé el día que me dieron sus autógrafos, un momento mágico, único y me puse a llorar. Pero no había más que hacer, no tenía remedio.

Una semana después, el cinco de octubre de dos mil trece, pasé al Tianguis del Chopo donde el Kiss tenía su puesto, eran las nueve de la mañana y apenas abría. Lo vi con su playera negra de Led Zeppelin, su barba larga y cabello largo desaliñado, era alto y panzón. Yo traía mi bolso grande con el disco bien guardado.

―Doña Mela, ¿cómo ha estado?, ¿qué me cuenta del Tavo? ―me dijo sonriente mientras sacaba su mercancía, cds, lps, casetes, playeras negras, parches, botas, chamarras. Su local olía a plástico nuevo y a tela. En su estéreo con volumen bajo, sonaba la música de alguna banda metalera que no reconocí, pero que tenía un buen tono de teclados.

―Mal, Kiss, Gustavo no se ha comunicado, hace dos meses dijo que andaba en París, sin dinero.

―¡Ah qué mi Tavo!, cuando se digne a llamar dígale que le mando saludos y que no sea ojete, que no olvide a su mamá.

Por un momento me quedé callada, el Kiss estaba ocupado. Con un palo con gancho colgaba las playeras, eran todas negras con imágenes de bandas de rock y metaleras. Cuando por casualidad colgó una con el logotipo de los Doors, le dije.

―Vengo a proponerte un negocio.

―Doña Mela, viniendo de usted, ha de ser uno bueno.

―Lo es, Kiss.

Levanté el bolso, lo abrí y saqué el álbum. Al verlo, el Kiss se asombró y abrió la boca sin pronunciar palabra, luego sonrió y levantó las manos ansiosas por sostener lo que había llevado.

―Doña Imelda, qué cosa tan bella ha traído, es del mero sesenta y siete, primera edición americana y autografiada. Esto es una joya ¿Puedo sacar el disco?

―Adelante.

El Kiss lo observó varias veces, parecían brillarle los ojos. Miró hacia afuera de su puesto, la gente comenzaba a llegar. Entonces dejó con cuidado el álbum sobre su tarima, sacó una tela azul y la tendió para tapar su negocio.

―No quiero que nos interrumpan, doña Mela ―expresó entre serio y sonriente.

El espacio adentro de su local se tornó azul. El Kiss no conforme con nuestro aislamiento, fue y le bajó todavía más al volumen de su estéreo.

―¿Trajo este disco para vendérmelo? ―prosiguió.

―Obvio, Kiss, lo traje porque necesito dinero. Ando muy enferma y mis ahorros se terminaron. Yo sé que tú compras y vendes discos de colección, por eso vine.

―Si me trae esto es porque ya no le queda más qué vender ―comentó el Kiss mirándome serio.

―Así es Kiss, has dado en el clavo.

―¿Cuánto quiere? ―el Kiss cambió el tono de su voz, había pasado de ser un amigo amable a un hombre de negocios.

―Cinco mil pesos.

Después de decir el precio, nos quedamos callados, el Kiss entonces aprovechó para seguir observando el álbum. Por fortuna, una banda metalera se puso a tocar en el escenario que estaba a unos treinta metros y rompió el momento frío que sentíamos.

―¡Caray! Doña Imelda...

―¿Me estás diciendo que no los vale? ―pregunté, no me había gustado su reacción.

―Al contrario, si alguien autentificara los autógrafos, pienso yo que el precio sería justo.

―¿Quieres decir que las firmas son falsas? ¿Qué quiero verte la cara?

―No me malinterprete, doña Imelda, jamás le faltaría al respeto, mucho menos a usted que fue amiga de mi madre, que en paz descanse ―al responder el Kiss se veía apenado― lo que quiero decir es que un coleccionista exigente me pediría cotejar, porque yo lo vendería más caro de lo que usted me pide, si no, no sería negocio para mí, ¿me comprende? Si no puedo ofrecer pruebas que respalden la autenticidad de los autógrafos, el disco pierde su valor.

―Creo que entiendo. Yo solo sé que los Doors vinieron a México y firmaron este disco que mi finado papá me mandó de los Estados Unidos, donde trabajaba de jornalero.

―Algo me había dicho el Tavo, que usted los vio en persona. Me gustaría escuchar su versión.

―Es una historia larga.

―Ande, un resumen, ya cubrí el puesto.

―Bueno, sin hacerme del rogar, solo porque eres amigo. Fue en mil novecientos sesenta y nueve. Se decía que los Doors vendrían a nuestro país a tocar en la Plaza México, pero el gobierno de aquel entonces se opuso, porque no quería que los jóvenes tuvieran reuniones masivas. Como bien sabes, el dos de octubre del año anterior, había reprimido a los estudiantes en Tlatelolco, dizque por tratar de impedir los Juegos Olímpicos, por ser comunistas y por no sé cuántas razones más. Mi mamá era secretaria de un negocio de textiles judío en Correo Mayor, no estaba al tanto de las cosas políticas y yo estudiaba inglés en una academia particular que mi papá me pagaba, todo con la intención de que me fuera con él a California a estudiar una carrera, una vez que cumpliera los veinte años. Por eso también me mantuve alejada de los acontecimientos. Dos años antes mi papá me había enviado varios discos de rock, entre esos el de los Doors. A mí me fascinó muchísimo, estaba enamorada de Jim Morrison, de su voz, de su cabello y de su encanto, se me hacía muy sexi, la verdad.

―Entonces, cuando supo que vinieron a la capital, supongo que hizo lo posible por ir a verlos al Forum, el centro de espectáculos donde se presentaron ―intervino el Kiss, que se veía muy interesado y que además dio muestras de conocer el tema.

―Ojalá los hubiera visto, mas no pude. Sabía que tocarían en la Plaza México, pero nada, al final se llevaron a la banda a ese Forum que dices, que estaba en Insurgentes Sur, creo que ahora en su lugar hay un restaurante Vips, al menos eso me dijeron. Cuando me enteré del cambio hice lo posible por estar el veintisiete de junio en su primer concierto, para eso llevé el disco en este mismo bolso. Había mucha gente y no pude ver a mis ídolos ni afuera, cuando se bajaron de las dos limosinas en que venían. Yo estaba molesta porque al lugar solo entraron puros chavos popis, de corbata, con muchas joyas, bien peinaditos. Las chicas que pasaron andaban con vestidos cortos, zapatos de tacones, traían pieles y bajaban de autos manejados por sus choferes. Vaya, allí entraron personas de alta sociedad que según manejaban las mejores reglas de urbanidad. Para el segundo concierto me preparé lo mejor que pude, le pedí dinero a mi mamá y no tuvo problemas para dármelo, no éramos pobres, pero tampoco pertenecíamos a la clase alta. Mi papá mandaba buen dinero y nos iba muy bien. Me sentía ilusionada. Traté de vestirme como los popis y me presenté con una amiga que se llamaba Rosalía, quien esa noche conoció al que fue su marido por muchos años. Sin embargo, al llegar a la entrada, solo ella pasó y a mí no me dejaron porque me vieron morena. Eso me dijo el malnacido que estaba en la entrada. Le menté su madre, le dije cuanto se me ocurrió y él se quedó serio sin hacer caso. Me despedí de Rosy y le dije que aprovechara la oportunidad. Desde esa ocasión dejé de frecuentarla, aunque nos saludamos de vez en cuando.

―¡Qué feo estuvo eso, doña Mela!

―Feísimo, Kiss, cuando cerraron la entrada me senté en la banqueta y me puse a llorar. Todo el rímel se me chorreó en la cara. Por segunda ocasión había quedado fuera del concierto de los Doors. Allí estuve no sé cuántas horas, hasta que empezaron a llegarme los ruidos del concierto, los reconocí en seguida, eran ellos y yo no estaba adentro por ser morena, por parecer pobre. No era la única, muchos estaban en la misma situación. Pero solo yo no pude contener el llanto.

―¿Y qué pasó, cómo le hizo para verlos de cerca y hacer que le firmen el disco?

―Dios es muy grande, Kiss, dicen que los milagros no existen, pero él se encarga de ponerlos cuando uno menos los espera. Allí estaba sentada en la banqueta, cuando vi que a una cuadra de mí se estacionaron las dos limosinas de los Doors. No sé qué fue lo que me hizo pensar que debía acercarme para averiguar algo, incluso pensé meterme en una de esas. Crucé la avenida y me detuve ante una de color negro, brillosa, elegante, fue en ella donde advertí que traía el rímel chorreado. En eso estaba cuando la puerta del chofer se abrió, era un hombre alto, blanco y de corbata, muy guapo. Había salido a fumar un cigarro. Después de mirarme de arriba para abajo dijo: “Anda, no llores, ¿a poco de verdad querías ver a esos locos?” Yo no estaba llorando, pero mi aspecto daba esa impresión. “Yo quería ver a Jim Morrison”, contesté, “¿por qué dices que son unos locos? Son la onda”. “Mira, niña, esos melenudos se la pasan tomando licor y haciendo cuanta cosa extraña. No creo que valga la pena seguirlos, los he llevado de acá para allá, por eso te lo digo, en verdad no te pierdes gran cosa, ve a tu casa que ya es noche”. El chofer se veía convencido de lo que me decía. Luego preguntó: “¿De verdad solo querías ver a uno de ellos?”. “Sí, al cantante”, respondí, “¿Tú sabes cómo le puedo hacer?” El chofer exhaló humo hacia arriba, después tiró la colilla al centro de la avenida. El olor a tabaco me dio ganas de fumar, pedí un cigarro y el hombre hasta me lo encendió. Cuando el otro chofer salió de su limosina le dijo: “¿Cómo ves colega? Esta muchacha quiere ver al cantante de los famosos Doors”. El otro, que era más bajo de estatura, dijo: “Dale chance, huey, dile algo. Entonces el alto se dirigió para decirme: “Esos cabrones mañana por la tarde irán al museo de antropología, a esos locos les interesan cosas de los indios. Si te vas al museo desde muy temprano, seguro los toparás, te decimos esto porque nosotros los llevaremos, tenemos un itinerario”. “Hazle caso a mi colega”, dijo el otro, “ponte buza y verás que hasta de cerquita los tendrás” “Por lo que veo, a ustedes no les cayeron bien”, comenté. “Pues no tanto, ¿verdad tú?” respondió el alto, “son unos tipos medios sucios, chorrean licor en las limosinas, las impregnan de olor a tabaco y hasta se pedorrean, ya hasta pena tengo de entrar a la unidad. Andan con sus viejas y con ellas se la pasan en el puro cachondeo.”

―Doña Mela, esos choferes le contaron aspectos que hasta la fecha poco se sabían de la banda ―intervino el Kiss.

―Ellos me dieron un norte y no dudé en prepararme. Desde las seis de la mañana salí de mi casa en Jesús María 62 y me fui caminando hasta el bosque de Chapultepec. Traía el disco y una cámara fotográfica. Yo estuve agradecida con los choferes, quienes fueron muy amables, quizá les di lástima, nunca se me ocurrió preguntarles sus nombres, a pesar de que me quedé platicando con ellos hasta que terminó el concierto. Se despidieron y sugirieron que no me acercara a los Doors, porque la gente que los estaba cuidando era muy especial y podían golpearme, además de que el cantante seguro ya estaba cansado y borracho. Recomendaron que siguiera sus recomendaciones, porque los tendría para mí solita por un rato. 

―¿Y así fue?

―Fue algo de lo más pesado, estuve toda la mañana en la entrada, hasta me hice amiga de los vigilantes. Tan bien me fue que me dejaron pasar el disco, ellos ni sabían que al museo entrarían unos grandes de la historia del rock. Mientras esperaba, advertí que el museo de antropología era un lugar amplio, tenía una plazoleta interior con una fuente alta que olía a piedra mojada, había grandes pasillos, todo se veía nuevo y se escuchaba el eco de mis pasos. Tenía salas donde se exponían las piezas arqueológicas más importantes de México y América, según recuerdo trataban sobre la historia humana y también sobre cómo es la vida actual de los indígenas; estaba la sala de los mayas, de los aztecas, donde aprendí quién era Tláloc, un dios por el que me sentí atraída. Miré a mi alrededor y pensé que los Doors tardarían mucho tiempo en recorrer todo, porque el lugar en verdad era muy grande, supongo que ahora debe de estar mejor. Bueno, para no hacértela de emoción, ellos llegaron después del mediodía. Los cuatro integrantes bajaron de las limosinas y los vi de cerca, debo decirte que me costó un poco reconocer a Jim Morrison, porque venía barbón y se veía un poco gordo. Cuando me di cuenta de que sí eran ellos, Kiss, estaba emocionadísima, cinco personas los seguían, eran sus cuidadores o sus guías, vestían de corbata, mientras los Doors andaban a la onda y venían acompañados por sus mujeres. Estaban contentos, parecía que se la pasaban bien en México. En especial Morrison se veía emocionado al ver la entrada con el letrero del museo nacional de antropología, se notaba que eso era algo que le llamaba mucho la atención, por eso apresuraba el paso. Yo no lo podía creer, mi corazón parecía detenerse al abrir un vacío especial en mi estómago, era, ¿cómo decirte?, un momento inigualable, estaba ante los Doors, por fin lo había conseguido, allí estaban, pasando a las salas para ver las exposiciones y yo lloraba, ahora sí, de emoción, quise gritar como loca y aparecer desaforada para colgarme de ellos; la verdad me contuve, porque seguramente sus cuidadores me sacarían y lo echaría todo a perder. Decidí esperar y seguirlos hasta encontrar el momento idóneo.

―Entiendo que a Jim Morrison le gustara el museo, él mismo se sentía con espíritu de indio navajo, cherokee, qué se yo ¿Tardó mucho en alcanzarlos?

―Ellos demoraron más de una hora en recorrer las salas, iban juntos, cada quién con su pareja. Donde vi que sí se clavaron fue en las salas de arqueología del México antiguo, allí Morrison escuchaba atentamente la información que el guía le daba en inglés. Yo, con lo que ya había aprendido entendía lo que decían, aun estando lejos. Allá iba, detrás del Rey Lagarto, como a veinte metros de distancia y hacía como que observaba las exposiciones. Esperé paciente el instante, el espacio ideal para acercarme y hablarles. En mi mente pensé cómo iba a dirigirme en inglés, cómo les pediría su autógrafo. En eso, llegaron al lugar de la Piedra de Sol, ese que también llaman Calendario Azteca, allí decidí acercarme. Les hablé, les dije en inglés: “por favor, ¿me pueden regalar su autógrafo?, ustedes son los Doors, los admiro mucho, ¿me pueden firmar mi disco?”. Ellos voltearon y al ver que Morrison me miraba sentí que me temblaron las piernas y que se me aflojaba todo el cuerpo, ese hombre tenía magia, hechizaba con su mirada. Me hice de fuerzas y caminé hacia ellos, pero los cuidadores de corbata me detuvieron, me agarraron con fuerza e intentaron sacarme. Ya me llevaban del brazo, cuando uno de ellos, el rubio Manzarek, habló fuerte: “alto, denle un chance, no nos molesta”, Morrison le dio la razón y yo, casi a punto de llorar sentí cómo los cuidadores me soltaban.

―Entonces dígame, doña Mela, ¿qué pasó? ¿Logró hablar con ellos?

―Sí, hablé con ellos un rato. 

―¡No manche! ¡Qué afortunada! Esos choferes se portaron rebuena onda.

―Sí, ahora que lo pienso, ellos fueron como mis hadas madrinas. Los Doors olían a alcohol y tabaco, en especial Morrison, que ya de cerca se veía crudo. Cuando estuve con ellos, frente a la Piedra de Sol, Manzarek me dijo, “adelante, dinos dónde vamos a poner el autógrafo”. Entonces levanté el bolso, lo abrí y saqué el disco. Manzarek lo vio, lo reconoció y se lo mostró a la mujer que lo acompañaba, ambos sonrieron. En eso me pidió mi lapicero y lo firmó. Mientras eso hacía, Morrison observaba la Piedra de Sol, se veía pensativo y atendía a las palabras del guía, un tipo gordo con camisa blanca. Después Robby Krieger y John Densmore escribieron su firma y me sonrieron, no me dijeron nada. Ya solo faltaba el Rey Lagarto, quien al desocuparse volteó para verme, de inmediato sonrió. Les dijo a sus compañeros: “¿Ya le preguntaron su nombre?” Todos respondieron que no. “¿Cómo te llamas?”, con voz nerviosa respondí “mi nombre es Imelda García Rivera”, “¿Vas a ir a nuestro concierto?” “Quise ir, pero no me dejaron entrar por ser morena” “¿Hicieron eso?, hijos de perra”. Morrison negó con la cabeza, de verdad se veía indignado. Yo saqué la cámara y una de las mujeres me tomó varias fotos con la banda. Al terminar di las gracias en inglés, mientras Morrison se acercaba para decirme: “La gente de aquí es igual de racista que en mi país”. En eso se acercaron los cuidadores para avisar que tenían que irse. Morrison me indicó con la mano que caminara con él hacia la salida, así me fui a su lado toda nerviosa, como habitando un sueño. Hablamos de varias cosas. Ya afuera del museo me preguntó: “¿Tú eres descendiente de los antiguos mexicanos?” “Seguro”, respondí, “mis abuelos paternos hablaban náhuatl y mis abuelos maternos otomí, mi mamá todavía lo habla” “Grandioso”, dijo Morrison, tomó mi disco y lo firmó, los demás ya lo esperaban en las limosinas. “Falta mucho para que de verdad se abra el entendimiento de la gente, adiós”, fue lo último que dijo, se acercó y me dio un beso en la mejilla ¡Un beso! Después, él como si nada se fue a la primera limosina mientras yo me quedaba petrificada. Al estar adentro el chofer alto y guapo le cerró la puerta. Al verme se despidió con la mano levantada. Yo nada más le grité “Chofer ¡Gracias! ¡Gracias!” “¡De nada!”, me gritó, entonces se subió, encendió y se fueron. Ahí se acaba mi aventura con los Doors.

―¡Caray! Doña Mela, qué historia.

―Es de lo mejor que me ha pasado en la vida. Ahora quiero vender el disco porque necesito dinero.

―Es muy valioso, un coleccionista de verdad pagaría más de mil dólares. El disco lo vale y demuestra autenticidad. Yo con su testimonio tengo.

―Entonces, ¿sí me lo vas a comprar? ―alcancé a decir, porque en ese instante me ganó la emoción. Allí estuve, llorando por los recuerdos que había sacado, por ser una anciana morena que logró ver a los Doors en un país que pasaba tiempos difíciles. El Kiss me consoló en su hombro.

―Doña Imelda, cálmese, todo va a estar bien ―me dijo.

―¿Me darás los cinco mil pesos?

―Sí, se los daré, pero el disco se quedará con usted. No es justo que se desprenda de algo tan querido. Debería vender otros vinilos y con eso que saque me repone el dinero, si no puede, no se preocupe.

―¿De verdad?

―Seguro, haga de cuenta que usted es mi mamá que no se ha muerto y que yo soy su hijo Tavo ¿De acuerdo?

―De acuerdo ―respondí― y de nueva cuenta seguí llorando.

Desde ese día hasta hoy, el Kiss viene cada tercer día a la casa. Me trae de comer, me compra medicinas y hasta escuchamos juntos el disco de los Doors y de otras bandas de rock. Yo le he mostrado mis fotografías y le he dado varios discos para que los venda a buenos precios. Nos hemos hecho amigos aunque él de vez en cuando me dice mamá.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Experimentos

Rita Mabel Figueredo

Camila estaba harta. Tres meses antes, llenaba entusiasmada la solicitud para una pasantía en el laboratorio más prestigioso de la ciudad. Se imaginó a sí misma descubriendo la cura para el cáncer, dando entrevistas a revistas científicas, salvando al mundo de las plagas. Sin embargo, sus tareas se reducían a preparar café, acercar reactivos, limpiar tarros plásticos y hacer análisis de datos estadísticos que nadie le explicaba de dónde provenían.
El laboratorio ocupaba los dos últimos pisos de un elegante edificio en pleno centro de la ciudad y nadie parecía saber exactamente qué investigaba.
Los científicos eran muy amables, pero ninguno compartía con la curiosa Camila los hallazgos.
El único con el que la muchacha charlaba todos los días, era José, el encargado de las entregas, un cincuentón, rollizo y simpático, que parloteaba sin cesar sobre todos los temas imaginables.
Camila se había enterado de los romances entre los científicos, el fallecimiento de la abuela del director del laboratorio y las peleas por el estacionamiento, pero no había podido averiguar qué contenían los grandes carros cubiertos con lona opaca que José arrastraba por el pasillo, y hacía cruzar por la puerta que se abría solo desde adentro.
La mujer de José estaba embarazada de su cuarto hijo, y el hombre mantenía a todo el que quisiera escuchar, al tanto de los avances de la gestación, que estaba a punto de llegar a su fin.
Un martes, hacia las tres de la tarde, José llegaba con la última entrega del día.
Empujaba más despacio que de costumbre el pesado armatoste cubierto.
—Buenas tardes, José. Pareces cansado. ¿Todo bien en casa?
—¡Hola, niña!¡De perlas! Es que parece que la Clara va a parir en estas horas. Durmió poquito y le duele el cuerpo. Igual que con los otros tres.
—Felicidades entonces, seguro que es un niño fuerte como su padre.
—¡Gracias, niña! —balbuceó José sonrojándose y reanudando la marcha hacia la puerta.
Pocos metros más adelante, José se detuvo, tomó el celular del bolsillo.
Camila siguió cargando datos en la planilla, pero escucho a José gritar:
— ¿¡QUÉ¡?
Y salir corriendo hacia la entrada.
El carro que hasta algunos minutos empujaba el hombre, quedó abandonado en el medio del pasillo.
Camila lo observó desde su escritorio, pensando si debía avisar a alguien, tal vez José necesitara ayuda, quizás el material dentro del contenedor era esencial para la continuidad de algún experimento.
Dudando, se levantó de su cubículo y caminó hacia el enorme recipiente. Las lonas que lo cubrían estaban ajustadas por debajo para que no se levantaran las puntas.
La curiosidad de Camila pudo más que su respeto al protocolo, a las cláusulas de confidencialidad y al miedo a perder el empleo.
Buscó una tijera del cajón de su escritorio y cortó los amarres de la lona.
Levantó a penas una punta, pensando que luego ataría los extremos cortados y nadie notaría que ella había espiado deba de la lona.
Lo que vio la dejó sin habla.
Un niño de no más de seis años, con los ojos arrasados, la miraba suplicante, estaba sentado desnudo sobre el fondo de lo que, ahora se daba cuenta, era una jaula de paredes de vidrio grueso. Ni siquiera tenía pequeños orificios por los que pudiera pasar el aire.
Levantó del todo la lona.
El niño no hablaba, pero parecía querer indicarle algo en la punta derecha de la urna.
«¡Monstruos! ¡Por eso ocultan lo que hacen! Debe de estar ahogándose, pobrecito», pensó. Desesperada, buscó algo con que romper el vidrio. Tomó un papelero de metal y golpeó. Una vez. Dos. Otra. En el vidrio apenas comenzaban a formarse pequeñas marcas.
El ruido atrajo a los científicos detrás de la puerta. 
Camila seguía golpeando.
—¡No! ¡No lo haga!
—¡Deténgase! ¡No sabe lo que está a punto de ...!
La frase se perdió en el estruendo del golpe que finalmente, convirtió en miles de pequeños trozos transparentes la jaula.
Camila estiró los brazos para alcanzar al niño, que había dejado de llorar. Permanecía quieto, observándola. No supo explicar por qué, pero no pudo mantenerse en pie. Su cuerpo parecía licuarse, transformarse en una masa sanguinolenta y blanda aplastada contra el piso. Mientras caía, vio en el fondo, como una sombra, a los científicos desplomarse y a José de rodillas. Trató de pedir ayuda pero su garganta seca estaba detenida en un grito estéril. Antes de perder la conciencia, tuvo tiempo de levantar los ojos y ver que el niño la miraba y sonreía, los ojos negros y malvados reflejando la imagen de su muerte.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Deserción de la muerte

Luis Fernando Elizeche

Francisco, de ocho años, duerme en una cama del pabellón de cardiología pediátrica del hospital estatal. Su padre, un barrendero, y su madre, una empleada doméstica, lo miran con desolación. Fueron informados por el médico de guardia, que necesitan hacerle un trasplante de corazón a más tardar en un mes y no había ninguno en existencia, y su grupo sanguíneo AB, es difícil de conseguir. El estado no costeará la operación.
Roberto Prieto, un cirujano cardiólogo infantil, ganó fama por operar gratuitamente a niños de escasos recursos. Los padres de Francisco se acordaron de él, sabían que no podría ayudarlos porque tolera un cáncer terminal. Teresa aseguró que, si se consiguiese un corazón y sangre del grupo AB, y si ese médico estuviese sano, operaría sin costo a su hijo.
Teresa fue a visitar al moribundo doctor. Lorena, la joven esposa de Roberto, de tez blanca, redonda, rubia de ojos negros, la recibe en la casa, guiándola a la habitación donde yace su esposo, tapado con una sábana en la cama. Ambas señoras tienen los ojos llorosos.
—Roberto, ella es la señora Teresa Garcete, vino a verme, está segurísima de que ibas a salvar a su hijo si este cáncer que tienes nunca se hubiera presentado.
—Hola, doctor —saluda Teresa suavemente mirando el cuerpo demacrado.
—Hola, señora, créame que siento mucho no poder hacer nada —dijo dificultosamente al hablar;— estoy debilitado, peso menos de cuarenta kilos, no me gustaría morirme con cuarenta y un años, pero no lo decidí. ¿Qué tiene su hijo, señora?
—Tiene una insuficiencia cardiaca severa, quieren hacerle trasplante de corazón. El problema es que no hay ninguno disponible y su grupo de sangre AB, es difícil de conseguir. Mi hijo está con una anemia progresiva, solo tendrá un mes de aguante.
El moribundo acostado sobre una arrugada almohada, con los ojos casi cerrados, llama a ambas señoras con la mano esquelética en el aire. Aproximadas a la cama, escuchan a Roberto que habla dificultosamente.
Lorena y Teresa salieron de la casa en auto. En menos de media hora, tenían en frente al doctor Zavala tras el escritorio de su oficina. Un hombre alto, de cuarenta y cinco años, calvo, de traje y delante de sus ojos unas gafas.
—Señora Lorena, su esposo es un gran amigo mío, lo siento mucho —dijo Zavala.
—Debe clonar a mi esposo, él nos contó que trajo de Alemania una máquina de clonación que enseñó a Roberto y está en el sótano de esta clínica —dijo mirando a los ojos de Zabala—. ¿Puede hacerlo para que él opere a un niño cuya madre aquí a mi lado, está desesperada? —pregunta con los ojos mojados.
—No lo haré, porque estaría actuando en forma delictiva —dice con serenidad—. Tenga en cuenta que la clonación consiste en copiar una persona, animal en forma idéntica, a partir de su ADN. Por lo tanto un clon solo comparte el ADN, y no los pensamientos y sentimientos. Es decir que, si clonamos a su esposo, será otra persona, aunque físicamente sea la réplica de su esposo, no será él.
—Eso lo sé perfectamente, doctor Zavala, y no está siendo totalmente sincero. También comentó mi esposo que usted tiene guardado un aparato llamado copiador de conciencia, que se utiliza para copiar los pensamientos y trasladarlos a  un clon.
Después de mucho tiempo de insistencia de las señoras, Zavala accede.
—Está bien —dijo moviendo la cabeza hacia delante—, nunca usé el clonador, ni el copiador de conciencia. No quiero que nadie sepa que tengo los aparatos, por eso los mantengo ocultos, y por favor no lo divulguen. Si todo resulta exitoso, y la información se propaga, despiadados me contactarían. Imagínense si millonarios portadores de una enfermedad terminal me ofrecieran dinero para seguir con sus vidas, promocionando así un negocio ilegal. O jefes de mafias que estén enfermos o heridos de bala, recurran a mí para su salvación, si me niego pueden amenazarme o secuestrarme.  
Cinco años atrás, el doctor Zavala, propietario de una clínica, recibió una llamada telefónica desde Alemania, de su antiguo mentor de la universidad de Múnich. Lo visitó. Su maestro le enseñó un aparato de clonación creado por él, y un copiador de conciencia diseñado por expertos suecos. Las máquinas nunca fueron probadas. La falta de interés experimental por los artefactos, condujo a su mentor a decirle: «estoy viejo para esto, y mejor llévatelos». Abordaron un avión privado. Guardaron el copiador de conciencia, y ensamblaron el clonador en el sótano de la clínica de Zabala. El anciano maestro regresó a Alemania. Zavala mostró los artefactos a Roberto, en calidad de secreto de amigos.
En la habitación, Zavala se coloca guantes, le ata a Roberto una goma en el antebrazo, palpa con el dedo índice la vena e inserta la aguja de la jeringa. Descarga la sangre en un tubo de ensayo, y lo guarda en una caja de poliestireno con hielo.
Zavala escucha a Roberto sosteniéndole la mano. Se agacha a abrazarlo y el moribundo le murmura al oído. En seguida, el científico agarra el copiador de conciencia; una caja metálica cuadrada con soporte de maletín. Extrae el tapón alejándolo, inserta en el artefacto la  cabeza de Roberto y presiona un botón. Una luz roja cubre la cara del agonizante. La irradiación va disminuyendo con una voz robótica: «copia de conciencia culminada».
Fuera de la habitación, la esposa conversa con Zavala.
—Doctor Zavala —dijo Lorena—, ¿cree que todo saldrá bien?
—No lo sé, el equipo de clonación y el copiador de conciencia, nunca los probé. Si la clonación resulta como esperamos, pero el copiador de conciencia no es lo que creemos, no tendrá a su esposo. Le pido que no reciba visitas, cuando muera, mantenga su cuerpo congelado, si la clonación y el copiador fracasan, ahí comunicará su muerte.
—¿En cuánto tiempo podrá clonarlo? —pregunta Lorena con las manos unidas.
—Creo que en un mes. El aparato tiene un sistema para acelerar el crecimiento del clon, así podríamos igualar el cuerpo a la edad de su esposo, porque no lo querrá con cuerpo de niño. De la gota de sangre debo hacer una limpieza total y apartar las sustancias cancerosas, luego extraer el ADN, o de lo contrario el clon tendrá la misma enfermedad. El proceso de limpieza llevaría tres días, con un equipo que tengo en el laboratorio.
Zabala toma un bolígrafo, saca del maletín un papel, escribe en él. Le entrega a Teresa.
—Señora, vaya al policlínico municipal, este papel entregará al doctor Valenzuela, es un bioquímico de ese lugar. Una vez que él le entregue lo que le pido, llévemelo a la clínica.
De camino al policlínico en el bus, Teresa lee el escrito: «Estimado doctor Pedro Valenzuela: le pido un favor, sabiendo que usted  hace análisis clínicos a niños deportistas, envíeme en un tubo un poco de sangre del grupo AB de un niño de aproximadamente ocho años. Entréguelo a la señora Teresa y ella me lo entregará. Gracias, amigo. Atentamente, Zavala».
Entre seiscientas muestras de sangre, una sola era de grupo AB. Teresa entregó el frasco de sangre a Zavala, y retornó a la casa de Lorena. «Debo acompañarla, no debe estar sola cuando muera su esposo». Llega al domicilio, Lorena la hace pasar hasta la habitación. Se acercan a la cama mirando a su ocupante tan estático como una estatua.
—¡Acaba de morir! —exclama Lorena—. Tendré tiempo de llorar. Quiero pedirte un favor.
—No dudes en contar conmigo.
—Iré a lo de mi madre a aguardar informes de Zavala. Los dos refrigeradores que tengo, los doné a un comedor infantil, pasaran a buscarlos más tarde. Si tienes más de un refrigerador, quisiera que escondamos el cuerpo de mi esposo en uno de ellos.
 Llegaron a la casa de Teresa, entraron con el auto hasta el patio trasero, se fijaron que nadie esté. Sacaron de la cajuela el cadáver liviano, lo  metieron en un refrigerador a una elevada temperatura. Lo aseguraron con candado.
Tres semanas después, la casa de Roberto permanece cerrada. Los timbres son ignorados. Lorena desvió las llamadas telefónicas a la casa de su madre. El celular lo apagó. En las conversaciones su respuesta era: «no puedo salir de la casa, porque debo acompañar a mi esposo, él no tiene fuerzas para hablar, si necesitamos ayuda la pediremos».
A un mes de la muerte de Roberto, Zabala anota en su laboratorio los resultados de días de trabajo frente a las máquinas de clonación parecidas a tres huevos gigantes. Camina hacia la portezuela del huevo central, los vapores le dificultan la observación interior a través de la mirilla de vidrio. Se saca las gafas, la pone en el bolsillo de su guardapolvo blanco, el oculus rift que presiona su frente lo desciende sobre sus ojos. Examina por quince minutos, luego se sube el oculus rift a la frente, se coloca las gafas, y baja la palanca al costado de la máquina. Recurrió al llamado de la puerta.
—¡Señora Lorena! —exclamó invitándola a pasar—, ¿dónde ha estado?
—Fui a esconderme en casa de mi madre —dijo Lorena entrando con un bolsón.
Zabala presiona un botón, la puerta del segundo huevo se desliza, cediendo la salida de vapores, entre ellos, está un cuerpo parado, desnudo, con los ojos cerrados. Lorena emocionada quiere correr a abrazarlo, Zabala la detiene sujetándola del brazo.
—Debe abrir los ojos, si no lo hace, hemos fracasado. Porque cuando lo haga eso nos indica que el clon tendrá vida propia. Si no lo hace, estará muerto, y en vez de abrir los ojos, caerá al suelo —dijo Zabala.
Abrió los ojos. Zabala entra al aparato con forma de huevo, apoya su mano sobre la espalda del clon, haciéndole caminar. Era empujado lentamente y miraba sin reacción, igual a una persona al cual hicieron lobotomía. Lorena reconoció la figura de su difunto esposo mejorada, sin arrugas, con la masa corporal maciza.
—¿Trajo ropa de él y los elementos de aseo personal? —pregunta mientras ayudaba al cuerpo a dar los primeros pasos.
—Sí, lo tengo en esta bolsa —contesta mostrando entre sus finas manos un bolsón.
—Primero le dará un baño con jabón para sacarle ese olor extraño, y le cepillará los dientes —dijo dejando parado el cuerpo vegetativo bajo la ducha de emergencias frente al aparato clonador—. Vuelvo enseguida.
Luego de asear y vestir al clon, Lorena se aflige.
 —Este sujeto no es mi esposo, mi esposo ha muerto, me fue difícil vestirlo, y no me dijo una sola palabra —dijo a punto de iniciar un nuevo llanto.
—¡Falta una cosa más! —exclama mostrando el portafolio cuadrado de metal en la mano—, ¡el copiador de conciencia!
Lo acuestan sobre una camilla. Zavala quita la tapa del aparato copiador de conciencia, colocando en ella la cabeza del clon. El aparato emite una luz azul, cubriendo el rostro del durmiente. Una voz robótica pronuncia un sonido: «Transferencia de conciencia completa».
El cuerpo duerme respirando. Zavala recomienda a Lorena, esperar a que despierte del sueño, ahí sabrán si el copiador anduvo correctamente. La señora decide permanecer sentada al lado del durmiente, el científico no se opone, y decide continuar su trabajo.
Se baja el oculus rift a los ojos, y acercándose a la mirilla de vidrio del tercer huevo, examina entre los vapores que  inundan el interior. Se sube el oculus rift a la frente, se coloca las gafas, y baja una palanca al final del equipo. Presiona un botón, y la puerta se desliza, los vapores salen para afuera.
Terminado el vapor, se ve la figura de un niño desnudo, parado, con los con los ojos cerrados, el científico lo mira mordiéndose los labios, y cerrando los puños. El infante abre los ojos, las gesticulaciones de Zabala son reemplazadas por un grito: «¡por fin!».
Entra al huevo, carga al niño entre sus brazos, y lo acuesta en una camilla frente a la otra, donde dormía el clon del esposo de Lorena. La señora mira al niño sorprendida.
—¿De qué niño es ese clon?
—De un niño que no conozco, encargué a su amiga Teresa, que vaya al policlínico municipal junto a un bioquímico amigo mío que hace análisis de sangre a niños deportistas, por intermedio de ella, pedí a este amigo un frasco de sangre del grupo AB de un niño. Me lo envió, saque el ADN de la sangre y ahora este es el clon. Yo me comprometí a ayudarla, ahora le agradecería que no me vuelva a hacer preguntas.
Lorena asiente con la cabeza, el clon del niño permanece acostado vegetativamente. Zavala acerca a la camilla una caja grande de poliestireno, bisturíes, sondas y bolsas para transfusión de sangre. Coloca un biombo de madera frente a la camilla, tapando a los ojos de Lorena su actividad. La joven intrigada, sabe que no debe hacer más preguntas.
Zabala se coloca los guantes, palpa con los dedos el pecho del niño en el lugar del corazón, marca una cruz bajo el pezón izquierdo, toma el bisturí, y empieza la incisión.
Lorena mira al clon durmiendo, y al biombo. Los ruidos buscan en ella una explicación. Después de una hora y media, Zavala sale de la superficie tapada con el bastidor, llevando una caja grande de poliestireno con ambas manos, y lo coloca en el refrigerador. Regresa tras el bastidor, y lleva al congelador cuatro bolsas de trasfusión de sangre, cargadas de sangre.
Cinco minutos después, el clon de Roberto despierta de una larga dormida. Se levanta lentamente hasta estar sentado.
 —Lorena, mi amor —dijo lánguidamente.
La rubia corre a abrazar a su esposo renovado, y le coloca las gafas. Zabala sonreía con júbilo tras ellos. Luego se acerca al científico y ambos se abrazan.
 —Zavala, amigo mío, muchas gracias —dijo durante el abrazo—, ¿hiciste lo que te pedí? — pregunta el nuevo doctor Roberto Prieto.
—No podría olvidarlo, espérame un momento.
Zabala se dirige al refrigerador, saca una caja de poliestireno y las cuatro bolsas de transfusión de sangre que había guardado hace pocos minutos y muestra a Roberto.
—Está genial, gracias amigo mío por no fallarme, estando moribundo, te pedí al oído que me consiguieras un corazón y sangre del grupo AB. ¿Cómo lo hiciste?
El hombre mira al suelo, la arruga de su cara pone nervioso a Roberto.
—¿Zavala?
Encara a su amigo interrogador con una mirada, caminó hacia el biombo colocando su mano al borde, y tira la mampara al suelo.
Lorena se espanta. Roberto se acerca a la camilla, donde yace el cadáver de un niño desnudo, seco como una momia, con los brazos al aire, boca abierta y, con un color indescriptible. Le fueron extraídos los ojos, riñones, corazón, oídos, y toda la sangre.
—¿Qué has hecho? — pregunta despavorido—. ¿Mataste a un niño para sacarle su sangre y corazón?
—No amigo, este niño es un clon de otro, nadie llorará por él, no tenía conciencia, nadie sabía que existía, por eso no demostró dolor, por más que lo hubiera sentido, no podía hacerlo. Pasó de la nada, al crecimiento brusco. Le saqué los órganos que pueda servir a otro niño si lo necesitase. Pero créeme que me dolió.
Zavala se sienta en una silla, apoyando apenadamente su cabeza sobre ambas manos. Roberto le coloca una mano al hombro animándolo y  proponiéndole llevar el cuerpo. Introdujeron el cadáver del niño en una bolsa mortuoria.  Lorena condujo el auto hasta el subsuelo del edificio y guardan el cuerpo cuidadosamente en la cajuela.
Teresa y su esposo se contienen las angustias con abrazos en los pasillos del hospital a las diez y media de la noche. Fueron informados que posiblemente el niño fallezca antes del amanecer, porque el corazón estaba en pésimas condiciones, y no aguantaría un día más. Al final del pasillo, Lorena llama a Teresa con un gesto de mano.
—¡Amiga, deja esas lágrimas, que tu hijo vivirá! —exclama Lorena.
La condujo hacia su auto, en las afueras del hospital, Teresa percibió una figura que avanzaba en la oscuridad, hasta que pudo distinguirlo. Abre la boca asombrada.
—¡Doctor Roberto Prieto! —exclama—. ¿Es usted?
—Indudablemente señora, soy yo, la ayudaré en lo que usted esperaba de mí, antes le pido el favor de ir a su casa y sacar mi anterior cuerpo de su congelador.
Llegan hasta la casa en el auto maniobrado por  Lorena. Teresa guía al médico al frízer. Roberto levanta entre sus manos, el cuerpo congelado, demacrado, rígido, tan liviano como una caja vacía, y lo envolvieron en bolsas de plásticos, para guardarlo en la cajuela del auto, junto al otro cadáver.
El coche se estaciona frente al hospital, Lorena y Teresa descienden del auto. La esposa del doctor agarra una conservadora, dentro de ella se encuentra el corazón congelado y las cuatro bolsas de transfusión de sangre, rellenas de sangre del grupo AB.
—Lorena, avísales al personal de guardia que tenemos el corazón y la sangre AB, operaré al niño, que preparen el quirófano y reanimen eléctricamente al corazón. Haré rápidamente lo que tengo que hacer, y volveré —dijo sentando al volante del auto.
Roberto entró a la morgue sin ser visto. Tiró al interior del horno de incineración el cadáver del niño sin sacarlo de la bolsa mortuoria y su antiguo cuerpo. Cierra la puerta. Oprime un botón. Se podía oler la carne quemada.
Siete horas después en la sala de espera del hospital estatal, Lorena trata de calmar a ambos padres, recordándoles que su esposo es muy buen cirujano.
La puerta del quirófano se abre, dos asistentes llevan al niño recién operado a terapia intensiva. El doctor Roberto sale del quirófano tras ellos, uniformado con chomba celeste, gorro del mismo color y la mascarilla bajo el mentón. Su esposa y los padres del niño corren hacia él. Les hacen preguntas.
Roberto sonríe, sacándose el anteojo  y limpiándolo con la chomba.
—El trasplante de corazón fue un éxito, su organismo respondió esperadamente, el corazón extraído estaba muy dañado. Lo mantendremos cinco días en terapia intensiva con un coma inducido para control y restablecimiento. En dos meses será un niño nuevo.
Los padres rezongaron de alegría y se abrazan. Lorena salta sobre su esposo, lo besa como una adolescente gustosa de experimentar los besos después de dar tímidamente el primero.
Roberto pide a la enfermera de recepción papeles toallas, para secar las lágrimas de ambos padres. Un cuarteto de médicos con bata, se acercan enfilados, bebiendo cafés en vasos de plástico. Al mismo tiempo miran a Roberto, sus respiraciones se obstruyen, sus vasos caen, derramándose las bebidas al suelo. Corren a saludarlo, y demuestran satisfacción por verlo.
—Roberto, estamos muy contentos de tenerte entre nosotros nuevamente, ya llorábamos tu muerte, estamos sorprendidos ante lo que consideramos un milagro. Tu cuerpo demacrado fue visto por nosotros cuatro, esto no tiene explicación para la medicina —dijo sonriendo uno de ellos—. ¿Cómo estás tan sano, después de un cáncer terminal?
Roberto cruza los brazos, buscando en los estratos de su pensamiento la respuesta a esa pregunta.

Los primos gringos

Paulina Pérez


Marcos y Diana llegaban a Pedernales esa madrugada. Habían migrado a Estados Unidos junto a sus progenitores cuando eran muy pequeños. No recordaban nada de aquel poblado costero en el que habitaba toda la familia que tenían. Sus padres enviaron dinero por varios años para instalar una hostería que se convirtió en el negocio familiar. Allí trabajaban los tíos, los primos paternos y maternos.
Apenas pudieron descansar del viaje. Les habían preparado un desayuno como bienvenida: camarones, langostinos, bolones de verde con queso, café de chuspa, leche fresca, jugo de naranja, frutas picadas, arroz costeño con pescado, queso amasado. Los chicos no sabían por dónde empezar, así que probaron de todo un poco.
Diana había cumplido quince años, algo tímida. Delgada, de cabello corto y muy alta. Marcos iba para los dieciocho y al contrario de Diana, parlanchín bromista y de gran apetito. Sus primos bordeaban esas mismas edades así que no necesitaron de mucho para sentirse como en casa de inmediato. Su español era bueno, sus padres no dejaron que olviden su lengua materna, sin embargo era bastante diferente al que ahí se hablaba y algunas palabras o frases requerían traducción.
Luego del desayuno, fueron a la playa. Eso sí bañados en bloqueador solar, pues solo así la tía Maruja los dejaba salir.
—Yo no voy a pasar curando quemaduras —advertía mientras les colocaba el protector solar hasta dejarlos más blancos de lo que ya eran.
El mar estaba tibio y cristalino. La arena nítida, como si alguien la hubiera limpiado durante la noche para dejarla brillosa y suave. Diana y Marcos, acostumbrados a playas rocosas y de agua helada estaban fascinados.
Acompañados por los primos recorrieron el lugar, jugando entre las olas, recogiendo piedras y conchas. Eran las tres de la tarde cuando estuvieron de nuevo frente al hotel.
Al igual que en la mañana, la mesa del almuerzo estaba llena de platillos para ellos desconocidos, la tía Maruja les iba describiendo los ingredientes para que pudieran decidir con qué empezar. Mariscos bañados en exquisitas salsas de dulce y de sal, pescados enteros fritos que habían sido previamente aderezados con especias para darles un sabor inigualable. Frutas en ensalada y en jugos.
Diana fotografiaba cada plato, la gastronomía del lugar le impresionaba. En cambio su hermano devoraba los platillos y después preguntaba por los ingredientes.
El ambiente alegre, siempre con música, la maravillosa comida, el sabor y aroma de cada platillo y de algunas frutas que para ellos eran nuevas. Así como el paisaje, la brisa que les acariciaba el rostro, el rugir del mar y la calidez de la gente que los acogía los tenía muy emocionados.
A las seis de tarde cayeron dormidos en unas hamacas. Como no podían pasar ahí la noche, la tía Maruja fue en su auxilio y ayudada por los tíos, llevaron a los primos gringos casi en brazos hasta la cama.
Diana se levantó temprano y acompañó a la tía Maruja al mercado. Ella le iba enseñando cómo debía escoger los mariscos, el color y olor eran muy importantes. Luego fueron a las frutas, Diana estaba fascinada al ver a Maruja, oler, acariciar y acercar a su oído a cada una de ellas, como si esperara escuchar algo que la convenciera de llevarlas.
De regreso, encontraron a todos desayunando. Irían de nuevo a jugar en el mar. Los adultos estaban planificando un viaje por las playas cercanas para llevar a los visitantes. Saldrían el sábado muy temprano para aprovechar el día.
Partieron en la madrugada, todavía estaba muy oscuro, solo se escuchaba el canto del mar.  Desayunaron en un pequeño puerto pesquero y empezó el recorrido. Los tonos de azul del mar parecían cambiar en cada playa, el paisaje era verdaderamente deslumbrante, el cielo límpido, parecía volverse uno con el mar en el horizonte. Bandas de gaviotas practicaban sus coreografías.   
No había muchos turistas y eso permitía apreciar mejor todo aquello que la naturaleza ofrecía.
Marcos y Diana estaban impactados con tanta belleza, sobre todo ella, observaba con mucho detenimiento cada cosa, tratando de no dejar escapar ningún detalle. Su filmadora solo era activada en el momento justo para lograr documentar de la mejor manera aquellos increíbles paisajes y ciertos momentos en familia que no podían pasar desapercibidos. Ambos se sentían muy orgullosos de haber nacido allí aunque no lo recordaran.
En los Estados Unidos estaban, ellos y sus padres. No había ni siquiera un pariente lejano con quien compartir algún recuerdo o una tarde de domingo que era el único tiempo libre a la semana para los cuatro. Era una vida dura y solitaria, mientras que acá sus tíos, aunque no trabajaban menos, eran bastantes, se ayudaban, se acompañaban.
Pararon en un comedor bastante rústico cerca al mar para almorzar, según el tío Pedro, esposo de Maruja, allí ofrecían los mejores ceviches del mundo.
Durante la comida pidieron a Diana y a Marcos les contaran sobre su vida en “la joni” como le decían ellos a los Estados Unidos y entre bromas e historias se les fue la tarde.
Empezaron el retorno. Cansados y llenos de arena se iban quedando dormidos.
Un frenazo despertó a todos sin excepción. La caravana familiar constaba de tres carros, camionetas cuatro por cuatro algo destartaladas por los años y la sal pero capaces todavía de llevar y traer a la familia.
El tío Pedro sintió un fuerte sacudón y mientras trataba de identificar por qué, alcanzó a divisar un pequeño desprendimiento de tierra pocos metros más adelante. Bajaron de las camionetas y casi enseguida la tierra empezó a rugir. La ligera caída de tierra se transformó en un gran deslave. Se escuchaba como si hubieran encendido un tractor. Maruja, Pedro y los otros adultos trataban de mostrar tranquilidad, lo cual no resultaba fácil al no saber qué estaba pasando.
La tierra se sacudía intensamente, era imposible mantenerse en pie, los postes eléctricos parecían gigantes con látigos buscando víctimas para sus descargas eléctricas. No había un lugar donde guarecerse, entre todos se abrazaron esperando que terminara y los segundos se hacían eternos, la carretera empezaba a cuartearse.
El pánico los tenía paralizados, excepto a la tía Maruja que rezaba pidiendo protección al cielo.
Después de un tiempo que pareció interminable la tierra paró de temblar. Hombres y mujeres sollozaban, y no era para menos, quedaron atrapados en una carretera que amenazaba con tragarlos.
Salvo el susto y el polvo que los cubrió enteros todos estaban bien.
Los celulares y la radio no funcionaban. La noche caía y el silencio los iba poniendo cada vez más nerviosos. Tenían la sensación de ser los únicos sobrevivientes.
Pedro y Maruja eran quienes llevaban las riendas de todo y de todos, así que rápidamente idearon un plan para limpiar algo del deslave y lograr pasar.
Acostumbrados a las crecidas de los ríos, siempre cargaban sogas, cadenas y cada camioneta tenía instalado un accesorio que servía para remolcar.
Ayudados por los automotores fueron moviendo la tierra, y juntando troncos hasta tener un paso algo estable para poder salir de allí.
Pedro, Ernesto y Josué, los tíos mayores, pasaron los autos, los demás cruzaron a pie. Una vez del otro lado emprendieron el camino a casa.
El paisaje era desolador, la carretera mostraba grandes grietas, las pocas casas a lo largo de la ruta estaban en el suelo, gente a la orilla del camino, llorando, gritando, otros en shock incrédulos ante tanta destrucción.
A medida que iban entrando a Pedernales el corazón se les iba congelando, el pueblo entero estaba en el suelo, no había electricidad, los celulares seguían sin funcionar, mucha gente intentaba remover los escombros con las manos, algunos ya las tenían sangrantes de tanto esfuerzo.
El hostal estaba totalmente destruido, bajaron de los autos de inmediato para tratar de quitar las paredes y techos de madera que habían caído sobre algunos de los empleados a quienes la fuerza del sismo no les permitió salir.
Marcos y Diana no salían del impacto ante semejante escenario, todo a su alrededor era muerte y destrucción.
Se escuchaban los gritos de auxilio de la gente atrapada.
La voz fuerte y enérgica de Maruja los hizo reaccionar.
—¡No se queden ahí carajo, hay que ayudar!
Y como autómatas, empezaron a retirar escombros. Diana se hizo cargo de algunos niños pequeños cuyos padres o estaban bajo los escombros o hacían de socorristas tratando de salvar a sus vecinos.
La noche pasaba y no llegaba la ayuda. Al fin alguien pudo comunicarse por radio, pero las noticias no eran alentadoras. Todas las vías de acceso estaban cerradas por los deslaves y la falta de luz hacía imposible la tarea de rescate.
Diana quería ser maestra de escuela y esa vocación le ayudó para poder dar consuelo a aquellos aterrorizados niños.
Marcos y los primos ayudaban a los hombres a remover los escombros.
Maruja y sus vecinas empezaron a recolectar comida e improvisaron una cocina de leña.
Otros vecinos buscaron frazadas, sábanas, cualquier cosa que sirviera para colocar en el piso y así acomodar a los heridos bajo techo.
El pánico se dibujaba en cada rostro, nadie estaba ajeno a aquel desastre.
En la mañana el panorama era totalmente deprimente. En la noche y sin luz no se apreciaba la magnitud de la tragedia en su totalidad, pero en ese momento lo que provocaba era salir corriendo.
La ayuda gubernamental, a través de brigadas médicas y fuerzas militares, empezó a llegar.
Marcos y Diana al fin lograron hablar con sus padres, los cuales habían solicitado se les permita regresar de inmediato a casa ya que eran ciudadanos estadounidenses.
Ninguno de los dos estuvo de acuerdo con aquella decisión; es más, les molestó mucho que lo hicieran sin consultarles.
Marcos llamó a sus padres y no solo les informó que no regresarían, sino que les pidió que trataran de ayudar. Ellos habían sido acogidos con mucho cariño y no se irían sin devolver al menos algo de lo que habían recibido.
Cuando salieron de la central telefónica, sus primos los esperaban. Había mucho por hacer y tomaría algún tiempo.
Dicen que la sangre llama a la sangre, tal vez la tierra también nos llama.